Planeta Freud

021. 05. Análisis fragmentario de una histeria. (Caso «Dora») – 1901 [1905]

Posted on: agosto 4, 2009

4. El segundo sueño

Pocas semanas después del primer sueño emergió el segundo, cuya solución coincidió con el prematuro final del análisis, interrumpido en este punto por causas ajenas a mi voluntad.

Este segundo sueño no pudo ser tan plenamente esclarecido como el primero, pero trajo consigo la deseada confirmación de cierta hipótesis, ineludible ya sobre el estado psíquico de la paciente, cegó una laguna mnémica y descubrió la génesis de otro de los síntomas que Dora presentaba. La sujeto hizo de él el relato siguiente:

– Voy paseando por una ciudad desconocida y veo calles y plazas totalmente nuevas para mí.

Entro luego en una casa en la que resido, voy a mi cuarto y encuentro una carta de mi madre.

Me dice que habiendo yo abandonado el hogar familiar sin su consentimiento no había ella querido escribirme antes para comunicarme que mi padre estaba enfermo.

Ahora ha muerto, y si quieres puedes venir. Voy a la estación y pregunto unas cien veces: «¿Dónde está la estación?» Me contestan siempre lo mismo: «Cinco minutos.» Veo entonces ante mí un bosque muy espeso.

Penetro en él y encuentro a un hombre al que dirijo de nuevo la misma pregunta.

Me dice: «Todavía dos horas y media».

Se ofrece a acompañarme. Rehuso y continúo andando sola. Veo ante mí la estación, pero no consigo llegar a ella y experimento aquella angustia que siempre se sufre en estos sueños en que nos sentimos como paralizados. Luego me encuentro ya en mi casa.

En el intervalo debo haber viajado en tren, pero no tengo la menor idea de ello. Entro en la portería y pregunto cuál es nuestro piso. La criada me abre la puerta y me contesta: «Su madre y los demás están ya en el cementerio». La interpretación de este sueño no dejó de presentar dificultades.

A consecuencia de las especialísima circunstancias, íntimamente enlazadas a su mismo contenido, que provocaron la interrupción del tratamiento, no pudo ser totalmente aclarado.

A ellas ha de imputarse también el hecho de que mi recuerdo del orden de sucesión de las soluciones logradas no sea muy seguro. Indicaré también cuál era el tema sobre el que recaía el análisis en el momento en que surgió el sueño. Dora trataba de fijar, por aquellos días, la relación de sus propios actos con los motivos que podían haberlos provocado.

Se preguntaba, así, por qué en los días siguientes a la escena con K. en los alrededores del lago había silenciado celosamente lo sucedido y por qué luego, de repente, se había decidida a contárselo todo a sus padres.

Por mi parte encontraba también necesario aclarar por qué Dora se había sentido tan gravemente ofendida por la declaración amorosa, tanto más cuanto que empezaba a vislumbrar que tampoco para K. se trataba de una liviana tentativa de seducción, sino de un hondo y sincero enamoramiento.

El hecho de que la muchacha denunciase a sus padres lo sucedido me parecía constituir un acto anormal, provocado ya por un deseo patológico de venganza. A mi juicio, una muchacha normal hubiera resuelto la situación por sí sola.

Expondré ahora, en el orden en que va surgiendo en mi recuerdo, el material que emergió en el análisis de este sueño.

«Va paseando por una ciudad desconocida y ve calles y plazas.»

La sujeto asegura que no se trataba de B., como ya suponía en un principio, sino de una ciudad en la que jamás había estado. Le hice observar que podía haber visto cuadros o fotografías de las que luego hubiera extraído el escenario de su sueño.

A esta observación mía enlazó Dora la ampliación antes citada de su primer relato: «En una plaza veo un monumento», y en el acto descubrió la fuente de que provenían las imágenes de su sueño.

En Navidad había recibido un álbum con vistas de un balneario alemán, y el mismo día del sueño lo había sacado de una caja en que guardaba multitud de estampas y fotografías, para enseñárselo a unos parientes suyos. Con tal motivo había preguntado a su madre: «¿Dónde está la caja?». Una de las vistas que el álbum contenía era la de una plaza en cuyo centro se alzaba un monumento.

