Planeta Freud

Archive for agosto 24th, 2009

FreudI. EL psicoanalista no siente sino raramente el incentivo de emprender investigaciones estéticas, aunque no se pretenda ceñir la estética a la doctrina de lo bello, sino que se la considere como ciencia de las cualidades de nuestra sensibilidad.

La actividad psicoanalítica se orienta hacia otros estratos de nuestra vida psíquica y tiene escaso contacto con los impulsos emocionales -inhibidos en su fin, amortiguados, dependientes de tantas constelaciones simultáneas- que forman por lo común el material de la estética.

Sin embargo, puede darse la ocasión de que sea impelido a prestar su interés a determinado sector de la estética, tratándose entonces generalmente de uno que está como a trasmano, que es descuidado por la literatura estética propiamente dicha. Lo Unheimlich, lo siniestro, forma uno de estos dominios.

No cabe duda que dicho concepto está próximo a los de lo espantable, angustiante, espeluznante, pero no es menos seguro que el término se aplica a menudo en una acepción un tanto indeterminada, de modo que casi siempre coincide con lo angustiante en general.

Sin embargo, podemos abrigar la esperanza de que el empleo de un término especial –unheimlich– para denotar determinado concepto, será justificado por el hallazgo en él de un núcleo particular.

En suma: quisiéramos saber cuál es ese núcleo, ese sentido esencial y propio que permite discernir, en lo angustioso, algo que además es «siniestro».

Poco nos dicen al respecto las detalladas exposiciones estéticas, que por otra parte prefieren ocuparse de lo bello, grandioso y atrayente, es decir, de los sentimientos de tono positivo, de sus condiciones de aparición y de los objetos que los despiertan, desdeñando en cambio la referencia a los sentimientos contrarios, repulsivos y desagradables.

En cuanto a la literatura médico-psicológica, sólo conozco la disertación de E. Jentsch, que, si bien plena de interés, no agota el asunto.

He de confesar, en todo caso, que por motivos fáciles de adivinar, dependientes de las circunstancias actuales, no pude consultar a fondo la literatura respectiva, particularmente la extranjera, de modo que pongo este trabajo en manos del lector sin sustentar ninguna pretensión de prioridad. Jentsch señala, con toda razón, que una dificultad en el estudio de lo siniestro obedece a que la capacidad para experimentar esta cualidad sensitiva se da en grado extremadamente dispar en los distintos individuos.

Aun yo mismo debo achacarme una particular torpidez al respecto, cuando sería mucho más conveniente una sutil sensibilidad; pues desde hace mucho tiempo no he experimentado ni conocido nada que me produjera la impresión de lo siniestro, de modo que me es preciso evocar deliberadamente esta sensación, despertar en mí un estado de ánimo propicio a ella.

Sin embargo, dificultades de esta clase también son propias de muchos otros dominios de la estética, y a causa de ellas no abandonaremos, por cierto, la esperanza de hallar casos que se presten para admitir en ellos, sin lugar a dudas y unánimemente, el fenómeno en cuestión.

Podemos elegir ahora entre dos caminos: o bien averiguar el sentido que la evolución del lenguaje ha depositado en el término «unheimlich», o bien congregar todo lo que en las personas y en las cosas, en las impresiones sensoriales, vivencias y situaciones, nos produzca el sentimiento de lo siniestro, deduciendo así el carácter oculto de éste a través de lo que todos esos casos tengan en común.

Confesamos sin tardanza que cualquiera de ambas vías nos llevará al mismo resultado: lo siniestro sería aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás.

En lo que sigue se verá cómo ello es posible y bajo qué condiciones las cosas familiares pueden tornarse siniestras, espantosas. Quiero observar aun que en esta investigación comencé por reunir una serie de casos particulares, hallando sólo más tarde una confirmación en los giros del lenguaje.

Al exponer el tema, en cambio, seguiré el camino inverso. La voz alemana «unheimlich» es, sin duda, el antónimo de «heimlich» y de «heimisch» (íntimo, secreto, y familiar, hogareño, doméstico), imponiéndose en consecuencia la deducción de que lo siniestro causa espanto precisamente porque no es conocido, familiar.

Pero, naturalmente, no todo lo que es nuevo e insólito es por ello espantoso, de modo que aquella relación no es reversible. Cuanto se puede afirmar es que lo novedoso se torna fácilmente espantoso y siniestro; pero sólo algunas cosas novedosas son espantosas; de ningún modo lo son todas.

Es menester que a lo nuevo y desacostumbrado se agregue algo para convertirlo en siniestro.

Jentsch

no ha pasado, en términos generales, de esta relación de lo siniestro con lo novedoso, no familiar. Ubica en la incertidumbre intelectual la condición básica para que se dé el sentimiento de lo siniestro.

Según él, lo siniestro sería siempre algo en que uno se encuentra, por así decirlo, desconcertado, perdido. Cuanto más orientado esté un hombre en el mundo, tanto menos fácilmente las cosas y sucesos de éste le producirán la impresión de lo siniestro.

Pero comprobaremos sin dificultad que esta caracterización de lo siniestro no agota sus acepciones, de modo que intentaremos superar la ecuación siniestro=insólito.

Dirijámonos ante todo a otras lenguas; pero he aquí que los diccionarios no nos dicen nada nuevo, quizá simplemente porque esas lenguas no son las nuestras.

En efecto, hasta adquirimos la impresión de que muchas lenguas carecen de un término que exprese este matiz particular de lo espantable.

Latín (según el pequeño diccionario alemán-latino de K. E. Georges, 1898): un lugar siniestro: locus suspectus; a una siniestra hora de la noche: intempesta nocte.

Griego (diccionarios de Rost y de Schenkl): xensd -es decir: extranjero, extraño, desconocido.

Inglés (según los diccionarios de Lucas, Bellow, Flügel, Muret-Sanders): uncomfortable, uneasy, gloomy, dismal, uncanny, ghastly; refiriéndose a una casa: haunted; de un hombre: a repulsive fellow.

Francés (Sachs-Villatte): inquiétant, sinistre, lugubre, mal à son aise.

Español (Tollhausen, 1889): sospechoso de mal agüero, lúgubre, siniestro (*453 )

Las lenguas italiana y portuguesa parecen conformarse con palabras que designaríamos como circunlocuciones.

En árabe y en hebreo, «unheimlich» coincide con demoníaco, espeluznante.

Volvamos, por ello, a la lengua alemana.

En el Wörterbuch der Deutschen Sprache, de Daniel Sanders (1860), el artículo «heimlich» contiene las siguientes indicaciones, que reproduciré íntegramente, destacando algunos pasajes (tomo I, página 729):

«Heimlich, a. (-keit, f -en): 1.- también heimelich, heimelig, propio de la casa, no extraño, familiar, dócil, íntimo, confidencial, lo que recuerda el hogar, etc.

a)

(arcaísmo) perteneciente a la casa, a la familia, o bien: considerado como propio de tales; cif. lat. familiaris, acostumbrado: Die Heimlichen, los íntimos; die Hausgenossen, los cohabitantes de la casa; der heimliche Rat, el consejo íntimo (Gén., 41, 45; 2. Samuel, 23, 23; 1. Crón. 12, 25; Prov. 8, 4); término reemplazado ahora por Geheimer (ver: d 1) Rat; véase: Heimlicher.

b)

Se dice de animales mansos, domesticados. Contrario de salvaje; por ejemplo: «Animales que ni son salvajes, ni heimlich«, etc. (Eppendorf, 88). «Animales salvajes… que se domestican para hacerlos heimlich y acostumbrados a las gentes» (92).

«Cuando estas bestiecillas son criadas desde muy jóvenes junto al hombre, se toman muy heimlich, afectuosas «, etc. (Stumpf, 608 a).

Así también:

«El cordero es tan heimlich que come de mi mano» (Hölty).

«La cigüeña siempre será un ave bella y heimlich» (Linck. Schl., 146). Ver: Häuslich, 1, etcétera.

c)

Intimo, familiar; que evoca bienestar, etc.; calma confortable y protección segura, como la casa confortable y abrigada (véase: Geheuer):

«¿Aún te puedes sentir heimlich en tu país, cuando los extranjeros talan sus bosques?» (Alexis H., I, 1, 289).

«Ella no se sentía muy heimlich junto a él» (Brentano Wehm. 92).

«En un sendero sombreado y heimlich…, junto al arroyuelo murmurante», etc. (Foster, tomo I, 417).

«Destruir la Heimlichkeit de la patria» (Gervinus, Lit. 5, 375).

«No encontraría fácilmente un rinconcito tan heimlich» (G., 14, 14).

«Nos sentíamos tan cómodos, tan tranquilos y confortables, tan heimlich» (15, 9).

«En tranquila Heimlichkeit, en los estrechos límites del hogar» (Haller).

«Una diligente ama de casa, que con poco sabe hacer una deliciosa Heimlichkeit» (Hartmann Unst., 1, 188).

«Tanto más heimlich parecíale ahora el hombre, hasta hacía poco extraño» (Kerner, 540).

«Los propietarios protestantes no se sentían… heimlich, entre sus súbditos católicos» (Kohl. Irl. 1, 172).

«Cuando todo está heimlich y silencioso, oyéndose sólo la calma nocturna que rodea tu celda» (Tiedge 2, 39).

«Silencioso y amable y heimlich, como para reposar se anhelaría un lugar» (W. 11, 144).

«No se sentía nada heimlich en ese trance» (27, 170, etc.).

Además: «El lugar estaba tan calmo, tan solitario tan heimlich y sombreado (Scherr. Pilg. 1, 170):

«Las olas avanzaban y se retiraban, soñadoras y heimlich, mecedoras» (Korner, Sch. 3, 320, etc.).

Véase: Unheimlich.

En particular entre los autores suevos y suizos adopta con frecuencia tres sílabas: «Cuán heimelich se sentía Ivo a la noche, cuando estaba acostado en su casa» (Auerbach, D. 1, 249).

«En esa casa me sentí tan heimelig» (4, 307).

«La habitación tibia, la tarde heimelige» (Gotthelf, Sch. 127, 148). «He aquí algo que es muy heimelig, cuando el hombre siente en el fondo de su corazón cuán poca cosa es, cuán grande es el Señor» (147).

«Poco a poco uno se encontró más cómodo y heimelig» (U. 1, 297).

«La dulce Heimeligkeit» (380, 2, 86).

«Creo que en parte alguna me encontraré más heimelich que aquí» (327; Pestalozzi, 4, 240).

«Quien acude de lejos… no podrá vivir muy heimelig (amistosamente, como vecino) con las gentes» (325).

«La cabaña donde otrora se sentara, tan heimelig, tan alegre, entre los suyos» (Reithard, 20).

«El cuerno del sereno suena tan heimelig desde la torre; su voz, tan hospitalaria, nos invita» (49).

«Se duerme aquí tan tibiamente, tan maravillosamente heimelig (23, etc.).

Esta acepción habría merecido generalizarse, para evitar que tan adecuada palabra cayera en desuso, por su fácil confusión con (2).

Por ejemplo:

Los Zeck son todos tan HEIMLICH (2)

-¿HEIMLICH? ¿Qué quiere decir usted con HEIMLICH?

-Pues bien: que me siento con ellos como ante un pozo rellenado o un estanque seco. Uno no puede pasar junto a éstos sin tener la impresión de que el agua brotará de nuevo, algún día.

-Nosotros, aquí, le llamamos UNHEIMLICH; vosotros le decís HEIMLICH. ¿En qué encuentra usted que esta familia tenga algo secreto e incierto ?», etc. (Gutzkow, R., 2, 61) .

d)

(Véase: c).

Especialmente en Silesia: alegre, jocoso; se dice también del tiempo; véase: Adelung und Weinhold.

2. – Secreto, oculto, de modo que otros no puedan advertirlo, querer disimular algo; véase: Geheim (secreto) (2), voz de la cual no siempre es distinguido con precisión, especialmente en el nuevo alto alemán y en la lengua más antigua, como, por ejemplo, en la Biblia: Job, 11, 6; 15, 8; Prov. 2, 22; I Corint. 2, 7; etc.

También: Heimlichkeit, en lugar de Geheimnis, secreto (Mat. 13, 35, etc.).

Voces que no siempre son distinguidas con precisión, por ejemplo: Hacer algo heimlich (tras la espalda de otro); alejarse heimlich (furtivamente); reuniones heimlich (clandestinas); contemplar la desventura ajena con heimliche alegría; suspirar, llorar heimlich (en secreto); conducirse heimlich (misteriosamente), como si se tuviese algo que ocultar; amor, pecado heimlich (secreto); lugares heimliche (que el recato obliga a ocultar), (1, Sam. 5, 6); el lugar heimlich (refiriéndose al retrete) (2. Reyes, 10, 27; Prov. 5, 256, etc.); también en: Der heimliche Stuhl (El asiento secreto), (Zinkgräf 1, 249); precipitar a alguien al pozo, a las Heimlichkeiten (3, 75; Rollenhagen Fr. 83, etc.).

«Presentóle heimlich (en secreto) las yeguas a Leomedon» (B. 161, b, etc.). «Tan oculto, heimlich, pérfido y artero contra los señores crueles… como franco, abierto, simpático y servicial frente al amigo que sufre». (Burmeister gB 2, 157).

«Es preciso que sepas también lo que yo tengo de más heimlich y sagrado» (Chamisso 4, 56). «El arte heimlich (oculto), de la magia» (3, 224).

«Donde la discusión pública cesa, allí comienza la heimliche intriga» (Forster, Br. 2, 135).

«Libertad es la palabra de orden de los heimliche conspiradores, el grito de guerra de los revolucionarios declarados» (G. 4, 222).

«Una santa, heimliche influencia» (15).

«Tengo raíces que están muy heimlich (escondidas); en la tierra más profunda estoy arraigado» (2, 109). «Mi heimliche malicia» (véase: Heimtücke) (30, 344).

«Si él no lo acepta abierta y conscientemente, podría tomarlo heimlich (solapadamente) y sin escrúpulos» (39, 22).

«Hizo fabricar heimlich y secretamente unos anteojos acromáticos» (375).

«En adelante, quisiera que nada heimlich (secreto) hubiéra entre nosotros» (Sch. 369 b).

«Descubrir, publicar, traicionar las Heimlichkeiten (secretos) de alguno; tramar detrás de mis espaldas las Heimlichkeiten (Alevis, H. 2, 3, 168).

«En mis tiempos, se solía practicar la Heimlichkeit (discreción) (Hagedorn, 3, 92). La Heimlichkeit (intriga) y maledicencia que se cometen a ocultas» (Immermann, M. 3, 289).

«Sólo la acción del conocimiento puede romper la acción de la Heimlichkeit del oro oculto» (Novalis 1, 69).

«Dime dónde la guardas, en qué lugar de silenciosa Heimlichkeit (Schr. 495, b).

«Abejas que formáis la llave de las Heimlichkeiten» (cera para sellar cartas secretas) (Tieck, Cymb. 3, 2).

«Ser experto en raras Heimlichkeiten» (artes mágicas) (Schlegel, Sh., 6, 102, etc.). Véase: Geheimnis L. 10: página 291 y siguientes.

Al respecto, véase 1 c, así como, en particular, el antónimo Unheimlich: inquietante, que provoca un terror atroz:

«Que casi le pareció unheimlich, siniestro, espectral (Chamisso, 3, 238).

«Las unheimliche, siniestras y lúgubres horas de la noche» (4, 148).

«Desde hacía tiempo me sentía unheimlich, espeluznado» (242).

«Empiezo a sentirme unheimlich, extrañamente incómodo» (Gutzkow, 2, 82).

«Se siente un terror unheimlich» (Verm. 1, 51).

«Unheimlich e inmóvil, como una estatua de piedra» (Reis, 1, 10).

«La niebla unheimliche, llamada Haarrauch» (Immermann, M., 3, 299).

«Estos pálidos jóvenes son unheimlich y meditan Dios sabe qué maldad» (Laube, tomo 1, 119).

«Se denomina UNHEIMLICH todo lo que, debiendo permanecer secreto, oculto… no obstante, se ha manifestado» (Schelling, 2, 2, 649).

«Velar lo divino, rodearlo de cierta Unheimlichkeit» (misterio) (658, etc.). No es empleado como antónimo de (2), como Campe lo presenta, sin fundamento alguno.»

De esta larga cita se desprende para nosotros el hecho interesante de que la voz heimlich posee, entre los numerosos matices de su acepción, uno en el cual coincide con su antónimo, unheimlich (recuérdese el ejemplo de Gutzkow:

«Nosotros, aquí, le llamamos unheimlich; vosotros le decís heimlich»).

En lo restante, nos advierte que esta palabra, heimlich, no posee un sentido único, sino que pertenece a dos grupos de representaciones que, sin ser precisamente antagónicas, están, sin embargo, bastante alejadas entre sí: se trata de lo que es familiar, confortable, por un lado; y de lo oculto, disimulado, por el otro.

Unheimlich

tan sólo sería empleado como antónimo del primero de estos sentidos, y no como contrario del segundo.

El diccionario de Sanders nada nos dice sobre una posible relación genética entre ambas acepciones.

En cambio, nos llama la atención una nota de Schelling, que enuncia algo completamente nuevo e inesperado sobre el contenido del concepto unheimlich: Unheimlich sería todo lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado. Parte de nuestras dudas, así despertadas, son resueltas por los datos que nos ofrece el Deutsches Wörterbuch, de Jacob y Wilhelm Grimm (Leipzig, 1877 IV/2, página 874 y siguientes):

«Heimlich; adj. y adv. vernaculus, occultus; alto alemán medio: heimelîch, heimlich. Página 874: en un sentido algo distinto: «me siento heimlich, bien, cómodo, sin temor…».

b) Heimlich designa también un lugar libre de fantasmas…

Página 875: b) familiar, amable, íntimo.

4. de HEIMATLICH (propio de la comarca natal), HAEUSLICH (hogareño), emana la noción de lo oculto a ojos extraños, escondido, secreto, empleándose estos términos en diversas relaciones…

Página 876: «a la izquierda, junto al lago, hay una pradera heimlich (escondida) en el bosque» (Schiller, Tell I, 4). …en empleo un tanto libre y raro en la lengua moderna… Heimlich se agrega a un verbo que expresa ocultación: «me esconderá Heimlich en su tienda» (Ps. 27, 5)… «partes heimlich (secretas) del cuerpo humano», pudenda… «las gentes que no morían, fueron dañadas en sus partes heimliche» (secretas, órganos genitales) (I. Samuel, 5, 12)…

c)

Los funcionarios que deben suministrar, en cosas del gobierno, consejos importantes y geheim (secretos), se llaman heimliche Räthe (consejeros secretos), habiendo sido sustituido este adjetivo, por el más corriente: geheim (véase éste):

«…El faraón nombró (a José) heimlicher Rath» (consejero secreto) (Gén. 41, 45).

Página 878, 6. Heimlich, en relación con el conocimiento, significa místico o alegórico: significación heimliche (oculta): mysticus, divinus, occultus, figuratus.

