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Guia Freud. 06. Teoría de las Pulsiones

Posted on: marzo 17, 2010

4.1 GENERALIDADES

En nuestra sección anterior habíamos examinado la Teoría de la Libido. Si separamos esta teoría de la teoría de las pulsiones es sobre todo (aunque no únicamente) por motivos didácticos: siempre es útil entender cada cosa por separado y después integrarlas. Anticipémonos un poco a esta integración:

    a) la teoría de la libido habla de una energía, la libido, que carga y descarga objetos, y la teoría de las pulsiones pone el énfasis en elementos llamados pulsiones, que buscan descargarse;

    b) A grandes rasgos la libido es, en la primera teoría de las pulsiones, la energía de las pulsiones sexuales, y en la segunda teoría, la energía de las pulsiones de vida.

En uno de sus artículos de Enciclopedia, “TEORIA DE LA LIBIDO” (1923), Freud llega a sostener que la libido es un concepto de la teoría de las pulsiones.

a) Pulsiones

En NUEVAS CONFERENCIAS DE PSICOANáLISIS (1932), refiere Freud:

“La teoría de las pulsiones es, por así decirlo, nuestra mitología. Las pulsiones son seres míticos, grandiosos en su indeterminación”.

Examinaremos aquí la definición de pulsión, su diferencia con el instinto, y los 4 componentes básicos de la pulsión según Freud.

PULSION: Proceso dinámico consistente en un empuje (carga energética, facto de motilidad) que hace tender al organismo hacia un fin. Según Freud, una pulsión tiene su fuente en una excitación corporal (estado de tensión); su fin es suprimir el estado de tensión que reina en la fuente pulsional; gracias al objeto, la pulsión puede alcanzar su fin (Laplanche, 324). En “ESQUEMA DEL PSICOANALISIS (1938), Freud afirma: “llamamos pulsiones a las fuerzas cuya existencia postulamos en el trasfondo de las tensiones generadoras de las necesidades del ello”.

Al preguntarse Freud si la pulsión es una fuerza somática o una energía psíquica, responde que se trata de un concepto límite entre lo psíquico y lo somático (Freud, TRES ENSAYOS SOBRE UNA TEORíA SEXUAL). Recurrirá al concepto de REPRESENTANTE para explicar esta situación (véase más adelante). entendiendo por tal una especie de delegación enviada por lo somático al psiquismo (Laplanche, 326).

Un concepto muy relacionado con ‘pulsión’ es ‘instinto’. El primero es un concepto del psicoanálisis, y el segundo un concepto clásico de la biología:

INSTINTO:

a) Clásicamente, esquema de comportamiento heredado, propio de una especie animal, que varía poco de un individuo a otro, se desarrolla según una secuencia temporal poco susceptible de perturbarse y que parece responder a una finalidad.

b) Término utilizado por algunos autores psicoanalíticos franceses como traducción o equivalente del término freudiano Trieb, para lo cual, en una terminología coherente, conviene recurrir al término francés ‘pulsión’ (Laplanche, 198).

Freud distingue instinto de pulsión no sólo terminológicamente (instinkt y trieb) sino también conceptualmente, aunque no haya hechos la diferencia en forma explícita o sistemática. Laplanche insiste en la importancia de esta distinción, para no confundir la teoría freudiana de las pulsiones con las concepciones psicológicas del instinto animal (Laplanche, 198).

Las siguientes consideraciones nos orientarán respecto de las diferencias:

1) Cuando Freud habla de instinto es para referirse a un comportamiento animal fijado por la herencia, característico de la especie, preformado en su desenvolvimiento y adaptado a su objeto (Laplanche, 324). Freud dice que si existen formaciones psíquicas hereditarias, algo similar al instinto animal, el equivalente no lo ve en las pulsiones sino más bien en las fantasías originarias (Laplanche, 198).

2) La idea freudiana de pulsión desmantela la noción clásica de instinto, y ello en dos direcciones opuestas.

a) Por una parte, el concepto de ‘pulsión parcial’ subraya la idea de que la pulsión sexual existe al principio en estado “polimorfo” y tiende sobretodo a suprimir la tensión a nivel de fuente corporal; que, en la historia del sujeto, se liga a representantes que especifican el objeto y el modo de satisfacción: el empuje interno, al principio indeterminado, experimentará un destino que le confiere rasgos altamente individualizados.

b) Pero por otra parte, Freud en lugar de ver detrás de cada tipo de actividad su correspondiente fuerza biológica, introduce el conjunto de las manifestaciones pulsionales dentro de una gran oposición fundamental: entre Hambre y Amor, y más tarde entre Amor y Discordia (Laplanche, 326), oposiciones que corresponden, respectivamente, a la primera y a la segunda teoría de las pulsiones. En cambio el instinto no tiene porqué reducirse a una sola oposición. Rycroft dice que no ninguna razón especial para preferir una teoría dual a una múltiple. Incluso la etología postula al menos siete instintos o pautas innatas de conducta (Rycroft, 69).

Una vez aclaradas las diferencias, examinemos ahora los COMPONENTES de toda pulsión, sexuales o no, aunque se apliquen especialmernte a estas (Laplanche, 168). Si bien Freud utilizó la expresión componentes para referirse a las pulsiones parciales de la sexualidad, aquí tomaremos dicha expresión como sinónimo de características de la pulsión (tomada ésta en general). Históricamente, encontramos dos etapas (Laplanche, 325):

a) 1905 (en TRES ENSAYOS SOBRE UNA TEORíA SEXUAL): Se introduce la palabra Trieb, y Freud señala tres componentes de la pulsión: fuente, objeto y fin.

b) 1915 (en LAS PULSIONES Y SUS DESTINOS): Introduce Freud el cuarto componente de la pulsión, el empuje, y da una definición de conjunto de pulsión con los cuatro componentes. Según las traducciones, la expresión ‘empuje’ también fue traducida como ‘presión’ o ‘perentoriedad’. Examinemos los cuatro componentes por separado.

EMPUJE: Factor cuantitativo variable que afecta a cada pulsión y que, en último análisis, explica la acción desencadenada para obtener la satisfacción; incluso cuando la satisfacción es pasiva (ser visto, ser pegado), la pulsión, en la medida que ejerce un ‘empuje’, es activa (Laplanche, 114).

El empuje está relacionado con las excitaciones endógenas, no exógenas: de éstas últimas el organismo puede huir, pero de las endógenas (del empuje que ejerce la pulsión) no puede hacerlo (Laplanche, 115). El empuje es variable según la época de la vida. Por ejemplo, durante la pubertad el empuje pulsional es mayor.

FUENTE: Origen interno específico de cada pulsión determinada, ya sea el lugar donde aparece la excitación (zona erógena, órgano, aparato), ya sea el proceso somático que se produciría en aquella parte del cuerpo y se percibiría como excitación (Laplanche, 167). La fuente es el status físico-químico del organismo a causa del cual un estímulo sensorial produce una excitación (Freud, LAS PULSIONES Y SUS DESTINOS).

Las excitaciones o estimulaciones endógenas son las fuentes de la pulsión. En este sentido interesa la definición de moción pulsional:

MOCION PULSIONAL: Término utilizado por Freud para designar la pulsión bajo su aspecto dinámico, es decir, en tanto que se actualiza y se especifica en una determinada estimulación interna (Laplanche, 226).

Ejemplos importantes de fuentes de la pulsión son las zonas erógenas y su excitación:

ZONA EROGENA: Toda región del revestimiento cutáneo-mucoso susceptible de ser asiento de una excitación de tipo sexual. De un modo más específico, ciertas regiones que son funcionalmente el asiento de tal excitación: zona oral, zona anal, uretro-genital, pezón (Laplanche, 475).

Otros ejemplos de fuente pulsional son la musculatura, para el caso de la pulsión de apoderamiento, el ojo para el caso de la ‘pulsión de ver’, etc. (Laplanche, 168,331). En cualquier caso, la fuente tiene siempre un carácter somático. Para que una zona del cuerpo funcione como zona erógena, debe tener erogeneidad:

EROGENEIDAD: Capacidad que posee toda región corporal de constituir la fuente de una excitación sexual, es decir, de comportarse como zona erógena (Laplanche, 120).

Según su fuente, las pulsiones pueden ser por ejemplo la pulsión oral y la pulsión anal.

FIN: El fin o meta pulsional es la actividad hacia la que empuja la pulsión y que conduce a una resolución de la tensión interna; esta actividad está sostenida y orientada por fantasías (Laplanche, 159). El fin de un instinto es su satisfacción, y para ser más precisos, el acto estrictamente específico de descarga que elimina el estado físico de excitación y origina, con ello, la satisfacción (Fenichel, 74).

Vemos así la relación entre fuente y fin: la excitación de la zona erógena (fuente) genera una tensión que debe ser descargada (fin).

La emoción que acompaña a la descarga de la pulsión se llama SATISFACCION (Rycroft, 104).

Asimismo, se llama MOTIVO a aquello que impulsa a una persona hacia un fin o una meta (Rycroft, 78). Esta definición, muy general, puede referirse a factores externos (incentivos) o internos (pulsionales). En el contexto de la teoría de las pulsiones sólo nos interesan estos últimos.

Si el fin de una pulsión de autoconservación es un ACCION ESPECIFICA que elimina un estado de tensión producido por una necesidad, localizable en una zona del cuerpo (por ejemplo boca) y que exige una realización efectiva (por ej. comer), el fin de la pulsión sexual es más difícil de determinar, ya que halla su satisfacción en una función vital que le sirvió de soporte pero profundamente pervertida (separada del fin original) en relación a aquella función vital. En este desplazamiento se inserta una actividad fantaseadora que puede incluir elementos a menudo alejados del prototipo corporal (Laplanche, 161).

Según su fin, las pulsiones pueden ser por ejemplo la pulsión de ver, la pulsión de apoderamiento, etc. (Laplanche, 331), donde los fines son mirar y apoderarse. La denominación del tipo ‘pulsión de ver’ apunta al fin, y la denominación del tipo ‘pulsión oral’ apunta a la fuente, pero obviamente estas últimas tienen también su fin, por ejemplo succionar (Laplanche 159-160), así como la pulsión de ver tiene también su fuente (el ojo como zona erógena).

Ejemplos más fundamentales de fines pulsionales son los pares antitéticos actividad-pasividad, como por ejemplo mirar-ser mirado (para la pulsión escoptofílica o pulsión de ver).

ACTIVIDAD-PASIVIDAD: Uno de los pares antitéticos fundamentales de la vida psíquica. Especifica determinados tipos de fines pulsionales. Desde un punto de vista genético, la oposición activo-pasivo figuraría en primer lugar con respecto a oposiciones ulteriores en las cuales viene a integrarse aquélla: fálico-castrado, masculino-femenino (Laplanche, 8).

