Planeta Freud

020. 06. Psicopatología de la vida cotidiana – 1900-1901 [1901]

Posted on: agosto 3, 2009

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Torpezas o actos de término erróneo

De la obra de Meringer y Mayer, anteriormente citada, transcribo aún las siguientes líneas (1895, página 98):

«Las equivocaciones orales no son algo que se manifieste aislado dentro de su género, sino que va unido a los demás errores que los hombres cometen con frecuencia en sus diversas actividades, errores a los que solemos dar un tanto arbitrariamente el nombre de distracciones.»

Así, pues, no soy yo el primero que sospecha la existencia de un sentido y una intención detrás de las pequeñas perturbaciones funcionales de la vida cotidiana de los individuos sanos.

Si las equivocaciones en el discurso, el cual es, sin duda alguna, una función motora, admiten una concepción como la que hemos expuesto, es de esperar que ésta pueda aplicarse a nuestras demás funciones motoras. He formado en este punto dos grupos. Todos los casos en los cuales el efecto fallido, esto es, el extravío de la intención, parece ser lo principal los designo con el nombre de actos de término erróneo (Vergreifen), y los otros, en los que la acción total aparece inadecuada a su fin, los denomino actos sintomáticos y casuales (Symptomnud Zufallshandlungen).

Pero entre ambos géneros no puede trazarse un límite preciso, y debo hacer constar que todas las clasificaciones y divisiones usadas en el presente libro no tienen más que una significación puramente descriptiva y en el fondo contradicen la unidad interior de su campo de manifestación. La inclusión de los actos de término erróneo entre las manifestaciones de la «ataxia», o, especialmente, de la «ataxia cortical», no nos facilita en manera alguna su comprensión psicológica.

Mejor es intentar reducir los ejemplos individuales a sus propias determinantes. Para ello utilizaré también observaciones personales, aunque en mí mismo no he hallado sino muy escasas ocasiones de verificarlas.

(a) Años atrás, cuando hacía más visitas profesionales que en la actualidad, me sucedió muchas veces que al llegar ante la puerta de una casa, en vez de tocar el timbre o golpear con el llamador, sacaba del bolsillo el llavero de mi propio domicilio para, como es natural, volver en seguida a guardarlo un tanto avergonzado. Fijándome en qué casas me ocurría esto, tuve que admitir que mi error de sacar mi llavero en vez de llamar significaba un homenaje a la casa ante cuya puerta lo cometía, siendo equivalente al pensamiento: «Aquí estoy como en mi casa», pues sólo me sucedía en los domicilios de aquellos pacientes a los que había tomado cariño.

El error inverso, o sea llamar a la puerta de mi propia casa, no me ocurrió jamás.

Por tanto, tal acto fallido era una representación simbólica de un pensamiento definido, pero no aceptado aún conscientemente como serio, dado que el neurólogo sabe siempre muy bien que, en realidad, el enfermo no le conserva unido sino mientras espera de él algún beneficio, y que él mismo no demuestra un interés excesivamente caluroso por sus enfermos más que en razón a la vida psíquica que en la curación pueda esto prestarle. Numerosas autoobservaciones de otras personas demuestran que la significativa maniobra descrita, con el propio llavero, no es, en ningún modo, una particularidad mía.

A. Maeder relata una repetición casi idéntica de mi experiencia (Contributions à la psychopathologie de la vie quotidienne, en Arch. de Psychol., VI, 1906):

«A todos nos ha sucedido sacar nuestro llavero al llegar ante la puerta de un amigo particularmente querido y sorprendernos intentando abrir con nuestra llave, como si estuviéramos en nuestra casa. Esta maniobra supone un retraso -puesto que al fin y al cabo hay que llamar-, pero es una prueba de que al lado del amigo que allí habita nos sentimos –o quisiéramos sentirnos- como en nuestra casa».

De E. Jones (1911, pág. 509) transcribo lo que sigue: «El uso de las llaves es un fértil manantial de incidentes de este género, de los cuales vamos a referir dos ejemplos. Cuando estando en mi casa dedicado a algún trabajo interesante tengo que interrumpirlo para ir al hospital y emprender en él alguna labor rutinaria, me sorprendo con mucha frecuencia intentando abrir la puerta del laboratorio con la llave del despacho de mi domicilio, a pesar de ser completamente diferentes una de otra.

Mi error demuestra inconscientemente dónde preferiría hallarme en aquel momento. Hace años ocupaba una posición subordinada en una cierta institución cuya puerta principal se hallaba siempre cerrada y, por tanto, había que llamar al timbre para que le franqueasen a uno la entrada.

En varias ocasiones me sorprendí intentando abrir dicha puerta con la llave de mi casa. Cada uno de los médicos permanentes de la institución, cargo al que yo aspiraba, poseía una llave de la referida entrada para evitarse la molestia de esperar a que le abriesen.

Mi error expresaba, pues, mi deseo de igualarme a ellos y estar allí como ‘at home’».

El doctor Hans Sachs, de Viena, relata algo análogo:

«Acostumbro llevar siempre conmigo dos llaves, de las cuales corresponde una a la puerta de mi oficina y otra a la de mi casa. Siendo la primera, por lo menos, tres veces mayor que la segunda, no son, desde luego, nada fáciles de confundir, y, además, llevo siempre la una en el bolsillo del pantalón y la otra en el del chaleco. A pesar de todo esto, me sucedió con frecuencia el darme cuenta, al llegar ante una de las dos puertas, de que mientras subía la escalera había sacado del bolsillo la llave correspondiente a la otra. Decidí hacer un experimento estadístico, pues dado que diariamente llegaba ante las dos mismas puertas en un casi idéntico estado emocional, el intercambio de las llaves tenía que demostrar una tendencia regular, aunque psíquicamente estuviera determinado de manera distinta. Observando los casos siguientes, resultó que ante la puerta de la oficina extraía regularmente la llave de mi casa, y sólo una vez se presentó el caso contrario en la siguiente forma: regresaba yo fatigado a mi domicilio, en el cual sabía que me esperaba una persona a la que había invitado. Al llegar a la puerta intenté abrir con la llave de la oficina, que, naturalmente, era demasiado grande para entrar en la cerradura.»

(b) En una casa a la que durante seis años seguidos iba yo dos veces diarias me sucedió dos veces, con un corto intervalo, subir un piso más arriba de aquel al que me dirigía. La primera vez me hallaba perdido en una fantasía ambiciosa que me hacía «elevarme cada día más», y ni siquiera me di cuenta de que la puerta ante la que debía haber esperado se abrió cuando comenzaba yo a subir el tramo que conducía al tercer piso. La segunda vez también fui demasiado lejos, «abstraído en mis pensamientos».

Cuando me di cuenta y bajé lo que de más había subido, quise adivinar la fantasía que me había dominado, hallando que en aquellos momentos me irritaba contra una crítica (fantaseada) de mis obras, en la cual se me hacía el reproche de «ir demasiado lejos», reproche que yo sustituía por el no menos respetuoso «de haber trepado demasiado arriba».

(c) Sobre mi mesa de trabajo yacen juntos hace muchos años un martillo para buscar reflejos y un diapasón. Un día tuve que salir precipitadamente después de la consulta para alcanzar un tren, y a pesar de estar dichos objetos a la plena luz del día, cogí e introduje en el bolsillo de la americana el diapasón en lugar del martillo, que es lo que deseaba llevar conmigo. El peso del diapasón en mi bolsillo fue lo que me hizo notar mi error.

