Planeta Freud

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Autobiográficamente descrito 1910 [1911] (Caso «Schreber»)

freudLos médicos que no ejercemos nuestra profesión en establecimientos de carácter público tropezamos con grandes dificultades para la investigación analítica de la paranoia. No podemos admitir en nuestra consulta a tales enfermos ni, en todo caso, retenerlos por mucho tiempo, pues no aplicamos nuestro tratamiento sino cuando esperamos obtener con él algún efecto terapéutico.

En consecuencia, sólo en casos excepcionales he podido lograr una visión algo profunda de la estructura de la paranoia, bien porque la inseguridad del diagnóstico no siempre fácil, justificara una tentativa analítica o porque los mismos familiares del enfermo hubieron de pedirme que le sometiera a tratamiento durante algún tiempo, a pesar de la seguridad del diagnóstico.

Por lo demás, veo naturalmente numerosos enfermos paranoicos y dementes que me ilustran sobre la enfermedad tanto como a los demás psiquíatras. Pero ello no basta, en general, para deducir conclusiones psicoanalíticas.

La investigación psicoanalítica de la paranoia sería totalmente imposible si los enfermos no presentaran la peculiaridad de revelar espontáneamente, aunque alterado por la deformación, aquello que los demás neuróticos ocultan como su más íntimo secreto.

Dado que los paranoicos no pueden ser obligados a vencer sus resistencias internas y sólo dicen lo que quieren decir, resulta factible sustituir en esta enfermedad el conocimiento personal del enfermo por la descripción escrita o impresa de su historial patológico. No creo, por tanto, inadecuado enlazar interpretaciones analíticas al historial patológico de un paranoico (dementia paranoides) al que jamás he visto, pero que ha escrito y publicado la historia de su enfermedad.

Trátase del doctor en Derecho Daniel Pablo Schreber, magistrado de los Tribunales de Sajonia, cuyas Memorias de un neurótico aparecieron en 1903, despertando, si mis informes son exactos, gran interés entre los psiquíatras.

Es posible que el doctor Schreber viva todavía y, encontrándose ya muy alejado de los delirios que en 1903 describía, no le sean gratas estas observaciones sobre su libro. Pero en cuanto su personalidad actual se conserva idéntica a la anterior, ha de serme lícito invocar aquellos argumentos que él mismo, «hombre de inteligencia superior, entendimiento singularmente agudo y precisas dotes de observación», oponía a los esfuerzos realizados para hacerle desistir de la publicación de sus Memorias:

«No se me ocultan los inconvenientes que parecen oponerse a la publicación de mi libro.

El mayor de ellos estriba en la consideración debida a personas que viven todavía.

Mas, por otro lado, creo muy conveniente para la ciencia y para el conocimiento de ciertas verdades religiosas hacer posible aún durante mi vida la observación de mi cuerpo y de mis destinos por personas peritas.

Ante esta reflexión se desvanecen todas las consideraciones personales.» En otro lugar de su libro manifiesta haberse decidido a publicarlo, aun cuando su médico, el doctor Flechsig de Leipzig, le llevara ante los tribunales.

En este punto atribuye a Fleschsig una serena comprensividad que ahora puedo yo atribuirle a él:

«Espero -escribe- que el interés científico de mis Memorias venza en el doctor Flechsig posibles susceptibilidades personales.»

Aunque en las páginas que siguen citaré textualmente aquellos pasajes de las Memorias que apoyan mis interpretaciones, ruego, sin embargo, al lector que repase primero, siquiera sea ligeramente, el libro de Schreber.

Historial clínico

El doctor Schreber escribe: «Dos veces he estado enfermo de los nervios y ambas a consecuencia de un exceso de trabajo intelectual. La primera, siendo magistrado en Chemnitz, a consecuencia de la actividad desplegada en unas elecciones al Parlamento, y la segunda, a causa de la extraordinaria labor que hube de desarrollar al hacerme cargo del puesto de presidente del Tribunal de Dresden

La primera enfermedad se inició en el otoño de 1884 y curó por completo a fines de 1885. Flechsig, en cuya clínica pasó el paciente seis meses, diagnosticó su enfermedad, en un certificado ulterior, como un grave acceso de hipocondría.

El doctor Schreber asegura que esta enfermedad transcurrió «sin incidente alguno de carácter metafísico».. Ni las memorias del sujeto ni los certificados de los médicos en ellas transcritos nos informan suficientemente sobre su historia anterior ni sobre las circunstancias particulares de su vida. No me es siquiera posible indicar cuál era su edad al enfermar por vez primera, si bien el alto grado que ya ocupaba en la Magistratura antes de su segunda enfermedad puede servirnos para fijar aproximadamente un mínimo.

Averiguamos que en la época de su hipocondría el doctor Schreber estaba casado hacía ya mucho tiempo.

El mismo nos lo dice: «Más intensa aún fue la gratitud de mi mujer, que veía en el profesor Flechsig al hombre que le había devuelto a su marido, y tuvo así durante muchos años su retrato encima de su mesa de trabajo.»

Y más adelante:

«Una vez curado de mi primera enfermedad, viví al lado de mi mujer ocho años felicísimos, ricos también en distinciones externas y sólo turbados por haberse malogrado repetidamente durante ellos nuestra esperanza de lograr descendencia.»

En junio de 1893 le fue anunciado su próximo nombramiento de presidente del Tribunal de Dresden, cargo que ocupó el día primero de octubre del mismo año.

En este intervalo tuvo varios sueños a los que sólo ulteriormente hubo de conceder importancia.

Soñó repetidas veces que sufría una recaída en su antigua enfermedad neurótica, circunstancia que le apenaba tanto durante el sueño como luego al despertar le regocijaba verla desvanecida.

Además, una mañana, en estado de duermevela, tuvo «la idea de que debía de ser muy agradable ser una mujer en el momento del coito», idea que luego, con plena conciencia, rechazó indignado.

Su segunda enfermedad se inició a finales de octubre de 1893 con tenaces insomnios que le hicieron ingresar de nuevo en la clínica de Flechsig. Pero esta vez empeoró rápidamente en ella.

Un certificado ulterior expedido por el director del sanatorio Sonnenstein describe el desarrollo de su dolencia: Al principio de su estancia en la clínica del doctor Flechsig, el enfermo manifestaba sobre todo ideas hipocondríacas, quejándose, por ejemplo, de que padecía reblandecimiento cerebral y afirmando que no tardaría en morir.

Pero ya se mezclaban en el cuadro patológico algunas ideas de persecución fundadas en alucinaciones sensoriales que al principio parecieron emerger aisladas, en tanto se presentaba en el sujeto una intensa hiperestesia y una gran sensibilidad a la luz y al ruido.

Más tarde se acumularon ya las alucinaciones visuales y auditivas hasta dominar por completo toda su sensibilidad y todo su pensamiento.

Se creía muerto y putrefacto, o enfermo de la peste; se lamentaba de que su cuerpo era sometido a repugnantes manipulaciones y sufría, según manifiesta todavía actualmente, espantosos tormentos que soportaba por una causa sagrada.

Las sugestiones patológicas absorbían al enfermo tan por completo, que permanecía horas enteras ensimismado e inmóvil (estupor alucinatorio), inaccesible a toda otra impresión, y, por otro lado, le atormentaban de tal modo, que deseaba la muerte; intentó ahogarse repetidamente en el baño y pedía de continuo «el ácido prúsico que le estaba destinado».

Poco a poco, sus delirios fueron tomando un carácter místico y religioso; hablaba directamente con Dios, los demonios le hostigaban, veía «apariciones milagrosas», oía «música divina» y creía, por último, «vivir en otro mundo».

Agregamos que insultaba a diversas personas por las cuales se creía perseguido y perjudicado; pero ante todo a su médico anterior, Flechsig, al que calificaba de «asesino de almas» y del que se burlaba llamándole repetidamente «el pequeño Flechsig», acentuando intensamente la primera palabra.

Se había trasladado desde Leipzig a la clínica Sonnenstein, de Pirna, en junio de 1894, y permaneció en ella hasta la estructuración definitiva de su estado.

En el curso de los años siguientes se transformó el cuadro clínico en una forma que el doctor Weber, director del establecimiento, describe así: «Sin entrar más minuciosamente en los detalles del curso de la enfermedad, nos limitaremos a indicar cómo en el desarrollo ulterior de la psicosis aguda inicial, que hubo de ser diagnosticada como una demencia alucinatoria, fue surgiendo cada vez más marcadamente, o, por decirlo así, cristalizando el cuadro clínico paranoico que hoy presenta el enfermo.»

Había edificado, en efecto, por un lado, un artificioso sistema de delirios que merece nuestro mayor interés, y por otro, había reconstruido su personalidad hasta el punto de mostrarse perfectamente capacitado para volver a la vida normal, presentando tan sólo algunos trastornos aislados.

El doctor Weber manifiesta en un certificado expedido en el año de 1899.

«En la actualidad, el doctor Schreber, aparte de algunos síntomas psicomotores que incluso el observador más superficial ha de reconocer patológicos, no muestra signo alguno de demencia ni inhibición psíquica, y tampoco su inteligencia aparece visiblemente disminuida. Reflexiona bien, su memoria es excelente, dispone de un considerable acervo de conocimientos, no sólo en cuestiones jurídicas, sino también en muchos otros sectores, y puede exponerlos en procesos mentales perfectamente ordenados.

Se interesa por la política, la ciencia, el arte, etcétera, y se ocupa continuamente de tales materias, sin que el observador ignorante de su enfermedad pueda reconocer en sus palabras sobre tales temas signo alguno de perturbación.

Pero, con todo, el paciente se halla invadido por representaciones patológicamente condicionadas que han formado un sistema total, se hallan más o menos fijadas y no parecen accesibles a una rectificación por la aprehensión objetiva y el enjuiciamiento de las circunstancias reales.»

El enfermo, aliviado hasta este punto, se consideraba ya capaz de volver a la vida activa e inició las gestiones necesarias para anular la declaración de su incapacidad y poder salir de la clínica.

El doctor Weber se oponía a estos deseos y certificaba en contra de ellos; pero en su informe de 1900 no pudo ya menos de describir favorablemente la conducta y el estado de su paciente:

«El que suscribe ha tenido durante nueve meses ocasión continuada de conversar diariamente, durante el almuerzo en la mesa redonda de la clínica, con el doctor Schreber sobre toda clase de cuestiones.

Cualquiera que sea el tema de la conversación, y aparte, claro está, de sus ideas delirantes, el doctor Schreber revela, tanto en cuestiones políticas como en las referentes a la administración de justicia, al arte y a la literatura, un intenso interés, profundos conocimientos, buena memoria, excelente juicio y sanas ideas morales.

También en la conversación superficial con las señoras presentes se muestra amable y cortés, e incluso al tratar en forma humorística ciertas cuestiones revela siempre exquisito tacto, sin que jamás haya llevado a la conversación de la mesa cuestiones más bien propias de la visita médica.»

Incluso en un asunto de orden económico que atañía a los intereses de toda su familia intervino por entonces con pericia profesional y de un modo perfectamente adecuado.

En los repetidos escritos que el doctor Schreber dirigió en esta época a los tribunales en demanda de su libertad no negaba en absoluto su perturbación ni ocultaba su intención de dar a la publicidad sus Memorias.

Muy al contrario, acentuaba el valor de sus meditaciones en cuanto a la vida religiosa y la imposibilidad de sustituirla por las doctrinas científicas modernas. Pero al mismo tiempo aducía la absoluta inocuidad de todos aquellos actos a los cuales se veía obligado por el contenido de su delirio.

El ingenio y la extremada lógica de aquel hombre, sobre el cual pesaba un diagnóstico de paranoia, acabaron por darle la victoria.

En julio de 1902 fue anulada su incapacitación, y al año siguiente aparecieron sus Memorias, si bien previamente sometidas a la censura oficial y con lamentables mutilaciones.

En la sentencia que devolvió al doctor Schreber la libertad aparece sintetizado en breves frases el contenido de su sistema delirante:

«Se consideraba llamado a redimir al mundo y devolverle la bienaventuranza perdida. Pero sólo podría conseguirlo después de haberse transformado en mujer.»

El certificado expedido por el doctor Weber en 1899 integra una minuciosa descripción del delirio en su forma definitiva:

«El sistema delirante del paciente culmina en la convicción de hallarse llamado a redimir al mundo y devolver a la Humanidad la bienaventuranza perdida.

Afirma haber tenido conocimiento de tal destino por revelación divina, como las que recibían los profetas. Precisamente, los nervios sobreexcitados, como los suyos lo habían estado durante tanto tiempo, tenían la cualidad de atraer a Dios; pero sus revelaciones entrañaban cosas que no era posible expresar, o sólo muy difícilmente, en el lenguaje humano, porque se hallaban fuera de toda experiencia humana, y sólo a él le habían sido comunicadas.

El detalle más importante de su misión redentora era que había de convertirse primeramente en mujer.

No era que él quisiese transformarse en mujer, se trataba de algo más coercitivo, de una «necesidad» fundada en el orden universal, y a la cual no podía él escapar, aunque personalmente le hubiera sido mucho más grato seguir siendo hombre y poder conservar así su elevada posición social.

Pero la única manera de volver a conquistar el más allá para él mismo y para la Humanidad entera, era por medio de su transformación en mujer, transformación que se realizaría en él por un milagro divino, y al cabo de varios años o incluso decenios.

Tenía la convicción de ser objeto exclusivo de milagros divinos, y con ello el hombre más singular que nunca había vivido sobre la tierra. Desde hacía muchos años experimentaba a cada hora y a cada minuto tales milagros de su propio cuerpo, y los comprobaba también por las voces que con él hablaban.

En los primeros años de su enfermedad había sufrido, en distintos órganos de su cuerpo, modificaciones que habrían acarreado la muerte de cualquier otro individuo. Había vivido mucho tiempo sin estómago, sin intestinos, casi sin pulmones, con el tubo digestivo desgarrado, sin vejiga o con las costillas destrozadas, y algunas veces, al comer, se había tragado su propia laringe, etcétera.

Pero divinos milagros («rayos») habían reconstruido, siempre de nuevo lo destruido, razón por la cual, mientras siguiera siendo un hombre, sería inmortal. Tales fenómenos amenazadores habían desaparecido tiempo atrás, surgiendo, en cambio, en primer término, su «femineidad», resultado de un proceso evolutivo que había de precisar decenios enteros, si no siglos, para llegar a su definitivo perfeccionamiento, y cuyo fin no presenciaría seguramente ninguno de los hombres actualmente en vida.

Experimentaba la sensación de que su cuerpo integraba ya «nervios femeninos», de los cuales surgirían, por medio de la fecundación inmediata de Dios, nuevos hombres.

Sólo entonces podría morir de muerte natural, después de haber conquistado de nuevo para sí y para todos los demás hombres la bienaventuranza.

A veces le hablaban, además del sol, los árboles y los pájaros, que eran algo como «restos encantados de antiguas almas humanas». Le hablaban en lenguaje humano, y por todas partes sucedían cosas maravillosas en torno suyo».

El interés del psiquíatra, práctico en cuanto a tales productos delirantes, queda generalmente agotado una vez que logra determinar la función del delirio y su influencia sobre la vida del paciente.

Su asombro no constituye el principio de su comprensión.

El psicoanalítico, en cambio, aporta de sus conocimientos de las psiconeurosis la sospecha de que también tales productos mentales, tan apartados del pensamiento habitual de los hombres y tan singulares, tienen su punto de partida en los impulsos más comprensibles y corrientes de la vida anímica, y quisiera llegar a conocer los motivos de semejante transformación y los caminos por los que la misma ha sido llevada a cabo. Guiado por esta intención, profundizará de buen grado en la historia evolutiva y en los detalles del delirio.

a) El certificado médico señala como los dos puntos capitales la misión redentora y la transformación en mujer.

El delirio de redención es una fantasía con la cual estamos ya familiarizados, pues constituye frecuentemente el nódulo de la paranoia religiosa. Pero el complemento de que la redención ha de tener como premisa la transformación del sujeto en una mujer es inhabitual y harto extraño en sí, pues se aparta considerablemente del mito histórico que la fantasía del enfermo quiere reproducir.