PAR ANTITETICO: Término frecuentemente utilizado por Freud para designar algunas grandes oposiciones básicas, ora al nivel de las manifestaciones psicológicas o psicopatológicas (por ejemplo: sadismo-masoquismo, voyeurismo-exhibicionismo), ora al nivel metapsicológico (por ejemplo pulsiones de vida-pulsiones de muerte) (Laplanche, 268).

Hasta aquí vimos que toda pulsión tiene un fin. Pero este fin no es inexorable. Las pulsiones pueden cambiar de fin, y damos aquí tres ejemplos típicos: la transformación en lo contrario, la pulsión coartada o inhibida en su fin, y la sublimación.

TRANSFORMACION EN LO CONTRARIO: Proceso en virtud del cual el fin de una pulsión se transforma en su contrario, al pasar de la actividad a la pasividad (Laplanche, 446). Es la conversión directa del amor en odio, y un ejemplo es la actitud con el objeto abandonante en la melancolía (Bodni, 118).

Por ejemplo pasar del sadismo (pegar) al masoquismo (ser pegado), o del voyeurismo (mirar) al exhibicionismo (ser mirado). La transformación en lo contrario es por lo general pasar de la actividad a la pasividad, pero no siempre es así (Rycroft, 116).

COARTADO O INHIBIDO EN SU FIN: Califica una pulsión que, por efecto de obstáculos externos o internos, no alcanza su modo directo de satisfacción (o fin) y encuentra una satisfacción atenuada en actividades o relaciones que pueden considerarse como aproximaciones más o menos lejanas del primer fin (Laplanche, 54).

Bodni da un ejemplo: cuando el niño aprendió que el (otro) no es un carretel sino otro niño que va a contestar su violencia, puede defenderse de ello mediante la inhibición de la agresión (Bodni, 118). Sin embargo, los principales ejemplos de Freud tienen que ver con la inhibición de las pulsiones sexuales (véase más abajo).

SUBLIMACION: Se dice que una pulsión se sublima en la medida en que es derivada hacia un nuevo fin, no sexual, y apunta hacia objetos socialmente valorados como la ciencia o el arte (Laplanche, 415). Implica esencialmente un cambio de fin, pero también un cambio de objeto (Laplanche, 160).

La sublimación está emparentada pero no es equivalente a la pulsión coartada o inhibida en su fin. Freud parece ver en la inhibición como un inicio de sublimación, pero se preocupó por distinguir ambas cosas: la pulsión inhibida no ha abandonado su fin sexual directo, pero resistencias internas le impiden alcanzarlo, con lo cual se contentan con aproximarse en cierta medida a la satisfacción, lo que explica por ejemplo los sentimientos de ternura, los lazos duraderos de amistad, o los lazos afectivos en el matrimonio, nacidos originalmente de la atracción sexual (Laplanche, 54).

El 4º componente de la pulsión es el objeto. Esta palabra puede designar dentro del psicoanálisis tres cosas: como aquello que el sujeto percibe y conoce (lo que se ve en la segunda tópica, cuando se habla de las funciones del yo como percibir, etc.), como aquello que se ama o se odia (que se ve en la teoría de la libido, donde al respecto se usa el adjetivo ‘objetal’), y finalmente como correlato de la pulsión. Este último sentido es que aquí nos interesa.

OBJETO: Como correlato de la pulsión, es aquello en lo cual y mediante lo cual la pulsión busca alcanzar su fin, es decir, cierto tipo de satisfacción. Puede tratarse de una persona o de un objeto parcial, de un objeto real o de un objeto fantaseado (Laplanche, 258). Objeto es aquello hacia lo cual se dirige una acción o un deseo, aquello que el sujeto exige con el fin de obtener satisfacción instintiva (Rycroft, 82).

OBJETO PARCIAL: Tipo de objetos a los que apuntan las pulsiones parciales, sin que esto implique que se tome como objeto de amor a una persona en su conjunto. Se trata principalmente de partes del cuerpo, reales o fantasmáticas (pecho, heces, pene) y de sus equivalentes simbólicos. Incluso una persona puede identificarse o ser identificada con un objeto parcial). Si bien el término es específicamente kleiniano, Freud afirma su existencia y da variados ejemplos, sobre todo en “Sobre las transposiciones de las pulsiones y especialmente del erotismo anal” al hablar de las equivalencias y relaciones entre los diversos objetos parciales (niño= pene= heces= dinero= regalo) (Laplanche, 263).

Las pulsiones pueden mantenerse en el mismo objeto, o bien cambiar de objeto. Fenichel dice que los psicoanalistas saben cuán fácilmente intercambiables resultan ser los objetos y los fines (Fenichel, 74). En el caso donde las pulsiones se mantienen en el mismo objeto se habla de una constancia objetal, y en el caso de la variabilidad del objeto se habla de la vuelta hacia la propia persona, que es un ejemplo típico:

CONSTANCIA OBJETAL: Capacidad para mantener una relación a largo plazo con un objeto específico, individual; o inversamente, la tendencia a rechazar sustitutos de un objeto familiar, esto es, un bebé que despliega ‘constancia objetal’ rechaza el cuidado material de cualquier otra persona que no sea su madre (Rycroft, 82).

Desde esta perspectiva, el objeto es más bien entendido como correlato del amor y el odio, pero si lo entendemos como correlato de la pulsión, hay que pensar más bien en una variabilidad del objeto especialmente en el caso de las pulsiones sexuales, pero también de las pulsiones de muerte, lo que nos remite al segundo concepto:

VUELTA HACIA LA PROPIA PERSONA: Proceso mediante el cual la pulsión reemplaza un objeto independiente por la propia persona (Laplanche, 456). Un sinónimo es VUELTA SOBRE SI MISMO (Rycroft, 120)

Este concepto parece usarse solamente para explicar el MASOQUISMO MORAL, el fenómeno que se observa con mayor claridad en las neurosis obsesivas, donde el paciente dirige su sadismo contra sí mismo (Rycroft, 120). En efecto, la vuelta sobre sí mismo consiste en la mutación del sadismo en masoquismo, de lo activo en pasivo como forma de procesar la pulsión. La descarga hostil se realiza a costa de ofrendar al Yo como objeto. Este mecanismo, MASOQUISMO SECUNDARIO, se observa en numerosos cuadros narcisistas (Bodni, 118).

Cambiar de objeto y cambiar de fin son dos procesos inextricablemente unidos, como lo prueban los dos ejemplos principales: el sadismo-masoquismo y el voyeurismo-exhibicionismo. Por ejemplo, la vuelta del sadismo en masoquismo implica a la vez pasar de la actividad a la pasividad (cambio de fin), y también pasar de la otra a la propia persona (cambio de objeto (Laplanche, 446). De aquí que el pasaje del sadismo al masoquismo sea, al mismo tiempo y respectivamente, un ejemplo de transformación en lo contrario y de vuelta sobre la propia persona.

Cuatro eran los destinos que Freud había asignado en “Las pulsiones y sus destinos” (1915) a las pulsiones: la transformación en lo contrario, la sublimación, la vuelta hacia la propia persona y la represión. Todos estos caminos deben ser entendidos como estratagemas para evitar que la pulsión alcance su fin original, lo que puede obtener cambiando de fin (típicamente en la transformación en lo contrario), cambiando de objeto (típicamente en la vuelta hacia la propia persona), o cambiando a la vez de fin y objeto (típicamente en la sublimación). Decimos ‘típicamente’ porque en mayor o menor medida casi todos los destinos pulsionales implican a la vez un cambio de fin y de objeto.

El destino del cual aún no hemos hablado es la represión, un mecanismo fundamental para la comprensión tanto de la salud como de la neurosis, y del cual Freud se ocupó extensamente. La idea de represión está vinculada con otros conceptos importantes, afecto y representación, en tanto entendamos por represión la separación del afecto de la representación.

Sugerimos al lector que, antes de leer la sección correspondiente a la teoría de la represión, aborde previamente el siguiente ítem sobre afecto y representación.

b) Afecto y representación

Tanto en el lenguaje cotidiano como en la psicología puramente descriptiva, por afecto entendemos una emoción o un sentimiento que experimentan las personas, placentero o displacentero. Freud tomó ‘afecto’ en este sentido, pero luego buscó explicarlo metapsicológicamente en base a la idea de ‘quantum de afecto’, por lo que ambos conceptos están indisolublemente unidos.

AFECTO: Palabra tomada por el psicoanálisis de la terminología psicológica alemana y que designa todo estado afectivo, penoso o agradable, vago o preciso, ya se presente en forma de una descarga masiva, ya como una tonalidad general. Según Freud, toda pulsión se manifiesta en los dos registros del afecto y la representación. El afecto es la expresión cualitativa de la cantidad de energía pulsional y de sus variaciones (Laplanche, 11).

QUANTUM DE AFECTO: Factor cuantitativo postulado como substrato del afecto vivido subjetivamente, para designar lo que permanece invariable en las diversas modificaciones de éste: desplazamiento, separable de la representación, transformaciones cualitativas (Laplanche, 348).

En ‘PROYECTO DE UNA PSICOLOGíA PARA NEURóLOGOS’, ya Freud utilizaba la letra “Q” para representar energía cuantificable. “Q” (que proviene de quantum=cantidad), fue concebida como una energía incorporada a las neuronas y capaz de pasar de una neurona a otra. QUANTUM (Q) es el antecedente del concepto posterior freudiano de energía psíquica (Rycroft, 35-36) y, para lo que aquí nos interesa, de quantum de afecto o energía de la pulsión.

Tengamos presente además que el quantum de afecto es homologable a la pulsión, pero en tanto y en cuanto se ha desprendido o separado de la representación correspondiente, y encuentra una expresión adecuada a su cantidad en procesos que percibimos como afectos (Freud, LA REPRESIóN, 1915).

Vamos sacando así una importante conclusión: la pulsión se expresa en los registros de la representación y el afecto. Cuando el afecto se separa de la representación, pasa a denominarse quantum de afecto (aspecto cuantitativo), el cual se manifiesta corporal o subjetivamente como afecto (aspecto cualitativo). O sea, una cierta cantidad de energía pulsional se desprende de la representación y tendrá diferentes destinos, adquirirá cualidades distintas, como por ejemplo transformarse en angustia, o en una parálisis histérica, etc. Todos estos destinos son los afectos propiamente dichos, con lo cual vemos que se trata de un concepto amplio porque incluye modificaciones corporales (en la angustia también, pues se siente como opresión en la garganta).

Examinemos ahora el concepto de representación.

REPRESENTACION (en sentido clásico): Término utilizado clásicamente en filosofía y psicología para designar ‘lo que uno se representa, lo que forma el contenido concreto de un acto de pensamiento’ y ‘especialmente la reproducción de una percepción anterior’ (Laplanche, 367).

