Planeta Freud

025. 04. Tres ensayos para una teoría sexual – 1905

Posted on: agosto 4, 2009

Explicación del aparente predominio de la sexualidad perversa en las psiconeurosis

Las explicaciones anteriores han falseado, quizá, el concepto de la sexualidad de los psiconeuróticos. Parece resultar de ellas que la disposición constitucional de los mismos los aproxima a la perversión, alejándolos, en cambio, otro tanto de lo normal.

Es muy posible, en efecto, que la disposición constitucional de estos enfermos, además de una exagerada cantidad de represión sexual y una exagerada energía del Instinto (pulsión) sexual, contenga una extraordinaria inclinación perversa en su más amplio sentido. Pero la investigación de los casos menos graves enseña que esta última hipótesis no es absolutamente necesaria, o por lo menos no debe contarse con ella obligadamente en el juicio de los efectos morbosos.

En la mayoría de los psiconeuróticos la enfermedad aparece después de la pubertad y bajo las exigencias de la vida sexual normal. Contra ésta se alza ante todo la represión o surge la enfermedad a causa de que la libido ve llegada su satisfacción por medios normales.

En ambos casos la libido se conduce como una corriente cuyo lecho principal fuera desplazado y llenase los caminos colaterales, que hasta el momento habían permanecido, quizá, vacíos. De este modo, la tendencia de los psiconeuróticos a las perversiones -tan intensa aparentemente y siempre negativa- está, quizá, colateralmente condicionada o por lo menos, colateralmente reforzada.

El hecho es que la represión sexual debe colocarse como factor interior al lado de aquellos otros, exteriores, constituidos por la limitación de libertad, inasequibilidad del objeto normal sexual, peligros del acto sexual normal, etc., factores que hacen aparecer todo género de perversiones en individuos que de otro modo hubieran permanecido normales.

En los casos individuales de neurosis pueden aparecer grandes diferencias, siendo unas veces el factor regulador el grado innato de inclinación a la perversión, y otras, la elevación colateral del mismo por el apartamiento de la libido del objeto y del fin sexual normal.

Sería injusto construir una antítesis donde lo que hay es una relación de cooperación. La neurosis producirá sus más altos rendimientos cuando la constitución y los sucesos exteriores actúen conjuntamente en el mismo sentido. Una constitución francamente orientada hacia la neurosis podrá prescindir del apoyo de las experiencias vividas, y un suceso traumático podrá producir la neurosis en un individuo de constitución media.

Este punto de vista es también válido en otros distintos sectores en cuanto se trata de la importancia etiológica del elemento congénito y del elemento adquirido.

Si se prefiere suponer que la tendencia a las perversiones es una de las características de la constitución psiconeurótica, cabrá diferenciar muy diversas constituciones de este género, según la zona erógena o el Instinto (pulsión) parcial que predominen. Lo que aún no se ha averiguado es si existe una relación particular entre cierta disposición perversa y una determinada forma patológica.

Este punto, como muchos otros de ese sector, no ha sido todavía estudiado.

Indicación del infantilismo de la sexualidad

El descubrimiento de los impulsos perversos como agentes de la producción de síntomas en las psiconeurosis ha elevado considerablemente el número de hombres que pueden contarse entre los perversos. No es sólo que los neuróticos constituyan una numerosa clase humana; es también que la neurosis, con todas sus formas, constituye una serie que conduce hasta el tipo normal, circunstancia que ha permitido a Moebius afirmar muy justificadamente que todos somos algo histéricos.

En consecuencia, la extraordinaria difusión de las perversiones nos impone la hipótesis de que tampoco la disposición a las mismas es una excepción, sino que forma parte de la constitución considerada como normal. Como ya hemos visto, se ha discutido mucho sobre si las perversiones dependen de condiciones congénitas o tienen su origen en impresiones casuales, según lo admite Binet con respecto al fetichismo.

Por nuestra parte, creemos posible decidir la cuestión con la hipótesis de que en las perversiones existe, desde luego, algo congénito, pero algo que es congénito en todos los hombres, constituyendo una disposición general de intensidad variable, que puede ser acentuada por las influencias exteriores.

