Planeta Freud

Veleidades de Verdad

2020

La situación es como sigue: estamos siendo bombardeados por un tropel de discursos, declaraciones y manifestaciones varias en los que se exalta las innúmeras bondades de la diversidad de identidades genéricas. Cálculos conservadores hablan de 54 identidades diferentes[1] que se reparten la predilección del público masivo, aunque suelen estar, en ocasiones, en pugna entre sí. ¿Cómo hacer para reconocerlas debidamente a todas, sin omitir o menospreciar alguna que otra? Mejor no hacerlo, ello sería una ofensa grave y potencialmente peligrosa. Significaría que Ud. no comulga con los vientos que soplan, que Ud. suscribe las horribles posiciones del patriarcado discriminador y embarazador, ya en franca decadencia y próximo a desaparecer definitivamente, pero todavía agazapado y al acecho. Admitamos, además, que los problemas de identidad, todo este zafarrancho de aceptaciones tibias y asunciones torpes y previsibles, es un problema para los individuos de la llamada clase media. Rollos…

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Hace 120 años exactos, en París, nació este intelectual que releyó atentamente a Sigmund Freud y generó una obra profunda y original. ¿Cuáles fueron sus grandes aportes? ¿Cómo interpelan sus textos a nuestra época? Infobae Cultura dialogó con cuatro psicoanalistas y escritores: Luis Gusmán, Marina Esborraz, José Luis Juresa y Nahuel Krauss.

Por Luciano Sáliche – 13 de Abril de 2021

Jacques Lacan

Cuenta Élisabeth Roudinesco en Lacan: esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento, la biografía canónica, que la primera vez que Lacan escuchó hablar de Sigmund Freud fue en 1923. Pero esa lectura se posterga unos años y es su propia trayectoria y las dicotomías de la época lo que hacen de ese encuentro —un joven y flaco Lacan subrayando frenéticamente y haciendo anotando en el margen ideas y preguntas— algo verdaderamente relevante en la historia del pensamiento occidental. Pero empecemos por el principio: la familia. Jacques Marie Émile Lacan nació en una casa parisina de clase media católica el 13 de abril de 1901, hace exactamente 120 años. Luego nacieron sus tres hermanos: Raymond, en 1902, que falleció a los dos años de una hepatitis; Madeleine, en 1903; y Marc-François, en 1908, que se convirtió en monje benedictino. Su temprano interés por la filosofía, principalmente por Baruch Spinoza y su Ética, lo tiene en el Collège Stanislas de París. Ahí comienza a formarse su ateísmo que produce una polarización en la familia con su hermano en el otro extremo. Al año siguiente ingresa a la Facultad de Medicina de la Universidad de París cabalgando sobre unas cuantas inquietudes intelectuales.

Las postales de Lacan esa época incluyen la librería de Adrienne Monnier en la calle del Odéon, la fascinación con el dadaísmo y el surrealismo, algunos cafés con André Breton, con Philippe Soupaulr, una sonrisa entusiasta al oír la primera lectura del Ulises de James Joyce en Shakespeare and Co. En ese preciso momento, Freud era leído en Francia desde dos ángulos: desde la vía médica y desde las vanguardias artísticas. “En la misma medida en que el medio médico adoptó el chovinismo y se adhirió a una visión estrictamente terapéutica del psicoanálisis —explica Roudinesco—, el medio literario aceptó la doctrina ampliada de la sexualidad, se llegó a considerar el freudismo como una ‘cultura germánica’ y defendió a menudo el carácter profano del psicoanálisis. Por ese Iado, con todas las tendencias confundidas. se miró al sueño como la gran aventura del siglo, se intentó cambiar al hombre gracias a la omnipotencia del deseo, se inventó la utopía de un inconsciente por fin abierto a las libertades y se admiró, por encina de todo, la valentía con que un austero científico había osado ponerse a la escucha de las pulsiones más íntimas del ser, desafiando el conformismo burgués a riesgo del escándalo y de la soledad”.

Mientras se especializaba en Psiquiatría y estudiaba casos como el trauma de guerra y el delirio alucinatorio, comienza a involucrarse en el movimiento surrealista y a publicar textos en la revista Minotaure. También a leer con sumo interés a Edmund Husserl, Friederich Nietzsche, Hegel y Martin Heidegger. De pronto, la constelación de ideas se arma sola. Se reunía con intelectuales como Alexandre Koyré y Georges Bataille. También con artistas. De Picasso fue durante un tiempo su médico personal. Con Dalí, en cambio, encontró grandes coincidencias teóricas. Es el surrealismo el que lo lleva a volver con una gran fuerza en la década del cincuenta, ya fallecido Freud y después del desastre de la Segunda Guerra Mundial, a esos textos que creía estancos, a interrogarlos, a machacarlos con preguntas, con nuevos problemas, a desafiarlos. Y lo que Lacan encuentra ahí es la piedra angular de su teoría. Entonces expone sus ideas en sus clases universitarias. Su mayor obra son sus conferencias donde ataca el dogma haciendo del psicoanálisis un método para desgranar lo que nos vuelve humanos: el lenguaje. Ahí, descubre Lacan, está el problema latiendo con toda su fuerza, pero también las huellas sombreadas de alguna solución. Ahí, en el lenguaje, está todo.