Aquel que no esté acostumbrado a reflexionar ante ocurrencias tan pequeñas explicaría o disculparía mi acto erróneo por la precipitación del momento. Yo, sin embargo, preferí preguntarme por qué razón había cogido el diapasón en lugar del martillo. La prisa hubiera podido ser igualmente un motivo de ejecutar el acto con acierto, para no perder tiempo luego teniendo que corregirlo.

La primera pregunta que acudió a mi mente fue: «¿Quién cogió últimamente el diapasón?» El último que lo había cogido había sido, pocos días antes, un niño idiota cuya atención a las impresiones sensoriales estaba yo examinando y al que había fascinado de tal manera el diapasón, que me fue difícil quitárselo luego de las manos. ¿Querría decir esto que soy un idiota? Realmente parecería ser así, pues la primera idea que se asoció a martillo (Hammer) fue Chamer (en hebreo, burro).

Mas ¿por qué tales conceptos insultantes? Sobre este punto había que interrogar la situación del momento. Yo me dirigía entonces a celebrar una consulta en un lugar situado en la línea del ferrocarril del Este, en el que residía un enfermo que, conforme a las informaciones que me habían escrito, se había caído por un balcón meses antes, quedando desde entonces imposibilitado para andar.

El médico que me llamaba a consulta me escribía que no sabía si se trataba de una lesión medular o de una neurosis traumática (histeria).

Esto era lo que yo tenía que decidir. En el error examinado debía de existir una advertencia sobre la necesidad de mostrarme muy prudente en el espinoso diagnóstico diferencial.

Aun así y todo, mis colegas opinan que se diagnostica con ligereza una histeria en casos en que se trata de cosas más graves.

Mas todo esto no era suficiente para justificar los insultos. La asociación siguiente fue el recuerdo de que la pequeña estación a que me dirigía era la del mismo lugar en que años antes había visitado a un hombre jovenque desde cierto trauma emocional había perdido la facultad de andar. Diagnostiqué una histeria y sometí después al enfermo al tratamiento psíquico, demostrándose posteriormente que si mi diagnóstico no había sido del todo equivocado, tampoco había habidoen él un total acierto. Gran cantidad de los síntomas del enfermo habían sido histéricos y desaparecieron con rapidez en el curso del tratamiento, mas detrás de ellos quedaba visible un remanente que permanecería inatacable por la terapia y que pudo ser atribuido a una esclerosis múltiple.

Los que tras de mí reconocieron al enfermo pudieron apreciar con facilidad la afección orgánica, pero yo no podía antes haber juzgado ni procedido de otro modo. No obstante, la impresión era la de un grave error, y la promesa que de una completa curación había dado al enfermo era imposible de mantener.

El error de coger el diapasón en lugar del martillo podía traducirse en las siguientes palabras:

«¡Imbécil ! ¡Asno ! ¡Ten cuidado esta vez y no vayas a diagnosticar de nuevo una histeria en un caso de enfermedad incurable, como lo hiciste en este mismo lugar, hace años, con aquel pobre hombre!» Para suerte de este pequeño análisis, mas para mi mal humor, dicho individuo, atacado en la actualidad de una grave parálisis espasmódica, había estado dos veces en mi consulta pocos días antes y uno después del niño idiota.

Obsérvese que en este caso es la voz de la autocrítica la que se hace oír por medio del acto de aprehensión errónea. Este es especialmente apto para expresar autorreproches. El error actual intenta representar el que en otro lugar y tiempo cometimos.

(d) Claro es que el coger un objeto por otro o cogerlo mal es un acto erróneo que puede obedecer a toda una serie de oscuros propósitos. He aquí un ejemplo. Raras veces rompo algo. No soy extraordinariamente diestro; pero, dada la integridad anatómica de mis sistemas nervioso y muscular, no hay razones que provoquen en mí movimientos torpes de resultado no deseado.

Así, pues, no recuerdo haber roto nunca ningún objeto de los existentes en mi casa. La poca amplitud de mi cuarto de estudio me obliga en ocasiones a trabajar con escasa libertad de movimientos y entre gran cantidad de objetos antiguos de greda y piedra, de los que tengo una pequeña colección. Los que me ven moverme entre tanta cosa me han expresado siempre su temor de que tirase algo al suelo, rompiéndolo, pero esto no ha sucedido nunca.

¿Por qué, pues, tiré un día al suelo y rompí la tapa de mármol de un sencillo tintero que tenía sobre mi mesa? Dicho tintero estaba constituido por una placa de mármol con un orificio, en el que quedaba metido el recipiente de cristal destinado a la tinta.

Este recipiente tenía una tapadera también de mármol con un saliente para cogerla. Detrás del tintero había, colocadas en semicírculo, varias estatuillas de bronce y terracota.

Escribiendo sentado y ante la mesa hice con la mano en la que tenía la pluma un movimiento extrañamente torpe y tiré al suelo la tapa del tintero. La explicación de mi torpeza no fue difícil de hallar. Unas horas antes había entrado mi hermana en el cuarto para ver algunas nuevas adquisiciones mías, encontrándolas muy bonitas, diciendo: «Ahora presenta tu mesa de trabajo un aspecto precioso. Lo único que se despega un poco es el tintero.

Tienes que poner otro más bonito.» Salí luego del cuarto acompañando a mi hermana y no regresé hasta pasadas algunas horas, siendo entonces cuando llevé a cabo la ejecución del tintero, juzgado ya y condenado.

¿Deduje acaso de las palabras de mi hermana su propósito de regalarme un tintero más bonito en la primera ocasión festiva y me apresuré, por tanto, a romper el otro, antiguo y feo, para forzarla a realizar el propósito que había indicado?

Si así fuera, mi movimiento que arrojó al suelo la tapadera no habría sido torpe más que en apariencia, pues en realidad había sido muy hábil, poseyendo completa conciencia de su fin y habiendo sabido respetar, además, todos los valiosos objetos que se hallaban próximos.

Mi opinión es que hay que aceptar esta explicación para toda una serie de movimientos casualmente torpes en apariencia.

Es cierto que tales movimientos parecen mostrar algo violento, impulsivo y como espasmodicoatáxico; pero, sometidos a un examen, se demuestran como dominados por una intención y consiguen su fin con una seguridad que no puede atribuirse, en general, a los movimientos voluntarios y conscientes.

Ambos caracteres, violencia y seguridad, les son comunes con las manifestaciones motoras de la neurosis histérica y, en parte, con los rendimientos motores del somnambulismo, indicando una misma desconocida modificación del proceso de inervación. La siguiente autoobservación de la señora Lou Andreas-Salomé nos muestra de un modo convincente cómo una «torpeza» tenazmente repetida sirve con extrema habilidad a intenciones inconfesadas [Ejemplo de 1919]: «Precisamente en los días de guerra, en los que la leche comenzó a ser materia rara y preciosa, me sucedió, para mi sorpresa y enfado, el dejarla cocer siempre con exceso y salirse, por tanto, del recipiente que la contenía.

Aunque de costumbre no suelo comportarme tan descuidada o distraídamente, en esta ocasión fue inútil que tratara de corregirme. Tal conducta me hubiera parecido quizá explicable en los días que siguieron a la muerte de mi querido terrier blanco, al que con igual justificación que a cualquier hombre llamaba yo Druzhok (en ruso, ‘amigo’). Pero en aquellos días y después no volví a dejar salir ni una sola gota de leche al cocerla.

