Planeta Freud

020. 02. Psicopatología de la vida cotidiana – 1900-1901 [1901]

Posted on: agosto 3, 2009

[…]

Así sucede en los siguientes ejemplos:

12)

Ed. HitschmannDos casos de olvido de nombres», en Internat. Zeitsch, für Psychoanalyse, I, 1913).

«El señor N. quiso indicar a una persona el título de la sociedad Gilhofer y Ranschburg, libreros; pero por más esfuerzos que hizo no logró acordarse más que del segundo nombre, Ranschburg, a pesar de serle muy familiar y conocida la firma completa. Ligeramente molesto por tal olvido, le concedió importancia suficiente para despertar a su hermano, que se había acostado ya, y preguntarle por la primera parte de la firma.

El hermano se la dijo en seguida, y al oír la palabra Gilhofer recordó N. en el acto la palabra Gallhof; nombre de un lugar donde meses antes había estado de paseo con una atractiva muchacha, paseo lleno de recuerdos para él. La muchacha le había regalado aquel día un objeto sobre el que se hallaban escritas las siguientes palabras:

«En recuerdo de las bellas horas pasadas en Gallhof:» Pocos días antes del olvido que aquí relatamos había N. estropeado considerablemente, al parecer por casualidad, este objeto al cerrar el cajón en que lo guardaba, cosa de la que N., conocedor del sentido de los actos sintomáticos (Symtomhandlungen), se reconocía en cierto modo culpable.

Se hallaba en estos días en una situación espiritual un tanto ambivalente con respecto a la señorita de referencia, pues, aunque la quería no compartía su deseo de contraer matrimonio.»

13)

Doctor Hans Sachs: «En una conversación sobre Génova y sus alrededores quiso un joven citar el lugar llamado Pegli; mas no pudo recordar su nombre sino después de un rato de intenso esfuerzo mental.

Al volver a su casa, pensando en aquel enfadoso olvido de un nombre que le era muy familiar, recordó de repente la palabra Peli, de sonido semejante a la olvidada.

Sabía que Peli era el nombre de una isla del mar del Sur, cuyos habitantes han conservado hasta nuestros días algunas extrañas costumbres. Poco tiempo antes había leído una obra de Etnología que trataba de esta cuestión, y pensaba utilizar los datos en ella contenidos para la construcción de una hipótesis original.

Recordó asimismo que Peli era el lugar en que se desarrollaba la acción de una novela de Lauridos Bruun titulada Los tiempos más felices de Van Zanten, novela que le había gustado e interesado grandemente. Los pensamientos que casi sin interrupción le habían ocupado durante todo aquel día se hallaban ligados a una carta que había recibido por la mañana de una señora a la que amaba, carta cuyo contenido le hacia temer que tuviera que renunciar a una entrevista acordada con anterioridad.

Después de haber pasado todo el día de perverso humor, salió al anochecer con el propósito de no atormentarse por más tiempo con tan penosos pensamientos y procurar distraerse agradablemente en la reunión en la que luego surgió su olvido del nombre Pegli, reunión que se componía de personas a las que estimaba y cuya compañía le era grata.

Puede verse claramente que este propósito de distraer sus desagradables pensamientos quedaba amenazada por la palabra Pegli, que por similicadencia había de sugerir en el acto el nombre Peli, el cual, habiendo adquirido por su interés etnológico su valor de autorreferencia, encarnaba no sólo ‘los tiempos más felices de Van Zanten‘, sino asimismo los de igual condición del joven y, por tanto, también los temores y cuidados que este último había abrigado durante todo el día.

Es muy característico el hecho de que esta sencilla interpretación del olvido no fuera alcanzada por el sujeto hasta que una segunda carta convirtió sus dudas y temores en alegre certeza de una próxima entrevista con la señora de sus pensamientos.» Recordando ante este ejemplo el anteriormente citado, en el que lo olvidado por el sujeto era el nombre del lugar italiano Nervi, se ve cómo el doble sentido de una palabra puede ser sustituido por similicadencia de dos palabras diferentes.

14)

Al estallar en 1915 la guerra con Italia pude observar cómo se sustraía de repente a mi memoria una gran cantidad de nombres de poblaciones italianas que de ordinario había podido citar sin esfuerzo alguno. Como otras muchas personas de nacionalidad germánica, acostumbraba yo pasar una parte de las vacaciones en Italia, y no podía dudar de que tal olvido general de nombres italianos fuera la expresión de la comprensible enemistad hacia Italia, en la que se transformaba, por mandato de las circunstancias, mi anterior predilección por dicho país.

Al lado de este olvido de nombres directamente motivados, podía observarse también otro, motivado indirectamente y que podía ser referido a la misma influencia.

Durante esta época advertí, en efecto, que también me hallaba inclinado a olvidar nombres de poblaciones no italianas, e investigando estos últimos olvidos hallé que tales nombres se ligaban siempre, por próximas o lejanas semejanzas de sonido, a aquellos otros italianos que mis sentimientos circunstanciales me prohibían recordar.

De este modo estuve esforzándome un día en recordar el nombre de la ciudad de Bisenz, situada en Moravia, y cuando, por fin, logré recordarlo vi en seguida que el olvido debía ponerse a cargo del Palazzo Bisenzi, de Orvieto.

En este Palazzo se encuentra instalado el hotel Belle Arti, en el cual me había hospedado siempre en todos mis viajes a dicha población. Como es natural, los recuerdos preferidos y más agradables habían sido los más fuertemente perjudicados por la transformación de mis sentimientos.

El rendimiento fallido del olvido de nombres puede ponerse al servicio de diferentes intenciones, como nos lo demuestran los ejemplos que siguen:

15)

A. J. Storfer (Zur Psychopathologie des alltags, en Internationale Zeitschrift fur ärztliche Psychoanalyse, II, 1944).

Olvido de un nombre como garantía del olvido de un propósito

«Una señora de Basilea recibió una mañana la noticia de que una amiga suya de juventud, Selma X., de Berlín, acababa de llegar a Basilea en el curso de su viaje de novios, pero que no permanecería en esta ciudad más que un solo día. Por tanto, fue en seguida a visitarla al hotel.

Al despedirse por la mañana, quedaron de acuerdo en verse de nuevo por la tarde para pasar juntas las horas restantes hasta la partida de la recién casada berlinesa.

»Mas la señora de Basilea olvidó por completo la cita. Las determinantes de este olvido no me son conocidas; pero en la situación en que la señora se hallaba (encuentro con una amiga de juventud recién casada), se hacen posibles multitud de constelaciones típicas, que pueden producir una represión encaminada a evitar la repetición de dicho encuentro. Lo interesante en este caso es un segundo rendimiento fallido que surgió como inconsciente garantía del primero.

A la hora en que debía encontrarse con su amiga berlinesa se hallaba la señora de Basilea en una reunión, en la cual se llegó a hablar de la reciente boda de una cantante de ópera vienesa llamada Kurtz. La señora comenzó a criticar (¡!) dicha boda, y al querer citar el nombre de la cantante vio con sorpresa que sólo recordaba el apellido Kurtz, pero que le era imposible recordar el nombre, cosa que le desagradó y extrañó en extremo, dado que sabía le era muy conocido por haber oído cantar frecuentemente a la referida artista y haber hablado de ella citándola por su nombre y apellido, pues es cosa corriente, cuando un apellido es monosilábico, agregar a él el nombre propio para nombrar a la persona a quien pertenece.

