Planeta Freud

Archive for agosto 5th, 2009

Introducción

freudLas páginas que siguen contienen dos cosas: en primer lugar, datos fragmentarios del historial clínico de un caso de neurosis obsesiva, que por su duración y sus consecuencias, y según mi apreciación subjetiva, debe ser incluido entre los de cierta gravedad y cuyo tratamiento, prolongado a través de un año entero, consiguió reconstruir completamente la personalidad y suprimir las inhibiciones.

Y en segundo, enlazadas a este caso y a otros anteriormente analizados, algunas observaciones aforísticas sobre la génesis y el mecanismo de los procesos anímicos obsesivos, destinadas a continuar y ampliar mis primeros estudios sobre la materia, publicados en el año 1896.

Creo indispensable justificar tal índice para que no se suponga que considero perfecta y digna de imitación semejante exposición fragmentaria de un caso clínico cuando en realidad me es impuesta por consideraciones extrínsecas e intrínsecas y habría sido, desde luego, más explícito si hubiera podido.

Pero no me es posible comunicar el historial completo del tratamiento, porque ello me obligaría a revelar en detalle las circunstancias personales de mi paciente. La atención importuna que toda una gran ciudad dedica a mi actividad médica, me impide desarrollar una exposición exacta y minuciosa, y por otro lado, las deformaciones con las cuales suele intentarse olvidar tal inconveniente me han parecido siempre tan inadecuadas como rechazables.

Limitadas, no consiguen su objeto de proteger al paciente de la curiosidad indiscreta, y si las llevamos más allá, cuestan demasiado caras, pues hacen imposible la comprensión del caso hurtando al conocimiento del lector relaciones fundamentales enlazadas precisamente a las pequeñas realidades de la vida del enfermo.

Resulta, pues, paradójicamente más lícito dar publicidad a los más íntimos secretos de un paciente, por los cuales no es fácil identificarle, que a las circunstancias más inocentes y triviales de su personalidad, de todos conocidas y que le descubrirán en el acto.

Justificada así la ingrata mutilación de los historiales del enfermo y de su tratamiento, el hecho de que mi exposición aparezca limitada a resultados fraccionarios de la investigación psicoanalítica de la neurosis obsesiva tiene una explicación todavía más clara y convincente.

Debo reconocer, en efecto, que todavía no he conseguido desentrañar sin residuo alguno la complicada estructura de un caso grave de neurosis obsesiva y también que no me sería posible evidenciar a través de los estratos del tratamiento y con la exposición detallada del análisis, tal estructura, analíticamente descubierta o sospechada, pues la resistencia de los enfermos y la forma en que se exteriorizan hacen dificilísima semejante labor expositiva. Pero, además, ha de tenerse en cuenta que la comprensión de una neurosis obsesiva no es ciertamente nada fácil y desde luego mucho más difícil que la de un caso de histeria.

A primera vista más bien nos inclinaríamos a suponer lo contrario.

El conjunto de medios de que se sirve la neurosis obsesiva para exteriorizar sus ideas secretas, o sea el lenguaje de la neurosis obsesiva es como un dialecto que debía sernos más inteligible por ser más afín que el histérico a la expresión de nuestro pensamiento consciente.

Ante todo, no integra aquel salto desde lo anímico a la inervación somática -la conversión histérica-, que nuestro intelecto no puede jamás secundar.

El hecho de que la realidad no confirme la hipótesis antes apuntada depende quizá tan solo de nuestro menor conocimiento de la neurosis obsesiva. Los neuróticos obsesivos graves acuden al tratamiento psicoanalítico en número mucho menor que los histéricos.

Disimulan en la vida social sus estados patológicos mientras les es posible y sólo recurren al médico en estadios muy avanzados de su enfermedad, estadios tales como aquellos que en una tuberculosis excluyen ya el ingreso en un sanatorio.

Elegimos esta comparación porque en la neurosis obsesiva, grave o leve, pero tempranamente combatida, pueden señalarse, como en aquella otra dolencia crónica infecciosa, toda una serie de brillantes éxitos curativos.

En tales circunstancias no queda más posibilidad que comunicar las cosas tan imperfectas e incompletamente como las sabemos y podemos hacerlas públicas. Los fragmentos de conocimientos, trabajosamente extraídos, que aquí ofrecemos, podrían parecer poco satisfactorios; pero la labor de otros investigadores se enlazará a ellos, y el esfuerzo común podrá conseguir aquello que para uno solo es quizá demasiado arduo.

Historial clínico

Un hombre joven, de formación universitaria, se presenta en mi consulta manifestando padecer representaciones obsesivas ya desde su infancia, pero con particular intensidad desde cuatro años atrás.

El contenido principal de su dolencia era el temor de que les sucediera algo a las dos personas a las que más quería: su madre y la dama de sus pensamientos.

Sentía, además, impulsos obsesivos, tales como el de cortarse el cuello con una navaja de afeitar, y se imponía prohibiciones que se extendían también a cosas triviales e indiferentes. La lucha contra sus ideas obsesivas le habían hecho perder mucho tiempo, retrasándole en su carrera. De todos los tratamientos ensayados, sólo uno le había aliviado algo: una cura hidroterápica en un balneario, pero sólo porque durante su estancia en el mismo halló ocasión de desarrollar una actividad sexual regular.

Aquí, en Viena, no se le ofrecía ocasión semejante, y sólo raras veces y con grandes intervalos cohabitaba. Las prostitutas le repugnaban.

En general, su vida sexual había sido muy limitada. El onanismo había desempeñado en ella muy escaso papel, y sólo a los dieciséis o los diecisiete años. Su potencia era normal, y hasta los veintiséis años no había conocido mujer.

El paciente daba la impresión de ser un hombre de inteligencia despejada y penetrante. Preguntado por qué razón ha iniciado la anamnesis con informes sobre su vida sexual, explica haberlo hecho por saber que así correspondía a mis teorías. Fuera de esto, ni ha leído ninguna de mis obras, y sólo muy recientemente, al hojear una de ellas, encontró la explicación de ciertas asociaciones verbales que le recordaban la «elaboración mental» a la que él mismo sometía sus ideas y le decidieron a acudir a mi consulta. 

Iniciación del tratamiento

Al día siguiente, una vez comprometido a observar la única condición del tratamiento, esto es, la de comunicar todo lo que se le viniera a las mientes, aunque le fuera desagradable hablar de ello o le pareciera nimio, incoherente o disparatado, y habiendo dejado a su arbitrio la elección del tema inicial de su relato, comenzó por lo siguiente: Tiene un amigo al que estima mucho.

Siempre que se ve atormentado por un impulso criminal, acude a él y le pregunta si le desprecia considerándole como un delincuente.

El amigo le da ánimos, asegurándole que es un hombre irreprochable, sujeto tan sólo desde su juventud a analizar sus actos con temeroso escrúpulo infundado.

Análoga influencia hubo de ejercer antes sobre él otra persona: un estudiante que tenía diecinueve años cuando él catorce o quince, y cuya estimación elevó su opinión sobre sí mismo, hasta el punto de que llegó casi a creerse un genio.

Aquel estudiante pasó luego a darle clases particulares, y entonces varió bruscamente de actitud para con él, dándole a entender que era un inútil. Por fin advirtió que si antes le había mostrado simpatía había sido tan sólo para lograr su amistad y conseguir ser recibido en su casa, pues estaba enamorado de una de sus hermanas.

Esta fue la primera grave desilusión de su vida. 

Sexualidad infantil

«Mi sexualidad fue muy precoz. Recuerdo una escena que hubo de desarrollarse teniendo yo de cuatro a cinco años -a partir de los seis poseo ya un claro y preciso recuerdo de mi vida-, y que surgió en mi memoria años después.

Teníamos una institutriz joven y bonita, Fräulein Peter , y una noche que estaba leyendo echada en un sofá y ligeramente vestida, le pedí permiso para meterme debajo de sus faldas, dejándome ella a condición de que no se lo contara a nadie. Llevaba poca ropa encima, y pude tocar sin dificultad sus genitales y su cuerpo todo, que me pareció singularmente conformado.

Desde entonces me quedó una ardiente curiosidad de contemplar el cuerpo femenino. Recuerdo todavía con qué ansia esperaba que la institutriz se desnudase cuando íbamos a bañarnos, pues aún se me permitía ir en tales ocasiones con ella y con mis hermanas. Otros recuerdos más detallados de este género son ya posteriores a mis seis años.

Teníamos entonces otra institutriz, también joven y bonita, que sufría de abscesos en las nalgas y se los curaba al acostarse, momento que yo esperaba con impaciencia para saciar mi curiosidad. Y lo mismo en el baño, aun cuando Fräulein Lina era más pudorosa que la otra.

(A una pregunta mía responde que habitualmente no dormía en el cuarto de la institutriz, sino en el de sus padres.)

Recuerdo también otra escena que debió de desarrollarse teniendo yo unos siete años. Una tarde que estábamos juntos la institutriz, una cocinera, una doncella, un hermanito mío, año y medio menor, y yo, oí que Fräulein Lina decía a las otras muchachas:

«Con el pequeño sí se podría hacer, pero Pablo (yo) es muy torpe y seguramente no acertaría.»

No comprendí claramente de lo que se trataba, pero sí que se me posponía a mi hermano, y me eché a llorar. Lina me consoló y me contó que una muchacha que había hecho aquello con el niño encomendado a su custodia había ido por unos cuantos meses a la cárcel.

No creo que Lina llegase a hacer conmigo nada ilícito, pero sí consentía que me tomara con ella grandes libertades. Cuando estaba acostada, me llegaba a su cama y la destapaba y la tocaba sin que protestase. No es muy inteligente y sí muy sexual.

A los veintitrés años había tenido ya un hijo, cuyo padre se casó luego con ella. Todavía la veo alguna vez por la calle.

A los seis años tenía ya frecuentes erecciones, y recuerdo haberme quejado alguna vez a mi madre de las molestias que me causaban, aunque no sin cierto temor, pues sospechaba la relación de aquel fenómeno con mis imaginaciones y mi curiosidad y andaba preocupado con la idea morbosa de que mis padres conocían mis íntimos pensamientos por haberlos revelado yo mismo en voz alta sin darme cuenta de ello.

Veo aquí el comienzo de mi enfermedad. Había muchachas que me gustaban mucho y a las que deseaba ardientemente ver desnudas; pero tales deseos iban acompañados de una sensación de inquietud, como si por pensar aquellas cosas hubiera de suceder algo y tuviera yo que hacer todo lo posible para evitarlo.»

(Interrogado por mí, señala, como ejemplo de tales temores, el de que su padre muriera.)

«La idea de la muerte de mi padre me preocupó desde muy temprana edad y durante mucho tiempo, causándome gran tristeza.»

En este punto me entero, para mi sorpresa, de que el padre del sujeto, al que todavía hoy se refieren los temores obsesivos que le atormentan, ha muerto hace ya varios años.

Aquellos sucesos de sus seis o siete años que nuestro paciente nos describe en la primera sesión del tratamiento no constituyen tan sólo el comienzo de su enfermedad, sino ya la enfermedad misma, una neurosis obsesiva completa, a la que no falta ningún elemento esencial y que es, al mismo tiempo, el nódulo y el prototipo del padecimiento ulterior, constituyendo el organismo elemental, cuyo estudio es el único medio que puede aclararnos la complicada estructura de la enfermedad actual.

Vemos al niño bajo el dominio de uno de los componentes del instinto sexual, el placer visual, resultado del cual es el deseo, emergente siempre de nuevo con gran intensidad, de ver desnudas a las personas femeninas que son de su agrado.

Este deseo corresponde a la idea obsesiva ulterior, y si no entraña aún carácter obsesivo, es porque el yo no se ha situado todavía en franca contradicción con él y no lo siente como algo ajeno a sí mismo; pero ya se inicia, sin que sepamos de dónde procede, una oposición a tal deseo, pues un afecto penoso acompaña regularmente la aparición del mismo.

En la vida anímica del pequeño voluptuoso hay un conflicto. Junto al deseo obsesivo existe un temor obsesivo íntimamente enlazado a él.

Siempre que el sujeto piensa algo relacionado con su deseo, surge en él el temor de que va a suceder algo terrible, y este algo reviste ya una indeterminación característica concomitante siempre a las manifestaciones de la neurosis. Pero en el niño no es difícil descubrir lo que tal indeterminación encubre.

Si conseguimos encontrar un detalle en el que se haya concentrado alguna de las vagas generalidades de la neurosis obsesiva, podremos estar seguros de que tal detalle encierra el elemento original y auténtico que debía ser encubierto por la generalización.

El temor obsesivo era, pues, en este caso, reconstruido según su sentido, el siguiente:

«Si tengo el deseo de ver desnuda a una mujer, mi padre morirá.»

El afecto penoso toma claramente un matiz inquietante y supersticioso y da ya origen a impulsos tendentes a hacer algo para alejar la desgracia, tales como se impondrán luego en las ulteriores medidas de protección.

Hallamos, pues, un instinto erótico y una rebelión contra él mismo, un deseo (no obsesivo aún) y un temor contrario (obsesivo ya), un afecto penoso y un impulso a la adopción de medidas defensivas; esto es, el inventario completo de la neurosis. Y todavía algo más: una especie de delirio o manía de contenido singular, según el cual sus padres conocían sus más íntimos pensamientos, porque él mismo los revelaba en voz alta sin darse cuenta.

No incurriremos apenas en error al considerar esta infantil tentativa de explicación como un presentimiento de aquellos singulares procesos anímicos que llamamos inconscientes, y de los que no podemos prescindir para la aclaración de tan oscuro estado de cosas.

Las palabras «Revelo en voz alta mis pensamientos sin darme cuenta» suenan como una proyección al exterior de nuestra propia hipótesis de que el sujeto entraña pensamientos de los que nada sabe; esto es, como una percepción endopsíquica de lo reprimido. Vemos claramente que esta neurosis elemental e infantil entraña ya su problema y se muestra aparentemente absurda, como toda neurosis complicada de un adulto.

¿Qué puede significar que el padre haya de morir si en el niño se promueve aquel deseo voluptuoso? ¿Es una pura insensatez o existen caminos de comprender tal afirmación y aprehenderla como resultado necesario de procesos y premisas anteriores?

Aplicando a este caso de neurosis infantil conocimientos logrados en otros, hemos de suponer que también aquí, o sea con anterioridad a los seis años, han existido sucesos traumáticos, conflictos y represiones que han sucumbido luego a la amnesia, pero dejando como residuo aquel contenido del temor obsesivo.

Más adelante veremos hasta qué punto nos es posible volver a hallar tales sucesos olvidados o reconstruirlos con cierta seguridad. Pero entre tanto habremos de hacer resaltar como una coincidencia que no es, probablemente, indiferente el hecho de que la amnesia infantil de nuestro paciente halle precisamente su fin a los seis años.

Tal comienzo de una neurosis obsesiva crónica con semejantes deseos voluptuosos, a los que se enlazan inquietantes temores y una tendencia a realizar actos de defensa, nos es ya conocido por otros casos.

Es totalmente típico, aunque no sea, probablemente, el único tipo. Dedicaremos aún algunas palabras a las tempranas vivencias sexuales del paciente, antes de pasar al contenido de la segunda sesión del tratamiento. No se puede menos de considerar tales vivencias como especialmente ricas en contenido y eficacia. Pero lo mismo ocurre, exactamente, en todos los demás casos de neurosis obsesiva por mí analizados.

Al contrario de lo que en la histeria sucede, jamás falta en ellos una actividad sexual prematura. La neurosis obsesiva deja ver, mucho más claramente que la histeria, cómo los factores que integran las psiconeurosis no deben buscarse en la vida sexual actual, sino en la infantil.

La vida sexual actual de los neuróticos obsesivos puede parecer muchas veces, a un observador superficial, absolutamente normal, pues ofrece frecuentemente menos factores patógenos y menos anormalidades que la de nuestro paciente.  

El gran temor obsesivo

«Comenzaré hoy con el suceso que me decidió a acudir a su consulta.

Era en agosto, y me encontraba en X, cumpliendo el período anual de servicio militar como reservista. Venía sintiéndome muy deprimido, y me atormentaba con toda clase de ideas obsesivas, las cuales fueron desapareciendo luego durante las maniobras.

Me interesaba demostrar a los oficiales que no sólo era uno un hombre de estudio, sino también un buen soldado capaz de resistir las fatigas de la vida militar. Un día hicimos una marcha no muy prolongada partiendo de X.

En un descanso perdí mis lentes, y aunque no me hubiera sido fácil encontrarlos buscándolos con algún detenimiento, renuncié a ello, no queriendo dilatar la partida, y telegrafié a mi óptico de Viena para que me enviase otros. Durante el mismo descanso había estado sentado entre dos oficiales, uno de los cuales, un capitán de apellido checo, había de adquirir gran importancia para mí.

Este individuo me inspiraba cierto temor, pues se mostraba manifiestamente inclinado a la crueldad. No quiero afirmar que fuese un malvado, pero en sus conversaciones se había mostrado repetidamente partidario de los castigos corporales, habiendo yo combatido varias veces su opinión con acaloramiento.

En este descanso volvimos a entablar conversación y el capitán contó haber leído que en Oriente se aplicaba un castigo singularmente espantoso.»

Llegado aquí, el paciente se interrumpió, y levantándose del diván en el que estaba echado, me pidió que le dispensara de la descripción de aquel castigo. Le asegure que, por mi parte, no tenía tendencia alguna a la crueldad, y que desde luego, no quería atormentarle, pero que no podía concederle lo que me pedía, puesto que la superación de la resistencia era un mandato ineludible a la cura.

(Al principio de aquella sesión le había explicado el concepto de resistencia, al advertirme él cuánto había de forzarse para comunicarme aquella vivencia.)

Luego continué diciéndole que haría lo posible por facilitar la tarea, procurando adivinar lo que él se limitara a indicarme, sin entrar en detalles, y le pregunté si se refería al empalamiento. «No; no es eso.

El condenado era atado…»

(Se expresaba tan imprecisamente, que de momento no pude adivinar en qué postura.)

«Se le adaptaba a las nalgas un recipiente y se metían en él unas cuantas ratas, que luego…»

(Se había levantado de nuevo y daba señales de máximo esfuerzo y resistencia.)

«Unas cuantas ratas, que luego se le iban introduciendo…»

Aquí pude ya completar:

«Por el ano.»

En todos los momentos importantes del relato podía observarse en él una singular expresión fisonómica compuesta, que sólo podía interpretarse como signo de horror ante un placer del que no tenía la menor conciencia.

Con dificultades continuó: «En aquel mismo instante surgió en mí la idea de que aquello sucedía a una persona que me era querida». Interrogado, puntualizó que tal idea no era la de que él aplicara tal castigo, sino que el mismo era aplicado impersonalmente a la persona evocada. Después de breve reflexión, concluí que dicha persona no podía ser otra que la señora a quien el sujeto dedicaba por entonces sus atenciones.

En este punto interrumpió el paciente su relato para indicarme cuán ajenos y opuestos a su verdadera personalidad eran tales pensamientos y con qué extraordinaria rapidez se desarrollaba en él todo lo que a ellos se enlazaba.

Simultáneamente, a la idea surgía siempre la «sanción»; esto es, la medida de defensa que había de poner en práctica para que la fantasía no se cumpliera. Cuando el capitán habló de aquel horroroso castigo y surgieron en el sujeto las ideas de que había hecho mención, todavía consiguió defenderse de ambas con su conjuro habitual, consistente en un ademán de repulsa y la exclamación «¡Qué tonterías se te ocurren!» El plural «ambas» hubo de extrañarme, como sin duda habrá extrañado al lector, pues el paciente no había referido más que una: la de que el tormento de las ratas era aplicado a la señora de sus pensamientos.

Mas ahora hubo de confesar que simultáneamente a esta idea había surgido en él la de que el tormento se extendía también a su padre.

Mas como su padre había muerto muchos años atrás, el temor obsesivo resultaba aún más insensato que el primero e intentó permanecer inconfesado.

Al día siguiente, el mismo capitán le entregó un paquete postal y le dijo:

«El teniente A. ha pagado por tí el reembolso. Tienes que darle el dinero.»

El paquete contenía los lentes pedidos por telégrafo a Viena.

En el mismo instante surgió en él una «sanción»: No devolveré el dinero, pues si lo hacía, sucedería aquello (se realizaría en su padre y en la señora la fantasía de las ratas). Y conforme a una trayectoria típica ya en él, se alzó inmediatamente para combatir tal sanción un mandato en forma de juramento: Tienes que devolver las 3,80 coronas al teniente A., palabras que casi pronunció a media voz.

Los ejercicios militares terminaron dos días después.

El sujeto realizó durante ellos continuos esfuerzos para devolver al teniente A. la pequeña cantidad adeudada, contra lo cual surgieron una y otra vez dificultades de naturaleza aparentemente objetiva.

Al principio intentó realizar el pago por conducto de otro oficial que iba a Correos; pero se alegró mucho cuando él mismo le devolvió el dinero, alegando no haber encontrado al teniente A., en las oficinas postales pues aquel modo de cumplir su juramento no le satisfacía por no corresponder a la forma liberal del mismo: «Tienes que devolver las 3,80 coronas al teniente A.» Por fin encontró a este último; pero el oficial se negó a aceptar el dinero, diciendo que él no había pagado nada por su cuenta, ni siquiera estaba encargado del correo, función que correspondía al teniente B.

El sujeto quedó un tanto perplejo viendo la imposibilidad de cumplir su juramento, por ser errónea una de sus premisas, e imaginó toda una serie de complicados expedientes: Iría a Correos con los tenientes A. y B., y el primero daría a la encargada del servicio de paquetes postales 3,80 coronas, que la empleada entregaría a B., y entonces ya podría él cumplir al pie de la letra su juramento dando las 3,80 coronas a A.

No extrañaré que el lector encuentre incomprensible todo esto, pues también la minuciosa descripción que el paciente me hizo de los sucesos exteriores de estos días y de sus reacciones a ellos adolecía de contradicciones internas y parecía inexplicablemente embrollada.

Sólo en un tercer relato conseguí hacerle advertir tales imprecisiones y determinar los errores mnémicos y los desplazamientos en que había incurrido.

Pero podemos ahorrarnos la reproducción de estos detalles, cuya parte esencial nos ocupará luego, y limitarnos a indicar que al final de esta segunda sesión el sujeto se conducía como aturdido y enajenado, llamándome repetidamente «mi capitán», sin duda porque al principio de la sesión le había dicho que yo no era un hombre cruel como el capitán de su historia y no tenía la menor intención de atormentarle innecesariamente.

En esta sesión me explicó también que desde un principio, y ya en los primitivos temores de que les ocurriese algo a las personas de su particular afecto, había situado tales castigos no sólo en lo temporal, sino también en la eternidad en el más allá. Hasta los catorce o los quince años había sido muy religioso, evolucionando desde entonces hacia su actual incredulidad.

La contradicción que así surgía entre sus convicciones actuales y la aceptación de una vida ultraterrena la salvaba diciéndose: «¿Qué sabes tú de la vida en el más allá? ¿Y qué saben los demás? No se puede saber nada, y por tanto, nada arriesgas pensando así.»

El sujeto, hombre por lo demás de aguda y clara inteligencia, consideraba irreprochable semejante conclusión y aprovechaba la inseguridad de la razón humana en tal problema en favor de su anterior concepción piadosa del universo, superada ya.

En la tercera sesión completó el relato, muy característico, de sus esfuerzos por cumplir su juramento obsesivo. Por la noche se celebró la última reunión de los oficiales antes del término del período militar. Le correspondió contestar al brindis dedicado a «los señores reservistas» y habló elocuentemente, pero como un sonámbulo, pues en el fondo le seguía atormentando su juramento. La noche fue espantosa.

Argumentos y contraargumentos pugnaron ruidosamente en su cerebro.

El argumento principal era, naturalmente, que la premisa fundamental de su juramento se había demostrado errónea, ya que el teniente A. no había pagado por él ningún dinero.

Pero se consoló pensando que A. haría con ellos, al día siguiente, una parte de la marcha hasta la estación ferroviaria de P. y podría él darle el dinero, rogándole que se lo entregase a B.

Llegado el momento, no lo hizo y dejó partir a A. sin decirle nada, encargando, en cambio, a su asistente que le anunciara su visita para aquella misma tarde. Por su parte, llegó a las nueve y media de la mañana a la estación, dejó su equipaje en la consigna y evacuó diversos asuntos en la pequeña ciudad, siempre con el propósito de hacer luego su anunciada visita a A.

El pueblo en que A. se hallaba acantonado estaba a una hora en coche de P.

El viaje en ferrocarril hasta la localidad donde se hallaba la oficina de Correos duraba tres horas: creía, pues, que habría de serle posible alcanzar, una vez llevado a cabo su complicado plan, el último tren que salía de P. para Viena.

Las ideas que en él pugnaban eran las siguientes: Por un lado, que si no acababa de decidirse a cumplir su juramento, era por pura cobardía, pues quería ahorrarse la molestia de pedir aquel servicio a A. y aparecer ante él como un perturbado. Y por otro, que la cobardía estaba precisamente en cumplir el juramento, ya que con ello se proponía tan sólo libertarse de sus ideas obsesivas.

Cuando en una reflexión se contrapesaban de este modo sus argumentos, el sujeto acostumbraba abandonarse al azar, y así, cuando un mozo de la estación le preguntó si iba a tomar el tren de las diez, contestó afirmativamente y partió en dicho tren, creando un hecho consumado que le alivió mucho.

Al pasar el empleado del coche-comedor le encargó que le reservase un puesto para la comida; pero ya en la primera estación se le ocurrió que todavía podía bajar en ella, tomar un tren en sentido contrario hasta la localidad donde A. se hallaba, hacer con él el viaje de tres horas hasta la oficina de Correos, etc.

Sólo el encargo dado al empleado del coche-comedor le retuvo de poner en práctica tal propósito, pero no renunció a él por completo, sino que lo fue aplazando de estación en estación hasta llegar a una en la que no podía descender por tener parientes en la localidad a la que correspondía, y entonces decidió seguir ya su viaje hasta Viena, buscar a su amigo, someterle la cuestión y volver en todo caso a P. en el tren de la noche.

Ante mis dudas de que le hubiera sido posible llevar a cabo semejante plan, me aseguró que entre la llegada de su tren y la salida del otro habría podido disponer de media hora. Pero al llegar a Viena no encontró a su amigo en la cervecería donde esperaba hallarle, y ya a las once de la noche le vio en su casa y le contó su perplejidad.

El amigo se manifestó asombrado de que aún dudase de que se tratara de una idea obsesiva, le tranquilizó por aquella noche, durante la cual durmió sin angustias, y a la mañana siguiente le acompañó a Correos, donde impuso un giro de 3,80 coronas dirigido a las oficinas postales que habían recibido el paquete con los lentes.