Cuando noté esto, mi primer pensamiento fue: ‘Me alegro, porque ahora la leche vertida no tendría ni siquiera quien la aprovechara’, y en el mismo momento recordé que mi ‘amigo’ solía ponerse a mi lado durante la cocción de la leche, vigilando con ansia el resultado, inclinando la cabeza y moviendo la cola lleno de esperanza, con la consoladora seguridad de que había de suceder la maravillosa desgracia.

Con esto quedó explicado todo para mí y vi también que quería a mi perro más de lo que yo misma me dabacuenta.» En los últimos años y desde que vengo reuniendo esta clase de observaciones he vuelto a romper algún objeto de valor; mas el examen de estos casos me ha demostrado que nunca fueron resultados de la casualidad o de una torpeza inintencionada.

Así, una mañana, atravesando una habitación al salir del baño en bata y zapatillas de paja, arrojé pronto una de éstas, con un rápido movimiento del pie y como obedeciendo a un repentino impulso, contra la pared, donde fue a chocar con una pequeña Venus de mármol que había encima de una consola, tirándola al suelo.

Mientras veía hacerse pedazos la bella estatuilla cité inconmovible los siguientes versos de Busch: Ach! die Venus ist perdü / Klickeradoms! / von Médici!.

Esta loca acción y mi tranquilidad ante el daño producido tienen su explicación en las circunstancias del momento. Teníamos entonces gravemente enferma a una persona de la familia, de cuya curación había yo desesperado.

Aquella misma mañana se recibió la noticia de una notable mejoría, ante la cual recordaba yo haber exclamado:

«Aún va a escapar con vida.»

Por tanto, mi ataque de furor destructivo había servido de medio de expresión a un sentimiento agradecido al Destino y me había permitido llevar a cabo un acto de sacrificio, como si hubiera prometido que si el enfermo recobraba la salud sacrificaríaen acción de gracias tal o cual cosa.

El haber escogido la Venus de Médicis como víctima no podía ser más que un galante homenaje a la convaleciente. Lo que de este caso ha permanecido incomprensible para mí ha sido cómo decidí tan rápidamente y apunté con tal precisión que di al objeto deseado sin tocar ninguno de los que junto a él se hallaban.

Otro caso de rotura de un objeto, en el cual me serví de nuevo de la pluma escapada de mi mano, tuvo también la significación de un sacrificio; pero esta vez de ofrenda petitoria para evitar un mal.

En esta ocasión me había complacido en hacer un reproche a un fiel y servicial amigo mío, reproche únicamente fundado en la interpretación de algunos signos de su inconsciente.

Mi amigo lo tomó a mal y me escribió una carta en la que me rogaba que no sometiese a mis amigos al psicoanálisis. Tuve que confesarme que tenía razón y le aplaqué con mi respuesta.

Mientras la estaba escribiendo tenía delante de mí mi última adquisición de coleccionista, una figurita egipcia preciosamente vidriada. La rompí en la forma mencionada y me di cuenta en seguida de que había provocado aquella desgracia en evitación de otra mayor.

Por fortuna, ambas cosas -la amistad y la figurita- pudieron componerse con tal perfección que no se notaron las roturas. Una tercera rotura tuvo menos seria conexión. Fue, para usar el término de Theodor Vischer en Auch Einer, una «ejecución» disfrazada de un objeto que no era ya de mi gusto.

Durante algún tiempo había usado un bastón con puño de plata. La delgada lámina de este material que formaba el puño sufrió, sin culpa por mi parte, un desperfecto y fue muy mal reparada. Poco tiempo después, jugando alegremente con uno de mis hijos, me serví del bastón para agarrarle por una pierna con el curvado puño.

Al hacerlo se partió, como era de esperar, y me vi libre de él.

La indiferencia con que se acepta en estos casos el daño resultante debe ser considerada como demostración de la existencia de un propósito inconsciente. Investigando los fundamentos de actos fallidos tan nimios como la rotura de objetos, descubrimos a veces que dichos actos se hallan íntimamente enlazados al pasado del sujeto, apareciendo al mismo tiempo en estrecha conexión con su situación presente.

El siguiente análisis de L. Jekel (lnternational Zeitschrift für Psychoanalyse, I, 1913) es un ejemplo de este género de casos:

«Un médico poseía un jarrón de loza nada valioso, pero sí muy bonito, que en unión de otros muchos objetos, algunos de ellos de alto precio, le había sido regalado por una paciente (casada).

Cuando se manifestó claramente que dicha señora padecía una psicosis, el médico devolvió todos aquellos regalos a los allegados de la enferma, conservando tan sólo un modesto jarrón, del que, sin duda por su belleza, no acertó a separarse.

Esta ocultación no dejó, sin embargo, de promover en el médico, hombre muy escrupuloso, una cierta lucha interior. Comprendía la incorrección de su conducta, y para defenderse contra sus remordimientos, se daba a sí mismo la excusa de que el tal jarrón carecía de todo valor material, era difícil de empaquetar para mandarlo a su destino, etc.

Cuando meses después se le discutió el pago de un resto de sus honorarios por la asistencia a dicha paciente y se propuso encargar a un abogado el reclamarlo y hacerlos efectivos por la vía legal, volvió a reprocharse su ocultación. De repente le sobrecogió el miedo de que fuera descubierto por los parientes de la enferma y éstos opusieran por ello una reconvención a su demanda.

En los primeros momentos, sobre todo, fue tan fuerte este miedo que llegó a pensar en renunciar a sus honorarios, de un valor cien veces mayor al del objeto referido.

Sin embargo, logró dominar este pensamiento, dándolo de lado como absurdo. Durante esta situación le sucedió, a pesar de que raras veces rompía algo y de dominar muy bien su sistema muscular, que, estando renovando el agua del jarrón para poner en él unas flores, y por un movimiento no relacionado orgánicamente con dicho acto y extrañamente torpe, lo tiró al suelo, donde se rompió en cinco o seis grandes pedazos.

Y esto después de haberse decidido la noche anterior, al cabo de grandes vacilaciones, a colocar precisamente este jarrón lleno de flores en la mesa, ante sus convidados, y después de haber pensado en él poco antes de romperlo, haberlo echado de menos en su cuarto y haberlo traído desde otra habitación por su propia mano.

Después de la primera sorpresa comenzó a recoger del suelo los pedazos, y en el momento en que, viendo que éstos calzaban perfectamente, se dio cuenta de que el jarrón podía reconstruirse sin defecto alguno, volvieron a escapársele de las manos dos de los pedazos más grandes, haciéndose añicos y quedando perdida toda esperanza de reconstitución.

Sin disputa alguna, el acto fallido cometido poseía la tendencia actual de hacer posible al médico la prosecución de su derecho, libertándole de aquello que le retenía y le impedía en cierto modo reclamar lo que le era debido. Pero, además de esta determinación directa, posee este rendimiento fallido, para todo psicoanalítico, una determinación simbólica más amplia, profunda e importante, pues el jarrón es un indudable símbolo de la mujer.