Nos inclinaremos quizá a suponer, con el certificado médico, que la ambición de desempeñar el papel redentor es el único móvil del complejo de delirios, no siendo la transformación en mujer más que un medio para tal fin.

Aunque así se nos presenta luego en la forma definitiva del delirio el estudio de las Memorias nos impone una interpretación distinta.

Averiguamos, en efecto, que la transformación en mujer fue el delirio primario, siendo juzgada en un principio como una persecución y un grave daño, y que sólo de un modo secundario quedó enlazada con la misión redentora. Vemos también, indudablemente, que al principio había de tener lugar para un fin sexual y no al servicio de elevados propósitos. Nos hallamos, pues, ante una manía persecutoria sexual transformada ulteriormente en una manía religiosa de grandezas.

El perseguidor era primero el médico del sujeto, el doctor Flechsig, sustituido luego por el mismo Dios. Transcribiré aquí en toda su extensión los pasajes de las Memorias que así lo prueben:

«De este modo se tejió contra mí una conspiración (aproximadamente en marzo o abril de 1894) que se proponía, una vez reconocida o supuesta la incurabilidad de mi enfermedad nerviosa, entregarme a un hombre, de manera que mi alma quedara esclavizada al mismo y mi cuerpo -interpretando erróneamente la tendencia antes mencionada en la que reposa el orden universal- quedase transformado en un cuerpo femenino, sometido a aquel hombre para que lo gozase sexualmente y abandonado luego a la muerte y a la putrefacción.

En todo ello, y desde el punto de vista humano, que por entonces me dominaba aún preferentemente, era natural que yo viese siempre y únicamente mi verdadero enemigo en el profesor Flechsig o en su alma (más tarde se agregó a ella el alma de v. W., de la que más adelante trataremos) y considerase la omnipotencia divina como mi aliada natural, a la que recurrí en situación desesperada contra el profesor Flechsig y a la que, por tanto, creía deber apoyar con todos los medios imaginables y hasta con el sacrificio de mi propio ser.

El hecho de que el mismo Dios pudiera ser cómplice, cuando no instigador del asesinato de mi alma y de la entrega de mi cuerpo prostituido, es una idea que se me ocurrió mucho más tarde, pues, en realidad, sólo emergió claramente en mi conciencia al escribir las presentes líneas.

Todas las tentativas de asesinar mi alma, despojarme de mi virilidad para fines contrarios al orden universal (esto es, para la satisfacción de los deseos sexuales de un hombre) y arruinar mi inteligencia, han fracasado.

Del combate, tan desigual en apariencia, de un hombre solo y débil con Dios mismo, he salido vencedor, aunque al cabo de amargos sufrimientos y privaciones, y he vencido porque tenía en mi favor el orden universal.»

En una nota describe luego la modificación ulterior del delirio de la transformación en mujer y de sus relaciones con Dios:

«Más tarde explicaremos cómo mi transformación en mujer puede servir también para un fin conforme con el orden universal e incluso contener quizá la verdadera solución del conflicto.»

Estas manifestaciones son decisivas para la interpretación del delirio de transformación en mujer y para la inteligencia general del caso.

Añadiremos que las voces que el paciente oía no interpretaban nunca sino como una afrenta sexual la transformación en mujer y se burlaban del enfermo por ella. «Los rayos de Dios creían poder burlarse de mí por la inminente pérdida de mi virilidad y mi transformación en «Miss Schreber»: ¡Vaya un señor magistrado que se deja j… ! ¿No le dará a usted vergüenza presentarse luego ante su mujer?»

La naturaleza primaria de la fantasía de transformación en mujer y su independencia inicial de la idea de redención quedan testimoniadas, además, por la «idea» antes mencionada, emergida en estado de duermevela, según la cual debía ser muy hermoso ser una mujer en el momento del coito.

Esta fantasía se hizo consciente en el período de incubación de la enfermedad y todavía antes de los efectos del exceso de trabajo en Dresden.

El mismo Schreber señalaba el mes de noviembre de 1895 como el período durante el cual se estableció la relación de la fantasía de transformación con la idea de redención, iniciándose así una reconciliación del sujeto con aquella primer idea.

«Se me hizo ahora claramente consciente que el orden universal exigía me placiese o no, mi «desvirilización» y que razonablemente no me quedaba otro camino que familiarizarme con la idea de mi transformación en mujer. Como consecuencia de la «desvirilización» sólo podía pensarse en una fecundación por los rayos divinos, encaminada a la creación de nuevos hombres.»

La transformación en una mujer fue el germen primero del producto delirante y resultó también el único elemento que sobrevivió al restablecimiento del sujeto y el único que supo conservar su puesto en la actividad real del restablecido.

«Lo único que a los ojos de otros hombres puede pasar por irrazonable es el hecho, ya mencionado por los señores peritos, de que a veces se me encuentra ante el espejo, o en algún otro lugar, adornado con preseas femeninas (lazos, cadenas, etc.) y semidesnudo el torso. Pero esto sucede únicamente hallándome solo, y nunca, siempre que me es posible evitarlo, a la vista de otras personas.»

El señor magistrado confesaba tales jugueteos en una época (julio 1901) en la que encontraba la siguiente acertada expresión para definir su salud, prácticamente recobrada:

«Ahora ya sé que las personas que veo ante mí no son «hombres hechos a la ligera», sino verdaderos hombres, y que, por tanto, debo conducirme con ellos como un hombre razonable ha de conducirse en su trato con los demás.»

En contraste con esta perduración de su fantasía de «desvirilización», el enfermo no llevó a cabo en favor del reconocimiento de su misión redentora más que la publicación de sus Memorias.

b) La actitud de nuestro paciente con respecto a Dios es tan singular y tan llena de circunstancias contradictorias, que hace falta gran confianza para conservar la esperanza de hallar aún, en su «demencia», un «método». Habremos pues, de intentar orientarnos, con ayuda de sus Memorias, sobre su sistema teológico-psicológico y exponer, en su relación aparente (delirante), sus opiniones sobre los nervios, la bienaventuranza, la jerarquía divina y las cualidades de Dios.

En todos los trozos de su teoría hallamos una mezcla singular de ingenio y vulgaridad y de elementos originales y prestados.

El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo, que debemos representarnos como elementos de extraordinaria sutileza, comparable a finas hebras de seda.

Algunos de estos nervios son adecuados para la recepción de las percepciones sensoriales; otros (los nervios del entendimiento) producen todo lo psíquico; cada uno de ellos representa la total individualidad espiritual del hombre, y su mayor o menor número influye tan sólo en el período de tiempo durante el cual pueden ser retenidas las impresiones .

En tanto que los hombres se componen de cuerpo y nervios, Dios es desde un principio, sólo nervio.

El número de los nervios divinos no es, como el de los nervios humanos, limitado, sino infinito o eterno. Los nervios divinos poseen todas las propiedades de los humanos, pero en grado enormemente más intenso.

En su capacidad de crear, esto es, de transformarse en todas las cosas posibles del mundo creado, se llaman rayos.

Entre Dios y el cielo estrellado o el Sol existe una íntima relación. Después de la Creación, Dios se retiró a inmensa distancia del mundo y lo abandonó en general a sus leyes propias, limitándose a elevar hasta sí las almas de los muertos.

Sólo excepcionalmente condescendía a ponerse en relación con algunos hombres de suprema inteligencia o intervenir con un milagro en los destinos del mundo. Conforme al orden universal, sólo después de la muerte se establece una relación regular entre Dios y las almas de los hombres.

Cuando un hombre muere, las partes de su alma (nervios) son sometidas a un procedimiento de purificación, para ser luego incorporadas nuevamente a Dios como «la antesala del cielo». Fórmase así un giro eterno de las cosas conforme en un todo al orden universal.

Cuando Dios crea algo, se despoja de una parte de sí mismo, pues da a una parte de sus nervios una forma distinta. Pero la pérdida que así experimenta en apariencia queda compensada cuando al cabo de siglos y milenios, los nervios, bienaventurados ya de los hombres muertos, le son de nuevo incorporados como «antesala del cielo».

Las almas, acentuadas por el proceso de purificación, gozan de bienaventuranza. «Su conciencia de sí mismas se ha debilitado entre tanto, y quedan fundidas con otras almas en unidades superiores.

Almas importantes, como la de un Goethe o un Bismarck, conservan la conciencia de su identidad a través de muchos siglos, hasta que pueden desintegrarse en complejos de almas superiores (tales como los «rayos de Jehová» en la antigua religión judía y los «rayos de Zoroastro» en la religión persa).

Durante la purificación, las almas aprenden el lenguaje en el que Dios mismo habla, el «lenguaje fundamental»; que es «un alemán algo anticuado, pero muy expresivo y caracterizado por una gran riqueza de eufemismos».

Dios mismo no es un ser simple. «Por encima de las «antesalas del cielo» flotaba Dios, el cual, para distinguirlo de estos «reinos anteriores de Dios», es llamado también el «reino posterior de Dios».

Los reinos posteriores de Dios se hallaban sometidos (y se hallan aún actualmente) a una singular división en dos partes, según la cual se distinguía un Dios inferior (Arimán) y un Dios superior (Ormuz).»

Sobre la significación de esta división en dos partes, Schreber nos dice tan sólo que el Dios inferior favorecía preferentemente a los pueblos de raza morena (a los semitas), y el superior, a los pueblos rubios (a los arios). Pero tampoco es posible exigir a un hombre un conocimiento más detallado de tan elevadas cuestiones.

Sin embargo, todavía averiguamos que «el Dios inferior y el superior, no obstante la unidad de la omnipotencia divina, han de ser considerados como seres distintos, cada uno de los cuales, y también en su relación entre sí, posee su egoísmo particular y su propio instinto [pulsión] de conservación, e intenta, por tanto, de continuo, desplazar al otro». Los dos seres divinos se condujeron, efectivamente, de muy distinto modo con el desgraciado Schreber durante el período agudo de su enfermedad.

Schreber había sido durante su época de salud un escéptico en materia religiosa, y nunca había llegado a creer firmemente en la existencia de un Dios personal, circunstancia de la que él mismo extrae luego un argumento favorable a la plena realidad de su delirio. Pero cuando averiguamos lo que sigue sobre las cualidades de carácter del Dios de nuestro paciente, no podemos menos de pensar que la evolución en él provocada a este respecto por la enfermedad paranoica no fue, ciertamente, nada fundamental, y que en el nuevo redentor perdura gran parte del antiguo escéptico.

El orden universal presenta, en efecto, una falta, a consecuencia de la cual queda amenazada incluso la existencia misma de Dios. Por circunstancias que permanecen inexplicables, cuando los nervios de los hombres vivos llegan a un alto grado de excitación, ejercen tan intensa atracción sobre los nervios divinos, que al mismo Dios le es imposible sustraerse a ella, quedando así amenazada su propia existencia.

Este caso, extraordinariamente raro, se dio con Schreber, y le ocasionó terribles sufrimientos, pues la imperiosa atracción que sus nervios sobreexcitados ejercían sobre los divinos despertó el instinto [pulsión] de conservación de Dios, y resultó que Dios se hallaba muy lejos de la perfección que las religiones le atribuyen.

A través de todo el libro de Schreber resuena así la amarga acusación de que Dios, habituado tan sólo al trato con los muertos, no comprende a los vivos.

(Pág. 55): «Domina aquí un error fundamental, que desde entonces se extiende a través de toda mi vida, y consiste en que, según las normas del orden universal, Dios no conoce a los hombres vivos, ni necesita realmente conocerlos, ya que, conforme a tales normas, sólo con los cadáveres ha de tratar.»

(Pág. 141): «Este hecho… depende nuevamente de que Dios no sabe tratar con los vivos, hallándose acostumbrado tan sólo a tratar con los cadáveres o, en todo caso, con los hombres dormidos y mientras sueñan.»

(Pág. 246): «Increíble scritu, nos inclinaríamos a añadir, y, sin embargo, todo ello es exacto, aunque los hombres hallarán incomprensible la idea de tan absoluta incapacidad de Dios para juzgar acertadamente a los vivos. Yo mismo he necesitado mucho tiempo para acostumbrarme a ella, aun después de haberla comprobado en innumerables observaciones directas.»

Sólo a consecuencia de este desconocimiento divino de los hombres vivos pudo suceder que Dios mismo fuera el instigador de la conspiración urdida contra Schreber, y que le creyera loco y le impusiera las más penosas pruebas. Para escapar a aquel juicio condenatorio de Dios, se sometió el sujeto a una penosa «obligación de pensar».

«Cada vez que suspendía mi actividad mental, Dios creía extinguidas instantáneamente mis facultades intelectuales, iniciada la esperada ruina de mi razón (locura) y conseguida así la deseada posibilidad de alejarse.

Una de las cosas que más indignación despierta en nuestro paciente es la conducta de Dios en la cuestión de la necesidad o las ganas de defecar.

El pasaje es tan característico, que habremos de citarlo íntegro. Para su mejor comprensión, adelantaremos que tanto los milagros como las voces emanan de Dios: esto es, de los rayos divinos.

(Pág. 255): «A causa de su significación característica, habré de dedicar aún a la interrogación antes citada: «¿Por qué no c… usted?», algunas observaciones, por indecente que sea el tema. Como todas las demás funciones de mi cuerpo, también las ganas de defecar son estimuladas en mí por un milagro.

Ello sucede siendo impulsados los excrementos hacia adelante y luego, a veces, nuevamente hacia atrás, en los intestinos, o cuando yo he realizado el acto de la defecación y no queda material suficiente, ensuciando los escasos restos del contenido intestinal aún subsistentes los bordes de mi orificio anal.

Trátese en todo ello de un milagro del Dios superior, milagro que se repite cotidianamente varias docenas de veces cuando menos y con el cual se enlaza la idea, incomprensible para los hombres y sólo explicable por el absoluto desconocimiento en que Dios está de las circunstancias orgánicas de los vivos, de que el acto de defecar es, en cierto modo, lo último; esto es, que con el estímulo milagroso de las ganas de defecar queda conseguida la destrucción de la razón y lograda la posibilidad de una retirada definitiva de los rayos.

A mi juicio, para llegar a comprender la génesis de esta idea hemos de pensar en la existencia de una interpretación errónea de la significación simbólica del acto de la excreción; interpretación consistente en suponer que aquel que ha llegado a entrar, como yo, en íntima relación con los rayos divinos, tiene derecho en cierto modo a c… en el mundo entero.

Se exterioriza aquí, además, toda la perfidia de la conspiración urdida en contra mía. Cada vez que las ganas de defecar son milagrosamente estimuladas en mí, quedan estimulados simultáneamente los nervios de alguna de las personas que me rodean para obligarla a ocupar el retrete e impedirme realizar el acto de la excreción.

Es este un fenómeno que he observado regularmente innumerables veces (millares de veces) durante los últimos años, siendo, por tanto, imposible que se trate de una mera coincidencia casual.

La pregunta que entonces se me dirige:

«¿Por qué no c… usted?», es contestada en la forma siguiente: «Porque soy así de tonto.»

La pluma se resiste a transcribir el formidable disparate en que Dios incurre, llevado por su desconocimiento de la naturaleza humana, al suponer que pueda haber un hombre que de puro tonto no pueda c…, cosa que hasta el último animal hace. Cuando al fin y al cabo realizo el acto de la defecación, para lo cual me sirvo generalmente de un cubo, ya que siempre encuentro ocupado el retrete, dicho acto me produce siempre una intensa voluptuosidad espiritual.

El alivio de la presión provocada por los excrementos contenidos en los intestinos se refleja muy agradablemente en los nervios de la voluptuosidad, e igualmente sucede en el acto de la micción. Por este motivo, siempre, y sin excepción alguna hasta ahora, todos los rayos han estado unidos en los actos de la defecación y de la micción, razón por la cual cuando me dispongo a realizar tan naturales funciones se intenta siempre, aunque inútilmente en la mayoría de los casos, impedírmelo con el milagro contrario».