Estos últimos detalles me proporcionaron un punto de apoyo para desentrañar las deformaciones de su relato.

Si al ser llamado a la razón por su amigo no había ya girado la pequeña suma al teniente A. ni tampoco al teniente B., sino directamente a la oficina de Correos, tenía que saber y haber sabido ya antes de su partida que sólo a la empleada de Correos, y a nadie más, adeudaba el importe del reembolso.

Y, en efecto, resultó que así lo sabía antes de la advertencia del capitán y de su juramento, pues ahora recordaba que horas antes de su encuentro con el capitán cruel había hablado con otro capitán, que le había explicado el verdadero estado de cosas.

Este último oficial, al saber su nombre, le había dicho que había estado en la oficina de Correos, donde la empleada le había preguntado si conocía a un cierto teniente H. (nuestro paciente), para el cual acababa de llegar un paquete postal contra reembolso.

El oficial había contestado negativamente, pero la empleada había manifestado que confiaba en la honorabilidad de aquel teniente desconocido y adelantaría el importe del reembolso. De este modo llegaron a poder de nuestro paciente los lentes que había encargado por telégrafo.

El capitán cruel se equivocó al advertirle, cuando le entregó el paquete, que debía dar las 3,80 coronas a A. Nuestro paciente debía saber que aquello era un error, y, sin embargo, hizo, sobre la base de tal error, el juramento que había de atormentarle.

En ello, y luego en su relato de tales sucesos, se ocultó a sí mismo y me ocultó a mí el episodio del otro capitán y la existencia de la amable empleada de Correos. De todos modos, reconozco que después de esta rectificación aún se nos hace más insensata e incomprensible que antes su conducta.

Al separarse de su amigo y volver a su casa tornaron a atormentarle sus dudas.

Los argumentos de su amigo no habían sido sino los mismos suyos, y veía muy bien que si le habían tranquilizado temporalmente, era tan sólo por la influencia personal del mismo.

La decisión de consultar a un médico quedó entretejida en el delirio en la siguiente ingeniosa forma: se haría dar por un médico un certificado de que para su restablecimiento le era necesario llevar a cabo, con el teniente A., aquella serie de actos que había proyectado, y seguramente tal certificado movería al oficial a aceptar de él las 3,80 coronas.

La casualidad de que en aquellos momentos cayera entre sus manos un libro mío orientó hacia mí su elección. Pero comprendiendo que no había de obtener de mí tal certificado, sólo me pidió, muy razonablemente, que le libertase de sus ideas obsesivas.

Muchos meses después, en el punto culminante de la resistencia, le acometió de nuevo la tentación de ir a P., buscar al teniente A. y representar con él la comedia de la devolución del dinero.  

Introducción sobre la naturaleza de la cura

No deberá esperarse encontrar en seguida la explicación de ideas obsesivas tan singularmente disparatadas (la del tormento de las ratas). La técnica psicoanalítica obliga al médico a reprimir su curiosidad, y dejar que el paciente fije con plena libertad el orden de sucesión de los temas en el análisis.

Por tanto en la cuarta sesión recibí al paciente con la pregunta «¿Cómo va usted a continuar hoy?» «Me he decidido a contarle a usted algo que me parece muy importante y que me atormenta desde un principio», respondió. Y comenzó a desarrollar, con minuciosa extensión, el historial clínico de su padre, muerto nueve años atrás a consecuencia de un enfisema. Una noche, creyendo que la enfermedad de su padre podía hacer una crisis favorable, preguntó al médico cuándo podría considerarse pasado el peligro.

El médico le respondió que al cabo de cuarenta y ocho horas. No se le ocurrió que su padre pudiera morir antes de tal término y a las once y media de la noche se acostó para dormir una hora. Pero cuando a la una despertó, un amigo médico le comunicó que su padre acababa de morir.

El sujeto se reprochó no haber estado al lado de su padre en el momento de la muerte, y más duramente aún cuando la enfermera le dijo que antes había pronunciado el enfermo su nombre, y al acercarse ella le había preguntado: «¿Eres Pablo?» Creía advertir que su madre y sus hermanas se hacían análogo reproche, pero no hablaron de ello.

El reproche no fue al principio muy doloroso, pues el sujeto no aceptó en mucho tiempo como un hecho real la muerte de su padre, y así le sucedía una y otra vez que, por ejemplo, al oír algún chiste divertido, se decía: «Tengo que contárselo a papá.»

También en su fantasía continuaba vivo su padre, de tal modo, que muchas veces, cuando oía llamar a la puerta, pensaba:

«Ahí está papá», y al entrar en una habitación esperaba encontrarle en ella; y aunque no olvidaba jamás el hecho de su muerte, la expectación de tales apariciones no tenía nada de temeroso, sino de muy deseado.

Sólo año y medio después despertó en él el recuerdo de su negligencia y comenzó a atormentarle cruelmente, haciéndole considerarse como un desalmado. La reviviscencia de tal recuerdo fue provocada por la muerte de una tía suya, casada, y su visita de pésame al marido.

A partir de aquel momento añadió a sus imaginaciones la de la vida ultraterrena. La primera consecuencia de este acceso fue una grave incapacidad para el trabajo.

Como el sujeto afirmase que sólo le habían sostenido por entonces los consuelos de su amigo, que le hacía ver la insensata exageración de sus reproches, aproveché la ocasión para procurarle una primera visión de las premisas de la terapia psicoanalítica. Cuando existe una disparidad entre el contenido ideológico y el afecto, o sea entre la magnitud del reproche y su causa, el profano diría que el afecto era demasiado intenso, exagerado, por tanto, y falsa, en consecuencia, la conclusión de ser un criminal, deducida del reproche.

El médico, por el contrario, dice: No; el afecto está justificado, y no hay por qué criticar la conciencia de culpabilidad que atormenta al sujeto, pero ésta corresponde a otro contenido desconocido (inconsciente) y que ha de ser buscado primero.

El contenido ideológico conocido ha pasado a ocupar tal lugar por una asociación errónea. Pero no estamos acostumbrados a sentir en nosotros afectos intensos sin contenido ideológico, y, por tanto, cuando tal contenido nos falta, echamos mano de otro cualquiera, adecuado, como subrogado.

El hecho de la falsa asociación es también lo único que puede explicar la impotencia de toda labor lógica contra la representación penosa.

Concluiremos con la confesión de que esta teoría plantea en un principio grandes problemas, pues el sujeto no podía dar la razón a su reproche de haber delinquido contra su padre si sabía perfectamente que jamás se había hecho reo de nada contra él.

En la sesión siguiente mostró gran interés por mis explicaciones, aunque se permitió manifestar algunas dudas sobre ellas. ¿Cómo podía producir un efecto terapéutico la afirmación de que el reproche y la conciencia de culpabilidad eran justificados? No era tal afirmación la que producía dicho efecto, sino el descubrimiento del contenido incógnito, al que correspondía el reproche.

Sí, pero precisamente a eso era a lo que se refería en su pregunta. Le expliqué las ligeras indicaciones que le había dado sobre las diferencias psicológicas entre lo Consciente y lo inconsciente y sobre la merma a la que está sometido todo lo consciente, en tanto que lo inconsciente permanece relativamente inmutable, sirviéndome de una comparación con las antigüedades que decoraban mi gabinete en consulta. Habían sido descubiertas en unas excavaciones, y debían su conservación al hecho de haber permanecido enterradas.

Sólo después de haber sido descubierta corría Pompeya el peligro de caer en ruinas.

Preguntó entonces si existía alguna norma general que regulara la conducta de los enfermos ante lo descubierto.

A su juicio, unos dominarían el reproche y otros no. Nada de eso; en la naturaleza misma de las circunstancias estaba que el afecto quedase dominado ya durante la labor analítica en la mayoría de los casos.

Así como se procuraba conservar Pompeya, los enfermos procuraban siempre libertarse de tales ideas.

Se había dicho que un reproche sólo podía surgir por la transgresión de las leyes morales más íntimamente personales, y no de las exteriores. Por mi parte, confirmé su opinión en este punto, agregando que quien sólo infringe las normas externas se considera muchas veces un héroe. Tal proceso sería, pues, únicamente posible dada una disociación preexistente de la personalidad. ¿Lograría él restablecer la unidad de la suya? si lo conseguía, se sentiría capaz de rendimientos nada vulgares.

Existía, desde luego, una disociación de la personalidad, pero debía fundir esta nueva antítesis, por él anunciada, entre la persona moral y el mal, con aquella otra de la que antes habíamos hablado, entre lo consciente y lo inconsciente. La persona moral sería lo consciente y el mal lo inconsciente.

Recordaba que, a pesar de considerarse como una persona moral, había llevado a cabo en su infancia cosas emanadas de la otra persona. Con tal observación le dije -había descubierto, sin proponérselo, uno de los caracteres principales de lo inconsciente: su relación con lo infantil.

Lo inconsciente era lo infantil y precisamente aquella parte de la persona que en dicha época se separaba de ella, no acompañándola en el resto de la evolución y quedando por ello reprimida. Las ramificaciones de este inconsciente reprimido eran los elementos que mantenían aquella labor mental involuntaria, en la que consistía su dolencia.

Ahora podía descubrir también por sí mismo otro carácter de lo inconsciente. No encuentra nada más, y, en cambio, expresa la duda de que alteraciones durante tanto tiempo subsistentes pueden ser anuladas. ¿Qué podía hacerse, por ejemplo, contra la idea del más allá, imposible de controvertir lógicamente? Por mi parte, no negaba la gravedad de su caso y la importancia de sus construcciones mentales; pero su edad era muy favorable, como también lo intacto de su personalidad.

En relación con esto, expresé un juicio favorable sobre él, que le satisfizo visiblemente.

En la sesión siguiente comenzó manifestándome que iba a relatarme algo perteneciente a su infancia. Como ya me había dicho, a los siete años le atormentaba la temerosa preocupación de que sus padres adivinaban sus pensamientos, preocupación que, en realidad, no se había disipado luego por completo en su vida ulterior.

A los doce años se había enamorado de una niña, hermana de un amigo (enamoramiento no sexual, pues no deseaba verla desnuda, quizá porque era demasiado pequeña), pero que no se mostraba tan cariñosa con él como él hubiera deseado.

Entonces se le ocurrió la idea de que si la sucediera una desgracia, la niña le trataría con mayor ternura, y, como tal desgracia, surgió inmediatamente en su imaginación la muerte de su padre.

El infantil sujeto rechazó en el acto con toda energía tal idea, y todavía actualmente se defiende contra la posibilidad de haber concebido semejante deseo, aduciendo que, en todo caso, se habría tratado de una mera asociación mental. (Por mi parte, le objeto que si no había sido un deseo, no tenía entonces por qué reprochárselo.) Por el contenido mismo de la representación, o sea el de que su padre podía morir.

Consideraba, pues -repuse-, aquella idea con el mismo criterio que las autoridades aplican, como es generalmente sabido, a las ofensas verbales al soberano, castigando lo mismo al individuo que dice: «El emperador es un asno», que al que disfraza la injuria diciendo: «Si alguien dice que el emperador es un asno, tendrá que vérselas conmigo.»

Podía presentarle la idea misma que motivaba sus reproches relacionada con algo que los excluía en absoluto; por ejemplo: si mi padre muere, me suicidaré junto a su tumba.

Esta explicación parece imprescindible, pero sin hacerle renunciar a su contradicción. Opto, pues, por abandonar la discusión, haciéndole observar que la idea de la muerte del padre no debió de surgir en aquella ocasión por vez primera en su pensamiento, sino que procedía, evidentemente, de muy atrás, y habríamos de investigar más tarde su procedencia. Continúa su relato manifestando que seis meses antes de la muerte de su padre había cruzado rápidamente por su cerebro una idea casi idéntica.

En aquella época estaba ya enamorado de la señora antes citada, pero le era imposible pensar en casarse con ella a causa de obstáculos de orden material: Entonces su idea había sido la de que la muerte del padre le haría rico, permitiéndole casarse con su adorada.

Su repulsa contra tal idea fue tan violenta, que llegó hasta el deseo de que su padre no dejara la menor fortuna, para que nada pudiera compensarle a él de tan terrible pérdida. La misma idea, aunque más apagada, surgió por tercera vez la víspera de la muerte del padre.

Pensó, en efecto, que estaba a punto de perder lo que más quería, y en el acto surgió la idea contradictoria: «No; hay todavía otra persona cuya muerte sería más dolorosa para ti».

El sujeto extrañaba mucho tales pensamientos, pues estaba plenamente seguro de que la muerte del padre no había podido ser jamás el contenido de un deseo, y sí tan sólo el de un temor. Después de este alegato, expresado con toda energía, considero oportuno exponerle un nuevo fragmento de la teoría psicoanalítica.

Afirma ésta que semejante angustia corresponde a un deseo pretérito y reprimido ahora, debiéndose, por tanto, aceptar precisamente lo contrario de lo que parece acentuar.

Ello coincide también con la afirmación teórica de que lo inconsciente ha de ser la antítesis contradictoria de lo consciente.

El sujeto se muestra muy impresionable, pero también muy incrédulo, y extraña mucho que aquel deseo haya podido surgir en él cuando su padre era precisamente la persona que más cariño le inspiraba. No cabía duda de que hubiera renunciado gustoso a toda dicha personal si con ella hubiera podido prolongar su vida. Le respondo que justamente tan intenso cariño es la condición necesaria del odio reprimido.

Si se tratara de una persona indiferente, le sería fácil mantener yuxtapuestos los motivos de una inclinación moderada y un moderado desvío; por ejemplo: si fuera un empleado y pensase de su jefe que era un superior muy agradable, pero un mal jurista y un juez inhumano.

Algo así dice Bruto, refiriéndose a César, en la obra shakespeariana (III, 2): «Porque César me amaba, le lloro; porque era valeroso, le honro; mas porque era un tirano, le he matado.»

Y tales palabras nos producen extraña impresión, porque habíamos creído más intenso el afecto que Bruto profesaba a César. Tratándose de una persona más querida (por ejemplo, de su mujer), habría aspirado a dar unidad a sus sentimientos, y, en consecuencia, como humanamente sucede en general, hubiera cerrado los ojos ante aquellas faltas que podían provocar su desamor.

Así, pues, precisamente un amor muy intenso no permite que el odio, el cual ha de tener alguna fuente, permanezca consciente.

En su caso, constituía, desde luego, un problema averiguar la procedencia de aquel odio, pero sus mismas manifestaciones indicaban claramente como época de su aparición aquella en la que había temido que sus padres adivinasen sus pensamientos. Por otro lado, se podía preguntar también por qué su intenso cariño no había podido extinguir el odio, como sucede habitualmente cuando se enfrentan dos impulsos opuestos.

Sólo podía suponerse que el odio se hallaba ligado a una fuente, a un motivo, que lo hacía indestructible.

Así, pues, por un lado, tal relación impedía que el odio contra el padre fuera destruido por el cariño, y, por otro, el cariño estorbaba que el odio se hiciera consciente, de manera que al odio sólo le quedaba un camino: seguir subsistiendo en lo inconsciente, del cual le era posible, sin embargo, escaparse rápidamente en algunos momentos.

El sujeto concede que todo esto le parece muy plausible; pero, naturalmente, sin el menor convencimiento verdadero, va a permitirse preguntarme cómo es que tal idea puede hacer tan largas pausas, apareciendo por vez primera cuando él tenía doce años, luego cuando ya había cumplido los veinte y, por última y tercera vez, dos años después, no habiendo vuelto a aparecer desde entonces. No podía creer que en los intervalos se hubiera extinguido la hostilidad contra su padre, y, sin embargo, durante ellos no había sido atormentado por los reproches.

A esta pregunta contesto que cuando alguien la formula es que tiene ya también preparada la respuesta. No hay más que dejarle seguir hablando.

El sujeto continúa, pues -sin enlazar en apariencia sus palabras a las inmediatamente anteriores-, manifestando que siempre había sido el mejor amigo de su padre, como éste el suyo, coincidiendo en todo, salvo en algún tema del que evitaban hablar, de tal modo que la intimidad que entre ellos había reinado superaba en mucho a la que ahora presidía las relaciones con su mejor amigo.

Aquella señora, a la cual había él propuesto a su padre, al pensar en el dolor que su muerte había de causarle, le inspiraba un intenso cariño, pero nunca había sentido hacia ella deseos auténticamente sensuales, como los que llenaron su niñez.

Sus impulsos sensuales habían sido, en general, mucho más intensos durante su infancia que en la época de la pubertad. Le hago observar que ha dado ya la respuesta que esperábamos, descubriendo con ella el tercer carácter principal de lo inconsciente.

La fuente de la cual extraía la hostilidad contra el padre su indestructibilidad se hallaba relacionada evidentemente, con deseos sensuales, para cuya satisfacción habría él de haber visto en algún modo en su padre un estorbo.

Tal conflicto entre la sensualidad y el amor filial es absolutamente típico. Las pausas a que antes había aludido se debían al hecho de que la explosión precoz de su sensualidad había traído consigo, como primera consecuencia, un apaciguamiento de la misma.

Sólo cuando de nuevo habían surgido en él intensos deseos amorosos, había vuelto a surgir la hostilidad, al constituirse una situación análoga. Por último hago que me confirme no haberle orientado por mi parte hacia el tema sexual, sino haber sido él quien espontáneamente ha penetrado en tal terreno.

El sujeto pregunta ahora por qué en la época de su enamoramiento de aquella señora no decidió simplemente, para su gobierno, que una oposición del padre no llegaría jamás a disminuir en nada su cariño hacia él. Le respondo que es muy difícil acabar con alguien que está ausente, y que tal decisión sólo habría sido posible en el caso de que el deseo reprochable hubiera surgido entonces en él por vez primera.

Pero se trataba de un deseo reprimido macho tiempo atrás, contra el cual no le era posible ya conducirse de distinto modo y que, por tanto, quedó sustraído a la destrucción.

Aquel deseo de hacer desaparecer al padre para que dejase de ser un estorbo había tenido que nacer en tiempo en que las circunstancias eran muy otras; esto es, quizá cuando el padre no le era tan querido como la persona sensualmente deseada, o cuando él mismo no era capaz aún de una decisión clara y concreta; esto es, en su temprana infancia, antes de los seis años, fecha a partir de la cual adquirió ya continuidad su memoria. Con esta construcción quedó cerrada provisionalmente la discusión.

En la sesión siguiente, la séptima, recoge el sujeto nuevamente el mismo tema. No podía creer haber abrigado jamás aquel deseo hostil al padre. Recordaba una novela de Sudermann que le había impresionado profundamente en la cual una joven que velaba a su hermana enferma sentía de pronto el deseo de que muriera para poderse casar ella con su cuñado, y luego, muerta realmente su hermana, se suicidaba, convencida de que después de haber abrigado, aunque sólo fuera por breves instantes, tan innoble deseo, no merecía seguir viviendo.

El sujeto comprendía aquella resolución y encontraba muy justo que aquellos tristes pensamientos suyos le llevaran a la tumba, pues no merecía otra cosa.

Le hice observar que nosotros los psiquíatras sabemos muy bien que la enfermedad produce a los enfermos cierta satisfacción, de manera que todos ellos se resisten parcialmente a curar. No debía, pues, perder de vista que un tratamiento como el que estábamos desarrollando avanza en lucha constante contra incesantes resistencias. Ya tendría ocasión más que sobrada de recordárselo.

El sujeto quiere ahora hablar de un acto delictivo en el que no se reconoce, pero que recuerda con toda claridad, y a este respecto cita un aforismo de Nietzsche: «Esto lo he hecho yo», dice mi memoria. «Esto no puedo haberlo hecho», dice mi orgullo, y permanece inexorable. Por último, cede la memoria.

Luego continúa: «En este caso no ha cedido mi memoria.» -Precisamente porque para castigarse a sí mismo extrae usted placer de sus reproches. -Con mi hermano menor, al cual me une ahora un gran cariño, y que precisamente en estos días me tiene muy preocupado, pues quiere hacer una boda que a mí me parece un disparate y ya se me ha ocurrido más de una vez tomar el tren y asesinar a su novia para impedirle que se case con ella; con mi hermano menor, decía, me he pegado muchas veces de niño.

Pero, sin embargo, nos queríamos mucho y éramos inseparables, aunque yo tenía intensos celos de él, pues era más fuerte y más guapo que yo y todos le querían más. -Ya me ha comunicado usted tal escena de celos motivada por unas palabras de Fräulein Lina. -Después de tal ocasión y seguramente antes de mis ocho años, pues todavía no iba al colegio, en el que entré poco después de cumplirlos, hice lo siguiente: Teníamos unas escopetas de juguete. Cargué la mía con la baqueta, dije a mi hermano que si miraba por el cañón vería algo muy bonito, y cuando estaba mirando disparé. La baqueta le dio en la frente sin hacerle nada, pero mi intención había sido hacerle mucho daño. Inmediatamente después de disparar me tiré al suelo, fuera de mí, y me revolqué, preguntándome:

«¿Cómo he podido hacer semejante cosa? Pero lo he hecho.» –

Aprovecho la ocasión favorable a mi causa: si había conservado en su memoria un hecho tan contrario a su verdadera personalidad, no podía ya negar la posibilidad de que en años todavía más tempranos hubiera realizado algo análogo contra su padre, que hoy ya no recordase.

El sujeto manifiesta que recordaba también otros impulsos de venganza contra aquella señora de la que tan enamorado estaba y de cuyo carácter desarrolla ahora una entusiasta descripción, afirmando que no le era fácil amar y se reservaba para aquel al que hubiera de pertenecer un día.

A él no le amaba. Cuando tuvo la seguridad de su desvío, tejió una fantasía consciente, en la que se hacía inmensamente rico, se casaba con otra y hacía luego en su compañía una visita a su primer amor para irritarle.

Pero en este punto le falló la imaginación, pues hubo de confesarse que la otra mujer, en la que personificaba a su esposa, le era totalmente indiferente; sus pensamientos se embrollaron y al final sólo vio ya claramente que la otra debía morir. También en esta fantasía encuentra, como en el atentado contra su hermano, el matiz de cobardía que tanto le repugna.

En el curso de mi conversación con él le advierto que, lógicamente, ha de considerarse por completo irresponsable de tales rasgos de su carácter, pues semejantes impulsos reprochables proceden todos de la vida infantil, correspondiendo a ramificaciones del carácter infantil subsistentes en lo inconsciente, y como él sabe muy bien, no es posible atribuir al niño una responsabilidad ética.

De la suma de las disposiciones del niño nace en el curso del desarrollo el hombre éticamente responsable. Pero el sujeto duda de que todos sus impulsos perversos tengan tal procedencia, y yo le prometo demostrárselo en el curso del tratamiento.

Alega todavía que su enfermedad se ha intensificado en grado sumo desde la muerte de su padre, y en este punto le doy la razón, en cuanto reconozco la tristeza provocada por la muerte de su padre, como fuente principal de la intensificación de la enfermedad.

Es como si la tristeza hubiera hallado en la enfermedad una expresión patológica.

En tanto que un duelo normal se extiende en uno o dos años, una tristeza patológica como la suya puede alcanzar duración ilimitada. Hasta aquí llega lo que de este historial patológico puedo comunicar detalladamente y en perfecto orden de sucesión. Coincide aproximadamente con la exposición del tratamiento, el cual se extendió a través de once meses.  

Algunas ideas obsesivas y su traducción

Como es sabido, las ideas obsesivas se muestran inmotivadas o disparatadas, lo mismo que el texto de nuestros sueños nocturnos, y la primera labor que plantean es la de darles un sentido y un lugar en la vida anímica del individuo, de modo que resulten comprensibles e incluso evidentes. Pero en esta labor de traducción no hemos de dejarnos inducir en error por su aparente insolubilidad, pues las ideas obsesivas más insensatas o extravagantes llegan a ser solucionadas por medio de una labor adecuadamente profunda.

Ahora bien: a esta solución sólo se llega una vez que se logra relacionar cronológicamente las ideas obsesivas con la vida del paciente; esto es, investigando cuándo surgió por vez primera cada una de ellas y en qué circunstancias externas suele repetirse. Por tanto, cuando se trata de ideas obsesivas cuya existencia ha sido breve, cosa muy frecuente, se simplifica mucho nuestra labor investigadora.

Podemos convencernos fácilmente de que una vez conseguido el descubrimiento de la relación de la idea obsesiva con la vida del enfermo, se hace en el acto accesible a nuestra penetración todo lo enigmático e interesante que el producto patológico analizado entraña, o sea su significación, el mecanismo de su génesis y su procedencia de las fuerzas instintivas psíquicas dominantes.

Empezaré con un ejemplo especialmente transparente del impulso al suicidio, frecuentísimo en nuestro sujeto, impulso cuya sola exposición equivale casi a su análisis: Nuestro sujeto perdió unas cuantas semanas de estudio por causa de la ausencia de la señora de sus pensamientos, que había salido de viaje para cuidar a su abuela enferma.

Hallándose celosamente consagrado al estudio se le ocurrió de pronto: «No es difícil cumplir el mandato de presentarse bien preparado a los próximos exámenes. Pero ¿qué sucedería si se te impusiera la decisión de cortarte el cuello con la navaja de afeitar?» En el acto advirtió que aquella decisión se le acababa de imponer efectivamente; fue a su armario para coger la navaja, pero entonces pensó: «No, no es tan sencillo.

Tienes que asesinar primero a la vieja esa que te ha separado de tu amada.» Aterrado ante tan criminales estímulos, le flaquearon las piernas y cayó redondo al suelo. La relación de esta idea obsesiva con la vida del paciente se encuentra ya contenida en la iniciación de su relato.

Su amor estaba ausente mientras él se consagraba con toda aplicación al estudio, para presentarse a examen cuanto antes y hacer posible su boda con ella.

Durante el estudio le invadió la nostalgia de la ausente y pensó en la causa de su ausencia, surgiendo entonces en él algo que en un hombre normal se habría limitado a un impulso ligeramente hostil contra la anciana enferma:

«¡También es un fastidio que esa vieja se haya puesto enferma precisamente en el momento en que tanto deseo ver a mi amada.»

Algo análogo, pero mucho más intenso, fue lo que apareció en nuestro paciente: un acceso inconsciente de cólera, que, junto con la nostalgia de la mujer amada, halló su expresión en la exclamación siguiente:

«¡Quisiera ir allí y asesinar a esa vieja, que me priva de la vista de la mujer a quien quiero!»

Inmediatamente sigue el mandato punitivo:

«Mátate tú para castigarte de tales impulsos coléricos y asesinos»; y todo el proceso penetra entonces con violentísimo afecto y en sucesión inversa -primero el mandamiento punitivo y al final la mención de los impulsos punibles- en la conciencia del enfermo.