Sigmund Freud en una foto coloreada posteriormente

En ese sentido, como relectura de Freud, acercarse a Lacan es una tarea ardua. Luis Gusmán, psicoanalista, narrador y ensayista argentino —El frasquito, La pregunta freudiana y La valija de Frankenstein, entre otros libros— cuenta: “Llegué a Lacan por Oscar Masotta. La experiencia es que no entendía mucho, pero volvía a Freud y entendía. Esa era la vuelta a Freud”. “Mi primer acercamiento a la obra de Lacan fue en los años noventa en la Facultad de Psicología, como muchos de mi generación”, cuenta Marina Esborraz, psicoanalista y autora de Celos, seducción y vergüenza y La comedia de los sexos junto a Luciano Lutereau. “Recuerdo que el primer texto que leí de él fue el escrito Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, del cual pasé las primeras hojas creyendo que lo que planteaba no era importante ni relevante. En realidad, no entendía nada de lo que decía y como defensa usaba ese mecanismo tan habitual de creer que si no entiendo es porque no es importante o no tiene sentido. Cuando lo leímos con la profesora en la clase y ella fue explicando párrafo por párrafo el texto, mi visión cambió completamente. Lacan no es un autor sencillo, su estilo, a diferencia de Freud, no produce amor a ‘primera lectura’. Sin embargo, una vez que se logra entrar en su lógica, es imposible negar su genialidad. Y un poco te terminás enamorando también”.

“Pienso al psicoanálisis como un virus que se te mete y no te suelta, no como algo que uno elige después de leer un menú”, afirma Nahuel Krauss, también psicoanalista, autor de La segunda pérdida: Ensayo sobre lo melancólico.

“Después aprendí a leer otros autores, pero desde un principio supe que si alguien quiere practicar y habitar al psicoanálisis como discurso no puede desviarse del deseo de Freud, y encontré en Lacan la mejor manera de ser freudiano. Por otro lado, mi primera experiencia de lectura fue casi musical. No entendía nada, pero sabía que había que poner la oreja y soportar aburrirse, como cuando se aprende a tocar un instrumento. Después uno entiende que el que es difícil es Freud, porque te hace creer que entendés, pero para eso hace falta Lacan”. Por su parte, José Luis Juresa, psicoanalista y co-autor junto a Cristian Rodríguez de Gerard Haddad: un periférico del Psicoanálisis y Auschwitz con Hiroshima cuenta: “Mi primer contacto con la obra de Lacan fue en la facultad “Yo había leído a Freud, me había impactado, pero sentía que algunos elementos conceptuales de su trabajo me sonaban ‘fantásticos’, como un relato de ciencia ficción. Cuando leí a Lacan por primera vez, si bien no era de entendimiento inmediato, enseguida intuí que me solucionaba tener que ‘creer’ en Freud. Le dio un soporte lógico parecido a la ciencia. En aquel momento eso fue muy importante para mi”.

“Puso el psicoanálisis al revés mediante otra lectura”, dice Luis Gusmán

Los textos de Lacan están dispersos pero hay una colección, sus seminarios, 27 tomos de tapa amarillenta y letras bordó que nuclean su pensamiento. ¿Y qué pasa en esos seminarios, en su obra? ¿Cuáles son sus grandes aportes al pensamiento crítico? Dice Marina Esborraz: “Es muy difícil rescatar un solo aporte de un psicoanalista como Jacques Lacan, alguien que durante casi 30 años produjo una revisión de todo lo que se había conceptualizado hasta entonces en psicoanálisis bajo su premisa del ‘retorno a Freud’. Sus aportes son muchos y variados, aunque creo que el haber puesto el acento en el hecho de que estamos traumatizados por el lenguaje, que la palabra es un virus que trastoca nuestro ser, nuestro cuerpo y nuestros deseos ha sido y sigue siendo lo más valioso de su enseñanza. Que no hay nada humano por fuera de la palabra, porque incluso para sobrevivir necesitamos que un otro, además de cuidarnos y alimentarnos, nos hable y nos nombre, es decir, que nos aloje a través de un deseo no anónimo que conjugue deseo y amor”.

Gusmán sentencia: “Puso el psicoanálisis al revés mediante otra lectura. El reverso del guante. La paradoja, el malentendido, el inconsciente, como un saber no sabido. Las diabluras de lalengua, todo junto, por las que un sujeto es hablado”.

“El gran aporte de Lacan fue ‘limpiar’ al psicoanálisis del exceso de sentido, darle el soporte conceptual para evitar su desvío hacia la religión. El que el mismo llama ‘su aporte’, que es el objeto ‘a’, va en esa dirección”, dice Juresa, y Krauss agrega: “Particularmente, creo que dejó en claro que siempre se trata de lecturas. Es cierto que hay política, y siempre vamos a tratar de que una lectura prevalezca sobre otras, no es todo paz y amor, pero Lacan siempre se encargó de subrayar que él era un lector de Freud, privilegiado, pero un lector al fin -y un animal político-. Por supuesto que era imposible que calcule los efectos de su persona en algunos de sus seguidores, para quienes si Lacan no lo dijo ‘está mal’ y es causa de chicanas. Pero eso es un tema inherente a ciertas posiciones de un lacanismo mimético, no de Lacan. Aunque él tenía lo suyo, no podemos culparlo por quienes se identificaron a lo peor de él. Creo que Lacan siempre intentó sostener el vacío en el origen, que no hay lectura original, y que no se trata de superar a nadie, ni a él ni a Freud, que fueron fundadores de discurso, de modos de hablar”.

