Planeta Freud

024a. 5. El chiste y su relación con el inconsciente – 1905

Posted on: agosto 4, 2009

3. Parte teórica

Relación del chiste con los sueños y lo inconsciente

Al final del capítulo dedicado a la investigación de la técnica del chiste indicábamos que los procesos de condensación, con o sin formación de sustitutivo, de desplazamiento y de representación por contrasentido, antinómica e indirecta, etcétera, que coadyuvaban a la génesis del chiste, mostraban una amplia coincidencia con los procesos de la elaboración de los sueños.

En consecuencia, nos propusimos estudiar oportunamente con todo cuidado tales analogías y además investigar la comunidad que las mismas revelaban entre el chiste y los sueños.

Esta labor comparativa quedaría en extremo simplificada si pudiéramos suponer conocido por nuestros lectores uno de los términos sobre los que ha de recaer: la elaboración del sueño.

Pero creo que obraremos más acertadamente prescindiendo de tal suposición.

Se me figura que mi Interpretación de los sueños, publicada en 1900, produjo en mis colegas de disciplina más «desconcierto» que «esclarecimiento», y sé que otros círculos de lectores se han contentado con reducir el contenido de mi teoría a una fórmula («realización de deseos») de fácil retención, pero harto susceptible de equivocado empleo.

En el continuo manejo de los problemas en dicha obra tratados a que da motivo mi actividad médica de psicoterapeuta, no he tropezado aún con nada que me obligara a modificar o rectificar los conceptos en ella vertidos.

Puedo, por tanto, esperar con toda tranquilidad que una más amplia comprensión me justifique o que una penetrante crítica logre patentizar la existencia de errores fundamentales en mi teoría.

En este lugar, y para hacer posible la labor comparativa que interesa a nuestra investigación, expondré concretamente algunos extremos de mi concepción de los sueños y de su elaboración psíquica. Conocemos tan sólo nuestros sueños por el recuerdo de apariencia generalmente fragmentaria que de ellos poseemos al despertar.

Se nos muestran entonces como un conjunto de impresiones sensoriales -visuales en su mayoría, pero también de otro género- que nos han fingido un suceso y con las cuales pueden hallarse mezclados procesos mentales (el «saber» en el sueño) y manifestaciones afectivas.

Este recuerdo de nuestro sueño ha sido calificado por mí de contenido manifiesto del sueño, y es muchas veces totalmente absurdo y embrollado, y otras, sólo lo primero o lo segundo.

Pero aun en aquellas ocasiones en que se muestra por completo coherente, como sucede en algunos sueños de angustia, constituye algo extraño a nuestra vida psíquica y de cuyo origen nos es imposible darnos cuenta. La explicación de estos caracteres del sueño se ha buscado hasta ahora en el sueño mismo, considerándolos como manifestación de una actividad irregular, disociada y -por decirlo así- «dormida» de los elementos nerviosos.

Inversamente, he mostrado yo que el singular «contenido manifiesto del sueño» puede siempre hacerse comprensible considerándolo como la transcripción deformada e incompleta de determinadas formaciones psíquicas correctas, a las que puede aplicarse el nombre de ideas latentes del sueño.

Al conocimiento de estas ideas podemos llegar dividiendo en sus elementos el contenido manifiesto, sin tener para nada en cuenta su eventual sentido aparente y persiguiendo después los hilos de asociación que parten de cada uno de los elementos aislados.

Estos hilos de asociación se entretejen unos con otros y conducen, por último, a una trama de pensamientos que no sólo son totalmente correctos, sino que pueden ser incluidos sin esfuerzo alguno en aquel conjunto de nuestros procesos psíquicos, del que poseemos perfecta conciencia.

Por medio de este «análisis» queda despojado el contenido del sueño de todas aquellas singularidades que antes nos causaban extrañeza; mas, si esta labor analítica ha de lograr sus fines, nos será necesario rechazar firmemente las objeciones críticas que durante ella se elevaron en nosotros contra la reproducción de las asociaciones provocadas por cada elemento del contenido manifiesto.

De la comparación del contenido manifiesto del sueño con las ideas latentes descubiertas por medio de análisis surge el concepto de la «elaboración del sueño», nombre con el que designamos el conjunto de procesos de transformación que han convertido las ideas latentes en el contenido manifiesto.

Producto de esta elaboración son aquellas singularidades del fenómeno onírico que tan extrañas parecen a nuestro pensamiento despierto. La función de la elaboración onírica puede ser descrita en la siguiente forma: un complicado conjunto de ideas construido durante el día y que no ha llegado a resolverse -un resto diurno- conserva todavía durante la noche su correspondiente acervo de energía -el interés- y amenaza con perturbar el reposo nocturno.

Para evitarlo, se apodera entonces de él la elaboración y lo transforma en un sueño, fenómeno alucinatorio inofensivo para el reposo. Tal resto diurno deberá ser apto, si ha de ofrecer un punto de apoyo a la elaboración de los sueños, para hacer surgir un deseo condición nada difícil de llenar.

Este deseo -que surge de las ideas latentes- constituye el grado preliminar y luego el nódulo del sueño. La experiencia adquirida en los innumerables análisis verificados -y no únicamente la especulación teórica- nos dice que en el niño basta un deseo cualquiera, restante de la vida despierta, para provocar un sueño que se muestra en estos casos comprensible y coherente, breve casi siempre y reconocible como una «realización de deseos».

En el adulto parece constituir condición general del deseo provocador del fenómeno onírico la de ser extraño al pensamiento consciente; esto es, la de ser un deseo reprimido o hallarse intensificado por circunstancias desconocidas de la conciencia.