Página 878: en el ejemplo siguiente, la acepción de heimlich es otra: sustraído al conocimiento, inconsciente…

Pero heimlich también significa impenetrable; cerrado a la investigación: «¿No lo ves? No tienen confianza en mí; temen el rostro heimlich (impenetrable) del duque de Friedland«. (El campamento de Wallenstein, acto II).

9. El sentido de escondido, peligroso, oculto, que se expresa en la referencia precedente, se destaca aún más, de modo que HEIMLICH acaba por aceptar la significación que habitualmente tiene UNHEIMLICH (derivado de HEIMLICH, 3 b, sp. 874):

«Me siento a veces como un hombre que pasea por la noche y cree en fantasmas: todo rincón le parece heimlich (siniestro) y lúgubre». (Klinger, Teatro, III, 298).»

De modo que Heimlich es una voz cuya acepción evoluciona hacia la ambivalencia hasta que termina por coincidir con la de su antítesis, unheimlich. Unheimlich es, de una manera cualquiera, una especie de heimlich.

Agreguemos este resultado, aún insuficientemente aclarado, a la definición que dio Schelling de lo Unheimlich, y veamos cómo el examen sucesivo de distintos casos de lo siniestro nos permitirá comprender las indicaciones anotadas.

II. Si ahora pasamos revista a las personas y cosas, a las impresiones, sucesos y situaciones susceptibles de despertar en nosotros el sentimiento de lo siniestro con intensidad y nitidez singulares, será preciso que elijamos con acierto el primero de los ejemplos.

E. Jentsch

destacó, como caso por excelencia de lo siniestro, la «duda de que un ser aparentemente animado, sea en efecto viviente; y a la inversa: de que un objeto sin vida esté en alguna forma animado», aduciendo con tal fin, la impresión que despiertan las figuras de cera, las muñecas «sabias» y los autómatas.

Compara esta impresión con la que producen las crisis epilépticas y las manifestaciones de la demencia, pues tales fenómenos evocarían en nosotros vagas nociones de procesos automáticos, mecánicos, que podrían ocultarse bajo el cuadro habitual de nuestra vida.

Sin estar plenamente convencidos de que esta opinión de Jentsch sea acertada, haremos partir nuestra investigación de las siguientes observaciones de dicho autor, en las que nos recuerda a un poeta que ha logrado provocar, como ningún otro, los efectos siniestros. «Uno de los procedimientos más seguros para evocar fácilmente lo siniestro mediante las narraciones», escribe Jentsch, «consiste en dejar que el lector dude de si determinada figura que se le presenta es una persona o un autómata.

Esto debe hacerse de manera tal que la incertidumbre no se convierta en el punto central de la atención, porque es preciso que el lector no llegue a examinar y a verificar inmediatamente el asunto, cosa que, según dijimos, disiparía fácilmente su estado emotivo especial.

E. T. A. Hoffmann

se sirvió con éxito de esta maniobra psicológica en varios de sus Cuentos fantásticos».

Esta observación, ciertamente justa, se refiere ante todo al cuento Der Sandmann («El arenero»), que forma parte de los Nachtstücke («Cuentos nocturnos») y del cual procede la figura de la muñeca Olimpia que Offenbach hizo aparecer en el primer acto de su ópera Los cuentos de Hoffmann.

Debo decir, sin embargo -y espero contar con el asentimiento de casi todos los que hayan leído este cuento- que el tema de la muñeca Olimpia, aparentemente animada, de ningún modo puede ser considerado como único responsable del singular efecto siniestro que produce el cuento; más aún: que ni siquiera es el elemento al cual se podría atribuir en primer término este efecto.

El ligero viso satírico que el poeta da al episodio de Olimpia, empleándolo para ridiculizar la presunción de su joven enamorado, tampoco facilita aquella impresión.

El centro del cuento lo ocupa más bien otro tema, precisamente el que le ha dado título y que siempre vuelve a ser destacado en los momentos culminantes: se trata del tema del arenero, el «hombre de la arena» que arranca los ojos a las criaturas.

El estudiante Nataniel, con cuyos recuerdos de infancia comienza el cuento fantástico, a pesar de su felicidad actual no logra alejar de su ánimo las reminiscencias vinculadas a la muerte horrible y misteriosa de su amado padre.

En ciertas noches su madre solía acostar temprano a los niños, amenazándolos con que «vendría el hombre de la arena», y efectivamente, el niño oía cada vez los pesados pasos de un visitante que retenía a su padre durante la noche entera.

Interrogada la madre respecto a quién era ese «arenero», negó que fuera algo más que una manera de decir, pero una niñera pudo darle informaciones más concretas:

«Es un hombre malo que viene a ver a los niños cuando no quieren dormir, les arroja puñados de arena a los ojos, haciéndolos saltar ensangrentados de sus órbitas; luego se los guarda en una bolsa y se los lleva a la media luna como pasto para sus hijitos, que están sentados en un nido y tienen picos curvos, como las lechuzas, con los cuales parten a picotazos los ojos de los niños que no se han portado bien.»

Aunque el pequeño Nataniel tenía suficiente edad e inteligencia para no creer tan horripilantes cosas del arenero, el terror que éste le inspiraba quedó, sin embargo, fijado en él.

Decidió descubrir qué aspecto tenía el arenero, y una noche en que nuevamente se lo esperaba, escondiose en el cuarto de trabajo de su padre. Reconoce entonces en el visitante al abogado Coppelius, personaje repulsivo que solía provocar temor a los niños cuando, en ocasiones, era invitado para almorzar; así, el espantoso arenero se identificó para él con Coppelius.

Ya en el resto de la escena, el poeta nos deja en suspenso sobre si nos encontramos ante el primer delirio de un niño poseído por la angustia o ante una narración de hechos que, en el mundo ficticio del cuento, habrían de ser considerados como reales.

El padre y su huésped están junto al hogar, ocupados con unas brasas llameantes.

El pequeño espía oye exclamar a Coppelius: «¡Vengan los ojos, vengan los ojos!», se traiciona con un grito de pánico y es prendido por Coppelius, que quiere arrojarle unos granos ardientes del fuego a los ojos, para echarlos luego a las llamas.

El padre le suplica por los ojos de su hijo y el suceso termina con un desmayo seguido por larga enfermedad. Quien se decida por adoptar la interpretación racionalista del «arenero», no dejará de reconocer en esta fantasía infantil la influencia pertinaz de aquella narración de la niñera.

En lugar de granos de arena, son ahora brasas encendidas las que quiere arrojarle a los ojos, en ambos casos para hacerlos saltar de sus órbitas. Un año después, en ocasión de una nueva visita del «arenero», el padre muere en su cuarto de trabajo a consecuencia de una explosión y el abogado Coppelius desaparece de la región sin dejar rastros.

Esta terrorífica aparición de sus años infantiles, el estudiante Nataniel la cree reconocer en Giuseppe Coppola, un óptico ambulante italiano que en la ciudad universitaria donde se halla viene a ofrecerle unos barómetros, y que ante su negativa exclama en su jerga:

«¡Eh ! ¡Nienti barometri, niente barometri ! – ma tengo tambene bello oco… bello oco.»

El horror del estudiante se desvanece al advertir que los ojos ofrecidos no son sino inofensivas gafas; compra a Coppola un catalejo de bolsillo y con su ayuda escudriña la casa vecina del profesor Spalanzani, logrando ver a la hija de éste, la bella pero misteriosamente silenciosa e inmóvil Olimpia.

Al punto se enamora de ella, tan perdidamente que olvida a su sagaz y sensata novia. Pero Olimpia no es más que una muñeca automática cuyo mecanismo es obra de Spalanzani y a la cual Coppola -el arenero- ha provisto de ojos.

El estudiante acude en el instante en que ambos creadores se disputan su obra; el óptico se lleva la muñeca de madera, privada de ojos, y el mecánico, Spalanzani, recoge del suelo los ensangrentados ojos de Olimpia, arrojándoselos a Nataniel y exclamando que es a él a quien Coppola se los ha robado. Nataniel cae en una nueva crisis de locura y, en su delirio, el recuerdo de la muerte del padre se junta con esta nueva impresión:

«¡Uh, uh, uh! ¡Rueda de fuego, rueda de fuego! ¡Gira, rueda de fuego! ¡Lindo, lindo! ¡Muñequita de madera, uh!… ¡Hermosa muñequita de madera, baila… baila…!» Con estas exclamaciones se precipita sobre el supuesto padre de Olimpia y trata de estrangularlo.

Restablecido de su larga y grave enfermedad, Nataniel parece estar por fin curado.

Anhela casarse con su novia, a quien ha vuelto a encontrar. Cierto día recorren juntos la ciudad, en cuya plaza principal la alta torre del ayuntamiento proyecta su sombra gigantesca. La joven propone a su novio subir a la torre mientras el hermano de ella, que los acompaña, los aguardará en la plaza. Desde la altura, la atención de Clara es atraída por un personaje singular que avanza por la calle. Nataniel lo examina a través del anteojo de Coppola, que acaba de hallar en su bolsillo, y al punto es poseído nuevamente por la demencia, tratando de precipitar a la joven al abismo y gritando:

«¡Baila, baila, muñequita de madera!» El hermano, atraído por los gritos de la joven, la salva y la hace descender a toda prisa.

Arriba, el poseído corre de un lado para otro, exclamando:

«¡Gira, rueda de fuego, gira!», palabras cuyo origen conocemos perfectamente.

Entre la gente aglomerada en la plaza se destaca el abogado Coppelius, que acaba de aparecer nuevamente. Hemos de suponer que su visión es lo que ha desencadenado la locura en Nataniel. Quieren subir para dominar al demente pero Coppelius dice, riendo: «Esperad, pues ya bajará solo.»

Nataniel

se detiene de pronto, advierte a Coppelius, y se precipita por sobre la balaustrada con un grito agudo: «¡Sí! ¡Bello oco, bello oco!» Helo allí, tendido sobre el pavimento, su cabeza destrozada…, pero el hombre de la arena ha desaparecido en la multitud.

Esta breve reseña no deja lugar a ninguna duda: el sentimiento de lo siniestro es inherente a la figura del arenero, es decir, a la idea de ser privado de los ojos, y nada tiene que hacer aquí una incertidumbre intelectual en el sentido en que Jentsch la concibe. La duda en cuanto al carácter animado o inanimado, aceptable en lo que a la muñeca Olimpia se refiere, ni siquiera puede considerarse frente a este ejemplo, mucho más significativo, de lo siniestro.

Es verdad que el poeta provoca en nosotros al principio una especie de incertidumbre, al no dejarnos adivinar – seguramente con intención- si se propone conducirnos al mundo real o a un mundo fantástico, producto de su arbitrio.

Desde luego, tiene el derecho de hacer una cosa o la otra, y si elegirá por escenario de su narración, pongamos por caso, un mundo en que se muevan espectros, demonios y fantasmas -como Shakespeare lo hace en Hamlet, en Macbeth y, en otro sentido, en La tempestad y El sueño de una noche de verano– entonces habremos de someternos al poeta, aceptando como realidad ese mundo de su imaginación, todo el tiempo que nos abandonemos a su historia. Pero en el transcurso del cuento de Hoffmann se disipa esa duda y nos damos cuenta de que el poeta quiere hacernos mirar a nosotros mismos a través del diabólico anteojo del óptico, o que quizá también él mismo en persona haya mirado por uno de esos instrumentos.

El final del cuento nos demuestra a todas luces que el óptico Coppola es, en efecto, el abogado Coppelius, y en consecuencia, también el hombre de la arena.

Ya no se trata aquí de una «incertidumbre intelectual»: sabemos ahora que no se pretendió presentarnos los delirios de un demente, tras los cuales nosotros con nuestra superioridad racional, habríamos de reconocer el verdadero estado de cosas; pero esta revelación no reduce en lo más mínimo la impresión de lo siniestro. De modo que la incertidumbre intelectual en nada nos facilita la comprensión de tan siniestro efecto.

En cambio, la experiencia psicoanalítica nos recuerda que herirse los ojos o perder la vista es un motivo de terrible angustia infantil.

Este temor persiste en muchos adultos, a quienes ninguna mutilación espanta tanto como la de los ojos. ¿Acaso no se tiene la costumbre de decir que se cuida algo como un ojo de la cara?.

El estudio de los sueños, de las fantasías y de los mitos nos enseña además, que el temor por la pérdida de los ojos, el miedo a quedar ciego, es un sustituto frecuente de la angustia de castración.

También el castigo que se impone Edipo, el mítico criminal, al enceguecerse, no es más que una castración atenuada, pena ésta que de acuerdo con la ley del talión sería la única adecuada a su crimen.

Colocándose en un punto de vista racionalista, podría tratarse de negar que el temor por los ojos esté relacionado con la angustia de castración: se encontrará entonces perfectamente comprensible que un órgano tan precioso como el ojo sea protegido con una ansiedad correspondiente, ya hasta se podrá afirmar que tampoco tras la angustia de castración se esconde ningún secreto profundo, ninguna significación distinta de la mutilación en sí.

Pero con ello no se toma en cuenta la sustitución mutua entre el ojo y el miembro viril, manifestada en sueños, fantasías y mitos, ni se logrará desvirtuar la impresión de que precisamente la amenaza de perder el órgano sexual despierta un sentimiento particularmente intenso y enigmático, sentimiento que luego repercute también en las representaciones de la pérdida de otros órganos.

Todas nuestras dudas desaparecen cuando, al analizar a los neuróticos, nos enteramos de las particularidades de este «complejo de castración» y del inmenso papel que desempeña en la vida psíquica.

Tampoco aconsejaría a ningún adversario del psicoanálisis que adujera justamente el cuento del arenero, de Hoffmann, para afirmar que el temor por los ojos sería independiente del complejo de castración. Pues si así fuera, ¿por qué aparece aquí la angustia por los ojos íntimamente relacionada con la muerte del padre?

¿Por qué el arenero retorna cada vez como aguafiestas del amor? Primero separa al desgraciado estudiante de su novia y del hermano de ésta, su mejor amigo; luego destruye su segundo objeto de amor, la bella muñeca Olimpia; finalmente lo impulsa al suicidio, justamente antes de su feliz unión con Clara, a la que acaba de encontrar de nuevo.

Estos elementos del cuento, como otros muchos, parecen arbitrarios y carentes de sentido si se rechaza la vinculación entre el temor por los ojos y la castración, pero en cambio se tornan plenos de significación en cuanto, en lugar del arenero, se coloca al temido padre, a quien se atribuye el propósito de la castración .

Así, nos atreveremos a referir el carácter siniestro del arenero al complejo de castración infantil. Pero la mera idea de que semejante factor infantil haya podido engendrar este sentimiento nos incita a buscar una derivación análoga que sea aplicable a otros ejemplos de lo siniestro.

En el arenero aparece aún el tema de la muñeca aparentemente viva, que Jentsch señalaba.

Según este autor, la circunstancia de que se despierte una incertidumbre intelectual respecto al carácter animado o inanimado de algo, o bien la de que un objeto privado de vida adopte una apariencia muy cercana a la misma, son sumamente favorables para la producción de sentimientos de lo siniestro.

Pero con las muñecas nos hemos acercado bastante a la infancia. Recordaremos que el niño en sus primeros años de juego, no suele trazar un límite muy preciso entre las cosas vivientes y los objetos inanimados, y que gusta tratar a su muñeca como si fuera de carne y hueso.

Hasta llegamos a oír ocasionalmente, por boca de una paciente, que todavía a la edad de ocho años estaba convencida de que si mirase a sus muñecas de una manera particularmente penetrante, éstas adquirirían vida.

Así, el factor infantil también aquí puede ser demostrado con facilidad pero, cosa extraña: en el caso del arenero se trataba de la reanimación de una vieja angustia infantil; frente a la muñeca viviente, en cambio, ya no hablamos de angustia: el niño no sintió miedo ante la idea de ver viva a su muñeca, y quizá hasta lo haya deseado.

De modo que en este caso la fuente del sentimiento de lo siniestro no se encontraría en una angustia infantil, sino en un deseo, o quizá tan sólo en una creencia infantil. He aquí algo que parece contradictorio, pero es posible que sólo se trate de una multiplicidad de manifestaciones que más adelante pueda facilitar nuestra comprensión.

E. T. A. Hoffmann

es el maestro sin par de lo siniestro en la literatura.

Su novela Los elixires del Diablo presenta todo un conjunto de temas a los cuales se podría atribuir el efecto siniestro de la narración.

El argumento de la novela es demasiado rico y entreverado como para que se pueda intentar referirlo en una reseña.

Al final del libro, cuando las convenciones sobre las cuales se fundaba la acción y que hasta entonces habían sido disimuladas al lector, le son finalmente comunicadas, he aquí que éste no queda informado, sino por el contrario completamente confundido.

El poeta ha acumulado demasiados efectos semejantes; la impresión que produce el conjunto no sufre por ello, pero sí nuestra comprensión.

Es preciso que nos conformemos con seleccionar, entre estos temas que evocan un efecto siniestro, los más destacados, a fin de investigar si también para ellos es posible hallar un origen en fuentes infantiles.

Nos hallamos así, ante todo, con el tema del «doble» o del «otro yo», en todas sus variaciones y desarrollos, es decir: con la aparición de personas que a causa de su figura igual deben ser consideradas idénticas, con el acrecentamiento de esta relación mediante la transmisión de los procesos anímicos de una persona a su «doble» -lo que nosotros llamaríamos telepatía- de modo que uno participa en lo que el otro sabe, piensa y experimenta; con la identificación de una persona con otra de suerte que pierde el dominio sobre su propio yo y coloca el yo ajeno en lugar del propio, o sea: desdoblamiento del yo, partición del yo, sustitución del yo; finalmente con el constante retorno de lo semejante, con la repetición de los mismos rasgos faciales, caracteres, destinos, actos criminales, aun de los mismos nombres en varias generaciones sucesivas.

El tema del «doble» ha sido investigado minuciosamente, bajo este mismo título, en un trabajo de O. Rank.

Este autor estudia las relaciones entre el «doble» y la imagen en el espejo o la sombra, los genios tutelares, las doctrinas animistas y el temor ante la muerte. Pero también echa viva luz sobre la sorprendente evolución de este tema.

En efecto, el «doble» fue primitivamente una medida de seguridad contra la destrucción del yo, un «enérgico mentís a la omnipotencia de la muerte» (O. Rank), y probablemente haya sido el alma «inmortal» el primer «doble» de nuestro cuerpo. La creación de semejante desdoblamiento, destinado a conjurar la aniquilación, tiene su parangón en un modismo expresivo del lenguaje onírico, consistente en representar la castración por la duplicación o multiplicación del símbolo genital.

En la cultura de los viejos egipcios esa tendencia compele a los artistas a modelar la imagen del muerto con una sustancia duradera. Pero estas representaciones surgieron en el terreno de la egofilia ilimitada, del narcisismo primitivo que domina el alma del niño tanto como la del hombre primitivo, y sólo al superarse esta fase se modifica el signo algebraico del «doble»: de un asegurador de la supervivencia se convierte en un siniestro mensajero de la muerte.

Pero la idea del «doble» no desaparece necesariamente con este protonarcisismo original, pues es posible que adquiera nuevos contenidos en las fases ulteriores de la evolución del yo.