Jacques Lacan en 1978 (Foto: Sipa/Shutterstock)

Si para sacar a Freud de la vidriera inalterable Lacan tuvo que, empapado por su época, contrastar sus teorías a los problemas de la segunda mitad del siglo XX, ¿cómo se leen, ya no sólo Freud, sino Lacan, en esta era particularmente rara, con el narcisismo de la redes sociales y la incertidumbre de la pandemia como posibles emblemas? ¿Cómo interpelan sus textos a esta nueva época, a la sociedad de hoy?

“Siempre interpelan. Por la frase que el mismo Lacan escribió: que renuncie aquel que no esté dispuesto a interrogar la subjetividad de su época”, afirma Gusmán. Juresa agrega: “Colocando un vacío allí donde la tendencia es la ilusión de un ‘reencuentro’ con un objeto que jamás estuvo. Sobre ese vacío el ser humano se reencuentra con su soledad, sin asustarse, sin entrar en pánico, sin desesperación. Tal vez la lectura de Lacan, la crítica más iracunda que se le hace, tenga que ver con esto: no brinda respuestas inmediatas, no da fórmulas -aunque se hayan hiperdivulgado algunas que lo parecen- sino que promueve un recorrido, la construcción de un estilo, la diferencia en colectividad. Creo que uno de los aspectos mas fuertes que interroga su obra hoy y siempre son los fanatismos y el permanente reciclamiento de los imperativos aniquiladores del deseo. El deseo siempre lleva al otro, y el fanatismo al estado de guerra en el que se atrinchera el individuo”.

“Nuestra sociedad ya no es exactamente la misma que aquella en la que vivió Lacan —dice Esborraz—, lo que no quiere decir que su obra no revista una enorme actualidad. Cuando, por ejemplo, hace cuarenta años atrás afirmaba que el capitalismo forcluye la castración y deja de lado lo que llamamos las cosas del amor; ¿no nos encontramos hoy con la gran dificultad que existe para establecer lazos duraderos entre las personas? La fragilidad de los lazos es un síntoma de esta época y el psicoanálisis es una gran herramienta, porque va a contrapelo del discurso imperante. Eso también le trae grandes complicaciones, porque apelar a la castración es lo contrario a sostener discursos que apuntan a la omnipotencia del narcisismo, del yo y de la voluntad al estilo ‘Impossible is nothing’. Esto no quiere decir que el psicoanálisis sea una cosmovisión o que diga la verdad sobre las cosas. En todo caso, dice cosas que, en ocasiones, tienen efecto de verdad”.

Para Nahuel Krauss, los textos de Lacan “interpelan en varias direcciones. Por un lado, Lacan tenía una ética de lo real, cierto gusto por lo concreto, casi antiintelectualista. No se dejaba amagar por el narcisismo intelectual o la infatuación propia del snob o el progresismo académico, tan de moda actualmente. Por otro, supo formalizar los discursos que habitamos -lo sepamos o no-, y supo pronosticar, allá por los sesenta, el retorno del fascismo. Sabía que Hitler perdió en batalla pero ganó culturalmente. Aunque ese fascismo también -y principalmente- retornó como modo de relación al lenguaje y a la verdad, es decir, como literalidad, como lenguaje de abejas, como confusión absoluta entre discriminar, que es una función fundamental del lenguaje, y segregar, causa de toda crueldad y empuje a callar al otro. Al menos esto entiendo por lo que él llamó ‘rechazo del inconsciente’, es decir, del otro como diferencia y no como pura proyección narcisista, como reflejo de lo lindos o inteligentes que somos. Esta crisis del lazo social y su consecuente crueldad es algo a lo que Lacan se anticipó de un modo admirable”.

“Pienso al psicoanálisis como un virus que se te mete y no te suelta, no como algo que uno elige después de leer un menú”, dice Nahuel Krauss.

Élisabeth Roudinesco define a Lacan como “un hombre que quiso, con plena conciencia, ser el fundador de un sistema de pensamiento cuya particularidad consistió en considerar que el mundo moderno de después de Auschwitz había reprimido, recubierto y quebrantado la esencia de la revolución freudiana”. Es una vuelta al origen de esa disciplina minuciosa, atenta, disruptivamente conversacional que trabaja con la palabra, con el decir —y por supuesto su reverso: lo que se esconde en el silencio—, con lo decible y lo que no está permitido decir, en definitiva: con el lenguaje. Lacan propone y ejecuta una relectura, con todo lo que ese término significa, porque releer no es sólo volver a leer, repetir el proceso de aprendizaje, reiterar las sensaciones iniciales, el goce de la lectura, releer es también profundizar la atención, revisitar el texto con más herramientas, radicalizar las tensiones, cuestionarlo, ponerlo en contraste con la nueva época, desafiarlo, hasta encontrar, al fin, algo nuevo.

