Planeta Freud

021. 03. Análisis fragmentario de una histeria. (Caso «Dora») – 1901 [1905]

Posted on: agosto 4, 2009

Mi hermano me dice que no tenemos derecho a criticar los actos de nuestro padre. En todo caso debíamos alegrarnos de que haya encontrado una mujer a la que pueda dedicar su corazón, y que mamá no le comprende. Estas ideas de mi hermano me parecen muy justas, y quisiera pensar como él, pero no puedo; no puedo perdonar a mi padre su conducta».

¿Qué hacer, pues, ante tal idea cuando conocemos ya su base consciente y las vanas objeciones que contra ella eleva el sujeto? Concluimos que debe su intensificación a lo inconsciente. No puede ser resuelta por una labor mental, bien porque alcanza con sus raíces hasta el material inconsciente reunido o porque se esconde detrás de ella otra idea inconsciente, la cual es entonces casi siempre su antítesis directa.

Las antítesis se hallan siempre estrechamente enlazadas entre sí y con frecuencia apareadas de tal modo, que una de las ideas es intensamente consciente, y la otra, en cambio, inconsciente y reprimida.

Esta situación es consecuencia de una modalidad especial del proceso de la represión. La represión se constituye a veces de manera que la antítesis de la idea que ha de ser reprimida queda extraordinariamente reforzada.

Damos a este proceso el nombre de intensificación por reacción y a la idea que se afirma intensamente en lo consciente y se muestra irreprimible como si de un prejuicio se tratase, el de idea de reacción.

Merced a cierto exceso de intensidad, la idea de reacción mantiene reprimida a la otra, pero simultáneamente queda a su vez como desvanecida y protegida contra la labor mental consciente. El camino para despojar de su excesiva intensidad a la idea dominante es hacer consciente la antítesis reprimida.

No podemos excluir tampoco el caso de que la preponderancia de una idea no sea el producto de uno solo de los procesos reseñados, sino de ambos conjuntamente.

Pueden también presentarse otras complicaciones fácilmente reducibles a las indicadas. Veamos qué resulta de aplicar a este caso la hipótesis de que Dora desconocía la raíz de su preocupación obsesiva en torno de las relaciones de su padre con la mujer de K. por ser dicha raíz inconsciente en ella. Los datos obtenidos en el análisis nos revelan cuál era. La conducta de Dora iba más allá de su condición final.

Sentía y obraba más bien como una mujer celosa, tal y como hubiera parecido comprensible que obrase su madre. Con el dilema que a su padre planteaba -«Esa mujer o yo»-, los reproches que le dirigía y su amenaza de suicidio, se situaba claramente en el lugar de la madre.

Pero al mismo tiempo, si la fantasía en que se basaban sus accesos de tos ha sido exactamente reconstruida por nosotros, resultará que se identificaba en ella con la mujer de K.

Se identificaba, pues, con las dos mujeres a quienes su padre había amado. Hemos de concluir, por tanto, que obraba como si ella misma supiera o estuviera dispuesta a reconocer que se hallaba enamorada de su padre.

Mi experiencia psicoanalítica me ha enseñado a ver en estas relaciones inconscientes entre padre e hija o madre e hijo, reconocibles en sus consecuencias anormales, una reviviscencia de gérmenes sensitivos infantiles.

Ya en otro lugar hemos expuesto cuán tempranamente se establece la atracción sexual entre padres e hijos y hemos demostrado que la fábula de Edipo constituye probablemente una elaboración poética del nódulo típico de estas relaciones.

Esta temprana inclinación de la hija hacia el padre y del hijo hacia la madre, de la cual entrañan casi todos los hombres clara huella, ha de ser supuesta muy intensa en los niños constitucionalmente predispuestos a la neurosis, tempranamente maduros y ansiosos de cariño. Intervienen luego determinadas influencias que ahora no podemos entrar a describir, y que fijan el impulso amoroso rudimentario o lo intensifican de tal manera, que ya en los años infantiles o luego en la época de la pubertad se convierte en algo equivalente a una inclinación sexual, atrayendo a sí, como ésta, una carga de libido. Las circunstancias externas de la vida de nuestra paciente no son nada desfavorables a tal hipótesis.

