Planeta Freud

Archive for agosto 23rd, 2009

Parte III. Teoría general de las neurosis 1916-7 [1917]

Lección XXV. La angustia

Señoras y señores:

La exposición que sobre la nerviosidad común desarrollé en mi última conferencia debió de pareceros tan incompleta como insuficiente.

Me doy cuenta perfecta de ello, y pienso que lo que más ha debido de asombraros es no encontrar en ella nada referente a la «angustia», síntoma del que se queja la mayoría de los nerviosos como de su más terrible sufrimiento.

Esta angustia puede, en efecto, revestir extraordinaria intensidad e impulsar al enfermo a cometer las mayores insensateces.

Merece, pues, ser objeto de un detenido examen en capítulo aparte. No creo tener necesidad de definir la angustia. Todos vosotros habéis experimentado, aunque sólo sea una vez en la vida, esta sensación, o, dicho con mayor exactitud, este estado afectivo. Y, sin embargo, nadie se ha preocupado hasta el día de investigar por qué son precisamente los nerviosos los que con más frecuencia y mayor intensidad sufren de este estado de angustia.

Quizá se haya encontrado natural esta circunstancia, como lo muestra la general costumbre de emplear indiferentemente, como sinónimos, los términos «nervioso» y «angustiado».

Pero al hacerlo así se comete un grave error, pues hay individuos «angustiados» que no padecen neurosis ninguna, y, en cambio, neuróticos que no presentan entre sus síntomas el de la propensión a la angustia.

De todos modos, lo cierto es que el problema de la angustia constituye un punto en el que convergen los más diversos e importantes problemas y un enigma cuya solución habrá de proyectar intensa luz sobre toda nuestra vida psíquica. No afirmaré poder daros una solución completa, pero ya supondréis que el psicoanálisis ha dedicado toda atención a este problema y trata de resolverlo, como ha resuelto tantos otros, por medios diferentes de los empleados por la medicina académica.

Esta concentra todo su interés en la investigación del determinismo anatómico de la angustia, y declarando que se trata de una irritación de la médula oblongata, diagnostica una neurosis del nervus vagus.

El bulbo o médula alargada es, desde luego, algo muy serio. Por mi parte, he dedicado a su estudio mucho tiempo de intensa labor.

Pero hoy en día debo confesar que desde el punto de vista de la comprensión psicológica de la angustia nada me es más indiferente que el conocimiento del trayecto nervioso seguido por las excitaciones que de él emanan.

Ante todo, debo indicaros que se puede tratar extensamente de la angustia sin relacionarla para nada con los estados neuróticos.

Existe, en efecto, una angustia real, independiente por completo de la angustia neurótica, y que se nos muestra como algo muy racional y comprensible, pudiendo ser definida como una reacción a la percepción de un peligro exterior, esto es, de un daño esperado y previsto.

Esta reacción aparece enlazada al reflejo de fuga y podemos considerarla como una manifestación del instinto de conservación.

Mas,¿ante qué objetos y en qué situaciones se produce la angustia? Ello depende, naturalmente, de los conocimientos del individuo y de su sentimiento de potencia ante el mundo exterior.

El miedo que al salvaje inspira la vista de un cañón y la angustia que experimenta ante un eclipse solar nos parecen naturales.

En cambio, el europeo, que sabe manejar las armas de fuego y predecir el eclipse, no experimenta en ninguno de los dos casos la menor angustia.

A veces, lo que produce esta sensación es, por lo contrario, el saber demasiado, pues entonces prevemos el peligro mucho antes de su llegada. De este modo, el salvaje experimentará miedo al advertir en el bosque la huella de un peligroso animal, huella que para el europeo carecerá de toda significación, y el marino observará con terror una pequeña nube, anuncio de ciclón, mientras que el pasajero no verá en ella amenaza ninguna.

Reflexionando más detenidamente, nos vemos obligados a reconocer que nuestro juicio sobre la racionalidad y la adaptación a un fin de la angustia real debe ser sometido a una revisión.

La única actitud racional ante la amenaza de un peligro consistiría en comparar nuestras propias fuerzas con la gravedad de dicha amenaza y decidir después si el miedo más eficaz de escapar al peligro es la fuga, la defensa o incluso el ataque.

En esta actitud no hay lugar alguno para la angustia, lo cual no puede influir en el desarrollo de los hechos, constituyendo, en cambio, un nuevo peligro para el sujeto, pues cuando alcanza una cierta intensidad llega a paralizar toda acción de defensa, impidiendo incluso la fuga. Generalmente, la reacción a un peligro es un compuesto de sentimiento de angustia y acción defensiva.

El animal asustado experimenta angustia y huye; pero únicamente la fuga responde a un fin, mientras que la angustia carece de él en absoluto. Estas consideraciones nos inclinan a ver en la angustia algo incongruente y desprovisto de todo fin. Pero analizando la situación a que da origen, lograremos quizá formarnos una más exacta idea de su naturaleza.

Lo primero que en tal situación observamos es que el sujeto se halla preparado a la aparición del peligro, circunstancia que se manifiesta en el incremento de la atención sensorial y de la tensión motriz.

Este estado de espera y de preparación es incontestablemente favorable, y su falta traería consigo graves consecuencias para el sujeto.

De él se deriva, por una parte, la acción motora que va desde la fuga a la defensa activa, y por otra, aquello que experimentamos como un estado de angustia. Cuanto más restringido es el desarrollo de la angustia, más rápida y racionalmente se lleva a cabo la transformación del estado de preparación ansiosa en acción. Resulta, pues, que el estado de preparación ansiosa es útil y ventajoso mientras que el desarrollo de angustia se nos muestra siempre como perjudicial y contrario al fin. No me parece necesario entrar aquí en la discusión de si el lenguaje corriente designa o no con las palabras «angustia», «miedo» y «susto» la misma cosa.

A mi juicio, la angustia se refiere tan sólo al estado, haciendo abstracción de todo objeto, mientras que en el miedo se halla precisamente concentrada la atención sobre una determinada causa objetiva.

La palabra «susto» me parece, en cambio, poseer una significación especialísima y designar, sobre todo, el efecto de un peligro al que no nos hallábamos preparados por un previo estado de angustia.

Puede decirse, por tanto, que el hombre se defiende contra el susto por medio de la angustia.

Resulta de todos modos que el uso corriente da a la palabra «angustia» una vaga e indeterminada significación susceptible de múltiples interpretaciones.

La mayor parte de las veces se entiende por angustia el estado subjetivo provocado por la percepción del desarrollo de angustia, estado que se considera como de carácter afectivo.

Ahora bien: ¿qué es lo que desde el punto de vista dinámico consideramos como un estado afectivo? Algo muy complicado. Un estado afectivo comprende, ante todo, determinadas inervaciones o descargas, y además ciertas sensaciones.

Estas últimas son de dos clases: percepciones de acciones motoras realizadas, y sensaciones directas de placer y displacer que imprimen al estado afectivo lo que pudiéramos llamar su tono fundamental. No creo, sin embargo, que con estas consideraciones hayamos agotado todo lo que sobre la naturaleza de los estados afectivos puede decirse.

En algunos de ellos creemos poder remontarnos más allá de estos elementos y reconocer que el nódulo en derredor del cual ha cristalizado la totalidad se halla constituido por la repetición de cierto suceso importante y significativo vivido por el sujeto.

Este suceso puede no ser sino una impresión muy pretérita, de un carácter muy general, y perteneciente a la prehistoria de la especie y no a la del individuo. Para que me comprendáis mejor os diré que el estado afectivo presenta la misma estructura que la crisis de histeria, y es, como ella, el residuo de una reminiscencia.

Podemos comparar, por tanto, la crisis de histeria a un estado afectivo individual de nueva formación y considerar el estado afectivo normal como la expresión de una histeria genérica que ha llegado a ser hereditaria.

No creáis que este conocimiento de los estados afectivos es patrimonio reconocido de la Psicología normal. Trátase, por lo contrario, del resultado exclusivo de las investigaciones psicoanalíticas.

Lo que la Psicología nos dice sobre dichos estados, por ejemplo, la teoría de James-Lange, resulta para nosotros, psicoanalistas, tan incomprensible que ni siquiera podemos entrar a discutirlo.

Sin embargo, he de hacer constar que tampoco nosotros nos hallamos plenamente seguros de la exactitud de nuestros conocimientos sobre esta materia.

La labor de investigación que a ella hemos dedicado no constituye todavía sino un primer intento de orientarnos en tan oscuro dominio. Hecha esta advertencia, continuaré mi exposición.

Creemos saber qué temprana impresión es la que reproduce el estado afectivo caracterizado por la angustia y nos decimos que el acto de nacer es el único en el que se da aquel conjunto de afectos de displacer, tendencias de descarga y sensaciones físicas que constituye el prototipo de la acción que un grave peligro ejerce sobre nosotros, repitiéndose en nuestra vida como un estado de angustia.

La causa de la angustia que acompañó al nacimiento fue el enorme incremento de la excitación, incremento consecutivo a la interrupción de la renovación de la sangre (de la respiración interna). Resulta, pues, que la primera angustia fue de naturaleza tóxica.

La palabra «angustia» (del latín angustiae, estrechez; en alemán, Angst), hace resaltar precisamente la opresión o dificultad para respirar que en el nacimiento existió como consecuencia de la situación real y se reproduce luego casi regularmente en el estado afectivo homólogo.

Es también muy significativo el hecho de que este primer estado de angustia corresponda al momento en que el nuevo ser es separado del cuerpo de su madre.

Naturalmente, poseemos el convencimiento de que la predisposición a la repetición de este primer estado de angustia ha quedado incorporada a través de un número incalculable de generaciones al organismo humano, de manera que ningún individuo puede ya escapar a dicho estado afectivo, aunque, como el legendario Macduff, haya sido «arrancado de las entrañas de su madre»; esto es, aunque haya venido al mundo de un modo distinto del nacimiento natural.

En cambio, ignoramos cuál ha podido ser el prototipo del estado de angustia en animales distintos de los mamíferos y cuál es el conjunto de sensaciones que en estos seres corresponde a nuestra angustia.

Tendréis quizá curiosidad por saber cómo hemos podido llegar a la idea de que es el acto del nacimiento el que constituye la fuente y el prototipo del estado afectivo caracterizado por la angustia.

La especulación no ha contribuido casi en absoluto a tal hallazgo, pues en cierto modo fue el ingenuo pensamiento popular lo que orientó al mío en una tal dirección. Un día -hace ya muchos años- nos hallábamos reunidos en un restaurante varios jóvenes médicos de hospital y el interno de la sala de obstetricia nos relató una divertida anécdota de la que había sido testigo en los últimos exámenes de comadronas. Una de las aspirantes a este título, preguntada por lo que significaba la presencia de meconio en las aguas durante el parto, respondió sin vacilar que ello probaba que el niño experimentaba angustia.

Esta respuesta hizo reír a los examinadores, y la alumna fue suspendida; mas, por lo que a mí respecta, tomé en silencio su partido y comencé a sospechar que la pobre mujer había tenido la justa intuición de una importantísima relación.

Pasemos ahora a la angustia neurótica. ¿Cuáles son las nuevas manifestaciones y relaciones que la angustia nos muestra en estos enfermos? Sobre este tema hay mucho que decir.

En primer lugar hallamos en los neuróticos un estado general de angustia, esto es, una angustia que podríamos calificar de flotante, dispuesta a adherirse al contenido de la primer representación adecuada.

Esta angustia influye sobre los juicios del sujeto, elige las esperas y espía atentamente toda ocasión que pueda justificarla, mereciendo de este modo el calificativo de angustia de espera, o espera ansiosa, que hemos convenido en asignarle.

Las personas atormentadas por esta angustia prevén siempre las eventualidades más terribles, ven en cada suceso accidental el presagio de una desdicha y se inclinan siempre a lo peor cuando se trata de un hecho o suceso inseguro.

La tendencia a esta espera de la desdicha es un rasgo de carácter propio de gran número de individuos que fuera de esto no presentan ninguna enfermedad, siendo considerados como gente de humor sombrío o pesimista.

Pero cuando esta angustia de espera alcanza ya cierta intensidad, corresponde casi siempre a una afección nerviosa a la que he dado el nombre de neurosis de angustia y situado entre las neurosis actuales. Una segunda forma de la angustia presenta, inversamente a aquella que acabo de describir, conexiones más bien psíquicas y aparece asociada a determinados objetos y situaciones.

Es ésta la angustia que caracteriza a las diversas «fobias» tan numerosas como singulares.

El eminente psicólogo americano Stanley Hall se ha tomado recientemente el trabajo de presentarnos toda la serie de estas fobias bajo nuevos nombres griegos, relación que semeja la de las plagas de Egipto, con la diferencia de que el número de las fobias excede considerablemente de diez.

Oíd todo lo que puede llegar a objeto o contenido de una fobia: la oscuridad, el aire libre, los espacios descubiertos, los gatos, las arañas, las orugas, las serpientes, los ratones, las tormentas, las puntas agudas, la sangre, los espacios cerrados, las multitudes humanas, la soledad, el paso por puentes, las travesías por mar, los viajes en ferrocarril, etc.

Al intentar orientarnos en este caso, vemos la posibilidad de distinguir tres grupos.

Algunos de estos objetos o situaciones tienen algo de siniestros incluso para nosotros los normales, pues nos recuerdan un peligro, razón por la cual no nos parecen incomprensibles las fobias correspondientes, aunque sí exagerada su intensidad.

Así, experimentamos casi todos un sentimiento de repulsión a la vista de las serpientes, hasta el punto de que puede decirse que esta fobia es generalmente humana. Carlos Darwin ha descrito de una manera impresionante la angustia que, aun hallándose protegido por un grueso cristal, experimentó a la vista de uno de estos reptiles que se dirigía hacia el.

En un segundo grupo ordenamos los casos en los que existe todavía un peligro; pero tan lejano, que no acostumbramos normalmente tenerlo en cuenta.

Sabemos, en efecto, que un viaje en ferrocarril puede exponernos a accidentes que evitaríamos permaneciendo en casa, y sabemos que el barco en que vamos puede naufragar, pero no por ello dejamos de viajar sin experimentar angustia ninguna ni pensar siquiera en tales peligros.

Es igualmente cierto que caeríamos al agua si el puente que cruzamos se hundiese en aquel momento pero esto ocurre tan raras veces, que semejante idea no tiene por qué preocuparnos. También la soledad trae consigo determinados peligros y está justificado que procuremos evitarla en ciertas circunstancias, pero ello no quiere decir que no podamos, bajo ningún pretexto y en ninguna ocasión, soportarla un momento. Todo esto se aplica igualmente a las multitudes, a los espacios cerrados, a las tormentas, etc.

Lo que en estas fobias de los neuróticos nos parece extraño, no es tanto su contenido como su intensidad.

La angustia que causan es absolutamente incoercible.

A veces llegamos a sospechar que, aunque los neuróticos declaran provocada su angustia por objeto y situaciones que en determinadas circunstancias pueden motivar igualmente la del hombre normal, no son en el fondo tales objetos y situaciones a los que su angustia es imputable.

Queda todavía un tercer grupo de fobias que escapan por completo a nuestra comprensión. Cuando vemos a un hombre maduro y robusto experimentar angustia al tener que atravesar una calle o una plaza de su ciudad natal, cuyos más ocultos rincones le son familiares, o vemos a una mujer de apariencia normal dar muestras de un insensato terror porque un gato ha rozado la fimbria de su falda o ha visto cruzar un ratón ante su paso, ¿cómo podemos establecer una relación entre la angustia del sujeto y un peligro que, sin embargo, existe evidentemente para él ?

Por lo que respecta a las fobias que tienen por objeto determinados animales, es indudable que no puede tratarse de una exageración de antipatías generalmente humanas, pues tenemos la prueba contraria en el hecho de que numerosas personas no pueden pasar al lado de un gato sin llamarle ni acariciarle.

El ratón, tan temido por las mujeres, ha prestado su nombre a una expresión cariñosa muy corriente, y se da el caso de que una muchacha a la que encanta oírse llamar «mi querido ratoncito» por su novio, grita horrorizada en cuanto ve a uno de los graciosos animalitos de este nombre.

Por lo que respecta a los individuos que experimentan la angustia de las calles y plazas, no hallamos otro medio de explicar su estado sino diciendo que se conducen como niños.

La educación trata de hacer comprender al niño que tales situaciones constituyen un peligro para él, que, por tanto, no debe afrontarlas yendo solo. De igual manera se conducen los agoráfobos, que, incapaces de atravesar sin compañía una calle, no experimentan la menor angustia cuando alguien cruza con ellos.

Las dos formas de angustia que acabamos de describir, esto es, la angustia de espera, libre de toda conexión, y la angustia asociada a las fobias, son independientes una de otra. No puede decirse que una de ellas represente una fase muy avanzada de la otra, y sólo de un modo excepcional y como accidental aparecen alguna vez conjuntamente.

El más intenso estado de angustia general no se manifiesta fatalmente por medio de fobias y, en cambio, personas cuya vida se halla envenenada por la agorafobia, permanecen totalmente exentas de la angustia de espera, fuente de pesimismo.

Se ha demostrado que determinadas fobias, tales como la del espacio, la del ferrocarril, etc., no se adquieren más que en la edad madura, constituyendo una grave enfermedad, mientras que otras, tales como la de la oscuridad, la de los animales y la de la tormenta, pueden existir desde los primeros años de la vida y pasan como singularidades o extravagancias del sujeto.

Cuando un individuo presenta una fobia de este último grupo, podemos sospechar justificadamente que posee todavía otras más del mismo género. Debo añadir que situamos todas estas fobias en el cuadro de la histeria de angustia; esto es, que las consideramos como enfermedades muy afines a la histeria de conversión.

La tercera forma de la angustia neurótica nos plantea un enigma presentando una absoluta carencia de relación entre la angustia y un peligro cuya amenaza la justifique.

En la histeria, por ejemplo, acompaña esta angustia a los demás síntomas histéricos o surge en una excitación cualquiera que nos hacia esperar una manifestación afectiva, pero no la de la angustia.

Por último, puede también producirse sin causa ninguna aparente y en una forma incomprensible, tanto para nosotros como para el enfermo, constituyendo un acceso espontáneo y libre, sin que exista peligro alguno o pretexto de peligro cuya exageración pudiera haberlo provocado.

En el curso de estos accesos espontáneos comprobamos que el conjunto al que damos el nombre de estado de angustia es susceptible de disociación.

El acceso puede ser reemplazado en su totalidad por un único pero muy intenso síntoma -temblores, vértigos, palpitaciones u opresión-, faltando o apareciendo apenas marcado aquel sentimiento general característico de la angustia. Y sin embargo, estos estados, a los que damos el nombre de «equivalentes de la angustia», deben ser asimilados a ella desde todos los puntos de vista, tanto clínicos como etiológicos.

Surgen aquí dos interrogaciones: ¿existe un enlace cualquiera entre la angustia neurótica, en la que el peligro no desempeña papel ninguno o sólo mínimo, y la angustia real, que es siempre y esencialmente una reacción a un peligro? ¿Y cómo hemos de comprender esta angustia neurótica? Quisiéramos, ante todo, salvar el principio de que cada vez que esta angustia se presenta debe de existir algo que la provoca.

La observación clínica nos proporciona un cierto número de elementos susceptibles de ayudarnos a comprender la angustia neurótica, elementos cuya significación quiero analizar ante vosotros.

a) No es difícil establecer que la angustia de espera o estado de angustia general depende íntimamente de ciertos procesos de la vida sexual, o más exactamente, de ciertas aplicaciones de la libido.

El caso más sencillo e instructivo de este género es el de las personas que se exponen a una excitación frustrada; es decir, aquellas en las que violentas excitaciones sexuales no hallan una derivación suficiente ni llegan a un término satisfactorio. Tal es, por ejemplo, el caso de los hombres durante los noviazgos y de las mujeres cuyos maridos no poseen una potencia sexual normal o abrevian o hacen abortar, por precaución, el acto sexual.

En estas circunstancias desaparece la excitación libidinosa para dejar paso a la angustia, tanto en la forma de angustia de espera como en las de accesos o sus equivalentes.

La interrupción del acto sexual, como medida preventiva del embarazo de la mujer, constituye, cuando se convierte en régimen sexual normal, una frecuentísima causa de neurosis de angustia, sobre todo en las mujeres, hasta el punto de que siempre que nos hallamos ante un caso de este género habremos de pensar, ante todo, en la posibilidad de una tal etiología.

Procediendo así tendremos numerosas ocasiones de comprobar que la neurosis de angustia desaparece en cuanto el sujeto renuncia a la restricción sexual.

La relación existente entre esta restricción y los estados de angustia ha sido reconocida incluso por medios ajenos al psicoanálisis, pero también se ha intentado subvertirla alegando que las personas que la practican son precisamente aquellas que poseen una previa disposición a la angustia.

Esta hipótesis queda, sin embargo, desmentida en forma categórica por la actitud de la mujer, cuya actuación sexual es de naturaleza esencialmente pasiva, siendo el hombre quien la determina y dirige.

Cuanto más ardiente sea el temperamento de una mujer, y sea ésta, en consecuencia, más inclinada a las relaciones sexuales y más capaz de hallar en ellas una amplia satisfacción, más enérgicamente reaccionará al coitus interruptus por manifestaciones de angustia, reacción que no tendrá, en cambio, efecto en las mujeres atacadas de anestesia sexual o poco libidinosas.

La abstinencia sexual, tan calurosamente preconizada en nuestros días por los médicos, no favorece, naturalmente, la producción de estados de angustia más que en aquellos casos en los que la libido, privada de derivación satisfactoria, alcance un cierto grado de intensidad y no queda descargada en su mayor parte por la sublimación.

El curso del estado patológico depende siempre de factores cuantitativos.

Pero aun en aquellos casos en los que no se trata de una enfermedad, sino tan sólo del carácter personal del sujeto, observamos sin esfuerzo que la restricción sexual es propia de individuos de carácter indeciso y asustadizo, resultando incompatible, en cambio, con la intrepidez y la osadía.

Por diversas que sean las restricciones y complicaciones que las numerosas influencias de la vida civilizada pueden imponer a estas relaciones entre el carácter y la vida sexual, nunca deja de comprobarse que la angustia y la restricción sexual son directamente proporcionales.

No os he comunicado aún la totalidad de las observaciones que confirman esta relación entre la libido y la angustia.

Entre ellas está la referente al influjo ejercido en la producción de las enfermedades caracterizadas por la angustia por aquellas fases de la vida que, como la pubertad y la menopausia, favorecen la exaltación de la libido.

En ciertos estados de excitación puede también observarse directamente la combinación de angustia y de libido y la sustitución final de ésta por aquélla. De tales hechos sacamos una doble impresión: ante todo, nos parece observar que se trata de una acumulación de libido, cuyo curso normal es obstruido, y en segundo lugar, que los procesos a los que asistimos son únicamente de naturaleza somática.

En un principio no vemos cómo la angustia nace de la libido y sólo comprobamos que ésta ha desaparecido y que su lugar ha sido ocupado por la angustia.

b) El análisis de las psiconeurosis, y más esencialmente el de la histeria, nos proporciona otra indicación importantísima.

Sabemos ya que en esta enfermedad aparece con frecuencia la angustia acompañando a los síntomas, pero observamos también una angustia independiente de los mismos y que se manifiesta como un estado permanente o en forma de accesos.

Los enfermos no saben decir por qué experimentan angustia, y a consecuencia de una elaboración secundaria fácil de observar enlazan su estado a las fobias más corrientes, tales como las de la muerte, de la locura o de un ataque de apoplejía.

Cuando analizamos la situación que ha engendrado la angustia o los síntomas a que acompaña, llegamos casi siempre a descubrir la corriente psíquica normal que no ha alcanzado su fin y ha sido reemplazada por el fenómeno de angustia.

O para expresarnos de otra manera: volvemos a construir el proceso inconsciente como si no hubiera sufrido una represión y hubiese proseguido sin obstáculo su desarrollo hasta llegar a la conciencia.

