Planeta Freud

017. 06. La interpretación de los sueños -1898-9 [1900]

Posted on: agosto 2, 2009

El sueño de examen

Todo aquel que ha terminado con el examen de grado sus estudios de bachillerato puede testimoniar de la tenacidad con que le persigue el sueño de angustia de que va a ser suspendido y tendrá que repetir el curso, etc. Para el poseedor de un título académico se sustituye este sueño típico por el de que tiene que presentarse al examen de doctorado, sueño durante el cual se objeta en vano que hace ya muchos años que obtuvo el deseado título y se halla ejerciendo la profesión correspondiente.

En estos sueños es el recuerdo de los castigos que en nuestra infancia merecieron nuestras faltas lo que revive en nosotros y viene a enlazarse a los dos puntos culminantes de nuestros estudios, al dies irae, dies illa de los rigurosos exámenes.

El «miedo de examen» de los neuróticos halla también un incremento en la citada angustia infantil. Terminados nuestros estudios, no es ya de nuestros padres, preceptores o maestros, de quienes hemos de esperar el castigo a nuestras faltas, sino de la inexorable concatenación causal de la vida, la cual toma a su cargo continuar nuestra educación, y entonces es cuando soñamos con los exámenes -¿y quién no ha dudado de su éxito?- siempre que tememos que algo nos salga mal en castigo a no haber obrado bien o no haber puesto los medios suficientes para la consecución de un fin deseado; esto es, siempre que sentimos pesar sobre nosotros una responsabilidad.

A una interesante observación de un colega, conocedor de estas cuestiones, debo un más amplio esclarecimiento de tales sueños, pues me llamó la atención sobre el hecho, por él comprobado, de que el sueño de tener que doctorarse nuevamente era siempre soñado por personas que habían salido triunfantes de dicho examen y nunca por aquellas otras que en él habían sido suspensas.

Estos sueños de angustia, que suelen presentarse cuando al día siguiente ha de resolverse algo importante para nosotros, habrían, pues, buscado en el pretérito una ocasión en que la angustia se demostró injustificada y quedó contradicha por el éxito. Tendríamos aquí un singular ejemplo de interpretación errónea del contenido onírico por la instancia despierta. La objeción interpretada como rebelión contra el sueño: «Pero ¡si ya tengo el título!», etc., sería, en realidad, un aliento proporcionado por el mismo: «No temas; recuerda el miedo que sentiste antes del examen de doctorado y recuerda que nada malo te pasó. Hoy tienes ya tu título», etc. Resulta, pues, que la angustia que atribuíamos al sueño procedía de los restos diurnos.

Esta explicación se ha demostrado cierta en todos los sueños de este género, propios y ajenos, que he podido investigar. La medicina legal, asignatura en la que fui suspenso, no me ha ocupado jamás en sueños, mientras que muchas veces he soñado examinarme de Botánica, Zoología y Química, disciplinas en las que mi miedo al examen estaba muy justificado, pero que aprobé por especial favor del Destino o del examinador.

Entre las asignaturas de segunda enseñanza escogen siempre mis sueños la Historia, disciplina en la que rayé a gran altura, pero sólo porque mi amable profesor -el tuerto de otro sueño (pág. 358)- se dio cuenta de que al devolverle el programa había hecho con la uña una señal, junto a la segunda pregunta, para advertirle que no insistiera mucho sobre ella. Uno de mis pacientes, que aprobó el examen de doctorado y fue luego suspendido en la Audiencia Militar, me ha confirmado que sueña muchas veces con el primer examen y jamás con el último (se trataba de W. Stekel).

Los sueños de examen presentan, para la interpretación, aquella dificultad que antes señalamos como característica de los sueños típicos.

El material de asociaciones que el sujeto pone a nuestra disposición rara vez resulta suficiente, y de este modo, sólo por la reunión y comparación de numerosos ejemplos nos es posible llegar a la inteligencia de estos sueños. Recientemente experimenté en un análisis la segura impresión de que la frase:

«Pero ¡si ya eres doctor !», etc., no se limita a encubrir una intención alentadora, sino que entraña también un reproche: «Tienes ya muchos años y has avanzado mucho en la vida; mas, a pesar de ello, sigues haciendo bobadas y niñerías.»

El contenido latente de esos sueños correspondería, pues, a una mezcla de autocrítica y aliento, y siendo así, no podremos extrañar que el reproche de seguir cometiendo «bobadas» y «niñerías» se refiera, en los ejemplos últimamente analizados, a la repetición de actos sexuales, contra los que hay algo que se opone en nosotros. W. Stekel, que adelantó la primera interpretación de un sueño de examen (‘Matura’), era de la opinión que habitualmente se relacionaban con tests sexuales y con madurez sexual.

Mi experiencia ha confirmado a menudo este punto de vista.


Capítulo VI – La elaboración onírica

Todas las tentativas realizadas hasta el día para solucionar los problemas oníricos se enlazaban directamente al contenido manifiesto, esforzándose por extraer de él la interpretación o fundamentar en él, cuando renunciaban a hallar sentido alguno interpretable, su juicio sobre el fenómeno objeto de nuestro estudio.

Somos, pues, los primeros en partir de un diferente punto inicial. Para nosotros se interpola, en efecto, entre el contenido onírico y los resultados de nuestra observación un nuevo material psíquico: el contenido latente o ideas latentes del sueño que nuestro procedimiento analítico nos lleva a descubrir. De este contenido latente y no del manifiesto es del que desarrollamos la solución del sueño.

Así, pues, se nos presenta también una nueva labor que no se planteaba a los autores anteriores: la de investigar las relaciones del contenido manifiesto con las ideas latentes y averiguar por qué proceso ha surgido de estas últimas aquel primero. Las ideas latentes y el contenido manifiesto se nos muestran como dos versiones del mismo contenido, en dos idiomas distintos, o, mejor dicho, el contenido manifiesto se nos aparece como una versión de las ideas latentes a una distinta forma expresiva, cuyos signos y reglas de construcción hemos de aprender por la comparación del original con la traducción. Las ideas latentes nos resultan perfectamente comprensibles en cuanto las descubrimos.

En cambio, el contenido manifiesto nos es dado como un jeroglífico, para cuya solución habremos de traducir cada uno de sus signos al lenguaje de las ideas latentes. Incurriríamos, desde luego, en error si quisiéramos leer tales signos dándoles el valor de imágenes pictóricas y no de caracteres de una escritura jeroglífica.

Supongamos que tenemos ante nosotros un jeroglífico cualquiera de los muchos que se publican como pasatiempo.

En él vemos una casa sobre cuyo tejado descansa una barca, y luego, a continuación, una letra y una figura humana, sin cabeza, corriendo desesperadamente, etc.

Ante estas imágenes podríamos expresar la crítica de que tanto su yuxtaposición como su presencia aislada son absurdas e insensatas, pues las barcas no anclan nunca sobre los tejados y un hombre decapitado es incapaz de correr.

Asimismo, esta última figura resulta más grande que la casa, y si el conjunto ha de representar un paisaje, sobran las letras, que jamás hemos visto surgir espontáneamente en la Naturaleza. Pero estas objeciones dependen de que formamos sobre el jeroglífico un juicio equivocado.

Así, pues, habremos de prescindir de ellas y adaptarnos al verdadero carácter de aquél, esforzándose en sustituir cada imagen por una sílaba o una palabra susceptibles de ser representadas por ella. La yuxtaposición de las palabras que así reuniremos no carecerá ya de sentido, sino que podrá constituir incluso una bellísima sentencia. Pues bien: el sueño es exactamente uno de estos jeroglíficos, y nuestros predecesores en la interpretación onírica han incurrido en la falta de considerar el jeroglífico como una composición pictórica. De este modo no tenía más remedio que parecerles insensato y sin valor alguno.

La labor de condensación

Lo primero que la comparación del contenido manifiesto con las ideas latentes evidencia al investigador es que ha tenido efecto una magna labor de condensación.

El sueño es conciso, pobre y lacónico en comparación con la amplitud y la riqueza de las ideas latentes. Su relación escrita ocupa apenas media página.

En cambio, la del análisis en el cual se hallan contenidas las ideas latentes ocupa seis, ocho o doce veces más espacio.

Esta proporción es muy variable, y por lo que hasta el momento hemos podido comprobar, no influye para nada en el sentido de los sueños correspondientes. Generalmente se estima muy por debajo el montante de la comprensión que ha tenido efecto, pues se consideran las ideas latentes descubiertas como la totalidad del material dado, siendo así que no constituyen sino una parte del mismo y que, prosiguiendo el análisis, podemos hallar todavía nuevas series de ideas que se ocultaban detrás del sueño. Ya indicamos antes que jamás podemos estar seguros de haber agotado la interpretación de un sueño.

Aunque la solución obtenida nos parezca completa y satisfactoria, queda siempre la posibilidad de que el mismo sueño haya servido también de exteriorización a otro sentido más.

Así, pues, el montante de condensación es -en términos rigurosos- indeterminable. Contra el aserto de que la desproporción entre contenido manifiesto e ideas latentes nos fuerza a deducir que en la elaboración onírica ha tenido efecto una amplia condensación del material psíquico, podría elevarse una objeción, a primera vista muy plausible.

Pudiera, en efecto, alegarse la impresión que con tanta frecuencia experimentamos de haber soñado muchas cosas a través de toda la noche y haber olvidado después la mayor parte. De este modo el sueño que al despertar recordamos no sería sino un resto de la total elaboración onírica, la cual, recordada por entero, presentaría una amplitud igual a la de las ideas latentes.

Hay aquí una parte de verdad, pues la observación de que cuando más fielmente nos es dado reproducir un sueño es cuando intentamos recordarlo inmediatamente después de despertar, mientras que conforme avanza el día va haciéndose su recuerdo cada vez más vago e incompleto, es rigurosamente cierta. Pero, por otro lado, podemos comprobar que el sentimiento de haber soñado mucho más de lo que podemos reproducir reposa muchas veces en una ilusión, cuyo origen aclararemos más adelante.

Además, la hipótesis de una condensación en la elaboración onírica no queda contradicha en modo alguno por la posibilidad del olvido de los sueños, pues resulta demostrada por las masas de representaciones pertenecientes a cada uno de los fragmentos oníricos conservados. Lo que sucede cuando realmente ha sido olvidada una gran parte del sueño es que tal olvido nos cierra el acceso a una nueva serie de ideas latentes, pues nada justifica la suposición de que los fragmentos oníricos olvidados no se habrían referido sino a aquellas ideas que ya conocemos por el análisis de los conservados.

Ante la extraordinaria cantidad de ocurrencias que el análisis aporta con respecto a cada elemento del contenido onírico surgirá en nuestros lectores la duda de si podemos considerar como perteneciente a las ideas latentes todo aquello que a posteriori se nos ocurre durante la labor analítica; esto es, si debemos suponer que todas estas ideas se hallaban ya en actividad durante el reposo y contribuyeron a la elaboración del sueño, o si no es mucho más verosímil que durante dicha labor surjan nuevas asociaciones de ideas que no tomaron parte alguna en la constitución del mismo.

Sólo condicionalmente podemos agregarnos a esta duda. Es, desde luego, cierto que durante el análisis surgen por primera vez algunas asociaciones, pero siempre nos es dado comprobar que tales nuevas conexiones sólo se establecen entre ideas que se hallaban ya enlazadas de otra manera en el contenido latente. Las nuevas conexiones no son sino contactos o corto circuitos facilitados por la existencia de otros caminos de enlace más profundos.

Con respecto a la mayor parte de las masas de ideas descubiertas en el análisis, nos vemos obligados a reconocer que han actuado ya en la elaboración del sueño; pues cuando hemos seguido una cadena de tales pensamientos, que parecen exentos de todo nexo con dicha elaboración, tropezamos bruscamente con una idea que se halla representada en el sueño, es indispensable para la elaboración del mismo y no resulta accesible sino por la persecución de dicha serie de pensamientos, ajena en apariencia a la formación del producto onírico. Recuérdese a este respecto el sueño de la monografía botánica, que se nos muestra como el resultado de una asombrosa condensación, aunque no hemos comunicado su análisis sino fragmentariamente.

Pero entonces, ¿cómo hemos de representarnos el estado psíquico que durante el reposo precede al soñar? Las ideas latentes, ¿aparecen dadas en conjunto o son recorridas de un modo sucesivo? ¿No podrá ser también que, partiendo de diversos centros, se constituyan varias cadenas de ideas simultáneas, que luego se unan en un punto dado?

A mi juicio, no tenemos necesidad ninguna de crearnos una representación plástica del estado psíquico en la elaboración onírica. Bastará con no olvidar que se trata del pensamiento inconsciente y que el proceso puede ser muy distinto del que percibíamos en nosotros en la reflexión voluntaria acompañada de conciencia. De todos modos, el hecho es que la elaboración onírica reposa sobre una condensación permanente inquebrantable.

Ahora bien: ¿cómo se lleva a cabo tal condensación? Si reflexionamos que de las ideas latentes halladas sólo una minoría queda representada en el sueño por uno de sus elementos de representación, habríamos de concluir que la condensación se verifica por exclusión, no siendo así el sueño una fiel traducción o una proyección, punto por punto, de las ideas latentes, sino una reproducción harto incompleta y llena de lagunas de las mismas.

Este juicio es, sin embargo, como pronto veremos, harto equivocado. Pero tomémoslo al principio como base y continuemos preguntándonos: si al contenido manifiesto no llegan sino pocos elementos de las ideas latentes, ¿qué condiciones determinan la selección de las mismas? Para contestar a esta interrogación examinaremos aquellos elementos del contenido manifiesto que tienen que haber cumplido tales condiciones.

El material mejor para esta investigación será, sin duda, un sueño en cuya elaboración haya tenido efecto una condensación particularmente enérgica. Elegiremos el de la monografía botánica, expuesto antes del capítulo V (pág. 448 del presente volumen).

Sueño de la monografía botánica. Contenido manifiesto. «He escrito una monografía sobre una especie (indeterminada) de plantas. Tengo el libro ante mí y vuelvo en este momento la página por la que se hallaba abierto y que contiene una lámina en colores. Cada ejemplar ostenta, a manera de herbario, un espécimen disecado de la planta.» El elemento más evidente de este sueño es la monografía botánica. Como ya indicamos, procede de las impresiones del día del sueño, pues la tarde anterior al mismo había visto realmente en el escaparate de un librero una monograma sobre los ciclámenes.

El contenido manifiesto omite mencionar esta especie y conservar tan sólo la monografía y su relación con la Botánica. La «monografía botánica» demuestra en seguida su relación con mi estudio sobre la cocaína, y de esta última se dirige la asociación de ideas, por un lado, al escrito redactado con motivo del aniversario de un

laboratorio y a determinados hechos relacionados con tal institución, y por otro, a mi amigo el oculista doctor Königstein, que participó en la aplicación de la cocaína como anestésico.

A la persona del doctor Königstein se enlazan, además, el recuerdo del interrumpido diálogo que sostuve con él la tarde anterior y los diversos pensamientos sobre el pago de los servicios médicos entre colegas.

