Planeta Freud

021. 04. Análisis fragmentario de una histeria. (Caso «Dora») – 1901 [1905]

Posted on: agosto 4, 2009

3. El primer sueño

En un momento en que el análisis parecía llegar al esclarecimiento de un período oscuro de la vida infantil de Dora me comunicó ésta haber tenido de nuevo, noches antes, un sueño ya soñado por ella varias veces en idéntica forma.

Tal sueño de retorno periódico había de despertar mi curiosidad, y en interés del tratamiento debía ser interpolado en la marcha del análisis. Decidí, pues, analizarlo con toda minuciosidad. Dora lo describió en la forma siguiente:

«Hay fuego en casa. Mi padre ha acudido a mi alcoba a despertarme y está en pie al lado de mi cama. Me visto a toda prisa. Mamá quiere poner aún en salvo el cofrecito de sus joyas. Pero papá protesta: ‘No quiero que por causa de su cofrecito ardamos los chicos y yo.’ Bajamos corriendo. Al salir a la calle despierto.»

Lo cual quiere decir que sabía usted la denominación indicada.

El sentido de su sueño se hace ya más claro.

Se dijo usted:

«Ese hombre anda detrás de mí; quiere entrar en mi cuarto; mi «cofrecillo» corre peligro, y si sucede algo, la culpa será de mi padre.»

Por ello integra usted en el sueño una situación que expresa todo lo contrario: un peligro del cual la salva su padre.

En esta región del sueño queda todo transformado en su contrario.

Pronto verá usted por qué. La clave nos la da precisamente la figura de su madre. ¿Cómo? Usted ve en ella a una antigua rival en el cariño de su padre.

En el incidente de la pulsera pensó usted en aceptar gustosa lo que ella rechazaba. Vamos a sustituir ahora «aceptar» por «dar» y «rechazar» por «negar». Hallaremos así que usted estaba dispuesta a dar a su padre lo que mamá le negaba, y que se trataba algo de relacionado con las joyas.

Recuerde usted ahora el cofrecillo que le había regalado K. Tiene usted aquí el punto inicial de una serie paralela de ideas en la cual, como en la situación de hallarse en pie junto a su cama, debe sustituirse K. por su padre. K. le ha regalado a usted un cofrecillo, y ahora debe usted regalarle a él el de usted.

Por eso le hablé antes de un regalo «en correspondencia».

En esta serie de ideas habremos de sustituir a su mamá por la señora de K., la cual sí estaba entonces con ustedes. Usted se halla, pues, dispuesta a dar a K. lo que su mujer le niega. Tal es la idea que con tanto esfuerzo ha de ser reprimida y hace así necesaria la transformación de todos los elementos en sus contrarios respectivos Como ya indiqué a usted antes de iniciar el análisis, este sueño confirma que usted se esfuerza en despertar de nuevo su antiguo amor a su padre para defenderse contra el amor a K.

¿Qué demuestran todos estos esfuerzos? No sólo que teme usted a K., sino que aún se teme usted más a sí misma y teme a la tentación de ceder a sus deseos. Confirma usted, pues, con ello cuán intenso era su amor a K.. Como era de esperar, esta última parte de la interpretación no logró el asentimiento de Dora.

Pero la interpretación de su sueño no terminaba aquí. Tenía una continuación que me parecía indispensable tanto para la anamnesis del caso como para la teoría del sueño.

Prometí, pues, a Dora comunicársela en la sesión siguiente. No podía olvidar, en efecto, la indicación que parecía desprenderse de las palabras equívocas antes subrayadas («que por la noche puede pasar algo; que puede ser necesario salir de la pieza»).

Agregábase a esto que la aclaración del sueño me parecía incompleta en tanto no se cumpliera cierta condición a la que no quiero atribuir carácter general, pero cuyo cumplimiento busco siempre. Un sueño regular posee dos puntos de sustentación: el motivo esencial actual y un suceso infantil de graves consecuencias.

Entre estos dos puntos, el suceso infantil y el actual, establece el sueño un enlace e intenta transformar el presente conforme al modelo del más temprano pretérito.

El deseo que crea el sueño procede siempre de la infancia: quiere volver la infancia a la realidad, corregir el presente conforme al modelo de la infancia.

En el contenido del sueño de Dora me parecía ya reconocer aquellos fragmentos con los que podía componerse una alusión a un suceso infantil. Comencé la investigación correspondiente con un pequeño experimento que, como de costumbre, salió bien. Encima de mi mesa había casualmente una cerillera de amplias proporciones. Pedí a Dora que observase si sobre la mesa había algo desacostumbrado. No vio nada.

