Planeta Freud

020. 08. Psicopatología de la vida cotidiana – 1900-1901 [1901]

Posted on: agosto 3, 2009

Errores

Los errores de la memoria no se distinguen de los olvidos acompañados de recuerdo erróneo más que en un solo rasgo, esto es, en que el error (el recuerdo erróneo) no es reconocido como tal, sino aceptado como cierto.

El uso del término «error» parece, sin embargo, depender todavía de otra condición. Hablamos de «errar» y no de «recordar erróneamente» en aquellos casos en que el material psíquico que se trata de reproducir posee el carácter de realidad objetiva, esto es, cuando lo que se quiere recordar es algo distinto de un hecho de nuestra vida psíquica propia, algo más bien que puede ser sometido a una confirmación o una refutación por la memoria de otras personas.

Lo contrario a un error de memoria está constituido, en este sentido, por la ignorancia.

En mi libro LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS me hice responsable de una serie de errores en citas históricas y, sobre todo, en la exposición de algunos hechos, errores de los que con gran sorpresa me di cuenta una vez ya publicada la obra. Después de examinarlos hallé que no eran imputables a ignorancia mía, sino que constituían errores de memoria explicables por medio del análisis.

1) En una de sus páginas señalé como lugar natal de Schiller la ciudad alemana de Marburg, nombre que lleva también una ciudad de Estiria.

El error se encuentra en el análisis de un sueño que tuve durante una noche de viaje, y del cual me despertó la voz del empleado, que gritaba: ¡Marburg!, al llegar el tren a dicha estación. En el contenido de este sueño se preguntaba por un libro de Schiller.

Este no nació en la ciudad universitaria de Marburg, sino en una ciudad de Suabia llamada Marbach, cosa que jamás he ignorado.

2) En otro lugar se dice que Asdrúbal era el padre de Aníbal.

Este error me irritó especialmente; pero, en cambio, fue el que más me confirmó en mi concepción de tales equivocaciones. Pocos lectores de mi libro estarán tan familiarizados como yo con la historia de los Barquidas, y, sin embargo, cometí ese error al escribir mi obra y no lo rectifiqué en las pruebas que por tres veces repasé con todo cuidado.

El nombre del padre de Aníbal era Amílcar Barcar. Asdrúbal era el de su hermano y también el de su cuñado y predecesor en el mando de los ejércitos.

3) También afirmé por error que Zeus había castrado y arrojado del trono a su padre, Cronos. Por error retrasé ese crimen en una generación, pues, según la mitología griega, fue Cronos quien lo cometió en la persona de su padre, Urano.

¿Cómo se explica que mi memoria me suministrara sobre estos puntos datos erróneos, cuando, como pueden comprobar los lectores de mi libro, puso acertadamente a mi disposición en todo lo demás los materiales más remotos y poco comunes? ¿Y cómo pudieron escapárseme tales errores, como si estuviera ciego, en las tres cuidadosas correcciones de pruebas que llevé a cabo?

Goethe dijo de Lichtenberg: «Allí donde dice una chanza, yace oculto un problema.»

Algo análogo podría afirmarse de los trozos de mi libro antes transcritos:

«Allí donde aparece un error, yace detrás una represión», o, mejor dicho, una insinceridad, una desfiguración de la verdad, basada, en último término, en un material reprimido.

En efecto, en los análisis de los sueños que en dicha obra se exponen me había visto obligado, por la desnuda naturaleza de los temas a los que se referían los pensamientos del sueño, a interrumpir algunos análisis antes de llegar a su término verdadero, y otras veces a mitigar la osadía de un detalle indiscreto, desfigurándolo ligeramente.

No podía obrar de otra manera ni cabía llevar a cabo selección ninguna si quería exponer ejemplos e ilustraciones.

Esta mi forzada situación provenía necesariamente de la particularidad de los sueños de dar expresión a lo reprimido, esto es, a lo incapaz de devenir consciente.

A pesar de todo, quedó en mi libro lo suficiente para que espíritus más delicados se sintiesen ofendidos. La desfiguración u ocultación de los pensamientos que quedaban sin exponer y que yo conocía no pudo ser ejecutada sin dejar alguna huella.

Lo que yo no quería decir consiguió con frecuencia abrirse camino, contra mi voluntad, hasta lo que había admitido como comunicable y se manifestó en ello en forma de errores que pasaron inadvertidos para mí. Los tres casos citados se refierenal mismo tema fundamental, y los errores son resultantes de pensamientos reprimidos relacionados con mi difunto padre.

1) Aquel que lea en uno de los sueños analizados encontrará francamente expuesto en parte, y podrá en parte adivinarlo por las indicaciones que allí constan, que interrumpí el análisis al llegar a pensamientos que hubieran contenido una poco favorable crítica de la persona de mi padre.

En la continuación de esta cadena de pensamientos y recuerdos yace una enfadosa historia, en la cual desempeñan principal papel unos libros y un compañero de negocios de mi padre llamado Marburg, nombre igual al de la estación de la línea de ferrocarriles del Sur, con el que me despertó el empleado del tren.

En el análisis expuesto en mi libro quise suprimir, tanto para mí mismo como para mis lectores, al tal señor Marburg, el cual se vengó introduciéndose luego en donde nada tenía que hacer y transformando Marbach, nombre de la ciudad natal de Schiller, en Marburg.

2) El error de escribir Asdrúbal en vez de Aníbal, esto es, el nombre del hermano en lugar del padre, se produjo por una asociación con determinadas fantasías relacionadas con Aníbal, construidas por mi imaginación en mis sueños de colegial, y con mi disgusto por la conducta de mi padre ante los «enemigos de nuestro pueblo». Podía haber proseguido y haber contado la transformación acaecida en mis relaciones con mi padre a causa de un viaje que hice a Inglaterra y en el que conocí a mi hermanastro, nacido de un anterior matrimonio de mi padre.

Mi hermanastro tenía un hijo de mi misma edad, y mis fantasías imaginativas sobre cuán distinta sería mi situación si en vez de hijo de mi padre lo fuese de mi hermanastro no encontraron, por tanto, obstáculo ninguno referente a la cuestión de la edad.

Estas fantasías reprimidas fueron las que falsearon, en el lugar en que interrumpí el análisis, el texto de mi libro, obligándome a escribir el nombre del hermano en lugar del del padre.

3) Atribuyo asimismo a la influencia de dos recuerdos referentes a mi hermanastro el haber retrasado en una generación el mitológico crimen de las deidades griegas. De las advertencias que mi hermanastro me hizo hubo una que retuve durante mucho tiempo en mi memoria.

«No olvides -me dijo-, para regir tu conducta en la vida, que perteneces no a la generación siguiente a tu padre, sino a la otra inmediata posterior.»

Nuestro padre se había vuelto a casar ya en edad avanzada y llevaba, por tanto, muchos años a los hijos que tuvo en este segundo matrimonio.

El error mencionado fue cometido por mí en un lugar de mi libro en que hablo precisamente del amor entre padres e hijos.

Me ha sucedido también algunas veces que amigos o pacientes, cuyos sueños había yo relatado o a los que aludía en análisis de otros sueños, me han advertido que en la exposición de mis investigaciones habían hallado algunas inexactitudes.

Estas consistían también siempre en errores históricos.

Al examinar y rectificar estos casos me he convencido de que mi recuerdo de los hechos no se mostraba infiel más que en aquellas ocasiones en las que en la exposición del análisis había desfigurado u ocultado algo intencionadamente.

Así, pues, también hallamos aquí un error inadvertido como sustitutivo de una ocultación o represión intencionadas. De estos errores originados por una represión hay que distinguir otros debidos a ignorancia real.

Así, fue debido a ignorancia el que durante una excursión por Wachau creyera, al llegar a una localidad, que se trataba de la residencia del revolucionario Fischhof: En efecto, el lugar donde residía Fischhof se llamaba también Emmersdorf, pero no estaba situado en Wachau, sino en Carintia. Pero esto no lo sabía yo.