Esta conversación es el verdadero estímulo onírico actual. La monograma sobre los ciclámenes es también una actualidad, pero de naturaleza indiferente. Resulta, pues, que la «monografía botánica» del sueño se demuestra como un elemento común intermedio entre ambos sucesos diurnos, tomado sin modificación alguna de la impresión indiferente y enlazado con el suceso psíquicamente importante por amplísimos enlaces de asociaciones.

Pero no sólo la representación compuesta monografía botánica, sino también aisladamente cada uno de sus elementos, botánica y monografía, van profundizando más y más, por medio de múltiples asociaciones, en la madeja de ideas latentes.

Al elemento botánica pertenecen los recuerdos relativos a la persona del profesor Gaertner (jardinero), a su floreciente mujer, a aquella paciente mía cuyo nombre era Flora y la señora de la que relaté la historia de las flores olvidadas.

El elemento Gaertner me conduce nuevamente al laboratorio y a la conversación con Königstein, a la que pertenece asimismo la mención de mis dos pacientes. De la señora de las flores parte un camino mental hasta las flores preferidas de mi mujer, punto en el que converge también otro camino cuyo punto de partida es el título de la monografía vista en la vigilia.

El elemento «botánica» recuerda, además, el episodio del herbario y un examen de mi época universitaria, y un nuevo tema tratado en mi conversación con el oculista -el de mis aficiones- se enlaza por mediación de la alcachofa, a la que humorísticamente llamo mi flor preferida, a la concatenación de ideas por parte de las flores olvidadas. Detrás del elemento «alcachofa» se esconde, en primer lugar, el recuerdo de Italia, y en segundo, el de una escena infantil que inició mis relaciones, tan íntimas luego, con los libros.

Así, pues, botánica es un verdadero foco de convergencia, en el que se reúnen para el sueño numerosas series de ideas, cuyo enlace quedó efectuado en mi conversación con Königstein. Nos hallamos aquí en medio de una fábrica de pensamientos en la que, como en una obra maestra de hilandería y según los famosos versos, se «entrecruzan mil y mil hilos, -van y vienen las lanzaderas, -manan invisiblemente las hebras – y un único movimiento establece mil enlaces.» (Goethe: ‘Faust’.) El elemento «monografía» del sueño procede a su vez de dos temas: lo unilateral de mis estudios y lo costoso de mis aficiones.

De este primer examen sacamos la impresión de que los elementos «monografía» y «botánica» han sido acogidos en el contenido manifiesto por ser los que presentan más considerable número de contactos con la mayoría de las ideas latentes, constituyendo así puntos de convergencia en los que van a reunirse muchas de tales ideas; esto es, por entrañar con respecto a la interpretación una multiplicidad de significaciones.

Expresando en forma distinta el hecho en que basamos esta explicación, podemos decir que cada uno de los elementos del contenido manifiesto demuestra hallarse superdeterminado y múltiplemente representado en las ideas latentes. Investigando la emergencia de los demás elementos del sueño en las ideas latentes realizamos aún nuevos descubrimientos. La lámina en colores contenida en la página por la que abro el libro se refiere (véase el análisis) a un nuevo tema, la crítica de mis obras por mis colegas; a otro ya representado en el sueño, mis aficiones, y al recuerdo infantil de la destrucción de un libro que tenía láminas de colores.

El espécimen disecado de la planta se refiere al suceso del herbario escolar y hace resaltar este recuerdo con especial energía. Veo, pues, de qué género es la relación entre el contenido manifiesto y las ideas latentes: no sólo se hallan múltiplemente determinados los elementos del sueño por las ideas latentes, sino que cada una de éstas se halla asimismo representada en el sueño por varios elementos. De un elemento del sueño conduce el camino de asociación a varias ideas latentes y de una idea latente, a varios elementos del sueño.

Así, pues, la elaboración no se verifica suministrando cada una de las ideas latentes o cada grupo por ellas formando una abreviatura destinada al contenido del sueño -como los habitantes de una nación eligen diputados que los representen en Cortes -, sino que la completa totalidad de las ideas latentes es sometida a cierta elaboración conforme a la cual los elementos más firmes y eficazmente sustentados quedan situados en primer término para su acceso al contenido manifiesto, procedimiento análogo al de elección por listas electorales. Cualquiera que sea el sueño que sometamos a esta disección, confirmaremos los mismos principios; esto es, que los elementos del contenido manifiesto quedan constituidos a expensas de la totalidad de las ideas latentes y cada uno de ellos se muestra múltiplemente determinado con relación a dichas ideas.

No es seguramente ocioso demostrar prácticamente esta relación entre contenido manifiesto e ideas latentes con un nuevo ejemplo, caracterizado por la complicada trama de las relaciones recíprocas. Este sueño procede de un enfermo de claustrofobia (miedo a los espacios cerrados) al que tuve sometido a tratamiento.

El título que doy a su ingeniosísima construcción onírica se halla plenamente justificado, como el lector verá más adelante.

I.

Un bello sueño.- «Acompañado por un nutrido grupo de gente, entra en la calle de X, en la cual hay una modesta posada (dato inexacto en la realidad).

En las habitaciones de esta posada se está verificando una representación teatral, y él es tan pronto espectador como actor. Al final tienen todos que cambiarse de traje para volver a la ciudad.

A este fin se designa a parte del personal las habitaciones del piso bajo y a la otra las del primero. Los de arriba se incomodan porque los de abajo no han acabado todavía y no pueden ellos bajar.

Su hermano está arriba; él, abajo, y se incomoda con aquél porque le da tanta prisa (toda esta parte, oscura en el sueño).

Además, ya al llegar estaban distribuidas las habitaciones y determinado quién había de estar arriba y quién abajo. Luego camina solitario por la cuesta arriba que la calle X forma en dirección a la ciudad y anda tan difícil y trabajosamente, que apenas avanza. Un caballero anciano se une a él e insulta al rey de Italia. Próximo ya al final de la pendiente comienza a andar con mayor facilidad.» La fatiga al andar fue tan clara en el sueño, que todavía, al despertar, dudó el sujeto por algunos momentos si se trataba de un sueño o de una realidad.

Si nos atenemos al contenido manifiesto, no presenta este sueño nada que merezca nuestro interés. Contra lo regular, comenzaré la interpretación por el fragmento que el sujeto manifiesta ha sido el más claro y preciso.

La fatiga soñada y probablemente sentida en el sueño, esto es, la disnea al subir la cuesta, es uno de los síntomas que el sujeto mostró realmente hace algunos años y fue atribuido por entonces, con otros fenómenos, a una tuberculosis (simulada probablemente por la histeria). Conocemos ya, por nuestro estudio de los sueños exhibicionistas, esta sensación de parálisis, peculiar al fenómeno onírico, y volvemos a comprobar aquí que es utilizada como un material disponible en todo momento para los fines de otra cualquier representación.

El fragmento onírico que describe cómo la subida se hacía muy trabajosa al principio y fácil, en cambio, al final de la pendiente me recordó, al escuchar el relato de este sueño, la conocida y magistral introducción de la Safo, de Alfonso Daudet. Un joven sube una escalera llevando en brazos a su amada.

Al principio no siente apenas el peso del adorado cuerpo, pero conforme va subiendo va haciéndose más pesada la carga, hasta resultarle intolerable.

Esta escena resume la narración de Daudet, en la cual se propone el poeta advertir a la juventud de los peligros de prodigar seria inclinación a mujeres de baja extracción y dudoso pasado.

Aunque sabía que mi paciente había mantenido, y roto poco tiempo antes, relaciones amorosas con una actriz, no esperaba yo que mi espontánea interpretación se demostrase acertada.

Además, la escena de Safo se desarrollaba en sentido inverso a la del sueño, pues en éste es la subida penosa al principio y luego fácil mientras que para el símbolo de la novela es necesario que aquello que al principio parece ligero resulte luego una pesada carga. Para mi sorpresa, observó el paciente que tal interpretación se adaptaba muy bien al contenido de la obra que la noche anterior había visto representar en el teatro. Dicha obra se titulaba En derredor de Viena y desarrollaba la vida de una muchacha de origen humilde que, lanzada a la vida galante, subía a capas más altas de la sociedad por sus relaciones con hombres aristócratas, pero acababa descendiendo cada vez más bajo.

El argumento de esta obra le había recordado otra, titulada De escalón en escalón, en cuyos carteles anunciadores se ostentaba una escalera de varios escalones.

La interpretación de este sueño continuó luego en la forma siguiente: En la calle X había vivido

la actriz con la que últimamente había mantenido relaciones.

En dicha calle no hay posada ninguna. Pero una vez que el sujeto había pasado parte del verano en Viena se alojó (descendió ‘abgestregen’) en un hotel cercano.

Al abandonarlo, dijo al cochero: «Después de todo, no está mal este hotel. Por lo menos no hay en él pulgas ni chinches» (ésta era, además, una de sus fobias).

A lo cual respondió el cochero: «No sé cómo se le ha ocurrido a usted venir a parar aquí.

Más que un hotel es una posada.» Al elemento «posada» se enlaza en seguida el recuerdo de unos versos de Uhland: «Hace poco fui invitado -por un amable posadero.» EI posadero de estos versos es un manzano. Otra cita continúa luego la concatenación de ideas: «Fausto, bailando con la joven: Tuve una vez un bello sueño; – veía un manzano, -en el que relucían dos bellas manzanas; -me atrajeron y subí a cogerlas. -La bella: mucho os gustan las manzanas -desde los tiempos del Paraíso; -y siento una gran alegría- de que también las haya en mi jardín.» (Goethe: ‘Faust’.) No puede abrigarme la menor duda sobre aquello a que se alude con el manzano y las manzanas. Un bello busto era uno de los encantos con los que la actriz había encadenado al sujeto.

El conjunto de este análisis justificaba plenamente la sospecha de que el sueño se retrotraía a una impresión infantil y que, siendo así, tenía que referirse a la nodriza del sujeto, el cual se halla próximo a los treinta años. Para el niño es, efectivamente, el seno de su nodriza la posada donde se alimenta. Tanto la nodriza como Safo constituyen en el sueño alusiones a la mujer amada y recientemente abandonada.

En el contenido manifiesto aparece también el hermano (mayor) del paciente.

Este se halla abajo y aquél arriba, circunstancia que constituye, de nuevo, una inversión de las circunstancias reales, pues me es conocido que el hermano ha perdido su posición social, conservándola, en cambio, mi paciente.

En la reproducción del contenido manifiesto eludió el sujeto una expresión muy corriente -«Mi hermano estaba arriba y yo par terre»-, que hubiera transparentado en demasía, aunque inversamente, la situación real, pues decimos que una persona está par terre cuando ha perdido fortuna y posición; esto es, cuando podemos decir también de ella que ha descendido.

El hecho de que en esta parte del sueño quede algo representado en forma invertida tiene que poseer un sentido, y tal inversión ha de mostrarse extensiva a otra distinta relación entre las ideas latentes y el contenido manifiesto.

El examen de la última parte del sueño en la que la «subida» muestra el carácter inverso al de

la escena de Safo, nos indica claramente cuál es dicha inversión: en Safo lleva el hombre en sus brazos a la mujer ligada a él por relaciones sexuales.

Así, pues, en las ideas latentes se trata, a la inversa, de una mujer que lleva al hombre, y dado que esto no puede suceder sino en la infancia, se referirán dichas ideas a la nodriza que lleva en brazos a la criatura y para la cual constituye la crianza del pequeño ser una pesada carga. De este modo representa el sueño a Safo y a la nodriza por medio de un mismo elemento.

Así como el nombre de Safo no fue escogido por el poeta sin un propósito alusivo a una costumbre lesbiana, también los fragmentos del sueño que muestran personas ocupadas arriba y abajo se refieren a fantasías de contenido sexual que ocupan la imaginación del sujeto y que a título de impulsos sexuales reprimidos no carecen de relación con su neurosis. La interpretación misma no nos revela que tales elementos latentes así representados en el sueño sean, en efecto, fantasías y no recuerdos de hechos reales, pues se limita a proporcionarnos un contenido ideológico y deja a nuestro cargo el fijar un valor real. Los sucesos reales y los fantásticos aparecen aquí -y no sólo aquí, sino también en la creación de productos psíquicos de mayor importancia que el sueño- como equivalentes al principio. La mucha gente significa, como ya indicamos, secreto.

El hermano no es sino el representante, incluido en la escena infantil, por un «fantasear retrospectivo» de todos los ulteriores competidores amorosos. Por último, el episodio del caballero que insulta al rey de Italia se relaciona de nuevo por el intermedio de un suceso reciente, pero indiferente en sí, con el acceso de personas de baja extracción a círculos elevados de la sociedad.

Es como si a la advertencia que Daudet dirige a los jóvenes hubiera de yuxtaponerse otra análoga dirigida al niño de pecho.

II.

El sueño del escarabajo de Mayo. Contenido onírico: Como segundo ejemplo para el estudio de la condensación en la elaboración onírica, comunicaré aquí el análisis parcial de otro sueño que debo a una señora, ya de edad madura, sometida a tratamiento psicoanalítico. Correlativamente a los graves estados de angustia que padecía, contenían sus sueños un amplísimo material de ideas sexuales, cuya revelación la sorprendió y atemorizó al principio. No siéndome posible comunicar el análisis completo, parece el material onírico dividirse en varios grupos sin conexión visible. «Recuerda que tiene encerrados en una caja dos coleópteros (Maikaefer) a los que habrá de dar libertad si no quiere que se ahoguen.

Al abrir la caja ve que los dos insectos se hallan muy deprimidos. Por fin, vuela uno a través de la ventana abierta; pero el otro queda machacado contra una de las hojas de la misma al cerrarla ella, obedeciendo a la indicación que alguien le hace en tal sentido (manifestaciones de repugnancia).» Análisis: Su marido se halla de viaje. Junto a ella, en el lecho conyugal, duerme su hija, muchacha de catorce años.

Esta última le advirtió, al acostarse, que había caído una polilla en el vaso de agua; pero ella no se preocupó de sacarla, y al verla por la mañana lamenta la muerte del pobre animalito.

En un libro que leyó por la noche se cuenta cómo unos niños arrojan un gato en un caldero de agua hirviendo y se describen las convulsiones de la infeliz víctima.

Estas son las dos impresiones, indiferentes en sí, que motivan el sueño. A continuación pasa al tema de la crueldad para con los animales. Su hija mostró en alto grado este defecto durante un verano que pasaron en el campo.

Se dedicó a formar una colección de mariposas y le pidió arsénico para matarlas. Una mariposa de gran tamaño se le escapó un día de las manos y revoloteó largo rato por la habitación con el cuerpo traspasado por un alfiler. Otra vez se le murieron de hambre unos gusanos que guardaba para observar cómo iban formando el capullo.

Esta misma niña solía entretenerse, en años aún más tiernos, arrancando a los coleópteros y a las mariposas las alas y las patas. Afortunadamente se ha corregido ya de estas tendencias crueles y hoy se horrorizaría de tales actos.

Esta contraposición entre los crueles sentimientos anteriores de su hija y la actual bondad de la misma ocupa largo rato su pensamiento y le recuerda otra, la que suele existir entre el aspecto exterior de las personas y su condición moral.

Así, el aristócrata que seduce y abandona a una infeliz muchacha y el obrero de nobles y elevados pensamientos.