Notemos que ‘representación’ viene de ‘re-presentación’, es decir presentar algo de nuevo. Cuando percibo a una persona hay una presentación de la persona, pero después me ha quedado cierta impresión o recuerdo de ella, que es la forma como me la presento de nuevo (o sea, es una re-presentación). Tal es el sentido que utiliza Rycroft cuando define representación como aquello que permite a la mente que se presente ante ella misma la imagen de algo que en realidad no está presente. Una ‘representación mental’ es una imagen relativamente permanente de algo que ha sido percibido previamente, y también designa el proceso por el cual se construyen tales imágenes (Rycroft, 102).

Esta idea de representación en el sentido clásico está relacionada directamente con el concepto de huella mnémica, el cual nos permitirá articular la primera con la idea de representación en el sentido psicoanalítico:

HUELLA MNEMICA: Término utilizado por Freud, a lo largo de toda su obra, para designar la forma en que se inscriben los acontecimientos en la memoria. Las huellas mnémicas se depositan en diferentes sistemas; persisten de un modo permanente, pero sólo son reactivadas una vez catectizadas. (Laplanche, 177).

Freud no tomará esta idea en el sentido empirista, según el cual la huella mnémica sería una ‘débil impresión’ que guarda una relación de similitud con el objeto percibido (Laplanche, 368), sino en el sentido propiamente psicoanalítico, según el cual no interesa tanto la relación de la huella mnémica con el objeto sino las relaciones mutuas de esas huellas entre sí, formando sistemas de huellas mnémicas donde, en virtud de ciertas características (simultaneidad, causalidad, etc.), una huellas pueden asociarse a otras, siendo esto lo que permite por ejemplo la asociación libre en el análisis. Así, un cierto recuerdo puede ser reactualizado dentro de un determinado contexto asociativo (Laplanche, 178).

El hecho de afirmar que las huellas mnémicas constituyen sistemas, hizo que se comparara esa idea con el concepto de ‘significante’ en el sentido de De Saussure.

En sí, la idea clásica de representación es sencilla, pero Freud la desmenuzará, la diversificará y la vinculará con el quantum de afecto y el afecto en sí, con el fin de explicar el proceso de la represión. Una prueba de esta complejización del concepto original la tenemos en las diferentes ideas que registró Laplanche en relación al término en cuestión, como resultado de su lectura de Freud: representación-fin, representante-representativo, representante de la pulsión, representante psíquico, representación de cosa, representación de palabra. Incluso se habla también de representaciones inconscientes, representaciones patógenas (Laplanche, 368), representaciones compensatorias (Wyss, 93), y representaciones de objeto (Rycroft, 102)

Iremos definiendo todas estas ideas y relacionándolas entre sí para presentar un cuadro lo más sencillo, entendible y al mismo tiempo fiel al pensamiento freudiano tanto como nos sea posible.

Afortunadamente muchos de estos términos son a grandes rasgos sinónimos, como por ejemplo ‘representación de cosa’ y ‘representación de objeto’. También resultan ser prácticamente sinónimos los vocablos ‘representante de la pulsión’, ‘representante-representativo’ y ‘representante psíquico': el mismo Laplanche reconoce que se trata del mismo concepto y que son términos intercambiables entre sí en la mayor parte de los textos freudianos (Laplanche, 372).

Tal vez la única diferencia significativa sea que a veces Freud utiliza ‘representante-representativo’ en un sentido más amplio, al incluir también al afecto (Laplanche, 371). En las traducciones de las obras de Freud que hizo Etcheverry, ‘representante-representativo’ aparece con el nombre de ‘delegado pulsional’.

Designaremos aquí, por razones de simplificación didáctica, a todos estos sinónimos bajo la denominación ‘representación’ en sentido psicoanalítico, que es el sentido que utilizaremos de aquí en más:

REPRESENTACION (sentido psicoanalítico): Representación o grupo de representaciones a las cuales se fija la pulsión en el curso de la historia del sujeto, y por medio de las cuales se inscribe en el psiquismo. En este sentido Freud contrapone la representación al afecto, siguiendo cada uno de estos elementos, en los procesos psíquicos, un diferente destino.

Interesa destacar que, en el proceso de la represión, lo que se reprime no es la pulsión ni el afecto sino la representación (Laplanche, 378), como enseguida veremos.

Otro punto destacable es el siguiente: dentro del sistema de representaciones, hay alguna o algunas de ellas que son especialmente importantes, que están privilegiadas en el sentido que ejercen una atracción sobre las demás, como por ejemplo la tarea a realizar en el caso de pensamientos conscientes, o el fantasma inconsciente en el caso de someterse el sujeto a la regla de la asociación libre. Cada una de estas representaciones privilegiadas reciben el nombre de REPRESENTACION-FIN (Laplanche, 370).

Relación entre representación en sentido psicoanalítico y huella mnémica: la representación recatectiza, reaviva la huella mnémica, que en sí misma no es más que la simple inscripción del acontecimiento (Laplanche, 369).

Completemos nuestra visión de las representaciones diciendo que éstas pueden ser de dos tipos: representaciones de cosa y representaciones de palabra.

REPRESENTACION DE COSA-REPRESENTACION DE PALABRA: Términos usados por Freud en sus textos metapsicológicos para distinguir dos tipos de representaciones, uno esencialmente visual que deriva de la cosa, y otro esencialmente acústico que deriva de la palabra. Esta distinción tiene para él un alcance metapsicológico, caracterizándose el sistema preconciente-conciente por la ligazón de la representación de cosa a la representación de palabra correspondiente, a diferencia del sistema inconsciente, que sólo comprende representaciones de cosa (Laplanche, 369).

En la representación consciente coinciden cosa y palabra; en el inconsciente no sólo se separan una de la otra, sino que el inconsciente guarda exclusivamente las representaciones de cosa (Wyss, 94).

a) Las representaciones de cosa están en una relación más inmediata con la cosa, con el objeto percibido: en la ALUCINACION PRIMITIVA, la representación de cosa sería considerada por el niño como el equivalente del objeto percibido, y catectizada en ausencia de éste (Laplanche, 368).

Mientras no sea catectizada la representación no es tal, sino sólo una huella mnémica que incluso puede ser no sólo visual sino también táctil, sonora, cenestésica, etc. Además, cabe pensar que las primeras tentativas de un niño antes de poder hablar, para comprender una cosa -por ejemplo una pelota o una muñeca-, dejan impresiones en el inconsciente que preceden a la representación verbal o de palabra (Wyss, 94).

Con el advenimiento del lenguaje, la representación de cosa quedará ligada a la correspondiente representación de palabra en el sistema Preconciente, y sobre esta articulación entre ambas actuará la represión.

b) Respecto de las representaciones de palabra: una idea inconsciente es una representación del objeto mismo, de la cosa, mientras que una idea consciente ha incorporado a sí misma una imagen verbal, que fue aprendida de los otros (Rycroft, 91) ya que el lenguaje es un producto cultural. Enlazar representación de cosa con representación de cosa es, para dar un ejemplo muy simple, relacionar una pelota percibida visualmente (cosa) con el sonido o imagen acústica ‘pelota’ (palabra).

Dice Freud: “la representación consciente engloba la representación de cosa más la representación palabra correspondiente” (Freud S., LO INCONSCIENTE, 1915).

Las representaciones de palabra se instalan mediante el proceso de VERBALIZACION, o sea el acto de poner nombre a las cosas o sus imágenes. Por ejemplo, contar un sueño es convertir el pensamiento del proceso primario del sueño en sí, en el pensamiento verbal del estado consciente.

Al respecto, Rycroft indica que el psicoanálisis constituye un intento de verbalizar lo que no es verbalizable ya que su tema básico, la actividad mental inconsciente, es intrínsecamente no verbal y es distorsionada, en consecuencia, por las formulaciones verbales (Rycroft, 118).

No obstante, la verbalización es condición sine qua non para la toma de conciencia (Laplanche, 369) y, por ende, para el proceso de la cura.

Tengamos presente por último, que las representaciones de cosa son significantes pre-verbales y están regidas por el proceso primario, mientras que las representaciones de palabra son significantes verbales, y están regidas por el proceso secundario.

c) Teoría de la represión

En este último ítem examinaremos qué es represión, cuáles son los tiempos o etapas de este proceso y, dentro de este último contexto, qué tipos de represión ha distinguido Freud.

REPRESION: En sentido propio, es una operación por medio de la cual el sujeto intenta rechazar o mantener en el inconsciente representaciones (pensamientos, imágenes, recuerdos) ligados a una pulsión. La represión se produce en aquellos casos en que la satisfacción de una pulsión (susceptible de procurar por sí misma placer) ofrecería el peligro de provocar displacer en virtud de otras exigencias.

La represión es particularmente manifiesta en la histeria, si bien desempeña también un papel importante en las restantes afecciones mentales, así como en la psicología normal. Puede considerarse como un proceso psíquico universal, en cuanto se hallaría en el origen de la constitución del inconsciente como dominio separado del resto del psiquismo (Laplanche, 375). Hay otro sentido más vago de represión, en relación con la defensa, que examinaremos en una próxima entrega (“Formaciones patológicas del inconsciente“).

La represión es la que arrebata la suma de excitación a la representación, la que disocia la carga afectiva. Este proceso se realiza en el inconsciente o, la mayoría de las veces, en el preconsciente. La representación queda entonces ya sin carga afectiva o bien la recibe del inconsciente (Wyss, 92).

La operación de represión puede considerarse:

a) desde el punto de vista tópico: si bien la represión se describe, en la primera teoría del aparato psíquico, como mantenimiento fuera de la conciencia, Freud no asimila la instancia represora a la conciencia. El modelo lo proporciona la censura. En la segunda tópica, la represión se considera como una operación defensiva del yo (parcialmente inconsciente);

b) desde el punto de vista económico, la represión supone un juego complejo de retiro de catexis, recatectización y contracatexis que afectan a los representantes de la pulsión;

c) desde el punto de vista dinámico, la cuestión principal es la de los motivos de la represión: cómo una pulsión cuya satisfacción, por definición, engendra placer, llega a suscitar un displacer que obliga a la represión (Laplanche, 379).

CENSURA: Función que tiende a impedir, a los deseos inconscientes y a las formaciones que de ellos derivan, el acceso al sistema preconciente-conciente. La censura es una barrera permanente y selectiva entre el inconsciente, por un lado, y el sistema preconciente-conciente por la otra, y se halla en consecuencia en el origen de la represión (Laplanche, 53).

También se suele hablar de una ‘segunda censura’, que Freud sitúa entre el consciente y el preconsciente (Laplanche, 422).

Antes de pasar a los tiempos de la represión, diferenciemos antes represión de supresión.

SUPRESION: En sentido amplio, operación psíquica que tiende a hacer desaparecer de la conciencia un contenido displacentero o inoportuno: idea, afecto, etc. En este sentido, la represión sería un tipo especial de supresión.