… Se dice que las últimas palabras que pronunció, ahí, acostado en la camilla, fueron estas, profundamente poéticas: “Soy obstinado. Desaparezco”. Pero hubo muchas importantes durante toda su vida. Por ejemplo, en la década del sesenta, cuando un alumno de la Universidad de París VIII le preguntó qué era el amor, respondió: “Dar lo que no se tiene a quien no lo es”. También están las de 1980, un año antes de morir, en Caracas. Reunió a sus alumnos y les dijo: “Vengo aquí a impulsar mi causa freudiana. Como ven, me interesa este adjetivo. Es asunto de ustedes ser lacanianos si lo desean. Yo soy freudiano”.

Leído en: infobae.com/cultura/2021/04/13/lacan-el-psiquiatra-fascinado-con-el-surrealismo-que-puso-al-psicoanalisis-al-reves/

Sigmund Freud (1856 – 1939) en su estudio de Viena, Austria, en 1930 (Authenticated News/Getty Images)

HISTORIAS
Murió el 23 de septiembre de 1939, agotado por un cáncer de laringe y por un cuadro séptico agudo. Se aproximó a su final con extraordinaria lucidez y con un dejo de amarga burla hacia el nazismo, que lo había perseguido, lo había convertido en un enemigo mortal del Reich y lo había condenado al exilio

Por Alberto Amato – 23 de Septiembre de 2021

No se privó de ninguna ironía. Carcomido por el cáncer, consciente de que esos eran sus últimos días, lejos de la ciudad y del país en los que había vivido durante setenta y nueve años, Sigmund Freud se aproximó a su muerte con extraordinaria lucidez y con un dejo de amarga burla hacia el nazismo, que lo había perseguido, lo había convertido en un enemigo mortal del Reich hasta expulsarlo de Austria.

Freud murió el 23 de septiembre de 1939, hace ochenta y dos años, agotado por un cáncer de laringe, por un cuadro séptico agudo y cuando su médico, Max Schur, hizo honor a un pacto entre ambos: aplicarle morfina cuando llegara lo inevitable. Para entonces, hacía veinte días que Adolf Hitler se había lanzado a conquistar el mundo, había desatado la Segunda Guerra Mundial para entronizar a un Reich que iba a durar mil años y duró seis.

Antes de la guerra, Freud había marchado al exilio con un amargo humor. Después de la anexión de Austria por parte de los nazis, Freud fue uno de los principales enemigos, y opositores, de Hitler. Judío y fundador de la escuela psicoanalítica su figura, conocida en el mundo, hacía impopular su asesinato: el Reich presionó para expulsarlo. Sus libros fueron quemados en las enormes hogueras públicas en la que ardieron la intelectualidad, el arte y la ciencia de aquella Alemania faro de cultura de Europa.

Sigmund Freud y Martha Bernays en Berlin, 1885, cuando aun eran novios (Bettmann/Getty Images)

Freud no tenía intenciones de marcharse, de modo que los nazis le hicieron saber el peligro que corría su familia. En un allanamiento del edificio donde funcionaba la editorial psicoanalítica, que también era el de su vivienda, los nazis se llevaron a su hijo Martin, lo interrogaron todo un largo día y lo liberaron. Una semana después, hicieron lo mismo con su hija Anna, apresada en el cuartel general de la Gestapo vienesa. Eso convenció a Freud de la necesidad de partir.

Sus cuatro hermanas, que se quedaron en Viena, murieron años más tarde en los campos de exterminio nazis. “Anna en la Gestapo”, anotó Freud en su diario como síntesis del que acaso fue el día más negro de su vida.

El 4 de junio de 1938, junto a su mujer Martha Bernays y su hija, Freud inició su viaje al exilio, enfermo, deteriorado, viejo y frágil. Antes, debió firmar un documento elaborado por los nazis que decía: “Yo, profesor Freud, confirmo por la presente que después del Anschluss (anexión) de Austria al Reich he sido tratado por las autoridades germanas, y particularmente por la Gestapo, con todo el respeto y la consideración debidos a mi reputación científica; que he podido vivir y trabajar en completa libertad, así como proseguir mis actividades en todas las formas que deseara; que recibí pleno apoyo de todos los que tuvieron intervención en este respecto, y que no tengo el más mínimo motivo de queja”. Nada era verdad. Freud entonces preguntó entonces si podía agregar una frase al texto, y escribió: “De todo corazón puedo recomendar la Gestapo a cualquiera”.

A las tres de la mañana del 5 de junio Freud y su familia cruzaron la frontera con París a bordo del Orient Express. Llegaron a Dover en ferry, con la salud del ilustre paciente más o menos entera, mejor de lo que él mismo esperaba, previas dosis de trinitrina y estricnina para superar el esfuerzo.

Freud tuvo un sueño en aquel viaje nocturno entre París y Dover. Se lo contó a su hijo días después. Soñó que desembarcaba en Pavensey, el puerto en el que había desembarcado Guillermo El Conquistador en 1066. Interpretaciones aparte, Freud quedó encantado con Londres. A su llegada, pasó en por el Palacio de Buckingham, por Burlington House, por Picadilly Circus, y por Regent Street, todos sitios que identificaba con fervor. Se instaló en el 39 de Elsworthy Road, una casa con jardín que fue su hogar transitorio. Freud paseó por el jardín de la casa y lanzó su segunda ironía en tres días: “Casi estoy tentado de gritar Heil Hitler”.

