Planeta Freud

Archive for agosto 21st, 2009

Una aportación al problema de la elección de neurosis – 1913

FreudEl problema de por qué y cómo contrae un hombre una neurosis es ciertamente uno de los que el psicoanálisis habrá de resolver. Pero es muy probable que esta solución tenga como premisa la de otro problema, menos amplio, que nos plantea la interrogación de por qué tal o cual persona ha de contraer precisamente una neurosis determinada.

Es éste el problema de la elección de neurosis. ¿Qué sabemos hasta ahora sobre esta cuestión? En realidad, sólo hemos podido establecer seguramente un único principio.

En las causas patológicas de la neurosis distinguimos dos clases: aquellas que el hombre trae consigo a la vida «causas constitucionales- y aquellas otras que la vida le aporta -causas accidentales», siendo precisa, por lo general, la colaboración de ambos órdenes de causas para que surja la neurosis.

Ahora bien: el principio antes enunciado afirma que la elección de la neurosis depende por completo de las causas constitucionales, o sea de la naturaleza de las disposiciones, careciendo, en cambio, de toda relación con los sucesos patógenos vividos por el individuo.

¿Dónde buscamos el origen de estas disposiciones? Hemos advertido que las funciones psíquicas que en este punto hemos de tener en cuenta «ante todo, la función sexual, pero también diversas funciones importantes del yo- han de atravesar una larga y complicada evolución hasta llegar a su estado característico en el adulto normal.

Suponemos ahora que estas evoluciones no se han desarrollado siempre tan irreprochablemente que la función total haya experimentado sin defecto alguno la correspondiente modificación progresiva.

Allí donde una parte de dicha función ha permanecido retrasada en un estado anterior queda creado lo que llamamos un «lugar de fijación», al cual puede retroceder luego la función en caso de enfermedad por perturbación exterior.

Nuestras disposiciones son, pues, inhibiciones de la evolución. La analogía con los hechos de la patología general de otras enfermedades nos confirma en esta opinión.

Mas al llegar al tema de cuáles son los factores que pueden provocar tales perturbaciones de la evolución, la labor psicoanalítica hace alto y abandona este problema a la investigación biológica. Con ayuda de estas hipótesis nos atrevimos hace ya algunos años a enfrentarnos con el problema de la elección de neurosis. Nuestro método de investigación, consistente en deducir las circunstancias normales precisamente de sus perturbaciones, nos condujo a elegir un punto de ataque especialísimo e inesperado.

El orden en el cual se exponen generalmente las formas principales de las psiconeurosis «histeria, neurosis obsesiva, paranoia, demencia precoz» corresponde (aunque no con absoluta exactitud) al orden temporal de la aparición de estas afecciones en la vida humana.

Las formas patológicas histéricas pueden ser observadas ya en la primera infancia; la neurosis obsesiva revela, por lo corriente, sus primeros síntomas en el segundo período de la niñez (entre los seis y los ocho años); por último, las otras dos psiconeurosis, reunidas por mí bajo el nombre común de parafrenias, no emergen hasta después de la pubertad y en la edad adulta.

Estas afecciones más tardías son las que primero se han hecho accesibles a nuestra investigación de las disposiciones conducentes a la elección de neurosis. Los singulares caracteres peculiares a ambas -el delirio de grandezas, el apartamiento del mundo de los objetos y la dificultad de conseguir la transferencia- nos han impuesto la conclusión de que su fijación dispositiva ha de ser buscada en un estadio de la evolución de la libido anterior a la elección de objeto, o sea en la fase del autoerotismo y el narcisismo. Tales formas patológicas tardías se referirían, pues, a coerciones y fijaciones muy tempranas.

Parecía, por tanto, que la disposición a la histeria y a la neurosis obsesiva, las dos neurosis de transferencia propiamente dichas, con temprana producción de síntomas, habría de buscarse en fases aún anteriores de la evolución de la libido. Pero ¿en qué habría de consistir aquí la coerción de la evolución y, sobre todo, cuál podría ser la diferencia de fases que determinara la disposición a la neurosis obsesiva, en contraposición a la histeria?

Pasó mucho tiempo sin que nos fuera posible averiguar nada sobre estos extremos, y hube de abandonar por estériles mis tentativas anteriormente iniciadas para determinar tales dos disposiciones, suponiendo que la histeria se hallaba condicionada por la pasividad y la neurosis obsesiva por la actividad del sujeto en sus experiencias infantiles.

Retornaremos, pues, al terreno de la observación clínica individual. Durante un largo período de tiempo he estudiado a una enferma cuya neurosis había seguido una trayectoria desacostumbrada. Comenzó, después de un suceso traumático, como una franca histeria de angustia, y conservó este carácter a través de algunos años. Pero un día se transformó de pronto en una neurosis obsesiva de las más graves.

Tal caso había de ser muy significativo en más de un aspecto. Por un lado, podía aspirar al valor de un documento bilingüe y mostrar cómo un mismo contenido era expresado por cada una de ambas neurosis en un lenguaje diferente.

Por otro, amenazaba contradecir nuestra teoría de la disposición por inhibición del desarrollo, si no queríamos decidirnos a aceptar que una persona podía traer consigo a la vida más de un único punto débil en la evolución de la libido.

No creía yo que hubiera motivo alguno para rechazar esta última posibilidad; pero, de todos modos, esperaba con extraordinario interés la solución del caso patológico planteado.

Al llegar a ella en el curso del análisis hube de reconocer que el proceso patógeno se apartaba mucho de la trayectoria por mí supuesta.

La neurosis obsesiva no era una nueva reacción al mismo trauma que había provocado primero la histeria de angustia, sino a un segundo suceso que había quitado al primero toda su importancia. (Tratábase, pues, de una excepción -discutible aún, de todos modos» de aquel principio, antes expuesto, en el que afirmamos que la elección de neurosis era totalmente independiente de los sucesos vividos por el sujeto.)

Desgraciadamente, no me es posible exponer «por motivos evidentes» el historial clínico de este caso con todo el detalle que quisiera.

Me limitaré, pues, a las indicaciones que siguen. La paciente había sido, hasta su enfermedad, una mujer feliz, casi por completo satisfecha.

Abrigaba un ardiente deseo de tener hijos «motivado por la fijación de un deseo infantil», y enfermó al averiguar que su marido, al que quería mucho, no podía proporcionarle descendencia. La histeria de angustia con la que reaccionó a esta privación correspondía, como la misma paciente aprendió pronto a comprender, a la repulsa de las fantasías de tentación, en las que emergía su deseo de tener un hijo.

Hizo todo lo posible por no dejar adivinar a su marido que su enfermedad era una consecuencia de la privación a él imputable. Pero no hemos afirmado sin buenas razones que todo hombre posee en su propio inconsciente un instrumento con el que puede interpretar las manifestaciones de lo inconsciente en los demás; el marido comprendió, sin necesidad de confesión ni explicación algunas, lo que significaba la angustia de su mujer; sufrió, sin demostrarlo tampoco, una gran pesadumbre, y reaccionó, a su vez, en forma neurótica, fallándole por vez primera en su matrimonio la potencia genital al intentar el coito.

Inmediatamente emprendió un viaje. La mujer creyó que el marido había contraído una impotencia duradera, y la víspera de su retorno produjo los primeros síntomas obsesivos.

El contenido de su neurosis consistía en una penosa obsesión de limpieza y en enérgicas medidas preventivas contra los daños con que su propia imaginaria maldad amenazaba a los demás, o sea en productos de una reacción contra impulsos erótico-anales y sádicos.

Estas fueron las formas en que hubo de manifestarse su necesidad sexual al quedar totalmente desvalorizada su vida genital por la impotencia del marido, único hombre posible para ella.