A continuación le pregunté si sabía por qué se prohibía a los niños jugar con cerillas.

– Sí.

Por temor a que ocasionen un incendio.

A los chicos de mi tío les gusta mucho jugar con cerillas. – No es sólo por eso.

Se les prohibe jugar con fuego porque se cree que tales juegos tienen determinadas consecuencias… Dora ignoraba a qué podía yo referirme. – Se cree que si juegan con fuego, mojarán por la noche la cama.

Esta creencia se funda quizá en la antítesis entre el agua y el fuego, suponiéndose, por ejemplo, que soñarán con fuego e intentarán apagarlo con agua. No puedo dar una explicación exacta. Pero veo que la antítesis entre el agua y el fuego le ha prestado a usted excelentes servicios en su sueño. Su madre quiere poner en salvo el cofrecillo para que no arda, y en las ideas latentes del sueño, de lo que se trata es de que el «cofrecillo» no se moje.

El concepto fuego no es empleado únicamente como antítesis del concepto agua; sirve también para representar el amor. Del concepto fuego parte así un camino que conduce, a través de esta significación simbólica, hasta las ideas amorosas, y otro que, a través del concepto antitético agua, y luego de ramificarse en una relación con el amor, que también moja, llega a lugar distinto. ¿Adónde? Piense usted en sus palabras de antes:

«Puede suceder por la noche algo que le obligue a uno a salir.»

¿No pueden referirse a una necesidad física? Y si las transfiere usted a la infancia, ¿pueden referirse a cosa distinta de que el niño moje la cama? ¿Y qué es lo que se suele hacer para evitar que los niños mojen la cama? Despertarlos por la noche, como en su sueño la despierta a usted su padre.

Tal sería, pues, el suceso que le da a usted el derecho de sustituir a K., el cual la despierta a usted cuando dormía la siesta, por la figura de su padre. Debo, pues, concluir que la enuresis nocturna duró en usted más tiempo del corriente en los niños. Lo mismo debió de sucederle a su hermano, pues su padre dice: «No quiero que mis dos hijos… perezcan.»

Fuera de esto, no tiene su hermano nada que ver con la situación de entonces en casa de K., pues ni siquiera estaba en L. ¿Qué recuerdos surgen en usted a propósito de todo esto? – Con respecto a mí misma, ninguno -respondió Dora-. De mi hermano recuerdo que se orinaba en la cama hasta los seis o siete años. Y a veces también durante el día.

Me disponía a indicarle cuánto más fácil era recordar tales cosas de un hermano que de uno mismo, cuando continuó con un recuerdo nuevo: – Sí. También yo padecí enuresis nocturna durante una temporada.

Pero cuando ya tenía siete u ocho años. Tanto, que tuvieron que consultar al médico. Fue poco antes de empezarme el asma nerviosa. -¿Y qué dijo el doctor? – Lo atribuyó a debilidad nerviosa y me recetó un tónico, asegurando que sería una cosa pasajera.

La interpretación del sueño parecía así quedar terminada. La sujeto aportó aún, días después, un nuevo detalle del mismo. Había olvidado decirme que cuantas veces había soñado aquel sueño había advertido al despertar olor a humo.

El humo concordaba muy bien con el fuego e indicaba que el sueño tenía una relación especial con mi persona, pues cuando la sujeto alegaba que detrás de algún punto no se ocultaba nada, solía yo argüir que «no hay humo sin fuego».

Pero contra esta interpretación exclusivamente personal oponía Dora que su padre y K. eran, como yo, fumadores impenitentes. También ella fumaba, y cuando K. inició su desgraciada declaración amorosa, acababa de liarle un cigarrillo. Creía recordar también con seguridad que el olor a humo no había surgido por vez primera en la última repetición de su sueño, sino ya en las tres veces consecutivas que los había soñado en L. Como no me proporcionó más aclaraciones, quedó de cuenta mía incluir este detalle del olor a humo en el tejido de las ideas latentes del sueño.

Podía servirme de punto de apoyo el hecho de que la sensación de humo había aparecido como apéndice a su relato del sueño, habiendo tenido que vencer, por tanto, un esfuerzo especial de la represión.

