Planeta Freud

Archive for agosto 25th, 2009

Psicoanálisis

FreudPsicoanálisis es el nombre:

  1. De un método para la investigación de procesos anímicos capaces inaccesibles de otro modo.
  2. De un método terapéutico de perturbaciones neuróticas basado en tal investigación; y
  3. De una serie de conocimientos psicológicos así adquiridos, que van constituyendo paulatinamente una nueva disciplina científica.

(1)

Historia. – Como mejor puede llegarse a la comprensión del psicoanálisis es siguiendo la trayectoria de su génesis y su evolución.

En los años 1880 y 1881, el doctor José Breuer, de Viena, conocido como médico internista y perito en Fisiología experimental, tuvo sometida a tratamiento a una muchacha que había enfermado gravemente de histeria en ocasión de hallarse prestando su asistencia a su padre durante una larga y penosa dolencia.

El cuadro patológico se componía de parálisis motoras, inhibiciones y trastornos de la conciencia.

Siguiendo una indicación de la propia enferma, muy inteligente, empleó con ella el hipnotismo, y comprobó que una vez que la sujeto comunicaba durante la hipnosis los efectos y las ideas que la dominaban, volvía al estado psíquico normal.

Por medio de la repetición consecuente del mismo trabajoso procedimiento, consiguió libertarla de todas sus inhibiciones y parálisis, hallando así recompensado su trabajo por un gran éxito terapéutico y por descubrimientos inesperados sobre la esencia de la enigmática neurosis.

Pero Breuer se abstuvo de llevar más allá su descubrimiento, e incluso lo silenció durante casi diez años, hasta que, a mi retorno a Viena (1886), después de seguir un curso en la clínica de Charcot, conseguí moverle a volver al tema y a laborar conmigo sobre él.

Luego, en 1893, publicamos, en colaboración, una comunicación provisional, titulada SOBRE EL MECANISMO PSÍQUICO DE LOS FENÓMENOS HISTÉRICOS, y en 1895 un libro, ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA, en el que dimos a nuestra terapia el nombre de «método catártico» (4.ª edición en 1922).

(2)

La catarsis.- De las investigaciones que constituían la base de los estudios de Breuer ymíos se deducían, ante todo, dos resultados: primero, que los síntomas histéricos entrañan un sentido y una significación, siendo sustitutivos de actos psíquicos normales; y segundo, que el descubrimiento de tal sentido incógnito coincide con la supresión de los síntomas, confundiéndose así, en este sector, la investigación científica con la terapia.

Las observaciones habían sido hechas en una serie de enfermos tratados con la primera paciente de Breuer, o sea por medio del hipnotismo, y los resultados parecían excelentes hasta que más adelante se hizo patente su lado débil.

Las hipótesis teóricas que Breuer y yo edificamos por entonces estaban influidas por las teorías de Charcot sobre la histeria traumática y podían apoyarse en los desarrollos de su discípulo P. Janet, los cuales, aunque publicados antes que nuestros Estudios, eran cronológicamente posteriores al caso primero de Breuer.

En aquellas nuestras hipótesis apareció desde un principio, en primer término, el factor afectivo; los síntomas histéricos deberían su génesis al hecho de que un proceso psíquico cargado de intenso afecto viera impedida en algún modo su descarga por el camino normal conducente a la conciencia y hasta la motilidad, a consecuencia de lo cual el afecto así represado tomaba caminos indebidos y hallaba una derivación en la inervación somática (conversión).

A las ocasiones en las que nacían tales representaciones patógenas les dimos Breuer y yo el nombre de traumas psíquicos, y como pertenecían muchas veces a tiempos muy pretéritos, pudimos decir que los histéricos sufrían predominantemente de reminiscencias. La catarsis era entonces llevada a cabo en el tratamiento por medio de la apertura del camino conducente a la conciencia y a la descarga normal del afecto.

La hipótesis de la existencia de procesos psíquicos inconscientes era, como se ve, parte imprescindible de nuestra teoría. También Janet había laborado con actos psíquicos inconscientes; pero, según actuó en polémicas ulteriores contra el psicoanálisis, ello no era para él más que una expresión auxiliar, une manière de parler, con la que no pretendía indicar nuevos conocimientos.

En una parte teórica de nuestros ESTUDIOS, Breuer comunicó algunas ideas especulativas sobre los procesos de excitación en lo psíquico, que han marcado una orientación a investigaciones futuras, aún no debidamente practicadas. Con ellas puso fin a sus aportaciones a este sector científico, pues al poco tiempo abandonó nuestra colaboración.

(3) El paso al psicoanálisis.- Ya en los ESTUDIOS se iniciaban diferencias entre la manera de ver de Breuer y la mía. Breuer suponía que las representaciones patógenas ejercían acción traumática porque habían nacido en estados hipnoides, en los cuales la función anímica sucumbe a ciertas restricciones.

En cambio, yo rechazaba tal explicación, y creía reconocer que una representación se hace patógena cuando su contenido repugna a las tendencias dominantes de la vida anímica, provocando así la defensa del individuo (Janet había atribuido a los histéricos una incapacidad constitucional para la síntesis de sus contenidos psíquicos; en este lugar se separaba de su camino el de Breuer y el mío).

También las dos innovaciones, con las que yo abandoné a poco el terreno de la catarsis, constaban ya mencionadas en los ESTUDIOS. Una vez terminada mi colaboración con Breuer, constituyeron el punto de partida de nuevos desarrollos.

(4) Renuncia a la hipnosis.- Una de tales innovaciones se basaba en una experiencia práctica y conducía a una modificación de la técnica, la otra consistía en un adelanto en el conocimiento clínico de la neurosis.

Se demostró en seguida que las esperanzas terapéuticas fundadas en el tratamiento catártico, con ayuda de la hipnosis, no llegaban, en cierto modo, a cumplirse. La desaparición de los síntomas iba, desde luego, paralela a la catarsis; pero el resultado total se mostraba, sin embargo, totalmente dependiente de la relación del paciente con el médico, conduciéndose así como un resultado de la sugestión y cuando tal relación se rompía, emergían de nuevo todos los síntomas, como si no hubieran hallado solución alguna.

A ello se añadía que el corto número de personas susceptibles de ser sumidas en profunda hipnosis traía consigo una limitación muy sensible, desde el punto de vista médico, en la aplicación del método catártico. Por todas estas razones, hube de decidirme a prescindir del hipnotismo, si bien ciertas impresiones experimentadas durante su aplicación me procuraron los medios de sustituirlo.

(5) La asociación libre.- El estado hipnótico había producido en el paciente una tal ampliación de la capacidad de asociación, que él mismo sabía hallar en el acto el camino, inaccesible para su reflexión consciente desde el síntoma hasta las ideas y reminiscencias con él enlazadas.

La supresión de la hipnosis parecía crear una situación sin salida, pero yo recordé la demostración de Bernheim de que lo vivido en estado de sonambulismo sólo aparentemente se halla olvidado, y podía ser siempre devuelto a la memoria consciente del sujeto con sólo la afirmación imperiosa del médico de que no tenía más remedio que recordarlo.

Intenté, pues, llevar también a mis pacientes no hipnotizados a la comunicación de sus asociaciones, para encontrar, con ayuda de dicho material, el camino conducente a lo olvidado o rechazado.

Más adelante observé que no era preciso ejercer gran presión sobre el sujeto y que en el paciente emergían casi siempre numerosas asociaciones; lo que sucedía es que tales asociaciones eran desviadas de la comunicación, e incluso de la conciencia, por ciertas objeciones que el sujeto se hacía.

De la esperanza, indemostrada aún por entonces y confirmada luego por abundante experiencia, de que todo lo que el paciente asociara a cierto punto de partida tenía que hallarse también, en conexión interna con el mismo, resultó la técnica consistente en mover al paciente a renunciar a toda actitud crítica y utilizar el material de asociaciones, así extraído a la luz para el descubrimiento de las conexiones buscadas.

Una intensa confianza en la determinación estricta de lo psíquico contribuyó también a la adopción de esta técnica que había de sustituir al hipnotismo.

(6) La regla técnica fundamental.- Este procedimiento de la asociación libre ha sido mantenido desde entonces, en la labor psicoanalítica, como regla técnica fundamental. Iniciamos el tratamiento invitando al paciente a ponerse en la situación de un autoobservador atento y desapasionado, limitándose a leer la superficie de su conciencia y obligándose, en primer lugar, a una absoluta sinceridad, y en segundo, a no excluir de la comunicación asociación ninguna, aunque le sea desagradable comunicarla o la juzgue insensata, nimia o impertinente.

Se demuestra de manera irrecusable que precisamente aquellas ocurrencias que provocan las objeciones mencionadas entrañan singular valor para el hallazgo de lo olvidado.

(7) El psicoanálisis como arte de interpretación.- La nueva técnica transformó hasta tal punto la impresión del tratamiento, creaba tan nuevas relaciones entre el enfermo y el médico y procuraba tantos resultados sorprendentes, que pareció justificado diferenciar de la catarsis, con una distinta denominación, el nuevo método así constituido.

En consecuencia escogí para aquel procedimiento terapéutico, que podía ya ser extendido a muchas otras formas de la neurosis, el nombre de psicoanálisis.

Este psicoanálisis era, en primer término, un arte de interpretación, y se planteaba la labor de profundizar el primero de los grandes descubrimientos de Breuer, o sea el de que los síntomas neuróticos eran una sustitución plena de sentido de otros actos psíquicos omitidos.

Se trataba ahora de utilizar el material que procuraban las ocurrencias del paciente como si apuntara a un sentido oculto y adivinar por él tal sentido.

La experiencia mostró en seguida que lo mejor y más adecuado que el médico analizador podía hacer era abandonarse a su propia actividad mental inconsciente, conservándose en un estado de atención constante; evitar en lo posible toda reflexión y toda producción de hipótesis conscientes; no querer fijar especialmente en su memoria nada de lo oído, y aprehender de este modo, con su propio inconsciente, lo inconsciente del analizado.

Más adelante observamos, cuando las circunstancias no eran del todo desfavorables, que las ocurrencias del enfermo iban aproximándose, como alusiones y tanteos, a un tema determinado, de manera que nos bastaba arriesgar un solo paso para adivinar lo que a él mismo se le ocultaba y comunicárselo.

Este arte de interpretación no podía, desde luego, concretarse en reglas fijas, y dejaba amplio lugar al tacto y a la habilidad del médico; pero uniendo la imparcialidad a la práctica se llegaba regularmente a resultados garantizables; esto es, a resultados que se confirmaban por su repetición en casos análogos.