A este punto se enlaza nuestro pequeño avance teórico, que sólo en apariencia se basa sobre esta única observación, pues en realidad reúne una gran cantidad de impresiones anteriores, de las cuales sólo después de esta última pudo deducirse un conocimiento. Resulta, pues, que nuestro esquema del desarrollo de la función libidinosa precisa de una nueva interpolación.

Al principio distinguimos tan sólo la fase del autoerotismo, en la cual cada uno de los instintos parciales busca, independientemente de los demás, su satisfacción en el propio cuerpo del sujeto, y luego, la síntesis de todos los instintos parciales, para la elección de objeto, bajo la primacía de los genitales y en servicio de la reproducción.

El análisis de las parafrenias nos obligó, como es sabido, a interpolar entre aquellos elementos un estadio de narcisismo, en el cual ha sido ya efectuada la elección del objeto, pero el objeto coincide todavía con el propio yo.

Ahora vemos la necesidad de aceptar, aun antes de la estructuración definitiva, un nuevo estadio, en el cual los instintos parciales aparecen ya reunidos para la elección de objeto; y éste es distinto de la propia persona, pero la primacía de las zonas genitales no se halla aún establecida. Los instintos parciales que dominan esta organización pregenital de la vida sexual son más bien los erótico-anales y los sádicos.

Sé muy bien que toda afirmación de este orden despierta en un principio desconfianza y extrañeza.

Sólo después de descubrir sus relaciones con nuestros conocimientos anteriores llegamos a familiarizarnos con ella, y muchas veces acaba por no parecernos sino una insignificante innovación, sospechada desde muy atrás. Iniciaremos, pues, con igual esperanza, la discusión de la «organizaclón sexual pregenital».

a) El importantísimo papel que los impulsos de odio y erotismo anal desempeñan en la sintomatología de la neurosis obsesiva ha sido observado ya por muchos investigadores, habiendo sido objeto últimamente de un penetrante estudio por parte de E. Jones, 1913.

Así resulta también de nuestra afirmación en cuanto tales instintos parciales son los que han vuelto a arrogarse en la neurosis la representación de los instintos genitales, a los que precedieron en la evolución.

En este punto viene a insertarse una parte del historial patológico de nuestro caso, a la que aún no nos hemos referido. La vida sexual de la paciente comenzó en la más tierna edad infantil con fantasías sádicas de flagelación.

Después de la represión de estas fantasías se inició un período de latencia que se prolongó más de lo corriente y en el cual alcanzó la muchacha un alto desarrollo moral sin que despertase en ella la sensibilidad sexual femenina.

Con su temprano matrimonio se inició para ella un período de actividad sexual normal, felizmente prolongado a través de una serie de años, hasta que la primera gran privación (el conocimiento de que su marido no podría darle hijos) trajo consigo la neurosis histérica.

La subsiguiente desvalorización de su vida genital provocó la regresión de su vida sexual a la fase infantil del sadismo. No es difícil determinar el carácter en que este caso de neurosis obsesiva se diferencia de aquellos otros, mucho más frecuentes, que comienzan en años más tempranos y transcurren luego en forma crónica, con exacerbaciones más o menos visibles.

En estos otros casos, una vez establecida la organización sexual que contiene la disposición a la neurosis obsesiva, no es ya superada jamás; en nuestro caso ha sido sustituida por la fase evolutiva superior y vuelta luego a activar, por regresión, desde esta última.

b) Si queremos relacionar nuestra hipótesis con los hechos biológicos, no habremos de olvidar que la antítesis de masculino y femenino, introducida por la función reproductora, no puede existir aún en la fase de la elección pregenital de objeto.

En su lugar hallamos la antítesis constituida por las tendencias de fin activo y las de fin pasivo, la cual irá luego a soldarse con la de los sexos. La actividad es aportada por el instinto general de aprehensión, al que damos el nombre de sadismo cuando lo hallamos al servicio de la función sexual, y que también está llamado a prestar importantes servicios auxiliares en la vida sexual normal plenamente desarrollada.

La corriente pasiva es alimentada por el erotismo anal, cuya zona erógena corresponde a la antigua cloaca indiferenciada. La acentuación de este erotismo anal en la fase pregenital de la organización dejará en el hombre una considerable predisposición a la homosexualidad al ser alcanzada la fase siguiente de la función sexual, o sea la de la primacía de los genitales.

La superposición de esta última fase a las anteriores y la modificación consiguiente de las cargas de libido plantean a la investigación analítica los más interesantes problemas.

Se puede esperar eludir todas las dificultades y complicaciones aquí emergentes negando la existencia de una organización pregenital de la vida sexual y haciendo coincidir y comenzar esta última con la función genital y reproductora.

De las neurosis se diría entonces, teniendo en cuenta los inequívocos resultados de la investigación analítica, que el proceso de la represión sexual las forzaba a expresar tendencias sexuales por medio de otros instintos no sexuales, o sea a sexualizar estos últimos por vía de compensación.

Pero al obrar así abandona la observación el terreno psicoanalítico para volver a situar en el punto en que se hallaba antes del psicoanálisis, debiendo, por tanto, renunciar a la comprensión, por ella lograda, de la relación entre la salud, la perversión y la neurosis.

El psicoanálisis exige el reconocimiento de los instintos sexuales parciales de las zonas erógenas y de la ampliación así establecida del concepto de «función sexual», en oposición al más estrecho de «función genital». Pero además la observación de la evolución normal del niño basta para rechazar tal tentación.

c) En el terreno del desarrollo del carácter hallamos las mismas energías instintivas cuya actuación descubrimos en las neurosis. Pero hay un hecho que nos permite establecer entre uno y otro caso una precisa distinción teórica.

En el carácter falta algo peculiar, en cambio, al mecanismo de las neurosis: el fracaso de la represión y el retorno de lo reprimido.

En la formación del carácter, la represión o no interviene para nada o alcanza por completo su fin de sustituir lo reprimido por productos o sublimaciones. De este modo, los procesos de la formación del carácter son mucho menos transparentes y accesibles al análisis que los neuróticos.

Pero precisamente en el terreno de la evolución del carácter hallamos algo comparable al caso patológico antes descrito: una intensificación de la organización sexual pregenital sádica y erótico-anal.

Es sabido, y ha dado ya mucho que lamentar a los hombres, que el carácter de las mujeres suele cambiar singularmente al sobrevenir la menopausia y poner un término a su función genital.

Se hacen regañonas, impertinentes y obstinadas, mezquinas y avaras, mostrando, por tanto, típicos rasgos sádicos y eróticos-anales, ajenos antes a su carácter.

Los comediógrafos y los autores satíricos de todas las épocas han hecho blanco de sus invectivas a estas «viejas gruñonas», último avatar de la muchacha adorable, la mujer amante y la madre llena de ternura. Por nuestra parte comprendemos que esta transformación del carácter corresponde a la regresión de la vida sexual a la fase pregenital sádico-anal, en la cual hemos hallado la disposición a la neurosis obsesiva.

Esta fase sería, pues, no sólo precursora de la genital, sino también, en muchos casos, sucesora y sustitución suya, una vez que los genitales han cumplido su función. La comparación de tal modificación del carácter con la neurosis obsesiva es interesantísima.

En ambos casos nos hallamos ante un proceso regresivo.

En el primero, regresión completa después de una acabada represión (o yugulación); en el segundo -el de la neurosis» conflicto, esfuerzo por detener la regresión. formación de productos de reacción contra la misma y de síntomas por transacción entre ambas partes y disociación de las actividades psíquicas en capaces de conciencia e inconscientes.

d) Nuestro postulado de una organización sexual pregenital resulta incompleto en dos aspectos.