No creo que esta tentativa de explicación parezca forzada o entrañe demasiados elementos hipotéticos.

Otro impulso de mayor duración a un suicidio indirecto fue más difícil de aclarar porque pudo ocultar su relación con la vida del paciente detrás de una de aquellas asociaciones externas que tan rechazables parecen a nuestra conciencia.

Un día, hallándose en una estación veraniega, surgió de repente en su pensamiento la idea de que estaba demasiado grueso y tenía que adelgazar. Comenzó, pues, a retirarse de la mesa antes que le sirvieran el último plato, a correr sin sombrero por las calles bajo el ardiente sol de agosto y a subir las pendientes de la montaña a paso gimnástico, hasta que la fatiga le hacía detenerse bañado en sudor.

Detrás de esta manía de adelgazar apareció también una vez, sin velo alguno, el propósito suicida, cuando hallándose al borde de un precipicio se le impuso el mandamiento de arrojarse a su fondo. La solución de estos disparatados actos obsesivos se ofreció luego a nuestro paciente al ocurrírsele de pronto que por aquellos días se hallaba también en la misma estación veraniega la dama de sus pensamientos, pero acompañada de un inglés, primo suyo, que la cortejaba, inspirando intensos celos al sujeto.

Aquel primo se llamaba Ricardo y, según costumbre general en Inglaterra, era llamado Dick. Los impulsos homicidas de nuestro paciente se dirigieron entonces hacia este Dick, del cual estaba mucho más celoso de lo que él mismo se confesaba, y tal fue la razón de que se impusiera como autocastigo la cura de adelgazamiento.

Aunque este impulso obsesivo parece diferente del anterior mandamiento directo de suicidio, comparte con él un rasgo importantísimo; su génesis como reacción a una violenta cólera, no aprehensible en su totalidad por la conciencia, contra una persona que constituye un obstáculo al amor del sujeto.

Otras representaciones obsesivas nuevamente orientadas hacia la persona de su amada muestran mecanismos distintos y diferentes procedencias instintivas. Durante la estancia de su amada en su residencia veraniega, el sujeto produjo, además de aquella manía de adelgazar, toda una serie de actividades obsesivas que, por lo menos parcialmente, se referían a la persona amada. Una vez que navegaba con ella en un barco, bajo un viento violento, hubo de obligarla a ponerse su gorra, pues había surgido en el el mandamiento de que no debía sucederle nada a ella.

Era ésta una especie de obsesión protectora, que produjo distintos actos. Otra vez, durante una tormenta, se le impuso la obsesión de llegar a contar hasta 40 o 50 entre el relámpago y el trueno, sin saber en absoluto por qué había de hacerlo.

El día en que su amada se marchó, el sujeto tropezó en una piedra de la calle y tuvo que apartarla a un lado porque se le ocurrió que, al cabo de pocas horas, pasaría por allí el coche de su amada y podía tropezar y volcar en aquellas piedras. Pero minutos después pensó que todo aquello era un disparate, y tuvo que volver y colocar de nuevo la piedra en el lugar que antes ocupaba en medio de la calle.

Después de la partida de su amada se apoderó de él una obsesión de comprensión, que le hizo insoportable a los suyos, pues se obligaba a comprender exactamente cada una de las sílabas pronunciadas por los que a él se dirigían, como si de otro modo se le escapara un gran tesoro.

En consecuencia; preguntaba y una y otra vez:

«¿Qué has dicho?»

Y cuando se lo repetían pretendía que la primera vez habían dicho otra cosa y permanecía insatisfecho.

Todos estos productos de la enfermedad dependen de un suceso que dominaba por entonces sus relaciones con su amada. Cuando a principios de verano se despidió de ella en Viena, interpretó cierta frase suya en el sentido de que ella trataba de negar ante la sociedad allí reunida sus relaciones de amistad con él, y ello le hizo sentirse desdichado.

En la estación veraniega tuvo ocasión de explicarse con ella, y la señora pudo demostrarle que su intención con aquellas palabras, mal interpretadas por él, había sido la de evitarle quedar en ridículo. Nuestro sujeto volvió a sentirse dichoso. La obsesión de comprender alude directamente a este suceso, presentándose estructurada como si el paciente se hubiese dicho:

Después de semejante experiencia, debes procurar no interpretar erróneamente las palabras de nadie si quieres ahorrarte muchos disgustos inútiles. Pero semejante propósito queda, no sólo generalizado, sino también -quizá a causa de la ausencia de la mujer amada- desplazado desde su persona a todas las demás, mucho menos interesantes. La obsesión puede haber surgido de la satisfacción que las explicaciones de su amada despertaron en el sujeto, pero, indudablemente, expresa también, al mismo tiempo, algo distinto, pues culmina en dudas displacientes sobre la exacta reproducción de lo escuchado.

Los demás mandamientos obsesivos nos ponen sobre la pista de este otro elemento. La obsesión protectora puede sólo significar una reacción -remordimiento y penitencia- contra un impulso antitético, y, por tanto, hostil, orientado hacia la persona amada antes de sus explicaciones.

La obsesión de contar que hubo de acometerle durante la tormenta queda interpretada, con ayuda del material ya acumulado, como una medida defensiva contra temores que significan un peligro de muerte. Por los análisis de las representaciones obsesivas primeramente citadas sabemos ya que los impulsos hostiles de nuestro paciente son singularmente violentos -como accesos de insensata cólera-, y hallamos luego que dicha cólera contra su amada continúa procurando, después de la reconciliación, sus aportaciones a los productos obsesivos.

En la duda obsesiva de haber oído bien queda representada la duda, aún subsistente, de si realmente ha comprendido bien esta vez a su amada y puede interpretar justificadamente sus explicaciones como una prueba de cariño.

En nuestro enamorado se libra un violento combate entre el amor y el odio, orientados ambos hacia la misma persona, y este combate queda plásticamente representado en el acto obsesivo, importante también como símbolo, de apartar del camino la piedra y anular luego aquel acto amoroso, llevando de nuevo el peligroso obstáculo al lugar que ocupaba, para que el coche de su amada tropiece en él y vuelque. Interpretaremos erróneamente esta segunda parte del acto obsesivo, considerándola tan sólo como una rectificación crítica de la actividad patológica, que es precisamente por lo que el mismo trata de pasar.

El hecho de haber sido llevado a cabo también bajo una coerción obsesiva delata que es por sí mismo una parte de la actividad patológica, aunque condicionada por la antítesis del motivo de su primera parte.

Tales actos obsesivos en dos tiempos, cuya primera parte es anulada por la segunda, son típicos de la neurosis obsesiva. Naturalmente, son mal interpretados por el pensamiento consciente del enfermo, el cual los provee de una motivación secundaria, racionalizándolos.

Pero su verdadero significado está en la representación del conflicto entre dos impulsos antitéticos de aproximadamente igual magnitud y, que yo sepa, siempre de la antítesis de odio y amor. Presentan especial interés erótico porque nos muestran un nuevo tipo de la formación de síntomas.

En vez de encontrar, como regularmente sucede en la histeria, una transacción en una sola representación matando así dos pájaros de un tiro, se satisface aquí a ambos elementos por separado, primero a uno y después a otro, aunque no sin llevar antes a cabo la tentativa de establecer una especie de enlace lógico entre los elementos antagónicos desprovisto a veces de toda lógica. (Cf. ‘Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad’.) El conflicto entre el amor y el odio halló todavía en nuestro paciente otros distintos medios expresivos.

En la época en que volvió a sentirse religioso se impuso la obligación de rezar, y el tiempo que a ello dedicaba fue siendo cada vez más largo, prolongándose hasta hora y media, pues siempre se introducía en sus plegarias algo que las convertía en lo contrario.

Si, por ejemplo, decía: «Dios le proteja», el espíritu maligno le añadía en el acto un ‘no’.

En una ocasión tuvo la idea de blasfemar, seguro de que también al hacerlo se introduciría en sus frases algo que las convertiría en lo contrario, ocurrencia en la cual se abrió paso la intención primitiva reprimida por la plegaria.

En tal apuro, el sujeto halló la salida de abandonar sus rezos y sustituirlos por una breve fórmula formada con las primeras letras o las primeras sílabas de distintas oraciones, y las pronunciaba con tal rapidez, que nada podía introducirse en ella. Una vez me relató un sueño que contenía la representación del mismo conflicto, transferida a mi persona.

Mi madre había muerto.

El sujeto quería darme el pésame, pero temía echarse a reír impertinentemente al expresarme su condolencia, cosa que ya le había sucedido otras veces. Prefirió entonces dejarme una tarjeta con las iniciales ‘p. c.’ (pour condoler) escritas en ella, pero al escribirlas se convirtieron en ‘p. f.’ (pour féliciter).

La pugna de sus sentimientos con respecto a su amada era demasiado clara para que pudiera escapar por completo a su percepción consciente, aunque de las manifestaciones obsesivas de la misma debemos deducir que no poseía idea exacta de la profundidad de sus impulsos negativos. La señora de sus pensamientos había rechazado, diez años antes, su primera declaración amorosa, y a partir de aquella fecha el sujeto vivía, alternativamente, períodos en los que creía amarla intensamente y otros en los que le inspiraba una absoluta indiferencia. Durante el curso del tratamiento, siempre que había de dar algún paso que le aproximaba a la meta de sus pretensiones, su resistencia se exteriorizaba habitualmente en la convicción de que en realidad no la quería, convicción que, sin embargo, no tardaba en desaparecer.

En una ocasión en que cayó gravemente enferma, enfermedad que intensificó su interés por ella, surgió en el sujeto el deseo de que tal enfermedad la obligase a permanecer para siempre en el lecho.

El paciente interpretó ingeniosamente tal idea en el sentido de que si deseaba verla siempre enferma, era para libertarse de la angustia insoportable que le producía el pensamiento de que una vez curada pudiese enfermar de nuevo.

De cuando en cuando ocupaba su fantasía con sueños diurnos, que él mismo reconocía como fantasías vengativas y de los que se avergonzaba. Juzgando que su amada concedía gran valor a la posición social de sus pretendientes, fantaseaba que se había casado con un hombre que ocupaba un cargo oficial.

Luego le era conferido a él un puesto análogo y ascendía rápidamente, hasta quedar muy por encima del otro. Un día aquel hombre cometía un acto punible y su antiguo amor se arrojaba a sus pies pidiéndole que salvase a su marido.

El se lo prometía y la revelaba que si en su día había aceptado un cargo oficial, era sólo por amor a ella, pues había previsto que llegaría un momento en el que podría serle útil.

Ahora, una vez cumplida su misión, salvando a su marido, dimitiría inmediatamente.

En otras fantasías, en las que se le presentaba ocasión de hacer a su amada un importante servicio sin que la misma supiera que era a él a quien se lo debía, el paciente reconoció tan sólo el cariño que aquella mujer le inspiraba y no los sentimientos hostiles que aquel cariño mantenía reprimidos. Por lo demás, confesaba que en ciertas ocasiones sentía claros impulsos de causar algún mal a su adorada. Tales impulsos se apaciguaban, por lo general, en presencia de la misma y sólo lejos de ella surgían.

La causa precipitante de la enfermedad

En una de las sesiones del tratamiento el paciente mencionó incidentalmente un suceso en el que hube de reconocer en el acto el motivo precipitante de la enfermedad, o por lo menos, el motivo reciente de la explosión de la misma, surgida hacía seis años y subsistente todavía hoy.

El sujeto no tenía la menor sospecha de haber mencionado algo importante ni recordaba haber concedido jamás valor ninguno a aquel suceso, que, por otro lado, no había olvidado tampoco nunca.

Esta circunstancia exige un comentario teórico.

En la histeria es regla general que los motivos recientes de la enfermedad sucumben a la amnesia lo mismo que los sucesos infantiles con cuyo auxilio transforman aquéllos su energía afectiva en síntomas.

En aquellos casos en que resulta imposible un olvido total, el motivo traumático reciente es atacado de todos modos por la amnesia y despojado por lo menos de sus principales elementos.

En semejante amnesia vemos la prueba de una represión anterior. Otra cosa sucede generalmente en la neurosis obsesiva. Las premisas infantiles de la neurosis pueden haber sucumbido a una amnesia, incompleta a menudo muchas veces; pero, en cambio, los motivos recientes de la enfermedad aparecen conservados en la memoria. La represión ha utilizado aquí un mecanismo diferente y, en realidad, más sencillo.

En lugar de olvidar el trauma, le ha despojado de su carga de afecto, de manera que en la conciencia queda tan sólo un contenido ideológico indiferente y juzgado insignificante. La diferencia está en el proceso psíquico que podemos construir detrás de tales fenómenos. Pero el resultado es casi el mismo, pues el contenido mnémico indiferente, sólo muy raras veces es reproducido y no desempeña papel alguno en la actividad mental consciente de la persona.

Para diferenciar tales dos formas de la represión, podemos acogernos en un principio a la afirmación del paciente de que experimentaba la sensación de haber sabido siempre lo uno y, en cambio, haber olvidado lo otro desde hacía mucho tiempo.

No es, pues, nada raro que los enfermos de neurosis obsesiva atormentados por autorreproches y que han enlazado sus afectos a motivos erróneos, comuniquen al médico los verdaderos, sin sospechar que sus reproches corresponden a ellos, hallándose tan sólo desconectados de los mismos.

En estas ocasiones suelen exclamar, asombrados e incluso jactanciosos, que aquello no tiene para ellos la menor importancia.

Así sucedió en el primer caso de neurosis obsesiva que me procuró, hace ya muchos años, la comprensión de tal dolencia.

El paciente, un funcionario que padecía innumerables preocupaciones, me llamó la atención por el hecho de que al satisfacerme los honorarios de cada consulta me entregaba siempre billetes de Banco tersos y limpios.

En una de estas ocasiones le dije, bromeando, que su calidad de funcionario público se revelaba en aquellos flamantes billetes, directamente percibidos de las cajas del Estado, respondiéndome él que tales billetes no eran, en modo alguno, nuevos, sino que tenía la costumbre de limpiarlos y plancharlos en su casa, pues le daba remordimiento de conciencia entregar a alguien billetes sucios, en los que seguramente había de haber millones de microbios que podían causar graves daños a quien los recibiera. Por entonces vislumbraba ya oscuramente la relación de las neurosis con la vida sexual, y, en consecuencia, me atreví a interrogar al paciente sobre la suya.

Su respuesta fue que no advertía en ella anormalidad ninguna ni sentía carencia de nada, y agregó la confesión siguiente: «Desempeño en muchas casas de la burguesía acomodada el papel de un viejo pariente amable y lo aprovecho para invitar de cuando en cuando a una muchacha joven a hacer una excursión por el campo, arreglándomelas de manera que perdamos el tren y tengamos que pasar la noche fuera de la ciudad.

Desde luego, tomo dos cuartos; pero cuando la muchacha se acuesta entro en el suyo y la masturbo con mis dedos.»

«¿Y no teme usted causarle algún daño, infectándole los genitales con sus manos sucias?»

El sujeto se mostró indignado.

«¿Qué daño voy a causarles? A ninguna le ha sentado mal hasta ahora, y muchas de ellas están ahora casadas y me siguen tratando.» Tomó muy a mal mi observación y no volvió a mi consulta. Por mi parte, pude explicarme su escrupulosidad en cuanto a los billetes y su falta de escrúpulo en cuanto a las muchachas confiadas a su custodia por un desplazamiento del afecto concomitante al reproche.

La tendencia de tal desplazamiento era suficientemente visible: si dejaba el reproche allí donde era justificado tenía que renunciar a una satisfacción sexual a la que le impulsaban, seguramente, enérgicas determinantes infantiles. Conseguía, pues, con tal desplazamiento una considerable ventaja. Habremos de entrar detalladamente en la motivación de la enfermedad de nuestro sujeto.

Su madre había sido educada en casa de un lejano pariente suyo, propietario de una importante empresa industrial.

Al casarse con ella, su padre entró al servicio de aquella empresa y su matrimonio le procuró así una posición desahogada. Por ciertas conversaciones familiares que el paciente hubo de escuchar, averiguó que su padre había hecho primeramente la corte a una preciosa muchacha de familia modesta, tiempo antes de conocer a su madre.

Después de la muerte del padre, la madre le comunicó un día haber hablado de su porvenir con sus acaudalados parientes, y le reveló que uno de sus primos se había mostrado dispuesto a concederle la mano de su hija cuando terminara sus estudios.

El ingreso en la rica empresa industrial mediante aquel matrimonio habría de asegurarle un brillante porvenir. Tales proyectos familiares hicieron surgir en él el conflicto de si debía permanecer fiel a la mujer que amaba, carente de fortuna, o si debía seguir las huellas de su padre casándose con la muchacha rica, bonita y distinguida que su familia le destinaba.

Y este conflicto, que en realidad lo era entre su amor y la voluntad de su padre, vivo aún en él, lo resolvió el sujeto enfermando, o mejor dicho: eludió, por medio de la enfermedad, la labor de resolverlo en la realidad.

La prueba de esta interpretación la tenemos en el hecho de que el resultado principal de la enfermedad fue una tenaz incapacidad de trabajar que le obligó a demorar por un año la terminación de sus estudios.

Ahora bien: aquello que se nos muestra como resultado de una enfermedad no es sino el propósito de la misma, y su resultado aparente es, en realidad, su causa y su motivo. Naturalmente, mi explicación no fue aceptada en un principio por el sujeto. No podía creer que el plan matrimonial pudiera producir en él semejante efecto, pues en el momento en que se lo habían anunciado no le había hecho la menor impresión.

Pero en el curso del tratamiento llegó a convencerse, por un camino singular, de la exactitud de mi hipótesis. Con auxilio de una fantasía de transferencia vivió como presente y actual algo pretérito y olvidado o de lo que no había llegado a tener conciencia.

Después de un período harto oscuro e intrincado del tratamiento se reveló que había supuesto hija mía a una muchacha con la que se había cruzado una tarde en la escalera de mi casa.

Habiéndole gustado aquella joven, imaginó que si yo me mostraba con él tan amable y paciente, era porque le quería para yerno, fantasía en la cual elevó la distinción y la riqueza de mi casa hasta el nivel por él deseado. Pero contra semejante tentación pugnaba en él su inextinguible amor a la señora de sus pensamientos.

Una vez que conseguimos dominar toda una serie de intensas resistencias y de amargos reproches le fue ya imposible eludir el efecto convincente de la perfecta analogía entre la transferencia fantaseada y la realidad pretérita. Reproduciré aquí uno de sus sueños de esta época para mostrar con un ejemplo el estilo de su representación: ve a mi hija ante sí, pero en vez de ojos tiene dos pellas de estiércol. Conociendo un poco el lenguaje de los sueños, resulta facilísima la traducción de éste: El sujeto se casa con mi hija, no por sus bellos ojos, sino por su dinero. 

El complejo paterno y la solución de la idea de las ratas

De la motivación de la enfermedad en su edad adulta partía un hilo que nos conducía a la infancia de nuestro paciente.

Se hallaba en una situación tal como sabía o sospechaba que su padre se había hallado antes de su matrimonio, y le era posible así identificarse con él. Todavía en otra forma intervenía el padre fallecido en la reciente explosión de la enfermedad.

El conflicto patológico era, en esencia, una lucha entre la voluntad superviviente del padre y la inclinación amorosa del paciente. Recordando las confesiones que el sujeto nos había hecho en las primeras sesiones del tratamiento, no podemos rechazar la sospecha de que aquella lucha venía de muy atrás, habiéndose iniciado ya en sus años infantiles.

Según todos los informes, el padre de nuestro enfermo había sido un hombre excelente.

Antes de casarse había pertenecido al Ejército en calidad de suboficial y la vida militar había dejado en él como residuos una cierta dureza de expresión y un gran amor a la verdad.

A más de aquellas virtudes que habitualmente atribuyen los epitafios a todos los fallecidos, entrañaba un excelente humor, cordialísimo, y una afable bondad para con todos sus semejantes.

Este carácter no queda ciertamente, contradicho, sino más bien completado, por el hecho de que solía ser violento y fácilmente irritable, circunstancia que valió a sus hijos, mientras fueron pequeños y traviesos, sensibles correctivos.

Cuando los niños crecieron, el padre se diferenció de los demás en que no trató de elevarse a la categoría de autoridad intangible, sino que reveló a sus hijos, con bondadosa sinceridad, las pequeñas faltas y torpezas de su propia vida. No exageraba seguramente su hijo al manifestar que sus relaciones habían sido las de dos buenos amigos, salvo en un solo punto.

De este punto debía depender que el niño pensara con intensidad indebida e inhabitual en la muerte de su padre, que tales ideas emergieran en el contenido lateral de sus ideas obsesivas infantiles y que llegara a desear que su padre muriera para que cierta muchachita, compadecida por su desgracia, se mostrase más cariñosa con él.

No cabe duda de que en el terreno de la sexualidad existía alguna diferencia entre el padre y el hijo, ni tampoco de que el padre había llegado a colocarse enfrente de la sensualidad precoz de su hijo.

Años después de la muerte del padre, y cuando el hijo conoció por vez primera el placer del coito, surgió en él la idea de que aquel goce era algo tan extraordinario, que merecía la pena de asesinar a su padre para conseguirlo.

Esta idea era al mismo tiempo un eco y una intensificación de sus ideas obsesivas infantiles. Poco tiempo antes de su muerte, el padre había tomado ya una actitud opuesta a la inclinación que más tarde hubo de dominar a su hijo. Observó que buscaba la compañía de aquella señora, y le aconsejó que se alejase de ella, diciéndole que de otro modo sólo conseguiría ponerse en ridículo.

A estos puntos de apoyo, perfectamente firmes, viene a añadirse otro cuando tenemos en cuenta la historia de la actividad sexual onanista de nuestro paciente. Hallamos en este terreno una diferencia de criterio entre los médicos y los enfermos.

Estos últimos se muestran unánimes en considerar como raíz y fuente de todos sus padecimientos el onanismo, refiriéndose con él a la masturbación de la pubertad. Los médicos no saben a punto fijo, en general, qué juicio formar sobre él; pero influidos por la experiencia de que también la mayoría de los hombres normales ha pasado durante la pubertad por un período de onanismo, se inclinan casi todos a considerar exageradas las manifestaciones de los enfermos.

A mi juicio tienen más bien razón en este punto los enfermos, que vislumbran algo perfectamente exacto, en tanto que los médicos corren el peligro de desatender algo esencial. No es, desde luego, en la forma que los enfermos lo entienden como el onanismo de la pubertad, casi típico y general, puede ser hecho responsable de todos los trastornos neuróticos.

Pero tal onanismo no es en realidad otra cosa que la reviviscencia del onanismo de la edad infantil, desatendido hasta ahora y que alcanza un punto culminante a los tres, los cuatro o los cinco años, y este onanismo es ciertamente la manifestación más precisa de la constitución sexual del niño, en la cual buscamos también nosotros la etiología de las neurosis ulteriores.

Así, pues, los enfermos acusan realmente por tal camino indirecto a su sexualidad infantil, y en ello tienen razón que les sobra.

En cambio, el problema del onanismo se hace insoluble cuando se quiere considerar a este último como una unidad clínica y se olvida que representa la derivación de los más diversos componentes sexuales y de las fantasías por ellas alimentadas. La nocividad del onanismo es sólo en muy pequeña parte autónoma, o sea condicionada por su propia naturaleza.

Esencialmente coincide con la significación patógena de la vida sexual.

El hecho de que tantos individuos toleren sin perturbación alguna el onanismo, esto es, cierto abuso de semejante actividad, nos demuestra que en ellos la constitución sexual y el curso de los procesos evolutivos de la vida sexual han permitido el ejercicio de la función bajo las condiciones culturales, mientras que otros, a causa de una constitución sexual desfavorable o de una perturbación del desarrollo, enferman en su sexualidad; esto es, no pueden llevar a cabo la represión y la sublimación de los componentes sexuales sin inhibiciones y producción de sustitutivos.

La conducta de nuestro paciente en cuanto al onanismo había sido harto singular. No desarrolló onanismo ninguno en su pubertad y, por tanto, según determinadas esperanzas, hubiera tenido un derecho a permanecer exento de toda neurosis.

En cambio, el impulso a la actividad onanista apareció en él a los veintiún años, poco tiempo después de la muerte de su padre. Después de cada satisfacción sexual de este género se sentía altamente avergonzado y tardó poco en suprimirla por completo.

A partir de este momento el onanismo sólo volvió a surgir en él en raras y harto singulares ocasiones.

Especialmente en momentos felices de su vida o bajo la impresión de pasajes singularmente bellos de sus lecturas. Por ejemplo, cuando en una hermosa tarde estival oyó tocar con gran maestría a un postillón su trompa de caza, hasta que un guardia le impidió continuar por estar prohibido hacerlo dentro de la ciudad. Y otra vez, al leer en Poesía y verdad cómo el joven Goethe, poseído de amoroso entusiasmo, se libertó de la maldición que una mujer celosa había arrojado sobre la primera que después de ella besase sus labios.

Durante mucho tiempo aquella maldición le había retenido supersticiosamente de besar a ninguna mujer, pero en aquella ocasión rompió el maléfico encanto que le encadenaba y besó amorosamente a su amada.

El mismo sujeto extrañaba que precisamente en aquellos momentos felices y elevados de su vida se sintiera impulsado a masturbarse.

Mas por mi parte hube de hallar en aquellos dos ejemplos un elemento común: la prohibición y el hecho de infringir un mandato.

Al mismo contexto pertenece también su singular conducta en un período en el que se preparaba para unos exámenes que jugueteaba con la fantasía de que su padre vivía aún y podía tornar a su lado en cualquier momento.

Por entonces se las arreglaba de manera que sus horas de estudio coincidieran con las últimas de la noche, y entre las doce y la una interrumpía su labor, abría la puerta que daba al pasillo, como si su padre se hallara esperando detrás de ella, y, una vez de nuevo en su cuarto, se ponía frente al espejo y contemplaba en él su pene desnudo. Pero esta absurda maniobra se nos hace comprensible teniendo en cuenta que se conducía como si esperase la visita de su padre a la hora tradicional de los aparecidos.

En vida de su padre había sido más bien un mal estudiante, con lo cual le había disgustado e irritado, y ahora quería darle la satisfacción de que si su espíritu volvía a la tierra en aquellas horas nocturnas, le encontrase estudiando. Pero la otra parte de su manejo no podía proporcionar al padre satisfacción ninguna.

Le desafiaba, pues, con ella y expresaba así, en un acto obsesivo que él mismo no comprendía, las dos caras de su conducta para con él, análogamente a como en otro acto obsesivo posterior ya mencionado, en el que quitaba y volvía a poner una piedra al paso de su amada, expresaba las dos facetas de su actitud para con ella.