El carácter de una persona no puede deducirse de su aspecto exterior. ¿Quién podría conocer por su aspecto los deseos sexuales que a ella la atormentaban? En la misma época durante la cual se dedicaba su hija a coleccionar mariposas se halla toda la región invadida por una plaga del coleóptero melolontha vulgaris (Maikaefer -literalmente, coleóptero de mayo-), y los chicos se dedicaban a combatirla, machacándolos sin piedad. Por entonces vio también a un hombre que cogía estos insectos, les arrancaba las alas y se los comía.

Ella nació y se casó en el mes de mayo. Tres días después de su boda escribió a sus padres una carta diciéndoles que era muy feliz. Pero, la verdad, era todo lo contrario. Durante la tarde anterior al sueño había estado revisando cartas antiguas y había leído, a los suyos, varias de ellas, serias unas y cómicas otras.

Entre estas últimas se halla una, altamente ridícula, de un profesor de piano que le había hecho la corte de muchacha. Luego leyó otra de un aristocrático pretendiente.

Se reprocha no haber podido impedir que una de sus hijas leyese un libro, poco recomendable, de Maupassant.

El arsénico que su hija le pidió en la ocasión indicada le recuerda las píldoras de arsénico que devuelven las energías juveniles al duque de Mora, en El Nabab, de Daudet.

Al elemento «dar libertad» asocia el recuerdo de un pasaje de La flauta mágica: «No puedo forzarte a amar, -pero no te devolveré la libertad.» A los coleópteros (Maikaefer), las palabras de Kaetchen:

«Estás enamorado como un coleóptero.»

En el intermedio recuerda una cita de Tannhauser:

«Porque, poseído por perverso deseo…»

Vive preocupada y ansiosa, pensando en su marido ausente.

El miedo de que pueda sucederle algo se exterioriza en numerosas fantasías diurnas. Poco antes había expresado en sus pensamientos inconscientes, durante el análisis, una queja sobre su avejentamiento. La idea optativa que este sueño encubre quedará transparentada con el dato de que varios días antes del sueño sobresaltó y horrorizó a la sujeto el imperativo ahórcate, que dirigido a su marido surgió de improviso en su pensamiento mientras se hallaba realizando sus ocupaciones de ama de casa.

Posteriormente se averiguó que algunas horas antes había leído que los ahorcados experimentan en el momento de morir una enérgica erección.

Así, pues, el deseo de dicha erección era lo que, bajo tal disfraz atemorizante, resurgía de la represión.

El imperativo ahórcate significaba tanto como el de «procúrate una erección a cualquier precio». Las píldoras de arsénico del doctor Jenkins, en El Nabab, pertenecen a este círculo de ideas. La paciente

sabía también que el más enérgico afrodisíaco, la cantaridina, se prepara machacando los cuerpos de unos coleópteros. Tal es el sentido al que tiende la parte principal del contenido manifiesto.

El abrir y cerrar la ventana es una causa constante de discusiones con su marido.

Este acostumbra dormir con las ventanas cerradas.

Ella, en cambio, prefiere que permanezcan abiertas.

En los tres sueños cuya comunicación antecede ha hecho resaltar, subrayándolos, aquellos elementos del contenido manifiesto que retornan en las ideas latentes, mostrando así, evidentemente, la múltiple relación de los mismos. Pero dado que en ninguno de estos sueños se ha llevado a término el análisis, creemos conveniente realizar igual labor en un sueño cuyo análisis hallamos comunicado más minuciosamente, demostrando en él la superdeterminación de su contenido. Con este objeto elegiremos el sueño de la inyección de Irma, ejemplo en el que reconocemos sin esfuerzo que la labor de condensación se sirve, en la elaboración del sueño, de más de un único medio.

El personaje principal del contenido del sueño es Irma, mi paciente, que aparece en él con su fisonomía real y, por tanto, se representa al principio a sí misma. Pero ya su colocación, al reconocerla yo junto a la ventana, está tomada de un recuerdo referente a otra persona, aquella señora a la que, según me revelan las ideas latentes, quisiera yo tener como paciente en lugar de Irma. Por el hecho de padecer ésta una difteritis, enfermedad que me recuerda la de mi hija mayor, pasa a representar a ésta, detrás de la cual, y enlazada con ella por la igualdad de nombre, se esconde la persona de una paciente muerta por intoxicación.

En el subsiguiente curso del sueño cambia la significación de la personalidad de Irma (sin que su imagen onírica varíe), transformándose en uno de los niños a los que reconocíamos en la consulta pública de nuestra clínica, ocasión en la que demuestran mis dos amigos la diferencia de sus capacidades intelectuales.

El paso de una a otra significación quedó, sin duda, facilitado por la representación de mi hija en edad infantil. Por la resistencia que opone a abrir bien la boca, se convierte la misma Irma en alusión a otra señora reconocida por mí una vez, y luego, dentro del mismo contexto, a mi propia mujer.

En las alteraciones patológicas que compruebo en su garganta hallo, además, alusiones a toda una serie de otras personas.

Todas estas personas con las que tropiezo al perseguir el elemento «Irma» no entran corporalmente en el sueño, sino que se esconden detrás de la persona onírica «Irma», que queda constituida de este modo como una imagen colectiva con rasgos contradictorios. Por mi atribución a Irma de todos aquellos recuerdos míos referentes a aquellas otras personas sacrificadas en el proceso de condensación, queda convertida en representante de las mismas. La constitución de tal persona colectiva, para los fines de la condensación onírica, puede llevarse también a cabo fundiendo en una imagen onírica los rasgos actuales de dos o más personas. De este modo es como ha surgido el doctor M. de mi sueño.

Este personaje lleva el nombre del doctor M. y habla y actúa como él, pero su aspecto físico y sus padecimientos corresponden a otra persona: a mi hermano mayor. Un único rasgo, la palidez, se halla doblemente determinado, siendo común en la realidad a ambas personas. Un análogo personaje mixto es el doctor R. en el sueño de mi amigo, que es mi tío. Pero en este caso ha quedado constituida la imagen onírica de un tercer modo diferente. No he reunido rasgos físicos del uno con otros del otro, disminuyendo así la imagen mnémica de cada uno en determinados detalles, sino que he puesto en práctica el procedimiento seguido por Galton para lograr sus retratos de familia; esto es, proyectar ambas imágenes una sobre otra, con lo cual resaltan, acentuados, los rasgos comunes y se destruyen los diferentes, apareciendo sólo

vagamente en la imagen. De este modo resalta, acentuada, como rasgo común en la vaga fisonomía formada por superposición de las dos personas diferentes, la barba rubia, detalle que contiene, además, una alusión a mi padre y a mí mismo, facilitada por la relación al encanecimiento.

La constitución de personas colectivas y mixtas es uno de los principales medios de que se sirve la condensación onírica. No tardaremos en tener ocasión de ocuparnos nuevamente de ella en relación con otras cuestiones. La asociación «disentería» en el sueño de la inyección se halla también múltiplemente determinada: de una parte, por similicadencia parafásica con «difteria» (Dysenterie-Diphaérie), y de otra, por la relación con el paciente enviado por mí a Egipto y cuya histeria logra burlar al médico. La mención de la propilena en el sueño se demuestra también como un interesante caso de condensación. Lo que las ideas latentes contenían no era propilena sino amilena. Pudiera creerse que no ha tenido aquí efecto, en la elaboración del sueño, más que un sencillo desplazamiento.

Así, es, en efecto; pero este desplazamiento se halla al servicio de los fines de la condensación, como lo prueba el siguiente apéndice que aquí agregamos al análisis de este sueño. Deteniendo mi atención un momento más en la palabra propilena, se me ocurre que es similicadente a propileos (Propylen-Propiläen). Con esta palabra se alude no solamente a Atenas, sino también a Munich.

A esta última ciudad fui un año antes de mi sueño, con ocasión de una grave enfermedad de mi amigo. La intervención de este último en mi sueño se hace luego indiscutible por la emergencia del elemento trimetilamina, que surge poco después de propilena.

Paso por alto la singular circunstancia de que tanto aquí como en otros lugares del análisis son utilizadas para la conexión de ideas como equivalentes asociaciones de los más diversos valores, y cedo a la tentación de representarme plásticamente el proceso de la sustitución de la amilena del contenido latente por la propilena del contenido manifiesto.

Supongamos separados, pero enlazados por la contraposición, el grupo de representaciones de mi amigo Otto, que no me comprende, me niega la razón y me regala un licor que huele a amilena, y el de mi amigo Wilhelm, que me comprende, me daría la razón y al que debo tantos valiosos datos, entre ellos algunos interesantísimos sobre el quimismo de los procesos sexuales. Lo que del grupo de Otto ha de despertar particularmente mi atención se halla determinado por los sucesos recientes provocadores del sueño. La amilena pertenece a estos elementos sobresalientes, predestinados a pasar al contenido manifiesto.

El amplio grupo de representaciones Wilhelm es precisamente animado por la contraposición con el grupo Otto y en él quedan acentuados los elementos que recuerdan los ya citados en este último.

En mi sueño recurro a una persona que ha despertado mi desagrado ante otra que puedo oponerla a voluntad, y hago que mi amigo responda punto por punto a mi contradictor.

De este modo, la amilena de Otto despierta también en el otro grupo recuerdos pertenecientes al círculo de la Química, y la trimetilamina, apoyada por varios lados llega al contenido manifiesto. También amilena podía llegar inmodificada a dicho contenido, pero sucumbe a la actuación del grupo Wilhelm, siendo buscado en toda el área mnémica que este nombre ocupa un elemento que pueda proporcionar doble determinación para amilena. Cercana a amilena se halla para la asociación propilena, y desde el grupo Wilhelm sale a su encuentro Munich con los Propileos.

En propilena-propileos se encuentran ambos círculos de representaciones, y entonces llega este elemento intermedio, como por una especie de transacción, al contenido manifiesto.

Se ha creado aquí una especie de elemento común intermedio que permite una múltiple determinación. Vemos así palpablemente que la determinación múltiple tiene que facilitar el acceso al contenido manifiesto. Para la formación de este producto intermedio se ha llevado a cabo un desplazamiento de la atención desde lo realmente pensado a un elemento próximo en la asociación.

El estudio del sueño de la inyección presenta ya más claramente a nuestros ojos los procesos de condensación que tienen efecto en la elaboración onírica. Hemos podido reconocer, como peculiaridades de la labor de condensación de selección de los elementos repetidamente emergentes en las ideas latentes, la formación de nuevas unidades (personas colectivas y productos mixtos) y la constitución de elementos comunes intermedios.

¿Para qué sirve la condensación y qué es lo que la impulsa? Son interrogaciones que nos plantearemos cuando emprendamos el estudio en conjunto de los procesos psíquicos que se verifican en la elaboración de los sueños. Por ahora nos contentaremos con dejar establecida la condensación onírica como una singular relación entre las ideas latentes y el contenido manifiesto de los sueños. La labor de condensación del sueño se hace más que nunca evidente cuando toma objetos palabras y nombres. Las palabras son tratadas con frecuencia por el sueño como si fueran cosas, y sufren entonces iguales uniones, desplazamientos, sustituciones y condensaciones que las representaciones de cosas. Resultado de estos sueños es la creación de formaciones verbales singularísimas y a veces muy cómicas.

I.

Una vez que un colega me remitió un trabajo suyo en el que, a mi juicio, se concedía valor exagerado a un moderno descubrimiento fisiológico y, sobre todo, se trataba de él en términos harto ampulosos, soñé a la noche siguiente una frase que indudablemente se refería a dicho trabajo.

Esta frase era: «Es éste un estilo verdaderamente norekdal.» La solución de este producto verbal me resultó al principio difícil. No cabía duda de que se había formado en calidad de parodia de superlativos tales como «colosal» y «piramidal», pero no era fácil adivinar de dónde procedía. Por fin quedó dividido este monstruo verbal en los nombres Nora y Ekdal, que son los de dos personajes de dos conocidas obras de Ibsen. Poco tiempo antes había leído un artículo periodístico sobre Ibsen, original del mismo autor, cuya última obra criticaba en mi sueño.

II.

Una de mis pacientes me comunicaba un breve sueño, que termina en una desatinada combinación verbal.

Se encuentra con su marido en una fiesta campesina y dice: «Esto acabará en un Maistollmütz general.» Al decir esto, tiene en el sueño la oscura idea de que aquella palabra es el nombre de un plato en cuya composición entra la harina de maíz (mais), una especie de polenta.

El análisis divide la palabra en mais (maíz)-toll (loco)-mannstoll (ninfómana) y Olmütz (nombre de una ciudad), palabras todas que la sujeto reconoció como restos de una conversación de sobremesa con sus familiares. Detrás de la palabra mais se esconde, a más de una alusión a una exposición recientemente inaugurada, las palabras siguientes: Meissen (una porcelana de Meissen que representaba un pájaro), Miss (la institutriz de sus parientes había partido para Olmütz), mies (que en el argot humorístico judío significa «malo»). Una larga concatenación de ideas y asociaciones partía de cada una de las sílabas del ininteligible compuesto verbal.

III.

Un joven a cuya casa ha acudido un conocido suyo a última hora de la tarde para dejarle una tarjeta, sueña aquella noche lo siguiente: un operario espera hasta última hora de la tarde para arreglar el timbre. Después que se ha marchado sigue éste sin sonar continuadamente y sí solo a golpes. Un criado vuelve a traer al operario, y él dice: «Es curioso que también aquellas personas que, en general, son tutelrein no entiendan el manejo de estas cosas.» El indiferente estímulo del sueño no justifica, como se ve, sino un solo elemento del contenido.

Además, si ha llegado a constituirse en tal estímulo ha sido únicamente por agregarse a un suceso anterior, indiferente también, pero que la fantasía del sujeto adornó, dándole así importancia.

Siendo todavía muchacho y viviendo con su padre, tiró al suelo un vaso de agua, que al traspasar los hilos del timbre lo hizo sonar continuadamente.

Si el sonar continuadamente corresponde al mojarse, el «sonar a golpes» será utilizado para representar la caída de gotas de un líquido. La palabra tutelrein se divide en tres direcciones distintas; indica así tres de las materias representadas en las ideas latentes, Tutel significa en primer lugar, tutela, curatela, y es, además, una denominación vulgar del pecho femenino. La sílaba restante rein (limpio) se agrega a las primeras sílabas de Zimmertelegraph (timbre) para formar Zimmerrein, palabra que alude al agua vertida sobre el suelo y presta analogías con un apellido de la familia del sujeto.

IV.

En un largo y confuso sueño propio, cuyo centro era aparentemente un viaje por mar, sucedía que la primera escala era Hearsing y la siguiente Fliess.

Este último nombre es el apellido de mi amigo de B…, por cuya causa he realizado frecuentes viajes. Pero Hearsing es un nombre compuesto de la desinencia ing, común a gran cantidad de lugares próximos a Viena: Hiezing, Liesing, Moedling (cuyo antiguo nombre fue Medelit, meaedeliciae, o sea meine Freud), y la palabra inglesa hearsay, equivalente a calumnia.