El singularísimo Dios de Schreber es incapaz de extraer lección ninguna de la experiencia.

(Pág. 186): «Una cierta propiedad concomitante a la esencia de Dios parece impedir que el mismo extraiga de estos hechos enseñanza ninguna para lo futuro.» Continúa, pues, imponiendo durante años enteros, sin la menor modificación, las mismas pruebas, los mismos milagros y las mismas voces al individuo por él perseguido, aunque el mismo acabe por aprender a eludirlos y burlarse de él.

(Pág. 333): «De todo ello se deduce que una vez que sus milagros han dejado de ejercer sobre mí su anterior afecto. Dios ha llegado a parecerme ridículo e infantil. De este modo, mi propia y legítima defensa me ha llevado alguna vez a burlarme de él en voz alta…»

Esta rebelión contra Dios encuentra, sin embargo, en Schreber una corriente antitética, expresada en muchos pasajes de sus Memorias.

(Pág. 333): «Sin embargo, he de hacer constar que se trata tan sólo de un episodio aislado que terminará con mi muerte, y, por tanto, sólo yo entre los hombres tengo derecho a burlarme de Dios. Para los demás, Dios ha de continuar siendo el Creador todopoderoso del cielo y de la tierra, la Causa primera de todas las cosas y el Salvador de su vida futura, y aunque algunas de las ideas religiosas actuales precisan ser rectificadas, merece su adoración y su mayor respeto.»

El sujeto intenta, pues, repetidamente una justificación de la conducta de Dios a su respecto, basándola, tan ingeniosamente como en todas las teodiceas, bien en la naturaleza general de las almas, bien en la necesidad en que Dios se ve de defenderse o en la influencia maléfica del alma del doctor Flechsig. Pero, en general, la enfermedad es considerada como una lucha del hombre Schreber contra Dios, lucha en la cual alcanza el hombre la victoria por tener en favor suyo el orden universal.

De los certificados médicos podría deducirse fácilmente que el caso de Schreber no era más que una forma corriente de la fantasía redentora.

El interesado sería así el hijo de Dios, encargado de la misión de salvar al mundo de su miseria o de su inminente ruina, etc. No he querido, pues, dejar de exponer las peculiaridades de la relación del paciente con su Dios.

La importancia que dicha relación integra para el resto de la Humanidad sólo raras veces es mencionada en las Memorias y únicamente al final de la cristalización del delirio. Consiste sencillamente en que ningún muerto podrá alcanzar la bienaventuranza en tanto que la persona de Schreber continúe atrayendo la parte principal de los rayos divinos.

Tampoco la evidente identificación del sujeto con Jesucristo surgió hasta muy tarde (págs. 338 y 431).

Ninguna tentativa de explicación que no tenga en cuenta estas peculiaridades de su idea de Dios y esta mezcla de adoración y rebelión puede aspirar a ser exacta.

Examinaremos ahora un tema íntimamente relacionado con Dios: el de la bienaventuranza. La bienaventuranza es para Schreber «la vida ultraterrena» que las almas de los hombres alcanzan por su purificación después de la muerte.

El sujeto la describe como un goce ininterrumpido enlazado a la visión de Dios. Tal concepción no entraña ciertamente nada original.

En cambio, sí nos sorprende la distinción que hace Schreber entre una bienaventuranza masculina y otra femenina:

«La bienaventuranza masculina es más elevada que la femenina, la cual consiste predominantemente en una continua sensación de voluptuosidad.»

Otros pasajes proclaman la coincidencia de la bienaventuranza y la voluptuosidad sin hacer ya referencia alguna a las diferencias sexuales ni a la presencia de Dios como uno de los elementos de la bienaventuranza.

Por ejemplo (pág. 51): «…con la naturaleza de los nervios de Dios, por efecto de los cuales la bienaventuranza consiste, si no exclusivamente, por lo menos en parte, en una intensa sensación de voluptuosidad…»

Y más adelante (pág. 281): «La voluptuosidad debe ser interpretada como una parte de bienaventuranza anticipada en cierto modo al hombre y a otras criaturas vivas.»

Así, pues, la bienaventuranza celestial consistiría esencialmente en una continuación y una intensificación de la voluptuosidad terrena.

Esta concepción de la bienaventuranza no es uno de los fragmentos del delirio de Schreber procedentes de los primeros estadios de su enfermedad y eliminados luego como incompatibles. Todavía en sus escritos de 1901 acentúa el enfermo, como uno de sus grandes descubrimientos, el que «la voluptuosidad se halla en íntima relación, ignorada hasta ahora por los demás hombres, con la bienaventuranza de las almas de los muertos».

Averiguaremos también que esta «íntima relación» es la base en la que el enfermo funda su esperanza de una reconciliación final con Dios y un término de sus padecimientos. Los rayos divinos pierden su ánimo hostil en cuanto logran la seguridad de hallar en su cuerpo una voluptuosidad espiritual.

El mismo Dios exige hallar en él la voluptuosidad, y amenaza con retirar sus rayos si el sujeto descuida su cultivo y no puede ofrecerle la que de él demanda (pág. 320).

Tan sorprendente sexualización de la bienaventuranza celestial nos produce la impresión de que el concepto schreberiano de la bienaventuranza ha nacido con la condensación de las dos significaciones capitales de la palabra alemana selig (difunto y sensualmente dichoso) y nos procura, además, la ocasión de someter a una prueba la relación de nuestro paciente con el erotismo general y con las cuestiones del goce sexual, pues nosotros los psicoanalíticos sustentamos hasta ahora la opinión de que las raíces de toda enfermedad nerviosa y psíquica se hallan predominantemente en la vida sexual, opinión a la que hemos llegado unos por experiencia empírica y otros, además, por especulaciones teóricas.

Según las muestras del delirio de Schreber examinadas hasta ahora, podemos rechazar ya la posibilidad de que precisamente esta enfermedad paranoica pudiera demostrarse como el caso negativo durante tanto tiempo buscado, en el cual la sexualidad desempeñaría tan sólo un papel insignificante.

En efecto, el mismo Schreber se expresa innumerables veces como si compartiera nuestras teorías, pues habla siempre simultáneamente de los trastornos nerviosos y episodios eróticos como si fuesen conceptos inseparables.

Antes de su enfermedad, el magistrado Schreber era un hombre de severas costumbres.

(Pág. 281): «Pocos hombres habrá -afirma él mismo, y no vemos razón ninguna para desconfiar aquí de sus declaraciones-que hayan sido educados en principios morales tan severos y hayan adaptado luego a ellos tan estrictamente su vida, sobre todo en cuanto a la sexualidad, ni que se hayan refrenado tanto en este orden de cosas.»

Pero después de los graves conflictos anímicos que se exteriorizaron en los fenómenos de la enfermedad, quedó totalmente modificada su actitud ante el erotismo.

Llegó, en efecto, a descubrir que el cultivo de la voluptuosidad era para él un deber y que sólo cumpliéndolo podía dar solución favorable al conflicto en él surgido.

Según le aseguraban sus voces, la voluptuosidad se había hecho «temerosa de Dios», y por su parte sólo lamentaba no poder dedicarse durante todo el día a su cultivo .

Tales fueron las modificaciones que la enfermedad impuso a Schreber conforme a las dos direcciones principales de su delirio. Partiendo antes de la ascesis sexual y escéptico en cuanto a la existencia de Dios, la enfermedad le convirtió en un hombre creyente y entregado a la voluptuosidad.

Pero lo mismo que su nueva fe era harto singular, también la parte de goce sexual por él conquistada entrañaba un carácter totalmente inhabitual. No era ya la libertad sexual masculina, sino un sentimiento sexual femenino, pues adoptaba una actitud femenina ante Dios, considerándose como su esposa. Ningún otro fragmento de su delirio es tratado tan minuciosamente por el sujeto como su transformación en mujer.

Los nervios por él aspirados adquieren en su cuerpo el carácter de nervios femeninos de la voluptuosidad y le prestan un aspecto más o menos femenino, dando sobre todo a su piel la tersura y la suavidad peculiares del sexo femenino (pág. 87).

Le basta ejercer una ligera presión en cualquier lugar de su cuerpo para sentir debajo de su piel dichos nervios como conjunto de hebras o cuerdecillas sutilísimas, especialmente en el pecho, o sea en el lugar correspondiente a los senos femeninos (pág. 277).

«Por medio de una presión ejercida sobre tales nervios consigo proporcionarme, sobre todo cuando al mismo tiempo pienso en algo femenino, una sensación de voluptuosidad correspondiente a la femenina.»

Sabe seguramente que tales nervios son, por su origen, antiguos nervios divinos que, al ser transferidos a su cuerpo, no han perdido su calidad de tales (pág. 279).

Por medio de la imaginación visual le es posible procurarse y procurar a los rayos la impresión de que su cuerpo se halla provisto de senos femeninos y órganos genitales del mismo sexo.

«Tanto me he acostumbrado imaginar que mi cuerpo posee un trasero femenino -honny soit qui mal y pense-, que siempre experimento tal impresión al inclinarme para coger algo.»

Llega incluso a afirmar decididamente que todo aquel que le viera desnudo de medio cuerpo arriba, sobre todo si la ilusión era auxiliada por algún adorno femenino, habría de experimentar la impresión de tener ante sí un busto de mujer (pág. 280).

Pide ser reconocido por los médicos para que comprueben cómo todo su cuerpo está provisto, de pies a cabeza, de nervios de la voluptuosidad, cosa que a su juicio sólo sucede en el cuerpo de la mujer, mientras que el hombre sólo posee tales nervios en los órganos genitales y en las regiones inmediatas a los mismos (pág. 274).

La voluptuosidad anímica que la acumulación de tales nervios desarrolla en él es tan intensa que, hallándose acostado, sólo precisa un pequeño esfuerzo de imaginación para obtener un goce sexual que le procura una idea muy precisa del placer sexual de la mujer en el coito (pág. 263).

Recordando el sueño que el sujeto tuvo durante el período de incubación de la enfermedad y antes de su traslado a Dresden, habremos de concluir que el delirio de su transformación en mujer no es más que la realización del contenido de aquel sueño.

Por entonces el sujeto hubo de rechazar con viril indignación tal idea, y también luego, en su enfermedad, se resistió al principio contra su realización, viendo en su transformación en mujer un atropello del que sus perseguidores querían hacerle objeto. Pero luego llegó un período (noviembre de 1895) en el cual comenzó a reconciliarse con aquella transformación de Dios.

«Desde entonces he incluido con plena conciencia en mi programa el cultivo de la femineidad» (págs. 177 y 178). Poco después llegó ya a la íntima convicción de que Dios mismo demandaba, para su propia satisfacción, su transformación en mujer.

(Pág. 281): «Pero en cuanto me hallo a solas con Dios -si me es permitido expresarme así- se me impone la necesidad de procurar por todos los medios posibles, y tanto con los mandatos de mi razón como con mis facultades imaginativas, que los rayos divinos reciban de mí, si no continuamente, por ser ello imposible al hombre, al menos a determinadas horas del día, la impresión de una mujer arrebatada por sensaciones voluptuosas.

»Por otro lado, Dios exige un goce continuo conforme a las condiciones que el orden universal impone a las almas y mi misión es ofrecérselo bajo la forma de un intenso desarrollo de voluptuosidad espiritual.

Si ello me produce además un placer sexual, creo tener derecho a considerarlo como una pequeña compensación de los tremendos padecimientos y privaciones que desde hace muchos años vienen siéndome impuestos.»

(Pág. 284): «Basándome en todos estos descubrimientos, creo poder afirmar que Dios no se decidiría nunca a retirarse de mí, lo cual empeoraría considerablemente mi estado físico y me haría, además, entregarme sin la menor resistencia a desempeñar el papel de una mujer, que cohabitase conmigo mismo y a fijar de continuo mis ojos en el cuerpo de la mujer y contemplar constantemente imágenes femeninas, etc.»

Los dos fragmentos capitales del delirio de Schreber, su transformación en mujer y su preferente situación ante Dios, aparecen enlazados en su sistema por su actitud femenina con respecto a Dios.

Se nos impone, pues, la labor de establecer entre ambos fragmentos una relación genética esencial, pues si no, habríamos llegado con nuestras explicaciones del delirio de Schreber a la situación ridícula que Kant describe en su famosa comparación de la Crítica de la razón pura; esto es, a la del hombre que sostiene la vasija mientras el otro ordeña al macho cabrío.

Tentativas de interpretación

Por dos lados podemos intentar aproximarnos a la comprensión de este historial patológico paranoico y descubrir en él los complejos y las fuerzas instintivas de la vida anímica que nos son ya familiares; partiendo de las manifestaciones delirantes del sujeto mismo y de los motivos de su enfermedad.

El primer camino nos tentaría una vez que C. G. Jung nos ha dado el brillante ejemplo de la interpretación de un caso grave de demencia precoz con manifestaciones sintomáticas extraordinariamente apartadas de lo normal.

También la inteligencia y la franqueza del paciente habrían de hacernos más fácil la solución por este camino. No pocas veces nos proporciona él mismo la clave agregando, como incidentalmente, a una manifestación delirante una explicación, una cita o un ejemplo, o rebatiendo una analogía en él mismo emergente.

En este último caso nos bastará prescindir del disfraz negativo, como estamos habituados a hacerlo en la técnica psicoanalítica, y considerar el ejemplo como lo auténtico y la cita o la confirmación como su fuente de origen para tener ante nosotros la traducción deseada del lenguaje paranoico al vulgar.

Expondremos detalladamente un acabado ejemplo de esta técnica.

Schreber se lamenta de las molestias que le causan los «pájaros encantados» o «pájaros parlantes», a los que adscribe toda una serie de singulares cualidades (págs. 208-214).

Según él, están constituidos por restos de antiguas «antesalas del cielo»; esto es, de hombres que fueron bienaventurados, y son hostigados contra él cargados de cadaverina. Poseen la facultad de recitar «frases aprendidas de memoria, pero cuyo sentido no comprenden». Cada vez que descargan sobre él la cadaverina de que vienen cargados, esto es, cada vez que le recitan las frases que les han enseñado, se desvanecen en su alma con las palabras «¡Maldito bribón!» o «¡Maldito!», únicas cuyo sentido les es conocido.

No comprenden el sentido de las palabras que pronuncian; pero poseen una sensibilidad natural para la homofonía de los sonidos, que tampoco necesita ser completa. Para ellos es indiferente que se diga:

‘Santiago o Cartago’,
‘Chinesentum o Jesús Cristo’,
‘Abendrot [crepúsculo] o Atemnot [exhausto]’,
‘Arimán o Ackermann [granjero]’.

Al leer esta descripción no podemos menos de pensar que con ella se alude a las muchachitas adolescentes, a las cuales se suele calificar, sin la menor galantería, de pasitas o atribuir cabecitas de pájaro y de las que se afirma que sólo deben repetir lo que a otros oyen, descubriendo, además, su incultura con el empleo equivocado de palabras extranjeras homófonas.

El «¡Maldito bribón!», única cosa que dicen en serio, significaría entonces el comentario puesto por ellas al triunfo del joven que ha logrado impresionarlas.

Y, en efecto, varias páginas más adelante tropezamos con unas cuantas frases de Schreber que confirman nuestra interpretación:

«A muchas de estas almas de pájaros les di humorísticamente, para diferenciarlas, nombres de muchachas, ya que por su curiosidad y su tendencia a la voluptuosidad podían ser comparadas a muchachitas apenas adolescentes. Tales nombres femeninos fueron luego aceptados en parte por los rayos divinos y empleados por ellos para designar a las almas de pájaros correspondientes.»

Esta fácil interpretación de los «pájaros encantados» nos procura, además, un vahoso apoyo para la explicación de las enigmáticas «antesalas del cielo».

No se me oculta que al extender nuestra labor psicoanalítica más allá de los casos típicos de interpretación nos es preciso usar de tacto exquisito y gran prudencia y que el lector sólo nos acompaña en cuanto se lo permite la familiaridad que ha llegado a adquirir con la técnica analítica. Hemos, pues, de procurar que a nuestro mayor esfuerzo de penetración no correspondía una disminución de la seguridad y la credibilidad de nuestras interpretaciones.