En primer lugar, se limita a hacer resaltar la primacía del sadismo y del erotismo anal, sin atender a la conducta de otros instintos parciales que habrían de integrar algo digno de investigación y mención.

Sobre todo, el instinto de saber nos da la impresión de la neurosis obsesiva, siendo realmente, en el fondo, una hijuela sublimada y elevada a lo intelectual del instinto de dominio.

Su repulsa en la forma de la duda ocupa en el cuadro de la neurosis obsesiva un importante lugar. La segunda insuficiencia es más importante. Para referir a una trayectoria histórico-evolutiva la disposición a una neurosis es necesario tener en cuenta la fase de la evolución del yo, en la que surge la fijación, tanto como la de la evolución de la libido. Pero nuestro postulado no se ha referido más que a esta última y, por tanto, no contiene todo el conocimiento que podemos exigir.

Los estadios evolutivos de los instintos del yo nos son hasta ahora muy poco familiares. No conozco sino una sola tentativa, muy prometedora, de acercarse a estos problemas: la llevada a cabo por Ferenzci en su estudio sobre el sentido de la realidad.

No sé si parecerá muy atrevido afirmar, guiándonos por los indicios observados, que la anticipación temporal de la evolución del yo a la evolución de la libido ha de integrarse también entre los factores de la disposición a la neurosis obsesiva.

Tal anticipación obligaría, por la acción de los instintos del yo, a la elección del objeto en un período en que la función sexual no ha alcanzado aún su forma definitiva, dando así origen a una fijación en la fase del orden sexual pregenital.

Si reflexionamos que los neuróticos obsesivos han de desarrollar una supermoral para defender su amor objetivado contra la hostilidad acechante detrás de él, nos inclinaremos a considerar como típica en la naturaleza humana cierta medida de tal anticipación de la evolución del yo y a encontrar basada la facultad de la génesis de la moral en el hecho de que, en el orden de la evolución, es el odio el precursor del amor. Quizá es éste el sentido de una frase de W.

Stekel, 1911, que me pareció en un principio incomprensible, y en la que se afirma que el sentimiento primario entre los hombres es el odio y no el amor.

e) Con respecto a la histeria, queda aún por indicar su íntima relación con la última fase del desarrollo de la libido, caracterizada por la primacía de los genitales y la introducción de la función reproductora.

Este progreso sucumbe en la neurosis histérica a la represión, a la cual no se enlaza una regresión a la fase pregenital. La laguna resultante en la determinación de la disposición, a causa de nuestro reconocimiento de la evolución del yo, se hace aquí aún más sensible que en la neurosis obsesiva.

En cambio, no es difícil comprobar que también corresponde a la histeria una distinta regresión a un nivel anterior. La sexualidad del sujeto infantil femenino se encuentra, como ya sabemos, bajo el imperio de un órgano directivo masculino (el clítoris) y se conduce en muchos aspectos como la del niño.

Un último impulso de la evolución, en la época de la pubertad, tiene que desvanecer esta sexualidad masculina y elevar a la categoría de zona erógena dominante la vagina, derivada de la cloaca.

Pero es muy corriente que en la neurosis histérica de las mujeres tenga efecto una reviviscencia de esta sexualidad masculina reprimida, contra la cual se dirige luego una lucha de defensa por parte de los instintos aliados del yo. Pero me parece prematuro iniciar en este punto la discusión de los problemas de la disposición histérica.

FreudEs explicable que los niños mientan, cuando no hacen sino imitar las mentiras de los adultos. Pero cierto número de mentiras de los niños de excelente educación tienen un significado especial y debían hacer reflexionar a los padres, en lugar de indignarlos. Dependen de intensos motivos eróticos y pueden acarrear fatales consecuencias cuando provocan una mala inteligencia entre el infantil sujeto y la persona por él amada.

I. Una niña de siete años, en su segundo año de escuela primaria, pide dinero a su padre para comprar pinturas con que teñir los huevos de Pascua.

El padre rehúsa, alegando no tener dinero. Poco después renueva la niña su demanda, pero justificándola con la obligación de contribuir a una colecta escolar destinada a adquirir una corona para los funerales de una persona real. Cada uno de los colegiales debe aportar cincuenta céntimos.

El padre le da diez marcos. Paga la niña su aportación, deja nueve marcos sobre la mesa del despacho paterno y con los cincuenta céntimos restantes compra las pinturas deseadas, que esconde en el cajón de sus juguetes. Durante la comida, el padre le pregunta qué ha hecho con el dinero que falta y si no lo ha empleado en las pinturas.

Ella lo niega; pero su hermano, dos años mayor, la delata.

Las pinturas son encontradas entre los juguetes.

El padre, muy enfadado, abandona a la pequeña delincuente en manos de la madre, que le administra un severo correctivo. Luego, conmovida ante la intensa desesperación de la niña, la acaricia y sale con ella de paseo, para consolarla. Pero los efectos de este suceso, considerados por la paciente misma como «punto crítico» de su niñez, resultan ya inevitables.

La sujeto, que hasta aquel día era una niña traviesa y voluntariosa, se hace tímida y hosca. Durante los preparativos de su boda es presa de incomprensibles arrebatos de cólera cada vez que su madre efectúa alguna compra para su nuevo hogar.

Piensa que el dinero a tal efecto destinado es de su exclusiva propiedad, sin que nadie, fuera de ella, tenga derecho a administrarlo. De recién casada le repugna pedir a su marido dinero para sus gastos personales y establece una cuidadosa separación innecesaria, entre el dinero de su marido y el «suyo». Durante el tratamiento sucede alguna vez que los envíos monetarios de su marido sufren retraso, dejándola sin dinero en una ciudad desconocida.

Al darme una vez cuenta de ello le hago prometer que si volvía a encontrarse en tales circunstancias, aceptaría en mí el pequeño préstamo necesario para esperar sin apuros la llegada del giro.

Me lo promete, pero al repetirse el hecho no mantiene la promesa y prefiere empeñar una joya. A mis reproches contesta que le es imposible aceptar de mí dinero alguno. La infantil apropiación de los cincuenta céntimos tenía un significado que el padre no podía sospechar.

Algún tiempo antes de su ingreso en la escuela primaria había realizado la niña un acto singular, en el que también había intervenido dinero. Una vecina la había entregado una corta cantidad para que acompañara a un hijo suyo, más pequeño aún, a efectuar una compra. Realizada ésta, volvía a casa con el dinero sobrante; pero al ver en la calle a la criada de la vecina, arrojó al suelo las monedas.

En el análisis de este acto incomprensible para ella misma, surgió, como asociación espontánea, la idea de Judas, que arrojó los dineros recibidos por su traición. Declara tener la seguridad de haber oído relatar la historia de la Pasión antes de ir a la escuela. Pero ¿hasta qué punto está justificada su identificación con Judas? A la edad de tres años y medio tuvo una niñera, a la que tomó inmenso cariño.

Esta niñera entabló relaciones eróticas con un médico, a cuya consulta acudía acompañando a la niña, la cual debió de ser testigo de distintos actos sexuales. No es seguro que viera al médico dar dinero a la muchacha; pero sí que esta última se aseguraba el silencio regalándole algunas monedas con las que adquirir golosinas al retornar a casa. También es posible que el mismo médico diera alguna vez dinero a la niña.

Impulsada ésta por un sentimiento de celos, delató, sin embargo, un día los manejos de su guardadora.

Al llegar a casa se puso a jugar con una moneda de cinco céntimos, tan ostensiblemente, que su madre hubo de interrogarla sobre la procedencia de aquel dinero. La niñera fue despedida.