Apoyándome en estos detalles y en otros semejantes, aventuré la hipótesis de que siendo niño, aproximadamente a los seis años, había cometido alguna falta sexual relacionada con el onanismo y había sido castigado violentamente por su padre.

Este castigo habría puesto término, desde luego, al onanismo, mas, por otro lado, habría dejado en él un inextinguible rencor contra el padre y fijado para siempre ya su papel de perturbador del goce sexual. Para mi gran sorpresa, el paciente me relató en el acto tal suceso de sus primeros años infantiles que le había sido contado más tarde por su madre, no habiendo sucumbido al olvido por enlazarse a él detalles singularísimos.

Personalmente no recordaba en absoluto tal suceso, que le había sido relatado por su madre en la siguiente forma: Siendo todavía muy pequeño -la coincidencia del suceso con la enfermedad a la que sucumbió una hermana suya algo mayor que él permitía fijar exactamente la fecha- debió de hacerse culpable de alguna falta por la que el padre le castigó severamente.

El castigo habría hecho surgir en él un intenso acceso de cólera, y mientras su padre le azotaba se debatía desesperadamente, insultándole con furia. Pero como todavía no sabía palabra ninguna realmente insultante, le había lanzado como tales los nombres de todos los objetos que conocía, llamándole lámpara, toalla, plato, etc.

El padre, asustado ante aquel violento acceso, dejó de pegarle y dijo: «Este chico será un gran hombre o un gran criminal.» El sujeto opina que la impresión de esta escena perduró largamente tanto en él como en su padre.

Este último no volvió a pegarle, y él por su parte, deriva de tal suceso gran parte de la transformación de su carácter, pues, temeroso de la magnitud que su cólera podía alcanzar, se había vuelto cobarde desde entonces. Por otra parte, durante toda su vida había tenido verdadero terror a los golpes, y cuando alguno de sus hermanos era en tal forma castigado, él se escondía siempre miedoso e indignado.

Una nueva investigación cerca de su madre procuró, a más de la confirmación de este relato, el detalle de que por entonces tenía el sujeto entre tres y cuatro años y que se había hecho acreedor al castigo por haber mordido a alguien. La madre no recordaba más detalles, y aunque no se atrevía a asegurarlo, creía que la persona mordida por el niño había sido la niñera encargada de su custodia. De sus palabras no podía deducirse que el delito infantil hubiese tenido el menor carácter sexual.

Trasladando a la nota la discusión de esta escena infantil, haremos constar que su emergencia conmovió en un principio la negativa del paciente a aceptar la existencia de una hostilidad infantilmente adquirida y latente después contra el padre tan amado. Por mi parte había esperado que produjera en él un efecto más intenso, pues aquel suceso le había sido relatado también con tanta frecuencia por su padre mismo que no podía entrañar la menor duda de su exactitud.

Mas con aquella capacidad de prescindir de la lógica que tanto nos extraña siempre en los neuróticos obsesivos de aguda inteligencia, el sujeto continuó oponiendo a la fuerza probatoria de aquel relato el hecho de que él mismo no recordase en absoluto tal suceso.

Así, pues, para llegar a la convicción de que su actitud con respecto al padre exigía aquel complemento inconsciente, tuvo que recorrer el doloroso camino de la transferencia.

No tardó en llegar a injuriarme groseramente e injuriar a todos los míos en sus sueños, fantasías diurnas y ocurrencias, en tanto que intencionadamente nunca me manifestaba sino el mayor respeto. Cuando en las sesiones del tratamiento me comunicaba tales injurias su actitud era la de un hombre desesperado:

«¿Cómo es posible que usted consienta dejarse injuriar por un hombre despreciable como yo? Debe usted arrojarme de su casa. No merezco otra cosa.»

En estas ocasiones solía levantarse del diván y andar de un lado a otro por el cuarto, conducta que al principio motivó con fina sensibilidad, manifestando que le era imposible seguir cómodamente tendido mientras decía aquellas enormidades.

Pero no tardó en hallar por si mismo la explicación exacta; esto es, que se levantaba para alejarse de mi, temeroso de que le golpeara. Cuando permanecía sentado se conducía como alguien que trata de eludir, poseído de verdadero pánico, una violenta corrección; se llevaba las manos a la cabeza, se tapaba la cara con los brazos, se echaba hacia atrás con el rostro dolorosamente contraído, etc.

Recordaba que su padre era fácilmente irritable y que en su violencia no sabía a veces hasta dónde podía llegar.

En tan dolorosa escuela adquirió poco a poco la convicción que le faltaba y que cualquier otro sujeto no interesado personalmente hubiera adquirido en el acto, quedando entonces también abierto el camino para la solución de la idea de las ratas.

En este punto culminante de la cura surgió una gran cantidad de material, retenido hasta entonces, que permitió ya una visión total del caso. Como ya hube de anunciar, la exposición de este material ha de ser extremadamente abreviada y sintética.

El primer enigma que se nos planteaba era el de por qué las dos intervenciones del capitán, el relato del tormento del las ratas y la invitación a devolver el dinero al teniente A, habían producido tan intensa excitación al sujeto y provocado en él reacciones patológicas tan violentas.

Era de suponer que nos hallábamos aquí ante un caso de sensibilidad de complejo y que tales relatos habían herido puntos hiperestésicos de su inconsciente.

Así había sucedido, en efecto. Como siempre que entraba en contacto con la vida militar, el sujeto se hallaba en plena identificación inconsciente con su padre, el cual había servido en el Ejército varios años y solía relatar muchas anécdotas de aquella época.

El azar, que ayuda en la producción de síntomas como el sentido literal de una palabra en los chistes, permitió que una de las pequeñas aventuras del padre tuviera con la invitación del capitán un elemento común.

El padre había perdido en una ocasión, jugando a las cartas (Spielratte), una pequeña suma que le estaba confiada en su calidad de suboficial, y lo hubiera pasado mal si un camarada no se la hubiera prestado. Cuando abandonó el Ejército y llegó a una posición acomodada, buscó al bondadoso camarada para devolverle aquel dinero, pero no pudo encontrarle. Nuestro paciente no sabía a punto fijo si llegó a efectuar la restitución deseada.

El recuerdo de esta falta juvenil de su padre le era penoso, ya que su inconsciente estaba lleno de dudas hostiles sobre las cualidades del mismo.

Las palabras del capitán «Tienes que devolver al teniente A. las 3,80 coronas», sonaron en sus oídos como una alusión a aquella deuda no pagada de su padre.

En cambio, la noticia de que la empleada de la oficina postal de Z. había suplido el dinero, expresando halagadoramente su confianza en él, aunque no le conocía , intensificó su identificación con su padre en otro sector. Pensó entonces que la linda hija del fondista de la pequeña localidad en la que se hallaba la oficina de Correos se había mostrado muy amable con los jóvenes oficiales y se propuso volver allí al terminar las maniobras para probar su suerte con la preciosa muchacha.

Mas ahora aquella joven hallaba una rival en la empleada de Correos.

El sujeto podía, pues, como su padre en la época anterior a su matrimonio, vacilar entre dos muchachas sin saber a cuál de ellas habría de dedicar sus atenciones al término de su servicio militar.

Observamos ahora de repente que su singular indecisión de si debía encaminarse hacia Viena o volver a la localidad donde se hallaba la oficina de Correos y sus constantes tentativas de apearse del tren y tomar otro en dirección contraria no son tan disparatadas como al principio nos parecieron. Para su pensamiento consciente, la atracción de la localidad en la que se halla la oficina de Correos aparecía motivada por la necesidad de cumplir allí, con ayuda del teniente A., su juramento.

En realidad, lo que le atraía a dicho lugar era la empleada postal, de la cual el teniente A. era tan sólo un fácil sustituto, ya que se había alojado en la misma localidad y se había ocupado personalmente del servicio postal militar. Cuando luego supo el paciente que el encargado de tal servicio no había sido el teniente A., sino el teniente B., incluyó también a éste en su combinación, y pudo entonces repetir en sus delirios relativos a los dos oficiales sus vacilaciones entre las dos muchachas que juzgaba favorables a su persona.

En la aclaración de los efectos producidos por el relato que el capitán le hizo del tormento de las ratas habremos de seguir más de cerca el curso del análisis.

Surgió primeramente una extraordinaria cantidad de material asociativo, sin que de momento se hiciera más transparente la situación del producto obsesivo. La idea del tormento de las ratas había excitado toda una serie de instintos y despertado una multitud de recuerdos, adquiriendo así las ratas en el breve intervalo entre el relato del capitán y su advertencia de que debía devolver el dinero, toda una serie de significaciones simbólicas, a las cuales fueron agregándose otras muchas en lo sucesivo.

Mi exposición de todo esto no puede ser sino muy incompleta.

El tormento de las ratas despertó ante todo el erotismo anal que había desempeñado un importante papel en la infancia del sujeto, habiendo sido mantenido a través de años enteros por el prurito causado por las lombrices. Las ratas adquirieron así la significación de dinero, relación que se mostró en la asociación Raten (plazos) a Ratten (ratas).

El sujeto llegó a hacer de las ratas una verdadera voluta para su uso personal. Por ejemplo, cuando interrogado por él le manifesté el montante de mis honorarios por cada sesión del tratamiento la asociación que a mis palabras surgió en él fue: «Tantos florines, tantas ratas», asociación que sólo seis meses después llegó a comunicarme.

A este lenguaje quedó traducido paulatinamente todo el complejo económico enlazado a la herencia de su padre.

Esto es, todas las ideas pertenecientes a tal complejo fueron incorporadas a la obsesión con ayuda de la asociación «ratas-plazos» y sometidas a lo inconsciente.

Esta significación crematística de las ratas se apoyaba, además, en la invitación del capitán a devolver el importe del envío postal con ayuda de la asociación Spielratte, partiendo de la cual hallamos el acceso a la falta juvenil del padre.

La rata le era conocida, además, como portadora de peligrosas infecciones y podía ser, por tanto, utilizada como símbolo del miedo, tan justificado durante el servicio militar, a la infección sifilítica, detrás del cual se escondían toda clase de dudas sobre la conducta del padre durante su vida en el Ejército.

En otro sentido, el mismo pene era también portador de la infección sifilítica, y de este modo la rata se convertía en órgano genital, significación a la que todavía podía aspirar por otra distinta circunstancia.

El pene, y especialmente el de un niño pequeño, puede ser descrito como un gusano, y en el relato del capitán las ratas pasaban por el ano como en los años infantiles del sujeto sus parásitos intestinales. De este modo, la significación peneana de las ratas reposaba de nuevo en el erotismo anal. La rata es, además, un animal repugnante que se alimenta de excrementos y vive en las alcantarillas por las que corren los detritus.

Es un tanto superfluo indicar de qué amplia difusión se hizo capaz el delirio de las ratas por medio de este nuevo significado. La asociación «tantas ratas-tantos florines» podía considerarse, por ejemplo, como la exacta definición de un oficio femenino que a él le repugnaba en extremo.

En cambio, no es quizá indiferente que la sustitución del pene por la rata en el relato del capitán provocase en él la idea de una situación de comercio sexual per anum que, referida a su padre y a la mujer amada, había de parecerle singularmente repulsiva.

El hecho de que tal situación surgiera de nuevo en la amenaza obsesiva que emergió en él después de la invitación del capitán a que devolviera las 3,80 coronas al teniente Z. nos recuerda claramente cierta injuria muy usada entre los eslavos del Sur y que podemos encontrar reproducida en la Anthropophyteia, de F. S. Krauss. Todo este material y alguno más se interpoló, con la asociación encubridora referente al matrimonio (‘heiraten’) en el contexto referente a las ratas.

El hecho de que el relato del tormento de las ratas hubo de despertar en nuestro paciente todos los impulsos egoístas y sádicos prematuramente reprimidos queda testimoniado por su propio relato y por su mímica al desarrollarlo.

Mas, a pesar de todo este rico material, la significación de su idea obsesiva no quedó aclarada hasta que un día emergió entre sus asociaciones «la mujer de las ratas», del Pequeño Eyolf, de Ibsen, haciendo ya inevitable la conclusión de que en muchas de las formas de sus delirios obsesivos las ratas tenían también la significación de niños.

Al investigar la génesis de esta nueva significación tropezamos en el acto con las raíces más antiguas e importantes. En una visita a la tumba de su padre había visto cruzar rápidamente por encima de ella un animal al que creyó una rata.

En el acto supuso que salía de la tumba de su padre y acababa de saciar su hambre en el cadáver. De la representación de la rata es inseparable el detalle de que roe y muerde con dientes agudos.

Pero la rata no se muestra sucia, glotona y agresiva sin castigo, pues como el sujeto había presenciado muchas veces con horror, es cruelmente perseguida y muerta por el hombre.

Muchas veces había sentido compasión de aquellas pobres ratas. Pero él mismo había sido un animalito sucio y repugnante que mordía a los demás en sus accesos de furor y era violentamente castigado por ello. Hallaba así realmente su pareja en la rata.

El Destino le lanzó de este modo, en el relato del capitán, una palabra estímulo de un complejo, y el sujeto no dejó de reaccionar a ella con su idea obsesiva.

Así, pues, las ratas eran niños, según sus primeras y más importantes experiencias. Y en este punto comunicó algo que había mantenido alejado durante mucho tiempo del contexto, pero que ahora aclaró por completo el interés que debían de inspirarle los niños. La mujer a la que durante tantos años amaba sin poder decidirse a casarse con ella había sufrido la extirpación de ambos ovarios y estaba condenada, en consecuencia, a la esterilidad. Tal era realmente la causa de su indecisión, pues le gustaban extraordinariamente los niños.

Sólo entonces se nos hizo posible desentrañar el proceso impenetrable de la formación de su idea obsesiva. Con ayuda de las teorías sexuales infantiles y del simbolismo que ya nos es conocido desde la interpretación de los sueños logramos traducirlo todo con pleno sentido.

Cuando en aquel descanso, a cuyo término el sujeto echó de menos sus gafas, le relató el capitán el tormento de las ratas se sintió tan sólo impresionado por el carácter cruelmente libidinoso de la situación imaginada. Pero en el acto se estableció la relación con aquella escena infantil en la que él mismo había mordido a alguien.

Sustituyó al padre por el capitán capaz de defender tales castigos e hizo recaer sobre sí mismo, que por entonces se había rebelado contra la crueldad de su padre, una parte del rencor emergente. La idea incidentalmente surgida de que tal cosa pudiera suceder a la persona de su afecto habría de traducirse por el siguiente impulso optativo: «A ti es a quien debía sucederte algo semejante», impulso orientado contra el capitán, pero detrás de él ya contra su padre.

Cuando luego, día y medio después , le entregó el capitán el paquete postal a él dirigido y le advirtió que debía devolver al teniente A. las 3,80 coronas del reembolso, el sujeto sabía ya que su cruel superior se equivocaba y que sólo a la empleada de Correos debía agradecer el adelanto.

Estuvo a punto de producirse en él una respuesta burlona y agresiva contra el capitán: «Sí; se las devolveré cuando las ranas críen pelo», respuesta que, naturalmente, hubo de retener. Pero surgiendo del complejo paterno estimulado entre tanto y del recuerdo de la repetida escena infantil, la respuesta que se formó fue la siguiente: «Sí; devolveré al teniente A. el dinero cuando mi padre o mi novia tengan hijos.»

O esta otra: «Tan cierto es que le devolveré el dinero como que mi padre y mi novia pueden tener hijos.» Esto es una afirmación burlona enlazada a una condición absurda e irrealizable.

Pero de este modo había cometido ya el crimen de burlarse de las dos personas que le eran más queridas: su padre y su amada; tal crimen exigía un castigo, y éste consistió en imponerse un juramento imposible de cumplir y que obedecía estrictamente a la invitación errónea de su superior:

«Ahora tienes realmente que devolver al teniente A. el dinero.»

Poseído por una obediencia convulsiva, reprimió su perfecto conocimiento de que el capitán fundaba su invitación en una premisa errónea:

«Sí; tienes que devolver al teniente A. el dinero, como te lo ha mandado la persona que representa a tu padre. Tu padre no puede equivocarse.» Tampoco un rey puede equivocarse, y cuando interpela a un súbdito con un título que no le corresponde, es que se lo otorga ya para siempre.

Su conciencia no llega a tener sino muy vaga noticia de este proceso; pero la rebelión contra el mandato del capitán y su transformación en lo contrario se hallan también representados en ella. Primero, «No debes devolver el dinero pues si no sucederá…» (El castigo de las ratas.) Y luego, el juramento antitético como castigo a la rebelión. Representémonos aún la constelación en la cual tuvo lugar la formación de la gran idea obsesiva.

El sujeto se hallaba libidinosamente predispuesto por su larga abstinencia y por la amable acogida que siempre dispensan las mujeres a los jóvenes oficiales; además, al salir de maniobras se hallaba un tanto disgustado con su amada.

Tal intensificación de la libido le inclinó a reanudar su antigua pugna contra la autoridad de su padre y llegó incluso a pensar en la satisfacción sexual con otras mujeres. Las dudas en cuanto a las cualidades de su padre y la indecisión en cuanto al valor de la mujer amada quedaron también intensificadas.

En tal estado de ánimo se dejó arrastrar a injuriar a ambos, y luego se castigó por ello.

Cuando, al terminar las maniobras, vacila durante tanto tiempo entre salir para Viena o quedarse y cumplir su juramento, no hizo sino representar con ello en un solo conflicto los dos que desde siempre entrañaba: el de si debía o no obedecer a su padre y el de si había de permanecer o no fiel a su amada.

Una palabra todavía sobre la interpretación del contenido de la sanción: «Si no, sufrirán los dos el tormento de las ratas.»

Tal sanción reposa en dos teorías sexuales infantiles, de las que ya hemos hablado en otro lugar. La primera de estas teorías es la de que los niños son paridos por el ano, y la segunda deduce, lógicamente, de tal posibilidad que los hombres pueden tener también niños como las mujeres.

Según las reglas técnicas de la interpretación de los sueños, el hecho de surgir por el ano puede ser representado por el hecho contrario de penetrar en el ano (como en el castigo de las ratas), y viceversa. No es posible esperar, para tan graves ideas obsesivas, soluciones más sencillas, ni tampoco lograrlas por medios distintos. Con la solución que el análisis nos procuró quedó desvanecido el delirio de las ratas.


Parte teórica

Algunos caracteres generales de los productos obsesivos.

En el año 1896 definimos las representaciones obsesivas como «reproches transformados que retornaban de la represión y se referían siempre a un acto sexual ejecutado con placer en los años infantiles».

Esta definición nos parece hoy discutible en cuanto a su forma, aunque integra elementos exactos. Tendía demasiado a la unidad y tomaba como modelo el proceso de los neuróticos obsesivos mismos, los cuales, con su peculiar tendencia a la indeterminación, consideran unitariamente como «representaciones obsesivas» los más diversos productos psíquicos.

Es realmente más correcto hablar de un «pensamiento obsesivo» y hacer resaltar que los productos obsesivos pueden equivaler a muy diversos actos psíquicos, pudiendo ser determinados como deseos, tentaciones, impulsos, reflexiones, dudas, mandatos y prohibiciones. Los enfermos entrañan, en general, una tendencia a desvanecer tal determinación y a presentar como representación obsesiva el contenido despojado de su índice de afecto.

En una de las primeras sesiones del tratamiento nos ofreció nuestro paciente un ejemplo de tal elaboración de un deseo encaminado a rebajarlo a la calidad de mera «asociación mental».

Ha de reconocerse también que hasta ahora no ha podido ser estudiada con algún detenimiento la fenomenología del pensamiento obsesivo.

En la defensa secundaria que el enfermo desarrolla contra las «representaciones obsesivas» que han penetrado en su conciencia surgen productos que merecen un nombre especial. Recuérdense, por ejemplo, las series de ideas que ocupan a nuestro paciente durante su regreso de las maniobras. No son reflexiones puramente razonables que el sujeto opone a sus ideas obsesivas, sino algo como productos mixtos de ambas formas del pensamiento. Toman ciertas premisas de la obsesión por ellas combatidas y se sitúan (con los medios de la razón) en el terreno del pensamiento patológico.

A mi juicio, tales productos merecen el nombre de «delirios». un ejemplo que los lectores deberán interpolar en el lugar correspondiente del historial clínico aclarará por completo tal diferenciación.

Cuando nuestro paciente desarrolló durante toda una temporada los insensatos manejos que en su lugar describimos prolongando el estudio hasta altas horas de la noche, abriendo la puerta de su cuarto al dar las doce para facilitar la entrada al espíritu de su padre, situándose luego ante el espejo y contemplando en él sus genitales, intentó apartar de sí aquella obsesión, pensando en lo que diría su padre si realmente se hallase aún en vida.

Pero este argumento no tuvo eficacia ninguna mientras fue expuesto en esta forma razonable. La obsesión cesó tan sólo cuando el sujeto integró la misma idea en la forma de una amenaza delirante, diciéndose que si prolongaba tales insensateces, le sucedería a su padre algo malo en el más allá.

El valor de la diferenciación -justificada, desde luego- entre defensa primaria y secundaria queda, sin embargo, inesperadamente disminuido por el descubrimiento de que los enfermos no conocen el texto verbal de sus propias representaciones obsesivas.

Esta afirmación parece paradójica, pero tiene pleno sentido.

En efecto, durante el curso de un psicoanálisis se intensifica no sólo la valentía de los enfermos, sino también la de su enfermedad, la cual se aventura a exteriorizaciones más precisas.

Sucede como si el paciente, que hasta entonces rehuía con miedo la percepción de sus productos patológicos, les dedicase ahora su atención y los experimentase más clara y detalladamente. Por dos caminos especiales podemos llegar, además, a un conocimiento más preciso de los productos obsesivos.

En primer lugar, nos percatamos de que los sueños pueden ofrecernos el texto auténtico del producto obsesivo, el cual sólo mutilado y deformado, como en un telegrama mal redactado, se nos ha dado a conocer en la vida despierta. Tales textos aparecen en el sueño como manifestaciones orales, contra la regla general de que las palabras contenidas en los sueños proceden siempre de las pronunciadas u oídas por el sujeto durante el día.

En segundo lugar, la investigación analítica de un historial patológico nos lleva a la convicción de que, frecuentemente, varias ideas obsesivas sucesivas, pero de texto literal diferente, son, en el fondo, una sola y la misma.

La idea obsesiva ha sido afortunadamente rechazada una primera vez y retorna luego deformada, no siendo ya reconocida y pudiendo ofrecer así mayor resistencia a la defensa. Pero la forma exacta es la primitiva, la cual muestra muchas veces sin velo alguno su sentido.

Cuando, al cabo de penosa labor, conseguimos aclarar una idea obsesiva incomprensible no, es raro oír decir al enfermo que antes de la emergencia de la idea obsesiva propiamente dicha surgió en él una ocurrencia, una tentación o un deseo, como las que ahora le exponemos, pero que desaparecieron en seguida de su imaginación.

Desgraciadamente, la exposición de los ejemplos de este género integrados en el historial de nuestro sujeto exigiría un lugar del que no disponemos en el presente estudio.

Así, pues, la «representación obsesiva» que pudiéramos calificar de «oficial» integra en la deformación sufrida con respecto a su texto primitivo las huellas de la defensa primaria.

Su deformación la hace viable, pues el pensamiento consciente se ve obligado a interpretarla erróneamente en forma análoga a como interpreta el contenido manifiesto del sueño, el cual constituye el producto de una transacción y una deformación y queda interpretado erróneamente por el pensamiento despierto.

Tal interpretación errónea por parte del pensamiento consciente puede comprobarse no sólo en las ideas obsesivas mismas, sino también en los productos de la defensa secundaria (por ejemplo, en las fórmulas protectoras), hecho del que podemos exponer aquí dos acabados ejemplos: Nuestro paciente usaba como fórmula defensiva la palabra áber (pero), rápidamente pronunciada y acompañada de un ademán de repulsa, y en una de las sesiones del tratamiento manifestó luego que dicha fórmula había sufrido en los últimos tiempos una variación, pues no decía ya áber, sino abér. Interrogado por mí sobre el motivo de aquella transformación, indicó que la e átona de la segunda sílaba no le ofrecía la menor garantía contra la temida aparición de algo ajeno y contradictorio, razón por la cual había decidido acentuarla.

Esta explicación, correspondiente en un todo al estilo de la neurosis obsesiva, se demostró, sin embargo, inexacta constituyendo, cuando más, una racionalización.

En realidad, al pronunciar abér lo que hacía era asimilar dicha palabra a la de Abwehr (defensa), cuya significación psicoanalítica le era conocida por nuestras conversaciones teóricas sobre el tratamiento.

Así, pues, el tratamiento había quedado aprovechado de un modo abusivo y delirante para robustecer una fórmula de defensa. Otra vez me habló de su palabra mágica principal, formada por él, para protegerse contra las tentaciones, con las iniciales de las oraciones más eficaces, y a la que añadía un fervoroso «amén». Pero no me es posible transcribir aquí dicha palabra, pues cuando el paciente me la reveló observé en el acto que no era sino un anagrama del nombre de la señora de sus pensamientos.

Tal nombre contenía una s que el sujeto situaba al final e inmediatamente delante del «amén» agregado, formando así la palabra Samen (semilla, semen).

Podemos, pues, decir que había reunido su semen con la mujer amada; esto es, que se había masturbado pensando en ella. Pero él mismo no había observado tan evidente relación, y la defensa se había dejado burlar por lo reprimido.

Es éste, además, un excelente ejemplo de aquella regla según la cual los elementos que han de ser rechazados acaban por penetrar en aquello por lo que son rechazados.

Una vez sentado que las ideas obsesivas han experimentado una deformación, lo mismo que las ideas oníricas antes de pasar a ser el contenido del sueño, habrá de interesarnos averiguar la técnica de tal deformación, y nada se opondría a que expusiéramos aquí los distintos medios de la misma en una serie de ideas obsesivas traducidas e interpretadas. Pero tampoco podemos dar sino algunas muestras. No todas las ideas obsesivas de nuestro paciente eran tan complicadas y tan difíciles de interpretar como la del tormento de las ratas.

En otras se había empleado una técnica muy sencilla, la de la deformación por omisión -la elipsis-, que tan excelente ayuda presta en la producción de los chistes y que también aquí cumplió su deber como medio defensivo contra la comprensión. Una de sus ideas obsesivas más antiguas (equivalente a una advertencia o una admonición) era, por ejemplo, la siguiente: si me caso con la mujer a la que amo, le sucederá a mi padre una desgracia (en el más allá).

Si interpolamos ahora los elementos intermedios omitidos descubiertos en el análisis, obtendremos el proceso mental siguiente: si mi padre viviera, mi propósito de casarme con esa mujer le haría encolerizarse tanto como en aquella pretérita escena infantil, de manera que también yo me enfurecería de nuevo contra él y le desearía terribles males que la omnipotencia de mis deseos haría caer irremediablemente sobre él.