4) He aquí otro error vergonzoso, pero muy instructivo y que puede considerarse como un ejemplo de ignorancia temporal. Un paciente me recordó un día mi promesa de darle dos libros que yo poseía sobre Venecia, ciudad que iba a visitar en un viaje que pensaba hacer durante las vacaciones de Pascua. Yo le respondí que ya los tenía separados para entregárselos y fui a mi biblioteca para cogerlos. La verdad era que se me habla olvidado buscarlos, pues no estaba muy conforme con el viaje de mi paciente, que me parecía una innecesaria interrupción del tratamiento y una pérdida económica para el médico.

Al llegar a mi biblioteca eché un rápido vistazo sobre los libros para tratar de hallar los dos que había prometido prestar a mi cliente.

Encontré uno titulado Venecia, ciudad de arte, y luego, queriendo buscar otra obra histórica, cogí un libro titulado Los Médicis y salí con ambos de la biblioteca para regresar a ella inmediatamente, avergonzado de mi error al haber creído por un momento que los Médicis tenían algo que ver con Venecia, a pesar de saber perfectamente lo contrario. Dado que había hecho ver a mi paciente sus propios actos sintomáticos, no tuve más remedio que salvar mi autoridad, que obrar con justicia y confesarle honradamente los ocultos motivos del disgusto que su viaje me causaba.

Puede admirarse, en general, el hecho de que el impulso de decir la verdad es en los hombres mucho más fuerte de lo que se acostumbra creer. Quizá sea una consecuencia de mi ocupación con el psicoanálisis la dificultad que experimento para mentir.

En cuanto trato de desfigurar algo, sucumbo a un error o a otro funcionamiento fallido cualquiera, por medio del que se revela mi insinceridad, como en los ejemplos anteriores ha podido verse.

El mecanismo del error parece ser el más superficial de todos los de los funcionamientos fallidos, pues la emergencia del error muestra, en general, que la actividad psíquica correspondiente ha tenido que luchar con una influencia perturbadora, pero sin que haya quedado determinada la naturaleza del error por la de la idea perturbadora, que permanece oculta en la oscuridad.

Añadiremos aquí que en muchos casos sencillos de equivocaciones orales o gráficas debe admitirse el mismo estado de cosas. Cada vez que al hablar o al escribir nos equivocamos, debemos deducir la existencia de una perturbación causada por procesos psíquicos exteriores a la intención; pero hay también que admitir que la equivocación oral o gráfica sigue con frecuencia las leyes de la analogía, de la comodidad o de una tendencia a la aceleración, sin que el elemento perturbador consiga imprimir su carácter propio a las equivocaciones resultantes.

El apoyo del material lingüístico es lo que hace posible la determinación de la falla, al mismo tiempo que le señala un límite.

Para que consten aquí algunos ejemplos de errores que no sean exclusivamente los míos personales, citaré todavía unos cuantos, que hubiera podido incluir igualmente entre las equivocaciones orales o los actos de término erróneo, pero que, dada la equivalencia de todas estas clases de rendimientos fallidos, no importa que sean incluidos en cualquiera de ellas.

5) En una ocasión prohibí a un paciente mío que hablara por teléfono con su amante, con la que él mismo deseaba romper, para evitar que cada nueva conversación hiciera más difícil la lucha interior que sostenía.

Estaba ya decidido a comunicarle por escrito su irrevocable decisión, pero encontraba dificultades para hacer llegar la carta a sus manos.

En esta situación, me visitó un día a la una de la tarde para comunicarme que había encontrado un medio de salvar dichas dificultades y preguntarme, entre otras cosas, si le permitía referirse a mi autoridad médica.

A las dos, hallándose escribiendo la carta de ruptura, se interrumpió de repente y dijo a su madre: «Se me ha olvidado preguntar al doctor si debo dar su nombre en la carta.» A continuación fue al teléfono, pidió un número y, cuando le pusieron en comunicación, preguntó: «¿Podría decirme si el señor doctor recibe en consulta después del almuerzo?» La respuesta fue un asombrado «¿Te has vuelto loco, Adolfo?», pronunciado con aquella voz que yo le había prohibido volver a oír.

Se había «equivocado» al pedir la comunicación y había dado el número de su amante en vez del número del médico.

6) Una señora joven tenía que visitar a una amiga suya, recién casada, que vivía en la calle de Habsburgo (Habsburgergasse).

Al referirse a esto durante la comida se equivocó y dijo que tenía que ir a la calle de Babenberg (Babenbergergasse).

Sus familiares se echaron a reír al oírla, haciéndole notar su error, o, si se quiere, su equivocación oral. Dos días antes se había proclamado la República en Viena; los colores nacionales, amarillo y negro, habían sido sustituidos por los antiguos , rojo, blanco, rojo, y los Habsburgos habían sido destronados. La señora introdujo esta modificación en las señas de su amiga.

En efecto, existe en Viena, y es muy conocida, una avenida de Babenberg (Babenbergerstrasse), pero ningún vienés la denominaría calle (Gasse).

7) En un lugar de veraneo, el maestro de escuela, un joven pobre como las ratas, pero de apuesta figura, hizo la corte a la hija de un propietario de la ciudad, que poseía allí una villa, consiguiendo enamorar a la muchacha de tal modo, que logró arrancar a sus padres el consentimiento para la boda, a pesar de la diferencia de posición y raza existente entre los novios.

Así las cosas, el maestro escribió a su hermano una carta en la que le decía lo siguiente: «La tal muchacha no es nada bonita, pero sí muy amable, y con ello me basta. Lo que no te puedo decir aún es si me decidiré o no a casarme con una judía.» Esta carta llegó a manos de la novia al mismo tiempo que el hermano se quedaba asombrado ante las ternezas amorosas que contenía la carta por él recibida.

El que me relató este caso me aseguró que se trataba realmente de un error y no de una astucia encaminada a provocar la ruptura. También he conocido otro caso similar en el que una anciana señora, descontenta de su médico y no queriendo decírselo francamente, utilizó este medio de cambiar las cartas para alcanzar su objeto, y esta vez sí puedo testimoniar que fue el error y no una astucia consciente lo que se sirvió de la conocida estratagema de comedia.

8.) Brill relata el caso de una señora que, al preguntar a otra por la salud de una amiga común, la designó por su nombre de soltera. Al llamarle la atención sobre su error tuvo que confesar que no le era simpático el marido de su amiga y que el matrimonio de ésta le había disgustado.

9) Un caso de error que puede ser también considerado como de equivocación oral: un hombre joven fue a inscribir en el Registro el nacimiento de su segunda hija. Preguntado por el nombre que le iba a poner, respondió que Ana a lo cual repuso el empleado que cómo le ponía el mismo que a su primera hija. Como puede comprenderse, no era ésta su intención y rectificó el nombre en el acto, debiendo deducirse de tal error que la segunda hija no había sido tan bien recibida como la primera.

10) Añado aquí algunas otras observaciones de cambio de nombres, que pudieran también haber sido incluidas en otros capítulos de este libro. Una señora tenía tres hijas, de las cuales dos se hallaban casadas hacía ya largo tiempo, mientras que la tercera esperaba aún la llegada del marido que el Destino le designase. Una amiga suya había hecho a las hijas casadas, en ocasión de su matrimonio, un igual regalo, consistente en un valioso servicio de plata para té.

Siempre que la madre hablaba de este utensilio nombrada equivocadamente como dueña de él a la hija soltera. Se ve con toda claridad que este error expresa el deseo de la madre de ver casada a la hija que le queda. Supone, además, que también había de recibir el mismo regalo de boda.

Análogamente fáciles de interpretar son los frecuentes casos en que una madre confunde los nombres de sus hijas, hijos, yernos y nueras.