Sin aceptar lo inconsciente en el sentido antes indicado, nos sería imposible desarrollar la teoría del sueño ni interpretar los datos suministrados por los análisis. La actuación de este deseo inconsciente sobre el correcto material consciente de las ideas latentes produce, pues, el sueño, el cual es entonces hecho descender a lo inconsciente, o mejor dicho, sometido al procedimiento peculiar de los procesos mentales inconscientes y característico de los mismos.

Lo que de los caracteres del pensamiento inconsciente y de sus diferencias del «preconsciente», capaz de conciencia, conocemos, se debe, hasta ahora, únicamente a los resultados de la «elaboración onírica».

Una teoría totalmente nueva, nada sencilla, y contraria a nuestros hábitos mentales no puede ganar en luminosidad al ser expuesta abreviadamente. Con estas explicaciones no puedo, por tanto, pretender otra cosa que remitir al lector al extenso análisis que de lo inconsciente llevo a cabo en mi Interpretación de los sueños y a los trabajos de Lipps, que, a mi juicio, son de una capital importancia en esta materia.

Sé perfectamente que todas aquellas personas que hayan seguido fielmente una disciplina filosófica determinada o se agrupen bajo la enseña de algunos de los llamados sistemas filosóficos, repugnarán aceptar la existencia de «lo psíquico inconsciente» en el sentido de Lipps y mío, y querrán demostrarnos su imposibilidad por la definición misma de lo psíquico.

Mas aparte de que todas las definiciones son convencionales y pueden modificarse fácilmente, he visto con frecuencia que personas que negaban lo inconsciente como absurdo e imposible no conocían siquiera aquellas fuentes de las que, al menos para mí, ha surgido la necesaria aceptación de dicho concepto.

Estos adversarios de lo inconsciente no habían presenciado jamás los efectos de una sugestión posthipnótica, y aquellos datos que como muestra les comunicaba yo de mis análisis de sujetos neuróticos no hipnotizados les causaban el mayor asombro.

No habían nunca reflexionado que lo inconsciente es, en realidad, algo que no «sabemos», pero que nos vemos obligados a deducir, y lo suponían algo capaz de la percatación consciente, pero en lo que no se había pensado todavía por hallarse fuera del «punto de mira de la atención».

Nunca tampoco habían intentado convencerse de la existencia de tales pensamientos en su propia vida anímica por medio de un análisis de alguno de sus sueños, y cuando yo les he guiado en la realización de tal análisis han quedado asombrados y confusos ante sus propias ocurrencias o asociaciones libres.

Mi impresión es la de que la aceptación de lo inconsciente halla en su camino grandes obstáculos afectivos, fundados en que no queremos conocer nuestro inconsciente y, por tanto, hallamos un cómodo expediente en negar en absoluto su posibilidad.

Así, pues, la elaboración del sueño, a la que retornamos después de la anterior digresión, somete el material ideológico, que le es dado en optativo, a un singularísimo proceso.

En primer lugar, le hace pasar del optativo al presente, sustituyendo el «¡Ojalá fuera!» por un «es».

Este «presente» es el destinado a la representación alucinatoria, proceso que yo he calificado de «regresión» de la elaboración del sueño; esto es, el recorrido desde los pensamientos a las imágenes de percepción, o, si queremos hablar en función de la tópica -aún desconocida y no interpretable anatómicamente- del aparato psíquico: desde el campo de las formaciones ideológicas al de las percepciones sensoriales.

Por este camino, opuesto a la dirección evolutiva de las complicaciones anímicas, llegan las ideas del sueño a adquirir perceptibilidad y se constituye una escena plástica como nódulo de la imagen onírica manifiesta.

Para alcanzar tal capacidad de representación sensorial han tenido ya que experimentar las ideas latentes profundas transformaciones en su expresión.

Mas durante la transformación regresiva de las ideas en imágenes sensoriales, son aquéllas objeto de nuevas modificaciones, que en parte reconocemos como necesarias y en parte nos producen sorpresa. Como obligada consecuencia accesoria de la regresión, desaparecen en el contenido manifiesto casi todas aquellas relaciones que mantenían formando un todo a las ideas latentes. La elaboración del sueño no se hace cargo para exponerlo en el contenido manifiesto más que del material bruto de las representaciones y no de las relaciones intelectuales que las enlazan y entretejen.

No podemos, en cambio, derivar de la regresión que supone la transformación de las ideas en imágenes sensoriales otra parte de la elaboración del sueño, y precisamente aquella que nos es más importante para establecer la analogía de la misma con la elaboración del chiste.

El material de las ideas latentes experimenta durante la elaboración onírica una extraordinaria comprensión o condensación, cuyos puntos de partida son las coincidencias que casualmente, o conforme al contenido, existen entre las ideas latentes.

Cuando estas coincidencias no nos son suficientes para una amplia condensación se crean otras nuevas pasajeras y artificiosas, y para este fin se emplean preferentemente palabras capaces de varios diferentes sentidos.

Estas nuevas coincidencias encaminadas a facilitar la condensación pasan como representantes de las ideas latentes, al contenido manifiesto, de manera que un elemento del sueño corresponde a un nudo o cruce de las ideas latentes, y con relación a las mismas, tiene que calificársele de «superdeterminado». La condensación es la parte más fácilmente visible de la elaboración del sueño.

Para hallarla nos bastará comparar la extensión de la relación escrita del contenido manifiesto de un sueño con la de las ideas latentes del mismo descubiertas por el análisis.

Menos sencillo resulta convencerse de la segunda gran transformación que la elaboración del sueño hace experimentar a las ideas latentes, o sea de aquel proceso que hemos calificado de «desplazamiento del sueño».

Este proceso se revela por el hecho de aparecer centralmente y con gran intensidad sensorial en el contenido manifiesto lo que en las ideas latentes era periférico y accesorio, o a la inversa.

El sueño se muestra entonces desplazado con respecto a las ideas latentes, y principalmente a este desplazamiento se debe que aparezca como extraño e incomprensible para la vida anímica despierta.

Para que tal desplazamiento pueda realizarse tiene que pasar libremente la energía de carga desde las representaciones importantes a las triviales, proceso que en el pensamiento normal susceptible de conciencia hace siempre la impresión de un error intelectual. La condensación, el desplazamiento y la transformación encaminada a facilitar la representación son las tres grandes funciones que hemos de atribuir a la elaboración onírica.

Agrégase a ellas una cuarta función, a la que en la Interpretación de los sueños no concedimos quizá toda la atención que merece y de la que tampoco aquí podemos ocuparnos por no tener punto alguno de contacto con los fines de nuestra actual investigación.

En un penetrante y cuidadoso desarrollo de las ideas de la «tópica del aparato anímico» y de la «regresión» -y sólo un estudio de esta clase daría todo su valor a estas hipótesis- debiera intentarse determinar en qué estaciones de la regresión se realiza cada una de las diversas transformaciones de las ideas latentes.

Este intento no ha sido emprendido aún por nadie; mas, no obstante, podemos asegurar que el desplazamiento del material ideológico se lleva a cabo mientras éste se halla aún en el grado de los procesos inconscientes.

En cambio, la condensación deberemos representárnosla como un mecanismo que actúa a lo largo de todo el proceso hasta su llegada a los dominios de la percepción, o por lo menos como una actuación simultánea de todas las fuerzas que toman parte en la elaboración.

Por último, y dada la prudencia que es necesario observar en el manejo de estos problemas, me contentaré con indicar que la elaboración del sueño, o sea el proceso que lo prepara, debe situarse en la región de lo inconsciente.

De este modo tendríamos que distinguir en la elaboración onírica tres etapas: en primer lugar, el paso de los restos diurnos preconscientes a lo inconsciente, paso al que tendrán que coadyuvar las condiciones del reposo nocturno; en segundo, la elaboración del sueño propiamente dicha en lo inconsciente, y, por último, la regresión del material onírico así elaborado a la percepción en la que el sueño se hace consciente.

Las fuerzas que participan en la elaboración del sueño son las siguientes: el deseo de dormir; la carga de energía restante aún en los restos diurnos después de su minoración por el estado de reposo; la energía psíquica del deseo inconsciente provocador del sueño y la fuerza contraria de la «censura», que reina en nuestra vida despierta y no queda del todo suprimida durante el sueño.

A la elaboración del sueño corresponde, sobre todo, la misión de vencer la coerción de la censura, y precisamente esta misión es la que es llevada a cabo por el desplazamiento de la energía psíquica dentro del material de las ideas latentes. Recordemos en qué ocasión nos hizo pensar nuestra investigación del chiste en los sueños.

Al descubrir que el carácter y el efecto del chiste se hallaban ligados a determinadas formas expresivas o medios técnicos, entre los cuales los más singulares eran las diversas especies de condensación, desplazamiento y representación indirecta, vimos que procesos de idénticos resultados nos eran ya conocidos como peculiares a la elaboración de los sueños.

Coincidencia tal tiene que hacernos deducir que la elaboración del chiste y la de los sueños han de ser idénticas, por lo menos en un punto esencial. La elaboración de los sueños nos ha descubierto, a mi juicio, con toda claridad sus principales caracteres.

En cambio, de los procesos del chiste queda aún encubierta precisamente aquella parte que podríamos comparar a la elaboración onírica: el proceso de la elaboración del chiste en la primera persona. ¿Por qué no abandonarnos a la tentación de reconstruir este proceso por analogía con la formación del sueño?

Algunos de los rasgos del sueño son tan extraños al chiste que nos es imposible transportar la parte de elaboración onírica que a ellos corresponde sobre la elaboración de los chistes.

La regresión del proceso mental a la percepción falta seguramente en el chiste; mas los otros dos estadios de la elaboración de los sueños, el descenso de un pensamiento preconsciente a lo inconsciente y la elaboración inconsciente, nos proporcionarían, transportados a la elaboración del chiste, idénticos resultados a los que en la misma podemos observar.

Nos decidiremos, por tanto, a suponer que el proceso de la formación del chiste en la primera persona es el siguiente: un pensamiento preconsciente es abandonado por un momento a la elaboración inconsciente, siendo luego acogido en el acto el resultado por la percepción consciente.

Antes de examinar en detalles esta hipótesis saldremos al paso de una posible objeción.

Partiendo nosotros del hecho de que las técnicas del chiste muestran procesos idénticos a los que nos son conocidos como peculiaridades de la elaboración de los sueños, se nos pudiera objetar fácilmente que no hubiéramos descrito las técnicas del chiste como condensación, desplazamiento, etc., ni hubiéramos hallado tan amplias coincidencias entre los medios representativos del chiste y los del sueño, si nuestro anterior conocimiento de la elaboración onírica no hubiera inclinado ya en este sentido nuestra concepción de la técnica del chiste.