El héroe de esta historia había perdido de un modo trágico a su joven y bella mujer, a la que amaba ardientemente. Después de su desgracia contrajo una neurosis, cuya nota predominante era creerse culpable de aquélla. («Haber roto un bello jarrón.») Asimismo le era imposible entrar en relaciones con ninguna mujer y repugnaba casarse de nuevo o emprender amores duraderos, que en su inconsciente eran valorados como una infidelidad a su difunta mujer; pero que su conciencia racionalizaba, acusándole de atraer la desdicha sobre las mujeres y causarles la muerte, etc. («Siendo así, no podía conservar duraderamente el jarrón.»)

Dada su fuerte libido, no es de extrañar que se presentaran ante él, como las más adecuadas, las relaciones pasajeras con mujeres casadas. (Por ello conservó o retuvo el jarrón a otro perteneciente.)

A consecuencia de su neurosis se sometió a tratamiento psicoanalítico, y los datos siguientes nos proporcionan una preciosa confirmación del simbolismo antes apuntado.

En el curso de la sesión en la que relató la rotura del jarrón «de tierra» volvió a hablar de sus relaciones con las mujeres y expresó que era en ellas de una exigencia casi insensata, exigiendo, por ejemplo, que la amada fuera de una «belleza extraterrena».

Esto constituye una clara acentuación de que aún se hallaba ligado a su mujer (muerta; esto es, extraterrena) y que no quería saber nada de «bellezas terrenales». De aquí la rotura del jarrón «de tierra». Precisamente por los días en los que, según demostró el análisis, forjaba la fantasía de pedir en matrimonio a la hija de su médico regaló a éste un jarrón, indicando así cuál era la correspondencia que deseaba.

A priori se dejó cambiar de varias maneras la significación simbólica del acto erróneo; por ejemplo, no querer llenar el vaso, etc.

Mas lo que me parece interesante es la consideración de que la existencia de varios, por lo menos de dos motivos actuales, desde lo preconsciente a lo inconsciente y probablemente separados, se refleje en la duplicación de acto erróneo: tirar al suelo el jarrón y luego los pedazos.»

(e) El dejar caer algún objeto, tirarlo o romperlo parece ser utilizado con gran frecuencia para la expresión de series de pensamientos inconscientes, cosa que se puede demostrar por medio del análisis, pero que también podría adivinarse casi siempre por las interpretaciones que a tales accidentes da, por burla o por superstición, el sentido popular.

Conocida es la interpretación que se da a los actos de derramar la sal o el vino o de que un cuchillo que caiga al suelo quede clavado de punta en él, etc.

Más adelante expondré el derecho que a ser tomadas en consideración tienen tales interpretaciones supersticiosas. Por ahora sólo haré observar que tales torpezas no tienen, de ningún modo, un sentido constante, sino que, según las circunstancias, se ofrecen como medio de representaciones de intenciones en absoluto indiferentes. Hace poco hubo en mi casa una temporada durante la cual se rompió en ella una extraordinaria cantidad de objetos de cristal y porcelana. Yo mismo contribuí a tal destrozo repetidas veces.

Esta pequeña epidemia psíquica fue fácil de explicar.

Eran aquéllos los días que precedieron al matrimonio de mi hija mayor. En tales fiestas se suele romper intencionadamente un utensilio, haciendo al mismo tiempo un voto de felicidad.

Esta costumbre debe significar un sacrificio y expresar algún otro sentido simbólico. Cuando los criados destruyen objetos frágiles dejándolos caer al suelo, nadie suele pensar, ante todo, en una explicación psicológica de ello, y, sin embargo, no es improbable la existencia de oscuros motivos que coadyuvan a tales actos.

Nada más lejano a las personas ineducadas que la apreciación del arte y de las obras de arte. Una sorda hostilidad contra estos productos domina a nuestros criados, sobre todo cuando tales objetos, cuyo valor no aprecian, constituyen un motivo de trabajo para ellos.

En cambio, personas de igual origen que se hallan empleadas en alguna institución científica se distinguen por la gran destreza y seguridad con que manejan los más delicados objetos en cuanto comienzan a identificarse con sus amos y a contarse entre el personal esencial del establecimiento.

Incluyo aquí la comunicación de un joven técnico, que nos permite penetrar en el mecanismo del desperfecto de objetos [Ejemplo de 1912]:

«Hace algún tiempo trabajaba con varios colegas en el laboratorio de la Escuela Superior, en una serie de complicados experimentos de elasticidad, labor emprendida voluntariamente, pero que comenzaba a ocuparnos más tiempo de lo que hubiésemos deseado. Yendo un día hacia el laboratorio en compañía de mi colega el señor F., expresó éste lo desagradable que era para él verse obligado a perder aquel día tanto tiempo, pues tenía mucho trabajo en su casa. Yo asentí a sus palabras y añadí, medio en broma, aludiendo a un incidente de la pasada semana:

‘Por fortuna, es de esperar que la máquina falle otra vez y tengamos que interrumpir el experimento. Así podremos marcharnos pronto.’

En la distribución del trabajo tocó a F. regular la válvula de la prensa; esto es, iría abriendo con prudencia para dejar pasar poco a poco el líquido presionador desde los acumuladores al cilindro de la prensa hidráulica.

El director del experimento se hallaba observando el manómetro, y cuando éste marcó la presión deseada, gritó: ‘¡Alto!’ Al oír esta voz de mando cogió F. la válvula y le dio vuelta con toda su fuerza hacia la izquierda. (Todas las válvulas, sin excepción, se cierran hacia la derecha.)

Esta falsa maniobra hizo que la presión del acumulador actuara de golpe sobre la prensa, cosa para la cual no estaba preparada la tubería, y que hizo estallar una unión de ésta, accidente nada grave para la máquina, pero que nos obligó a abandonar el trabajo por aquel día y regresar a nuestras casas.

Aparte de esto, es muy característico el hecho de que algún tiempo después, hablando de este incidente, no pudo F. recordar las palabras que le dije al dirigirnos juntos al laboratorio, palabras que yo recordaba con toda seguridad.» Caerse, tropezar o resbalar son actos que no deben ser interpretados siempre como una falla puramente casual de una función motora.

El doble sentido lingüístico de estas expresiones indica ya las ocultas fantasías que puede hallar una representación en tales perturbaciones del equilibrio corporal. Recuerdo gran número de ligeras enfermedades nerviosas surgidas en sujetos femeninos después de una caída en la que no sufrieron herida alguna y diagnosticadas como histerias traumáticas subsiguientes al susto. Ya estos casos me dieron la impresión de que la relación de causa a efecto era distinta de la que se suponía y de que la caída era un anuncio de la neurosis y una expresión de las fantasías inconscientes de contenido sexual de la misma, fantasías que deben considerarse como fuerzas actuantes detrás de los síntomas. ¿Acaso no expresa esta misma idea el proverbio que dice:

«Cuando una muchacha cae, cae siempre de espaldas»?

Entre los actos de término erróneo puede incluirse el de dar a un mendigo una moneda de oro por una de cobre o de plata. La explicación de tales errores es muy sencilla.

Son actos de sacrificio destinados a apaciguar al Destino, desviar una desgracia, etc.

Si antes de salir a paseo se ha oído hablar a una madre o parienta amorosa de su preocupación por la salud de un hijo o allegado, y luego se las ve proceder con la involuntaria generosidad citada, no se podrá dudar del sentido del aparentemente indeseado incidente. De esta manera, nuestros actos erróneos hacen posible el ejercicio de aquellas piadosas y supersticiosas costumbres, que a causa de la resistencia de nuestra razón, que se ha hecho descreída, tienen que rehuir la luz de la conciencia.