La conversación tomó en seguida otro rumbo antes que nadie subsanase el olvido pronunciando el nombre de la cantante.

»Al anochecer del mismo día se hallaba la señora en otra reunión, compuesta, en parte, por las mismas personas que integraban la de por la tarde. La conversación recayó casualmente de nuevo sobre la boda de la artista vienesa.

La señora citó entonces sin ninguna dificultad su nombre completo: Selma Kurtz, y en el acto exclamó: ‘¡Caramba! Ahora me acuerdo que he olvidado en absoluto que estaba citada esta tarde con mi amiga Selma’. Una mirada al reloj le demostró que su amiga debía de haber continuado ya su viaje.» Quizá no estemos aún suficientemente preparados para hallar todas las importantísimas relaciones que puede encerrar este interesantísimo ejemplo.

En el que a continuación transcribimos, menos complicado, no es un nombre, sino una palabra de un idioma extranjero lo que cae en el olvido por un motivo implícito en la situación del sujeto en el momento de no poder recordarla.

(Vemos, pues, que podemos considerar como un solo caso estos olvidos, aunque se refieran a objeto diferente: nombre sustantivo, nombre propio, palabra extranjera o serie de palabras.)

En el siguiente ejemplo olvida un joven la palabra inglesa correspondiente a oro (gold), que es precisamente idéntica en ambos idiomas, alemán e inglés, y la olvida con el fin inconsciente de dar ocasión a una acción deseada.

16)

Hans Sachs: «Un joven que vivía en una pensión conoció en ella a una muchacha inglesa que fue muy de su agrado.

Conversando con ella en inglés, idioma que domina bastante bien, la misma noche del día en que la había conocido quiso utilizar en el diálogo la palabra inglesa correspondiente a oro (gold), y a pesar de múltiples esfuerzos, no le fue posible hallarla.

En cambio, acudieron a su memoria, como palabras sustitutivas, la francesa or, la latina aurum y la griega chrysos, agolpándose en su pensamiento con tal fuerza, que le costaba trabajo rechazarlas, a pesar de saber con toda seguridad que no tenían parentesco alguno con la palabra buscada. Por último, no halló otro camino para hacerse comprender que el destocar un anillo que la joven inglesa llevaba en una de sus manos, y quedó todo avergonzado al oírle que la tan buscada traducción de la palabra oro ((gold) en alemán) era en inglés la idéntica palabra gold.

El alto valor de tal contacto, proporcionado, por el olvido, no reposa tan sólo en la decorosa satisfacción del instinto de aprehensión o de contacto, satisfacción que puede conseguirse en muchas otras ocasiones ardientemente aprovechadas por los enamorados, sino mucho más en la circunstancia de hacer posible una aclaración de las intenciones del galanteo.

El inconsciente de la dama adivinará, sobre todo si está predispuesta en favor de su interlocutor, el objeto erótico del olvido, oculto detrás de un inocente disfraz, y la forma en que la interesada acoja el contacto y dé por válida su motivación puede constituir un signo muy significativo, aunque sea inconsciente en ambos, de su acuerdo sobre el porvenir del recién iniciado flirt.»

17)

Daré también un ejemplo tomado de J. Stärcke que constituye una interesante observación de un caso de olvido y recuerdo posterior de un nombre propio, caracterizado por ligarse en él el olvido del nombre a la alteración de varias palabras de una poesía, como pasaba en el ejemplo de La prometida de Corinto, citada al principio de este capítulo.

(Este ejemplo se halla incluido en la edición holandesa del presente libro, titulado De invloed vans ons onbewuste in ons dajelijksche leven. Amsterdam, 1916. En alemán apareció en la revista Internationale Zeitschrift für ärzitliche Psychoanalyse, IV, 1916.)

Un caso de olvido de nombre y recuerdo erróneo

«Un anciano jurisconsulto y filólogo, el señor Z., contaba en una reunión que durante sus años de estudio en Alemania había conocido a un estudiante extraordinariamente tonto y del que podía relatar algunas divertidas anécdotas. De su nombre no se acordaba en aquel momento, y aunque al principio creyó recordar que empezaba con W, retiró después tal suposición, juzgándola equivocada. Lo que sí podía afirmar era que tal estudiante se había hecho después comerciante en vinos (Weinhändler).

A continuación contó una de las anécdotas a que antes había aludido, y al terminarla expresó de nuevo su extrañeza por no recordar el nombre del protagonista, añadiendo: ‘Era tan burro, que aún me maravilla haber conseguido meterle en la cabeza el latín a fuerza de explicarle y repasarle una y otra vez las lecciones.’

Momentos después recordó que el nombre que buscaba terminaba en… man, y al preguntarle yo que si se le ocurría en aquel instante otro nombre que tuviera igual terminación, me contestó: ‘Si, Erdmann.’

‘¿Quién lleva ese nombre?’, seguí interrogando. ‘También un estudiante de aquellos tiempos’, repuso Z. Pero su hija, que estaba presente, observó que en la actualidad existía un profesor Erdmann, a quien conocían, y en el curso de la conversación se averiguó que dicho profesor había mutilado y abreviado un trabajo de Z. al publicarlo en una revista por él dirigida, mostrando además su disconformidad con parte de las doctrinas sustentadas por el autor, cosas ambas que habían desagradado bastante a Z.

(Aparte de esto,supe después que años atrás había tenido éste la intención de desempeñar una cátedra de la misma disciplina que actualmente enseñaba el profesor Erdmann, y que, por tanto, también a causa de esto podía herir en Z. el nombre de Erdmann una cuerda sensible.)

»De repente recordó Z. el nombre del estudiante tonto: ¡Lindeman! El haber recordado primeramente que el nombre buscado terminaba en… man había hecho que su principio, Linde (tilo), permaneciera reprimido aún por más tiempo.

Siguiendo mi deseo de averiguar todo el mecanismo del olvido, pregunté a Z. qué era lo que se le ocurría ante la palabra Linde (tilo), contestándome en un principio que no se le ocurría nada.

Apremiado por mi afirmación de que no podía dejar de ocurrírsele algo ante dicha palabra, miró hacia lo alto, y haciendo en el aire un gesto con la mano, dijo: ‘Bueno, sí. Un tilo (Linde) es un bello árbol’, sin que se le ocurriera nada más. La conversación calló aquí, y cada uno prosiguió su lectura o la ocupación a que se hallaba dedicado, hasta que momentos después comenzó Z. a recitar distraídamente y como ensimismado los siguientes versos:

Si con fuertes y flexibles huesos permanece en pie sobre la tierra (Erde)
no llega tampoco ni siquiera a igualarse al tilo (Linde) o a la vid.

»Al oír estos versos lancé una exclamación de triunfo: ¡Ahí tenemos a Erdmann -dije-.

Ese hombre (Mann) ‘que permanece en pie sobre la tierra’ (Erde) y que, por tanto, es el ‘hombre de la tierra’ (Erdmann), no puede llegar a compararse con el tilo (Linde-Lindemann) o con la vid (comerciante en vinos).

O sea, con otras palabras: aquel Lindemann, el estudiante estúpido, que además se hizo comerciante en vinos, era un burro; pero Erdmann es un burro mucho mayor que no puede compararse con Lindeman.