En esta situación, unos investigadores extremarán la prudencia y otros la osadía, y sólo después de muchos tanteos y de un profundo conocimiento del sujeto se hará posible fijar los límites del derecho a interpretar.

En la investigación del caso de Schreber se me impone la mayor prudencia por el hecho de que la resistencia desarrollada contra la publicación de las Memorias logró al menos sustraer a nuestro conocimiento una parte harto considerable del material, y seguramente la más importante para su inteligencia.

Así, el capítulo tercero del libro comienza con un anuncio prometedor:

«Me propongo exponer aquí algunos sucesos acaecidos a otros miembros de mi familia, los cuales sucesos se relacionan probablemente con el proyectado asesinato de mi alma, y todos ellos presentan un sello más o menos enigmático, siendo difícilmente explicables con la sola ayuda de la experiencia humana.»

Pero poco después queda cortado con la frase siguiente:

«La continuación del capítulo ha sido tachada por la censura por considerarla impublicable.»

Habré, pues, de declararme satisfecho si consigo referir con alguna seguridad el nódulo del delirio a un origen en motivos conocidos y humanos.

Con tal propósito expondremos ahora un detalle del historial patológico del que no se hace mención alguna en los certificados médicos, aunque el paciente hubo de presentarlo siempre en primer término.

Me refiero a las relaciones de Schreber con su primer médico, el profesor Flechsig, de Leipzig.

Sabemos ya que el caso de Schreber mostró al principio el sello peculiar de la manía persecutoria, conservándolo hasta el primer viraje de la enfermedad, cuando el sujeto se reconcilió ya con la idea de su transformación en mujer.

A partir de este momento, las persecuciones van haciéndose cada vez más soportables, y el hecho de que la transformación en mujer responda a un fin obediente a las normas del orden universal mitiga el ultraje que en sí encierra. Pero el autor de todas las persecuciones es Flechsig, el cual continúa siendo luego su instigador durante todo el curso de la enfermedad.

Sobre el crimen de Flechsig y sobre los motivos que le impulsaron a cometerlo, el sujeto se expresa siempre con una indeterminación y una inaprehensibilidad que consideraremos testimonios de una elaboración delirante especialmente intensa, si se nos permite juzgar la paranoia conforme al modelo del sueño infinitamente mejor conocido.

Flechsig ha asesinado el alma del enfermo o ha intentado un acto equivalente a los esfuerzos realizados por los demonios para apoderarse de la misma, acto que tenía quizá sus precedentes en sucesos acaecidos entre miembros ya difuntos de las familias de Flechsig y de Schreber.

Nos complacería averiguar algo más sobre el sentido de este asesinato del alma, pero de nuevo hallamos vedado el acceso a las fuentes (pág. 28):

«No me es posible decir más sobre la naturaleza peculiar del asesinato del alma ni tampoco sobre la técnica del mismo. Unicamente podría añadir (sigue un pasaje impublicable).»

A consecuencia de esta omisión no llegamos a averiguar a qué se alude realmente bajo el nombre de «asesinato del alma».

Más adelante citaremos la única indicación que ha logrado escapar a la censura.

Sea como fuere, no tardó en iniciarse una evolución del delirio, que transformó las relaciones del enfermo con Dios sin modificar para nada las que mantenía con Flechsig.

Si hasta entonces sólo en Flechsig había visto a su verdadero enemigo y había considerado a la omnipotencia divina como su más fiel aliada, a partir de este punto no pudo rechazar la idea de que el mismo Dios era cómplice, si no instigador, de la conspiración urdida contra él (pág. 59).

Pero Flechsig continuó siendo el tentador a cuya influencia había sucumbido Dios (pág. 60).

Había sabido escalar el cielo con toda su alma, o por lo menos, con una parte de la misma, y erigirse allí, sin haber tenido que pasar antes por la muerte y la purificación, en «jefe de los rayos» (pág. 56).

El alma de Flechsig conservó tal categoría, incluso cuando el enfermo se había trasladado ya de la clínica de Leipzig al sanatorio de Pierson. La influencia del nuevo ambiente se manifestó luego en el hecho de que el alma de v. W., enfermero jefe de aquel sanatorio, fue a unirse a la del doctor Flechsig en los delirios del enfermo.

El alma de Flechsig pasó entonces por una «disociación», que alcanzó extraordinaria importancia, pues durante cierto período llegó a dividirse en cuarenta o cincuenta almas parciales, dos de las cuales, las almas importantes, eran designadas por el sujeto como el «Flechsig superior» y el «Flechsig medio» (pág. 111).

Idéntica conducta siguió el alma de v. W. (el enfermero jefe).

El enfermo se divertía mucho a veces viendo cómo tales dos almas disputaban entre sí, a pesar de su alianza, pues el orgullo aristocrático de la de v. W. chocaba con la pedantería universitaria de la de Flechsig (pág 113).

En las primeras semanas de su estancia en el sanatorio en Sonnenstein (verano de 1894), entró también en acción el alma del nuevo médico, el doctor Weber, y poco después se inició aquella evolución del delirio, en la que el sujeto llegó a reconciliarse con la idea de su transformación en mujer.

Durante esta enfermedad, diagnosticada de hipocondría y que, al parecer, se mantuvo dentro de los límites de una neurosis, fue Flechsig el médico del sujeto.

Schreber pasó por entonces seis meses en el sanatorio de la Universidad de Leipzig.

Averiguamos que una vez restablecido conservó un excelente recuerdo de su médico:

«Lo principal fue que al fin y al cabo curé por completo, después de un largo viaje de convalecencia, quedando muy agradecido al profesor Flechsig, al cual manifesté después mi gratitud, satisfaciéndole cumplidos honorarios y haciéndole una visita.»

Es cierto que luego en sus Memorias no alaba ya Schreber sino con grandes restricciones su primer tratamiento por Flechsig; pero ello se explica fácilmente por el cambio ulterior de su actitud con respecto a él.

La intensidad de su agradecimiento inicial al médico que le había curado se deduce claramente de la observación que continúa las palabras anteriormente transcritas:

«Más cordial aún fue el agradecimiento de mi mujer, que veía en el profesor Flechsig al hombre que le había devuelto a su marido, y tuvo por tal razón, durante muchos años, su retrato encima de su mesa de escritorio» (pág. 36).

Siéndonos imposible averiguar la motivación de esta primera enfermedad, motivación cuyo conocimiento habría de sernos indispensable para la explicación de la segunda, mucho más grave, nos vemos obligados a penetrar ahora a la ventura en un terreno que nos es desconocido.

Sabemos que en el período de incubación de la enfermedad (entre su nombramiento para Dresden y su toma de posesión, o sea de junio a octubre de 1893) tuvo el sujeto varios sueños, cuyo contenido era la recaída en su antigua enfermedad nerviosa.

Además, hallándose una mañana en estado de duermevela, tuvo la sensación de que debía de ser muy hermoso ser una mujer en el momento del coito.

Si relacionamos el contenido de aquellos sueños con el de esta fantasía, habremos de deducir que con el recuerdo de la enfermedad despertó también el del médico y que la actitud femenina de la fantasía se refirió desde un principio al mismo. O quizá el sueño del retorno de la enfermedad tuviese, en general, el sentido de un deseo nostálgico:

«Quisiera volver a ver a Flechsig.» Nuestra ignorancia del contenido psíquico de la primera enfermedad nos impide avanzar por este camino.

Es muy posible que de aquel estado subsistiese aún una adhesión cariñosa al médico, la cual experimentase ahora, por razones desconocidas, una intensificación que la elevara a la categoría de inclinación erótica.

Surgió en el acto, desde luego, una indignada repulsa de la fantasía femenina, impersonal aún -una verdadera «protesta viril», según el término, aunque no en el sentido, de Alfredo Adler-; pero en la grave psicosis que no tardó en aparecer tal fantasía femenina se impuso por completo, y basta rectificar un poco la indeterminación paranoica de las manifestaciones de Schreber para adivinar que el enfermo temía ser objeto de abusos sexuales por parte del médico mismo.

La motivación de esta enfermedad fue, pues, un avance de la libido homosexual, orientada, probablemente desde un principio, hacia el doctor Flechsig como objeto, y la resistencia contra este impulso libidinoso creó el conflicto del que surgieron los fenómenos patológicos.

Durante su última estancia en el sanatorio en Sonnenstein, cuando Dios empezó a guardar mayores consideraciones al enfermo, tuvo efecto una razzia de aquellas almas tan desagradablemente multiplicadas, a consecuencia de la cual la de Flechsig subsistió luego en dos formas y la de v. W. en una.

Esta última no tardó luego en desaparecer, y los dos fragmentos subsistentes del alma de Flechsig, que iban perdiendo lentamente su inteligencia y su poder, fueron entonces designados por el enfermo como el «Flechsig posterior» y «el partido del según como sea».

Por el prólogo de las Memorias, la «Carta abierta al doctor Flechsig», sabemos que el alma de este último conservó hasta el final toda su importancia.

En esta singularísima carta el sujeto expresa la convicción de que el médico que le trataba había tenido también las mismas visiones que él, habiendo sido objeto de iguales revelaciones sobre cosas metafísicas, y añade la advertencia de que, por su parte, no tiene la menor intención de poner en tela de juicio la honorabilidad del mismo. Idéntica declaración es repetida luego, con toda seriedad y máximo interés, en páginas posteriores.

Se ve claramente que el enfermo se esfuerza en separar el «alma Flechsig» del individuo vivo en igual nombre; esto es, en separar el Flechsig verdadero del que aparece en los delirios. Del estudio de una serie de casos de delirio persecutorio he extraído, y han extraído otros investigadores, la impresión de que la relación del enfermo con su perseguidor puede quedar explicada por medio de una sencilla fórmula.

La persona a la que el delirio atribuye tan gran poder y tanta influencia, y en cuyas manos convergen todos los hilos de la conspiración, es siempre aquella misma que antes de la enfermedad integraba análoga importancia para la vida sentimental del enfermo, o una sustitución de ella, fácilmente reconocible como tal.

La importancia sentimental es proyectada como poder exterior y, en cambio, el tono sentimental queda transformado en su contrario. La persona odiada y temida ahora por su persecución es siempre una persona amada o respetada antes por el enfermo. La persecución estatuida por el delirio serviría, ante todo, para justificar la mutación de los sentimientos del sujeto.

Observemos ahora desde este punto de vista las relaciones anteriores del enfermo con su médico y posterior perseguidor, el doctor Flechsig.

Sabemos ya que entre 1884 y 1885 padeció Schreber una primera enfermedad nerviosa, «que transcurrió sin incidente ninguno de carácter sobrenatural».

Mientras estaba en tal estado, descrito como ‘hipocondría’, y no habiendo superado su neurosis, Flechsig actuaba como su médico. Por esa época Schreber se internó por seis meses en la clínica de Leipzig.

Sabemos que después de su recuperación tenía sentimientos cordiales hacia su médico. ‘El asunto principal era que luego de un largo período de convalecencia, que lo dediqué a viajar, finalmente me mejoré, por lo que no debería sentir hacia el profesor Flechsig sino un vivo agradecimiento. Di clara señal de tal sentimiento tanto en una visita que le hice posteriormente como en lo que estimé ser un adecuado honorario’.

En verdad, las alabanzas de Schrober hacia su primer tratamiento con Flechsig no estaban carentes de reservas, lo que llega a ser prontamente comprendido si consideramos que en el intertanto había invertido tal actitud.

El pasaje que anotaremos testimonia el cálido sentimiento hacia el médico que lo trató en forma tan exitosa:

‘La gratitud de mi esposa era tal vez, aún más cordial, en tanto veía en el profesor Flechsig al hombre que le restituyó a su marido, de ahí que conservara por años su retrato sobre su escritorio’.

Puesto que no podemos llegar a tener una comprensión interior sobre las causas de su primera crisis (conocimiento a no dudar indispensable para dilucidar la segunda y más grave crisis) tendremos que zambullirnos al azar en una concatenación desconocida de circunstancias.

Durante el período de incubación de su enfermedad, según sabemos (esto es, entre junio de 1893, cuando fue designado para su nuevo cargo, y octubre siguiente, cuando tomó posesión de sus labores), soñó reiteradamente que le había vuelto su antigua enfermedad. Una vez más, estando a medio dormir tuvo el sentimiento que después de todo sería grato ser una mujer copulando. Los sueños y la fantasía son relatadas por Schreber en inmediata sucesión.

Si nosotros también juntamos sus contenidos podremos inferir que simultáneamente al recordar su enfermedad recordaba a su médico, y que la actitud femenina que tomaba en la fantasía correspondía a la original tenida hacia su médico.

O que el sueño de retorno de su enfermedad correspondía a un echar de menos: ‘Desearía poder ver a Flechsig de nuevo’. Nuestro desconocimiento del contenido mental de la primera crisis nos impide proseguir en esa línea.

Es posible que ese episodio dejara tras sí una sentida dependencia hacia su médico, y que ahora, por razones desconocidas se intensificaba hasta el punto de un deseo erótico.

Tal fantasía femenina, que aún se mantenía en forma impersonal, fue enfrentada por un indignado repudio -una verdadera ‘protesta masculina’- en un sentido diferente al de Adler (según Adler la protesta masculina tiene un rol patogénico en el síntoma, en tanto que en este caso el paciente protesta contra un síntoma ya constituido cabalmente).

Sin embargo, en el brote psicótico que sobrevino poco después la fantasía femenina ocupó el primer lugar.

Requiere una leve corrección de la indefinición paranoica típica del lenguaje de Schreber para permitirnos adivinar el hecho que el paciente estaba temeroso de un abuso sexual a manos del propio médico. La causa estimulante de su enfermedad fue una irrupción de libido homosexual, y el propio doctor Flechsig fue probablemente el objeto de tal libido, y fue su lucha contra tales impulsos libidinales la causante del conflicto que terminó por producir los síntomas.

Haremos alto en este punto ante una poderosa ola de reproches y objeciones que nos amenaza.

Todos aquellos que conocen la Psiquiatría actual esperarían ya verla aparecer de un momento a otro.

¿No es acaso una ligereza, una indiscreción y una calumnia acusar de homosexualidad a un hombre de tan relevantes cualidades morales como el magistrado Schreber?

No; el enfermo ha comunicado a sus contemporáneos la fantasía de su transformación en una mujer, sobreponiéndose, por altos intereses científicos, a toda consideración personal. Nos ha dado así pleno derecho a ocuparnos de tal fantasía, y su traducción al lenguaje médico no ha añadido cosa alguna al contenido de la misma.

Sí; pero al obrar así estaba enfermo, y su delirio de ir transformándose en mujer era una idea morbosa. No lo hemos olvidado. Precisamente lo único de que hemos de ocuparnos es de la significación y el origen de tal idea morbosa. Nos remitiremos a su propia diferenciación entre el hombre Flechsig y el «alma Flechsig».

Nada le reprochamos: ni que entrañara impulsos homosexuales ni que se esforzara en reprimirlos. Los psiquíatras podían aprender mucho de este enfermo viendo cómo dentro de su delirio mismo se esfuerza en no confundir el mundo de lo inconsciente con el de la realidad.

Pero ¿acaso consta expresamente en alguna parte que la temida transformación en mujer hubiera de ser en beneficio de Flechsig? Claro que no; pero no es fácil comprender que en unas Memorias destinadas a la publicidad y en las que no se quería ofender al hombre «Flechsig» había de eludirse una acusación directa.

Ahora bien: los rodeos que semejante consideración imponen no logran encubrir el verdadero sentido de la inculpación, la cual se transparente con toda claridad repetidas veces. Por ejemplo, en el pasaje siguiente:

«De este modo se tramó contra mí un complot (aproximadamente en marzo o abril de 1894) encaminado, una vez reconocida o supuesta la incurabilidad de mi enfermedad nerviosa, a entregarme a un hombre, de manera que mi alma quedase esclavizada por el mismo, y mi cuerpo, transformado antes en un cuerpo femenino, entregado como tal a dicho hombre para que lo gozase.»