El año y dos meses que le quedaban por delante lo vivió con cierta intensidad. Y algunas curiosidades: recibió visitas entre las que se destacaron las de H.G. Wells, el historiador judío Joseph Yahuda, el escritor Stefan Zweig y, en especial Freud recibió con cariño a Jaim Weizmann, el famoso líder sionista por quien sentía particular afecto.

Lo curioso: el 19 de julio Stefan Zweig fue a visitarlo con un personaje ya por entonces bastante singular: Salvador Dalí que, de inmediato, hizo un boceto de Freud y afirmó que su cráneo le recordaba la imagen de un caracol. Freud escribió luego a Zweig: “Realmente debo agradecerle que haya traído al visitante de ayer. Porque hasta ahora yo me había inclinado a considerar a los surrealistas, que al parecer me han adoptado como su santo patrono, como locos absolutos, digamos en un noventa y cinco por ciento, como ocurre con el alcohol. Este joven español, con sus cándidos ojos fanáticos y su innegable maestría técnica, ha logrado cambiar mi valoración. No cabe duda de que sería muy interesante investigar analíticamente cómo logró caqrear ese cuadro”.

A finales de año, Freud se había restablecido lo suficiente como para atender a cuatro pacientes, con muy pocas interrupciones, hasta que el mal se lo impidió, ya cerca de su muerte. El cáncer lo acechaba con exasperante lentitud y en marzo de 1939 se hizo inaccesible para los cirujanos que ya lo habían operado treinta y tres veces, sufrió la extirpación de parte de la mandíbula y vivió el resto de sus días con una prótesis: Freud pagaba así tributo a su adicción al tabaco, fue un fumador empedernido desde los 20 años, jamás hizo caso a las recomendaciones médicas y fumó hasta poco antes de su muerte.

En marzo de 1939, ya casi abatido por el mal, envió un saludo a la Sociedad Psicoanalítica que había fundado y que cumplía un nuevo aniversario. Envió una carta a su discípulo y amigo, Ernest Jones, que escribió también una fantástica biografía que sirvió de fuente a estas líneas. Freud se lamentaba que, aún cerca de la Sociedad, no pudiera estar en la celebración: “(…) Pero, como somos impotentes ante el destino, tenemos que aceptar lo que este nos depara. Así, pues. Debo contentarme con enviar a la sociedad que celebra su aniversario –y desde lejos, estando tan cerca– un saludo cordial y los más afectuosos deseos (…)”

Reacio a tomar medicamentos, “prefiero pensar en medio del tormento a no estar en condiciones de pensar con claridad”, aceptó como único calmante, y de vez en vez, una aspirina. En agosto de 1939 se derrumbó. Sus heridas despedían un desagradable olor y creció su debilidad: ya no podía pasear por el jardín y pasaba horas mirando sus flores favoritas por el ventanal de su estudio, que era su refugio de enfermo.

Jones recuerda: “El cáncer se abrió camino a través de la mejilla hasta la cara externa y el estado séptico aumentó. El agotamiento era extremo y el sufrimiento, indescriptible “.

El 19 de septiembre cuatro días antes del final, Jones fue convocado para despedirse de su maestro. “Lo llamé por su nombre mientras dormitaba. Abrió los ojos, me reconoció y levantó la mano para dejarla caer luego con un gesto sumamente expresivo en el que estaba encerrado un mundo de significados: saludos, buenos deseos, resignación. No hubo necesidad de cambiar una palabra”.

La urna griega que contiene las cenizas de Freud y su esposa Martha Bernays (Jim Dyson/Getty Images)

El 21, Freud le dijo a su médico: “Querido Schur, usted recordará nuestra primera conversación. Usted me prometió que me ayudaría cuando yo ya no pudiera soportar más. Ahora es sólo una tortura y ya no tiene ningún sentido”. El médico apretó su mano y le prometió que le daría los sedantes necesarios. Freud le agradeció y le dijo: “Cuéntele a Anna nuestra conversación”. Dice Jones que no hubo en esa escena inolvidable ni emoción, ni autocompasión: “Sólo la realidad”.

Schur le aplicó una dosis de morfina, el paciente lanzó un breve suspiro de alivio y se hundió en un profundo sueño. Murió poco antes de la medianoche del 23. Fue incinerado en el cementerio de Golders Green en la mañana del 26. Sus cenizas se depositaron en un ánfora griega, uno de sus objetos preferidos. Allí reposan hoy junto a los restos de su mujer, Martha Bernays.»

Leído en: infobae.com/historias/2021/09/23/los-ultimos-dias-sigmund-freud-el-cuerpo-torturado-el-olor-de-sus-heridas-y-el-pacto-con-su-medico-para-no-sufrir/

Los cien años de una obra fundamental de Freud

El padre del psicoanálisis explicó en ese trabajo que toda psicología individual es también social porque el yo siempre tiene presente en sus pensamientos y acciones al otro. Osvaldo Delgado, Nora Merlin y Luis Sanfelippo debaten sobre su actualidad.