Esta palabra se relaciona con el estímulo onírico indiferente del día, una poesía del semanario humorístico Fliegende Blaetter. Relacionando la desinencia ing con el apellido Fliess obtenemos Vlissingen, nombre real del puerto en que desembarca mi hermano cuando viene a visitarnos desde Inglaterra.

El nombre inglés de Vlissinge es Flushing, que en dicho idioma significa ruborizarse, y me recuerda a una paciente que padece de miedo a ruborizarse y una reciente publicación de Bechterew sobre esta neurosis, publicación cuya lectura me ha sido harto desagradable.

V.

En otra ocasión tuve un sueño compuesto de dos fragmentos separados.

El primero es la palabra Autodidasker, precisamente recordada, y el segundo coincide fielmente con una fantasía breve e inocente edificada pocos días antes y cuyo contenido era el de que cuando viera al profesor N. habría de decirle: «El paciente sobre cuyo estado le consume últimamente no padece en realidad sino una neurosis, como usted ya suponía.» El neologismo Autodidasker habrá, pues, de cumplir dos condiciones: la de entrañar o representar un sentido comprimido y la de que dicho sentido se halle relacionado con mi propósito diurno de dar el profesor N. la citada satisfacción.

Autodidasker resulta fácilmente divisible en autor, autodidacta y Lasker, elemento este último al que viene a agregarse el nombre de Lasalle. Las primeras de estas palabras conducen al motivo del sueño, importante esta vez. Había traído a mi mujer varias obras de un autor amigo de mi hermano (J. J. David) y que, como después he sabido, nació en el mismo lugar que yo. Una tarde me habló de la profunda impresión que le había producido

una de estas obras, en la que se describía la triste historia de un talento malogrado, y nuestra conversación recayó después sobre las dotes intelectuales de nuestros hijos. Influida por la reciente lectura, expresó mi mujer su preocupación con respecto al porvenir de los niños, tranquilizándola yo con la observación de que precisamente los peligros a que se refería podían ser alejados por la educación. Por la noche continuaron ocupándome estos pensamientos, medité a mi vez sobre aquello que preocupaba a mi mujer y entretejí con ello muy diversas ideas. Unas manifestaciones que el poeta había hecho a mi hermano sobre el matrimonio indicaron a mis pensamientos un nuevo camino que podía conducir a lo representado por mi sueño.

Este camino me llevó hasta Breslau, ciudad en la que se había casado una señora muy amiga nuestra. Con respecto a la preocupación de la posibilidad de malograr una vida a causa de una mujer o de las mujeres, preocupación que constituía el nódulo de mi sueño, encontré los ejemplos de Lasker y Lasalle, que me permitieron representar simultáneamente los dos géneros de tal influencia desgraciada de la mujer.

El cherchez la femme, en el que pueden sintetizarse estos pensamientos, me lleva, aunque en distinto sentido, a mi hermano Alejandro, aún soltero.

Advierto entonces que Alex, como solemos llamarle familiarmente, suena como una transposición del nombre Lasker y que este factor tiene que haber contribuido a comunicar a mis pensamientos la dirección del rodeo emprendido pasando por Breslau.

Este juego de palabras y sílabas a que aquí me dedico entraña todavía otro sentido. Constituye, en efecto, una representación del deseo de ver fundar a mi hermano una dichosa vida de familia.

Esta sustitución se verifica en la forma siguiente: en la novela L’oeuvre, a la que había de hallarse muy próximo el contenido de mis ideas latentes, describe el poeta en un pasaje episódico su propia felicidad familiar y se presenta él mismo bajo el nombre de Sandoz. Para construir este seudónimo siguió seguramente este camino: Zola, leído a la inversa (como suelen los niños hacer muchas veces a guisa de entretenimiento), da Aloz.

Esto resultaba demasiado transparente y, por tanto, sustituyó la sílaba «al», que inicia también el nombre Alejandro, por la tercera sílaba -sand- del mismo nombre, resultando así Sandoz. De un modo análogo surgió, pues, mi Autodidasker.

Mi fantasía de que digo al profesor N. que el enfermo por ambos examinado no padece sino una neurosis ha llegado al sueño del siguiente modo: poco tiempo antes del verano vino a mi consulta un paciente cuya enfermedad me fue imposible diagnosticar. Padecía una grave alteración orgánica, probablemente medular, pero sin que pudiera afirmarse con seguridad. Hubiera sido muy tentador diagnosticar una neurosis, con lo cual habrían quedado resueltas todas las dificultades; pero el paciente negó en absoluto toda posible etiología sexual, sin la cual no reconozco jamás la existencia de una neurosis.

En mi incertidumbre, acudí a aquel médico, que me inspira (y no es a mí solo) mayor veneración y ante cuya autoridad me doblego más fácilmente. Oyó mis dudas, las conceptuó justificadas y opinó después: «Continúe usted observando al sujeto.

Es seguramente un neurótico.» Sabiendo que este ilustre médico no comparte mis opiniones sobre la etiología de las neurosis, me abstuve de contradecirle, fundándome en las declaraciones del paciente, pero no dejé de expresarle mi incredulidad. Días después comuniqué al enfermo que no sabía qué hacer con él y le aconsejé que viera a otro médico.

Mas, para mi sorpresa, comenzó a pedirme perdón por haberme mentido, alegando lo había hecho por vergüenza, y me reveló toda la parte de etiología sexual que yo esperaba y me era precisa para diagnosticar una neurosis. Por un lado, fue esto una satisfacción para mí, mas por otro me avergonzaba un tanto, pues tenía que confesarme que mi colega había visto las cosas con más claridad que yo, sin dejarse engañar por las manifestaciones del enfermo. Por tanto, me propuse decirle en cuanto le viese que tenía razón, habiendo sido yo el equivocado.

Esto último es precisamente lo que hago en mi sueño. Pero ¿qué realización de deseos puede haber en él si reconozco que estoy equivocado? Precisamente es éste mi deseo: el de que mis temores o los de mi mujer, que hago míos en las ideas latentes, sean equivocados.

El tema a que se refiere en el sueño el acierto o la equivocación no se halla muy lejano de lo que realmente posee un interés en las ideas latentes, pues está constituido por la misma alternativa entre las dos perturbaciones que puede originar la mujer, o, mejor dicho, la vida sexual, esto es, la perturbación orgánica o la funcional, la parálisis tabética o la neurosis. Con esta última se relaciona algo laxamente el desdichado fin de Lassalle.

Si el profesor N. desempeña un papel en este sueño -muy coherente y de una gran transparencia ante una interpretación cuidadosa- no es sólo por esta analogía y por mi deseo de equivocarme, ni tampoco por sus relaciones con Breslau y con la familia de nuestra amiga allí casada, sino por el siguiente pequeño suceso relacionado con mi consulta con él. Después de darme su opinión sobre el asunto profesional que a su casa me había conducido, pasó a interesarse por mis asuntos personales. «¿Cuántos hijos tiene usted?» «Seis.» «¿Varones o hembras?» «Tres y tres. Mis hijos constituyen todo mi orgullo y todas mis riquezas.» «Cuidado, pues. Las muchachas son fáciles de educar, pero con los varones suele uno tropezar con más dificultades.»

A estas palabras objeté yo que hasta el momento se mostraban muy dóciles; pero este diagnóstico sobre el porvenir de mis hijos me agradaba tan poco como el anterior sobre la enfermedad de mi paciente.

Estas dos impresiones quedaron, pues, unidas por la antigüedad, y al acoger en mi sueño la historia de la neurosis quedó sustituida por ella la frase sobre la educación de los hijos, la cual se halla más íntimamente relacionada con las ideas latentes, dado que presenta una firme conexión con los temores posteriormente expresados por mi mujer. De este modo, mi propio temor de que N. pueda acertar con su observación sobre las dificultades de la educación de los hijos varones encuentra acceso a mi sueño escondiéndose detrás de la representación de mi deseo de que tales temores míos sean equivocados.

Esta fantasía sirve, sin modificación alguna, para la representación de los dos miembros opuestos de la alternativa.

VI.

Marcinowsk: «Esta madrugada he realizado, hallándome en un estado intermedio entre el sueño y el despertar, una interesante condensación verbal.

En el curso de una gran cantidad de fragmentos oníricos apenas recordables tropecé con una palabra que vi ante mí como medio escrita y medio impresa.

Esta palabra era erzefilisch y pertenecía a una frase que pasó a mi memoria consciente totalmente aislada y fuera de todo contexto: «Eso actúa erzefilisch sobre el sentimiento sexual.» Al momento me di cuenta de que como realmente debía decirse era erzieherisch (educativamente), pero todavía vacilé un par de veces, pensando si no sería más exacto erzifilisch.

En este momento se me vino a las mientes la palabra sífilis y, todavía medio dormido, atormenté mi cerebro comenzando a analizar cómo podía este concepto pasar a mi sueño careciendo yo personal y profesionalmente de todo punto de contacto con tal enfermedad.

A continuación se me ocurrió la palabra erzaehlerisch (de «erzaehlen», relatar), asociación que aclara la segunda sílaba de la formación verbal y me recuerda que ayer tarde fui inducido por nuestra institutriz (Erzieherin) a hablar sobre el problema de la prostitución y para actuar educativamente (erzieherisch) sobre su vida sentimental, no muy normalmente desarrollada; le di el libro de Hesse titulado Sobre la prostitución después de referirle (erzaehlen) algo relativo a estas cuestiones.

Al llegar aquí veo claramente que la palabra sífilis no debe ser tomada en su sentido literal, sino en el de veneno, relacionándola, naturalmente, con la vida sexual. La frase de mi sueño queda, pues, traducida en la siguiente forma, perfectamente lógica: Con mi relato (Erzaehlung) he querido actuar educativamente (erzieherisch) sobre la vida sentimental de mi institutriz (Erzieherin), pero al mismo tiempo abrigo el temor de que mis palabras puedan actuar sobre ella como un veneno. Erzefilisch – erzae – (erzieh) – (erzifilisch).»

Los productos verbales del sueño son muy semejantes a los de la paranoia, que aparecen también en la histeria y en las representaciones obsesivas. Los juegos verbales en que los niños tratan las palabras como objetos, inventando nuevos idiomas y artificiales palabras compuestas, constituyen en este punto la fuente común para el sueño y para las psiconeurosis.

El análisis de los desatinados productos verbales construidos por el sueño es particularmente apropiado para demostrar la función condensadora de la elaboración onírica. De los escasos ejemplos aquí comunicados no deberá deducir el lector que un tal material sólo muy raras veces o incluso excepcionalmente llega a ofrecerse a la observación. Por lo contrario, es frecuentísimo, pero a causa de la dependencia de la interpretación onírica del tratamiento psicoanalítico son muy pocos los análisis que se anotan y pueden comunicarse, y la mayoría de estos últimos no resultan comprensibles sino para personas conocedoras de la patología de las neurosis.

A estos análisis inaccesibles al lector profano pertenece el de un sueño del doctor v. Karpinska (Int., Zeitschr. f. Psychoanalyse, II, 1914), que contiene la insensata formación verbal svingum elvi.

Asimismo es digna de mención la emergencia en el sueño de una palabra que no carece de sentido, pero que despojada del que le es propio reune diversas otras significaciones, con respecto a las cuales se conduce como una palabra «falta de sentido». Tal es el caso del sueño de la «categoría», soñado por un niño de diez años y comunicado por V. Tausk.

En él «categoría» significa el aparato genital femenino, y categorizar, orinar.

Allí donde en el sueño aparecen discursos orales perfectamente diferenciados como tales de las ideas se comprueba siempre el principio de que la oración onírica procede de discursos recordados existentes entre el material del sueño.

El texto de estos discursos es conservado fielmente unas veces y otras ligeramente desplazada su expresión. Con frecuencia queda compuesta la oración onírica por diversos recuerdos, permaneciendo entonces invariado el texto y modificado, en cambio, el sentido. Tales discursos no sirven con frecuencia sino de alusión a un suceso en el que fueron pronunciadas las frases recordadas.

El proceso de desplazamiento

Al reunir los ejemplos de condensación onírica antes expuestos, hubimos de advertir la existencia de otra relación no menos importante. Observamos, en efecto, que los elementos que se nos revelan como componentes esenciales del contenido manifiesto están muy lejos de desempeñar igual papel en las ideas latentes.

E inversamente, aquello que se nos muestra sin lugar a dudas como el contenido esencial de dichas ideas puede muy bien no aparecer representado en el sueño. Hállase éste como diferentemente centrado, ordenándose su contenido en derredor de elementos distintos de los que en las ideas latentes aparecen como centro.

Así, en el sueño de la monografía botánica, el centro del contenido manifiesto es, sin disputa, el elemento «botánico», mientras que en las ideas latentes se trata de los conflictos y complicaciones resultantes de la asistencia médica entre colegas, y luego, del reproche de dejarme arrastrar demasiado por mis aficiones, hasta el punto de realizar excesivos sacrificios para satisfacerlas, careciendo el elemento «botánica» de todo puesto en este nódulo de las ideas latentes y hallándose, en todo caso, lejanamente enlazado a él por antítesis, dado que la Botánica no pudo contarse nunca entre mis aficiones.

El nódulo del «sueño de Safo» antes relatado está constituido por el subir y bajar, el estar arriba y abajo, mientras que las ideas latentes tratan de los peligros del comercio sexual con personas de baja condición, de manera que sólo uno de los elementos latentes aparece incluido en el contenido manifiesto, en el que toma una injustificada expresión.

En el sueño de los coleópteros, cuyo tema es la relación de la sexualidad con la crueldad, pasa también al contenido manifiesto uno de los factores latentes -la crueldad-, pero formando parte de un tema distinto y sin conexión alguna con lo sexual; esto es, arrancado de su contexto primitivo y convertido así en algo ajeno a él.

En el sueño del amigo que es mi tío, la barba rubia, centro del contenido manifiesto, no muestra relación alguna de sentido con los deseos de grandeza que vimos constituían el nódulo de las ideas latentes. Tales sueños nos dan una impresión de desplazamiento. Contrastando con estos elementos, el sueño de la inyección de Irma nos muestra que los elementos oníricos pueden también conservar, a través de la elaboración del sueño, el puesto que ocupaban en las ideas latentes.

El descubrimiento de esta nueva relación, de significado totalmente inconsciente, entre las ideas latentes y el contenido manifiesto no puede por menos de despertar, al principio, nuestro asombro. Cuando en un proceso psíquico de la vida normal descubrimos que una representación determinada ha sido elegida entre varias y ha alcanzado una especial vivacidad para la conciencia solemos considerar este resultado como prueba de que la representación victoriosa posee un valor psíquico particularmente elevado (un cierto grado de interés).

Pero advertimos ahora que este valor de los distintos elementos de las ideas latentes no permanece conservado -o no es tenido en cuenta- en la elaboración onírica. De cuáles son los elementos más valiosos de las ideas latentes no cabe dudar un solo instante, pues nuestro juicio nos lo indica inmediatamente.

Ahora bien: estos elementos esenciales, acentuados por un intenso interés, pueden ser tratados en la elaboración onírica como si poseyeran un menor valor, y, en su lugar, pasan al contenido manifiesto otros que poseían seguramente menos valor en las ideas latentes.

Experimentamos en un principio la impresión de que la intensidad psíquica de las representaciones carece de toda significación para la selección onírica, rigiéndose ésta únicamente por la determinación, más o menos multilateral de las mismas.