(f) El campo de acción de la actividad sexual, dentro del cual parece borrarse por completo la delimitación entre lo casual y lo intencionado, nos ofrece una prueba evidente de la intencionalidad real de estos actos, aparentemente casuales. Yo mismo he vivido hace algunos años un ejemplo de cómo un movimiento torpe en apariencia puede ser utilizado para un fin sexual de la más refinada de las maneras.

En una casa amiga hallé en una ocasión a una muchacha que despertó en mí un placer creído extinto, haciéndome mostrarme jovial, locuaz y complaciente. También me preocupó en esta ocasión el descubrimiento de los motivos de aquella impresión, pues la misma muchacha me había dejado completamente frío un año antes.

Al entrar el tío de la muchacha, persona muy anciana, en la habitación en que nos hallábamos, nos levantamos ella y yo para acercarle una silla que en un rincón había.

Más ágil ella y también más cercana a la silla, la cogió antes que yo y la trajo ante sí, teniéndola con el respaldo hacia atrás y ambas manos en los lados del asiento.

Al llegar yo a su lado y no renunciar a mi propósito de coger la silla, me hallé de repente pegado por detrás de la muchacha, abrazándola con ambos brazos, y mis manos se encontraron un momento sobre su pecho. Como es natural, puse término a esta situación con la misma rapidez con que se había producido, y nadie pareció darse cuenta de lo hábilmente que yo había aprovechado mi torpe movimiento.

Debe admitirse asimismo que nuestros torpes y enfadosos regates cuando, al encontrarnos ante una persona en la calle, empezamos a dar pasos a uno y otro lado, pero siempre en igual dirección que el otro o la otra, hasta quedar ambos inmóviles frente a frente, acto que resulta como «cerrar el camino a alguien», renueva una incorrecta y provocativa costumbre de los años juveniles y persigue intenciones sexuales bajo el disfraz de una torpeza.

Mis psicoanálisis de neuróticos me han enseñado que lo que consideramos como ingenuidad en los adolescentes y en los niños no es, con frecuencia, más que un disfraz bajo el cual les es posible hacer o decir, sin avergonzarse, algo indecoroso.

W. Stekel ha comunicado varias autoobservaciones análogas:

«Al entrar en una casa alargué mi mano a la señora de ella y desaté al hacerlo el lazo que sujetaba su suelta bata matinal. No abrigaba yo, inconscientemente, ningún poco honrado propósito y, sin embargo, llevé a cabo dicho torpe movimiento con la habilidad de un prestidigitador.» Repetidas veces he incluido aquí pruebas de que los poetas juzgan los movimientos fallidos igual que nosotros en este libro, esto es, como significativos y motivados. No nos admirará, por tanto, ver en un nuevo ejemplo cómo un poeta da una intensa significación a un movimiento equivocado y le hace ser un presagio de ulteriores acontecimientos.

En la novela de Theodor Fontane La adúltera hallamos las siguientes líneas (tomo II, pág. 64, de la edición de las obras completas de Th. Montane.-S. Fischer):

«… y Melania se levantó y arrojó a su marido, a manera de saludo, uno de los grandes balones. Pero apuntó mal, y la pelota, volando hacia un lado, fue a parar a manos de Rubén. Al regreso de la excursión en que esto sucede se desarrolla un diálogo entre Melania y Rubén, en el cual comienza ya a surgir el trote de un naciente amor. Este amor crece luego hasta el apasionamiento, y Melania abandona, por último, a su marido para pertenecer por entero al hombre amado.» (Comunicado por H. Sachs.)

(g) Los efectos que producen los actos de aprehensión errónea de las personas normales son, regularmente, inofensivos. Por ello mismo es de gran interés el investigar si otros errores de mayor importancia (por ejemplo, los de un médico o un farmacéutico) pueden ser también interpretados conforme a nuestro punto de vista. Personalmente me hallo muy escasas veces en situación de observar actos correspondientes a una actividad médica general, y de este modo no puedo comunicar aquí más que un solo caso de error médico observado en mí mismo.

Desde hace algunos años vengo visitando dos veces al día a una señora anciana, y mi labor de la visita matinal se reduce a dos actos: echarle en los ojos un par de gotas de un colirio y ponerle una inyección de morfina.

A estos efectos hay siempre preparadas dos botellitas, una azul para el colirio y otra blanca para la morfina.

Mientras llevo a cabo los dos actos acostumbrados, mis pensamientos suelen estar ocupados en otra cosa, pues he repetido tantas veces la misma faena que la atención necesaria para efectuarla se comporta ya como libre e independiente.

Sin embargo, en una ocasión trabajó el autómata equivocadamente. Introduje el cuentagotas en la botellita blanca en lugar de en la azul, y lo que eché en los ojos de la enferma fue morfina y no colirio.

Al darme cuenta quedé sobrecogido, tranquilizándome después con la reflexión de que unas gotas de una solución de morfina al dos por ciento no podía causar ningún daño a la conjuntiva.

Así, pues, la causa del miedo sentido debía de ser distinta.

En mi intento de analizar mi pequeño error, la primera cosa que acudió a mi pensamiento fue la frase «atentar contra la anciana», la cual podía indicarme un rápido camino hacia la solución.

Me hallaba yo bajo la impresión de un sueño que me había sido relatado la noche anterior por un joven, sueño, cuyo contenido no podía interpretarse más que como el comercio sexual del sujeto con su propia madre.

La extraña circunstancia de que la leyenda no tenga en cuenta la ancianidad de la reina Yocasta me pareció confirmar la afirmación de que en el enamoramiento de la propia madre no se trata nunca de la persona actual, sino de su recuerdo juvenil, procedente de los años infantiles.

Tales incongruencias aparecen siempre cuando una fantasía vacilante entre dos épocas se hace consciente y queda así ligada a una época definida.

Abstraído en estos pensamientos llegué a casa de mi paciente, que frisaba en los noventa años, y debía de hallarme en camino de considerar el general carácter humano de la fábula de Edipo como la correlación de la fatal profecía expresada por el oráculo, pues «me equivoqué con» o «atenté contra la anciana».

Mi acto erróneo fue también en este caso inofensivo. De los dos errores posibles: usar la morfina para echarla en los ojos o el colirio para la inyección, había escogido el más inocente. Queda aún la cuestión de si en errores susceptibles de ocasionar graves daños puede suponerse la existencia de una intención inconsciente, como sucede en los hasta aquí examinados.

Aquí se agota, como era de esperar, el material de que podía disponer y quedo reducido a exponer aproximaciones e hipótesis. Conocido es que en los casos graves de psiconeurosis aparecen a veces automutilaciones como síntomas de la enfermedad y que no se puede considerar en tales casos excluido el suicidio como final del conflicto psíquico.

Sé por experiencia, y lo expondré algún día con ejemplos convincentes, que muchos daños que, aparentemente por casualidad, suceden a tales enfermos son, en realidad, maltratos que los pacientes se infligen a sí mismos.

Estos accidentes son producidos por una tendencia constantemente vigilante al autocastigo; tendencia que de ordinario se manifiesta como autorreproche, o coadyuva a la formación de síntomas y utiliza diestramente una situación exterior que se ofrezca casualmente o la ayuda hasta conducirla a la consecución del efecto dañoso deseado.