He aquí otro caso de elaboración elíptica de una advertencia o una prohibición ascética. Tenía una sobrinita a la cual quería mucho. Un día surgió en él la idea siguiente: si te permites realizar una vez más el coito, le sucederá a la pequeña Ella una desgracia (se morirá). Interpolando lo omitido, resulta el proceso siguiente: En todo coito, incluso con personal venal, has de pensar que, si te casas, el comercio sexual con tu mujer no tendrá jamás por consecuencia el nacimiento de un hijo (a causa de la esterilidad de su amada).

Ello te dolerá tanto, que te hará envidiar a tu hermana por su pequeña Ella, y tu envidia acarreará la muerte de la niña. La elipsis, como técnica deformante, parece ser típica de la neurosis obsesiva, y por mi parte la he hallado también en las ideas obsesivas de otros pacientes. Recuerdo, sobre todo, un caso de duda especialmente transparente e interesante por presentar cierta analogía con la estructura de la representación de las ratas.

Se trataba de una señora que padecía, sobre todo, de actos obsesivos.

Paseaba con su marido por la ciudad de Nuremberg y entró con él en una tienda en la que compró diversos objetos para su hija, entre ellos un peine.

El marido, a quien aquellas compras aburrían, la indicó haber visto antes, en el escaparate de un anticuario, unas monedas que le interesaban. Iría, pues, a comprarlas y volvería luego a recogerla a aquella tienda.

Su mujer encontró demasiado prolongada su ausencia, y luego, al preguntarle a su retorno dónde se había demorado y decir él que precisamente en la tienda del anticuario, se vio asaltada por la duda atormentadora de si no había poseído, desde siempre, aquel mismo peine que había comprado para su hija.

Naturalmente, la sujeto no pudo descubrir la sencilla relación existente entre tal idea obsesiva y la prolongada ausencia de su marido; pero nosotros vemos en el acto que se trata de una duda desplazada y podemos completar su proceso mental inconsciente en la siguiente forma: si he de creer que no has estado más que en la tienda del anticuario, también puedo creer que poseo hace ya muchos años este peine que acabo de comprar.

Nos hallamos, pues, ante una equiparación irónica y burlona, análoga al proceso mental de nuestro paciente ante la advertencia del capitán: sí, tan cierto es que devolveré el dinero al teniente A. como que mi padre y mi amada pueden tener hijos.

En la señora de nuestro ejemplo, la duda dependía de sus celos inconscientes, los cuales la hacían suponer que su marido había aprovechado el intervalo para una visita galante.

Por esta vez no emprenderemos el estudio psicológico del pensamiento obsesivo, aunque nos proporcionaría seguramente valiosos resultados y contribuiría al esclarecimiento de nuestros conocimientos de la esencia de lo consciente y lo inconsciente más que el estudio de la histeria y de los fenómenos hipnóticos.

Sería muy de desear que los filósofos y los psicólogos que desarrollan ingeniosas teorías sobre lo inconsciente, basándose en lo que sólo de oídas saben o en sus propias definiciones convencionales, estudiaran directamente los fenómenos del pensamiento obsesivo, estudio del que extraerían impresiones decisivas.

Pudiera incluso exigírseles tal estudio previo si no fuera mucho más penoso que los métodos de trabajo a los que en general se atienen. Por mi parte me limitaré a indicar que aun en la neurosis obsesiva surgen ocasionalmente en la conciencia, y en forma pura y no deformada, los procesos anímicos inconscientes, que tal interrupción puede tener su punto de partida en los más distintos estadios del proceso mental inconsciente y que las representaciones obsesivas pueden ser reconocidas casi todas, en el momento de la irrupción, como productos existentes desde mucho tiempo atrás. De aquí el singular fenómeno de que al investigar la primera emergencia de una idea obsesiva en un sujeto neurótico se vea el mismo obligado a desplazarla cada vez más atrás en el curso del análisis, hallando siempre de nuevo primeras motivaciones de la misma. 

Algunas singularidades psíquicas de los neuróticos obsesivos

Sus actitudes hacia la realidad, la superstición y la muerte.

Me propongo estudiar aquí algunos caracteres anímicos de los enfermos de neurosis obsesiva, que no parecen importantes de por sí, pero que nos facilitan la comprensión de algo muy importante.

Tales caracteres mostraban intenso relieve en mi paciente, pero sé muy bien que no deben ser atribuidos a su individualidad, sino a su padecimiento, y que son peculiares de un modo totalmente típico a otros neuróticos obsesivos.

Nuestro paciente se mostraba supersticioso en alto grado, aunque era un hombre de aguda inteligencia y amplia cultura y afirmaba a veces no hacer el menor caso de semejantes tonterías.

Era, pues, supersticioso, y al mismo tiempo no lo era, diferenciándose así, distintamente, de los supersticiosos incultos que se sienten perfectamente de acuerdo con sus absurdas creencias. Parecía comprender que su superstición dependía de su pensamiento obsesivo, aunque a veces se mostraba totalmente identificado con ella.

Esa conducta tan contradictoria y oscilante sólo me pareció admitir una determinada explicación. No vacilé, pues, en suponer que el sujeto poseía, con respecto a tales cuestiones, dos convicciones distintas y opuestas, y no tan sólo una opinión indeterminada. Oscilaba, pues, entre tales dos convicciones, y su decisión dependía en absoluto de su actitud del momento ante su neurosis.

En cuanto llegaba a dominar una obsesión se burlaba de su credulidad, y nada le sucedía que pudiera preocuparle supersticiosamente; pero en cuanto volvía a hallarse bajo el dominio de una obsesión no solucionada aún -o lo que es lo mismo, de una resistencia- comenzaba a ocurrirle toda clase de singulares accidentes casuales que apoyaban su convicción supersticiosa.

De todos modos, la superstición de nuestro paciente era la de un hombre culto que prescindía de vejeces tales como el miedo a los viernes, al número 13, etcétera. Pero creía en los presagios y en los sueños proféticos, tropezaba siempre con aquellas personas en las que momentos antes había pensado sin saber por qué y recibía cartas de otras a las que había recordado horas antes, después de mucho tiempo de no haberse ocupado para nada de ellas.

Con todo ello era lo suficientemente honrado, o mejor dicho, lo bastante fiel a sus convicciones oficiales, para no olvidar aquellos otros casos en los que no se habían confirmado presentimientos muy intensos, como una vez que salió de veraneo con la seguridad de que no volvería vivo a Viena.

Reconocía también que la inmensa mayoría de los presagios se referían a cosas carentes de importancia para su persona, y que cuando encontraba a algún conocido en el que sólo momentos antes había pensado, después de un largo olvido, tal encuentro no tenía luego consecuencia ninguna singular y confesaba que todo lo importante de su vida había ocurrido sin que presagio alguno lo anunciara; por ejemplo, la muerte de su padre.

Pero todos estos argumentos no modificaban en nada la discordia de sus convicciones y demostraban tan sólo el carácter obsesivo de su superstición, deducible ya de sus oscilaciones de sentido idéntico a las de la resistencia.

No estaba yo, naturalmente, en situación de explicar racionalmente todas sus maravillosas historias pretéritas; pero en cuanto a las sucedidas durante el curso del tratamiento, pude demostrarle que él mismo colaboraba en la fabricación de tales milagros y logré hacerle ver los medios que en tal labor utilizaba. Tales medios eran la visión y la lectura indirectas, el olvido y, ante todo, los errores mnémicos.

Al final, él mismo me ayudó a descubrir los pequeños trucos con los que producía tales milagros. Como interesantísima raíz infantil de su fe en los presentimientos y los presagios, descubrimos en una ocasión el recuerdo de que su madre, cuando se trataba de fijar la fecha de algo futuro, solía decir:

«Tal día o tal otro no podré, porque tendré que guardar cama.»

Y, en efecto, siempre pasaba acostada tales fechas.

Es indudable que el sujeto sentía la necesidad de hallar en sus vivencias tales puntos de apoyo de su superstición, y que por tal motivo observaba tan atentamente las corrientes casualidades inexplicables de la vida cotidiana, y cuando aquéllas no bastaban, ayudaba al azar con su actividad inconsciente.

En muchos otros neuróticos obsesivos he vuelto a hallar tal necesidad y sospecho su existencia en casi todos.

Me parece claramente explicable por el mismo carácter psicológico de la neurosis obsesiva. Como ya hemos explicado antes, en esta perturbación la represión no se produce por medio de la amnesia, sino de la destrucción de las relaciones causales mediante la supresión de los afectos.

Estas relaciones reprimidas parecen conservar una cierta energía admonitoria – a la que en otro lugar hemos comparado a una percepción endopsíquica pudiendo así ser incorporadas al mundo exterior, o sea proyectadas en él como testimonio de lo psíquico reprimido.

Otra necesidad anímica común a los neuróticos obsesivos, que entraña una cierta afinidad con la anterior, y cuya investigación nos adentra muy profundamente en la investigación de los instintos, es la necesidad de la inseguridad o de la duda.

La creación de la inseguridad es uno de los métodos que la neurosis emplea para extraer al enfermo de la realidad y aislarle del mundo, tendencia integrada en toda perturbación psiconeurótica. Los enfermos realizan un esfuerzo evidente para eludir toda seguridad y poder permanecer en duda.

Esta tendencia llega a exteriorizarse a veces en una antipatía a los relojes, los cuales aseguran, por lo menos, la determinación de la hora, y en hábiles manejos inconscientes encaminados a inutilizar tales instrumentos que hacen imposible la duda. Nuestro paciente mostraba especial destreza en eludir todas aquellas informaciones que pudieran llevarle a una solución de su conflicto.

Así, desconocía en absoluto las circunstancias más importantes de la vida de su amada y pretendía ignorar el nombre del médico que la había operado y si la operación se había limitado a un solo ovario o había comprendido ambos.

La predilección que los neuróticos obsesivos muestran por la inseguridad y la duda constituye para ellos un motivo para adherir preferentemente sus pensamientos a aquellos temas en los que la inseguridad es generalmente humana y en los que nuestros conocimientos o nuestro juicio permanecen necesariamente expuestos a la duda.

Tales temas son, ante todo, la paternidad, la duración de la vida, la supervivencia en el más allá y la memoria, a la que solemos dar fe sin poseer la menor garantía de su exactitud. La neurosis obsesiva utiliza ampliamente tal inseguridad de la memoria para la producción de síntomas. No tardaremos en ver cuál es el papel que la duración de la vida y la supervivencia en el más allá desempeñan en el pensamiento de los enfermos.

Antes, y como transición adecuada, examinaremos todavía aquel rasgo supersticioso de nuestro paciente, que seguramente habrá despertado singular extrañeza en el lector al hallarlo mencionado en páginas anteriores.

Me refiero a la omnipotencia por él pretendida de sus ideas y sus sentimientos y de sus buenos y malos deseos. No es, ciertamente, pequeña la tentación de considerar semejante idea como un delirio que traspasa los límites de la neurosis obsesiva; mas por mi parte he vuelto a hallar idéntica convicción en otro neurótico obsesivo, restablecido por completo ha largo tiempo, y que se conduce normalmente, y en realidad todos los neuróticos obsesivos se comportan como si compartieran tal convencimiento.

Trataremos, pues, de aclarar semejante exageración.

Suponiendo, por tanto, que en tal creencia se manifiesta honradamente un trozo de la primitiva manía infantil de grandeza, preguntamos a nuestro paciente en qué basaba su convicción, y el sujeto nos respondió acogiéndose a dos sucesos de su vida.

Cuando fue por segunda vez a aquel balneario en el cual había encontrado antes un primer alivio a su dolencia, pidió la misma habitación que la primera vez había ocupado, y cuya situación había favorecido sus entrevistas con una de las enfermeras.

Pero le dijeron que aquella habitación estaba ya ocupada por un anciano profesor, y ante aquella noticia, que disminuía tan considerablemente sus esperanzas de alivio, reaccionó con las palabras siguientes:

«¡Así lo parta un rayo !» Quince días después despertó con la sensación de tener cerca de sí un cadáver, y al levantarse luego supo que el profesor había muerto, efectivamente, fulminado por el rayo y que su cadáver había sido traído a la habitación a la hora misma en que él había despertado.

El otro suceso se refería a una muchacha mayor que él y de intensas necesidades sexuales, que en una ocasión le había hecho claramente la corte, llegando incluso a preguntarle si no la podía querer un poco.

El sujeto le había respondido negativamente, y pocos días después supo que aquella muchacha se había tirado por un balcón.

Se reprochó entonces su huraña conducta, diciéndose que había estado en sus manos conservar aquella vida con sólo demostrar a la muchacha un poco de afecto.

De este modo fue como llegó a adquirir la convicción de omnipotencia de su amor y su odio. sin negar la omnipotencia del amor… haremos resaltar que en ambos casos se trata de la muerte y aceptaremos la explicación, inmediata ya, que si nuestro paciente se ve obligado, como otros neuróticos obsesivos, a exagerar el efecto de sus sentimientos hostiles sobre el mundo exterior es porque gran parte del efecto psíquico interno de los mismos escapa a su conocimiento consciente.

Su amor -o más bien su odio- es realmente poderoso, pues crea precisamente aquellas ideas obsesivas cuya procedencia no comprende el sujeto y contra las cuales se defiende en vano. Nuestro paciente mostraba una relación peculiarísima con el tema de la muerte.

Condolía cordialmente todas las muertes e iba a todos los entierros, hasta el punto de que sus hermanos se burlaban de él, diciéndole que era como los cuervos; pero, además, mataba de continuo en su fantasía a sus conocidos para poder exteriorizar a los supervivientes su cordial condolencia. La muerte de una hermana mayor, acaecida entre sus tres y cuatro años, desempeñó en sus fantasías papel importantísimo y se halla íntimamente relacionada con sus maldades infantiles de aquellos años.

Sabemos también cuán precozmente le preocupó la idea de la muerte de su padre y debemos considerar su enfermedad misma como una reacción a tal suceso, obsesivamente deseado quince años antes. La singular extensión de sus temores obsesivos al más allá no es sino una compensación de aquellos deseos de muerte contra su padre.

Emergió cuando la tristeza causada por la muerte de su padre quedó renovada año y medio después y tendía, en contra de la realidad y el deseo que se había exteriorizado antes en toda clase de fantasías, a negar y anular la muerte de su padre. La expresión «en el más allá» aparece traducida frecuentemente por el mismo sujeto en las palabras «si mi padre viviera».

Pero también la conducta de otros muchos neuróticos obsesivos, a los que el Destino no ha impuesto un primer encuentro con el fenómeno de la muerte en años tan tempranos, es, sin embargo, muy análoga a la de nuestro paciente.

Sus pensamientos se ocupan incesantemente con la duración de la vida y la posible muerte de otras personas, y sus tendencias supersticiosas no tuvieron en un principio otro contenido ni tienen quizá, en general, otra procedencia. Pero, ante todo, precisan la posibilidad de la muerte para resolver los conflictos que ellos dejan insolucionados.

Su carácter esencial es el de ser incapaces de toda decisión, sobre todo en las cuestiones amorosas.

Aplazan indefinidamente toda resolución y, penetrados constantemente por la duda de por qué persona o por qué medida contra una persona han de decidirse, tienen su modelo en aquel antiguo tribunal alemán, cuyos pleitos terminaban siempre porque las partes litigantes morían antes que hubieran obtenido una sentencia.

De este modo, en todo conflicto vital acechaba la muerte de una persona importante, y casi siempre querida por ellos, sea de su padre o su madre, de un rival o de alguno de los objetos amorosos entre los que oscila su inclinación. Pero con este estudio del complejo de la muerte en la neurosis obsesiva penetramos ya en la vida instintiva de los neuróticos obsesivos, de la que ahora vamos a ocuparnos.

La vida instintiva (pulsional) de los neuróticos obsesivos y los orígenes de la compulsión y la duda

Si queremos llegar al conocimiento de las fuerzas psíquicas cuya pugna ha generado esta neurosis, habremos de volver sobre aquello que el análisis de nuestro paciente nos descubrió en cuanto a los motivos de su enfermedad en la edad adulta y en la infancia.

El sujeto enfermó a los veinte años, al ser situado ante la tentación de casarse con una mujer distinta de aquella a la que venía amando desde tanto tiempo atrás, y esquivó la resolución de tal conflicto retrasando en cuanto de él dependía el cumplimiento de las condiciones previas a su emergencia, para lo cual le proporcionó los medios la neurosis.

La vacilación entre la mujer amada y la otra puede ser reducida al conflicto entre la influencia del padre y la fidelidad de su amada; esto es, a la elección entre el padre y el objeto sexual, tal y como, según sus recuerdos y sus asociaciones obsesivas se había desarrollado ya en su temprana infancia.

Además, en todos los detalles de su vida se transparentaba claramente que, tanto en cuanto a su amada como en cuanto a su padre, existía en él una pugna entre el amor y el odio. sus fantasías vengativas y los fenómenos obsesivos, tales como la obsesión de comprender o el acto de quitar una piedra del camino y volverla a poner, testimonian de la existencia de dicha pugna, normalmente comprensible hasta cierto grado, ya que la mujer amada le había dado motivos de hostilidad con su primera repulsa y su frialdad ulterior.

Pero también en sus relaciones con su padre dominaba tal dualidad, según nos reveló la traducción de sus ideas obsesivas, y también el padre debía de haberle dado en su infancia motivos de hostilidad, como el análisis demostró luego casi indudablemente.

Su relación con la mujer amada, mixta de cariño y de hostilidad, caía en su mayor parte bajo su percepción consciente. Cuanto más se engañaba en cuanto a la magnitud y a la exteriorización de sus sentimientos negativos.

En cambio, su hostilidad contra el padre, que en tiempo había sido intensamente consciente, yacía ahora reprimida desde mucho tiempo atrás, y sólo contra su más intensa resistencia pudo ser llevada de nuevo a la conciencia.

En la represión del odio infantil contra el padre hemos de ver el proceso que obligó a entrar todo el suceso ulterior en el cuadro de la neurosis.

Estos conflictos sentimentales de nuestro paciente no son independientes entre sí, sino que se hallan soldados por parejas.

El odio contra su amada hubo de sumarse a su adhesión al padre, e inversamente. Pero las dos corrientes contrapuestas subsistentes después de esta simplificación, o sea la pugna entre el padre y la amada y la antítesis de amor y odio existente en la relación del sujeto con cada una de tales personas, no tienen nada que ver una con otra, ni por su contenido ni por su génesis.

El primero de ambos conflictos corresponde a la vacilación normal entre el hombre y la mujer como objetos de la elección amorosa, vacilación que es provocada en el niño por vez primera con la famosa pregunta habitual:

«¿A quién quieres más: a papá o a mamá?», y que luego le acompaña a través de toda la vida, a pesar de todas las diferencias individuales en cuanto a la intensidad de los sentimientos y la fijación de los fines sexuales definitivos.

Pero esta oposición pierde pronto, normalmente, su carácter de dilema, haciéndose posible la satisfacción simultánea de las exigencias desiguales de sus dos términos, aunque también en el hombre normal la mayor estimación de uno de los sexos suceda siempre a expensas del otro.

Más extraño nos parece el otro conflicto; esto es, el que se desarrolla entre el amor y el odio.

Sabemos que un principio de enamoramiento es percibido muchas veces como odio, y que el amor que encuentra negada la satisfacción se torna fácilmente en odio, y los poetas nos aseguran que en estadios tempestuosos del enamoramiento pueden subsistir yuxtapuestos, como en una competición, ambos sentimientos contradictorios.

Pero nos asombra encontrar una yuxtaposición crónica de amor y odio, muy intensos ambos y orientados hacia la misma persona. Habríamos esperado que el amor hubiera dominado al odio o hubiese sido devorado por él. Realmente, tal subsistencia de los contrarios sólo es posible bajo especiales condiciones psicológicas y con la colaboración de lo inconsciente.

El amor no ha podido extinguir el odio, sino tan sólo rechazarlo a lo inconsciente, instancia psíquica en la cual se encuentra a salvo de la acción de la conciencia y puede subsistir sin mengua alguna e incluso crecer.

En tales circunstancias, el amor consciente suele alcanzar, a su vez, por reacción, especial intensidad para poder llevar a cabo constantemente y sin descanso la tarea de mantener en la represión a su contrario.

Esta singular constelación de la vida amorosa parece tener su condición en una disociación muy temprana, acaecida en el período prehistórico infantil, de los dos elementos antitéticos, con represión de uno de ellos, generalmente el odio.

La revisión de una serie de análisis de neuróticos obsesivos nos da la impresión de que esta relación dada en nuestro paciente entre el amor y el odio constituye uno de los caracteres más frecuentes y manifiestos de la neurosis obsesiva y, en consecuencia, uno de los más importantes.

Pero, aunque habría de ser muy atractivo poder referir a la vida instintiva el problema de la «elección de neurosis», poseemos razones suficientes para eludir semejante tentación, y hemos de recordar que en todas las neurosis descubrimos como substratos de los síntomas los mismos instintos reprimidos.

Además, el odio que el amor mantiene reprimido en lo inconsciente desempeña también un importantísimo papel en la patogénesis de la histeria y de la paranoia. No conocemos lo bastante la esencia del amor para sentir aquí afirmaciones precisas.

Sobre todo, la relación de su factor negativo con el componente sádico de la libido nos es aún totalmente desconocida.

Sólo a título de información provisional observaremos que en los casos de odio inconsciente por nosotros investigados se demostró que el componente sádico del amor había integrado constitucionalmente una elevada intensidad y, en consecuencia había sido objeto de una represión prematura y demasiado fundamental, resultando así que los fenómenos neuróticos observados se derivaban, por un lado, del amor consciente intensificado por reacción, y por otro, del sadismo que continuaba actuando en lo inconsciente en calidad de odio.

Pero cualquiera que sea la forma en que haya de interpretarse esta singular relación del odio y el amor, su existencia queda indudablemente demostrada por el análisis de nuestro paciente, y es muy satisfactorio ver cuán comprensibles se nos hacen los enigmáticos procesos de las neurosis obsesivas en cuanto los referimos a semejante factor.

Si contra un amor intenso se alza un odio casi tan intenso como él, la consecuencia inmediata tiene que ser una parálisis parcial de la voluntad, una incapacidad de adoptar resolución alguna en cuanto a todos aquellos actos cuyo móvil haya de ser el amor. Pero, además, tal indecisión no permanece limitada por mucho tiempo a un solo grupo de actos, pues ¿qué actos de un enamorado no se relacionan con su motivo capital?

A mayor abundamiento, la conducta sexual entraña un poder prototípico con el que actúa sobre las demás reacciones del hombre, modificándolas, y, por último, el carácter psico lógico de la neurosis obsesiva tiende típicamente a hacer el mayor uso posible del mecanismo de desplazamiento.

En consecuencia, la indecisión se extiende paulatinamente a toda la actividad del sujeto. Con ello queda instaurado el régimen de la obsesión y de la duda, tal y como se nos muestra en la vida anímica de los neuróticos obsesivos.

La duda corresponde a la percepción interna de la indecisión que se apodera del enfermo, a consecuencia de la inhibición del amor por el odio, en cuanto el mismo se propone realizar algún acto. Duda, en realidad, de su propio amor, que debía ser para él, subjetivamente, lo más seguro, y esta duda se difunde sobre todo lo demás, desplazándose preferentemente sobre lo más nimio e indiferente.

Aquel que duda de su amor tiene que dudar de todo lo demás, menos importante.

Es ésta la misma duda que en las medidas de protección provoca la inseguridad del sujeto y los obliga a repetirlas una y otra vez para desvanecerla, consiguiendo al fin que tales actos de defensa resulten tan irrealizables como la resolución amorosa primitivamente inhibida.

Al principio de mis investigaciones hube de aceptar otra derivación más general de la inseguridad de los neuróticos obsesivos, derivación que parecía adaptarse más fácilmente a lo normal.

En efecto; cuando estamos redactando una carta y alguien nos dirige entre tanto una o más preguntas, sentimos después una inseguridad justificada en cuanto a lo que hemos escrito mientras nos hablaban y nos vemos obligados a releer la carta una vez terminada.

Supuse, pues, que la inseguridad de los neuróticos obsesivos, por ejemplo, en sus oraciones, procedía de que mientras rezaban eran perturbados incesantemente por fantasías inconscientes.

Esta hipótesis era ya exacta y resulta fácilmente conciliable con las afirmaciones que anteceden.

Es cierto que la inseguridad de haber llevado a cabo una medida de protección procede de las fantasías inconscientes perturbadoras; pero tales fantasías contienen, además, precisamente, al impulso contradictorio que había de ser rechazado por la oración.

Así se evidencia en nuestro paciente en una ocasión en la cual la perturbación no permanece inconsciente, sino que es expresada en voz alta.

Cuando quiere rezar, diciendo «Dios la proteja», emerge de pronto de lo Inconsciente un «no» hostil, y el sujeto adivina que se trata de un trozo de una maldición.

Si aquel «no» hubiera permanecido mudo, el sujeto habría continuado en estado de inseguridad y habría prolongado cada vez más sus rezos, pero en cuanto lo oyó, suprimió aquéllos en absoluto.

Antes de hacerlo así había probado, como otros neuróticos obsesivos, toda clase de métodos para evitar la aparición del elemento contradictorio, abreviando sus oraciones o recitándolas rapidísimamente. Pero todas estas técnicas fracasan más tarde o más temprano, y en cuanto el impulso amoroso ha logrado realizar algo, después de desplazarse sobre un acto indiferente, es seguido por el impulso hostil que se esfuerza en anular su obra.

Cuando el neurótico obsesivo llega luego a darse cuenta de la inseguridad de la memoria, consigue extender generalmente, con su auxilio, la duda, incluso a los actos ya realizados, que carecieron de toda relación con el complejo del amor y el odio, y a todo su pasado. Recuérdese el ejemplo de aquella señora que acababa de comprar un peine para su hija y que, al ser asaltada por una sospecha celosa contra su marido, empezó a dudar en el acto de si aquel peine no venía ya siendo suyo desde siempre.

Es como si dijera abiertamente: «Si puedo dudar de tu amor (y esta era tan sólo una proyección de sus dudas sobre su propio amor a su marido), puedo dudar de todo», revelándonos así el sentido oculto de la duda neurótica. Pero la obsesión es una tentativa de compensar la duda y rectificar el insoportable estado de inhibición del que la misma testimonia.

Cuando, al fin, y con ayuda del desplazamiento, consigue el enfermo llevar a una resolución el propósito inhibido, tal propósito ha de ser obligadamente realizado. No es ya, desde luego, el original, pero la energía estancada no renuncia a la ocasión de hallar un exutorio en el acto sustitutivo.