Pudiera creerse que al sueño manifiesto no pasa aquello que posee mayor importancia en las ideas latentes, sino tan sólo lo que en ellas se halla múltiplemente determinado. Pero esta hipótesis no facilita en lo más mínimo la inteligencia de la formación de los sueños, pues nos resistiremos a creer, en un principio, que los dos factores indicados -la determinación múltiple y el valor intrínseco- puedan actuar sino en un mismo sentido sobre la selección onírica, y juzgamos que aquellas representaciones que en el contenido latente poseen la máxima importancia habrán de ser también las que con mayor frecuencia retornen en él, dado que constituyen a manera de centros de los que parten las diversas ideas latentes.

Y, sin embargo, puede el sueño rechazar estos elementos intensamente acentuados y multilateralmente sustentados y acoger, en su contenido, otros que no poseen sino la última de tales dos cualidades. Para resolver esta dificultad recordaremos otra de las impresiones que experimentamos al investigar la superdeterminación del contenido manifiesto. No nos extrañaría que algunos de nuestros lectores hubiesen juzgado ya en dicha ocasión que la superdeterminación de los elementos del sueño no constituía ningún descubrimiento de importancia, sino algo natural y esperado.

En efecto, puesto que en el análisis se parte de dichos elementos y se anotan todas las asociaciones que el sujeto enlaza a cada uno de ellos, no es maravilla ninguna que en el material de ideas así reunido retornen los mismos con especial frecuencia. Rechazando desde luego este juicio expondré aquí algo a primera vista muy análogo: entre las ideas que el análisis nos descubre, hallamos algunas muy lejanas al nódulo del sueño y que se comportan como interpolaciones artificiales encaminadas a un determinado fin. Fácilmente descubrimos éste.

Tales ideas establecen un enlace, a veces harto forzoso y rebuscado, entre el contenido manifiesto y el latente, y si en el análisis excluyésemos estos elementos, nos encontraríamos con que faltaba a los elementos del sueño no ya una superdeterminación, sino una determinación suficiente por las ideas latentes.

Llegamos de este modo a la conclusión de que la múltiple determinación, decisiva para la selección onírica, no es siempre un factor primario de la elaboración del sueño sino con frecuencia un resultado secundario de un poder psíquico que aún desconocemos.

De todos modos tiene que ser muy importante para el paso de los diversos elementos al sueño, pues podemos observar que cuando no surge espontáneamente y sin ayuda alguna del material onírico es laboriosamente constituida. Habremos de pensar, por tanto, que en la elaboración onírica se exterioriza un poder psíquico que despoja de su intensidad a los elementos de elevado valor psíquico, y crea, además, por la superdeterminación de otros elementos menos valiosos, nuevos valores, que pasan entonces al contenido manifiesto. Cuando así sucede habrán tenido efecto, en la formación del sueño, una transferencia y un desplazamiento de las intensidades psíquicas de los diversos elementos, procesos de los que parece ser resultado la diferencia observable entre el texto del contenido manifiesto y el del latente.

El proceso que así suponemos constituye precisamente la parte esencial de la elaboración de los sueños y le damos el nombre de desplazamiento.

El desplazamiento y la condensación son los dos obreros a cuya actividad hemos de atribuir principalmente la conformación de los sueños.

No es, a mi juicio, nada difícil reconocer el poder psíquico que se exterioriza en los hechos del desplazamiento. Resultado de este proceso es que el contenido manifiesto no se muestra igual al nódulo de las ideas latentes, no reproduciendo el sueño sino una deformación del deseo onírico inconsciente. Pero la deformación onírica nos es ya conocida y la hemos referido a la censura que una instancia psíquica ejerce sobre otra en la vida mental; y el desplazamiento constituye uno de los medios principales para la consecución de dicha deformación. Is facit cui profuit. Podemos, pues, suponer que el desplazamiento nace por la influencia de dicha censura, o sea de la defensa endopsíquica.

En subsiguientes investigaciones nos ocuparemos del desarrollo e influencia recíproca de los procesos de desplazamiento, condensación y superdeterminación dentro de la formación de los sueños, y señalaremos cuál es el factor dominante y cual el accesorio. Por el momento nos limitaremos a indicar una segunda condición que deben cumplir los elementos que pasan al contenido manifiesto; la de hallarse libres de la censura de la resistencia. Con el desplazamiento contaremos ya en adelante, para la interpretación onírica, como un hecho indiscutible.

Los medios de representación del sueño

Hemos descubierto hasta aquí que en la transformación del material ideológico latente en contenido manifiesto del sueño actúan dos factores principales: la condensación y el desplazamiento oníricos. Prosiguiendo nuestra investigación, habremos de agregar a ellos dos nuevas condiciones que ejercen una indudable influencia sobre la selección del material constitutivo de dicho contenido manifiesto. Pero previamente, y aun a riesgo de que parezca que hacemos un alto en nuestro camino, creo conveniente echar una primera ojeada sobre los procesos que se desarrollan en la interpretación onírica.

No se me oculta que el mejor procedimiento para esclarecer por completo tal labor interpretadora y poner su eficacia a cubierto de posibles objeciones, sería tomar como ejemplo un sueño determinado, desarrollar su interpretación en la forma en que lo hicimos con el sueño de la inyección de Irma (página 412), y una vez reunidas las ideas latentes descubiertas, reconstruir, partiendo de ellas, la formación del sueño, o sea completar el análisis de los sueños con una síntesis de los mismos.

Es ésta una labor que he realizado más de una vez para mi propia enseñanza, pero no me es posible emprenderla aquí por impedírmelo numerosas consideraciones referentes al material psíquico y que todos mis lectores habrán de comprender y aprobar sin dificultad. Para el análisis no suponen estas consideraciones un tan grave obstáculo, pues la labor analítica puede quedar incompleta y conservar, sin embargo, todo su valor con tal que nos permita penetrar algo en la trama del sueño.

En cambio, la síntesis tiene que ser completa si ha de poseer algún valor convincente.

Ahora bien: sólo de sueños de personas totalmente desconocidas al público lector me habría de ser posible dar una tal síntesis completa. Pero dado que esta posibilidad no me es ofrecida sino por pacientes neuróticos, habré de aplazar esta parte de la representación del sueño hasta que más adelante hayamos avanzado en el esclarecimiento de las neurosis lo suficiente para volver sobre este tema.

Por mis tentativas de reconstruir sintéticamente un sueño partiendo de las ideas latentes, sé que el material descubierto en la interpretación es de muy diferente valor. Hállase constituido, en parte, por las ideas latentes esenciales, que de este modo sustituyen al sueño y bastarían por sí solas para constituir su completa sustitución, si no existiese la censura.

El resto de dicho material suele considerarse como poco importante, no concediéndose tampoco valor a la afirmación de que todas estas ideas han participado en la formación del sueño, pues entre ellas pueden más bien encontrarse ocurrencias enlazadas o sucesos posteriores al mismo, acaecidos entre el momento de su desarrollo y el de la interpretación.

Esta parte del material descubierto comprende todos los caminos de enlace que han conducido desde el contenido manifiesto hasta las ideas latentes, y también aquellas asociaciones intermediarias y de aproximación, por medio de las cuales hemos llegado en la labor de interpretación al conocimiento de dichos caminos. Por el momento no nos interesan sino las ideas latentes esenciales, las cuales revelan ser casi siempre un complejo de ideas y recuerdos de complicadísima estructura y con todos los caracteres de los procesos mentales de la vigilia, que nos son conocidos. Con gran frecuencia son concatenaciones de ideas que parten de diversos centros, pero que no carecen de puntos de contacto y casi regularmente aparece junto a un proceso mental su reflejo contradictorio, unido a él por asociaciones de contraste.

Los diversos componentes de esta complicada formación muestran naturalmente las más variadas relaciones lógicas entre sí, constituyendo el primer término y el último divagaciones y aclaraciones, condiciones, demostraciones y objeciones. Cuando la masa total de estas ideas latentes es sometida luego a la presión de la elaboración onírica, bajo cuyos efectos quedan los diversos fragmentos subvertidos desmenuzados y soldados, como los témpanos de hielo a la deriva, surge la interrogación de cuál ha sido el destino de los lazos lógicos que hasta entonces había mantenido la cohesión del conjunto.

¿Qué representación alcanzan en el sueño los términos «sí, porque, tan, aunque, o… o…» y todas las demás conjunciones sin las cuales nos es imposible comprender una oración o un discurso? La primera respuesta a esta interrogación es la de que el sueño no dispone de medio alguno para representar estas relaciones lógicas de las ideas latentes entre sí. La mayor parte de las veces deja a un lado todas las conjunciones señaladas y toma únicamente para elaborarlo el contenido objetivo de las ideas latentes.

A cargo de la interpretación queda después la labor de reconstruir la coherencia que la elaboración onírica ha destruído. La falta de esta capacidad de expresión debe depender del material psíquico con el que el sueño es elaborado.

A una análoga limitación se hallan sometidas las artes plásticas, comparadas con la poesía, que puede servirse de la palabra y también en ellas depende tal impotencia del material por medio de cuya elaboración tienden a exteriorizar algo.

Antes que la pintura llegase al conocimiento de sus leyes de expresión, se esforzaba en compensar esta desventaja haciendo salir de la boca de sus personajes filacterias en las que constaban escritas las frases que el pintor desesperaba de poder exteriorizar con la expresión de sus figuras. Quizá se nos presente aquí la objeción de que no es exacto que el sueño renuncie a la representación de las relaciones lógicas, pues existen algunos en los que se desarrollan las más complicadas operaciones mentales, y en los que se demuestra y se contradice, se sutiliza y se compara, del mismo modo que en el pensamiento despierto. Pero también aquí nos engaña una falsa apariencia. Cuando emprendemos la interpretación de tales sueños,

averiguamos que todo ello es material onírico y no representación de una labor intelectual en el sueño. Lo que el aparente pensar del sueño reproduce es el contenido de las ideas latentes y no las relaciones de dichas ideas entre sí, en cuya fijación es en lo que consiste el pensamiento.

Más adelante expondré algunos ejemplos que ilustrarán estas afirmaciones. Lo que desde luego es fácilmente comparable es que todos los discursos orales que en el sueño aparecen (y son expresamente calificados de tales por el sujeto) son siempre reproducciones exactas o sólo ligeramente modificadas de discursos reales, cuyo recuerdo forma parte del material onírico.

El discurso no es con frecuencia sino una alusión a un suceso contenido en las ideas latentes, siendo muy otro el sentido del sueño.

De todos modos, no he de discutir que en la formación de los sueños interviene también una labor intelectual crítica que no se limita a repetir materiales de los productos oníricos.

Al final de estas consideraciones habré de esclarecer la influencia de este factor y entonces veremos que tal labor intelectual no es provocada por las ideas latentes, sino por el sueño mismo, ya constituido en cierto modo. Queda, pues, fijado, por el momento, que las relaciones lógicas de las ideas latentes entre sí no encuentran en el sueño una representación especial.

Allí donde el sueño muestra, por ejemplo, una contradicción, lo que existe es una oposición contra el sueño mismo, o una contradicción surgida del contenido de una de las ideas latentes.

Sólo de una manera muy indirecta corresponde una contradicción en el sueño a una contradicción entre las ideas latentes. Pero así como la pintura ha conseguido representar de un modo distinto al primitivo de la filacteria, la intención, por lo menos, de lo que sus figuras habrían de expresar en palabras -ternura, amenaza, consejo, etc.-, también posee el sueño la posibilidad de atender a algunas de las relaciones lógicas de sus ideas latentes por medio de una apropiada modificación de la peculiar representación onírica. Puede comprobarse que esta facultad varía mucho en los diversos sueños.

Mientras que unos prescinden por completo del enlace lógico de sus materiales, intentan otros modificarlo lo más completamente posible.

El sueño se aleja en este punto muy diversamente del texto que le es ofrecido para su elaboración, comportándose asimismo de un modo igualmente variable con respecto a la relación temporal de las ideas latentes cuando en lo inconsciente existe establecida una tal relación (cf. el sueño de la inyección de Irma).

Mas ¿con qué medios consigue la elaboración del sueño indicar tales relaciones del material onírico, difícilmente representables? Intentaremos enumerarlos.

En primer lugar, rinde su tributo a la innegable coherencia de todos los elementos del contenido latente, reuniéndolos en una síntesis, situación o proceso. Reproduce la coherencia lógica como simultaneidad, y obrando así, procede como el pintor que al representar en un cuadro la Escuela de Atenas o el Parnaso reúne en su obra a un grupo de filósofos o poetas que realmente no se encontraron nunca juntos en un atrio o sobre una montaña, como el artista nos lo muestra, pero que constituyen, para nuestro pensamiento, una comunidad.

Es éste el procedimiento general de representación del sueño.

Así, siempre que nos muestra dos elementos próximos uno a otro, nos indica con ello la existencia de una íntima conexión entre los que a ellos corresponden en las ideas latentes.

Sucede aquí lo que en nuestro sistema de escritura: cuando escribimos ab indicamos que las dos letras han de ser pronunciadas como una sola sílaba; mas si vemos escrito primero a y luego b después de un espacio libre, lo consideraremos como indicación de que a es la última letra de una palabra y b la primera de otra.

Comprobamos, pues, que las combinaciones oníricas no se constituyen con elementos totalmente arbitrarios y heterogéneos del material del sueño, sino con aquellos que también se hallan íntimamente ligados en las ideas latentes. Para representar las relaciones causales dispone el sueño de dos procedimientos que en esencia vienen a ser la misma cosa. La forma de representación más corriente, cuando, por ejemplo, presentan las ideas latentes el siguiente contenido: «A causa de tales o cuales cosas tuvo que suceder esto o lo otro», consiste en incluir la frase accesoria como sueño preliminar y agregar a ella, como sueño principal, la frase principal.

El orden de sucesión puede también ser el inverso, pero la frase principal corresponde siempre a la parte más ampliamente desarrollada.

A una de mis pacientes debo un bello ejemplo de tal representación de la casualidad en un sueño que más adelante comunicaré en su totalidad. Componíase este sueño de un corto preludio y un amplio sueño sucesivo, muy centrado, al que podríamos dar el título de «Por la flor».

El sueño preliminar fue como sigue: «Va a la cocina, en la que se hallan las dos criadas, y las regaña por no haber terminado de hacer ‘ese poco de comida’.

Mientras tanto, ve una gran cantidad de groseros utensilios de cocina puestos boca abajo a escurrir y formando un montón. Las dos criadas van por agua. Para ello tienen que meterse en un río que llega hasta la casa o entra en el patio.»

A continuación se desarrolla el sueño principal, que comienza en la siguiente forma: «La sujeto baja desde un elevado lugar, avanzando por una singular pasarela, y se regocija de que sus vestidos no queden enganchados en ningún sitio…» El sueño preliminar se refiere a la casa paterna de la sujeto. Las palabras que ésta dirige a las criadas las ha debido de oír, sin duda, a su madre en ocasión análoga.

El montón de bastos utensilios de cocina procede del recuerdo de la cacharrería que existía establecida en la misma casa. La segunda parte del primer sueño contiene una alusión al padre de la sujeto, el cual acostumbraba interesarse demasiado por las criadas, y que murió a consecuencia de una enfermedad contraída en una inundación; la casa se hallaba situada a orillas de un río.