Este proceso hubiera sido acompañado por un cierto estado afectivo, y nos sorprende comprobar que este estado afectivo, concomitante a la evolución normal, es siempre sustituido, después de la represión, por angustia, cualquiera que sea su calidad propia.

Así, pues, cuando nos hallamos en presencia de un estado de angustia histérica, tenemos derecho a suponer que su complemento inconsciente se halla constituido por un sentimiento de la misma naturaleza -angustia, vergüenza, confusión- , por una excitación positivamente libidinosa o por un sentimiento hostil y agresivo, como el furor o la cólera.

La angustia constituye, pues, la moneda corriente por la que se cambia o pueden cambiarse todas las excitaciones afectivas cuando su contenido de representaciones ha sucumbido a la representación.

c) Un tercer dato nos es proporcionado por el examen de aquellos enfermos que ejecutan actos obsesivos, enfermos a los que la angustia respeta en absoluto mientras obedecen a su obsesión.

Pero cuando intentamos impedirles la realización de dichos actos -abluciones, ceremoniales, etc.-, o cuando por si mismos se atreven a renunciar a ellos, experimentan una terrible angustia que los obliga a ceder de nuevo en su enfermedad. Comprendemos entonces que la angustia se hallaba disimulada detrás del acto obsesivo y que éste no era llevado a cabo sino como un medio de sustraerse a ella.

Así, pues, si la angustia no se manifiesta al exterior en la neurosis obsesiva, es por haber sido reemplazada por los síntomas.

En la histeria hallamos también una idéntica relación como resultado de la represión, apareciendo la angustia aisladamente o acompañando a los síntomas, o produciéndose un conjunto de síntomas más completo y carente de angustia.

Podemos, pues, decir de una manera abstracta que los síntomas no se forman sino para impedir el desarrollo de la angustia, que sin ellos sobrevendría inevitablemente.

Esta concepción sitúa la angustia en el centro mismo del interés que nos inspiran los problemas relativos a las neurosis.

Nuestras observaciones sobre las neurosis de angustia nos llevaron a la conclusión de que la desviación de la libido de su aplicación normal, desviación que engendra la angustia, constituye el resultado final de procesos puramente somáticos.

El análisis de la histeria y de las neurosis obsesivas nos ha permitido completar esta conclusión, mostrándonos que desviación y angustia pueden resultar igualmente de una negativa a intervenir de los factores psíquicos.

A esto se reducen todos nuestros conocimientos sobre la génesis de la angustia neurótica, sin que veamos tampoco, por ahora, medio posible de ampliarlos. Otro de los problemas que nos habíamos propuesto esclarecer, esto es, el de fijar las conexiones existentes entre la angustia neurótica resultante de una aplicación anormal de la libido y la angustia real que corresponde a una reacción a un peligro, parece aún más intrincado.

Experimentamos la impresión de que se trata de cosas completamente heterogéneas, pero no poseemos medio alguno que nos permita distinguir en nuestra sensación estas dos angustias una de otra.

Sin embargo, tomando como punto de partida nuestra afirmación -tantas veces repetida- de la existencia de una oposición entre el yo y la libido, acabamos por descubrir la conexión buscada.

Sabiendo que el desarrollo de angustia es la reacción del yo ante el peligro y constituye la señal para la fuga, nada puede impedirnos admitir, por analogía, que también en la angustia neurótica busca el yo escapar a las exigencias de la libido y se comporta con respecto a este peligro interior del mismo modo que si de un peligro exterior se tratase.

Este punto de vista justificaría la conclusión de que siempre que existe angustia hay algo que la ha motivado; pero aún podemos llevar más allá el paralelo iniciado. Del mismo modo que la tendencia a huir ante un peligro exterior queda anulada por la decisión de hacerle frente y la adopción de las necesarias medidas de defensa, así también es interrumpido el desarrollo de angustia por la formación de síntomas.

Pero el deseado esclarecimiento de las relaciones existentes entre la angustia y los síntomas tropieza ahora con una nueva dificultad.

La angustia, que significa una huida del yo ante su libido, es, sin embargo, engendrada por esta última.

Este hecho, que dista mucho de ser evidente, es, sin embargo, real, y nos recuerda la necesidad de no olvidar que la libido de una persona es algo inherente a la misma y no puede oponerse a ella como un factor externo.

Lo que aún permanece oscuro para nosotros es la dinámica tópica del desarrollo de la angustia, o sea la cuestión de saber cuáles son las energías psíquicas gastadas en estas ocasiones y cuáles los sistemas psíquicos de que provienen.

No me es posible prometeros una solución definitiva de estas interrogaciones; pero llamando en auxilio de nuestra labor especulativa a la observación directa y a la investigación psicoanalítica, procederemos al examen de dos interesantes cuestiones susceptibles de proporcionarnos algún esclarecimiento: la génesis de la angustia en los niños y la procedencia de la angustia neurótica asociada a las fobias.

La angustia infantil es algo muy frecuente, resultando harto difícil diagnosticar si se trata de angustia neurótica o real y quedando incluso anulado el valor de esta diferenciación por la actitud del niño. No nos asombra, en efecto, que el niño experimente angustia al hallarse ante personas, situaciones y objetos que le son desconocidos, y nos explicamos esta reacción por su debilidad y su ignorancia.

Le atribuimos, pues, una intensa tendencia a la angustia real, tendencia que no tendríamos inconveniente en considerar como innata, a título de predisposición hereditaria.

Siendo así, no haría el niño sino reproducir la actitud del hombre primitivo, que por su ignorancia y falta de medios de defensa hubo de experimentar angustia ante todo aquello que resultaba nuevo para él.

Aún hoy en día hallamos esta actitud en los salvajes, a los cuales inspiran el más profundo terror cosas familiares ya para el hombre civilizado e incapaces de provocar en él la menor angustia. No nos extrañaría, por tanto, descubrir que por lo menos una parte de las fobias infantiles son idénticas a las que podemos suponer que padecía el hombre primitivo.

Por otro lado, no podemos menos de advertir que no todos los niños se hallan sujetos a la angustia en la misma medida, y que aquellos que manifiestan una angustia particular ante toda clase de objetos y de situaciones, son precisamente los futuros neuróticos.

La disposición neurótica se traduce, pues, también en una tendencia acentuada a la angustia real, mostrándose la angustia como el estado primario e imponiéndose la conclusión de que si el niño, y más tarde el adulto, experimentan angustia ante la intensidad de su libido, es por hallarse predispuesto a angustiarse por todo.

Esta conclusión nos llevaría a negar que la angustia pueda ser un producto de la libido, y tomándola como punto de partida de una investigación de las condiciones de la angustia real, llegaríamos a la teoría de que la causa primera de la neurosis no es otra que la conciencia de la propia debilidad e impotencia -o el sentimiento de inferioridad, según término de A. Adler– cuando esta conciencia persiste en el sujeto más allá de la época infantil.

Todo el razonamiento que antecede parece tan sencillo como atractivo, mas su único resultado sería el de desplazar el enigma de la nerviosidad.

La persistencia del sentimiento de inferioridad y, por consiguiente, de la condición de la angustia y de la formación de síntomas, nos parece algo tan seguro e inevitable, que si aceptásemos la teoría antes expuesta, lo enigmático y necesitado de explicación no sería la nerviosidad, sino lo que consideramos como estado de salud normal.

Pero la observación directa de la angustia infantil nos revela que al principio sólo la presencia de personas extrañas es susceptible de provocar este estado en el niño, el cual no experimenta, en cambio, sensación angustiosa ninguna en situaciones en las que tales personas no intervienen.

Por lo que respecta a los objetos, únicamente más tarde comienzan a ser susceptibles de provocar dicha sensación en el infantil sujeto.

Pero si el niño experimenta angustia a la vista de personas extrañas, no es porque les atribuya malas intenciones ni porque, comparando su propia debilidad a la potencia de las mismas, vea en ellas un peligro para su existencia, su seguridad y su euforia.

Este tipo del niño desconfiado, que vive con el constante temor de una agresión, y al que todo parece hostil, no pasa de ser una equivocada construcción teórica.

Es mucho más exacto afirmar que si el niño se asusta a la vista de rostros extraños, es porque espera siempre ver el de su madre, persona familiar y amada, y la tristeza y decepción que experimenta se transforman en angustia.

Trátase pues, de una libido que se hace inutilizable, y que no pudiendo ser mantenida en suspensión, halla su derivación en la angustia. No constituye, ciertamente, una casualidad el que en esta situación característica de la angustia infantil se encuentre reproducida la condición del primer estado de angustia que acompaña al acto del nacimiento, o sea a la separación de la madre.

Las primeras fobias de situaciones que observamos en el niño son las que se refieren a la oscuridad y la soledad.

La primera persiste a veces durante toda la vida, y la ausencia de la persona amada que cuida al niño, esto es, de la madre, es común a ambas. Un niño, angustiado por hallarse en la oscuridad, se dirige a su tía, que se encuentra en una habitación vecina, y le dice: «Tía, háblame; tengo miedo.» «¿Y de qué te sirve que te hable, si de todas maneras no me ves?» «Hay más luz cuando alguien habla», responde el niño.

La tristeza que se experimenta en la oscuridad se transforma de este modo en angustia ante la oscuridad.

Por tanto, resulta inexacto afirmar que la angustia neurótica es un fenómeno secundario y un caso especial de la angustia real, pues la observación directa del niño nos muestra algo que, conduciéndose como angustia real, tiene con la angustia neurótica un esencialísimo rasgo común: la procedencia de una libido inempleada.

El niño no parece hallarse sujeto a la verdadera angustia real sino en un mínimo grado.

En todas las situaciones que pueden convertirse más tarde en condiciones de fobias, tales como la altura, el viaje en ferrocarril o en barco, etc., no manifiesta el niño angustia ninguna, hallándose tanto más protegido contra ella cuanto mayor es su ignorancia. Hubiera sido deseable que hubiese recibido en herencia un mayor número de instinto de preservación de la vida, pues ello facilitaría extraordinariamente la labor de las personas encargadas de vigilarle e impedirle exponerse a peligros sucesivos.

Pero en realidad el niño comienza por tener de sus fuerzas una idea exagerada, y se conduce sin experimentar angustia porque ignora el peligro. Corre al borde del agua, sube a las balaustradas de las ventanas, juega con objetos cortantes y con fuego; esto es, hace todo aquello que puede perjudicarle y preocupar a los que lo rodean.

Sólo a fuerza de educación acaban los adultos por despertar en el niño la angustia real, pues, naturalmente, no puede permitirse que se instruya por experiencia personal.

Si hay niños que han experimentado la influencia de esta educación por la angustia en una medida tal que acaban por encontrar por sí mismos peligros de los que no se les ha hablado y contra los que no se les había puesto en guardia, ello depende de que su constitución trae consigo una necesidad libidinosa más pronunciada o de que desde muy temprano han contraído malas costumbres en lo que concierne a la satisfacción libidinosa.

Nada de extraño tiene que estos niños lleguen a ser más tarde neuróticos, pues, como ya sabemos, lo que más facilita el nacimiento de una neurosis es la incapacidad de soportar durante un período de tiempo más o menos largo una considerable represión de la libido. Observaréis que en estas consideraciones reconoceremos toda la importancia del factor constitucional, importancia que, por otra parte, jamás hemos discutido.

A lo que sí nos oponemos es a que se prescinda de los restantes factores, atendiendo únicamente al constitucional, o a que se sitúe a éste en primer término en aquellos casos en los que tanto la observación directa como el análisis demuestran que carecen de toda intervención o no desempeña sino un secundario papel.

Así, pues, la observación directa del estado de angustia en los niños nos ha llevado a las siguientes conclusiones: la angustia infantil no tiene casi ningún punto de contacto con la angustia real y se aproxima, por lo contrario, considerablemente a la angustia neurótica de los adultos. Como ésta, debe su origen a la libido inempleada y constituye el objeto erótico de que carece por un objeto o una situación exteriores.

El análisis de las fobias no nos descubre ya grandes novedades, pues su desarrollo es idéntico al de la angustia infantil.

La libido inempleada sufre en ellas una incesante transformación en angustia real aparente y el más mínimo peligro queda así capacitado para constituir un sustitutivo de las exigencias libidinosas.

Esta concordancia entre las fobias y la angustia infantil no puede ya sorprendernos, pues las fobias infantiles no son únicamente el prototipo de aquellas otras más tardías que incluimos en el cuadro de la histeria de angustia, sino también su condición directa previa y su estado preliminar. Toda fobia histérica se remonta a una angustia infantil y la continúa aun cuando posea distinto contenido y deba, por tanto, recibir una diferente denominación.

Las dos enfermedades no difieren entre sí más que desde el punto de vista del mecanismo.

En el adulto no basta, para que la angustia se transforme en libido, el que ésta permanezca momentáneamente inempleada, pues el adulto ha aprendido hace ya mucho tiempo a mantener su libido en suspensión o a darle distinto empleo.

Pero cuando la libido forma parte de un proceso psíquico que ha sucumbido a la represión, reaparecen las circunstancias dadas anteriormente en el niño, el cual no sabía aún establecer diferencia alguna entre lo consciente y lo inconsciente y esta regresión hacia la fobia infantil proporciona a la libido un medio cómodo de transformarse en angustia.

Recordáis, sin duda, cuán ampliamente hemos tratado en estas conferencias de la represión; pero nuestra labor sobre esta materia se ha dirigido siempre a perseguir los destinos de las representaciones que a dicho proceso sucumbían, por ser este punto el más fácil de dilucidar y exponer.

En cambio, hemos dejado siempre a un lado lo referente a la suerte corrida por el estado afectivo asociado a la representación reprimida, y solamente ahora averiguamos que el primer destino de este estado afectivo consiste en sufrir la transformación en angustia, cualquiera que hubiese podido ser su cualidad en condiciones normales.

Esta transformación del estado afectivo constituye la parte más importante del proceso de represión, pero también la más difícil de elucidar, dado que no podemos afirmar la existencia de estados afectivos inconscientes, del mismo modo que afirmamos la de representaciones de este orden.

Las representaciones permanecen idénticas a sí mismas, sean o no conscientes, y podemos muy bien indicar lo que corresponde a una representación inconsciente.

Pero un estado afectivo es un proceso de descarga y debe ser juzgado de muy distinta manera que una representación.

Sin haber analizado y elucidado a fondo nuestras premisas relativas a los procesos psíquicos, no nos es posible indicar qué es lo que en lo inconsciente corresponde al estado afectivo.

Es ésa además, una labor que no podemos emprender aquí, pero por lo pronto mantendremos nuestra hipótesis de que el desarrollo de la angustia se halla íntimamente enlazado al sistema de lo inconsciente.

Os indiqué antes que la transformación de angustia, o, más exactamente, la descarga bajo la forma de angustia, constituye el primero de los destinos reservados de la libido reprimida, y debo ahora añadir que no es éste ni su único destino ni su destino definitivo. En el curso de las neurosis aparecen procesos que tienden a obstruir este desarrollo de la angustia y lo logran de diferentes modos.

En las fobias, por ejemplo, se distinguen claramente dos fases del proceso neurótico. La primera es la de la represión de la libido y su transformación en angustia, fase que queda ligada a un peligro exterior. Durante la segunda se van constituyendo todos los medios de defensa destinados a impedir un contacto con este peligro, que queda tratado como un hecho exterior.

La represión corresponde a una tendencia de fuga del yo ante la libido considerada como un peligro; y así, pues, la fobia viene a constituir una especie de defensa contra el peligro exterior que reemplaza ahora a la temida libido.

La falta de resistencia del sistema de defensa empleado en las fobias depende de que la fortaleza, inexpugnable desde el exterior, no lo es, en cambio, desde el interior.

La proyección al exterior del peligro representado por la libido no puede jamás conseguirse de una manera perfecta, y por esta razón existen en las demás neurosis otros sistemas de defensa contra el posible desarrollo de la angustia.

Es éste un capítulo muy interesante de la psicología de la neurosis, pero desgraciadamente no podemos abordarlo en estas lecciones, pues además de que nos llevaría muy lejos, se trata de materias cuya comprensión exige conocimientos especiales muy profundos.

Por tanto, me limitaré a añadir a lo ya expuesto una única observación. Os he hablado de una contracarga a la que el yo recurre en los casos de represión, carga que se halla obligado a mantener sin solución de continuidad para que la represión perdure.

Pues bien: esta misma defensa es la que tiene a su cargo la creación de los diversos medios de protección contra el desarrollo de angustia subsiguiente al proceso represor.

Pero volvamos a las fobias. Creo haberos demostrado que, interesándonos tan sólo por su contenido y limitándonos a investigar por qué un objeto o una situación llegan a convertirse en objeto de una fobia, no nos es posible llegar más que a un deficientísimo conocimiento de estos singulares fenómenos.

El contenido de una fobia es a la misma, aproximadamente, lo que al sueño su fachada manifiesta. Bajo determinadas reservas, podemos admitir que entre tales contenidos existen algunos que, como lo ha demostrado Stanley Hall, se hallan capacitados desde luego por herencia filogénica para convertirse en objeto de angustia, hipótesis confirmado por el hecho de que muchos de estos objetos no presentan con el peligro sino relaciones puramente simbólicas.

Las consideraciones que anteceden nos han revelado la esencial importancia que en la psicología de la neurosis presenta el problema de la angustia y nos han mostrado la estrecha relación existente entre el desarrollo de angustia, la libido y el sistema de lo inconsciente.

Sólo una laguna observamos aún en nuestra teoría: la relativa al hecho- difícilmente contestable -de tener que admitir la angustia real como una manifestación de los instintos de conservación del yo.

Parte III. Teoría general de las neurosis 1916-7 [1917]

Lección XXIV. El estado neurótico corriente

Señoras y señores:

Después del considerable avance que con las últimas conferencias hemos dado a nuestra labor expositiva, quiero abandonar por un momento la materia para dirigirme directamente a vosotros.

Sé, desde luego, que os halláis descontentos. Os habéis formado una idea distinta de lo que debía ser una «Introducción al Psicoanálisis», y no esperabais oír la exposición de una teoría, sino la de una serie de ejemplos extraídos de la vida real.

Me diréis asimismo que en una ocasión, cuando os expuse el paralelo anecdótico titulado En el bajo y en el principal, llegasteis a comprender, sin esfuerzo, algo de la etiología de las neurosis, pero que lamentáis que se tratase de una anécdota imaginativa y no de una observación real. Igualmente, cuándo al principio de esta serie de conferencias os di a conocer dos interesantes casos clínicos, revelándoos, en cada uno de ellos, la relación de los síntomas con la vida del enfermo y haciéndoos asistir después a la desaparición de dichos síntomas, pudisteis ver con toda claridad el «sentido» de los mismos.

Esperabais, pues, verme perseverar en este camino; pero, por el contrario, me he dedicado a desarrollar ante vosotros extensas y complicada teorías, nunca completas, manejando conceptos en cuyo conocimiento no os había aún hecho penetrar, pasando de la concepción descriptiva a la concepción dinámica y de ésta a la «económica», y dejándoos en la duda de si cada uno de los términos técnicos por mí empleados correspondía a una noción distinta o si existían algunos que, poseyendo idéntico significado, no eran aplicados alternativamente sino por razones eufónicas.

Por último, os he presentado puntos de vista tan vastos como los del principio del placer, el principio de la realidad y el patrimonio hereditario filogénico, y en lugar de mostraros el acceso a una disciplina, he hecho desfilar ante vosotros algo que a medida que yo lo iba evocando se alejaba de vuestra inteligencia.

¿Por qué no he iniciado la introducción a la teoría de las neurosis por la exposición de aquello que sobre ellas os es ya conocido y ha suscitado desde hace largo tiempo vuestro interés?

¿Por qué no he comenzado por hablaros de la naturaleza particular de los neuróticos, de sus incomprensibles reacciones a la vida de relación social y a las influencias exteriores, de su irritabilidad y de su falta de previsión y adaptación?

¿Por qué no os he conducido poco a poco desde la inteligencia de las formas simples, que pueden observarse todos los días, a la de los problemas relacionados con las manifestaciones más extremas y enigmáticas de la neurosis?

Reconozco lo acertado de estas vuestras observaciones, y no tengo la pretensión de presentaros los defectos de mi arte expositiva como méritos particulares de la misma.

Llegaré incluso a concederos que una distinta forma de exposición hubiera sido quizá más provechosa para vosotros, y en realidad mi intención era la de seguir un diferente sistema en estas lecciones; pero no siempre resulta fácil realizar nuestros propósitos, por razonables que sean, pues la materia misma que de desarrollar se trata impone un determinado curso y nos desvía de nuestras primeras intenciones.

Incluso una labor tan sencilla, aparentemente, como la de ordenar un material que conocemos a fondo no depende siempre de nuestra exclusiva voluntad, sino que va realizándose por sí misma, dejándonos reducidos a investigar, a posteriori, por qué en nuestra exposición han ido ordenándose los materiales en una forma dada, con preferencia a otra cualquiera.

En nuestro caso, una de las razones a que quizá obedece el curso seguido es la de que el título de «Introducción al Psicoanálisis» no resulta ya apropiado para la parte de nuestra exposición referente a las neurosis.

La introducción al psicoanálisis se contrae más bien al estado de los actos fallidos y los sueños, pues la teoría de las neurosis constituye ya el psicoanálisis mismo. De todos modos, no creo que me hubiera sido posible daros a conocer en tan poco tiempo el contenido de la teoría de las neurosis empleando una forma menos sintética y condensada.

Se trataba de daros una idea de conjunto del sentido y de la importancia de los síntomas y del mecanismo y condiciones interiores y exteriores de su formación, y esto es lo que he intentado conseguir en mis explicaciones, pues ello constituye por el momento el nódulo de lo que el psicoanálisis puede enseñaros, aunque todavía nos queda mucho que decir sobre la libido y su desarrollo y también sobre el desarrollo del yo.

Las premisas de nuestra técnica y las nociones de lo inconsciente y de la represión (de la resistencia) nos son ya conocidas, por lo que sobre ellas os expuse en mi primera serie de conferencias.

Más adelante, en una de las próximas lecciones, os señalaré la dirección en que la labor psicoanalítica continúa su progreso orgánico.

Por lo pronto, no os he ocultado que todas nuestras deducciones no han sido extraídas sino de un solo grupo de afecciones nerviosas: esto es, de las llamadas neurosis de transferencia, y que incluso al analizar el mecanismo de la formación de síntomas me he atenido exclusivamente a la neurosis histérica.

Resulta, pues, que, aun suponiendo que no haya logrado con mi exposición haceros adquirir un sólido y detallado conocimiento de estas materias, siempre os habré dado una exacta idea de los medios con los que el psicoanálisis labora, de los problemas que se plantea y de los resultados que he obtenido.

He supuesto que hubierais deseado verme comenzar la exposición de las neurosis por la descripción de la conducta de los sujetos neuróticos ante la vida, de los sufrimientos que su enfermedad les causa y de la forma en que se defienden contra ella o a ella se adaptan.

Es ésta, desde luego, una materia interesante, instructiva y nada difícil de exponer, pero hubiera sido peligroso comenzar por ella. De hacerlo así, habríamos corrido el peligro de no llegar a descubrir lo inconsciente, dejar pasar inadvertida la gran importancia de la libido y apreciar los hechos de un modo idéntico a como lo hace el yo del enfermo, al cual no podemos considerar como juez imparcial, pues siendo el yo el poder que niega lo inconsciente y lo reprime, no está capacitado para formular un juicio equitativo.

Entre los objetos reprimidos, figuran en primera línea las exigencias sexuales rechazadas, y, por tanto, no podremos nunca formarnos una idea de su magnitud e importancia ateniéndonos al concepto de que de ellos posee el yo. Desde el momento en que descubrimos el proceso de la represión, vemos la imposibilidad de aceptar como juez del litigio a ninguna de las dos partes litigantes, y mucho menos a la que aparece como victoriosa.

Sabemos ya, en efecto, que todo lo que el yo podría decirnos habría de inducirnos en error. Si hemos de creer sus manifestaciones, fue siempre y en toda ocasión activo, habiendo creado, por propia voluntad, sus síntomas.