El acto de tomar dinero de alguien adquirió para ella, desde muy temprano, la significación de la entrega física de las relaciones eróticas. Tomar dinero del padre equivalía a hacerle objeto de una declaración de amor.

La fantasía de tener al padre por novio resulta tan seductora, que el deseo infantil de comprar pinturas con las que teñir los huevos de Pascua se sobrepuso fácilmente, con su ayuda, a la prohibición. Pero le era imposible confesar la apropiación del dinero. Tenía que negarla, porque el motivo del acto, inconsciente para ella misma, era inconfesable.

El castigo impuesto por el padre constituía así una repulsa del cariño ofrecido, un doloroso desprecio, y quebrantó el ánimo de la niña.

Durante el tratamiento surgió una intensa depresión, cuyo análisis condujo al recuerdo de lo anteriormente relatado al verme yo obligado a copiar el desprecio paterno, rogándole que no me trajese más flores. Para el psicoanalista no es casi necesario acentuar que el pequeño suceso infantil integra uno de los frecuentes casos de persistencia del primitivo erotismo anal en la vida erótica ulterior. También el deseo de teñir de colores los huevos procede de la misma fuente.

II. Una señora, gravemente enferma hoy a consecuencia de una dura frustración de la vida real, era de niña singularmente trabajadora, juiciosa y amante de la verdad, convirtiéndose luego en mujer de fina sensibilidad y muy cariñosa para con su marido.

Pero en una época aún más temprana, en los primeros años de su vida, había sido una criatura terca y descontentadiza, y durante el período de su transformación a una bondad y una escrupulosidad exagerada cometió algunas faltas, que luego, en los tiempos de su enfermedad, se reprochaba severamente, considerándolas como signos de una perversión fundamental.

Sus recuerdos la acusaban de haberse hecho culpable por entonces de frecuentes mentiras.Una vez, camino del colegio, se vanaglorió una de sus condiscípulas de haber tenido aquel día hielo (Eeis-hielo-helado) en el almuerzo, contestando ella: «En casa lo tenemos todos los días.»

En realidad, no comprendía siquiera lo que podía significar tener hielo en el almuerzo, ni conocía el hielo más que en los largos bloques en que es repartido por los coches de la fábrica; pero supone que las palabras de su compañera aludían a algo muy distinguido, y no querer ser menos.

Teniendo diez años le encargaron en la clase de dibujo que trazara a pulso una circunferencia. Pero ella hizo uso del compás, y de este modo trazó en seguida una curva perfecta, que enseñó, triunfante, a su vecina de clase.

El profesor que la oyó vanagloriarse, examinó el dibujo, y al descubrir en él las huellas del compás, la incitó a que confesara su engaño. La niña negó tenazmente, sin dejarse convencer por prueba alguna, y acabó encerrándose en un hosco mutismo.

El profesor puso el hecho en conocimiento del padre; pero la buena conducta general de la muchacha los determinó a no dar al suceso consecuencia alguna. Las dos mentiras de la niña dependían del mismo complejo.

Siendo la mayor de cinco hermanas, había desarrollado desde muy temprano una adhesión extraordinariamente intensa a su padre, que luego, en años ulteriores, había de hacerla desdichada para toda su vida.

Sin embargo, no pudo tardar en descubrir que su amado progenitor no poseía aquella grandeza que tan dispuesta estaba a atribuirle. Tenía que luchar con dificultades económicas y no era tan poderoso ni tan noble como ella había creído. Pero la sujeto no podía aceptar tal disminución de su ideal.

Acumulando, según hábito femenino, toda su ambición en la persona del hombre amado, puso toda su alma en apoyar a su padre contra el mundo entero. De este modo mentía vanidosamente ante sus compañera para no disminuir a su padre.

Cuando, más tarde, aprendió a identificar la palabra Eeis (hielo) con la palabra Glace (helado), quedó abierto el camino por el cual el reproche dependiente de estas reminiscencias pudo convertirse en un temor angustioso a los fragmentos de vidrio (Glace=helado; Glas=vidrio).

El padre era un excelente dibujante y había despertado muchas veces e encanto y admiración de sus hijos con muestras de su talento. Identificándose con él, dibujó la niña en el colegio aquella circunferencia cuya perfección sólo podía lograr por medios engañosos. Fue como si quisiera dar a entender orgullosamente: «Fijaos las cosas que mi padre sabe hacer.»

El sentimiento de culpabilidad concomitante a su intensa inclinación hacia su padre halló una expresión en el engaño intentado, cuya confesión resultaba imposible por el mismo motivo del caso anterior, pues hubiera equivalido a la del amor incestuoso.

No deben, ciertamente, despreciarse estos episodios de la vida infantil.

Sería un grave error fundar en tales delitos infantiles el propósito de un carácter inmoral. Dependen de los demás enérgicos motivos del alma infantil y anuncian las disposiciones a destinos ulteriores y a futuras neurosis.

FreudEl sujeto sueña que es una mujer grávida y que está tendido en la cama.

Su estado se le hace muy penoso, y exclama:

«Antes que esto preferiría…» (en el análisis, después de recordar a una persona que lo había cuidado, agregó: «picar piedras»).

A la cabecera de la cama cuelga un mapa cuyo borde inferior es mantenido tenso por un listón de madera (Holzleiste).

El soñante arranca este listón (Leiste) tomándolo por los dos extremos; pero en vez de quebrarse en dos partes, se hiende longitudinalmente en dos. Con esto el sujeto se siente aliviado y también facilita el parto.

Sin ayuda alguna interpreta el arrancamiento del listón (Leiste) como una «gran hazaña» (grosse Leistung), por medio de la cual se libra de su desagradable situación (en el tratamiento), arrancándose a sí mismo de su actitud femenina.

Nada puede objetarse contra esta interpretación del sujeto, pero yo no la calificaría de «funcional» por el simple hecho de que sus ideas oníricas se refieran a su situación en el tratamiento. Tales ideas constituyen el «material» para la formación onírica, igual que todo lo demás. No llego a comprender por qué la actividad ideativa de un analizando no habría de referirse a su actitud en el tratamiento.

La diferenciación del fenómeno «funcional» y del fenómeno «material», según Silberer, sólo tiene valor si existe -como en las conocidas autoobservaciones de este autor, al dormirse- la alternativa de que la atención se ocupe en un contenido ideacional dado, o bien en el estado psíquico del sujeto; pero no cuando este estado mismo constituye el contenido ideacional.

La interpretación del sueño no está, sin embargo, concluida: el detalle absurdo de que el listón no sólo se quiebra, sino que se hiende longitudinalmente, exige una explicación que no puede ser «funcional» y que resulta un tanto difícil hallar.

El soñante concluye por recordar que la duplicación de algo, unida a su destrucción, alude a la castración.

El sueño suele representar la castración por una pertinaz formación antinómica que responde al deseo, figurando no uno, sino dos símbolos fálicos. Por otra parte, la Leiste («listón» e «ingle») es una región del cuerpo vecina a los órganos genitales. Concretando su interpretación, el sujeto declara que en el sueño vence la amenaza de castración que lo ha llevado a la actitud femenina.

FreudNada tiene de sorprendente el que también el psicoanálisis pueda demostrarnos la importancia que nuestros cuentos populares han adquirido en la vida psíquica de nuestros niños.

En algunas personas el recuerdo de sus cuentos favoritos sustituye, los recuerdos de la propia infancia; los cuentos se han convertido, simplemente, en recuerdos encubridores. Pero los elementos y las situaciones de estos cuentos también se encuentran con frecuencia en los sueños, y al tratar de interpretar los pasajes respectivos, los pacientes asocian los cuentos que para ellos vienen al caso.