Así, pues, el pensamiento que se oculta detrás del sueño preliminar es el siguiente: «Por proceder yo de una tan humilde e insatisfactoria condición…» El sueño principal recoge este mismo pensamiento y lo expresa en una forma modificada por la realización de deseos: soy de elevada procedencia.

En realidad, pues, por ser de tan baja procedencia, ha sido ésta mi vida. Por lo que hasta ahora he podido ver, la división de un sueño en dos partes desiguales no significa siempre la existencia de una relación causal entre las ideas correspondientes a cada una de las mismas. Con gran frecuencia parece como si en ambos sueños fuese representado el mismo material desde dos diferentes puntos de vista.

Esto es lo que sucede seguramente en aquellas series de sueños sucesivos de una misma noche, que terminan en una polución, y a través de los cuales va conquistándose la necesidad somática, una expresión cada vez más clara. Puede también suceder que los dos sueños proceden de centros distintos del material onírico, cruzándose sus contenidos, de manera que uno de ellos presenta como centro aquello que en el otro actúa como indicación, y recíprocamente.

En cambio, existen otros casos en los que la división en un breve sueño preliminar y un más extenso sueño ulterior significa realmente la existencia de una relación causal entre ambos fragmentos.

El segundo procedimiento de representación a que antes nos referimos es puesto en práctica cuando el material dado presenta una menor amplitud, y consiste en que una imagen onírica -de una persona o de una cosa- queda transformada en otra. Pero sólo cuando vemos desarrollarse en el sueño esta transformación es cuando podemos afirmar la existencia de la relación causal, y no, en cambio, cuando observamos simplemente que en lugar de una imagen ha surgido otra.

Dijimos antes que los dos procedimientos empleados por el sueño para representar la relación causal venían a ser, en el fondo, una misma cosa.

Ambos representan, efectivamente, la causación por una sucesión. El primero, por la sucesión de los sueños, y el segundo, por la transformación inmediata de una imagen en otra. De todos modos, lo general es que la relación causal no obtenga representación especial alguna, quedando envuelto en la obligada sucesión de los elementos del proceso onírico.

La alternativa «o… o» (o esto o aquello) no encuentra representación ninguna en el sueño el cual acostumbra acoger todos los elementos que la componen, despojándolos de su carácter alternativo.

El sueño de la inyección de Irma nos da un clásico ejemplo de esta conducta del fenómeno onírico.

El contenido de las ideas latentes de este sueño es como sigue: no soy responsable de que Irma no experimente mejoría alguna en sus sufrimientos; ello depende o de su resistencia a aceptar mi solución o de las desfavorables circunstancias sexuales en que vive (y que no me es posible modificar) o de que su enfermedad no es de naturaleza histérica, sino orgánica. Pero el sueño realiza todas estas posibilidades, casi incompatibles, e incluso no vacila en añadir a ellas otras más, tomándolas del deseo onírico. La alternativa hemos tenido, pues, que introducirla nosotros en el conjunto de las ideas latentes después de la interpretación.

Así, pues, allí donde el sujeto del sueño introduce en el relato del mismo una alternativa: era un jardín o una habitación, etc., no muestra el sueño tal alternativa, sino simplemente una yuxtaposición, y lo que al introducir la alternativa queremos significar en nuestro relato del sueño es la vaguedad e imprecisión de un elemento del mismo. La regla de interpretación aplicable a este caso consiste en situar en un mismo plano los diversos miembros de la aparente alternativa y unirlos con la conjunción copulativa «y». Veamos un ejemplo: después de esperar en vano durante algún tiempo que un amigo mío me comunicase las señas de su hospedaje en Italia, sueño recibir un telegrama en el que me las indica, viéndolas yo impresas en tinta azul sobre la blanca cinta telegráfica.

La primera palabra aparece muy borrosa y puede ser: o vía o villa, la segunda palabra, clara,

es Sezerno o incluso (casa). La segunda palabra, de sonido italiano y que me recuerda nuestras discusiones etimológicas, expresa también mi enfado por haberme mantenido oculto mi amigo su paradero durante tanto tiempo. Cada uno de los miembros de la terna propuesta para la primera palabra se revela en el análisis como un punto de partida, independiente e igualmente justificado, de la concatenación de ideas.

En la noche anterior al entierro de mi padre sueño ver un anuncio impreso -semejante a los que en las salas de espera de las estaciones recuerdan la prohibición de fumar-, en el que se lee la frase siguiente:

Se ruega cerrar los ojos

O esta otra:

Se ruega cerrar un ojo.

Esta alternativa la podemos representar así:

Se ruega cerrar los/un— ojo(s)

Cada uno de los dos textos posee un sentido particular y nos lleva, en la interpretación, por caminos que le son peculiares. Para el entierro y los funerales de mi padre había yo elegido el ceremonial más sencillo posible, pues sabía cuáles eran sus ideas sobre este punto. Pero otras personas de mi familia no estaban conformes conmigo y opinaban que tan puritana sencillez había de avergonzarnos ante los concurrentes al duelo. Por esta razón, ruega uno de los textos del sueño «que se cierre un ojo», o sea, según el sentido de esta frase familiar, que seamos indulgentes para con las debilidades de los demás.

El significado de la vaguedad que al relatar el sueño describimos con una alternativa resulta aquí fácilmente comprensible. La elaboración onírica no ha conseguido hallar un texto único, pero de doble sentido, para la expresión de las ideas latentes, y de este modo se separan ya en el contenido manifiesto las dos principales series de ideas.

Las alternativas, difícilmente representables, quedan también expresadas en algunos casos, por la división del sueño en dos partes de igual amplitud. La conducta del sueño con respecto a la antítesis y la contradicción es altamente singular. De la contradicción prescinde en absoluto, como si para él no existiese el «no», y reúnen en una unidad las antítesis o las representa con ella.

Asimismo se toma la libertad de representar un elemento cualquiera por el deseo contrario a él, resultando que, al enfrentarnos con un elemento capaz de ser contrario, no podemos saber nunca, al principio, si se halla contenido positiva o negativamente en las ideas latentes.

En uno de los ejemplos últimamente citados, cuyo fragmento preliminar interpretamos («por proceder de tan humilde condición»), desciende la sujeto por unas singulares pasarelas, llevando en la mano una rama florida. Dado que las asociaciones que a esta imagen enlaza la sujeto son la figura del ángel que en las pinturas de la Anunciación aparece ante la Virgen (la sujeto se llama María) con una vara de azucenas en la mano, y el recuerdo de las niñas vestidas de blanco que acompañan a la procesión de Corpus Christi por las calles tapizadas de verdes ramas, habremos de deducir que la florida rama de su sueño constituye, sin duda alguna, una alusión a la inocencia sexual.

Pero tal rama aparece cuajada de flores encarnadas, muy semejante a camelias. La combinación del sueño muestra que al llegar la sujeto al final de su descenso se han deshojado ya casi todas las flores. Luego siguen claras alusiones al período. De este modo, la misma rama, llevada como una vara de azucenas y como por una muchacha inocente, es, simultáneamente, una alusión a la «dama de las camelias», que, como es sabido, se adornaba siempre con una de estas flores, blanca de ordinario y roja durante los días del período.

La florida rama («las flores de la muchacha», en ‘des Mädchens Blüten’, de Goethe) representa, pues, al mismo tiempo la inocencia sexual y su antítesis. Y este mismo sueño, que expresa la alegría de la sujeto por haber conseguido conservarseinmaculada en su camino, deja también trasparentarse en algunos lugares (como en el deshojarse de las flores) un pensamiento contrario: el de haberse hecho culpable de diversos pecados contra la pureza (durante su infancia).

En el análisis de este sueño nos es fácil diferenciar claramente ambos procesos mentales, de los cuales el satisfactorio y consolador parece ser más superficial, y, en cambio, más profundo el que entraña un reproche.

Ambos son radicalmente opuestos, y sus elementos iguales, pero contrarios, han quedado representados en el sueño por los mismos factores.

Tan sólo una de las relaciones lógicas -la de analogía, coincidencia o contacto- aparece acomodable a los mecanismos de la formación onírica, pudiendo así quedar representada en el sueño por medios mucho más numerosos y diversos que ninguna otra. Las coincidencias o analogías existentes en el sueño constituyen los primeros puntos de apoyo de la formación de los sueños, y una parte nada insignificante de la elaboración onírica consiste en crear nuevas coincidencias de este género cuando las existencias no pueden pasar al sueño por oponerse a ello la resistencia de la censura.

La tendencia a la condensación, característica de la elaboración onírica, presta también su ayuda para la representación de la relación de analogía. La analogía, la coincidencia y la comunidad son representadas generalmente por el sueño mediante la síntesis, en una unidad, de los elementos que las componen. Cuando esta unidad no existe de antemano en el material del sueño, es creada al efecto.

En el primer caso, hablamos de identificación, y en el segundo, de formación mixta. La identificación es utilizada cuando se trata de personas, y la formación mixta, cuando los elementos que han de ser fundidos en una unidad son objetos. No obstante, también quedan constituidas formaciones mixtas de personas. Del mismo modo que éstas, son tratados con frecuencia por el sueño los lugares.

La identificación consiste en que sólo una de las personas enlazadas por una comunidad pasa a ser representada en el contenido manifiesto, quedando las restantes como reprimidas para el sueño. Pero en el sueño, esta persona que encubre las otras entra tanto en aquellas relaciones y situaciones que le son propias como en las correspondientes a cada una de las demás. Cuando la formación mixta se extiende a las personas muestra ya la imagen onírica rasgos que pertenecen a las personas por ella representadas, pero que no les son comunes, quedando así determinada, por la reunión de tales rasgos, una nueva unidad, una persona mixta.

Esta mezcla puede realizarse de muy varios modos. La persona onírica puede llevar el nombre de una de aquellas a las que representa -y en este caso «sabemos» en el sueño de qué persona se trata, en una forma análoga a nuestro «saber» en la vida despierta-, presentando, en cambio, los rasgos visuales de otra, o también puede aparecer compuesta la imagen onírica de rasgos pertenecientes a ambas personas. La participación de la segunda persona puede asimismo quedar representada, en lugar de por rasgos visuales, por los ademanes que se atribuyen a la primera, las palabras que se colocan en sus labios o la situación en que se la incluye.

En este último caso, comienza a borrarse la definida diferencia existente entre identificación y formación mixta.

Pero también puede suceder que fracase la formación de tal persona mixta y entonces es atribuida la escena del sueño a una de las personas, y la otra -generalmente más importante- aparece a su lado, pero sin intervenir para nada en la acción y realizando mero acto de presencia.

Al relatar tales sueños dice, por ejemplo, el sujeto: «Mi madre estaba también presente» (Stekel). Tales elementos del contenido manifiesto pueden entonces compararse a los determinativos de la escritura jeroglífica, signos no destinados a la pronunciación, sino a determinar a otros. La comunidad que justifica y, por tanto, crea la unificación de las dos personas puede hallarse o no representada en el sueño. Lo general es que la identificación o la formación de persona mixta sirva precisamente para ahorrar la representación de dicha comunidad.

Así, en lugar de repetir: A es enemigo mío y B también, construimos en el sueño una persona mixta con las de A y B o nos representamos a A en un acto que caracteriza a B.

La persona onírica así constituida se nos muestra en el sueño dentro de una nueva relación cualquiera, y la circunstancia de representar a A como B nos da derecho a incluir, en el lugar correspondiente de la interpretación, aquello que es común a ambas, o sea su hostilidad hacia mí. De este modo conseguimos con frecuencia una extraordinaria condensación del contenido onírico, pues podemos ahorrarnos la representación de circunstancias complicadísimas enlazadas a una persona cuando hallamos otra que participa también en ellas, pero en un grado mucho menor. Fácilmente se ve hasta qué punto puede servir también esta identificación para eludir la censura de la resistencia, que tan duras condiciones impone a la elaboración de los sueños.

Así, cuando lo que repugna a la censura reposa precisamente en aquellas representaciones enlazadas, dentro del material onírico, a una de las personas y hallamos otra que, encontrándose también en relación con el material rechazado lo está tan sólo con una parte del mismo.

El contacto en los puntos no libres de censura nos da derecho a constituir una persona mixta, caracterizada, en ambas direcciones, por rasgos indiferentes.

Esta persona mixta y de identificación resulta entonces apropiada, por estar libre de censura, para pasar al contenido manifiesto, y de este modo habremos satisfecho, mediante el empleo de la condensación, las exigencias de la instancia censora.

Cuando en el contenido manifiesto de un sueño hallamos representada una comunidad de las dos personas, habremos de interpretarlo como una indicación de la existencia de otra comunidad oculta, cuya representación no ha sido permitida por la censura.

En estos casos ha tenido efecto, en cierto modo, un desplazamiento de la comunidad en favor de la representabilidad. Del hecho de sernos mostrada la persona mixta en el sueño, con un elemento común indiferente, debemos deducir la existencia de otra comunidad, nada indiferente esta vez en las ideas latentes. La identificación o la formación de personas mixtas sirve, por tanto, en el sueño para diversos fines: 1º Para la representación de una comunidad de las dos personas. 2º Para la representación de una comunidad desplazada. 3º. Para expresar una comunidad simplemente deseada. Dado que el deseo de que entre dos personas exista o quede establecida una comunidad coincide frecuentemente con un intercambio de las mismas, es expresado también en el sueño tal deseo por medio de la identificación.

En el sueño de la inyección de Irma deseo cambiar a esta paciente por otra; esto es, deseo que otra persona llegue a incluirse, como Irma, en el número de mis pacientes.

El sueño atiende este deseo, mostrándome una persona que se llama Irma, pero que es sometida a un reconocimiento médico en circunstancias correspondientes exclusivamente a la otra.

En el sueño del amigo, que es mi tío, queda constituido este intercambio en centro del sueño y me identifico con el ministro, tratando y juzgando tan adversamente como él a mis colegas.

Sin excepción alguna, he podido comprobar que en todo sueño interviene la propia persona del sujeto. Los sueños son absolutamente egoístas. Cuando en el contenido manifiesto no aparece nuestro yo y sí únicamente una persona extraña, podemos aceptar sin la menor vacilación que se ha ocultado por identificación detrás de dicha persona y habremos de agregarlo al sueño.

En cambio otras veces que nuestro yo aparece en el contenido manifiesto, la situación en que se nos muestra incluido nos indica que detrás de él se esconde por identificación otra persona. Con esto nos advierte el sueño que en la interpretación deberemos transferir a nosotros algo referente a dicha otra persona y que nos es común con ella. Hay, por último, sueños en los que nuestro yo aparece entre otras personas, las cuales revelan ser, una vez solucionada la identificación, otras tantas representaciones suyas.

Al interpretar estos casos habremos de enlazar a nuestro yo deduciendo de tales identificaciones determinadas representaciones a las que la censura ha puesto el veto.

Así, pues, podemos representar múltiplemente nuestro yo en el sueño, directamente una vez, y otras mediante su indentificación con personas distintas. Por medio de unas cuantas identificaciones de este género puede obtenerse la condensación de un abundantísimo material.