En éste se desarrolla paulatinamente una instancia particular que se opone al resto del yo, que sirve a la autoobservación y a la autocrítica, que cumple la función de censura psíquica, y que nuestra consciencia conoce como conciencia.

En el caso patológico del delirio de referencia, esta instancia es aislada, separada del yo, haciéndose perceptible para el médico. La existencia de semejante instancia susceptible de tratar al resto del yo como si fuera un objeto,

o sea la posibilidad de que el hombre sea capaz de autoobservación, permite que la vieja representación del «doble» adquiera un nuevo contenido y que se le atribuya una serie de elementos: en primer lugar, todo aquello que la autocrítica considera perteneciente al superado narcisismo de los tiempos primitivos.

Pero no sólo este contenido ofensivo para la crítica yoica puede ser incorporado al «doble», sino también todas las posibilidades de nuestra existencia que no han hallado realización y que la imaginación no se resigna a abandonar, todas las aspiraciones del yo que no pudieron cumplirse a causa de adversas circunstancias exteriores, así como todas las decisiones volitivas coartadas que han producido la ilusión del libre albedrío.

Pero una vez expuesta de este modo la motivación manifiesta del «doble», henos aquí obligados a confesarnos que nada de lo que hemos dicho basta para explicarnos el extraordinario grado del carácter siniestro que es propio de esa figura.

Por otra parte, nuestro conocimiento de los procesos psíquicos patológicos nos permite agregar que nada hay en este contenido que alcance a dar razón de la tendencia defensiva que proyecta al «doble» fuera del yo, cual una cosa extraña.

El carácter siniestro sólo puede obedecer a que el «doble» es una formación perteneciente a las épocas psíquicas primitivas y superadas, en las cuales sin duda tenía un sentido menos hostil.

«El doble» se ha transformado en un espantajo, así como los dioses se tornan demonios una vez caídas sus religiones. (Heine, Die Götter im Exil.

«Los dioses en el destierro».) Aplicando la pauta que nos suministra el tema del «doble», es fácil apreciar los otros trastornos del yo que Hoffmann utiliza en sus cuentos. Consisten aquéllos en un retorno a determinadas fases de la evolución del sentimiento yoico, en una regresión a la época en que el yo aún no se había demarcado netamente frente al mundo exterior y al prójimo.

Creo que estos temas contribuyen a dar a los cuentos de Hoffmann su carácter siniestro, aunque no es fácil determinar la parte que les corresponde en la producción de esa atmósfera.

El factor de la repetición de lo semejante quizá no sea aceptado por todos como fuente del sentimiento en cuestión.

Según mis observaciones, en ciertas condiciones y en combinación con determinadas circunstancias, despierta sin duda la sensación de lo siniestro, que por otra parte nos recuerda la sensación de inermidad de muchos estados oníricos.

Cierto día, al recorrer en una cálida tarde de verano las calles desiertas y desconocidas de una pequeña ciudad italiana, vine a dar a un barrio sobre cuyo carácter no pude quedar mucho tiempo en duda, pues asomadas a las ventanas de las pequeñas casas sólo se veían mujeres pintarrajeadas, de modo que me apresuré a abandonar la callejuela tomando por el primer atajo. Pero después de haber errado sin guía durante algún rato, encontreme de pronto en la misma calle, donde ya comenzaba a llamar la atención; mi apresurada retirada sólo tuvo por consecuencia que, después de un nuevo rodeo, vine a dar allí por tercera vez.

Mas entonces se apoderó de mí un sentimiento que sólo podría calificar de siniestro, y me alegré cuando, renunciando a mis exploraciones, volví a encontrar la plaza de la cual había partido.

Otras situaciones que tienen en común con la precedente el retorno involuntario a un mismo lugar, aunque difieran radicalmente en otros elementos producen, sin embargo, la misma impresión de inermidad y de lo siniestro.

Por ejemplo, cuando uno se pierde, sorprendido por la niebla en una montaña boscosa, y pese a todos sus esfuerzos por encontrar un camino marcado o conocido, vuelve varias veces al mismo lugar caracterizado por un aspecto determinado.

O bien cuando se yerra por una habitación desconocida y oscura, buscando la puerta o el interruptor de la luz, y se tropieza en cambio por décima vez con un mismo mueble; situación ésta que Mark Twain, aunque mediante una grotesca exageración, pudo dotar de irresistible comicidad.

También hallamos fácilmente este carácter en otra serie de hechos: sólo el factor de la repetición involuntaria es el que nos hace parecer siniestro lo que en otras circunstancias sería inocente, imponiéndonos así la idea de lo nefasto, de lo ineludible, donde en otro caso sólo habríamos hablado de «casualidad».

Así, por ejemplo, seguramente es una vivencia indiferente si en el guardarropas nos dan, al entregar nuestro sombrero, un número determinado -digamos, el 62- o si nos hallamos conque nuestro camarote del barco lleva ese número.

Pero tal impresión cambia si ambos hechos, indiferentes en sí, se aproximan, al punto que el número 62 se encuentra varias veces en un mismo día, o si aún llega a suceder que cuanto lleva un número -direcciones, cuartos de hotel coches de ferrocarril, etc.- presenta siempre la misma cifra, por lo menos como elemento parcial.

Se considera esto «siniestro», y quien no esté acorazado contra la superstición, será tentado a atribuir un sentido misterioso a este obstinado retorno del mismo número, viendo en él, por ejemplo, una alusión a la edad que no ha de sobrevivir.

O si, en otro caso, comenzando justamente a estudiar las obras del gran fisiólogo H. Hering, se reciben, con pocos días de intervalo y procedentes de distintos países, cartas de dos personas que llevan ese mismo nombre, mientras que hasta entonces jamás se había estado en relación con individuos así llamados.

Un inteligente investigador trató hace poco de reducir a ciertas leyes los hechos de esta clase, quitándoles así inevitablemente todo carácter siniestro. No me atrevería a decidir si ha tenido éxito en su empresa.

En cuanto a lo siniestro evocado por el retorno de lo semejante y a la manera en que dicho estado de ánimo se deriva de la vida psíquica infantil, no puedo más que mencionarlo en este conexo, remitiéndome en lo restante a una nueva exposición del tema, en otras relaciones, que ya tengo preparada.

Me limito, pues, a señalar que la actividad psíquica inconsciente está dominada por un automatismo o impulso de repetición (repetición compulsiva), inherente, con toda probabilidad, a la esencia misma de los instintos, provisto de poderío suficiente para sobreponerse al principio del placer; un impulso que confiere a ciertas manifestaciones de la vida psíquica un carácter demoníaco, que aún se manifiesta con gran nitidez en las tendencias del niño pequeño, y que domina parte del curso que sigue el psicoanálisis del neurótico.

Todas nuestras consideraciones precedentes nos disponen para aceptar que se sentirá como siniestro cuanto sea susceptible de evocar este impulso de repetición interior. Creo, empero, que ha llegado el momento de abandonar el comentario de estas condiciones, un tanto difíciles de apreciar, para dedicarnos a la búsqueda de casos indudables de lo siniestro, cuyo análisis nos permitirá decidir definitivamente sobre el valor de nuestra hipótesis.

En El anillo de Polícrates, el huésped se aparta horrorizado al advertir que todos los deseos del amigo se cumplen al instante, que cada una de sus preocupaciones es disipada sin tardanza por el destino.

Su amigo se le ha tornado «siniestro». La razón que para ello se da a sí mismo -que quien es demasiado feliz debe temer la envidia de los dioses- nos parece demasiado oscura, pues su sentido está velado mitológicamente.

Acudamos por ello a otro ejemplo procedente de un territorio mucho más sencillo.

En la historia clínica de una neurosis obsesiva conté que este enfermo había pasado cierto tiempo en una estación termal, con gran provecho para su persona, pero tuvo el tino de no atribuir su mejoría a las propiedades curativas de las aguas, sino a la ubicación de su cuarto, contiguo al de una amable enfermera.

Al volver por segunda vez a ese establecimiento reclamó el mismo cuarto, pero al oír que ya había sido ocupado por un viejo señor, dio libre curso a su disgusto, exclamando: «¡Que se muera de un patatús!» Dos semanas más tarde el señor efectivamente sufrió un ataque de apoplejía, hecho que para mi enfermo fue «siniestro».

Esta impresión habría sido aun más intensa si entre su exclamación y el accidente hubiera mediado un tiempo más breve, o bien si a mi paciente le hubiesen ocurrido varios episodios similares.

En efecto, no tuvo dificultad en suministrarme confirmaciones semejantes, y no sólo él, sino todos los neuróticos obsesivos que pude estudiar me narraron vivencias análogas.

De ningún modo se sorprendían al encontrarse regularmente con la persona en la cual, quizá por vez primera en mucho tiempo, acababan de pensar; regularmente sucedíales que recibían por la mañana carta de un amigo, y la noche anterior habían dicho:

«Hace tiempo que no sabemos nada de fulano.»

Sobre todo, raramente se producían accidentes o fallecimientos, sin que poco antes la idea de esa desgracia hubiera pasado por su mente. Comunicaban esta circunstancia con la mayor modestia, pretendiendo tener presentimientos que «casi siempre» se realizaban.

Una de las formas más extendidas y más siniestras de la superstición es el temor al «mal de ojo», que ha sido sometido a un profundo estudio por el oftalmólogo de Hamburgo, S. Seligmann.

La fuente de la cual emana este temor jamás parece haber sido confundida. Quien posee algo precioso, pero perecedero, teme la envidia ajena, proyectando a los demás la misma envidia que habría sentido en lugar del prójimo.

Tales impulsos suelen traducirse por medio de la mirada, aunque uno se niegue a expresarlos en palabras, y cuando alguien se destaca sobre los demás por alguna manifestación notable, especialmente de carácter desagradable, se está dispuesto a suponer que su envidia debe haber alcanzado una fuerza especial y que esta fuerza bien podrá llevarla a convertirse en actos.

Se sospecha, pues, una secreta intención de dañar, y basándose en ciertos indicios se admite que este propósito también dispone de suficiente poder nocivo.

Estos últimos ejemplos de lo siniestro se fundan en el principio que, de acuerdo con la sugestión de un paciente, he denominado «omnipotencia del pensamiento».

A esta altura de nuestro estudio ya no podemos confundir el terreno en que nos encontramos.

El análisis de estos diversos casos de lo siniestro nos ha llevado a una vieja concepción del mundo, al animismo, caracterizado por la pululación de espíritus humanos en el mundo, por la sobreestimación narcisista de los propios procesos psíquicos, por la omnipotencia del pensamiento y por la técnica de la magia que en ella se basa, por la atribución de fuerzas mágicas, minuciosamente graduadas a personas extrañas y a objetos (Mana), y finalmente por todas las creaciones mediante las cuales el ilimitado narcisismo de ese período evolutivo se defendía contra la innegable fuerza de la realidad.

Parece que en el curso de nuestro desarrollo individual todos hemos pasado por una fase correspondiente a este animismo de los primitivos, que en ninguno de nosotros esa fase ha transcurrido sin dejar restos y trazas capaces de manifestarse en cualquier momento, y que cuanto hoy nos parece «siniestro» llena la condición de evocar esos restos de una actividad psíquica animista, estimulándolos a manifestarse.

Será oportuno enunciar aquí dos formulaciones en las cuales quisiera condensar lo esencial de nuestro pequeño estudio.

Ante todo: si la teoría psicoanalítica tiene razón al afirmar que todo afecto de un impulso emocional, cualquiera que sea su naturaleza, es convertido por la represión en angustia, entonces es preciso que entre las formas de lo angustioso exista un grupo en el cual se pueda reconocer que esto, lo angustioso, es algo reprimido que retorna.

Esta forma de la angustia sería precisamente lo siniestro, siendo entonces indiferente si ya tenía en su origen ese carácter angustioso, o si fue portado por otro tono afectivo.

En segundo lugar, si esta es realmente la esencia de lo siniestro, entonces comprenderemos que el lenguaje corriente pase insensiblemente de lo «Heimlich» a su contrario, lo «Unheimlich», pues esto último, lo siniestro, no sería realmente nada nuevo, sino más bien algo que siempre fue familiar a la vida psíquica y que sólo se tornó extraño mediante el proceso de su represión. Y este vínculo con la represión nos ilumina ahora la definición de Schelling, según la cual lo siniestro sería algo que, debiendo haber quedado oculto, se ha manifestado.

Sólo nos resta aplicar el conocimiento que así hemos adquirido a la explicación de otros ejemplos de lo siniestro.

Muchas personas consideran siniestro en grado sumo cuanto está relacionado con la muerte, con cadáveres, con la aparición de los muertos, los espíritus y los espectros. Hemos visto que varias lenguas modernas ni siquiera pueden reproducir nuestra expresión; ein unheimliches Haus («una casa siniestra»), sino mediante la circunlocución: «una casa encantada» (habitada por fantasmas).

En realidad, debíamos haber comenzado nuestras investigaciones con este ejemplo de lo siniestro, quizá el más notable de todos, pero no lo hicimos porque aquí lo siniestro se mezcla excesivamente con lo espeluznante, y en parte coincide con ello. Pero difícilmente haya otro dominio en el cual nuestras ideas y nuestros sentimientos se han modificado tan poco desde los tiempos primitivos, en el cual lo arcaico se ha conservado tan incólume bajo un ligero barniz, como en el de nuestras relaciones con la muerte.

Dos factores explican esta detención del desarrollo: la fuerza de nuestras reacciones afectivas primarias y la incertidumbre de nuestro conocimiento científico. La biología aún no ha logrado determinar si la muerte es el destino ineludible de todo ser viviente o si sólo es un azar constante, pero quizá evitable, en la vida misma.

El axioma de que todos los hombres son mortales aparece, es verdad, en los textos de lógica, como ejemplo por excelencia de un aserto general, pero no convence a nadie, y nuestro inconsciente sigue resistiéndose, hoy como antes, a asimilar la idea de nuestra propia mortalidad.

Las religiones siguen negándole importancia, aun hoy, al hecho incontrovertible de la muerte individual, haciendo continuar la existencia más allá del fin de la vida; los poderes del Estado consideran imposible mantener el orden moral entre los mortales, sin echar mano al recurso de corregir la vida terrena con un más allá mejor; en las carteleras de nuestras ciudades se anuncian conferencias destinadas a enseñar cómo ponerse en relación con las almas de los difuntos, y es innegable que muchos de nuestros mejores espíritus y de nuestros pensadores más sutiles entre los hombres de ciencia han creído, especialmente hacia el fin de su propia vida, que no son escasas las posibilidades de semejante comunicación. Dado que casi todos seguimos pensando al respecto igual que los salvajes, no nos extrañe que el primitivo temor ante los muertos conserve su poder entre nosotros y esté presto a manifestarse frente a cualquier cosa que lo evoque.

Aún es probable que mantenga su viejo sentido: el de que los muertos se tornan enemigos del sobreviviente y se proponen llevarlo consigo para estar acompañados en su nueva existencia.

Frente a esta inmutable actitud nuestra ante la muerte podríamos preguntarnos más bien dónde ha ido a parar la represión, condición necesaria para que lo primitivo pueda retornar como algo siniestro.

Pero no nos preocupemos: existe, en efecto, en nuestro ejemplo, pues oficialmente las personas que se consideran cultas ya no creen que los difuntos puedan aparecer como espíritus; han supeditado su aparición a condiciones remotas y raramente realizadas, y la actitud afectiva frente al muerto, primitivamente muy equívoca, ambivalente, se ha atenuado en los niveles más altos de la vida psíquica, hasta convertirse en el sentimiento unívoco de la piedad .

Sólo será preciso que agreguemos unos pocos complementos, pues con el animismo, la magia y los encantamientos, la omnipotencia del pensamiento, las actitudes frente a la muerte, las repeticiones no intencionales y el complejo de castración, casi hemos agotado el conjunto de los factores que transforman lo angustioso en siniestro.

También puede decirse de un ser viviente que es siniestro cuando se le atribuyen intenciones malévolas. Pero tal circunstancia no basta, pues es preciso agregar que éstas, sus intenciones, se realicen para perjudicarnos con la ayuda de fuerzas particulares.

El «gettatore» es un buen ejemplo.

Se trata de un siniestro personaje de la superstición romana que Albert Schäffer, en su libro Josef Montfort, ha transformado, con intuición poética y con profunda inteligencia psicoanalítica, en una figura simpática. Pero estas fuerzas secretas nos llevan de nuevo al terreno del animismo.

El presentimiento de tales fuerzas misteriosas es el que hace parecerle a la pía Margarita tan siniestra la figura de Mefistófeles:

Ella sospecha que yo debo ser un genio Quizá aún el mismo Diablo.

El carácter siniestro de la epilepsia y de la demencia tiene idéntico origen.

El profano ve en ellas la manifestación de fuerzas que no sospechaba en el prójimo, pero cuya existencia alcanza a presentir oscuramente en los rincones recónditos de su propia personalidad. Con gran consecuencia -casi correctamente desde el punto de vista psicológico- la Edad Media atribuía todas estas manifestaciones mórbidas a la influencia de los demonios.

Hasta no me asombraría si me enterara de que el psicoanálisis, que se ocupa con la revelación de tales fuerzas secretas, se convirtiese por ello en algo siniestro a los ojos de muchas gentes.

En un caso en que llegué a curar, aunque lentamente, a una joven paralítica desde hacia muchos años, se lo oí decir a la propia madre, largo tiempo después que se había restablecido su hija.

Los miembros separados, una cabeza cortada, una mano desprendida del brazo, como aparece en un cuento de Hauff, pies que danzan solos, como en el mencionado libro de A. Schäffer: son cosas que tienen algo sumamente siniestro, especialmente si, como en el último ejemplo mencionado, conservan actividad independiente. Ya sabemos que este carácter siniestro se debe a su relación con el complejo de castración.

Muchos otorgarían la corona de lo siniestro a la idea de ser enterrados vivos en estado de catalepsia, pero el psicoanálisis nos ha enseñado que esta terrible fantasía sólo es la transformación de otra que en su origen nada tuvo de espantoso, sino que, por el contrario, se apoyaba en cierta voluptuosidad: la fantasía de vivir en el vientre materno.

Aunque en rigor ya se encuentra incluída en nuestras precedentes afirmaciones sobre el animismo y los mecanismos superados del aparato psíquico, agregaremos aquí una observación general que nos parece digna de ser destacada: la de que lo siniestro se da, frecuente y fácilmente, cuando se desvanecen los límites entre fantasía y realidad; cuando lo que habíamos tenido por fantástico aparece ante nosotros como real; cuando un símbolo asume el lugar y la importancia de lo simbolizado, y así sucesivamente.

A ello se debe también gran parte del carácter siniestro que tienen las prácticas de la magia. Lo que en ellas hay de infantil, lo que también domina la vida psíquica de los neuróticos, es la exageración de la realidad psíquica frente a la material, tendencia ésta que también concierne a la omnipotencia de las ideas.