El álbum era regalo de un joven ingeniero al que había conocido en la ciudad en que el padre tenía sus fábricas.

Este ingeniero, deseoso de crearse pronto una situación independiente, había aceptado una colocación ventajosa en Alemania y aprovechaba toda ocasión de hacerse recordar por Dora, demostrando su intención de pedirla en matrimonio en cuanta su situación se lo permitiese.

Pero había que esperar. El acto de vagar por una ciudad desconocida aparecía superdeterminado. Conducía a uno de los motivos diurnos ocasionales del sueño. Durante las fiestas de Navidad había acudido a Viena un joven provinciano, primo de Dora, al que la muchacha tuvo que pilotear por la capital.

Este motivo diurno ocasional era totalmente indiferente. Pero aquel joven pariente recordó a Dora una estancia suya en Dresden, durante la cual paseó por aquella ciudad en la que nunca había estado, y visitó, naturalmente, la famosa Galería pictórica. Otra primo suyo que iba con ella y conocía ya Dresden se ofreció a guiarla en esta visita, pero Dora rechazó su ofrecimiento y fue sola, recorriendo las salas con todo espacio y deteniéndose largamente ante los cuadros que más llamaron su atención.

Ante la «Madonna» sixtina permaneció dos horas en serena ensoñación admirativa. Cuando luego le preguntaron qué era lo que tanto le había gustado en aquella pintura no supo explicarse claramente.

Por último dijo: «La ‘Madonna’.» Es indudable que todas estas asociaciones pertenecen al material productor del sueño, pues integran elementos que retornan sin modificación alguna en el mismo (rechazó su ofrecimiento y siguió sola -dos horas- ). Observo ya que las «imágenes» corresponden a un foco de convergencia del tejido de las ideas latentes del sueño (las fotografías del álbum -las pinturas de Dresden-).

También el tema de la «Madonna», de la madre virgen, nos ofrece un punto de apoyo para ulteriores deducciones.

Pero, ante todo, veo que en esta primera parte del sueño Dora se identifica con un hombre joven.

Vaga por un país extranjero, se esfuerza en alcanzar un fin, pero hay algo que le detiene; precisa tener paciencia y esperar.

Si Dora pensaba aquí en el ingeniero, el fin perseguido en su sueño hubiera podido ser la posesión de una mujer, la posesión de su propia persona.

Pero en lugar de esto era una estación. Sin embargo, conforme a la relación de la pregunta formulada en el sueño con la que realmente hubo de formular durante el día inmediatamente anterior al mismo, podemos sustituir la estación por una caja y en el simbolismo onírico caja y mujer son ya conceptos próximos.

«Pregunta unas cien veces…»

Esto nos lleva a otro motivo ocasional del sueño menos indiferente ya. La noche misma de su sueño su padre le había pedido, al retirarse a dormir, que le trajese la botella de coñac, pues si no bebía un poco al acostarse no lograba conciliar el sueño. Dora pidió la llave del aparador a su madre, pero ésta se hallaba tan abstraída en una conversación, que no oyó su demanda hasta que la muchacha exclamó, con exageración impaciente:

«¿Quieres decirme dónde está la llave del aparador? Te lo he preguntado ya cien veces.»

En realidad, no habría repetido naturalmente su pregunta más de unas cinco veces. La pregunta «¿Dónde está la llave?» me parece constituir la contrapartida masculina de la otra interrogación: «¿Dónde está la caja?» (Véase el primer sueño.) Trátase, pues, de interrogaciones referentes a los genitales.

Aquella misma noche, en la cena con que habían obsequiado a varios parientes, uno de ellos había brindado por el padre, expresando su deseo de que gozara de salud por muchos años, etc. Dora había visto entonces dibujarse en el fatigado rostro de su padre una contracción melancólica y había adivinado las tristes ideas que en él despertaban tales votos.

¡Pobre padre tan gastado ya y tan enfermo! ¡Quién podía saber cuánto tiempo le quedaba aún de vida! Con esto llegamos al contenido de la carta que aparece en el sueño, y según la cual Dora había abandonado el hogar familiar y su padre había muerto.