Se trata de raíces innatas del Instinto (pulsión) sexual, qué, en una serie de casos, se desarrollan hasta constituirse en verdaderos substratos de la actividad sexual (perversión) y otras veces experimentan una represión insuficiente y, dando un rodeo, se apoderan, como síntomas patológicos, de una gran parte de la energía sexual, mientras que en los casos mas favorables, entre ambos extremos hacen surgir, por una limitación efectiva y una elaboración determinada, la vida sexual normal.

Diremos, además, que la constitución supuesta que muestra las semillas de todas las perversiones no puede ser revelada más que en los niños, aunque en ellos no aparezcan todos estos instintos más que en una modesta intensidad.

De esta manera llegamos a la fórmula de que los neuróticos conservan su sexualidad en estado infantil o han retrocedido hasta él. Por tanto, nuestro interés se dirigirá hacia la vida sexual de los niños, y perseguiremos en ellos el funcionamiento de las influencias que rigen el proceso evolutivo de la sexualidad infantil hasta su desembocadura en la perversión, en la neurosis o en la vida sexual normal.

La sexualidad infantil

Negligencia de lo infantil. -De la concepción popular del Instinto (pulsión) sexual forma parte la creencia de que falta durante la niñez, no apareciendo hasta el período de la pubertad.

Constituye esta creencia un error de consecuencias graves, pues a ella se debe principalmente nuestro actual desconocimiento de las circunstancias fundamentales de la vida sexual. Un penetrante estudio de las manifestaciones sexuales infantiles nos revelaría probablemente los rasgos esenciales del Instinto (pulsión) sexual, descubriéndonos su desarrollo y su composición de elementos procedentes de diversas fuentes.

No deja de ser singular el hecho de que todos los autores que se han ocupado de la investigación y explicación de las cualidades y reacciones del individuo adulto hayan dedicado mucha más atención a aquellos tiempos que caen fuera de la vida del mismo; esto es, a la vida de sus antepasados que a la época infantil del sujeto, reconociendo, por tanto, mucha mas influencia a la herencia que a la niñez. Y, sin embargo, la influencia de este período de la vida sería más fácil de comprender que la de la herencia y debería ser estudiada preferentemente.

En la literatura existente sobre esta materia hallamos, desde luego, algunas observaciones referentes a prematuras actividades sexuales infantiles, erecciones, masturbación o incluso actos análogos al coito, pero siempre como sucesos excepcionales y curiosos o como ejemplos de una temprana corrupción.

No sé de ningún autor que haya reconocido claramente la existencia de un Instinto (pulsión) sexual en la infancia, y en los numerosos trabajos sobre el desarrollo del niño falta siempre el capítulo relativo al desarrollo sexual .

Amnesia infantil. -La razón de esta singular negligencia me parece hallarse, en parte, en consideraciones convencionales de los autores, consecuencia de su propia educación, y, por otro lado, en un fenómeno psíquico que hasta ahora ha eludido toda explicación.

Me refiero a la peculiar amnesia que oculta a los ojos de la mayoría de los hombres, aunque no de todos, los primeros años de su infancia hasta el séptimo o el octavo.

No se nos habría ocurrido hasta ahora maravillarnos de esta amnesia, aunque había gran razón para ello, pues los que durante la infancia nos han rodeado nos comunican posteriormente que en estos años, de los que nada hemos retenido en nuestra memoria, fuera de algunos incomprensibles recuerdos fragmentarios, hubimos de reaccionar vivamente ante determinadas impresiones, sabiendo ya exteriorizar en forma humana dolores y alegrías, mostrando abrigar amor, celos y otras pasiones que nos conmovían violentamente, y ejecutando actos que fueron tomados por los adultos como prueba de una naciente capacidad de juicio.

Más de esto no recordamos nada al llegar a la edad adulta. ¿Por qué razón permanece tan retrasada nuestra memoria con respecto a nuestras demás actividades anímicas, cuando tenemos fundados motivos para suponer que en ninguna otra época es esta facultad tan apta como en los años de la infancia para recoger las impresiones y reproducirlas luego?.