En tiempos en los que sólo muy poco se sabía sobre lo inconsciente, sobre la estructura de las neurosis y sobre los procesos psíquicos correspondientes, tenía que ser ya satisfactorio poder servirse de una tal técnica, aun cuando no poseyera fundamentos teóricos más firmes. Y aún hoy en día la desarrollamos de igual manera en el análisis, sólo que con el sentimiento de mayor seguridad y mejor comprensión de sus límites.

(8) La interpretación de los actos fallidos y casuales.- Fue un triunfo para el arte de interpretación del psicoanálisis conseguir la demostración de que ciertos actos psíquicos muy frecuentes de los hombres normales, actos para los cuales no se había hallado aún explicación psíquica alguna, debían equipararse a los síntomas de los neuróticos, entrañando, como ellos, un sentido ignorado por el sujeto mismo, pero que podía ser descubierto sin gran trabajo por la labor analítica.

Los fenómenos de este orden: el olvido temporal de palabras y nombres perfectamente conocidos; el olvido de propósitos; las equivocaciones, tan frecuentes, en el discurso, la lectura y la escritura; la pérdida y el extravío temporal de objetos; ciertos errores; los accidentes aparentemente casuales, y, por último, ciertos tics o movimientos habituales hechos como sin intención y por juego, y las melodías que se tararean sin pensar, etc.; todo esto era sustraído a una explicación psicológica si tal se intentaba, siendo mostrado como rigurosamente determinado y reconocido como manifestación de intenciones retenidas de la persona o como consecuencia de la interferencia de dos intenciones, una de las cuales era permanente o momentáneamente inconsciente.

Esta aportación a la Psicología entrañaba un múltiple valor. El perímetro de la determinación psíquica quedó así insospechadamente ampliado y disminuido el abismo supuesto sobre el suceder psíquico normal y el patológico.

En muchos casos se logró fácil atisbo en el dinamismo de las fuerzas psíquicas que habíamos de suponer detrás de tales fenómenos. Por último, logramos así un material apropiado como ningún otro para aceptar la existencia de actos psíquicos inconscientes, incluso a aquellos para quienes la hipótesis de un sistema psíquico inconsciente resultaba algo inaceptable y absurdo.

El estudio de los propios actos fallidos y casuales, para el cual se nos ofrece a todos ocasión constante, es todavía actualmente la mejor preparación a una penetración en el psicoanálisis. La interpretación de los actos fallidos ocupa en el tratamiento analítico un puesto como medio para el descubrimiento de lo inconsciente, al lado de la interpretación de las asociaciones libres, mucho más importante.

(9) La interpretación de los sueños.- La aplicación de la técnica de la asociación libre a los sueños -a los propios o a los de los pacientes sometidos al análisis- abrió un nuevo acceso a los abismos de la vida psíquica.

En realidad, lo más y mejor que de los procesos desarrollados en los estratos psíquicos inconscientes sabemos nos ha sido descubierto por la interpretación de los sueños.

El psicoanálisis ha devuelto a los sueños la significación de que en la antigüedad gozaron, pero procede con ellos de otro modo. No se confía al ingenio del onirocrítico, sino que transfiere la labor en su mayor parte del sujeto mismo del sueño, interrogándole sobre sus asociaciones a los distintos elementos del sueño.

Persiguiendo estas asociaciones se llega al conocimiento de ideas que corresponden por completo al sueño, pero que se dejan reconocer -hasta cierto punto- como fragmentos plenamente comprensibles de la actividad psíquica despierta. De este modo, al sueño recordado como contenido onírico manifiesto se enfrentan las ideas oníricas latentes, descubiertas por medio de la interpretación.

El proceso que ha transformado estas últimas en el primero, o sea, en el «sueño», puede ser calificado de elaboración del sueño.

A las ideas latentes del sueño les damos también, por su relación con la vida despierta, el nombre de restos diurnos. La elaboración onírica, a la que sería equivocado atribuir un carácter «creador», las condensa de un modo singular, las deforma por medio del desplazamiento de intensidades psíquicas y las dispone para su representación en imágenes visuales.

Pero, además, antes de quedar constituido el sueño manifiesto, las ideas latentes son sometidas a una elaboración secundaria que intenta dar al nuevo producto algo como sentido y coherencia.

Este último proceso no pertenece ya propiamente a la elaboración del sueño.

(10) Teoría dinámica de la producción de los sueños.- No nos ha sido muy difícil descubrir el dinamismo de los sueños. La fuerza motriz de la producción de los sueños no es suministrada por las ideas latentes o restos diurnos, sino por una tendencia inconsciente, reprimida durante el día, con la que pudieron enlazarse los restos diurnos y que se procura, con el material de las ideas latentes, el cumplimiento de un deseo.

De este modo, todo sueño es, por un lado, un cumplimiento de deseos de lo inconsciente, y por otro, en cuanto consigue preservar de perturbación el estado de reposo, un cumplimiento del deseo normal de dormir.

Prescindiendo de la aportación, inconsciente a la producción del sueño y reducido el sueño a sus ideas latentes, puede representar todo lo que ha ocupado a la vida despierta: una reflexión, una advertencia, un propósito, una preparación al futuro inmediato, o también la satisfacción de un deseo incumplido.

La singularidad y el absurdo del sueño manifiesto son, por un lado, la consecuencia de la conducción de las ideas del sueño a una distinta forma expresiva, que puede ser calificada de arcaica, pero también, por otro, el efecto de una instancia restrictiva y crítica, que actúa aun durante el reposo.

No es muy aventurado suponer que esta «censura del sueño», a la que hacemos responsable, en primer lugar, de la deformación que convierte las ideas latentes en el sueño manifiesto, es una manifestación de las mismas fuerzas psíquicas que durante el día habían reprimido el impulso optativo inconsciente.

Merecía la pena penetrar más en la explicación de los sueños, pues la labor analítica ha mostrado que el dinamismo de la producción onírica es el mismo que actúa en la producción de síntomas.

Aquí como allí descubrimos una pugna entre dos tendencias, una inconsciente, reprimida por lo demás, que tiende a lograr satisfacción -cumplimiento de deseos-, y otra repelente y represora, perteneciente probablemente al yo; y como resultado de este conflicto hallamos un producto transaccional -el sueño, el síntoma- en el cual han encontrado ambas tendencias una expresión incompleta.

La importancia teórica de esta coincidencia es evidente. Como el sueño no es un fenómeno patológico, tal coincidencia nos prueba que los mecanismos psíquicos que generan los síntomas patológicos están ya dados en la vida psíquica normal, que la misma normatividad abarca lo normal y lo anormal y que los resultados de la investigación de los neuróticos y los psicóticos no pueden ser indiferentes para la comprensión de la psique normal.

(11) El simbolismo.- En el estudio de la forma expresiva creada por la elaboración de los sueños tropezamos con el hecho sorprendente de que ciertos objetos, actos y relaciones son representados indirectamente en el sueño por medio de «símbolos», que el sujeto emplea sin conocer su significación, y con respecto a los cuales no procura, generalmente, asociación ninguna.

Su traducción tiene que ser llevada a cabo por el analítico, el cual, a su vez, sólo empíricamente, por medio de inserciones experimentales en el contexto, puede hallarla.

Más adelante, resultó que los usos del lenguaje, la mitología y el folklore integraban abundantes analogías con los símbolos oníricos. Los símbolos, a los cuales se enlazan interesantísimos problemas, aún no resueltos, parecen ser un fragmento de una herencia psíquica antiquísima. La comunidad de los símbolos rebasa la comunidad del lenguaje.

(12) La significación etiológica de la vida sexual.- La segunda novedad surgida al sustituir latécnica hipnótica por la asociación libre fue de naturaleza clínica y se nos reveló al continuar la investigación de los sucesos traumáticos de los que parecían derivarse los síntomas histéricos. Cuanto más cuidadosamente llevábamos a cabo esta investigación más abundante se nos revelaba el encadenamiento de tales impresiones de significación etiológica y más se remontaban a la pubertad o la niñez del neurótico.

Simultáneamente tomaron un carácter unitario, y, por último, tuvimos que rendirnos a la evidencia y reconocer que en la raíz de toda producción de síntomas existían impresiones traumáticas procedentes de la vida sexual más temprana.

El trauma sexual sustituyó así al trauma trivial, y este último debía su significación etiológica a su relación simbólica o asociativa con el primero y precedente.

Dado que la investigación simultáneamente emprendida de casos de nerviosidad corriente, clasificados como de neurastenia y neurosis de angustia, procuró la conclusión de que tales perturbaciones podían ser referidas a abusos actuales en la vida sexual y curadas con sólo la evitación de los mismos, no era nada aventurado deducir que las neurosis eran, en general, manifestación de perturbaciones de la vida normal: las llamadas neurosis actuales, la manifestación (químicamente facilitada) de daños presentes, y las psiconeurosis, la manifestación (psíquicamente elaborada) de daños muy pretéritos, de tal función, tan importante biológicamente y tan lamentablemente desatendida hasta entonces por la ciencia.

Ninguna de las tesis del psicoanálisis ha hallado tan obstinada incredulidad ni tan tenaz resistencia como esta de la magna importancia etiológica de la vida sexual para las neurosis. Pero también hemos de hacer constar que, a través de toda su evolución y hasta el día, el psicoanálisis no ha encontrado motivo alguno de retirar tal afirmación.

(13) La sexualidad infantil.- La investigación etiológica llevó al psicoanálisis a ocuparse de un tema cuya existencia apenas se sospechaba antes de ella. La ciencia se había habituado a hacer comenzar la vida sexual con la pubertad y a juzgar como raros signos de precocidad y degeneración las manifestaciones de una sexualidad infantil.

Pero el psicoanálisis descubrió una plenitud de fenómenos tan singulares como regulares, que forzaban a hacer coincidir el comienzo de la función sexual en el niño casi con el principio de su vida extrauterina, y nos preguntamos sorprendidos cómo había sido posible no advertirlo.

Los primeros atisbos de la sexualidad infantil nos fueron procurados, ciertamente, por la investigación analítica de sujetos adultos y entrañaban, por tanto, todas las dudas y todos los defectos inherentes a una revisión tan tardía; pero cuando más tarde (a partir de 1908) comenzamos también el análisis de sujetos infantiles, comprobamos directamente en ellos nuestras tesis.