»Es muy general que lo inconsciente se permita en sí mismo tales expresiones de burla o de desprecio, y, por tanto, me pareció haber hallado ya la causa fundamental del olvido del nombre.

»Pregunté a Z. de qué poesía provenían las líneas por él citadas, y me dijo que creía eran de una de Goethe que comenzaba:

¡Sea noble el hombre benéfico y bondadoso!
y que después seguía:
…y si se eleva hacia los cielos
se convierte en juguete de los vientos.»

Al día siguiente busqué esta poesía de Goethe y vi que el caso era todavía más interesante, aunque también más complicado de lo que al principio parecía.

a) Las primeras líneas citadas decían así (compárese con la versión de Z.):

Si con fuertes y vigorosos huesos permanece en pie…

Huesos flexibles era, en efecto, una rara combinación. Pero sobre este punto no queremos ahondar más.

b)

Los versos siguientes de esta estrofa son como sigue (compárese con la versión de Z.):

sobre la tierra estable y permanente, no llega tampoco ni siquiera a igualarse a la encina o a la vid.

¡Así, pues, en toda la poesía no aparece para nada ningún tilo! (Linde). La sustitución de la encina (Eiche) por el tilo (Linde) no se ha verificado más que para hacer posible el juego de palabras.

c) Esta poesía se llama Los límites del género humano y contiene una comparación entre la omnipotencia de los dioses y el escaso poder de los hombres. La poesía cuyo principio es:

¡Sea noble el hombre benéfico y bondadoso! es otra poesía distinta, que se halla unas páginas más adelante.

Se titula Lo divino, y contiene asimismo pensamientos sobre los dioses y los hombres. Por no haber continuado las investigaciones sobre estos puntos no puedo sino suponer que en la génesis de este olvido desempeñaron también un papel diverso pensamientos sobre la vida y la muerte, lo temporal y lo eterno, la débil vida propia y la muerte futura.»

En alguno de estos ejemplos son necesarias todas las sutilezas de la técnica psicoanalítica para aclarar el olvido. Para aquellos que deseen conocer algo más sobre tal labor indicaremos aquí una comunicación de E. Jones (Londres) publicada en la Zentralblatt für Psychoanalyse (año II, núm. 2, 1921) con el título «Análisis de un caso de olvido de un nombre».

18)

Ferenczi ha observado que el olvido de nombres puede manifestarse también como síntoma histérico, y entonces muestra un mecanismo que se aparta mucho del de los rendimientos fallidos.

En el siguiente ejemplo puede verse en qué consiste esta diferencia: «Tengo actualmente en tratamiento, entre mis pacientes, a una señorita ya madura que no logra jamás recordar ni siquiera aquellos nombres propios más vulgares o que le son más conocidos, a pesar de poseer en general una buena memoria.

En el análisis se demostró que lo que quería era hacer notar su ignorancia por medio de este síntoma.

Esta demostrativa exhibición de su ignorancia era, en realidad, un reproche contra sus padres, que no le dejaron seguir una enseñanza superior.

Su atormentadora obsesión de limpiar y fregarlo todo (psicosis del ama de casa) procede también, en parte, del mismo origen. Con ella quiere expresar aproximadamente:

«Habéis hecho de mí una criada.»

Podría multiplicar aquí los ejemplos de olvido de nombres y llevar mucho más adelante su decisión si no quisiera evitar que quedasen ya agotados en este primer tema todos los puntos de vista que han de seguir en otros subsiguientes.

Mas lo que sí conviene hacer es resumir concretamente en algunas frases los resultados de los análisis expuestos hasta aquí.

El mecanismo del olvido de nombres, o más bien de su desaparición temporal de la memoria, consiste en la perturbación de la reproducción deseada del nombre por una serie de ideas ajenas a él e inconscientes por el momento.

Entre el nombre perturbado y el complejo perturbador, o existe desde un principio una conexión, o se ha formado ésta siguiendo con frecuencia caminos aparentemente artificiosos y alambicados por medio de asociaciones superficiales (exteriores).

Entre los complejos perturbadores se distinguen por su mayor eficacia los pertenecientes a la autorreferencia (complejos familiares, personales y profesionales). Un nombre que por su pluralidad de sentidos pertenece a varios círculos de pensamientos (complejos) es perturbado en su conexión con una de las series de ideas por su pertenencia a otro complejo más vigoroso.

Entre los motivos de esta perturbación resalta la intención de evitar que el recuerdo despierte una sensación penosa o desagradable.

En general, pueden distinguirse dos casos principales de olvido de nombres: cuando el nombre mismo hiere algo desagradable o cuando se halla en contacto con otro capaz de producir tal efecto, de manera que los nombres pueden ser perturbados en su reproducción, tanto a causa de sus propias cualidades como por sus próximas o lejanas relaciones de asociación. Un vistazo a estos principios generales nos permite comprender que el olvido temporal de nombres sea el más frecuente de nuestros rendimientos fallidos.

19)

Estamos, sin embargo, aún muy lejos de haber señalado todas las particularidades de este fenómeno. Quiero hacer constar todavía que el olvido de nombres es altamente contagioso.

En un diálogo bastará que uno de los interlocutores exprese haber olvidado tal o cual nombre, para hacerlo desaparecer de la memoria del otro.

Mas la persona en que el olvido ha sido inducido encontrará el nombre con mayor facilidad que la que lo ha olvidado espontáneamente.

Este olvido colectivo, que si se considera con precisión es, en realidad, un fenómeno de la psicología de las masas, no ha sido todavía objeto de la investigación analítica.

En un caso único, pero sobre manera interesante, ha podido dar Th. Reik excelente explicación de este curioso fenómenos.

«En una pequeña reunión en la que se hallaban dos estudiantes de Filosofía se hablaba de los numerosos problemas que el origen del cristianismo plantea a la historia de la civilización y a la ciencia de las religiones.

Una de las señoritas que tomaban parte en la conversación recordó haber hallado en una novela inglesa que había leído recientemente un atractivo cuadro de las numerosas corrientes religiosas que agitaban aquella época.

Añadió que en la novela se describía toda la vida de Cristo desde su nacimiento hasta su muerte, pero que no podía recordar el título de la obra.

(En cambio, el recuerdo visual de la cubierta del libro y hasta la composición tipográfica del título se presentaban en ella con una precisión más intensa de lo normal.)

Tres de los señores presentes declararon conocer también la novela; mas, por una curiosa coincidencia, tampoco pudieron recordar su título.» Sólo la señorita estudiante se sometió al análisis encaminado a hallar la explicación de tal olvido de nombre.

El título del libro era Ben Hur, y su autor, Lewis Wallace. Los recuerdos sustitutivos fueron: Ecce homo-homo sum, Quo vadis? La joven comprendía que había olvidado el nombre Ben Hur «porque contenía una expresión que ni ella ni ninguna otra muchacha usarían nunca, sobre todo en presencia de hombres jóvenes.

Esta explicación se hizo más completa y profunda por medio de un interesante análisis.

En el contexto antes revelado posee también la traducción de homo -hombre- una significación sospechosa.

Reik deduce que la joven estudiante consideraba que el pronunciar dicho título sospechoso ante hombres jóvenes constituía algo semejante a una confesión de deseos que condenaba como impropios de su personalidad y penosos para ella.