En sentido más estricto, designa ciertas operaciones del sentido anterior distintas de la represión:

a) ya sea por el carácter consciente de la operación y por el hecho de que el contenido suprimido se convierte en preconsciente y no en inconsciente;

b) ya sea, en el caso de la supresión de un afecto, porque éste no es traspuesto al inconsciente, sino inhibido, abolido (Laplanche, 422).

La supresión es entonces consciente, ocurre a nivel de la segunda censura. La represión en cambio ocurre a nivel de la ‘primera censura’, por lo que en esta última, tanto la instancia represora (el yo, etc.) como la misma operación y su resultado son inconscientes.

En cuanto a los afectos, éstos pueden suprimirse pero no reprimirse, pues estrictamente lo que se reprime es la representación ligada al mismo. Además de suprimirse, los afectos pueden transformarse en otro afecto, como veremos pronto (Laplanche, 422-423 y 372).

d) Tiempos de la represión

Sistematizaremos los tiempos de la represión siguiendo los planteos de Freud tal como aparecen en varios de sus artículos, pero sobretodo en ‘La Represión’ (1915), donde se describen tres tiempos:

1º tiempo: represión originaria, también llamada represión primaria, primordial, o primera represión.

2º tiempo: represión con posterioridad, llamada también represión secundaria, posterior, segunda represión o represión propiamente dicha.

3º tiempo: retorno de lo reprimido.

En general, cuando se habla de represión en la enseñanza de Freud, se alude a la represión con posterioridad. En lo que sigue habremos de distinguir explícitamente los dos tipos de represión, utilizando las denominaciones represión primaria y represión secundaria.

a) 1º tiempo: Este primer tiempo tiene lugar esencialmente en la primera infancia, durante la cual las pulsiones sexuales buscarán una descarga rápida e inmediata tal como lo exige el principio del placer. Al principio el niño tiene un cierto éxito, cuando puede descargar sus impulsos por medio de una realización alucinatoria. Este recurso sin embargo dura poco, ya que el niño comprueba que el objeto alucinado (por ejemplo el pecho) no es real. Sin embargo aún cuando el niño pueda encontrar un objeto externo por medio del cual satisfacer sus pulsiones, la inminencia de la descarga pulsional generará angustia (sea porque teme no encontrar el objeto satisfactor, según experiencias pasadas de frustración, sea porque hay una instancia moral).

Esta angustia es el estímulo detonante de la represión: al representante psíquico de la pulsión le es negado su acceso a la conciencia, y esto constituye la represión primaria.

Como vemos, el mecanismo básico de esta represión primaria es una contracarga (o contracatexis, o contrainvestidura), es decir a la fuerza de la pulsión se le opone otra fuerza, la fuerza represora primaria (contracarga).

Esta represión primaria no recae sobre la pulsión como tal, sino sobre sus signos, sus ‘representantes’ (ideas, imágenes, etc.), que no llegan a la conciencia y a los cuales queda fijada la pulsión. Se crea así un primer núcleo inconsciente que funciona como polo de atracción respecto de los elementos a reprimir. Estas representaciones inconscientes son lo que anteriormente habíamos calificado como representaciones de cosa.

La represión no recae tampoco sobre el afecto (ver Supresión). Sólo se reprimen los elementos representativos, los cuales van ligados a lo reprimido originario, ya porque provengan de éste, ya porque entren en conexión fortuita con él. La represión reserva a cada uno de ellos un destino diferente, ‘completamente individual’ según su grado de deformación, su distancia respecto al núcleo inconsciente o su valor afectivo.

Freud había caracterizado al inconsciente como un reservorio pulsional (el inconsciente que hunde sus raíces en lo biológico), y también como el conjunto de contenidos reprimidos.

Esto último es lo que aquí nos interesa especialmente por cuanto Freud intentará explicar la constitución del inconsciente por el proceso de la represión primaria (Laplanche, 433). En 1915, Freud considera a las representaciones no sólo como los contenidos del inconsciente, sino como constitutivos de éste: en un solo y mismo acto, la represión primaria, la pulsión en lugar de descargarse se fija a una representación que ve rehusado su acceso a la conciencia, y se constituye el inconsciente.

Freud refiere al respecto que “así se produce una fijación y el representante perdura, a partir de este momento, en forma inalterable, quedando la pulsión ligada a él”. La fijación se encuentra entonces en el origen de la represión y puede considerársela incluso como el primer tiempo de la represión (Laplanche, 157).

Veamos entonces como define Laplanche la represión primaria u originaria:

REPRESION ORIGINARIA: Proceso hipotético descripto por Freud como primer tiempo de la operación de represión. Tiene por efecto la formación de un cierto número de representaciones inconscientes, o ‘reprimido originario’. Los núcleos inconscientes así constituidos contribuyen seguidamente a la represión propiamente dicha o represión con posterioridad, por la atracción que ejercen sobre los contenidos a reprimir, junto con la repulsión proveniente de las instancias superiores (Laplanche, 379).

b) 2º tiempo: La última parte de esta definición ya nos introduce en el segundo tiempo de la represión, donde tiene lugar la represión secundaria. Si la represión primaria ocurría en la primera infancia, la secundaria ocurrirá durante el resto de la vida en una forma permanente, sea en forma fallida o excesiva (dando lugar a la patología), sea en forma exitosa (como en las sublimaciones).

Lo esencial del 2º tiempo será lo siguiente: lo que fue reprimido en el primer tiempo tiende siempre a irrumpir de nuevo en la conciencia en forma de derivados, siendo sometidos entonces a una segunda represión o represión con posterioridad (Laplanche, 94), o represión secundaria.

Las representaciones de cosa son siempre inconscientes, y si tienden a hacerse preconscientes o conscientes lo harán bajo la forma de una representación de palabra. La represión secundaria actúa sobre estas representaciones separando o disociando de ellas el afecto, es decir, realizando una descatectización o desinvestidura de las representaciones de palabra.

En el 1º tiempo no es posible nombrar aquello que debe reprimirse pues no está constituido el lenguaje, pero en el segundo tiempo sí: el significante ‘representación de palabra’, que es verbal, representa lo que debe ser reprimido, representa aquello de lo cual debe separarse el afecto, porque es este afecto displacentero en última instancia el motivo y el fin de la represión.

Vemos así entonces que mientras el mecanismo central de la represión primaria es una contracarga o contrainvestidura, el mecanismo central de la represión secundaria es una desinvestidura, un retiro de catexis de la representación palabra.

Pero como la energía no se pierde sino que se transforma, debemos preguntarnos por último cuál o cuales serán los destinos de los quanta de afecto separados de su representación, y al respecto Freud plantea varios caminos posibles, calificables como los DESTINOS DEL AFECTO.

Estos posibles destinos son, entre los más significativos:

a) El quantum de afecto es desplazado a otra representación lo suficientemente alejada de la original como para no provocar angustia. Esta nueva representación no estará, sin embargo, totalmente desconectada de la reprimida, y habrá entre ambas lazos asociativos. Justamente durante el análisis, la interpretación lo que hace es recorrer estas vías asociativas en sentido inverso, o sea partiendo de la representación de palabra e intentando llegar por asociación libre hasta la original representación reprimida (cosa que en rigor no puede hacerse por ser esta un significante pre-verbal, es decir, innombrable, inefable).

Las asociaciones que va haciendo el paciente lo van llevando entonces hacia lo reprimido primordial (hacia lo reprimido en el primer tiempo) sin alcanzarlo nunca. El hecho que las asociaciones vayan llevando hacia lo reprimido nos muestra que las representaciones primordiales ejercen una especie de atracción sobre el resto de las representaciones, funcionando entonces como representaciones-fin.

El desplazamiento del afecto sobre otra representación se ve por ejemplo en las obsesiones (la escrupulosidad como reacción a los impulsos sádicos). En la neurosis obsesiva, refiere Laplanche (367), el quantum de afecto se ha desplazado desde la representación patógena ligada al acontecimiento traumatizante, a otra representación que el sujeto considera insignificante.

También vemos un similar mecanismo de desplazamiento en las fobias, donde una nueva representación, el caballo, recibe el afecto displacentero (angustia, miedo) de la original representación del padre, para referirnos al caso Juanito. El niño puede así en este caso soportar la presencia del padre sin angustia, angustia que además puede controlar mediante el recurso de evitar la presencia del caballo. El caballo funciona entonces, en palabras de Wyss (92-94) como una representación compensatoria.

b) El quantum de afecto original se transforma en otro afecto, apareciendo por ejemplo como angustia (neurosis de angustia). Esto también se puede ver en las fobias, donde la angustia frente al objeto fobígeno es el afecto resultante.

Este, consciente, puede a su vez ser evitado mediante el recurso de la supresión (véase más arriba Supresión). También puede verse este segundo destino del quantum de afecto en la melancolía (Laplanche, 11-12).

c) El quantum de afecto puede también convertirse en energía somática, y la representación reprimida pasa a ser simbolizada mediante una zona o una actividad corporal (Laplanche, 368). Tal lo que ocurre en la histeria de conversión.

c) 3º tiempo: Los mecanismos represores no son 100 % eficaces, y siempre se producirá un RETORNO DE LO REPRIMIDO, como ocurre por ejemplo en los sueños, los síntomas, los actos fallidos y en general en lo que en psicoanálisis suelen llamarse las formaciones del inconsciente. El retorno de lo reprimido no equivale a la disolución de la represión. Como indica Fenichel (175), en realidad este retorno no es más que la involuntaria irrupción en el estado consciente de derivados inaceptables de los impulsos.


4.2 PRIMERA TEORíA DE LAS PULSIONES

Esquemáticamente, Freud planteó 2 teorías sobre las pulsiones.

La aparece claramente explicitada en 1915 (Las pulsiones y sus destinos), y las divide en pulsiones de autoconservación y pulsiones sexuales (hambre y amor, como dice el mismo Freud para clarificar su explicación).

La teoría aparece formulada en 1920 (MáS ALLá DEL PRINCIPIO DEL PLACER), y las divide en pulsiones de vida y pulsiones de muerte (más literariamente, Amor y Discordia). Como se ve, la teoría de las pulsiones en Freud fue, salvo en muy breves periodos de duda, siempre dualista.

En esta sección examinaremos la primera teoría de las pulsiones.

a) Pulsiones de autoconservación

En relación con las pulsiones de autoconservación se habla también de pulsiones del yo. En un primer momento ambas expresiones eran sinónimas, pero luego Freud introdujo una distinción, la que de todas maneras no es tan neta, pues las pulsiones del yo apuntan a la autoconservación del individuo (Laplanche, 345):

PULSIONES DE AUTOCONSERVACION: Término mediante el cual Freud designa el conjunto de las necesidades ligadas a las funciones corporales que se precisan para la conservación de la vida del individuo; su prototipo viene representado por el hambre. Dentro de su primera teoría de las pulsiones, Freud contrapone las pulsiones de autoconservación a las pulsiones sexuales (Laplanche, 333).