Quiero exponer aquí dos ejemplos de esta comprobación harto frecuente, pero sólo podré esbozar ligeramente las relaciones entre los cuentos y la historia infantil o la neurosis del soñante, exponiéndome al riesgo de destruir los nexos más valiosos para el analista.

I. Sueño de una mujer joven que hace pocos días recibió la visita de su marido: Se encuentra en un cuarto completamente castaño. Una pequeña puerta da a una escalera empinada por la cual entra al cuarto un curioso hombrecillo con cabellos blancos, calva y nariz roja, que se pone a bailotear ante ella con actitudes muy cómicas, yéndose luego escalera abajo.

Está vestido con una prenda color gris que permite reconocer todas sus formas (Corrección: Lleva un largo gabán negro y un pantalón gris.)

Análisis:

Los rasgos físicos del hombrecillo concuerdan fielmente con los de su suegro. Pero inmediatamente se le ocurre el cuento de Rompelimpón, que bailotea tan cómicamente como el hombrecillo del sueño, revelando así su nombre a la reina y perdiendo con ello su derecho al primer hijo de ésta, de modo que en su cólera termina por partirse en dos.

El día anterior al sueño, ella misma había sentido tal rabia contra su marido, que dijo: «Podría partirlo en dos.» El cuarto castaño comienza por ofrecer dificultades; sólo se le ocurre el comedor de la casa paterna, que está entablado en castaño, y luego algo acerca de esas camas en que resulta tan incómodo dormir en pareja. Hace unos días, girando la conversación acerca de camas en otros países, dijo alguna torpeza – según cree, inocentemente- que provocó las carcajadas de quienes la escuchaban.

El sueño ya es ahora comprensible.

El cuarto castaño como la madera es ante todo una cama, y por su relación con el comedor, una cama matrimonial. De modo que ella se encuentra en la cama matrimonial.

El curioso visitante ha de ser su joven marido, que al cabo de varios meses de ausencia habría vuelto junto a ella para desempeñar su papel en la cama matrimonial. Pero por el momento es el padre del marido, es decir, el suegro. Tras esta primera interpretación hallamos un contenido más profundo, puramente sexual.

El cuarto es ahora la vagina. (El cuarto viene a quedar dentro de ella, al revés de lo que sucede en el sueño.) El hombrecillo que gesticula y se conduce tan cómicamente es el pene; la puerta estrecha y la escalera empinada son confirmaciones que permiten interpretar esta escena como una representación del coito.

En general, el niño suele ser un símbolo del pene, pero comprendemos que en este caso tiene pleno sentido el empleo del padre para representar al pene. La solución de los restantes elementos terminará por consolidar nuestra interpretación.

El traje gris, transparente, lo explica ella misma como un preservativo, comunicándonos también que entre los motivos de este sueño se encuentra su preocupación anticoncepcional y sus cavilaciones sobre si esta visita del marido no le habría dejado el germen de un segundo hijo.

El gabán negro: este le viste muy bien a su marido; ella querría inducirlo a que siempre lo llevase puesto, en lugar de su traje común. Por consiguiente en el gabán negro está su marido tal como desearía verlo. Gabán negro y pantalón gris; es decir, formado por dos capas distintas y superpuestas: «Así vestido quiero tenerte; así me agradas.»

Rompelimpón está vinculado a las ideas actuales del sueño «a los restos diurnos- por medio de una hermosa formación antitética.

En el cuento aparece para quitarle a la reina su primer hijo; el hombrecillo del sueño, en cambio, viene como padre, quizá por haberle traído un segundo hijo. Pero Rompelimpón también nos facilita el acceso a la capa más profunda, infantil, de las ideas oníricas.

El gracioso hombrecillo cuyo nombre nadie conoce, cuyo secreto se querría desentrañar, el que sabe hacer tan extraordinarias tramoyas (en el cuento convierte la paja en oro); la rabia que se le tiene, o más bien a su propietario, por envidiarle su posesión; la envidia fálica de las niñas; todos éstos son elementos cuyas vinculaciones con los fundamentos de la neurosis sólo podemos apuntar en esta ocasión.

También los cabellos cortados del hombrecillo que aparece en el sueño se relacionan seguramente con el tema de la castración.

Quizá sería posible obtener preciosas orientaciones para la interpretación de estos cuentos -tarea que aún tenemos por delante- prestando atención, en los ejemplos más claros de sueños con temas de cuentos infantiles, a la manera en que el soñante aprovecha el cuento y al puesto que se le adjudica en el contexto del sueño.

II. Un joven cuyos recuerdos infantiles tienen por punto de referencia el hecho de que sus padres se trasladaran de una finca que poseían a otra cuando aquél aún no contaba cinco años, refiere el siguiente sueño más temprano que pueda recordar, acaecido cuando todavía residían en la primera de las fincas:

«Soñé que era de noche y estaba acostado en mi cama (ésta tenía los pies junto a la ventana, a través de la cual se veía una fila de viejos nogales; sé que cuando tuve este sueño era invierno y de noche). De pronto la ventana se abre sola y veo, con gran sobresalto, que en el grueso nogal que se alza ante la ventana hay encaramados unos cuantos lobos blancos. Eran seis o siete, totalmente blancos, y parecían más bien zorros o perros ovejeros, pues tenían grandes colas, como los zorros, y las orejas enhiestas, como los perros cuando ventean algo. Presa de horrible miedo, sin duda de ser devorado por los lobos, eché a gritar… y me desperté: Mi niñera acudió para ver qué me había pasado, y tardé largo rato en convencerme de que sólo había sido un sueño: tan natural y claramente se me había aparecido la imagen de la ventana que se abría y de los lobos posados en el árbol. Por fin me tranquilicé, sintiéndome como salvado de un peligro, y volví a dormirme.»

«La única acción del sueño fue la de abrirse la ventana, pues los lobos permanecían sentados, quietos e inmóviles, en las ramas del árbol, a derecha e izquierda del tronco, contemplándome. Parecía como si toda su atención estuviera fijada en mí. Creo que fue éste mi primer sueño de angustia. Tendría yo entonces tres o cuatro años; cinco a lo más. Desde esa noche hasta los once o los doce años siempre tuve miedo de ver algo terrible en sueños.»

El paciente me trajo además un dibujo del árbol con los lobos que confirma su descripción.

El análisis del sueño hace aparecer el siguiente material: El soñante siempre vinculó este sueño con el recuerdo de que en aquellos años de su infancia sentía extraordinario miedo a la estampa de un lobo reproducida en un libro de cuentos.

Su hermana, mayor y mucho más despierta que él, solía divertirse a costa suya exhibiéndole precisamente aquella estampa con cualquier pretexto, ante lo cual se echaba a gritar, horrorizado.

En esa imagen el lobo estaba parado en dos patas, con una levantada, las garras extendidas y las orejas enderezadas. Cree recordar que la imagen correspondía a una ilustración del cuento de Caperucita Roja.

¿Por qué son blancos los lobos de su sueño? Este detalle lo hace pensar en las grandes manadas de ovejas que pastaban en los prados cercanos a la finca.

Su padre en ocasiones lo llevaba consigo cuando iba a visitar dichas manadas, favor que lo hacía sentirse encantado y orgulloso.

Más tarde, en una fecha que, según los informes obtenidos, pudo ser poco antes del sueño, estalló una epidemia entre las ovejas.

El padre hizo venir a un discípulo de Pasteur, que vacunó a los animales; pero éstos siguieron sucumbiendo después de la vacuna en número mayor aún que antes de la misma. ¿Cómo aparecen los lobos encaramados en el árbol ? A esto asocia el paciente un cuento que había oído contar a su abuelo. No recuerda si fue antes o después del sueño, pero su contenido indicaría decididamente lo primero.