La sexualidad infantil mostraba en algunos aspectos un cuadro distinto al de los adultos y sorprendía por integrar numerosos rasgos de aquello que en los adultos es calificado de perversión.

Hubo necesidad de ampliar el concepto de lo sexual hasta hacerle abarcar más que la tendencia a la unión de los dos sexos en el acto sexual o a la provocación de determinadas sensaciones de placer en los genitales. Pero esta ampliación quedaba recompensada por la posibilidad de comprender unitariamente la vida sexual infantil, la normal y la perversa.

Mi investigación analítica cayó primero en el error de sobreestimar la seducción o iniciación sexual como fuente de las manifestaciones sexuales infantiles y germen de la producción de síntomas neuróticos.

La superación de este error quedó lograda al descubrir el papel extraordinario que en la vida psíquica de los neuróticos desempeñaba la fantasía, francamente más decisiva para la neurosis que la realidad exterior.

Detrás de estas fantasías emergió luego el material que permite desarrollar la exposición siguiente de la evolución de la función sexual.

(14) La evolución de la libido.- El instinto (trieb) sexual, cuya manifestación dinámica en la vida anímica es lo que denominamos «libido», se compone de instintos (trieb) parciales, en los cuales puede también descomponerse de nuevo y que sólo paulatinamente van uniéndose para formar determinadas organizaciones.

Fuentes de estos instintos (trieb) parciales son los órganos somáticos, especialmente ciertas zonas erógenas, pero todos los procesos funcionales importantes del soma procuran también aportaciones a la libido. Los diferentes instintos (trieb) parciales tienden al principio, independientemente unos de otros, a la satisfacción, pero en el curso de la evolución quedan cada vez más sintetizados y centrados.

El primer estadio de la organización (pregenital) de la libido es el oral, en el cual, correlativamente al interés capital del niño de pecho, es la zona bucal la que desempeña el papel principal.

A continuación viene la organización sádico-anal, en la cual resaltan especialmente el instinto (trieb) parcial del sadismo y la zona anal; la diferencia de los sexos es representada en esta fase por la antítesis de actividad y pasividad.

El último y definitivo estadio de organización es la síntesis de la mayoría de los instintos (trieb) parciales bajo la primacía de las zonas genitales.

Esta evolución se desarrolla generalmente con gran rapidez y discreción, pero partes aisladas de los instintos (trieb) permanecen detenidas en los estados previos al desenlace final y producen así las fijaciones de la libido, muy importantes como disposiciones a ulteriores transgresiones de las tendencias reprimidas y que integran una determinada relación con el desarrollo de ulterior neurosis y perversiones (véase, más adelante, «Teoría de la libido»).

(15) El hallazgo de objeto y el complejo de Edipo.- El instinto (trieb) parcial oral encuentra al principio su satisfacción con ocasión del apaciguamiento de la necesidad de alimentación y su objeto en el pecho materno. Luego se hace independiente, y, al mismo tiempo, autoerótica esto es, encuentra su objeto en el propio cuerpo. También otros instintos (trieb) parciales se conducen al principio autoeróticamente y son orientados luego hacia un objeto extraño.

Es un hecho muy importante el de que los instintos (trieb) parciales de la zona genital pasen regularmente por un período de intensa satisfacción autoerótica. No todos los instintos (trieb) parciales son igualmente utilizables para la organización genital; algunos de ellos (por ejemplo, los anales) son dados de lado, reprimidos o sufren complicadas transformaciones.

Ya en los primeros años infantiles (aproximadamente entre los dos años y los cinco) se constituye una síntesis de las tendencias sexuales, cuyo objeto es, en el niño, la madre.

Esta elección de objeto, junto con la correspondiente actitud de rivalidad y hostilidad contra el padre, es el contenido llamado complejo de Edipo, que en todos los humanos entraña máxima importancia para la estructuración definitiva de la vida erótica.

Se ha comprobado como hecho característico que el hombre normal aprende a dominar el complejo de Edipo, mientras que el neurótico permanece envuelto en él.

(16) La doble iniciación de la evolución sexual.- Este período temprano de la vida sexual encuentra normalmente un fin hacia el quinto año de la vida individual y es seguido por un período de latencia más o menos completa, durante la cual son establecidas las restricciones éticas como dispositivos protectores contra los impulsos optativos del complejo de Edipo.

En el período siguiente de la pubertad el complejo de Edipo experimenta una reviviscencia en lo inconsciente y avanza hacia sus ulteriores transformaciones.

Sólo el período de la pubertad desarrolla los instintos (trieb) sexuales hasta su plena intensidad. Pero tanto la dirección de esta evolución como todas las disposiciones a ella inherentes están ya determinadas por la anterior floración temprana infantil de la sexualidad.

Esta evolución en dos fases, interrumpida por el período de latencia de la función sexual, parece ser una peculiaridad biológica de la especie humana y contener la condición de la génesis de las neurosis.

(17) La teoría de la represión.- La reunión de estos conocimientos teóricos con las impresiones inmediatas de la labor analítica conduce a una concepción de las neurosis, que, expuestas a grandes rasgos, sería la siguiente: Las neurosis son la expresión de conflictos entre el yo y aquellas tendencias sexuales que el yo encuentra incompatibles con su integridad o con sus exigencias éticas.

El yo ha reprimido tales tendencias; esto es, les ha retirado su interés y les ha cerrado el acceso a la conciencia y a la descarga motora conducente a la satisfacción.

Cuando en la labor analítica intentamos hacer conscientes estos impulsos inconscientes, se nos hacen sentir las fuerzas represoras en calidad de resistencia. Pero la función de la represión falla con singular facilidad en cuanto a los instintos (trieb) sexuales.

Cuya libido represada se crea, partiendo de lo inconsciente, otros exutorios, retrocediendo a fases evolutivas y objetos anteriores y aprovechando las fijaciones infantiles, o sea, los puntos débiles de la evolución de la libido, para lograr acceso a la conciencia y conseguir derivación.

Lo que así nace es un síntoma, y, por tanto, en el fondo, una satisfacción sustitutiva sexual; pero tampoco el síntoma puede sustraerse por completo a la influencia de las fuerzas represoras del yo y, en consecuencia, tiene que someterse -lo mismo que el sueño-a modificaciones y desplazamientos que hacen irreconocible su carácter de satisfacción sexual.

El síntoma recibe así el carácter de un producto transaccional entre los instintos (trieb) sexuales reprimidos y los instintos (trieb) del yo represores de un cumplimiento de deseos simultáneo para ambas partes, pero también para ambas igualmente incompleto.

Tal sucede estrictamente con los síntomas de la histeria, mientras que en los de la neurosis obsesiva la parte de la instancia represora logra más intensa expresión por medio de la formación de productos de reacción (garantías contra la satisfacción sexual).

(18) La transferencia.- Si la tesis de que las fuerzas motrices de la producción de síntomas neuróticos son de naturaleza sexual necesitara aún de más amplia prueba, la encontraría en el hecho de que en el curso del tratamiento analítico se establece una relación afectiva especial del paciente con el médico, la cual traspasa toda medida racional, varía desde el más cariñoso abandono a la hostilidad más tenaz y toma todas sus peculiaridades de actitudes eróticas anteriores, tornadas inconscientes, del paciente.

Esta transferencia, que tanto en su forma positiva como en su forma negativa entra al servicio de la resistencia, se convierte, en manos del médico, en el medio auxiliar más poderoso del tratamiento y desempeña en el dinamismo del proceso de curación un papel de extrema importancia.

(19) Los pilares maestros de la teoría psicoanalítica.- La hipótesis de la existencia de procesos psíquicos inconscientes, el reconocimiento de la teoría de la resistencia y de la represión, la valoración de la sexualidad y del complejo de Edipo son los contenidos capitales del psicoanálisis y los fundamentos de su teoría, y quien no los acepta en su totalidad no debe contarse entre los psicoanalíticos.

(20) Destinos ulteriores del psicoanálisis.- Hasta el punto que alcanza lo precedente avanzó el psicoanálisis por la labor personal mía, desarrollada a través de un decenio, durante el cual fui yo el único psicoanalítico.

En el año 1906 comenzaron los psiquiatras suizos E. Bleuler y C. G. Jung a tomar viva parte en el análisis.

En 1907 se celebró en Salzburgo una primera reunión de sus adeptos. Y poco después llegó ya nuestra joven ciencia a constituir un centro de atención tanto de los psiquiatras como de los profanos. La acogida que halló en Alemania, ansiosa siempre de autoridad, no fue ciertamente nada gloriosa para la ciencia alemana e incluso movió a un partidario tan frío como Bleuler a tomar enérgicamente su defensa.

Pero todas las condenaciones oficiales no fueron bastante para detener el crecimiento interno y la difusión externa del psicoanálisis, el cual, en el curso de los diez años siguientes, traspasó las fronteras de Europa y se hizo especialmente popular en los Estados Unidos, a lo cual contribuyó en gran medida la colaboración de J. Putnam (Boston), Ernest Jones (Toronto y luego Londres), Flournoy (Ginebra), Ferenczi (Budapest), Abraham (Berlín) y muchos otros.

El anatema declarado sobre el psicoanálisis movió a sus adeptos a reunirse en una organización internacional, que en el año actual (1922) ha celebrado en Berlín su octavo Congreso privado y comprende hoy los grupos locales de Viena, Budapest, Berlín, Holanda, Zurich, Londres, Nueva York, Calcuta y Moscú. Tampoco la guerra interrumpió esta evolución.

En 19181919 el doctor Anton von Freund (Budapest) fundó la editorial Internationaler Psychoanalytischer Verlag, que publica los libros y revistas consagrados al psicoanálisis.

En 1920 fue creada por el doctor Max Eitingon la primera «Policlínica psicoanalítica», consagrada al tratamiento de los enfermos nerviosos pobres. Las traducciones de mis obras principales al francés, al italiano y al español atestiguan el despertar del interés hacia el psicoanálisis también en el mundo romántico.

De 1911 a 1913 se desviaron del psicoanálisis dos ramificaciones, manifiestamente tendentes a mitigar lo que en ella constituía piedra de escándalo.

Una de ellas, iniciada por C. G. Jung, que intentaba dar satisfacción a aspiraciones éticas, despojó al complejo de Edipo de su valor real por medio de una transmutación simbólica y desatendió en la práctica el descubrimiento del período infantil olvidado, que pudiéramos llamar «prehistórico».