En medio del bloqueo impuesto por la guerra mundial llegó a mis manos un número de la revista inglesa Strand, en la cual, entre otras lucubraciones bastante superfluas, hallé la historia de una joven pareja que se instala en una vivienda amueblada donde se encuentra una mesa de forma extraña, con cocodrilos tallados en madera. Hacia el anochecer se difunde por la habitación un hedor insoportable y característico, se tropieza en la oscuridad con alguna cosa, se cree ver algo indefinible que escapa por la escalera: en suma, se trata de hacernos suponer que a causa de la presencia de esa mesa la casa está asolada por fantasmagóricos cocodrilos, o que en la oscuridad los monstruos de madera adquieren vida, o que sucede alguna cosa similar.

El cuento era bastante tonto, pero el efecto siniestro había sido logrado magistralmente.

Para poner broche final a esta serie de ejemplos, aun harto incompleta, mencionaremos una observación que nos ha suministrado la labor psicoanalítica y que, si no reposa sobre una coincidencia fortuita, nos ofrecerá la más rotunda confirmación de nuestro concepto sobre lo siniestro.

Sucede con frecuencia que hombres neuróticos declaran que los genitales femeninos son para ellos un tanto siniestros. Pero esa cosa siniestra es la puerta de entrada a una vieja morada de la criatura humana, al lugar en el cual cada uno de nosotros estuvo alojado alguna vez, la primera vez.

Se suele decir jocosamente Liebe ist Heimweh («amor es nostalgia»), y cuando alguien sueña con una localidad o con un paisaje, pensando en el sueño: «esto lo conozco, aquí ya estuve alguna vez», entonces la interpretación onírica está autorizada a reemplazar ese lugar por los genitales o por el vientre de la madre. De modo que también en este caso lo unheimlich es lo que otrora fue heimisch, lo hogareño, lo familiar desde mucho tiempo atrás.

El prefijo negativo «un-» («in-»), antepuesto a esta palabra, es, en cambio, el signo de la represión.

III.

Al leer las páginas precedentes, seguramente se habrán despertado en el lector dudas que ahora tendrán oportunidad de condensarse y de expresarse. Puede ser verdad que lo unheimlich, lo siniestro, sea lo heimlich-heimisch, lo «íntimo-hogareño» que ha sido reprimido y ha retornado de la represión, y que cuanto es siniestro cumple esta condición. Pero el enigma de lo siniestro no queda resuelto con esta fórmula.

Evidentemente, nuestra proposición no puede ser invertida: no es siniestro todo lo que alude a deseos reprimidos y a formas del pensamiento superadas y pertenecientes a la prehistoria individual y colectiva. Tampoco pretendemos ocultar que a casi todos los ejemplos destinados a demostrar nuestra proposición pueden oponérseles casos análogos que la contradicen.

Así, por ejemplo, la mano cortada en el cuento de Hauff, Die Geschichte von der abgehauenen Hand («Historia de la mano cortada»), produce por cierto una impresión siniestra, que hemos referido al complejo de castración.

Pero en la narración de El tesoro de Rhampsenit, de Heródoto, el genial ladrón que la princesa quiere asir de la mano le tiende la mano cortada de su hermano, y creo que otros juzgarán, como yo, que este rasgo no produce impresión siniestra alguna. La inmediata realización de los deseos en El anillo de Polícrates nos provoca una impresión tan siniestra como al propio rey de Egipto.

Sin embargo, en nuestros cuentos populares abundan las instantáneas realizaciones de deseos, y en ningún modo tenemos la impresión de lo siniestro.

En el cuento de Los tres deseos, la mujer se deja seducir por la fragancia de una salchicha asada, manifestando que también ella desearía comer una.

Al punto ésta aparece en su plato. Lleno de cólera contra la atolondrada mujer, el hombre desea que la salchicha le cuelgue de la nariz. Hela allí, colgada de su nariz. Todo eso puede ser impresionante, pero de ningún modo es siniestro.

En general, el cuento se coloca abiertamente en el terreno del animismo, de la omnipotencia del pensamiento y de los deseos, pero no podría citar ningún verdadero cuento de hadas donde suceda algo siniestro.

Hemos visto que esta impresión es evocada en grado sumo cuando los objetos, imágenes o muñecas inanimadas adquieren vida, pero en los cuentos de Andersen viven la vajilla, los muebles, el soldado de plomo, y nada puede estar más lejos de ser siniestro. Tampoco la animación de la bella estatua de Pigmalión podrá considerarse siniestra. Hemos visto que la catalepsia y la resurrección de los muertos son representaciones siniestras, pero, una vez más, tales cosas son muy frecuentes en los sueños.

¿Quién osaría decir que es siniestro ver cómo, por ejemplo, Blanca Nieves abre los ojos en su ataúd?

También la resurrección de los muertos en las historias milagrosas, por ejemplo en las del Nuevo Testamento, evoca sentimientos que nada tienen que ver con lo siniestro.

El retorno inesperado de lo idéntico, que nos ha producido efectos tan manifiestamente siniestros, da origen en una serie de casos a reacciones muy distintas. Ya hemos citado un ejemplo en el cual sirve para provocar un efecto cómico y podríamos acumular múltiples casos similares. Otras veces la repetición está destinada a reforzar, a subrayar algo, etc.

Además: ¿de dónde procede el carácter siniestro del silencio, de la soledad, de la oscuridad? ¿Acaso estos factores no indican la intervención del peligro en la génesis de lo siniestro, aunque son las mismas condiciones en las cuales vemos que los niños sienten miedo con mayor frecuencia? ¿Y podremos descartar realmente el factor de la incertidumbre intelectual, después de haber admitido su importancia para el carácter siniestro de la muerte? Henos aquí, pues, dispuestos a admitir que para provocar el sentimiento de lo siniestro es preciso que intervengan otras condiciones, además de los factores temáticos que hemos postulado.

En rigor podría aceptarse que con lo dicho queda agotado el interés psicoanalítico en el problema; que lo restante probablemente requiera ser estudiado desde el punto de vista estético; pero con ello abriríamos la puerta a la duda respecto al valor de nuestro concepto, según el cual lo unheimlich, lo siniestro, procede de lo heimisch, lo familiar, que ha sido reprimido.

Una observación quizá pueda señalarnos el camino para resolver estas incertidumbres. Casi todos los ejemplos que contradicen nuestra hipótesis pertenecen al dominio de la ficción, de la poesía.

Esto nos indicaría que debemos diferenciar lo siniestro que se vivencia, de lo siniestro que únicamente se imagina o se conoce por referencias. Lo siniestro vivenciado depende de condiciones mucho más simples, pero se da en casos menos numerosos. Yo creo que esta forma de lo siniestro acepta, casi sin excepción, nuestras tentativas de solución y puede en cada caso ser reducido a cosas antiguamente familiares y ahora reprimidas.

Sin embargo, también aquí es preciso establecer una distinción importante y psicológicamente significativa, que podrá ser ilustrada mejor en ejemplos apropiados.

Tomemos lo siniestro que emana de la omnipotencia de las ideas, de la inmediata realización de deseos, de las ocultas fuerzas nefastas o del retorno de los muertos.

Es imposible confundir la condición que en estos casos hace surgir el sentimiento de lo siniestro. Nosotros mismos -o nuestros antepasados primitivos- hemos aceptado otrora estas tres eventualidades como realidades, estábamos convencidos del carácter real de esos procesos.

Hoy ya no creemos en ellas, hemos superado esas maneras de pensar; pero no nos sentimos muy seguros de nuestras nuevas concepciones, las antiguas creencias sobreviven en nosotros, al acecho de una confirmación.

Por consiguiente, en cuanto sucede algo en esta vida, susceptible de confirmar aquellas viejas convicciones abandonadas, experimentamos la sensación de lo siniestro, y es como si dijéramos: «De modo que es posible matar a otro por la simple fuerza del deseo; es posible que los muertos sigan viviendo y que reaparezcan en los lugares donde vivieron», y así sucesivamente.

Quien, por el contrario, haya abandonado absoluta y definitivamente tales convicciones animistas, no será capaz de experimentar esa forma de lo siniestro.

La más extraordinaria coincidencia entre un deseo y su realización, la más enigmática repetición de hechos análogos en un mismo lugar o en idéntica fecha, las más engañosas percepciones visuales y los ruidos más sospechosos, no lo confundirán, no despertarán en él un temor que podamos considerar como miedo a lo «siniestro».

De modo que aquí se trata exclusivamente de algo concerniente a la prueba de realidad, de una cuestión de realidad material.

Muy otro es lo siniestro que emana de los complejos infantiles reprimidos, del complejo de castración, de las fantasías intrauterinas, etc.

Desde luego, no pueden ser muy frecuentes las vivencias reales susceptibles de despertar este género de lo siniestro, ya que el sentimiento en cuestión, cuando se da en vivencias reales, suele pertenecer al grupo anterior; pero para la teoría es importante diferenciar ambas categorías.

En lo siniestro debido a complejos infantiles la cuestión de la realidad material ni siquiera se plantea, apareciendo en su lugar la realidad psíquica. Trátase en este caso de la represión efectiva de un contenido psíquico y del retorno de lo reprimido, pero no de una simple abolición de la creencia en la realidad de este contenido.

Podríamos decir que mientras en un caso ha sido reprimido cierto contenido ideacional, en el otro lo ha sido la creencia en su realidad (material). Pero esta última formulación quizá signifique una aplicación del término «represión» que trasciende sus límites legítimos.

Sería más correcto si en lo que a este problema se refiere tuviésemos en cuenta una sensible diferencia psicológica, calificando el estado en que se encuentran las convicciones animistas del hombre civilizado como una superación más o menos completa.

Nuestra formulación final sería entonces la siguiente: lo siniestro en las vivencias se da cuando complejos infantiles reprimidos son reanimados por una impresión exterior, o cuando convicciones primitivas superadas parecen hallar una nueva confirmación.

Por fin, nuestra predilección por las soluciones simples y por las exposiciones claras no ha de impedirnos reconocer que ambas formas de lo siniestro, aquí discernidas, no siempre se presentan netamente separadas en la vivencia.

Si se tiene en cuenta que las convicciones primitivas están íntimamente vinculadas a los complejos infantiles y que en realidad arraigan en ellos, no causará gran asombro ver cómo se confunden sus límites.

Lo siniestro en la ficción -en la fantasía, en la obra literaria- merece en efecto un examen separado.

Ante todo, sus manifestaciones son mucho más multiformes que las de lo siniestro vivencial, pues lo abarca totalmente, amén de otros elementos que no se dan en las condiciones del vivenciar.

El contraste entre lo reprimido y lo superado no puede aplicarse, sin profundas modificaciones, a lo siniestro de la obra poética, pues el dominio de la fantasía presupone que su contenido sea dispensado de la prueba de realidad. Nuestra conclusión, aparentemente paradójica, reza así: «mucho de lo que sería siniestro en la vida real no lo es en la poesía; además, la ficción dispone de muchos medios para provocar efectos siniestros que no existen en la vida real».

Entre las numerosas licencias de que goza el poeta también se cuenta la de poder elegir a su arbitrio el mundo de su evocación, de modo que coincida con nuestra realidad familiar o se aleje en cualquier modo de ella.

En todo caso, nosotros lo seguiremos. El mundo de los cuentos de hadas, por ejemplo, abandona desde el principio el terreno de la realidad y toma abiertamente el partido de las convicciones animistas.

Realizaciones de deseos, fuerzas secretas, omnipotencia del pensamiento, animación de lo inanimado, efectos todos muy corrientes en los cuentos, no pueden provocar en ellos una impresión siniestra, pues para que nazca este sentimiento es preciso, como vimos, que el juicio se encuentre en duda respecto a si lo increíble, superado, no podría, a la postre, ser posible en la realidad, cuestión ésta que desde el principio es decidida por las convenciones que rigen el mundo de los cuentos.

De tal manera, el cuento de hadas, fuente de la mayor parte de los ejemplos que contradicen nuestra teoría de lo siniestro, ilustra prácticamente el primero de los casos mencionados: en el dominio de la ficción no son siniestras muchas cosas que lo serían en la vida real.

A éste se agregan, en el cuento, otros factores que más adelante mencionaremos con brevedad.

El poeta también puede haberse creado un mundo que, si bien menos fantástico que el de los cuentos, se aparte, sin embargo, del mundo real, al admitir seres sobrenaturales, demonios o ánimas de difuntos. Todo el carácter siniestro que podrían tener esas figuras desaparece entonces en la medida en que se extienden las convenciones de esta realidad poética.

Las ánimas del infierno dantesco o los espectros de Hamlet, Macbeth y Julio César, de Shakespeare, pueden ser todo lo truculentos y lúgubres que se quiera, pero en el fondo son tan poco siniestros como, por ejemplo, el sereno mundo de los dioses homéricos.

Adaptamos nuestro juicio a las condiciones de esta ficticia realidad del poeta, y consideramos a las almas, a los espíritus y fantasmas, como si tuvieran en aquélla una existencia no menos justificada que la nuestra en la realidad material. He aquí un nuevo caso en el cual se evita el sentimiento de lo siniestro.

Muy distinto es, en cambio, si el poeta aparenta situarse en el terreno de la realidad común.

Adopta entonces todas las condiciones que en la vida real rigen la aparición de lo siniestro, y cuanto en las vivencias tenga este carácter también lo tendrá en la ficción. Pero en este caso el poeta puede exaltar y multiplicar lo siniestro mucho más allá de lo que es posible en la vida real, haciendo suceder lo que jamás o raramente acaecería en la realidad.

En cierta manera, nos libra entonces a nuestra superstición, que habíamos creído superada; nos engaña al prometernos la realidad vulgar, para salirse luego de ella.

Reaccionamos ante sus ficciones como lo haríamos frente a nuestras propias vivencias; una vez que nos damos cuenta de la mistificación, ya es demasiado tarde, pues el poeta ha logrado su objeto, pero por mi parte afirmo que no ha obtenido un efecto puro. Nos queda un sentimiento de insatisfacción, una especie de rencor por el engaño intentado, sensación ésta que experimenté con particular claridad después de haber leído el cuento de Schnitzler Die Weissagung («La profecía») y otras producciones del género que coquetean con lo milagroso.

El literato dispone todavía de un recurso que le permite sustraerse a nuestra rebelión y mejorar al mismo tiempo las perspectivas de lograr sus propósitos.

Este medio consiste en dejarnos en suspenso, durante largo tiempo, respecto a cuáles son las convenciones que rigen en el mundo por él adoptado; o bien en esquivar hasta el fin, con arte y astucia, una explicación decisiva al respecto. Pero, en todo caso, cúmplese aquí la circunstancia anotada de que la ficción crea nuevas posibilidades de lo siniestro, que no pueden existir en la vida real.

Estrictamente hablando, todas estas formas diversas sólo se observan en aquella categoría de lo siniestro que procede de lo superado. Lo siniestro emanado de complejos reprimidos tiene mayor tenacidad y, prescindiendo de una única condición, conserva en la poesía todo el carácter siniestro que tenía en la vivencia real. La otra forma, la nacida de lo superado, en cambio, presenta este carácter tanto en la realidad como en aquella ficción que se ubica en el terreno de la realidad material, pero puede perderlo en las realidades ficticias creadas por la imaginación del poeta.

Es evidente que las licencias del poeta y, en consecuencia, los privilegios de la ficción relacionados con la evocación o la inhibición del sentimiento de lo siniestro, no han sido agotados en las observaciones que anteceden. Frente a las vivencias reales solemos adoptar una posición uniformemente pasiva y nos encontramos sometidos a la influencia de los temas.

En cambio, respondemos en una forma particular a la dirección del poeta: mediante el estado emocional en que nos coloca, merced a las expectativas que en nosotros despierta, logra apartar nuestra capacidad afectiva de un tono pasional para llevarla a otro, y muchas veces sabe obtener con un mismo tema muy distintos efectos. Todo esto es conocido desde hace tiempo y seguramente fue considerado detenida mente por los estéticos idóneos.

Nosotros hemos sido llevados, casi sin quererlo a este terreno de la investigación, cediendo al deseo de poner en claro la contradicción que frente a nuestra teoría de lo siniestro presentan ciertos ejemplos antes mencionados. Por eso volveremos ahora a algunos de éstos.

Nos preguntábamos hace poco por qué la mano cercenada en El tesoro de Rhampsenit no produce la impresión de lo siniestro que despierta La historia de la mano cortada, de Hauff.

Ahora que conocemos la mayor tenacidad de lo siniestro emanado de los complejos reprimidos, dicha pregunta nos parece más plena de significación. La respuesta puede ser formulada sin dificultades: en la primera de estas narraciones no estamos tan adaptados a las emociones de la princesa, como a la astucia soberana del magistral ladrón.

A la princesa seguramente no le habrá quedado evitada la sensación de lo siniestro, y aun consideramos verosímil que haya caído desvanecida; pero por nuestra parte no sentimos nada siniestro, porque no nos colocamos en su plaza, sino en la del ladrón.

Otras circunstancias son las que nos privan de la impresión siniestra en la farsa de Nestroy, Der ZerrisseneEl andrajoso»), cuando el fugitivo que se tiene por asesino, cada vez que levanta un escotillón ve surgir el supuesto espectro de su víctima, exclamando, desesperado:

«¡Pero si yo no maté más que a uno! ¿A qué viene esta atroz multiplicación?»

Nosotros estamos enterados de las circunstancias anteriores a esta escena y no podemos compartir el error del «andrajoso», de modo que cuanto para él es siniestro, sólo posee para nosotros irresistible comicidad.

Hasta una aparición «verdadera», como la del cuento de Oscar Wilde El espectro de Canterville, pierde todos sus derechos a inspirar por lo menos terror, cuando el poeta se permite la broma de ridiculizarlo y de burlarse de él. Tal es la independencia que en el mundo de la ficción puede haber entre el efecto emocional y el asunto elegido.

En cuanto a los cuentos de hadas, ni siquiera pretenden despertar sentimientos angustiosos, es decir, siniestros. Cosa que comprendemos perfectamente y que nos lleva a pasar por alto todas las ocasiones en que tal efecto sería quizá posible.

Nada tenemos que decir de la soledad, del silencio y de la oscuridad, salvo que éstos son realmente los factores con los cuales se vincula la angustia infantil, jamás extinguida totalmente en la mayoría de los seres. La investigación psicoanalítica se ha ocupado en otra ocasión de este problema.

FreudUna señora americana, madre de una niña de cuatro años, escribe en una carta particular:

«Tengo que contarte lo que ayer me dijo la pequeña. Todavía me dura la sorpresa. La prima Emily hablaba de su próxima boda. La niña la interrumpió de pronto, diciendo.

‘Si Emily se casa, tendrá un niño.’

‘¿De dónde sabes tú eso?’, le pregunté, sorprendida.

‘Sí -me respondió-; cuando alguien se casa, tiene siempre un niño.’

‘Pero ¿cómo puedes saber tú eso?’, volví a preguntar.

Y ella: ‘Pues todavía sé muchas cosas más; sé también que los árboles crecen en la tierra (in the ground). ‘¡Fíjate qué singular asociación de ideas!

La pequeña ha encontrado por sí misma la explicación que yo pensaba darle algún día.

Y luego añadió: ‘Sé también que Dios hace el mundo (makes the world).’