El cuento rezaba así: Un sastre estaba trabajando en su cuarto, cuando se abrió de pronto la ventana y de un salto entró por ella un lobo.

El sastre lo golpeó con la vara de medir…; no «rectifica en seguida-, lo tomó de la cola y se la arrancó de un tirón, logrando que el lobo huyese asustado. Poco después el sastre salió a pasear por el bosque y vio venir de pronto una manada de lobos, teniendo que subirse a un árbol para librarse de ellos.

Al principio los lobos se quedaron confundidos, pero el mutilado, que estaba entre ellos y quería vengarse del sastre, propuso a los demás que se treparan unos encima de otros, hasta que el último alcanzase al sitiado, ofreciéndose él mismo «era un lobo viejo y fuerte- para servir de base y sostén a la pirámide.

Los lobos siguieron su consejo, pero el sastre, que había reconocido a su mutilado visitante, gritó de pronto: «¡Agarrad al gris de la cola !» El lobo rabón se asustó tanto al recordar su aventura, que echó a correr e hizo caer a todos los demás.

En este cuento hallamos el antecedente del árbol en el cual aparecen encaramados los lobos en el sueño. Pero también contiene una alusión inequívoca al complejo de castración.

El sastre mutiló al viejo lobo arrancándole la cola. Las largas colas de zorro que ostentan los lobos en el sueño seguramente son compensaciones de tal mutilación. ¿Por qué son seis o siete los lobos del sueño? El paciente parecía no poder contestar a esta pregunta, hasta que yo puse en duda que la estampa angustiante pudiese corresponder al cuento de Caperucita Roja.

Este cuento, en efecto, sólo da ocasión a dos ilustraciones: la del encuentro de Caperucita con el lobo en el bosque y la escena en la cual el lobo aparece acostado y con la cofia de la abuela puesta. Tras el recuerdo de aquella estampa debía ocultarse, pues, otro cuento.

En efecto, no tardó en hallar que sólo podría tratarse del cuento de El lobo y los siete cabritos.

En él aparece el número siete, pero también el seis, pues el lobo devora tan sólo a seis cabritos, ya que el séptimo se esconde en la caja del reloj.

También el color blanco aparece en este cuento, pues el lobo se hace blanquear una pata por el panadero, después que los cabritos lo reconocieron por su pelaje gris en la primera visita.

Ambos cuentos tienen, por lo demás, muchos elementos comunes.

En ambos se encuentra el devorar, el cortar el vientre, la extracción de las personas devoradas y su sustitución por pesadas piedras; finalmente, en ambos el lobo malo termina por perecer.

En el cuento de los cabritos aparece además el árbol, pues luego de su comida el lobo se tumba bajo un árbol y se echa a roncar. Debido a una circunstancia particular, este sueño aún habrá de ocuparme en otra ocasión, y entonces tendré oportunidad de completar su estudio y su interpretación. Trátase de un primer sueño de angustia recordado desde la infancia y cuyo contenido, relacionado con otros sueños que lo siguieron al poco tiempo, así como con ciertos acontecimientos de la niñez, despierta un particularísimo interés.

Aquí nos limitaremos a la relación del sueño con dos cuentos que presentan amplias coincidencias: Caperucita Roja y El lobo y los siete cabritos. La impresión que estos cuentos le causaron se manifestó en el pequeño soñante por una verdadera zoofobia, que únicamente se diferenciaba de otros casos análogos porque el animal temido no era un objeto fácilmente accesible a la percepción (como, por ejemplo, el perro y el caballo), sino que tan sólo era conocido de oídas y por las estampas de un libro de cuentos.

Ya expondré en otra ocasión qué explicación tienen estas zoofobias y cuál es su significado. Mas me apresuro a adelantar que tal explicación concuerda perfectamente con el carácter fundamental que la neurosis de nuestro soñante reveló poseer en épocas posteriores de su vida.

El miedo al padre había sido el motivo más poderoso de su enfermedad, y tanto su existencia como su conducta en el tratamiento estuvieron dominadas por su actitud ambivalente ante todo sustituto del padre.

Si para mi paciente el lobo había sido sólo el primer sustituto del padre, cabe preguntarse si el cuento del lobo que devora a los cabritos y el de Caperucita Roja tienen por contenido secreto algo distinto del miedo infantil al padre.

Por otra parte, el padre de mi paciente tenía la costumbre del regañeo cariñoso, que tantas personas adoptan en la relación con sus hijos, y es posible que en los primeros años de la infancia, cuando jugaba y retozaba con el niño, ese padre, posteriormente tan severo, más de una vez lo haya amenazado en broma:

«¡Te voy a comer!»

Una de mis pacientes me narró cierta vez que sus dos hijos nunca habían podido tomar afecto al abuelo, pues éste solía amenazarlos en sus juegos cariñosos diciéndoles que les abriría el vientre.

Una señora aquejada de manía de la duda y de un ceremonial obsesivo exige a sus enfermeras que no la pierdan de vista ni por un solo instante, pues de lo contrario podría echarse a cavilar sobre alguna cosa prohibida que pudiera haber cometido en el ínterin. Cierta noche, estando recostada en su diván, cree advertir que la enfermera de turno se ha dormido.

Preguntándole al punto si no la perdió de vista, aquélla se incorpora sobresaltada y le contesta: «No, por cierto». Con lo que la enferma ha encontrado motivo para una nueva duda, repitiendo su pregunta al cabo de un momento, sin que la muchacha deje de hacer protestas de su constante atención.

Entonces entra otra sirvienta, trayéndole la cena. Esto sucedió un viernes por la noche. A la mañana siguiente la enfermera le cuenta un sueño que disipa las dudas de la paciente.

<font color="#000080" size="4" Sueño:

Le han dejado un niño para cuidar; la madre se fue de viaje y el niño se le ha perdido. Yendo por la calle, pregunta a todo el mundo si por ventura le han visto.

Así llega a un gran lago y lo cruza por una estrecha pasarela. (A lo cual agrega más tarde: En esta pasarela se le apareció de pronto, como un espejismo, la figura de otra enfermera.) Luego llega a una región que le parece familiar, donde se encuentra con una mujer a la que conoció de niña y que era entonces vendedora en un despacho de comestibles, habiéndose casado más tarde.

A esa mujer, que está parada ante la puerta de su casa, le pregunta. «¿No vio usted al niño?» Pero ella no parece interesarse por su pregunta, refiriéndole en cambio que ahora está divorciada de su marido y agregando que tampoco en el matrimonio todo es felicidad.

Entonces se despierta tranquilizada, pensando que el niño ya acabará por encontrarse en casa de alguna vecina.

Análisis:

Mi paciente aceptó que este sueño debía referirse a la imputada distracción negada por su enfermera. Lo que ésta le había contado espontáneamente en relación con el sueño le permitió llegar a una interpretación prácticamente suficiente, aunque incompleta en muchas partes.

En cuanto a mis informaciones, sólo me enteré de las comunicadas por mi paciente, sin tener oportunidad de conversar con la protagonista del sueño.

Luego de exponer la interpretación de la primera, agregaré cuanto sea posible colegir fundándonos en nuestros conocimientos generales sobre las leyes de la elaboración onírica. «La enfermera me dice que el niño del sueño le recuerda un caso cuya asistencia le resultó muy grata.

Tratábase de un niño que había sufrido una oftalmía blenorrágica, estando privado de la visión. Pero la madre de este niño no se había ido de viaje, sino que participó en su cuidado.

A mi vez, sé que mi marido, cuya opinión sobre esta enfermera es excelente, le encareció me atendiera bien durante su ausencia, prometiéndole ella que me cuidaría ¡como a un niño !» Por otra parte, el análisis de nuestra paciente nos ha enseñado que con su exigencia de no quitarle los ojos de encima pretende a su vez colocarse en una situación infantil.