En resumen: la joven consideraba inconscientemente el pronunciar el título Ben Hur como una proposición sexual, y su olvido correspondía, por tanto, a su defensa contra una tentación de dicha clase. Tenemos fundamentos para admitir que el olvido sufrido por los jóvenes se hallaba condicionado por un análogo proceso inconsciente.

Su subconsciente dio al olvido de la muchacha su verdadera significación y lo interpretó de igual manera.

El olvido del título Ben Hur en los hombres representó una consideración ante la defensa de la muchacha.

Es como si ésta, con su repentina debilidad de memoria, les hubiera hecho una clara señal que ellos hubieran entendido muy bien inconscientemente.

Existe también un continuado olvido de nombres en el cual desaparecen de la memoria series enteras de ellos, y cuando para hallar un nombre olvidado se quiere hacer presa en otros con los que aquél se halla íntimamente enlazado, suelen también huir tales nombres buscados como puntos de apoyo.

El olvido salta así de unos nombres a otros como para demostrar la existencia de un obstáculo nada fácil de dominar.

Recuerdos infantiles y recuerdos encubridores

En un artículo publicado en 1899 en Monatsschrift für Psychiatrie und Neurologie pudimos demostrar el carácter tendencioso de nuestros recuerdos, carácter que se nos reveló en aquellos pertenecientes a un insospechado campo.

Partimos entonces del hecho singular de que en los más tempranos recuerdos infantiles de una persona parece haberse conservado, en muchos casos, lo más indiferente y secundario, mientras que frecuentemente, aunque no siempre, se halla que de la memoria del adulto han desaparecido sin dejar huella los recuerdos de otras impresiones importantes, intensas y llenas de afecto, pertenecientes a dicha época infantil.

Sabiendo que la memoria realiza una selección entre las impresiones que a ella se ofrecen, podría suponerse que dicha selección se verifica en la infancia conforme a principios totalmente distintos de aquellos otros a los que obedece en la edad de la madurez intelectual. Pero una más penetrante investigación nos evidencia en seguida la inutilidad de tal hipótesis.

Los recuerdos infantiles indiferentes deben su existencia a un proceso de desplazamiento y constituyen en la reproducción un sustitutivo de otras impresiones verdaderamente importantes, cuyo recuerdo puede extraerse de ellos por medio del análisis psíquico, pero cuya reproducción directa se halla estorbada por una resistencia. Dado que estos recuerdos infantiles indiferentes deben su conservación no al propio contenido, sino una relación asociativa del mismo con otro contenido reprimido, creemos que está justificado el nombre de recuerdos encubridores (Deckrinnerungen) con que los designamos.

En el mencionado artículo no hicimos más que rozar, sin agotarlo, el estudio de las numerosas clases de relaciones y significaciones de los recuerdos encubridores.

En el ejemplo que allí analizábamos minuciosamente hicimos resaltar en particular una peculiaridad de la relación temporal entre el recuerdo encubridor y el contenido que bajo él queda oculto.

El contenido del recuerdo encubridor pertenecía en el caso analizado a los primeros años de la niñez, mientras que las experiencias mentales por él reemplazadas en la memoria (y que permanecían casi inconscientes) correspondían a años muy posteriores de la vida del sujeto.

Esta clase de desplazamiento fue denominada por mí retroactivo o regresivo. Quizá con mayor frecuencia se encuentra la relación inversa, siendo una impresión indiferente de la primera infancia la que se fija en la memoria en calidad de recuerdo encubridor, a causa de su asociación con una experiencia anterior, contra cuya reproducción directa se alza una resistencia.

En este caso los recuerdos encubridores son progresivos o avanzados. Lo más importante para la memoria se halla aquí cronológicamente detrás del recuerdo encubridor. Por último, puede presentarse también una tercera variedad: la de que el recuerdo encubridor esté asociado a la impresión por él ocultada, no solamente por su contenido, sino también por su contigüidad en el tiempo.

Estos serán recuerdos encubridores simultáneos o contiguos.

El determinar qué parte del contenido de nuestra memoria pertenece a la categoría de recuerdos encubridores y qué papel desempeñan éstos en los diversos procesos mentales neuróticos son problemas de los que no traté en mi artículo ni habré de tratar ahora. Por el momento me limitaré a hacer resaltar la analogía entre el olvido de nombres con recuerdo erróneo y la formación de los recuerdos encubridores.

Al principio las diferencias entre ambos fenómenos aparecen mucho más visibles que sus presuntas analogías. Trátase, en efecto, en uno de ellos de nombres aislados, y en el otro de impresiones completas de sucesos vividos en la realidad exterior o en el pensamiento.

En un lado existe una falla manifiesta de la función del recuerdo, y en el otro, un acto positivo de esta función, cuyos caracteres juzgamos singulares.

El olvido de nombres no constituye más que una perturbación momentánea -pues el nombre que se acaba de olvidar ha sido reproducido cien veces con exactitud anteriormente y puede volver a serlo poco tiempo después-; en cambio, los recuerdos encubridores son algo que poseemos durante largo tiempo sin que sufran perturbación alguna, dado que los recuerdos infantiles indiferentes parecen poder acompañarnos, sin perderse, a través de un amplio período de nuestra vida.

Así, pues, el problema se presenta a primera vista muy diferentemente orientado en ambos casos.

En uno es el haber olvidado, y en el otro, el haber retenido lo que excita nuestra curiosidad científica.

Mas en cuanto se profundiza un poco en la cuestión se observa que, a pesar de las diferencias que respecto a material psíquico y duración muestran ambos fenómenos, dominan en ellos las coincidencias. Tanto en uno como en otro se trata de una falla del recuerdo; no se reproduce por la memoria lo que de un modo correcto debía reproducirse, sino algo distinto, un sustitutivo.

En el olvido de nombres la memoria no deja de suministrarnos un determinado rendimiento, que surge en forma de nombre sustitutivo. La formación del recuerdo encubridor se basa en el olvido y otras impresiones más importantes, y en ambos fenómenos experimentamos una sensación intelectual que nos indica la intervención de una perturbación, siendo este aviso lo que se presenta bajo una forma diferente, según se trate del fenómeno del olvido de nombres o del recuerdo encubridor.

En el olvido de nombres sabemos que los nombres sustitutivos son falsos, y en los recuerdos encubridores nos maravillamos de retenerlos todavía. Cuando el análisis psicológico nos demuestra después que la formación de sustitutivos se ha realizado en ambos casos de la misma manera, o sea por un desplazamiento a lo largo de una asociación superficial, creemos poder decir justificadamente que las diferencias que ambos fenómenos presentan en material, duración y objetivo son circunstancias que hacen más intensa nuestra esperanza de haber hallado algo importante y de un valor general.

Esta ley general podría enunciarse diciendo que la falla o la desviación de la función reproductora indica más frecuentemente de lo que se supone la intervención de un factor tendencioso, de un propósito que favorece a uno de los recuerdos mientras se esfuerza en laborar en contra del otro.

El tema de los recuerdos infantiles me parece tan interesante y de tal importancia, que quiero dedicarle aún algunas observaciones que van más allá de los puntos de vista examinados hasta ahora. ¿Hasta qué estadio de la niñez alcanzan los recuerdos?