Cuando oigo estas cosas a mi pequeña me parece mentira que no tenga aún cuatro años.»

La madre misma parece haber comprendido la transición de la primera a la segunda afirmación de su pequeña.

La niña quiere decir: «Sé que los niños crecen en la madre», y expresa este conocimiento indirecta y simbólicamente, sustituyendo la madre por la madre tierra.

Por numerosas observaciones análogas e indubitables conocemos ya cuán tempranamente saben los niños servirse de los símbolos. Pero también la tercera afirmación de la niña muestra un evidente enlace con las anteriores.

Es indudable que la niña quería comunicar una nueva parte de sus conocimientos sobre el origen de los niños:

«Sé también que todo es obra del padre.»

Pero esta vez sustituye la idea directa por la sublimación correspondiente: «Dios hace el mundo.»

FaustoI. La fantasía de presenciar cómo «pegan a un niño» es confesada con sorprendente frecuencia por personas que han acudido a someterse al tratamiento psicoanalítico en busca de la curación de una histeria o una neurosis obsesiva, y surge probablemente aún con mayor frecuencia en otras que no se han visto impulsadas a tal decisión por una enfermedad manifiesta.

A esta fantasía se enlazan sensaciones placientes, y a causa de las cuales ha sido reproducida infinitas veces o continúa siéndolo.

Al culminar la situación imaginada se impone al sujeto regularmente una satisfacción sexual de carácter onanista, voluntaria al principio, pero que puede tomar más tarde un carácter obsesivo. La confesión de esta fantasía cuesta gran violencia al sujeto; el recuerdo de su primera emergencia es harto inseguro, y su investigación analítica tropieza con una resistencia inequívoca.

La vergüenza y el sentimiento de culpabilidad parecen actuar aquí con mucha mayor energía que en confesiones análogas sobre los recuerdos primeros de la vida sexual. Conseguimos fijar, por fin, que las primeras fantasías de este género surgieron en época muy temprana; desde luego, antes del período escolar, hacia los cinco o los seis años.

Cuando el niño veía pegar a otros en la escuela, este suceso despertaba de nuevo la fantasía en aquellos casos en los que ya había sido abandonada, o la intensificaba cuando aún no existía, modificando su contenido de un modo singular.

A partir de aquí «pegaban a muchos niños». La influencia de la escuela era tan clara, que los pacientes se inclinaban a un principio de referir exclusivamente sus fantasías de flagelación a esta impresión de la época escolar posterior a sus seis años. Pero esta hipótesis no pudo mantenerse nunca, pues siempre se demostraba que tales fantasías habían existido ya con anterioridad.

Cuando en clases más avanzadas del colegio cesaba la posibilidad de estos sucesos, su influencia quedaba sustituida por la de las lecturas.

En el medio en que vivían mis pacientes habían sido siempre los mismos libros accesibles a la juventud los que habían suministrado nuevos elementos a sus fantasías de flagelación: la llamada Biblioteca Rosa, La cabaña del tío Tom y otros semejantes.

En competencia con estas narraciones comenzó ya la propia actividad imaginativa del niño a inventar una gran cantidad de situaciones e instituciones en las cuales los niños eran maltratados o castigados en alguna forma por su mala conducta o sus vicios.

Dado que la fantasía de presenciar cómo pegan a un niño aparecía regularmente enlazada a un elevado placer y culminaba en un acto de satisfacción autoerótica placiente, hubiera sido de esperar que también el presenciar en la escuela el castigo de otro niño hubiera constituido una fuente de análogo placer.

Pero esto no sucedía nunca. La asistencia a escenas reales de este género provocaba en el infantil espectador sentimientos singularmente tumultuosos y probablemente mixtos, en los que había una gran parte de repulsa.

En algunos casos, la asistencia real al castigo resultaba intolerable para el sujeto. Por lo demás, también en las más refinadas fantasías de años ulteriores constituía un requisito necesario que el niño castigado no recibiera ningún daño serio.

Hemos de preguntarnos qué relación puede existir entre el sentido de estas fantasías y las correcciones corporales recibidas realmente por el niño en su educación familiar. La sospecha de que se trataba de una relación inversa no pudo ser comprobada a causa de la unilateralidad del material.

Las personas que nos suministraban la materia de estos análisis sólo muy raras veces habían sido golpeadas en su infancia, y nunca se trataba de individuos educados a fuerza de golpes, aunque, naturalmente, no hubieran dejado de comprobar alguna vez la superioridad física de sus padres o educadores y hubiesen tomado parte en las peleas, que nunca faltan, entre hermanos o camaradas de juego.

En aquellas fantasías más tempranas y simples, que no mostraban relación ninguna directa con las impresiones escolares o las lecturas del niño, la investigación trató de llegar a un más profundo conocimiento.

¿Quién era el niño maltratado? ¿El sujeto mismo de la fantasía u otro niño distinto? ¿Y quién era el que maltrataba al niño? ¿Una persona adulta? Y entonces, ¿qué persona era ésta? ¿O imaginaba el niño ser él mismo quien golpeaba a otro?

Todas estas interrogaciones recibían la misma hosca respuesta: «No sé…; pegaban a un niño.» Las averiguaciones con respecto al sexo del niño maltratado tuvieron más éxito, aunque tampoco nos aproximaron más a la comprensión.

La respuesta era algunas veces: «Siempre niños», o «Siempre niñas», y con mayor frecuencia: «No lo sé», o «Es igual». Lo que interesaba al investigador, o sea, el descubrimiento de una relación constante entre el sexo del sujeto de la fantasía y el del niño maltratado, no surgía jamás.

Algunas veces se agregaba al contenido de la fantasía algún detalle característico, tal como el de que el niño era golpeado sobre el trasero desnudo.

En estas circunstancias no podía siquiera decidirse si el placer concomitante a la fantasía de flagelación era de carácter sádico o masoquista.

II. Tal fantasía, emergida en temprana edad infantil, al estímulo, quizá, de impresiones casuales, y conservada luego para la satisfacción autoerótica, había de ser considerada por el análisis como un signo primario de perversión.

Uno de los componentes de la función sexual se habría anticipado a los demás en la evolución, se habría hecho prematuramente independiente y se habría fijado, escapando así a los procesos evolutivos ulteriores y testimoniando una constitución especial anormal del individuo correspondiente.

Sabemos que tal perversión infantil no persiste obligadamente a través de toda la vida, pues puede sucumbir luego a la represión, ser sustituida por un producto de reacción o transmutada por una sublimación. (Aunque quizá lo que sucede es que la sublimación nace de un proceso especial, obstruido por la represión.)

Pero cuando estos procesos no se desarrollan, la perversión persiste en la vida adulta, y al comprobar en un individuo una aberración sexual -perversión, fetichismo, inversiónesperaremos justificadamente descubrir por medio de la investigación amnésica un suceso infantil que haya provocado una fijación.

Ya antes de los tiempos del psicoanálisis ha habido observadores, como Binet, que han referido las singulares aberraciones de la edad madura a tales impresiones infantiles, y precisamente a las recibidas por el sujeto a partir de los cinco o los seis años.

Pero la investigación de estos observadores tropezó con el hecho desconcertante de que las impresiones causantes de la fijación carecían de toda fuerza traumática, mostrándose en su mayor parte insignificante, sin que pudiera decirse por qué la tendencia sexual había quedado fijada precisamente a ellas.

Sin embargo, podía intentarse hallar su sentido en el hecho de haber ofrecido una ocasión casual de fijación a los componentes sexuales anticipados y había de suponerse que la concatenación casual presentaría en algún punto un fin provisional. Precisamente, la constitución congénita parecía llenar todas las condiciones exigibles a tal fin.

Si el componente sexual prematuramente independiente es el sádico, habremos de esperar, basados en nuestra experiencia analítica, que su ulterior represión haga surgir una disposición a la neurosis obsesiva. No puede decirse que esta hipótesis haya sido controvertida por los resultados de la investigación.

Entre los seis casos en cuyo minucioso estudio basamos el presente trabajo (cuatro mujeres y dos hombres) los había, en efecto, de neurosis obsesiva, gravísimo uno de ellos, otro menos grave, accesible al influjo analítico, y por último, un tercero, que, por lo menos, mostraba algunos precisos rasgos de tal neurosis.

Un cuarto caso era una franca histeria, con síntomas dolorosos e inhibiciones, y el quinto lo constituía un individuo que acudía al análisis a causa únicamente de cierta indecisión ante la vida y que no hubiera sido clasificado por el diagnóstico clínico general, o simplemente incluido entre los psicasténicos.

No debemos considerar que esta estadística defrauda nuestras esperanzas, pues, en primer lugar, sabemos que no toda disposición ha de continuar desarrollándose hasta la enfermedad, y en segundo, habrá de bastarnos con explicar lo que ante nosotros hallamos, sin entrar para nada en explicar también por qué no se ha producido.

Hasta este punto, y sólo hasta él, nos permiten penetrar en la comprensión de las fantasías de flagelación nuestros conocimientos actuales. Pero el médico analítico ha de sospechar que el problema no queda resuelto al reconocer que tales fantasías permanecen, por lo general, ajenas al contenido restante de la neurosis y no encuentran lugar apropiado para insertarse en él.

III. En realidad, sólo podemos hablar de un psicoanálisis correcto cuando la labor psicoanalítica ha conseguido suprimir la amnesia que oculta el adulto de su vida infantil entre los dos y los cinco años.

Esto no puede decirse demasiado alto ni repetirse mucho entre los analíticos. Los motivos que impulsan a desatender esta advertencia son fácilmente comprensibles. Todos quisieran conseguir resultados aprovechables en poco tiempo y con poco esfuerzo. Pero actualmente, el conocimiento teórico es mucho más importante para todos nosotros que el éxito terapéutico, y aquellos que descuidan el análisis de la época infantil caerán en graves errores.

Esta acentuación de la importancia de las experiencias tempranas no quiere decir que despreciemos la influencia de las ulteriores. Pero éstas son ya estimadas y descritas por el mismo enfermo, mientras que las infantiles han de ser buscadas y devueltas a su verdadera significación por el médico.

El período infantil que se extiende entre los dos y los cuatro o los cinco años es aquel en el cual despiertan y son enlazados a determinados complejos por las experiencias del sujeto los factores libidinosos congénitos. Las fantasías de flagelación aquí estudiadas no se muestran sino al final de este período o después de él. Pudieran, pues, tener muy bien una prehistoria, haber realizado una evolución y corresponder a un desenlace y no a un principio.

Esta hipótesis queda confirmada por el análisis. La aplicación consecuente del mismo nos enseña que las fantasías de flagelación tienen una historia evolutiva harto complicada, en cuya trayectoria varían más de una vez casi todos sus elementos: su relación con el sujeto, su objeto, su contenido y su significación.

Para seguir más fácilmente estas transformaciones de las fantasías de flagelación me limitaré a exponer las observaciones realizadas en sujetos femeninos, predominantes en el material de que dispongo (cuatro casos femeninos y dos masculinos). Pero, además, a las fantasías de flagelación de los hombres se enlaza otro tema que no quisiéramos tocar en el presente trabajo.

En nuestra exposición cuidaremos también de no esquematizar más de lo inevitable. Aunque nuevas observaciones ulteriores nos demuestren una mayor diversidad en los hechos, estamos seguros de haber aprehendido un suceso típico nada raro.

Así pues, la primera fase de las fantasías de la flagelación en sujetos femeninos habrá de corresponder a una época infantil muy temprana.

En tales fantasías hay algo que permanece singularmente indeterminado, como si fuera por completo indiferente. La escasa información que obtenemos de las enfermas en su primer relato -«pegan a un niño»-parece, pues, justificada. Pero, en cambio, hay otra cosa que puede determinarse con plena seguridad y siempre en el mismo sentido.

El niño maltratado no es nunca el propio sujeto, sino otro; por lo general, un hermano o hermana menor, cuando los tiene. Pero como puede ser un hermano o una hermana, tampoco este detalle nos descubre una relación constante entre el sexo del sujeto y el del protagonista de su fantasía.

Esta no es, pues, seguramente, de carácter masoquista y nos inclinaríamos a considerarla de carácter sádico si no atendiéramos al hecho de que el propio sujeto no es tampoco el que maltrata al niño en la fantasía. La personalidad del autor de los maltratados no aparece claramente definida al principio.

Sólo averiguamos que no se trata de otro niño, sino de un adulto.

En esta persona adulta indeterminada nos es luego posible reconocer inequívocamente al padre (de la niña).

Por tanto, esta primera fase de la fantasía de flagelación puede quedar descrita diciendo que el padre pega al niño. Dejaremos ya entrever mucha parte del contenido al que luego habremos de referirnos, sustituyendo esta descripción por la siguiente: el padre pega al niño odiado por mí.

Por otro lado, podemos vacilar en reconocer también el carácter de fantasía a este grado preliminar de la ulterior fantasía de flagelación. Trátase, quizá, más bien de recuerdos relativos a sucesos de este género presenciados por el sujeto en su primera infancia, o de deseos surgidos en su ánimo en diversas ocasiones. Pero estas dudas carecen de importancia.

Entre esta primera fase y la siguiente tienen efecto grandes transformaciones. La persona que pega al niño continúa siendo la misma, pero el niño maltratado es otro, generalmente el propio sujeto infantil de la fantasía, la cual provoca ya un elevado placer y recibe un importante contenido, cuya derivación nos ocupará más adelante.

Su descripción será ahora la siguiente: yo soy golpeado por mi padre. Tiene, pues, un indudable carácter masoquista. Esta segunda fase es la más importante de todas. Pero en cierto sentido podemos decir que no ha tenido nunca existencia real. No es jamás recordada ni ha tenido nunca acceso a la conciencia.

Es una construcción del análisis, pero no por ello deja de constituir una necesidad. La tercera fase se asemeja nuevamente a la primera.

Su descripción nos es conocida ya por las informaciones, antes consignadas, de las pacientes. La persona que pega no es nunca la del padre; queda indeterminada, como en la primera fase, o representada típicamente por un subrogado paterno (el maestro). La propia persona del sujeto de la fantasía no aparece ya en ésta.

A las preguntas del médico, las pacientes oponen una absoluta ignorancia o se limitan a declarar que les parece figurar en la fantasía como simples espectadoras.

En las fantasías de las niñas son predominantemente niños los golpeados, pero sin que la sujeto pueda identificarlos individualmente. La situación primitiva de la fantasía, sencilla y monótona, puede experimentar múltiples variaciones, y la flagelación misma puede quedar sustituida por castigos y humillaciones de otro género.

Pero el carácter esencial en que incluso las fantasías más sencillas de esta fase se diferencian de las de la primera y que establece su relación con la fase media es el siguiente: la fantasía es ahora el sustentáculo de una intensa excitación, inequivocadamente sexual, y provoca, como tal, la satisfacción onanista.

Pero precisamente esto es lo enigmático: ¿cuál es el cambio por el que esta fantasía, ya de carácter sádico, en la que son maltratados unos niños desconocidos, llega a convertirse, a partir de esta fase, en un elemento persistente de la tendencia libidinosa de la niña? No nos ocultamos que tanto la relación y la sucesión de las tres fases de esta fantasía como todas sus demás peculiaridades continúan siéndonos incomprensibles.

IV. Si conducimos el análisis a través de aquellas épocas tempranas en las cuales está situada la fantasía de flagelación al ser recordada por las pacientes, comprobamos que la niña se hallaba en dicha época bajo el influjo de los estímulos emanados de su complejo parental.

La niña aparece, en este período, tiernamente fijada al padre, que ha hecho, probablemente, todo lo necesario para provocar tal fijación, sembrando con ello la semilla de una actitud hostil a la madre, actitud que persistirá al lado de una tendencia cariñosa y a la que puede estar reservado hacerse más intensa y más claramente consciente con el transcurso de los años o provocar, por reacción, una exagerada adhesión amorosa a la personalidad materna. Pero la fantasía de flagelación no se enlaza con las relaciones entre hija y madre.

En la familia hay otros niños, poco mayores o menores, a los cuales la sujeto no quiere, por diversas razones; pero, sobre todo, porque ha de compartir con ellos el amor de los padres, rechazándolos, por tanto, de sí, con la salvaje energía propia de la vida sentimental en esta edad.

Cuando se trata de una hermanita menor (como en tres de mis cuatro casos), la sujeto la desprecia, además de odiarla, pero tiene que presenciar cómo atrae a sí aquel exceso de ternura que los padres tienen siempre dispuesto para el hijo menor. Comprende perfectamente que el pegar a alguien, aún sin hacerle daño, significa una negación de cariño una humillación.

Son así muchos los niños que creían poseer el inquebrantable amor de sus padres y a quienes un solo golpe hace caer de las alturas de su imaginada omnipotencia. La idea de que el padre pega a aquel odiado niño será, pues, muy agradable y surgirá independientemente del hecho de haber presenciado o no tal suceso. Tal idea significaría: «El padre no quiere a este otro niño; sólo me quiere a mí.»

Este es, por tanto, el contenido y el sentido de la fantasía de flagelación en su primera fase. La fantasía satisface claramente los celos del niño y depende directamente de su vida erótica, pero es apoyada también con gran energía por sus intereses egoístas. No podemos, pues, resolvernos a considerarla puramente sexual ni nos atrevemos tampoco a calificarla decididamente de sádica. Los caracteres en los cuales estamos acostumbrados a basar nuestras diferenciaciones van haciéndose más borrosos conforme nos acercamos a su origen.

Así pues, podemos parafrasear la predicción de las «tres hermanas del destino», a Banquo, y decir con respecto a estas fantasías:

«No son, desde luego, sexuales: no son tampoco sádicas, pero constituyen la materia de que ambas cosas saldrán en lo por venir.»

En cambio, nada nos hace sospechar que ya esta primera fase de la fantasía provoque una excitación que haya de ser derivada en un acto onanista.

En esta prematura elección de objeto del amor incestuoso alcanza claramente la vida sexual del niño el grado de la organización genital, circunstancia que resulta, desde luego, más fácil de comprobar a los niños, pero que tampoco en las niñas puede dar lugar a grandes dudas. La tendencia libidinosa infantil aparece, en efecto, dominada por una sospecha de los fines sexuales ulteriores, definitivos y normales. Podemos preguntarnos asombrados la causa de tal singularidad, pero hemos de aceptar como prueba el hecho de que los genitales inicien ya en esta época su intervención en el proceso de la excitación.

El deseo de tener un hijo con la madre no falta jamás en el niño, y el de concebir un hijo del padre es constante en las niñas; todo ello a pesar de una completa incapacidad para concebir el camino que puede conducir al cumplimiento de tales deseos.

El niño parece sospechar que los genitales tienen en ello alguna intervención, aunque su actividad investigadora puede buscar la esencia de la intimidad propuesta entre los padres en otras relaciones distintas, tales como la de dormir juntos, las de orinar al mismo tiempo, etc., representaciones más fáciles de aprehender en conceptos verbales que la oscura sospecha relativa a los genitales.

Pero no tarda en llegar la época en que estos tempranos brotes sexuales quedan agotados. Ninguno de estos enamoramientos incestuosos escapa a la fatalidad de la represión.