En este punto recordé a la sujeto la carta de despedida que en otra ocasión había dirigido a sus familiares.

Aquella carta estaba destinada a atemorizar a su padre impulsándole a romper sus relaciones con la señora de K., o, por lo menos, a vengarse de él si ni aún así lograba imponerle tal ruptura. Nos hallamos, pues, ante el tema de la muerte de la propia Dora y de la muerte de su padre (el «cementerio» luego en el sueño). ¿Erraremos mucho suponiendo que la situación que forma la fachada del sueño corresponde a una fantasía de venganza contra el padre?

Las ideas compasivas del día anterior armonizarían muy bien con esta hipótesis. Tal fantasía sería como sigue: ella abandonaría a sus padres, marchándose al extranjero, y su padre se moría de pena, quedando así vengada ella. Comprendía muy bien lo que ahora le faltaba al padre hasta el punto de que le fuera imposible conciliar el sueño sin beber coñac.

Dejaremos consignado este deseo de venganza como un nuevo elemento para una síntesis ulterior de las ideas latentes del sueño. Pero el contenido de la carta había de tener más amplia determinación. Se imponía buscar la procedencia de las palabras «si ¿quieres?».

Al llegar a este punto, aportó Dora una adición a su primer relato del sueño, manifestando que la palabra «quieres» estaba en interrogación, y seguidamente reconoció la frase como una cita de la carta que la señora de K. le había escrito, invitándola a pasar con ellos una temporada en L. (la estación veraniega junto al lago).

Dicha carta contenía, en efecto, un signo de interrogación completamente fuera de lugar y en medio de frase, después de las palabras «… si ¿quieres venir?»

Retornamos, pues, a la escena a orillas del lago y a los enigmas con ella enlazados. Rogué a Dora que me relatase una vez más, con todo detalle, tal escena.

Al principio no aportó dato ninguno nuevo de importancia. K. había iniciado su declaración amorosa en serias reflexiones destinadas a justificarla, pero la muchacha no le dejó desarrollarlas, pues en cuanto comprendió de lo que se trataba, le abofeteó y huyó de su lado. Quise saber cuáles habían sido exactamente las palabras de K., pero Dora sólo recordaba una de sus frases de justificación: «Ya sabe usted que mi mujer no es nada para mí».

Para no volver a tropezar con K., Dora quiso regresar a L. a pie, rodeando el lago y preguntó a un hombre, al que encontró en su camino, cuánto tardaría en llegar. «Dos horas y media» fue la respuesta. Dora renunció entonces a su propósito y embarcó de nuevo en el vaporcito que los había traído.

En él volvió a encontrar a K., que se acercó a ella para pedirle perdón y rogarle que no contase a nadie lo sucedido. Dora no se dignó contestarle.

El bosque de su sueño era idéntico al que cubría la orilla del lago en la que se había desarrollado la escena nuevamente descrita.

Pero también el día anterior al sueño había visto la sujeto un bosque análogamente poblado en un cuadro de una exposición. Este cuadro mostraba en segundo término varias figuras de ninfas. Quedaba así confirmada una sospecha. que ya venía asaltándome.

En efecto, los conceptos de estación (Bahnhof) y cementerio (Friedhof) me habían parecido harto extraños e inhabituales como símbolos de los genitales femeninos y esta singularidad había orientado mi atención hacia la palabra Vorhof (vestíbulo), de análoga formación, empleada también como término anatómico para designar una determinada región de los genitales de la mujer.

Pero esto podía ser un error mío. La nueva asociación relativa a las «ninfas» en el fondo de su «espeso bosque» vino ahora a disipar por completo tales dudas, confirmando plenamente mi hipótesis, pues estaba de lleno en la geografía simbólica sexual.

«Ninfas» es un término anatómico, totalmente desconocido en este sentido por los profanos e incluso poco usado por los mismos médicos, con el que se designan los pequeños labios del genital femenino situado al fondo del «espeso bosque» del vello sexual.