11) De una autoobservación del señor J. G., verificada durante su estancia en un sanatorio, tomo el siguiente precioso ejemplo de tenaz confusión de nombres:

«Mientras cenaba en el sanatorio dirigí, en el curso de una conversación que me interesaba poco y que era llevada en un tono por completo superficial, una frase especialmente amable a mi vecina de mesa. Esta, una soltera ya algo madura, no pudo por menos de observar que aquella frase mía era una excepción, pues no solía mostrarme de costumbre tan amable y galante con ella; observación que era, por un lado, muestra de sentimiento y, por otro, un alfilerazo dirigido a otra muchacha que ambos conocíamos y a la que yo solía mostrar más atención. Como es natural, comprendió en seguida la alusión. En el transcurso de la conversación que después se desarrolló tuve que hacerme llamar varias veces la atención por mi interlocutora, cosa que me fue harto penosa, por haber confundido su nombre con el de la otra muchacha, a la que no sin razón consideraba ella como su feliz rival.»

12) Como un caso de «error» expondré aquí un suceso, grave en el fondo, que me fue relatado por un testigo presencial. Una señora había estado paseando por la noche con su marido y dos amigos de éste. uno de estos últimos era su amante, circunstancia que los otros dos personajes ignoraban y no debían descubrir jamás. Los dos amigos acompañaron al matrimonio hasta la puerta de su casa y comenzaron a despedirse mientras esperaban que vinieran a abrir la puerta. La señora saludó a uno de los amigos dándole la mano y dirigiéndole unas palabras de cortesía. Luego se cogió del brazo de su amante y, volviéndose a su marido, quiso despedirse de él en la misma forma.

El marido entró en la situación y, quitándose el sombrero, dijo con exquisita cortesía:

«A los pies de usted, señora.»

La mujer, asustada, se desprendió del brazo del amante y, antes que se abriera la puerta de su casa, tuvo aún tiempo de decir: «¡Parece mentira que pueda pasarle a uno una cosa así!» El marido era de aquellos que tienen por imposible una infidelidad de su mujer. Repetidas veces había jurado que en un caso tal peligraría más de una vida.

Así, pues, poseía los más fuertes obstáculos internos para llegar a darse cuenta del desafío que el error de su mujer constituía.

13) He aquí un error cometido por un paciente mío y que, por repetirse después en sentido inverso, resulta especialmente instructivo: Tras una larga lucha interior se había decidido el joven a contraer matrimonio con una muchacha que le quería y a la que también él amaba.

El día en que le comunicó su resolución la acompañó hasta su casa, se despidió de ella y tomó un tranvía, en el cual pidió al cobrador dos boletos.

Medio año después, ya casado, siente que no puede acostumbrarse a la vida conyugal, duda de si ha hecho bien en casarse, echa de menos sus amistades de soltero y tiene mil cosas que reprochar a sus suegros. Una tarde fue a casa de éstos a recoger a su mujer, subió con ella en un tranvía y al acercarse al cobrador le pidió un solo boleto.

14) Maeder nos relata un precioso ejemplo de cómo por medio de un error puede satisfacerse un deseo reprimido a disgusto («Nouvelles contributions», etcétera, en Arch. de Psych., VI, 1908):

«Un colega deseaba gozar por entero, y sin tener que ocuparse de nada, de un día de vacaciones, pero tenía precisamente que hacer una visita poco agradable en Lucerna, y después de largas vacilaciones se decidió ir a dicha ciudad. Para distraerse durante el viaje de Zurich a Goldau se puso a leer los periódicos.

Al llegar a Goldau cambió de tren y prosiguió su lectura. Ya en marcha el tren, el revisor le advirtió que se había equivocado en el transbordo y, en vez de tomar el tren que iba a Lucerna, había subido en otro que regresaba a Zurich

15) El doctor V. Tausk comunica, bajo el título Rutas falsas, un intento análogo, pero fracasado, de realización de un deseo reprimido por medio de un error (Internat. Zeitschrift f. derztl. Psychoanalyse, IV, 1916-17):

«Durante la campaña vine una vez desde el frente a Viena con permiso, y un antiguo cliente mío que se enteró de mi estancia en la capital me avisó para que fuese a visitarle, pues se hallaba enfermo en cama.

Accedí a su petición y fui a verle, permaneciendo dos horas en su casa.

Al despedirme me preguntó el enfermo cuánto me debía por mi visita. -Estoy aquí sólo por unos días, hasta que acabe mi permiso -le contesté- y no visito ni ejerzo mi profesión durante ellos. Considere usted mi visita como un servicio amistoso.

El enfermo vaciló en aceptar mi oferta, sintiendo que no tenía derecho a considerar un servicio profesional como un favor gratuito; pero, por último, se decidió a hacerlo así, expresando, con una cortesía que le dictó su satisfacción ante el ahorro de su dinero, que, siendo yo perito en psicoanálisis, debía obrar siempre con acierto.

A mí mismo me entraron también pocos momentos después ciertas sospechas sobre la sinceridad de mi generosa conducta, y asaltado de dudas -que apenas admitían una solución equívoca-, tomé el tranvía eléctrico de la línea X. Después de un corto viaje en este tranvía debía apearme de él para tomar el de la línea Y.

Mientras esperaba que llegase este último olvidé la cuestión de mis honorarios y comencé a pensar en los síntomas que el paciente presentaba. Entre tanto llegó el tranvía que yo esperaba y monté en él.

Mas en la primera parada tuve que apearme, pues, por error y sin darme cuenta, había tomado, en vez de un tranvía de la línea Y, uno de la línea X, que pasaba en dirección contraria y me hacía regresar, por tanto, hacia la casa del paciente al que no había querido cobrar honorarios ningunos. Mi inconsciente, en cambio, quería ir a buscar tales honorarios.»

16) En una ocasión llevé yo también a cabo una habilidad semejante a la del sujeto del ejemplo

14. Había prometido a mi hermano mayor irle a visitar durante el verano a una playa de la costa inglesa en la que él se hallaba y dado el poco tiempo de que podía disponer, me había obligado a hacer el viaje por el camino más corto y a no detenerme en ningún punto. Pedí a mi hermano que me concediera quedarme un día en Holanda, pero me lo negó, diciendo que después, al regresar, podía hacer lo que me pareciese.

Así, pues, emprendí mi viaje desde Munich, pasando por Colonia, hasta Rotterdam y Hook, de donde, a medianoche, salía un barco para Harwich.

En Colonia tenía que cambiar de tren, para tomar el rápido de Rotterdam. Descendí de mi vagón y me puse a buscar dicho rápido, sin lograr descubrirlo en parte alguna.

Pregunté a varios empleados, fui enviado de un andén para otro, caí en una exagerada desesperación y, al cabo de todo esto, pude suponer que durante mis vanas investigaciones debía ya de haber salido el tren buscado.

Cuando ello me fue confirmado reflexioné si debía quedarme aquella noche en Colonia, cosa a la que, entre otros motivos, me inducía un sentimiento familiar, pues, según una vieja tradición nuestra, unos antepasados míos se habían refugiado en esta ciudad huyendo de una persecución contra los judíos.

Sin embargo, resolví tomar un tren posterior para Rotterdam, adonde llegué muy entrada la noche, y, por tanto, tuve que pasar todo el día siguiente en Holanda.

Esta estancia me permitió realizar un deseo que abrigaba hacía ya mucho tiempo: el de admirar los magníficos cuadros de Rembrandt existentes en La Haya y en el Museo Real de Amsterdam. Hasta la mañana siguiente, cuando, durante el viaje en un tren inglés, pude resumir mis impresiones, no surgió en mí el indudable recuerdo de haber visto en la estación de Colonia, a pocos pasos del sitio donde me apeé del tren y en el mismo andén, un gran cartel con la indicación «Rotterdam-Hook de Holanda».

Allí esperaba con seguridad el tren en el que había debido continuar mi viaje.

Si no se quiere admitir que, contra las órdenes de mi hermano, quería a toda costa admirar los cuadros de Rembrandt en mi viaje de ida, habrá que considerar el incidente como una inexplicable «ceguera» mía.

Todo lo restante, mi bienfingida perplejidad y la emergencia de la pía intención familiar de quedarme aquella noche en Colonia, fue tan sólo un dispositivo destinado a encubrir mi propósito hasta que hubiera sido ejecutado por completo.