La otra, cuyo iniciador fue Alfred Adler, de Viena, presentaba varios factores del psicoanálisis bajo nombres distintos (por ejemplo, la represión sexualizada como «protesta masculina»), pero en lo demás prescindía de lo inconsciente y de los instintos (trieb) sexuales e intentaba referir tanto el carácter como la evolución de las neurosis a la voluntad del poderío, la cual tendería a detener por medio de una sobrecompensación los peligros nacidos de inferioridades orgánicas.

Ninguna de estas ramificaciones, construidas a modo de sistemas, ha influido duraderamente sobre la evolución del psicoanálisis; de la de Adler se ha visto pronto claramente que no tenía nada que ver con el psicoanálisis al que quería sustituir.

(21) Nuevos progresos del psicoanálisis.- Desde que el psicoanálisis ha llegado a ser el tema de la labor de un tan amplio número de observadores, ha ganado en riqueza y profundidad con aportaciones a las que sentimos no poder dedicar aquí sino muy breve mención.

(22) El narcisismo.- Su progreso teórico más importante ha sido la aplicación de la teoría de la libido al yo represor.

Se llegó a representar el mismo yo como un depósito de libido -denominado narcisista-, del cual parten las cargas de libido de los objetos y al cual pueden las mismas retornar.

Con ayuda de esta representación se hizo posible llegar al análisis del yo y llevar a cabo la diferenciación clínica de las psiconeurosis en neurosis de transferencia y afecciones narcisistas.

En las primeras (histeria y neurosis obsesiva) hay disponible una medida de libido tendente a su transferencia a otros sujetos, la cual libido es utilizada para la práctica del tratamiento analítico. Las perturbaciones narcisistas (dementia praecox, paranoia y melancolía) se caracterizan, en cambio, por la retracción de la libido de los objetos y son, por tanto, apenas accesibles a la terapia analítica.

Esta insuficiencia terapéutica no ha impedido, sin embargo, al análisis actuar en la más honda comprensión de las dolencias atribuidas a esta psicosis.

(23) Desarrollo de la técnica.- Una vez que el desarrollo del arte de interpretación hubo satisfecho, por decirlo así, el ansia de saber del analítico, se hizo objeto de su interés al problema de por qué caminos podría alcanzarse el influjo más adecuado sobre el paciente.

No tardó en demostrarse que la primera tarea del médico debía ser la de ayudar al paciente a descubrir y superar luego las resistencias emergentes en él durante el tratamiento, de las cuales no tiene al principio conciencia.

También se descubrió simultáneamente que la parte capital de la labor terapéutica estaba en la superación de estas resistencias y que sin ella se hacía imposible conseguir una modificación psíquica duradera del paciente. Desde que la labor del analítico se orienta así hacia la resistencia del paciente, la técnica analítica ha adquirido una sutileza y una seguridad comparables con las de la Cirugía.

No es, pues, lícito emprender tratamientos psicoanalíticos sin una preparación analítica fundamental, y el médico que a ello se aventura sin más bagaje que su título profesional expedido por el Estado no es más que un profano.

(24) El psicoanálisis como método terapéutico.- El psicoanálisis no ha pretendido jamás ser una panacea ni hacer milagros. Dentro de uno de los sectores más arduos de la actividad médica, es para algunas dolencias el único método posible, y para otras el que mejores y más duraderos resultados procura, aunque jamás sin un gasto proporcional de trabajo y de tiempo.

El médico que no limita su interés a la terapia ve también recompensado su trabajo por insospechados atisbos en la trama de la vida anímica y en las relaciones entre lo psíquico y lo somático.

Allí donde, por ahora, no puede ofrecer más que comprensión teórica, inicia quizá el camino de un ulterior influjo directo sobre las perturbaciones neuróticas.

Su campo de acción está constituido, sobre todo, por las dos neurosis de transferencia, la histeria y la neurosis obsesiva, cuya estructura interna y cuyos mecanismos han contribuido a descubrir; pero, además, por toda clase de fobias, inhibiciones, trastornos del carácter, perturbaciones de la vida erótica.

Según algunos analíticos, tampoco carece de posibilidades favorables al tratamiento analítico de enfermedades manifiestamente orgánicas (Jelliffe, Groddeck, Félix Deutsch), pues no es raro que un factor psíquico participe en la génesis y la persistencia de tales afecciones.

Como el psicoanálisis exige de sus pacientes cierta medida de plasticidad, tiene que atenerse, en su selección, a determinados límites de edad; y como exige una larga e intensa ocupación con cada enfermo, sería antieconómico derrochar tal esfuerzo con individuos carentes de todo valor y además neuróticos.

La experiencia extraída del material policlínico enseñará qué modificaciones son necesarias para hacer accesible la terapia psicoanalítica a sectores populares más amplios y adaptarla a inteligencias más débiles.

(25) Su comparación con los métodos hipnóticos y sugestivos.- El método psicoanalítico se diferencia de todos los sugestivos, persuasivos, etc., en que no intenta sojuzgar autoritariamente ningún fenómeno psíquico del sujeto.

Procura descubrir la causación del fenómeno y suprimirlo por medio de una modificación duradera de sus condiciones genéticas. La inevitable influencia sugestiva del médico es orientada en psicoanálisis hacia la superación de las resistencias, tarea encomendada al paciente mismo.

Contra el peligro de falsear por sugestión, los datos anímicos del sujeto, nos protegemos por medio de un prudente manejo de la técnica.

Pero, en general, precisamente la emergencia de las resistencias nos protege contra una posible acción indeseable de la influencia sugestiva. La finalidad del tratamiento puede concretarse en procurar al sujeto, por medio de la supresión de las resistencias y el examen de sus represiones, la más completa unificación y el máximo robustecimiento posibles de su yo, ahorrarle el gasto psíquico exigido por los conflictos internos, hacer de él lo mejor que se pueda con arreglo a sus disposiciones y capacidades, y hacerlo así capaz de rendimiento y de goce.

La supresión de los síntomas no es considerada como un fin especial, pero se logra siempre, a condición de practicar debidamente el análisis, como un resultado accesorio.

El analítico respeta la peculiaridad del paciente, no procura modificarla conforme a sus propios ideales, y le es muy grato ahorrarse consejos y despertar, en cambio, la iniciativa del analizado.

(26) Su relación con la Psiquiatría.- La Psiquiatría es actualmente una ciencia esencialmentedescriptiva y clasificadora, de orientación aún más somática que psicológica, y carente de posibilidades de explicación de los fenómenos observados. Pero el psicoanálisis no se contrapone a ella, como pudiera creerse por la actitud casi general de los psiquiatras.

Como psicología profunda, como psicología de los procesos anímicos sustraídos a la conciencia, está llamada a procurar a la Psiquiatría una subestructura imprescindible y a ayudarla a superar sus limitaciones actuales.

El porvenir creará seguramente una psiquiatría científica, a la cual habrá servido de introducción el psicoanálisis.

(27) Críticas e interpretaciones erradas del psicoanálisis.- La mayor parte de lo que, incluso en obras científicas, se ha opuesto al psicoanálisis reposa en una información insuficiente, la cual parece, a su vez, fundada en resistencias afectivas.

Así, es erróneo acusar al psicoanálisis de pansexualismo y pretender que deriva de la sexualidad todo el suceder anímico y lo refiere a ella.

El psicoanálisis ha diferenciado más bien desde un principio los instintos (trieb) sexuales de otros a los que provisionalmente ha denominado instintos (trieb) del «yo». Jamás se le ha ocurrido querer explicarlo todo, y ni siquiera ha derivado la neurosis exclusivamente de la sexualidad, sino del conflicto entre las tendencias sexuales y el yo.

El término libido no significa en psicoanálisis (salvo en los escritos de C. G. Jung) simplemente energía psíquica, sino la fuerza motriz de los instintos (trieb) sexuales. Ciertas afirmaciones, como la de que todo sueño es un cumplimiento de deseos sexuales, no han sido jamás sentadas.

El reproche de unilateralidad que se opone al psicoanálisis, el cual, como ciencia de lo inconsciente psíquico, tiene su dominio determinado y limitado, es tan inadecuado como si se dirigiera a la Química.

Otro lamentable error de interpretación, sólo atribuible a ignorancia, es el de suponer que el psicoanálisis espera la curación de las afecciones neuróticas de una libre expansión de la sexualidad.

La aportación de los deseos sexuales a la conciencia, conseguida por el análisis, hace más bien posible el dominio de los mismos, inalcanzable antes a causa de la represión. Puede más bien decirse que el análisis liberta al neurótico de las ligaduras de su sexualidad.

Además, es absolutamente anticientífico preguntarse si el psicoanálisis puede llegar a echar por tierra la religión, la autoridad y la moral, puesto que, como toda ciencia, no tiene nada de tendenciosa y su único propósito es aprehender exactamente un trozo de la realidad.

Por último, no puede parecernos más que una simpleza el temor de que los pretendidos bienes supremos de la Humanidad -la investigación, el arte, el amor y los sentimientos morales y sociales- puedan perder su valor o su dignidad porque el psicoanálisis esté en situación de mostrar su procedencia de impulsos instintivos elementales animales.

(28) Aplicaciones y relaciones no médicas del psicoanálisis.- Nuestra exposición del psicoanálisis sería incompleta si omitiéramos manifestar que es la única disciplina médica que entraña amplísimas relaciones con las ciencias del espíritu, y está en vías de lograr, en cuanto a la historia de la religión y de la cultura, la mitología y la literatura, la misma significación que en cuanto a la Psiquiatría.

Lo cual podría maravillar si se tiene en cuenta que originariamente no tenía otro fin que la comprensión y la influenciación de los síntomas neuróticos. Pero no es nada difícil indicar en qué punto de su evolución hubo de tenderse el puente que la unió a las ciencias del espíritu.

Cuando el análisis de los sueños procuró un atisbo de los procesos anímicos inconscientes y mostró que los mecanismos que crean los síntomas patológicos actúan también en la vida psíquica normal, el psicoanálisis se convirtió en psicología profunda, y capaz como tal de aplicación a las ciencias del espíritu, pudo resolver una multitud de problemas ante los cuales la psicología oficial de los procesos conscientes tenía que detenerse perpleja.

Muy pronto ya se establecieron las relaciones con la filogénesis humana.

Se descubrió cuán frecuentemente la función patológica no es más que una regresión a una fase evolutiva anterior de la norma. C. G. Jung fue el primero en señalar expresamente la sorprendente coincidencia entre las fantasías de los enfermos de dementia praecox y los mitos de los pueblos primitivos.