Ahora bien: una sujeto que empleaba términos técnicos tales como Vorhof y «ninfas», tenía que haber adquirido semejantes conocimientos leyendo algún tratado de Anatomía o consultando una enciclopedia, refugio habitual esta última de la juventud devorada por la curiosidad sexual.

Así, pues, detrás de la primera situación del sueño se ocultaba, si mi interpretación no era errónea, una fantasía de desfloración; esto es, cómo un hombre se esfuerza en penetrar el genital femenino.

Estas deducciones mías debieron de impresionar profundamente a la sujeto pues hicieron emerger en ella el recuerdo de un trozo olvidado de su sueño «Voy tranquilamente a mi cuarto y me pongo a leer un libro muy voluminoso que encuentro encima de mi escritorio.» Detalles importantes son aquí la «tranquilidad» de la sujeto y el «volumen» del libro.

A mi pregunta de si el formato de este último era el habitual en las enciclopedias, respondió en el acto afirmativamente.

Ahora bien: cuando los niños cogen una enciclopedia para satisfacer su curiosidad sobre materias prohibidas, no leen nunca tranquilamente. Tiemblan y miran a cada momento en torno suyo, temiendo que sus familiares los sorprendan.

Pero la fuerza cumplidora de deseos del sueño había mejorado fundamentalmente tan inquietante situación. El padre había muerto y los demás habían ido al cementerio. Dora podía leer tranquilamente lo que quisiera. ¿No indicaría acaso esto que una de las razones que impulsaban a Dora a la venganza era la rebeldía contra la coerción ejercida por los padres? Muerto el padre, podía ella leer y amar con plena libertad.

Al principio no quiso recordar haber consultado nunca una enciclopedia, pero luego acabó por comunicarme tal recuerdo, si bien por completo inocente. Cuando aquella tía suya, a la que tanto quería, enfermó gravemente y Dora había decidido ya trasladarse a Viena para estar a su lado, recibió una carta de otro tío suyo comunicándole que, por su parte, le era imposible ponerse en camino, pues uno de sus hijos, primo de Dora, por tanto, había caído en cama con un ataque de apendicitis.

En esta ocasión había consultado la sujeto una enciclopedia para enterarse de cuáles eran los síntomas de la apendicitis.

De su lectura recordaba aún el dolor característico en el vientre. Recordé entonces que poco después de la muerte de su tía, y hallándose aún en Viena, había Dora pasado una enfermedad que se supuso apendicitis. Hasta el momento no me había yo atrevido a contar esta enfermedad entre sus dolencias histéricas. La sujeto relataba haber tenido fiebre alta los primeros días y haber sufrido aquel dolor en el vientre que la enciclopedia señalaba como uno de los síntomas de la apendicitis. Le habían recetado compresas frías, pero no había podido resistirlas.

El segundo día, y entre violentos dolores, se le había presentado el período, muy irregular en ella desde que había comenzado a estar enferma.

Por aquella época padecía un estreñimiento pertinaz. No parecía factible considerar tal estado como puramente histérico. No obstante estar plenamente comprobada la existencia de fiebres histéricas, parecía arbitrario atribuir a la histeria y no a una causa orgánica la fiebre de esta dudosa enfermedad de Dora.

Me disponía, pues, a abandonar esta pista cuando la misma sujeto vino en mi ayuda, aportando una última adición a su sueño: «Me veo subiendo la escalera.» Naturalmente, demandé en el acto una especial determinación de este detalle. Dora objetó, probablemente sin tomarlo ella misma en serio, que para llegar al piso en que habitaban no tenía más remedio que subir la escalera; pero yo rebatí fácilmente tal objeción, haciéndole observar que si su sueño la había trasladado desde la ciudad desconocida en la que se iniciaba hasta Viena, prescindiendo en absoluto de todo detalle referente al viaje en ferrocarril, también podía haber prescindido de aquel acto, mucho menos importante, de subir la escalera.

Entonces continuó en la forma siguiente: Después de la apendicitis se le había hecho difícil andar, pues le costaba trabajo avanzar el pie derecho.