Tales sucesos no son tampoco raros en los casos de moderada gravedad y revelan la participación de la intención inconsciente por una serie de signos especiales; por ejemplo, por la extraña presencia de espíritus que manifiestan los enfermos durante los pretendidos accidentes.

En vez de muchos ejemplos relataré con todo detalle uno solo, observado en el ejercicio de mi actividad médica: una joven casada se rompió una pierna en un accidente de coche, teniendo que guardar cama durante varias semanas, y al asistirla me extrañó la falta de manifestaciones de dolor y la tranquilidad con que llevaba su desgracia.

El accidente hizo aparecer una larga y grave neurosis que, por último, se curó por el tratamiento psicoanalítico.

En el curso de este último averigüé las circunstancias que rodearon el accidente, así como determinadas impresiones que le precedieron. La joven mujer se hallaba con su marido, hombre muy celoso, pasando una temporada en la finca de una hermana suya, en compañía de sus numerosos hermanos y hermanas y sus respectivos cónyuges.

Una noche dio en este íntimo círculo una representación de una de sus habilidades, bailando un cancán conforme a todas las reglas del arte y obteniendo gran éxito con todos los parientes, pero descontentando a su marido, que le murmuró después al oído: «Te has vuelto a conducir como una prostituta.» La palabra hizo su efecto, y queremos dejar indeciso si precisamente por el baile.

Aquella noche durmió mal, y a la mañana quiso dar un paseo en coche. Por sí misma escogió los caballos, rehusando una pareja y eligiendo otra. La más joven de sus hermanas quiso que fuera en el coche un hijo suyo de pecho con el ama, pero ella se opuso enérgicamente.

Durante el paseo se mostró nerviosa, advirtió al cochero que los caballos iban a espantarse, y cuando los inquietos animales tuvieron en realidad un momento de indisciplina, se levantó sobrecogida y se arrojó del coche, rompiéndose una pierna, mientras que los que permanecieron dentro no sufrieron daño alguno.

Después de descubrir estos detalles no se puede dudar de que el accidente estaba preparado y no debemos dejar de admirar la habilidad que obligó a la casualidad a distribuir un castigo tan correlativo a la falta cometida, pues, en efecto, ya no podría bailar el cancán en mucho tiempo.

No me es posible relatar casos en que me haya infligido daños a mí mismo en épocas de tranquilidad, pero no me creo incapaz de cometer tales actos bajo condiciones extraordinarias. Cuando un miembro de mi familia se queja de haberse mordido la lengua, aplastado un dedo, etc., lo primero que hago, en lugar de compadecerle, es preguntarle:

«¿Por qué has hecho eso?»

Yo mismo me cogí un dedo muy dolorosamente después de haber oído a un joven paciente expresar en la consulta su deseo (que, como es natural, no había de tomar en serio) de contraer matrimonio con mi hija mayor, la cual se hallaba a la sazón en un sanatorio y en peligro de muerte.

Uno de mis hijos, cuyo vivo temperamento dificultaba mucho la tarea de cuidarle cuando se hallaba enfermo, tuvo una mañana un fuerte acceso de cólera porque se le ordenó que permaneciera en el lecho durante toda la tarde y amenazó con suicidarse, amenaza que le había sido sugerida por la lectura de los periódicos.

Aquella misma tarde me enseñó un cardenal que se había hecho en un lado de la caja torácica al chocar contra una puerta y darse un fuerte golpe con el saliente del picaporte. Le pregunté irónicamente por qué había hecho aquello, y el niño, que no tenía más que once años, me contestó como ilusionado:

«Eso ha sido el intento de suicidio con que os amenacé esta mañana.» No creo que mis opiniones sobre los daños infligidos por una persona a sí misma fueran por entonces accesibles a mis hijos.

Aquellos que crean en la existencia de estos automaltratos semiintencionados -si se me permite emplear esta poco diestra expresión-, se hallarán preparados a admitir también el hecho de que, además del suicidio conscientemente intencionado, hay otra clase de suicidio, con intención inconsciente, la cual es capaz de utilizar con destreza un peligro de muerte y disfrazarlo de desgracia casual.

En efecto, la tendencia a la autodestrucción existe con cierta intensidad en un número de individuos mucho mayor del de aquellos en que llega a manifestarse victoriosa. Los daños autoinfligidos son regularmente una transacción entre este impulso y las fuerzas que aún actúan contra él.

También en los casos en que se llega al suicidio ha existido anteriormente, durante largo tiempo, dicha inclinación, con menor fuerza o como tendencia inconsciente y reprimida. También la intención consciente de suicidarse escoge su tiempo, sus medios y su ocasión.

Paralelamente obra la intención inconsciente al esperar la aparición de un motivo que pueda tomar sobre sí una parte de la responsabilidad y, acaparando las fuerzas defensivas de la persona, la libertad de la presión que sobre ella ejercen.

Estas discusiones no son ociosas bajo ningún concepto. He conocido más de un caso de desgracia aparentemente casual (accidentes de caballo o de coche) cuyas circunstancias justifican una sospecha de suicidio inconscientemente tolerado. Tal es el caso de un oficial que durante una carrera de caballos cayó del que montaba, hiriéndose tan gravemente que murió varios días después.

Su conducta al volver en sí después del accidente fue un tanto singular. Pero aún lo había sido más la que venía observando desde algún tiempo antes.

Entristecido por la muerte de su madre, a la que quería mucho, se echaba a llorar estando con sus camaradas, y expresó varias veces a sus íntimos su cansancio de la vida y su deseo de abandonar el servicio para ir a Africa a tomar parte en una campaña que allí se desarrollaba y que no debía ofrecer ningún interés para él.

Siendo un valiente jinete, evitaba en aquellos días montar a caballo. Por último, antes de la carrera, en la que no podía excusarse de tomar parte, expresó un triste presentimiento.

Nuestra concepción de estos casos hace que no podamos extrañarnos de que el presentimiento se realizara.

Se me opondrá que en tal estado de depresión nerviosa no le es posible a un hombre dominar al caballo con igual maestría que en época de plena salud. Convengo en ello; pero creo más acertado buscar el mecanismo de tal inhibición motora por «nerviosidad» en la intención autodestructora aquí acentuada.

S. Ferenczi, de Budapest, me ha autorizado a publicar el siguiente análisis, verificado por él, un caso de herida por arma de fuego, pretendidamente casual, y que él explica como un intento inconsciente de suicidio, explicación con la que estoy en un todo conforme.

[Ejemplo agregado en 1910.] «J. Ad., de veintidós años de edad, oficial de carpintero, vino a mi consulta el 18 de enero de 1908. Quería que le dijese si le debía y podía ser extraída una bala que tenía alojada en la sien izquierda desde el 20 de marzo de 1907.

Aparte de algunos dolores de cabeza, no demasiado violentos, que le atacan de cuando en cuando, se siente completamente sano.

El reconocimiento objetivo no descubrió nada importante, fuera de la cicatriz característica del disparo y ennegrecida por la pólvora en la sien izquierda.

En vista de ello me mostré contrario a toda operación.

Preguntado por las circunstancias del caso, contestó haberse herido casualmente. Jugaba con un revólver de su hermano; creyendo que no estaba cargado, se lo apoyó con la mano izquierda en la sien izquierda (no es zurdo), colocó el dedo en el gatillo y el tiro salió.