Tal génesis de dichas coincidencias no constituiría, ciertamente, la más firme garantía de su real existencia fuera de nuestro prejuicio. Y si a todo esto agregamos la circunstancia de que los investigadores que en el examen de estos problemas nos han precedido no mencionan para nada tales procesos, parecerá harto justificada la objeción opuesta a nuestra teoría.

Pero lo mismo hubiera podido suceder que la fuerza de penetración que el previo conocimiento de la elaboración de los sueños ha prestado a nuestra labor investigadora, fuese precisamente lo que nos ha permitido descubrir las coincidencias observadas, que antes permanecían ocultas.

En último término siempre podrá quedar resuelta esta cuestión por medio de un examen crítico que, analizando ejemplos de chistes, demuestre que nuestra teoría de su técnica es forzada o artificiosa y que existen otras más evidentes y profundas que hemos dado de lado en favor de la nuestra, o compruebe la existencia efectiva de las coincidencias por nosotros señaladas.

A mi juicio, no tenemos por qué temer tal crítica; nuestros experimentos de reducción nos han mostrado en qué formas expresivas habíamos de buscar las técnicas del chiste, y dando a éstas nombres que anticipaban el resultado de coincidencia de la técnica del chiste con la elaboración del sueño no hicimos nada a que no tuviésemos derecho, pues realmente todo ello no constituye más que una simplificación fácilmente justificable.

Aún podrá hacérsenos otra objeción que, si bien presenta una menor importancia, nos es, en cambio, imposible rebatir tan fundamentalmente.

Pudiera opinarse que las técnicas del chiste por nosotros descubiertas son efectivamente admisibles; pero que no son todas las existentes, pues, influidos por el modelo de la elaboración onírica, no habríamos buscado más que aquellas técnicas que con ella se hallasen de acuerdo, mientras que otras, desdeñadas por nosotros hubiesen demostrado que la coincidencia deducida no era, ni mucho menos general.

No nos atrevemos a afirmar, desde luego, que hayamos conseguido explicar la técnica de todos los chistes que se encuentran en circulación y, por tanto, admitimos la posibilidad de que nuestra enumeración de las técnicas del chiste demuestre ser incompleta; pero, por otra parte, estamos seguros de no haber omitido intencionadamente ninguna de las que han aparecido a nuestra vista, y podemos afirmar que los más frecuentes, importantes y característicos medios técnicos del chiste no han escapado a nuestra atención.

El chiste posee aún otro carácter que se adapta satisfactoriamente a nuestra teoría de su elaboración, establecida por analogía con la del sueño.

Decimos que «hacemos» el chiste, pero nos damos perfecta cuenta de que en este acto nos conducimos de muy distinto modo a cuando exponemos un juicio o presentamos una objeción.

El chiste posee en alto grado el carácter de «ocurrencia involuntaria». Un instante antes no sabemos cuál es el chiste que vamos a hacer y pronto sólo necesitamos revestirlo de palabras.

Se siente más bien algo indefinible, que compararíamos, más que a nada, a una absence (ausencia), a una repentina desaparición de la tensión intelectual, y en el acto surge el chiste de un solo golpe, y la mayor parte de las veces provisto ya de su revestimiento verbal.

Algunos de los medios del chiste hallan también empleo fuera del mismo en la expresión de nuestros pensamientos; por ejemplo: la metáfora y la alusión.

Podemos hacer una alusión intencionadamente.

En este caso, nos damos cuenta (por la audición interna) de la forma expresiva directa de nuestro pensamiento; pero un obstáculo, producto de la situación externa, nos impide manifestarla en dicha forma.

Entonces nos proponemos sustituir la expresión directa por una forma de la indirecta y escogemos la alusión. Mas la alusión así nacida bajo nuestro ininterrumpido control no será nunca chistosa, por muy acertada que sea.

En cambio, la alusión chistosa surge sin que hayamos podido perseguir en nuestro pensamiento tales etapas preparatorias. No queremos evaluar exageradamente esta diferencia, que no creemos constituya nada decisivo; pero, de todos modos, sí haremos constar que se adapta perfectamente a nuestra hipótesis de que en la elaboración del chiste dejamos caer por un momento en lo inconsciente un proceso mental que surge luego de nuevo en calidad de chiste.

Los chistes muestran también asociativamente una diferente conducta. Con frecuencia rehúsan acudir a nuestro pensamiento en el momento en que los requerimos y, en cambio, surgen otras veces, como involuntariamente y en puntos de nuestro proceso mental en que no comprendemos cómo han podido entretejerse.

Son éstos caracteres de escasa importancia, pero que de todos modos constituyen indicaciones de la procedencia inconsciente del chiste. Resumamos ahora todos aquellos caracteres del mismo que pueden considerarse producto de su formación en lo inconsciente.

Ante todo, hallamos la singular brevedad del chiste, signo no indispensable, pero sí muy característico. Cuando lo hallamos por primera vez nos inclinamos a ver en él una manifestación de la tendencia economizadora, pero rechazamos en seguida tal concepción ante importantes concepciones contrarias.

Actualmente nos parece más bien un signo de la elaboración inconsciente que el pensamiento del chiste ha experimentado. Lo que a este carácter corresponde en el sueño -la condensación- no lo podemos hacer coincidir con ningún otro factor más que con la localización en lo inconsciente, y tenemos que suponer que en el proceso mental inconsciente se dan las condiciones que para tal condensación faltan en lo preconsciente.

No podemos extrañar que en el proceso de condensación se pierdan algunos de los elementos a él sometidos, mientras otros, a los que pasa su energía de carga, quedan intensificados y robustecidos. La brevedad del chiste sería, como la del sueño, un necesario fenómeno concomitante de la condensación que en ambos tiene lugar; esto es, un resultado del proceso de condensación.

A este origen debería también la brevedad del chiste su especialísimo carácter, que no nos es posible precisar más, pero que sentimos como algo muy singular.

Hemos definido antes varios de los resultados de la condensación, el múltiple empleo del mismo material, el juego de palabras y la similicadencia como economía localizada, y hemos derivado de tal economía el placer que el chiste (inocente) nos procura.

Posteriormente descubrimos la intención original del chiste en la consecución de dicho placer por medio del manejo de palabras, cosa que le era aún permitida como juego; pero que luego, en el curso del desarrollo intelectual, le fue prohibida por la crítica de la razón.

Por fin, ahora nos hemos decidido a aceptar que tales condensaciones, puestas al servicio de la técnica del chiste, nacen automáticamente, sin intención determinada, en lo inconsciente durante el proceso mental.

Mas ¿no aparecen aquí dos distintas teorías incompatibles sobre el mismo hecho? No lo creo; trátase, ciertamente, de dos distintas teorías que necesitaremos armonizar, pero que desde luego no son contradictorias. Una es sencillamente extraña a la otra, y cuando lleguemos a establecer una relación entre ellas habremos realizado un considerable progreso en nuestro conocimiento.

Que tales condensaciones son fuentes de placer es cosa muy compatible con la hipótesis de que hallan en lo inconsciente las condiciones de su génesis; en cambio, vemos el motivo de la sumersión en lo inconsciente en la circunstancia de que en él se logra fácilmente la condensación productora de placer que el chiste precisa. También otros dos factores que a primera vista parecen totalmente extraños entre sí y que se encuentran, como por un indeseado azar se demostrarán, en cuanto profundicemos un poco, como íntimamente unidos y hasta consustanciales.

Me refiero a las dos conclusiones antes establecidas de que el chiste podía hacer surgir al principio de su desarrollo en el grado de juego; esto es, en la infancia de la razón, tales condensaciones aportadoras de placer y de que, por otra parte, lleva a cabo la misma función en grados más elevados mediante la sumersión del pensamiento en lo inconsciente. Lo que sucede es que lo infantil es la fuente de lo inconsciente y que los procesos mentales de este género son precisamente los únicos posibles durante la primera época infantil.

El pensamiento que para la formación del chiste se sumerge en lo inconsciente busca allí la antigua sede del pasado juego con palabras. La función intelectual retrocede por un momento al grado infantil para apoderarse así nuevamente de la infantil fuente de placer.

Si la investigación de la psicología de las neurosis no nos lo hubiera revelado ya, la del chiste nos haría sospechar que la singular elaboración inconsciente no es otra cosa que el tipo infantil de la labor intelectual.

Mas no es nada fácil descubrir en el niño esta ideación infantil, cuyas singularidades conserva luego el adulto en su inconsciente, pues en la mayoría de los casos queda, por decirlo así, rectificada in statu nascendi.

Algunas veces consigue, sin embargo, manifestarse, y en ellas reímos de lo que denominamos «simpleza infantil». Todo descubrimiento de tal inconsciente nos hace, en general, un efecto «cómico».

Los caracteres de estos procesos mentales inconscientes se muestran con mayor claridad en las manifestaciones de los enfermos atacados de algunas perturbaciones psíquicas.

Es muy verosímil que, conforme a la antigua hipótesis de Griesinger, nos fuese más fácil llegar a la comprensión de los delirios de los enfermos mentales, prescindiendo para interpretarlos de las exigencias del pensamiento consciente y aplicándoles un procedimiento interpretativo análogo al que aplicamos a los sueños.

También para el sueño hemos hecho valer nosotros, a su tiempo, este punto de vista del «retorno de la vida anímica al estado embrional». Hemos examinado tan minuciosamente, en lo que respecta a los procesos de condensación, la significación de la analogía entre el chiste y el sueño, que en los procesos restantes podemos ser ya más concisos.

Sabemos que los desplazamientos que aparecen en la elaboración del sueño indican la actuación de la censura del pensamiento consciente, y, por tanto, al hallar el desplazamiento entre las técnicas del chiste nos inclinaremos a suponer que también en la elaboración del mismo interviene un poder coercitivo.

Así es, en efecto, la tendencia del chiste a conseguir el antiguo placer en el disparate o en el juego con palabras encuentra, hallándose el sujeto en un estado de ánimo normal, el obstáculo que debe ser vencido en cada caso.

Mas en la forma en que la elaboración del chiste consigue esta victoria es en donde se muestra un diferencia decisiva entre el chiste y el sueño.

En la elaboración onírica, el vencimiento del obstáculo se realiza siempre mediante desplazamientos y por la elección de representaciones lo bastante lejanas a las efectivamente dadas para poder traspasar la censura; pero, sin embargo, derivadas de ellas y provistas de toda su carga psíquica, que han adquirido por una completa transferencia.

Así, pues, en ningún sueño dejan de existir desplazamiento -y, por cierto, más amplios que en ningún otro proceso-, debiéndose considerar como tales no sólo las desviaciones de la ruta mental, sino también todas las especies de representación indirecta y especialmente la sustitución de un elemento importante, pero que sería repelido por la censura, por otro indiferente que parezca inocente a la misma, aun constituyendo una lejana alusión al primero.

Asimismo, la sustitución por un simbolismo, una metáfora o una minucia. No puede negarse que trozos de esta representación indirecta se constituyen ya en las ideas inconscientes del sueño; por ejemplo, la representación simbólica y metafórica, pues, si no, no hubiese llegado la idea representada al grado de la expresión preconsciente. Las representaciones indirectas de este género y aquellas alusiones cuya relación con lo aludido puede establecerse fácilmente son también habituales medios de expresión de nuestro pensamiento consciente.

Mas la elaboración del sueño exagera hasta lo ilimitado el empleo de estos medios de la representación indirecta. Bajo la presión de la censura cualquier conexión resulta suficiente para que la sustitución por la alusión quede constituida y el desplazamiento se verifica con toda libertad y sin sujetarse a condición alguna.

Especialmente singular y muy característica de la elaboración del sueño es la sustitución de las asociaciones internas (analogía, causalidad, etc.) por las llamadas externas (simultaneidad, contigüidad en el espacio, similicadencia).

Todos estos medios del desplazamiento constituyen también técnicas del chiste; pero cuando se muestran como tales respetan casi siempre aquellos límites impuestos a su empleo en el pensamiento consciente y pueden asimismo faltar, aunque el chiste tenga casi siempre la misión de remover un obstáculo.

Se comprenderá esta falta de desplazamiento en la elaboración del chiste recordando que éste dispone, en general, para defenderse de la coerción, de otra técnica distinta que constituye, además, su más singular característica.

El chiste no establece, como el sueño, transacciones; no elude el obstáculo, sino que se obstina en mantener intacto el juego verbal o desatinado; pero se limita a elegir casos en los que el juego o el disparate pueden aparecer admisibles (chanza) o atinados (chiste) merced al múltiple significado de las palabras y a la diversidad de las relaciones intelectuales.

Nada distingue mejor al chiste de las demás formaciones psíquicas que esta bilateralidad, y por lo menos en este punto han logrado aproximarse grandemente los investigadores al conocimiento de su esencia al acentuar el extremo del «sentido en lo desatinado».

Dada la eficacia de esta técnica peculiarísima del chiste para el vencimiento de los obstáculos que al mismo se oponen, pudiéramos hallar superfluo el que en ocasiones emplee también el desplazamiento; mas, por un lado, determinadas especies de esta última técnica son siempre valiosos para el chiste en calidad de fines y fuentes de placer -así, el desplazamiento propiamente dicho (desviación de las ideas), que participa de la naturaleza del disparate-; y por otro, no debe olvidarse que el grado superior del chiste -el chiste tendencioso- tiene con frecuencia que vencer obstáculos de dos clases: aquellos que se oponen a su propia consecución y aquellos otros que se oponen a su tendencia, siendo las alusiones y los desplazamientos en extremo apropiados para lograr la remoción de estos últimos.

El amplio e ilimitado empleo de la representación indirecta, del desplazamiento y especialmente de las alusiones en la elaboración del sueño tiene una consecuencia que no cito aquí por su importancia, sino porque constituyó para mí la ocasión subjetiva de ocuparme del problema del chiste. Cuando comunicamos a un profano el análisis de un sueño, análisis en el que naturalmente se hacen visibles los extraños medios, tan contrarios al pensamiento despierto, utilizados por la elaboración onírica, tales como la alusión y el desplazamiento, experimenta nuestro oyente una singular impresión de descontento y califica nuestras interpretaciones de «chistosas»; pero no ve en ellas chistes conseguidos, sino extremadamente forzados y contrarios, sin que pueda determinar en qué a las leyes del chiste.

Esta impresión es fácilmente explicable: proviene de que la elaboración del sueño actúa con iguales medios que la del chiste, pero traspasa en su empleo los límites dentro de los que el mismo se mantiene.

Pronto veremos que el chiste, a consecuencia del papel desempeñado por la tercera persona, se encuentra ligado a cierta condición de la que el sueño se halla libre.

Entre las técnicas comunes al chiste y al sueño presentan un especial interés la representación antinómica y el empleo del contrasentido.

Pertenece la primera a los medios más enérgicos del chiste, como podemos ver en los ejemplos que calificamos de «chistes por superación».

La representación antinómica no consigue sustraerse, cual otras técnicas del chiste, a la atención consciente; aquel que procura lo más intencionadamente posible poner en actividad en sí el mecanismo de la elaboración del chiste -esto es, el sujeto habitualmente chistoso- suele encontrar en seguida que cuanto más fácilmente se contesta con un chiste a una afirmación es cuando se opina contrariamente a la misma y se deja a la ocurrencia del momento el cuidado de eludir, por medio de una transformación del sentido, un argumento o una réplica.

Quizá deba la representación antinómica esta ventaja a la circunstancia de constituir el nódulo de otra forma expresiva, productora de placer, del pensamiento.

Me refiero aquí a la ironía que se aproxima mucho al chiste y ha sido incluida entre los subgrupos de la comicidad.

Su esencia consiste en expresar lo contrario de lo que deseamos comunicar a nuestro interlocutor; pero ahorra a éste al mismo tiempo toda réplica, dándole a entender por medio del tono, de los gestos o, si se trata de lenguaje escrito, de pequeños signos del estilo, que uno mismo piensa lo contrario de lo que manifiesta. La ironía no puede emplearse más que cuando el oyente está preparado a oírnos contradecirle, de manera que existe en él, a priori, una tendencia a la contrarréplica.

A consecuencia de esta condicionalidad, la ironía se halla muy expuesta al peligro de no ser comprendida, pero siempre procura al que la emplea la ventaja de eludir fácilmente las dificultades de la expresión directa; por ejemplo, en las invectivas.

En el oyente despierta probablemente placer moviéndose a un gasto de contradicción que es reconocido en el acto como superfluo. Tal comparación del chiste con una especie no lejana a él de lo cómico robustece nuestra hipótesis de que la relación con lo inconsciente es una cualidad peculiarísima del mismo y quizá lo que le diferencia de la comicidad.

En la elaboración del sueño corresponde a la representación antinómica un papel mucho más considerable que el que desempeña en el chiste.

El sueño gusta no sólo de representar dos contrarios por una y la misma formación mixta, sino que transforma también con tal frecuencia un objeto incluido en las ideas latentes en su contrario, que ello constituye gran dificultad para la labor interpretativa.

«De ningún elemento de las ideas del sueño puede afirmarse, a priori que no represente precisamente a su contrario».

Es éste un hecho que permanece aún totalmente incomprendido.

Más parece indicar un importante carácter del pensamiento inconsciente: la carencia de un proceso comparable al de «juzgar».

En lugar del juicio encontramos en lo inconsciente la «represión».

Esta puede ser acertadamente descrita como el grado intermedio entre un reflejo de defensa y un juicio condenatorio.

El disparate y el absurdo, que con tanta frecuencia aparecen en el sueño y le han atraído tan inmerecido desprecio, no nacen nunca casualmente de la acumulación de elementos de representación, sino que son siempre, como puede probarse en cada caso, permitidos por la elaboración onírica y se hallan destinados a la representación de una amarga crítica o una contradicción desdeñosa existente en las ideas del sueño.

El absurdo que aparece en el contenido manifiesto del sueño sustituye en él a un juicio despreciativo incluido entre las ideas latentes.

En mi Interpretación de los sueños he insistido grandemente en esta circunstancia por creer que constituye la mejor refutación del difundido error de que el sueño no es un fenómeno psíquico, error que cierra el camino del conocimiento de lo inconsciente.

Antes, al analizar determinados chistes tendenciosos, hemos visto que el disparate es utilizado en el chiste para idénticos fines de representación, y sabemos también que una fachada especialmente disparatada del chiste es en extremo apropiada para elevar el gasto psíquico en el oyente y aumentar con ello la magnitud libertada en la descarga por medio de la risa.

Aparte de esto, no queremos olvidar que el desatino constituye en el chiste un fin en sí, dado que la intención de reconquistar el antiguo placer del disparate es uno de los motivos de la elaboración.

Existen aún otros caminos para reconquistar el disparate y extraer de él placer. La caricatura, la parodia y la exageración se sirven de ellos y crean de este modo el «disparate cómico».

Sometiendo estas formas de expresión a un análisis semejante al que hemos llevado a cabo en el chiste hallaremos que en ninguna de ellas surge ocasión de referirnos, para explicarlas, a procesos inconscientes de nuestra vida anímica.

Comprendemos ahora también por qué el carácter de lo «chistoso» puede añadirse, como un agregado, a la caricatura, parodia o exageración; lo que hace posible que esto suceda es la diversidad de la «escena psíquica».

El hecho de situar la elaboración del chiste en el sistema de lo inconsciente ha ganado considerablemente en importancia desde que nos ha descubierto que las técnicas de las que el chiste depende no son, sin embargo, de su exclusiva propiedad. De este modo hallaremos ahora resueltas varias dudas que en la investigación inicial de las técnicas tuvimos que dejar inexplicadas.

Pero pudiera sospecharse que la innegable relación del chiste con lo inconsciente sólo existe en determinadas categorías del chiste tendencioso y no en todos y cada uno de los grados evolutivos y especies del chiste, como nosotros suponemos.

Es ésta una objeción de suficiente importancia para no dejarla pasar sin un detenido examen.

El caso innegable de formación del chiste en lo inconsciente es aquel en que se trata de chistes al servicio de tendencias inconscientes o reforzadas por lo inconsciente; esto es, en la mayoría de los chistes «cínicos».

En estos casos, la tendencia inconsciente hace descender hasta ella a la idea preconsciente, sumergiéndola en lo inconsciente para transformarla allí, proceso muy análogo a otros descubiertos por la psicología de las neurosis.

En los chistes tendenciosos de otro género, en el chiste inocente y en la chanza, parece, en cambio, faltar esta fuerza atractiva y es, por tanto, dudosa la relación del chiste con lo inconsciente.

Mas examinaremos el caso de expresión chistosa de un pensamiento valioso de por sí y surgido en conexión con cualquier proceso mental.

Para convertir en chiste dicho pensamiento se necesitará llevar a cabo una selección entre las diversas formas expresivas posibles, con el fin de encontrar precisamente aquella que haya de traer consigo la consecución de placer verbal.

Por autoobservación sabemos que no es la atención consciente la que lleva a cabo esta selección; pero sí, en cambio, permitirá que la carga psíquica de los pensamientos preconscientes sea atraída a lo inconsciente, pues en este sistema los caminos de enlace que parten de la palabra son tratados, como vimos al examinar la elaboración del sueño, en igual

forma que las relaciones objetivas. La carga psíquica inconsciente ofrece las condiciones más favorables para la elección de expresión verbal.

Podemos, además, suponer, desde luego, que la posibilidad de expresión que encierra en sí la consecusión de placer verbal actúa sobre la aún vacilante concepción del pensamiento preconsciente, haciéndola descender, del mismo modo que en el primer caso, de la tendencia inconsciente.

Para el orden más simple del chiste podemos representarnos que una intención constantemente vigilante, la de conseguir placer verbal, se apodera de la ocasión dada precisamente en lo preconsciente para atraer a lo inconsciente, en la forma ya conocida, el proceso de revestimiento (catectización).

Quisiera hallar la posibilidad de exponer con claridad meridiana y robustecer con incontrovertibles argumentos este punto decisivo de mi teoría del chiste.

Pero ninguno de ambos deseos me es dado lograr, pues resultan interdependientes.

Si no puedo presentar más clara exposición de mi teoría es porque no dispongo de más pruebas demostrativas que las ya aducidas.

Mi concepción del chiste es fruto del estudio de su técnica y de la comparación de su elaboración con la de los sueños. Trátase, pues, de una serie de deducciones que hemos visto se adaptan, en general, perfectamente a las singularidades del chiste.

Mas como tales deducciones nos han llevado no a un terreno conocido, sino a dominios totalmente nuevos y un tanto desconcertantes para nuestro pensamiento, nos limitamos a considerar su totalidad como una «hipótesis» y no estimamos como «prueba» la relación de la misma con el material del que ha sido deducida.

Sólo la consideraremos demostrada cuando lleguemos de nuevo a ella por otros caminos deductivos y podamos indicar como punto de reunión de otras distintas rutas mentales.

Pero esta demostración es imposible en el estado aún naciente de nuestro conocimiento de los procesos inconscientes.

Sabiendo, pues, que nos hallamos ante un terreno inexplorado, y nos contentaremos con tender desde nuestro punto de observación un único y vacilante puente hacia lo desconocido. Relacionando los diversos grados del chiste con las disposiciones anímicas favorables a cada uno de ellos, podremos establecer lo que sigue: la chanza nace de un bien dispuesto estado de ánimo al que parece peculiar una tendencia a una minoración de las cargas anímicas.

Se sirve ya de todas las técnicas características del chiste y cumple igualmente la condición fundamental del mismo mediante la selección de un material verbal o un enlace de ideas que satisfagan tanto las exigencias de la consecución de placer como las de la crítica comprensiva. Deduciremos, pues, que el descenso de la carga mental al grado inconsciente, facilitado por el buen estado de ánimo, se verifica ya en la chanza.

En el chiste inocente, pero ligado a la expresión de un pensamiento valioso, falta este auxilio proporcionado por el estado de ánimo y, por tanto, tendremos que suponer existente una especial aptitud personal para abandonar la carga psíquica preconsciente y cambiarla durante un momento por la inconsciente.

Una tendencia, de continuo vigilante, a renovar la primitiva consecución de placer del chiste actúa aquí, atrayendo a lo inconsciente la expresión preconsciente del pensamiento aún indecisa.

En una alegre disposición espiritual, la mayoría de los hombres es capaz de producir chanzas, y la aptitud para el chiste sólo en contadísimas personas es independiente el estado de ánimo.

Por último, actúa como el más enérgico estímulo para la elaboración del chiste la existencia de intensas tendencias que se extienden hasta lo inconsciente y representan una especial aptitud para la producción chistosa, constituyendo al mismo tiempo una explicación de que las condiciones subjetivas del chiste aparezcan cumplidas con gran frecuencia en personas neuróticas.

Bajo la influencia de enérgicas tendencias puede convertirse en chistoso l sujeto antes inepto para el chiste. Con esta última aportación al esclarecimiento aún hipotético de la elaboración del chiste en la primera persona queda en realidad agotado nuestro interés por el chiste.

Réstanos tan sólo una corta comparación del mismo con los sueños, comparación fundada en la esperanza de que funciones anímicas tan distintas tienen que presentar, al lado de la coincidencia entre ellas descubierta, decisivas diferencias. La principal de éstas yace en su conducta social.

El sueño es un producto anímico totalmente asocial. No tiene nada que comunicar a nadie. Nacido en lo íntimo del sujeto como transacción entre las fuerzas psíquicas que en él luchan, permanece incomprensible incluso para el mismo y carece, por tanto, de todo interés para los demás. No sólo no necesita aspirar a ser comprendido, sino que tiene que evitar llegar a serlo, pues entonces quedaría destruido. Los sueños sólo pueden subsistir encubiertos por su disfraz.

Pueden, pues, servirse libremente del mecanismo que rige los procesos inconscientes hasta lograr una deformación que los haga irreconocibles.

En cambio, el chiste es la más social de todas las funciones anímicas encaminadas a la consecución de placer.

Precisa muchas veces de tres personas, y su perfeccionamiento requiere la participación de un extraño en los procesos anímicos por él estimulados. Tiene, por tanto, que hallarse ligado a la condición de comprensibilidad y la deformación, que por medio de la condensación y del desplazamiento pueda sufrir en lo inconsciente, tendrá que detenerse antes de hacerlo irreconocible por tercera persona.

Por lo restante, sueño y chiste surgen en dominios totalmente diferentes de la vida anímica y en puntos del sistema psicológico muy alejados uno de otro.

El sueño es siempre un deseo, aunque irreconocible, y el chiste, un juego desarrollado.

El sueño conserva, a pesar de su nulidad práctica, una relación con grandes intereses vitales. Busca satisfacer las necesidades por medio del rodeo regresivo de la alucinación y debe su posibilidad a la única necesidad activa durante el estado de reposo nocturno: la necesidad de dormir.

En cambio, el chiste busca extraer una pequeña consecuencia de placer de la simple actividad -carente de toda necesidad- de nuestro aparato anímico, y más tarde, lograr tal aportación de la actividad del mismo, y de este modo llega secundariamente a importantes funciones dirigidas hacia el mundo exterior.

El sueño se encamina predominantemente al ahorro de displacer, y el chiste, a la consecución de placer. Pero no hay que olvidar que a estos dos fines concurren todas nuestras actividades anímicas.

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