Las identificaciones de lugares de nombre determinado son aún más sencillas de solucionar que las de personas, pues falta en ellas la perturbación que siempre introducen en el sueño las poderosas energías del yo.

En uno de mis sueños de Roma (véase página 465) sé que me encuentro en esta ciudad, pero me asombra ver en una esquina numerosos carteles anunciadores redactados en alemán.

Esta última imagen constituye una realización de deseos, a la que asocio enseguida Praga.

El deseo en sí procede de un juvenil período de nacionalismo. Días antes de este sueño me había propuesto un amigo mío encontrarnos en Praga. La identificación de Roma y Praga se explica, pues, por una comunidad deseada. Quisiera reunirme con mi amigo en Roma mejor que en Praga, e intercambiar estas ciudades para nuestro encuentro. La posibilidad de crear formaciones mixtas es uno de los factores que más contribuyen a dar el sueño su frecuente carácter fantástico, pues con tales formaciones pasan al contenido manifiesto elementos que no pudieron ser jamás objetos de percepción.

El proceso psíquico correspondiente a la formación mixta en el sueño es, evidentemente, el mismo que se desarrolla en el estado de vigilia, cuando nos imaginamos un centauro o un dragón. La única diferencia consiste en que la creación fantástica de la vigilia se rige por la impresión que nos proponemos produzca su resultado, mientras que la formación mixta del sueño queda determinada por un factor exterior a la conformación; esto es, por la comunidad existente en las ideas latentes. La formación mixta onírica puede ser constituida de diversos modos.

En su composición más desprovista de arte aparecen representadas únicamente las cualidades de uno de los objetos, y esta representación se nos muestra acompañada de la convicción de que se refiere, al mismo tiempo, a otro objeto. Una técnica más cuidadosa reúne los rasgos de ambos objetos en una nueva imagen, utilizando para ello, hábilmente, las analogías que los mismos pueden poseer en la realidad. La nueva creación puede resultar totalmente absurda o constituir, por el contrario, una bella fantasía, según las condiciones del material y el ingenio que presidía a la fusión. Cuando los objetos que han de ser condensados en una unidad son demasiado heterogéneos, se limita frecuentemente la elaboración onírica a crear un producto mixto con un nódulo preciso, al que se agregan determinantes más borrosas.

En estos casos ha fracasado la síntesis en una sola imagen, y las dos representaciones se superponen, engendrando algo semejante a una lucha entre dos imágenes visuales.

Si intentamos representarnos gráficamente la formación de un concepto sobre la base de imágenes de percepción, obtendremos una imagen análoga. Los sueños se muestran, como era de esperar, plagados de tales formaciones mixtas. En los ejemplos analizados hasta aquí hemos señalado ya algunas, a las que ahora agregaremos varias más.

El sueño últimamente expuesto, que describe la vida de la paciente, «con la flor» o «desflorada», nos muestra al yo onírico, llevando en la mano una florida rama, que, según averiguamos ya, significa, al mismo tiempo, inocencia y culpabilidad sexuales. Dicha rama recuerda además, por la distribución de las flores a las de los cerezos en flor, y las flores aisladamente consideradas, son camelias. Por último, rama y flores, tomadas en conjunto, dan la impresión de una planta exótica. Las ideas latentes nos revelan la comunidad existente entre

los diversos elementos de esta formación mixta. La rama florida está constituida como un compuesto de alusiones a los regalos que movieron a la sujeto, o debieron moverla, a mostrarse complaciente.

Así, en su infancia, las cerezas, y en años posteriores, una planta de camelias. Lo exótico es una alusión a un naturalista que había viajado mucho y pretendido un tiempo a la sujeto, regalándole en una ocasión un dibujo de una planta. Otra paciente creó en un sueño un lugar intermedio entre las casetas de los baños de mar, las garitas en que suele hallarse instalado el retrete en las casas campesinas y los sotabancos de nuestras viviendas ciudadanas.

Los primeros elementos tienen común relación con la desnudez, y por su unificación con el tercero habremos de concluir que también el sotabanco de la casa en que la paciente vivió de niña fue testigo de escenas de dicho género. Un individuo creó en sueños de dos lugares -mi gabinete de consulta y el local público en el que conoció a su mujer- una localidad mixta. (La comunidad entre los dos elementos de esta formación mixta queda proporcionada por la palabra Kur (cura y corte).

A mi gabinete de consulta acudía el sujeto a someterse a una «cura», como antes acudía al otro local a hacer la «corte» a la mujer a la que más tarde hizo su esposa.) Una muchacha a la que su hermano ha prometido traerle caviar sueña que dicho hermano tiene ambas piernas cubiertas de granitos, negros como los huevecillos del caviar y de la misma forma y tamaño. Los elementos contagio en sentido moral y el recuerdo de una erupción que padeció en su infancia y sembró sus piernas de puntitos rojos, en lugar de negros, se han unido aquí con los huevecillos de caviar para formar un nuevo concepto, el de aquello que ha recibido de su hermano («que su hermano le ha contagiado»).

En un sueño comunicado por Ferenczi hallamos una formación mixta compuesta por la persona de un médico y un caballo, imagen que además lleva puesta una camisa de dormir.

El análisis reveló la comunidad existente entre estos elementos después de demostrar que la camisa de dormir constituía una alusión al padre de la sujeto en una escena de la infancia de esta última. En los tres casos se trataba de objetos de su curiosidad sexual.

Siendo niña, la había llevado varias veces su niñera a una yeguada militar, lugar en el que tuvo ocasión de satisfacer su curiosidad sexual, aún no coartada.

He afirmado antes que el sueño carece de medios para representar la relación de antítesis u oposición -el «no»-, y voy ahora a contradecir, por vez primera, tal aserto. Una parte de los casos que hemos de considerar como de «antítesis» y podríamos colocarbajo la rúbrica de inversamente o por el contrario, alcanza su representación en el sueño del modo siguiente, que casi podríamos calificar de chistoso.

El «inversamente» no llega de por sí al contenido manifiesto, sino que exterioriza su existencia en el material con la inversión -como a posteriori- de un fragmento del contenido manifiesto, relacionado con él por motivos distintos.

Este proceso es más fácil de ilustrar que de describir.

En el bello sueño «de arriba abajo», descrito anteriormente, la representación onírica del subir muestra la inversión de la escena de Safo, que constituye su modelo en las ideas latentes.

En el sueño la subida es penosa al principio y luego fácil, al revés de lo que sucede en dicha escena de la novela de Daudet. Los términos «arriba» y «abajo» referidos al hermano del sujeto son también representados inversamente en el sueño, y todas estas circunstancias indican la existencia de una relación contradictoria o antitética entre dos fragmentos del material de ideas latentes, relación consistente, según vimos, en que la fantasía infantil del sujeto le mostraba llevado en brazos de su nodriza, inversamente a como en la novela llega el protagonista en brazos a su amada. También mi sueño del ataque de Goethe contra M. entraña una tal inversión, que hemos de deshacer para conseguir interpretarlo.

Su contenido manifiesto expone que Goethe ha hecho objeto de un violentísimo ataque literario a un joven escritor, el señor M. La realidad, tal y como se halla contenida en las ideas latentes, es que un amigo mío, hombre de reconocido talento, ha sido atacado por un joven escritor nada conocido.

En este sueño establezco un cálculo tomado como punto de partida al año de la muerte de Goethe; en la realidad partía el cálculo del año en que nació el paralítico. La idea dominante del material onírico resulta ser mi oposición a que se trate a Goethe como a un demente, y el sueño me dice: «Lo que sucede es todo lo contrario; si no alcanzas a comprender este libro, el imbécil eres tú y no el autor.» En todos estos sueños de inversión parece además hallarse contenida una relación a un sentimiento despectivo («volver la espalda a alguien»); así, en el sueño de Safo, con respecto al hermano del sujeto.

Es, por último, digna de mención la frecuencia con que tales inversiones aparecen en los sueños provocados por sentimientos homosexuales reprimidos.

La inversión o transformación de un elemento es su contrario en uno de los medios de representación que el sueño emplea con mayor frecuencia, por serle de múltiple utilidad, sirviendo, en primer lugar, para dar cuerpo a la realización de deseos, contraria a un determinado elemento de las ideas latentes. La expresión «¡Ojalá hubiera sido al revés!», es, con frecuencia, la que mejor traduce la reacción del yo contra un recuerdo penoso. Pero cuando la inversión se nos muestra más valiosa es cuando la consideramos desde el punto de vista de la censura, pues crea una considerable deformación de los elementos que de representar se trata, hasta el punto de paralizar, al principio, toda tentativa de comprensión del sueño. Por tanto, cuando un sueño nos rehúsa tenazmente su sentido, deberemos intentar la inversión de determinados fragmentos de su contenido, operación con la cual queda todo aclarado en el acto muchas veces.

A más de la inversión del contenido, habremos también de tener en cuenta la de la sucesión en el tiempo. La deformación onírica emplea, en efecto, con frecuencia, la técnica consistente en representar, al principio del sueño, el desenlace del suceso o la conclusión del proceso mental, y, al final del mismo, las causas del primero o las premisas del segundo.

Aquellos que no tengan en cuenta este medio técnico de la deformación onírica permanecerán perplejos ante la labor de interpretación.

Suele incluso suceder que en algunos casos no conseguimos descubrir el sentido del sueño

hasta después de haber llevado a efecto, en el contenido manifiesto, la inversión de múltiples y muy diversas relaciones. De este modo se esconde, por ejemplo, en el sueño de un neurótico obsesivo, el recuerdo de su deseo infantil de la muerte de su temido padre, detrás de las siguientes palabras: su padre le regaña porque vuelve muy tarde a casa. Pero los datos obtenidos con anterioridad en el tratamiento y las ocurrencias del sujeto demuestran que la idea primitiva es la de que se halla enfadado con su padre, y que para él siempre volvía éste a casa demasiado temprano (demasiado pronto). Hubiera preferido que no hubiera vuelto, deseo idéntico al de su muerte. (Véase página 502).

Siendo niño se había hecho culpable el sujeto de una agresión sexual a otra persona durante una larga ausencia de su padre, y había sido amenazado con las palabras: «¡Ya verás cuando vuelva tu papá!» Si queremos proseguir aún más allá las relaciones entre el contenido manifiesto y las ideas latentes tomaremos como el mejor punto de partida el sueño mismo y nos plantearemos la interrogación de cuál es, con relación a las ideas latentes, el significado de determinados caracteres formales de la representación onírica.

A estos caracteres formales, que tienen que despertar nuestra atención al examinar el sueño, pertenecen ante todo las diferencias de intensidad sensorial de los distintos productos oníricos y las de claridad de los diversos fragmentos de un sueño o de sueños enteros comparados entre sí. Las diferencias de intensidad de los diversos productos oníricos forman toda una escala, que va desde una agudeza de impresión que nos inclinaríamos a colocar por cima de la realidad -aunque claro está que sin garantías- hasta una enfadosa vaguedad, que declaramos característica del sueño, por no ser comparable exactamente a ninguno de los grados de precisión que tenemos lugar de percibir en los objetos de la realidad.

Acostumbradamente calificamos también de «fugitiva» la impresión que de un borroso objeto onírico recibimos, mientras que de los objetos oníricos más precisos opinamos que han permitido una más larga percepción.

Surge aquí la interrogación de cuáles son las condiciones del material onírico a las que obedecen estas diferencias de vitalidad de los diversos trozos del contenido manifiesto. Habremos de rebatir ante todo algunas hipótesis que parecen imponerse a este respecto. Dado que en el material onírico pueden hallarse incluidas, desde luego, sensaciones reales percibidas durante el reposo, se supondrá, probablemente, que estas sensaciones o los elementos oníricos de ellas derivados se significan, en el contenido manifiesto, por una especial intensidad; o inversamente, que aquello que en el sueño muestra una especial intensidad podrá ser referido a dichas sensaciones reales.

Ahora bien: mi experiencia no me ha confirmado jamás estas hipótesis. No es exacto que aquellos elementos del sueño que son derivados de sensaciones percibidas durante el reposo (estímulos nerviosos) se distingan, por su mayor intensidad, de los que proceden de recuerdos.

El factor realidad carece de toda influencia sobre la determinación de la intensidad de las imágenes oníricas. Podría también suponerse que la intensidad sensorial (vivacidad) de las diversas imágenes oníricas se hallaba en relación con la intensidad psíquica de los elementos correspondientes en las ideas latentes.

En estas últimas, la intensidad coincide con el valor psíquico, y los elementos más intensos no son otros que los más importantes, los cuales constituyen el nódulo.

Ahora bien: sabemos que precisamente la mayor parte de estos elementos no consiguen pasar, por impedírselo la censura, al contenido manifiesto.

Sin embargo, podría ser que aquellos más próximos derivados suyos, que los representan, mostrasen en el sueño un más alto grado de intensidad, sin que por ello tuvieran que constituir el centro de la representación onírica. Pero también esta sospecha queda destruida por la observación comparativa del sueño y el material onírico. La intensidad de los elementos del primero no tiene nada que ver con la de los que constituyen el segundo, y entre el material onírico y el sueño tiene, efectivamente lugar una completa transmutación de todos los valores psíquicos. Un elemento fugitivamente animado y encubierto por imágenes más intensas, es muchas veces el único que descubrimos, constituye un derivado directo de aquello que en las ideas latentes dominaba en absoluto.

La intensidad de los elementos del sueño aparece determinada en otra forma distinta y por los factores independientes entre sí.

En primer lugar advertimos sin esfuerzo la especial intensidad con la que se nos muestran representados en el sueño aquellos elementos en los que se exterioriza la realización de deseos, y en segundo, nos descubre el análisis que aquellos elementos que aparecen dotados de una vitalidad son a la vez los que constituyen el punto de partida de un más amplio número de rutas mentales y los mejor determinados.

Este principio, empíricamente establecido, puede ser formulado en los siguientes términos: los elementos que mayor intensidad muestran en el sueño son aquellos cuya formación ha exigido una mayor labor de condensación. Esta condición y la anteriormente señalada de la realización de deseos habrán de poder ser encerradas en una única fórmula.

El problema al que las precedentes consideraciones se refieren, o sea el de las causas de la mayor o menor intensidad o precisión de los diversos elementos del sueño, no debe ser confundido con el que plantea la distinta claridad de sueños enteros o fragmentados, lo contrario de precisión es vaguedad; en el segundo, confusión.

Sin embargo, es innegable que las cualidades ascendentes y descendentes de ambas escalas se presentan en mutua correspondencia.

Aquellos fragmentos de un sueño que muestran una mayor claridad contienen, en su mayor parte, elementos intensos, y por el contrario, un sueño oscuro se halla constituido por muy escasos elementos intensos. Pero el problema planteado por la escala que se extiende desde lo aparentemente claro hasta lo impreciso y confuso es mucho más complicado que el de las oscilaciones de la vivacidad de los elementos del sueño, y por razones que más adelante expondremos, no nos es posible someterlo todavía a discusión.

En algunos casos observamos, no sin sorpresa, que la impresión de claridad o imprecisión producida por un sueño no depende en absoluto del proceso de su constitución, sino que procede del material onírico, a título de componente del mismo.