En el arma, que era de seis tiros, había tres cartuchos. Le pregunté luego cómo había llegado a la idea de coger el revólver, y me contestó que por entonces era el tiempo de su entrada en quintas, y que la noche antes había cogido el revólver para ir a una taberna, temiendo que en ella se promoviera alguna pelea.

En el reconocimiento médico-militar fue declarado inútil por padecer varices, cosa que le avergonzó sobre manera.

Al regresar a su casa se puso a jugar con el revólver, no teniendo intención de causarse ningún daño, y entonces fue cuando surgió el accidente. Interrogado sobre si, en general, estaba contento con su suerte, me relató, suspirando, su historia amorosa con una muchacha que le quería; pero que, sin embargo, le abandonó para emigrar a América, empujada por el deseo de hacer fortuna.

El quiso seguirla, pero se lo impidieron sus padres. Su amada había partido el 20 de enero de 1907; esto es, dos meses antes del suceso.

A pesar de todos estos elementos sospechosos, sostuvo el paciente que el disparo había sido un ‘accidente desgraciado’.

Sin embargo, estoy firmemente convencido de que la negligencia de no haber comprobado si el revólver estaba o no cargado antes de ponerse a jugar con él, así como el daño autoinfligido, se hallaban determinados psíquicamente.

El individuo de referencia se encontraba aún bajo los afectos depresivos de su desdichado amor y quería ‘olvidar’ en el servicio de las armas. Cuando también le fue arrancada esta esperanza fue cuando llegó a jugar con el revólver; esto es, a un inconsciente intento de suicidio.

El hecho de tomar el arma con la mano izquierda y no con la derecha es una prueba decisiva de que, en realidad, no hacía más que jugar, o sea de que no quería, conscientemente, suicidarse.»

Otro caso de daño autoinfligido, de apariencia casual, cuya publicación me ha sido autorizada por la persona que lo observó directamente (Van Emden, 1911), nos recuerda el proverbio que dice:

«Aquel que cava una fosa para otro cae él mismo en ella».

«La señora de X., perteneciente a una familia de la clase media, está casada y tiene tres hijos. Es algo nerviosa, mas nunca necesitó someterse a un tratamiento enérgico, pues posee firmeza suficiente para adaptarse a la vida. Un día se produjo una considerable pero pasajera desfiguración de su rostro en la siguiente forma: Al atravesar una calle en la que estaban arreglando el pavimento tropezó con un montón de piedras y fue a dar de cara contra el muro de una casa, que dando con el rostro todo arañado y magullado.

Los párpados se le pusieron azules y edematosos, y llamó al médico, temiendo que también hubieran sufrida sus ojos algún daño. Después de tranquilizarla respecto a esta cuestión, le pregunté: ‘Pero ¿cómo se ha caído usted de ese modo…?’

La señora repuso que precisamente antes del accidente había recomendado a su marido, el cual padecía desde hacía algunos meses una afección articular que le dificultaba la deambulación, que tuviese cuidado al pasar por dicha calle, y que sabía por repetidas experiencias que en casos como éste le ocurría sufrir aquellos mismos accidentes contra los que prevenía a los demás.

Yo no me contenté con esta determinación del suceso y le pregunté si no tenía alguna cosa más que relatarme.

En efecto, me dijo que en el momento que precedió a la caída había visto en una tienda de la acera opuesta un lindo cuadrito y que, de repente, le entraron deseos de comprarlo para adorno del cuarto de sus hijos.

Entonces se dirigió derechamente hacia la tienda, sin cuidarse del estado de la calle, tropezó con el montón de piedras y fue a dar de cara contra el muro de una casa, sin hacer siquiera el menor intento de librarse del golpe con las manos.

El propósito de comprar el cuadro quedó olvidado en el acto, y la señora regresó a toda prisa a su domicilio. -Pero ¿cómo no miró usted con más cuidado dónde pisaba?- seguí preguntándole.

-¡Ay! -me respondió-.

Ha sido, quizá, un castigo por la historia que ya confié a usted.

-¿La sigue atormentando esa historia? -Sí; después he sentido mucho haber hecho lo que hice.

Me he encontrado perversa, criminal e inmoral. Pero en aquellos días mis nervios me tenían casi loca.

Se trataba de un aborto que, de acuerdo con su marido, y queriendo ambos evitar por razones económicas el nacimiento de más hijos, había hecho provocar por una curandera, y en cuyo desenlace fue asistida por un especialista. -Con frecuencia me he reprochado haber dejado matar a mi hijo -siguió diciendo- y he tenido miedo de que tal crimen no podía quedar impune.

Ahora que me ha asegurado usted que no me pasará nada en los ojos, me quedo ya tranquila.

Así como así, estoy ya suficientemente castigada. Salta, pues a la vista que el accidente había sido un autocastigo infligido no sólo en penitencia de la mala acción cometida, sino también para escapar a otra mayor castigo desconocido, cuyo advenimiento venía la señora temiendo hacía ya varios meses.

En el momento en que se dirigió apresuradamente hacia la tienda para comprar el cuadrito, el recuerdo de su falta -ya bastante activo en su inconsciencia cuando recomendó cuidado a su esposo- había llegado a ser dominante y se hubiera podido expresar con las siguientes palabras:

‘¿Para qué quieres comprar ningún adorno para el cuarto de tus hijos, si has dejado matar a uno de ellos? ¡Criminal! ¡El gran castigo está ya próximo!’

Este pensamiento no llegó a hacerse consciente; pero, no obstante, la señora utilizó la situación dada en aquel momento psicológico para aprovechar el montón de piedras en su autocastigo. Por esta razón no extendió siquiera las manos al caer ni experimentó tampoco un susto violento. La segunda determinación, probablemente menor, del accidente fue otro autocastigo por su inconsciente deseo de librarse de su marido, cómplice en todo el penoso asunto del aborto.

Este deseo se revela en la recomendación, totalmente superflua, de que tuviera cuidado al atravesar la calle en reforma, ya que el marido, precisamente por su enfermedad, había de andar con gran prudencia».

Considerando las circunstancias que rodean el caso siguiente de daño autoinfligido de apariencia casual, hay que dar la razón a J. Stärcke (l. c.), el cual lo interpreta como un «acto de sacrificio»

[Agregado en 1917]: «Una señora, cuyo yerno tenía que partir para Alemania con el fin de cumplir allí sus deberes militares, se quemó un pie, vertiéndose sobre él un hirviente líquido, en las circunstancias siguientes: su hija estaba próxima a alumbrar, y el pensamiento de los peligros que en la guerra iba a correr el marido no era, como es natural, para que el estado de ánimo de toda la familia fuese muy alegre.

El día antes de la partida de su yerno, la señora había convidado a comer al matrimonio. Por sí misma preparaba la comida en la cocina, después de haber sustituido, contra su costumbre, sus botas, altas y sin tacones, con las que andaba muy cómodamente, por unas zapatillas de su marido, muy grandes y abiertas por arriba.

Al coger del fuego una gran cazuela llena de sopa hirviente la dejó caer y se escaldó gravemente un pie, sobre todo el empeine, no protegido por la zapatilla. Claro es que el accidente se puso a cuenta de la ‘nerviosidad’, comprensible dada la situación de la familia.

En los días siguientes a tal ‘acto de sacrificio’ se condujo muy prudentemente en el manejo de objetos calientes; pero ello no impidió que días después se volviese a escaldar una muñeca».