Parece superfluo hacer constar que nunca se nombra a persona ninguna por la que pudiéramos sustituir a Flechsig.

Al final de la estancia del sujeto en la clínica de Leipzig surge en él el temor de ser «entregado a los enfermeros» para que abusen de él sexualmente.

Su actitud femenina con respecto a Dios, abiertamente reconocida en la evolución posterior del delirio, desvanece toda posible duda sobre el papel atribuido inicialmente al médico. Otro de los reproches dirigidos a Flechsig resuena distintamente a través de todo el libro. Flechsig habría intentado asesinar su alma.

Hemos visto ya que tampoco el enfermo sabe claramente en qué habría de consistir tal asesinato, pero también que se halla relacionado con detalles íntimos impublicables (cap. III). Un único guión nos permite aquí seguir adelante: el sujeto intenta aclarar la idea del asesinato del alma por medio de alusiones al Fausto, de Goethe, al Manfredo, de Byron, y al Freichütz, de Weber, y uno de estos ejemplos retorna luego en otro pasaje.

En efecto, al tratar de la disociación de Dios en dos personas, Schreber identifica al Dios inferior y al Dios superior con Arimán y Ormuz, respectivamente (pág. 19), y poco después escribe la siguiente observación:

«Además, el nombre de Arimán aparece relacionado, por ejemplo, en el Manfredo, de Byron, con el asesinato de un alma.»

En el poema byroniano no hay nada análogo al pacto de Fausto con el demonio, ni el concepto de asesinato de un alma aparece una sola vez en él; pero su nódulo y su secreto es un incesto fraternal.

En este punto se rompe ya el hilo que nos guiaba.

Reservándonos el derecho de volver, en el curso de este estudio, sobre otras posibles objeciones, consideraremos suficientemente justificada por ahora nuestra hipótesis de que la base de la enfermedad de Schreber fue la brusca aparición de un impulso homosexual.

Con esta hipótesis armoniza un detalle del historial patológico, inexplicable en otra forma: el sujeto sufrió una nueva «recaída nerviosa», decisiva para el curso de su enfermedad, en una ocasión en que su mujer había decidido ausentarse por breve plazo para atender al cuidado de su propia salud, pues hasta entonces había permanecido a su lado todo el tiempo que el régimen interior del sanatorio lo permitía.

A su vuelta, después de una ausencia de cuatro días, le encontró lamentablemente transformado; tanto, que él mismo no deseaba ya verla. «Pasé por entonces una noche decisiva para mi ruina espiritual, pues durante ella tuve un número extraordinario de poluciones (quizá media docena)»

(pág. 44). No es difícil adivinar que sólo de la presencia de su mujer podía extraer el sujeto influencias contrarias a la atracción de los hombres que le rodeaban, y teniendo en cuenta que las poluciones no son jamás posibles en el adulto sin una participación anímica, habremos de añadir a las de aquella noche toda una serie de fantasías homosexuales que permanecieron inconscientes.

Ignorando todo detalle de la historia anterior a su enfermedad, no podemos adivinar por qué tal explosión de la libido homosexual surgió en el paciente precisamente en el intervalo entre su nombramiento para Dresden y su traslado allí.

En general, el hombre oscila durante toda su vida entre sentimientos heterosexuales y homosexuales, y la privación o el desencanto en uno de tales sectores le impulsa hacia el otro. Nada de esto conocemos en cuanto a Schreber, pero no queremos dejar de llamar la atención de nuestros lectores sobre un factor somático muy digno de tenerse en cuenta.

Schreber tenía en esta época cincuenta y un años, encontrándose, por tanto, en aquella edad crítica para la vida sexual, en la cual, y después de una intensificación anterior, experimenta la función sexual de la mujer una regresión, de cuya influencia no parece tampoco estar excluido el hombre.

Hay, pues, también para el hombre una edad climatérica, con su disposición consecutiva a la enfermedad. Imagino muy bien cuán aventurada ha de parecer la hipótesis de que un sentimiento de simpatía hacia un médico pueda aparecer de pronto, altamente intensificado, ocho años después y provocar una perturbación anímica tan grave.

Pero, a mi juicio, no tenemos derecho a rechazar una tal hipótesis sólo por su inverosimilitud interna y sin comprobar antes hasta dónde puede conducirnos.

La inverosimilitud puede ser tan sólo provisional y proceder de que la hipótesis de que se trate no se halle aún integrada en proceso lógico ninguno, siendo tan sólo la primera con que nos acercamos al problema. Para aquellos que no sepan mantener en suspenso su juicio y encuentren totalmente inaceptable nuestra hipótesis señalaremos una posibilidad que la despoja por completo de su carácter desconcertante.

La simpatía hacia el médico puede proceder fácilmente de un «proceso de transferencia» por el cual haya quedado desplazada sobre la persona, indiferente en realidad, del médico la carga de afecto dada en el enfermo en cuanto a otra persona verdaderamente importante para él, de manera que el médico aparezca elegido como sustituido o subrogado de alguien más próximo al sujeto.

O más concretamente aún: la personalidad del médico hubo de recordar al enfermo la de su hermano o su padre, a los que de este modo volvió a encontrar en él, y entonces no tiene nada de extraño que en determinadas circunstancias vuelva luego a aparecer en él la nostalgia de aquella persona sustitutiva y actúe con una violencia sólo explicable por su origen y por su significación primaria.

Para el mejor éxito de esta tentativa de explicación sería interesante saber si al enfermar el sujeto vivía aún su padre, si había tenido algún hermano y si el mismo se hallaba por entonces entre los vivos o entre los difuntos.

Me satisfizo, pues, encontrar en las Memorias, después de una larga rebusca, un pasaje en el cual el enfermo resuelve tales dudas (pág. 442):

«La memoria de mi padre y mi hermano me es tan sagrada como…»

Así, pues, ambos habían muerto ya en la época de la segunda enfermedad y acaso cuando la primera. No creo que debamos resistirnos más contra la hipótesis de que el motivo de la enfermedad fue la aparición de una fantasía optativa femenina (homosexual pasiva) que tenía su objeto en la persona del médico.

Contra tal fantasía se alzó, por parte de la personalidad de Schreber, una intensa resistencia, y la defensa, que quizá hubiera podido adoptar otras formas distintas, escogió, por razones que desconocemos, la del delirio persecutorio.

El hombre añorado se convirtió en perseguidor, y el contenido de la fantasía optativa, en el de la persecución.

Sospechamos que también en cuanto a otros casos de delirio persecutorio ha de demostrarse aplicable esta interpretación esquemática. Pero el de Schreber se distingue de los demás en su evolución y en las transformaciones que durante ella experimenta.

La primera de tales transformaciones consiste en la sustitución de Flechsig por la propia persona de Dios, y al principio parece suponer una agudización del conflicto y un incremento de la persecución, ya intolerable, pero no tardamos en ver que en realidad prepara la segunda transformación, y con ella, la solución del conflicto.

Si era totalmente imposible que el enfermo se reconciliara con la idea de verse convertido en mujer y prostituido al médico, la misión de ofrecer a Dios la voluptuosidad que el mismo busca no tropieza con la misma resistencia del yo. La transformación en mujer no es ya un ultraje, sino algo impuesto por la «ordenación del Universo», entra en una magna continuidad cósmica y tiene por objeto una nueva creación de la humanidad desgraciada.

«Hombres nuevos creados por el espíritu de Schreber» venerarán en aquel infeliz perseguidor a su glorioso antepasado. Queda hallado así un expediente que satisface a las dos partes en conflicto.

El yo es compensado por la manía de grandezas, y la fantasía optativa femenina se impone, habiéndose hecho aceptable. La lucha y la enfermedad pueden ya cesar.

Sólo que la aprehensión de la realidad, robustecida entre tanto, obliga a desplazar a un lejano futuro la solución; esto es, a satisfacer con una realización que pudiéramos denominar «asintótica», del deseo. La transformación en mujer tendrá efecto en épocas muy lejanas y la personalidad del doctor Schreber permanecerá indestructible hasta entonces.

En los tratados de Psiquiatría se habla frecuentemente de una transformación del delirio persecutorio en delirio de grandezas conforme a la trayectoria siguiente: El enfermo atacado primariamente por el delirio de ser perseguido por magnos poderes siente la necesidad de explicarse tal persecución y llegar así a suponer que él mismo es una elevada personalidad digna de tanto interés.

La aparición del delirio de grandezas queda así atribuida a un proceso al cual damos nosotros el nombre de «racionalización», utilizando un acertado término de E. Jones. Pero, a nuestro juicio, no es nada psicológico atribuir a una racionalización consecuencias tan intensamente afectivas, y queremos hacer constar, por tanto, que nuestra opinión es muy distinta de esta que mencionan los tratados de Psiquiatría.

Ante todo no afirmamos conocer la fuente del delirio de grandezas. Volviendo al caso de Schreber, hemos de confesar que la explicación de la transformación de su manía tropieza con extraordinarias dificultades. ¿Por qué caminos y con qué medios tiene efecto la ascensión desde Flechsig hasta Dios?

¿De dónde extrae el sujeto el delirio de grandezas que tan afortunadamente facilita su reconciliación con las persecuciones, y permite al análisis la hipótesis de la fantasía optativa que ha de ser reprimida? Las Memorias nos proporcionan aquí un punto de apoyo al mostrarnos que «Flechsig» y «Dios» se hallan para el enfermo en una misma serie.

Una fantasía le hace sorprender un diálogo en el que Flechsig se presenta a su mujer como el «dios Flechsig», haciendo que su interlocutora le tenga por loco.

Más adelante nos llama la atención otro rasgo de los delirios del enfermo. Lo mismo que el perseguidor se divide a través de todo el delirio en dos personalidades, Flechsig y Dios, también el propio Flechsig se divide luego en otras dos, el Flechsig «superior» y el «medio», y Dios en el Dios «superior» y en «inferior».

Y con respecto a Flechsig, la disociación va aún más allá en ulteriores estudios de la enfermedad. Tales disociaciones son muy características de la paranoia. La paranoia disocia, como la histeria condensa. O mejor dicho: la paranoia disocia de nuevo las condensaciones e identificaciones emprendidas en la fantasía inconsciente.

Ahora bien: el hecho de que tal disociación se repita varias veces, como sucede en este caso, es, según C. G. Jung, un signo de la importancia de la persona de que se trata. Todas estas disociaciones de Flechsig y de Dios en varias personas significan, pues, lo mismo que la división del perseguidor en Flechsig y Dios.

Son dobletes de la misma circunstancia importante, tales como los que O. Rank ha descubierto en los mitos. Para la interpretación de todos estos detalles podemos apoyarnos en el hecho de la disociación del perseguidor en Flechsig y Dios y en la interpretación de la misma como una reacción paranoica a una identificación previa de ambos o a su pertenencia a la misma serie.

En consecuencia, si el perseguidor Flechsig era al principio una persona amada, Dios no será tampoco más que el retorno de otra, también amada, pero probablemente más importante.

Continuando este proceso mental que nos parece justificado, habremos de decirnos que tal otra persona sólo puede ser el propio padre del sujeto, con lo cual correspondería claramente a Flechsig el papel de hermano (probablemente mayor).

La raíz de aquella fantasía femenina que tanta resistencia desencadenó en el enfermo sería, pues, la nostalgia, eróticamente intensificada, de su padre y de su hermano, nostalgia que, en cuanto a este último, quedó desplazada, por transferencia, sobre el médico Flechsig.

La introducción del padre en el delirio de Schreber sólo habrá de parecernos justificada en cuanto nos facilite la comprensión del caso y nos ayude a aclarar los detalles incomprensibles del mismo. Recordamos cuán singulares rasgos hallamos en el Dios schrebiano y en la actitud del sujeto con respecto a él, mezcla singular de violenta rebeldía y respetuosa veneración.

Dios, sometido a la influencia maléfica de Flechsig, no era capaz de extraer enseñanza ninguna de la experiencia, no conocía a los hombres vivos, porque sólo sabía tratar con cadáveres, y exteriorizaba su poder en una serie de milagros harto singular, pero estúpidos y pueriles.

Ahora bien: el padre del magistrado Schreber no había sido ningún hombre insignificante. La Memoria del doctor Daniel Gottlieb Moritz Schreber es conservada aún hoy en día por numerosas sociedades sajonas que llevan su nombre.

Médico muy competente y estimado, su labor en pro del desarrollo armónico de la juventud, de la colaboración de la educación familiar con la escolar y de la importancia de los cuidados corporales y el ejercicio físico para la conservación de la salud, ejerció gran influencia sobre sus contemporáneos.

De su fama como fundador de la gimnasia terapéutica en Alemania testimonia aún la difusión de las numerosas ediciones de su Gimnasia médica.

Nada tiene de extraño que un tal padre fuera elevado a la categoría de Dios en el cariñoso recuerdo de su hijo, al que fue arrancado tempranamente por la muerte. Para nuestro sentir existe, desde luego, un abismo que no puede ser cegado entre la personalidad de Dios y la de cualquier hombre, por extraordinario que sea. Pero hemos de recordar que no siempre fue así: los dioses de los antiguos pueblos se hallaban humanamente más cercanos a ellos.

Entre los romanos, el emperador muerto era deificado en toda regla. Vespasiano, activo e inteligente, dijo al caer enfermo: «¡Ay de mí ! Creo que voy a convertirme en dios.».

La actitud infantil del niño con respecto a su padre nos es ya conocida. Integra la misma reunión de sometimiento y rebeldía que hemos hallado en la relación de Schreber con su dios, y es el modelo indiscutible y fielmente copiado de esta última.

El hecho de que el padre de Schreber fuera un médico muy estimado además, y venerado seguramente por sus parientes, nos explica las singulares características que el sujeto hace resaltar críticamente en su dios. La más sangrienta burla de que puede hacerse objeto a un tal médico es afirmar que desconoce en absoluto a los vivos y sólo sabe tratar con cadáveres.

En la naturaleza misma de Dios está el hacer milagros, pero también un médico los hace, en opinión de sus clientes, cuando lleva a cabo alguna curación extraordinaria.

El hecho de que precisamente tales milagros, para los cuales ha proporcionado el material la hipocondría del enfermo, resulten luego tan inverosímiles, absurdos y, en parte, estúpidos, ha de hacernos recordar aquel principio de la interpretación onírica, según el cual el absurdo aparente en los sueños significa burla y desprecio. Idéntico papel representaría, pues, en la paranoia.

Para otros reproches, por ejemplo, el de que Dios nos extrae de la experiencia enseñanza ninguna, podemos encontrar la explicación en aquella conducta infantil que devuelve en el acto y sin modificación alguna un reproche a la persona misma de quien emana, análogamente a como las voces citadas en las Memorias (pág. 23) hacen sospechar que la acusación del asesinato del alma, elevada contra Flechsig, fue, en un principio, una autoacusación.

Animados por las facilidades que la profesión paterna nos procura para la explicación de las singulares cualidades del Dios de Schreber, no aventuraremos ahora a interpretar la extraña disociación del ser divino.

Como ya vimos, el mundo divino se compone de «los reinos anteriores de Dios», llamados también «antesalas del cielo», en los cuales moran las almas de los hombres muertos, y del Dios «superior» y el «infierno», que forman juntos «los reinos posteriores de Dios».

Aunque sabemos que no ha de sernos posible solucionar una condensación aquí existente, aprovecharemos, de todos modos, el detalle antes descubierto de que los «pájaros encantados», símbolos de adolescentes femeninas, proceden de las «antesalas del cielo», para interpretar los «reinos anteriores de Dios» y las «antesalas del cielo», como símbolos de la femineidad, y los «reinos posteriores de Dios» como símbolos de la virilidad.

Si supiéramos seguramente que el difunto hermano de Schreber era mayor que él, podríamos ver en la disociación de Dios en un Dios inferior y otro superior la expresión del recuerdo de que después de la temprana muerte del padre ocupó, para el paciente, su puesto el hermano mayor.