Su disposición congénita la había impulsado siempre hacia el padre, cuyas numerosas enfermedades hubieron de intensificar su cariño por él. En algunas de ellas, el padre no consentía que le cuidara más que Dora, y orgulloso de su inteligencia tempranamente desarrollada, había hecho de ella, desde muy niña, su persona de confianza. La aparición de la mujer de K. la había suplantado, pues, realmente, en muchos sentidos, más que a su madre.

Cuando comuniqué a Dora mi sospecha de que su inclinación hacia el padre había integrado ya tempranamente un preciso carácter de enamoramiento, la sujeto me dio su respuesta habitual: «No me acuerdo.» Pero en el acto relató algo totalmente análogo de una primita suya de siete años en la que creía ver un reflejo de su propia niñez.

Esta pequeña había sido testigo una vez de una violenta discusión entre sus padres, y cuando poco después fue Dora a visitarla, se acercó a ella y le murmuró al oído:

«No puedes figurarte cuánto odio a esa mujer (refiriéndose a su madre). Cuando se muera, me casaré con papá.»

En tales asociaciones, que armonizan con una afirmación mía anterior, acostumbro ver una confirmación de la misma, procedente de lo inconsciente. No es posible extraer del inconsciente otro tipo de ‘Sí’, no existe en absoluto un ‘No’ para el inconsciente.

Este amor a su padre no se había manifestado en mucho tiempo. Por el contrario, Dora había vivido durante muchos años en perfecta armonía con aquella mujer que la había suplantado cerca de su padre, e incluso había fomentado sus relaciones con éste, como ya hemos visto por sus autorreproches.

Este amor había sido intensificado ahora, aunque no sabemos por qué ni con qué fin. Seguramente como síntoma de reacción para reprimir otro impulso más poderoso en lo inconsciente.

Ante el aspecto que las cosas presentaban, hube de pensar, en primer lugar, que tal elemento reprimido era el amor a K. Había de suponer que su enamoramiento duraba aún, pero que desde la escena del lago -y por motivos desconocidos-había surgido en ella una violenta resistencia contra aquel amor, renaciendo entonces su antigua inclinación hacia el padre, intensificada con objeto de desvanecer su recuerdo consciente de aquel amor displaciente de sus primeros años infantiles.

Pero luego descubrí un conflicto muy apropiado para conmover la vida anímica de la muchacha. Por un lado, lamentaba haber rechazado las pretensiones de aquel hombre tan enamorado de ella; pero por otro se resistían contra ello poderosos motivos, entre los cuales se traslucía fácilmente su orgullo. Había llegado así a convencerse de haber alejado totalmente de su pensamiento a K. -tal era la ventaja extraída en el proceso de represión- y, sin embargo, tuvo que evocar y exagerar, para protegerse contra él, su inclinación infantil hacia el padre.

El hecho de que entonces la dominase constantemente una celosa irritación parecía correspondiente a otra determinación suplementaria. No era contrario a mis esperanzas el hecho de que al desarrollar esta explicación ante Dora la recibiese ella con la más violenta repulsa. La negativa que nos opone el paciente cuando situamos por vez primera ante su percepción consciente la idea reprimida, no hace más que confirmar la represión.

Si eludimos interpretar tal negativa como la expresión de un juicio imparcial, del que no es capaz el enfermo, la dejamos de lado y continuamos nuestra labor, no tardan en presentarse pruebas de que el «no» significa en tales casos el «sí» deseado. Dora confesó que no le era posible guardar a K. todo el rencor que por su conducta para con ella merecía, y relató que un día se había cruzado con él en la calle, yendo acompañada por una prima suya que no le conocía.

Su prima le había dicho:

«¿Qué te pasa, Dora? Te has puesto pálida como una muerta.»

Ella misma no había sentido nada que pudiera hacerle sospechar semejante transformación exterior, y entonces le expliqué que la expresión de los afectos obedece más a lo inconsciente que a la conciencia y delata frecuentemente los impulsos de aquél. Otro día llegó a la consulta de muy mal humor, sin que pudiera explicarme por qué. Dijo tan sólo que aquel día era el cumpleaños de su tío, y que, sin saber por qué motivo, le molestaba mucho tener que ir a felicitarle.

Mi arte interpretativo carecía aquel día de penetración. Dejé, pues, hablar a la paciente hasta que recordó de pronto que aquel mismo día era también el cumpleaños de K., hecho sobre el cual hube de atraer su atención. No fue difícil entonces hallar también la explicación de por qué los regalos que había recibido días antes, con motivo de su cumpleaños, no le habían proporcionado la menor alegría. Faltaba entre ellos el de K., que antes había sido para Dora el más valioso.

Entre tanto, seguía contradiciendo mi afirmación, hasta que al final ya del análisis pude obtener su confirmación completa. He de tratar ahora de una nueva complicación, de la que no hablaría seguramente si hubiera de inventar tal estado de ánimo para una novela en lugar de analizarlo como médico. El elemento al que ahora voy a aludir puede tan sólo desvanecer y enturbiar el bello conflicto poético que suponemos de Dora, y seguramente sería suprimido por el poeta, que siempre tiende a simplificar y a abstraer cuando actúa como psicólogo.

Pero en la realidad que aquí me esfuerzo en describir es regla general la complicación de los motivos y la acumulación y composición de los impulsos anímicos, o sea la superdeterminación.

Detrás de la serie de ideas preponderantes que giraban en derredor de las relaciones del padre con la mujer de K. se escondía también un impulso de celos cuyo objeto era aquella mujer; un impulso, pues, que sólo podía reposar sobre una inclinación hacia el propio sexo.

Conocido es, y ha sido múltiplemente acentuado, que tanto los muchachos como las muchachas muestran en los años de la pubertad, y aun siendo normales, claros indicios de una inclinación homosexual. La amistad apasionada por una compañera de colegio, con promesas de correspondencia constante y celosa sensibilidad, suele ser premisa del primer amor intenso a un hombre.

En condiciones favorables, la corriente homosexual queda totalmente cegada; pero cuando el amor hacia el hombre resulta desdichado, dicha corriente es reanimada por la libido, en años posteriores, hasta diferentes grados de intensidad.

Si en las personas sanas nos es difícil comprobar regularmente tales hechos, nuestras observaciones anteriores sobre el más amplio desarrollo de los gérmenes normales de perversión en los neuróticos nos prepararán a encontrar también en la constitución de estos últimos una disposición homosexual considerablemente más intensa. Y así debe ser, en efecto, pues en mi psicoanálisis de sujetos masculinos o femeninos he hallado siempre, y sin excepción, tal corriente homosexual.

En aquellos casos de mujeres o muchachas histéricas cuya libido sexual orientada hacia el hombre ha quedado enérgicamente reprimida, aparece regularmente intensificada la corriente homosexual, que a veces llega a hacerse consciente.

Este tema, indispensable para la inteligencia de la histeria masculina, no puede ser desarrollado aquí porque el análisis de Dora quedó interrumpido antes de poder arrojar ninguna luz sobre él. Recordemos, sin embargo, a aquella institutriz con la que al principio vivió en íntima comunión espiritual hasta advertir que su afecto era simplemente un reflejo del que a su padre profesaba, momento en el cual obligó a su familia a despedirla.

También surgió con especial frecuencia entre sus confesiones el relato de otro análogo desengaño. Con aquella prima suya que luego se había casado había mantenido Dora relaciones muy cordiales, compartiendo con ella todos sus secretos. La primera vez que el padre volvió a B., después de la interrumpida visita a los K. en su residencia veraniega a orillas del lago, y Dora se negó, naturalmente, a acompañarle, hizo que fuese con él aquella otra muchacha.

Este hecho enfrió el cariño de Dora hasta tal punto, que ella misma extrañaba cuán indiferente había llegado a serle aquella prima suya, tan querida antes, sin que pudiera explicárselo.

Ello me llevó a preguntarle cuáles habían sido sus relaciones con la mujer de K. hasta la ruptura definitiva.

Averigüé entonces que entre la joven casada y la tierna adolescente había subsistido durante años enteros una estrecha y confiada amistad. Durante las temporadas que Dora pasaba en casa de los K., compartía con la mujer el lecho conyugal, del cual quedaba temporalmente desterrado el marido.

En todas las dificultades de la vida matrimonial había sido confidente y consejera de la mujer, que no tenía para Dora secreto alguno. Medea consentía gustosa que Kreusa se ganase el cariño de sus hijos, y no hizo tampoco nada para estorbar sus relaciones con el padre de los mismos.

El hecho de que Dora llegase a amar a aquel hombre, tan duramente criticado por su dilecta amiga, plantea un interesante problema psicológico, cuya solución nos la da acaso nuestro conocimiento de que en lo inconsciente coexisten sin violencia las ideas más dispares y antitéticas, coexistencia que subsiste frecuentemente aún en la conciencia. Cuando la sujeto hablaba de la mujer de K., alababa su «cuerpo blanquísimo» con un acento más propio de una enamorada que de una rival vencida.

En otra ocasión mostró más melancolía que enfado al comunicarme su convicción de que los regalos que su padre le hacía eran elegidos por la mujer de K., pues reconocía en ellos su gusto, y otra vez hizo resaltar que muchos de los regalos recibidos los debía, en realidad, a aquella mujer, que le había oído manifestar el deseo de poseer tal o cual cosa y se lo había comunicado a su padre.

En general, puedo afirmar no haber oído nunca a Dora palabra alguna hostil contra aquella mujer, en la que hubiera debido ver, sin embargo, dada la orientación de su idea predominante, la causa principal de sus desdichas.

Se conducía, pues, de un modo inconsecuente, pero esta inconsecuencia era precisamente la expresión de una corriente afectiva complicadora.

En efecto: ¿cómo se había portado con ella su amiga, tan apasionadamente querida? Cuando la sujeto denunció la conducta de K. y éste recibió una carta del padre pidiéndole explicaciones, contestó a ella haciendo resaltar el respeto y la consideración que siempre le había inspirado la muchacha y ofreciéndose a acudir a B. para desvanecer el equívoco.

Pero cuando unas semanas después habló efectivamente en B. con el padre de la muchacha, no tuvo ya consideración alguna con ella, sino que la atacó duramente, alegando en defensa de su proceder que una muchacha que leía libros como la Fisiología del amor y se interesaba por aquellas cosas no podía exigir respeto de un hombre. Así, pues, la mujer de K. la había traicionado, pues sólo con ella había hablado Dora del libro de Mantegazza y sobre temas sexuales. Le había pasado con ella lo mismo que antes con la institutriz. Tampoco la mujer de K. la había querido por ella misma, sino por su padre, y la había sacrificado sin la menor vacilación para no ver estorbadas sus relaciones con aquél.

Esta ofensa dolió más a Dora y ejerció sobre ella más intensa acción patógena que aquella otra idea con la cual tendía a encubrirla; esto es, la de haber sido sacrificada por su padre. La obstinada amnesia de la sujeto en cuanto a las fuentes de sus conocimientos sexuales señalaba directamente el valor afectivo de la acusación y, en consecuencia, la traición de la amiga.

No creo, pues, errar al suponer que la idea predominante de Dora, la de las relaciones ilícitas de su padre con la mujer de K., estaba destinada, no sólo a reprimir su amor, antes consciente, hacia aquel hombre, sino también a encubrir su amor a la mujer de K., inconsciente en el más profundo sentido. Con esta última corriente se hallaba dicha idea en absoluta y manifiesta oposición.

La sujeto se decía sin cesar que su padre la había sacrificado a aquella mujer, demostraba ruidosamente que no se resignaba a ceder su padre y se ocultaba así lo contrario; esto es, que no se resignaba a ceder aquella mujer a su padre y que no había perdonado a la mujer amada el desengaño que le había causado su traición. Los celos de la muchacha se hallaban apareados en lo inconsciente a unos celos de carácter masculino.

Estas corrientes afectivas masculinas, o, más exactamente dicho, ginecofílicas, son típicas de la vida amorosa inconsciente de las muchachas histéricas.

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