Si bien toma como prototipo el hambre, Freud parece admitir que hay otras muchas pulsiones de autoconservación vinculadas a las correspondientes funciones orgánicas (nutrición, defecación, emisión de orina, actividad muscular, visión, etc.) (Laplanche, 334-335).

PULSIONES DEL YO: Dentro del marco de la primera teoría de las pulsiones (tal como fue formulada por Freud en los años 1910-1915), las pulsiones del yo designan un tipo específico de pulsiones cuya energía se sitúa al servicio del yo en el conflicto defensivo: son asimiladas a las pulsiones de autoconservación y se oponen a las pulsiones sexuales (Laplanche, 344).

La contracción ‘del’, en la expresión ‘pulsiones del yo’ significa dos cosas: por un lado son pulsiones que emanan o derivan del yo y son dirigidas hacia objetos exteriores, y por el otro lado son pulsiones que toman al yo como objeto, se fijan a él (Laplanche, 345).

En relación con las pulsiones de autoconservación o del yo (a grandes rasgos aquí las tomaremos como sinónimos), Laplanche define 3 conceptos freudianos: interés del yo, egoísmo, y concorde con el yo:

INTERES DEL YO: Término utilizado por Freud en el marco de su primer dualismo pulsional: energía de las pulsiones de autoconservación, en contraposición a la libido o energía de las pulsiones sexuales (Laplanche, 200).

EGOISMO: Interés del yo por sí mismo. Suele diferenciarse egoísmo y narcisismo: el egoísmo se define como una catexis por las pulsiones del yo, y el narcisismo como catexis del yo por las pulsiones sexuales (Laplanche, 105).

CONCORDE CON EL YO: Término que sirve para calificar las pulsiones o las representaciones aceptables por el yo, es decir, compatibles con su integridad y sus exigencias.

Las pulsiones concordes con el yo se oponen a las pulsiones sexuales, en la medida en que estas están destinadas a ser reprimidas cuando se muestran inconciliables con el yo (Laplanche, 75).

b) Pulsiones sexuales

PULSION SEXUAL: Empuje interno que el psicoanálisis ve actuar en un campo mucho más extenso que el de las actividades sexuales en el sentido corriente del término. Laplanche completa su definición de la siguiente manera:

Allí se verifican eminentemente algunos de los caracteres de la pulsión, que la diferencian de un INSTINTO: su objeto no está predeterminado biológicamente, sus modalidades de satisfacción (fines) son variables, más especialmente ligadas al funcionamiento de determinadas zonas corporales (zonas erógenas), pero susceptibles de acompañar a las más diversas actividades, en las que se apoyan.

Esta diversidad de las fuentes somáticas de la excitación sexual implica que la pulsión sexual no se halla unificada desde un principio, sino fragmentada en pulsiones parciales, que se satisfacen localmente (placer de órgano).

El psicoanálisis muestra que la pulsión sexual en el hombre se halla íntimamente ligada a un juego de representaciones o fantasías que la especifican. Sólo al final de una evolución compleja y aleatoria, se organiza bajo la primacía de la genitalidad y encuentra entonces la fijeza y la finalidad aparentes del instinto.

Desde el punto de vista económico, Freud postula la existencia de una energía única en las transformaciones de la pulsión sexual: la LIBIDO.

Desde el punto de vista dinámico, Freud ve en la pulsión sexual un polo necesariamente presente del conflicto psíquico: es el objeto privilegiado de la represión en el inconsciente (Laplanche, 332).

En el concepto de pulsión sexual destacamos dos ideas especialmente importantes, vinculadas entre sí:

a) las pulsiones sexuales se refieren a algo mucho más amplio a la sexualidad como se la entiende corrientemente, y

b) las pulsiones sexuales son originalmente parciales, y luego se organizan bajo la supremacía genital. En relación con la primera idea está el concepto freudiano de sexualidad, y en relación con la segunda idea la idea de pulsión parcial:

SEXUALIDAD: En la experiencia y la teoría psicoanalíticas, esta palabra no designa solamente las actividades y el placer dependientes del funcionamiento del aparato genital, sino toda una serie de excitaciones y de actividades, existentes desde la infancia, que producen un placer que no puede reducirse a la satisfacción de una necesidad fisiológica fundamental (respiración, hambre, excreción, etc.) y que se encuentran también a título de componentes en la forma llamada normal del amor sexual (Laplanche, 401).

Incluso los impulsos sexuales infantiles o adultos tienen efectos sobre la conducta no sexual, efectos mediatizados por la simbolización y la sublimación. Por lo tanto, sexualidad en psicoanálisis engloba también los fenómenos que son manifiestamente no sexuales pero que son derivados o análogos latentes (o inferenciales) de los fenómenos sexuales (Rycroft, 105).

PULSION PARCIAL: Se designan con este término los elementos últimos a los que llega el psicoanálisis en el análisis de la sexualidad. Cada uno de estos elementos viene especificado por una fuente (por ejemplo pulsión oral, pulsión anal) y un fin (por ejemplo pulsión de ver, pulsión de apoderamiento).

La palabra ‘parcial’ no significa solamente que las pulsiones parciales constituyan especies pertenecientes a la clase de la pulsión sexual en general; debe tomarse sobre todo en un sentido genético y estructural: las pulsiones

parciales funcionan al principio independientemente y tienden a unirse en las diferentes organizaciones libidinales (Laplanche, 331). Este modo de organización de las pulsiones desde el nacimiento en adelante lo veremos en una sección posterior, bajo el título de ‘Desarrollo psicosexual’.

c) Relaciones entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales

Dos conceptos importantes nos permiten articular las pulsiones de autoconservación con las pulsiones sexuales: apoyo (las pulsiones sexuales se ‘apoyan’ en las pulsiones de autoconservación), y conflicto (ambos tipos de pulsión pueden entrar en conflicto).

APOYO: Término introducido por Freud para designar la relación primitiva de las pulsiones sexuales con las pulsiones de autoconservación: las pulsiones sexuales, que sólo secundariamente se vuelven independientes, se apoyan sobre las funciones vitales que les proporcionan una fuente orgánica, una dirección y un objeto. En consecuencia, se hablará también de apoyo para designar el hecho de que el sujeto se apoya sobre el objeto de las pulsiones de autoconservación en su elección de un objeto amoroso; esto es lo que denominó Freud el tipo de elección de objeto por apoyo, o elección anaclítica (Laplanche, 31).

Un ejemplo típico es la actividad oral del bebé: al principio succiona el pecho simplemente para satisfacer su necesidad de hambre, pero bien pronto el mismo acto de succionar se convierte en placentero, más allá de si alimenta o no: es el momento donde la satisfacción sexual se separa de la necesidad nutritiva, donde se había apoyado (Freud, Tres ensayos sobre una teoría sexual).

Así, la sexualidad sólo secundariamente se vuelve autónoma y, una vez abandonado el objeto exterior, funciona en forma autoerótica (Laplanche,31). Efectivamente, las pulsiones sexuales se satisfacen en forma autoerótica antes de recorrer la evolución que las conducirá a la elección objetal. En cambio las pulsiones de autoconservación se hallan desde un principio en relación con el objeto (por ej. el pecho) (Laplanche, 33).

Una vez que las pulsiones sexuales se han independizado de las pulsiones de autoconservación, veamos la posibilidad de un conflicto entre ambas.

En una primera etapa de su pensamiento, Freud había visto el conflicto psíquico como una oposición entre la sexualidad y una instancia represora (ética), que hacía de las representaciones sexuales algo incompatible para el yo y generador de displacer para éste.

En una segunda etapa (primera teoría de las pulsiones), Freud buscó un soporte pulsional a la instancia represora, con lo cual el conflicto quedaba reducido a una oposición entre dos pulsiones: las sexuales y las de autoconservación o del yo (Laplanche, 78).

Freud intentaba así explicar el conflicto psíquico afirmando que el yo encuentra en las pulsiones de autoconservación la mayor parte de la energía necesaria para la defensa contra la sexualidad (Laplanche, 326).

Como dijimos antes, las pulsiones sexuales están destinadas a ser reprimidas cuando se muestran inconciliables con el yo (Laplanche, 75). El conflicto entre pulsiones sexuales y de autoconservación proporcionaría la clave para la comprensión de las neurosis de transferencia (Laplanche, 334).

Con la introducción del concepto de narcisismo en 1915, las pulsiones de autoconservación siguen oponiéndose a las sexuales, si bien estas últimas se encuentran ahora subdivididas, según que apunten al objeto exterior (libido objetal) o al yo (libido del yo o libido narcisista) (Laplanche, 335).

La energía de las pulsiones del yo no es libido, sino interés, aunque como dice Rycroft, Freud nunca fue claro respecto de si las pulsiones del yo también usaban la energía de la libido o alguna otra (Rycroft, 51).

La importancia que otorga pronto Freud a la oposición libido del yo-libido objetal, diluirá la importancia de la oposición pulsiones del yo-pulsiones sexuales. En efecto, Freud cree poder referir la autoconservación al amor de sí mismo, o sea a la libido del yo, lo cual habla un poco de un monismo pulsional (todas las pulsiones son reductibles a pulsiones libidinales, que luego llamará de vida), con lo cual entramos en una tercera etapa de su pensamiento, donde reinstaura el dualismo pulsional, pero ahora en términos de pulsiones de vida-pulsiones de muerte (Laplanche, 346-347).

En esta tercera etapa, (segunda teoría de las pulsiones), prescinde ya del conflicto pulsional, concibiéndose al ello como un reservorio pulsional que incluye las pulsiones de vida y muerte. La energía utilizada por el yo la toma de aquel fondo común, especialmente en forma de energía ‘desexualizada y sublimada’ (Laplanche, 326).

d) Relaciones entre la primera y la segunda teoría de las pulsiones

En un esquema aparte, podemos apreciar a grandes rasgos la diferencia entre la primera y la segunda teoría de las pulsiones. En ese esquema destacamos especialmente tres novedades introducidas en la segunda teoría:

a) El reconocimiento que las pulsiones de autoconservación y las sexuales no son en rigor de naturaleza diferente, y pueden ser englobadas ambas como pulsiones de vida, o bien como pulsiones de muerte;

b) La introducción de las pulsiones de muerte como las más arcaicas y fundamentales de todas las pulsiones.

c) El nuevo dualismo pulsional está dado por el par pulsiones de vida-pulsiones de muerte.

Pero, ¿qué es lo que llevó a Freud a pasar de la primera teoría a la segunda teoría de las pulsiones? Básicamente dos cosas:

1) la autocrítica que hizo de su primera teoría pulsional; y

2) el descubrimiento de razones (tanto teóricas como clínicas) para avalar la existencia de las pulsiones de muerte.

Veamos estas cuestiones separadamente.