17) J. Stärcke expone (l. c.) otro caso observado en sí propio y en el que una «distracción» facilita la realización de un deseo al que el sujeto cree haber renunciado: «En una ocasión tenía que dar en un pueblo una conferencia con proyecciones de diapositivas. Tal conferencia había sido fijada para un día determinado y después aplazada por ocho días.

Este aplazamiento me fue comunicado en una carta, a la que contesté, anotando después en un memorándum la nueva fecha fijada. Debiendo ser la conferencia por la noche, me propuse llegar por la tarde a la localidad indicada para tener tiempo de hacer una visita a un escritor conocido mío que allí residía. Por desgracia, el día de la conferencia tuve por la tarde ocupaciones inexcusables y me fue preciso renunciar con gran sentimiento a la visita deseada.

Al llegar la noche cogí un maletín lleno de placas fotográficas para las proyecciones y salí a toda prisa hacia la estación. Para poder alcanzar el tren tuve que tomar un taxi. (Es cosa que me sucede con gran frecuencia; mi innata indecisión a veces me ha obligado a tomar un automóvil para alcanzar el tren.)

Al llegar a la localidad a que me dirigía me asombró no encontrar a nadie esperándome en la estación, según es costumbre cuando se va a dar una conferencia en tales pequeñas poblaciones. De pronto recordé que la fecha de la conferencia se había retrasado en una semana y que, siendo aquel día el primeramente fijado, había hecho un viaje inútil. Después de maldecir de todo corazón mis ‘distracciones’ pensé en tomar el primer tren para regresar a mi casa; pero, reflexionando, hallé que tenía una gran ocasión para hacer la visita deseada.

En el camino hacia la casa de mi amigo el escritor caí en que mi deseo de tener tiempo suficiente para visitarle era sin duda lo que había tramado toda aquella conspiración, haciéndome olvidar el aplazamiento de la conferencia.

Mi apresuramiento para alcanzar el tren y el ir cargado con el pesado maletín lleno de placas eran cosas que sirvieron para que la intención inconsciente quedase mejor oculta detrás de ellas.» No se estará quizá muy propicio a considerar esta clase de errores aquí explicados como muy numerosos e importantes. Pero he de invitar a los lectores a reflexionar si no se tiene razón para extender estas mismas consideraciones a la concepción de los más importantes errores de juicio que los hombres cometen en la vida y en la ciencia.

Sólo los espíritus más selectos y equilibrados parecen poder preservar la imagen de la realidad externa por ellos percibida de la desfiguración que sufre en su tránsito a través de la individualidad psíquica del perceptor.

Actos fallidos combinados

Dos de los ejemplos últimamente expuestos, mi error al transportar los Médicis a Venecia y el del joven paciente mío que supo transgredir mi prohibición de hablar con su amante por teléfono, no han sido, en realidad, descritos con toda precisión, y un examen más detenido nos lo muestra como una unión de un olvido con un error.

Esta misma unión puede señalarse con mayor claridad en otros ejemplos.

1) Un amigo mío me relató el siguiente suceso:

«Hace algunos años me presté a ser elegido miembro del Comité de una cierta Sociedad literaria, creyendo que ésta me ayudaría a lograr fuese representado un drama del que yo era autor, y aunque no me interesaba gran cosa, asistía con regularidad a las sesiones que dicha Sociedad celebraba todos los viernes.

Hace algunos meses quedó asegurada la representación de uno de mis dramas en el teatro F., y desde entonces olvidé siempre acudir a las referidas sesiones.

Cuando leí su libro de usted sobre estas cuestiones me avergonzé de mi olvido, reprochándome haber abandonado a mis consocios ahora que ya no necesitaba de ellos, y resolví no dejar de asistir a la reunión del viernes siguiente. Recordé de continuo este propósito hasta que llegó el momento de realizarlo y me dirijí al domicilio social.

Al llegar ante la puerta del salón de actos me sorprendió verla cerrada. La reunión había celebrado ya y nada menos que dos días antes.

Me había equivocado de día y había ido en domingo.»

2) El ejemplo siguiente es una combinación de un acto sintomático, con una pérdida temporal de un objeto, y ha llegado a mi conocimiento muy indirectamente, pero por conducto fidedigno. Una señora hizo un viaje a Roma con su cuñado, artista de gran fama.

Este fue muy festejado por los alemanes residentes en dicha ciudad, y, entre otros regalos, recibió el de una antigua medalla de oro. La señora vio con disgusto que su cuñado no sabía apreciar el valor del artístico presente. Días después llegó a Roma su hermana, y ella retornó a su casa.

Al deshacer el equipaje vio con sorpresa que -sin saber cómo- había metido en él la preciada medalla, e inmediatamente escribió a su cuñado comunicándoselo y anunciándole a su día siguiente se la restituiría, enviándosela a Roma. Pero cuando quiso hacerlo halló que había «perdido» u «ocultado» la medalla con tanta habilidad que por más que hizo no le fue posible encontrarla.

Entonces sospechó la señora lo que su «distracción» significaba; esto es, su deseo de conservar el objeto para sí.

3) He aquí unos cuantos casos en que el acto fallido se repite tenazmente, cambiando cada vez de medios: Jones (l. c., pág. 483): Por motivos desconocidos para él, había Jones dejado sobre su mesa, durante varios días, una carta, sin acordarse de echarla.Por último, se decidió a hacerlo, pero al poco tiempo le fue devuelta por las oficinas de Correos, a causa de habérsele olvidado consignar las señas. Corregida esta omisión, echó la carta, olvidándose esta vez de ponerle el sello. Después de esto no pudo dejar ya de ver su repugnancia a mandar dicha carta.

4) En una pequeña comunicación del doctor Karl Weiss (Viena) sobre un caso de olvido se describen muy precisamente los inútiles esfuerzos que se llevan a cabo para ejecutar un acto al que se opone una íntima resistencia (Zentralblatt für Psychoanalyse, II, 9):

«El caso siguiente constituye una prueba de la persistencia con que lo inconsciente sabe llegar a conseguir su propósito cuando tiene algún motivo para impedir llegue a ejecución una intención determinada y de lo difícil que es asegurarse contra tales tendencias. Un conocido mío me rogó que le prestase un libro y que se lo llevase al siguiente día.

Accedí en el acto a su petición, sintiendo, sin embargo, un vivo disgusto cuya causa no pude explicarme al principio, pero que después se me apareció claramente.

El tal sujeto me debía hacía muchos años una cantidad que, por lo visto, no pensaba devolverme. Recordando esto, dejé de pensar en la cuestión para no volverla a recordar, por cierto con igual sentimiento de disgusto, hasta la mañana siguiente.

Entonces me dije: ‘Tu inconsciente ha de laborar para que olvides el libro. Pero tú no querrás parecer poco amable y, por tanto, harás todo lo posible para no olvidarlo.’

Al llegar a casa envolví el libro en un papel y lo dejé junto a mí, sobre la mesa, mientras escribía unas cartas. Pasado un rato me levanté y me marché.

A poco recordé que había dejado sobre la mesa las cartas que pensaba llevar al correo. (Advertiré de paso que en una de éstas me había visto obligado a decir algo desagradable a una persona de la que en una futura ocasión había de necesitar.)

Di la vuelta, recogí las cartas y volví a salir. Yendo ya en un tranvía, recordé que había prometido a mi mujer hacer una compra para ella y me satisfizo el pensar que no me causaría molestia ninguna complacerla, por ser poco voluminoso el paquete del que tenía que hacerme cargo.

Al llegar a este punto surgió de repente la asociación ‘paquete-libro’, y eché de ver que no llevaba este último.

Así, pues, no sólo lo había olvidado la primera vez que salí de casa, sino que tampoco lo había visto al recoger las cartas que se hallaban junto a él.»