Pero nos consta que muchas veces hubo de mantenerse en absoluta pasividad, actitud que trata de ocultar a nuestros ojos, aunque algunas veces -así, en las neurosis obsesivas- no consiga ni siquiera iniciar tal intento y se vea obligado a confesar la existencia de fuerzas extrañas que se le imponen y contra las que le cuesta enorme esfuerzo defenderse.

Aquellos que sin desalentarse ante estas advertencias acepten como verdaderas las falsas indicaciones del yo, eludirán con gran facilidad todos los obstáculos que se oponen a la interpretación psicoanalítica de lo inconsciente, de la sexualidad y de la pasividad del yo, y podrán afirmar, como lo hace A. Adler, que el carácter «neurótico» es la causa de la neurosis y no su efecto, pero no podrán explicar el menor detalle de la formación de síntomas ni interpretar el sueño más insignificante.

Vais a preguntarme si no sería posible reconocer la parte que corresponde al yo en los estados neuróticos y en la formación de síntomas sin dejar de lado, de una manera demasiado flagrante, los factores descubiertos por el psicoanálisis. Interrogación a la que os responderé que ello debe ser ciertamente posible y llegará un día en que se realice, pero que dada la orientación seguida por nuestra disciplina, no debe ser ésta su labor inicial.

Lo que sí podemos es predicar el momento en que el psicoanálisis habrá de dedicarse a ella. Existen neurosis en las que el yo participa con mucha mayor intensidad que en aquellas que hemos estudiado hasta el momento.

Son éstas las neurosis que denominamos «narcisistas», cuyo examen analítico nos permitirá determinar con toda certidumbre e imparcialidad la participación del yo en la participación de las afecciones neuróticas.

Existe, sin embargo, una determinada relación del yo con su neurosis, que por su evidencia podemos ya desde un principio tomar en consideración. No parece faltar en ningún caso; pero donde con mayor precisión se nos muestra es en una enfermedad a cuya inteligencia no hemos llegado aún: en la neurosis traumática.

Habéis de saber que en la determinación y el mecanismo de todas las formas posibles de neurosis hallamos siempre la intervención de los mismos factores, variando únicamente la importancia de cada uno de ellos con respecto a la formación de síntomas.

Sucede con estos elementos lo que con los actores de una compañía teatral, los cuales tienen marcado cada uno su empleo especial -galán, joven, graciosa, barba, etc.-; pero, llegado el día de su beneficio, escogen siempre un papel de naturaleza distinta.

De este modo resulta que en la histeria se nos muestran con mayor evidencia que en ninguna otra neurosis las fantasías que se convierten en síntomas; en las neurosis obsesivas son las resistencias y las formaciones reaccionales lo que predomina en el cuadro sintomático; en la paranoia ocupa el primer lugar, a título de delirio, aquello que al estudiar los sueños calificamos de elaboración secundaria, y así sucesivamente.

Desde este punto de vista descubrimos en las neurosis traumáticas, y sobre todo en las provocadas por los horrores de la guerra, un móvil personal egoísta, utilitario y defensivo, que es incapaz de crear por sí solo la enfermedad, pero que contribuye a la aparición de la misma y la mantiene una vez surgida.

Este motivo intenta proteger el yo contra los peligros cuya amenaza ha constituido la causa ocasional de la enfermedad y hará imposible la curación mientras que el enfermo no se halle garantizado contra el retorno de dichos peligros o no haya recibido una compensación por haberse expuesto a ellos.

Tal interés del yo en el nacimiento y la persistencia de la neurosis no es privativo de los trastornos traumáticos, sino común a todas las dolencias neuróticas. Ya hube de indicaros que el yo coadyuva a la persistencia del síntoma, pues halla en éste algo que ofrece satisfacción a sus tendencias represoras.

Además, la solución del conflicto por medio de la formación de síntomas es la más cómoda y mejor adaptada al principio del placer, pues ahorra al yo una penosa y considerable labor interna.

Hay casos en los que incluso el mismo médico se ve obligado a convenir en que la neurosis constituye la solución más inofensiva, y desde el punto social, más ventajosa, de un conflicto, pronunciándose, por tanto, en favor de aquella misma enfermedad que ha sido llamada a combatir.

No es esto cosa que deba asombrarnos sobre manera, pues el médico sabe que hay en el mundo otras miserias distintas de la enfermedad neurótica y otros sufrimientos quizá mas reales y todavía más rebeldes, y sabe también que la necesidad puede obligar a un hombre a sacrificar su salud cuando este sacrificio individual puede evitar una inmensa desgracia de la que sufrirían muchos otros.

Si de este modo se ha podido decir que el neurótico se refugia en la enfermedad para escapar a un conflicto, hay que convenir en que en determinados casos se halla justificada esta fuga, y el médico, si se da cuenta de la situación, debería retirarse en silencio y con todos los respetos.

Pero hagamos abstracción de estos casos excepcionales.

En los ordinarios, el hecho de refugiarse en la neurosis procura al yo una determinada ventaja de orden interno y naturaleza patológica, ventaja a la que en determinadas ocasiones se añade otra de orden exterior, cuyo valor real es muy variable.

Tomemos el ejemplo más frecuente de este género. Una mujer a la que su marido maltrate y explote sin consideración alguna se refugiará en la neurosis cuando a ello coadyuve su constitución, cuando sea demasiado cobarde o demasiado honrada para mantener un secreto comercio con otro hombre, cuando no sea bastante fuerte para desafiar los prejuicios sociales y separarse de su marido, cuando no experimente el deseo de rehacer su vida o buscar un marido mejor y cuando, además, le impulse, a pesar de todo, su instinto sexual hacia su verdugo.

La neurosis constituirá para esta mujer un arma defensiva y hasta un instrumento de venganza. De su matrimonio no le estaba permitido lamentarse y, en cambio, de su enfermedad puede hacerlo. Hallando en el médico un poderoso auxiliar, obliga a su marido, que en circunstancias normales no tenía para ella consideración ninguna, a respetarla, a hacer gastos considerables y a permitirse ausentarse de su casa y escapar por algunas horas a la tiranía conyugal.

En los casos en que la ventaja exterior o accidental que la enfermedad procura de este modo al yo es considerable y no puede ser reemplazada por ninguna otra más real, el tratamiento de la neurosis corre el peligro de no tener eficacia alguna.

Vais a objetarme que estas ventajas procuradas por la enfermedad constituyen un argumento favorable a la concepción que antes rechazamos, y según la cual es el yo el que crea y quiere la neurosis. Nada de eso: los hechos que acabo de relataros no son, en todo caso, más que una prueba de que el yo se complace en la neurosis, y no habiendo podido evitarla, la utiliza del mejor modo posible.

En la medida en que la neurosis presenta ventajas, el yo se acomoda a ella sin esfuerzo, pero al lado de tales ventajas existen también graves daños. Resulta así, generalmente, que el yo realiza un mal negocio dejándose sumir en la neurosis, pues paga demasiado cara la atenuación del conflicto y no consigue sino cambiar los sufrimientos que el mismo le infligía por las sensaciones de dolor inherentes a los síntomas, sensaciones que traen consigo una mayor magnitud de displacer.

En esta situación intentará el yo desembarazarse de lo que los síntomas tienen de doloroso sin renunciar a las ventajas que saca de la enfermedad, pero todos sus esfuerzos serán baldíos, circunstancia demostrativa de que su actividad no es tan completa como él mismo suponía.

En el tratamiento de los neuróticos puede comprobarse sin dificultad que aquellos enfermos que más se lamentan de su padecimiento no son luego los que menores resistencias oponen a nuestra labor terapéutica.

Más bien al contrario. Pero comprenderéis fácilmente que todo aquello que contribuye a aumentar las ventajas del estado patológico tiene que intensificar la resistencia de la represión y agravar las dificultades terapéuticas.

A la ventaja que procura el estado patológico, y que nace, por decirlo así, con el síntoma, debemos añadir otra nueva que se manifiesta más tarde.

Cuando una organización psíquica, tal como la enfermedad, se ha mantenido durante un cierto tiempo, acaba por comportarse como una entidad independiente, manifestando una especie de instinto de conservación y estableciendo un modus vivendi con los demás sectores de la vida psíquica, incluso con aquellos que en el fondo le son hostiles.

De este modo encuentra siempre ocasión de mostrarse de nuevo útil y aprovechable, llegando a desempeñar una función secundaria muy apropiada para consolidar y proteger su existencia.

A título de aclaración os expondré un ejemplo extraído de la vida cotidiana: un honrado obrero que gana su vida con su trabajo queda inválido a consecuencia de un accidente profesional. Imposibilitado ya para trabajar, ve asegurada en parte su existencia por la pequeña renta que le pasa el patrono a cuyo servicio se hallaba cuando le ocurrió el accidente, y aprende, además, a utilizar su desgracia para dedicarse a la mendicidad.

Resulta, pues, que su actual vida miserable reposa sobre el mismo hecho que puso término a su honrado pasar anterior.

Poniendo término a su invalidación, le quitaríais sus medios de subsistencia, y, por tanto, habréis primero de comprobar su capacidad para retornar a su antiguo trabajo.

Aquello que en la neurosis corresponde a este aprovechamiento secundario de la enfermedad puede ser considerado como una ventaja secundaria que viene a añadirse a la primaria.

Sin embargo, he de advertiros de un modo general que no debéis estimar muy por bajo la importancia práctica de la ventaja procurada por el estado patológico, pero tampoco dejar que influya con exceso en la concepción teórica.

Abstracción hecha de las excepciones antes reconocidas, nos recuerda esta ventaja los ejemplos de inteligencia de los animales que Oberländer ilustró en el Fliegende Blätter: Un árabe, montado en su camello, pasa por un estrecho sendero tallado en una abrupta montaña.

En una revuelta del camino se halla de repente ante un león dispuesto a saltar sobre él. La montaña a un lado y al otro un abismo, cierran toda salida. No hay tampoco tiempo de volver grupas y huir del peligro.

El árabe se ve perdido. Pero el camello, más inteligente, encuentra el medio de burlar al león, arrojándose con su jinete al abismo, donde ambos quedan destrozados. De este mismo género es la ayuda que al enfermo presta la neurosis.

Es muy posible que la solución del conflicto por la formación de síntomas no constituya sino un proceso automático, estimulado por la inferioridad del individuo ante las exigencias de la vida y en el que el hombre renuncia a utilizar sus mejores y más elevadas energías.

Pero si hubiera posibilidad de escoger, debería preferirse la derrota heroica; esto es, la consecutiva a un noble cuerpo a cuerpo con el Destino.

Debo exponeros todavía las demás razones por las que no he comenzado mi exposición de la teoría de las neurosis con la relativa al estado neurótico corriente. Creéis, quizá, que si he procedido así ha sido porque de otro modo hubiera encontrado más dificultades para establecer la etiología sexual de las neurosis. Nada de eso.

En las neurosis de transferencia es necesario comenzar por la interpretación de los síntomas para poder llegar a tal etiología y, en cambio, en las formas ordinarias de las neurosis llamadas actuales, la importancia etiológica de la vida sexual aparece con particular evidencia. Hace ya más de veinte años que hube de llegar a esta conclusión al preguntarme por qué los médicos nos obstinamos en dejar a un lado, al examinar a nuestros enfermos nerviosos, su actividad sexual.

Por aquel entonces sacrifiqué a estas investigaciones la simpatía de que gozaba cerca de los enfermos, pero no fue muy fácil comprobar que una vida sexual normal excluye toda posibilidad de contraer neurosis alguna de las llamadas actuales. Cierto es que esta afirmación borra las diferencias individuales y adolece de la vaguedad inherente al concepto de «lo normal»; pero, de todos modos, posee todavía un valor de orientación.

En la época a que me estoy refiriendo llegué incluso a establecer relaciones específicas entre determinadas formas de nerviosidad y ciertas perturbaciones sexuales particulares, y estoy convencido de que hoy en día volvería a realizar idénticas observaciones si dispusiese de un análogo conjunto de enfermos que someter a observación.

Con gran frecuencia llegué a comprobar que individuos limitados a una satisfacción sexual incompleta (por ejemplo, la masturbación manual), habían contraído una forma determinada de neurosis actual, y que esta forma era reemplazada por otra distinta cuando el sujeto adoptaba un régimen sexual diferente, aunque legalmente poco recomendable.

De este modo me fue posible adivinar las transformaciones de la vida sexual del enfermo por los cambios y reflejos de su estado patológico y adquirí asimismo la costumbre de mantener mis hipótesis y perseverar hasta vencer la insinceridad del enfermo y arrancarle una completa confesión, aunque el resultado fuera que mis clientes me abandonasen para dirigirse a otros médicos que ponían menor insistencia en informarse sobre su vida sexual.

No pudo tampoco pasarme inadvertido que la etiología del estado patológico no se refería siempre, obligadamente, a la vida sexual. Unos sujetos enferman, en efecto, a consecuencia de una perturbación sexual; pero, en cambio, otros se ven atacados de una dolencia neurótica después de pérdidas pecuniarias importantes o de una grave enfermedad orgánica.

La explicación de esta variedad no se nos ha mostrado sino más tarde, cuando comenzamos a entrever las relaciones recíprocas, hasta entonces solamente sospechadas, entre el yo y la libido, pero ha ido completándose y haciéndose cada vez más satisfactoria a medida que nuestro conocimiento de dichas relaciones ha ganado en profundidad.

Para que una persona enferme de neurosis es necesario que su yo haya perdido la facultad de reprimir la libido en una forma cualquiera. Cuando más fuerte es el yo, más fácil le será llevar a cabo tales represiones. Toda debilitación de sus energías, cualquiera que sea la causa a que obedezca, traerá consigo efectos idénticos a los provocados por el exagerado crecimiento de las exigencias de la libido, y hará, por tanto, posible el nacimiento de una neurosis.

Entre el yo y la libido existen todavía otras relaciones más íntimas, cuyo examen dejaremos para más adelante, pues carecen de conexión con el punto concreto de que nos ocupamos.

Lo que por el momento resulta más importante e instructivo para nosotros es que en todos los casos, y cualquiera que sea el motivo ocasional de la enfermedad, son los síntomas proporcionados por la libido, circunstancia que testimonia de un aprovechamiento anormal de la misma.

Debo atraer ahora vuestra atención sobre la diferencia fundamental que existe entre los síntomas de las neurosis actuales y los correspondientes a las psiconeurosis, grupo este último al que pertenecen las neurosis de transferencia, cuyo estudio venimos realizando.

En muchos casos se derivan los síntomas de la libido, constituyendo aprovechamientos anormales de la misma, a título de satisfacciones sustitutivas; pero los síntomas de las neurosis actuales -pesadez de cabeza, sensación de dolor, irritación de un órgano, debilitación o inhibición de una función- carecen de «sentido»; esto es, de significación psíquica.

No sólo limitan al cuerpo su campo de exteriorización -conducta idéntica a la de los síntomas histéricos-, sino que constituyen procesos exclusivamente somáticos, en cuya génesis faltan todos aquellos complicados mecanismos psíquicos que antes examinamos.

Corresponde, pues, en realidad, al concepto que durante mucho tiempo se ha tenido de los síntomas psicoanalíticos.

Pero entonces, ¿cómo es posible que constituyan aprovechamientos de la libido, la cual es, como ya hemos visto, una fuerza psíquica? Muy sencillo.

Permitidme evocar una de las primeras objeciones que se opusieron a nuestra disciplina. Decíase que el psicoanálisis perdía el tiempo queriendo establecer una teoría puramente psicológica de los fenómenos neuróticos, labor estéril por completo, dado que las teorías psicológicas no podrían jamás proporcionarnos la explicación de una enfermedad.

Pero al esgrimir este argumento se olvidaba que la función sexual no es ni puramente psíquica ni puramente somática, sino que ejerce a la vez su influencia sobre la vida anímica y sobre la vida corporal.

Si hemos reconocido en los síntomas de las psiconeurosis manifestaciones psíquicas de perturbaciones sexuales, no podemos ya asombrarnos de hallar en las neurosis actuales los efectos somáticos directos de dichas perturbaciones.

Para la concepción de estas últimas neurosis nos proporciona la clínica médica una preciosa indicación, que ha sido ya tomada en cuenta por diversos autores.

Las neurosis actuales manifiestan en todos los detalles de su sintomatología, así como en su peculiar cualidad de influir sobre todos los sistemas orgánicos y sobre todas las funciones, una incontestable analogía en los estados patológicos ocasionados por la acción crónica de sustancias tóxicas exteriores o por la supresión brusca de las mismas, esto es, con las intoxicaciones y los estados de abstinencia.

El parentesco entre estos dos grupos de afecciones resulta todavía más íntimo cuando se trata de estados patológicos que, como la enfermedad de Basedow, atribuimos a la acción de sustancias tóxicas no procedentes del exterior y ajenas al organismo, sino producto de los procesos químicos del soma.

A mi juicio, nos impone estas analogías la conclusión de que las neurosis actuales son consecuencia de perturbaciones del metabolismo de las sustancias sexuales, sea que la producción de toxinas resulte superior a la que el individuo puede soportar, sea que determinadas condiciones internas o incluso psíquicas perturben el adecuado aprovechamiento de dichas sustancias.

La sabiduría popular ha profesado siempre estas ideas sobre la naturaleza del deseo sexual, diciendo que el amor es una «embriaguez», que el enamoramiento puede ser provocado por determinadas bebidas o «filtros», hipótesis con la que cambia el origen del agente, de endógeno en exógeno.

Con este motivo podríamos recordar aquí la existencia de zonas erógenas y la afirmación de que la excitación sexual puede nacer en los más diversos órganos.

Fuera de esto, el término «metabolismo sexual» o «quimismo de la sexualidad» es para nosotros un término sin contenido. No sabemos nada sobre tal materia ni podemos siquiera decidir si existen dos sustancias diferentes, a las que, respectivamente, calificaríamos de «masculina» y «femenina», o si se trata de una sola toxina sexual, causa de todas las excitaciones de la libido.

El edificio teórico del psicoanálisis creado por nosotros no es, en realidad, sino una superestructura que habremos de asentar algún día sobre una firme base orgánica.

Mas, por el momento, no tenemos posibilidad de hacerlo. Lo que caracteriza al psicoanálisis como ciencia no es la materia de que trata, sino la técnica que emplea.

Sin violentar su naturaleza, puede ser aplicada tanto a la historia de la civilización, a la ciencia de las religiones y a la Mitología como a la teoría de las neurosis.

Su único fin y su única función consisten en descubrir lo inconsciente en la vida psíquica. Los problemas que se enlazan a las neurosis actuales, cuyos síntomas son, probablemente, consecuencia de lesiones tóxicas directas, no se prestan al estudio psicoanalítico, el cual no puede proporcionar ningún esclarecimiento sobre ellos y debe, por tanto, resignar esta labor en manos de la investigación medicobiológica.

Si os hubiese prometido una «Introducción a la teoría de la neurosis», hubiese debido comenzar por las formas más simples de las neurosis actuales para llegar a las afecciones psíquicas más complicadas, consecutivas a las perturbaciones de la libido.

Este hubiera sido, indudablemente, el orden más natural. A propósito de las primeras, hubiera debido presentaros todo aquello que nuestra labor de investigación nos ha descubierto, y una vez llegado a la psiconeurosis, os hubiera hablado del psicoanálisis como del medio técnico auxiliar más importante de todos aquellos de que disponemos para esclarecer estos estados.

Pero mi intención era exponeros una «Introducción al Psicoanálisis», y siendo éste el título de mis conferencias, me interesaba mucho más daros una idea del psicoanálisis que haceros adquirir determinados conocimientos sobre la neurosis.

Este propósito me dispensaba de colocar, en primer término las neurosis actuales, materia perfectamente estéril desde el punto de vista del psicoanálisis. Creo haber seguido de este modo el camino más ventajoso para vosotros, pues el psicoanálisis merece, por sus profundas premisas y sus múltiples relaciones, el interés de toda persona culta, y, en cambio, la teoría de las neurosis no es sino un capítulo de la Medicina, semejante a muchos otros.

Sin embargo, tenéis derecho a esperar que dediquemos también cierto interés a las neurosis actuales, y realmente nos hallamos obligados a hacerlo así, aunque no sea más que por las estrechas relaciones clínicas que con la psiconeurosis presentan.

Por tanto, os diré que distinguimos tres formas puras de neurosis actuales: la neurastenia, la neurosis de angustia y la hipocondría.

Esta división ha provocado, desde luego, numerosas objeciones. Los nombres que la constituyen son de uso corriente, pero las cosas que designan son indeterminadas e inciertas. Hay incluso médicos que se oponen a toda clasificación del mundo caótico de los fenómenos neuróticos y a todo establecimiento de unidades clínicas y de individualidades patológicas, llegando hasta rechazar la división en neurosis actuales y psiconeurosis.

A mi juicio, van estos médicos demasiado lejos y no siguen el camino que conduce al progreso. Cierto es que estas formas de neurosis sólo raras veces se presentan aisladas, apareciendo casi siempre combinadas entre sí o con una afección psiconeurótica, pero esta circunstancia no nos autoriza a renunciar a su división.

Pensad tan sólo en la diferencia que la Mineralogía establece entre la oritognosia y la geognosia.

Los minerales son descritos como individuos, sin duda por la circunstancia de presentarse con frecuencia como cristales precisamente circunscritos y separados de lo que los rodea.

Las rocas, en cambio, se componen de conjuntos de minerales, cuya asociación, lejos de ser accidental, se halla determinada por las condiciones de su formación. Nuestra teoría de las neurosis no posee aún un suficiente conocimiento del punto de partida del desarrollo para construir algo análogo a la geognosia.

Pero obramos seguramente con acierto comenzando por aislar de la totalidad las entidades clínicas que conocemos y que, por su parte, pueden ser comparadas a los minerales.

Entre los síntomas de la neurosis actuales y los de la psiconeurosis existe una relación interesantísima que nos proporciona una importante contribución al conocimiento de la formación de los síntomas psiconeuróticos.

Sucede, en efecto, que el síntoma de la neurosis actual constituye con frecuencia el nódulo y la fase preliminar del síntoma psiconeurótico.

Esta relación se nos muestra con particular evidencia entre la neurastenia y aquella neurosis de transferencia a la que damos el nombre de histeria de conversión entre la neurosis de angustia y la histeria de angustia y entre la hipocondría y aquellas formas de que más adelante hablaremos, designándolas bajo el nombre de parafrenias (demencia precoz y paranoia).

Tomemos como ejemplo el dolor de cabeza o los dolores lumbares histéricos.

El análisis nos demuestra que por la condensación y el desplazamiento han llegado a ser estos dolores una satisfacción sustitutiva de toda una serie de fantasías o recuerdos libidinosos.

Pero hubo un tiempo en que eran reales, siendo un síntoma directo de una intoxicación sexual, o sea la expresión somática de una excitación libidinosa.

No pretendemos que todos los síntomas histéricos contengan un nódulo de este género; pero, de todos modos, es éste un caso particularmente frecuente, y la histeria utiliza con gran preferencia, para la formación de sus síntomas, todas las influencias normales y patológicas que la excitación libidinosa ejerce sobre el soma.

Desempeñan éstas entonces el papel de los granos de arena que las ostras perlíferas van recubriendo con su nacarada secreción.

Los pasajeros signos de excitación sexual que acompañan al acto sexual son, igualmente, utilizados por la psiconeurosis como un apropiadísimo material para la formación de síntomas.

Existe aún otro análogo proceso que presenta un interés particular desde el punto de vista del diagnóstico y del tratamiento.

En aquellas personas que, aunque predispuestas a la neurosis, no la han contraído aún, puede a veces una alteración somática patológica -por inflamación o lesión – despertar la elaboración de síntomas, convirtiéndose el síntoma proporcionado por la realidad en representante de todas las fantasías inconscientes que espiaban la primera ocasión de manifestarse.

En los casos de este género puede el médico seguir los diferentes tratamientos: intentará suprimir la base orgánica sin cuidarse de las manifestaciones neuróticas que en ella se sustentan o, por el contrario, combatir la neurosis ocasionalmente surgida sin atender a la causa orgánica que le ha servido de pretexto.

De la eficacia de cada uno de estos procedimientos podremos juzgar por los efectos que se obtengan, pero es muy difícil establecer reglas generales para estos casos mixtos.

Parte III. Teoría general de las neurosis 1916-7 [1917]

Lección XXIII. Vías de formación de síntomas

Señoras y señores:

Para el profano son los síntomas lo que constituye la esencia de la enfermedad, y, por tanto, la considerará curada en el momento en que los mismos desaparecen.

En cambio, el médico establece una precisa distinción entre ambos conceptos y pretende que la desaparición de los síntomas no significa, en modo alguno, la curación de la enfermedad.

Mas como lo que de ésta queda, después de dicha desaparición, es tan sólo la facultad de formar nuevos síntomas, podremos adoptar provisionalmente el punto de vista del profano y admitir que analizar los síntomas equivale a comprender la enfermedad.

Los síntomas -y, naturalmente, no hablamos aquí sino de los síntomas psíquicos (psicógenos) y de la enfermedad psíquica- son actos nocivos o, por lo menos, inútiles, que el sujeto realiza muchas veces contra toda su voluntad y experimentando sensaciones displacientes o dolorosas.

Su daño principal se deriva del esfuerzo psíquico, que primero exige su ejecución y luego la lucha contra ellos; esfuerzo que en una amplia formación de síntomas agota la energía psíquica del enfermo y le incapacita para toda otra actividad. Resulta, pues, esta incapacidad dependiente de las magnitudes de energía dadas en cada caso, y de este modo reconocemos que el «estar enfermo» es un concepto esencialmente práctico.

Mas si nos colocamos en un punto de vista teórico y hacemos abstracción de tales magnitudes, podremos decir que todos somos neuróticos, puesto que todos, hasta los más normales, llevamos en nosotros las condiciones de la formación de síntomas.

De los síntomas neuróticos sabemos ya que son efecto de un conflicto surgido en derredor de un nuevo modo de satisfacción de la libido.

Las dos fuerzas opuestas se reúnen de nuevo en el síntoma, reconciliándose, por decirlo así, mediante la transacción constituida por la formación de síntomas, siendo esta doble sustentación de los mismos lo que nos explica su capacidad de resistencia.

Sabemos también que una de las dos fuerzas en conflicto es la libido insatisfecha, alejada de la realidad y obligada a buscar nuevos modos de satisfacción. Cuando ni aun sacrificando su primer objeto y mostrándose dispuesta a sustituirlo por otro logra la libido vencer la oposición de la realidad, recurrirá, en último término, a la regresión y buscará su satisfacción en organizaciones anteriores y en objetos abandonados en el curso de su desarrollo.

Lo que la atrae por el camino de la regresión son las fijaciones que fue dejando en sus diversos estadios evolutivos.

La ruta que conduce a la perversión se separa claramente de la que termina en la neurosis. Cuando las regresiones no despiertan ninguna oposición por parte del yo, no aparece la neurosis y la libido logra una satisfacción.

Pero cuando el yo, que regula no solamente la conciencia, sino también los accesos a la inervación motriz, y, por consiguiente, la posibilidad de realización de las tendencias psíquicas; cuando el yo, repetimos, no acepta estas regresiones, surge el conflicto.

La libido encuentra cerrado el camino y se ve obligada a buscar, conforme a las exigencias del principio del placer, un distinto exutorio para su reserva de energía. Deberá, pues, separarse del yo, y lo conseguirá apoyándose en las fijaciones que fue dejando a lo largo del camino de su desarrollo y contra las que el yo hubo de protegerse por medio de represiones.

Ocupando en su marcha regresiva estas posiciones reprimidas, se hace la libido independiente del yo y renuncia a toda la educación que bajo su influencia hubo de recibir. Con la esperanza de hallar la buscada satisfacción, pudo dejarse guiar durante algún tiempo; pero bajo la doble presión de la frustración interior y exterior se insubordina contra toda tutela y añora la felicidad de los tiempos pasados.

Las representaciones a las que la libido aplica desde este momento su energía forman parte del sistema de lo inconsciente y se hallan sometidas a los procesos propios del mismo, o sea, en primer lugar, a la condensación y al desplazamiento. Nos hallamos aquí ante una situación idéntica a la de la formación de los sueños.

Así como en esta última tropieza el sueño formado en lo inconsciente con un fragmento de actividad preconsciente que le impone su censura y le obliga a una transacción, cuyo resultado es el sueño manifiesto, así también la representación libidinosa inconsciente se ve obligada a someterse en cierto grado al poder del yo preconsciente.

La oposición que contra ella ha surgido en el yo la fuerza entonces a aceptar una forma expresiva transaccional, surgiendo así el síntoma como un producto considerablemente deformado de una realización de deseos libidinosos inconscientes, producto equívoco que presenta dos sentidos totalmente contradictorios.

Mas en este último punto se nos muestra una precisa diferencia entre la formación de los sueños y la de los síntomas, pues en la primera la intención preconsciente no tiende sino a proteger el sueño y a impedir que llegue hasta la conciencia aquello que pudiera perturbarlo, pero no opone al deseo inconsciente una rotunda negativa.

Esta tolerancia queda justificada por el menor peligro de la situación, dado que el estado de reposo basta por sí solo para impedir toda comunicación con la realidad.

Vemos, pues, que merced a la existencia de fijaciones puede la libido escapar a las circunstancias creadas por el conflicto.

El revestimiento regresivo de tales fijaciones permite eludir la represión y conduce a una derivación -o satisfacción -de la libido dentro de las condiciones establecidas en la transacción.

Por medio de este rodeo a través de lo inconsciente y de las antiguas fijaciones consigue llegar la libido a una satisfacción real, aunque extraordinariamente limitada y apenas reconocible.

Permitidme haceros dos observaciones a propósito de este resultado.

En primer lugar, quiero llamaros la atención sobre la íntima conexión existente entre la libido y lo inconsciente, por una parte, y entre el yo, la conciencia y la realidad por otra, aunque al principio no se hallen esos factores ligados entre sí por ningún lazo.

En segundo lugar, he de advertiros que todas estas consideraciones y las que a continuación voy a exponeros se refieren únicamente a la formación de los síntomas en la neurosis histérica.

Mas, ¿dónde encuentra la libido las fijaciones de que precisa para abrirse paso a través de las represiones? Indudablemente, en las actividades y los sucesos de la sexualidad infantil, en las tendencias parciales abandonadas y en los primitivos objetos infantiles.

A todo esto es a lo que retorna la libido en su marcha regresiva.

La época infantil nos muestra aquí una doble importancia. Durante ella manifiesta el niño por vez primera aquellos instintos y tendencias que aporta al mundo a título de disposiciones innatas, y experimenta, además, determinadas influencias exteriores que despiertan la actividad de otros de sus instintos, dualidad que creo perfectamente justificado establecer, dado que la manifestación de las disposiciones innatas es algo por completo evidente y que la hipótesis -fruto de la experiencia psicoanalítica -de que sucesos puramente accidentales, sobrevenidos durante la infancia, son susceptibles de motivar fijaciones de la libido, no tropieza tampoco con dificultad teórica ninguna.

Las disposiciones constitucionales son incontestablemente efectos lejanos de sucesos vividos por nuestros ascendientes; esto es, caracteres adquiridos un día y transmitidos luego por herencia.

Esta última no existiría si antes no hubiese habido adquisición, y no podemos admitir que la facultad de adquirir nuevos caracteres susceptibles de ser transmitidos por herencia termine precisamente en la generación de que nos ocupamos.

A nuestro juicio, es equivocado minorar la importancia de los sucesos acaecidos durante la infancia del sujeto y acentuar, en cambio, la de los correspondientes a la vida de sus antepasados o a su propia madurez.

Por el contrario, habremos de conceder a los sucesos infantiles una particularísima significación, pues por el hecho de producirse en una época en la que el desarrollo del sujeto se halla todavía inacabado, traen consigo más graves consecuencias y son susceptibles de una acción traumática.

Los trabajos de Roux y otros hombres de ciencia sobre la mecánica del desarrollo nos han mostrado que la más mínima lesión -un simple pinchazo con una aguja- infligida al embrión durante la división celular puede producir gravísimas perturbaciones del desarrollo.

La misma lesión infligida a la larva o al animal perfecto no produce ningún efecto perjudicial.

La fijación de la libido del adulto, introducida por nosotros en la ecuación etiológica de la neurosis, a título de representante del factor constitucional, puede descomponerse ahora en dos nuevos factores: la disposición hereditaria y la disposición adquirida en la primera infancia. Como sé que los esquemas son siempre bien acogidos por todos aquellos que tratan de aprender algo, resumiré estas relaciones en la forma siguiente:

La constitución sexual hereditaria ofrece una gran variedad de disposiciones según la tendencia parcial que aisladamente o en unión de otras presenta máxima energía.

En asociación con los sucesos de la vida infantil forma la constitución sexual una nueva «serie complementaria» totalmente análoga a aquella cuya existencia hemos comprobado como resultado de la asociación entre la disposición del adulto y los sucesos accidentales de su vida.

En ambas series encontramos los mismos casos extremos y las mismas relaciones de sustitución, planteándosenos el problema de si la más singular de las regresiones de la libido, esto es, su regresión a una cualquiera de las tempranas fases de la organización sexual, no se halla quizá condicionada, principalmente, por el factor constitucional hereditario.

Pero creo conveniente diferir la respuesta a esta interrogación hasta el momento en que podamos referirnos a una más amplia serie de formas de la enfermedad neurótica.

La investigación psicoanalítica nos ha mostrado que la libido de los neuróticos se halla íntimamente enlazada a los sucesos de su vida sexual infantil y de este modo parece prestar a tales sucesos una enorme importancia con respecto a la vida del hombre y a la adquisición, por el mismo, de enfermedades nerviosas.

Esta importancia es, incontestablemente, muy grande mientras no tenemos en cuenta sino la labor terapéutica; pero haciendo abstracción de ella advertiremos sin esfuerzo que corremos el peligro de ser víctimas de un error y formarnos de la vida una concepción unilateral fundada demasiado exclusivamente en la situación neurótica.

La importancia de los sucesos infantiles resulta disminuida por el hecho de que la libido no retorna a ellos, en su movimiento regresivo, sino después de haber sido expulsada de sus posiciones más avanzadas.

Ante esta circunstancia, la conclusión que parece imponerse es la de que los sucesos infantiles no han tenido en la época en que se produjeron significación alguna y sólo regresivamente han llegado a adquirirla. Recordaréis que en la discusión del complejo de Edipo nos encontramos ya ante una análoga alternativa.

Pero tampoco esta vez nos ha de resultar difícil llegar a una definitiva conclusión.

La observación según la cual el revestimiento libidinoso, y, por tanto, la importancia patógena de los sucesos de la vida infantil queda considerablemente intensificado por la regresión de la libido, es desde luego justa, pero podría inducirnos en error si la aceptásemos por sí sola y sin tener en cuenta otros factores de los que no se puede prescindir. Hallamos, en primer lugar y de una manera indiscutible, que los sucesos de la vida infantil poseen su importancia propia y la manifiestan ya en la infancia.

Existen neurosis infantiles en las que la regresión en el tiempo no desempeña sino un insignificante papel o no se produce en absoluto, apareciendo la enfermedad inmediatamente después de un suceso traumático.

Análogamente a como el estudio de los sueños infantiles nos condujo a la inteligencia del fenómeno onírico en los adultos, puede también la investigación de las neurosis de la infancia ahorrarnos más de un error en la comprensión de las neurosis que atacan al sujeto en épocas más avanzadas de su vida.

Tales neurosis infantiles son mucho más frecuentes de lo que se cree, pero suelen pasar inadvertidas, siendo consideradas como signos de perversidad o mala educación que los guardadores del niño se esfuerzan en reprimir.

De todos modos, no resulta difícil descubrirlas a posteriori, por medio de un examen retrospectivo; y su forma más corriente es la histeria de angustia, afección de la que ya trataremos en lecciones posteriores.

Cuando en una de las fases más avanzadas de la vida surge la neurosis, nos revela siempre el análisis que se trata de la consecuencia directa de una dolencia infantil del mismo género, dolencia que no se manifestó por entonces sino velada y esquemáticamente.

Pero, como ya hemos dicho, existen casos en que esta neurosis infantil perdura, sin solución alguna de continuidad, a través de toda la vida del sujeto. Directamente -esto es, en los propios sujetos infantiles -hemos podido realizar algunos análisis de este género de neurosis, pero la mayor parte de las veces hemos tenido que conformarnos con deducir su existencia del examen de una neurosis adulta.

No podemos menos de reconocer que sería inexplicable tan regular retorno de la libido a la época infantil si en este período no existiese algo que ejerciera atracción sobre ella.

La fijación a ciertos puntos de la trayectoria evolutiva carecería de todo contenido si no la concibiésemos como cristalización de una determinada cantidad de energía libidinosa.

Debo, por último, advertiros que entre la intensidad y el efecto patógeno de los sucesos de la vida infantil e iguales caracteres de los correspondientes a la vida adulta existe una relación de complemento recíproco idéntica a la que comprobamos en las series precedentemente estudiadas.

Hay casos en los que el principal factor etiológico se halla constituido por los sucesos sexuales de la infancia, cuyo efecto traumático no precisa para manifestarse de condición especial ninguna, aparte de los inherentes a la constitución sexual media y a la falta de madurez infantil.

Pero, en cambio, existen otros en los que la etiología de la neurosis debe ser buscada únicamente en los conflictos posteriores, reduciéndose a un efecto de la regresión la importancia que en el análisis parecen presentar los sucesos infantiles.

Son éstos los dos puntos extremos de la «inhibición del desarrollo» y de la «regresión», pudiendo existir entre ellos los grados de la combinación de ambos factores.

Estos hechos presentan considerable interés para la Pedagogía, una de cuyas misiones es la de prevenir las neurosis, interviniendo desde muy temprano en el desarrollo sexual del niño. Concentrando toda nuestra atención sobre los sucesos sexuales de la infancia, pudiéramos creer cumplida la misión de prevenir las enfermedades nerviosas con sólo retardar el desarrollo sexual y evitar al niño impresiones de este orden.

Pero sabemos ya que las condiciones determinantes de la neurosis son mucho más complicadas y no dependen de un único factor. Una rigurosa vigilancia ejercida sobre el niño no resulta, ni mucho menos, suficiente para alcanzar el fin profiláctico deseado, pues, aparte de carecer de toda influencia sobre el factor constitucional, tropieza con más dificultades de las que los educadores suponen y comporta dos graves peligros.

Sobrepasa el fin propuesto, favoreciendo una exagerada represión sexual que puede ser de muy perjudiciales consecuencias, y lanza al niño a la vida sin medio alguno de defensa contra el embate de las tendencias sexuales que la pubertad habrá de traer consigo.

Las ventajas de la profilaxis sexual de la infancia son, por tanto, más que dudosas, y de este modo habremos de buscar en otra diferente actuación inmediata un curso más seguro de prevenir las neurosis.

Pero volvamos ahora a los síntomas, que, como hemos visto, crean una sustitución de la satisfacción denegada, por medio del retroceso de la libido, a fases anteriores, circunstancia que trae consigo el retorno a los objetos u organizaciones característicos de dichas fases.

Sabemos ya que el neurótico se halla ligado a un determinado período de su vida pretérita durante el cual no se hallaba su libido privada de satisfacción y se sentía, por tanto, feliz. Retrocederá, pues, en su pasado, hasta la época en que aún se hallaba en la lactancia, época que se representará conforme a sus recuerdos o a la idea que posteriormente se haya formado de ella y el síntoma reproducirá entonces, en una forma cualquiera, la infantil satisfacción libidinosa, aunque deformada por la censura, producto del conflicto, acompañada generalmente por sensaciones de dolor y asociada a factores correspondientes a la ocasión que ha provocado la enfermedad.

Esta satisfacción que el síntoma procura es de una singularísima naturaleza. Desde luego, el sujeto no la siente como tal, sino, por el contrario, como algo doloroso y lamentable, transformación que no es sino un efecto natural del conflicto psíquico, bajo la presión del cual hubo de formarse el síntoma.

Aquello que en épocas anteriores fue para el individuo una satisfacción, despierta hoy su repugnancia. Conocemos un ejemplo muy instructivo de esta transformación de sensaciones.

El mismo niño que antes lactaba con avidez del seno materno manifiesta algunos años más tarde una considerable aversión por la leche, aversión que llega a constituirse en invencible repugnancia cuando la leche o la bebida mezclada con leche aparecen cubiertas por una ligera membrana, no siendo quizá muy atrevido su poner que esta membrana despierta en el niño el recuerdo del seno materno antes tan ardientemente deseado. De todos modos, habremos de tener en cuenta que, con anterioridad a esta transformación, ha tenido efecto el destete, suceso que ejerce sobre el niño una intensa acción traumática.

Existen todavía otras razones por las que los síntomas nos resultan incomprensibles como medios de alcanzar la satisfacción libidinosa. No recuerdan en nada aquello de lo que normalmente solemos esperar una satisfacción, y haciendo abstracción del objeto, renuncian a toda relación con la realidad exterior.

Estas particularidades las interpretamos como una consecuencia de renunciamiento al principio de la realidad y del retorno al principio del placer; pero hay aquí también el retorno a aquel amplio autoerotismo que procuró al instinto sexual sus primeras satisfacciones.

Los síntomas sustituyen una modificación del mundo exterior por una modificación somática, o sea una acción exterior por una acción interior, un acto por una adaptación, circunstancia que desde el punto de vista filogénico corresponde también a una importantísima regresión.

No comprenderemos bien todo esto sino después de llegar al conocimiento de un nuevo dato que más adelante deduciremos de nuestras investigaciones analíticas sobre la formación de los síntomas. Habremos de recordar además, que a esta formación cooperan los mismos procesos inconscientes que a la de los sueños; esto es, la condensación y el desplazamiento.

Como el sueño presenta el síntoma algo en estado de realización, procurando una satisfacción al modo infantil; pero mediante una condensación llevada al último extremo puede esta satisfacción quedar limitada a una sola sensación o inervación, y mediante un desplazamiento igualmente extremado puede asimismo quedar restringida a un pequeñísimo fragmento de todo el complejo libidinoso.

No es por tanto, de extrañar que hallemos ciertas dificultades para reconocer en el síntoma la satisfacción libidinosa que suponemos constituye.

Os he anunciado un nuevo dato sobre esta cuestión. Trátase en efecto, de algo no solamente nuevo, sino sorprendente y maravilloso. Sabéis ya que, partiendo del análisis de los síntomas, llegamos al conocimiento de sucesos de la vida infantil a los cuales se halla fijada la libido, y que constituyen el nódulo de las manifestaciones sintomáticas. Pero lo asombroso es que estas escenas infantiles no son siempre verdaderas.

Podemos afirmar, en efecto, que en su mayor partes son falsas, y en algunos casos incluso directamente contrarias a la verdad histórica.

Más que otro cualquier argumento, resulta apropiado este dato para hacer desconfiar de la labor analítica que ha llegado a un resultado semejante o de la buena fe del enfermo, sobre cuyas manifestaciones reposa todo el edificio del análisis y toda la comprensión de la neurosis. Trátase, además, de algo susceptible de sumirnos en la mayor confusión.

Si los sucesos infantiles averiguados por medio del análisis fueran siempre reales, experimentaríamos la sensación de movernos sobre un terreno sólido.

Si fueran siempre falsos y se revelaran en todo caso como invenciones o fantasías de los enfermos, no nos quedaría otro remedio que abandonar este terreno movedizo y buscar otro más consistente.

Pero no nos hallamos en ninguna de estas dos circunstancias. Los sucesos infantiles evocados o reconstituidos por el análisis son tan pronto incontestablemente falsos como no menos incontestablemente reales, y en la mayoría de los análisis se presentan como una mezcla de verdad y mentira.

Los síntomas pueden, por tanto, corresponder, ora a sucesos que han acaecido realmente, y a los cuales debemos reconocer una influencia sobre la fijación de la libido; ora a fantasías de los enfermos, carentes de toda actuación etiológica. Resulta en extremo difícil orientarse en esta complicada situación.

El único punto de referencia lo hallamos quizá en un análogo estado de cosas que descubrimos en una fase anterior de nuestra investigación psicoanalítica.

Vimos, en efecto, que determinados recuerdos infantiles, que los hombres conservan siempre en su conciencia, sin que para atraerlos a ella haya habido precisión de análisis ninguno, podían también demostrarse como inexactos o, por lo menos, como una mezcla de mentira y realidad.

De este modo, nos cabe el consuelo de que la desagradable sorpresa a la que nuestras investigaciones sobre los síntomas nos han conducido no es imputable a defectos del análisis, sino a peculiaridades del enfermo.

Baste reflexionar un poco para comprender que lo que en esta situación nos desorienta es el desprecio de la realidad y el hecho de no tener para nada en cuenta la diferencia que existe entre realidad e imaginación. Nos sentimos inclinados a reprochar al enfermo el habernos hecho prestar oído a sus invenciones y apreciamos la realidad como algo muy alejado de la imaginación y de muy distinto valor.

Este último punto de vista es también el del pensamiento normal del enfermo.

Al oírle comunicarnos los materiales disimulados tras de sus síntomas y que han de conducirnos a situaciones optativas modeladas sobre los sucesos de la vida infantil, comenzamos siempre por preguntarnos si se trata de hechos reales o imaginarios.

Pero más adelante hallamos indicios que nos permiten resolver esta cuestión en uno u otro sentido, planteándosenos entonces la labor de poner al enfermo al corriente de la solución hallada, labor que no deja de traer consigo ciertas dificultades.

Si desde un principio le decimos que se ha dedicado a relatarnos aquellos sucesos imaginarios con los que se encubre a sí propio la historia de su infancia, obrando así como todos y cada uno de los pueblos, los cuales constituyen con leyendas la historia de su olvidado pretérito, comprobaremos que su interés en proseguir hablando sobre el tema de que se trate disminuye súbitamente, resultado que contraría nuestros deseos. Querrá también volver a la realidad y manifestará su desprecio por las cosas imaginarias.

Mas si para lograr nuestras intenciones terapéuticas mantenemos al sujeto en la convicción de que sus relatos reproducen exactamente los sucesos reales de su infancia, nos exponemos a que nos reproche más tarde nuestro error y se burle de nuestra presunta credulidad.

Por otro lado, le costará mucho trabajo comprender nuestra proposición de colocar en un mismo plano la realidad y la fantasía y prescindir de toda preocupación sobre si aquellos sucesos de su vida infantil que nos ha relatado y tratamos de eludir pertenecen a la primera o la segunda de estas categorías.

Y, sin embargo, es ésta la única actitud recomendable con respecto a las producciones psíquicas, pues tales producciones son, a su vez, reales en un determinado sentido.

Siempre quedará, en efecto, el hecho real de que el enfermo ha creado dichos sucesos imaginarios, y desde el punto de vista de la neurosis posee este hecho la misma importancia que si el contenido de tales fantasías fuera totalmente real.

Estas fantasías poseen, pues, una realidad psíquica en contraste con la realidad material, y poco a poco vamos llegando a comprender que en el mundo de las neurosis la realidad que desempeña el papel predominante es la realidad psíquica.

Entre los sucesos que figuran en todas o casi todas las historias infantiles de los neuróticos hay algunos cuya particularísima importancia los hace dignos de especial mención.

Estos hechos son el haber sorprendido a los padres realizando el coito, la seducción por una persona adulta y la amenaza de castración.

Sería un error suponer que no se trata aquí sino de cosas imaginarias sin ninguna base real, pues, por lo contrario, resulta posible en un gran número de casos comprobar la efectividad de estos hechos interrogando a los parientes más ancianos del enfermo.

Así, es muy frecuente averiguar que, siendo niño, comenzó a jugar, sin ocultarse, con su órgano genital, y fue amenazado por sus padres o guardadores con la amputación del pene o de la mano pecadora.

La realidad de esta amenaza es muchas veces confirmada por los mismos que la profirieron, pues creen haber obrado acertadamente intimidando así al niño.

Algunos enfermos conservan de ella un recuerdo consciente y correcto, sobre todo aquellos que al ser amenazados tenían ya alguna edad. Cuando la persona que la profiere es del sexo femenino, designa siempre como ejecutor al padre o al médico.

En el célebre Struwwelpeter, del pedíatra Hoffmann, obra cuyo encanto está en la profunda comprensión de los complejos de la infancia, tanto sexuales como de otro género, la castración se halla reemplazada por la amputación del pulgar, operación con la que se amenaza al niño para quitarle la costumbre del «chupeteo».

No obstante, es inverosímil que la amenaza de castración sea tan frecuente como del análisis de los neuróticos pudiera deducirse, y, por tanto, habremos de suponer que el niño la imagina basándose, primero, en determinadas alusiones, sabiendo, en segundo lugar, que la satisfacción autoerótica se halla prohibida, y, por último, bajo la impresión que le ha dejado el descubrimiento del órgano genital femenino.

Tampoco es nada inverosímil que aun en las familias no proletarias haya podido el niño, al que se cree incapaz de comprender y recordar determinados actos, ser testigo del comercio sexual entre sus padres u otras personas adultas, y que habiendo comprendido más tarde lo que hubo de ver, haya entonces reaccionado in retrospect a la impresión recibida.

Pero cuando al descubrir las relaciones sexuales de las que ha podido ser testigo da detalles demasiado minuciosos para proceder de la observación real,

o las describe, cosa que sucede con gran frecuencia, como relaciones more ferarum, no podemos dudar de que se trata de una fantasía basada en la observación de la cópula entre animales (los perros) y motivada por la insatisfacción escopofílica del niño, exacerbada durante los años de la pubertad.

El caso más extremo de este género es aquella fantasía en la que el sujeto pretende haber observado el coito de sus padres hallándose todavía en el seno materno.

La fantasía relativa a la seducción presenta un interés particular, pues muchas veces no se trata de un hecho imaginario, sino del recuerdo de un suceso real, aunque, por fortuna, no tan frecuente como por los resultados del análisis pudiera creerse.

La seducción por niños de igual o mayor edad que el seducido es mucho más frecuente que la efectuada por personas adultas, y cuando una niña acusa en el análisis como seductor a su propio padre, cosa nada rara, no cabe duda alguna sobre el carácter imaginario de tal acusación, ni tampoco sobre los motivos que la determinan.

Inventando una falsa seducción, trata el niño de encubrir el período autocrático de su actividad sexual, y al crear un imaginativo objeto de su deseo sexual durante este lejano período de su infancia, se ahorra la vergüenza de confesar haberse entregado a la masturbación.

No creáis, sin embargo, que el abuso sexual cometido con niños por sus padres o parientes más próximos sea un hecho perteneciente por completo al dominio de la fantasía.

La mayoría de los psicoanalistas han tenido, entre sus enfermos, casos en los que este abuso ha existido realmente y pudo ser confirmado de una manera indiscutible.

Pero, en general, se comprobó también que fue realizado en una época mucho más tardía de la que el sujeto fijaba.

Experimentamos la impresión de que todos estos sucesos de la vida infantil constituyen un elemento necesario e indispensable de la neurosis, pues cuando no corresponden a la realidad, son creados imaginativamente.

De todas maneras, el resultado es el mismo, y no hemos podido observar todavía diferencia alguna entre los efectos de los sucesos reales de este género y los producidos por las creaciones imaginativas homólogas. Hallamos aquí nuevamente una relación de complemento, y, por cierto, la más singular de todas las que hasta ahora conocemos.

La primera interrogación que se nos plantea es la referente al origen de la necesidad de estas invenciones y a la procedencia de los materiales que las constituyen. No podemos dudar de los móviles a que obedecen, pero sí habremos de intentar explicarnos por qué hallamos siempre invenciones de idéntico contenido.

Sé muy bien que la respuesta que puedo daros a esta interrogación os parecerá harto atrevida. A mi juicio, tales fantasías, a las que, en unión de otras varias, creo poder calificar de «primitivas», constituyen un patrimonio filogénico.

Por medio de ellas vuelve el individuo a la vida primitiva, cuando la suya propia ha llegado a ser excesivamente rudimentaria.

Es, además, posible que todo lo que el sujeto nos relata como fantasías durante el análisis, o sea la seducción infantil, la excitación sexual a la vista del comercio carnal de los padres y la amenaza de la castración, o más bien, la castración; es posible, repito, que todas estas invenciones fueran en épocas lejanas, en las fases primitivas de la familia humana, realidades concretas, y que dando libre curso a su imaginación no haga el niño sino llenar, con ayuda de la verdad prehistórica, lagunas de la verdad individual.

Se experimenta, pues, la impresión de que la psicología de las neurosis es susceptible de proporcionarnos, sobre las fases primitivas de la evolución humana, datos más numerosos y exactos que ninguna de las restantes fuentes de que disponemos.

Las cuestiones examinadas en los párrafos que anteceden nos obligan a detener nuestra atención en el problema del origen y carácter de aquella actividad espiritual que denominamos «fantasía», actividad que, como sabéis, goza de alta estimación, aunque no hayamos podido todavía localizarla exactamente en la vida psíquica.

He aquí lo que sobre ella puedo deciros: Bajo la influencia de la necesidad exterior, llega el hombre a adquirir poco a poco una exacta noción de lo real y adaptar su conducta a aquello que hemos convenido en denominar «principio de la realidad», adaptación que le fuerza a renunciar, provisional o permanentemente, a diversos objetos y fines de sus tendencias hedonistas, incluyendo entre ellas la tendencia sexual.

Pero todo renunciamiento al placer ha sido siempre doloroso para el hombre, el cual no lo lleva a cabo sin asegurarse cierta compensación. Con este fin, se ha reservado una actividad psíquica, merced a la cual todas las fuentes de placer y todos los medios de adquirir placer a los cuales ha renunciado continúan existiendo bajo la forma que les pone al abrigo de las exigencias de la realidad y de aquello que denominamos «prueba de la realidad».

Toda tendencia reviste en seguida la forma que la representa como satisfecha; y no cabe duda de que complaciéndonos en las satisfacciones imaginarias de nuestros deseos, experimentamos un placer, aunque no lleguemos a perder la conciencia de su irrealidad.

En la actividad de su fantasía continúa gozando el individuo de una libertad a la que la coerción exterior le ha hecho renunciar, en realidad, hace ya mucho tiempo.

No bastándole la escasa satisfacción que puede arrancar a la vida real, se entrega a un proceso, merced al cual puede comportarse alternativamente como un animal, sólo obediente a sus instintos, y como un ser razonable. «Es imposible prescindir de construcciones auxiliares», dice Th. Fontane en una de sus obras.

La creación del reino psíquico de la fantasía halla su completa analogía en la institución de «parques naturales», allí donde las exigencias de la agricultura, de las comunicaciones o de la industria amenazan con destruir un bello paisaje.

En estos parques se perpetúan intactas las bellezas naturales que en el resto del territorio se ha visto el hombre obligado a sacrificar -muchas veces con disgusto- a fines utilitarios, y en ellos debe todo tanto lo útil como lo perjudicial, crecer y expandirse sin coerción de ningún género.

El reino psíquico de la fantasía constituye uno de estos parques naturales sustraído al principio de la realidad.

Los productos más conocidos de la fantasía son los «sueños diurnos» de los que ya hemos hablado: satisfacciones imaginarias de deseos ambiciosos o eróticos y tanto más completas y espléndidas cuanto más necesaria es en la realidad la modestia y la resignación.

En estos sueños diurnos se nos muestra claramente la esencia misma de la felicidad imaginaria, que consiste en hacer independiente la adquisición del placer del sentimiento de la realidad.

Sabemos, además, que tales fantasías constituyen el nódulo y el prototipo de los sueños nocturnos, los cuales no son en el fondo otra cosa que un sueño diurno dotado de una mayor maleabilidad por la libertad nocturna de las tendencias y deformado por el aspecto nocturno de la actividad psíquica.

Por último, he de recordaros que el sueño diurno no es necesariamente consciente, existiendo sueños diurnos inconscientes susceptibles de originar tantos sueños nocturnos como síntomas neuróticos.

Las consideraciones que siguen nos ayudarán a comprender el papel que la fantasía desempeña en la formación de síntomas. Dijimos antes que en 106 casos de frustración, vuelve la libido a ocupar, por regresión, posiciones pretéritas que abandonó en su marcha progresiva, aunque dejando en ellas determinadas adherencias.

Sin retirar nada de esta afirmación ni rectificarla en ningún modo, la completaremos ahora con un nuevo elemento.

Si la libido halla sin dificultad el camino que ha de conducir a tales puntos de fijación es porque no ha llegado a abandonar totalmente aquellos objetos y orientaciones que en su marcha progresiva fue dejando atrás.

Estos objetos y orientaciones, o sus derivados, persisten todavía con cierta intensidad en las representaciones de la fantasía, y de este modo bastará con que la libido entre de nuevo en contacto con tales representaciones para que, desde luego, halle el camino que ha de conducirla a todas las fijaciones reprimidas.

Las fantasías a que nos referimos han gozado siempre de cierta tolerancia, y por muy opuestas que hayan sido a las tendencias del yo, no han llegado a entrar en el conflicto con él mientras ha ido cumpliéndose una determinada condición de naturaleza cuantitativa.

Pero esa condición queda ahora perturbada por el reflujo de la libido a dichas fantasías, cuyo acervo de energía queda así aumentado hasta tal punto, que comienza a manifestar una tendencia a la realización, surgiendo entonces, inevitablemente, el conflicto con el yo. Cualquiera que sea el sistema psíquico -preconsciente o consciente- al que pertenezcan, sucumben ahora a la represión por parte del yo y quedan sometidas a la atracción de lo inconsciente.

Estas fantasías devenidas inconscientes son el punto de apoyo que utiliza la libido para remontarse hasta sus orígenes en lo inconsciente; esto es, hasta sus propios puntos de fijación.

La regresión de la libido a la fantasía constituye una etapa intermedia en el camino que conduce a la formación de síntomas, etapa que merece una especial denominación. Jung propuso a este efecto la de introversión, acertadísima a nuestro juicio, pero incurrió luego en error dándole una segunda significación apropiada.

Por nuestra parte, designamos exclusivamente con el nombre de introversión al alejamiento de la libido de las posibilidades de satisfacción real y su desplazamiento sobre fantasías consideradas hasta el momento como inofensivas.

Un introvertido no es todavía un neurótico; pero se encuentra ya en una situación de equilibrio inestable y manifestará síntomas neuróticos con ocasión del primer desplazamiento de energías que en él se verifique, a menos que su libido reprimida halle un diferente exutorio.

El carácter irreal de la satisfacción neurótica y la desaparición de la diferencia entre fantasía y realidad, quedan, en cambio, determinados por la permanencia en la fase de la introversión. Habréis observado, sin duda, que en mis últimas explicaciones he introducido en el encadenamiento etiológico un nuevo factor: la cantidad, o sea la magnitud de las energías, factor cuya actuación habremos de examinar desde muy diversos puntos de vista.

El análisis puramente cualitativo en las condiciones etiológicas no llega a agotar la materia, cosa que equivale a afirmar que la concepción puramente dinámica de los procesos psíquicos que nos ocupan resulta insuficiente, siendo preciso considerarlos también desde el punto de vista económico.

Debemos, pues, decirnos que el conflicto entre dos tendencias no surge sino a partir del momento en que los revestimientos alcanzan una cierta intensidad, aunque desde largo tiempo atrás existan las necesarias condiciones de contenido.

La importancia patógena de los factores constitucionales dependen asimismo del predominio cuantitativo de una determinada tendencia parcial en la disposición constitucional y puede incluso afirmarse que todas las predisposiciones humanas son cualitativamente idénticas y no difieren entre sí más que por sus proporciones cuantitativas.

No menos decisivo es este factor cuantitativo en lo que respecta a la capacidad de resistencia del sujeto contra la neurosis. Todo depende, en efecto, de la cantidad de libido inempleada que el sujeto pueda mantener en estado de suspensión y de la parte más o menos considerable de esta libido que el mismo sea capaz de desviar de la sexualidad y orientar hacia la sublimación.

El último fin de la actividad psíquica, que desde el punto de vista cualitativo puede ser descrito como una tendencia a conseguir el placer y evitar el dolor, se nos muestra, considerado desde el punto de vista económico, como un esfuerzo encaminado a dominar las magnitudes de excitación actuantes sobre el aparato psíquico e impedir el dolor que pudiera resultar de su estancamiento.

Es todo esto lo que me proponía deciros sobre la formación de síntomas en las neurosis; pero quiero insistir una vez más, y en forma más explícita, sobre la circunstancia de que todo lo dicho no se refiere sino a la formación de síntomas en la histeria. Ya en la neurosis obsesiva nos hallamos ante un diferente estado de cosas, aunque los hechos fundamentales continúan siendo los mismos.

Las resistencias a los impulsos derivados de las tendencias, resistencias de las cuales hemos hablado a propósito de la histeria, pasan en la neurosis obsesiva a ocupar el primer plano y a dominar el cuadro clínico por medio de las llamadas «formaciones reaccionales».

Análogas diferencias y otras más profundas aparecen en las demás neurosis, en las que aún no hemos llevado a término nuestras investigaciones sobre sus correspondientes mecanismos de formación de síntomas.

Antes de terminar esta conferencia, quisiera llamaros todavía la atención sobre una de las facetas más interesantes de la vida de la fantasía.

Se trata de la existencia de un camino de retorno desde la fantasía a la realidad. Este camino no es otro que el del arte.

El artista es, al mismo tiempo, un introvertido próximo a la neurosis. Animado de impulsos y tendencias extraordinariamente enérgicos, quisiera conquistar honores, poder, riqueza, gloria y amor.

Pero le faltan los medios para procurarse esta satisfacción y, por tanto, vuelve la espalda a la realidad, como todo hombre insatisfecho, y concentra todo su interés, y también su libido, en los deseos creados por su vida imaginativa, actitud que fácilmente puede conducirle a la neurosis.

Son, en efecto, necesarias muchas circunstancias favorables para que su desarrollo no alcance ese resultado, y ya sabemos cuán numerosos son los artistas que sufren inhibiciones parciales de su actividad creadora a consecuencia de afecciones neuróticas.

Su constitución individual entraña seguramente una gran actitud de sublimación y una cierta debilidad para efectuar las represiones susceptibles de decidir el conflicto.

Pero el artista vuelve a encontrar el camino de la realidad en la siguiente forma: desde luego, no es el único que vive una vida imaginativa.

El dominio intermedio de la fantasía goza del favor general de la Humanidad, y todos aquellos que sufren de cualquier frustración acuden a buscar en ella una compensación y un consuelo.

La diferencia está en que los profanos no extraen de las fuentes de la fantasía sino un limitadísimo placer, pues el carácter implacable de sus represiones los obliga a contentarse con escasos sueños diurnos que, además, no son siempre conscientes.

En cambio, el verdadero artista consigue algo más.

Sabe dar a sus sueños diurnos una forma que los despoja de aquel carácter personal que pudiera desagradar a los extraños y los hace susceptibles de constituir una fuente de goce para los demás.

Sabe embellecerlos hasta encubrir su equívoco origen y posee el misterioso poder de modelar los materiales dados hasta formar con ellos una fidelísima imagen de la representación existente en su imaginación enlazando de este modo a su fantasía inconsciente una suma de placer suficiente para disfrazar y permitir, por lo menos de un modo interino, las represiones.

Cuando el artista consigue realizar todo esto, procura a los demás el medio de extraer nuevo consuelo y nuevas compensaciones de las fuentes de goce inconscientes, devenidas inaccesibles para ellos.

De este modo logra atraerse el reconocimiento y la admiración de sus contemporáneos y acaba por conquistar, merced a su fantasía, aquello que antes no tenía sino una realidad imaginativa: honores, poder y amor de las mujeres.

Parte III. Teoría general de las neurosis 1916-7 [1917]

Lección XXII. Puntos de vista del desarrollo y de la regresión. Etiología

Señoras y señores:

Hemos visto ya que la función de la libido pasa por un largo desarrollo hasta llegar a la fase llamada normal, o sea aquella en la que entra al servicio de la procreación.

En la presente conferencia me propongo exponeros la significación que para la etiología de las neurosis posee esta circunstancia. Creo hallarme de completo acuerdo con las enseñanzas de la patología general, admitiendo que dicho desarrollo comporta dos peligros: el de inhibición y el de la regresión.

Quiere esto decir que, dada la tendencia a variar, propia de los procesos biológicos, puede suceder que no todas las fases preparatorias transcurran con absoluta corrección y lleguen a su término definitivo, pues ciertas partes de la función pueden estancarse de una manera duradera en alguna de estas tempranas fases y obstruir así la marcha total del desarrollo.

Busquemos en otros dominios algún proceso análogo. Cuando todo un pueblo abandona los lugares en que habita para buscar nuevas tierras en que establecerse, hecho que se produjo frecuentemente en las épocas primitivas de la historia humana, no llega nunca en su totalidad al nuevo país.

Aparte de otras causas de eliminación, debió de suceder, frecuentemente, que pequeños grupos o asociaciones de emigrantes se fueran fijando en diversos lugares del camino, mientras que el grueso del pueblo continuaba su marcha.

O para elegir una comparación más próxima: las glándulas seminales de los mamíferos superiores, originariamente situadas en lo más profundo de la cavidad abdominal sufren en un momento dado de la vida intrauterina un desplazamiento que las transporta al extremo inferior del tronco y casi a flor de piel.

A consecuencia de esta emigración, existe un gran número de individuos en los que una de dichas glándulas ha permanecido en la cavidad abdominal o se ha localizado definitivamente en el canal inguinal que ambas deben franquear normalmente, pudiendo suceder asimismo que este canal quede abierto en vez de cerrarse después del paso de las glándulas, como sucede en los casos normales.

En el primer trabajo científico que, siendo aún un joven estudiante, realicé bajo la dirección de Von Brücke, hube de ocuparme del origen de las raíces nerviosas posteriores de la médula en un pescado de forma aún muy arcaica, y hallé que las fibras nerviosas de dichas raíces emergían de grandes células situadas en la corteza posterior de la sustancia gris, circunstancia que no se observa ya en otros vertebrados.

Pero no tardé en descubrir que tales células nerviosas aparecían también fuera de la sustancia gris y se extendían a lo largo de todo el trayecto que conduce hasta el ganglio llamado espinal de la raíz posterior, descubrimiento del que hube de deducir que las células de dichas masas ganglionares han emigrado de la médula espinal para situarse a lo largo del trayecto radicular de los nervios.

Esta emigración ha sido confirmada por la historia de la evolución; pero en el pequeño pescado objeto de mi estudio aparecía de una manera evidente, pues el trayecto recorrido quedaba marcado por las células escalonadas en el camino. Un reflexivo examen de estas comparaciones os revelará los defectos de que adolecen y, por tanto, creo que lo mejor será exponeros ya directamente el pensamiento psicoanalítico sobre esta cuestión.

En toda tendencia sexual puede, a nuestro juicio, darse el caso de que algunos de los elementos que la componen permanezcan estancados en fases evolutivas anteriores, cuando otros han alcanzado ya el fin propuesto.

Claro es que concebimos cada una de estas tendencias como una corriente que avanza sin interrupción desde el comienzo de la vida, y que al descomponerla, como lo hacemos, en varios impulsos sucesivos usamos de un procedimiento hasta cierto punto artificial.

La impresión que, sin duda, experimentáis de que todas estas representaciones precisan de más amplio esclarecimiento es perfectamente justa; pero tal labor habría de llevarnos demasiado lejos.

Me limitaré, pues, a indicaros por el momento que tal estancamiento de una tendencia parcial en una temprana fase del desarrollo es lo que hemos convenido en denominar técnicamente fijación.

El segundo peligro de tal desarrollo gradual es el de que aquellos elementos que no han experimentado fijación alguna emprenden, en cambio, una marcha retrógrada y vuelven así a fases anteriores, proceso al que damos el nombre de regresión, y que se verifica cuando una tendencia llegada ya a un avanzado estadio de su desarrollo tropieza en el ejercicio de su función, esto es, en el logro de la satisfacción que constituye su fin, con graves obstáculos exteriores.

Todo hace creer que fijación y regresión no son independientes una de otra. Cuanto más considerable haya sido la fijación durante el curso del desarrollo, más dispuesta se hallará la función a eludir las dificultades exteriores por medio de la regresión, retrocediendo hasta los elementos fijados, y menos capacidad de resistencia poseerá, al llegar a puntos avanzados de su desarrollo, para vencer los obstáculos exteriores que se opongan a la definitiva perfección del mismo.

Un pueblo que al emigrar vaya dejando en su camino fuertes destacamentos, retrocederá en su busca en cuanto sufra una derrota o tropiece con un enemigo superior, y al mismo tiempo tendrá tantas más probabilidades de ser derrotado y tener que recurrir a tal retirada cuanto mayores sean las fuerzas que ha dejado atrás.

Para la acertada inteligencia de las neurosis importa mucho no perder de vista esta relación entre la fijación y la regresión, pues poseemos en ella un importantísimo punto de apoyo para el examen que de la etiología de dichas afecciones nos proponemos emprender.

Pero antes quiero deciros aún algunas palabras sobre la regresión. Dado nuestro conocimiento del desarrollo de la función de la libido, no os sorprenderá oír que existen dos clases de regresión: retorno a los primeros objetos que la libido hubo de revestir, objetos que, como ya sabemos, son de naturaleza incestuosa, y retroceso de toda la organización sexual a fases anteriores.

Ambos géneros de regresión aparecen en las neurosis de transferencia y desempeñan en su mecanismo un importantísimo papel, observándose sobre todo, y con una monótona regularidad, el retorno a los primeros objetos de la libido.

Aún podríamos ampliar considerablemente nuestras consideraciones sobre las regresiones de la libido si pudiéramos detenernos a examinar los procesos que de esta naturaleza se efectúan en otro grupo de neurosis -las llamadas narcisistas-, pero es ésta una labor que no entra por ahora en el cuadro de nuestros propósitos.

Sólo os diré que estas afecciones nos revelan nuevos procesos evolutivos de la función de la libido y nos muestran, por tanto, nuevas especies de regresión.

Creo importante poneros sin más tardanza en guardia contra una posible confusión entre regresión y represión y ayudaros a obtener una precisa idea de las relaciones existentes entre ambos conceptos.

Represión es -como sin duda recordáis- aquel proceso merced al cual un acto susceptible de devenir consciente y que, por tanto, forma parte del sistema preconsciente, deviene inconsciente y es retrotraído así a este último sistema.

Hay también represión cuando el acto psíquico inconsciente no es siquiera admitido en el vecino sistema preconsciente, sino por el contrario, rechazado por la censura al llegar a los umbrales de la preconsciencia. No existe, pues, entre el concepto de represión y el de sexualidad relación alguna, hecho que os ruego no dejéis nunca de tener en cuenta.

La represión es un proceso puramente psicológico, que caracterizaremos aún mejor calificándolo de tópico. Queremos con esto decir que posee una relación con nuestra metáfora de los compartimientos psíquicos o, renunciando a esta grosera representación auxiliar, con la estructura del aparato psíquico, constituido por varios sistemas diferentes.

La comparación que de estos dos procesos hemos emprendido nos muestra que hasta ahora sólo hemos empleado la palabra «regresión» en un especialísimo sentido. Dando a este término su significación general, esto es, la de retorno desde una fase evolutiva superior a otra inferior, puede incluso quedar subordinada la represión a la regresión, pues el primero de estos procesos puede también ser descrito como un retorno a una fase anterior en el desarrollo de un acto psíquico.

Pero en la represión no nos interesa especialmente esta dirección retrógrada, pues hallamos también represión, en el sentido dinámico, cuando un acto psíquico es retenido en la fase inferior constituida por lo inconsciente.

La represión es un concepto puramente descriptivo. Hasta ahora, al hablar de regresión y establecer las relaciones de la misma con el retorno de la libido a fases anteriores de su desarrollo, esto es, a algo que difiere totalmente de la represión, y es por completo independiente de ella. Tampoco podemos afirmar que la regresión de la libido sea un proceso puramente psicológico y no sabríamos asignarle una localización determinada en el aparato psíquico.

Aunque ejerce sobre la vida psíquica una profundísima influencia, el factor que domina en ella es el orgánico. Estas especulaciones os parecerán, sin duda, harto áridas. Pero su aplicación clínica puede hacérnoslas más comprensibles. La histeria y la neurosis obsesiva son -como ya sabéis- las dos afecciones principales del grupo de las neurosis de transferencia.

En la histeria existe siempre una regresión de la libido a los primeros objetos sexuales de naturaleza incestuosa, pero falta todo retorno a una fase primaria de la organización sexual, siendo, en cambio, la represión la que desempeña en el mecanismo de esta enfermedad el papel principal.

Si me permitís completar con una construcción teórica el inatacable conocimiento que hemos logrado adquirir de la histeria, podré describiros la situación en la forma siguiente: La reunión de las tendencias parciales bajo la primacía de los órganos genitales queda conseguida, pero las consecuencias que de esta unión se derivan tropiezan con la resistencia del sistema preconsciente, enlazado a la conciencia.

La organización genital resulta, pues, válida para lo inconsciente, mas no para lo preconsciente, y esta repulsa por parte del sistema preconsciente motiva la aparición de un cuadro que presenta ciertas analogías con el estado anterior a la primacía de los órganos genitales, pero que, en realidad, es algo muy distinto. De las dos regresiones de la libido, aquella que se dirige hacia una fase anterior de la organización sexual es, desde luego, la más interesante.

Pero como en la histeria falta esta última regresión y como toda nuestra concepción de las neurosis se resiente aún de la influencia del estudio de la histeria, llevado a cabo con anterioridad, la importancia de la regresión de la libido no se nos ha mostrado sino muy posteriormente a la de la represión.

Debemos, pues, esperar que nuestros puntos de vista encuentren nuevas ampliaciones y modificaciones cuando, además de la histeria y de la neurosis obsesiva, incluyamos en nuestra investigación las neurosis narcisistas.

Al contrario de lo que sucede en la histeria, el proceso que en la neurosis obsesiva presenta mayor importancia y regula la aparición de los síntomas es la regresión de la libido a la fase preliminar sádico-anal.

El impulso amoroso tiene que presentarse en estos casos bajo una máscara sádica, y la representación obsesiva «quisiera matarte» no significa otra cosa -una vez despojada de determinados agregados, no accidentales, sino indispensables- que «quisiera gozarte».

Añadid a esto que simultáneamente se ha verificado una regresión con respecto al objeto y que, por tanto, tales impulsos vienen a recaer sobre las personas más próximas y amadas, y tendréis una idea del horror que en el enfermo han de despertar tales representaciones obsesivas y de cuán ajenas ha de considerarlas a su percepción consciente.

También la represión desempeña en estas neurosis un importantísimo papel, pero que resulta muy difícil de precisar y definir en una exposición tan sintética y rápida como la que aquí me veo obligado a haceros.

La regresión de la libido no podría producir nunca por sí sola y sin el acompañamiento de la represión una neurosis, sino que conduciría únicamente a una perversión. Vemos, pues, que la represión es el proceso más propio de la neurosis y aquel que mejor la caracteriza.

Más adelante tendré, quizá, ocasión de exponeros lo que sobre el mecanismo de las perversiones hemos averiguado, y entonces veréis que se trata de algo mucho más complicado de lo que generalmente se supone.

Espero que me perdonaréis la amplitud con que he tratado de la fijación y la regresión de la libido cuando sepáis que todo lo que sobre estas cuestiones os he expuesto constituye una preparación al estudio de la etiología de las neurosis.

Sobre esta etiología no os he dado, hasta ahora, sino un único dato: el de que los hombres enferman de neurosis cuando ven negada la posibilidad de satisfacer su libido, o sea -empleando el mismo término de que antes hube de servirme-por frustración, siendo los síntomas un sustitutivo de la satisfacción denegada. Naturalmente, no quiere esto decir que toda privación de la satisfacción libidinosa convierta en neurótico al individuo sobre el que recae, sino tan sólo que el factor privación existe en todos los casos de neurosis analizados.

Por tanto, vemos que nuestro principio no es reversible, y supongo os habréis dado también cuenta de que no constituye por sí solo un total esclarecimiento del misterio de la etiología de las neurosis, sino solamente la expresión de una de sus condiciones esenciales.

Ignoramos todavía si para la discusión ulterior de este principio deberemos insistir principalmente sobre la naturaleza de la frustración, o sobre la idiosincrasia del sujeto que la sufre, pues la privación sólo raras veces resulta completa y absoluta, y para devenir patógena tiene que recaer sobre aquella forma de satisfacción que el sujeto exige y es la única de la que es capaz.

Hay, en general, numerosos medios que permiten soportar sin peligro de neurosis la privación de satisfacción libidinosa y conocemos individuos capaces de infligirse esta privación sin daño alguno. No son felices, y añoran de continuo la satisfacción de lo que se ven privados, pero no caen enfermos. Debemos, además, tener en cuenta que las tendencias sexuales son -si me es permitido expresarme así- extraordinariamente plásticas.

Pueden reemplazarse recíprocamente, y una sola puede asumir la intensidad de las demás, resultando de este modo que cuando la realidad rehúsa la satisfacción de una de ellas existe una posible compensación en la satisfacción de otra.

Podemos, pues, compararlas a una red de canales comunicantes, y esto a pesar de su subordinación a la primacía genital, dos características difíciles de conciliar.

Además, tanto las tendencias parciales de la sexualidad como la corriente sexual resultante de su síntesis, poseen una gran facilidad para variar de objeto, cambiando uno de difícil acceso por otro más asequible, propiedad que constituye una fuente de resistencia a la acción patógena de una privación.

Entre estos factores que oponen una acción que pudiéramos calificar de profiláctica a la nociva de las privaciones existe uno que ha adquirido una particular importancia social, y consiste en que una vez que la tendencia sexual ha renunciado al placer parcial o al que procura el acto de la procreación, reemplaza tales fines por otro que presenta con ellos relaciones de origen, pero que ha cesado de ser sexual para hacerse social.

Damos a este proceso el nombre de «sublimación», y efectuándolo así, nos adherimos a la opinión general que concede un valor más grande a los fines sociales que a los sexuales, considerando a estos últimos, en el fondo, como egoístas.

La sublimación no es, además, sino un caso especial del apoyo de tendencias sexuales en otras no sexuales. Más adelante trataré de esta cuestión con un mayor detalle.

Supondréis, quizá, que merced a todos estos medios que permiten soportar la privación pierde ésta toda su importancia.

Pero, en realidad, no sucede así, y la frustración conserva toda su fuerza patógena. Los medios que a ella oponemos son, generalmente, insuficientes, y el grado de insatisfacción de la libido que el hombre puede soportar es limitado.

La plasticidad y la movilidad de la libido no alcanzan en todos los hombres un igual nivel, y la sublimación no puede nunca suprimir sino una parte de la libido, existiendo, además, muchos sujetos que no poseen la facultad de sublimar sino en grado muy restringido.

La principal de estas restricciones es aquella que recae sobre la movilidad de la libido, pues limita extraordinariamente el número de fines y objetos que pueden proporcionar al individuo la necesaria satisfacción.

Recordando que un desarrollo incompleto de la libido comporta numerosas fijaciones muy variadas de la misma a fases anteriores a la organización y a objetos primitivos, fases y objetos que la mayor parte de las veces no son ya capaces de procurar una satisfacción real, reconoceréis que la fijación de la libido constituye, después de la frustración, un importantísimo factor etiológico de las neurosis, hecho que podemos esquematizar diciendo que la fijación de la libido constituye en la etiología de las neurosis el factor interno, o sea la predisposición, y, en cambio, la frustración, el factor accidental externo.

Se me presenta aquí una excelente ocasión, que no quiero desaprovechar, para aconsejaros os abstengáis de intervenir en una superflua discusión que sobre estas materias se ha desarrollado.

El mundo científico acostumbra tomar una parte de la verdad y sustituirla a la verdad completa, discutiendo luego todo el resto, no menos verdadero, en favor del fragmento desglosado.

Por medio de este procedimiento han surgido diversas ramificaciones del movimiento psicoanalítico, ramificaciones que aceptan únicamente las tendencias egoístas y niegan las sexuales, no reconocen la influencia de la vida pretérita del sujeto, sino tan sólo la de los deberes reales, impuestos por la sociedad, etc. De un modo análogo se ha hecho también objeto de controversia la cuestión a que ahora nos referimos más especialmente, y se discute si las neurosis son enfermedades exógenas o endógenas, consecuencia necesaria de una determinada constitución o producto de ciertas acciones traumáticas nocivas, planteándose asimismo el problema de si son motivadas por la fijación de la libido y otras particularidades de la constitución sexual o por la influencia de la frustración.

Mas tales dilemas poseen tan escaso sentido como este otro que yo podría plantearos: ¿El niño nace por haber sido procreado por el padre o por haber sido concebido por la madre? Naturalmente, nos responderéis que ambas condiciones son igualmente indispensables.

Pues bien: en la etiología de la neurosis sucede algo muy análogo, si no idéntico. Desde el punto de vista etiológico, las enfermedades neuróticas pueden ordenarse en una serie en la que los dos factores, constitución sexual e influencias exteriores, o si se prefiere, fijación de la libido y frustración, se hallan representados de tal manera, que cuando uno de ellos crece, el otro disminuye.

En uno de los extremos de esta serie se hallan los casos límites de los cuales podemos afirmar con perfecta seguridad que, dado el anormal desarrollo de la libido del sujeto, habría éste enfermado siempre, cualesquiera que fuesen los sucesos exteriores de su vida y aunque ésta se hallase totalmente desprovista de accidentes.

Al otro extremo hallamos los casos de los que, por el contrario, podemos decir que el sujeto hubiera escapado, desde luego, a la neurosis si no se hubiera encontrado en una determinada situación.

En los casos intermedios nos hallamos en presencia de combinaciones tales, que a una mayor predisposición, dependiente de la constitución sexual, corresponde una parte menor de influencias nocivas sufridas durante el curso de la vida, e inversamente.

En estos sujetos, la constitución sexual no habría producido la neurosis sin la intervención de influencias nocivas, y estas influencias no habrían sido seguidas de un efecto traumático si las condiciones de la libido hubieran sido diferentes.

Podría quizá conceder en esta serie un cierto predominio a la predisposición, pero una tal concesión por parte mía habría de depender siempre de los límites que convinierais en asignar a la neurosis. Para facilitar nuestra labor de exposiciones daremos a estas series el nombre de «series complementarias».

Más adelante tendremos ocasión de establecer otras análogas.

La tenacidad con que la libido se adhiere a determinados objetos y orientaciones, o sea lo que pudiéramos llamar su viscosidad, se nos muestra como un factor independiente que varía en cada individuo, y cuyas normas nos son totalmente desconocidas.

No debemos despreciar como desprovista de importancia la intervención de este factor en la etiología de las neurosis, pero tampoco habremos de considerar demasiado íntima su relación con esta etiología.

Tal viscosidad de la libido -dependiente de causas ignoradas- aparece también ocasionalmente en individuos normales y se nos muestra, asimismo a título de factor determinante, en personas que forman una categoría opuesta a la de los neuróticos, esto es, en los perversos. Ya antes del psicoanálisis (Binet) era conocida la posibilidad de descubrir en la anamnesis de los perversos la huella de una temprana impresión que trajo consigo una orientación anormal del objeto y desviaciones a las que la libido del perverso quedó después fijada durante toda la vida. Con gran frecuencia resulta imposible determinar qué es lo que capacita a tales impresiones para ejercer sobre la libido una atracción tan irresistible.

Voy a relataros un caso observado por mí mismo. Un hombre al que los órganos genitales y todos los demás encantos de la mujer dejan hoy indiferente, pero que experimenta, en cambio, una excitación sexual irresistible a la vista de un pie calzado en determinada forma, recuerda una escena de su infancia, que desempeñó un papel decisivo en la fijación de su libido. Teniendo seis años de edad, se hallaba un día sentado sobre un taburete, junto a su institutriz, que se disponía a darle lección de inglés.

La institutriz, una solterona seca y fea, con acuosos ojos azules y nariz respingona, se había herido en un pie y lo tenía apoyado sobre una silla y calzado con una zapatilla de terciopelo, quedando la pierna cuidadosa y decentemente oculta entre las faldas.

Pues bien: los pies delgados y de salientes tendones, como el de la fea institutriz, es lo que llegó a ser para nuestro sujeto, después de un tímido ensayo de normal actividad sexual, durante su pubertad, el único objeto sexual, objeto cuya atracción se hace irresistible cuando la persona correspondiente muestra algún otro parecido con la institutriz inglesa.

Esta fijación de la libido ha hecho de nuestro sujeto, no un neurótico, sino un perverso, o sea lo que denominamos un fetichista del pie. Como veis, aunque la fijación excesiva y precoz de la libido constituye un factor etiológico indispensable de las neurosis, su acción se extiende más allá del cuadro de estas afecciones. Resulta, pues, que tampoco la fijación puede considerarse como el factor etiológico decisivo.

El problema de la determinación de la neurosis parece de este modo complicarse.

La investigación psicoanalítica nos revela, en efecto, un nuevo factor, que no figura en nuestra serie etiológica y que aparece con máxima evidencia en aquellas personas cuya salud se ve perturbada de repente por una dolencia neurótica.

En estos sujetos descubrimos siempre indicios de una oposición de deseos o, siguiendo nuestra acostumbrada forma de expresión, de un conflicto psíquico. Una parte de la personalidad manifiesta determinados deseos, y otra parte se opone y los rechaza.

Sin un conflicto de este género no existe neurosis, circunstancia que no habrá ya de extrañaros, pues sabéis que nuestra vida psíquica se halla constantemente removida por conflictos cuya solución nos incumbe hallar.

Mas para que semejante conflicto devenga patógeno han de concurrir ciertas condiciones particulares, y, por tanto, habremos de preguntarnos cuáles son estas condiciones, entre qué fuerzas psíquicas se desarrollan tales conflictos patógenos y cuáles son las relaciones que existen entre el conflicto y los demás factores determinantes.

Espero poder dar a estas interrogaciones respuestas satisfactorias, aunque abreviadas y esquemáticas.

El conflicto es provocado por la frustración, la cual obliga a la libido, que carece de satisfacción, a buscar otros objetos y caminos, siendo condición indispensable que tales nuevos caminos y objetos provoquen el desagrado de una cierta fracción de la personalidad, la cual impone su veto, en un principio, al nuevo modo de satisfacción.

A partir de este punto se inicia el proceso de la formación de síntomas, proceso que más adelante investigaremos y las tendencias libidinosas rechazadas consiguen manifestarse por caminos indirectos, aunque no sin ceder en cierto modo a las exigencias de los elementos hostiles, aceptando determinadas deformaciones y atenuaciones. Tales caminos indirectos son los de la formación de síntomas, viniendo estos últimos a constituir la satisfacción nueva o sustitutiva que la privación ha hecho necesaria.

La importancia del conflicto psíquico se manifiesta aun en el hecho de que para que una frustración exterior se haga patógena es necesario que se añada a ella una frustración interior. Claro es que cada una de estas frustraciones -exterior e interior- se refiere a objetos diferentes y sigue camino distinto.

La frustración exterior aleja determinada posibilidad distinta, estallando entonces el conflicto en derredor de esta última.

Si doy aquí a mi exposición una forma particular, ello obedece al oculto sentido implícito de su contenido y que no es otra cosa que la posibilidad de que en las épocas primitivas del desarrollo humano hayan sido determinadas las abstenciones interiores por reales obstáculos exteriores.

Pero, ¿cuáles son las fuerzas de las que emanan la oposición a la tendencia libidinosa; esto es, cuál es la otra parte actuante en el conflicto patógeno? Tales fuerzas son -en sentido general -las tendencias no sexuales, a las que designamos con el nombre genérico de «instintos del yo».

El psicoanálisis de las neurosis de transferencia no nos ofrece medio alguno de aproximarnos a su comprensión, y sólo nos es dado llegar a un cierto conocimiento de su naturaleza por las resistencias que se oponen al análisis.

El conflicto patógeno surge, por tanto, entre los instintos del yo y los instintos sexuales.

En determinados casos experimentamos la impresión de que se trata de un conflicto entre diferentes tendencias puramente sexuales, apariencia que no contradice en nada nuestra afirmación, pues de las dos tendencias sexuales en conflicto, una es siempre ‘ego-sintónica’, por decirlo así, mientras que la otra provoca la defensa del yo. Volvemos, pues, al conflicto entre el yo y la sexualidad.

Siempre que el psicoanálisis ha considerado un suceso psíquico como un producto de tendencias sexuales, se le ha objetado, con indignación, que el hombre no se compone exclusivamente de sexualidad; que existen en la vida psíquica tendencias e intereses distintos de los sexuales y que no debemos derivarlo todo de la sexualidad, etc.

Por una vez, nos satisface en extremo hallarnos de acuerdo con nuestros adversarios.

En efecto, el psicoanálisis no ha olvidado jamás que existen también fuerzas instintivas no sexuales; se basa precisamente en la definida separación existente entre los instintos sexuales y los instintos del yo, y ha afirmado, contra todas las objeciones, que las neurosis no son producto exclusivo de la sexualidad, sino del conflicto entre ésta y el yo.

En su labor de analizar y definir la misión de los instintos sexuales, tanto en la vida normal como en circunstancias patológicas, no ha tropezado con nada que le incite a negar la existencia y significación de los instintos del yo, y si se ha ocupado, en primer lugar, de los instintos sexuales, ha sido por ser éstos los que en las neurosis demuestran una más precisa significación.

Tampoco es exacto pretender que el psicoanálisis no se interesa por la parte no sexual de la personalidad.

La separación entre el yo y la sexualidad es precisamente lo que por vez primera nos ha hecho ver con toda evidencia que los instintos del yo sufren a su vez un significativo desarrollo que no es ni totalmente independiente de la libido ni se halla exento por completo de reacción contra ella.

En honor a la verdad, hemos de confesar que el desarrollo del yo nos es mucho menos conocido que el de la libido, mas esperamos que el estudio de las neurosis narcisistas nos permita penetrar en la estructura del yo. Ferenczi ha llevado ya a cabo una interesante tentativa de establecer teóricamente las fases de dicho desarrollo, y poseemos, por lo menos, dos sólidos puntos de apoyo para formular un juicio sobre el mismo.

Sería inexacto decir que los intereses libidinosos de una persona son desde un principio y necesariamente contrarios a sus intereses de autoconservación, pues lo que sucede es que el yo tiende a adaptarse a su organización sexual en todas y cada una de las etapas de su desarrollo.

La sucesión de las diferentes fases evolutivas de la libido se realiza probablemente conforme a un programa preestablecido; mas no puede negarse que puede ser influida por el yo, debiendo existir un cierto paralelismo y una cierta concordancia entre las fases del desarrollo del yo y las de la libido y pudiendo nacer un factor patógeno de la perturbación de esta concordancia.

Mucho nos interesaría determinar cómo se comporta el yo en aquellos casos en los que la libido experimenta una fijación a una fase dada de su desarrollo.

El yo puede adaptarse a esta fijación, haciéndose perverso, o sea infantil, en proporción directa a la importancia de la misma, pero puede también rebelarse contra ella, y sufre entonces una represión correlativa a la fijación de la libido.

Veamos, pues, que el tercer factor de la etiología de las neurosis, la tendencia a los conflictos, depende tanto del desarrollo del yo como del de la libido, descubrimiento que completa nuestra concepción de la determinación de las dolencias neuróticas, cuyas condiciones etiológicas serán, aparte de la frustración, como factor de orden general, la fijación de la libido, que marca la orientación de la enfermedad y la tendencia al conflicto, derivada del desarrollo del yo, que ha rechazado los sentimientos libidinosos.

La situación no es, pues, tan complicada ni tan difícil de comprender como sin duda os pareció en un principio, aunque bueno será advertiros que todavía nos queda mucho que hablar sobre esta cuestión.

A lo ya dicho habremos de añadir todavía importantísimas consideraciones, y sobre todo habremos de someter a un análisis más profundo muchos de los puntos ya examinados.

Para mostraros la influencia que el desarrollo del yo ejerce sobre la constitución del conflicto, y, por tanto, sobre la determinación de las neurosis, os expondré un ejemplo que, aunque imaginario, no es nada inverosímil, y que me ha sido inspirado por el título de una comedia de Nestroy: En el bajo y en el principal.

En el bajo habita el portero, y en el principal, el propietario de la casa, persona rica y estimada. Ambos tienen hijos, y supondremos que la hija del propietario no encuentra dificultad alguna para jugar, sin que nadie la vigile, con la hija del portero.

Puede entonces suceder que los juegos de estas niñas lleguen a tomar un carácter erótico, esto es, sexual, mostrándose una a otra los órganos genitales y procurándose recíprocamente una excitación de los mismos.

La hija del propietario, que, a pesar de sus cinco o seis años, ha podido tener ocasión de realizar determinadas observaciones sobre la sexualidad de los adultos, puede muy bien desempeñar en nuestra historia el papel de corruptora.

Aun cuando estos juegos no duran mucho tiempo, bastan para activar en las dos niñas ciertas tendencias sexuales, que, una vez terminados dichos juegos, continúan manifestándose durante algunos años por la masturbación. Hasta aquí marchan paralelos los destinos de nuestras dos protagonistas, pero el desenlace es diferente para cada una.

La hija del portero se entregará a la masturbación hasta la aparición de los menstruos renunciará después sin gran dificultad a ella, tomará un amante, tendrá quizá un hijo, emprenderá una carrera cualquiera y llegará acaso a ser una artista conocida, acabando, de este modo, en aristócrata.

Es posible también que su destino sea menos brillante, pero de todos modos vivirá el resto de su vida sin resentirse del ejercicio precoz de su sexualidad ni contraer neurosis ninguna.

Muy distinto será el destino de la hija del propietario.

Aun antes de salir de la infancia, experimentará el sentimiento de haber hecho algo malo, renunciará en seguida, pero después de una terrible lucha, a la satisfacción masturbadora y guardará de ella un recuerdo y una impresión deprimentes.

Más tarde, cuando, llegada a la pubertad, comiencen a revelársele las circunstancias del comercio sexual, rechazará con una intensa repugnancia -cuya causa no acertará a explicarse- todo nuevo conocimiento sobre esta cuestión y preferirá permanecer en la ignorancia.

Probablemente se sentirá de nuevo dominada por una irresistible tendencia a la masturbación de la que no se atrevería a lamentarse.

Más tarde, a la edad en que las mujeres comienzan a pensar en el matrimonio, contraerá una neurosis que cerrará su acceso a la vida normal y destruirá todas sus esperanzas de felicidad.

El análisis de esta neurosis nos mostrará que la enferma, joven educada, inteligente e idealista, ha reprimido por completo sus tendencias sexuales, inconscientes en ella, pero íntimamente enlazadas a los insignificantes juegos de la infancia.

La diferencia que existe entre estos dos destinos, a pesar de la identidad de los sucesos iniciales, depende de que el yo de una de nuestras protagonistas ha experimentado un determinado desarrollo, y en cambio, el de la otra, no.

Para la hija del portero, la actividad sexual ha sido en todo momento algo natural y lícito.

En cambio, la hija del propietario ha sufrido la influencia de la educación que ha inspirado a su yo ideales de pureza y continencia incompatibles con la actividad sexual, quedando debilitado merced a esta formación intelectual su interés por la misión que se halla llamada a desempeñar como mujer.

Tal desarrollo moral e intelectual, superior al de su camarada de juegos infantiles, es lo que ha provocado el conflicto en que se halla con las exigencias de su sexualidad.

Quiero insistir aún sobre un segundo punto de la evolución del yo, tanto por determinadas perspectivas, muy vastas, que su conocimiento puede abrir ante nosotros, como porque las conclusiones que de este examen vamos a deducir justifican nuestra afirmación de que existe una definida separación entre las tendencias del yo y las sexuales, separación difícil de observar a primera vista.

Para formular un juicio sobre estos dos desarrollos -el del yo y el de la libido- hemos de admitir una premisa que hasta ahora no hemos tenido suficientemente en cuenta.

Ambos desarrollos no son, en el fondo, sino legado y repeticiones abreviadas de la trayectoria evolutiva que la Humanidad entera ha recorrido a partir de sus orígenes y a través de un largo espacio del tiempo.

Este origen filogénico del desarrollo de la libido resulta, a nuestro juicio, fácilmente reconocible. Recordad que en determinados animales se halla el aparato genital íntimamente relacionado con la boca, es inseparable del aparato de excreción o aparece enlazado a los órganos de movimiento, circunstancias todas de las que hallaréis una interesante exposición en el libro de W. Bölsche.

Vemos, por tanto, que la organización sexual de los animales puede limitarse a cualquier fijación perversa.

En el hombre resulta más difícil de comprobar este punto de vista filogénico, pues sucede que aquellas particularidades que en el fondo son heredadas resultaban también adquiridas de nuevo en el curso del desarrollo individual, a causa probablemente de que las condiciones que impusieron anteriormente la adquisición de una particularidad dada persisten todavía y continúan ejerciendo su acción sobre todos los individuos sucesivos.

Podríamos decir que estas condiciones que primitivamente fueron creadoras se han convertido en evocadoras.

Es, además, incontestable que la marcha del desarrollo predeterminado pueda quedar perturbada y modificada en cada individuo por influencias exteriores recientes.

Lo que sí conocemos, desde luego, es la fuerza que ha impuesto a la Humanidad este desarrollo, y cuya acción continúa ejerciéndose en la misma dirección.

Esta fuerza es nuevamente la frustración, impuesta por la realidad o, para llamarla con su verdadero nombre, la necesidad, que es un carácter esencial de la vida. La Anagch (Ananke), severa educadora a la que el hombre debe mucho, es la que con su rigor ha motivado efectos nocivos en los neuróticos, pero es éste un peligro inherente a toda educación.

Proclamando que la necesidad vital constituye el motor del desarrollo, no disminuimos en absoluto la importancia de las «tendencias evolutivas internas» cuando la existencia de éstas se deja comprobar.

Ahora bien: conviene observar que las tendencias sexuales y las de autoconservación no se conducen de igual manera con respecto a la necesidad real.

Los instintos de conservación y todo lo que con ellos se relaciona son más fácilmente educables y aprenden tempranamente a plegarse a la necesidad y a conformar su desarrollo a las indicaciones de la realidad, cosa concebible, dado que no pueden procurarse de otro modo los objetos de que precisan y sin los que el individuo corre el peligro de perecer.

Las tendencias sexuales, que no tienen al principio necesidad ninguna de objeto e incluso ignoran esta necesidad, son más difíciles de educar.

Viviendo una existencia que podríamos calificar de parasitaria, asociada a la de otros órganos del soma, y siendo susceptibles de hallar una satisfacción autoerótica sin salir del cuerpo mismo del individuo, escapan a la influencia educadora de la necesidad real, y en la mayor parte de los hombres guardan, en determinadas circunstancias, durante toda la vida, este carácter arbitrario, caprichoso, refractario y enigmático.

Añadid a esto que el individuo deja de ser accesible a la educación, precisamente en el momento en que sus necesidades sexuales alcanzan su intensidad definitiva.

Los educadores conocen ya esta circunstancia, y es quizá de esperar que los resultados del psicoanálisis les mueven a desplazar la más intensa presión educadora sobre la época en que realmente puede resultar eficaz; esto es, sobre la primera infancia.

El sujeto infantil llega a su completa formación a la edad de cuatro o cinco años, y en adelante se limita a manifestar lo adquirido hasta dicha edad.

Para hacer resaltar toda la significación de la diferencia que hemos establecido entre los dos grupos de instintos, habremos de introducir en nuestra exposición una de aquellas consideraciones a las que convinimos en calificar de «económicas», abordando así uno de los dominios más importantes, pero desgraciadamente más oscuros, del psicoanálisis.

Nos planteamos, en efecto, el problema de averiguar si la labor de nuestro aparato psíquico tiende a la consecución de un propósito fundamental cualquiera, problema al que respondemos, en principio, afirmativamente, añadiendo que, según todas las apariencias, nuestra actividad psíquica tiene por objeto procurarnos placer y evitarnos displacer, hallándose automáticamente regida por el principio del placer.

Mucho nos interesaría averiguar cuáles son las condiciones del placer y del displacer, mas carecemos de elementos para llegar a este conocimiento.

Lo único que podemos afirmar es que el placer se halla en relación con la disminución, atenuación o extinción de las magnitudes de excitación acumuladas en el aparato psíquico, mientras que el dolor va paralelo al aumento o exacerbación de dichas excitaciones.

El examen del placer más intenso accesible al hombre, esto es, del placer experimentado en la realización del acto sexual, no nos permite duda alguna sobre este punto. Dado que en estos actos acompañados de placer se trata de los destinos de grandes magnitudes de excitación o de energía psíquica, damos a las consideraciones con ellos relacionadas el nombre de económicas.

Observamos asimismo que la labor que incumbe al aparato psíquico y la función que el mismo ejerce pueden ser también descritas de una manera más general que insistiendo sobre la adquisición del placer.

Puede decirse que el aparato psíquico sirve para dominar y suprimir las excitaciones e irritaciones de origen externo e interno.

Por lo que respecta a las tendencias sexuales, es evidente que desde el principio al fin de su desarrollo constituyen un medio de adquisición de placer, función que cumplen sin la menor discontinuidad. Tal es igualmente al principio el objetivo de las tendencias del yo; pero bajo la presión de la necesidad, gran educadora, acaban éstas por reemplazar el principio del placer por una modificación.

La misión de desviar el dolor se les impone con la misma urgencia que la de adquirir el placer, y el yo averigua que es indispensable renunciar a la satisfacción inmediata, diferir la adquisición de placer, soportar determinados dolores y renunciar, en general, a ciertas fuentes de placer.

Así educado, el yo se hace razonable y no se deja ya dominar por el principio del placer, sino que se adapta al principio de la realidad, que en el fondo tiene igualmente por fin el placer; pero un placer que, si bien diferido y atenuado, presenta la ventaja de ofrecer la certidumbre que le procuran el contacto con la realidad y la adaptación a sus exigencias.

El paso del principio del placer al principio de la realidad constituye uno de los progresos más importantes del desarrollo del yo.

Sabemos ya que los instintos sexuales no franquean sino tardíamente y como forzados y constreñidos estas fases del desarrollo del yo, y más tarde veremos qué consecuencias pueden deducirse para el hombre de estas relaciones más laxas que existen entre su sexualidad y la realidad exterior.

Si el yo del hombre experimenta un desarrollo y tiene, al igual de su libido, su historia evolutiva, no puede ya sorprendernos la existencia de regresiones del yo a fases anteriores de su desarrollo, regresiones cuya influencia en la etiología y curso de las enfermedades neuróticas habremos de examinar detenidamente.

Parte III. Teoría general de las neurosis 1916-7 [1917]

Lección XXI. Desarrollo de la libido y organizaciones sexuales

Señoras y señores:

Tengo la impresión de no haber conseguido convenceros, como era mi deseo, de la importancia de las perversiones para nuestra concepción de la sexualidad. Voy, pues, a precisar y completar en lo posible lo que sobre este tema hube de exponeros en la lección anterior. Nuestra modificación del concepto de sexualidad, que tan violentas críticas nos ha valido, no reposa única y exclusivamente en los datos adquiridos por medio de la investigación de las perversiones.

El examen de la sexualidad infantil ha contribuido aún en mayor medida a imponernos tal modificación, y sobre todo la perfecta concordancia de los resultados de ambos estudios ha sido para nosotros algo definitivo y convincente.

Pero las manifestaciones de la sexualidad infantil, evidentes en los niños ya un poco crecidos, parecen, en cambio, perderse al principio en una vaga indeterminación.

Aquellos que no quieren tener en cuenta el desarrollo evolutivo y las relaciones analíticas rehusarán a tales manifestaciones todo carácter sexual y las atribuirán más bien un carácter indiferente. No debéis olvidar que por el momento no disponemos de una característica generalmente aceptada que nos permita afirmar la naturaleza sexual de un proceso, pues ya vimos que, so pena de tolerar una exagerada restricción de la sexualidad, no podíamos considerar como tal característica la pertenencia del proceso de que se trate a la función procreadora.

Los criterios biológicos, tales como las periodicidades de veintitrés y veintiocho días establecidos por W. Fliess, son aún muy discutibles, y ciertas particularidades químicas que en los procesos sexuales nos ha hecho sospechar nuestra labor esperan todavía quien las descubra.

Por el contrario, las perversiones sexuales de los adultos son algo concreto e inequívoco. Como su misma denominación, generalmente admitida, lo indica, forman parte innegable de la sexualidad, y considerándolas o no como estigmas degenerativos, nadie se ha atrevido todavía a situarlas fuera de la fenomenología de la vida sexual.

Su sola existencia nos permite ya afirmar que la sexualidad y la reproducción no coinciden, pues es universalmente conocido que todas las perversiones niegan en absoluto el fin de la procreación.

Podemos establecer a este propósito un interesante paralelo.

Mientras que para una inmensa mayoría lo consciente es idéntico a lo psíquico, nos hemos visto nosotros obligados a ampliar este último concepto y a reconocer la existencia de un psiquismo que no es consciente.

Pues bien: con la identidad que muchos establecen entre lo sexual y aquello que se relaciona con la procreación o sea lo genital, sucede algo muy análogo, dado que no podemos menos de admitir la existencia de algo sexual que no es genital ni tiene nada que ver con la procreación.

Entre estos dos conceptos no existe sino una analogía puramente formal, falta de toda base consistente.

Pero si la existencia de las perversiones sexuales aporta a esta discusión un argumento decisivo, no deja de ser un tanto singular que no se haya podido llegar todavía a un acuerdo.

Ello se debe indudablemente a que el riguroso anatema que pesa sobre las prácticas perversas se extiende también al terreno teórico y se opone al estudio científico de las mismas.

Diríase que la gente ve en las perversiones algo no solamente repugnante, sino también peligroso, y se conduce como si temiera caer en la tentación y abrigara en el fondo una secreta envidia a los perversos, semejante a la que el severo Landgrave confiesa en la célebre parodia del Tannhäuser [de Nestroy]:

«¡En Venusberg olvidó el honor y el deber !-¡Ay ! A nosotros no nos suceden esas cosas.»

En realidad, los perversos no son más que unos pobres diablos que pagan muy duramente la satisfacción alcanzada a costa de mil penosos esfuerzos y sacrificios.

Aquello que, a pesar de la extrema singularidad de su objeto y de su fin, da a la actividad perversa un carácter incontestablemente sexual es la circunstancia de que el acto de la satisfacción perversa comporta casi siempre un orgasmo completo y una emisión de esperma.

Claro que únicamente en las personas adultas, pues en el niño el orgasmo y la emisión de esperma no son todavía posibles y quedan reemplazados por fenómenos a los que no siempre podemos atribuir con seguridad un carácter sexual.

Para completar mi exposición demostrativa de la importancia de las perversiones sexuales debo añadir aún lo siguiente: a pesar de todo el desprecio que sobre tales perversiones pesa, y a pesar de la absoluta separación que se quiere establecer entre ellas y la actividad sexual normal, no podemos menos de reconocer que la vida sexual de los individuos más normales aparece casi siempre mezclada con algún rasgo perverso. Ya el beso puede ser calificado de acto perverso, pues consiste en la unión de dos zonas bucales erógenas y no en la de los órganos sexuales opuestos.

Sin embargo, no se le ha ocurrido aún a nadie condenarlo como una perversión, y es incluso tolerado en la escena a título de velada expresión del acto sexual, a pesar de que al alcanzar una alta intensidad puede provocar -y provoca realmente en muchas ocasiones- el orgasmo y la emisión de esperma, quedando así transformado en un completo acto perverso.

Por otro lado, es del dominio general que para muchos individuos el contemplar y palpar el objeto sexual constituye una condición indispensable del goce sexual, mientras que otros muerden y pellizcan cuando su excitación genésica llega al máximo grado, y sabemos también que para el amante no es siempre de los genitales del objeto amado, sino de otra cualquier región del cuerpo del mismo, de donde emana la máxima excitación.

Esta serie de observaciones que podría ampliarse hasta lo infinito, nos muestra lo absurdo que seria excluir de la categoría de los normales y considerar como perversas a aquellas personas que presentan aisladamente tales tendencias.

En cambio, vamos viendo cada vez con mayor claridad que el carácter esencial de las perversiones no consiste en sobrepasar el fin sexual o reemplazar los órganos genitales por otros, ni siquiera en el cambio de objeto, sino más bien en su exclusividad, carácter que las hace incompatibles con el acto sexual como función procreadora.

Desde el momento en que los actos perversos se subordinan a la realización del acto sexual normal a titulo de preparación o intensificación del mismo, sería injusto seguir calificándolos de perversiones, y claro es que la solución de continuidad que separa a la sexualidad normal de la sexualidad perversa queda muy disminuida merced a los hechos de este género.

Deduciremos, pues, sin violencia ninguna, que la sexualidad normal es un producto de algo que existió antes que ella, y a expensas de lo cual hubo de formarse, eliminando como inaprovechables algunos de sus componentes y conservando otros para subordinarlos a un nuevo fin, o sea el de la procreación.

Antes de utilizar los conocimientos que acabamos de adquirir sobre las perversiones para adentrarnos, provistos de nuevos datos y esclarecimientos, en el estudio de la sexualidad infantil, quiero atraer vuestra atención sobre una importante diferencia que existe entre dichas perversiones y esta sexualidad.

La sexualidad perversa se halla generalmente centralizada de una manera perfecta. Todas las manifestaciones de su actividad tienden hacia el mismo fin, que con frecuencia es único, pues suele predominar una sola de sus tendencias parciales, excluyendo a todas las demás o subordinándolas a sus propias intenciones. Desde este punto de vista no existe entre la sexualidad normal y la perversa otra diferencia que la de las tendencias parciales respectivamente dominantes, diferencia que trae consigo la de los fines sexuales.

Puede decirse que tanto en una como en otra existe una tiranía bien organizada, siendo únicamente distinto el partido que la ejerce.

Por el contrario, la sexualidad infantil, considerada en conjunto, no presenta ni centralización ni organización, pues todas las tendencias parciales gozan de iguales derechos y cada una busca el goce por su propia cuenta.

Tanto la falta como la existencia de una centralización se hallan en perfecto acuerdo en el hecho de ser las dos sexualidades, la perversa y la normal, derivaciones de la infantil.

Existen, además, casos de sexualidad perversa que presentan una semejanza todavía mayor con la sexualidad infantil en el sentido de que numerosas tendencias parciales persiguen o, mejor dicho, continúan persiguiendo sus fines independientemente unas de otras.

Pero en estos casos será más justo hablar de infantilismo sexual que de perversión.

Así preparados, podemos abordar la discusión de una propuesta que no dejará de hacérsenos.

Seguramente se nos dirá: «¿Por qué os obstináis en dar el nombre de sexualidad a estas manifestaciones de la infancia, indefinibles según vuestra propia confesión, y de las que sólo mucho más tarde surge algo evidentemente sexual?

¿No sería preferible que, contentándonos con la descripción fisiológica, dijeseis simplemente que en el niño de pecho se observan actividades, tales como el ‘chupeteo’ y la retención de los excrementos, que demuestran una tendencia a la consecución de placer por mediación de determinados órganos, ‘placer de órgano’?

Diciendo esto evitaríais herir los sentimientos de vuestros oyentes y lectores con la atribución de una vida sexual a los niños apenas nacidos.»

Ciertamente, no tengo objeción alguna que oponer a la posibilidad de la consecución de placer por mediación de un órgano cualquiera, pues sé que el placer más intenso, o sea el que procura el coito, no es sino un placer concomitante de la actividad de los órganos sexuales.

Pero ¿sabríais decirme cuándo reviste este placer local, indiferente al principio, el carácter sexual que presenta luego en las fases evolutivas ulteriores? ¿Poseemos acaso un más completo conocimiento del placer local de los órganos que de la sexualidad?

A todo esto me responderéis que el carácter sexual aparece precisamente cuando los órganos genitales comienzan a desempeñar su misión; esto es, cuando lo sexual coincide y se confunde con lo genital, y refutaréis la objeción que yo pudiera deducir de la existencia de las perversiones, diciéndome que, después de todo, el fin de la mayor parte de las mismas consiste en obtener el orgasmo genital, aunque por un medio distinto de la cópula de los órganos genitales.

Eliminando así de la característica de lo sexual las relaciones que presentan con la procreación -incompatibles con las perversiones-, mejoráis, en efecto, considerablemente, vuestra posición, pues hacéis pasar la procreación a un segundo término y situáis en el primero la actividad genital pura y simple.

Mas entonces las divergencias que nos separan son menores de lo que pensáis. ¿Cómo interpretáis, sin embargo, las numerosas observaciones que muestran que los órganos genitales pueden ser sustituidos por otros en la consecución de placer, como sucede en el beso normal, en las prácticas perversas de los libertinos y en la sintomatología de los histéricos?

Sobre todo, en esta última neurosis sucede muy a menudo que diversos fenómenos de excitación, sensaciones e inervaciones, y hasta los procesos de la erección, aparecen desplazados desde los órganos genitales a otras regiones del cuerpo, a veces muy alejadas de ellos; por ejemplo, la cabeza y el rostro.

Convencidos así de que nada os queda que podáis conservar como característico de aquello que llamáis sexual, os hallaréis obligados a seguir mi ejemplo y a extender dicha denominación a aquellas actividades de la primera infancia, encaminadas a la consecución del placer local que determinados órganos pueden procurar.

Por último, acabaréis por darme toda la razón si tenéis en cuenta las dos consideraciones siguientes: como ya sabéis, si calificamos de sexuales las dudosas e indefinibles actividades infantiles encaminadas a la consecución de placer, es porque el análisis de los síntomas nos ha conducido hasta ella a través de materiales de naturaleza incontestablemente sexual.

Me diréis que de este carácter de los materiales que el análisis nos ha proporcionado no puede deducirse que las actividades infantiles de referencia sean igualmente sexuales. De acuerdo.

Pero examinemos, sin embargo, un caso análogo. Imaginad que no tuviéramos ningún medio de observar el desarrollo de dos plantas dicotiledóneas, tales como el peral y el haba, a partir de sus semillas respectivas, pero que en ambos casos pudiéramos perseguir tal desarrollo en sentido inverso; esto es, partiendo del individuo vegetal totalmente formado y terminado en el primer embrión con sólo dos cotiledones.

Estos últimos parecen indiferenciados e idénticos en los dos casos. ¿Deberemos por ello concluir que se trata de una identidad real y que la diferencia específica existente entre el peral y el haba no aparece sino más tarde, durante el crecimiento?

¿No será acaso más correcto, desde el punto de vista biológico, admitir que tal diferencia existe ya en los embriones, a pesar de la identidad aparente de los cotiledones? Pues esto y no otra cosa es lo que hacemos al calificar de sexual el placer que al niño de pecho procuran determinadas actividades.

En cuanto a saber si todos los placeres procurados por los órganos deben ser calificados de sexuales, o si existe, al lado del placer sexual, un placer de una naturaleza diferente, es cosa que no podemos discutir aquí.

Sabemos aún muy poco sobre el placer procurado por los órganos y sobre sus condiciones, y no es nada sorprendente que nuestro análisis regresivo llegue en último término a factores todavía indefinibles. Una observación más.

Bien considerado, vuestra afirmación de la pureza sexual infantil no ganaría en consistencia aunque llegaseis a convencerme de que existen excelentes razones para no considerar como sexuales las actividades del niño de pecho, pues en una época inmediatamente posterior, esto es, a partir de los tres años, la vida sexual del infantil sujeto se nos muestra con absoluta evidencia.

Los órganos genitales se hacen susceptibles de erección y se observa, con gran frecuencia, un período de onanismo infantil, o sea de satisfacción sexual.

Las manifestaciones psíquicas y sociales de la vida sexual no se prestan ya a equivoco ninguno; la elección de objeto, la preferencia afectiva por determinadas personas, la decisión en favor de un sexo con exclusión del otro y los celos, son hechos que han sido comprobados por observadores imparciales, ajenos al psicoanálisis y anteriores a él, y pueden volver a serlo por todo observador de buena voluntad.

Me diréis que jamás habéis puesto en duda el precoz despertar de la ternura, pero no dudáis de que posea un carácter sexual.

Es cierto, pues a la edad de tres a ocho años los niños han aprendido ya a disimular este carácter, pero observando con atención descubriréis numerosos indicios de las intenciones sexuales de esta ternura, y aquello que escape a vuestra observación directa se revelará fácilmente después de una investigación analítica.

Los fines sexuales de este período de la vida se enlazan estrechamente a la exploración sexual que preocupa a los niños durante la misma época, y de la cual ya os he citado algunos ejemplos.

El carácter perverso de alguno de estos fines se explica, naturalmente, por la falta de madurez constitucional del niño, ignorante aún del fin del acto genésico.

Entre los seis y los ocho años sufre el desarrollo sexual una detención o regresión, que en los casos socialmente más favorables merece el nombre de período de latencia.

Esta latencia puede también faltar, y no trae consigo ineluctablemente una interrupción completa de la actividad y de los intereses sexuales.

La mayor parte de los sucesos y tendencias psíquicas anteriores al período de latencia sucumben entonces a la amnesia infantil y caen en aquel olvido de que ya hemos hablado y que nos oculta toda nuestra primera infancia.

La labor de todo psicoanálisis consiste en hacer revivir el recuerdo de este olvidado período infantil, olvido que no podemos menos de sospechar motivado por los comienzos de la vida sexual contenidos en tal período, y que es, por tanto, un efecto de la represión.

A partir de los tres años, la vida sexual del niño presenta multitud de analogías con la del adulto y no se distingue de ésta sino por la ausencia de una sólida organización bajo la primacía de los órganos genitales, por su carácter innegablemente perverso, y, naturalmente, por la menor intensidad general del instinto.

Pero las fases más interesantes, desde el punto de vista teórico, del desarrollo sexual o, mejor dicho, del desarrollo de la libido, son aquellas que preceden a este período. Dicho desarrollo se lleva a cabo con tal rapidez, que la observación directa no hubiera, probablemente, conseguido nunca fijar sus fugitivas imágenes.

Solamente merced al estudio psicoanalítico de las neurosis ha sido posible descubrir fases todavía más primitivas del desarrollo de la libido. Sin duda no son éstas sino puras especulaciones, pero el ejercicio práctico del psicoanálisis nos mostrará su necesidad.

Pronto comprenderéis por qué la patología puede descubrir aquí hechos que necesariamente pasan inadvertidos en circunstancias normales.

Podemos ahora darnos cuenta del aspecto que reviste la vida sexual del niño antes de la afirmación de la primacía de los órganos genitales, primacía que se prepara durante la primera época infantil anterior al período de latencia y comienza luego a organizarse sólidamente a partir de la pubertad.

Existe durante todo este primer período una especie de organización más laxa, a la que daremos el nombre de pregenital, pero en esta fase no son las tendencias genitales parciales, sino las sádicas y anales las que ocupan el primer término.

La oposición entre masculino y femenino no desempeña todavía papel alguno, y en su lugar hallamos la oposición entre activo y pasivo, a la que podemos considerar como precursora en las actividades de esta fase, y considerado desde el punto de vista de la fase genital, presenta un carácter masculino, se nos revela como expresión de un instinto de dominio que degenera fácilmente en crueldad.