1) La crítica a la primera clasificación de las pulsiones surgió a raíz del descubrimiento del narcisismo, o sea del carácter libidinal (léase sexual) de ciertos deseos hasta entonces atribuidos a las pulsiones del yo. Una parte del ‘egoísmo’ resultó ser de la misma naturaleza que las pulsiones sexuales con que son amados los objetos, lo cual se evidencia en que se puede desplazar la energía del yo a los objetos, y viceversa. Incluso la suma de ambas energías es, para cierto momento, constante: en Introducción al Narcisismo Freud dice que aquel que se ama más a sí mismo se interesa menos por los objetos, y viceversa.

Conclusión: las pulsiones del yo y las sexuales no son radicalmente distintas, sino la manifestación de una misma energía, la libido, con lo cual habrá entonces una libido del yo y otra objetal, interconvertibles entre sí por un proceso de desplazamiento. Y si las pulsiones del yo y las sexuales no son cualitativamente diferentes, entonces no sirve la primera clasificación de las pulsiones (Fenichel, 77).

2) La idea de la existencia de pulsiones de muerte encuentra su justificación en razones teóricas y razones clínicas.

Las razones teóricas o especulativas apuntan a considerar que las pulsiones tienden a regirse por el principio de constancia y, más aún, por el principio de nirvana, pues buscan reducir al máximo la tensión. Pero por otro lado ciertas otras pulsiones parecen actuar en sentido opuesto, (tienen un ‘hambre de estímulos’, buscan el aumento de la tensión), lo que se ve con mayor claridad en las pulsiones sexuales (Fenichel, 77-78). Lo primero sugirió la idea de pulsiones de muerte, y lo segundo la idea de pulsiones de vida.

Metapsicológicamente hablando, a Freud le resultaba inconcebible pensar que el odio pudiese derivarse de las pulsiones sexuales, que tienden hacia el amor y la unión (Laplanche, 337), lo que también le llevó a afirmar la existencia de las pulsiones de muerte.

La base clínica de la 2º teoría pulsional es la existencia de la agresión, parte bastante considerable de las tendencias humanas.

Tal agresión se ve por ejemplo en:

a) Como respuesta a las frustraciones, con el fin de superarlas;

b) tendencias agresivas vinculadas a ciertas pulsiones sexuales, especialmente la oral y anal (pregenitales);

c) tendencias agresivas sin ninguna vinculación aparente con la sexualidad;

d) el enigma del masoquismo, donde parece no regir el principio del placer, ya que en él afloran las tendencias autodestructivas (Fenichel, 78).

A todo ello debemos agregar las reacciones terapéuticas negativas y los sentimientos de culpabilidad de los neuróticos (Laplanche, 339).

Laplanche por su lado invoca como otras razones clínicas el fenómeno de la COMPULSION A LA REPETICION (difícilmente reducible a una simple búsqueda de satisfacción libidinal o a una simple tentativa de dominar experiencias displacenteras), y a las nociones de ambivalencia, agresividad, sadismo y masoquismo extraídas sobre todo de la clínica de la neurosis obsesiva y la melancolía (Laplanche, 337).

Todo lo dicho no significa obviamente que Freud recién se haya dado cuenta que había agresividad en el hombre cuando postuló su segunda teoría pulsional. Por ejemplo, cuando aún recién formulaba su primera teoría pulsional, Kaplan indica que reconoció un componente sádico en las pulsiones sexuales, y sólo luego, progresivamente, Freud advirtió el componente sádico como independiente del libidinal, separando ambos en forma gradual (Kaplan, 76).

Además de las razones teóricas y clínicas, también se invoca la fuerte impresión que causaron en Freud los estragos de la primera guerra mundial, y que lo motivó para pensar en la agresión como una tendencia destructiva con fuerza propia (Wyss, 113).


4.3 SEGUNDA TEORíA DE LAS PULSIONES

a) Generalidades

En nuestra sección anterior habíamos hablado de cómo Freud pasó de la primera teoría de las pulsiones a la segunda teoría, y habíamos indicado las principales novedades que incorporaba ésta última: a) entre las pulsiones del yo y las pulsiones sexuales de la primera teoría ya no hay diferencia cualitativa, y son englobadas dentro de las pulsiones de vida; y b) el establecimiento de las pulsiones de muerte, con lo cual el nuevo dualismo pulsional está dado por el par pulsiones de vida-pulsiones de muerte.

Freud introdujo su teoría dual de las pulsiones de vida y muerte en 1920. De acuerdo a Kaplan, esta nueva clasificación de las pulsiones es más abstracta y tiene implicaciones más amplias que su anterior concepto de impulsos libidinales y agresivos. Pensaba que las pulsiones de vida y muerte representaban las fuerzas subyacentes a las pulsiones sexuales y agresivas (Kaplan, 76).

En la visión de Fenichel, la segunda teoría de las pulsiones establece la existencia de dos cualidades en la psique: una, autodestructiva, el ‘instinto de muerte’ (que puede volverse contra el mundo externo y transformarse así en un ‘instinto destructivo’), y otra, Eros, que persigue la búsqueda de objetos, y empeñada en lograr unidades cada vez más elevadas (Fenichel, 78).

b) Pulsiones de vida

PULSIONES DE VIDA: Gran categoría de pulsiones que Freud contrapone, en su última teoría, a las pulsiones de muerte. Tienden a constituir unidades cada vez mayores y a mantenerlas. Las pulsiones de vida, que se designan también con el término ‘Eros’, abarcan no sólo las pulsiones sexuales propiamente dichas, sino las pulsiones de autoconservación (Laplanche, 342).

Mediante el término EROS, los griegos designaban el amor y el dios Amor. Freud lo utiliza en su última teoría de las pulsiones para designar el conjunto de las pulsiones de vida, oponiéndolo a las pulsiones de muerte (Laplanche, 121). La utilización del este vocablo por parte de Freud es una metáfora poética más que una designación científica, y su vinculación con las pulsiones de vida tiene que ver con el hecho de que el rol del dios Eros era traer armonía al caos y permitir el desarrollo de la vida (Rycroft, 51-52).

Expresiones vinculadas a este término son ‘erógeno’ y ‘erótico’. EROGENO significa capaz de producir excitación sexual, como por ejemplo una zona erógena, o el masoquismo erógeno (Laplanche, 121).

Aclaramos aquí que una zona es erógena en relación con la propia persona poseedora: cuando un niño o un hombre succiona el pecho femenino, la zona erógena activada del hombre es la zona oral, y la zona erógena activada en la mujer, el pezón. De idéntica manera, la zona erógena es la mucosa anal, no por ejemplo las heces.

EROTICO, por su parte significa sexual, libidinal, agradable. Tomando el sentido ‘sexual’, erótico es un placer que se experimenta como si tuviese calidad sexual (Rycroft, 52).

Otro término vinculado a Vida y Eros es ‘amor':

AMOR: En la literatura analítica puede aparecer como a) Eros, un principio o fuerza personificados (en un dios); b) una pulsión o grupo de pulsiones propensas a entrar en conflicto tanto con las pulsiones de conservación como con las destructivas; c) un afecto más a menudo contrastado con el odio que con el miedo; y d) una capacidad o función propensa a la inhibición, la perversión y la sublimación (Rycroft, 30).

Respecto del punto (b) hacemos dos aclaraciones: primero, Rycroft utiliza la expresión ‘instintos’ en lugar de ‘pulsiones’. En secciones anteriores ya hemos indicado la conveniencia de utilizar la segunda expresión. Segundo, cuando Rycroft dice que la pulsión amorosa puede entrar en conflicto con la pulsión de conservación, se refiere al posible conflicto entre pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación, respectivamente (Rycroft, 34).

c) Pulsiones de muerte

Se trata de la gran novedad introducida por Freud en su segunda y última teoría pulsional. Acerca de los motivos (teóricos y clínicos) que tuvo para instituir este concepto, véase nuestra sección anterior (El Observador número 6, página 269).

PULSIONES DE MUERTE: Dentro de la última teoría freudiana de las pulsiones, designan una categoría fundamental de pulsiones que se contraponen a las pulsiones de vida y que tienden a la reducción completa de las tensiones, es decir, a devolver al ser vivo al estado inorgánico. Las pulsiones de muerte se dirigen primeramente hacia el interior y tienden a la autodestrucción; secundariamente se dirigirían hacia el exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva o destructiva (Laplanche, 336).

Freud definió la pulsión de muerte como la tendencia de los organismos y de sus células a volver al estado inanimado (Kaplan, 76), o, para usar las mismas expresiones de Freud, las pulsiones de muerte son aquellas que tratan de conducir lo que está vivo a la muerte (Freud, MáS ALLá DEL PRINCIPIO DEL PLACER).

Freud indica que la tendencia de la pulsión de muerte aparece expresada en el PRINCIPIO DE NIRVANA, que designa algo distinto al principio de constancia u homeostasis: el nirvana es la tendencia radical a llevar la excitación a nivel cero, es decir a la muerte (Freud, El problema económico del masoquismo).

Así como ‘Eros’ tiene relación con las pulsiones de vida, ‘Tanatos’ tiene relación con las pulsiones de muerte:

TANATOS: Palabra griega (la Muerte) utilizada en ocasiones para designar las pulsiones de muerte, por simetría con el término de Eros; su empleo subraya el carácter radical del dualismo pulsional, confiriéndole una significación casi mítica. Federn habría introducido el término en psicoanálisis, aunque Jones dice que Freud lo usaba en sus conversaciones (Laplanche, 425).

Freud había indicado que las pulsiones de muerte se dirigen primero hacia el interior, en una dirección autodestructiva, y sólo secundariamente, después, se dirigen hacia el exterior, en una dirección agresiva. A grandes rasgos, podemos esquematizar los diversos destinos o vicisitudes de las pulsiones de muerte en tres etapas:

1- Originalmente las pulsiones de muerte están dirigidas hacia el interior, hacia el propio sujeto (masoquismo primario).

2- Luego son desviadas hacia el exterior, hacia las otras personas (sadismo).

3- Después pueden retornar nuevamente sobre el sujeto (masoquismo secundario).

Como vemos, las pulsiones de muerte pueden estar dirigidas hacia el interior o hacia el exterior. Podemos tomar esta idea sobre las vicisitudes de las pulsiones de muerte para organizar nuestra exposición de las mismas.

Pulsiones de muerte dirigidas hacia el interior

El concepto central es aquí la idea de masoquismo.

MASOQUISMO: Perversión sexual en la cual la satisfacción va ligada al sufrimiento o a la humillación experimentados por el sujeto. Freud extiende la noción de masoquismo más allá de la perversión descrita por los sexólogos: por una parte, al reconocer elementos masoquistas en numerosos comportamientos sexuales, y rudimentos del mismo en la sexualidad infantil, y, por otra, al describir formas que de él derivan, especialmente el ‘masoquismo moral’ (Laplanche, 218).