Si tal furor contra la propia integridad y la propia vida puede ocultarse así detrás de una torpeza, aparentemente casual, y de una insuficiencia motora, no ha de resultarnos ya difícil aceptar la transferencia de igual concepción a aquellos actos erróneos que ponen en grave peligro la vida y la salud de otras personas.

Los documentos que puedo alegar en favor de la exactitud de esta afirmación están tomados de mis experiencias en el tratamiento de neuróticos y, por tanto, no se adaptan por completo a lo que no se trata de demostrar.

De todos modos, expondré aquí un caso, en el que no precisamente un acto erróneo, sino lo que más bien puede denominarse un acto sintomático o casual, me puso sobre una pista que me llevó a conseguir la solución del conflicto en que el paciente se hallaba.

En una ocasión me propuse mejorar las relaciones matrimoniales de un individuo muy inteligente, cuyas diferencias con su joven mujer, la cual le amaba con ternura, podían basarse en fundamentos reales; pero que, como él mismo confesaba, no quedaba, ni aun así, totalmente explicadas.

Sin cesar se atormentaba el marido con el pensamiento de una separación; pensamiento que siempre rechazaba por su amor hacia sus dos tiernos hijos.

A pesar de esto, volvía siempre a la misma idea y no intentaba ningún medio de hacerse tolerable la situación.

Este no resolver nunca el conflicto me pareció una prueba de la existencia de motivos inconscientes y reprimidos que reforzaban los motivos conscientes que mantenían la lucha.

En estos casos, mi intervención consiste en dar fin al conflicto por medio del análisis psíquico.

El marido me relató un día un pequeño incidente que le había asustado sobre manera. Jugaba con su hijo mayor, que era su preferido, subiéndole y bajándole en sus brazos, y una de las veces le alzó tan alto y en tal lugar de la habitación, que la cabeza del niño estuvo a punto de chocar con la pesada araña de gas que pendía del techo. Le faltó muy poco, pero no llegó.

Aunque el niño no sufrió daño alguno, medio se desmayó del susto.

El padre permaneció quieto y espantado con él en brazos, y la madre fue presa de un ataque histérico. La especial destreza de tal movimiento imprudente y la violencia de la reacción de los padres me hicieron buscar en esta casualidad un acto sintomático que debía de expresar una perversa intención contra tan querido hijo. La contradicción entre el acto sintomático y la ternura actual del padre hacia su niño podía salvarse retrotrayendo el impulso damnificante a la época en que este niño había sido hijo único y tan pequeño que el padre no había llegado aún a interesarse tiernamente por él.

Siendo así, podía admitirse que el marido, poco satisfecho de su mujer, hubiera tenido por entonces el pensamiento siguiente: «Si este pequeño ser, que nada me importa, muere, quedo libre y podré separarme de mi mujer.»

Por tanto, debía de seguir existiendo inconscientemente en él un deseo de muerte del ahora ya tan querido niño. Desde este punto era fácil encontrar el camino hacia la fijación inconsciente de este deseo. Una poderosa determinante del acto realizado estaba constituida por un recuerdo infantil del paciente, relativo a la muerte de un hermano pequeño, que la madre achacaba al abandono de su marido, y que había dado lugar a violentas explicaciones entre los cónyuges, en las que había sonado una amenaza de separación.

Mi hipótesis quedó confirmada por el éxito terapéutico del análisis y la modificación que sobrevino en las relaciones conyugales de mi paciente.

J. Stärcke (1916) nos da cuenta en un ejemplo de cómo los poetas no vacilan en colocar un acto erróneo en lugar de otro intencionado, haciendo al primero causa de las más graves consecuencias. «En uno de los Apuntes, de Hayermans, aparece un ejemplo de acto erróneo utilizado por el autor como motivo dramático.

El apunte se titula Tom y Teddie.

En un teatro de variedades trabaja una pareja de buceadores, hombre y mujer, que permanecen bajo el agua largo tiempo dentro de una piscina de paredes de cristal, y realizan, sumergidos, diferentes habilidades.

La mujer es, desde hace poco tiempo antes, la amante de un domador que trabaja en el mismo teatro, y el buceador los ha sorprendido en el vestuario minutos antes de tener que salir a escena, limitándose, por esta causa, a dirigirles una amenazadora mirada y murmurar: «Luego veremos.» La representación comienza.

El buzo va aquella noche a presentar su número más difícil, consistente en permanecer «bajo el agua, y encerrado herméticamente en un cajón, dos minutos y medio».

Este número lo habían hecho ya varias veces. La caja quedaba cerrada, y Teddie enseñaba la llave, mientras el público comprobaba, reloj en mano, el tiempo que transcurría. Luego dejaba caer un par de veces la llave en la piscina y se tiraba al agua tras ella para no retrasarse cuando llegaba el momento de abrir el cajón.

En esta noche, la del 31 de enero, fue Tom encerrado, como de costumbre, por los pequeños dedos de la alegre y vivaracha mujercita. Tom sonreía detrás de la mirilla del cajón.

Ella jugaba con la llave y esperaba la señal para abrir. Entre bastidores se hallaba el domador, con su frac impecable, su corbata blanca y su látigo de montar. Para llamarle la atención dio un breve silbido.

Ella miró hacia él, sonrió y, con el gesto torpe de alguien cuya atención se ve distraída, arrojó la llave hacia lo alto con tal fuerza, que cuando terminaban los dos minutos y veinte segundos, bien contados, cayó al lado de la piscina, entre los pliegues de una bandera que disimulaba los pies de la misma. Nadie vio dónde había caído. Desde la sala, la ilusión óptica fue tal, que todos los espectadores vieron caer la llave a través del agua. Tampoco ninguno de los empleados del teatro se dio cuenta de la verdad pues el paño de la bandera mitigó el sonido.

Sonriendo y sin vacilar trepó Teddie por las paredes de la piscina.

Sonriendo –Tom aguantaba bien-, volvió a bajar.

Sonriendo ella desapareció bajo los pies de la piscina para buscar allí la llave, y al no encontrarla en seguida se inclinó hacia la parte anterior de la bandera con un gesto cansado, como si quisiera decir: «¡Ay, Dios mío! ¡Cuánta molestia!» Entre tanto, Tom seguía haciendo sus cómicos gestos detrás de la mirilla, como si también él se intranquilizase.

Se veía blanquear su dentadura postiza y moverse sus labios bajo el bigote recortado y aparecieron las mismas cómicas burbujillas de aire que antes, cuando comió una manzana bajo el agua.

Se vio retorcerse y engarabitarse sus pálidos dedos, huesudos, y el público rió, como ya había reído con frecuencia aquella noche.

Dos minutos y cincuenta y ocho segundos… Tres minutos y siete segundos…, y doce segundos… ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! En esto surgió cierta intranquilidad en la sala, y el público comenzó a patear al ver que también los criados del domador comenzaban a buscar la llave y que el telón caía antes que la tapa de la caja fuese levantada.

En el escenario aparecieron luego seis bailarinas inglesas. Después, el hombre de los caballitos, los monos y los perros, y así sucesivamente. Hasta la mañana siguiente no se enteró el público de que había sucedido una desgracia, y que Teddie quedaba viuda y sola en el mundo… Por lo citado se ve cuán excelentemente ha tenido que comprender el artista la naturaleza de la acción sintomática para presentarnos con tal acierto la profunda causa de la mortal torpeza.»

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