Esta dificultad, prolongada durante bastante tiempo, la había llevado a evitar en lo posible las escaleras. Todavía arrastraba a veces trabajosamente el pie derecho. Los médicos a los que su padre les hizo acudir en consulta extrañaron mucho aquel residuo inhabitual de una apendicitis tanto más cuanto que el dolor abdominal no había vuelto a presentarse ni acompañaba siquiera el esfuerzo que la paciente había de hacer para avanzar el pié.

Se trataba, pues, de un verdadero síntoma histérico.

Aunque la fiebre hubiera obedecido a una causa orgánica circunstancial -quizá a una afección de tipo gripal sin localización especial alguna-, quedaba demostrado que la neurosis había aprovechado la ocasión utilizándola para una de sus manifestaciones.

Dora

se había procurado aquella enfermedad cuyos síntomas había leído en la enciclopedia, se había castigado así por tal lectura y había de decirse que el castigo no correspondía a la lectura del artículo «apendicitis», totalmente inocente, sino que había surgido por un proceso de desplazamiento, una vez que a tal lectura vino a agregarse otra, más culpable, que hoy se ocultaba detrás de la primera, inocente.

Quizá pudiera investigarse todavía cuáles habían sido los temas de la otra lectura. ¿Qué significaba, pues, aquel estado que quería imitar una peritiflitis? El resto de aquella enfermedad, la dificultad para avanzar una pierna, no correspondía a una peritiflitis; debía armonizar mejor con la significación secreta, posible mente sexual, del cuadro patológico, y su aclaración habría de arrojar alguna luz sobre dicha buscada significación.

El sueño había integrado indicaciones de tiempo, concepto nada indiferente en cuanto atañe al suceder biológico.

Pregunté pues, a la sujeto cuándo había sufrido aquel ataque de apendicitis, si antes o después de la escena junto al lago. Rápidamente y sin titubeos produjo Dora una respuesta que resolvía ya de una vez todas las dificultades: nueve meses después. No podía darse un plazo más característico.

Así, pues, la supuesta apendicitis había realizado la fantasía de un parto, utilizando para ello los modestos medios de que la paciente disponía: dolores y hemorragia menstrual. Dora conocía, naturalmente, la significación de semejante plazo y no pudo negar toda verosimilitud a mi sospecha de que también hubiese consultado la enciclopedia en lo referente al embarazo y al parto.

Pero ¿qué podía significar aquella dificultad para avanzar una pierna ? En este punto tenía que arriesgarme a adivinar.

Andamos así cuando nos hemos lastimado un pie. Ahora bien: si los síntomas de Dora, nueve meses después de la escena junto al lago, transferían a la realidad su fantasía inconsciente de un parto, ello quería decir que la muchacha había dado en aquella otra fecha anterior un «mal paso», a lo que es lo mismo, un «paso en falso».

Mas para considerar acertada esta adivinación mía me era preciso obtener de la paciente una determinada confirmación. Tengo la convicción de que síntomas tales como este del pie no surgen jamás cuando la vida infantil del paciente no integra un suceso que pueda servirles de antecedente y modelo.

Los recuerdos de épocas posteriores no entrañan, según toda mi experiencia en la materia, fuerza suficiente para exteriorizarse como síntomas.

En el caso de Dora no me atrevía casi a esperar que la sujeto me proporcionase el material buscado, procedente de su vida infantil, pues aunque el principio antes expuesto me parecía rigurosamente exacto, no podía, sin embargo, atribuirle con plena seguridad alcance general.

Pero precisamente con esta enferma obtuve en el acto su confirmación. Siendo niña había rodado por la escalera de su casa en B., y se había lastimado un pie, el mismo que ahora le costaba trabajo avanzar. Se lo vendaron y tuvo que permanecer en reposo semanas enteras. Ello sucedió teniendo la paciente ocho años y poco antes de presentársele el primer acceso de asma nerviosa.

Tratábase ahora de utilizar el descubrimiento de la fantasía inconsciente antes descrita, y lo hice en la siguiente forma:

«El hecho de que nueve meses después de la escena a orillas del lago simule usted inconscientemente un parto y arrastre luego hasta hoy la consecuencia de aquel «paso en falso», demuestra que en su inconsciente lamenta usted el desenlace de aquella escena, sentimiento que la ha llevado a rectificarlo en su pensamiento inconsciente.