5) Iguales elementos hallamos en la siguiente observación de Otto Rank, penetrantemente analizada (Zentralblatt für Psychoanalyse, II, 5, 1912):

«Un individuo ordenado hasta la exageración y ridículamente metódico me relató la siguiente aventura que, dada su manera de ser, consideraba en absoluto extraordinaria. Una tarde, yendo por la calle, quiso saber la hora, y al echar mano al reloj vio que se lo había dejado en su casa, olvido en el que no recordaba haber incurrido nunca.

Teniendo aquella tarde misma una cita, a la que deseaba acudir con toda puntualidad, y no quedándole ya tiempo para regresar a su casa en busca del reloj, aprovechó una visita que hizo a una señora amiga suya para rogarle le prestase uno, cosa tanto más hacedera cuanto que habían quedado en verse a la mañana siguiente a este día y, por tanto, podía entonces devolverle su reloj, como así lo prometió al tomarlo.

Cuando, en efecto, a la siguiente mañana, fue a casa de la señora para efectuar la devolución prometida, vio con sorpresa que se había dejado en casa el reloj de la señora y, en cambio, había cogido el suyo propio.

Entonces se propuso firmemente no dejar de llevárselo aquella misma tarde y cumplió su propósito; pero al salir de casa de la señora y querer mirar la hora vio, ya con infinito asombro y enfado, que si se había acordado de traer el reloj prestado, había, en cambio, olvidado coger el suyo.

Esta repetición de actos fallidos pareció al metódico y ordenado sujeto de un carácter tan patológico que me expresó su deseo de conocer su motivación psíquica.

Estos motivos se encontraron en seguida, en cuanto en el interrogatorio psicoanalítico se llegó a la pregunta de si en el día crítico del primer olvido le había sucedido algo desagradable.

A esta pregunta contestó el sujeto relatando que después de almorzar, y pocos momentos antes que saliera a la calle dejándose olvidado el reloj, había tenido una conversación con su madre en la que ésta le había contado que un pariente suyo, persona un tanto ligera y que ya le había costado muchas preocupaciones y desembolsos, había empeñado el reloj y luego había venido a solicitar dinero para sacarlo, diciendo que lo necesitaban en su casa.

Esta manera, un tanto forzada, de sacarle el dinero había disgustado mucho a nuestro individuo y le había recordado, además, todas las contrariedades que desde muchos años atrás venía causándole el citado pariente.

Su acto sintomático muestra, por tanto, múltiples determinantes.

En primer lugar, constituye la expresión de una serie de pensamientos que viene a decir: ‘No me dejo yo sacar el dinero por tales medios, y si para ello es necesaria la intervención de un reloj, llegaré hasta dejar en casa el mío propio.’

Mas como necesitaba su reloj para llegar con puntualidad a la cita que tenía aquella misma tarde, la intención expresada por dichos pensamientos no podía lograrse sino de una manera inconsciente, o sea por medio de un acto sintomático.

En segundo lugar, el olvido expresa algo como: ‘Los continuos desembolsos que tengo que hacer por causa de ese inútil acabarán por arruinarme y hacerme dar todo lo que tengo.’

Aunque, según la declaración del interesado, su enfado ante el incidente fue tan sólo momentáneo, la repetición del acto sintomático muestra que dicho sentimiento continuó actuando con intensidad en lo inconsciente, de un modo análogo a cuando con completa conciencia se dice:

‘Esto o aquello no se me quita de la cabeza’.

Después de conocer esta actitud de lo inconsciente no puede extrañarnos que el reloj de la señora corriera luego igual suerte, aunque quizá esta transferencia sobre el ‘inocente’ reloj femenino fuera también favorecida por motivos especiales, de los cuales el más próximo es el de que al sujeto le hubiera probablemente gustado conservarlo en sustitución del suyo, que ya consideraba haber sacrificado, siendo ésta la causa de que olvidara devolverlo a la mañana siguiente. Quizá también hubiera deseado quedarse con el reloj como un recuerdo de la señora.

Aparte de todo esto, el olvido del reloj femenino le proporcionaba ocasión de hacer una segunda visita a su dueña, por la que sentía cierta inclinación. Teniendo de todas maneras que verla por la mañana, por haberlo acordado así con anterioridad, y para asunto en el que nada tenía que ver la devolución del reloj, le parecía rebajar la importancia que él concedía a dicha visita, utilizándola para entregar el objeto prestado.

El doble olvido del propio reloj y la devolución del ajeno, hecha posible por el segundo olvido del otro, parecen revelar que nuestro hombre evitaba inconscientemente llevar ambos relojes a la vez, cosa que consideraba como una ostentación superflua que había de contrastar con la estrechez económica de su pariente. Por otro lado, ello constituía una autoadmonición ante su aparente deseo de contraer matrimonio con la referida señora, admonición que había de recordarle los inexcusables deberes que le ligaban a su familia (a su madre).

Otra razón más para el olvido del reloj femenino puede buscarse en el hecho de que la noche anterior había temido que sus conocidas, que le sabían soltero, le vieran sacar un reloj de señora, y, por tanto, se había visto obligado a mirar la hora a hurtadillas, situación embarazosa en la que no quería volver a encontrarse y que evitaba dejándose el reloj en casa.

Pero como tenía que cogerlo para devolverlo, resulta también aquí un acto sintomático, inconsciente ejecutado, que demuestra ser una formación transaccional entre sentimientos emocionales en conflicto, y una victoria, caramente pagada, de la instancia inconsciente.» He aquí algunas observaciones de J. Stärcke (1916) [Ejemplos 6, 7 y 8]:

6) Pérdida temporal, rotura y olvido como expresión de una repugnancia reprimida.

«En una ocasión me pidió mi hermano que le prestara unas cuantas fotografías de una colección que yo había reunido para ilustrar un trabajo científico: fotografías que él pensaba utilizar como proyecciones en una conferencia.

Aunque por un momento tuve el pensamiento de que preferiría que nadie utilizase o publicase aquellas reproducciones, que tanto trabajo me había costado reunir, hasta que yo hubiera podido hacerlo por mí mismo, le prometí, sin embargo, buscar las negativas de las fotografías que necesitaba y sacar de ellas positivas para la linterna de proyección.

Pero cuando me dediqué a buscar las negativas me fue imposible dar con ninguna de las que me había pedido. Revisé todo el montón de cajas de placas que contenían asuntos referentes a la materia de que iba a tratar mi hermano y tuve en la mano más de doscientas negativas, sin encontrar las deseadas, cosa que me hizo suponer que no me hallaba, en realidad, nada dispuesto a acceder a lo que de mí se había solicitado.

Después de adquirir conciencia de este pensamiento y luchar con él, observé que había puesto a un lado, sin revisar su contenido, la primera caja de las que formaban el montón, y precisamente esta caja era la que contenía las negativas tan buscadas.

Sobre la tapa tenía una corta inscripción, que señalaba su contenido; inscripción que yo debía, probablemente, haber visto con una rápida mirada antes de apartar la caja a un lado.

Sin embargo, la idea contradictoria no pareció quedar vencida, pues sucedieron todavía mil y un accidentes antes de enviar las positivas a mi hermano. Una de ellas la rompí, apretándola entre los dedos, mientras la limpiaba por la parte del cristal (jamás antes había yo roto de esta manera ninguna placa). Luego, cuando hube hecho un nuevo ejemplar de esta misma placa, se me cayó de las manos y no se rompió porque extendí un pie y la recibí en él.

Al montar las positivas en el depósito de la linterna de proyecciones se cayó aquél al suelo con todo su contenido, aunque, por fortuna, no se rompió nada. Por último, pasaron muchos días antes que lograra embalar todos los dispositivos y expedirlos definitivamente, pues, aunque todos los días hacía el firme propósito de verificarlo, todos los días se me volvía a olvidar.»

7) Olvido repetido y acto fallido en la ejecución definitiva del acto olvidado.

En una ocasión tenía que enviar una postal a un conocido mío y lo fui olvidando durante varias fechas consecutivas. La causa de tales olvidos sospechaba yo fuese la siguiente: El referido sujeto me había comunicado en una carta que en el transcurso de aquella semana vendría a visitarme una persona a la que yo no tenía muchos deseos de ver. Una vez pasada dicha semana, y cuando ya se había alejado la perspectiva de tal visita, escribí, por fin, la postal debida, en la cual fijaba la hora en que se me podía ver.