Así, recuerdo un sueño que me pareció, al despertar, tan especialmente bien constituido, coherente y claro, que antes de disipar por completo en mí el aturdimiento del reposo, me propuse establecer una nueva categoría de sueños no sometidos a los mecanismos de la condensación y el desplazamiento, y que habrían de calificarse de «fantasía durante el reposo». Pero un más detenido examen me demostró que ese sueño poco común presentaba en su constitución las mismas fisuras y soluciones de continuidad que otro cualquiera, con lo cual hube de renunciar a la categoría de las fantasías oníricas.

Su contenido era que yo exponía a mi amigo Fliess una difícil teoría de la bisexualidad, constituida al cabo de trabajosas investigaciones, y la fuerza realizadora de deseos hacía que dicha teoría (que, por lo demás no era comunicada en el sueño) nos pareciese clara y sin lagunas.

Así, pues, aquello que yo había considerado como un juicio sobre el sueño completo era una parte, y precisamente la esencial, del contenido onírico. La elaboración onírica parecía extenderse, en este caso, a los comienzos del pensamiento despierto y me ofrecía como juicio sobre el sueño aquella parte del material onírico cuya exacta representación no le había sido dado conseguir en el mismo.

Análogo a éste es el caso de una paciente mía que, hallándose sometida al tratamiento psicoanalítico, se resistió a relatarme un sueño, cuyo análisis había de formar parte del mismo, alegando que «era demasiado impreciso y confuso». Por último, entre repetidas protestas de la insegura vaguedad de las representaciones oníricas, relató que su sueño le había presentado varias personas -ella misma, su marido y su padre-, siendo como si ella no hubiese sabido si su marido era su padre o quién era su padre o algo parecido. La comparación de este sueño con las ocurrencias de la sujeto durante la sesión demostró, sin lugar a dudas, que se trataba de la vulgar historia de una criada que había tenido que confesar hallarse embarazada y a la que se expresaban dudas sobre «quién sería el padre» (del esperado hijo).

La oscuridad que el sueño mostraba era, pues, también en este caso, una parte del material que hubo de provocarlo, y esta parte quedaba representada en la forma misma del sueño. La forma del sueño o del soñar es utilizada con sorprendente frecuencia para la representación del contenido encubierto.

Las glosas del sueño, esto es, las observaciones aparentemente inocentes sobre el mismo, tienden con frecuencia a ocultar, con el mayor refinamiento, un fragmento de lo soñado, aunque lo que en realidad hagan es revelarlo.

Así, cuando un sujeto dice: «Al legar aquí se borra (se limpia) el sueño», y descubre luego el análisis una reminiscencia infantil de haber espiado a una persona que se limpiaba después de defecar. Y en este otro caso, que precisa de una más amplia comunicación. Un joven tiene un claro sueño, que le recuerda una fantasía infantil de la cual ha conservado conciencia.

Se encuentra por la noche en un hotel y, equivocándose de habitación, sorprende a una señora ya madura y a sus dos hijas, que se están desnudando para acostarse.

Al llegar a este punto de su relato dice el sujeto: «Aquí presenta el sueño varios huecos, como si faltase algo, y luego prosigue con la aparición en el cuarto de un hombre que quiere expulsarme y con el que tengo que luchar.» Después de inútiles esfuerzos del sujeto por recordar el contenido y la intención de la fantasía infantil, a la que su sueño alude abiertamente, advertimos que dicho contenido resulta dado en sus propias manifestaciones sobre el fragmento onírico impreciso. Los huecos se refieren a los genitales de las mujeres que se desnudan para acostarse, y la frase como si faltara algo describe el carácter principal del órgano sexual femenino.

En sus años infantiles ardía el sujeto en curiosidad por ver unos genitales femeninos, y se inclinaba aún a la teoría sexual infantil que atribuye a la mujer la posesión de un miembro viril.

Una análoga reminiscencia revistió parecida forma en otro sujeto: «Sueño que entro con la señorita de K. en el restaurante del parque; luego sigue una parte oscura, una interrupción…; después me encuentro en la sala de una casa de prostitución, en la que veo a dos o tres mujeres, una de ellas en camisa y pantalones.»

Análisis

.- La señorita de K. es la hija de un antiguo jefe suyo, y como el mismo sujeto indica, una persona sustitutiva de su hermana. No ha tenido sino muy pocas ocasiones de hablar con ella; pero una vez entablaron una conversación en la que «reconocieron» su diferencia de sexo, como si se hubieran dicho: «Yo soy un hombre y tú una mujer.» En el restaurante de su sueño no ha estado sino una sola vez, acompañando a la hermana de su cuñado, muchacha que le es por completo indiferente. Otra vez acompañó a tres señoras hasta la entrada del mismo. Dichas tres señoras eran su hermana, su cuñada y la citada hermana de su cuñado, indiferentes las tres para él, pero pertenecientes a la serie de la hermana.

Sólo rarísimas veces -dos o tres en toda su vida- ha entrado en una casa de prostitución. La interpretación se apoyó en la parte oscura o la interrupción del sueño, y confirmó que, siendo niño, había sido llevado el sujeto por su curiosidad a contemplar, aunque sólo muy raras veces, los genitales de su hermana.

Algunos días después surgió en él el recuerdo consciente del reprobable acto a que el sueño aludía.

Todos los sueños de una misma noche pertenecen, por lo que a su contenido respecta, a la misma totalidad, y tanto su división en varios fragmentos como la agrupación y el número de los mismos son muy significativos y deben ser considerados como una parte de la exteriorización de las ideas latentes.

Esta interpretación de sueños constituidos por varios fragmentos principales o, en general, de aquellos que pertenecen a una misma noche, no debemos olvidar tampoco la posibilidad de que tales sueños sucesivos y diferentes posean la misma significación y expresen los mismos sentimientos por medio de un distinto material.

El primero de tales sueños homólogos suele ser entonces, muy frecuentemente, el más deformado y tímido, y el segundo se muestra más atrevido y claro. Ya el sueño bíblico de las

espigas y las vacas, soñado por el faraón e interpretado por José, perteneció a esta clase. Josefo la expone más detalladamente que en la Biblia (Antigüedades judías, tomo II, caps. 5 y 6). Después de relatar el primer sueño, dice el rey: «A continuación de este primer sueño desperté intranquilo y medité qué es lo que podía significar, pero luego volví a quedarme dormido y tuve otro sueño mucho más extraño, que me produjo aún más espanto y confusión.» Al terminar de escuchar el relato del faraón dice José: «Tu sueño, ¡oh rey ! es, en apariencia, doble, pero sus dos visiones poseen una misma significación.»

En su Beitrag zur Psychologie des Geruechtes, refiere Jung cómo un disfrazado sueño erótico de una colegiala fue comprendido y reproducido en diversas variantes por sus compañeras sin necesidad de interpretación ninguna, y observa, con relación a estos relatos de sueño, «que el pensamiento final de una larga serie de imágenes oníricas contiene exactamente aquello mismo que ya se intentó representar en la primera imagen de la serie. La censura rechaza el complejo durante el mayor tiempo posible por medio de encubrimientos simbólicos, desplazamientos, transformaciones en materia inocente, etc., renovados de continuo» lugar (cit., pág. 434).

Scherner conoció perfectamente esta peculiaridad de la representación onírica y la describe, al desarrollar su teoría de los estímulos orgánicos, como una ley especial (pág. 399): «Por último, observa la fantasía en todas las formaciones oníricas emanadas de determinados estímulos nerviosos la ley general de no pintar al principio del sueño sino las más lejanas y libres alusiones al objeto estimulante y, en cambio, al final, cuando se agota el material pictórico, representa clara y desnudamente el estímulo mismo o, correlativamente, el órgano que a él corresponde o su función, con lo cual acaba el sueño revelando por sí mismo su motivo orgánico…» En su trabajo un sueño que se interpreta a sí mismo, nos da Otto Rank una amplia confirmación de esta ley de Scherner.

El sueño que en él nos comunica se compuso de dos fragmentos oníricos soñados una misma noche por una muchacha y terminado el segundo con un orgasmo.

Este último permitió una detalladísima interpretación del sueño total sin recurrir para nada a la ayuda de la sujeto, y la abundancia de relaciones entre dos contenidos de ambos fragmentos oníricos mostró que el primero expresaba, aunque más tímidamente, lo mismo que el segundo, de manera que éste, el de la polución, contribuyó al total esclarecimiento del primero.

Muy justificativamente ha tomado Rank este caso como punto de partida para el estudio de la significación de los sueños de polución con respecto a la teoría de los sueños en general.

Mi experiencia personal me ha demostrado, sin embargo, que no siempre nos llegamos a hallar en situación de interpretar la claridad o confusión de los sueños como seguridad o duda en el material onírico.

Más adelante habremos de señalar, en la elaboración onírica, el factor, no mencionado hasta ahora, de cuya actuación depende especialmente esta escala de cualidades del sueño.

Algunos sueños, en los que se mantiene durante cierto tiempo una determinada situación o decoración, aparecen cortados por interrupciones que son descritas en su relato con las palabras siguientes: «Parece luego como si al mismo tiempo fuera un lugar distinto y allí sucede esto y lo otro.»

Aquello que de este modo interrumpe la acción principal del sueño, la cual puede continuar después al cabo de un intervalo, resulta ser, en las ideas latentes, un elemento accesorio; por ejemplo, un pensamiento intercalado. La condicionalidad dada en las ideas latentes es representada en el sueño por simultaneidad (si-cuando).

¿Cuál es el significado de la sensación de no poder moverse, frecuentísima en el sueño y tan cercana a la angustia? Queremos andar y permanecemos como clavados en un sitio; queremos hacer algo y se nos oponen continuos obstáculos.

El tren echa a andar y no podemos alcanzarlo; vamos a levantar la mano para vengar una ofensa y no lo conseguimos, etc.

Al examinar los sueños exhibicionistas tropezamos ya con esta sensación, mas no intentamos profundizar seriamente en su sentido.

Es muy cómodo, pero también muy insuficiente, responder que durante el reposo existe una parálisis motora que se hace notar al durmiente por dicha sensación; pues, de ser así, habríamos de preguntarnos cómo es que no soñamos de continuo con tales movimientos estorbados. Debemos, pues, suponer que tal sensación, susceptible siempre a surgir durante el reposo, obedece a determinados fines de la representación y no es despertada sino cuando el material onírico precisa de ella para una determinada exteriorización.

La imposibilidad de realizar algo no aparece siempre en el sueño como sensación, sino también, simplemente, como parte del contenido manifiesto. La comunicación de un ejemplo de este género ha de contribuir al esclarecimiento del proceso onírico discutido.

Expondré, pues, muy abreviadamente, un sueño en el que aparezco acusado de falta de honradez: «La escena representa una mezcla de sanatorio particular y varios otros locales.

Se presenta un criado y me invita a seguirle para ser objeto de un registro.

En el sueño sé que se ha echado algo de menos y que el registro obedece a la sospecha de que soy yo quien se ha apropiado lo que falta.

El análisis nos muestra que el concepto registro debe ser tomado en doble sentido e incluye también el registro (reconocimiento) médico. Penetrado de mi inocencia y consciente de mi autoridad de médico de cabecera y consejero en aquella casa, sigo tranquilamente al criado.

Ante una puerta nos recibe otro, que dice, señalándome: ‘¡Cómo me trae usted a este señor, que es una persona decente!’ Sin que el criado me acompañe ya, paso a un amplio salón en el que se hallan instaladas diversas máquinas y que me recuerda una cámara de tormento con sus infernales torturas.

Atado a uno de los potros veo a uno de mis colegas, que, contra lo que era de esperar, no repara atención ninguna en mí.

Resulta que ahora puedo ya irme (puedo ya andar). Pero no encuentro mi sombrero y no puedo irme (no puedo andar).» La realización de deseos de este sueño es evidentemente la de ser reconocido como persona honorable y poder irme. Por tanto, debe existir en las ideas latentes un amplio material contrario a dicha realización.

El poder marcharme es señal de que ha sido absuelto y, por tanto, si el sueño trae consigo, al terminar, un incidente que me lo impide, no ha de ser muy aventurado concluir que por medio de este rasgo se exterioriza dicho material contrario, reprimido.

Así, pues, el no encontrar el sombrero significa que no soy un hombre honrado. La imposibilidad de realizar algo en el sueño es una expresión de la contradicción, un «no», y, por tanto, habremos de rectificar nuevamente nuestra anterior afirmación de que el sueño no puede expresar el «no».

En otros sueños en los que la imposibilidad de realizar el movimiento no aparece ya tan sólo como situación, sino como sensación, queda expresada por la sensación de parálisis la misma contradicción, pero más enérgicamente, como una voluntad a la que se opone la voluntad contraria.

Así, pues, la sensación de parálisis representa un conflicto de la voluntad.

Más adelante veremos que precisamente la parálisis motora durante el reposo es una de las condiciones fundamentales del proceso psíquico que se desarrolla en el curso del sueño.

El impulso transferido a las vías motoras no es otra cosa que la voluntad y nuestra seguridad de que en el reposo habremos de sentir como coartado dicho impulso hace que todo este proceso

sea apropiadísimo para la representación del querer y del no que al mismo se opone. Después de mi explicación de la angustia, se comprende fácilmente que la sensación de coerción de la voluntad se nos muestre tan próxima a dicho estado y se enlace con él tan frecuentemente en el sueño. La angustia es un impulso libidinoso que parte de lo inconsciente y es coartado por lo preconsciente. Por tanto, en aquellos sueños o fragmentos del sueño en los que la sensación de parálisis aparece acompañada de angustia, tiene que tratarse de una volición que fue susceptible alguna vez de desarrollar libido, o sea de un impulso sexual.

Más adelante discutiremos lo que significa el juicio «Estoy soñando» o «Esto no es más que un sueño», que con tanta frecuencia surge en nosotros mientras soñamos, y examinaremos a qué poder psíquico hemos de atribuirlo.

Adelantaré únicamente que su objeto es rebajar el valor de lo soñado.

El problema de qué es lo expresado cuando un cierto contenido es calificado de «soñado» en el sueño mismo; esto es, el problema del «sueño en el sueño», ha sido resuelto en un análogo sentido por W. Stekel, mediante el análisis de varios ejemplos convincentes.

El calificar de «soñada» una parte de un sueño dentro del sueño mismo, tiene por objeto rebasar nuevamente su valor y despojarla de su realidad.

Aquello que al final de un «sueño en el sueño» continuamos soñando es lo que el deseo onírico quiere sustituir a la extinguida realidad. Podemos, pues, admitir que lo soñado contiene la representación de la realidad, el recuerdo verdadero y, por lo contrario, el sueño subsiguiente no entraña sino la representación de lo meramente deseado por el sujeto.

Así, pues, la inclusión de determinado contenido en un «sueño en el sueño» habrá de considerarse equivalente al deseo de que lo calificado así de sueño no hubiese sucedido. O dicho de otro modo: cuando un determinado suceso es situado en un sueño por la elaboración onírica misma, podemos considerar este hecho como la más decisiva confirmación de su realidad y su más enérgica afirmación. La elaboración onírica emplea el soñar mismo como una forma de repulsa y confirma así la teoría de que el sueño es una realización de deseos.

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