Una acepción del término, que usa Rycroft, ve en el masoquismo un rasgo de carácter que presentan las personas que provocan un mal tratamiento, humillación, y sufrimiento, sobre sí mismas. El masoquismo es tanto una real como una aparente excepción del principio del placer. Tiende a ser explicado ya sea en términos de

(a) transformación en lo contrario del sadismo;

(b) identificación con el compañero sádico;

(c) como un paliativo de la culpa al experimentar castigo y dolor simultáneamente con el placer;

(d) erotización de un rol sumiso originalmente adoptado para apaciguar a las figuras autoritarias, y

(e) la pulsión de muerte (Rycroft, 76).

En Freud aparecen dos clasificaciones de masoquismo:

a) masoquismo erógeno, femenino y moral, y

b) masoquismo primario y secundario.

En 1924, Freud distingue tres formas de masoquismo: erógeno, femenino y moral

(Freud, EL PROBLEMA ECONóMICO DEL MASOQUISMO):

MASOQUISMO EROGENO: Condición que se halla en la base de la perversión masoquista y que se encuentra también en el masoquismo moral: la ligazón del placer sexual al dolor. Como se ve, es un concepto más amplio que la simple perversión sexual como cuadro clínico (Laplanche, 219).

MASOQUISMO FEMENINO

Condición en la que el sujeto experimenta placer adoptando una posición pasiva, vale decir, quedando a merced del otro (por ejemplo en la sumisión y la docilidad). Puede darse tanto en el hombre como en la mujer. El adjetivo ‘femenino’ deriva de la homologación entre feminidad y pasividad, y si puede darse tanto en hombres como en mujeres, ello es debido a la condición bisexual de todo ser humano.

Rycroft indica que la teoría analítica clásica supone una conexión intrínseca entre el masoquismo, la pasividad y la feminidad. Al proceder de esta manera confunde el abandono de uno mismo a la voluntad de otro, con la experimentación del dolor (Rycroft, 76).

MASOQUISMO MORAL

Forma de masoquismo en la cual el sujeto, debido a un sentimiento de culpabilidad inconsciente, busca la posición de víctima, sin que en ello se halle directamente implicado un placer sexual (Laplanche, 218). Término utilizado por Freud para describir la tendencia a someterse al propio superyó sádico. El concepto se apoya en la idea de que el superyó obtiene su fuerza moral de la energía agresiva pulsional que es descargada (Rycroft, 76).

En relación con el masoquismo moral, encontramos los siguientes conceptos psicoanalíticos: sentimiento de culpabilidad, necesidad de castigo, reacción terapéutica negativa, compulsión a la repetición y neurosis de destino.

SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD

Término utilizado en psicoanálisis con una acepción muy amplia. Puede designar un estado afectivo consecutivo a un acto que el sujeto considera reprensible, pudiendo ser la razón que para ello se invoca más o menos adecuada (remordimientos del criminal o autorreproches de apariencia absurda), o también un sentimiento difuso de indignidad personal sin relación con un acto preciso del que el sujeto pudiera acusarse. Por lo demás, el sentimiento de culpabilidad se postula en psicoanálisis como sistema de motivaciones inconscientes que explican comportamientos de fracaso, conductas delictivas, sufrimientos que se infringe en sujeto, etc.” (Laplanche, 397).

En este último sentido, la palabra sentimiento sólo puede utilizarse con reservas, ya que el sujeto puede no sentirse culpable a nivel de experiencia consciente. En efecto, no escapó a Freud la paradoja que representa el hablar de sentimiento de culpabilidad inconsciente. En este sentido, admitió que podía parecer más adecuado el término de ‘necesidad de castigo’ (Laplanche, 397-398):

NECESIDAD DE CASTIGO

Exigencia interna que, según Freud, se hallaría en el origen del comportamiento de ciertos sujetos en los que la investigación psicoanalítica pone de manifiesto que buscan situaciones penosas y humillantes y se complacen en ellas (masoquismo moral). Lo que hay de irreductible en tales comportamientos debería relacionarse, en último análisis, con la pulsión de muerte (Laplanche, 232). Desde el punto de vista tópico, Freud explica las conductas autopunitivas por la tensión entre un superyó singularmente exigente y el yo (Laplanche, 233), o sea, por un conflicto superyó-yo.

Los fenómenos que implican autocastigo son, por ejemplo:

a) sueños de castigo, especie de tributo pagado a la censura por la realización de un deseo;

b) autorreproches y comportamientos autopunitivos en la neurosis obsesiva;

c) compulsión al autocastigo en la melancolía, que puede llegar al suicidio;

d) criminales por autocastigo: el autocastigo aparece como una consecuencia no deseada de acciones agresivas y delictivas;

e) la reacción terapéutica negativa (Laplanche, 232):

REACCION TERAPEUTICA NEGATIVA

Fenómeno observado en algunas curas psicoanalíticas y que constituye un tipo de resistencia a la curación singularmente difícil de vencer: cada vez que cabría esperar, del progreso del análisis, una mejoría, tiene lugar una agravación, como si ciertos individuos prefirieran el sufrimiento a la curación. Freud atribuye este fenómeno a un sentimiento de culpabilidad inconsciente inherente a ciertas estructuras masoquistas (Laplanche, 350).

La gran variedad de comportamientos masoquistas que hemos visto presentan la característica de reiterarse o repetirse a lo largo de la vida, no apareciendo como acontecimientos aislados o circunstanciales. Para explicar esto Freud recurre al concepto de compulsión a la repetición:

COMPULSION A LA REPETICION

Término utilizado por Freud para describir lo que él creía una tendencia innata a la reversión hacia condiciones previas. El concepto fue utilizado por él en apoyo del concepto de pulsión de muerte. Teniendo en cuenta que lo animado se desarrolla a partir de lo inanimado, Freud creyó que había un impulso innato, la pulsión de muerte, a regresar a lo inanimado (Rycroft, 39).

Laplanche nos suministra dos acepciones del término: el clínico y el teórico.

a) A nivel de la psicopatología concreta, proceso incoercible y de origen inconsciente, en virtud del cual el sujeto se sitúa activamente en situaciones penosas, repitiendo así experiencias antiguas, sin recordar el prototipo de ellas, sino al contrario, con la impresión muy viva de que se trata de algo plenamente motivado en lo actual.

b) En la elaboración teórica que Freud da de ella, la compulsión a la repetición se considera como un factor autónomo, irreductible, en último análisis, a la dinámica conflictual de la interacción principio del placer-principio de realidad. Se atribuye fundamentalmente a la característica más general de las pulsiones: su carácter conservador (Laplanche, 68).

A nivel clínico, la compulsión a la repetición se manifiesta también en las neurosis de destino (o compulsión de destino, para usar el término propiamente freudiano):

NEUROSIS DE DESTINO: Designa una forma de existencia caracterizada por el retorno periódico de las mismas concatenaciones de acontecimientos, generalmente desgraciados, concatenaciones a las cuales parece hallarse sometido el sujeto como a una fatalidad exterior, mientras que, según el psicoanálisis, se deben buscar los factores de este fenómenos en el inconsciente y, específicamente, en la compulsión a la repetición (Laplanche, 245).

Ejemplo: una mujer que, casada tres veces consecutivas, vio a sus maridos caer enfermos poco después de la boda y hubo que cuidarlos hasta su muerte (Laplanche, 246).

La segunda clasificación del masoquismo en masoquismo primario y secundario, nos remite a la evolución cronológica de las pulsiones de muerte:

MASOQUISMO PRIMARIO-SECUNDARIO

Freud entiende por masoquismo primario un estado en el que la pulsión de muerte todavía se dirige sobre el propio sujeto, aunque ligada por la libido y unida a ésta. Se denomina ‘primario’ porque no sigue a una fase en que la agresividad se dirigiría hacia un objeto exterior, y también para diferenciarlo de un masoquismo secundario, consistente en una vuelta del sadismo hacia la propia persona, que se añade al masoquismo primario (Laplanche, 219).

La idea de un masoquismo irreductible a una vuelta del sadismo hacia la propia persona sólo fue admitida por Freud una vez establecida la hipótesis de la pulsión de muerte (Laplanche, 219).

Lo visto hasta ahora, incluyendo los masoquismos primario y secundario, tienen relación con las pulsiones de muerte dirigidas hacia el interior de la persona. Examinemos ahora las pulsiones de muerte dirigidas hacia el exterior (sadismo, agresividad, etc.), y que corresponde a la segunda etapa o etapa intermedia entre el masoquismo primario y el secundario.

Pulsiones de muerte dirigidas hacia el exterior

El concepto de sadismo ocupa aquí un lugar central.

SADISMO

Perversión sexual donde la satisfacción va ligada al sufrimiento o a la humillación inflingidos a otro. El psicoanálisis extiende el concepto de sadismo más allá de la perversión descrita por los sexólogos, reconoce numerosas manifestaciones del mismo, más larvadas, especialmente infantiles, y lo considera como uno de los componentes fundamentales de la vida pulsional (Laplanche, 390).

La expresión sadismo puede significar una perversión sexual, o también el placer en la crueldad. Alude asimismo a varias formas, como el sadismo oral (placer en morder), el sadismo anal, etc. No está muy claro -señala Rycroft- si el sadismo es un puro y simple componente del instinto, o si es una fusión de impulsos libidinales y agresivos; o si el elemento agresivo es una manifestación de tendencias destructivas innatas o una respuesta a la frustración y/o humillación. Tampoco está muy claro si el ‘placer’ derivado de la actividad sádica reside en la observación del dolor del otro, o en la sensación de poder derivada de estar en condiciones de inflingir dolor (Rycroft, 104).

Buena parte de la incertidumbre de la que habla Rycroft con respecto a este término deriva de las numerosas idas y vueltas que dio Freud a lo largo de su obra, a propósito del tema de la relación entre sadismo y masoquismo (véase esquema aparte, donde intentamos una simplificación de este complejo problema).

En la bibliografía consultada, existen otros términos vinculados a la pulsión de muerte dirigida hacia el exterior:

AGRESIVIDAD

Tendencia o conjunto de tendencias que se actualizan en conductas reales o fantasmáticas, dirigidas a dañar a otro, a destruirlo, a contrariarlo, a humillarlo, etc.. (Laplanche, 13).

La agresión puede adoptar modalidades distintas de la acción motriz violenta y destructiva; no hay conducta, tanto negativa (rechazo de ayuda, por ejemplo) como positiva, tanto simbólica (por ejemplo, ironía) como efectivamente realizada, que no pueda funcionar como agresión.

El psicoanálisis ha concedido una importancia cada vez mayor a la agresividad, señalando que actúa precozmente en el desarrollo del sujeto y subrayando el complejo juego de su unión y desunión con la sexualidad. Esta evolución de las ideas ha culminado en el intento de buscar para la agresividad un sustrato pulsional único y fundamental en el concepto de pulsión de muerte (Laplanche, 13).