Al escribirla quise comenzar diciendo que no había contestado antes por pesar sobre mí una gran cantidad de trabajo acumulado y urgente (Druckwerk); pero, por último, no dije nada de esto, pensando que nadie presta ya fe a tan vulgar excusa.

Ignoro si esta pequeña mentira que por un momento me propuse decir tenía o no forzosamente que surgir a la luz; pero el caso es que cuando eché la postal en el buzón, la introduje, por error, en la abertura destinada a los impresos (Druckwerk-Drucksachen).»

8.) Olvido y error. Una muchacha fue una mañana que hacía un tiempo hermoso al «Ryksmuseum», con el fin de dibujar en él.

Aunque le hubiera gustado más salir a pasear y gozar de la hermosa mañana, se había decidido a ser aplicada y dibujar afanosamente.

Ante todo, tenía que comprar el papel necesario. Fue a la tienda, situada a unos diez minutos del Museo, y compró lápices y otros útiles de dibujo, pero se le olvidó el papel. Luego se dirigió al Museo, y cuando ya lo había preparado todo y se sentó ante el tablero, dispuesta a empezar, se dio cuenta de su olvido, teniendo que volver a la tienda para subsanarlo.

Una vez hecho esto se puso por fin a dibujar, avanzando con rapidez en su trabajo hasta que oyó dar al reloj de la torre del Museo una gran cantidad de campanadas, y pensó:

«Deben de ser ya las doce.»

Luego continuó trabajando hasta que el reloj dio otras campanadas, que la muchacha pensó ser las correspondientes a las doce y cuarto.

Entonces recogió sus bártulos y decidió ir paseando a través de un parque hacia casa de su hermana y tomar allí el café.

Al llegar frente al Museo Suasso vio con asombro que, en vez de las doce y media, no eran todavía más que las doce. Lo hermoso y atractivo de la mañana habían engañado a su deseo de trabajar y le habían hecho creer, al dar las once y media, que la hora que daba eran las doce, sin dejarla caer en la cuenta de que los relojes de torre dan también, al señalar los cuartos de hora, la hora que a éstos corresponde.»

9) Como ya lo demuestran algunas de las observaciones antes expuestas la tendencia inconscientemente perturbadora puede también conseguir su propósito, repitiendo con tenacidad la misma clase de funcionamiento fallido.

Como ejemplo de este caso transcribiré una divertida historia, contenida en un librito titulado Frank Wedekind y el teatro, publicado por la casa editorial Drey Masken, de Munich, advirtiendo que dejo al autor de tal libro toda la responsabilidad de la historieta, contada a la manera de Mark Twain.

En la escena más importante de la pieza en un acto La censura, de Wedekind, aparece la frase «El miedo a la muerte es un error intelectual» (Denkfehler).

El autor, que sentía especial predilección por esta escena, rogó en el ensayo al actor a quien correspondía decir esa frase que antes de las palabras «error intelectual» (Denkfekler) hiciera una pequeña pausa.

En la representación, el actor entró por completo en su papel y observó la pausa prescrita, pero pronunció la frase en un tono festivo y dijo erróneamente:

«El miedo a la muerte es una errata» (Druckfekler). Cuando al finalizar la obra preguntó el actor a Wedekind si estaba satisfecho de su interpretación del personaje, le contestó que no tenía nada que objetarle, pero que la frase referida era «El miedo a la muerte es un error intelectual (Denkfehler), y no una errata (Druckfekler).»

A la siguiente representación de La censura dijo el actor en el mismo tono festivo:

«El miedo a la muerte es un memorándum» (Denkzettel). Wedekind colmó de elogios a su intérprete; pero, de pasada y como cosa secundaria, le advirtió que la frase no decía que el miedo a la muerte era un memorándum, sino un error intelectual.

A la noche siguiente volvió a representarse La censura, y el actor, que ya había trabado amistad con Wedekind y había estado hablando con él sobre cuestiones de arte, volvió a decir con su gesto más festivo: «El miedo a la muerte es un impreso» (Druckzettel).

El cómico volvió a obtener la más calurosa aprobación del autor, y la obra se representó muchas veces más, pero Wedekind tuvo que renunciar a oír la palabra Denkfehler.

Rank (19121915) ha dedicado también su atención a las interesantísimas relaciones entre el acto erróneo y el sueño (Zentralblatt für Psychoanalyse e Internat. Zeitschrift für Psychoanal., III, 1915), relaciones que no pueden descubrirse sin un penetrante y detenido análisis del sueño, que se agrega al acto fallido.

En una ocasión soñé, dentro de un más largo contexto, que había perdido mi portamonedas.

A la mañana siguiente lo eché, en efecto, de menos al vestirme. La noche anterior, al desnudarme, se me había olvidado sacarlo del bolsillo del pantalón y colocarlo en el sitio en que acostumbraba hacerlo.

Así, pues, este olvido no me había pasado inadvertido, y probablemente estaba destinado a dar expresión a un pensamiento inconsciente, que se hallaba dispuesto para emerger en el sueño.

No quiero afirmar que estos casos de actos fallidos combinados puedan enseñarnos algo nuevo que no pudiéramos ver ya en los actos fallidos simples; pero de todos modos, esta metamorfosis del acto fallido da, alcanzando igual resultado, la impresión plástica de una voluntad que tiende hacia un fin determinado y contradice aún más enérgicamente la concepción de que el acto fallido sea puramente casual y no necesitado de explicación alguna.

No es menos notable el hecho de que en los ejemplos expuestos sea imposible, para el propósito consciente, impedir el éxito del acto fallido. Mi amigo no consiguió asistir a la sesión de la sociedad literaria y la señora no pudo separarse de la medalla.

Aquello desconocido que se opone a estos propósitos encuentra siempre una salida cuando se le obstruye el primer camino. Para dominar el motivo desconocido es necesario algo más que la contrarresolución consciente; es necesaria una labor psíquica que convierta lo desconocido en conocido a la conciencia.

Determinismo, creencia en la casualidad y en la superstición.

Consideraciones

Como resultado general de todo lo expuesto puede enunciarse el siguiente principio: Ciertas insuficiencias de nuestros funcionamientos psíquicos – cuyo carácter común determinaremos a continuación más precisamente- y ciertos actos aparentemente inintencionados se demuestran motivados y determinados por motivos desconocidos de la conciencia cuando se los somete a la investigación psicoanalítica.

Para ser incluido en el orden de fenómenos a los que puede aplicarse esta explicación, un funcionamiento psíquico fallido tiene que llenar las condiciones siguientes:

a) No exceder de cierta medida fijamente establecida por nuestra estimación y que designamos con los términos «dentro de los límites de lo normal».

b) Poseer el carácter de perturbación momentánea y temporal. Debemos haber ejecutado antes el mismo acto correctamente o sabernos capaces de ejecutarlo así en toda ocasión. Si otras personas nos rectifican al presenciar nuestro acto fallido, debemos admitir la rectificación y reconocer en seguida la incorrección de nuestro propio acto psíquico.

c) Si nos damos cuenta del funcionamiento fallido, no debemos percibir la menor huella de una motivación del mismo, sino que debemos inclinarnos a explicarlo por «inatención» o como «casualidades». Quedan, pues, incluidos en este grupo los casos de olvido, los errores cometidos en la exposición de materias que nos son perfectamente conocidas, las equivocaciones en la lectura y las orales y gráficas, los actos de término erróneo y los llamados actos casuales, fenómenos todos de una gran analogía interior. La explicación de todos estos procesos psíquicos tan definidos está ligada con una serie de observaciones que poseen en parte un interés propio.

A.- No admitir la existencia de representaciones de propósito definido como explicación de una parte de nuestros funcionamientos psíquicos supone desconocer totalmente la amplitud de la determinación en la vida psíquica.

El determinismo alcanza aquí, y también en otros sectores, mucho más allá de lo que sospechamos.