Su fantasía de un parto exige como premisa la condición de que por entonces hubiera ocurrido realmente algo y hubiese usted vivido y experimentado en aquella ocasión todo lo que después hubo de buscar en la enciclopedia. Ya ve usted cómo su amor a K. no terminó con aquella escena y continúa vivo hasta hoy, como desde un principio sostuve yo contra su opinión, aunque no tenga usted conciencia de ella.» Dora no me contradijo ya.

Esta labor, encaminada a lograr la explicación del segundo sueño, nos llevó dos horas, o sea dos sesiones completas del tratamiento. Cuando al final de la segunda hora manifesté mi satisfacción ante los resultados conseguidos, Dora observó despreciativamente: «No veo que haya salido a luz nada de particular», preparándome así a la proximidad de nuevas revelaciones.

La sesión inmediata la inició Dora con las palabras siguientes:

– ¿Sabe usted, doctor, que hoy es la última vez que vengo aquí?

– ¡Cómo voy a saberlo si hasta ahora no me ha dicho usted nada que pudiera hacérmelo prever!

– Sí. Resolví seguir viniendo hasta Año Nuevo, pero ni un día más. No quiero esperar por más tiempo la curación.

– Ya sabe usted que puede interrumpir el tratamiento cuando quiera.

Pero hoy vamos a trabajar todavía. ¿Cuándo tomó usted esa resolución?

– Hace quince días.

– Quince días.

Parece como si se tratase del despido de una criada o de una institutriz.

Es el plazo habitual para anunciarles o anunciar ellas su despido.

– Cuando fui a L. a pasar unos días con los K. tenían éstos en su casa una institutriz que se despidió poco después.

– ¡Ah!, ¿sí? Nunca me ha hablado usted de ella. Cuénteme.

– Sí. Tenían una institutriz para los niños; una muchacha cuya conducta para con el amo de la casa me pareció muy singular desde el primer momento. No le saludaba ni le dirigía la palabra, ni siquiera hacía ademán de alcanzarle las cosas que pedía en la mesa.

Parecía como si no existiese para ella. Tampoco él se mostraba, ciertamente, muy cortés para con la muchacha. Uno o dos días antes de la escena a orillas del lago, la institutriz me llamó aparte y me contó que durante una temporada que la mujer de K. había estado ausente, el marido la había cortejado con insistencia, apremiándola tenazmente y asegurándole que su mujer no era nada para él, etc.

– Las mismas palabras que acababa de pronunciar en su declaración a usted cuando usted le abofeteó, ¿no ?

– Sí; la institutriz acabó por ceder a sus deseos.

Pero K. dejó de ocuparse de ella al poco tiempo, y la muchacha le odiaba desde entonces. -¿Y se despidió durante su estancia de usted en L.?

– No.

Pensaba hacerlo.

Me dijo que al verse abandonada había comunicado a sus padres, residentes en Alemania, todo lo sucedido.

Sus padres le aconsejaron que abandonara en el acto aquella casa, y al ver que no lo hacía, le escribieron rompiendo toda relación con ella y prohibiéndole volver jamás a su lado.

– ¿Y por qué no se había marchado?

– Me dijo que quería esperar aún algún tiempo para ver si K. modificaba su conducta.

En caso contrario, se despediría.

– ¿Qué ha sido de la muchacha?

– No sé nada.

Sólo que se marchó de la casa.

-¿No quedó embarazada a consecuencia de aquella aventura?

– No.

Había surgido pues en medio del análisis -cosa perfectamente normal- un trozo de material real que ayudaba a resolver problemas anteriormente planteados.

Podía ya decir a Dora: «Ahora conozco el motivo de aquella bofetada con la que respondió usted a la declaración de su amor. No fue la indignación provocada por suponerla a usted capaz de aceptar tales proposiciones de un hombre casado, sino un impulso de celosa venganza. Cuando la institutriz le contó su historia, usted hizo aún uso de su destreza habitual para echar a un lado todo aquello que contrariaba sus sentimientos.