Sucumben a ella, bien en ocasiones exteriores fácilmente comprobables, que provocan una decepción -ofensas inesperadas, el nacimiento de un hermanito, considerado como una infidelidad, etc.-, bien por motivos internos o simplemente por hacerse esperar demasiado el cumplimiento del deseo.

Pero, desde luego, la causa eficiente no ha de buscarse en nada de esto, siendo de suponer que tales relaciones amorosas se hallan destinadas a sucumbir alguna vez, sin que podamos decir a qué.

Lo más verosímil es que mueran sencillamente porque ha pasado su tiempo y porque los niños entran en una nueva fase de la evolución, en la cual se ven forzados a repetir la represión de la elección de objeto incestuosa de la historia de la Humanidad, como antes se vieron impulsados a realizar tal elección de objeto (recuérdese el Destino en el mito de Edipo).

Aquello que persiste en lo inconsciente como resultado psíquico de los impulsos eróticos incestuosos no es cogido por la conciencia de la nueva fase, y lo que ya se había hecho consciente es expulsado nuevamente de la conciencia.

Simultáneamente a este proceso de represión surge una conciencia de culpabilidad, también de origen desconocido, pero enlazada indudablemente a aquellos deseos incestuosos y justificada por la persistencia de los mismos en lo inconsciente.

La fantasía de la época erótica incestuosa decía:

«El (el padre) me quiere sólo a mí y no al otro niño, puesto que le pega.» La conciencia de culpabilidad no encuentra castigo más duro que la investigación de este triunfo: «No, no te quiere, pues te pega.»

De este modo, la fantasía de la segunda fase, en la cual el propio sujeto es maltratado por el padre, llega a ser una expresión directa de la conciencia de culpabilidad, a la cual sucumbe entonces el amor del padre.

Se ha hecho, pues, masoquista. Que yo sepa, es éste un hecho constante; la conciencia de culpabilidad es siempre el factor que transforma el sadismo en masoquismo. Pero no es éste, ciertamente, todo el contenido del masoquismo.

La conciencia de culpabilidad no puede ser el único elemento eficiente; ha de compartir el dominio con las tendencias eróticas. Recordemos que se trata de niños en los cuales el componente sádico pudo emerger de un modo prematuro y aislado, por causas constitucionales. No necesitamos abandonar este punto de vista; precisamente en estos niños queda muy facilitada una regresión a la organización pregenital sádico-anal de la vida sexual.

Cuando la organización genital apenas alcanzada sucumbe a la represión, no surge, como única consecuencia, la de que todos los elementos psíquicos representativos del amor incestuoso se hagan o permanezcan inconscientes.

Sucede también que la misma organización genital experimenta una desgracia regresiva. La idea «el padre me ama» tenía un sentido genital; la regresión la transforma en la siguiente: «El padre me pega (yo soy pegado por el padre).»

Este «ser pegado» constituye una confluencia de la conciencia de culpabilidad con el erotismo; no es sólo el castigo de la relación genital prohibida, sino también su sustitución regresiva, y de esta última fuente extrae la excitación libidinosa, que desde este punto queda unida a ella y buscará una descarga en actos onanistas.

Pero ésta es ya la esencia del masoquismo. La fantasía de la segunda fase, en la cual la sujeto es pegada por el padre, permanece, por lo general, inconsciente, probablemente a consecuencia de la intensidad de la represión. No puedo indicar por qué en uno de mis seis casos (uno masculino) era recordada conscientemente.

Este hombre, ya en plena madurez, había conservado con toda claridad en la conciencia el recuerdo de haber utilizado para fines onanistas la representación de ser pegado por su madre, si bien esta última quedó pronto sustituida en tales fantasías por las madres de algunos de sus condiscípulos o por otras mujeres cualesquiera que presentaran alguna semejanza con ella.

No debe olvidarse que al transformarse las fantasías incestuosas de los niños en las fantasías masoquistas correspondientes tiene efecto una inversión más que en el caso de las niñas, inversión consistente en la sustitución de la actividad por la pasividad, y que esta mayor medida de deformación puede quizá evitar a la fantasía la permanencia de lo inconsciente como resultado de la represión.

A la conciencia de la culpabilidad le hubiera bastado, por tanto, la regresión, en lugar de la represión.

En los casos femeninos, la conciencia de culpabilidad, más exigente quizá, sólo habría quedado satisfecha con la acción conjunta de ambos procesos.

En dos de mis cuatro casos femeninos la fantasía masoquista de flagelación constituía la base de toda una serie de sueños diurnos, muy importantes en la vida de los interesados, a los que correspondió la función de hacer posible un sentimiento de excitación satisfecha, aun renunciando al acto onanista.

En uno de estos casos la fantasía de ser pegado por el padre podía arriesgarse aún a emerger en la conciencia, bajo la condición de que el propio yo apareciese irreconociblemente disfrazado.

El héroe de estas historias era regularmente maltratado por el padre, y más tarde sólo castigado, humillado, etc. Repetiremos, sin embargo, que, por lo general, la fantasía permanece inconsciente y ha de ser reconstruida en el análisis.

Esto da, quizá, la razón a aquellos pacientes que quieren recordar que el onanismo surgió en ellos con anterioridad a la fantasía de flagelación de la tercera fase, de la cual vamos a ocuparnos inmediatamente.

Esta fantasía se habría agregado mas tarde al onanismo, quizá bajo la impresión de las escenas escolares. Cuantas veces hemos dado crédito a esta información nos hemos inclinado a suponer que el onanismo se hallaba al principio bajo el imperio de la fantasía inconsciente, sustituida después por la consciente.

Como tal sustitución interpretamos, pues, la fantasía de flagelación de la tercera fase, o sea, la estructura definitiva de la misma, en la cual el infantil sujeto imaginativo aparece, a lo más, como espectador, conservándose en ella el padre, pero representado por la persona de un maestro u otro superior cualquiera. La fantasía, análoga ahora a aquella de la primera fase, parece haber vuelto a adquirir un carácter sádico.

Nos parece como si en esta fase: «El padre pega al otro niño y no quiere a nadie más que a mi». hubiese retrocedido el acento a la primera parte, después de haber sucumbido la segunda a la represión. Pero sólo la forma de esta fantasía es sádica; la satisfacción de ella extraída es masoquista; su significación está en que ha tomado la carga libidinosa en la parte reprimida, y con ella también el sentimiento de culpabilidad concomitante al contenido.

Todos los niños desconocidos golpeados por el maestro no son sino subrogados de la propia persona.

Se muestra aquí también por vez primera algo como una constancia del sexo de los personajes de la fantasía. Los niños golpeados son casi siempre de sexo masculino, tanto en las fantasías de los niños como en las de las niñas.

Esta particularidad no se explica, desde luego, por una competencia eventual de los sexos, pues entonces en las fantasías de los niños serían niñas las maltratadas, ni tiene tampoco nada que ver con el sexo del niño odiado en la primera fase, sino que indica el desarrollo de un complicado proceso de las niñas.

Cuando éstas se apartan del amor incestuoso de sentido genital al padre, rompen, en general, fácilmente con su femineidad, reaniman su «complejo de masculinidad» (van Ophuijsen) y abrigan, a partir de este punto, el deseo de ser un chico. De aquí que sean también niños los representantes de su propia persona en las fantasías.

En los dos casos de sueños diurnos antes citados los protagonistas eran siempre hombres jóvenes, no apareciendo al principio en tales creaciones mujer alguna y sí solo al cabo de muchos años y como personajes secundarios.

V. Espero haber expuesto mis resultados analíticos con detalle suficiente.

Sólo habré de añadir que los seis casos mencionados no constituyen todo mi material, pues dispongo, como también otros analíticos, de un número mucho mayor de casos, menos detenidamente investigados.

Estas observaciones pueden ser utilizadas en distintos sectores, y sobre todo para las investigaciones de la génesis de las perversiones, especialmente del masoquismo y para el estudio de la intervención de la diferencia sexual en la dinámica de la neurosis.

El primer resultado de nuestro estudio se refiere a la génesis de las perversiones. No tenemos por qué variar nuestra hipótesis, que atribuye en este punto máxima importancia a la intensificación constitucional o a la anticipación de un componente sexual, pero con esto no está dicho todo.

La perversión no aparece ya aislada en la vida sexual del niño, sino que es acogida en el conjunto de los procesos evolutivos típicos -por no decir normales- que ya conocemos.

Queda relacionada con el amor objetivado incestuoso del niño con su complejo de Edipo; surge por vez primera basada en este complejo, y a su desaparición queda subsistente como resto, muchas veces único, del mismo, como legataria de su carga libidinosa y sustentáculo de la conciencia de culpabilidad a él adherida.

Por último, la constitución sexual anormal ha mostrado su energía imponiendo al complejo de Edipo una orientación especial y obligándole a subsistir en un fenómeno residual desacostumbrado.

Como es sabido, la perversión infantil puede constituir la base del desarrollo de una perversión de igual sentido, que persista, a través de toda la existencia del sujeto, y devore por entero su vida sexual o, por el contrario, puede ser interrumpida y permanecer en el fondo de un desarrollo sexual normal, al cual robará, de todos modos, una cierta magnitud de energía.

El primer caso era ya conocido en la época preanalítica; pero el abismo abierto entre ambos ha sido cegado casi por completo por la investigación analítica de tales perversiones plenamente desarrolladas.

Hallamos, en efecto, con bastante frecuencia, que estos perversos han experimentado también, por lo general, en la época de la pubertad, una tendencia a la actividad sexual normal. Pero tal tendencia no fue lo bastante enérgica y quedó abandonada ante los primeros obstáculos, nunca ausentes, retrocediendo entonces el individuo definitivamente a la fijación infantil.

Naturalmente, sería muy importante saber si la génesis de las perversiones infantiles puede derivarse, de un modo general, del complejo de Edipo. No nos parece imposible; más para llegar a tal afirmación serían precisas ulteriores investigaciones.

Si recordamos las anamnesis logradas en adultos perversos, observamos que la impresión decisiva, la «primera experiencia» de todos estos perversos fetichistas, etc., no es situada casi nunca por ellos en tiempos anteriores a los seis años. Pero en esta época ha desaparecido ya el dominio del complejo de Edipo.

El suceso recordado, de tan enigmática eficiencia, pudiera constituir muy bien una supervivencia del mismo. Las relaciones entre él y el complejo, ya reprimido, tienen que permanecer en la oscuridad, mientras el análisis no llega a iluminar la época anterior a la primera impresión «patógena».

Habremos de pensar cuán poco valor tiene, por ejemplo, la afirmación de una homosexualidad congénita apoyada en la circunstancia de que la persona interesada había sentido ya, antes de los ocho o de los seis años, una inclinación hacia personas de su mismo sexo.

Pero si resulta posible derivar, en general, las perversiones del complejo de Edipo, nuestras hipótesis sobre el mismo quedarán nuevamente robustecidas.

Opinamos, en efecto, que el complejo de Edipo es el verdadero nódulo de la neurosis; y la sexualidad infantil que en él culmina, la verdadera condición de la misma, y afirmamos que los residuos subsistentes de él en lo inconsciente representan la disposición a una adquisición ulterior por el adulto de la enfermedad neurótica.

La fantasía de flagelación y otras fijaciones perversas análogas serían también entonces residuos del complejo de Edipo, cicatrices dejadas por el curso del proceso, del mismo modo que el sentimiento de inferioridad corresponde a tal cicatriz narcisista.

En este punto hemos de sumarnos sin reserva alguna a la hipótesis de Marcinowski, tan felizmente expuesta por él en un reciente estudio (Las fuentes eróticas del sentimiento de inferioridad, 1918).

Esta manía de inferioridad de los neuróticos es perfectamente compatible con una exagerada estimación de la propia persona, procedente de otras fuentes.

Sobre el origen del complejo de Edipo mismo, sobre el destino exclusivamente reservado del hombre, entre todos los seres, de tener que empezar dos veces la vida sexual: primeramente, como todas las demás criaturas, en la temprana infancia, y luego de nuevo, después de una larga interrupción, en la época de la pubertad, y sobre todo aquello que se enlaza a su «herencia arcaica», he manifestado ya mis opiniones, y no he de exponerlas nuevamente aquí.

El examen de nuestras fantasías de flagelación no nos aporta grandes datos sobre la génesis del masoquismo. Parece confirmarse ante todo que el masoquismo no es una manifestación instintiva primaria, sino que nace de un retorno del sadismo contra la propia persona, o sea por regresión desde el objeto al yo.

Hemos de aceptar, desde luego, y sobre todo en la mujer, la existencia de instintos de fin pasivo; pero la pasividad no constituye todo el masoquismo. Ha de agregarse aún su carácter displaciente, tan singular en la satisfacción como un instinto. La transformación del sadismo en masoquismo parece ser un producto del influjo de la conciencia de culpabilidad, que colabora a la represión.

Esta última se manifiesta, pues, aquí en tres efectos distintos: rechaza a lo inconsciente los resultados de la organización genital, impone a esta misma una regresión a la fase anterior sádico-anal y transforma su sadismo en masoquismo pasivo, y en cierto sentido, nuevamente narcisista.

El segundo de estos tres resultados se hace posible por la debilidad que hemos de atribuir a la organización genital en estos casos; el tercero resulta necesario porque la conciencia de culpabilidad siente ante el sadismo la misma repugnancia que ante la elección del objeto incestuoso de sentido genital.

Al parecer, es aportada por la nueva fase en que el niño entra, y cuando persiste a partir de ella parece corresponder a una cicatrización análoga a la constituida por el sentimiento de inferioridad.

Conforme a nuestra orientación, aún insegura, en la estructura del yo, lo adscribiríamos a aquella instancia que se opone, en calidad de conciencia crítica, al resto del yo, originando en el sueño el fenómeno funcional de Silberer y segregándose del yo, en el delirio de ser observado.

De pasada haremos constar también que el análisis de la perversión infantil aquí estudiada nos ayuda asimismo a resolver un antiguo enigma que, desde luego, ha preocupado siempre mucho más que a los analíticos a los investigadores ajenos al análisis.

Pero recientemente aún, el mismo E. Bleuler ha declarado singular e inexplicable que los neuróticos sitúen el onanismo en el centro de su conciencia de culpabilidad. Por nuestra parte hemos supuesto siempre que esta conciencia de culpabilidad se refería al temprano onanismo infantil y no al onanismo de la pubertad, y que en su mayor parte debía enlazarse no al acto onanista, sino a la fantasía subyacente, inconsciente y emanada del complejo de Edipo.

Hemos indicado ya cuál es la significación que adquiere la tercera fase, aparentemente sádica, de la fantasía de flagelación, como sustentáculo de la excitación que impone el onanismo, y cuál es la actividad imaginativa que suele provocar, en parte como continuación orientada en igual sentido, y en parte como compensación; pero la fantasía presenta como contenido la flagelación del sujeto por su padre.

No es sólo que continúe actuando por mediación de la siguiente, que la sustituye; podemos señalar también determinadas influencias ejercidas por ella sobre el carácter y derivadas directamente de su argumento inconsciente.

Aquellos hombres que llevan en sí tal fantasía desarrollan una susceptibilidad y una excitabilidad especial contra las personas que pueden ser incluidas en la serie paterna.

Se consideran vejados por ellas al menor pretexto y transfieren así a la realidad la situación imaginada de ser golpeados por el padre, para su mayor daño y vergüenza. No me admiraría descubrir esta misma fantasía como base de la manía de litigar paranoica.

VI Nuestra descripción de las fantasías de flagelación infantiles hubiera resultado harto intrincada si no la hubiéramos limitado a las observaciones efectuadas en sujetos femeninos.

De todos modos, repetiremos brevemente los resultados: la fantasía de flagelación forjada por la niña pasa por tres fases, de las cuales la primera y la última son conscientemente recordadas, permaneciendo, en cambio, inconsciente la segunda. Las dos fases conscientes parecen ser de naturaleza sádica, y la intermedia, inconsciente, de indudable naturaleza masoquista.

Su contenido es el de ser golpeada por el padre, enlazándose a ella una carga libidinosa y una conciencia de culpabilidad. El niño golpeado es, en las dos primeras fantasías, siempre distinto de la sujeto, y en la intermedia, siempre la propia persona de la misma.

En la tercera fase, consciente, son, por lo general, niños los maltratados. La persona que maltrata al niño es, desde un principio, el padre, sustituido luego por un subrogado perteneciente a la serie paterna. La fantasía inconsciente de la fase intermedia tenía originariamente una significación genital y surgió por represión y regresión del deseo incestuoso de ser amada por el padre.

Agregaré a esto, en un enlace menos íntimo, el hecho de que las niñas fantasean cambiar de sexo entre la segunda y la tercera fase, imaginándose ser niños.

Mi conocimiento de las fantasías de flagelación de los niños es mucho menor, quizá tan sólo por condiciones desfavorables del material. Naturalmente esperábamos hallar en los niños procesos análogos por completo a los descubiertos en las niñas, con la sola diferencia de quedar sustituido en la fantasía el padre por la madre.

Esta esperanza pareció confirmarse, pues la fantasía supuestamente correspondiente del niño tenía también como argumento el de ser golpeado por la madre (y más tarde por un subrogado suyo). Pero esta fantasía, en la cual aparecía como protagonista la propia persona del sujeto, se diferenciaba de las fantasías femeninas de la segunda fase en que podía hacerse consciente.

Más, al inclinarnos entonces a equipararla a la tercera fase de las fantasías femeninas, surgía una nueva diferencia, consistente en que la persona del niño no parecía sustituida por diversas niñas indeterminadas. Nuestra hipótesis de un completo paralelismo no obtuvo, pues, confirmación.

Mi material masculino comprendía tan sólo muy pocos casos de individuos con fantasías infantiles de flagelación, pero exentos de otras graves desviaciones de la actividad sexual, integrando, en cambio, mayor cantidad de personas que habían de ser consideradas como masoquistas propiamente dichas, en el sentido de la perversión sexual.

Se trataba de individuos que sólo encontraban su satisfacción sexual en el onanismo simultáneo a fantasías masoquistas o que habían logrado acoplar el masoquismo y la actividad genital en forma tal, que, dada una situación masoquista, conseguían la erección y la eyaculación, o quedaban capacitados para realizar el coito normal.

Entre estos casos había uno más raro, en el que la actividad perversa del individuo masoquista quedaba perturbada por la emergencia de representaciones obsesivas intolerablemente intensas.

Aquellos perversos que encuentran plena satisfacción en sus perversiones, solo raras veces poseen un motivo para someterse al análisis, pero los tres grupos de masoquistas antes indicados pueden encontrar enérgicos motivos para acudir al analítico.

El onanista masoquista se descubre totalmente impotente cuando intenta alguna vez el coito con una mujer, y aquellos otros que han podido realizarlo durante un tiempo más o menos largo con ayuda de una representación o una situación masoquista, pueden comprobar de pronto que esta cómoda alianza les falla por completo, pues los genitales no reaccionan ya al estímulo masoquista.

Estamos acostumbrados a prometer confiadamente a los individuos aquejados de impotencia psíquica que a nosotros acuden una segura curación; pero, en realidad, debíamos ser más prudentes en este pronóstico mientras nos es aún desconocida la dinámica de la perturbación.

Quedamos, en efecto, desagradablemente sorprendidos cuando el análisis nos revela la causa de la impotencia «simplemente psíquica» en una refinada actitud masoquista, hondamente arraigada quizá desde mucho tiempo atrás.

En estos individuos masoquistas realizamos un descubrimiento que nos invita a no continuar persiguiendo, de momento, una analogía con los procesos femeninos y a estudiar independientemente su caso. Resulta, en efecto, que tanto en sus fantasías masoquistas como en las situaciones creadas por ellos para transferir tales fantasías a la realidad se atribuyen regularmente el papel de la mujer, de manera que su masoquismo coincide con una actitud femenina.

Esta singularidad resulta fácil de comprobar en los detalles de las fantasías pero algunos pacientes se dan cuenta perfecta de ella y la confiesan con plena seguridad subjetiva.

Esta circunstancia no queda alterada por el hecho de que la escena masoquista tenga como argumento el castigo inferido por sus faltas a un niño, un paje y un aprendiz. Las personas que desempeñan en la fantasía el papel activo son siempre mujeres, lo mismo que en las situaciones creadas para transferir a la realidad tales fantasías.

Este hecho resulta un tanto desconcertante y nos induce a preguntarnos si ya el masoquismo de la fantasía infantil de flagelación no reposará también sobre tal actitud femenina.

Dejemos, pues, los hechos difícilmente explicables del masoquismo de los adultos y volvamos nuestra atención a las fantasías infantiles de flagelación forjadas por sujetos masculinos.

El análisis de la temprana época infantil nos procura de nuevo un sorprendente descubrimiento. La fantasía consciente o capaz de conciencia que tiene por contenido el ser golpeado por la madre no es primaria. Tiene un estadio preliminar regularmente inconsciente, y cuyo contenido es como sigue: Soy golpeado por mi padre.

Así, pues, este estadio preliminar corresponde realmente a la segunda fase de la fantasía en la niña. La fantasía consciente en la que el sujeto es pegado por la madre ocupa el lugar de la tercera fase femenina, en la cual, como ya indicamos, los objetos maltratados son niños desconocidos.

En cambio, no me ha sido posible hallar un estadio preliminar de naturaleza sádica comparable a la primera fase femenina; pero no quiero de todos modos negar la posibilidad de su existencia, pues sospecho la posibilidad de que existan tipos aún más complicados.

El «ser golpeado» de la fantasía masculina es también un «ser amado» degradado por regresión, en el sentido genital.

Así, pues, el contenido de la fantasía masculina inconsciente no fue: «Yo soy pegado por mi padre», como antes afirmamos provisionalmente, sino más bien: Yo soy amado por mi padre. Los procesos que ya conocemos lo han transmutado en la fantasía consciente que sigue: Yo soy pegado por mi madre. De este modo, la fantasía de flagelación del niño es desde un principio pasiva y ha surgido realmente de la actitud femenina con respecto al padre.

Corresponde también, como la femenina (la de la niña), al complejo de Edipo; pero al paralelismo por nosotros esperado entre ambas queda sustituido por una comunidad de otro género: la fantasía de flagelación se deriva en ambos casos del ligamen incestuoso al padre.

Conseguiremos mayor claridad en nuestra exposición enlazando aquí las demás coincidencias y divergencias entre las fantasías de flagelación de ambos sexos. En la niña, la fantasía inconsciente masoquista parte de la actitud normal producto del complejo de Edipo; en el niño, de la actitud inversa, que toma al padre como objeto erótico.

En la muchacha, la fantasía presenta un estadio preliminar (la primera fase), en la cual los maltratos surgen con una significación indiferente y recaen sobre una persona odiada por celos. Ambas circunstancias faltan en el niño, si bien es aún posible que una observación más afortunada consiga anular estas diferencias.

En la transición a la fantasía consciente sustitutiva, la niña conserva la persona del padre, y con ella, el sexo de la persona que ejerce el papel activo; en cambio, varían la persona golpeada y su sexo, de manera que al final es un hombre el que golpea a unos niños.

El niño cambia, por el contrario, la persona y el sexo del protagonista activo de la fantasía, sustituyendo al padre por la madre, y conserva su propia persona, de forma que al final la persona que golpea y la que recibe los golpes son de sexo diferente.

En la muchacha la situación masoquista (pasiva) original es transformada por la represión de una situación sádica, cuyo carácter sexual aparece muy borroso; en el niño conserva el carácter masoquista y mantiene, a consecuencia de la diferencia de sexo entre flagelador y flagelado, mayor analogía con la fantasía original de sentido genital.

El niño escapa a su homosexualidad por la represión y la transformación de la fantasía inconsciente; lo más singular de su fantasía ulteriormente consciente es que presenta una actitud femenina sin una elección homosexual de objeto.

En cambio, la niña elude por completo en el mismo proceso las exigencias de la vida erótica; imagina ser un hombre, aunque sin desarrollar actividad alguna masculina, y se limita a presenciar, como simple espectadora, aquel acto, sustitutivo de otro sexual.

No es aventurado suponer que la represión de la fantasía primitiva consciente no provoca grandes modificaciones. Todo lo reprimido y sustituido para la conciencia es conservado en lo inconsciente y no pierde su capacidad eficiente. No pasa, en cambio, lo mismo con la regresión a una fase más temprana de la organización sexual.

De éste hemos de suponer que también modifica las condiciones de lo inconsciente, en forma que, después de la represión, y tanto en los sujetos masculinos como en los femeninos, la fantasía masoquista de ser pegado por el padre perdura en lo inconsciente. No faltan tampoco indicios de que la represión no ha conseguido sino muy imperfectamente sus intenciones.

El niño que tendía a eludir la elección homosexual de objeto y que no ha cambiado de sexo se siente, sin embargo, mujer en sus fantasías y adorna a la mujer flageladora con atributos y cualidades masculinas. La niña que ha renunciado a su sexo y ha realizado, en general, una labor represora fundamental no se libera, sin embargo, del padre ni se atreve a adoptar en la flagelación el papel activo, y como se ha convertido en chico, hace que sean casi siempre niños los objetos de la flagelación.

Sé muy bien que las diferencias indicadas entre las fantasías de flagelación de los niños y de las niñas no han quedado suficientemente aclaradas; pero no emprendo la tentativa de desvanecer estas complicaciones investigando los factores de los cuales dependen, porque no juzgo tampoco suficiente el material de observación hasta ahora reunido.

Pero sí quiero aprovechar este material para la contrastación de dos teorías opuestas entre sí, que se refieren ambas a la relación de la represión con el carácter sexual, considerando cada una de ellas en su sentido más íntimo. La primera de estas teorías es anónima.

Me fue expuesta hace muchos años por un colega con el que entonces me unían lazos de amistad. Su amplia sencillez resulta tan atractiva, que nos preguntamos, asombrados, cómo no ha trascendido aún a la publicidad más que en ligeras indicaciones aisladas.

Se apoya en la constitución bisexual de los individuos humanos y afirma que la lucha de los caracteres sexuales es en todos y cada uno de ellos el motivo de la represión.

El sexo más enérgicamente desarrollado predominante en la persona habría reprimido y relegado a lo inconsciente los elementos anímicos representativos del sexo sojuzgado.

El nódulo de lo inconsciente, lo reprimido, sería, pues, en todo individuo, la parte del sexo contrario integrada en él. Todo esto sólo adquiere un sentido si consideramos determinado el sexo de un individuo por la estructura de sus genitales, pues si no, resultará difícil precisar cuál es el sexo predominante en un ser humano, y corremos el peligro de derivar precisamente de la investigación aquello que había de constituir su punto de apoyo.

En concreto: en el hombre, lo inconsciente reprimido está formado por sus impulsos instintivos femeninos, y por los masculinos en la mujer.

La segunda teoría tiene un origen más reciente. Coincide con la primera en considerar también decisiva para la represión la lucha de los sexos. Pero en los demás se opone a ello. No utiliza apoyos biológicos, sino sociológicos.

Es la teoría de la «protesta masculina», formulada por Alfred Adler, y afirma que todo individuo se resiste a permanecer en la «línea femenina» inferior y tiende hacia la línea masculina, única satisfactoria. Por esta «protesta masculina» explica Adler, en general, tanto la formación de las neurosis como la del carácter.

Desgraciadamente, Adler establece tan poca separación entre ambos procesos y desatiende tan considerablemente la represión, que se corre el peligro de caer en error al querer aplicar a la represión la teoría de la protesta masculina.

A mi juicio, el resultado de esta tentativa sería el de hallar, como motivo de la represión, la tendencia a abandonar la línea femenina. Lo represor sería, pues, siempre un impulso instintivo masculino, y lo reprimido, un impulso femenino del mismo orden. Pero también el síntoma sería resultado de un impulso femenino, pues no podemos dejar de considerarlo como una sustitución de lo reprimido, emergente, a pesar de la represión.

Contrastemos ahora las dos teorías coincidentes, por decirlo así, en una sexualización del proceso de la represión en el ejemplo de la fantasía de flagelación aquí estudiado. La fantasía primitiva, «Yo soy maltratado por el padre», corresponde, en el niño, a una actitud femenina, siendo, por tanto, una manifestación de su disposición sexual contraria.

Si esta disposición sucumbe a la represión, estará en lo cierto la primera teoría, que hace coincidir la perteneciente al sexo contrario con lo reprimido.

No corresponde, desde luego, a nuestras esperanzas el hecho de que aquello que surge una vez efectuada la represión, esto es, la fantasía consciente, muestre de nuevo la actitud femenina, aunque referida ahora a la madre. Pero no queremos entrar a examinar las dudas cuando tenemos tan cerca la decisión.

La fantasía primitiva de las niñas, «Yo soy maltratada (o sea amada) por mi padre», corresponde, desde luego, como actitud femenina, al sexo predominante y manifiesto en ellas y debería, por tanto, escapar a la represión, no teniendo por qué devenir inconsciente. Pero, en realidad, es reprimida y sustituida por una fantasía consciente que niega el carácter sexual predominante.

Esta teoría es, pues, inaprovechable para la comprensión de las fantasías de flagelación y queda rechazada por ellas.

Podría objetarse que los sujetos que forjan estas fantasías son niños afeminados y niñas hombrunas o atribuir a un rasgo femenino del niño la génesis de la fantasía pasiva y a un rasgo masculino de la niña su represión. Probablemente aceptaríamos nosotros tal explicación; pero, no obstante, la relación afirmada entre el carácter sexual manifiesto y la selección de lo destinado a la represión continuaría siendo insostenible.

En el fondo no vemos sino que tanto en los individuos masculinos como en los femeninos se dan a la vez impulsos masculinos y femeninos, que pueden igualmente ser relegados a lo inconsciente por la represión. La teoría de la protesta masculina parece resistir mejor el contraste con los fantasmas de flagelación.

Tanto en el niño como en la niña corresponde esta fantasía a una actitud femenina, o sea a una permanencia en la línea femenina, y los dos sexos se apresuran a librarse de esta actitud por medio de la represión.

De todos modos, la protesta masculina no parece alcanzar un éxito completo más que en las niñas, en las cuales se nos ofrece aquí realmente un ejemplo ideal de la acción de la protesta masculina.

En los niños, el resultado no es completamente satisfactorio, pues no queda abandonada la línea femenina. Obraremos. pues, de acuerdo con las consecuencias deducidas de la teoría reconociendo en esta fantasía un síntoma nacido del fracaso de la protesta masculina. Nos estorba, sin embargo, un tanto el hecho de que la fantasía de la niña, nacida de la represión, muestre también el valor y la significación de un síntoma.

En este caso, en el que la protesta masculina ha conseguido por completo su intención, debía faltar toda posibilidad de producción de síntomas.

Antes de derivar de esta dificultad la sospecha de que la teoría de la protesta masculina es inaplicable a los problemas de la neurosis y las perversiones. apartaremos nuestra atención de las fantasías de flagelación para orientarlas hacia otras manifestaciones instintivas de la vida sexual infantil, que también sucumben a la represión.

Es indudable que también existen deseos y fantasías que conservan desde un principio la línea masculina y son manifestaciones de impulsos instintivos masculinos; por ejemplo, los impulsos sádicos o los deseos del niño con relación a su madre, emanados del complejo de Edipo normal.

Es igualmente indudable que también estos impulsos sucumben a la represión. Ahora bien: si la protesta masculina puede explicarnos satisfactoriamente la represión de las fantasías pasivas, luego masoquistas, ello mismo la hace inutilizable para el caso inverso de las fantasías activas. O lo que es lo mismo: la teoría de la protesta masculina es inconciliable con el hecho de la represión.

Sólo quien esté dispuesto a rechazar todas las conquistas psicológicas logradas desde la primera cura catártica de Breuer, y como consecuencia de ella, puede esperar que el principio de la protesta masculina adquiera alguna significación en la explicación de las neurosis y las perversiones.

La teoría basada en la observación sostiene que los motivos de la represión no deben ser sexualizados. La herencia arcaica del hombre constituye el nódulo de lo inconsciente anímico, y todo aquello que en el progreso hacia fases evolutivas ulteriores ha de ser dejado atrás por inútil, incompatible con lo nuevo o perjudicial para ello, sucumbe a la represión.

Esta selección se consigue en un grupo de instintos mejor que en el otro. Los instintos sexuales que forman este último logran, por causas especiales repetidamente señaladas, malograr la intención de la resistencia e imponer una representación suya por medio de perturbadores productos sustitutivos.

Por esta causa, la sexualidad infantil vencida por la represión es la fuerza impulsora principal de la formación de síntomas, y el elemento principal de su contenido, el complejo de Edipo, el complejo nodular de la neurosis.

Creo haber sugerido con el presente estudio la posibilidad de derivar también del mismo complejo las aberraciones sexuales, tanto de la infancia como de la edad adulta.

FreudEn un nuevo libro de Havelock Ellis, el meritísimo investigador de la sexualidad y noble crítico del psicoanálisis – The philosophy of conflict and other essays in war time, segunda serie. Londres, 1919-, aparece un ensayo titulado Psychoanalysis in relation to sex, encaminado a demostrar que la obra del creador del psicoanálisis no debe considerarse como una labor científica sino como una labor artística.

Aunque este juicio aparece expresado en forma amabilísima e incluso excesivamente halagüeña, tenemos que ver en él una nueva manifestación de la resistencia y una repulsa del psicoanálisis, y hemos de rechazarlo resueltamente.

Pero no es esta crítica la que nos ha llevado a ocuparnos del citado ensayo de Havelock Ellis, sino la mención en él contenida de un autor anterior al psicoanálisis que hubo ya de practicar y recomendar, aunque para distintos fines, la técnica de la asociación espontánea, teniendo así un derecho a ser considerado en esta cuestión como un precursor de los psicoanalíticos.

«En el año de 1857 -escribe Havelock Ellis-, el doctor J. J. Garth Wilkinson, más conocido como poeta y místico que como médico, publicó un tomo de poesías místicas que pretendía haber compuesto conforme a un breve método, al que daba el nombre de Impresión. ‘Se elige un tema -dice-, e inmediatamente después de escribir el título, podemos ya considerar la primera ocurrencia que acuda a nuestro pensamiento como el paso inicial en el desarrollo del tema, aunque la palabra o la frase de que se trate nos parezca extraña o ajena a él. El primer movimiento de nuestro espíritu, la primera palabra que a nosotros acude, es ya el resultado de la tendencia a adentrarnos en el tema propuesto.’

‘Siguiendo consecuentemente este procedimiento -añade Garth Wilkinson– acabamos siempre por penetrar hasta el corazón mismo de las cosas, como guiados por un instinto infalible.’

Según Wilkinson, esta técnica atraía a la superficie nuestras más profundas tendencias inconscientes, obligándolas a manifestarse.

Aconsejaba dejar a un lado toda reflexión y toda voluntad y confiarse a la improvisación, con la seguridad de que, haciéndolo así, nuestras facultades espirituales se orientarán hacia fines desconocidos.

No debemos olvidar que, aunque Wilkinson era médico, utilizó solamente esta técnica para fines religiosos y literarios, nunca para fines médicos o científicos; mas, de todos modos no es difícil ver que en lo esencial se trata de la técnica psicoanalítica, aplicada a la propia persona, constituyendo una prueba más de que el método de Freud es realmente el de un artista.

Los lectores familiarizados con la literatura psicoanalítica recordarán aquel bello pasaje de la correspondencia de Schiller con Korner en el que Schiller habla de las asociaciones espontáneas como de un elemento importantísimo de la producción literaria.

Es, pues, de suponer que la técnica que Wilkinson creía nueva hubiese sido ya vislumbrada por otros muchos escritores, y su aplicación sistemática en el psicoanálisis, más que una prueba de la idiosincrasia artística de Freud, constituye una consecuencia de su firme convencimiento de la absoluta determinación de todo el suceder anímico.

De esta convicción tenía que deducirse, como posibilidad más inmediata y verosímil, la pertenencia de la asociación espontánea al tema fijado, tal y como luego nos lo comprueba el análisis, cuando la acción de resistencias demasiado intensas no hace irreconocible la conexión.

De todos modos, puede asegurarse que ni Schiller ni Garth Wilkinson han influido para nada en la elección de la técnica psicoanalítica. De existir aquí alguna relación personal, ha de buscarse en otro lado. No hace mucho, el doctor Hugo Duborvitz, de Budapest, llamó la atención del doctor Ferenczi sobre un breve ensayo de Ludwing Börne, publicado en 1823 y reproducido luego en el tomo primero de sus Obras completas (edición de 1862).

Se titula EL ARTE DE LLEGAR A SER UN ESCRITOR ORIGINAL EN TRES DÍAS, y parece escrito a la manera de Jean Paul, cuya estela seguía Börne por entonces. Concluye con las palabras siguientes:

«Voy a exponer ahora el método prometido. Tomad unos cuantos pliegos de papel y escribid durante tres días, sin falsedad ni hipocresía, todo lo que se os ocurra. Escribid lo que pensáis de vosotros mismos, de vuestras mujeres, de la guerra contra los turcos, de Goethe, del proceso criminal de Fonk, del juicio final, de vuestros superiores, y al cabo de los tres días quedaréis maravillados ante la serie de ideas originales e inauditas que han acudido a vuestro pensamiento. Tal es el arte de llegar a ser en tres días un escritor original.»

Cuando el profesor Freud leyó este ensayo de Börne, comunicó una serie de datos que pueden ser muy importantes para la prehistoria del aprovechamiento psicoanalítico de las asociaciones espontáneas.

Manifestó, en efecto, que al cumplir los catorce años le habían sido regaladas las obras de Börne y que precisamente este libro era el único que aún conservaba de aquel tiempo. Börne había sido el primer escritor que había captado profundamente su atención. No conservaba recuerdo alguno del ensayo de que ahora se trataba; pero, en cambio, el de otros contenidos en el mismo volumen habían surgido de cuando en cuando en su memoria, sin causa visible, durante largos años.

Sobre todo, le asombraba hallar en el primero algunas ideas que él siempre había mantenido y defendido. Por ejemplo:

«A todos nos detiene un funesto miedo de pensar. Más rigurosa que la censura de los Gobiernos es la que ejerce la opinión pública sobre la obra de nuestro espíritu.»

(También encontramos ya citada aquí la «censura», que luego ha reaparecido en el psicoanálisis como censura onírica…)

«Lo que les falta a muchos escritores para ser mejores no es inteligencia, sino carácter… La sinceridad es la fuente del genio, y los hombres serían más inteligentes si fueran más morales…»

No parece, pues, imposible que esta referencia al ensayo de Börne nos haya descubierto un ejemplo de aquella parte de «criptoamnesia» oculta seguramente en muchos casos detrás de una supuesta originalidad.

FreudNunca hemos pretendido haber alcanzado la cima de nuestro saber ni de nuestro poder, y ahora, como antes, estamos dispuestos a reconocer las imperfecciones de nuestro conocimiento, añadir a él nuevos elementos e introducir en nuestros métodos todas aquellas modificaciones que puedan significar un progreso.

Viéndonos reunidos de nuevo, después de largos años de separación, durante los cuales hemos luchado animosamente por nuestra disciplina, he de inclinarme a revisar el estado de nuestra terapia y a examinar en qué nuevas direcciones podría continuar su desarrollo.

Hemos formulado nuestra labor médica determinando que consiste en revelar al enfermo neurótico sus tendencias reprimidas inconscientes, y descubrir con este fin las resistencias que en él se oponen a semejante ampliación de su conocimiento de sí mismo.

El descubrimiento de estas resistencias no equivale siempre a su vencimiento; pero una vez descubiertas confiamos en alcanzar este último resultado utilizando la transferencia del enfermo sobre la persona del médico para infundirle nuestra convicción de la falta de adecuación de las represiones desarrolladas en la infancia y de la imposibilidad de vivir conforme a las normas del principio del placer.

Ya en otro lugar hube de exponer los caracteres dinámicos de este nuevo conflicto que sustituimos en el enfermo al anterior, patológico, y por ahora no tengo nada que agregar a dicha exposición.

A la labor por medio de la cual hacemos llegar lo reprimido a la conciencia del enfermo le hemos dado el nombre de psicoanálisis. ¿Por qué análisis, término que significa descomposición y disociación y hace pensar en una semejanza con la labor que el químico realiza en su laboratorio con los cuerpos que la Naturaleza le ofrece?

Porque en realidad existe una tal analogía en cuanto a un punto importantísimo. Los síntomas y las manifestaciones patológicas del enfermo son, como todas sus actividades anímicas, de naturaleza compuesta. Los elementos de esta composición son, en último término, motivos o impulsos instintivos. Pero el enfermo no sabe nada, o sólo muy poco, de estos motivos elementales.

Somos nosotros los que le descubrimos la composición de estos complicadísimos productos psíquicos; referimos los síntomas a las tendencias instintivas que los motivan, y le revelamos en sus síntomas la existencia de tales motivos instintivos, que hasta entonces desconocía, como el químico que aísla el cuerpo simple, el elemento químico, de la sal, en la cual se había mezclado con otros elementos, haciéndose irreconocible.

Igualmente, mostramos al enfermo, en sus manifestaciones anímicas no consideradas patológicas, que tampoco era perfecta su conciencia de la motivación de las mismas, en la cual han intervenido motivos instintivos que no ha llegado a conocer.

También hemos arrojado mucha luz sobre el instinto sexual, descomponiéndolo en sus elementos, y cuando interpretamos un sueño, prescindimos de considerarlo como un todo y enlazamos la asociación a cada uno de sus factores. De esta justificada comparación de la actividad médica psicoanalítica con una labor química podría surgir una nueva orientación de nuestra terapia. Hemos analizado al enfermo, esto es, hemos descompuesto su actividad anímica en sus componentes elementales, y hemos mostrado en él, aislados, estos elementos instintivos.

Lo inmediato será pedirnos que le ayudemos también a conseguir una síntesis nueva y mejor de los mismos. Todos sabéis que, en efecto, nos ha sido ya dirigida tal demanda.

Se nos ha dicho que al análisis de la vida anímica enferma debe seguir la síntesis de la misma, e incluso ha surgido la preocupación de que quizá podía llevarse a cabo demasiado análisis y demasiado poca síntesis y se ha mostrado una tendencia a desplazar el peso capital de la acción psicoterapéutica sobre esta síntesis.

Por mi parte, no puedo creer que se nos plantee en esta psicosíntesis una nueva labor.

Si quisiera permitirme ser sincero y un tanto descortés, diría que no se trata más que de una palabra vacía. Pero me limitaré a observar que constituye únicamente una inútil extensión de una comparación o, si queréis, un abuso injustificado de una denominación.

Un nombre no es más que una etiqueta que ponemos a una cosa para diferenciarla de otras análogas, no un programa ni una definición y una comparación no precisa tocar más que en un punto lo comparado, y puede alejarse mucho de ello en todo lo demás. Lo psíquico es algo tan singularmente único, que ninguna comparación puede definir su naturaleza.

La labor psicoanalítica ofrece analogías con el análisis químico, pero también con la intervención del cirujano, el auxilio del ortopédico y la influencia del pedagogo. La comparación con el análisis químico queda limitada por el hecho de que en la vida psíquica hemos de operar con impulsos dominados por una tendencia a la unificación y a la síntesis.

Cuando conseguimos descomponer un síntoma, separar un impulso instintivo de la totalidad en que se hallaba incluido, no permanece aislado, sino que se incluye en seguida en otra nueva totalidad .

Así, en realidad, el enfermo neurótico nos aporta una vida anímica desgarrada, disociada por las resistencias; pero mientras la analizamos y suprimimos las resistencias, esta vida anímica va soldándose, y la gran unidad en la que vemos el yo del sujeto va incorporándose a todas las tendencias instintivas que hasta entonces permanecían disociadas de ella y ligadas a otros elementos.

La psicosíntesis se realiza, pues, en el enfermo, de un modo automático e inevitable, sin necesidad de nuestra intervención. Con la descomposición de los síntomas y la supresión de las resistencias hemos creado las condiciones de esta síntesis. No es cierto que el enfermo halla algo descompuesto en sus elementos que espere pacientemente a que nosotros lo unifiquemos.

Así pues, el desarrollo de nuestra terapia emprenderá quizá otros caminos ante todo aquellos a los que Ferenczi ha dado el nombre de psicoanálisis activo en su reciente trabajo sobre las «Dificultades técnicas del análisis de una histeria» (Internat. Zeitschcrift f. Psychoanalyse, V. 1919).

Veamos, rápidamente, en qué puede consistir esta conducta activa del analista.

Hasta ahora nuestra labor terapéutica se circunscribía a hacer consciente lo reprimido y descubrir las resistencias, tarea ya suficientemente activa.

Pero ¿debemos acaso abandonar por completo al enfermo la empresa de vencer las resistencias que le hemos revelado? ¿No podemos prestarle en ella más ayuda que la emanada de la transferencia? ¿No será más natural continuar nuestro apoyo colocándolo en la situación psíquica más favorable a la solución deseada del conflicto?

Su afección depende también de múltiples circunstancias exteriores. ¿Habremos de reparar en modificar esta constelación, interviniendo en ella de un modo adecuado? A mi juicio, semejante actividad del médico analítico está más que suficientemente justificada.

Como veréis, se abre aquí a la técnica analítica un nuevo campo, cuya explotación exigirá una penetrante labor, conforme a reglas especialísimas. No he de intentar iniciaros hoy en esta técnica, todavía en formación, y me limitaré a hacer resaltar un principio que constituirá seguramente la norma fundamental de nuestra acción en este nuevo campo. Helo aquí: La cura analítica ha de desarrollarse, dentro de lo posible, en la abstinencia.

No podemos entrar a determinar aquí los límites de semejante posibilidad, a cuya fijación habremos de dedicar un estudio detallado.

Pero sí quiero hacer constar que el concepto de abstinencia no supone la ausencia de toda satisfacción -cosa, naturalmente, imposible- ni ha de interpretarse tampoco en su sentido vulgar de abstención del comercio sexual, sino que entraña un significado distinto, mucho más estrechamente enlazado a la dinámica de la adquisición de la enfermedad y de su curación.

Recordaréis que lo que hizo enfermar al sujeto fue una privación, y que sus síntomas constituyen para él una satisfacción sustitutiva. Durante la cura podéis observar que todo alivio de su estado patológico retarda la marcha del restablecimiento y disminuye la fuerza instintiva que impulsa hacia la curación.

Ahora bien: no nos es posible en modo alguno renunciar a esta fuerza instintiva, y toda disminución de la misma significa un peligro para nuestros propósitos terapéuticos. ¿Cuál será entonces la consecuencia obligada? Que, por muy cruel que parezca, hemos de cuidar de que la dolencia del enfermo no alcance un término prematuro.

Al quedar mitigada por la descomposición y la desvalorización de los síntomas, tenemos, pues, que instituir otra nueva, sensible privación, pues si no corremos peligro de no alcanzar ya nunca más que alivios insignificantes y pasajeros.

Este peligro nos amenaza, que yo sepa, por dos lados. En primer lugar, el enfermo se esfuerza afanosamente en crearse nuevas satisfacciones sustitutivas, exentas ya de carácter patológico, en lugar de sus síntomas.

Aprovecha la extraordinaria facultad de desplazamiento de la libido parcialmente libertada para cargar de libido las más diversas actividades, preferencias y costumbres y elevarlas a la categoría de satisfacciones sustitutivas.

Encuentra constantemente nuevas derivaciones de este género que acaparan la energía necesaria para la propulsión de la cura y sabe mantenerlas secretas durante algún tiempo.

Se nos plantea así la labor de ir descubriendo todas estas desviaciones y exigir al paciente que renuncie a ellas, por muy inocente que parezca la actividad conducente a la satisfacción. Pero el enfermo a medias curado puede también emprender caminos más peligrosos; por ejemplo, ligarse irreflexiva y precipitadamente a una mujer.

Observaremos, de pasada, que las sustituciones más corrientes de la neurosis son, en estos casos, una boda irreflexiva y desgraciada o una enfermedad orgánica, situaciones que satisfacen especialmente la conciencia de culpabilidad (necesidad de castigo) que mantiene a muchos enfermos tan tenazmente adheridos a su neurosis.

El sujeto se castiga a sí mismo con una elección matrimonial poco afortunada o acepta como un castigo del Destino una larga enfermedad orgánica y renuncia entonces, muy frecuentemente, a una continuación de la neurosis.

La actividad del médico ha de manifestarse en todas estas situaciones como una enérgica oposición a las satisfacciones sustitutivas prematuras.

El segundo de los peligros que amenazan la energía propulsora del análisis resulta más fácil de precaver. Consiste en que el enfermo buscará preferentemente la satisfacción sustitutiva en la cura misma, en la relación de transferencia con el médico e incluso tenderá a encontrar por este camino una compensación total de las privaciones que en otros terrenos le han sido impuestas.

Desde luego, habremos de hacerle alguna concesión a este respecto, y más o menos amplia según la naturaleza del caso y la idiosincrasia del enfermo. Pero no es conveniente extremar la tolerancia.

El analítico que se deja arrastrar por su filantropía y otorga al enfermo una tolerancia excesiva comete la misma falta económica de que se hacen culpables nuestros sanatorios no analíticos.

Estos tienden exclusivamente a hacer que la cura resulte lo más grata posible, para que el enfermo busque de nuevo en ellos un refugio cada vez que la vida le presente alguna de sus dificultades. Pero con ello renuncian a fortificarle ante la vida y a aumentar su capacidad para resolver sus problemas personales.

En la cura analítica debe evitarse todo esto. Gran parte de los deseos del enfermo, en cuanto a su relación con el médico, habrán de quedar incumplidos, debiendo serle negada precisamente la satisfacción de aquellos que parezcan mas intensos y que él mismo manifieste con mayor apremio.

El principio de mantener la abstinencia durante la cura no agota el contenido de la actividad del médico. Otra de las orientaciones de esta actividad ha sido ya objeto de discusión entre la escuela suiza y nosotros. Por nuestra parte rehusamos decididamente adueñarnos del paciente que se pone en nuestras manos y estructurar su destino, imponerle nuestros ideales y formarle, con orgullo creador, a nuestra imagen y semejanza.

Mi opinión continúa siendo hoy contraria a semejante conducta, que, además de transgredir los límites de la actuación médica, carece de toda utilidad para la obtención de nuestro fin terapéutico. Personalmente he podido auxiliar con toda eficacia a sujetos con los que no me unía comunidad alguna de raza, educación, posición social o principios, sin perturbar para nada su idiosincrasia.

De todos modos, al desarrollarse la discusión antes citada, experimenté la impresión de que el analítico que llevaba la voz de nuestro grupo -creo que era E. Jones– procedía con demasiada intransigencia.

No podemos evitar encargarnos también de pacientes completamente inermes ante la vida, en cuyo tratamiento habremos de agregar al influjo analítico una influencia educadora, y también con los demás surgirán alguna vez ocasiones en las que nos veremos obligados a actuar como consejeros y educadores.

Pero en estos casos habremos de actuar siempre con máxima prudencia, tendiendo a desarrollar y robustecer la personalidad del paciente en lugar de imponerle las directrices de la nuestra propia.

Nuestro venerado amigo J. Putnam, a quien hemos de estar reconocidos por su defensa del psicoanálisis en el ambiente norteamericano tan hostil a él, habrá de perdonarnos que tampoco aceptemos su demanda de colocar el psicoanálisis al servicio de una determinada concepción filosófica del universo e imponer ésta a los pacientes para su mayor ennoblecimiento espiritual. También esto constituiría una violencia, aunque encubierta por la más noble intención.

El descubrimiento de que las distintas formas patológicas que tratamos no pueden ser curadas todas con la misma técnica nos ha impuesto otra especie totalmente distinta de actividad.

Sería prematuro tratar ya aquí detalladamente de esta cuestión, pero sí puedo haceros ver, en dos ejemplos, en qué medida surge aquí una nueva modalidad activa de nuestros métodos.

Nuestra técnica se ha desarrollado en el tratamiento de la histeria y permanece aún orientada hacia esta afección. Pero las fobias nos obligan ya a salirnos de nuestra conducta habitual. No conseguiremos jamás dominar una fobia si esperamos a que el análisis llegue a mover al enfermo a abandonarla, pues no aportará entonces nunca el análisis el material indispensable para conseguir una explicación convincente de la misma.

Por tanto, habremos de seguir otro camino. Tomemos como ejemplo la agorafobia en sus dos grados, leve y grave.

El enfermo de agorafobia leve siente miedo de ir solo por la calle, pero no ha renunciado a hacerlo.

El enfermo grave se protege ya contra la angustia, renunciando en absoluto a salir solo. Con estos últimos no alcanzaremos jamás resultado positivo alguno si antes no conseguimos resolverlos, por medio del influjo analítico, a conducirse como los primeros, esto es, a salir solos a la calle, aunque durante tales tentativas hayan de luchar penosamente con la angustia.

Así pues, hemos de tender antes a mitigar la fobia, y una vez conseguido esto mediante nuestra intervención activa, el enfermo se hace ya con aquellas ocurrencias y recuerdos que permiten la solución de la fobia.

La actitud expectante pasiva parece aún menos indicada en los casos graves de actos obsesivos, los cuales tienden, en general, a un proceso curativo «asintótico», a una duración indefinida del tratamiento, surgiendo en ellos, para el análisis, el peligro de extraer a luz infinidad de cosas sin provocar modificación alguna del estado patológico.

A mi juicio, la única técnica acertada en estos casos consiste en esperar a que la cura misma se convierta en una obsesión, y dominar entonces violentamente con ella la obsesión patológica.

De todos modos, no debéis olvidar que con estos dos ejemplos he querido solamente presentaros una muestra de las nuevas direcciones en que parece comenzar a orientarse nuestra terapia. Para terminar, quisiera examinar con vosotros una situación que pertenece al futuro y que acaso os parezca fantástica. Pero, a mi juicio, merece que vayamos acostumbrando a ella nuestro pensamiento.

Sabéis muy bien que nuestra acción terapéutica es harto restringida.

Somos pocos, y cada uno de nosotros no puede tratar más que un número muy limitado de enfermos al año, por grande que sea su capacidad de trabajo. Frente a la magnitud de la miseria neurótica que padece el mundo y que quizá pudiera no padecer, nuestro rendimiento terapéutico es cuantitativamente insignificante.

Además, nuestras condiciones de existencia limitan nuestra acción a las clases pudientes de la sociedad, las cuales suelen elegir por sí mismas sus médicos, siendo apartadas del psicoanálisis, en esta elección, por toda una serie de prejuicios. De este modo, nada nos es posible hacer aún por las clases populares, que tan duramente sufren bajo las neurosis.

Supongamos ahora que una organización cualquiera nos permita aumentar de tal modo nuestro número que seamos ya bastantes para tratar grandes masas de enfermos. Por otro lado, es también de prever que alguna vez habrá de despertar la conciencia de la sociedad y advertir a ésta que los pobres tienen tanto derecho al auxilio del psicoterapeuta como al del cirujano, y que las neurosis amenazan tan gravemente la salud del pueblo como la tuberculosis, no pudiendo ser tampoco abandonada su terapia a la iniciativa individual.

Se crearán entonces instituciones médicas en las que habrá analistas encargados de conservar capaces de resistencia y rendimiento a los hombres que, abandonados a sí mismos, se entregarían a la bebida, a las mujeres próximas a derrumbarse bajo el peso de las privaciones y a los niños, cuyo único porvenir es la delincuencia o la neurosis.

El tratamiento sería, naturalmente, gratis. Pasará quizá mucho tiempo hasta que el Estado se dé cuenta de la urgencia de esta obligación suya. Las circunstancias actuales retrasarán acaso todavía más este momento, y es muy probable que la beneficencia privada sea la que inicie la fundación de tales instituciones. Pero indudablemente han de ser un hecho algún día.

Se nos planteará entonces la labor de adaptar nuestra técnica a las nuevas condiciones. No dudo que el acierto de nuestras hipótesis psicológicas impresionará también los espíritus populares, pero, de todos modos, habremos de buscar la expresión más sencilla y comprensible de nuestras teorías.

Seguramente comprobaremos que los pobres están aún menos dispuestos que los ricos a renunciar a su neurosis, pues la dura vida que los espera no les ofrece atractivo alguno y la enfermedad les confiere un derecho más a la asistencia social.

Es probable que sólo consigamos obtener algún resultado cuando podamos unir a la ayuda psíquica una ayuda material, a estilo del emperador José.

Asimismo, en la aplicación popular de nuestros métodos habremos de mezclar quizá el oro puro del análisis al cobre de la sugestión directa, y también el influjo hipnótico pudiera volver a encontrar aquí un lugar, como en el tratamiento de las neurosis de guerra. Pero cualesquiera que sean la estructura y composición de esta psicoterapia para el pueblo, sus elementos más importantes y eficaces continuarán siendo, desde luego, los tomados del psicoanálisis propiamente dicho, riguroso y libre de toda tendencia.


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