De otro lado hemos de suponer, o podemos convencernos de ello por la investigación psicológica, que las impresiones olvidadas, no por haberlo sido, han desaparecido de nuestra memoria sin dejar hondísima huella en nuestra vida psíquica y haber constituido una enérgica determinante de todo nuestro ulterior desarrollo.

No puede existir, por tanto, una real desaparición de las impresiones infantiles; debe más bien tratarse de una amnesia análoga a aquella que comprobamos en los neuróticos con respecto a los sucesos sobrevenidos en épocas más avanzadas de la vida y que consiste en una mera exclusión de la conciencia (represión).

Más ¿cuáles son las fuerzas que llevan a cabo esta represión de las impresiones infantiles?

El que resolviera este problema habría aclarado difinitivamente la esencia de la amnesia histérica. De todos modos, hemos de señalar que la existencia de la amnesia infantil nos proporciona un nuevo punto de comparación entre el estado anímico del niño y el del psiconeurótico, entre los cuales descubrimos ya una analogía al inferir que la sexualidad de los psiconeuróticos conserva la esencia infantil o ha retrocedido hasta ella.

¿Por qué, pues, no ha de poder referirse también la amnesia infantil a las emociones sexuales de la niñez? Esta posible conexión de la amnesia infantil con la histérica entraña máxima importancia.

La amnesia histérica, puesta al servicio de la represión, es tan sólo explicable por la circunstancia de que ya el individuo posee un acervo de huellas mnémicas que han sido sustraídas a la disposición consciente y que atraen, por conexión asociativa, aquellos elementos sobre los cuales actúan, desde la conciencia, las fuerzas repelentes de la represión.

Sin la amnesia infantil puede decirse que no existiría la amnesia histérica. Opino, pues, que la amnesia infantil, que convierte para cada individuo la propia niñez en algo análogo a una época prehistórica y oculta a sus ojos los comienzos de su vida sexual, es la culpable de que, en general, no se conceda al período infantil un valor en cuanto al desarrollo de la vida sexual. Un único observador no puede llenar las lagunas que esto ha producido en nuestro conocimiento.

Ya en 1896 hice yo resaltar la importancia de los años infantiles en la génesis de determinados fenómenos esenciales, dependientes de la vida sexual y desde entonces no se ha cesado de llamar la atención sobre el factor infantil en todo lo referente a las cuestiones sexuales.

El período de latencia sexual de la infancia y sus interrupciones

Los hallazgos extraordinariamente frecuentes de impulsos sexuales, supuestamente excepcionales en la infancia, así como el descubrimiento de los recuerdos infantiles inconscientes de los neuróticos, permiten bosquejar el siguiente cuadro de la conducta sexual durante la época infantil.

Parece cierto que el recién nacido trae consigo al mundo impulsos sexuales en germen, qué, después de un período de desarrollo, van sucumbiendo a una represión progresiva, la cual puede ser interrumpida a su vez por avances regulares del desarrollo sexual o detenida por particularidades individuales.

Sobre las leyes y períodos de este proceso evolutivo oscilante no se conoce nada con seguridad. Parece, sin embargo, que la vida sexual de los niños se manifiesta ya en una forma observable hacia los años tercero y cuarto.

Inhibiciones sexuales. -Durante este período de latencia, total o simplemente parcial, se constituyen los poderes anímicos que luego se oponen al Instinto (pulsión) sexual y lo canalizan, marcándole su curso a manera de dique.

Ante los niños nacidos en una sociedad civilizada experimentamos la sensación de que estos diques son una obra de la educación, lo cual no deja de ser, en gran parte, cierto. Pero, en realidad, esta evolución se halla orgánicamente condicionada y fijada por la herencia y puede producirse sin auxilio ninguno por parte de la educación.

Esta última se mantendrá dentro de sus límites, constriñiéndose a seguir las huellas de lo orgánicamente preformado, imprimirlo más profundamente y depurarlo.