Por último, queremos citar en este contexto al Sol, que tanta importancia hubo de adquirir, por medio de sus rayos, en la expresión del delirio.

Schreber mantiene con el Sol relaciones singularísimas.

El Sol habla con él en lenguaje humano, dándosele a conocer así como un ser vivo o como órgano de un ser superior oculto tras de él. Por uno de los certificados médicos averiguamos que el paciente le dirige, «a grandes gritos, insultos y amenazas», ordenándole que se oculte ante él.

El mismo paciente nos comunica que el Sol palidece a su presencia. La participación del Sol en sus destinos se manifiesta en el hecho de mostrar importantes modificaciones en cuanto el mismo Schreber sufre alguna alteración, como sucedió, por ejemplo, durante las primeras semanas de su estancia en el sanatorio de Sonnenstein.

Una de sus manifestaciones nos facilita la interpretación de este mito solar, revelándonos que identifica al Sol con Dios, y tan pronto con el Dios inferior (Arimán) como con el superior (pág. 137):

«Al día siguiente vi al Dios superior (Ormuz); pero esta vez no con mis ojos espirituales, sino con mis ojos físicos.

Era el Sol; pero no el Sol en su apariencia habitual, familiar a todos los hombres, sino, etc.»

Obra, pues, lógicamente tratando al Sol como si fuese Dios mismo.

No puede hacérseme responsable de la monotonía de las soluciones psicoanalíticas si ahora afirmo que el Sol no es, nuevamente, más que un símbolo sublimado del padre.

El simbolismo se sobrepone aquí al género gramatical, por lo menos en alemán, pues en la mayoría de los demás idiomas el Sol es del género masculino. Su compañera en este reflejo de la pareja parental es la «madre Tierra».

En la solución psicoanalítica de las fantasías patógenas de sujetos neuróticos hallamos constantemente comprobada esta interpretación.

Sólo una observación dedicaremos a su relación con los mitos cósmicos. Una de mis pacientes, que había perdido tempranamente a su padre e intentaba buscarlo en todos los elementos elevados de la Naturaleza, me hizo vislumbrar que el himno de Nietzsche A la aurora daba expresión a igual nostalgia.

Otro enfermo, que contrajo su neurosis inmediatamente después de la muerte de su padre, y sufrió el primer acceso de angustia y vértigo en ocasión en que el Sol le iluminó con sus rayos cuando se hallaba cavando en su jardín con una pala, interpretó espontáneamente su acceso diciéndome que se había asustado al ser sorprendido por su padre mientras hundía en el cuerpo de su madre un instrumento agudo.

Luego, al oponerle yo alguna tímida objeción, hizo más plausible su interpretación, comunicándome que ya en vida de su padre le había comparado con el Sol, aunque entonces tan sólo en sentido humorístico. Cada vez que se le preguntaba que dónde iba a pasar sus vacaciones su padre, él contestaba con las retumbantes palabras del «Prólogo en el Cielo» del Fausto, de Goethe:

Und seine vorgeschrieb’ne Reise Vollendet er mit Donnergang.

[Y con un pisar de trueno llevaba a cabo su viaje anunciado.]

En este enfermo, la actitud infantil ante el padre se impuso en dos distintas fases.

Mientras el padre vivió, se mantuvo en franca y abierta rebeldía contra él, e inmediatamente después de su muerte contrajo una neurosis basada en una total sumisión esclavizada a su voluntad póstuma.

Así, pues, también en el caso de Schreber nos encontramos en el terreno familiar del complejo del padre.

Si la lucha con Flechsig se presenta ante los mismos ojos del enfermo como un conflicto con Dios, nosotros habremos de ver en este último un conflicto con el padre amado, conflicto cuyos detalles, que ignoramos, han determinado el contenido del delirio. No falta en él elemento ninguno del material que en tales casos es generalmente descubierto por el análisis.

El padre aparece en estas vivencias infantiles como perturbador de la satisfacción sexual buscada por el niño, generalmente autoerótica .

En el desenlace del delirio de Schreber, la tendencia sexual infantil alcanza un triunfo definitivo: la voluptuosidad se hace piadosa, y Dios mismo (el padre) la exige al enfermo.

La amenaza paterna más temida, la de la castración, procuró el material de la primera fantasía optativa de la transformación en mujer rechazada al principio y aceptada luego. La alusión a una culpa, encubierta por el «asesinato del alma» como producto sustitutivo, resulta clarísima.

El enfermero jefe es identificado con un antiguo vecino, el señor v. W., que, según las voces, le había acusado falsamente de onanismo. Las voces repiten el fundamento de la amenaza de castración diciendo:

«Será usted castigado por haberse entregado a la voluptuosidad».

Por último, la «obligación de pensar», a la que el enfermo se somete suponiendo que en cuanto suspendiera su actividad mental Dios le creería idiota y se retiraría de él.

Es la reacción, que también nos es familiar por otros casos, contra la amenaza o el temor de que la actividad sexual, y especialmente el onanismo, puedan llevar a la locura.

Dada la enorme cantidad de ideas delirantes hipocondríacas que el enfermo desarrolla, no debemos, acaso, dar gran importancia al hecho de que algunas de ellas coincidan literalmente con los temores hipocondríacos de los onanistas.

Alguien que desarrollara en la interpretación mayor osadía que yo o a quien sus relaciones con la familia de Schreber le hubieran proporcionado mayor número de datos sobre las personas que le rodearon, el ambiente en que vivió y los pequeños sucesos de su vida, lograría fácilmente referir muchos de los detalles de su delirio a sus fuentes respectivas descubriendo así su sentido, a pesar de la censura a que fueron sometidas las Memorias.

Por nuestra parte, nos vemos obligados a contentarnos con un vago esbozo del material infantil utilizado por la enfermedad paranoica para representar el conflicto actual.

Agregaremos aún algunas observaciones en cuanto a las bases del conflicto surgido en derredor de la fantasía optativa femenina. Sabemos que hemos de llevar a cabo la tarea de relacionar la aparición de una fantasía optativa con una «privación» sufrida en la vida real. Ahora bien: el mismo Schreber nos confiesa una tal privación.

Su matrimonio, feliz en todos los demás aspectos, no le proporcionó descendencia, privándole del hijo (varón) que le hubiera consolado de la pérdida de su padre y de su hermano y sobre el cual hubiera podido derivar su insatisfecha ternura homosexual.

Su raza iba a extinguirse, y parece que el sujeto se hallaba orgulloso de su ascendencia y su familia (página 24): «Los Flechsig y los Schreber pertenecían ambos, según el término corriente, a «la más alta nobleza celestial».

Los Schreber, especialmente, llevaban el título de «margraves de Turcia y de Tasmania», según una costumbre de las almas que las impulsa a adornarse con sonoros títulos mundanos, obedeciendo a una especie de vanidad personal. Napoleón el Grande se divorció de Josefina, después de dolorosas luchas internas, por mostrarse ella incapaz de darle un heredero que continuara su dinastía .

El doctor Schreber podía haber acariciado la fantasía de que si fuera una mujer, tendría seguramente hijos, y encontró así el camino para retroceder hasta la actitud femenina infantil con respecto al padre.

El delirio, continuamente desplazado luego en el futuro, de que el mundo sería poblado por su transformación en mujer con «hombres nuevos creados por el espíritu de Schreber», estaba, pues, destinado a compensar su falta de hijos.

Si los «homúnculos», que Schreber mismo encuentra tan enigmáticos, son niños, encontraremos ya muy comprensible que aparezcan reunidos en gran número en su cabeza, pues son realmente los «hijos de su espíritu».

El mecanismo paranoico

Hemos examinado hasta ahora el complejo paterno dominante en el caso de Schreber y la fantasía optativa central de la enfermedad. No hay en todo ello nada característico de la paranoia, nada que no podamos encontrar en otros casos de neurosis y no hayamos encontrado realmente en ellos.

La peculiaridad de la paranoia (o de la demencia paranoide) reposa en algo distinto, en la forma singular de los síntomas, de la cual no habremos de hacer responsables a los complejos, sino al mecanismo de la producción de síntomas o al de la represión. Diríamos que el carácter paranoico está en que la reacción del sujeto como defensa contra una fantasía optativa homosexual haya consistido precisamente en un tal delirio persecutorio.

Será, pues, muy significativo que la experiencia nos invite a atribuir precisamente a la fantasía optativa homosexual una relación íntima y quizá constante con la forma patológica.

Desconfiado de mi propia experiencia, he investigado durante los últimos años, en cuanto a este punto y en unión de mis amigos los doctores C. G. Jung, de Zurich, y S. Ferenczi, de Budapest, toda una serie de casos de la paranoia en hombres y mujeres, de raza, profesión y posición social muy diferentes, cuyos historiales patológicos estudiamos, descubriendo, con sorpresa, cuán claramente dejaban ver todos ellos, en el punto central del conflicto patológico, la defensa contra el deseo homosexual, y cómo tales sujetos habían fracasado todos en el sojuzgamiento de su homosexualidad inconscientemente intensificada. No esperábamos de verdad tan preciso descubrimiento.

Justamente en la paranoia no es nada evidente la etiología sexual, resaltando, en cambio, en su motivación, y sobre todo en cuanto al hombre, las contrariedades y las postergaciones sociales. Pero no hace falta profundizar gran cosa para reconocer que lo realmente eficaz en tales contrariedades de orden social es la participación de los componentes homosexuales de la vida sentimental.

Mientras la actividad normal nos encubre la visión de las profundidades de la vida anímica, podemos dudar de que las relaciones sentimentales de un individuo con sus semejantes, en la vida social, integren, de hecho o genéticamente, relación alguna con el erotismo.

Pero el delirio descubre regularmente tales relaciones y retrotrae los sentimientos sociales a sus raíces en deseos eróticos groseramente sexuales.

Tampoco el doctor Schreber, cuyo delirio culmina en una evidente fantasía optativa homosexual, mostró en sus épocas de salud, según todos los informes, el menor indicio de homosexualidad en el sentido vulgar.

No creo superfluo, ni mucho menos injustificado, intentar aquí la demostración de que nuestro actual conocimiento de los procesos anímicos, conquistado por medio del psicoanálisis, puede procurarnos ya la comprensión del papel desempeñado por el deseo homosexual en la paranoia.

Investigaciones recientes han atraído nuestra atención sobre un estadio de la evolución de la libido, intermedio entre el autoerotismo y el amor objetal. Tal estadio ha sido designado con el nombre de narcisismo, y consiste en que el individuo en evolución, que va sintetizando en una unidad sus instinto [pulsión] sexuales entregados a una actividad autoerótica, para llegar a un objeto amoroso, se toma en un principio a sí mismo; esto es, toma a su propio cuerpo como objeto amoroso antes de pasar a la elección de una tercera persona como tal.

Esta fase de transición entre el autoerotismo y la elección del objeto es quizá normalmente indispensable.

Según parece, muchas personas se estancan en ella durante un espacio de tiempo habitualmente prolongado, y perdura, en gran parte, en los estadios ulteriores de la evolución.

En el propio cuerpo elegido así como objeto amoroso pueden ser ya los genitales el elemento principal.

El curso posterior de la evolución conduce a la elección de un objeto provisto de genitales idénticos a los propios, pasando, pues, por una elección homosexual de objeto antes de llegar a la heterosexualidad.

En consecuencia suponemos que los ulteriores homosexuales manifiestos no han logrado libertarse de la condición de que el objeto elegido posea genitales idénticos a los propios, conducta en cuya determinación ejerce intensa influencia aquella teoría sexual infantil, según la cual los dos sexos poseen órganos genitales idénticos.

Una vez alcanzada la elección heterosexual de objeto, las tendencias homosexuales no desaparecen ni quedan en suspenso, sino que son simplemente desviadas del fin sexual y orientadas hacia otros nuevos.

Se unen con elementos de los instinto [pulsión] del yo, para constituir con ellos los instinto [pulsión] sociales, y representar así la aportación del erotismo a la amistad, a la camaradería, a la sociabilidad y al amor general a la Humanidad. Por las relaciones sociales normales de los hombres no adivinaríamos nunca la magnitud de estas aportaciones procedentes de fuentes eróticas con inhibición de su fin sexual.

A este contexto pertenece también el hecho de que precisamente los homosexuales manifiestos, y en primer término aquellos que rechazan toda actividad sexual, se caractericen por una intensa participación en los intereses generales de la Humanidad, surgidos de la sublimación del erotismo.

En mis TRES ENSAYOS PARA UNA TEORíA SEXUAL he manifestado la opinión de que cada uno de los estadios de la evolución de la psicosexualidad integra una posibilidad de fijación y, con ella, de disposición a la neurosis.

Aquellas personas que no han logrado salir por completo del estadio del narcisismo, integrando, por tanto, una fijación al mismo, que puede actuar en calidad de disposición a la enfermedad, corren peligro de que una crecida de la libido, que no encuentre otra derivación distinta, imponga a sus instinto [pulsión] sociales una sexualización y anule con ello las sublimaciones logradas en el curso de la evolución.

A un tal resultado puede llevar todo aquello que provoque un retroceso de la libido, una regresión; esto es, tanto una intensificación colateral por desilusiones experimentada cerca de la mujer, como un retroceso directo por fracaso de las relaciones sociales con los hombres o una intensificación general de la libido, demasiado poderosa para encontrar derivación por los caminos ya abiertos, y que rompe, en consecuencia, los puntos débiles de los diques que trazan su curso.

Habiendo descubierto en nuestros análisis que los paranoicos intentan defenderse contra una tal sexualización de sus tendencias sociales se nos impone la hipótesis de que el punto débil de su evolución ha de buscarse en el camino que se extiende entre el autoerotismo, el narcisismo y la homosexualidad, lugar en el cual se hallaría localizada su disposición a la enfermedad, que acaso podamos determinar más precisamente aún.

Habremos también de atribuir una análoga disposición a la demencia precoz de Kraepelin o esquizofrenia (según Bleuler), y esperamos lograr puntos de apoyo suficientes para fundamentar las diferencias existentes en la forma y el desenlace de ambas afecciones en diferencias correlativas de la fijación que genera la disposición.

Al considerar así la fantasía optativa homosexual de amar al hombre como el nódulo del conflicto dado en la paranoia masculina, no habremos de olvidar que para sentar definitivamente tan importante hipótesis considerábamos indispensable la investigación previa de un gran número de casos de todas las formas de la afección paranoica. Hemos, pues, de estar preparados a limitar eventualmente nuestra afirmación a un único tipo de la misma.

De todos modos, resulta singular que todas las formas principales de la paranoia conocidas hasta ahora pueden ser consideradas como contradicciones a una única afirmación:

«Yo (un hombre) le amo (a un hombre)», e incluso agoten todas las formas posibles de dicha contradicción.

La afirmación «Yo le amo (al hombre)» queda contradicha:

a) Por el delirio persecutorio, el cual proclama: «No le amo; le odio.» Esta contradicción, que en lo inconsciente no podía aparecer formulada de otro modo, puede no hacerse consciente en la misma forma en el sujeto paranoico.

El mecanismo de la producción de síntomas de la paranoia exige que la percepción interior, el sentimiento, sea sustituida por una percepción exterior, y de este modo, la frase «Yo le odio» se transforma, por medio de una proyección, en esta otra:

«El me odia (me persigue), lo cual me da derecho a odiarle.»

El sentimiento impulsor inconsciente se muestra así como una consecuencia deducida de una percepción exterior: «No le amo; le odio, porque me persigue.» La observación no deja lugar ninguno a dudas en cuanto a que el perseguidor es el hombre anteriormente amado.

b) La erotomanía elige otro distinto punto de ataque para la contradicción, y sólo así nos resulta comprensible:

«Yo no le amo a él; amo a ella.»

Y el mismo incoercible impulso a la proyección impone a esta frase la transformación siguiente:

«Advierto que ella me ama.»

«Yo no le amo a él; la amo a ella, porque ella me ama.»