Por mi parte, he llamado la atención sobre el hecho de que los dos impulsos optativos que componen el complejo de Edipo coinciden intrínsecamente con las dos prohibiciones capitales del totemismo (la de matar al patriarca y la de matrimoniar con mujer de la misma casta), y deduje de él amplias conclusiones. La significación del complejo de Edipo comenzó a crecer de un modo gigantesco.

Surgió la sospecha de que el orden estatal, la moral, el derecho y la religión habían surgido conjuntamente en la época primordial de la Humanidad como productos de la reacción al complejo de Edipo. Otto Rank arrojó viva luz sobre la mitología y la historia de la literatura con la aplicación de los descubrimientos psicoanalíticos, y lo mismo Th. Reik sobre la historia de las religiones y las costumbres.

El sacerdote O. Pfister, de Zurich, despertó el interés de los pastores de almas y los pedagogos, e hizo comprender el valor de los puntos de vista psicoanalíticos para la pedagogía. No es propicio este lugar para extendernos sobre tales aplicaciones del psicoanálisis; basta la observación de que su existencia no ve todavía un límite.

(29) Carácter del psicoanálisis como ciencia empírica.- El psicoanálisis no es un sistema como los filosóficos, que parta de unos cuantos conceptos fundamentales precisamente definidos, intente aprehender con ellos la totalidad del universo y, una vez concluso y cerrado, no ofrezca espacio a nuevos hallazgos y mejores conocimientos.

Se adhiere más bien a los hechos de su campo de acción, intenta resolver los problemas más inmediatos de la observación, tantea sin dejar el apoyo de la experiencia, se considera siempre inacabado y está siempre dispuesto a rectificar o sustituir sus teorías. Tolera tan bien como la Física o la Química que sus conceptos superiores sean oscuros, y sus hipótesis, provisionales, y espera de una futura labor una más precisa determinación de los mismos.

Teoría de la libido

Libido

es un término de la teoría de los instintos (trieb) destinado a la designación de la manifestación dinámica de la sexualidad, utilizado ya por A. Moll en este sentido (Investigaciones sobre la «libido sexualis», 1898) e introducido por mí en el psicoanálisis.

En lo que sigue nos limitaremos a enunciar qué desarrollos (aún no terminados) ha experimentado la teoría de los instintos (trieb) en el psicoanálisis.

(1) Antítesis de instintos (trieb) sexuales e instintos (trieb) del yo.- El psicoanálisis, que no tardó en descubrir

que había de fundar todo el suceder anímico en el dinamismo de los instintos (trieb) elementales, se vio en pésima situación, pues no había en la Psicología una teoría de los instintos (trieb) y nadie podía decirle lo que propiamente era un instinto (trieb). Reinaba la arbitrariedad más absoluta y cada psicólogo admitía tantos instintos (trieb) como quería y, precisamente, los que quería.

El primer objeto de estudio del psicoanálisis fueron las neurosis de transferencia (la histeria y la neurosis obsesiva).

Sus síntomas nacían por cuantos impulsos instintivos sexuales habían sido rechazados (reprimidos) por la personalidad (por el yo) y se había procurado indirectamente, a través de lo inconsciente, una expresión.

Comenzamos, pues, por oponer a los instintos (trieb) sexuales instintos (trieb) del yo (instintos (trieb) de autoconservación), y nos encontramos entonces de acuerdo con la tesis, hecha popular, del poeta que atribuye todo el suceder universal a dos únicas fuerzas: el hambre y el amor.

La libido era en igual sentido la manifestación energética del amor, como el hambre la del instinto (trieb) de conservación. La naturaleza de los instintos (trieb) del yo permaneció así en un principio, indeterminada e innacesible al análisis como todos los demás caracteres del yo.

Sin que fuera posible indicar si entre ambas clases de instintos (trieb) debían suponerse diferencias y cuáles podían ser éstas.

(2) La libido primordial.- C. G. Jung intentó vencer esta oscuridad por un camino especulativo, admitiendo tan sólo una única libido primordial que podía ser sexualizada y desexualizada, y coincidía, por tanto, en esencia con la energía psíquica en general.

Esta innovación era discutible desde el punto de vista metodológico; rebajaba el término de libido a la categoría de un sinónimo superfluo y forzaba en la práctica distinguir constantemente entre libido sexual y asexual. La diferencia entre los instintos (trieb) sexuales y los instintos (trieb) con otros fines no podía ser suprimida con sólo una nueva definición.

(3) La sublimación.- El estudio reflexivo de las tendencias sexuales, sólo analíticamente accesibles, había procurado, entre tanto, interesantísimos conocimientos aislados. Lo que se conocía con el nombre de instinto (trieb) sexual era algo muy compuesto y podía descomponerse en sus instintos (trieb) parciales. Cada instinto (trieb) parcial se hallaba inmutablemente caracterizado por su fuente; esto es, por aquella región del soma de la cual extraía el mismo su estímulo.

Además podían distinguirse en él un objeto y un fin. El fin era siempre su satisfacción o descarga, pero podía experimentar una mutación de la actividad a la pasividad.

El objeto estaba menos firmemente vinculado al instinto (trieb) de lo que al principio parecía, podría ser fácilmente trocado por otro, y también el instinto (trieb) que había tenido un objeto exterior podía ser orientado hacia la propia persona.

Los diferentes instintos (trieb) podían permanecer independientes unos de otros, o -en forma aún irrepresentable – combinarse, fundirse para una labor común. Podían también representarse mutuamente, transferirse sus cargas de libido, de manera que la satisfacción de uno quedara sustituida por la de otro.

El destino más importante de los instintos (trieb) parecía ser la sublimación, en la cual son sustituidos por otros el objeto y el fin, de manera que el instinto (trieb) originalmente sexual encuentra su satisfacción en una función no sexual ya y más elevada desde el punto de vista social o ético. Todos éstos son rasgos que no se unen todavía en una imagen conjunta.

(4) El narcisismo.- Un progreso decisivo resultó cuando nos arriesgamos al análisis de la dementia praecox y otras afecciones psicóticas y empezamos con ello a estudiar el yo, al cual hasta entonces sólo conocíamos como instancia represora y resistente.

Descubrimos que el proceso patógeno de la dementia praecox consistía en que la libido era retirada de los objetos y retraída al yo, siendo los ruidosos fenómenos patológicos correspondientes la consecuencia de los vanos esfuerzos de la libido por hallar el camino de retorno a los objetos.

Es, pues, posible que la libido de los objetos se transformara en carga del yo, e inversamente. Otras reflexiones mostraron que el yo podía ser considerado como un gran depósito de libido, del que afluía la libido a los objetos y que se hallaba siempre dispuesto a acoger la libido retornada de los objetos.

Así pues, los instintos (trieb) de conservación eran también de naturaleza libidinosa, eran instintos (trieb) sexuales que en vez de los objetos exteriores habían tomado por objeto el propio yo. Por nuestra experiencia clínica conocíamos personas que se conducían singularmente, como si estuvieran enamoradas de sí mismas, y habíamos dado a esta perversión el nombre de narcisismo.

Denominamos, pues, a la libido de los instintos (trieb) de autoconservación libido narcisista y reconocimos una amplia medida de tal amor propio como el estado primario y normal. La fórmula primera de las neurosis de transferencia precisaba, pues, ahora, no de una rectificación, pero sí de una modificación; en lugar de un conflicto entre instintos (trieb) sexuales e instintos (trieb) del yo hablamos mejor de un conflicto entre la libido del objeto y la libido del yo, o, puesto que la naturaleza de los instintos (trieb) era la misma, entre las cargas del objeto y el yo.

(5) Aproximación aparente a la interpretación de Jung.- De este modo pareció como si también la lenta investigación psicoanalítica hubiera llegado al mismo resultado que la especulación de Jung sobre la libido primordial, puesto que la transformación de la libido del objeto en narcisismo traía consigo inevitablemente cierta desexualización, un abandono de los fines sexuales especiales.

Pero se impone la reflexión de que si los instintos (trieb) de autoconservación del yo son reconocidos como libidinosos, ello no demuestra que en el yo no actúen también otros instintos (trieb).

(6) El instinto (trieb) gregario.- Se afirma multilateralmente la existencia de un instinto (trieb) gregario especial innato, que determina la conducta social de los hombres e impulsa al individuo a la reunión en comunidades más amplias.

El psicoanálisis ha de oponerse a esta tesis. Si el instinto (trieb) social es también, innato puede ser referido sin dificultad a cargas de objeto originariamente libidinosas y se desarrolla en el individuo infantil como producto de la reacción a actitudes hostiles de rivalidad. Reposa en una forma especial de la identificación con los demás.

(7) Tendencias sexuales de fin inhibido.- Los instintos (trieb) sociales pertenecen a una clase de impulsos instintivos que no requieren forzosamente el calificativo de sublimados, aunque están próximos a los de este orden. No han abandonado sus fines directamente sexuales, pero se ven impedidos de alcanzarlos por resistencias internas; se contentan con ciertas aproximaciones a la satisfacción y establecen, precisamente por ello, vínculos singularmente firmes y duraderos entre los hombres.

A esta clase pertenecen en especial las relaciones cariñosas, plenamente sexuales en su origen, entre padres e hijos, los sentimientos de amistad y el cariño conyugal, nacido de la inclinación sexual.

(8) Reconocimiento de dos clases de instintos (trieb) en la vida anímica.- La labor analítica, que, en general, tiende a desarrollar sus teorías independientemente de las otras ciencias, al tratarse de la teoría de los instintos (trieb), se ve obligada a buscar apoyo en la Biología.

Amplias reflexiones sobre los procesos que constituyen la vida y conducen a la muerte muestran probable la existencia de dos clases de instintos (trieb), correlativamente a los procesos opuestos de construcción y destrucción en el organismo.

Unos de estos instintos (trieb), que laboran silenciosamente en el fondo, perseguirían el fin de conducir a la muerte al ser vivo; merecerían, por tanto, el nombre de instintos (trieb) de muerte y emergerían vueltos hacia el exterior por la acción conjunta de los muchos organismos elementales celulares, como tendencias de destrucción o de agresión.

Los otros serían los instintos (trieb) sexuales o instintos (trieb) de vida libidinosos (el Eros), mejor conocidos analíticamente, cuya intención sería formar con la sustancia viva unidades cada vez más amplias, conservar así la perduración de la vida y llevarla a evoluciones superiores.