En consecuencia, pertenecía probablemente a la idea mejor reprimida y más oscuramente representada en el sueño, o sea a la de la tentación de ceder a los deseos de su enamorado, y siendo así, apenas podía significar otra cosa que el deseo de recibir un beso, caricia que si es hecha por un fumador, ha de saber siempre a humo. Ya dos años antes había K. besado una vez a la muchacha, y si ésta hubiera acogido ahora sus pretensiones amorosas, tales caricias se hubieran renovado con frecuencia.

Las ideas de tentación parecen haber retrocedido así hasta la pretérita escena de la tienda y haber despertado el recuerdo de aquel primer beso contra cuya seducción se defendió por entonces la sujeto desarrollando una sensación de repugnancia. Reuniendo ahora todos aquellos indicios que hacen verosímil una transferencia sobre mí, facilitada por el hecho de ser yo también el fumador, llego a la conclusión de que en alguna de las sesiones del tratamiento se le ocurrió a la paciente desear que yo la besase. Tal hubiera sido entonces el motivo de la repetición del sueño admonitorio y de su resolución de abandonar la cura.

Esta hipótesis nada improbable no pudo, sin embargo, ser demostrada a causa de las singularidades de la «transferencia».

Podía ahora vacilar entre aplicar al historial de nuestro caso los datos obtenidos en el análisis de este sueño o rebatir antes la objeción que del mismo parece deducirse contra mi teoría del fenómeno onírico.

Elegiré lo primero.

Vale la pena profundizar en la significación de la enuresis nocturna en la prehistoria de los neuróticos.

Para evitar confusiones me limitaré a hacer constar que el caso de enuresis nocturna de Dora no era de los corrientes. No sólo se había prolongado más allá del tiempo considerado como normal, según la propia manifestación de Dora, sino que había desaparecido primero para reaparecer luego en época relativamente tardía, cuando la sujeto había cumplido ya los seis años. Una incontinencia de este género no puede tener, a mi juicio, causa distinta de la masturbación, la cual desempeña en la etiología de la enuresis un papel insuficientemente apreciado hasta ahora.

Según toda mi experiencia en la materia, los mismos niños se dan cuenta perfecta de esta relación, y todas las consecuencias psíquicas ulteriores se derivan de este conocimiento como si los sujetos no lo hubieran olvidado jamás.

Ahora bien: en el momento en que Dora desarrolló el relato de su sueño, la investigación analítica seguía una trayectoria que hubo de conducir a tal confesión de la masturbación infantil.

Poco tiempo antes la sujeto había planteado la cuestión de la causa de su enfermedad, y antes que yo iniciase observación alguna a este respecto, se había respondido a sí misma imputando a su padre toda la culpa de su estado. Tal imputación no se basaba, además, en ideas inconscientes, sino en un conocimiento consciente.

Para mi mayor sorpresa resultó, en efecto, que la muchacha sabía de qué género había sido la enfermedad de su padre.

Al volver éste de su primer viaje a Viena para consultarme, Dora había sorprendido una conversación en la que se había citado el nombre de la enfermedad.

En años anteriores, cuando el padre sufrió el desprendimiento de retina, el oculista llamado a consulta debió de indicar la etiología luética de la enfermedad, pues la muchacha, preocupada y curiosa, oyó por entonces a una anciana tía suya decir a su madre: «Ya estaba enfermo antes de casarse contigo», añadiendo luego algo que Dora no comprendió de momento y luego refirió a cosas ilícitas.

Así, pues, el padre, había enfermado a consecuencia de su vida libertina, y Dora suponía que le había transmitido hereditariamente la enfermedad.

Por mi parte evité cuidadosamente comunicarle mi opinión, ya antes expuesta, de que los descendientes de individuos luéticos integraban una predisposición especial a graves neuropsicosis. La continuación de esta serie de ideas acusadoras contra el padre avanzaba a través de material inconsciente. Dora se identificó durante algunos días en ciertos síntomas y singularidades con su madre, lo que le dio ocasión a mostrarse particularmente insoportable, y me dejó luego adivinar que pensaba pasar una temporada en el balneario de Franzensbad, donde ya había estado otra vez -no sé ya en qué año-, acompañando a su madre.

Esta última padecía de dolores en el bajo vientre y flujo blanco -catarro genital-, síntomas que aconsejaban las aguas de Franzensbad. Dora suponía-probablemente con razón- que aquella enfermedad era también imputable al padre, que había contagiado a su madre su afección sexual. No tenía nada de extraño que en esta deducción confundiera la sujeto, como en general la mayoría de los profanos, la gonorrea con la sífilis y la transmisión hereditaria con el contagio por el coito.