Por Oscar Ranzani
16 de septiembre de 2021

Sigmund Freud fue el hombre que puso en jaque el reinado de la razón como ordenadora del mundo que había impuesto la Modernidad, para plantear la idea de que los seres humanos no dominan todos sus actos de manera consciente. A esta premisa se la conoce como la tercera herida narcisista. Las dos primeras las constituyeron los descubrimientos de Copérnico y Charles Darwin. Uno por señalar que el hombre no era el centro del Universo. Y el otro por considerar que el ser humano es un animal más en la cadena del mundo natural. Si bien, a veces, se le cuestionó al padre del psicoanálisis que su teoría era individual, fue el propio Freud el que dejó claro en Psicología de las masas y análisis del yo que toda psicología individual es también social porque el yo siempre tiene presente en sus pensamientos y acciones al otro. Justamente en 2021, se cumplen 100 años de la publicación de este texto fundamental de la obra del gran psicoanalista austríaco, que significó una bisagra en varios aspectos. Entre ellos, el cruce entre psicoanálisis y política, justo cuando en Alemania comenzaba a ser protagonista Adolf Hitler con el surgimiento del Partido Nazi y cuando faltaban doce años para que el mayor asesino de la historia llegara al poder en tierra germana. Ahora bien: ¿Qué es una masa? ¿Cómo adquiere una influencia decisiva sobre el psiquismo individual del sujeto? Y a un siglo de que Freud estampara su pluma en el papel: ¿Cuál es la vigencia que tiene hoy en día un texto como Psicología de las masas y análisis del yo?

El legado

«Tiene una vigencia absoluta”, admite Osvaldo Delgado, referente ineludible del psicoanálisis en la Argentina y profesor titular de Psicoanálisis Freud de la Facultad de Psicología de la UBA, entre otros pergaminos. En Psicología de las masas, Freud dice que para conformar una masa no es imprescindible un líder. Que una idea negativa puede tener el mismo carácter aglutinante. “Por ejemplo, el odio”, expresa Delgado. “El odio puede tener un carácter unificador y constructor de toda una masa. Lo dice Freud, pero esto es hoy. La actualidad. El odio en esta época se ve en el resurgimiento de los partidos neonazis en nuestra Argentina, como los llamados ‘libertarios’, Milei, porque el odio tiene un carácter absolutamente punitivo”, subraya el doctor en Psicología. El odio, en términos de Aristóteles, a diferencia de otros sentimientos agresivos, es que el otro no exista. Esto lo dice Aristóteles en La Retórica. “Esto es de una importancia crucial en nuestra época”, explica Delgado. “En el capítulo XII Freud dice que el lazo amoroso tiene la misma estructura que el síntoma. Esto es muy importante porque el neoliberalismo triunfante odia la singularidad del sujeto. Por eso, la propensión totalitaria: el nazismo, el fascismo es el odio a lo singular. Lo singular no es el individualismo del neoliberalismo. Nada que ver lo singular con lo individual. Lo singular implica el respeto total y absoluto por lo propio de cada sujeto en su diferencia. Y el respeto y el amor por esa diferencia”, subraya el autor de Leyendo a Freud desde un diván lacaniano.

Otra prestigiosa psicoanalista, Nora Merlin, coincide con Delgado: «Tiene plena vigencia porque la masa es un modo totalitario de construir la vida o de construir lo común. Y la masa es el modo social paradigmático de esta expresión del discurso capitalista que es el neoliberalismo. La masa no es discursiva pero es un modo social caracterizado por la fascinación libidinal y por la producción de odio porque el odio va junto con la masa”. Merlin entiende que el odio es un modo que tiene la masa de tramitar las diferencias y que estamos en la época en que las corporaciones han tomado las formas de vida. “Pienso el neoliberalismo no sólo como un modelo económico sino como un dispositivo tanático, característico de la pulsión de muerte que va erosionando la vida en su conjunto. Entonces, las corporaciones mediáticas junto con las corporaciones de internet, de las tecnologías cibernéticas, las redes fueron ocupando el lugar del Ideal y desde ese lugar construyen la cultura de masas. Estimulan, alientan la cultura de masas. Entonces se obtiene un conjunto de individuos que están hipnotizados, que consumen, son odiadores seriales y se autoperciben libres y ciudadanos, cuando esta construcción de la masa nada tiene que ver con los principios democráticos. Es decir, no tiene que ver con la libertad, ni con la igualdad, ni con la fraternidad. Van en contra de la libertad porque no hay ninguna libertad en la masa. Hay obediencia inconsciente”, sostiene Merlin.

¿Lo primero es la familia?

Se pueden inferir tres tipos de masas: la efímera, las masas artificiales o altamente organizadas (Iglesia, Ejército) y una masa más estable o duradera, como la familia o incluso los partidos políticos. ¿Cuál de esas tres masas está hoy en crisis? «Podría tener múltiples respuestas porque, por un lado, uno podría decir, a la manera en que están descriptas en el texto, que todas podrían estar en crisis”, entiende el destacado historiador y psicoanalista Luis Sanfelippo. Se entiende: la Iglesia Católica y los Ejércitos nacionales no tienen la misma cantidad de fieles ni el mismo poder de convocatoria que tenían al principio del siglo XX. “Sin embargo, al mismo tiempo vivimos en una época donde hay multiplicación de Iglesias –sostiene el analista–. Entonces, hay muchas Iglesias. Por ejemplo, la multiplicación de iglesias evangélicas. Pero no solamente: también podría pensarse para el mundo árabe o para problemas en relación al judaísmo. No hay una Iglesia, pero sigue habiendo muchas Iglesias que agrupan, convocan, inciden en la política, intentan regular la moral y las costumbres”.