En 1900 leí un ensayo, publicado por el historiador de literatura R. M. Meyer en el Zeit, en el que se mantenía, ilustrándola con ejemplos, la opinión de que era completamente imposible componer intencionada y arbitrariamente algo falto en absoluto de sentido. Desde hace mucho tiempo sé que no es posible pensar un número ni un nombre con absoluta y total libertad voluntaria.

Si se examina una cantidad cualquiera y de cualquier número de cifras, pronunciada con una aparente arbitrariedad y sin relacionarla con nada, se demostrará su estricta determinación, cuya existencia no se creía posible.

Explicaré primero un ejemplo de nombre propio «arbitrariamente escogido» y luego otro análogo de una cifra «lanzada al azar».

1) Hallándome ocupado en redactar el historial de una paciente para publicarlo, me detuve a pensar qué nombre le daría a mi relato. La elección parecía fácil, dado el gran campo que para ella se me presentaba.

Algunos nombres quedaban desde luego excluidos, entre ellos el verdadero, los pertenecientes a personas de mi familia, los cuales no me hubiera agradado usar, y, por último algunos otros nombres femeninos poco o nada usuales.

Era, pues, de esperar, y así lo esperaba yo, que se presentara a mi disposición toda una legión de nombres de mujer.

Mas, en vez de esto, no emergió en mi pensamiento más que uno solo: Dora, sin que ningún otro lo acompañase.

Entonces me pregunté cuál sería su determinación ¿Quién se llamaba Dora? Mi primera ocurrencia fue la de que así se llamaba la niñera que estaba al servicio de mi hermana, ocurrencia que en un principio estuve a punto de rechazar como falsa. Pero poseo tanto dominio de mí mismo en estas cuestiones, o tanta práctica en analizar, que conservé con firmeza dicha idea y seguí dándole vueltas.

En seguida recordé un pequeño incidente ocurrido la noche anterior y que me reveló la determinación buscada.

Sobre la mesa del comedor de casa de mi hermana había visto una carta dirigida a la señorita Rosa W.

Extrañado, pregunté quién de la casa se llamaba así, y se me dijo que el verdadero nombre de la niñera, a la que llamaban Dora, era Rosa, pero que al entrar al servicio de mi hermana había tenido que cambiárselo para evitar confusiones, pues mi hermana se llamaba también Rosa.

Al oír esto había dicho yo compasivamente:

«¡Pobre gente! Ni siquiera pueden conservar su nombre.»

Como ahora recordaba, permanecí luego un rato en silencio y me abstraje en graves reflexiones, cuyo contenido se sumió después en la oscuridad, pero fácilmente pude luego hacer volver a la conciencia. Cuando al día siguiente comencé a buscar un nombre para una persona que no debía conservar el suyo propio no se me ocurrió otro que Dora.

Esta exclusividad reposaba en una firme conexión del contenido, pues en la historia de mi paciente intervenía con una influencia decisiva la persona de una sirvienta, un ama de llaves.

Este pequeño incidente tuvo años después una inesperada continuación.

Al exponer en cátedra la ya publicada historia patológica de la muchacha a quien yo había dado el nombre de Dora, se me ocurrió que una de las dos señoras que acudían a mis conferencias llevaba este mismo nombre, que tantas veces había yo de pronunciar en mis lecciones, ligándolo a las cosas más diversas, y me dirigí a mi joven colega, a la que conocía personalmente, con la excusa de que no había pensado en que se llamaba así, pero que estaba dispuesto a sustituir en mi conferencia dicho nombre por otro.

Tenía, pues, que escoger rápidamente otro nombre, y al hacerlo pensé que debía evitar elegir el de la otra oyente y dar de este modo a mis colegas, ya versados en psicoanálisis, un mal ejemplo.

Así, pues, me quedé muy satisfecho cuando, como sustitutivo de Dora, se me ocurrió el nombre de Erna, del cual hice uso en la conferencia.

Después de ésta me pregunté de dónde provendría tal nombre, y tuve que echarme a reír cuando vi que la posibilidad temida había vencido, por lo menos parcialmente, al escoger el nombre sustitutivo. La otra oyente se llamaba de apellido Lucerna, del cual es Erna una parte.

2) En una carta a un amigo mío le comunicaba que había dado fin a la corrección de mi obra LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS y que ya no cambiaría nada en ella, «aunque luego resultase que contenía 2.467 erratas».

En cuanto escribí esta frase intenté aclarar la aparición de la cifra en ella contenida y añadí a mi carta, en calidad de posdata, el pequeño análisis realizado.

Lo mejor será copiar aquí dicha posdata, tal y como fue escrita recién verificado el análisis:

«Añadiré brevemente una contribución más a la psicopatología de la vida cotidiana. Habrás encontrado en mi carta la cifra 2.467, como representativa de una jocosa estimación arbitraria de las erratas que podrán aparecer en la edición de mi INTERPRETACIóN DE LOS SUEÑOS.

Quería indicar una gran cantidad cualquiera y se presentó aquélla espontáneamente. Pero en lo psíquico no existe nada arbitrario ni indeterminado. Por tanto, esperarás, y con todo derecho, que lo inconsciente se haya apresurado en este caso a determinar la cifra que la conciencia había dejado libre.

En efecto, pero antes había leído en el periódico que el general E. M., persona que me inspira un determinado interés, había pasado a la reserva con el empleo de inspector general de Artillería.

En la época en que, siendo estudiante de Medicina, cumplía mi servicio militar en calidad de sanitario vino una vez E. M., entonces coronel, al hospital y dijo al médico:

‘Tiene usted que curarme en ocho días. Estoy encargado de una misión cuyo resultado espera el emperador.’

Desde aquel día me propuse seguir el curso de la carrera de aquel hombre, y he aquí que hoy (1899) ha llegado al fin de la misma y pasa a la reserva con el grado antes dicho.

Al leer la noticia quise calcular en cuánto tiempo había recorrido este camino y acepté como punto de partida el dato de que cuando le conocí en el hospital era el año 1882.

Habían, pues, pasado diecisiete años. Relaté todo esto a mi mujer, la cual observó:

‘Entonces tú también debías estar ya en el retiro’, ante lo que protesté exclamando:

‘¡Dios me libre!’ Después de esta conversación me puse a escribirte. La anterior cadena de pensamientos continuó, sin embargo, su camino, muy justificadamente por cierto, pues mi cálculo había sido erróneo.

Mi memoria me proporciona ahora un firmísimo punto de referencia, consistente en el prerrecuerdo de que celebré, estando arrestado por haberme ausentado sin permiso, mi mayoría de edad; esto es, el día en que cumplí los 24 años.

Por tanto, el año de mi servicio militar fue el de 1880, y desde entonces han transcurrido diecinueve años y no diecisiete, como creí primero.Ya tienes aquí el número 24, que forma parte de 2.467. Toma ahora el número de años que tengo hoy: 43; añade 24, y tendrás 67, la segunda parte de la cifra arbitraria.

Esto quiere decir que, al oír la pregunta de mi mujer sobre si desearía retirarme yo de la vida activa, me deseé en mi fuero interno veintitrés años de trabajo.

Seguramente me irritaba el pensamiento de que en el intervalo durante el cual había seguido el curso de la carrera del coronel M. no había hecho yo, por mi parte, toda la labor que hubiera deseado y, por otro lado, experimentaba una sensación como de triunfo al ver que para él había terminado todo, mientras que yo lo tenía aún ante mí.

Podemos, pues, decir con absoluto derecho que ni uno solo de los elementos de la cifra 2.467 carecía de su determinación inconsciente.» Después de este primer ejemplo de interpretación de una cantidad arbitrariamente elegida en apariencia, he repetido muchas veces igual experimento con idéntico resultado; pero la mayoría de tales casos son de un contenido tan íntimo, que no es posible publicarlo.