Se exterioriza, pues, en mandatos y prohibiciones, alternando el impulso amoroso y el hostil en la conquista del camino conducente a la derivación.

La tensión que surge cuando el mandamiento obsesivo no debe ser ejecutado es intolerable, y el sujeto la percibe en forma de angustia intensísima. Pero el camino mismo que conduce a un acto sustitutivo desplazado sobre una minucia es tan ardientemente disputado, que dicho acto sólo puede ser realizado, en la mayoría de los casos, como medida de protección y en íntimo contacto con uno de los impulsos que han de ser rechazados. Una especie de regresión sustituye, además, la resolución definitiva por actos preparatorios.

El pensamiento reemplaza a la acción, y en cualquier estadio previo mental de la misma se impone, con poder obsesivo, en lugar del acto sustitutivo.

Según que esta regresión del acto al pensamiento sea más o menos marcada, el caso de neurosis obsesiva toma el carácter de pensamiento obsesivo (representación obsesiva) o de acción obsesiva en sentido estricto.

Estos actos obsesivos propiamente dichos sólo se hacen posibles por cumplirse en ellos una especie de reconciliación de los dos impulsos contrapuestos, mediante la formación de productos transaccionales. Los actos obsesivos se aproximan, en efecto, cada vez más, y con mayor precisión, cuanto más se prolonga la enfermedad, a los actos sexuales infantiles semejantes al onanismo.

El sujeto llega así a realizar, en esta forma de la neurosis, actos amorosos; pero sólo con la ayuda de una nueva regresión, y no ya orientados hacia una persona, hacia el objeto del amor y el odio, sino actos autoeróticos, como en la infancia.

La regresión primera desde la acción al pensamiento es favorecida por otro de los factores participantes en la génesis de la neurosis.

En los historiales de los enfermos hallamos regularmente la emergencia precoz y la represión prematura del instinto sexual visual y de saber, el cual regula también en nuestro paciente toda una parte de su actividad sexual infantil. Hemos apuntado ya la participación de los componentes sádicos en la génesis de la neurosis obsesiva.

En aquellos sujetos en cuya constitución predomina el instinto de saber, el síntoma capital de la neurosis es siempre la cavilación obsesiva. La actividad mental misma queda sexualizada, pues el placer sexual, referido habitualmente al contenido del pensamiento, pasa a recaer sobre el proceso intelectual, y la satisfacción alcanzada al llegar a un resultado mental es sentida como satisfacción sexual.

Esta relación del instinto del saber con los procesos mentales le hace especialmente apropiado para atraer sobre el pensamiento, en las diversas formas de la neurosis obsesiva en las que participa, la energía que se esfuerza inútilmente en abrirse paso hasta la acción, allí donde se ofrece la posibilidad de una distinta clase de satisfacción. De este modo, el acto sustitutivo puede ser sustituido, a su vez, con ayuda del instinto de saber, por actos mentales preparatorios.

El aplazamiento de la acción encuentra pronto un sustitutivo en la demora en el pensamiento, y todo el proceso queda transportado con todas sus peculiaridades, a un nuevo terreno.

Con ayuda de las deducciones que anteceden podemos acaso aventurarnos ya a determinar el carácter psicológico, durante tanto tiempo buscado, que presta a los productos de la neurosis obsesiva su calidad obsesiva.

Se hacen obsesivos aquellos procesos mentales que, a consecuencia de la inhibición antitética en el extremo motor de los sistemas mentales, son emprendidos con un desarrollo cualitativo y cuantitativo de energía destinado tan sólo, habitualmente, a la acción; esto es, aquellos pensamientos que han de representar, regresivamente, actos.

No creo que haya de tropezar con graves contradicciones la hipótesis de que habitualmente, y por razones económicas, el pensamiento es impulsado por medio de desplazamientos de energía más pequeños que los consagrados a los actos destinados a la derivación y a la modificación del mundo exterior.

Aquello que irrumpe con energía sobrada en la conciencia como idea obsesiva ha, de quedar luego garantizado contra la acción destructora del pensamiento consciente.

Sabemos ya que tal protección es conseguida por medio de la deformación que la idea obsesiva ha experimentado antes de hacerse consciente. Pero no es éste el único medio.

Sólo muy raras veces se omite alejar a la idea obsesiva de la situación que presidió en génesis, y en la cual sería fácilmente accesible a la comprensión, a pesar de su deformación. Con tal propósito es creado, por un lado, un intervalo entre la situación patógena y la idea obsesiva consecutiva, intervalo que induce en error a la investigación causal del pensamiento consciente, y por otro, el contenido de la idea obsesiva queda desligado de sus relaciones particulares por medio de una generalización.

La obsesión de comprensión de nuestro paciente nos ofrece un ejemplo de este orden, y otro quizá mejor una enferma que se prohibió llevar joya ninguna, aunque la motivación se refería a una sola joya que la sujeto había envidiado a su madre y esperaba heredar de ella. por último, la idea obsesiva queda también protegida contra la labor de solución consciente por su expresión verbal indeterminada o equívoca.

Tal expresión verbal, mal interpretada, puede quedar incorporada entonces a los delirios, y los sucesivos desarrollos o sustituciones de la obsesión se enlazarían al error de interpretación y no al texto auténtico.

Pero puede observarse que tales delirios tienden constantemente a establecer nuevas relaciones con el contenido y el texto verbal de la obsesión no acogidos en el pensamiento consciente. Para una única observación volveremos aún sobre la vida instintiva de la neurosis obsesiva. Nuestro paciente demostró ser también un ‘renifleur’ (olfativo).

Según sus propias manifestaciones, durante su infancia conocía a las personas por el olor, como un perro, y las percepciones olfativas tenían todavía actualmente para él mayor significación que para los demás. También en otros enfermos, neuróticos obsesivos o histéricos, he observado algo análogo y he aprendido a tener en cuenta el papel desempeñado en la génesis de las neurosis por un placer olfativo sexual reprimido en la infancia.

En general, puede plantearse la cuestión de si la disminución sufrida por el sentido del olfato al alejar el hombre su rostro del suelo y la consecutiva represión orgánicamente condicionada del placer olfativo no participan considerablemente en la capacitación del hombre para las enfermedades neuróticas.

Ello nos explicaría cómo es que el incremento de la civilización exige represiones cada vez más extensas de la vida sexual.

Sabido es qué íntima relación existe en la organización zoológica entre el instinto sexual y la función del órgano del olfato.

Para terminar, expresaré la esperanza de que mis comunicaciones, incompletas en todos sentidos, impulsarán a otros investigadores a profundizar en el estudio de la neurosis obsesiva con ánimo de lograr nuevos descubrimientos.

A mi juicio, lo característico de esta neurosis, aquello que la distingue de la histeria, no ha de buscarse en la vida instintiva, sino en las circunstancias psicológicas. No puedo abandonar a mi paciente sin hacer constar mi impresión de que se hallaba como disociado en tres personalidades, una inconsciente y dos preconscientes, entre las cuales podía oscilar su conciencia.

Su inconsciente integraba los impulsos violentos y perversos tempranamente reprimidos.

En su estado normal era un hombre bondadoso, alegre, reflexivo, inteligente y despejado; pero en una tercera organización psíquica rendía culto a la superstición y a la ascesis, de manera que podía entrañar dos convicciones y dos concepciones del universo.

Esta personalidad preconsciente entrañaba, sobre todo, los productos de la reacción a sus deseos reprimidos y no era difícil prever que, de haberse prolongado la enfermedad, hubiera acabado por devorar a la personalidad normal.

Actualmente se me ha ofrecido la ocasión de investigar tales fenómenos en una paciente gravemente enferma de neurosis obsesiva y análogamente disociada en una personalidad tolerante y serena y otra sombría y ascética. La sujeto presenta la primera de tales personalidades como su yo oficial, pero vive dominada por la segunda.

Ambas organizaciones psíquicas tienen acceso a su conciencia, y detrás de su personalidad ascética se oculta su inconsciente, totalmente desconocido para ella y compuesto de antiquísimos deseos ha largo tiempo reprimidos.

Apéndice (1922)

Hace unos cuantos meses – en la primavera de 1922– se me presentó un joven declarando ser aquel Juanito cuya neurosis infantil había yo descrito en 1909.

Su visita me satisfizo mucho, pues dos años después del análisis le había perdido de vista y en más de un decenio no había sabido nada de él.

La publicación de este primer análisis de un niño había despertado gran interés, y aún más indignación, profetizándose a la pobre criatura toda clase de desdichas por haber sido despojado de su inocencia en edad tan temprana y víctima de un psicoanálisis.

Pero ninguno de estos temores se ha cumplido. Juanito es ahora un apuesto muchacho de diecinueve años.

Afirmaba encontrarse muy bien y no padecer trastornos ni inhibiciones de ningún género. No sólo había atravesado la pubertad sin daño alguno, sino que había resistido una de las más duras pruebas a que podía ser sometida su vida sentimental.

Sus padres se habían divorciado y habían contraído, cada uno por su lado, nuevas nupcias. Juanito vivía solo, pero en buenas relaciones con ambos, y sólo lamentaba que la disolución de la familia le hubiera separado de su hermana menor, a la que quería mucho. Juanito me comunicó algo especialmente singular.

Tanto, que no me atrevo a arriesgar explicación ninguna. Cuando leyó su historial, me dijo, le había parecido totalmente ajeno a él; no se reconoció ni recordó nada.

Sólo cuando llegó al viaje de Gmunden alboreó en su memoria la sospecha de que aquel niño pudiera ser él.

Así, pues, el análisis no había preservado el suceso de la amnesia, sino que había sucumbido también a ella.

Algo parecido sucede, en cuanto a los sueños, a las personas familiarizadas con el psicoanálisis. Las despierta un sueño, deciden analizarlo en el acto, vuelven luego a dormirse satisfechas con el resultado del análisis, y al despertar por la mañana han olvidado el sueño y el análisis.

(III). ANTES de entrar a examinar brevemente cuáles son las conclusiones de orden general que pueden deducirse de la fobia de Juanito en cuanto a la vida infantil y a la educación de los niños, debo responder a la objeción ha largo tiempo planteada, según la cual Juanito no sería un niño normal, sino un neurótico, un hereditario, un degenerado, nada del cual podría ser transferido a otros niños.

Hace ya tiempo que me duele pensar cómo todos los entusiastas del hombre normal habrán de ensañarse con nuestro pobre Juanito cuando sepan que, en efecto, puede atribuírsele una tara hereditaria.

Su madre, que enfermó de neurosis a consecuencia de un conflicto psíquico de su adolescencia, había sido tratada por mí en aquella ocasión, siendo esta circunstancia la que me puso luego en contacto con los padres de Juanito.

Sólo muy tímidamente arriesgaré, pues, algo en favor del pequeño paciente.

Ante todo haré constar que Juanito no es lo que nos representaríamos, después de una rigurosa observación, como un niño degenerado, hereditariamente condenado a la nerviosidad, sino más bien una criatura físicamente bien conformada, alegre, amable y de inteligencia vivaz.

Su florecimiento sexual fue indudablemente prematuro; mas para emitir un juicio sobre esta cuestión carecemos de material comparativo suficiente.

En una colección de investigaciones efectuadas en América he visto que no son nada raros casos análogamente prematuros de sentimientos amorosos y elección de objeto.

A idéntica conclusión nos lleva la lectura de las biografías de muchos grandes hombres. Habremos, pues, de inclinarnos a suponer que la precocidad sexual va casi siempre pareada a la intelectual, siendo así más frecuente de lo que esperamos entre los niños inteligentes.

Mi confesada parcialidad en favor de Juanito me lleva también a alegar que no es el único niño que en una época cualquiera de su infancia padece de fobias. Tales enfermedades son extraordinariamente frecuentes, aun entre aquellos niños cuya educación nada deja que desear. De estos niños, unos enferman más tarde de neurosis y otros permanecen sanos.

Sus fobias son dominadas a fuerza de gritos y regaños en la nursery, por ser inaccesibles a los tratamientos consagrados y desde luego harto incómodos. Pero no se tiene en cuenta qué transformaciones psíquicas condicionan tal curación ni que modificaciones del carácter se enlazan a ella.

Cuando luego emprendemos el tratamiento psicoanalítico de un neurótico adulto que ha enfermado manifiestamente en años ya maduros, averiguamos siempre que su neurosis se enlaza a aquella angustia infantil, que es una continuación de la misma, y que, por tanto, una labor psíquica ininterrumpida, pero también imperturbada, se ha desarrollado partiendo de aquellos conflictos infantiles a través de la vida del sujeto, sin que importe que su síntoma primero llegase a aparecer o fuera retraído bajo el imperio de las circunstancias.

Opino, pues, que nuestro Juanito no estuvo quizá mucho más enfermo que otros niños a los que nadie tacha de degenerados. Pero como era educado sin intimidación, con la mayor libertad y la menor coerción posible, su angustia se manifestó más osadamente. No existían en su caso dos factores que en otros contribuyen a disminuirla: la conciencia de la culpa y el temor al castigo.

A mi juicio, concedemos demasiada importancia a los síntomas y no nos ocupamos bastante de sus fuentes de origen.

Nuestra única directiva en la educación de los niños es que nos dejen tranquilos, que no nos opongan dificultad alguna. Nos dedicamos, pues, a la cría del niño bueno y juicioso y no nos preguntamos siquiera si semejante educación es la que más conviene al niño.

No me extrañaría que para nuestro Juanito hubiese sido muy provechoso producir esta fobia, puesto que así llamó la atención de sus padres sobre las dificultades ineludibles que el vencimiento de los componentes instintivos innatos opone en la educación infantil y porque aquella perturbación le valió el auxilio de su padre.

Quizá adquirió sobre los demás niños la ventaja de no llevar ya en sí aquel nódulo de complejos reprimidos que siempre significa algo para la vida ulterior y trae consigo alteraciones del carácter, cuando no la disposición a una neurosis.

Me inclino a pensar así, pero no sé si habrá muchos que compartan mi opinión ni tampoco si la experiencia llegará a confirmarla. De todos modos, no puedo menos de preguntar en qué ha perjudicado a Juanito el alumbramiento de aquellos complejos forzadamente reprimidos por los otros niños y tan temidos por sus padres.

¿Ha puesto acaso en práctica el pequeño sujeto sus pretensiones con respecto a su madre o ha traducido en actos violentos su hostilidad contra el padre? Seguramente habrán abrigado tal temor aquellos que desconocen la esencia del psicoanálisis y opinan que al hacer conscientes los malos instintos se les intensifica y robustece.

Estos sabios obran luego consecuentemente cuando aconsejan eludir en absoluto aquellas cosas malas que se esconden detrás de las neurosis. Claro está que al obrar así olvidan que son médicos, y adoptan un parecido lamentable con el personaje shakesperiano de Mucho ruido para nada, que aconseja también a la ronda que se guarde muy bien de todo contacto con los asesinos y los ladrones, pues las gentes honradas no deben tener trato alguno con semejante canalla.

Las únicas consecuencias del análisis son más bien que Juanito recobra la salud, no se asusta ya de los caballos y trata a su padre con libre familiaridad, como él mismo nos comunica, un tanto divertido.

Pero lo que el padre pierde en respeto lo gana en confianza: «Como supiste lo del caballo, creía que lo sabías todo». Y es que el análisis no destruye el resultado de la represión. Los instintos antes dominados y sometidos siguen estándolo. Pero alcanza este resultado por otros caminos.

Sustituye el proceso de la represión, automático y excesivo, por el dominio mesurado y adecuado conseguido con ayuda de las más elevadas instancias psíquicas.

En una palabra: sustituye la represión por un juicio condenatorio. Parece aportaros la prueba, tan buscada, de que la conciencia tiene una función biológica y que su entrada en juego supone una importante ventaja.

Si totalmente de mí hubiera dependido, me habría arriesgado a dar a Juanito una explicación más, que sus padres silenciaron. Habría confirmado sus presentimientos instintivos revelándole la existencia de la vagina y del coito, con lo cual habría disminuido todavía más el resto no solucionado y hubiera puesto fin a su impulso interrogante.

Estoy seguro de que no habría perdido el amor a su madre ni su naturaleza infantil con estas explicaciones y se habría convencido, en cambio, de que debía dejar de ocuparse de aquellas cosas tan importantes, e incluso imponentes, hasta que se hubiera cumplido su deseo de ser mayor. Pero el experimento pedagógico no pasó más adelante.

Que entre niños nerviosos y normales no puede trazarse una frontera definida, que la enfermedad es un concepto puramente práctico, que han de coincidir la disposición y la experiencia para hacer aparecer la neurosis, que en consecuencia pasan continuamente muchos individuos de la salud a la neurosis y un número mucho menor de la neurosis a la salud; todas estas cosas se han dicho tantas veces y han encontrado tanto eco, que no soy yo seguramente el único en afirmarlas.

Que la educación del niño puede ejercer un poderoso influjo a favor o en contra de la disposición a la neurosis es, por lo menos, muy probable; pero aquello a lo que la educación debe tender y cuáles han de ser sus puntos de ataque son cuestiones aún muy problemáticas. Hasta ahora no se ha marcado más fin que la dominación, y muchas veces, más exactamente, la yugulación de los instintos.

El resultado no ha sido ciertamente nada satisfactorio. No se preguntaba tampoco por qué caminos y a costa de qué sacrificios era conseguida la yugulación de los instintos incómodos.

Si se sustituye a esta labor la de hacer al individuo capaz de cultura y socialmente utilizable a costa de un mínimo de pérdida de su actividad, las aclaraciones obtenidas por medio del psicoanálisis sobre el origen de los complejos patógenos y sobre el nódulo de cada neurosis aspirarán a ser consideradas por el educador como indicaciones inestimables para regular su conducta con respecto al niño.

Cuáles son las conclusiones prácticas que de aquí se derivan y hasta qué punto la experiencia puede justificar el empleo de las mismas, dentro de nuestras circunstancias sociales, son cuestiones cuyo examen y decisión debo dejar a otros. No puedo despedirme de la fobia de nuestro paciente sin hacer constar algo que hace especialmente valioso para mí el análisis que la llevó a su curación.

En rigor, este análisis no me ha revelado nada que no hubiese ya descubierto, a veces de un modo menos preciso y directo, en los análisis de pacientes adultos. Y como las neurosis de estos otros enfermos pudieron ser, sin excepción alguna, referidas a los mismos complejos infantiles que descubrimos detrás de la fobia de Juanito, me inclino a adscribir a esta neurosis infantil una significación típica y ejemplar, como si toda la diversidad de los fenómenos neuróticos de represión y toda la riqueza del material patógeno pudieran derivarse de un número muy escaso de procesos desarrollados en los mismos complejos de representaciones.

(II). JUANITO enferma un día de miedo a la calle. No puede aún precisar qué es lo que le da miedo, pero ya al principio de su estado de angustia delata a su padre el motivo de su enfermedad, la ventaja que la misma le proporciona. Quiere permanecer al lado de su madre, «hacer mimitos» con ella.

El recuerdo de haber sido separado de ella cuando su hermanita nació pudo contribuir, como el padre supone, a este ansioso deseo. Pero lo que tarda en quedar demostrado es que su miedo no puede ya volverse a traducir en deseo, pues Juanito siente miedo también cuando su madre le acompaña.

Entre tanto, vamos vislumbrando cuál ha sido la fijación de la libido convertida en miedo. Juanito expresa el miedo particularísimo a ser mordido por un caballo blanco.

Damos a tal estado patológico el nombre de «fobia», y podríamos adscribir a la agorafobia el caso de nuestro infantil sujeto si esta afección no se caracterizase por el hecho de que la compañía de una persona determinada, o, en caso extremo, del médico, faculta al enfermo para llevar a cabo aquellos rendimientos que yendo solo le sería imposible emprender por impedírselo su incoercible miedo al espacio. La fobia de Juanito no integra esta condición.

Se desvía pronto del espacio y toma cada vez más precisamente al caballo como objeto.

En los primeros días, cuando su estado de angustia alcanzó su más alto nivel, Juanito expresó ya aquel temor de que el caballo entrase en su cuarto, que tanto hubo de facilitarme la comprensión de su angustia.

La situación de las «fobias» en el sistema de la neurosis ha sido hasta ahora muy indeterminada. Parece seguro que sólo deben ser consideradas como síndromes comunes a diferentes neurosis, no siendo preciso atribuirles la calidad de procesos patológicos especiales. Para las fobias como esta de nuestro Juanito, que son las más frecuentes, no me parece impropia la denominación «histeria de angustia», propuesta por mí al doctor W.

Stekel cuando emprendió su exposición de los estados nerviosos de angustia y que espero acabará por imponerse, pues queda justificada por la perfecta coincidencia del mecanismo psíquico de tales fobias con el de la histeria, salvo en un solo y único punto decisivo, muy apropiado para la diferenciación.

En efecto, la libido, desligada del material patógeno por la represión, no es convertida, o sea utilizada, partiendo de lo anímico, para una inervación somática, sino que queda libre en calidad de angustia.

En los casos patológicos, esta «histeria de angustia» puede mezclarse en cualquier medida con la «histeria de conversión». Hay también histerias de conversión puras, sin angustia alguna, y también meras histerias de angustia que se manifiestan en sensaciones de angustia y en fobias sin conversión alguna. De este último género es la fobia de Juanito.

La histeria de angustia es la enfermedad psiconeurótica más frecuente pero, sobre todo, la de aparición más temprana en la vida individual; es la neurosis de la época infantil. Cuando una madre dice que su hijo es muy «nervioso»), puede darse por seguro, en nueve casos de cada diez, que padece una angustia cualquiera o muchos temores angustiosos a la vez. por desgracia, el sutil mecanismo de estas enfermedades tan importantes no ha sido aún suficientemente estudiado. No se ha determinado aún si la histeria de angustia, a diferencia de la histeria de conversión y de otras neurosis, tiene su única condición en factores constitucionales o en los sucesos vividos, o en qué unión de ambos elementos la encuentra.

A mi juicio, es aquella enfermedad neurótica que menos exige una constitución especial, y, por tanto, la que más fácilmente puede ser contraída en cualquier período de la vida. No es difícil hacer resaltar un carácter esencial de las histerias de angustia. La histeria de angustia evoluciona cada vez más hacia la «fobia».

Al final, el enfermo puede haber quedado libre de angustia, pero sólo a costa de inhibiciones y restricciones a las que hubo de someterse.

En la histeria de angustia se desarrolla desde un principio una labor psíquica encaminada a ligar de nuevo psíquicamente la angustia libertada, pero esta labor no puede alcanzar la retransformación de la angustia en libido ni enlazarse a los mismos complejos de los que la libido procede. No le queda más camino que impedir todas las ocasiones de desarrollo de angustia por medio de una defensa psíquica, tal como una precaución, una inhibición o una prohibición, y estas defensas son las que se nos muestran como fobias y forman, para nuestra percepción, la esencia de la enfermedad.

Puede decirse que el tratamiento de la histeria de angustia ha sido hasta ahora puramente negativo. La experiencia ha demostrado que es inútil y en algunas circunstancias muy peligroso intentar la curación de una fobia de un modo violento, colocando al enfermo en una situación en la que tenga necesariamente que pasar por el desarrollo de angustia, después de haberle privado de su defensa.

Se le obliga así a buscar protección donde cree encontrarla y se le testimonia un desprecio ineficaz a causa de su «incomprensible cobardía».

Los padres de nuestro pequeño paciente estaban convencidos desde un principio de que el remedio no estaba en reirse de él ni en brutalizarle, sino en buscar, por el camino psicoanalítico, el acceso a sus deseos inconscientes.

El éxito recompensó la ardua labor del padre, cuyas anotaciones nos procuran ocasión de penetrar en la estructura de tal fobia y perseguir el camino del análisis al que dio motivo. No me parece improbable que la extensión y la minuciosidad del análisis hayan hecho difícil al lector su más perfecta comprensión.

Por tanto, creo conveniente una síntesis de su desarrollo, prescindiendo de detalles inútiles y haciendo resaltar los resultados positivos paulatinamente obtenidos. Comenzamos por averiguar que la aparición del estado de angustia no fue tan repentina como a primera vista pareció. Varios días antes, Juanito había tenido un sueño de angustia: Mamá se había ido, y ya no tenía él con quien «hacer mimitos».

Este sueño es ya indicio de un proceso de represión de sospechosa intensidad.

Su interpretación no puede ser, como para otros muchos sueños de angustia, la de que el niño había sentido una angustia procedente de cualesquiera fuentes somáticas y la ha utilizado para el cumplimiento de un deseo inconsciente intensamente reprimido.

Se trata, en realidad, de un sueño de castigo y de represión, en el cual el mismo fenómeno onírico fracasa en su función particularísima, ya que el niño despierta preso de angustia. No es difícil reconstruir el proceso inconsciente correlativo.

El niño ha soñado con las caricias de la madre, ha soñado que dormía con ella en la cama, y todo el placer y todo el contenido de representaciones han sido transformados en su antítesis. La represión ha logrado la victoria sobre el mecanismo del sueño.

Pero los comienzos de esta situación psicológica se hallan aún más atrás. Ya durante el veraneo pasó Juanito por estados de melancolía en los que hubo de exteriorizar ideas análogas y que le valieron ser acogido en el lecho de la madre.

Desde esta época, aproximadamente, podemos suponerle bajo los efectos de una fuerte excitación sexual, cuyo objeto es la madre y cuya intensidad se manifiesta en dos tentativas de seducción – la última inmediatamente anterior a la aparición de la angustia – , descargándose todas las noches en la satisfacción onanista.

No es posible determinar si la transformación de esta excitación se desarrolla luego espontáneamente o a consecuencia de la repulsa de la madre o de la reviviscencia de impresiones pretéritas provocadas por el motivo ocasional de la enfermedad. Pero, además, es indiferente, ya que las tres distintas posibilidades enunciadas no pueden considerarse antitéticas.

Lo esencial es la transformación de la excitación sexual en angustia. Conocemos la conducta del niño en los primeros tiempos de la angustia y sabemos que el primer contenido que a la misma diera fue el temor de que le mordiese un caballo.

En este punto tiene efecto la primera intervención de la terapia.

Los padres le indican que la angustia es consecuencia de la masturbación y le encaminan hacia el abandono de tal hábito. Una pequeña mejoría obtenida con esta intervención desaparece pronto al iniciarse un período de enfermedad puramente orgánica.

El estado psíquico se mantiene invariado. Poco después descubre Juanito cómo su miedo a que le muerda un caballo se deriva de la reminiscencia de una impresión recibida en Gmunden.

Un padre había dicho a su hija en el momento de partir: «No le acerques los dedos al caballo, porque te morderá».