A la zona erógena del ano, importantísima durante toda esta fase, se enlazan tendencias de fin pasivo, los deseos de ver y saber se afirman imperiosamente y el factor genital no interviene en la vida sexual más que como órgano de excreción de la orina. No son los objetos lo que falta a las tendencias parciales de estas fases, pero estos objetos no se reúnen necesariamente para formar uno solo.

La organización sádico-anal constituye la última fase preliminar anterior a aquella en la que se afirma la primacía de los órganos genitales. Un estudio un poco profundo muestra cuántos elementos de esta fase preliminar entran en la constitución del aspecto definitivo ulterior y por qué motivos llegan las tendencias parciales a situarse en la nueva organización genital.

Más allá de la fase sádico-anal del desarrollo de la libido advertimos un estado de organización aún más primitivo, en el que desempeña el papel principal la zona erógena bucal.

Podéis comprobar que la característica de este estadio es aquella actividad sexual que se manifiesta en el chupeteo y admiraréis la profundidad y el espíritu de observación de los antiguos egipcios, cuyo arte representa a los niños -entre otros a Horus, el dios infantil- con un dedo en la boca.

Abraham nos ha revelado recientemente, en un interesantísimo estudio, cuán profundas huellas deja en toda la vida sexual ulterior esta primitiva fase oral.

Temo que todo lo que acabo de decir sobre las organizaciones sexuales os haya fatigado en lugar de instruiros.

Es posible que yo haya detallado con exceso; pero tened paciencia; en las aplicaciones que de lo que acabáis de oír haremos ulteriormente tendréis ocasión de daros cuenta de toda su gran importancia.

Mientras tanto, dad por seguro que la vida sexual, o como nosotros decimos, la función de la libido, lejos de aparecer de una vez y lejos de desarrollarse permaneciendo semejante a sí misma, atraviesa una serie de fases sucesivas entre las cuales no existe semejanza alguna, presentando, por tanto, un desarrollo que se repite varias veces, análogo al que se extiende desde la crisálida a la mariposa.

El punto máximo de este desarrollo se halla constituido por la subordinación de todas las tendencias sexuales parciales bajo la primacía de los órganos genitales; esto es, por la sumisión de la sexualidad a la función procreadora.

Al principio, la vida sexual presenta una total incoherencia, hallándose compuesta de un gran número de tendencias parciales que ejercen su actividad independientemente unas de otras en busca del placer local procurado por los órganos.

Esta anarquía se halla mitigada por las predisposiciones a las organizaciones pregenitales que desembocan en la fase sádico-anal, pasando antes por la fase oral, que es la más primitiva.

Añadid a esto los diversos procesos, todavía insuficientemente conocidos, que aseguran el paso de una fase de organización a la fase siguiente y superior.

Próximamente veremos la importancia que puede tener, desde el punto de vista de la concepción de la neurosis, este largo y gradual desarrollo de la libido.

Por hoy vamos a examinar todavía una distinta faceta de este desarrollo, o sea la relación existente entre las tendencias parciales y el objeto; o, mejor dicho, echaremos una ojeada sobre este desarrollo para detenernos más largamente en uno de sus resultados, bastante tardíos. Hemos dicho que algunos de los elementos constitutivos del instinto sexual poseen desde el principio un objeto que mantiene con toda energía. Tal es el caso de la tendencia a dominar (sadismos) y de los deseos de ver y de saber.

Otros, que se enlazan más manifiestamente a determinadas zonas erógenas del cuerpo, no tienen un objeto sino al principio, mientras se apoyan todavía en las funciones no sexuales y renuncian a él cuando se desligan de estas funciones. De este modo, el primer objeto del elemento bucal del instinto sexual se halla constituido por el seno materno, que satisface la necesidad de alimento del niño.

El elemento erótico, que extraía su satisfacción del seno materno, conquista su independencia con el «chupeteo», acto que le permite desligarse de un objeto extraño y reemplazarlo por un órgano o una región del cuerpo mismo del niño. La tendencia bucal se hace, pues, autoerótica, como lo son desde el principio las tendencias anales y otras tendencias erógenas.

El desarrollo ulterior persigue, para expresarnos lo más brevemente posible, dos fines: primero, renunciar al autoerotismo, esto es, reemplazar el objeto que forma parte del cuerpo mismo del individuo por otro que le sea ajeno y exterior; segundo, unificar los diferentes objetos de las distintas tendencias y reemplazarlas por un solo y único objeto.

Este resultado no puede ser conseguido más que cuando tal objeto único es completo y semejante al del propio cuerpo, y a condición de que un cierto número de tendencias queden eliminadas como inutilizables.

Los procesos que terminan en la elección de un objeto son harto complicados y no han sido aún descritos de un modo satisfactorio. Nos bastará con hacer resaltar el hecho de que cuando el ciclo infantil que precede al período de latencia se encuentra ya próximo a su término, el objeto elegido sigue siendo casi idéntico al del placer bucal del período precedente.

Este objeto, si no es ya el seno materno, es, sin embargo, siempre la madre. Decimos, pues, de ésta que es el primer objeto de amor. Hablamos, sobre todo, de amor cuando las tendencias psíquicas del deseo sexual pasan a ocupar el primer plano, mientras que las exigencias corporales o sexuales, que forman la base de este instinto, se hallan reprimidas o momentáneamente olvidadas.

En la época en que la madre llega a constituir un objeto de amor, el trabajo psíquico de la represión ha comenzado ya en el niño, trabajo a consecuencia del cual una parte de sus fines sexuales queda sustraída a su conciencia.

A esta elección que hace de la madre un objeto de amor se enlaza todo aquello que bajo el nombre de «complejo de Edipo» ha adquirido una tan considerable importancia en la explicación psicoanalítica de las neurosis y ha sido quizá una de las causas determinantes de la resistencia que se ha manifestado contra el psicoanálisis.

Escuchad un pequeño sucedido que se produjo durante la última guerra. Uno de los más ardientes partidarios del psicoanálisis se hallaba movilizado como médico de una región de Polonia y llamó la atención de sus colegas por los inesperados resultados que obtuvo en el tratamiento de un enfermo.

Preguntado, declaró que se servía de los métodos psicoanalíticos, y se mostró dispuesto a iniciar en ellos a sus colegas, los cuales convinieron en reunirse todas las noches para que les fuera instruyendo en las misteriosas teorías del análisis. Todo fue bien durante un cierto tiempo, hasta el día en que nuestro psicoanalista llegó a hablar a sus oyentes del complejo de Edipo.

Mas entonces se levantó un superior, y manifestando su indignación ante aquellas enormidades que se trataba de hacer creer a honrados padres de familia que se hallaban combatiendo por su patria, prohibió la continuación de las conferencias, viéndose obligado nuestro partidario a pedir su traslado a otro sector.

Desearéis, sin duda, averiguar de una vez en qué consiste ese terrible complejo de Edipo.

Su propio nombre os permite ya sospecharlo, pues todos conocéis la leyenda griega del rey Edipo, que, habiendo sido condenado por el Destino a matar a su padre y desposar a su madre, hace todo lo que es posible para escapar a la predicción del oráculo, pero no lo consigue, y se castiga, arrancándose los ojos, cuando averigua que, sin saberlo, ha cometido los dos crímenes que le fueron predichos.

Supongo que muchos de vosotros habréis experimentado una intensa emoción en la lectura de la tragedia en que Sófocles ha tratado este argumento.

La obra del poeta ático nos expone cómo el crimen cometido por Edipo va revelándose poco a poco en una investigación artificialmente retardada y reanimada sin cesar merced a nuevos indicios, proceso muy semejante al del tratamiento psicoanalítico.

En el curso del diálogo sucede que Yocasta, la madre-esposa, cegada por el amor, se opone a la prosecución de la labor investigadora, invocando para justificar su oposición el hecho de que muchos hombres han soñado que cohabitaban con su madre, pero que los sueños no merecen consideración alguna. Nosotros, por nuestra parte, no despreciamos los sueños, sobre todo los típicos, o sea aquellos que son soñados por muchos hombres, y nos hallamos persuadidos de que el relatado por Yocasta se enlaza íntimamente con el contenido de la leyenda.

Es singular que la tragedia de Sófocles no provoque en el lector la menor indignación y que, en cambio, las inofensivas teorías psicoanalíticas sean objeto de tan enérgicas repulsas.

El Edipo es, en el fondo, una obra inmoral, pues suprime la responsabilidad del hombre, atribuye a las potencias divinas la iniciativa del crimen y demuestra que las tendencias morales del individuo carecen de poder para resistir a las tendencias criminales.

Entre las manos de un poeta como Eurípides, enemigo de los dioses, la tragedia de Edipo hubiera sido un arma poderosa contra la divinidad y contra el destino, pero el creyente Sófocles evita esta posible interpretación de su obra por medio de una piadosa sutileza, proclamando que la suprema moral exige la obediencia a la voluntad de los dioses aun cuando éstos ordenen el crimen.

A mi juicio, es esta conclusión uno de los puntos más débiles de la tragedia, aunque no influya en el efecto total de la misma, pues el lector no reacciona a esta moral, sino al oculto sentido de la leyenda, y reacciona como si encontrase en sí mismo, por autoanálisis, el complejo de Edipo, como si reconociese en la voluntad de los dioses y en el oráculo representaciones simbólicas de su propio inconsciente y como si recordase con horror haber experimentado alguna vez el deseo de alejar a su padre y desposar a su madre.

La voz del poeta parece decirle: «En vano te resistes contra tu responsabilidad y en vano invocas todo lo que has hecho para reprimir estas intenciones criminales. Tu falta no se borra con ello, pues tales impulsos perduran aún en tu inconsciente, sin que hayas podido destruirlos.» Contienen estas palabras una indudable verdad psicológica.

Aun cuando el individuo que ha conseguido reprimir estas tendencias en lo inconsciente cree poder decir que no es responsable de las mismas, no por ello deja de experimentar esta responsabilidad como un sentimiento de culpa, cuyos motivos ignora.

En este complejo de Edipo debemos ver también, desde luego, una de las principales fuentes del sentimiento de remordimiento que atormenta con tanta frecuencia a los neuróticos.

Pero aún hay más: en un estudio sobre los comienzos de la religión y la moral humanas, publicado por mí en 1913, con el título DE TóTEM Y TABU, formulé la hipótesis de que es el complejo de Edipo el que ha sugerido a la Humanidad, en los albores de su historia, la conciencia de su culpabilidad última fuente de la religión y de la moral.

Podría deciros muchas cosas sobre esta cuestión, pero prefiero no tocarla por ahora, pues una vez iniciada resulta muy difícil de abandonar y nos apartaría con exceso del camino de nuestra exposición. ¿Qué es lo que del complejo de Edipo puede revelarnos la observación directa del niño en la época de la elección de objeto anterior al período de latencia?

Vemos fácilmente que el pequeño hombrecito quiere tener a la madre para sí solo, que la presencia del padre le contraría, que se enfurruña cuando el mismo da a la madre muestras de ternura y que no esconde su satisfacción cuando su progenitor se halla ausente o parte de viaje.

A veces, llega incluso a expresar de viva voz sus sentimientos y promete a la madre casarse con ella. Me diréis, quizá, que todo esto resulta insignificante comparado con las hazañas de Edipo; pero, a mi juicio, se trata de hechos totalmente equivalentes, aunque sólo en germen.

Con frecuencia nos desorienta la circunstancia de que el mismo niño da pruebas, en otras ocasiones, de una gran ternura para con el padre; pero estas actitudes sentimentales opuestas,

o más bien ambivalentes, que en el adulto entrarían fatalmente en conflicto, se concilian muy bien y durante largo tiempo en el niño, del mismo modo que en épocas posteriores continúan perdurando lado a lado en lo inconsciente.

Diríamos, quizá, que la actitud del niño se explica por motivos egoístas y no autoriza, en ningún modo, la hipótesis de un complejo erótico, dado que siendo la madre quien vela y satisface todas las necesidades del niño, ha de tener éste un máximo interés en que ninguna otra persona se ocupe de él.

Esto es, ciertamente, verdadero; pero advertimos enseguida que en esta situación, como en muchas otras análogas, el interés egoísta no constituye sino un punto de apoyo de la actividad erótica.

Cuando el niño manifiesta, con respecto a la madre, una curiosidad sexual nada disimulada; cuando insiste para dormir durante la noche a su lado, quiere asistir a su tocado e incluso pone en práctica medios de seducción que no escapan a la madre, la cual los comenta entre risas, la naturaleza erótica de la adherencia a la madre parece fuera de duda.

No hay que olvidar que la madre rodea de iguales cuidados a sus hijas, sin provocar el mismo efecto, y que el padre rivaliza con frecuencia con ella en atenciones para con el niño, sin lograr nunca adquirir a los ojos de éste igual importancia.

En concreto, no hay argumento crítico con la ayuda del cual pueda eliminarse de la situación la preferencia sexual. Desde el punto de vista del interés egoísta, no sería ni siquiera inteligente, por parte del niño, el no adherirse sino a una sola persona, esto es, a la madre, cuando podría tener fácilmente a su devoción dos en vez de una sola, o sea el padre y la madre.

Observaréis que no he expuesto aquí más que la actitud del niño con respecto al padre y a la madre. La de la niña es, excepción hecha de las modificaciones necesarias, por completo idéntica.

La tierna afección por el padre, la necesidad de apartar a la madre, cuya presencia es considerada como molesta y una coquetería que dispone ya de todas las sutilezas femeninas, forman en la niña un cuadro encantador que nos hace olvidar la gravedad y las peligrosas consecuencias posibles de esta situación infantil.

Añadamos, desde luego, que los mismos padres ejercen con frecuencia un influjo decisivo sobre la adquisición, por sus hijos, del complejo de Edipo, cediendo, por su parte, a la atracción sexual, circunstancia a la que se debe que en las familias de varios hijos prefiera el padre manifiestamente a las hijas, mientras que la madre dedica toda su ternura a los varones.

A pesar de su importancia, no constituye, sin embargo, este factor un argumento contra la naturaleza espontánea del complejo de Edipo en el niño. Cuando la familia crece por el nacimiento de otros niños, se convierte este complejo, ampliándose, en el complejo familiar.

Los hijos mayores ven en el nacimiento de nuevos hermanos una amenaza a sus derechos adquiridos, y, por tanto, acogen a los nuevos hermanos o hermanas con escasa benevolencia y el formal deseo de verlos desaparecer, sentimientos de odio que llegan a ser expresados verbalmente por los niños con mucha mayor frecuencia que los inspirados por el complejo paternal.

Cuando el mal deseo del niño se realiza y la muerte hace desaparecer rápidamente a aquellos que habían sido considerados como intrusos, puede comprobarse, con ayuda de un análisis posterior, la importancia que este suceso tiene para el niño, a pesar de que a veces puede no conservar el más pequeño recuerdo de él.

Relegado al segundo plano por el nacimiento de un hermano o una hermana, y casi abandonado en los primeros días, el niño olvida difícilmente este abandono, que puede hacer surgir en él importantes modificaciones de carácter y constituir el punto de partida de una disminución de su cariño hacia su madre. Hemos dicho ya que las investigaciones sobre la sexualidad, con todas sus consecuencias, se enlazan precisamente a esta dolorosa aventura infantil.

A medida que los hermanos y las hermanas van siendo mayores, cambia para con ellos la actitud del niño, el cual llega incluso a trasladar a la hermana el amor que antes experimentaba hacia la madre, cuya infidelidad le ha herido tan profundamente. Ya en la nursery puede verse nacer entre varios hermanos que rodean a una hermana más pequeña estas situaciones de hostil rivalidad que en la vida ulterior desempeñan un tan importante papel.

La niña, en cambio, sustituye al padre, que ya no testimonia hacia ella la misma ternura que antes por el hermano mayor, o reemplaza con su hermana pequeña el niño que había deseado tener de su padre.

Tales son los hechos que la observación directa de niños y la interpretación imparcial de sus recuerdos espontáneos nos han revelado con absoluta evidencia. Resulta, pues, que el lugar que cada hijo ocupa en una familia numerosa constituye un importantísimo factor para la conformación de su vida ulterior y una circunstancia que debe tenerse en cuenta en toda biografía.

Pero -cosa mucho más importante-, ante estas explicaciones que obtenemos sin esfuerzo ninguno, no podréis por menos de recordar con risa todos los esfuerzos que la ciencia ha hecho para explicar la prohibición del incesto, llegando hasta decirnos que la vida en común durante la infancia anula la atracción sexual que sobre el niña pudieran ejercer los miembros de su familia de sexo distinto, y también que la tendencia biológica a evitar los cruces consanguíneos halla su complemento psíquico en el innato horror al incesto.

Al decir esto, se olvida que si la tentación incestuosa hallase realmente en la naturaleza obstáculos infranqueables, no hubiera nunca habido necesidad de prohibirla, tanto por leyes implacables como por las costumbres.

La verdad es totalmente opuesta. El primer objeto sobre el que se concentra el deseo sexual del hombre es siempre de naturaleza incestuosa -la madre o la hermana-, y solamente a fuerza de severísimas prohibiciones es como se consigue reprimir esta inclinación infantil.

En los primitivos todavía existentes, esto es, en los pueblos salvajes, las prohibiciones del incesto son aún mas severas que entre nosotros, y Th. Reik ha mostrado recientemente, en un brillante estudio que los ritos de la pubertad que existen entre los salvajes y representan una resurrección tienen por objeto romper el lazo incestuoso que liga al niño con su madre y efectuar su reconciliación con el padre.

La Mitología nos muestra que los hombres no vacilan en atribuir a los dioses el incesto, y la historia antigua nos enseña que el matrimonio incestuoso con la hermana era entre los antiguos faraones y entre los incas peruanos un mandamiento sagrado, siendo considerado como un privilegio prohibido al común de los mortales. Observamos también que los dos grandes crímenes de Edipo -el asesinato de su padre y el incesto materno- aparecen ya condenados por la primera institución religiosa y social de los hombres, o sea el totemismo.

Pasemos ahora de la observación directa del niño al examen analítico del adulto neurótico y veamos cuáles son los datos que el análisis puede proporcionarnos para llegar a un más profundo conocimiento del complejo de Edipo.

El análisis nos presenta este complejo tal y como la leyenda nos lo expone, mostrándonos que cada neurótico ha sido por sí mismo una especie de Edipo, cosa que viene a ser igual, que se ha convertido por reacción, en un Hamlet.

La representación analítica del complejo de Edipo es, naturalmente, una ampliación del esquema infantil antes expuesto.

El odio hacia el padre y el deseo de verle morir quedan abiertamente evidenciados, y el cariño hacia la madre confiesa su fin de poseerla por esposa.

¿Tenemos acaso el derecho de atribuir a la tierna infancia estos crudos y extremos sentimientos, o es el análisis mismo lo que nos induce en error? Esto último pudiera ser cierto, pues siempre que una persona habla del pasado, aunque se trate de un historiador, debemos tener en cuenta todo aquello que del presente o de un más próximo pretérito intercala involuntariamente en el período de que se ocupa, cuya descripción queda de este modo falseada.

En los enfermos neuróticos no parece esta confusión entre el pasado y el presente ser por completo intencionada, y más adelante habremos de ver los motivos a que obedece e investigar el proceso de tal «fantasear retrospectivo».

Descubrimos también, sin esfuerzo, que el odio hacia el padre queda intensificado por numerosos motivos correspondientes a épocas y circunstancias posteriores, y que los deseos sexuales que tienen a la madre por objeto revisten formas que debían ser todavía desconocidas y ajenas al niño.

Pero sería un vano esfuerzo querer explicar el complejo de Edipo, en su totalidad, por dicho «fantasear retrospectivo» y referirlo así a épocas posteriores, pues el análisis nos muestra siempre la existencia del nódulo infantil, tal y como los hallamos en la observación directa del niño y acompañado de un número más o menos considerable de elementos accesorios.

El hecho clínico que se nos revela detrás de la forma analíticamente establecida del complejo de Edipo presenta una gran importancia práctica.

Averiguamos que en la época de la pubertad, cuando el instinto sexual se afirma con toda su energía, reaparece la antigua elección incestuosa de objeto, revistiendo de nuevo un carácter libidinoso.

La elección infantil de objeto no fue más que un tímido preludio de la que luego se realiza en la pubertad; pero, no obstante, marcó a esta última su orientación de un modo decisivo. Durante esta fase se desarrollan procesos afectivos de una gran intensidad, correspondientes al complejo de Edipo o a una reacción contra él; pero las premisas de estos procesos quedan sustraídas, en su mayor parte, a la conciencia, por su carácter inconfesable.

Más tarde, a partir de esta época, el individuo humano se halla ante la gran labor de desligarse de sus padres, y solamente después de haber llevado a cabo esta labor podrá cesar de ser un niño y convertirse en miembro de la comunidad social.

La labor del hijo consiste en desligar de su madre sus deseos libidinosos, haciéndolos recaer sobre un objeto real no incestuoso, reconciliarse con el padre, si ha conservado contra él alguna hostilidad, o emanciparse de su tiranía cuando por reacción contra su infantil rebelión se ha convertido en un sumiso esclavo del mismo.

Es ésta una labor que se impone a todos y cada uno de los hombres, pero que sólo en muy raros casos consigue alcanzar un término ideal; esto es, desarrollarse de un modo perfecto, tanto psicológica como socialmente.

Los neuróticos fracasan por completo en ella, permanecen sometidos toda su vida a la autoridad paterna y son incapaces de trasladar su libido a un objeto sexual no incestuoso.

En este sentido es como el complejo de Edipo puede ser considerado como el nódulo de las neurosis.

Adivináis, sin duda, que prescindo aquí de un gran número de importantes detalles, tanto prácticos como teóricos, relativos al complejo de Edipo. No insistiré más sobre sus variantes y su posible inversión.

Sólo os diré, por lo que respecta a sus relaciones más lejanas, que ha constituido una abundante fuente de producción poética. Otto Rank ha mostrado en un libro meritorio que los dramaturgos de todos los tiempos han extraído sus materiales poéticos principalmente del complejo de Edipo y del complejo de incesto, en todas sus variantes, más o menos veladas.

Por último, os advertiré que los dos deseos criminales que forman parte de este complejo han sido reconocidos, largo tiempo antes del psicoanálisis, como los deseos representativos de la vida instintiva sin freno.

En el diálogo del célebre enciclopedista Diderot, titulado El sobrino de Rameau, hallaréis las interesantísimas frases siguientes:

Si le petit sauvage était abandonné à lui même qu’il conservƒt toute son imbécillité et qu’il réunît au peu de raison de l’enfant au berceau la violence des passions de l’homme de trente ans, il tordrait le cou à son pre et coucherait avec sa mère.

Existe aún algo que no debemos omitir. No en vano nos ha hecho pensar en los sueños la esposa-madre de Edipo. Recordaréis, sin duda, que nuestros análisis oníricos nos revelaron que los deseos de los que los sueños surgen eran con frecuencia de naturaleza perversa o incestuosa, o revelaban una insospechada hostilidad hacia personas muy próximas y amadas.

Pero entonces no llegamos a explicarnos el origen de tales malignas tendencias, origen que ahora se nos muestra con absoluta evidencia. Trátase de productos de la libido y de revestimiento de objeto que, datando de la primera infancia y habiendo desaparecido ha largo tiempo de la conciencia, revelan todavía su existencia durante la noche y se muestran aún capaces de una determinada actuación.

Ahora bien: dado que estos sueños perversos, incestuosos y crueles son comunes a todos los hombres y no constituyen, por tanto, un monopolio de los neuróticos, podremos concluir que el hombre normal ha pasado también, en su desarrollo, a través de las perversiones y revestimientos de objetos característicos del complejo de Edipo, constituyendo éste el camino evolutivo normal y no presentando los neuróticos sino una ampliación de aquello que el análisis de los sueños nos revela igualmente en los hombres de completa salud.

A esta razón se debe, en gran parte, el que hayamos hecho preceder en estas lecciones el estudio de los sueños al de las neurosis.


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