Muchos casos de erotomanía podían hacernos la impresión de fijaciones heterosexuales exageradas o deformadas si no observásemos que todos estos enamoramientos no se inician con la percepción interna de amar, sino con la de ser amado, procedente del exterior. Pero en esta forma de la paranoia puede hacerse consciente también la frase intermedia «Yo la amo», porque su oposición a la primera frase no es tan contradictoria ni tan inconciliable como la existente entre el amor y el odio.

Siempre es, en efecto, posible amarla a ella, además de amarle a él. De este modo, puede suceder que la frase sustituida por proyección: «Ella me ama», aparece de nuevo en la frase del ‘lenguaje básico’: «Yo la amo.»

c) La tercera forma posible de contradicción estaría en los celos delirantes cuyas formas características podemos estudiar en el hombre y en la mujer:

(i) Delirio celoso de los alcohólicos: El papel que el alcohol desempeña en esta afección es perfectamente comprensible.

Sabemos que el alcohol suprime las inhibiciones y anula las sublimaciones.

El hombre es impulsado muchas veces hacia el alcohol por la desilusión experimentada con las mujeres; pero ello no quiere decir generalmente, sino que busca la sociedad de los hombres, reunidos en la taberna o en el bar, de la cual extrae la satisfacción sentimental que en su hogar y con su mujer echa de menos.

Si tales hombres son objeto entonces de una intensa carga libidinosa en su inconsciente, el sujeto se defenderá contra la misma por medio de la tercera clase de contradicción:

«No soy yo quien ama al hombre; es ella quien le ama.»

Y acusará de infidelidad a su mujer con todos los hombres a los que él se siente inclinado a amar.

La deformación provocada por la proyección falta aquí por innecesaria, pues al cambiar el sujeto amante queda ya, en todos modos, expulsado del yo el proceso.

El hecho de que la mujer ame a otros hombres continúa siendo una circunstancia de la percepción exterior.

En cambio, el que uno mismo no ame, sino que odie, o no ame a esta persona, sino a aquélla, son hechos de la percepción interior.

(ii) Los celos delirantes de las mujeres siguen análoga trayectoria:

«No soy yo quien ama a las mujeres; es él quien las ama.»

A consecuencia de la intensificación de su narcisismo disponente y de su homosexualidad, la mujer celosa acusa de infidelidad a su marido con todas las mujeres que a ella misma le agradan.

En la elección de los objetos amorosos atribuidos al hombre se patentiza la influencia de la época en que tuvo lugar la fijación, pues muchas veces son personas ancianas, inadecuadas ya para el amor y en las que la sujeto encarna a sus guardadoras, criadas y amigas de la infancia, o directamente a sus hermanas, en las que ya entonces veía competidoras.

Pudiera creerse que una frase compuesta únicamente de tres elementos, como la de «Yo te amo», sólo habría de permitir tres formas de contradicción.

Los celos delirantes contradicen al sujeto; el delirio persecutorio, al verbo, y la erotomanía, al complemento. Pero también es posible una cuarta modalidad de la contradicción consistente en la repulsa general de toda la frase: «No amo en absoluto, no amo a nadie.»

Y dado que el sujeto ha de hacer algún uso de la libido, tal aserto parece psicológicamente equivalente a este otro:

«Sólo me amo a mí mismo.»

Esta modalidad de la contradicción produciría, por tanto, el delirio de grandezas, en el que vemos una supervaloración sexual del propio «yo» y que podemos situar al lado de la conocida supervaloración del objeto erótico.

El hecho de que en la mayor parte de las formas de la afección paranoica distintas del delirio de grandezas pueda descubrirse cierto montante de este último, no deja de ser muy significativo para otro fragmento de la teoría de la paranoia.

Tenemos derecho a suponer que el delirio de grandeza es, en general, infantil, quedando sacrificado luego a la sociedad en el curso ulterior de la evolución. Y, por otro lado, nada lo sojuzga con tanta intensidad como un enamoramiento que se apodere enérgicamente del individuo.

«Pues allí donde el amor despierta, muere el yo, déspota, sombrío».

Después de estas consideraciones sobre la inesperada significación de la fantasía optativa homosexual en cuanto a la paranoia, tornaremos a aquellos dos factores en los cuales hallamos desde un principio lo característico de tal afección: el mecanismo de la producción de síntomas y el de la represión.

No tenemos al principio derecho alguno a suponer que tales dos mecanismos sean idénticos, de manera que la producción de síntomas siga el mismo camino que la represión, aunque en dirección opuesta. Tal identidad no es tampoco muy verosímil. Pero preferimos aplazar hasta después de la investigación toda afirmación a este respecto.

En la producción de síntomas de la paranoia resalta, en primer término, aquel proceso que designamos con el nombre de proyección.

En él es reprimida una percepción interna, y en sustitución suya surge en la conciencia su propio contenido, pero deformado y como percepción externa.

En el delirio persecutorio, la deformación consiste en una transformación del afecto: aquello que había de ser sentido interiormente como amor es percibido como odio procedente del exterior.

Nos inclinaríamos a ver en este singular proceso el rasgo más importante de la paranoia si no recordásemos, en primer lugar, que la proyección no desempeña el mismo papel en todas las formas de dicha afección, y en segundo, que no sólo en ella surge en la vida anímica, sino también en otras circunstancias, e incluso participa regularmente en la determinación de nuestra actitud con respecto al mundo exterior.

Aquel proceso normal en el que no buscamos en nosotros mismos, como habitualmente, las causas de ciertas impresiones sensoriales, sino que las desplazamos al exterior, merece también el nombre de proyección.

Advertidos así de que la proyección plantea problemas psicológicos generales, nos decidiremos a aplazar su estudio y con él el del mecanismo de la producción de síntomas en la paranoia, y nos preguntaremos, en cambio, cuál es la idea que podemos formarnos del mecanismo de la represión en la paranoia.

Anticiparemos que nuestra renuncia provisional aparece, además, justificada por el hecho de que la modalidad del proceso de represión se relaciona mucho más íntimamente con la evolución de la libido y de la disposición en ella dada que la modalidad de la producción de síntomas.

En el psicoanálisis hemos hecho surgir en general de la represión los fenómenos patológicos.

Examinando más de cerca el proceso así denominado por nosotros, veremos que es posible dividirlo en tres fases precisamente diferenciales:

La primera fase consiste en la «fijación», premisa y condición de toda «represión».

El hecho de la fijación puede ser definido diciendo que un instinto [pulsión], o una parte de un instinto [pulsión], no sigue la evolución prevista como normal y permanece, a causa de tal inhibición evolutiva, en un estadio infantil. La corriente libidinosa de que se trate conduce, con respecto a los productos psíquicos ulteriores, como una corriente reprimida y perteneciente al sistema de lo inconsciente.

Ya hemos dicho que tales fijaciones de los instinto [pulsión] integran la disposición a enfermedades ulteriores, y podemos añadir que entrañan también, ante todo, la determinación del desenlace de la tercera fase de la represión.

La segunda fase de la represión es la represión propiamente dicha, a la que hasta ahora nos hemos referido preferentemente. Tiene su punto de partida en los sistemas del yo, más desarrollados y capaces de conciencia, y puede ser descrita como un «impulso secundario». Hace la impresión de ser un proceso esencialmente activo, en tanto que la fijación representa una demora propiamente pasiva.

Sucumben a la represión las ramificaciones psíquicas de aquellos instinto [pulsión] primariamente retrasados cuando su intensificación provoca un conflicto entre ellos y el yo (o los instintos [pulsiones] del yo) o aquellas tendencias psíquicas contra las cuales surge, por otras causas, una intensa repugnancia.

Ahora bien: tal repugnancia no tendría por consecuencia la represión si entre las tendencias ingratas destinadas a ser reprimidas y aquellas que ya lo están no se estableciera una relación.

Allí donde así sucede, la repulsa de los sistemas conscientes y la atracción de los sistemas inconscientes actúan en el mismo sentido favorable a la represión. Los dos casos aquí diferenciados pueden hallarse menos separados en realidad, distinguiéndose tan sólo por un mayor o menor impulso en la aportación procurada por los instinto [pulsión] primariamente reprimidos.

La tercera fase y la más importante en cuanto a los fenómenos patológicos es la del fracaso de la represión, con la «irrupción» y el «retorno de lo reprimido».

Esta irrupción tiene su punto de partida en el lugar de la fijación, y su contenido es una regresión de la evolución de la libido hasta dicho lugar. Ya hemos hablado de la multiplicidad de las fijaciones. Hay tantas como estadios de la evolución de la libido.

Ahora debemos prepararnos a encontrar análoga diversidad en los mecanismos de la represión propiamente dicha y en los de la irrupción (o la producción de síntomas) y podemos ya suponer de antemano que habrá de sernos imposible referirlos todos exclusivamente a la evolución de la libido.

Fácilmente se advierte que con estas consideraciones rozamos el problema de la elección de neurosis, el cual no puede ser atacado sin antes llevar a cabo una labor previa de otro orden. Recordando haber tratado ya de la fijación y demorado, en cambio, el estudio de la producción de síntomas, nos limitaremos a examinar la posibilidad de extraer del análisis del caso de Schreber algunos datos sobre los mecanismos de la represión propiamente dicha que actúan en la paranoia.

En el período culminante de la enfermedad surgió en Schreber, bajo la influencia de visiones que eran «en parte terroríficas y en parte de una magnificencia indescriptible» (pág. 73), la convicción de una futura catástrofe que había de acabar con el mundo.

Sus voces le decían que se había perdido la obra realizada en un pasado de catorce mil años y que la Tierra no duraría ya más que otros doscientos doce, y en la última época de su estancia en la clínica de Flechsig el enfermo creía ya cumplido dicho plazo.

Se consideraba como el «único hombre verdadero superviviente», y las pocas formas humanas que aún veía el médico, los enfermeros y los pacientes, eran tan sólo «hombres encantados y hechos a toda prisa». Pero también se le imponía a veces la corriente contraria y afirmaba haber leído en un periódico la noticia de su muerte (pág. 81), pues se había dividido en una segunda forma inferior y había muerto en ella, apaciblemente una tarde.

De todos modos, la otra faceta de su delirio, que mantenía subsistente el yo y sacrificada al mundo demostró ser la más fuerte.

Sobre la causa de la catástrofe que amenazaba al mundo, daba distintas explicaciones. Tan pronto pensaba en un retorno a los hielos perpetuos, provocado por la extinción del Sol, como en una destrucción por espantosos terremotos, adscribiéndose en este último caso el papel de autor responsable, como ya hubo de hacerlo otro «visionario» de nacionalidad portuguesa, con ocasión del terremoto que asoló a Lisboa en 1755 (pág. 91).

O también veía a Flechsig el culpable, por haber difundido el espanto entre los hombres con sus artes mágicas, haber destruido las bases de la religión y haber provocado una nerviosidad y una inmoralidad generales, a consecuencia de las cuales habían caído sobre los hombres terribles epidemias (pág. 91).

En todo caso, el fin del mundo era una consecuencia del conflicto surgido entre Flechsig y él, o, según mostró luego la etiología en la segunda fase del delirio, de su unión, indisoluble ya, con Dios, y, en definitiva, siempre la consecuencia necesaria de su enfermedad.

Años después, cuando el doctor Schreber pudo reintegrarse a la vida social y no consiguió descubrir en los libros ni en los utensilios que manejaba nada compatible con la hipótesis de que hubiera transcurrido un magno período de la historia de la Humanidad, reconoció la imposibilidad de mantener su opinión (pág. 85):

«No puedo menos de reconocer que, vistas las cosas desde fuera, todo sigue lo mismo que antes. Pero más adelante examinaremos si no se ha cumplido en ellas una profunda modificación interior.»

No podía dudar de que el mundo se había hundido durante su enfermedad y que el que ahora veía ante sí no era ya el mismo.

No es raro hallar en otros historiales clínicos un análogo fin del mundo ocurrido durante el estadio tormentoso de la paranoia.

Aplicando nuestra hipótesis sobre la carga de libido y dejándonos guiar por la estimación de los demás hombres como hombres hechos a la ligera, no nos es difícil encontrar la explicación de estas catástrofes.

El enfermo ha retraído de las personas que le rodean y del mundo exterior en general la carga de libido que hasta entonces había orientado hacia ellos, y así todo ha llegado a serle indiferente y ajeno, teniendo que ser explicado, por una racionalización secundaria, como «encantado y hecho a toda prisa».

El fin del mundo es la proyección de esta catástrofe interior, su mundo subjetivo se ha hundido desde que él le ha retirado su amor.

Después de la maldición con la que Fausto se desliga del mundo, canta el coro de espíritus:

«¡Ay! Con ímpetu poderoso has destruido el mundo bello. ¡Un semidiós lo ha derribado!… ¡Tú, el más grande de los hijos de la Tierra, constrúyelo de nuevo; constrúyelo de nuevo, más esplendoroso, en tu corazón !»

Y el paranoico vuelve, en efecto, a construirlo, no precisamente con mayor magnificencia, pero al menos en forma que pueda volver a vivir en él. Lo reconstruye con la labor de su delirio.

El delirio, en el cual vemos el producto de la enfermedad, es en realidad la tentativa de curación, la reconstrucción.

Esta es conseguida mejor o peor después de la catástrofe, pero nunca completamente.

El mundo ha sufrido «una profunda modificación interior», según las palabras del propio Schreber. Pero el hombre ha recobrado una relación con las personas y las cosas del mundo, relación a veces muy intensa, aunque de esperanzada y cariñosa se haya convertido acaso en hostil.

Diremos, pues, que el proceso de represión propiamente dicho consiste acaso en que el sujeto retrae su libido de las personas y las cosas antes amadas. Tal proceso se desarrolla en silencio; no recibimos noticia alguna de él y nos vemos forzados a deducirlo de otros consecutivos.

El que sí se hace advertir ruidosamente es el proceso de curación, que anula la represión y conduce de nuevo la libido a las personas de las que antes fue retirada.

Este proceso curativo sigue en la paranoia el camino de la proyección. No era, por tanto, exacto decir que la sensación interiormente reprimida es proyectada al exterior, pues ahora vemos más bien que lo interiormente reprimido retorna desde el exterior.

La investigación fundamental del proceso de la proyección, antes aplazada, nos proporcionará ahora una definitiva certeza. No nos contrariará comprobar que el conocimiento así logrado nos impone toda una serie de otras discusiones.

Una inmediata reflexión nos dice que la retracción de la libido no puede ser exclusiva de la paranoia ni tener siempre, dondequiera que se desarrolle, consecuencias tan funestas.

Es muy posible que la retracción de la libido sea el mecanismo esencial y regular de toda represión; pero nada sabremos sobre este punto en tanto no hayamos sometido a una investigación análoga las demás afecciones en que la represión interviene. Lo indudable es que en la vida anímica normal (y no sólo en la melancolía) llevamos continuamente a cabo tales procesos, en los que la libido es retirada de personas o cosas, sin que por ello enfermemos.

Cuando Fausto se desliga del mundo, maldiciéndolo, no resulta de ello una paranoia u otra neurosis, sino un estado psíquico especial.

En consecuencia, la retracción de la libido no puede constituir por sí sola el elemento patógeno en la paranoia, debiendo existir un carácter especial que diferencie la retracción paranoica de la libido, de otras modalidades del mismo proceso. No es difícil suponer cuál pueda ser tal carácter.

¿Cuál es el empleo que recibe luego la libido retraída? Normalmente, buscamos en el acto una sustitución de la adherencia suprimida y hasta lograr tal sustitución conservamos la libido retraída, flotando en la psique, en la que produce tensiones e influye sobre el estado de ánimo.

En la histeria, el montante de libido retraída se transforma en inervaciones somáticas o en angustia. Pero en la paranoia tenemos un indicio clínico de que la libido retraída del objeto recibe un empleo especial.

Recordamos que la mayor parte de los casos de paranoia integran cierto montante de delirio de grandezas, y que el delirio de grandezas puede constituir por sí solo una paranoia. Deduciremos, pues, que en la paranoia la libido libertada es acumulada al yo, siendo utilizada para engrandecerlo.