Su persistencia en la identificación con la madre me obligó a casi preguntarle si también ella padecía una enfermedad genital, resultando que, en efecto, venía aquejada de flujo blanco, sin que pudiera precisar exactamente desde cuándo.

Comprendí ahora que detrás de la serie de ideas francamente acusadoras contra el padre se ocultaba, como de costumbre, una acusación contra la propia persona, y salí a su encuentro asegurando a Dora que el flujo blanco constituía en las jóvenes solteras un indicio de masturbación y que, a mi juicio, todas las demás causas a las que solía atribuirse tal enfermedad quedaban muy en segundo término comparadas con la masturbación.

En consecuencia, parecía estar a punto de contestarse a sí misma la interrogación que antes había planteado sobre el origen de su enfermedad con la confesión de haberse entregado a la masturbación probablemente en sus años infantiles. Dora negó resueltamente recordar nada de este orden, pero días después dejó ver algo que había de considerarse como un nuevo paso hacia tal confesión.

Por primera y última vez en todo el tratamiento trajo colgado del antebrazo un bolsillo de piel, con el que empezó a juguetear mientras hablaba, abriéndolo y cerrándolo, metiendo en él un dedo, etc. Observé durante un rato este manejo de la paciente y le expliqué después el concepto del acto sintomático. Llamamos así a aquellos actos que los hombres ejecutan automática e inconscientemente, sin darse cuenta de ellos, como jugando, y a los que niegan toda significación, declarándolos indiferentes y casuales cuando se los interroga sobre ellos.

Pero una más cuidadosa observación muestra que tales actos, de los cuales la conciencia no sabe o no quiere saber nada, exteriorizan ideas e impulsos inconscientes, resultando así muy valiosos e instructivos como manifestaciones permitidas de lo inconsciente. La conducta consciente ante los actos sintomáticos es de dos clases. Cuando el sujeto puede motivarlos sin esfuerzo, suele darse cuenta de ellos; pero si no le es posible justificarlos así ante su conciencia, entonces los ignora por completo y no advierte que los ejecuta.

En el caso de Dora no era difícil la motivación: «¿Por qué no voy a usar un bolsillo como todo el mundo?» Pero tal justificación no excluye la posibilidad del origen inconsciente del acto de que se trate, aunque no sea posible, en general, demostrar irrebatiblemente al sujeto dicho origen y el sentido que atribuimos al acto. Hemos de contentarnos con hacer constar que tal sentido armoniza muy bien con la situación del momento y con la orden del día de lo inconsciente.

En otra ocasión expondremos toda una serie de estos actos sintomáticos observables tanto en los nerviosos como en los sanos.

Su interpretación se hace a veces muy fácil.

El bolsillito bivalvo de Dora no era otra cosa que una representación del genital femenino, y el acto de juguetear con él abriéndolo e introduciendo un dedo constituía una inconfundible exteriorización mímica de la masturbación. Recientemente he tenido ocasión de observar en mi consulta un caso análogo que resultó muy divertido. Una paciente, ya de cierta edad, sacó del bolsillo una cajita con pretexto de tomar de ella un caramelo refrescante, la abrió con cierto trabajo, y cerrándola de nuevo, me la entregó para que me convenciese por mí mismo de lo difícil que era abrirla.

Manifesté entonces mi sospecha de que la aparición de aquella cajita tuviera alguna significación especial, ya que era la primera vez que la veía en manos de la paciente, sometida a tratamiento desde hacía más de un año.

«Pero ¡si la llevo conmigo siempre y a todas partes !», replicó vivamente la sujeto, y no se tranquilizó hasta que yo le hice ver, riendo; cuán perfectamente se adaptaban sus palabras a otro sentido. La caja – box, puziz- es, como el bolsillo y el cofrecillo, una representación del genital femenino.

Hay en la vida muchos de estos símbolos que generalmente no advertimos. Cuando hube de plantearme la labor de prescindir del hipnotismo para extraer a la luz aquello que los hombres ocultan, guiándome tan sólo por sus palabras y sus actos, creí que habría de serme más difícil de lo que realmente es. Teniendo ojos para ver y oídos para escuchar, no tarda uno en convencerse de que los mortales no pueden ocultar secreto alguno.

Aquellos cuyos labios callan, hablan con los dedos. Todos sus movimientos los delatan. Y así resulta fácilmente realizable la labor de hacer consciente lo anímico más oculto.

El acto sintomático con el bolsillito no fue el primer brote del sueño, pues Dora inició la sesión que culminó en su relato del mismo con otro acto de igual naturaleza.