En el ser animado, los instintos (trieb) eróticos y los de muerte habrían constituido regularmente mezclas y aleaciones; pero también serían posibles disociaciones de los mismos. La vida consistiría en las manifestaciones del conflicto o de la interferencia de ambas clases de instintos (trieb), venciendo los de destrucción con la muerte y los de vida (el Eros) con la reproducción.

(9) La naturaleza de los instintos (trieb).- Sobre el terreno de esta teoría puede decirse que los instintos (trieb) son tendencias intrínsecas de la sustancia viva a la reconstitución de un estado anterior, o sea, históricamente condicionadas y de naturaleza conservadora, como si fueran manifestación de una inercia o una elasticidad de lo orgánico.

Ambas clases de instintos (trieb), el Eros y el instinto (trieb) de muerte, actuarían y pugnarían entre sí desde la primera génesis de la vida.

FreudEl ponente reitera la ya conocida evolución que el concepto de «inconsciente» ha tenido en el psicoanálisis. «Inconsciente» es ante todo un término meramente descriptivo, abarcando en tal caso lo que es transitoriamente latente.

Sin embargo, la concepción dinámica del proceso represivo obliga a conferir al inconsciente un sentido sistemático, de modo que equivale entonces a lo reprimido. Lo latente, lo sólo transitoriamente inconsciente, se denomina en consecuencia «preconsciente» y sistemáticamente se aproxima a lo consciente.

El doble sentido del término «inconsciente» ha traído consigo ciertos inconvenientes que, si bien carentes de importancia, fue difícil evitar. Resulta, empero, imposible identificar lo reprimido con lo inconsciente y el yo con lo preconsciente y lo consciente.

El ponente analiza los dos hechos que demuestran que también en el yo existe un inconsciente que se conduce dinámicamente como lo inconsciente reprimido. Dichos hechos son la resistencia en el análisis emanada del yo y el sentimiento de culpabilidad inconsciente.

Anticipa que en un trabajo próximo a publicarse -El «yo» y el «ello» – intentará estudiar la influencia que estas nuevas nociones han de tener sobre la concepción del inconsciente.

Introducción

FreudNuestro destino no parece querer depararnos la felicidad de laborar calmosamente en la ampliación de nuestra ciencia.

Apenas acabamos de rechazar victoriosamente dos ataques: el uno, que hace poco pretendió negar cuanto hemos logrado traer a luz, y que en lugar de todo contenido, nos quiso dejar sólo el tema de la repudiación; el otro, que trató de convencernos de que confundimos la naturaleza de ese contenido y que haríamos bien en trocarlo por otro.

Apenas, pues, nos sentimos seguros ante estos enemigos, cuando se alza ya ante nosotros un nuevo peligro: esta vez algo grandioso, algo elemental, que no sólo nos amenaza a nosotros, sino más aún quizá a nuestros propios adversarios.

Parecería que ya no es posible recusar el estudio de los fenómenos denominados «ocultos», de esos temas que, según se pretende, demostrarían la existencia real de poderes psíquicos ajenos al alma humana y animal conocida por nosotros, o que revelarían en esa alma facultades hasta ahora insospechadas.

La inclinación hacia dichos estudios parece ser irresistible; en estas breves vacaciones que acaban de transcurrir he tenido tres veces la ocasión de rehusar mi colaboración en publicaciones dedicadas a tales estudios, que acababan de fundarse. También creemos comprender de dónde deriva esta corriente su pujanza.

Ella es una de las expresiones de la desvalorización que, después de la catástrofe universal de la Gran Guerra, ha afectado todo lo establecido; es una parte del tanteo hacia esa magna conmoción a la cual nos encaminamos, pero cuya envergadura todavía no alcanzamos a adivinar; es, por cierto, también un intento de compensación para recuperar en otro terreno -ultraterreno- todo el encanto que ha perdido la existencia en esta tierra.

Aun es posible que muchos progresos de las ciencias exactas hayan favorecido tal evolución.

El descubrimiento del «radium» confundió, no menos que amplió, las posibilidades de explicación del mundo físico, y las nociones recién conquistadas de la denominada teoría de la relatividad han tenido en muchos de sus incomprensivos admiradores el efecto de socavar su confianza en la verosimilitud objetiva de la ciencia.

Como se recordará, el propio Einstein tuvo ocasión de protestar contra semejante tergiversación. No es obvio ni necesario que el fortalecimiento del interés por el ocultismo represente un peligro para el psicoanálisis. Cabría suponer, por el contrario, una simpatía mutua entre ambos.

En efecto, el uno como el otro han sufrido el mismo trato despectivo e impertinente por parte de la ciencia oficial.

El psicoanálisis es aún hoy sospechado de místico, y su noción del inconsciente es incluida en «aquellas cosas entre el cielo y la tierra», de las cuales la sabiduría académica no quiere ni siquiera soñar.

Las frecuentes invitaciones a colaborar que nos dirigen los ocultistas demuestran su intención de considerarnos como casi pertenecientes a ellos y de contar con nuestro apoyo contra la autoridad de la ciencia exacta. Por otra parte, el psicoanálisis no tiene ningún interés en sacrificarse defendiendo a esta autoridad, pues él mismo se halla en oposición contra todo lo convencionalmente limitado, establecido, universalmente aceptado.

No sería, por cierto, la primera vez que prestara su auxilio a las oscuras pero inextinguibles intuiciones del pueblo, contra la presuntuosa sabiduría de las esferas cultas.

Por tanto, la alianza y la colaboración entre analistas y ocultistas parecería ser tan natural como promisoria. Una consideración más detenida, sin embargo, ya nos revela ciertas dificultades.

La inmensa mayoría de los ocultistas no son impulsados por el afán de conocimiento ni por la vergüenza de que la ciencia haya rehusado durante tanto tiempo tomar en cuenta problemas innegables, ni tampoco por la íntima necesidad de someterle nuevos campos fenoménicos.

Son más bien seres, ya convencidos, que buscan confirmaciones, que quieren hallar una justificación para profesar abiertamente su creencia.

Esta creencia, empero, que primero quieren demostrar, para luego imponerla a los demás, es el mismo viejo credo religioso que la ciencia obligó a replegarse en el curso de la evolución humana, o bien una creencia nueva que se halla aún más próxima a las convicciones superadas del hombre primitivo. Los analistas, en cambio, no pueden renegar de su descendencia del cientificismo exacto ni de su solidaridad con quienes lo representan.

Desconfiados al extremo contra el poderío de los humanos impulsos desiderativos, están dispuestos, contra las tentaciones del principio del placer, a sacrificarlo todo para conquistar un trocito de seguridad objetiva: el brillo inmaculado de una teoría sin lagunas, la consciencia exaltada de poseer una mundovisión final y acabada, la calma anímica que se alcanza al disponer de las más amplias motivaciones para una acción adecuada y ética.

En lugar de todo esto, se conforman con trozos fragmentarios del conocimiento y con premisas básicas vagas y susceptibles de cualquier adaptación.

En vez de atisbar el momento que les permita sustraerse al dominio de las leyes físicas y químicas conocidas, anhelan, esperanzados, que surjan leyes naturales más amplias y más profundas, a las cuales están prestos a someterse.

En el fondo, los analistas son incorregibles mecanicistas y materialistas, aun cuando rehúsen negar a lo anímico y a lo psíquico aquellas de sus cualidades que aún no han sido reconocidas.

Además, sólo abordan el estudio de los temas ocultos, porque así esperan poder desterrar definitivamente las humanas formaciones desiderativas de la realidad material.

Teniendo en cuenta tan dispares actitudes mentales, la colaboración entre analistas y ocultistas ofrece pocas perspectivas de ser fructífera.

El analista tiene su propio campo de labor, que no debe abandonar: lo inconsciente en la vida psíquica.

Si en su trabajo pretendiera estar atento a los fenómenos ocultos, correría peligro de pasar por alto cuanto le es más familiar. Perdería así la neutralidad, la imparcialidad, la carencia de prejuicios, que constituyen elementos esenciales de sus defensas y sus dotes analíticas.

Si los fenómenos ocultos se le presentasen con la misma insistencia que los demás, nada haría para eludirlo, como tampoco elude éstos. He aquí el único propósito compatible con la actividad del psicoanalista. Contra uno de los peligros, el subjetivo, el de que su interés se agote en los fenómenos ocultos, el analista puede protegerse mediante la autodisciplina.

Muy distinta es la situación frente al peligro objetivo. Difícilmente puede dudarse de que la dedicación a los fenómenos ocultos no tardará en confirmar a muchos analistas la realidad de aquéllos; cabe aceptar, en cambio, que pasará mucho tiempo antes de que se alcance una teoría aceptable de estos nuevos hechos.

Mas quienes nos escuchan ávidamente no han de esperar tanto. Ya ante el primer asomo de confirmación, los ocultistas proclamarán victoriosa su causa, extenderán su fe, de una sola afirmación, a todas las restantes; de los meros fenómenos, a aquellas explicaciones que les son más gratas y más satisfactorias.

En efecto, para ellos los métodos de la investigación científica sólo han de servir de peldaños para sobreponerse a la ciencia.

¡Ay de nosotros si llegan a subir tan alto! Ningún escepticismo de quienes los rodeen y los escuchen podrá inducirlos a la reflexión; ningún argumento de la mayoría podrá detenerlos.

Serán recibidos como libertadores del molesto dominio del pensamiento, y cuanta credulidad se halla al acecho desde los días infantiles de la humanidad y desde los años infantiles del individuo, se precipitará alborozada a su encuentro.

Será inminente entonces un terrible descalabro del pensamiento crítico, de las exigencias deterministas y de la ciencia mecanicista. ¿Acaso la técnica, con su inexorable aferramiento a las magnitudes de la fuerza, la masa y la cualidad de la materia, podrá entonces contenerlos? Sería vano esperar que precisamente la labor analítica, por concernir al misterioso inconsciente, haya de escapar a tal derrumbamiento de los valores.

Una vez que los espíritus tan familiares a los seres humanos nos ofrezcan las explicaciones últimas, ya no podrá restar interés alguno para la ardua y laboriosa penetración de la investigación analítica en los poderes psíquicos aún ignotos.

También los caminos de la técnica analítica serán abandonados en cuanto apunte la perspectiva de ponerse, mediante maniobras ocultas, en comunicación inmediata con los espíritus activos, tal como se suelen abandonar los hábitos del trabajo laborioso en cuanto asoma la esperanza de enriquecerse de golpe mediante una especulación afortunada.