«El habérsele perdido el niño «prosigue mi paciente» significa que ha dejado de vigilarme, que me ha perdido de vista. He aquí su confesión de que realmente se durmió por un instante y de que luego me mintió.»

La señora no logra explicarse la pequeña parte del sueño en que la muchacha pregunta por el niño a todos los que encuentra en su camino, pero da buena cuenta de los demás detalles contenidos en el sueño manifiesto.

«El gran lago le recuerda el Rin, pero agrega que aquél era mucho más vasto que este río. Luego recuerda que la noche anterior yo le había leído el cuento de Jonás y la ballena, refiriéndole que yo misma había visto cierta vez una ballena en el canal de la Mancha. Creo que el lago representa el mar; es decir, una alusión a la leyenda de Jonás

«También creo que el puente corresponde a cierta versión jocosa de la leyenda, escrita en un dialecto regional.

En ella se cuenta cómo un maestro de religión narra a sus alumnos la maravillosa aventura de Jonás, objetando uno de los niños que eso no podría ser cierto, pues el señor maestro les habría enseñado en otra oportunidad que la ballena tiene fauces tan estrechas, que sólo puede tragar animalejos muy pequeños.

El maestro sale del paso explicando que Jonás era un judío y que los judíos se meterían por todas partes.

Mi enfermera es muy religiosa, pero propensa a dudas sobre la fe, de modo que me reproché porque mi lectura quizá habría podido despertarlas en su mente.» «En este puente angosto se le apareció, pues, la imagen de otra enfermera conocida.

Me narró su historia, contándome que se había arrojado al Rin porque la despidieron de un puesto en que había cometido una falta.

De modo que teme ser despedida por haberse dormido aquella noche. Por otra parte, a la mañana siguiente, después de haberme contado el sueño, se echó a llorar violentamente, y al preguntarle yo sobre el motivo, me respondió con cierta brusquedad:

«¡Bien lo sabe usted, y ahora ya no tendrá confianza en mí!»

Apareciendo esta enfermera ahogada, como un complemento del sueño, y como uno de particular nitidez, deberíamos haber aconsejado a nuestra paciente que comenzara la interpretación onírica por este punto.

Además, según la narración de la protagonista, esta primera parte del sueño estaba dominada por intensa angustia, mientras que en la segunda comienza a tranquilizarse, despertando así. «En el siguiente trozo del sueño «prosigue la paciente, improvisada psicoanalista» vuelvo a encontrar una prueba segura de que se refiere a lo sucedido el viernes por la noche, pues la mujer que había sido vendedora en un despacho de comestibles sólo puede representar a la muchacha que en aquella oportunidad entró trayéndome la cena.

He de agregar que durante todo ese día mi enfermera se quejó de sentir náuseas.

La pregunta que le dirige ««¿No vio usted al niño?» -seguramente se deriva de mi propia pregunta acerca de si no me había perdido de vista, palabras que volví a enrostrarle cuando la sirvienta entró con mi cena.»

También en el sueño se pregunta dos veces por el paradero del niño.

El hecho de que la mujer no le responda, de que no se interese por la pregunta, quisiéramos interpretarlo como un menosprecio de la otra sirvienta a favor de la protagonista del sueño, que manifiesta en el mismo su superioridad sobre su colega, precisamente porque debe enfrentar el reproche de negligencia en sus deberes.

«La mujer que aparece en el sueño no está realmente divorciada de su marido. Toda esta parte tiene su origen en la historia de aquella otra sirvienta, a quien sólo el imperio de sus padres alejó -divorció» de un hombre que la pretendía. Lo de que tampoco en el matrimonio todo es felicidad, quizá represente una expresión de consuelo que ambas mujeres bien pueden haber pronunciado en alguna conversación.

Este consuelo le servirá de modelo para el otro, el de que el niño ya acabará por encontrarse, con el cual concluye el sueño.» «Deduzco de este sueño que mi enfermera realmente se durmió aquella tarde, temiendo ser despedida por ello.

En consecuencia, pude sobreponerme a la duda de si mi propia percepción había sido acertada.

Además, agregó a la narración del sueño, que sentía no haber traído consigo algún libro de oniromancia, y al advertirle yo que esos libros no contienen sino las peores supersticiones, me respondió que, sin ser supersticiosa, debía reconocer que todas las desgracias sufridas en su vida le habían ocurrido los viernes. Por fin, mi enfermera me trata ahora bastante mal, mostrándose pusilánime, irritable y propensa a arrebatos.»

Creo que deberemos acreditarle a mi paciente el haber interpretado y aprovechado correctamente el sueño de su enfermera. Como tan frecuentemente sucede al interpretar sueños en el psicoanálisis, esta tarea no sólo se basa en los resultados de la asociación, sino también sobre las circunstancias accesorias de la narración, en la conducta del protagonista antes y después del análisis onírico, así como en todo lo que exprese y revele más o menos simultáneamente con el sueño, es decir, en la misma sesión analítica.

Si agregamos a todo lo mencionado la irritabilidad de la enfermera, su alusión al funesto día viernes, etc., podremos confirmar el juicio de que el sueño contiene la confesión de haberse dormido realmente en la ocasión en que lo negara, temiendo que su ama la despidiese por ello.

Pero este sueño, que para mi paciente sólo tenía importancia práctica, despierta en nosotros doble interés teórico.

Es verdad que termina con una consolación, pero contiene esencialmente una confesión importante para las relaciones con su ama. ¿Cómo puede expresar el sueño «que ha de servir a la realización de deseos» una confesión que ni siquiera le conviene a su protagonista?

¿Acaso deberemos aceptar, junto a los sueños de deseo y de angustia, la existencia de sueños de confesión, de advertencia, de reflexión, de adaptación y otros por el estilo?

Ahora bien: reconozco que aun no he llegado a comprender por qué mi punto de vista, contrario a tales categorías, formulado en mi Interpretación de los sueños, es objeto de reservas por parte de tantos y, entre ellos, tan calificados psicoanalistas.

El distinguir sueños de deseos, de confesión, de advertencia, de adaptación, etc., no me parece mucho más sensato que la forzosamente aceptada diferenciación de los especialistas médicos en ginecólogos, pediatras y odontólogos, entre otros.

Me tomo la libertad de repetir aquí, muy sucintamente, los pasajes respectivos de La interpretación de los sueños .

Como perturbadores del reposo y motivadores de los sueños pueden actuar los denominados «restos diurnos», procesos ideativos con carga afectiva, procedentes del día anterior al sueño, que han resistido en cierto grado a la atenuación general del reposo.

Se pueden revelar estos restos diurnos reduciendo el sueño manifiesto a las ideas oníricas latentes; aquéllos forman parte de estas últimas, perteneciendo, pues, a las actividades – conscientes o mantenidas inconscientes» de la vigilia, que pueden continuarse durante el reposo.

Dada la multiplicidad de los procesos ideativos en lo consciente y en lo preconsciente, estos restos diurnos poseen las más diversas y múltiples significaciones, pudiendo consistir en deseos o temores no solucionados, así como en propósitos, reflexiones, advertencias, tentativas de adaptación a tareas inminentes, etc.

En este sentido, ajustándose al contenido que los sueños presentan una vez interpretados, parecería justificado caracterizarlos según las categorías mencionadas; pero sucede que estos restos diurnos, por sí solos, aún no constituyen el sueño, pues les falta precisamente el elemento más esencial de éste. De por sí, no son capaces de formar un sueño.

En puridad, no representan sino el material psíquico para la elaboración onírica, tal como los casuales estímulos sensoriales y orgánicos, o las condiciones experimentalmente provocadas, constituyen su material somático.