Según Rycroft la agresividad, que él designa como AGRESION y que aquí consideraremos como sinónimo, es una fuerza hipotética, instinto, o principio que se supone actúa sobre una amplia gama de actos y sentimientos. Se lo considera, con frecuencia, como antitético de sexo o libido, en cuyo caso es utilizado para hacer referencia a impulsos destructivos. Freud concibió la agresión, en sus últimos textos, como un derivado de la pulsión de muerte (Rycroft, 29).

PULSION DESTRUCTIVA (o destructora)

Término utilizado por Freud para designar las pulsiones de muerte, desde una perspectiva más cercana a la experiencia biológica y psicológica. En ocasiones su extensión es la misma que la del término ‘pulsión de muerte’, pero más a menudo califica la pulsión de muerte en tanto que orientada hacia el mundo exterior. En este sentido más específico, Freud utiliza también el término ‘pulsión agresiva’ (Laplanche, 330).

PULSION AGRESIVA: Designa, para Freud, las pulsiones de muerte, en tanto que dirigidas hacia el exterior. El fin de la pulsión agresiva es la destrucción del objeto (Laplanche, 327).

PULSION DE APODERAMIENTO

Término utilizado ocasionalmente por Freud, sin que su empleo pueda codificarse con precisión. Entiende por tal una pulsión no sexual, que sólo secundariamente se une a la sexualidad, y cuyo fin consiste en dominar el objeto por la fuerza (Laplanche, 328).

Al principio Freud recurrió a este concepto para explicar la crueldad infantil. Luego lo relacionó con otros conceptos, y finalmente dentro de la segunda teoría pulsional, vio en la pulsión de apoderamiento una forma que adopta la pulsión de muerte cuando esta entra ‘al servicio’ de la pulsión sexual (Laplanche, 328-329).

ODIO: Según Freud (1915) el odio es el responsable de las amenazas al yo, pero en sus especulaciones posteriores expuso el punto de vista de que es una manifestación de la pulsión de muerte. Los analistas influidos por estas ideas posteriores tienden a considerar el amor y el odio como opuestos, y a considerar a la psiquis como un campo de batalla entre estos dos principios opuestos (Rycroft, 83).

Críticas al concepto de pulsión de muerte.- Desde la más radical a la más moderada, podemos agrupar las críticas en dos direcciones principales:

1) No existe la pulsión de muerte y nacemos solamente con un solo tipo de pulsión, La agresividad entonces, se explica ya sea haciendo de ésta un elemento correlativo, al comienzo, de toda pulsión, en la medida en que ésta se realiza en una actividad que el sujeto impone al objeto, ya sea considerándola como una reacción secundaria a la frustración proveniente del objeto (Laplanche, 340).

Desde un punto de vista metapsicológico, al nacer no habría un grupo especial de pulsiones que busca la reducción de la tensión (Laplanche, 340), pues todas las pulsiones tienden, en el fondo a dicha reducción, con lo cual no hay porqué discriminar dos tipos de pulsiones al nacer (Fenichel,78-79).

2) Nacemos con pulsiones de vida y muerte, pero éstas últimas no son autodestructivas, sino agresivas. Existe desde un principio una ambivalencia pulsional, pero la oposición amor-odio, tal como se manifiesta desde los comienzos en la incorporación oral, sólo debería entenderse en la relación con un objeto exterior (Laplanche, 340).

d) Relaciones entre pulsiones de vida y de muerte

Encaremos esta cuestión tomando como referencia los conceptos de UNION-DESUNION ó, según otras traducciones, FUSION-DEFUSION de las pulsiones. En efecto, las pulsiones de vida y de muerte pueden estar entre sí fusionadas (unidas) o defusionadas (desunidas).

FUSION-DEFUSION

‘Unión-desunión’ son términos usados por Freud, dentro de su última teoría de las pulsiones, para describir las relaciones entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte, tal como se traducen en una determinada manifestación concreta. La unión de las pulsiones constituye una verdadera mezcla, donde cada uno de los dos componentes puede entrar en proporciones variables; la desunión designa un proceso que, en el caso extremo, conduciría a un funcionamiento independiente de las dos clases de pulsiones, persiguiendo cada una por separado su propio fin (Laplanche, 452).

Según los últimos escritos de Freud, las pulsiones no sólo están en conflicto sino que también están en condiciones de fusionarse y defusionarse (Rycroft, 60). En efecto, Freud dice por ejemplo que “nunca tenemos que tratar con los instintos de vida e instintos de muerte puros, sino sólo con combinaciones de ellos en diferentes grados.

En correspondencia con una fusión de instintos puede haber, bajo ciertas condiciones, una defusión de ellos” (Freud, Más allá del principio del placer). Cuando Freud habla de defusión o desunión intenta designar, explícita o implícitamente, el hecho de que la agresividad habría logrado romper todo nexo con la sexualidad (Laplanche, 452).

Interesa destacar que, sea que estén fusionadas o defusionadas, las pulsiones de vida y muerte actúan siempre ambas: juntas o independientemente, pero siempre las dos. Esto significa que no existe una conducta puramente autodestructiva (pulsiones de muerte) ni puramente buscadora de objetos (pulsiones de vida), sino que siempre hay una ‘mezcla’, tanto si están fusionadas como no.

Respecto del término ‘buscadora de objetos’ como fin de los impulsos de vida, valga la aclaración de Fenichel: la segunda teoría pulsional de Freud establece dos cualidades en la psique: una, autodestructiva, el ‘instinto de muerte’ (que puede volverse contra el mundo externo y transformarse así en un ‘instinto destructivo’), y otra, Eros, que persigue la búsqueda de objetos, y empeñada en lograr unidades cada vez más elevadas (Fenichel, 78).

En el esquema sobre “Algunos ejemplos de relaciones entre pulsiones de vida y muerte” ilustramos algunas posibilidades (las que suele citar el psicoanálisis con alguna frecuencia) de fusión y defusión de pulsiones.

Cerraremos nuestra breve exposición de las relaciones entre pulsiones de vida y de muerte, mediante un esquema que hemos diseñado para clarificar ciertos conceptos freudianos (ver esquema de “Series complementarias”).

Antes que nada aclaramos que la idea de SERIES COMPLEMENTARIAS fue utilizada originalmente por Freud para referirse específicamente a los factores etiológicos de las neurosis, pero Laplanche dice que también puede aplicarse dicha idea a otros campos, en que interviene igualmente una multiplicidad de factores que varían inversamente entre sí (Laplanche, 401).

Uno de esos campos es precisamente la relación entre los factores pulsión de vida y pulsión de muerte.

Cabría considerar 2 series complementarias, cada una con su correspondiente gradiente (o variación gradual): una cuantitativa, dada por las distintas proporciones en que pueden estar ambas pulsiones (mucha pulsión de vida, cantidad pareja de ambas, mucha pulsión de muerte), y otra cualitativa, dada por el grado de unión o desunión de ambas pulsiones (muy fusionadas, medianamente fusionadas, defusionadas).

Hay una relación entre ambas series:

a) puesto que la pulsión de vida tiende a unir, cuando hay un predominio de pulsión de vida (primera serie) hay concomitantemente una fusión o unión entre pulsiones (segunda serie); y

b) alternativamente, puesto que las pulsiones de muerte tienden a desunir, cuando hay un predominio de la pulsión de muerte (primera serie), hay concomitantemente una defusión o desunión entre las pulsiones (segunda serie). Todo esto equivale a decir que cuanto más prevalezca la libido, más se realizará la unión, y a la inversa, cuanto más predomine la agresividad, más tenderá a desintegrarse la unión pulsional (Laplanche, 454).

ESQUEMA 4.1 – DEL OBJETO A LA PALABRA ESQUEMA 4.2 – TIEMPOS DE LA REPRESION

TIEMPOS DE LA REPRESION

DEFINICION

MECANISMO IMPLICADO

1) Represión Primaria

Constitución de representaciones inconscientes o reprimido originario

Contrainvestidura (contracatexia)

2) Represión secundaria

Segunda represión

(descatectización) Desinvestidura que sufre lo reprimido originario cuando intenta nuevamente tornarse consciente.

3) Retorno de los reprimido

irrupción a nivel consciente de lo reprimido,

Involuntaria
bajo la forma
de síntomas, sueños, etc.

ESQUEMA 4.3 – ASPECTOS DE LA REPRESIóN

QUIEN REPRIME?

El yo, el superyó

QUE SE REPRIME?

Las representaciones, no las pulsiones o los afectos.

PORQUE SE REPRIME?

Por haber una experiencia de displacer vinculada con la representación.

CUANDO SE REPRIME?

En la primera infancia (primer tiempo) y luego el resto de la vida (segundo tiempo).

ESQUEMA 4.4 – PRIMERA Y SEGUNDA TEORíA DE LAS PULSIONES

PRIMERA TEORIA SEGUNDA TEORIA 1915

“Las pulsiones y sus destinos” 1920MAS ALLA DEL PRINCIPIO DEL PLACER” PULSIONES DEL YO PULSIONES DE VIDA EROS (1)

PULSIONES SEXUALES

Reconocimiento de componentes sádicos en estadios pregenitales. PULSIONES DE MUERTE (2)

Pulsiones del yo – Pulsiones sexuales

(1) La idea de reunir bajo las pulsiones de vida a las pulsiones del yo y las sexuales se desprende, entre otros de párrafos como el siguiente: “La oposición entre pulsión de autoconservación y pulsión de conservación de la especie, al igual que la existente entre amor al yo y amor objetal, debe situarse todavía dentro del Eros” (Freud, ESQUEMA DEL PSICOANALISIS, 1938).

(2) Vemos aquí una llave que engloba las pulsiones del yo y las sexuales bajo la pulsión de muerte, pero aclaramos que en su segunda teoría Freud ya no diferencia cualitativamente pulsiones del yo y sexuales.

Las razones para relacionar pulsiones del yo y sexuales con instinto de muerte son, entre otras, las siguientes:

a) Freud advirtió que parecía que había un sadismo asociado con las pulsiones del yo y también con las libidinales (Kaplan, 76).

b) En cuanto a la relación pulsión de muerte-pulsión del yo, un ejemplo es el masoquismo, y especialmente el masoquismo moral, donde el sujeto busca la posición de víctima debido a un sentimiento inconsciente de culpabilidad (Laplanche,218).

c) En cuanto a la relación pulsión de muerte-pulsión sexual, Fenichel dice que las tendencias agresivas aparecen (siempre según Freud) íntimamente vinculadas a ciertas pulsiones sexuales, especialmente en los niveles pregenitales de la libido (Fenichel, 78).

Por ejemplo, en la fase anal-sádica, donde se constituye la polaridad ACTIVIDAD-PASIVIDAD, Freud hace coincidir la actividad con el sadismo y la pasividad con el erotismo anal (Laplanche, 146). En 1920, Freud al describir la evolución de la sexualidad, muestra cómo en ella la agresividad entra al servicio de la pulsión sexual (Laplanche, 453).

http://sites.google.com/site/pcazau/

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