Para Sanfelippo lo mismo se puede decir de los Ejércitos. “Vivimos en una sociedad que sigue siendo fuertemente belicista. Hay ejércitos o intentos de solucionar por medios bélicos los conflictos sociales. Y si no, pensemos en lo que está pasando en Brasil, o lo que podría ser el discurso de Donald Trump cuando fue presidente. Uno puede pensar que, en algún modo, la Iglesia, el Ejército, las naciones o las familias están en crisis, pero al mismo tiempo no terminan de desaparecer. Más bien parecen organizadas de otra manera, con mayor diversidad, pero no desaparecen del todo”.

Sanfelippo piensa que es interesante el caso de “la familia”: “No es que la familia está en peligro. En todo caso, está siendo cuestionada como modelo único la familia moderna (papá, mamá e hijos), pero sin embargo, muchos colectivos siguen reivindicando la familia como un derecho y como algo buscado. Los movimientos gay de los ‘60 y ‘70 no reivindicaban la familia. Pero ahora eso sigue siendo considerado como un derecho. Está bien que el Estado lo reconozca como un derecho a tener una familia, pero no deja de mostrar, en ese punto, que esas masas de la estructura familiar, por ejemplo, en un sentido están en crisis y, en otro sentido, siguen estando fuertes. Fuertes habiendo transformado bastante su forma pero no habiendo renunciado a ocupar un lugar central como modo de sociabilidad de la mayoría de los seres humanos», dice Sanfelippo.

Merlin no cree que esté en crisis la masa sino “todo lo contrario”. “Pienso que tiene plena vigencia”, dice sin dudar. “Freud aporta un dispositivo para pensar un modo de construir lo común. Es decir, él ve que hay instituciones organizadas como masa o que hay culturas organizadas como masa”. La autora de Mentir y colonizar. Obediencia inconsciente y subjetividad neoliberal apunta que, por un lado, hay una caída de la autoridad paterna. Entonces, es posible que esté en decadencia la familia tradicional, “pero Freud está hablando de otro tipo de padre porque el padre de la familia, la función paterna, no es el padre de la horda, que es el líder de la masa”, subraya. “Yo creo que la categoría masa es un gran aporte de Freud para la teoría política porque algunos confunden masa y pueblo. Y no es lo mismo porque la masa es un dispositivo libidinal, es un dispositivo que es igual al de la hipnosis. En cambio, el pueblo está basado en la construcción de la voluntad popular, es democrático o amplía la categoría de la democracia. La masa no”, afirma Merlin.

Las masas del siglo XXI

Si se tiene en cuenta que la primera masa, la efímera, es irascible, espontánea, breve, sigue a un líder carismático y se disuelve sin éste, ¿es posible observar algo de esto en los movimientos anticuarentena y antivacunas a nivel mundial y local? «Puede ser”, dice Sanfelippo. “Igual, respecto de estos movimientos da la sensación de que, a veces, no son tan espontáneos ni efímeros sino que, al mismo tiempo, son organizados, a veces, por medios de comunicación o por nuevas tecnologías como las redes sociales que terminan siendo un soporte de la posibilidad del lazo y de la organización social pero, a veces, no es sólo que funciona como soporte sino como guía que conduce el descontento social en determinadas dimensiones. Entonces, en un punto me parece que no eran tan desorganizados ni tan espontáneos”, subraya el analista.

Para Merlin “es muy aplicable el concepto”. “Primero, en la parte social es la industria cultural, pero además están estos movimientos que se llaman ‘libertarios’ y coinciden en que son antivacuna, antisistema y finalmente van en contra de la democracia. Yo pienso esto de las masas cualquiera sea la expresión. Siempre es el mismo dispositivo: es el líder y la fascinación vía la identificación a la idealización. Entonces, el dispositivo se mantiene, cambia el fenómeno, pero Freud despeja la estructura a diferencia de los que lo preexistieron, que analizaban e interpretaban conductas”. Es que Freud excedía lo conductual y decía: «No, a mí me interesa el dispositivo». Y eso se mantiene en cualquier modalidad o expresión de la masa. “Yo creo que la masa es una patología democrática porque hay una causa que tiene que quedar abierta en el sujeto y en lo social que el líder de masa ya sea el padre de la horda, las empresas o las corporaciones te marcan el camino. Son estructuras morales, ni siquiera políticas”, completa Merlin. Y aclara que “morales” en el sentido de que dicen «Esto está bien, esto está mal». “Nos dicen lo que tenemos que comprar, a dónde tenemos que ir, son como GPS: te van orientando el camino de la vida de cómo se debe ser feliz”, cuestiona Merlin.