En esta guerra hemos oído hablar de personas que se encontraban situadas entre dos naciones enemigas, perteneciendo a la una por nacimiento y a la otra por elección y domicilio; su destino fue siempre el de ser tratados como enemigos por la una, y luego, una vez felizmente escapados, el de sufrir idéntico tratamiento de la otra. Tal podría ser, fácilmente, también el destino del psicoanálisis.

No obstante, es preciso soportar los azares, cualesquiera que ellos sean. De una u otra manera, también el psicoanálisis habrá de conformarse a su destino. Retornemos, empero, al presente, a nuestra tarea más inmediata.

En el curso de los últimos años he hecho algunas observaciones que no quisiera seguir reservándome, por lo menos en el círculo de mis adeptos más próximos. La repugnancia a embanderarme en una corriente que domina la época, la preocupación por sustraer el interés al análisis y la absoluta falta de un discreto disfraz son las circunstancias que, de consuno, impiden dar a mi comunicación una más amplia divulgación. Reivindico para mi material dos ventajas raramente halladas.

En primer lugar, está libre de las reservas y de las dudas que aquejan a la mayoría de las observaciones de los ocultistas; en segundo lugar, su valor demostrativo sólo se pone en juego una vez efectuada su elaboración analítica. Con todo, se trata únicamente de dos casos que poseen un carácter común; un tercer caso es de diferente especie y susceptible de distinto enjuiciamiento, por lo cual lo agrego sólo a manera de apéndice. Los dos casos que a continuación explayaré se refieren a sucedidos de idéntica calidad: ambos son profecías de agoreros profesionales que no se cumplieron.

Sin embargo, causaron extraordinaria impresión a las personas que las recibieron, de modo que lo esencial en ellas no puede ser su relación con el futuro.

Me será bien venido en grado sumo cualquier aporte a su explicación y cualquier reserva ante su valor demostrativo.

Mi actitud personal frente a este tema sigue siendo renitente, ambivalente.

Primera parte

Algunos años antes de la guerra acudió a psicoanalizarse conmigo un joven alemán, quejándose de su incapacidad de trabajo, de haber olvidado toda su vida anterior, de haber perdido todo interés.

Era estudiante aventajado de Filosofía en Munich; se hallaba ante sus exámenes finales, y, por lo demás, era el hijo de un financiero muy culto, astuto, infantilmente travieso, que, como más tarde se demostró, había llegado a elaborar felizmente un enorme erotismo anal.

Al preguntarle si realmente no tenía memoria de ningún suceso de su vida o de nada perteneciente al círculo de sus intereses, me expuso el plan de una novela bosquejada por él, que se desarrollaba en Egipto en la época de Amenofis IV y en la cual tenía gran importancia cierto anillo. Iniciamos el análisis partiendo de esa novela; el anillo demostró ser el símbolo del matrimonio, y desde allí pudimos remozar todos sus recuerdos e intereses.

Resultó que su descalabro psíquico era la consecuencia de un gran esfuerzo de superación. Tenía una sola hermana, algunos años menor que él, de la cual estaba enamorado con pasión y sin disimulo alguno. «¿Por qué no podríamos casarnos?», se habían dicho a menudo.

Sin embargo, sus demostraciones de amor nunca habían trascendido de lo lícito entre hermanos. De esa hermana habíase enamorado ahora un joven ingeniero, que fue correspondido, pero no halló favor ante los severos padres.

En su zozobra la pareja de enamorados acudió al hermano en demanda de auxilio. Este se solidarizó con los amantes, ofició de intermediario en su correspondencia, les facilitó los encuentros cuando, durante sus vacaciones, se encontraba en casa e influyó por fin sobre los padres hasta que éstos dieron su beneplácito al compromiso y al casamiento. Durante la época del noviazgo sucedió en cierta ocasión algo muy sospechoso.

El hermano emprendió con su futuro cuñado una excursión a la Zugspitze, en cuyo curso actuó como guía, pero ambos se perdieron en la montaña, corrieron peligro de despeñarse y se salvaron sólo a duras penas.

Mi paciente no me contradijo mucho cuando le interpreté esa aventura como un intento de homicidio con suicidio. Pocos meses después de casarse la hermana, el joven comenzó su análisis conmigo.

Lo dejó, con plena capacidad de trabajo, al cabo de seis a nueve meses para rendir sus exámenes y presentar su tesis, volvió un año más tarde, siendo ya doctor en Filosofía, a fin de continuar el análisis, porque, como decía, para él, como filósofo, el psicoanálisis tendría un interés que trascendía el resultado terapéutico. Recuerdo que reinició el tratamiento en octubre, pocas semanas después me contó la siguiente experiencia: En Munich vive una adivina que goza de gran fama, al punto de que hasta los príncipes de la casa de Baviera suelen acudir a ella cuando se proponen emprender algo importante.

Lo único que aquélla exige es que se le indique una fecha cualquiera. (Olvidé preguntar a mi paciente si ésta también debe incluir el año.) Se supone que la fecha corresponde al natalicio de una persona determinada, pero la pitonisa no pregunta a qué persona se refiere. Provista de esta fecha, hojea unos libros de astrología, hace largos cálculos y emite por fin una profecía referente a esa persona.

En marzo último mi paciente se dejó convencer de visitar a la adivina y le presentó la fecha de nacimiento de su cuñado, sin mencionar, naturalmente, el nombre de éste y sin traducir que pensaba en él. De acuerdo con el oráculo, «esa persona moriría en junio o agosto próximo de una intoxicación con cangrejos o con ostras». Después de haberme contado esto mi paciente agregó:

«¡Y eso era extraordinario!».

Yo no atiné a comprenderlo, y le contradije enfáticamente: «Pero ¿qué hay de extraordinario en eso? Hace ya una semana que usted se visita conmigo; si su cuñado realmente hubiese muerto ya lo habría contado aquí; por tanto, vive aún. La profecía fue formulada en marzo, para cumplirse a mediados del año; ahora estamos en noviembre.

Por consiguiente, no se ha cumplido. ¿Qué encuentra usted de admirable en eso?» A lo cual me respondió mi paciente: «Es cierto que no se realizó; pero lo curioso es que mi cuñado realmente gusta mucho de cangrejos, ostras y otros mariscos, y, en efecto, había sufrido en el mes de agosto anterior una intoxicación por cangrejos, de la cual estuvo a punto de morir.» Nada más se habló al respecto.

Me propongo ahora considerar este caso con ustedes. Creo en la veracidad de lo narrado; mi paciente es una persona que merece ser tomada en serio y que actualmente es profesor de Filosofía en K. No conozco ninguna razón que pudiese haberlo inducido a engañarme. La narración tenía un simple carácter episódico, no obedecía a ninguna tendencia, nada más se agregó a ella ni dio lugar a ninguna conclusión.

El paciente no se proponía convencerme de la existencia de los fenómenos psíquicos ocultos, al punto que tengo la impresión de que ni siquiera apreciaba con claridad el significado de su experiencia. Yo mismo quedé tan extrañado y aun molesto, que renuncié a la utilización analítica de su comunicación.

También en otro sentido debemos aceptar como irreprochable la referida observación. No cabe duda de que la adivina no conocía a quien la consultaba. Reflexionemos por un momento en el grado de intimidad necesario para reconocer determinada fecha, como el natalicio del cuñado, de un conocido nuestro.

Por otra parte, todos estarán, sin duda, de acuerdo conmigo en negar tenazmente que mediante fórmulas o con tablas cualesquiera pueda deducirse de la fecha natal un futuro tan preciso y detallado como el de sufrir una intoxicación por cangrejos.

Tengamos en cuenta cuán grande número de personas nacen en un mismo día. ¿Podremos entonces considerar posible que la similitud de los azares fundados en la comunidad de fechas natales alcance a detalles tan precisos? Por consiguiente, me atrevo a negar toda consideración a dichos cálculos astrológicos, y aceptaré que la adivina, en vez de éstos, podría haber cumplido cualquier otra ceremonia, sin afectar en lo mínimo el resultado de la consulta.

Además, creo que no cabe aceptar la menor intención de engaño en la adivina o, como mejor sería llamarla, en la médium.

Si admitimos el carácter real y veraz de dicha observación, se nos presenta la necesidad de poder explicarla.

Adviértese a primera vista algo que rige para la mayoría de estos fenómenos: su explicación, partiendo de premisas ocultistas, posee una rara suficiencia e integridad, agota totalmente el asunto a explicar, y sólo adolece de que, en sí misma, sea tan absolutamente insatisfactoria. La adivina no podía tener conocimiento de la intoxicación por cangrejos ya sufrida por un sujeto nacido en determinada fecha ni pudo tampoco haberlo adquirido de sus tablas o de sus cálculos.

En cambio, dicho conocimiento se encontraba en el consultante. Todo este sucedido se explica íntegramente si aceptamos que el conocimiento se transfirió de él a ella, a la pretendida profetisa, por un camino desconocido que excluye las formas de comunicación habituales y familiares.

Ello significa que deberíamos admitir la transmisión del pensamiento.

A las maniobras astrológicas de la adivina corresponderíales entonces la función de una actividad que distrae sus propias fuerzas psíquicas, que las ocupa en forma innocua, de modo que pueda tornarse receptiva y permeable para los pensamientos ajenos que influyen sobre ella, o sea para que pueda convertirse en un médium cabal.

En el chiste, por ejemplo, hallamos procedimientos similares cuando se trata de asegurar a un proceso psíquico un decurso más automático.

Con todo, la aplicación del psicoanálisis a este caso nos ha de rendir aún algo más y contribuirá a realzar su importancia. Nos enseña, en efecto, que no es una parte arbitraria de un conocimiento cualquiera el que por la vía de la inducción se ha comunicado a una segunda persona, sino que se trata de un deseo extraordinariamente poderoso de una persona que guardaba con la consciencia de ésta una relación peculiar, el cual pudo alcanzar, con ayuda de una segunda persona, expresión consciente bajo un tenue disfraz, a semejanza de la manera en que el extremo invisible del espectro lumínico se manifiesta sensorialmente en la placa fotosensible, como una prolongación coloreada del espectro visible.

Creemos poder reconstruir el curso de ideas que nuestro joven tuvo después de la enfermedad y el restablecimiento del cuñado aborrecido como rival. «Bueno, esta vez ha salido con vida; pero no por ello renuncia a su peligroso amorío con mi hermana, y espero que la próxima vez muera por eso.»

