Planeta Freud

025. 01. Tres ensayos para una teoría sexual – 1905

Posted on: agosto 4, 2009

Prólogo a la segunda edición – 1909

Lejos está el autor de esta pequeña obra de ilusionarse por ella dadas las deficiencias y oscuridades que contiene. Pese a todo ha resistido la tentación de introducir en ella resultados de investigaciones de los últimos cinco años, con el propósito de no destruir su unidad y su carácter documentario. Por consiguiente, ha reimpreso el texto original con pequeñas modificaciones, contentándose con añadir unas pocas notas al pie de página.

Su más ferviente deseo es que el libro crezca rápidamente y que lo que un tiempo fue novedad sea algo aceptado por todos y que lo que era imperfecto sea reemplazado por algo mejor. Viena, diciembre 1909.

Prólogo de la tercera edición – 1914 [1915]

Habiendo observado durante un decenio la recepción y la influencia que tuvo este libro, quisiera dotar su tercera edición con algunas advertencias destinadas a evitar malentendidos y pretensiones desmesuradas que pudieran planteársele. Por tanto, señalaré ante todo que la presente exposición parte siempre de la experiencia médica cotidiana, procurando profundizarla y conferirle significación científica merced a los resultados de la investigación psicoanalítica.

Estos Tres ensayos para una teoría sexual no pueden contener sino lo que el psicoanálisis obliga a aceptar o permite confirmar. De ahí que sea imposible ampliarlos jamás hasta integrar una completa «teoría sexual», y comprensible que ni siquiera adopten posición frente a muchos problemas importantes de la vida sexual. Pero no se crea que por eso que dichos capítulos omitidos del magno tema quedaron ignorados por el autor o fueron relegados por considerarlos accesorios.

Más la subordinación de este trabajo, a las experiencias psicoanalíticas que estimularon su redacción no se expresa únicamente en la selección del material, sino también en su disposición.

En todas sus partes se mantiene determinada jerarquía: los factores accidentales ocupan el primer plano, mientras que los disposicionales quedan en el fondo; la evolución ontogenética se considera con preferencia a la filogenética.

Sucede que lo accidental desempeña en el análisis el principal papel y puede ser elaborado casi íntegramente por éste; lo disposicional, en cambio, sólo surge tras lo accidental, como algo evocado por lo vivenciado, pero cuya consideración excedería ampliamente el campo de acción del psicoanálisis.

Análogas condiciones dominan la relación entre ontogenia y filogenia. La ontogenia puede ser considerada como repetición de la filogenia, en la medida en que ésta no sea modificada por vivencias más recientes. La disposición filogenética se manifiesta tras el proceso ontogenético.

En el fondo, empero, la disposición no es sino el sedimento de las vivencias pretéritas de la especie, a las cuales se agregan las vivencias más recientes del individuo como suma de los factores accidentales. Junto a la constante subordinación a la investigación psicoanalítica, debo destacar, como característica de este trabajo mío, la deliberada independencia de la investigación biológica. He procurado evitar la introducción de expectaciones científicas basadas en la biología sexual general o en la de especies determinadas en este estudio, al cual la técnica del psicoanálisis nos permite someter la función sexual del ser humano.

Cierto es que mí objetivo consistía en explorar las nociones que la investigación psicológica puede aportar a la biología de la vida sexual humana. De tal manera logré señalar conexiones y analogías que resultan de esta exploración; más no por ello hubo de confundirme la circunstancia de que el método psicoanalítico condujera en muchos puntos importantes a concepciones y resultados que discrepaban apreciablemente de los fundados únicamente en la biología.

En esta tercera edición he introducido numerosas adiciones, pero renuncié a individualizarlas en el texto, como en ediciones anteriores. La labor científica en nuestro campo de estudio ha moderado actualmente el ritmo de sus progresos, pero ciertos complementos a este trabajo eran imprescindibles para que mantuviera su congruencia con la literatura psicoanalítica más reciente. Viena, octubre de 1914.

Prólogo de la cuarta edición – 1920

Concluido el reflujo de la marea bélica, podemos comprobar satisfechos que el interés por la investigación psicoanalítica se ha mantenido incólume en toda la amplitud del mundo.

Sin embargo, no todas las partes de nuestra doctrina han tenido idéntico destino. Las nociones y los postulados puramente psicológicos del psicoanálisis acerca del inconsciente, la represión, el conflicto patógeno, el beneficio derivado de la enfermedad, los mecanismos de la formación de síntomas, entre otros, gozan de creciente aceptación y son reconocidos hasta por quienes son, en principio, nuestros adversarios.

Más el lector de nuestra doctrina que linda con la biología, y cuyos fundamentos expone este pequeño trabajo, sigue suscitando permanente antagonismo y aún ha sido motivo de que personas que durante largo tiempo se dedicaron intensamente al psicoanálisis se apartaran del mismo y adoptaran nuevas concepciones tendientes a reducir el papel del factor sexual, tanto en la vida psíquica del ser normal como en la del enfermo.

Sin embargo, no puedo resolverme a creer que esta parte de la ciencia psicoanalítica discrepe de la realidad en medida mucho mayor que sus demás sectores. Tanto el recuerdo como las comprobaciones incesantemente renovadas me demuestran que es el producto de una observación no menos minuciosa y libre de preconceptos. Por otro lado, no es difícil explicar aquella disociación del reconocimiento público.

En primer lugar, sólo aquellos investigadores dotados de la paciencia y la habilidad técnica necesarias para llevar el análisis hasta los primeros años infantiles del paciente, podrán confirmar los comienzos de la vida sexual humana que aquí se describen. Con frecuencia se carece aún de la posibilidad de realizar dicha exploración, pues la acción médica exige una resolución más rápida del caso clínico.

En cuanto a las personas no médicas que ejercen el psicoanálisis, ni siquiera tienen acceso a este sector y carecen de toda posibilidad de formarse un juicio sustraído a la influencia de sus propias repulsiones y de sus prejuicios.

En efecto, si el hombre supiera cómo aprender algo de la observación directa del niño, estos tres ensayos bien podrían haber quedado sin ser escritos.

Luego, es menester recordar que gran parte del contenido de este trabajo -la acentuación de la importancia de la vida sexual para todas las actividades humanas y la ampliación del concepto de sexualidad, aquí intentada- ha suscitado siempre las más enconadas resistencias contra el psicoanálisis.

Dejándose llevar por la inclinación hacia las frases grandilocuentes, se ha llegado a hablar del «pansexualismo» en el psicoanálisis, lanzándole el reproche absurdo de que pretendería explicarlo «todo» a partir de la sexualidad. Podría asombrarnos semejante actitud si olvidáramos hasta qué punto los propios factores afectivos inducen a la confusión y al olvido.

En efecto, ya hace tiempo el filósofo Arturo Schopenhauer enfrentó al hombre con toda la extensión de las influencias que los impulsos sexuales -en el sentido cotidiano del término-ejercen sobre sus actos y sus aspiraciones: ¡y un mundo entero de lectores habría sido incapaz de olvidar tan completamente una advertencia tan perentoria!

En lo que se refiere a la «ampliación» del concepto de la sexualidad, impuesta por el análisis de los niños y de los denominados perversos, recordaré a cuantos contemplan desdeñosamente el psicoanálisis desde su encumbrado punto de vista cuán estrechamente coincide la sexualidad ampliada del psicoanálisis con el Eros del divino Platón. Viena, mayo de 1920.

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