El gobierno mediático de las almas

En los últimos tiempos –sobre todo– la Argentina fue testigo de comportamientos grupales en pandemia que no se verían en los comportamientos individuales de cada uno de sus integrantes. “Los medios de comunicación (no todos sino la mayoría) tratan de colectivizar de un modo alienante produciendo un efecto de hipnosis y colocando la pasión oscura, el odio en el núcleo mismo de lo que se hace”, explica Delgado. “En nuestro país sucedió algo no hace mucho tiempo que fueron las manifestaciones por la llamada ‘libertad’. En verdad lo que encubrían era pura pulsión de muerte porque eran en plena pandemia sin barbijo. Y ahora uno escuchó en plena campaña criticar al gobierno por las decisiones sanitarias como si hubieran sido decisiones no sanitarias, como si no hubiera existido el virus, la pandemia, como si hubieran sido decisiones stalinistas para tener a la gente metida en la casa sin salir y para controlar”, analiza Delgado. “Hay una acusación hacia los gobiernos que aplicaron medidas de cuarentena como si se hubiera tratado de una operación stalinista, cuando eran prácticas sanitarias para que la gente no se muera. Lo que uno escucha hoy cotidianamente de los medios de comunicación de masas es esto todo el tiempo: la crítica a ‘los que nos hicieron perder la libertad durante todo el tiempo de pandemia’. El horror del virus que mata es velado y pasa ser el horror el encierro de la cuarentena«, analiza Delgado.

Foto: Télam

En líneas similares, Merlin destaca que los medios de comunicación corporativos en todo el mundo –no sólo en la Argentina– están arengando una conducta de odio o de antisistema pero en el peor de los sentidos: antivacuna, anticuarentena, antigobierno. “Finalmente, antidemocracia”, dice la psicoanalista, sin dudar. “Y veo un ascenso de una nueva forma del fascismo, pero la estructura es la misma. También termina siendo otra cultura de masas, pero esto está muy estimulado por las grandes corporaciones que no les gustan los límites, no les gustan los Estados, no les gustan los cuidados. Están las dos cosas. También hay que marcar que el coronavirus no sólo fue estimulando este ascenso de estas formas del fascismo. También el coronavirus fue una experiencia pedagógica para los pueblos o para las sociedades en donde empieza a aparecer el cuidado como una categoría central. El cuidado de la propia vida, de la vida del otro, del planeta, de las democracias. Hay una actitud que vino para quedarse respecto del cuidado que no es sólo del Estado hacia lo social sino que hay un cuidado horizontal que va surgiendo. En ese sentido, los feminismos tuvieron mucha importancia en esto. El cuidado era una demanda que venían trayendo los feminismos diciendo que por qué tienen que ser solamente las mujeres las cuidadoras”. Y Merlin reconoce que hay algunos Estados, como el argentino actual, que se hicieron cargo de ese cuidado y escucharon la demanda, ocuparon ese lugar, “cosa que a estos ‘libertarios’ que están surgiendo no les gusta nada”. Entonces, junto con este ascenso violento que está surgiendo de los grupos antivacuna, también están surgiendo movimientos que son democráticos, que son horizontales, se podría decir de amor a lo común.

Sanfelippo recuerda que, al principio de la pandemia, aparecían, por un lado, ciertas escenas que podían dar alguna ilusión de comunidad. Y de acompañamiento: la gente salía a aplaudir a los médicos y trataba de cumplir con las medidas. “Apareció una idea que me parece importante como horizonte ideal, aunque sea muy difícil de sostener, que es la del cuidado”, dice, en sintonía con Merlin. En simultáneo, también aparecían actitudes microfascistas porque donde se veía a alguien de un asentamiento sin sus necesidades básicas satisfechas y que tenía que salir a trabajar tratando de buscar basura para poder generar un ingreso, aparecían denuncias y señalamientos. O al médico que salía a trabajar lo escrachaban y querían que se le impidiera el ingreso al edificio. “O sea, cómo de repente, el terror no sólo disuelve las masas, a veces hace masa. El miedo al contagio, el miedo a que uno pueda terminar enfermo terminaba aglutinando a personas para hacer una masa con el fin de excluir, discriminar, denunciar, perseguir a aquel que podría ser un peligro potencial para el resto del colectivo. Y eso me parece un fenómeno de masa donde la masa toma la forma no del colectivo que cuida sino del movimiento fascista que persigue al distinto y lo considera un peligro«, concluye Sanfelippo.

Leído en: pagina12.com.ar/368621-los-cien-anos-de-una-obra-fundamental-de-freud

Veleidades de Verdad

(Viene de: El problema de la libertad en Kant y Freud. La Crítica del Juicio.)

Freud y compañía

¿Cómo repercute esta discusión entre causalidad y libertad en el campo Psi? Por un lado, está claro que a Freud y a todos sus epígonos les resultó harto difícil teorizar la cuestión de la libertad y, por otro, tenemos que el padecimiento psíquico fue visto desde el siglo XVIII al menos como una limitación de la libertad personal del paciente. Este punto de vista pasó al ámbito psiquiátrico 63 y fue sostenido con insistencia por el gran Henri Ey. Fenomenológicamente, la neurosis y los diversos cuadros presentan síntomas y conductas estereotipadas y repetitivas que permiten y alientan una especie de clasificación de los mismos, aunque es preciso reconocer que no existe una única nosografía y que muchos grandes maestros han ensayado una propia privilegiando algún criterio sobre otros posibles. Como…

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