Pero en el momento en que K. le dirigió las mismas palabras que antes a la otra muchacha -«Mi mujer no es nada para mí»-, despertaron en usted nuevos impulsos, y la balanza se inclinó decisivamente.

Se dijo usted: «Este hombre se atreve a tratarme como a una institutriz, como a una persona subordinada.» Y esta ofensa inferida a su orgullo, sumada a sus celos y a los restantes motivos conscientes y razonados, colmó ya las medidas.

Para demostrarle hasta qué punto se halla usted aún bajo la influencia de la historia de la institutriz, me bastará hacerle observar cuán repetidamente se identifica usted con ella en sus sueños y en su conducta.

Se despide usted de mí como una institutriz tomándose un plazo de quince días. La carta de su sueño, autorizándola a usted para retornar a su casa, es la contrapartida de la carta en que los padres de la institutriz prohibían a ésta presentarse ante ellos.

– ¿Por qué no se lo conté entonces todo inmediatamente a mis padres?

– ¿Qué tiempo dejó usted pasar?

– La escena con K. fue el último día de junio. Hasta el 14 de julio siguiente no se lo conté a mi madre.

– Otra vez el plazo de quince días, característico para el despido de una sirviente.

Ahora puedo ya contestar a su pregunta anterior. Comprendió usted muy bien a aquella pobre muchacha. No quiso despedirse en el acto porque esperaba que K. le otorgara de nuevo su cariño. Tal fue también el motivo que determinó su propia conducta.

Se dio usted un plazo para ver si K. renovaba su declaración, demostrándole así la seriedad de sus intenciones y que no trataba solamente de jugar con usted como antes con la institutriz.

– Pocos días después de su partida, aún me escribió una postal.

– Bien.

Pero luego, al no volver a recibir noticias suyas, dio usted libre curso a su venganza.

Aunque no es nada inverosímil que también su acusación contra K. obedeciese, en segundo término, a la intención de moverle a acudir a su lado para justificarse ante los suyos.

– Tal fue, en efecto, mi primera intención.

– Y entonces hubiera quedado cumplido su ardiente deseo de volver a verle (Dora asintió aquí, cosa que yo no esperaba) y hubiera podido darle la satisfacción que usted demandaba.

– ¿Qué satisfacción?

– Empiezo a sospechar que toda esta historia con K. ha sido para usted mucho más seria de lo que hasta ahora ha querido reconocer. ¿No se habló varias veces de separación en el matrimonio K.?

– Sí.

Primero no quiso ella, por causa de los hijos.

Ahora quiere, pero su marido no.

– ¿Y no ha pensado usted nunca que K. quería separarse de su mujer para casarse con usted? ¿Y que si ahora no quiere es porque no tiene ya tal compensación? Hace dos años era usted, desde luego, demasiado joven para casarse; pero usted misma me ha contado que su madre se prometió a los diecisiete años y esperó luego dos años.

La historia amorosa de la madre constituye, habitualmente, un modelo para la hija. Quería usted, pues, esperar a K. y suponía que por su parte sólo esperaba a que usted tuviera edad para casarse con él. He de suponer que usted llegó a edificar seriamente todo un plan de vida sobre esta base. No puede usted negar que K. abrigaba aquella intención, y en el curso del análisis han surgido muchas cosas que indican directamente la existencia de tal propósito.

La conducta de su enamorado en L. no integra tampoco prueba alguna en contrario. No le dejó usted acabar de explicarse e ignora, por tanto lo que en definitiva quería decirle.

Su matrimonio con K. no hubiera sido en realidad tan imposible. Las relaciones de su padre con la señora de K., relaciones que usted protegió en tanto resultaban favorables a sus propias intenciones, eran una garantía segura de que dicha señora consentiría en el divorcio, y en cuanto a su padre, siempre ha conseguido usted de él lo que ha querido, e incluso hubiera sido ésta la única solución posible para todos si los sucesos desarrollados en L. hubieran tenido otro desenlace.