Adjudicarles el principal papel en la formación onírica significaría repetir en nueva versión el error preanalítico de explicar los sueños por un empacho gástrico o una magulladura cutánea. Tan acérrimos son los errores científicos y tal es su disposición a insinuarse bajo nuevo disfraz, cuando se los ha rechazado.

En la medida en que comprendemos la formación del sueño, hemos de afirmar que su factor esencial es un deseo inconsciente, por lo general infantil, pero actualmente reprimido, que puede manifestarse por medio de aquel material somático o psíquico (es decir, también por los restos diurnos), confiriéndoles con ello la energía necesaria para irrumpir en la consciencia, aun durante el reposo mental nocturno.

El sueño siempre es la realización de este deseo inconsciente, cualquiera que sea su restante contenido: advertencia, reflexión, confesión o algún otro trozo de la profusa vida diurna preconsciente que haya llegado a la noche sin haber sido resuelto.

Este deseo inconsciente es el que impone a la labor onírica su peculiar carácter de elaboración inconsciente de un material preconsciente.

El psicoanalista sólo puede definir el sueño como un resultado de la elaboración onírica; no puede adjudicar las ideas oníricas latentes al sueño, sino a la ideación preconsciente, por más que sólo haya llegado a averiguarlas mediante la interpretación del sueño.

(Aquí la elaboración secundaria por la instancia consciente es incluida en la elaboración onírica, pero esta concepción no precisa ser alterada si se la aísla, debiendo expresarse entonces que el sueño, en el sentido psicoanalítico, comprende la elaboración onírica propiamente dicha y la elaboración secundaria de su producto.)

De estas consideraciones deducimos, en suma, que no es lícito equiparar el carácter realizador de deseos que tiene el sueño con su carácter de advertencia, confesión, tentativa de solución, etc., so pena de negar el punto de vista abismal frente a lo psíquico; es decir, el punto de vista psicoanalítico.

Volvamos ahora al sueño de la enfermera para demostrar en este ejemplo el carácter profundo de la realización del deseo. Ya anticipamos que la interpretación efectuada por mi paciente no es completa, pues deja intactas las partes del contenido onírico que no se encontraban al alcance de su capacidad.

Además, esta señora padece de una neurosis obsesiva, que, según mi impresión, dificulta notablemente el entendimiento de los símbolos oníricos, así como, por el contrario, la demencia precoz lo facilita.

Pero nuestro conocimiento del simbolismo onírico nos permite comprender las partes no interpretadas de este sueño y adivinar un sentido más profundo tras los elementos ya interpretados. No puede menos que sorprendernos el que una parte del material utilizado por la enfermera se origine en el complejo del parir y tener hijos.

El gran curso de agua (el Rin, el canal donde fue vista la ballena) seguramente es el agua de la que proceden los niños; en efecto, la protagonista llega a sus orillas «en busca del niño».

El mito de Jonás, contenido en la determinación del agua; la pregunta de cómo pudo Jonás (el niño) pasar por la estrecha hendidura, son elementos integrantes del mismo complejo.

Por otra parte, la enfermera que por despecho se arrojó al Rin, que se sumergió en el agua, no dejó de hallar, en medio de su desesperación ante la vida, el consuelo simbólicamente sexual que le ofrecía la forma de muerte elegida.

La pasarela donde se le aparece la figura de aquélla también es probablemente un símbolo genital, aunque he de confesar que todavía carecemos de su determinación exacta.

El deseo de tener un hijo vendría a ser, pues, el elemento inconsciente que ha formado el sueño, y en efecto, ningún otro podría ser más apto para consolar a la enfermera por la penosa situación que le enfrenta la realidad.

«Me despedirán, perderé a mi paciente. Pero ¿qué me importa? Me procuraré, en cambio, un hijo propio, carnal» .

El trozo no interpretado, en el cual pregunta a cuantos encuentra en la calle por el paradero del niño, quizá también forme parte de esta relación; entonces tendríamos que interpretarlo así: aunque tuviera que ofrecerme en la calle, ya sabría cómo conseguir un hijo.

Aquí se manifiesta de pronto una obstinación de la protagonista, hasta ahora encubierta, concordando con ella la confesión:

«Pues bien: efectivamente cerré los ojos y comprometí la confianza en mí depositada, de modo que ahora perderé mi puesto. Pero ¿seré tan tonta que vaya a arrojarme al agua, como X?

No; ni siquiera seguiré siendo una enfermera; me casaré, seré esposa, tendré un hijo propio, y nadie podrá impedírmelo.» Esta interpretación se justifica considerando que el «tener hijos» seguramente es la expresión infantil para el deseo de las relaciones sexuales, como, por otra parte, puede ser elegido por la consciencia para dar expresión eufémica a este deseo condenado.

Así, la confesión desfavorable para la protagonista, que seguramente estaría un tanto dispuesta a realizarla en la vida diurna, ha sido posibilitada en el sueño gracias a que un rasgo latente de su carácter la aprovechó para lograr la realización de un deseo infantil.

Podemos sospechar que este rasgo del carácter está íntimamente vinculado, tanto en el tiempo como en su fondo, con el deseo del hijo y del placer sexual. Nuevas informaciones proporcionadas por la paciente a la cual debo la primera parte de esta interpretación onírica me suministraron los siguientes datos inesperados sobre la vida de la enfermera.

Antes de adoptar esta profesión quiso casarse con un hombre que la cortejaba asiduamente, pero renunció al proyecto debido a los reparos de su tía, con la que está ligada por una extraña relación, mezcla de dependencia y porfía.

Esta parienta que le impidió casarse es, a su vez, superiora de una congregación de enfermeras; la soñante siempre la consideró como personaje ejemplar y está fijada a ella por consideraciones de herencia, pero se resistió a su voluntad, negándose a ingresar en la congregación a la cual su tía la había destinado.

De modo que la terquedad expresada en el sueño está dirigida contra la tía. Hemos atribuido origen anal-erótico a este rasgo del carácter y, en efecto, advertimos que son intereses pecuniarios los factores que la colocan en dependencia de la tía.

Recordemos también que los niños profesan la teoría anal del nacimiento.

Este factor de la terquedad infantil quizá nos suministre una relación más íntima entre la primera y la última escena del sueño. La antigua vendedora de comestibles que aparece en el sueño es, ante todo, la otra sirvienta de la señora, que entró en la habitación para traer la cena, precisamente cuando ésta la interrogaba. Pero al parecer está destinada a representar a cualquier competidora enemiga.

Es menospreciada como nodriza, al no interesarse por el niño perdido, replicando con cuestiones que atañen a su vida personal. De modo que se desplaza a ella la negligencia en el trabajo que preocupa a la soñante en su sueño.

A ella se le adjudica también el matrimonio desgraciado y el divorcio que la soñante podría temer si se realizaran sus más íntimos deseos. Pero nosotros sabemos que es la tía quien ha separado a la protagonista de su novio.

Así, esta «vendedora de comestibles» (elemento que no deja de tener significación simbólica infantil) se convierte en representante de la tía-superiora, por otra parte poco más vieja que la protagonista del sueño, y que ocupa frente a ésta el papel tradicional de la madre competidora.

Esta interpretación es confirmada satisfactoriamente por la circunstancia de que el lugar «conocido» del sueño donde se encuentra con la persona de referencia parada ante la puerta de su casa es precisamente el lugar donde vive su tía.

Debido a la distancia que media entre el analista y el objeto del análisis, convendrá no penetrar más profundamente en la trama de este sueño. Con todo, cabe reconocer que, aun en los límites de lo accesible a la interpretación, ha demostrado contener cuantiosas confirmaciones de problemas ya resueltos y planteamientos de otros nuevos.


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