Formación reactiva y sublimación. -¿Con qué elementos se constituyen estos diques tan importantes para la cultura y la normalidad ulteriores del individuo? Probablemente a costa de los mismos impulsos sexuales infantiles, que no han dejado de afluir durante este período de latencia, pero cuya energía es desviada en todo o en parte de la utilización sexual y orientada hacia otros fines.

Los historiadores de la civilización coinciden en aceptar que este proceso, en el que las fuerzas instintivas sexuales son desviadas de sus fines sexuales y orientadas hacia otros distintos -proceso al que se da el nombre de sublimación-, proporciona poderosos elementos para todas las funciones culturales.

Por nuestra parte añadiremos que tal proceso interviene igualmente en el desarrollo individual y que sus orígenes se remontan al período de latencia sexual infantil . También sobre el mecanismo de esta sublimación puede formularse una hipótesis.

Los impulsos sexuales de estos años infantiles serían inaprovechables, puesto que la función reproductora no ha aparecido todavía, circunstancia que constituye el carácter esencial del período de latencia.

Pero, además, tales impulsos habrían de ser perversos de por sí, partiendo de zonas erógenas e implicando tendencias que, dada la orientación del desarrollo del individuo, sólo podrían provocar sensaciones displacientes. Harán, pues, surgir fuerzas psíquicas contrarias que erigirán para la supresión de tales sensaciones displacientes los diques psíquicos ya citados (repugnancia, pudor, moral).

Interrupciones del período de latencia.

-Sin hacernos ilusiones sobre la naturaleza hipotética y la deficiente claridad de nuestro conocimiento de los procesos del período de latencia infantil, queremos volver a la realidad para observar que esta utilización de la sexualidad infantil representa un ideal educativo, del cual se desvía casi siempre el desarrollo del individuo en algún punto y con frecuencia en muchos.

En la mayoría de los casos logra abrirse camino un fragmento de la vida sexual que ha escapado a la sublimación, o se conserva una actividad sexual a través de todo el período de latencia hasta el impetuoso florecimiento del Instinto (pulsión) sexual en la pubertad.

Los educadores se conducen -cuando conceden alguna atención a la sexualidad infantil- como si compartieran nuestras opiniones sobre la formación de los poderes morales de defensa a costa de la sexualidad, y como si supieran que la actividad sexual hace a los niños ineducados, pues persiguen todas las manifestaciones sexuales del niño como «vicios», aunque sin conseguir grandes victorias sobre ellos.

Debemos, por tanto, dedicar todo nuestro interés a estos fenómenos tan temidos por la educación, pues esperamos que ellos nos permitan llegar al conocimiento de la constitución originaria del Instinto (pulsión) sexual.

Manifestaciones de la sexualidad infantil

El «chupeteo» del pulgar. – Por motivos que veremos más adelante, tomaremos como tipo de las manifestaciones sexuales infantiles el «chupeteo» (succión productora del placer), a la cual ha dedicado un excelente estudio el pediatra húngaro Lindner.

La succión o el «chupeteo», que aparece ya en los niños de pecho y puede subsistir hasta la edad adulta e incluso conservarse en ocasiones a través de toda la vida, consiste en un contacto seccionador rítmicamente repetido y verificado con los labios, acto al que falta todo fin de absorción de alimento.

Una parte de los mismos labios, la lengua o cualquier otro punto asequible de la piel del mismo individuo (a veces hasta el dedo gordo de un pie), son tomados como objeto de la succión.

Al mismo tiempo aparece a veces un Instinto (pulsión) de aprehensión, que se manifiesta por un simultáneo pellizcar rítmico del lóbulo de la oreja, y puede también apoderarse de esta misma u otra cualquiera parte del cuerpo de otra persona con el mismo fin. La succión productora de placer está ligada con un total embargo de la atención y conduce a conciliar el sueño o a una reacción motora de la naturaleza del orgasmo.

Con frecuencia se combina con la succión productora de placer el frotamiento de determinadas partes del cuerpo de gran sensibilidad: el pecho o los genitales exteriores.