Me son conocidos algunos de los trabajos realizados sobre esta cuestión, entre ellos los de V. y C. Henri y los de Potwin, en los cuales resulta que han aparecido grandes diferencias individuales en los sujetos sometidos a investigación, pues mientras que en algunos el primer recuerdo infantil corresponde a la edad de seis meses, otros no recuerdan nada de su vida anterior a los seis y a veces los ocho años cumplidos.

Mas ¿de qué dependen esas diferencias en la conducta de los recuerdos infantiles y cuál es su significado? Para resolver esta cuestión no basta limitarse a reunir el material necesario a la investigación; hay, además, que hacer un estudio minucioso de este material, estudio en el cual tendrá que tomar parte la persona que directamente lo suministre.

Mi opinión es que miramos con demasiada indiferencia el hecho de la amnesia infantil, o sea la pérdida de los recuerdos correspondientes a los primeros años de nuestra vida, y que no nos cuidamos lo bastante de desentrañar el singular problema que dicha amnesia constituye.

Olvidamos de cuán altos rendimientos intelectuales y cuán complicadas emociones es capaz un niño de cuatro años, y no nos asombramos como debiéramos de que la memoria de los años posteriores haya conservado generalmente tan poca cosa de estos procesos psíquicos, pues no tenemos en cuenta que existen vigorosas razones para admitir que estas mismas actividades infantiles olvidadas no han desaparecido sin dejar huella en el desarrollo de la persona, sino que han ejercido una influencia determinante sobre su futura vida. Y, sin embargo, se han olvidado, a pesar de su incomparable eficacia.

Este hecho indica la existencia de condiciones especialísimas del recuerdo (referentes a la reproducción consciente) que se han sustraído hasta ahora a nuestro conocimiento.

Es muy posible que este olvido de nuestra niñez nos pueda dar la clave para la comprensión de aquellas amnesias que, según nuestros nuevos conocimientos, se encuentran en la base de la formación de todos los síntomas neuróticos.

Entre los recuerdos infantiles que conservamos existen unos que comprendemos con facilidad y otros que nos parecen extraños e ininteligibles. No es difícil corregir en ambas clases de recuerdos algunos errores.

Si se someten a un examen analítico los recuerdos que de su infancia ha conservado una persona, puede sentarse fácilmente la conclusión de que no existe ninguna garantía de la exactitud de los mismos.

Algunas de las imágenes del recuerdo aparecerán seguramente falseadas, incompletas o desplazadas temporal y espacialmente. Ciertas afirmaciones de las personas sometidas a investigación, como la de que sus primeros recuerdos infantiles corresponden a la época en que ya habían cumplido lo dos años, son inaceptables.

En el examen analítico se hallan en seguida motivos que explican la desfiguración y el desplazamiento sufridos por los sucesos objeto del recuerdo, pero que demuestran también que estos errores de la memoria no pueden ser atribuidos a una sencilla infidelidad de la misma. Poderosas fuerzas correspondientes a una época posterior de la vida del sujeto han moldeado la capacidad de ser evocadas de nuestras experiencias infantiles, y estas fuerzas son probablemente las mismas que hacen que la comprensión de nuestros años de niñez sea tan difícil para nosotros.

La facultad de recordar de los adultos opera, como es sabido, con un material psíquico muy vario. Unos recuerdan por medio de imágenes visuales, teniendo, por tanto, sus recuerdos un carácter visual, y, en cambio, otros son casi incapaces de reproducir en su memoria el más simple esquema de sus recuerdos.

Siguiendo las calificaciones propuestas por Charcot, se denomina a estos últimos sujetos «auditivos» y «motores», en contraposición a los primeros o «visuales».

En los sueños desaparecen estas diferencias; todos nuestros sueños son predominantemente visuales.

Algo análogo sucede en los recuerdos infantiles, los cuales poseen también carácter plástico visual hasta en aquellas personas cuya memoria carece después de este carácter. La memoria visual conserva, pues, el tipo del recuerdo infantil.

Mis más tempranos recuerdos infantiles son en mí los únicos de carácter visual, y se me presentan además como escenas de una gran plasticidad, sólo comparable a la de aquellas que se presentan sobre un escenario.

En estas escenas de niñez, demuéstrense luego como verdaderas o falseadas, aparece regularmente la imagen de la propia persona infantil con sus bien definidos contornos y sus vestidos.

Esta circunstancia tiene que sorprendernos, pues los adultos «visuales» no ven ya la imagen de su persona en sus recuerdos de sucesos posteriores .

Además, es contrario a toda nuestra experiencia el aceptar que la atención del niño esté en sí mismo, en lugar de dirigirse exclusivamente sobre las impresiones exteriores. Diferentes datos nos fuerzan, pues, a suponer que en los denominados primeros recuerdos infantiles no poseen la verdadera huella mnémica, sino una ulterior elaboración de la misma, elaboración que ha sufrido las influencias de diversas fuerzas psíquicas posteriores.

De este modo, los «recuerdos infantiles» del individuo van tomando la significación de «recuerdos encubridores» y adquieren una analogía digna de mención con los recuerdos de la infancia de los pueblos, depositados por éstos en sagas y mitos.

Aquel que haya sometido a numerosas personas a una exploración psíquica por el método psicoanalítico, habrá reunido en esta labor gran cantidad de ejemplos de recuerdos encubridores de todas clases.

Mas la publicación de estos ejemplos queda extraordinariamente dificultada por la naturaleza antes expuesta de las relaciones de los recuerdos infantiles con la vida posterior del individuo. Para estimar una reminiscencia infantil como recuerdo encubridor habría que relacionar muchas veces por entero la historia de la persona correspondiente.

Sólo contadas veces es posible, como en el ejemplo que transcribimos a continuación, aislar de una totalidad, para publicarlo, un delimitado recuerdo infantil. Un hombre de veinticuatro años conserva en su memoria la siguiente imagen de una escena correspondiente a sus cinco años.

Se recuerda sentado en una sillita, en el jardín de una residencia veraniega y al lado de su tía, que se esfuerza en hacerle aprender las letras. El distinguir la m de la n constituía para él una gran dificultad, y pidió a su tía que le dijese cómo podía conocer cuándo se trataba de una y cuándo de la otra. La tía le hizo observar que la m tenía todo un trazo más que la n, un tercer palito.

En este caso no se halló motivo alguno para dudar de la autenticidad del recuerdo infantil. Mas su significación no fue descubierta hasta después, cuando se demostró que podía adjudicársele la categoría de representación simbólica de otra curiosidad inquisitiva del niño.

En efecto, así como primeramente deseaba saber la diferencia existente entre la m y la n, se esforzó después en averiguar la que había entre los niños y las niñas, y hubiera deseado que la misma persona que le hizo comprender lo primero, esto es, su tía, fuera también la que satisficiera su nueva curiosidad.

Al fin acabó por descubrir que la diferencia era en ambos casos análoga, puesto que los niños poseían también todo un trozo más que las niñas, y en la época de este descubrimiento despertó en su memoria el recuerdo de la anterior curiosidad infantil correspondiente.

He aquí otro ejemplo perteneciente a posteriores años infantiles. Un hombre de algo más de cuarenta años y cuya vida erótica había sido muy inhibida era el mayor de nueve hermanos.