Al entrar yo en la habitación en que me esperaba, escondió rápidamente una carta que estaba leyendo. Naturalmente, le pregunté de quien era aquella carta, y al principio se negó a decírmelo. Luego resultó que carecía de toda importancia y no tenía la menor relación con nuestra cura.

Era una carta en la que su abuela le pedía que le escribiera con mayor frecuencia. Es de suponer que Dora quería sólo mostrarse primero misteriosa conmigo para indicar que ahora sí se dejaba ya arrancar su secreto por el médico. Su repugnancia a consultar a nuevos médicos se explica por el miedo a que el reconocimiento (flujo blanco) o la anamnesis (averiguación de la enuresis) descubrieran la causa de su dolencia, o sea la masturbación.

Acusaciones contra el padre, que le habría transmitido su enfermedad, y detrás de ellas una acusación contra sí misma -flujo blanco, jugueteo sintomático con el bolsillo, incontinencia posterior a los seis años-, secreto que la enferma se resiste a dejarse arrancar por los médicos; todo esto me parece constituir una prueba indicaría irreprochable de la masturbación infantil. Ya había yo empezado a sospecharla cuando la paciente me habló de los dolores de estómago que aquejaban a su prima y se identificó luego con ella acusando durante algunos días el mismo síntoma.

Sabido es con cuánta frecuencia padecen los masturbadores estos trastornos.

Según una comunicación personal de W. Fliess, son precisamente estas gastralgias las que pueden ser interrumpidas cocainizando en la nariz el punto correspondiente al estómago, por él localizado, y curadas totalmente cauterizándolo. Dora me confirmó conscientemente dos cosas: que había padecido con frecuencia tales gastralgias y que tenía fundadas razones para creer que su prima se masturbaba.

No es nada raro que los enfermos descubran en otras personas cosas que en sí mismas no logran reconocer, por oponerse a ello intensas resistencias afectivas. De todos modos, no oponía ya a la sospecha de masturbación negativa alguna, aunque no recordase aún nada que pudiera confirmarla. También la determinación cronológica de la duración de la incontinencia «hasta poco antes del primer acceso de asma nerviosa» me parecía clínicamente aprovechable.

Los síntomas histéricos no aparecen casi nunca mientras los niños continúan masturbándose, sino luego, en los períodos de abstinencia, pues representan una sustitución de la satisfacción masturbadora que lo inconsciente continúa demandando mientras no surge otra distinta satisfacción más normal, cuando tal satisfacción no se ha hecho ya imposible. De esta última condición depende la posibilidad de la curación de la histeria por medio del matrimonio y del comercio sexual normal.

Si la satisfacción cesa luego en el matrimonio por la práctica del coito interrumpido o el extrañamiento psíquico de los cónyuges, etc., la libido vuelve a buscar su antiguo curso y se manifiesta de nuevo en síntomas histéricos.

Quisiera indicar aún con seguridad cuándo y bajo qué influencia especial abandonó Dora la masturbación, pero lo incompleto del análisis me obliga a aducir aquí material insuficiente. Ya hemos visto que la enuresis se prolongó casi hasta el primer acceso de disnea.

Ahora bien: lo único que la sujeto supo aportar para la aclaración de este primer acceso fue que en aquellos días su padre había salido de viaje por vez primera después de su grave enfermedad.

Este detalle conservado en su memoria debía integrar una relación con la etiología de la disnea. Ciertos actos sintomáticos y otros diversos indicios me hicieron suponer que la niña, cuya alcoba comunicaba directamente con la de sus padres, había sorprendido alguna noche una escena de amor entre ellos, oyendo jadear a su padre, cuya respiración era ya habitualmente fatigosa, en la excitación del coito.

En tales casos, los niños sospechan lo sexual en los ruidos inquietantes, pues integran ya, como mecanismos congénitos, los movimientos expresivos de la excitación sexual. Hace ya muchos años afirmé que la disnea y las palpitaciones de la histeria y la neurosis de angustia no son sino trozos aislados del acto del coito, y en muchos casos, como en este de Dora, me ha sido posible retrotraer el síntoma de la disnea, el asma nerviosa, a la misma causa ocasional; esto es, al hecho de haber escuchado los ruidos producidos por una pareja adulta en el acto del coito.

A la influencia de la excitación entonces sentida puede atribuirse fundadamente aquella transformación que se inició por entonces en la sexualidad de la infantil sujeto y sustituyó la tendencia a la masturbación por la tendencia al miedo.

Algún tiempo después, cuando el padre estaba ausente y la niña lo echaba de menos, repitió aquella impresión bajo la forma de un acceso de asma. El hecho de esta ausencia, conservada en la memoria de Dora como motivo ocasional de su enfermedad, relata el angustiado proceso mental que acompañó al ataque.

Dora sufrió el primer acceso de asma después de una excursión por la montaña, en la que debió de sentir realmente alguna fatiga.

A esta sensación física se agregó primero la idea de que los médicos habían prohibido a su padre andar por terreno accidentado, pues debía evitar todo esfuerzo, y luego el recuerdo de la fatiga que en aquella ocasión nocturna delataba su respiración jadeante.

Este recuerdo la llevó a preguntarse si ella misma no se habría dañado gravemente con la masturbación, conducente también al órgano sexual, acompañado siempre de una ligera disnea, y luego, al retorno intensificado de esta disnea, como síntoma. Una parte de este material surgió en el análisis. La otra hube yo de completarla. La comprobación de la masturbación nos ha mostrado la forma en que el material de un tema puede ser únicamente reunido fragmentariamente en diversos tiempos y relaciones distintas.

Surge aquí toda una serie de interrogaciones importantísimas para la etiología de la histeria; por ejemplo, si el caso de Dora ha de considerarse típico desde el punto de vista etiológico y si presenta el único tipo de la causación, etcétera.

Pero creo obrar prudentemente aplazando la contestación a estas preguntas hasta haber expuesto una más amplia serie de casos análogamente analizados. Además, quisiera empezar por plantear detalladamente la cuestión. En lugar de limitarme a contestar con un «sí» o un «no» a la interrogación de si la etiología de este caso patológico ha de buscarse en la masturbación infantil, habría de fijar previamente el concepto de la etiología en las psiconeurosis.

El punto de vista desde el cual podría contestar se demostraría muy alejado de aquel otro desde el cual se me dirige la interrogación. Bastará que en este caso lleguemos a la convicción de que ha sido posible descubrir la masturbación y que la misma no ha sido nada casual ni indiferente para la estructura del cuadro patológico.

Todavía conseguiremos más amplia comprensión de los síntomas de Dora atendiendo a la significación de la dolencia el flujo blanco por ella confesada. La palabra «catarro», con la que aprendió a designar su afección cuando un padecimiento análogo de su madre hizo necesaria una cura en el balneario de Franzensbad, es nuevamente un «equívoco» que faculta una exteriorización, en el síntoma de la tos, a toda la serie de ideas sobre la culpabilidad del padre en la causación de la enfermedad.

Esta tos, que tuvo seguramente su origen en un catarro real insignificante, constituía, por otro lado, una imitación del padre enfermo del pecho, y podía dar expresión a la piedad filial de la muchacha.

Pero además exteriorizaba algo de lo cual la sujeto no tenía quizá aún conciencia por entonces:

«Soy hija de mi padre. Tengo, como él, un catarro. Me ha contagiado su enfermedad, como antes la contagió a mi madre. También me ha transmitido malas pasiones, de las cuales es castigo la enfermedad».

Intentaremos ahora reunir las distintas determinaciones halladas para los accesos de tos y de afonía.

En el estrato más profundo hemos de suponer la existencia de un estímulo de la tos, orgánicamente condicionado, que sería el grano de arena en torno al cual forma el molusco la perla. Tal estímulo es susceptible de fijación por corresponder a una región somática que ha conservado en la muchacha un intenso carácter de zona erógena.

Es, pues, muy adecuado para dar expresión de la libido excitada. Queda fijado por su primer disfraz psíquico la imitación compasiva del padre enfermo y luego por los autorreproches a causa del «catarro».

Este mismo grupo de síntomas se muestra además adecuado para presentar las relaciones con el señor K., lamentar su ausencia y expresar el deseo de ser para él una esposa mejor que la suya. Cuando una parte de la libido se orientó nuevamente hacia el padre, el síntoma adquirió su quizá última significación para representar el comercio sexual con el padre en identificación con la señora de K.

El sueño transforma el propósito inconsciente de refugiarse al amparo del padre en una situación que muestra cumplido el deseo de que el padre la salve del peligro.

Para conseguirlo así tiene que echar a un lado una idea contraria: la de que el padre es precisamente quien la ha expuesto a aquel peligro. El impulso hostil contra el padre (deseo de venganza) en este punto reprimido constituye luego uno de los motores del segundo sueño. Conforme a las condiciones de la producción onírica, la situación fantaseada es elegida tal que reproduzca una escena infantil.

Para la elaboración de sueños supone un triunfo conseguir la transformación de una situación reciente, quizá, la del mismo motivo ocasional del sueño, en una situación infantil. En ese caso lo consigue por una pura casualidad del material.

Exactamente en la misma forma en que su enamorado se había aproximado a su lecho, despertándola, lo hacía su padre en la infancia. Toda su transformación queda simbolizada exactamente sustituyendo en esta situación la persona de K. por la del padre.

Pero el padre la despertaba en su tiempo para que no mojase la cama. Esta idea de «mojar» determina todo el resto del sueño, aunque sólo aparezca representado por una alusión lejana y por una antítesis.

La antítesis de «mojar», «agua», puede ser muy bien «arder», «fuego». La casualidad de que el padre hubiera expresado al llegar a L. su temor a un posible incendio coadyuva a decidir que el peligro de que el padre la salva sea un fuego.

En esta casualidad y en la antítesis de la idea de «mojar» se apoya la situación elegida para la imagen onírica. Hay fuego y el padre acude junto a su lecho para despertarla.

El temor casualmente manifestado por el padre no hubiera llegado a adquirir esta significación en el contenido del sueño si no hubiera armonizado tan bien con la corriente afectiva victoriosa que tendía a hallar a toda costa en el padre auxilio y salvación.

El sueño muestra así que el padre se ha dado cuenta inmediata del peligro y ha acudido en auxilio de su hija. (En realidad, lo que había hecho era exponer a la muchacha a tal peligro.) En las ideas latentes del sueño, el concepto «mojado» desempeña el papel de un foco de convergencia de varios núcleos de representaciones.

Pertenece no sólo al de la enuresis nocturna, sino también al de la tentación sexual, reprimido y oculto detrás de aquel contenido del sueño. La sujeto sabe que también en el comercio sexual queda «mojada» la mujer, que el hombre da a la mujer en el coito algo líquido en forma de «gotas».

Sabe que precisamente en ello está el peligro y que debe evitar que sus órganos genitales sean mojados. Con los conceptos «mojado» y «gotas» se inicia simultáneamente el otro núcleo de asociaciones, esto es, el del repulsivo catarro genital que en los años de juventud de la sujeto tuvo para ella la misma significación vergonzosa que la enuresis en su infancia. «Mojado» equivale aquí a «contaminado».

El órgano genital, que ha de ser conservado puro y limpio, está ya contaminado por el catarro, y tanto en su madre como en ella. Dora parece comprender aquí que la manía de limpieza de su madre no es sino la reacción a aquella impureza.

Ambos núcleos coinciden en un punto: la madre ha recibido del padre las dos cosas, la «mojadura sexual» y el flujo contaminador. Los celos contra la madre son inseparables del círculo de ideas correspondientes al amor al padre despertado como protección.

Este material no es aún capaz de representación.

Pero en cuanto pueda encontrarse un recuerdo que esté en igual relación aprovechable con los dos círculos del «mojado» y eluda la repugnancia, tal recuerdo pasará a representar dicho material en el contenido del sueño.

El recuerdo buscado es hallado en el suceso de las «gotas» de perlas que la madre deseaba recibir como «adorno».

Aparentemente, el enlace de esta reminiscencia con los dos círculos de la humedad sexual y de la impureza es sólo exterior, superficial y meramente verbal, ya que las «gotas» aparecen empleadas como equívoco, como palabra de doble sentido, y «adorno» es, como «limpio», una antítesis un tanto forzada de «impuro» (contaminado).

Pero en realidad no es difícil señalar íntimos enlaces de contenido. El recuerdo proviene del material de los celos, de raíz infantil, pero continuados luego contra la madre.

A través de los dos puentes de palabras indicados puede ser transferida a la reminiscencia de las «gotas» toda la significación concomitante a las representaciones del comercio sexual entre los padres, el flujo blanco y la atormentada manía de la limpieza de la madre.

Pero todavía ha de tener lugar otro desplazamiento. Lo que llega a ser acogido en el contenido del sueño no son las «gotas», más cercanas al «mojado» primitivo, sino las «joyas», más lejanas a él.

Así, pues, si este elemento hubiera quedado incluido en la situación onírica ya fijada, el fragmento correspondiente del sueño habría sido: la madre quiere aún salvar las «joyas».

Pero en la nueva variante -«joyero»- se impone a posteriori el influjo de elementos pertenecientes al círculo de la tentación emanada de K.

Este no había regalado a Dora una «joya», pero sí un «joyero», representación de todas las tiernas atenciones por las cuales le había de estar agradecida la muchacha.

El «joyero» así acogido en el contenido manifiesto del sueño tiene todavía un valor representativo especial. ¿No es acaso una imagen usual para designar el genital femenino intacto e impoluto? ¿Y, por otro lado, una palabra inocente y, en consecuencia, muy adecuada tanto para indicar como para encubrir las ideas sexuales ocultas detrás del sueño?

De este modo el contenido del sueño incluye en dos puntos el «joyero de la madre», y este elemento sustituye la mención de los celos infantiles, de las gotas y, por tanto, de la humedad sexual y de la contaminación por el flujo, y por otro lado, la de las ideas actuales de tentación que impulsan a la sujeto a corresponder al amor de su pretendiente y pintar la situación sexual inminente, deseada y temida.

El elemento «joyero» es como ningún otro un resultado de la condensación y del desplazamiento y una transacción entre corrientes antitéticas. Su doble aparición en el contenido del sueño indica su múltiple origen de fuentes actuales e infantiles. El sueño es la reacción a un suceso reciente y excitante que hubo de despertar el recuerdo del único acontecimiento análogo de años anteriores, esto es, el de la escena de la tienda, el beso y la repugnancia sentida al recibirlo.

Pero a esta escena puede llegarse también por caminos asociativos distintos, partiendo del círculo de ideas relativo al catarro y del referente a la tentación actual.

Aporta, pues, al contenido del sueño una contribución propia que ha de adaptarse a la situación preformada. Hay fuego…, y como el beso supo a humo, la sujeto advierte olor a humo en el contenido del sueño, el cual se prolonga, en este caso, más allá del despertar.

En el análisis de este sueño he dejado, desgraciadamente y por inadvertencia, una laguna.

El padre dice en él: «No quiero que mis dos hijos perezcan…» (Las ideas latentes continuarían; a consecuencia de la masturbación.) Tales frases emergentes en los sueños se componen regularmente de fragmentos de frases realmente dichas u oídas por el sujeto. Hubiera debido, por tanto, informarme del origen real de aquélla.

El resultado de esta investigación hubiera señalado una mayor complicación de la estructura del sueño, pero también la hubiera hecho más transparente.

¿Habremos de suponer que este sueño integró antes en L. exactamente el mismo contenido que en su repetición durante la cura? No parece necesario. La experiencia muestra que los hombres afirman muchas veces haber soñado reiteradamente idéntico sueño, cuando en realidad las distintas apariciones del mismo se han diferenciado en numerosos detalles y amplias variantes.

Así, una de mis pacientes me comunicó en una ocasión haber vuelto a soñar por aquellos días en la misma forma que siempre su sueño favorito, en el que se veía nadando en un mar intensamente azul cuyas olas surcaba gozosa, etc. Una investigación más detenida reveló que el sueño mostraba en sus repeticiones detalles diferentes sobre el mismo fondo.

Por ejemplo: en una de las repeticiones del sueño el mar estaba helado y la sujeto nadaba entre grandes témpanos. Otros sueños que la paciente no intentaba ya dar como repeticiones del mismo mostraban con éste reiterado un íntimo enlace.

Así, en uno de ellos veía la isla de Heligoland, que conocía por fotografías, un barco en el mar y a su bordo dos amigos suyos de juventud, etc.

Lo indudable es que el sueño de Dora, emergido durante la cura, había adquirido un sentido nuevo actual sin modificar quizá su contenido manifiesto. Integraba entre sus ideas latentes una relación con el tratamiento y correspondía a una renovación del propósito pretérito de escapar a un peligro.

Si no sufría un error mnémico al afirmar que ya en L. había advertido olor a humo al despertar de su sueño, ha de reconocerse que supo introducir muy hábilmente mi frase «No hay humo sin fuego» en aquel fragmento onírico ya forjado en el que aparece utilizada para la superdeterminación del último elemento.

Un innegable azar fue que el último motivo ocasional actual, el hecho de que la madre cerrara con llave el comedor por las noches, dejando prisionero al hermano en su alcoba, trajera consigo un enlace con la ocultación de la llave por K. en L., acto que maduró el propósito de fuga de Dora al ver que no podía ya encerrarse en su cuarto. Quizá el hermano no apareciera en los sueños de entonces, en cuyo caso la frase «mis dos hijos» no habría llegado a ser integrada en el sueño hasta después del último motivo ocasional.

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agosto 2009
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