La forma verbal que Juanito da a la advertencia del padre recuerda la que los suyos usaron para prevenirle contra el onanismo, pareciendo así confirmar la hipótesis de aquéllos, según la cual, a lo que tenía miedo era a la propia satisfacción masturbadora. Pero la relación es aún muy lejana, y el caballo parece haber llegado demasiado casualmente a su papel de objeto de la angustia.

Yo había arriesgado la hipótesis de que su deseo reprimido podía ser ahora el de verle a su madre la cosita. Y como su conducta con una criada recién entrada en la casa parecía confirmar tal sospecha, el padre se decide a procurarle una primera aclaración sexual: las mujeres no tienen cosita, Juanito reacciona a este primer auxilio con el relato de una fantasía en la que imagina haber visto a su madre mostrando la cosita.

Esta fantasía y la observación de que su propia cosita forma parte integrante e inseparable de su cuerpo nos facilita una primera visión de sus procesos mentales inconscientes.

Se hallaba, realmente, bajo la impresión ulterior de la amenaza de castración de que su madre le había hecho objeto año y medio antes, pues la fantasía de que su madre hacía lo mismo que él (le había valido aquella temible amenaza) estaba destinada a justificarle y disculparle.

Era una fantasía de protección y de defensa.

Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que fueron los mismos padres los que extrajeron del material patógeno eficiente en Juanito el tema de la masturbación. Juanito los sigue por este camino, pero todavía no interviene independientemente en el análisis. No se observa tampoco el menor resultado terapéutico.

El análisis permanece muy lejos de los caballos, y la revelación de que las mujeres no tienen cosita es muy apropiada para intensificar la preocupación del infantil sujeto en cuanto a la posible pérdida de la suya propia.

Pero a lo que tendemos en primer término no es a obtener un resultado terapéutico, sino a colocar al enfermo en situación de aprehender conscientemente sus impulsos optativos inconscientes. Para ello, basándonos en sus manifestaciones y con ayuda de nuestro arte de interpretación, situamos ante su conciencia, expresado en nuestra forma verbal, el complejo inconsciente. La analogía entre lo que así oye el paciente y aquello que busca y que a pesar de todas las resistencias pugna por abrirse paso hasta la conciencia, le hace posible hallar lo inconsciente.

El médico le precede cierto trecho en la comprensión de sus problemas, pero el paciente llega a ella por caminos propios, reuniéndose con él en la meta fijada. Los principiantes en psicoanálisis suelen incurrir aquí en error.

Suponen que el momento en que descubren un complejo inconsciente del enfermo es el mismo en que el enfermo lo aprehende y esperan demasiado al pretender curar al sujeto con la comunicación de aquel descubrimiento, pues, en realidad, tal comunicación no puede servirle más que para ayudarle a encontrar el complejo inconsciente en aquel lugar de su inconsciente en el que se halle anclado.

En este período del análisis conseguimos un primer resultado de este género. Después del vencimiento parcial del complejo de la castración, Juanito puede ya comunicar sus deseos en cuanto a su madre, y así lo hace, en efecto, aunque todavía de un modo encubierto, por medio de la fantasía de las dos jirafas, una de las cuales protesta a gritos al tomar Juanito posesión de la otra. Juanito representa la toma de posesión con el acto de sentarse encima.

El padre reconoce en esta fantasía la reproducción de una escena que se desarrolló una mañana en la alcoba entre los padres y el hijo, y sabe hallar el deseo oculto detrás de ella.

El y la madre son las dos jirafas.

El disfraz de que el deseo se reviste se halla suficientemente determinado por la visita hecha días antes al parque zoológico de Schonbrunn, por la jirafa que el padre dibujó a Juanito tiempo atrás y quizá también por una comparación inconsciente enlazada al cuello largo y rígido de la jirafa. Observamos que la jirafa, animal de gran estatura e interesante para Juanito por el tamaño de su cosita, hubiera podido llegar a ser el objeto de su angustia en lugar del caballo.

El hecho de que el padre y la madre sean representados por sendas jirafas proporciona también un punto de apoyo para la ulterior interpretación de los caballos temidos.

Dos fantasías menores que Juanito relata en los días inmediatamente siguientes a la de la jirafa – la de haber infringido la prohibición que cerraba el paso a uno de los departamentos del parque zoológico de Schonbrunn y la de haber roto el cristal de una ventanilla del tranvía, con la complicidad del padre en ambas ocasiones – escapan, desgraciadamente, a la interpretación del padre, y de este modo su comunicación no procura a Juanito ventaja alguna.

Pero lo que así permanece incomprendido retorna una y otra vez, sin descanso, como un alma en pena, hasta encontrar comprensión y redención. La interpretación de las dos pequeñas fantasías delictivas no nos ofrece grandes dificultades.

Pertenecen al complejo de la toma de posesión de la madre. Hay en Juanito como un presentimiento de algo que podría hacer con la madre, y con la cual quedaría perfeccionada su toma de posesión de ella, y encuentra para aquel algo inaprehensible ciertas representaciones gráficas, a las que es común la idea de ilicitud y violencia y cuyo contenido nos parece armonizar singularmente bien con la realidad oculta.

Son fantasías simbólicas del coito, y la complicidad en ella atribuida al padre no es nada indiferente: «Quisiera hacer algo con mamá, algo prohibido; no sé lo que es, pero se que tú lo haces con ella».

La fantasía de las jirafas había reforzado en mí una convicción que ya me había sido impuesta por el temor de Juanito a que el caballo entrase en el cuarto, y juzgué muy apropiado el momento para comunicarle una parte esencial de sus impulsos inconscientes; su miedo al padre, como consecuencia de sus deseos celosos y hostiles contra el mismo. Con esto le interpreté al mismo tiempo, fragmentariamente, su miedo a los caballos.

El padre tenía que ser el caballo al cual, y por excelentes razones internas, tenía miedo. Ciertos detalles – la cosa negra en los labios y la otra cosa delante de los ojos (bigote y lentes como privilegios del hombre adulto) – me parecieron haber sido directamente transferidos de la persona del padre a los caballos. Con esta aclaración vencí la resistencia que más eficazmente se oponía a que los pensamientos inconscientes de Juanito penetrasen hasta su conciencia, ya que en su caso el padre y el médico coincidían en una sola persona.

A partir de aquí, la perturbación siguió ya una marcha descendente, el material fluyó en abundancia y Juanito encontró valor para comunicar los detalles de su fobia y no tardó en intervenir independientemente en el análisis.

Ahora averiguamos ya a qué objeto e impresiones tiene miedo Juanito. No sólo a los caballos y a que le muerdan esto desaparece pronto, sino también a los carros de mudanzas y a los ómnibus (vehículos que tienen como elemento común su pesada carga), al instante de ponerse en marcha los caballos, a los caballos de aspecto corpulento y pesado y a los que pasan muy de prisa.

El sentido de estas determinaciones nos lo descubre luego el propio Juanito: tiene miedo de que los caballos se caigan, e integra así en su fobia todo aquello que puede provocar tal accidente.

Muchas veces transcurre todo un período de labor analítica antes que el sujeto llegue a comunicar el contenido efectivo de una fobia o de un impulso obsesivo, etc. La represión no ha recaído tan sólo sobre los complejos inconscientes, sino que actúa también de continuo sobre sus ramificaciones e impide al mismo enfermo la percepción de sus productos patológicos.

El médico tiene que emprender entonces la tarea singular de intervenir a favor de la enfermedad para que la misma llegue a captar la atención del enfermo; pero sólo quien desconozca por completo la esencia del psicoanálisis podrá suponer que esta fase de nuestra labor pueda causar un daño al enfermo. La verdad es que no se puede ahorcar un ladrón sin antes prenderlo, y así, para apoderarnos de los productos patológicos que queremos destruir, nos es preciso desarrollar una labor previa.

En mis glosas al historial clínico de Juanito hice ya constar cuán instructivo resulta profundizar así en los detalles de una fobia y extraer la convicción de la existencia de una relación secundariamente establecida entre la angustia y sus objetos. De aquí la naturaleza, singularmente difusa y, sin embargo, tan rigurosamente condicionada, de las fobias.

El material necesario para estas soluciones especiales lo ha extraído Juanito, evidentemente, de las impresiones que le procura todos los días la situación de su casa frente al depósito de la aduana.

En relación también con estas impresiones delata un deseo, inhibido ahora por el miedo, de jugar con las cargas de los carros, los equipajes, las cubas y los fardos, como los chicos de la calle.

En este estadio del análisis halla Juanito el suceso, poco importante en sí, que precedió inmediatamente a la aparición de la enfermedad y debe ser considerado como el motivo ocasional de dicha aparición. Iba de paseo con su madre y vio caerse y patalear a un caballo de un ómnibus, accidente que le causó gran impresión.

Se asustó mucho y creyó que el caballo había muerto y que desde aquel momento todos los caballos se caerían.

El padre le indica que al ver caerse al caballo debió de pensar él en su padre y desear que se cayese también y se matase. Juanito no se rebela contra esta interpretación, y al cabo de un rato, con un juego que inventa y en el que muerde al padre, demuestra aceptar la identificación del mismo con el caballo temido.

A partir de este momento se conduce ya libremente y sin miedo, e incluso con cierto descaro, con su padre. Pero sigue asustándose de los caballos, y no vemos aún claramente a consecuencia de que concatenación el caballo caído ha rozado sus deseos inconscientes. Concretaremos los resultados hasta aquí obtenidos; detrás del miedo primeramente manifestado a que le mordiese un caballo hemos descubierto, más profundo, el miedo de que los caballos se cayeran, y ambos caballos, tanto el que muerde como el que se cae, son el padre, que le castigará por abrigar tan perversos deseos en cuanto a su persona.

Entre tanto, el análisis se ha alejado de la madre.

Inesperadamente, y desde luego sin estímulo alguno por parte del padre, comienza Juanito a ocuparse del complejo de la excreción y a mostrar repugnancia a aquellas cosas que le recuerdan la defecación.

El padre, que sólo a disgusto le sigue por este camino, continúa entre tanto el análisis en la dirección que él cree más acertada y recuerda a Juanito un suceso acaecido en Gmunden, cuya impresión se escondía detrás de la correspondiente a la caída del caballo del ómnibus. Federico, su antiguo amiguito y su rival en el cariño de las niñas, había tropezado en una piedra jugando a los caballos, se había caído y se había hecho sangre en un pie. La caída del caballo del ómnibus le había recordado este incidente.

Es curioso que Juanito, preocupado de momento con otras cosas, niegue primero la caída de Federico, que establecería la conexión buscada, y sólo la confirme en un estadio ulterior del análisis.

Mas para nosotros lo interesante es hacer resaltar cómo la transformación de la libido en angustia llega a proyectarse sobre el caballo, objeto principal de la fobia. Los caballos eran, de siempre, los animales que más le interesaban, y a lo que más le gustaba jugar con sus amiguitos era también a los caballos.

Nuestra sospecha de que el padre hubiera sido el primero en servirle de caballo nos fue confirmada por él mismo, y de este modo, en el accidente de Gmunden, pudo la persona del padre sustituir a la de Federico. Una vez iniciada la represión, Juanito tenía que asustarse de los caballos, que antes le habían procurado tanto placer.

Pero ya indicamos que esta última importante aclaración de la eficacia del motivo ocasional de la enfermedad la debemos a la intervención del padre. Juanito continúa preocupado por el complejo de la excreción, y, por fin, no tenemos más remedio que seguirle a este terreno.

Averiguamos que antes solía imponer a su madre su compañía cuando iba al retrete, y que luego siguió haciendo lo mismo con su amiguita Berta, hasta que se lo prohibieron.

El placer de presenciar cómo una persona querida hace sus necesidades corresponde también a una «confluencia de los instintos», de la que ya observamos otro ejemplo en Juanito.

Por último, también el padre se resuelve a penetrar en el simbolismo excremental y reconoce una analogía entre un carro pesadamente cargado y un vientre cargado de excremento, entre la forma en que el coche sale por una puerta y las heces del cuerpo, etc.

Ahora bien: la situación de Juanito en el análisis es ahora muy distinta de la que ocupaba en estadios anteriores del mismo.

Antes, el padre le anunciaba lo que iba a surgir, y Juanito le seguía orientándose por sus indicaciones.

Ahora marcha delante, con paso seguro, y al padre le cuesta trabajo seguirle.

Juanito

aporta una nueva fantasía: El fontanero ha destornillado la bañera, en la que se encuentra Juanito, y luego le ha clavado una barrena en la barriga.

A partir de aquí, nuestra comprensión avanza cojeando penosamente detrás del material emergente.

Sólo después adivinamos que se trata de una elaboración, deformada por la angustia, de una fantasía de concepción. Pero, de momento, esta fantasía escapa a la interpretación, y sólo sirve a Juanito como un punto al que enlazar la continuación de sus comunicaciones.

A Juanito le da miedo que le bañen en la bañera grande.

Este miedo es también de naturaleza compuesta. Una parte del mismo nos escapa aún: la otra queda pronto aclarada por una relación con el acto de bañar a su hermanita. Juanito confiesa su deseo de que la madre suelte a Hanna durante el baño para que la pequeña caiga al agua y muera.

Su propio miedo, al ser bañado en el baño grande, no es más que el temor al castigo por aquel mal deseo. Juanito abandona ahora el tema excremental y pasa al de la hermanita.

Tal sucesión significa que la pequeña Hanna es por sí misma un excremento: que todos los niños son excrementos y surgen al exterior (son paridos) por el mismo camino que éstos.

Comprendemos ahora que todos los carros de mudanzas, ómnibus y camiones sean para Juanito carros cargados con aquellos cajones en los que la cigüeña guarda a los niños, que le interesan como representaciones simbólicas del embarazo y que en la caída de los caballos corpulentos o pesadamente cargados haya visto representado un parto.

El caballo caído no era, pues, tan sólo el padre en trance de muerte, sino también la madre en el del parto. Y ahora nos procura Juanito una sorpresa, a la que ciertamente no estamos preparados. Teniendo tres años y medio observó el embarazo de la madre, que terminó en el nacimiento de la pequeña, y después del parto, si no antes, reconstruyó todo el proceso, aunque sin exteriorizarlo, y quizá sin poderlo exteriorizar.

Sólo pudo observarse, por entonces, que inmediatamente después del parto acogió con un absoluto escepticismo todo lo referente a la fábula de la cigüeña.

El análisis demuestra, sin dejar lugar a dudas, que en su inconsciente y en palmaria contradicción con sus manifestaciones oficiales, sabía muy bien de dónde procedía la niña y dónde había estado encerrada hasta el parto.

Es éste, quizá, el fragmento más irrebatible del análisis.

Prueba incontrastable de ello es la fantasía, tenazmente sostenida y adornada con tantos detalles, de que Hanna estaba ya con ellos en Gmunden el verano anterior a su nacimiento, y de cómo había hecho el viaje poseyendo por entonces una capacidad funcional mucho más amplia que luego un año después de venir al mundo.

El descaro con el que Juanito relata esta fantasía y las innumerables e imprudentes mentiras que en ella entreteje no carecen ciertamente de sentido. Todo ello constituye una venganza contra su padre, al que guarda rencor por haberle querido engañar con la fábula de la cigüeña.

Es como si quisiera decirle: Si tú me has tenido por tonto y has supuesto que iba a creerme que la cigüeña había traído a Hanna, también yo puedo exigirte que aceptes mis invenciones.

En clara conexión con este acto de venganza del pequeño investigador contra su padre surge ahora la fantasía de golpear y excitar a los caballos.

Esta fantasía muestra también una doble determinación: se apoya, por un lado, en la burla de que acaba de hacer objeto a su padre y renueva, por otro, oscuros impulsos sádicos referidos a la madre e integrados también, sin que entonces llegáramos nosotros a descubrirlos, en las fantasías delictivas anteriores. También conscientemente contesta Juanito su deseo de pegar a la madre.

No esperamos ya muchos enigmas. Una oscura fantasía de perder el tren parece constituir una premisa de aquella otra en la que Juanito casa a su padre con la abuela de Lainz, pues en la primera se trata ya de un viaje a Lainz e interviene la abuela. Otra fantasía, en la que un chico da 50.000 florines al vigilante para que le deje subir en la vagoneta, parece constituir un proyecto de comprar la madre al padre, cuyo poder reside parcialmente en su riqueza.

Luego, con una franqueza desusada en él hasta entonces, confiesa su deseo de hacer desaparecer al padre porque estorba su intimidad con la madre. No debemos extrañar que estos impulsos optativos aparezcan repetidamente en el curso del análisis.

Tal monotonía aparente es sólo producto de las interpretaciones a ellos enlazadas, pues para Juanito no son meras repeticiones, sino desarrollos progresivos, desde tímidos indicios hasta una claridad plenamente consciente y exenta de toda deformación.

Siguen luego manifestaciones con las que Juanito confirma los resultados analíticos obtenidos. Con un claro acto sintomático, que sólo disfraza levemente ante la criada, pero no ante su padre, muestra cómo se imagina él un parto.

Por el agujero redondo abierto en el cuerpo de un muñeco de goma introduce una navajita, perteneciente a su madre, y la hace caer al exterior desgarrando las piernas del muñeco.

La explicación que luego le dan sus padres de que los niños nacen efectivamente en el cuerpo de las madres y son expulsados de él como las heces y la defecación llega demasiado tarde. No puede enseñarle ya nada nuevo.

Por medio de otro acto sintomático ulterior confiesa que ha deseado la muerte de de su padre, dejando caer – tirando – el caballito con el que juega en momento mismo en el que el padre le habla de aquel deseo. Confirma también, de palabra, que los vehículos pesadamente cargados eran para él representaciones del embarazo de la madre, y que la caída del caballo era como cuando se tiene un niño.

La más preciada confirmación a este respecto, la prueba de que los niños son excrementos, por la invención del nombre «Lodi» para su niña preferida, llega con retraso a nuestro conocimiento, pues averiguamos que hace ya mucho tiempo que venía jugando, en su imaginación, con aquella ‘niña – salchicha’.

Ya hemos examinado las dos últimas fantasías de Juanito con las cuales se completa su curación. La primera, en la cual el fontanero le procura un pene nuevo, y como el padre adivina, más tarde no es sólo la repetición de otra superior de análogo contenido.

Es también una victoriosa fantasía optativa e integra el vencimiento del miedo a la castración. La segunda fantasía, que confiesa el deseo de estar casado con su madre y tener de ella muchos niños, no sólo agota el contenido de aquellos complejos inconscientes removidos a la vista del caballo caído y que habían desarrollado angustia, sino que corrige lo que de aquellos pensamientos no era admisible, sustituyendo la muerte del padre por su matrimonio con la abuela.

Esta fantasía pone término feliz a la enfermedad y al análisis.

Mientras adelantamos en el análisis de un caso no es posible obtener una impresión exacta de la estructura y la evolución de la neurosis. Para ello se hace precisa una labor sintética ulterior.

Al emprender ahora esta síntesis de la fobia de Juanito tomaremos como punto de partida nuestra descripción anterior de su constitución, de sus deseos sexuales directivos y de los sucesos por él vividos hasta el nacimiento de su hermanita.

Este acontecimiento trajo consisto muchas cosas que perturbaron va duramente la vida de nuestro pequeño sujeto.

En primer lugar, una dolorosa separación temporal de su madre y luego una prolongada disminución de los cuidados y atenciones que la misma le prodiga y que Juanito tuvo ahora que acostumbrarse a compartir con la niña.

Después, una reviviscencia de las experiencias placientes extraídas por el espectáculo de los que ahora se prodigaban a la pequeña. De ambas influencias resultó una intensificación de sus necesidades eróticas, a las que empezó a faltar satisfacción suficiente.

De las pérdidas ocasionadas por la llegada de la hermanita se compensa Juanito con la fantasía de que también él tiene hijos, y mientras pudo jugar y convivir realmente con otros niños, en quienes encarnaba su imaginaria descendencia (durante su segundo veraneo en Gmunden), su ternura halló derivación bastante.

Pero a su retorno a Viena se encontró de nuevo solitario, acumuló sobre su madre todos sus deseos y exigencias y sufrió una privación más al ser expulsado de la alcoba de los padres, en la que había convivido con ellos hasta los cuatro años y medio.

Su excitabilidad erótica, intensificada, se exteriorizó ahora en fantasías, en las cuales evocaba a sus amiguitos de Gmunden, y en satisfacciones autoeróticas regulares por excitación masturbatoria de los genitales.

El nacimiento de la hermanita le procuró también el estímulo a una labor mental que, por un lado, no podía llegar a solución alguna y, por otro, le creaba conflictos sentimentales.

Se le planteó el gran problema de la procedencia de los niños, el primero que pone a prueba las energías mentales infantiles y el cual no es, quizá, sino una deformación del enigma de la esfinge tebana. La explicación de que a Hanna la había traído la cigüeña la rechaza desde el primer momento.

Había observado que a su madre se le había hinchado el vientre meses antes del nacimiento de Hanna, y que luego había tenido que guardar cama, se había quejado mucho la noche del parto y había recobrado después su primitiva esbeltez. De todo ello dedujo que Hanna había estado dentro del cuerpo de la madre y había salido luego al exterior como un excremento.

Este último proceso lo creía placiente, fundándose en las sensaciones de placer que primitivamente hubo de procurarle el acto de la defecación. Pudo, por tanto, desear, con doble motivación, tener él mismo niños para parirlos con placer y cuidarlos luego.

En todo ello no había nada que pudiese suscitarle dudas ni conflictos.

Pero había algo distinto que no podía por menos de preocuparle.

El padre debía tener algo que ver con el nacimiento de la pequeña, pues afirmaba que Hanna y el mismo Juanito eran sus hijos. Pero quien los había traído al mundo no era él, sino la madre. Por otro lado, el padre estorbaba su intimidad con la madre.

Cuando el padre estaba en casa, Juanito no podía dormir con la madre, y si ésta pretendía acogerle en su cama, el padre se oponía a gritos. Juanito había comprobado antes cuán grata podía ser para él la ausencia del padre.

El deseo de su desaparición quedó ahora plenamente justificado y reforzada su hostilidad contra él.

El padre le había contado aquella mentira de la cigüeña, haciéndole imposible solicitar nuevas explicaciones sobre la cuestión. No sólo le impedía el acceso a la cama de la madre, sino que le ocultaba lo que tanto ansiaba saber. Le perjudicaba en ambos sentidos, y seguramente en provecho propio.

El hecho de que aquel mismo padre al que había de odiar como rival le había merecido siempre y tenía que seguirle mereciendo un tierno cariño, constituyendo para él modelo y ejemplo, y habiendo sido su primer protector y guardador y su primer compañero de Juegos, provocó en Juanito un primer conflicto sentimental, insoluble al principio. Dado el bondadoso natural de Juanito, el cariño tenía que vencer al odio y mantenerlo sometido, aunque no pudiera hacerlo desaparecer por cuanto el amor a la madre le proporcionaba continuo alimento.

Pero el padre, además de saber de dónde venían los niños, realizaba también algo que Juanito sólo podía presentir oscuramente. La cosita, cuya excitación acompañaba siempre a aquellos pensamientos, debía de tener algo que ver con todo ello, aunque desde luego una cosita mayor de lo que a Juanito le parecía la suya.

Siguiendo las indicaciones que sus sensaciones le proporcionaban, concluyó que debía de tratarse de una violencia de que se hacía objeto a la madre, de un desgarramiento, de una penetración en un espacio cerrado, actos a cuya ejecución sentía en sí un impulso.

Pero, aun hallándose así en camino de llegar a inducir la existencia de la vagina partiendo de sus sensaciones genitales, no le era posible resolver el enigma por oponerse a semejante solución la convicción de que la madre poseía también, como él, una cosita.

La tentativa de solucionar qué es lo que había de hacerse con la madre para que tuviera niños se hundió, pues, en lo inconsciente y los dos impulsos activos, el impulso hostil contra el padre y el impulso sádico – amoroso hacia la madre, permanecieron sin empleo el primero, a causa del amor subsistente al lado del odio, y el segundo, a consecuencia de la perplejidad resultante de las teorías sexuales infantiles.

Sólo en esta forma podemos reconstruir, apoyándonos en los resultados del análisis, los complejos e impulsos optativos inconscientes, cuya represión y reviviscencia hicieron surgir la fobia de Juanito.

Sé que con ello atribuimos a la capacidad mental de un niño de cuatro a cinco años rendimientos muy elevados, pero nos dejamos guiar por los nuevos descubrimientos efectuados y no nos consideramos ligados por los prejuicios de nuestra ignorancia.

Quizá hubiésemos podido utilizar el miedo al acto de armar jaleo con las piernas para cegar aún ciertas lagunas de nuestra demostración. Juanito manifestó ciertamente que le recordaba sus pataleos cuando le obligaban a dejar de jugar para ponerle a hacer caca, de manera que este elemento de la neurosis entra en relación con el problema de si la madre paría los niños paciente o displacientemente, pero no tengo la impresión de que con ello quede totalmente explicado el armar jaleo con las piernas.

Mi sospecha de que se trataba de una evocación de la reminiscencia del comercio sexual entre sus padres, sorprendidos alguna vez por Juanito mientras compartió con ellos la alcoba, no pudo ser confirmada. Habremos, pues, de contentarnos con lo averiguado.

Es difícil precisar, y sólo la comparación con otros varios análisis semejantes podría permitírnoslo, qué influencias provocaron en la situación descrita la transformación del anhelo libidinoso en angustia, o sea en qué punto hubo de iniciarse la represión.

Hasta lograr más amplia experiencia en estas cuestiones dejaremos, pues, sin resolver si el factor decisivo fue la incapacidad intelectual del niño para solucionar el arduo problema de la procreación y utilizar los impulsos agresivos desencadenados por la proximidad de la solución, o una incapacidad somática, una intolerancia de su constitución con respecto a la satisfacción masturbadora habitual, o si la mera persistencia de tan intensa excitación sexual tenía que acabar por originar la transformación mencionada.

Las circunstancias de tiempo impiden adscribir demasiada influencia al motivo ocasional del brote de la enfermedad, pues Juanito presentaba ya indicios de angustia mucho antes de haber presenciado la caída del caballo del ómnibus. De todos modos, la neurosis surgió directamente enlazada a este suceso accidental y conservó la huella del mismo en la elevación del caballo a la categoría de objeto de la angustia.

Esta impresión carece en sí de energía traumática. Sólo la anterior significación del caballo como objeto de preferencia y de interés y el enlace con el incidente de mayor capacidad traumática ocurrido en Gmunden cuando Federico se cayó jugando a los caballos, así como el fácil enlace asociativo entre Federico y el padre, pudieron adscribir tan gran eficacia al accidente casualmente presenciado.

Puede incluso afirmarse que tampoco estas relaciones hubieran bastado, a no ser porque la flexibilidad y la multiplicidad de sentidos de los enlaces asociativos permitieron a aquella misma impresión rozar el segundo de los complejos acechantes en lo inconsciente de Juanito, el complejo del parto, que ponía fin al embarazo de su madre.

A partir de aquí quedaba abierto el camino para el retorno de lo reprimido; camino que fue seguido de manera que el material patógeno quedara transferido al complejo del caballo y transformados uniformemente en angustia todos los afectos concomitantes.

Por circunstancia singular, el contenido de representaciones de la fobia tal y como resultó de este proceso, tuvo aún que someterse a una nueva deformación y sustitución antes que la conciencia tomara conocimiento de él.

El primer miedo que Juanito expresó fue el de que le mordiera un caballo, y procedía de otra escena de Gmunden, relacionada por un lado con los deseos hostiles del padre y por otro con la admonición contra el onanismo. Intervino aquí un influjo derivativo que quizá partiera de los padres.

No estoy muy seguro de que las observaciones correspondientes a este período fueran suficientemente cuidadosas para permitirnos decidir si Juanito dio expresión a aquel temor antes o sólo después de haber sido interpelado por su madre sobre sus hábitos onanistas.

Por mi parte me inclino a suponer lo primero, en contraposición a lo que el historial indica. Por lo demás, es innegable que el complejo hostil al padre encubre totalmente en Juanito al otro, libidinoso, orientado hacia la madre, tal y como fue descubierto y vencido en el análisis. Otros casos patológicos podrían dar ocasión a más amplias consideraciones sobre la estructura de una neurosis, su evolución y desarrollo, pero el historial de la enfermedad de Juanito es muy breve.

A poco de iniciarse queda sustituido por el historial del tratamiento. Si la fobia pareció continuar desarrollándose durante este último y atrayendo a sí nuevos objetos y nuevas condiciones, el padre tuvo penetración suficiente para ver exclusivamente en ello la aparición de algo ya preformado y no un producto nuevo que pudiera atribuirse al influjo del tratamiento. No en todos los casos del tratamiento puede contarse con tal penetración.

Antes de dar por terminada esta síntesis debemos examinar otro punto de vista que nos situará en el centro mismo de las dificultades inherentes a la comprensión de los estados neuróticos. Vemos cómo en nuestro pequeño paciente se desarrolla un poderoso impulso de la represión, que recae precisamente sobre sus componentes sexuales dominantes.

Abandona el onanismo y rechaza de sí, asqueado, todo lo que le recuerda los excrementos y el espectáculo de las funciones de este orden. Pero no son éstos los componentes que excitan el motivo ocasional de la enfermedad (la visión de la caída del caballo) ni tampoco los que proporcionan el material para los síntomas, o sea el contenido de la fobia.

Probablemente llegaremos a una comprensión más profunda del caso patológico volviéndonos hacia aquellos otros que llenan estas condiciones. Tales componentes son en Juanito impulsos que ya antes se hallaban dominados y nunca, que sepamos, pudieron exteriorizarse libremente: sentimientos hostiles y celosos contra el padre e impulsos sádicos correspondientes a un presentimiento del coito con respecto a la madre.

En el temprano vencimiento de estos impulsos se integra quizá la disposición a la enfermedad ulterior.

Estas inclinaciones agresivas no hallaron en Juanito exutorio ninguno, y en cuanto quisieron romper al exterior reforzadas, en una época de privación y de excitación sexual más intensa, surgió aquella pugna a la que damos el nombre de fobia.

Durante la misma, una parte de las representaciones reprimidas penetra, deformada y referida a otro complejo, en la conciencia como contenido de la fobia. Pero la victoria sigue siendo de la represión, que en esta ocasión se extiende a otros componentes distintos de los que buscan un exutorio. De todos modos, el estado patológico permanece ligado a los componentes instintivos sexuales rechazables.

La intención y el contenido de la fobia integran una amplia limitación de la libertad de movimiento. Trátase, pues, de una poderosa reacción contra los oscuros impulsos de movimiento que intentan dirigirse especialmente hacia la madre.

El caballo había sido siempre para Juanito un ejemplo del placer del movimiento («Soy un potrito», decía, saltando y corriendo); pero como este placer integra el impulso al coito, queda restringido por la neurosis, que erige también al caballo en la imagen misma del miedo. Parece como si en la neurosis sólo les quedara a los instintos reprimidos el honor de procurar a la angustia sus pretextos ante la conciencia.

Mas por evidente que aparezca en la fobia la victoria de la repulsa sexual, el carácter de transacción inherente a la enfermedad no consiente que lo reprimido no alcance algo más. La fobia al caballo impide a Juanito salir de casa y facilita su permanencia al lado de la madre.

En este punto se impone, pues, victoriosamente el amor a la madre. La fobia enlaza más estrechamente al enamorado con el objeto de sus deseos, pero al mismo tiempo se cuida muy bien de que no pueda satisfacerlos.

En estos dos efectos se nos revela la verdadera naturaleza de la enfermedad neurótica.

En un inteligente trabajo del que tomamos antes el término de confluencia de los instintos ha expuesto Adler [Der Agressionsbetrieb im Leben und in der Neurose (1908)] cómo la angustia nace de la represión del instinto de agresión y atribuye a este instinto, en una amplia síntesis, el papel principal en los destinos de la vida y de la neurosis.

Nuestra conclusión de que en este caso de fobia la angustia se explicaba por la represión de las tendencias agresivas, hostiles contra el padre y sádicas con respecto a la madre, parece confirmar brillantemente la hipótesis de Adler.

Y, sin embargo, lejos de aceptarla, la consideramos como una generalización errónea. No podemos decidirnos a aceptar la existencia de un instinto especial de agresión al lado de instinto de conservación y el instinto sexual, con los que ya estamos familiarizados.

Me parece que Adler ha encarnado injustificadamente en un instinto especial un carácter general e indispensable de todos ellos, carácter que podríamos describir como la facultad de dar impulso a la motilidad. De los demás instintos quedaría tan sólo la relación con un fin, una vez despojados por el instinto de agresión de la relación con los medios para alcanzarlo.

No obstante todas las inseguridades y oscuridades de nuestra teoría de los instintos, quisiéramos mantener nuestra teoría habitual que deja a cada instinto su capacidad propia para hacerse agresivo, y en los dos instintos que en nuestro Juanito sucumben a la represión reconoceríamos componentes de la libido sexual que ya nos son de antiguo conocidos.

(I) A mi juicio, el cuadro de la vida sexual infantil que nos ofrece la observación del caso de Juanito coincide con la descripción que de ella hicimos en nuestra teoría sexual, basándonos en la investigación psicoanalítica de sujetos adultos. Pero antes de entrar en los detalles de tal coincidencia habré de rebatir dos objeciones que se elevarán, quizá, contra la utilidad de este análisis.

La primera de tales objeciones sería la de que Juanito no es un niño normal, sino una criatura predispuesta a la neurosis; un pequeño «hereditario», como lo demuestra su enfermedad, no siendo correcto, en consecuencia, aplicar a otros niños normales conclusiones válidas quizá en su caso particular; pero sólo en él.

De esta primera objeción me ocuparé más adelante, puesto que sólo restringe el valor de la observación, sin anularlo totalmente. La segunda objeción, mucho más rigurosa, afirmaría que el análisis realizado por su propio padre, que lo lleva, además, a cabo plenamente convencido de la verdad de mis teorías y compartiendo todos mis prejuicios, carece de todo valor objetivo.

Un niño se deja siempre sugestionar fácilmente y más por su propio padre que por ninguna otra persona; por cariño a él, y en agradecimiento a lo mucho que de su infantil persona se ocupa, se dejará sugerir toda clase de cosas, y siendo así, sus manifestaciones carecerán de fuerza probatoria, y sus ocurrencias, fantasías y sueños seguirán, naturalmente, la dirección en la cual son orientados.

Concretando: Todo ello sería, de nuevo, pura «sugestión», y mucho más fácil de desenmascarar en el niño que en los adultos.

Es harto singular lo que en esta cuestión sucede. Recuerdo muy bien con cuánta burla acogieron los neurólogos y los psiquíatras de la vieja generación la teoría de la sugestión y de sus efectos hace veintidós años, cuando yo empezaba a intervenir en las controversias científicas.

Pero de entonces acá han cambiado mucho las cosas. La oposición se ha trocado en favor, y ello, no sólo a consecuencia de los trabajos publicados en el curso de estos dos decenios por Liébault, Bernheim y sus discípulos, sino también por haberse descubierto cuánto esfuerzo mental puede ahorrar el concepto de «sugestión» generosamente aplicado a diestro y siniestro.

Nadie sabe, ni se preocupa tampoco en averiguarlo, qué cosa es la sugestión, de dónde procede y cuándo tiene efecto. Basta con poder atribuirle todos aquellos fenómenos anímicos para los cuales no se encuentra una explicación cómoda e inmediata. No comparto la opinión, muy extendida hoy, de que las manifestaciones de los niños son totalmente arbitrarias y nada fidedignas.

En lo psíquico no existe la arbitrariedad, y la falta de autenticidad de las manifestaciones infantiles proviene de la preponderancia de su fantasía, como en los adultos de la preponderancia de sus prejuicios. Fuera de esto, el niño no miente jamás sin causa, y, en general, muestra mayor amor a la verdad que los adultos. Rechazar sin formación de causa todas las manifestaciones de Juanito sería cometer con él una enorme injusticia.

Es perfectamente posible distinguir cuándo falsea o retiene la verdad bajo la coerción de una resistencia, cuándo acepta, indeciso aún en su fuero interno, las opiniones de su padre y cuándo comunica sinceramente, libre de toda presión, su íntima verdad, hasta entonces sólo de él conocida. No ofrecen ciertamente mayores garantías las manifestaciones de los adultos.

Sigue siendo muy de lamentar que ninguna exposición de un psicoanálisis pueda transmitir las impresiones que el analista recibe durante su desarrollo, y que la convicción definitiva no puede adquirirse nunca por medio de la lectura, sino sólo por experiencia personal y directa. Pero de estos defectos adolecen en igual medida los análisis de sujetos adultos.

Los padres describen a Juanito como un niño alegre y sincero, y así debía efectivamente haber llegado a ser gracias al método de educación empleado por sus padres y consistente esencialmente en la omisión de todos nuestros habituales pecados pedagógicos.

Mientras Juanito pudo llevar adelante sus investigaciones con alegre ingenuidad y sin la menor sospecha de los conflictos que pronto habían de surgir en ellas, se expresó siempre francamente y sin reserva alguna, y así las observaciones anteriores a su fobia no suscitan dudas ni objeciones de ningún género.

Luego, en la época de la enfermedad y durante el análisis, sus palabras dejan ya de corresponder en alguna ocasión a su pensamiento, incongruencia dependiente en parte de la acumulación de material inconsciente que no le es posible dominar de una vez, y en parte de las reservas que le imponen sus relaciones con sus padres. De todos modos, y sin abandonar la más absoluta imparcialidad, puedo afirmar que tampoco estas desviaciones fueron mayores que en tantos otros análisis de adultos.

En el curso del análisis hubo que decirle, desde luego, muchas cosas que él no sabía decir espontáneamente, facilitarle ideas de las cuales no se había manifestado aún en él indicio ninguno y orientar su atención hacia aquellos caminos por los que el padre esperaba ver acercarse nuevos elementos.

Ello debilita la fuerza probatoria del análisis; pero también en todo análisis se sigue igual procedimiento.

En todo análisis suministra el médico al paciente, en mayor o menor medida, aquellas representaciones conscientes que han de permitirle reconocer y aprehender lo inconsciente. La amplitud de este auxilio varía mucho, según los casos, pero en ninguno puede prescindirse de él.

Nadie puede curarse por sí solo más que leves perturbaciones, nunca una neurosis opuesta al yo como algo ajeno a él. Para curar de tal enfermedad necesita el sujeto la ayuda de otro, y la posibilidad de curación estará en razón directa de la medida en que el otro pueda ayudarle.

Así, aquellas neurosis que apartan al enfermo de todo contacto con sus semejantes aislándolos por completo, tales como las que reunimos bajo el apelativo común de la «demencia precoz», resultan totalmente inaccesibles a nuestra labor terapéutica. Concedemos, pues, que el niño, por el escaso desarrollo de sus sistemas intelectuales, precisa de una ayuda especialmente intensa.

Pero aquello que el médico comunica al enfermo procede, a su vez, de la experiencia acumulada en otros análisis, y ya resulta suficientemente probatorio el hecho de que por medio de esta intervención médica se consiga el descubrimiento y la solución del material patógeno.

A pesar de todo esto, nuestro pequeño paciente ha demostrado también en el curso del análisis independencia suficiente para absorverle de toda acusación de «sugestión».

Como todos los niños, aplica al material de que dispone sus teorías sexuales infantiles sin necesidad de estímulo alguno exterior. Tales teorías son totalmente ajenas al pensamiento del adulto, y en este caso incurrí en la omisión de advertir al padre que el camino hacia el tema del nacimiento había de conducir primeramente a Juanito a través de todo el complejo de la excreción.

Aquel período del análisis que a consecuencia de esta negligencia mía resulta un tanto oscuro nos procura, en cambio, un testimonio de autenticidad y la independencia de la labor mental de Juanito. Vemos, en efecto, que comenzó de pronto a ocuparse de los excrementos, sin que el padre, sospechado de sugestionar, pudiera comprender cómo llegaba a ello ni lo que de ello había de resultar.

Tampoco puede atribuirse al padre la menor participación en las dos fantasías del fontanero, emanadas del complejo de la castración, tan tempranamente adquirido por Juanito.

A este respecto, he de confesar haber silenciado al padre mi esperanza de que surgiera tal enlace, movido por un interés teórico, y para no debilitar la fuerza probatoria de semejante testimonio, difícilmente alcanzable de otro modo.

Profundizando más en los detalles del análisis, hallaríamos nuevas pruebas de la independencia de nuestro Juanito en cuanto a la «sugestión». Pero prefiero cortar en este punto mi respuesta a la primera objeción.

Sé muy bien que tampoco con este análisis convenceré a nadie que no quiera dejarse convencer y prefiero continuar el examen de esta observación para aquellos lectores que han llegado ya a la convicción de la objetividad del material patógeno inconsciente, no sin antes hacer constar la grata certeza de que el número de tales lectores va aumentando de día en día.

El primer rasgo imputable a la vida sexual de Juanito consiste en un vivísimo interés por su «cosita de hacer pipí», interés que hace de él un investigador.

Descubre así una posibilidad de diferenciar lo animado y lo inanimado, basándose en la posesión o carencia de la cosita. Presupone la existencia de este órgano importantísimo en todos aquellos seres que juzga semejantes a su propia persona, lo estudia en los animales de gran tamaño y lo atribuye tanto a su padre como a su madre, e incluso a su hermanita recién nacida, contra el testimonio directo de sus propios ojos.

El descubrimiento de su falta en algún ser análogo a él echaría por tierra toda su «concepción del universo»; sería como si le despojaran a él mismo de tan preciado órgano. Una amenaza de la madre, consistente nada menos que en la pérdida de la cosita, es, por tanto, rápidamente reprimida y queda así facultada para exteriorizar en épocas posteriores sus efectos.

La intervención de la madre fue provocada por el descubrimiento de que Juanito gustaba de procurarse sensaciones placientes por medio del tocamiento de aquel miembro.

El pequeño sujeto inicia así la forma más corriente – y la más normal – de la actividad sexual autoerótica. Por un proceso que Alfredo Adler ha calificado muy acertadamente de «confluencia de los instintos» se enlaza el placer proporcionado por el propio tocamiento genital con el placer visual en sus formas activas y pasivas.

El pequeño desarrolla una intensa curiosidad sexual, procura ver la cosita de otras personas y gusta de mostrar la suya. uno de sus sueños, correspondiente al período inicial de la represión, tiene por contenido el deseo de que una de sus amiguitas le ponga a hacer pipí; esto es, de que le vea la cosita.

El sueño demuestra que tal deseo ha permanecido hasta entonces irreprimido, y otros datos ulteriores testimonian de que solía hallar satisfacción. La orientación activa del placer visual sexual no tarda en enlazarse en él a un motivo determinado. Cuando repetidamente manifiesta, tanto a su padre como a su madre, su disgusto por no haberles visto aún nunca la cosita, le impulsó a ello, probablemente, la necesidad de comparar.

El propio yo es siempre la medida que aplicamos al mundo exterior; una continua comparación con nuestra propia persona nos enseña a comprenderlo. Juanito ha observado que los animales de gran tamaño tenían también la cosita mucho más grande que la suya; supone en sus padres igual proporción y quisiera comprobarlo. Cree que su madre deberá tener una cosita «como la de un caballo», y para consolarse de su inferioridad actual piensa que la suya irá creciendo conforme él mismo crezca.

Es como si el deseo infantil de ser grande recayese aquí especialmente sobre lo genital.

En la constitución sexual de Juanito es, pues, desde un principio la zona genital la más intensamente acentuada de placer de todas las zonas erógenas. Fuera de ellas sólo hallamos testimoniado el placer excremental enlazado a los orificios de la micción y la defecación.

Su última feliz fantasía, con la cual queda dominada su enfermedad y en la que tiene niños a los que lleva al retrete y les limpia el trasero, «haciendo con ellos todo lo que se hace con los niños», nos fuerza a admitir que aquellas mismas operaciones constituyen para él, en su primera infancia, una fuente de sensaciones de placer.

Este placer, emanado de zonas erógenas, le fue procurado por la persona que le atendía, por su madre, y conduce ya, por tanto, a la elección de objeto. Pero ello no excluye la posibilidad de que en épocas aún más tempranas se hallase él habituado a procurárselo de un modo autoerótico, siendo de aquellos niños que acostumbran retener las excretas hasta que su evacuación puede proporcionarle una sensación voluptuosa. Hablo simplemente de posibilidad, porque el análisis no llegó a poner en claro este extremo.

El acto de «armar jaleo» con las piernas (patalear), que tanto le asusta luego, es lo único que nos orienta en esta dirección. Por otra parte, las fuentes de placer indicadas no muestran en Juanito la singular importancia que es frecuente en otros niños.

Adquirió pronto hábitos de limpieza, y la incontinencia nocturna no desempeñó papel alguno en sus primeros años. Tampoco observamos en él indicio alguno de la tendencia a jugar con los excrementos, tan repugnante en los adultos cuando surge de nuevo en ellos al término del proceso psíquico de regresión.

Haremos ya resaltar que durante su fobia se evidencia la represión de estos dos componentes de la actividad sexual muy desarrollada en él. Le da vergüenza orinar delante de otros, se acusa de «darle la mano» a la cosita, se esfuerza en abandonar el hábito de la masturbación y le repugna la «caca» y el «pipí» y todo lo que se los recuerda.

En la fantasía de «sus niños» retira luego esta última represión. Una constitución sexual como la de nuestro Juanito no parece integrar disposición alguna al desarrollo de perversiones o de su negativo, las neurosis. Por lo que hasta ahora he llegado a saber (en este punto conviene aún observar una prudente reserva), la constitución congénita de los histéricos – y la de los perversos, naturalmente – se caracteriza por la primacía que adquieren sobre la zona genital las demás zonas erógenas. Una única «aberración» de la vida sexual constituye excepción a esa regla.

En los sujetos ulteriormente homosexuales que, según una hipótesis mía y las observaciones de I. Sadger (1908 y 1909), pasan todos en su infancia por una fase anfígena, hallamos igual preponderancia infantil de la zona genital, y muy especialmente del pene. Precisamente esta elevada estimación del miembro viril es la fatalidad de los homosexuales.

En su infancia eligen a la mujer como objeto sexual mientras presuponen también en ella la existencia de aquel órgano, que juzgan indispensable, y luego, cuando se convencen de que la mujer les ha engañado en este punto, les resulta ya inaceptable como tal objeto.

No pueden prescindir del pene en la persona que haya de incitarles al comercio sexual, y en el caso más favorable fijan su libido en «la mujer provista de pene»; esto es, en el adolescente de apariencia femenina. Los homosexuales son, pues, personas a quienes la importancia erógena de su propio órgano genital no consiente prescindir, en su objeto sexual, de tal coincidencia con la propia persona.

En la evolución desde el autoerotismo al amor a un objeto han quedado fijados en un punto más próximo al autoerotismo.

Sería improcedente distinguir un instinto homosexual especial. Lo que hace al homosexual no es una particularidad de la vida instintiva, sino de la elección de objeto ya en nuestros ‘TRES ENSAYOS’ indicamos que era un error suponer demasiado íntima la unión del instinto y el objeto en la vida sexual.

El homosexual, de instintos quizá normales, no puede libertarse de un objeto caracterizado por una determinada condición. Durante su infancia, mientras supone que dicha condición se cumple generalmente en torno suyo, puede conducirse como nuestro Juanito, el cual se muestra igualmente cariñoso con los niños que con las niñas, y en una ocasión declara que su amiguito Federico es su «nena más querida».

Juanito

es homosexual en un sentido, en el que todos los niños pueden serlo, puesto que no conocen más que una clase de órgano genital, un genital como el suyo. Pero la evolución ulterior de nuestro pequeño sujeto no se encamina hacia la homosexualidad, sino hacia una enérgica virilidad polígama, que sabe conducirse diferentemente, según las características de sus distintos objetos sexuales, emprendedora unas veces, tímida y platónica otras.

En una época de escasez de objetos amorosos, esta inclinación retorna a la madre, partiendo de la cual se había orientado hacia otras personas, para fracasar con ella y caer en la neurosis.

Sólo entonces averiguamos cuánta intensidad hubo de alcanzar el amor a la madre y por qué destinos ha atravesado.

El fin sexual que Juanito persigue en sus relaciones con sus infantiles amiguitas, de dormir con ellas, procedía ya del complejo materno.

Siguiendo la trayectoria ordinaria que tiene su punto de partida en los cuidados prodigados al niño por sus guardadores, Juanito halla el camino hacia el amor objetivado, y su conducta queda determinada en él por un nuevo placer, el de dormir junto a su madre, satisfacción erótica entre cuyos componentes hacemos resaltar el placer del contacto epidérmico, al cual integramos todos una disposición de orden constitucional, y que, según nomenclatura de Moll, un tanto artificiosa, habría de ser designado como satisfacción del instinto de «contrectación».

En sus relaciones con sus padres confirma Juanito con máxima evidencia las afirmaciones que incluimos en TRES ENSAYOS y en LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS sobre las relaciones sexuales de los niños con sus padres.

Es verdaderamente un pequeño Edipo, que quisiera hacer desaparecer a su padre para quedarse solo con su madre y dormir con ella.

Este deseo surgió durante el veraneo, cuando las alternativas de presencia y ausencia del padre le revelaron las condiciones a las que se hallaba ligada la ansiada intimidad con la madre. Por entonces se contentó con desear que el padre se marchase, deseo al cual pudo enlazarse luego directamente, merced a una impresión accidental recibida con ocasión de otra partida el miedo a ser mordido por un caballo blanco.

Más tarde, probablemente a su retorno a Viena, donde no podía contar ya con ausencias del padre, aquel deseo se convirtió en el de que el padre muriera. La angustia emanada de este deseo de muerte contra el padre, y, por tanto, normalmente motivada, fue el mayor obstáculo opuesto al análisis hasta su vencimiento en la visita que Juanito hizo a mi consulta.

Pero nuestro Juanito no es un malvado, ni siquiera uno de aquellos niños en quienes las inclinaciones crueles y violentas de la naturaleza humana se encuentran aún libremente desarrolladas en esta época de la vida. por el contrario su natural es extraordinariamente bondadoso y cariñoso.

El padre hace constar en sus notas que la transformación del instinto de agresión en compasión se desarrolló en Juanito muy tempranamente.

Mucho antes de la fobia se inquietaba cuando veía pegar a un caballo, y nunca dejaba de conmoverse cuando alguien lloraba en su presencia.

En un período del análisis. Juanito nos revela, en una determinada relación, cierto montante de sadismo. Pero se trata de un impulso totalmente dominado, y el curso ulterior de la investigación analítica nos revela a qué responde y qué es lo que ha de sustituir.

Juanito

, al mismo tiempo que desea la muerte a su padre, le quiere fervorosamente, y en tanto que su inteligencia rechaza tal contradicción, se ve forzado a demostrar su efectiva existencia por medio de un acto sintomático, consistente en darle un manotazo a su padre y besar luego el lugar golpeado.

También nosotros habremos de guardarnos de rechazar la posibilidad de una tal contradicción. La vida sentimental de los hombres se compone en general de tales antítesis.

Si así no fuera, no habría probablemente ni represión ni neurosis.

Estos impulsos antitéticos, de cuya simultaneidad el adulto sólo llega a adquirir conciencia en la culminación de la pasión amorosa y que fuera de tal momento luchan por sobreponerse recíprocamente hasta que uno de ellos consigue mantener encubierto al otro, coexisten pacíficamente yuxtapuestos en la vida anímica de los niños durante todo un período.

El suceso más importante para el desarrollo psicosexual de nuestro héroe es el nacimiento de su hermanita cuando él tenía tres años y medio.

Este acontecimiento dio más agudo interés a sus relaciones con sus padres y planteó a su pensamiento insolubles problemas, en tanto que el espectáculo de los cuidados corporales de que era objeto la recién nacida despertaba en él las huellas mnémicas de sus más tempranas experiencias de placer. También esta última influencia es típica.

En toda una serie insospechadamente amplia de historiales clínicos nos vemos obligados a tomar como punto de partida esta floración del placer sexual y de la curiosidad sexual consecutiva al nacimiento de un hermanito. La conducta general del niño ante el intruso ha quedado descrita en mi Interpretación de los sueños.

A los pocos días del nacimiento de su hermana, Juanito, enfermo y con fiebre, delata su disconformidad con aquel aumento de la familia.

En este caso surge, en primer término cronológicamente, la hostilidad; el cariño podrá venir después.

El miedo a que todavía puedan venir más niños ocupa desde este momento un lugar en el pensamiento consciente de Juanito. Durante la neurosis, la hostilidad, ya dominada, queda representada por un miedo especial, el miedo a la bañera.

En el análisis, Juanito manifiesta francamente, y no sólo por medio de alusiones que el padre hubiera de interpretar, sus deseos de muerte contra su hermanita.

Su autocrítica no juzga tan perverso aquel deseo como el de análogo contenido contra el padre.

A éste y a la hermanita les da idéntico trato en su inconsciente, porque los dos estorban su deseo de quedarse solo con la madre.

Este suceso y los estímulos a él enlazados dan a sus deseos una nueva orientación.

En su victoriosa fantasía final acumula todos los impulsos optativos eróticos: los procedentes de la fase autoerótica y los relacionados con el amor objetivado.

Está casado con su madre y tiene incontables niños a los que puede atender y cuidar a su manera.


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