Muchos niños pasan así de la succión a la masturbación. Lindner ha reconocido claramente y ha hecho resaltar con toda audacia la naturaleza sexual de este acto. Frecuentemente se considera el «chupeteo» como una de las «mañas» sexuales del niño. Numerosos pediatras y neurólogos niegan en absoluto esta hipótesis; más su contraria opinión, fundada en una confusión entre lo sexual y lo genital, plantea el difícil e inevitable problema de establecer qué carácter general debe atribuirse a las manifestaciones sexuales de los niños.

Por mi parte, opino que el conjunto de aquellas manifestaciones en cuya esencia hemos penetrado por medio de la investigación psicoanalítica nos da derecho a considerar el «chupeteo» como una manifestación sexual y a estudiar en ella precisamente los caracteres esenciales de la actividad sexual infantil.

Autoerotismo

. – Debemos dedicar toda nuestra atención a este ejemplo. Hagamos resaltar, como el carácter más notable de esta actividad sexual, el hecho de que el Instinto (pulsión) no se orienta en ella hacia otras personas.

Encuentra su satisfacción en el propio cuerpo; esto es, es un Instinto (pulsión) autoerótico para calificarlo con el feliz neologismo puesto en circulación por Havelock Ellis.

Se ve claramente que el acto de la succión es determinado en la niñez por la busca de un placer ya experimentado y recordado. Con la succión rítmica de una parte de su piel o de sus mucosas encuentra el niño, por el medio más sencillo, la satisfacción buscada.

Es también fácil adivinar en qué ocasión halla por primera vez el niño este placer, hacia el cual, una vez hallado, tiende siempre de nuevo. La primera actividad del niño y la de más importancia vital para él, la succión del pecho de la madre (o de sus subrogados), le ha hecho conocer, apenas nacido, este placer.

Diríase que los labios del niño se han conducido como una zona erógena, siendo, sin duda, la excitación producida por la cálida corriente de la leche la causa de la primera sensación de placer.

En un principio la satisfacción de la zona erógena aparece asociada con la del hambre. La actividad sexual se apoya primeramente en una de las funciones puestas al servicio de la conservación de la vida, pero luego se hace independiente de ella.

Viendo a un niño que ha saciado su apetito y que se retira del pecho de la madre con las mejillas enrojecidas y una bienaventurada sonrisa, para caer en seguida en un profundo sueño, hemos de reconocer en este cuadro el modelo y la expresión de la satisfacción sexual que el sujeto conocerá más tarde.

Posteriormente la necesidad de volver a hallar la satisfacción sexual se separa de la necesidad de satisfacer el apetito, separación inevitable cuando aparecen los dientes y la alimentación no es ya exclusivamente succionada, sino mascada.

El niño no se sirve, para la succión, de un objeto exterior a él, sino preferentemente de una parte de su propio cuerpo, tanto porque ello le es más cómodo como porque de este modo se hace independiente del mundo exterior, que no le es posible dominar aún, y crea, además, una segunda zona erógena, aunque de menos valor.

El menor valor de esta segunda zona le hará buscar posteriormente las zonas correspondientes de otras personas; esto es, los labios.

(Pudiera atribuirse al niño la frase siguiente: «Lástima que no pueda besar mis propios labios.») No todos los niños realizan este acto de la succión. Debe suponerse que llegan a él aquellos en los cuales la importancia erógena de la zona labial se halla constitucionalmente reforzada.

Si esta importancia se conserva, tales niños llegan a ser, en su edad adulta, inclinados a besos perversos, a la bebida y al exceso en el fumar; más, si aparece la represión, padecerán de repugnancia ante la comida y de vómitos histéricos. Por la duplicidad de funciones de la zona labial, la represión se extenderá al Instinto (pulsión) de alimentación.

Muchas de mis pacientes con perturbaciones anoréxicas, globo histérico, opresión en la garganta y vómitos, habían sido en sus años infantiles grandes «chupeteadores».

En el acto de la succión productora de placer hemos podido observar los tres caracteres esenciales de una manifestación sexual infantil.

Esta se origina apoyada en alguna de las funciones fisiológicas de más importancia vital, no conoce ningún objeto sexual, es autoerótica, y su fin sexual se halla bajo el dominio de una zona erógena.