3) Por esta misma razón no quiero dejar de exponer aquí un interesantísimo análisis de «cantidad arbitraria», comunicado al doctor Alfred Adler (Viena) por un individuo conocido suyo y perfectamente sano: A. me escribe:

«Anoche me dediqué a leer la PSICOPATOLOGíA DE LA VIDA COTIDIANA, y la hubiera terminado si no me lo hubiera impedido una curiosa incidencia.

Al llegar a la parte en que se dice que todo número que con aparente arbitrariedad hacemos surgir de nuestra conciencia tiene una significación bien definida, resolví hacer una prueba de ello.

Se me ocurrió el número 1.734. Rápidamente aparecieron las siguientes asociaciones: 1.734 : 17 = 102; 102: 17 = 6. Después separé el número en 17 y 34. Tengo 34 años y, como ya creo haberle dicho a usted, considero esta edad como el último año de la juventud, lo cual hizo que el día de mi pasado cumpleaños me sintiera grandemente melancólico.

Al final de mis 17 años comenzó para mí un bello e interesante período de mi desarrollo espiritual. Tengo el principio de dividir mi vida en períodos de 17 años. ¿Qué significan, pues, las divisiones efectuadas? Mi asociación al número 102 fue el volumen 102 de la Biblioteca Universal Reclam, volumen que contiene la obra de Kotzebue titulada Misantropía y remordimientos.

Mi actual estado psíquico es en realidad de misantropía y remordimiento. El volumen número 6 de la Biblioteca (sé de memoria las obras que corresponden al número de orden de muchos volúmenes) contiene la Culpa, de Müllner.

El pensamiento de que por mi ‘culpa’ no he llegado a ser todo lo que conforme a mis aptitudes hubiera podido es algo que me atormenta de continuo. La asociación siguiente fue que el volumen número 34 de la Biblioteca Universal contenía una narración del mismo Müllner titulada Der Kaliber. Dividí esta palabra en Ka-liber, y mi primera asociación fue el pensamiento de que en ella se contenían otras dos, ‘Ali’ y ‘Kali’ (potasa).

Esto me recordó que una vez estaba jugando con mi hijo Ali, niño de seis años, a componer aleluyas y le dije que buscase una palabra que rimase con Ali. No se le ocurrió ninguna, y al pedirme que se la dijese yo, le hice la frase siguiente: «Ali se lava la boca con hipermanganato de potasa (Kali).’ Nos reímos los dos mucho de esta ocurrencia, y Ali fue muy bueno aquel día.

En estos últimos días me ha disgustado averiguar que mi hijo no ha sido un buen Ali (ka [kein] liber Ali).

Al llegar a este número me pregunté: ‘¿Qué obra es la contenida en el número 17 de la Biblioteca Universal?’, y no pude recordarla.

Sin embargo, estoy seguro de que antes lo sabía perfectamente y, por tanto, tuve que admitir que lo había querido olvidar por algún motivo. Todo esfuerzo para recordarlo fue inútil. Quise seguir leyendo, pero no pude hacerlo más que mecánicamente y sin conseguir enterarme de una sola palabra, pues el tal número 17 continuaba atormentándome.

Apagué la luz y seguí buscando. Por fin se me ocurrió que el volumen 17 tenía que contener una obra de Shakespeare. Pero ¿cuál? Se me vino a las mientes Hero y Landro, mas vi en seguida claramente que esta idea era tan sólo un insensato intento de mi voluntad de apartarme del camino. Resolví levantarme de la cama para consultar el catálogo de la B. U. y hallé en él que el volumen 17 contenía el Macbeth.

Para mi sorpresa descubrí que, a pesar de haber leído esta obra con igual detenimiento e interés que las demás tragedias shakespearianas, no recordaba casi nada de ella. Las asociaciones fueron tan sólo: asesino, lady Macbeth, hechiceras, ‘lo bello es feo’ y el recuerdo de haber hallado muy bella la traducción que de esta obra hizo Schiller.

Sin duda he querido olvidar el Macbeth. Después se me ocurrió aún que 17 y 34 divididos por 17 dan como cocientes 1 y 2, respectivamente. Los número 1 y 2 de la B. U. corresponden al Fausto, de Goethe.

Siempre he hallado en mí algo semejante a este personaje.» Debemos lamentar que la discreción del médico no nos haya permitido penetrar en la profunda significación de esta serie de asociaciones.

Adler observa que el sujeto no consiguió realizar la síntesis de su análisis. No nos habrían parecido éstas dignas de comunicarse si en su continuación no surgiese algo que nos da la clave para la comprensión del número 1.734 y de toda la serie de asociaciones: «Esta mañana me sucedió algo que habla muy en favor de la verdad de la teoría freudiana.

Mi mujer, a la que había despertado por la noche cuando me levanté a consultar el catálogo de la Biblioteca Universal, me preguntó qué es lo que había tenido que buscar en aquél a tales horas. Yo le relaté toda la historia, y ella encontró que todo aquello era un embrollo, menos -cosa muy interesante- lo referente a mi aversión hacia el Macbeth. Luego añadió que a ella no se le ocurría nada cuando pensaba en un número, y yo le respondí:

‘Vamos a hacer la prueba.’ Mi mujer nombró el número 117, y en cuanto lo oí repuse: ’17 está en relación con lo que te acabo de contar y, además, recuerda que ayer te dije:

Cuando una mujer tiene 82 años y su marido 35, el matrimonio resulta una equivocación irritante.’

Desde días atrás venía yo haciendo rabiar a mi mujer con la broma de que parecía una viejecita de 82 años. 82 + 35 = 117.»

El marido, que no había conseguido determinar su propio número, encontró, en cambio, inmediatamente la solución cuando su mujer le expresó otro, arbitrariamente elegido en apariencia.

En realidad, la mujer había hallado con gran acierto de qué complejo provenía el número de su marido y escogió el número propio tomándolo del mismo complejo, que con seguridad era común a ambos, dado que se trataba de la proporción de sus edades respectivas.

Ahora nos es ya fácil interpretar el número escogido por el marido. Como Adler indica, dicho número expresa un deseo reprimido de aquél, deseo que, totalmente desarrollado, diría lo siguiente:

«Para un hombre de treinta y cuatro años, como yo, lo que le conviene es una mujer de diecisiete.»

Con el fin de que no se piense demasiado despectivamente de estos «entretenimientos», añadiré aquí que, según me ha comunicado hace poco el doctor Adler, el individuo referido se separó de su mujer un año después de la publicación del anterior análisis.

Análogas explicaciones da Adler para el origen de números obsesivos.

4) La elección de los llamados «números favoritos» no deja tampoco de estar en relación con la vida del sujeto y presenta un cierto interés psicológico.

Un señor que reconocía su especial predilección por los números 17 y 19 pudo explicarla después de corta meditación, diciendo que a los diecisiete años fue cuando comenzó su independiente vida universitaria, durante largo tiempo deseada, y que a los diecinueve emprendió su primer viaje importante e hizo poco después de éste su primer descubrimiento científico.

La fijación de su predilección por dichos números no se verificó, sin embargo, hasta dos lustros después, cuando aquéllos adquirieron asimismo una relación importante con su vida erótica. También a aquellos números que con aparente arbitrariedad se pronuncian frecuentemente en relación con determinados contextos puede hallárseles, por medio del análisis, un sentido inesperado.

Así sucedió a uno de mis clientes, que solía exclamar cuando se hallaba impaciente o disgustado; «Esto te lo he dicho ya diecisiete o treinta y seis veces», y quiso saber si para la aparición constante de dichas cifras de la misma clase existía alguna motivación.

En cuanto reflexionó sobre ello se le ocurrió que había nacido el día 27 de un mes y su hermano menor el 26 de otro, yque podía quejarse de que el Destino le había robado muchos bienes vitales para concedérselos a su hermano pequeño.

Así pues, representaba esta parcialidad del Destino restando diez de la fecha de su nacimiento y agregándolos a la de su hermano. «Soy el mayor y, sin embargo, he sido disminuido.»

Haz clic aquí para suscribirte y recibir notificaciones de nuevos posts por email

agosto 2009
L M X J V S D
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31  
A %d blogueros les gusta esto: