Planeta Freud

Archive for agosto 4th, 2009

freudCuando el individuo, a medida de su crecimiento, libérase de la autoridad de sus padres, incurre en una de las consecuencias más necesarias, aunque también una de las más dolorosas que el curso de su desarrollo le acarrea.

Es absolutamente inevitable que dicha liberación se lleve a cabo, al punto que debe haber sido cumplida en determinada medida por todo aquel que haya alcanzado un estado normal.

Hasta el progreso mismo de la sociedad reposa esencialmente sobre esta oposición de las generaciones sucesivas. Por otra parte, existe cierta clase de neuróticos cuyo estado se halla evidentemente condicionado por el fracaso ante dicha tarea. Para el niño pequeño los padres son, al principio, la única autoridad y la fuente de toda fe.

El deseo más intenso y decisivo de esos años infantiles es el de llegar a parecérseles – es decir, al progenitor del propio sexo -; el deseo de llegar a ser grande, como el padre y la madre.

Pero a medida que progresa el desarrollo intelectual es inevitable que el niño descubra poco a poco las verdaderas categorías a las cuales sus padres pertenecen. Conoce a otros padres, los compara con los propios y llega así a dudar de las cualidades únicas e incomparables que les había adjudicado.

Pequeñas experiencias de su vida infantil, que despiertan en él un sentimiento de disconformidad, lo incitan a emprender la crítica de los padres y a aprovechar, en apoyo de esta actitud contra ellos, la ya adquirida noción de que otros padres son, en muchos sentidos, preferibles a los suyos.

La psicología de las neurosis nos ha enseñado que a este resultado coadyuvan, entre otros factores, los más intensos impulsos de rivalidad sexual. Las ocasiones que los motivan tienen por tema evidente el sentimiento de ser despreciado.

Son frecuentísimas las oportunidades en las cuales el niño es menospreciado o en que por lo menos se siente menospreciado, en las cuales siente que no recibe el pleno amor de sus padres o, principalmente, lamenta tener que compartirlo con hermanos y hermanas.

La sensación de que su propio afecto no es plenamente retribuido se desahoga entonces en la idea, a menudo conscientemente recordada desde la más temprana infancia, de ser un hijastro o un hijo adoptivo.

Numerosas personas que no han llegado a la neurosis recuerdan a menudo ocasiones de esta especie, en las cuales, influidos generalmente por alguna lectura, interpretaron así las actitudes hostiles de los padres y reaccionaron en consecuencia. Ya aquí se evidencia, empero, la influencia del sexo, pues el varón se inclina mucho más a desplegar impulsos hostiles contra el padre que contra la madre, y mucho más también a liberarse de aquél que de ésta.

A este respecto, la actividad imaginativa de la niña tiende a ser mucho más atenuada.

Estos impulsos psíquicos de la infancia, conscientemente recordados, nos ofrecen el factor que ha de permitirnos comprender el mito [del nacimiento del héroe].

Este incipiente extrañamiento de los padres, que puede designarse como novela familiar de los neuróticos, continúa con una nueva fase evolutiva que raramente subsiste en el recuerdo consciente, pero que casi siempre puede ser revelada por el psicoanálisis.

En efecto, tanto la esencia misma de la neurosis como la de todo talento superior tienen por rasgo característico una actividad imaginativa de particular intensidad que, manifestada primero en los juegos infantiles, domina más tarde, hacia la época prepuberal, todo el tema de las relaciones familiares. Un ejemplo característico de este tipo particular de fantasías lo hallamos en el conocido ensueño diurno, que persiste mucho más allá de la pubertad.

Examinando detenidamente estos sueños diurnos, compruébase que sirven a la realización de deseos y a la rectificación de las experiencias cotidianas, persiguiendo principalmente dos objetivos: el erótico y el ambicioso, aunque tras este último suele ocultarse también el fin erótico. Hacia la época mencionada, la imaginación del niño se dedica, pues, a la tarea de liberarse de los padres menospreciados y a reemplazarlos por otros, generalmente de categoría social más elevada.

En esta relación el niño aprovechará cualquier coincidencia oportuna que le ofrezcan sus experiencias reales – como los encuentros con el señor feudal o el terrateniente, si vive en el campo, o con algún dignatario o aristócrata en la ciudad -, despertando dichas vivencias casuales la envidia del niño, que luego se expresa en la fantasía de sustituir al padre y a la madre por otros más encumbrados.

La técnica aplicada para realizar tales fantasías – que en ese período son, por supuesto, conscientes – depende de la habilidad y del material que el niño encuentre a su disposición. También es importante considerar si las fantasías son elaboradas con mayor o menor afán de verosimilitud.

Esta fase se alcanza en una época en la cual el niño ignora todavía las condiciones sexuales de la procreación.

Poco después, cuando el niño llega a conocer las múltiples vinculaciones sexuales entre el padre y la madre, cuando comprende que pater semper incertus est, mientras que la madre es certissima, la novela familiar experimenta una restricción peculiar: se limita en adelante a exaltar al padre, pero ya no duda del origen materno, aceptándolo como algo inalterable.

Esta segunda fase (sexual) de la novela familiar es sustentada asimismo por otra motivación que falta en la primera fase (asexual). Con el conocimiento de los procesos sexuales surge en el niño la tendencia a imaginarse situaciones y relaciones eróticas, tendencia que es impulsada por el deseo de colocar a la madre – objeto de la más intensa curiosidad sexual – en situaciones de secreta infidelidad y de relaciones amorosas ocultas.

De tal modo aquellas primeras fantasías, en cierto modo asexuales, se ponen a la altura de los nuevos conocimientos adquiridos.

Además, el tema de la venganza y de la ley del talión, que en la fase anterior ocupaba el primer plano, reaparece también aquí. por regla general, estos niños neuróticos son precisamente aquellos que fueron castigados por sus padres para corregir sus hábitos sexuales y que ahora se vengan de ellos mediante tales fantasías.

Los hermanos menores son los que más particularmente tienden a utilizar estas creaciones imaginativas para privar a los hermanos mayores de sus prerrogativas (igual que sucede en las intrigas históricas) y a menudo no vacilan en adjudicar a la madre tantas relaciones amorosas ficticias como competidores fraternos encuentran.

Puede darse entonces una interesante versión de esta novela familiar, en la cual su protagonista y autor vuelve a reclamar la legitimidad para sí mismo, mientras que elimina a los hermanos y hermanas, proclamándolos ilegítimos. Otros intereses particulares pueden orientar asimismo la novela familiar cuyas múltiples facetas y cuya vasta aplicabilidad la tornan accesible a toda clase de tendencias.

Así, por ejemplo, el pequeño fantaseador puede eliminar la prohibitiva relación de parentesco con una hermana a la cual se siente sexualmente atraído.

Quien se sienta inclinado a apartarse con horror de esta depravación del alma infantil, y aun esté tentado de negar que tales cosas sean posibles, habrá de tener en cuenta que todas estas obras de ficción, aparentemente tan plenas de hostilidad, no son en realidad tan malévolas, y hasta conservan, bajo tenue disfraz, todo el primitivo afecto del niño por sus padres.

La infidelidad y la ingratitud son sólo aparentes, pues si se examina en detalle la más común de estas fantasías novelescas, es decir, la sustitución de ambos padres, o sólo del padre, por personajes más encumbrados, se advertirá que todos estos nuevos padres aristocráticos están provistos de atributos derivados exclusivamente de recuerdos reales de los verdaderos y humildes padres, de modo que en realidad el niño no elimina al padre, sino que lo exalta.

Más aún: todo ese esfuerzo por reemplazar al padre real con uno superior es sólo la expresión de la añoranza que el niño siente por aquel feliz tiempo pasado, cuando su padre le parecía el más noble y fuerte de los hombres, y su madre, la más amorosa y bella mujer. Del padre que ahora conoce se aparta hacia aquel en quien creyó durante los primeros años de la infancia; su fantasía no es, en el fondo, sino la expresión de su pesar por haber perdido esos días tan felices.

Así, en estas fantasías vuelve a recuperar su plena vigencia la sobrevaloración que caracteriza los primeros años de la infancia.

El estudio de los sueños ofrece una interesante contribución a dicho tema, pues su interpretación enseña que, incluso en años avanzados, cuando en un sueño aparecen las figuras encumbradas del emperador y de la emperatriz, ellas representan siempre al padre y a la madre del soñante. De donde la sobrevaloración infantil de los padres subsiste asimismo en los sueños de los adultos normales.

freudA. Al someter al psicoanálisis a una histérica cuya enfermedad se exterioriza en ataques, llegamos fácilmente a la convicción de que tales ataques no son sino fantasías, traducidas en actos motores, proyectadas sobre la motilidad y mimicamente representadas.

Estas fantasías son, desde luego, inconscientes; pero, fuera de esto, de naturaleza idéntica a aquellas que podemos aprehender inmediatamente en los ensueños diurnos o desentrañar por medio de la interpretación analítica en los sueños propiamente dichos. Un sueño sustituye muchas veces a un ataque o, más frecuentemente aún, lo explica, presentando una distinta manifestación de la misma fantasía representada en el ataque.

Pudiera así esperarse que la observación del ataque revelara la fantasía en él representada, pero es muy raro que así suceda. Por lo general, la representación mímica de la fantasía ha sufrido bajo la influencia de la censura deformaciones análogas a la alucinatoria del sueño, ocultándose así tanto a la conciencia del sujeto como a la comprensión del observador.

El ataque histérico requiere, por tanto, una elaboración interpretadora, como la que emprendemos con los sueños. Pero tanto los fines a que tiende esta deformación como los poderes que la imponen y la técnica que desarrolla son los mismos que hemos conocido en la interpretación onírica.

1) El ataque se hace incomprensible por representar simultáneamente con un mismo material varias fantasías, o sea por condensación. Los elementos comunes de las distintas fantasías forman, como en el sueño, el nódulo de la representación. Las fantasías así encubiertas son frecuentemente de muy distinto género; por ejemplo, un deseo reciente y la reviviscencia de una impresión infantil; las mismas inervaciones sirven entonces a ambas intenciones, con frecuencia en forma habilísima.

Aquellos histéricos que hacen un amplio uso de la condensación llegan a tener suficiente con una única forma de ataque. Otros, en cambio, expresan una multiplicidad de fantasías patógenas por una multiplicación correlativa de las formas del ataque.

2) El ataque se hace ininteligible por encargarse el enfermo de desarrollar las actividades de las dos personas emergentes en la fantasía, o sea por identificación múltiple. Recuérdese, por ejemplo, el caso citado en nuestro anterior ensayo sobre «Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad», caso en el cual la enferma trataba de desnudarse con una mano (como hombre) y sujetaba sus vestidos con la otra (como mujer).

3) La inversión antagónica de las inervaciones, proceso análogo a la transformación de un elemento en su contrario, habitual en la elaboración de los sueños, produce también máxima deformación. Así, el sujeto representará en sus ataques el acto de abrazar extendiendo sus brazos convulsivamente hacia atrás, hasta anudar sus manos sobre la columna vertebral. El conocido «arco de círculo» del gran ataque histérico no es, probablemente, sino tal negación por inervación antagónica de una posición apropiada al comercio sexual.

4) Por último, también coadyuva a desorientar al observador la inversión del orden temporal de la fantasía representada; proceso comprobable también en algunos sueños, que comienzan con el final de la acción para terminar por su principio.

Ejemplo: una histérica fantasea la siguiente escena de seducción: está sentada en un parque, leyendo, y su falda, un poco levantada, deja ver el pie, pequeño y bien formado. Un caballero se acerca a ella, entabla conversación y se trasladan a otro lugar, donde se entregan a tierno transportes.

Al representar la sujeto en el ataque esta fantasía comienza por una fase de convulsiones correspondientes al coito, y a continuación se levanta, se traslada a otro cuarto, se sienta, se pone a leer y responde luego a un interlocutor imaginario. Las dos deformaciones últimamente descritas nos dejan entrever la intensidad de las resistencias que aún se oponen a lo reprimido en su emergencia en el ataque histérico.


B. La emergencia de los ataques histéricos sigue normas fácilmente comprensibles. Dado que el complejo reprimido está formado por una carga de libido y un contenido ideológico (fantasía), el ataque puede ser provocado como sigue:

Asociativamente, cuando el contenido del complejo (suficientemente cargado) es aludido por un suceso de la vida consciente.

Orgánicamente, cuando, por causas internas somáticas y por algún influjo psíquico externo, sobrepasa la carga de libido determinado nivel.

En servicio de propósitos primarios, como expresión del «refugio en la enfermedad», cuando la realidad se hace penosa o temible, o sea como consuelo; y

En servicio de propósitos secundarios, con los que se ha aliado la enfermedad, en cuanto la producción del ataque facilita el logro de un fin conveniente al enfermo.

En este último caso en ciertos individuos, el ataque da la impresión de una simulación consciente, puede prefijarse el momento de su aparición e incluso aplazarse su emergencia.


C. La investigación de la infancia de los histéricos muestra que el ataque histérico está destinado a constituir la sustitución de una satisfacción autoerótica, habitual en dicha época de su vida y abandonada después.

En muchos casos esta satisfacción (masturbación manual o por presión de los muslos, movimientos de la lengua, etc.) retorna en el ataque mismo, sin que el sujeto tenga conciencia de ello. La emergencia del ataque por incremento de la libido y en servicio de la tendencia primaria como consuelo repite también exactamente las condiciones en las cuales era intencionadamente buscada en su tiempo por el sujeto la citada satisfacción autoerótica. La anamnesis del enfermo descubre los estadios siguientes:

a) Satisfacción autoerótica, no acompañada de representación alguna.

b) Satisfacción autoerótica que unida a una fantasía conduce al acto satisfaciente.

c) Renunciación del acto conservando la fantasía.

d) Represión de esta fantasía, la cual se impone luego, intacta o modificada, y adaptada a nuevas impresiones de la vida, en el ataque histérico, provocando eventualmente el retorno del acto satisfaciente, antes ligado a ella, y al que parece haber renunciado ya el sujeto.

e) La fantasía puede aún reinstalar el acto satisfaciente que le pertenece y que había sido ostensiblemente descartado. Un ciclo típico de actividad sexual infantil – represión-, fracaso de la represión y retorno de lo reprimido.

La incontinencia de orina en el momento del ataque no es inconciliable con el diagnóstico de una histeria, pues no hace sino repetir la forma infantil de la polución. No es tampoco raro encontrar, en casos indudables de histeria, la mordedura de la lengua.

Este acto, tan compatible con la histeria como con los juegos eróticos, surge sobre todo en los ataques cuando el médico ha llamado la atención del enfermo sobre las dificultades del diagnóstico diferencial.

Por último, aquellos ataques en los que el enfermo atenta contra su propia integridad personal (más frecuentes en sujetos masculinos) son los que reproducen un accidente de la vida infantil del sujeto (por ejemplo, el resultado de una pelea).

La pérdida de conciencia, la «ausencia» del ataque histérico, proviene de aquella pérdida de conciencia fugaz, pero innegable, concomitante al grado máximo de toda satisfacción sexual intensa (incluso de la autoerótica).

En las ausencias histéricas concomitantes al orgasmo en algunas mujeres jóvenes es donde más claramente puede comprobarse este proceso. Los llamados estados hipnoides, o sea las ausencias durante la ensoñación, tan frecuentes entre los histéricos, descubren igual origen, pero su mecanismo es relativamente más sencillo.

En un principio queda concentrada toda la atención del sujeto sobre el curso del proceso satisfaciente, y al culminar la satisfacción, toda esta carga de atención se resuelve de repente, produciéndose un momentáneo vacío en la conciencia.

Esta laguna fisiológica de la conciencia es ampliada entonces en favor de la represión hasta que puede acoger todo lo que la instancia represora rechaza de sí.


D. El mecanismo reflejo del coito, pronto a desarrollarse en todo sujeto, masculino o femenino, es el que muestra en el ataque histérico a la libido reprimida el camino conducente a la descarga motora. Ya los antiguos decían que el coito era una «pequeña epilepsia».

Nosotros podemos modificar este aserto diciendo que el ataque convulsivo histérico es un equivalente al coito. La analogía con el ataque epiléptico nos es de menos auxilio, puesto que la génesis del mismo nos es aún más desconocida que la del ataque histérico.

En definitiva, el ataque histérico, como la histeria en general, restablece con la mujer una parte de actividad sexual que ya hubo de existir en ella durante los años infantiles, dejando vislumbrar por entonces un carácter estrictamente masculino.

Puede observarse con frecuencia que precisamente aquellas muchachas que hasta los años inmediatos a la pubertad mostraron naturaleza e inclinaciones algo masculinas comienzan a enfermar de histeria a partir de la pubertad.

En toda una serie de casos, la neurosis histérica no corresponde sino a una intensidad excesiva de aquel típico impulso represivo que, suprimiendo la sexualidad masculina, hace surgir la mujer.

freudEntre las personas a las que intentamos prestar ayuda por medio de los métodos psicoanalíticos hallamos con bastante frecuencia un tipo que se distingue por la coincidencia de ciertas cualidades de carácter y en el que atraen, además, nuestra atención determinadas singularidades, una de cuyas funciones somáticas y los órganos en ella participantes hubieron de presentar durante la infancia.

No puedo ya indicar con exactitud cuáles fueron las ocasiones que me movieron a sospechar una relación orgánica entre aquellas cualidades del carácter y estas singularidades de ciertos órganos, pero sí puedo asegurar que en la emergencia de tal sospecha no participó prejuicio alguno teórico. Posteriormente, la acumulación de impresiones análogas ha robustecido en mí de tal modo la creencia en dicha relación, que hoy me aventuro ya a comunicarla.

Las personas que me propongo describir atraen nuestra atención por presentar regularmente asociadas tres cualidades: son ordenados, económicos y tenaces. Cada una de estas palabras sintetiza, en realidad, un pequeño grupo de rasgos característicos afines. La cualidad de «ordenado» comprende tanto la pulcritud individual como la escrupulosidad en el cumplimiento de deberes corrientes y la garantía personal; lo contrario de «ordenado» sería, en este sentido, descuidado o desordenado.

La economía puede aparecer intensificada hasta la avaricia, y la tenacidad convertirse en obstinación, enlazándose a ella fácilmente una tendencia a la cólera e inclinaciones vengativas. Las dos últimas condiciones mencionadas, la economía y la tenacidad, aparecen más estrechamente enlazadas entre sí que con la primera.

Son también la parte más constante del complejo total. De todos modos me parece indudable que las tres se enlazan de algún modo entre sí. Investigando la temprana infancia de estas personas averiguamos fácilmente que necesitaron un plazo relativamente amplio para llegar a dominar la incontinencia alvi infantil, y que todavía en años posteriores de su infancia tuvieron que lamentar algunos fracasos aislados de esta función.

Parecen haber pertenecido a aquellos niños de pecho que se niegan a defecar en el orinal porque el acto de la defecación les produce, accesoriamente, un placer, pues confiesan que en años algo posteriores les gustaba retener la deposición, y recuerdan, aunque refiriéndose por lo general a sus hermanos y no a sí propios, toda clase de manejos indecorosos con el producto de la deposición.

De estos signos deducimos una franca acentuación erógena de la zona anal en la constitución sexual congénita de tales personas. Pero como una vez pasada la infancia no se descubre ya en ellas resto alguno de tales debilidades y singularidades, hemos de suponer que la zona anal ha perdido su significación erótica en el curso de la evolución, y sospechamos que la constancia de aquella tríada de cualidades observables en su carácter puede ser relacionada con la desaparición del erotismo anal.

Sé muy bien que nadie se aventura a aceptar la existencia de un estado de cosas mientras el mismo le resulte incomprensible y no ofrece acceso alguno a una explicación. Pero algunas de las hipótesis desarrolladas por mí en Tres ensayos sobre una teoría sexual pueden aproximarnos, por lo menos, a la comprensión de la parte fundamental de nuestro tema.

En el citado estudio intento mostrar que el instinto sexual humano es algo muy complejo, que nace de las aportaciones de numerosos componentes e instintos parciales.

Los estímulos periféricos de ciertas partes del cuerpo (los genitales, la boca, el ano, el extremo del conducto uretral), a las que damos el nombre de zonas erógenas, rinden aportaciones esenciales a la «excitación sexual». Pero no todas las magnitudes de excitación procedentes de estas zonas reciben el mismo destino, ni lo reciben tampoco igual en todos los períodos de la vida del individuo.

En general, sólo una parte de ellas es aportada a la vida sexual. Otra parte es desviada de los fines sexuales y orientada hacia otros fines distintos, proceso al que damos el nombre de «sublimación».

Hacia aquel período de la vida individual que designamos con el nombre de período de «latencia», o sea desde los cinco años a las primeras manifestaciones de la pubertad (hacia los once años), son creados en la vida anímica, a costa, precisamente, de estas excitaciones aportadas por las zonas erógenas, productos de reacción o, por decirlo así, anticuerpos, tales como el pudor, la repugnancia y la moral, que se oponen en calidad de diques a la ulterior actividad de los instintos sexuales.

Dado que el erotismo anal pertenece a aquellos componentes del instinto que en el curso de la evolución y en el sentido de nuestra actual educación cultural resultan inutilizables para fines sexuales, no parece muy aventurado reconocer en las cualidades que tan frecuentemente muestran reunidos los individuos cuya infancia presentó una especial intensidad de este instinto parcial – el orden, la economía y la tenacidad – los resultados más directos y constantes de la sublimación del erotismo anal.

Tampoco a nosotros se nos ha hecho transparente la necesidad interior de esta relación, pero sí podemos aducir algo que puede aproximarnos a su comprensión. La pulcritud, el orden y la escrupulosidad hacen la impresión de ser productos de la reacción contra el interés hacia lo sucio, perturbador y no perteneciente a nuestro cuerpo (Dirt is matter in the wrong place).

La labor de relacionar la tenacidad con el interés por la defecación parece harto difícil; pero podemos recordar que ya el niño de pecho puede conducirse según su voluntad propia en lo que respecta a la defecación, y que la educación se sirve, en general, de la aplicación de dolorosos estímulos sobre la región vecina a la zona erógena anal para doblegar la obstinación del niño e inspirarle docilidad.

Como expresión del terco desafío se emplea aún entre nuestras clases populares una frase en la que el sujeto invita a su interlocutor a besarle el trasero, o sea, en realidad, a una caricia que ha sucumbido a la represión.

El gesto de volver la espalda al adversario y mostrarle el trasero desnudo es también un acto de desafío y desprecio, correspondiendo a aquella frase.

En el Gotz von Berlichingen goethiano aparecen exactamente empleados como expresión de desafío el gesto y la frase descritos.

Entre los complejos del amor al dinero y la defecación, aparentemente tan dispares, descubrimos, sin embargo, múltiples relaciones. Todo médico que ha practicado el psicoanálisis sabe que por medio de esta correlación se logra la desaparición del más rebelde estreñimiento, habitual de los enfermos nerviosos.

El asombro que esto puede provocar quedará mitigado al recordar que dicha función se demostró también análogamente dócil al influjo de la sugestión hipnótica.

Pero en el psicoanálisis no alcanzamos este resultado más que tocando el complejo crematístico de los pacientes y atrayéndolo, con todas sus relaciones, a la conciencia de los mismos.

Realmente en todos aquellos casos en los que dominan o perduran las formas arcaicas del pensamiento, en las civilizaciones antiguas, los mitos, las fábulas, la superstición, el pensamiento inconsciente, el sueño y la neurosis, aparece el dinero estrechamente relacionado con la inmundicia.

El oro que el diablo regala a sus protegidos se transforma luego en estiércol. Y el diablo no es, ciertamente, sino la personificación de la vida instintiva reprimida e inconscientes. La superstición que relaciona el descubrimiento de tesoros ocultos con la defecación, y la figura folklórica del cagaducados, son generalmente conocidas. Ya en las antiguas leyendas babilónicas es el oro el estiércol del infierno: «Mammon = ilu mamman».

Así, pues, cuando la neurosis sigue los usos del lenguaje, lo hace tomando las palabras en su sentido primitivo, rico en significaciones, y cuando parece representar plásticamente una palabra, restablece regularmente sólo su antiguo sentido.

Es muy posible que la antítesis entre lo más valioso que el hombre ha conocido y lo más despreciable, la escoria que arroja de sí, sea lo que haya conducido a esta identificación del oro con la inmundicia.

En el pensamiento de la neurosis coadyuva aún quizá a tal identificación otra circunstancia. Como ya sabemos, el interés primitivamente erótico, dedicado a la defecación, se halla destinado a desaparecer en años ulteriores.

En estos años surge como nuevo interés, inexistente en la infancia, el inspirado por el dinero, y esta circunstancia facilita el que la tendencia anterior, a punto de perder su fin, se transfiera al nuevo fin emergente.

Si las relaciones aquí afirmadas entre el erotismo anal y la indicada tríada de condiciones de carácter poseen alguna base real, no esperamos hallar una especial acentuación del «carácter anal» en aquellos adultos en los que perdura el carácter erógeno de la zona anal; por ejemplo, en determinados homosexuales.

Si no me equivoco mucho, las observaciones hasta ahora realizadas no contradicen esta conclusión.

Ante los resultados expuestos habremos de reflexionar si también otros complejos del carácter dejarán transparentar su derivación de las excitaciones de determinadas zonas erógenas. Hasta el día, sólo he podido reconocer la «ardiente» ambición de los individuos que en su infancia padecieron de enuresis.

De todos modos, podemos establecer para la constitución definitiva del carácter, producto de los instintos parciales, la siguiente fórmula: los rasgos permanentes del carácter son continuaciones invariadas de los instintos primitivos, sublimaciones de los mismos o reacciones contra ellos.

freudLos delirios de formas típicas y en que los paranoicos vierten la grandeza y las cuitas del propio yo, son ya generalmente conocidos. Conocemos también por numerosas monografías la singularísima y diversa mise en scene que ciertos perversos crean para la satisfacción imaginativa o real- de sus tendencias sexuales.

En cambio, constituirá para muchos una novedad oír que en todas las psiconeurosis, y muy especialmente en la histeria, emergen productos psíquicos análogos, y que estos productos – denominados fantasías histéricas muestran importantes relaciones con la acusación de los síntomas neuróticos.

Todas estas creaciones fantásticas tienen su fuente común y su prototipo normal en los llamados «sueños diurnos» de la juventud, estudiados ya por algunos autores, aunque todavía sin detenimiento suficiente. Igualmente frecuentes, quizá, en ambos sexos, parecen ser siempre en la mujer de carácter erótico, y en el hombre de carácter erótico o ambicioso.

No quiere esto decir que el factor erótico presente aquí en el hombre una menor importancia, pues un más detenido examen de los «sueños diurnos» masculinos nos revela que las hazañas en ellos fantaseadas obedecen tan sólo al deseo de gustar a una mujer y ser preferido por ella.

Estas fantasías son satisfacciones de deseos nacidos de una privación y un anhelo y llevan con razón el nombre de «sueños diurnos», pues nos proporcionan la clase de los sueños nocturnos en los cuales el nódulo de la producción del sueño aparece constituido, precisamente, por tales fantasías diurnas, complicadas, deformadas y mal interpretadas por la instancia psíquica consciente.

Estos sueños diurnos interesan vivamente al sujeto, que los cultiva con todo cariño y los encierra en el más pudoroso secreto, como si contasen entre los más íntimos bienes de su personalidad.

Sin embargo, en la calle descubrimos fácilmente al individuo entregado a una de estas ensoñaciones, pues su actividad imaginativa transciende en una repentina sonrisa ausente, en un soliloquio o en un aceleramiento de la marcha, con el que delata haber llegado al punto culminante de la situación ensoñada.

Todos los ataques histéricos que hasta hoy he podido investigar demostraron ser ensoñaciones de este orden, involuntariamente emergentes. La observación no deja, en efecto, duda alguna de que tales fantasías puedan ser tanto inconscientes como conscientes, y en cuanto estas últimas se hacen inconscientes pueden devenir también patógenas; esto es, exteriorizarse en síntomas y ataques.

En circunstancias favorables se hace aún posible a la conciencia apoderarse de una de estas fantasías inconscientes. Una de mis enfermas, a la que yo había llamado la atención sobre sus fantasías, me contó que en el curso de un paseo se había sorprendido llorando, y al reflexionar había logrado rápidamente aprisionar una fantasía, en la que entablaba relaciones amorosas con un popular pianista (al que no conocía personalmente), tenía un hijo con él (la sujeto no los tenía) y era luego abandonada con el niño, quedando reducida a la más extrema miseria.

Al llegar a este punto su fantasía fue cuando se le saltaron las lágrimas.

Las fantasías inconscientes, o lo han sido siempre, habiendo tenido su origen en lo inconsciente, o, lo que es más frecuente, fueron un día fantasías conscientes, sueños diurnos, y han sido luego intencionadamente olvidadas, relegadas a lo inconsciente por la «represión».

Su contenido puede entonces haber permanecido invariado o, por lo contrario, haber sufrido alteración, en cuyo caso la fantasía inconsciente integra una importantísima relación con la vida sexual del individuo, pues es idéntica la que él mismo empleó como base de la satisfacción sexual, en un período de masturbación.

El acto masturbador (o en su más amplio sentido, onanista) se dividía por entonces en dos partes: la evocación de la fantasía, y, llegada ésta a su punto culminante, los manejos activos conducentes a la satisfacción sexual.

Esta composición es más bien, como ya sabemos, una soldadura. En un principio, la acción presentaba un carácter puramente autoerótica, apareciendo destinada a conseguir placer de una determinada zona erógena.

Más tarde, esta acción se fusionó con una representación optativa perteneciente al círculo de la elección de objeto y sirvió para dar en parte realidad a la situación en que tal fantasía culminaba.

Cuando luego renuncia el individuo a este orden de satisfacción masturbación-fantástica, queda abandonada la acción; pero la fantasía pasa, de ser consciente, a ser inconsciente, y cuando la satisfacción sexual abandonada no es sustituida por otra distinta, observando el sujeto una total abstinencia, pero sin que le sea posible sublimar su libido, o sea desviar su excitación sexual hacia fines más elevados; cuando todo esto se une, quedan cumplidas las condiciones necesarias para que la fantasía inconsciente adquiera nuevas fuerzas y consiga, con todo el poderío de la necesidad sexual, exteriorizarse, por lo menos en parte, bajo la forma de un síntoma patológico.

Las fantasías inconscientes son, de este modo, las premisas psíquicas más inmediatas de toda una serie de síntomas histéricos.

Estos no son sino tales mismas fantasías inconscientes exteriorizadas mediante la «conversión», y en cuanto son de carácter somático demuestran en muchas ocasiones haber sido elegidos entre aquellas mismas sensaciones sexuales e inervaciones motoras que en un principio acompañaron a la fantasía de que se trate, consciente aún por entonces.

De este modo queda, en realidad, anulado el abandono del onanismo y alcanzado, aunque nunca por completo, sí por aproximación, el último fin de todo el proceso patológico, o sea el establecimiento de la satisfacción sexual antes primaria.

Al estudiar la histeria, nuestro interés se transfiere pronto desde los síntomas a las fantasías de las cuales surgen aquéllos. La técnica psicoanalítica permite descubrir primero, partiendo de los síntomas, las fantasías inconscientes y hacerlas luego conscientes en el enfermo.

Siguiendo este camino, hemos hallado que por lo menos el contenido de las fantasías inconscientes corresponde por completo a las situaciones de satisfacción sexual conscientemente creadas por los perversos.

Si precisamos ejemplos de este orden, no tenemos más que recordar las invenciones de los césares romanos, de una extravagancia solo limitada por el desenfrenado poderío de la fantasía morbosa. Los delirios de los paranoicos no son sino fantasías de este género, pero que se han hecho inmediatamente conscientes.

Aparecen basadas en los componentes sádico-masoquistas del instinto [pulsión] sexual y tiene también su pareja en ciertas fantasías inconscientes de los histéricos. También es conocido el caso muy importante desde el punto de vista práctico – en que el histérico no exterioriza sus fantasías en forma de síntomas, sino en una realización consciente, fingiendo atentados, maltratos y agresiones sexuales.

Por este camino de la investigación psicoanalítica, que conduce desde los síntomas manifiestos a las fantasías inconscientes ocultas, descubrimos todo lo que es posible averiguar sobre la sexualidad de los psiconeuróticos, y entre ellos, el hecho que constituye el tema principal del presente trabajo.

A causa, probablemente, de las dificultades que se oponen a las fantasías inconscientes en su tendencia a lograr una exteriorización, la relación entre tales fantasías y los síntomas no es nada simple, sino muy complicada. Por lo regular, dado un pleno desarrollo de la neurosis, un síntoma no corresponde a una única fantasía inconsciente, sino a varias; pero no de un modo arbitrario, sino conforme a ciertas normas de composición.

Al comienzo de la enfermedad no aparecerán aún desarrolladas todas estas complicaciones.

En obsequio del interés general romperé aquí la cohesión de este trabajo para interpretar una serie de fórmulas encaminadas a agotar progresivamente la esencia de los síntomas histéricos.

Estas fórmulas no se contradicen unas a otras, sino que corresponden, en parte, a definiciones más completas y penetrantes y, en parte, a la aplicación de puntos de vista distintos:

  1. El síntoma histérico es el símbolo mnémico de ciertas impresiones y experiencias eficaces (traumáticas).
  2. El síntoma histérico es la sustitución, creada por «conversión» para el retorno asociativo de estas experiencias traumáticas.
  3. El síntoma histérico es – como también otros productos psíquicos – la expresión de una realización de deseos.
  4. El síntoma histérico es la «realización» de una fantasía inconsciente puesta al servicio del cumplimiento de deseos.
  5. El síntoma histérico sirve para la satisfacción sexual y representa una parte de la vida sexual de la persona (correlativamente, uno de los componentes de su instinto [pulsión] sexual).
  6. El síntoma histérico corresponde al retorno de una forma de satisfacción sexual realmente utilizada en la vida infantil y reprimida después.
  7. El síntoma histérico nace como transacción entre dos movimientos afectivos o instintivos contrarios, uno de los cuales tiende a la exteriorización de un instinto [pulsión] parcial o de un componente de la constitución sexual, y el otro, a evitar tal exteriorización.
  8. El síntoma histérico puede tomar la representación de distintos movimientos inconscientes asexuales, pero no puede carecer de una significación sexual.

De estas diversas fórmulas es la séptima la que más completamente expresa la esencia del síntoma histérico como realización de una fantasía inconsciente, atendiendo debidamente, con la octava, a la significación del factor sexual. Varias de las fórmulas anteriores se hallan contenidas, como premisas, en esta obra.

A consecuencia de esta relación entre los síntomas y las fantasías no nos es difícil llegar, por medio del psicoanálisis de los síntomas, al conocimiento de los componentes del instinto [pulsión] sexual dominante en el individuo, tal y como ya lo hicimos en nuestros TRES ENSAYOS SOBRE UNA TEORíA SEXUAL.

Pero esta investigación da, en algunos casos, un resultado inesperado.

Muestra, en efecto, que para la solución del síntoma no basta su referencia a una fantasía sexual inconsciente o a una serie de fantasías, una de las cuales, la más importante y primitiva, es de naturaleza sexual, sino que para dicha solución nos son precisas dos fantasías sexuales, de carácter masculino una y femenino la otra, de manera que una de ellas corresponde a un impulso homosexual.

Esta novedad no altera en modo alguno el principio integrado en nuestra séptima fórmula, resultando así que un síntoma histérico corresponde necesariamente a una transacción entre un impulso libidinoso y otro represor; pero puede también corresponder, accesoriamente, a una asociación de dos fantasías libidinosas de carácter sexual contrario.

No me es posible exponer, dentro de los límites del presente trabajo, ejemplo alguno de este proceso.

La experiencia me ha enseñado que un breve extracto de un análisis no puede jamás producir la impresión probatoria que con su exposición nos proponemos, y la exposición completa de un análisis requeriría mayor espacio del que nos está concedido.

Me limitaré, pues, a formular un nuevo principio y a explicar luego su significación.

9) un síntoma histérico es expresión, por un lado, de una fantasía masculina y, por otro, de otra femenina, ambas sexuales e inconscientes.

He de hacer constar que no puedo atribuir a este principio la misma validez general que a los demás.

Por lo que hasta ahora he podido observar, no se confirma en todas las cosas ni tampoco en todos los síntomas de un caso. Por lo contrario, no es difícil hallar casos en los cuales los impulsos de opuesto sentido sexual se manifiestan en síntomas distintos, de manera que los síntomas de la heterosexualidad y los de la homosexualidad pueden ser tan precisamente discriminados como las fantasías ocultas detrás de ellos.

Pero la relación afirmada en la novena fórmula es lo suficientemente frecuente, y cuando se da, lo bastante importante para merecer especial atención.

Me parece constituir el mayor grado de complicación que puede alcanzar la determinación de un síntoma histérico y, por tanto, no debemos esperar encontrarlo sino en neurosis ya prolongadas y muy organizadas.

Esta significación bisexual de los síntomas histéricos, comprobable de todos modos en numerosos casos, es una prueba más de mi afirmación anterior de que en los psicoanálisis de sujetos psiconeuróticos se transparenta con especial claridad la supuesta bisexualidad original del individuo.

El masturbador que en sus fantasías conscientes procura infundirse tanto en el hombre como en la mujer de la situación fantaseada nos ofrece el ejemplo de un proceso totalmente análogo y perteneciente al mismo sector.

Por último, también conocemos ciertos ataques histéricos en los que la enferma representa, simultáneamente, los papeles de los dos protagonistas de la fantasía sexual subyacente.

Así, en un caso observado por mí, la enferma sujetaba con una mano sus vestidos contra su cuerpo (como la mujer objeto de una agresión sexual) y con la otra mano intentaba despojarse de ellos (como el hombre agresor).

A esta simultaneidad contradictoria se debe en gran parte la dificultad de reconocer la situación representada en el ataque, resultando así muy adecuada para encubrir la fantasía inconsciente en él exteriorizada.

En el tratamiento psicoanalítico es muy importante hallarse preparado a tropezar con esta significación bisexual de un síntoma. De este modo, no podrá extrañarnos ni desconcertarnos que un síntoma continúe manifestándose y presentando igual intensidad aun después de haber descubierto una de sus significaciones sexuales.

En estos casos pensaremos que se apoya todavía en la significación sexual contraria.

En el curso del tratamiento podemos asimismo observar cómo durante el análisis de una de las significaciones sexuales aprovecha el enfermo la facilidad de poder escapar constantemente con sus asociaciones espontáneas al campo de la significación contraria, como a una vía paralela.

freudLos profanos sentimos desde siempre vivísima curiosidad por saber de dónde el poeta, personalidad singularísima, extrae sus temas en el sentido de la pregunta que aquel cardenal dirigió a Ariosto y cómo logra conmovernos con ellos tan intensamente y despertar en nosotros emociones de las que ni siquiera nos juzgábamos acaso capaces.

Tal curiosidad se exacerba aún ante el hecho de que el poeta mismo, cuando le interrogamos, no sepa respondernos, o sólo muy insatisfactoriamente, sin que tampoco le preocupe nuestra convicción de que el máximo conocimiento de las condiciones de la elección del tema poético y de la esencia del arte poético no habría de contribuir en lo más mínimo a hacernos poetas.

¡Si por lo menos pudiéramos descubrir en nosotros o en nuestros semejantes una actividad afín en algún modo a la composición poética! La investigación de dicha actividad nos permitiría esperar una primera explicación de la actividad creadora del poeta. Y, verdaderamente, existe tal posibilidad; los mismos poetas gustan de aminorar la distancia entre su singularidad y la esencia generalmente humana y nos aseguran de continuo que en cada hombre hay un poeta y que sólo con el último hombre morirá el último poeta.

¿No habremos de buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad poética? La ocupación favorita y más intensa del niño es el juego.

Acaso sea lícito afirmar que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él.

Seria injusto en este caso pensar que no toma en serio ese mundo: por el contrario, toma muy en serio su juego y dedica en él grandes afectos. La antítesis del juego no es gravedad, sino la realidad.

El niño distingue muy bien la realidad del mundo y su juego, a pesar de la carga de afecto con que lo satura, y gusta de apoyar los objetos y circunstancias que imagina en objetos tangibles y visibles del mundo real.

Este apoyo es lo que aún diferencia el «jugar» infantil del «fantasear».

Ahora bien: el poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad.

Pero de esta irrealidad del mundo poético nacen consecuencias muy importantes para la técnica artística, pues mucho de lo que, siendo real, no podría procurar placer ninguno puede procurarlo como juego de la fantasía, y muchas emociones penosas en sí mismas pueden convertirse en una fuente de placer para el auditorio del poeta.

La contraposición de la realidad al juego nos descubre todavía otra circunstancia muy significativa. Cuando el niño se ha hecho adulto y ha dejado de jugar; cuando se ha esforzado psíquicamente, a través de decenios enteros, en aprehender, con toda la gravedad exigida, las realidades de la vida, puede llegar un día a una disposición anímica que suprima de nuevo la antítesis entre el juego y la realidad.

El adulto puede evocar con cuánta gravedad se entregaba a sus juegos infantiles, y comparando ahora sus ocupaciones pretensamente serias con aquellos juegos pueriles, rechazar el agobio demasiado intenso de la vida y conquistar el intenso placer del humor.

Así, pues, el individuo en crecimiento cesa de jugar; renuncia aparentemente al placer que extraía del juego. Pero quienes conocen la vida anímica del hombre saben muy bien que nada le es tan difícil como la renuncia a un placer que ha saboreado una vez.

En realidad, no podemos renunciar a nada, no hacemos más que cambiar unas cosas por otras; lo que parece ser una renuncia es, en realidad, una sustitución o una subrogación.

Así también, cuando el hombre que deja de ser niño cesa de jugar, no hace más que prescindir de todo apoyo en objetos reales, y en lugar de jugar, fantasea. Hace castillos en el aire; crea aquello que denominamos ensueños o sueños diurnos.

A mi juicio, la mayoría de los hombres crea en algunos períodos de su vida fantasías de este orden. Ha sido éste un hecho inadvertido durante mucho tiempo, por lo cual no se le ha reconocido la importancia que realmente entraña.

El fantasear de los adultos es menos fácil de observar que el jugar de los niños. Desde luego, el niño juega también solo o forma con otros niños, al objeto del juego, un sistema psíquico cerrado; aun cuando no ofrece sus juegos, como un espectáculo, al adulto, tampoco se los oculta.

En cambio, el adulto se avergüenza de sus fantasías y las oculta a los demás; las considera como cosa íntima y personalísima, y, en rigor, preferiría confesar sus culpas a comunicar sus fantasías. De este modo es posible que cada uno se tenga por el único que construye tales fantasías y no sospecha en absoluto la difusión general de creaciones análogas entre los demás hombres.

Esta conducta dispar del sujeto que juega y el que fantasea tiene su fundamento en la diversidad de los motivos a que respectivamente obedecen tales actividades, las cuales son, no obstante, continuación una de otra.

El juego de los niños es regido por sus deseos o, más rigurosamente, por aquel deseo que tanto coadyuva a su educación: el deseo de ser adulto.

El niño juega siempre a «ser mayor»; imita en el juego lo que de la vida de los mayores ha llegado a conocer. Pero no tiene motivo alguno para ocultar tal deseo. No así, ciertamente, el adulto; éste sabe que de él se espera ya que no juegue ni fantasee, sino que obre en el mundo real; y, además, entre los deseos que engendran sus fantasías hay algunos que le es preciso ocultar; por eso se avergüenza de sus fantasías como de algo pueril e ilícito.

Preguntaréis cómo es posible saber tanto de las fantasías de los hombres, cuando ellos las ocultan con sigiloso misterio. Pues bien: es que hay una clase de hombres a los que no precisamente un dios, pero sí una severa diosa -la realidad-, les impone la tarea de comunicar de qué sufren y en qué hallan alegría.

Son éstos los enfermos nerviosos, los cuales han de confesar también ineludiblemente sus fantasías al médico, del que esperan la curación por medio del tratamiento psíquico. De esta fuente procede nuestro conocimiento, el cual nos ha llevado luego a la hipótesis, sólidamente fundada, de que nuestros enfermos no nos comunican cosa distinta de lo que pudiéramos descubrir en los sanos. Veamos ahora algunos de los caracteres del fantasear.

Puede afirmarse que el hombre feliz jamás fantasea, y sí tan sólo el insatisfecho. Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfactoria. Los deseos impulsores son distintos, según el sexo, el carácter y las circunstancias de la personalidad que fantasea; pero no es difícil agruparlas en dos direcciones principales.

Son deseos ambiciosos, tendentes a la elevación de la personalidad, o bien deseos eróticos.

En la mujer joven dominan casi exclusivamente los deseos eróticos, pues su ambición es consumida casi siempre por la aspiración al amor; en el hombre joven actúan intensamente, al lado de los deseos eróticos, los deseos egoístas y ambiciosos.

Pero no queremos acentuar la contraposición de las dos direcciones, sino más bien su frecuente coincidencia; lo mismo que en muchos cuadros de altar aparece visible en un ángulo el retrato del donante, en la mayor parte de las fantasías ambiciosas nos es dado descubrir en algún rincón la dama, por la cual el sujeto que fantasea lleva a cabo todas aquellas heroicidades, y a cuyos pies rinde todos sus éxitos.

Como veréis, hay aquí motivos suficientemente poderosos de ocultación; a la mujer bien educada no se le reconoce, en general, más que un mínimo de necesidad erótica, y el hombre joven debe aprender a reprimir el exceso de egoísmo que una infancia mimada le ha infundido para lograr su inclusión en la sociedad, tan rica en individuos igualmente exigentes.

Los productos de esta actividad fantaseadora, los diversos ensueños o sueños diurnos, no son, en modo alguno, rígidos e inmutables.

Muy al contrario, se adaptan a las impresiones cambiantes de la vida, se transforman con las circunstancias de la existencia del sujeto, y reciben de cada nueva impresión eficiente lo que pudiéramos llamar el «sello del momento». La relación de la fantasía con el tiempo es, en general, muy importante. Puede decirse que una fantasía flota entre tres tiempos: los tres factores temporales de nuestra actividad representativa.

La labor anímica se enlaza a una impresión actual, a una ocasión del presente, susceptible de despertar uno de los grandes deseos del sujeto; aprehende regresivamente desde este punto el recuerdo de un suceso pretérito, casi siempre infantil, en el cual quedó satisfecho tal deseo, y crea entonces una situación referida al futuro y que presenta como satisfacción de dicho deseo el sueño diurno o fantasía, el cual lleva entonces en sí las huellas de su procedencia de la ocasión y del recuerdo.

Así, pues, el pretérito, el presente y el futuro aparecen como engarzados en el hilo del deseo, que pasa a través de ellos.

Un ejemplo cualquier, el más corriente, bastará para ilustrar esta tesis.

Suponed el caso de un pobre huérfano al que habéis dado las señas de un patrono que puede proporcionarle trabajo. De camino hacia casa del mismo, vuestro recomendado tejerá quizá un ensueño correspondiente a su situación.

El contenido de tal fantasía será acaso el de que obtiene la colocación deseada, complace en ella a sus jefes, se halla indispensable, es recibido por la familia del patrono, se casa con su bella hija y pasa a ser consocio de su suegro, y luego, su sucesor en el negocio. Y con todo esto, el soñador se ha creado una sustitución de lo que antes poseyó en su dichosa infancia; un hogar protector, padres amantes y los primeros objetos de su inclinación cariñosa.

Este sencillo ejemplo muestra ya cómo el deseo utiliza una ocasión del presente para proyectar, conforme al modelo pasado, una imagen del porvenir. Habría aún mucho que decir sobre las fantasías; pero queremos limitarnos a las indicaciones más indispensables. La multiplicación y la exacerbación de las fantasía crean las condiciones de la caída del sujeto en la neurosis o en la psicosis. Y las fantasías son también los estadios psíquicos preliminares de los síntomas patológicos de que nuestros enfermos se quejan.

En este punto se abre un amplio camino lateral, que conduce a la Patología, y en el que por el momento no entraremos.

No podemos, en cambio, dejar de mencionar la relación de las fantasías con los sueños. Tampoco nuestros sueños nocturnos son cosa distinta de tales fantasías, como lo demuestra evidentemente la interpretación onírica.

El lenguaje, con su sabiduría insuperable, ha resuelto hace ya mucho tiempo la cuestión de la esencia de los sueños, dando también este mismo nombre a las creaciones de los que fantasean.

El hecho de que, a pesar de esta indicación, nos sea casi siempre oscuro el sentido de nuestros sueños obedece a la circunstancia de que también nocturnamente se movilizan en nosotros deseos que nos avergüenzan y que hemos de ocultarnos a nosotros mismos, habiendo sido por ello reprimidos y desplazados a lo inconsciente.

A estos deseos reprimidos, así como a sus ramificaciones, sólo puede serles permitida una expresión muy deformada. Una vez que la investigación científica logró encontrar la explicación de la deformación de los sueños no se hizo ya difícil descubrir que los sueños nocturnos son satisfacciones de deseos, al igual de los sueños diurnos, las fantasías, que tan bien conocemos todos.

Pasemos ahora de las fantasías al poeta. ¿Deberemos realmente arriesgar la tentativa de comparar al poeta con el hombre «que sueña despierto», y comparar sus creaciones con los sueños diurnos? Se nos impone, ante todo, una primera diferenciación: hemos de distinguir entre aquellos poetas que utilizan temas ya dados, como los poetas trágicos y épicos de la antigüedad, y aquellos otros que parecen crearlos libremente.

Nos atendremos a estos últimos y elegiremos para nuestra comparación no precisamente los poetas que más estima la crítica, sino otros más modestos: los escritores de novelas, cuentos e historias, los cuales encuentran, en cambio, más numerosos y entusiastas lectores.

En las creaciones de estos escritores hallamos, ante todo, un rasgo singular: tienen un protagonista que constituye el foco del interés, para el cual intenta por todos los medios el poeta conquistar nuestras simpatías, y al que parece proteger con especial providencia.

Cuando al final de un capítulo novelesco dejamos al héroe desvanecido y sangrando por graves heridas, podemos estar seguros de que al principio del capítulo siguiente lo encontraremos solícitamente atendido y en vías de restablecimiento; y si el primer tomo acaba con el naufragio del buque en el que nuestro héroe navegaba, es indudable que al principio del segundo tomo leeremos la historia de su milagroso salvamento, sin el cual la novela no podría continuar.

El sentimiento de seguridad, con el que acompañamos al protagonista a través de sus peligrosos destinos, es el mismo con el que un héroe verdadero se arroja al agua para salvar a alguien que está en trance de ahogarse, o se expone al fuego enemigo para asaltar una batería; es aquel heroísmo al cual ha dado acabada expresión uno de nuestros mejores poetas (Anzengruber): «No puede pasarme nada.» Pero, a mi juicio, en este signo delator de la invulnerabilidad se nos revela sin esfuerzo su majestad el yo, el héroe de todos los ensueños y de todas las novelas.

Otros rasgos típicos de estas narraciones egocéntricas indican la misma afinidad.

El hecho de que todas las mujeres de la novela se enamoren del protagonistano puede apenas interpretarse como una posible realidad, pero sí desde luego comprenderse como elemento necesario del ensueño.

Y lo mismo cuando las demás personas de la novela se dividen exactamente en dos grupos: «los buenos» y «los malos», con evidente renuncia a la variedad de los caracteres humanos, observable en la realidad. Los «buenos» son siempre los amigos, y los «malos», los enemigos y competidores del yo, convertido en protagonista.

Ahora bien: no negamos en modo alguno que muchas producciones poéticas se mantienen muy alejadas del modelo del ingenuo sueño diurno, pero no podemos acallar la sospecha de que también las desviaciones más extremas podrían ser relacionadas con tal modelo a través de una serie de transiciones sin solución alguna de continuidad.

Todavía en muchas de las llamadas novelas psicológicas me ha extrañado advertir que sólo una persona, el protagonista nuevamente, es descrita por dentro; el poeta está en su alma y contempla por fuera a los demás personajes.

Acaso la novela psicológica debe, en general, su peculiaridad a la tendencia del poeta moderno a disociar su yo por medio de la autoobservación en yoes parciales, y personificar en consecuencia en varios héroes las corrientes contradictorias de su vida anímica.

Especialmente contrapuestas al tipo del sueño diurno parecen ser aquellas novelas que pudiéramos calificar de «excéntricas», en las cuales la persona introducida como protagonista desempeña el mínimo papel activo, y deja desfilar ante ella como un mero espectador los hechos y los sufrimientos de los demás. De este género son varias de las últimas novelas de Zola.

Pero hemos de advertir que el análisis psicológico de numerosos sujetos no escritores desviados en algunos puntos de lo considerado como normal nos ha dado a conocer variantes análogas de los sueños diurnos, en las cuales el yo se contenta con el papel de espectador.

Si nuestra comparación del poeta con el ensoñador y de la creación poética con el sueño diurno ha de entrañar un valor, tendrá, ante todo, que demostrarse fructífera en algún modo. Intentaremos aplicar a las obras del poeta nuestra tesis anterior de la relación de la fantasía con el pretérito, el presente y el futuro y con el deseo que fluye a través de los mismos, y estudiar con su ayuda las relaciones dadas entre la vida del poeta y sus creaciones.

En la investigación de este problema se ha tenido, por lo general, una idea demasiado simple de tales relaciones.

Según los conocimientos adquiridos en el estudio de las fantasías, debemos presuponer las circunstancias siguientes: un poderoso suceso actual despierta en el poeta el recuerdo de un suceso anterior, perteneciente casi siempre a su infancia, y de éste parte entonces el deseo, que se crea satisfacción en la obra poética, la cual del mismo modo deja ver elementos de la ocasión reciente y del antiguo recuerdo. La complicación de esta fórmula no debe arredrarnos.

Por mi parte, sospecho que demostrará no ser sino un esquema harto insuficiente; pero de todos modos puede entrañar una primera aproximación al proceso real, y después de varios experimentos por mí realizados, opino que esa consideración de las producciones poéticas no puede ser infructuosa. No debe olvidarse que la acentuación, quizá desconcertante, de los recuerdos infantiles en la obra del poeta se deriva en último término de la hipótesis de que la poesía, como el sueño diurno, es la continuación y el sustitutivo de los juegos infantiles.

Examinemos ahora aquel género de obras poéticas en las que no vemos creaciones libres, sino elaboraciones de temas ya dados y conocidos. También en ellas goza el poeta de cierta independencia, que puede manifestarse en la elección del tema y en la modificación del mismo, a veces muy amplia.

Ahora bien: todos los temas dados proceden del acervo popular, constituido por los mitos, las leyendas y las fábulas. La investigación de estos productos de la psicología de los pueblos no es, desde luego, imposible; es muy probable que los mitos, por ejemplo, correspondan a residuos deformados de fantasías optativas de naciones enteras a los sueños seculares de la Humanidad joven.

Se me dirá que he tratado mucho más de las fantasías que del poeta, no obstante haber adscrito al mismo el primer lugar en el título de mi trabajo. Lo sé, y voy a tratar de disculparlo con una indicación del estado actual de nuestros conocimientos. No podía ofrecer en este sentido más que ciertos estímulos y sugerencias que la investigación de las fantasías ha hecho surgir en cuanto al problema de la elección del tema poético.

El otro problema, el de los medios con los que el poeta consigue los efectos emotivos que sus creaciones despiertan, no lo hemos tocado aún.

Indicaremos, por lo menos, cuál es el camino que conduce desde nuestros estudios sobre las fantasías a los problemas de los efectos poéticos. Dijimos antes que el soñador oculta cuidadosamente a los demás sus fantasías porque tiene motivos para avergonzarse de ellas.

Añadiremos ahora que aunque nos las comunicase no nos produciría con tal revelación placer ninguno. Tales fantasías, cuando llegan a nuestro conocimiento, nos parecen repelentes, al menos nos dejan completamente fríos.

En cambio, cuando el poeta nos hace presenciar sus juegos o nos cuenta aquello que nos inclinamos a explicar como sus personales sueños diurnos, sentimos un elevado placer, que afluye seguramente de numerosas fuentes. Cómo lo consigue el poeta es su más íntimo secreto; en la técnica de la superación de aquella repugnancia, relacionada indudablemente con las barreras que se alzan entre cada yo y las demás, está la verdadera ars poética. Dos órdenes de medios de esta técnica se nos revelan fácilmente.

El poeta mitiga el carácter egoísta del sueño diurno por medio de modificaciones y ocultaciones y nos soborna con el placer puramente formal, o sea estético, que nos ofrece la exposición de sus fantasías.

A tal placer, que nos es ofrecido para facilitar con él la génesis de un placer mayor, procedente de fuentes psíquicas más hondas, lo designamos con los nombres de prima de atracción o placer preliminar.

A mi juicio, todo el placer estético que el poeta nos procura entraña este carácter del placer preliminar, y el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma. Quizá contribuye no poco a este resultado positivo el hecho de que el poeta nos pone en situación de gozar en adelante, sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno, de nuestras propias fantasías. Nos hallaríamos aquí en trance de nuevas investigaciones, tan interesantes como complicadas.


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