Anticiparemos ya que estos caracteres son aplicables asimismo a la mayoría de las demás actividades del Instinto (pulsión) sexual infantil.

El fin sexual de la sexualidad infantil

Caracteres de las zonas erógenas. – Del ejemplo de la succión pueden deducirse aún muchos datos para el conocimiento de las zonas erógenas.

Son estas parte de la epidermis o de las mucosas en las cuales ciertos estímulos hacen surgir una sensación de placer de una determinada cualidad. No cabe duda que los estímulos productores de placer están ligados a condiciones especiales que no conocemos.

El carácter rítmico debe juzgar entre ellas un importante papel.

Menos decidida aún está la cuestión de si se puede considerar como «específico» el carácter de la sensación de placer que la excitación hace surgir.

En esta «especificidad» estaría contenido el factor sexual.

En las cuestiones del placer y del dolor anda aún la Psicología tan a tientas, que la hipótesis más prudente es la que debe preferirse.

Más tarde llegaremos quizá a bases sólidas sobre las cuales podamos apoyar la «especificidad» de la sensación de placer. La cualidad erógena puede hallarse señaladamente adscrita a determinadas partes del cuerpo.

Existen zonas erógenas predestinadas, como nos enseña el ejemplo del «chupeteo»; pero el mismo ejemplo nos demuestra también que cualquier otra región de la epidermis o de la mucosa puede servir de zona erógena; esto es, que posea a priori una determinada capacidad para serlo.

Así pues, la cualidad del estímulo influye más en la producción de placer que el carácter de la parte del cuerpo correspondiente.

El niño que ejecuta la succión busca por todo su cuerpo y escoge una parte cualquiera de él, que después, por la costumbre, será la preferida. Cuando en esta busca tropieza con una de las partes predestinadas (pezón, genitales), conservará ésta siempre tal preferencia. Una capacidad de desplazamiento análoga reaparece después en la sintomatología de la histeria.

En esta neurosis, la represión recae principalmente sobre las zonas genitales propiamente dichas y éstas transmiten su excitabilidad a las restantes zonas erógenas, que en la vida adulta han pasado a un segundo término y que en estos casos vuelven a comportarse nuevamente como genitales. Pero, además, como sucede en la succión, toda otra parte del cuerpo puede llegar a adquirir igual excitabilidad que los genitales y ser elevada a la categoría de zona erógena. Las zonas erógenas y las histerógenas muestran los mismos caracteres.

Fin sexual infantil. – El fin sexual del Instinto (pulsión) infantil consiste en hacer surgir la satisfacción por el estímulo apropiado de una zona erógena elegida de una u otra manera.

Esta satisfacción tiene que haber sido experimentada anteriormente para dejar una necesidad de repetirla, y no debe sorprendernos hallar que la naturaleza ha encontrado medio seguro de no dejar entregado al azar el hallazgo de tal satisfacción.

Con respecto a la zona bucal, hemos visto ya que el dispositivo que llena esta función es la simultánea conexión de esta parte del cuerpo con la ingestión de los alimentos. Ya iremos encontrando otros dispositivos análogos como fuentes de la sexualidad.

El estado de necesidad que exige el retorno de la satisfacción se revela en dos formas distintas: por una peculiar sensación de tensión, que tiene más bien un carácter displaciente, y por un estímulo o prurito, centralmente condicionado y proyectado en la zona erógena periférica.

Puede, por tanto, formularse también el fin sexual diciendo que está constituido por el acto de sustituir el estímulo proyectado en la zona erógena por aquella otra excitación exterior que hace cesar la sensación de prurito, haciendo surgir la de satisfacción.

Esta excitación exterior consistirá, en la mayoría de los casos, en una manipulación análoga a la succión.

El hecho de que la necesidad pueda ser también despertada periféricamente, por una verdadera transformación de la zona erógena, concuerda perfectamente con nuestros conocimientos psicológicos. Unicamente puede extrañarnos que una excitación necesite para cesar una segunda y nueva excitación producida en mismo sitio.

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