Con ello queda alcanzado nuevamente el estadio del narcisismo que nos es ya conocido por el estudio de la evolución de la libido, y en el cual era el propio yo el único objeto sexual, basándonos en este dato clínico, supusimos que los paranoicos integraban una fijación al narcisismo, y concluimos que el retroceso desde la homosexualidad sublimada hasta el narcisismo revela el alcance de la regresión característica de la paranoia.

En el historial clínico de Schreber (como en otros muchos) puede apoyarse una nueva objeción.

Se dirá, en efecto, que el delirio persecutorio (contra Flechsig) surge evidentemente antes que la fantasía del fin del mundo, de manera que el supuesto retorno de lo reprimido precedería a la represión misma, lo cual resulta un contrasentido.

Esta objeción nos obliga a descender de la consideración general al examen detallado de las circunstancias reales, mucho más complicadas ciertamente. Ha de reconocerse que una tal retracción de la libido puede ser tanto parcial, limitándose a un único complejo, como general.

La solución parcial sería la más frecuente y serviría de introducción a la general, ya que al principio puede ser motivada, únicamente, por influencias de la vida.

El proceso puede luego limitarse a esta solución parcial o llegar a la general, la cual se anuncia entonces claramente con el delirio de grandezas.

En el caso de Schreber, la retracción de la libido de la persona de Flechsig pudo ser el proceso primario, seguido a poco por el delirio que devuelve a Flechsig la libido (aunque con signo negativo como sello de la represión habida) y anula así la obra de la represión. Pero ésta se lanza de nuevo al combate, utilizando ahora medios más enérgicos.

En cuanto al objeto en torno al cual se desarrolla la lucha, llega a ser el más importante del mundo exterior y quiere atraer así, por un lado, toda la libido, mientras moviliza por otro contra él todas las resistencias, podemos comparar dicha pugna con una batalla campal, en cuyo curso la victoria de la represión se manifiesta en la convicción de que el mundo ha quedado destruido, subsistiendo tan sólo el propio yo.

Considerando las artificiosas construcciones que el delirio de Schreber edifica en el terreno religioso (la jerarquía de Dios, las almas purificadas, las antesalas del cielo, el Dios inferior y el superior), podemos estimar qué riqueza de sublimación quedó destruida por la catástrofe de la retracción general de la libido.

Una tercera reflexión sugerida por las consideraciones aquí desarrolladas plantea la cuestión de si hemos de considerar la retracción general de la libido del mundo exterior como suficientemente eficaz para explicar por sí sola el «fin del mundo», y si en este caso no bastarían las cargas del yo subsistentes para mantener la relación con el mundo exterior.

Tendríamos entonces que hacer coincidir aquello que denominamos carga de libido (interés procedente de fuentes eróticas) con el interés en general, o admitir la posibilidad de que una amplia perturbación en la localización de la libido pueda provocar también una perturbación correlativa en las cargas del yo.

Ahora bien, éstos son problemas para cuya solución carecemos aún de datos bastantes. Otra cosa sería si pudiésemos partir de una teoría de los instinto [pulsión] suficientemente afirmada.

Pero, en realidad no disponemos de nada semejante. Consideramos el instinto [pulsión] como el concepto límite de lo somático frente a lo anímico; vemos en él el representante psíquico de poderes orgánicos y admitimos la distinción corriente entre instinto [pulsión] del yo e instinto [pulsión] sexual, que nos parece coincidir con la dualidad biológica del individuo, el cual tiende a su propia conservación tanto como a la de la especie.

Pero todo lo demás son hipótesis que construimos -y abandonamos, llegado el caso, sin la menor contrariedad- para orientarnos en la confusión de los más oscuros procesos anímicos, esperando precisamente que la investigación psicoanalítica de los procesos psíquicos patológicos nos impongan determinadas conclusiones en cuanto a los problemas de la teoría de los instinto [pulsión].

Dada la novedad de tales investigaciones, nuestra esperanza no ha podido cumplirse todavía. Pero no debemos perder de vista la posibilidad de que las perturbaciones de la libido influyan sobre las cargas del yo, ni tampoco la posibilidad inversa de una perturbación secundaria e inducida de los procesos de la libido por alteraciones anormales del yo.

Es incluso verosímil que el carácter diferencial de la psicosis dependa de procesos de este género. Pero no es posible indicar todavía en qué medida puede aplicarse todo esto a la paranoia. Quisiéramos tan sólo hacer resaltar un único punto de vista.

No es posible afirmar que el paranoico haya retraído por completo su interés del mundo exterior, ni siquiera en el período culminante de la represión, como hemos de admitirlo en otras formas distintas de la psicosis alucinatoria (en la amencia de Meynert).

El sujeto percibe el mundo exterior y se da cuenta de sus modificaciones que estimulan en él tentativas de explicación, (los hombres «apresuradamente hechos»), razón por la cual creo mucho más verosímil que la modificación de sus relaciones con el mundo exterior sólo o predominante por la desaparición del interés libidinoso puede explicarse.

Dadas las próximas relaciones de la paranoia con la demencia precoz, no podemos menos de preguntarnos cómo una tal explicación de la primera de dichas dolencias ha de influir en la interpretación de la segunda.

A mi juicio, Kraepelin obró acertadamente al fundir en una nueva unidad clínica, con la catatonia y otras formas, mucho de lo que antes se situaba bajo la rúbrica de la paranoia. Lo único que me parece inhábil es el nombre de demencia precoz dado a tal nueva unidad. También contra la denominación de esquizofrenia dada por Bleuler al mismo ciclo de formas puede objetarse que sólo olvidando el sentido literal de dicha palabra puede parecer adecuada a tal empleo.

Es prejuzgar demasiado utilizar como denominación un carácter teóricamente postulado que ni siquiera es exclusivo de la afección denominada ni puede ser considerado, desde otros puntos de vista, como el más importante. Pero, después de todo, la denominación que se dé a un cuadro clínico no es cosa esencial.

Más importante nos parece mantener la paranoia como tipo clínico independiente, aunque su cuadro aparezca frecuentemente complicado por rasgos esquizofrénicos, pues desde el punto de vista de la teoría de la libido podría diferenciarse en una distinta localización de la fijación dispositiva y en un distinto mecanismo del retorno (de la producción de síntomas) de la demencia precoz, con la cual comparte el carácter principal de la represión propiamente dicha, la retracción de la libido con regresión al yo.

Me parecería lo más adecuado designar la demencia precoz con el nombre de parafrenia, el cual, siendo en sí de contenido indeterminado, expresa sus relaciones con la paranoia y, además, recuerda la hebefrenia en ella surgida. No importaría que tal nombre hubiese sido propuesto antes para cosas distintas, ya que tales empleos no han llegado a imponerse.

Abraham ha expuesto minuciosamente cómo en la demencia precoz resalía con especial precisión la retracción de la libido del mundo exterior. De este hecho deducimos nosotros la represión por retracción de la libido.

También consideramos la fase de las alucinaciones tormentosas como un estadio de la pugna de la represión contra una tentativa de curación que intenta conducir de nuevo la libido a sus objetos.

En los delirios y en las estereotipias motoras de la enfermedad ha reconocido Jung, con extraordinaria agudeza analítica, los restos convulsivamente retenidos en las antiguas cargas de objeto.

Esta tentativa de curación que el observador considera como la enfermedad misma no se sirve, como en la paranoia, de la proyección, sino del mecanismo alucinatorio (histérico).

Es ésta una de las grandes diferencias que separan a la demencia precoz de la paranoia y puede ser objeto de una explicación genética desde otro punto de vista.

El desenlace de la demencia precoz, cuando la afección no se mantiene demasiado parcial, nos ofrece la segunda diferencia. Tal desenlace es, en general, menos feliz que el de la paranoia, pues la victoria no acaba por ser, como en esta última, de la reconstrucción, sino de la regresión.

La regresión no llega tan sólo hasta el narcisismo, que se manifiesta en el delirio de grandezas, sino el abandono total del amor objetivado y al retorno al autoerotismo infantil. La fijación dispositiva ha de ser, por tanto, muy anterior a la de la paranoia, correspondiendo al comienzo de la evolución, que tiende desde el autoerotismo al amor a un objeto.

No es tampoco nada verosímil que los impulsos homosexuales que con tanta frecuencia y acaso regularmente hallamos en la paranoia desempeñen un papel análogamente importante en la etiología de la demencia precoz, mucho más limitada.

Nuestras hipótesis sobre las fijaciones dispositivas en la paranoia y la parafrenia nos hacen comprensible que un caso pueda comenzar con síntomas paranoicos y evolucionar, sin embargo, hasta la demencia; que los fenómenos paranoicos y esquizofrénicos se combinen en proporciones cualesquiera y que un cuadro clínico como el de Schreber, que merece el nombre de demencia paranoica, presente, por la aparición de la fantasía optativa y las alucinaciones, un carácter parafrénico, y por su motivación, el mecanismo de la proyección y su desenlace, un carácter paranoico.

La evolución puede haber dejado tras de sí múltiples fijaciones que permitan sucesivamente la irrupción de la libido suprimida, facilitándole primeramente la última adquirida, y luego, en el curso posterior de la enfermedad, la originaria y más próxima al punto de partida.

Quisiéramos saber a qué circunstancias debe este caso su desenlace relativamente favorable, pues no nos decidimos a atribuirlo exclusivamente a algo tan casual como a la «mejoría de traslado» que apareció al abandonar el enfermo la clínica de Flechsig.

Pero nuestro insuficiente conocimiento de los detalles íntimos de este historial clínico nos impide decidir en tan interesante cuestión.

Sospechamos tan sólo que el acento esencialmente positivo del complejo paterno y la probable serenidad afectuosa de las relaciones mantenidas en años ulteriores con un padre excelente hicieron posible la reconciliación del sujeto con la fantasía homosexual y, en consecuencia, el desenlace análogo a su curación.

No temiendo a la crítica ni a la autocrítica, no tengo motivo ninguno para eludir la mención de una analogía que quizá perjudicase a nuestra teoría de la libido en el juicio de muchos lectores.

Los «rayos de Dios», producto compuesto por una condensación de rayos solares, fibras nerviosas y espermatozoos, no son propiamente más que las cargas de libido objetivamente representadas y proyectadas al exterior y dan al delirio de Schreber una coincidencia singular con nuestra teoría.

El hecho que el mundo haya de terminar porque el yo del enfermo acapara todos los rayos; la ulterior preocupación angustiada del sujeto, durante el proceso reconstructivo, de que Dios pueda desligarse de él retirando sus rayos, y otros varios detalles del delirio de Schreber, parecen casi percepciones endopsíquicas de los procesos supuestos por nosotros para la inteligencia de la paranoia. Pero uno de nuestros amigos, especialista en la materia, puede testimoniar de que nuestra teoría de la paranoia es muy anterior a la lectura del libro de Schreber.

El porvenir decidirá si la teoría integra más delirio del que yo quisiera o el delirio más verdad de lo que otros creen hoy posible. Por último, no quisiera terminar este trabajo, en el cual sólo ha de verse nuevamente un fragmento de una totalidad más importante, sin concretar los dos principios capitales a cuya demostración tiende nuestra teoría libidinosa de las neurosis y las psicosis: tales principios son que las neurosis surgen esencialmente del conflicto del yo con el instinto [pulsión] sexual, y que sus formas conservan las huellas de la evolución de la libido y del yo.

Apéndice – 1911 [1912]

En el estudio del historial clínico de Schreber me he limitado, de propósito, a un mínimum de interpretación, y confío en que todo lector familiarizado con el psicoanálisis habrá extraído del material comunicado más de lo que sobre él aparece dicho, no habiéndole sido difícil llegar a conclusiones que yo me he limitado a indicar.

Una afortunada casualidad que ha atraído la atención de otros autores sobre la autobiografía de Schreber deja adivinar cuánto puede extraerse aún del contenido simbólico de las fantasías y las ideas delirantes del inteligente paranoico.

Un incremento casual de mis conocimientos, posterior a la publicación de mi trabajo sobre Schreber, me ha permitido penetrar mejor en una de sus afirmaciones delirantes y reconocer en ella multitud de relaciones mitológicas. Vimos ya las singulares relaciones que el enfermo mantenía con el Sol, y las explicamos como un símbolo sublimado del padre.

El Sol habla con él en lenguaje humano y se le da así a conocer como un ser vivo.

El enfermo le injuria y le amenaza y asegura que sus rayos palidecen ante él cuando habla en voz alta vuelto hacia ellos. Después de su curación se vanagloria de que puede mirar al Sol sin ser deslumbrado por él, cosa que, naturalmente, no le hubiese sido posible antes.

A este privilegio delirante de poder mirar al Sol sin ser deslumbrado se enlaza el interés mitológico.

En su obra Cultos, mitos y religiones escribe S. Reinach que los antiguos naturalistas atribuían únicamente una tal facultad a las águilas, las cuales, como habitantes de las más altas capas atmosféricas, se hallaban íntimamente relacionadas con el cielo, el Sol y el rayo. Y las mismas fuentes nos informan también de que el águila somete a sus crías a una prueba antes de reconocerlas como legítimas.

Si no consiguen mirar al Sol sin parpadear, son expulsadas del nido.

Sobre la significación de este mito zoológico no podemos abrigar la menor duda. Queda atribuida en él a los animales una costumbre humana. Lo que el águila hace así con sus crías es una ordalía, una prueba de legitimidad, tal y como las llevaban a cabo los más distintos pueblos antiguos.

Así, los celtas que vivían en las márgenes del Rin confiaban a sus hijos recién nacidos a las aguas del río para convencerse de que eran realmente de su sangre, y los psylos, antiguos pobladores de Trípoli, que se jactaban de descender de una pareja de serpientes, ponían en contacto a sus hijos con tales reptiles.

Los legítimos no eran mordidos o se reponían rápidamente de las consecuencias de la mordedura. La premisa de estas pruebas nos adentra profundamente en el pensamiento totémico de los pueblos primitivos.

El totem, el animal o la fuerza natural, pensaba en forma animista, en los que la tribu cree descender, respetan a los pertenecientes a ella como a hijos suyos y son adorados y eventualmente respetados por ellos como sus antepasados. Hallamos aquí muchas cosas extraordinariamente apropiadas, a mi juicio, para facilitarnos una comprensión psicoanalítica de los orígenes de la religión.

El águila que obliga a sus hijos a mirar al Sol y exige que no se muestren deslumbrados por su luz se conduce, pues, como un descendiente del Sol, que somete a sus hijos a una prueba de su legitimidad. Y cuando Schreber se jacta de que puede mirar al Sol sin ser castigado ni deslumbrado, vuelve a descubrir con ello la expresión mitológica de su relación filial con el Sol y nos confirma de nuevo en nuestra opinión de que su Sol es un símbolo del padre.

Recordando que Schreber expresa libremente en su enfermedad el orgullo de su raza:

«Los Schreber pertenecen a la más alta nobleza celestial», y que hemos hallado en su carencia de hijos un motivo humano de su fantasía optativa femenina, veremos ya claramente la relación de su privilegio delirante con los fundamentos de su enfermedad.

Este breve apéndice al análisis de un paranoico puede contribuir a demostrar cuán fundada es la afirmación de Jung de que las fuerzas productoras de mitos de la Humanidad no se han extinguido, sino que crean hoy en las neurosis los mismos productos psíquicos que en las épocas más antiguas. Retorné aquí sobre una alusión ya hecha en otro lugar, insistiendo en que lo mismo puede decirse de las energías productoras de las religiones.

A mi juicio, no puede tardar en llegar el momento de ampliar un principio que nosotros los psicoanalíticos hemos sentado hace ya largo tiempo, agregando a su contenido individual ontogénico su complemento antropológico filogénico. Hemos dicho que en el sueño y en la neurosis volvemos a hallar al niño con todas las peculiaridades de su pensamiento y su vida afectiva.

Agregaremos ahora que también encontramos en él al salvaje, al hombre primitivo, tal y como se nos muestra a la luz de la Arqueología y la Etnología.


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