En la época del nacimiento de la menor de sus hermanas tenía él ya quince años, y, sin embargo, afirmaba después, con absoluta convicción, que nunca observó en su madre deformación alguna.

Ante mi incredulidad, surgió en él el recuerdo de haber visto una vez, teniendo once o doce años, cómo su madre se desceñía apresuradamente el vestido ante un espejo.

A esto añadió espontáneamente que su madre acaba de regresar de la calle y se había visto atacada por inesperados dolores.

El desceñimiento (Aufbinden) del vestido es un recuerdo encubridor sustitutivo del parto (Entbindung).

En otros varios casos volveremos a hallar tales «puentes de palabras». Quisiera mostrar ahora, con un único ejemplo, cómo por medio del procedimiento analítico puede adquirir sentido un recuerdo infantil que anteriormente parecía no poseer ninguno.

Cuando habiendo cumplido yo cuarenta y tres años, comencé a dirigir mi interés hacia los restos de recuerdos de mi infancia que aún conservaba, recordé una escena que desde largo tiempo atrás -yo creía que desde siempre- venía acudiendo a mi conciencia de cuando en cuando, escena que, según fuertes indicios, debía situarse cronológicamente antes de haber cumplido yo los tres años.

En mi recuerdo me veía yo, rogando y llorando, ante un cajón cuya tapa mantenía abierta mi hermanastro, que era unos veinte años mayor que yo. Hallándonos así, entraba en el cuarto, aparentemente de regreso de la calle, mi madre, a la que yo hallaba bella y esbelta de un modo extraordinario.

Con estas palabras había yo resumido la escena que tan plásticamente veía en mi recuerdo, pero con la que no me era posible construir nada.

Si mi hermanastro quería abrir o cerrar el cajón -en la primera traducción de la imagen era éste un armario-, por qué lloraba yo y qué relación tenía con todo ello la llegada de mi madre, eran cosas que se me presentaban con gran oscuridad.

Estuve, pues, tentado de contenerme con la explicación de que, sin duda, se trataba del recuerdo de una burla de mi hermanastro para hacerme rabiar interrumpida por la llegada de mi madre.

Esta errónea interpretación de una escena infantil conservada en nuestra memoria es algo muy frecuente.

Se recuerda una situación, pero no se logra centrarla; no se sabe sobre qué elemento de la misma debe colocarse el acento psíquico. Un esfuerzo analítico me condujo a una inesperada solución interpretativa de la imagen evocada.

Yo había notado la ausencia de mi madre y había entrado en sospechas de que estaba encerrada en aquel cajón o armario. Por tanto, exigí a mi hermanastro que lo abriese, y cuando me complació, complaciéndome de que mamá no se hallaba dentro comencé a gritar y llorar.

Este es el instante retenido por el recuerdo, instante al que siguió, calmando mi cuidado o mi ansiedad, la aparición de mi madre.

Mas ¿cómo se le ocurrió al niño la idea de buscar dentro de un cajón a la madre ausente? Varios sueños que tuve por esta época aludían oscuramente a una niñera sobre la cual conservaba algunas otras reminiscencias; por ejemplo, la de que me obligaba concienzudamente a entregarle las pequeñas monedas que yo recibía como regalo, detalle que también puede aspirar por sí mismo a adquirir el valor de un recuerdo encubridor sustitutivo de algo posterior.

Ante estas indicaciones de mis sueños decidí hacerme más sencillo el trabajo interpretativo interrogando a mi ya anciana madre sobre tal niñera, y, entre otras muchas cosas, averigüé que la astuta y poco honrada mujer había cometido, durante el tiempo que mi madre hubo de guardar cama a raíz de un parto, importantes sustracciones domésticas y había sido después entregada a la justicia por mi hermanastro.

Estas noticias me llevaron a la comprensión de la escena infantil, como si de repente se hubiera hecho luz sobre ella. La repentina desaparición de la niñera no me había sido indiferente, y había preguntado su paradero, precisamente a mi hermanastro, porque, según todas las probabilidades, me había dado cuenta de que él había desempeñado un papel en tal desaparición.

Mi hermanastro, indirectamente y entre burlas, como era su costumbre, me había contestado que la niñera «estaba encajonada». Yo comprendí infantilmente esta respuesta y dejé de preguntar, pues realmente ya no quedaba nada por averiguar.

Mas cuando poco tiempo después noté un día la ausencia de mi madre, sospeché que el pícaro hermano le había hecho correr igual suerte que a la niñera, y le obligué a abrir el cajón.

Ahora comprendo también por qué en la traducción de la visual escena infantil aparece acentuada la esbeltez de mi madre, la cual me debió de aparecer entonces como nueva y restaurada después de un peligro. Yo soy dos años y medio mayor que aquella de mis hermanas que nació entonces, y al cumplir yo tres años cesó mi hermanastro de vivir con nosotros .

Equivocaciones orales (‘Lapsus linguae’)

El material corriente de nuestra expresión oral en nuestra lengua materna parece hallarse protegido del olvido; pero, en cambio, sucumbe con extraordinaria frecuencia a otra perturbación que conocemos con el nombre de equivocaciones orales o lapsus linguae.

Estos lapsus, observados en el hombre normal, dan la misma impresión que los primeros síntomas de aquellas «parafasias» que se manifiestan bajo condiciones patológicas. Por excepción puedo aquí referirme a una obra anterior a mis trabajos sobre esta materia.

En 1895 publicaron Meringer y C. Mayer un estudio sobre las Equivocaciones en la expresión oral y en la lectura, cuyos puntos de vista se apartan mucho de los míos. Uno de los autores de este estudio, el que en él lleva la palabra, es un filólogo cuyo interés por las cuestiones lingüísticas le llevó a investigar las reglas que rigen tales equivocaciones, esperando poder deducir de estas reglas la existencia de «determinado mecanismo psíquico, en el cual estuvieron asociados y ligados de un modo especial los sonidos de una palabra o de una frase y también las palabras entre sí» (pág. 10).

Los autores de este estudio agrupan en principio los ejemplos de «equivocaciones orales» por ellos coleccionados, conforme a un punto de vista puramente descriptivo, clasificándolos en intercambios (por ej.: «la Milo de Venus», en lugar de «la Venus de Milo»); anticipaciones (por ej.: «…senti un pech….digo, un peso en el pecho»); ecos y posposiciones (por ej.: «Tráiga-tres por tres tés»); contaminaciones (por ej.: «Cierra el armave», por «Cierra el armario y tráeme la llave»), y sustituciones (por ej.:

«EI escultor perdió su pinceltres… ….digo, su cincel»), categorías principales a las cuales añaden algunas otras menos importantes (o de menor significación para nuestros propósitos).

En esta clasificación no se hace diferencia entre que la transposición, desfiguración, fusión, etcétera, afecte a sonidos aislados de la palabra o a sílabas o palabras enteras de la frase. Para explicar las diversas clases de equivocaciones orales observadas atribuye Meringer un diverso valor psíquico a los sonidos fonéticos.

Cuando una inervación afecta a la primera sílaba de una palabra o a la primera palabra de una frase, el proceso estimulante se propaga a los sonidos posteriores o a las palabras siguientes, y en tanto en cuanto estas inervaciones sean sincrónicas pueden influirse mutuamente, motivando transformaciones unas en otras. La excitación o estímulo del sonido de mayor intensidad psíquica resuena anticipadamente o queda como un eco y perturba de este modo los procesos de inervación menos importantes.

Se trata, por tanto, de determinar cuáles son los sonidos más importantes de una palabra.

Meringer dice que «cuando se desea saber qué sonidos de una palabra poseen mayor intensidad, debe uno observarse a sí mismo en ocasión de estar buscando una palabra que ha olvidado; por ejemplo, un nombre».

«Aquella parte de él que primero acude a la conciencia es invariablemente la que poseía mayor intensidad antes del olvido» (pág. 106).

«Así, pues, los sonidos más importantes son el inicial de la sílaba radical o de la misma palabra y la vocal o las vocales acentuadas» (pág. 162).

No puedo por menos de contradecir estas apreciaciones. Pertenezca o no el sonido inicial del nombre a los más importantes elementos de la palabra, lo que no es cierto es que sea lo primero que acude a la conciencia en los casos de olvido, y, por tanto, la regla expuesta es inaceptable. Cuando se observa uno a sí mismo estando buscando un nombre olvidado, se advertirá, con relativa frecuencia, que se está convencido de que la palabra buscada comienza con una determinada letra.

Esta convicción resulta luego igual número de veces infundada que verdadera, y hasta me atrevo a afirmar que la mayoría de las veces es falsa nuestra hipotética reproducción del sonido inicial.

Así sucede en el ejemplo que expusimos de olvido del nombre Signorelli.

En él se perdieron, en los nombres sustitutivos, el sonido inicial y las sílabas principales, y precisamente el par de sílabas menos importantes: ella es lo que, en el nombre sustitutivo Boticelli, volvió primero a la conciencia.

El caso que va a continuación nos enseña lo poco que los nombres sustitutivos respetan el sonido inicial del nombre olvidado: En una ocasión me fue imposible recordar el nombre de la pequeña nación cuya principal ciudad es Monte Carlo. Los nombres que en sustitución se presentaron fueron: Piamonte, Albania, Montevideo, Cólico.

En lugar de Albania apareció en seguida otro nombre: Montenegro, y me llamó la atención ver que la sílaba Mont (pronunciada Mon) aparecieraen todos los nombres sustitutivos, excepto en el último. De este modo me fue más fácil hallar el olvidado nombre: Mó naco, tomando como punto de partida el de su soberano: el príncipe Alberto. Cólico imita aproximadamente la sucesión de sílabas y el ritmo del nombre olvidado.

Si se acepta la conjetura de que un mecanismo similar al señalado en el olvido de nombres intervenga también en los fenómenos de equivocaciones orales, se llegará a un juicio más fundamentado sobre estos últimos. La perturbación del discurso que se manifiesta en forma de equivocación oral puede, en principio, ser causada por la influencia de otros componentes del mismo discurso; esto es, por un sonido anticipado, por un eco o por tener la frase o su contexto un segundo sentido diferente de aquel en que se desea emplear.

A esta clase pertenecen los ejemplos de Meringer y Mayer antes transcritos. Pero, en segundo lugar, puede también producirse dicha perturbación, como en el caso Signorelli, por influencias exteriores a la palabra, frase o contexto, ejercidas por elementos que no se tiene intención de expresar y de cuyo estímulo sólo por la perturbación producida nos damos cuenta.

La simultaneidad del estímulo constituye la cualidad común a las dos clases de equivocación oral, y la situación interior o exterior del elemento perturbador respecto a la frase o contexto serán su cualidad diferenciadora.

Esta diferencia no parece a primera vista tan importante como luego, cuando se la tome en consideración para relacionarla con determinadas conclusiones deducidas de la sintomatología de las equivocaciones orales.

Es, sin embargo, evidente que sólo en el primer caso existe una posibilidad de deducir de los fenómenos de equivocación oral conclusiones favorables a la existencia de un mecanismo que ligue entre sí sonidos y palabras, haciendo posible una recíproca influencia sobre su articulación; esto es, conclusiones como las que el filólogo esperaba poder deducir del estudio de las equivocaciones orales.

En el caso de perturbación ejercida por influencias exteriores a la misma frase o al contenido del discurso, se trataría, ante todo, de llegar al conocimiento de los elementos perturbadores, y entonces surgirá la cuestión de si también el mecanismo de esta perturbación podía o no sugerir las probables reglas de la formación del discurso.

No se puede afirmar que Meringer y Mayer no hayan visto la posibilidad de perturbaciones del discurso motivadas por «complicadas influencias psíquicas» o elementos exteriores a la palabra, la frase o el discurso.

En efecto, tenían que observar que la teoría del diferente valor psíquico de los sonidos no alcanzaba estrictamente más que para explicar la perturbación de los sonidos, las anticipaciones y los ecos.

En aquellos casos en que la perturbación de las palabras no puede ser reducida a la de los sonidos, como sucede en las sustituciones y contaminaciones, han buscado, en efecto, sin vacilar, la causa de las equivocaciones orales fuera del contexto del discurso y han demostrado este punto por medio de preciosos ejemplos.

Entre ellos citaré los que siguen: (Pág. 62.) «Ru. relataba en una ocasión ciertos hechos que interiormente calificaba de ‘cochinerías’ (Schweinereien); pero no queriendo pronunciar esta palabra, dijo: ‘Entonces se descubrieron determinados hechos…’ Mas al pronunciar la palabra Vorschein, que aparece en esta frase, se equivocó, y pronunció Vorschwein.

Mayer

y yo nos hallábamos presentes, y Ru. nos confesó que al principio había pensado decir: Schweinereien. La analogía de ambas palabras explica suficientemente el que la pensada se introdujese en la pronunciada, revelándose.» (Pág. 73.)

«También en las sustituciones desempeñan, como en las contaminaciones, y acaso en un grado mucho más elevado, un importantísimo papel las imágenes verbales ‘flotantes’.

Aunque éstas se hallan fuera de la conciencia, están, sin embargo, lo bastante cercanas a ellas para poder ser atraídas por una analogía del complejo al que la oración se refiere, y entonces producen una desviación en la serie de palabras del discurso o se cruzan con ella. Las imágenes verbales ‘flotantes’ son con frecuencia, como antes hemos dicho, elementos retrasados de un proceso oral recientemente terminado (ecos).» (Pág. 97.)

«La desviación puede producirse asimismo por analogía cuando una palabra semejante a aquella en que la equivocación se manifiesta yace en el umbral de la conciencia y muy cerca de ésta, sin que el sujeto tenga intención de pronunciarla.

Esto es lo que sucede en las sustituciones.

Confío en que estas reglas por mí expuestas habrán de ser confirmadas por todo aquel que las someta a una comprobación práctica; pero es necesario que al realizar tal examen, observando una equivocación oral cometida por una tercera persona, se procure llegar a ver con claridad los pensamientos que ocupaban al sujeto. He aquí un ejemplo muy instructivo.

El señor L. dijo un día ante nosotros: ‘Esa mujer me inspiraría miedo’ (einjagen), y en la palabra einjagen

En una ocasión pregunté a R. V. Schid por el estado de su caballo, que se hallaba enfermo, R. me respondió:

«Sí, esto ‘drurará’ (‘draut’) quizá todavía un mes.»

La sobrante de ‘drurará’ me pareció incomprensible, dado que la r de ‘durará’ (dauert) no podía haber actuado en tal forma, y llamé la atención de V. Schid sobre su lapsus, respondiéndome aquél que al oír mi pregunta había pensado:

«Es una triste (traurige) historia.»

Así, pues, R. había tenido en su pensamiento dos respuestas a mi pregunta y las había mezclado al pronunciar una de ellas.

Es innegable que la toma en consideración de las imágenes verbales «flotantes» que se hallan próximas al umbral de la conciencia y no están destinadas a ser pronunciadas, y la recomendación de procurar enterarse de todo lo que el sujeto ha pensado constituye algo muy próximo a las cualidades de nuestros «análisis».

 También nosotros partimos por el mismo camino en busca del material inconsciente; pero, en cambio, recorremos, desde las ocurrencias espontáneas del interrogado hasta el descubrimiento del elemento perturbador, un camino más largo a través de una compleja serie de asociaciones. Los ejemplos de Meringer demuestran otra cosa muy interesante también.

Según la opinión del propio autor, es una analogía cualquiera de una palabra de la frase que se tiene intención de expresar con otra palabra que no se propone uno pronunciar, lo que permite emerger a esta última por la constitución de una deformación, una formación mixta o una formación transaccional (contaminación):

jagen, dauert, Vorschetn lagen, traurig, … schwein.

En mi obra LA INTERPRETACIóN DE LOS SUEÑOS he expuesto el papel que desempeña el proceso de condensación (Verdichtungsarbeit) en la formación del llamado contenido manifiesto del sueño a expensas de las ideas latentes del mismo. Una semejanza cualquiera de los objetos o de las representaciones verbales entre dos elementos del material inconsciente es tomada como causa creadora de un tercer elemento que es una formación compuesta o transaccional.

Este elemento representa a ambos componentes en el contenido del sueño, y a consecuencia de tal origen se halla frecuentemente recargado de determinantes individuales contradictorias. La formación de sustituciones y contaminaciones en la equivocación oral es, pues, un principio de aquel proceso de condensación que encontramos toma parte activísima en la construcción del sueño.

En un pequeño artículo de vulgarización, publicado en la Nueue Frie Presse, en 23 de agosto de 1900, y titulado «Cómo puede uno equivocarse», inició Meringer una interpretación práctica en extremo de ciertos casos de intercambio de palabras, especialmente de aquellos en los cuales se sustituye una palabra por otra de opuesto sentido.

Recordamos aún cómo declaró abierta una sesión el presidente de la Cámara de Diputados austríaca:

«Señores diputados -dijo-. Habiéndose verificado el recuento de los diputados presentes, se levanta la sesión.»

La general hilaridad le hizo darse cuenta de su error y enmendarlo en el acto. La explicación de este caso es que el presidente deseaba ver llegado el momento de levantar la sesión, de la que esperaba poco bueno, y -cosa que sucede con frecuencia- la idea accesoria se abrió camino, por lo menos parcialmente, y el resultado fue la sustitución de «se abre» por se «levanta», esto es, lo contrario de lo que tenía la intención de decir.

Numerosas observaciones me han demostrado que esta sustitución de una palabra por otra de sentido opuesto es algo muy corriente. Tales palabras de sentido contrario se hallan ya asociadas en nuestra conciencia del idioma. Yacen inmediatamente vecinas unas de otras y se evocan con facilidad erróneamente.

No en todos los casos de intercambio de palabras de sentido contrario resulta tan fácil como en el ejemplo anterior hacer admisible la explicación de que el error cometido esté motivado por una contradicción surgida en el fuero interno del orador contra la frase expresada.

El análisis del ejemplo aliquis nos descubre un mecanismo análogo.

En dicho ejemplo la interior contradicción se exteriorizó por el olvido de una palabra en lugar de su sustitución por la de sentido contrario.

Mas para compensar esta diferencia haremos constar que la palabra aliquis no es capaz de producir un contraste como el existente entre «abrirá y «cerrar» o «levantar» una sesión, y además que «abrir», como parte usual del discurso, no puede hallarse sujeto al olvido.

Habiendo visto en los últimos ejemplos citados de Meringer y Mayer que la perturbación del discurso puede surgir tanto por una influencia de los sonidos anticipados o retrasados, o de las palabras de la misma frase destinadas a ser expresadas, como por el efecto de palabras exteriores a la frase que se intenta pronunciar, y cuyo estímulo no se hubiera sospechado sin la emergencia de la perturbación, tócanos ahora averiguar cómo se pueden separar definitivamente, una de otra, ambas clases de equivocaciones orales y cómo puede distinguirse un ejemplo de una de ellas de un caso de la otra.

En este punto de la discusión hay que recordar las afirmaciones de Wundt, el cual, en su reciente obra sobre las leyes que rigen el desarrollo del lenguaje Völkerspsychologie, tomo I, parte primera, págs. 371 y sigs., 1900), trata también de los fenómenos de la equivocación oral. Opina Wundt que en estos fenómenos y otros análogos no faltan jamás determinadas influencias psíquicas.

«A ellas pertenece, ante todo, como una determinante positiva, la corriente no inhibida de las asociaciones de sonidos y de palabras, estimulada por los sonidos pronunciados. Al lado de esta corriente aparece, como factor negativo, la desaparición o el relajamiento de las influencias de la voluntad que deben inhibir dicha corriente, y de la atención, que también actúa aquí como una función de la voluntad.

El que dicho juego de la asociación se manifieste, en que un sonido se anticipe o reproduzca los anteriormente pronunciados, en que un sonido familiar intercale entre otros o, por último, en que palabras totalmente distintas a las que se hallan en relación asociativa con los sonidos pronunciados actúen sobre éstos, todo ello no indica más que diferencias en la dirección y a lo sumo en el campo de acción de las asociaciones que se establecen, pero no en la naturaleza general de las mismas.

También en algunos casos puede ser dudoso el decidir qué forma se ha de atribuir a una determinada perturbación, o si no sería más justo referirla, conforme al principio de la complicación de las causas, a la concurrencia de varios motivos.» (Páginas 380 y 381. Las itálicas son mías.)

Considero absolutamente justificadas y en extremo instructivas estas observaciones de Wundt.

Quizá se pudiera acentuar con mayor firmeza el hecho de que el factor positivo favorecedor de las equivocaciones orales -la corriente no inhibida de las asociaciones- y el negativo -el relajamiento de la atención inhibitoria- ejercen regularmente una acción sincrónica, de manera que ambos factores resultan no ser sino diferentes determinantes del mismo proceso.

Con el relajamiento o, más precisamente, por el relajamiento de la atención inhibitoria entra en actividad la corriente no inhibida de las asociaciones.

Entre los ejemplos de equivocaciones orales reunidos por mí mismo apenas encuentro uno en el que la perturbación del discurso pueda atribuirse sola y únicamente a lo que Wundt llama «efecto de contacto de los sonidos».

Casi siempre descubro, además, una influencia perturbadora procedente de algo exterior a aquello que se tiene intención de expresar, y este elemento perturbador es o un pensamiento inconsciente aislado, que se manifiesta por medio de la equivocación y no puede muchas veces ser atraído a la conciencia más que por medio de un penetrante análisis, o un motivo psíquico general, que se dirige contra todo el discurso.

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