Por haberlo comprendido así lamentó usted luego tan hondamente el desenlace por usted misma provocado y lo corrigió en la fantasía inconsciente que hubo de exteriorizarse bajo la forma de una apendicitis. Fue, pues, para usted un doloroso desengaño ver que su enamorado, en lugar de reaccionar a su acusación renovando seriamente sus pretensiones, la acusaba a su vez calumniosamente. Ha confesado usted que lo que más le indigna es la suposición de que la escena a orillas del lago sea pura imaginación suya.

Ahora sé ya lo que no quiere usted que se le recuerde: que imaginó usted serias y sinceras las pretensiones amorosas de K. y creyó que no cejaría en ellas hasta conseguirla en matrimonio.

Dora

me oyó sin contradecirme, como solía.

Parecía impresionada. Se despidió amablemente de mí, deseándome toda clase de venturas en el nuevo año…, y no volvió a aparecer por mi consulta. El padre, que aún me visitó varias veces, me aseguró que volvería, pues se la notaba deseosa de continuar el tratamiento.

Pero no creo que hablara sinceramente. Había intervenido en favor de la cura mientras supuso que yo iba a convencer a Dora de que entre él y la señora de K. no existía sino una pura amistad.

Pero al advertir que no entraba en mis cálculos tal cosa, se desinteresó por completo del tratamiento. Yo sabía muy bien que Dora no volvería a mi consulta. La inesperada interrupción del tratamiento, cuando mis esperanzas de éxito habían adquirido ya máxima consistencia, destruyéndolas así de golpe, constituía por su parte un indudable acto de venganza y satisfacía al propio tiempo la tendencia de la paciente a dañarse a sí misma.

Quien como yo despierta a los perversos demonios que habitan, imperfectamente domados, un alma humana, para combatirlos ha de hallarse preparado a no salir indemne de tal lucha.

Surge aquí la cuestión de si hubiera quizá logrado retener a la paciente prestándome a desempeñar un papel insincero; esto es, exagerando el valor que para mí había de tener la continuación del tratamiento y mostrando a Dora un caluroso interés que, no obstante las limitaciones impuestas por mi situación profesional, habría sido acogido por ella como una sustitución del cariño que tanto ansiaba. No lo sé.

Pero teniendo en cuenta que una parte de los factores que se oponen en calidad de resistencia permanece siempre y en todo caso incógnita, he huido constantemente de toda insinceridad, contentándome con ejercer desinteresadamente el arte psicológico. Con todo mi interés teórico y mis mejores deseos profesionales de ayudar a los enfermos, no olvido nunca que el influjo psíquico tiene necesariamente sus fronteras y respeto como tales el juicio y la voluntad de los pacientes.

No sé tampoco si el señor K. hubiera conseguido más si alguien le hubiera revelado que aquella bofetada de Dora no significaba en modo alguno un «no» definitivo y correspondía en realidad a los celos en ella a última hora despertados, en tanto que los más fuertes impulsos de su alma le eran francamente favorables.

Si K. hubiera hecho caso omiso de aquel «no» y hubiera continuado pretendiendo a Dora con apasionamiento convincente, es muy posible que la inclinación de la muchacha hubiese superado todas las dificultades internas.

Pero también podría haber ocurrido que tal insistencia no hubiese hecho sino incitar a Dora a satisfacer todavía más ampliamente en K. sus ansias de venganza.

En la lucha de unos motivos contra otros no es posible prever de qué lado habrá de inclinarse la solución; esto es, si habrá de levantar la represión o, por el contrario, reforzarla. La incapacidad de satisfacer una demanda real de amor es uno de los rasgos característicos esenciales de la neurosis. Los enfermos se hallan dominados por la antítesis entre la realidad y la fantasía.

Cuando encuentran en la realidad aquello mismo que más intensamente desean en su fantasía, huyen presurosamente de ello, entregándose con tanto mayor abandono a sus fantasías cuanto menos tiene que temer su realización. Desde luego, la barrera erigida por la represión puede también caer ante el ataque de violentas emociones de origen real quedando así dominada y vencida la neurosis por la acción de la realidad.

Pero no podemos saber, en general, en qué casos y cómo puede ser posible tal curación.

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