Este «espero» es el que se ha convertido en la profecía. Como símil de este caso podría exponer el sueño de otra persona cuyo material consiste en una profecía, demostrando el análisis del mismo que el contenido de dicha profecía coincide con el de una realización de deseos.

No me es posible simplificar la precedente explicación, agregando que cabe considerar como inconsciente y reprimido el deseo homicida de mi paciente contra su cuñado, pues durante el tratamiento del año anterior se había tornado consciente, desapareciendo las consecuencias de su represión. No obstante, seguía subsistiendo; ya no con carácter patógeno, pero sí con suficiente intensidad. Bien podríamos calificarlo, pues, de deseo «contenido».

Segunda parte

En la ciudad de F. vive una niña, la mayor de cinco hermanas, sin que haya ningún varón en la familia. Diez años la separan de la menor; en cierta ocasión, siendo ésta todavía un bebé, la deja caer de sus brazos; más tarde insiste en llamarla «su nena». La hermana que le sigue en edad no podría ser más coetánea, pues ambas nacieron en el mismo año.

La madre, mayor que el padre, es una mujer poco amable; el padre no sólo es más joven, sino que también se dedica mucho a las pequeñas, quienes lo admiran por sus habilidades manuales. Desgraciadamente, nada tiene de admirable por lo demás, pues como comerciante fracasado que es, no logra mantener a la familia sino con la ayuda de sus parientes.

La hija mayor no tarda en convertirse en confidente de todas las preocupaciones emergentes de su incapacidad económica. Una vez superado su carácter infantil rígido, tozudo y apasionado, se convierte la niña en un verdadero espejo de virtudes, aunándose en ella un elevado sentido moral con una inteligencia estrechamente limitada. Llega a ser maestra normal y es muy respetada por sus colegas. Los tímidos homenajes de un joven pariente que es su maestro de música no le hacen mella; ningún otro hombre ha podido despertar hasta entonces su interés.

Cierto día aparece un pariente de la madre, mucho mayor que nuestra joven, pero como ella misma cuenta sólo diecinueve años, aquél es todavía un hombre Joven.

Es extranjero; vive en Rusia como director de una gran empresa comercial, y ha llegado a adquirir gran fortuna, al punto que sólo una guerra mundial y la caída del más grande despotismo llegarán a empobrecerlo.

Se enamora al punto de su joven y severa prima, y quiere convertirla en su esposa. Los padres no tratan de convencerla, pero ella comprende muy bien sus deseos. Tras todos sus ideales éticos vislumbra el cumplimiento de la fantasía desiderativa de ayudar al padre y salvarlo de su miseria. Calcula que el pretendiente lo apoyará financieramente mientras siga con sus negocios, lo jubilará cuando se retire, proveerá a las hermanas de dote y ajuar para que puedan casarse a su vez.

Así, se enamora de él, se casa al poco tiempo y lo sigue a Rusia.

Salvo algunos pequeños sucesos apenas comprensibles, que sólo retrospectivamente adquirirán significado, todo marcha a las mil maravillas en este matrimonio. La joven se convierte en una esposa tierna y amante, sensualmente satisfecha, que encarna a la providencia para su propia familia.

Sólo algo le falta: no llega a tener hijos.

Cuenta ahora veintisiete años, hace ya ocho que está casada, reside en Alemania, y después de superar todos sus escrúpulos, ha consultado allí a un ginecólogo.

Este, con la habitual ligereza del especialista, le promete el éxito siempre que se someta a una pequeña operación.

Ella se muestra dispuesta, y la noche anterior a la fecha fijada para efectuarla se lo comunica al marido.

Es la hora del crepúsculo; ella se levanta para encender la luz, pero el marido le ruega que no lo haga, pues debe decirle algo para lo cual prefiere estar a oscuras. Ha de cancelar la operación, pues la culpa de la infecundidad sería exclusivamente suya.

En el curso de un congreso médico, dos años antes, se había enterado de que determinadas enfermedades pueden tornar estéril al hombre, y un examen ulterior habría demostrado que tal era su caso.

Después de esta confesión, la mujer renuncia, naturalmente, a operarse y sufre un descalabro momentáneo que no logra disimular. Logró sólo enamorarse de su marido como sustituto del padre; ahora se entera de que nunca podrá llegar a ser padre. Tres caminos se le abren, todos inaccesibles por igual: la infidelidad, la renuncia al hijo, la separación del marido.

Esto último no lo puede hacer por poderosos motivos prácticos; el segundo camino le queda cerrado por los más fuertes anhelos inconscientes, que es fácil adivinar. Toda sus infancia estuvo dominada por el deseo, tres veces frustrado, de tener un hijo con el padre.

Así, sólo le queda una salida, precisamente la que torna a esta persona tan interesante para nosotros: cae en grave neurosis. Durante un tiempo se defiende contra distintas tentaciones por medio de una histeria de angustia; pero luego recurre a breves actos obsesivos.

Es internada, y por fin, después de diez años de enfermedad, llega a mis manos. Su síntoma más llamativo consistía en que al acostarse en la cama debía prender (anstecken) sus sábanas a las mantas con alfileres de gancho; traducía así el secreto del contagio (Ansteckung) del marido, que la había condenado a no tener hijos.

En cierta ocasión, cuando contaba cerca de cuarenta años, mi paciente me contó un sucedido de la época de su incipiente depresión, aun antes de haberse desencadenado la neurosis obsesiva. Con el fin de distraerla, su marido la llevó consigo en un viaje de negocios a París.

El matrimonio hallábase sentado con un amigo del marido en el vestíbulo del hotel, cuando de pronto advirtióse en éste cierto movimiento y agitación. La mujer preguntó a un empleado por el motivo del alboroto, enterándose de que acababa de llegar Monsieur le Professeur para atender consultas en su gabinete, próximo a la entrada del hotel.

Monsieur le Professeur sería un famoso adivino que nunca preguntaba nada, sino que hacía plantar a sus visitantes la mano en una fuente llena de arena, y acto seguido profetizaba el futuro estudiando simplemente la huella de la mano en la arena. La mujer manifestó que también ella querría hacerse predecir el futuro, pero el marido objetó que todo eso sería absurdo. No obstante, una vez que éste se hubo marchado con su amigo, la esposa quitose la alianza y entró en el gabinete del adivino.

Este observó largamente la impresión de la mano, y le dijo luego lo siguiente: «En el próximo tiempo tendrá que soportar usted graves conflictos, pero todo saldrá bien; usted se casará, y a los treinta y dos años tendrá dos hijos.» Mi paciente narraba esta historia con evidente admiración y sin atinar a comprenderla.

Mi observación de que sería lamentable que el término de la profecía ya hubiese vencido ocho años atrás, no le causó la menor impresión. Sólo me quedó el recurso de pensar que la mujer admiraba la confiada osadía de esta predicción, el Kück des Rebben.

Mi memoria, que por lo común es fidedigna, desgraciadamente no me permite decidir si la primera parte de la profecía era: «Todo saldrá bien, usted se casará», o bien en cambio: «Usted será feliz.» Mi atención se concentró exclusivamente en la parte final, que me quedó claramente grabada, con todos sus notables detalles.

En realidad, las primeras palabras acerca de los conflictos que terminarán bien corresponden a esas expresiones indeterminadas que se encuentran en todas las profecías, aun en las que se pueden comprar ya impresas. Tanto más llamativamente se destacan los dos números preciosos de la parte final. con todo, evidentemente habría tenido sumo interés determinar si el Professeur realmente se refirió a su casamiento.

Es cierto que la mujer se había quitado la alianza y que con sus veintisiete años parecía aún tan joven, que fácilmente podía ser tomada por una muchacha; pero, por otro lado, no se requiere excesiva perspicacia para descubrir la huella de un anillo en el dedo. Limitémonos, pues, al problema del pasaje final, en el que se le promete que tendrá dos hijos a la edad de treinta y dos años.

Estos detalles parecen totalmente arbitrarios e inexplicables, y ni la persona más crédula se atrevería a derivarlos de una interpretación quiromántica. Habrían tenido evidente justificación de ser confirmados por la realidad; pero éste no fue el caso: la mujer contaba ya cuarenta años y no tenía hijo alguno. ¿Cuál era, pues, el origen y la significación de dichos números? La propia paciente no tenía la menor noción al respecto.

Por tanto, lo más simple hubiera sido descartar esta cuestión y el suceso en sí por ocioso y absurdo, considerándolo como una más de las múltiples comunicaciones sin sentido pretendidamente ocultistas. Con esta solución simplicísima y definitiva todo quedaría resuelto si -casi diría por desgracia- no hubiese sido precisamente en análisis el que pudo ofrecer la explicación de estas dos cifras, y nada menos que una explicación plenamente satisfactoria, al punto de ser casi la única evidente para esta situación. Las dos cifras, en efecto, se adaptan con justeza a la vida de la madre de mi paciente.

Aquélla se había casado sólo después de los treinta años, precisamente a los treinta y dos, a diferencia de lo normal en la mayoría de las mujeres, y como si quisiera recuperar su tardanza, tuvo dos hijos en un mismo año.

Por tanto, la profecía es susceptible de traducirse fácilmente así: «No te aflijas por tu actual infecundidad; eso no quiere decir nada, pues todavía puede ocurrirte lo mismo que a tu madre, que a tu edad ni siquiera estaba casada y, sin embargo, tuvo dos hijos a los treinta y dos años.»

La profecía venía a ofrecerle, pues, aquella identificación materna que había sido el secreto de su niñez, formulada por boca de un agorero ignorante de todas estas circunstancias personales y absorto en la impresión de una mano en la arena. Tenemos la libertad de incluir, como premisa de esta realización de deseo totalmente inconsciente, una aspiración más: «La muerte te librará de tu inútil marido, o bien hallarás la fuerza para separarte de él.»

El primer expediente estaría más de acuerdo con la índole de la neurosis obsesiva, pero la segunda posibilidad se traduce por los conflictos victoriosamente superados a los cuales alude la profecía.

Se advertirá que el papel de la interpretación analítica es en este caso aun más importante que en el anterior, al punto que casi podría decirse que el hecho oculto acaba de ser creado por aquélla. De acuerdo con ello, deberíamos considerar este ejemplo como una prueba casi incontrovertible para la posibilidad de la transferencia de un intenso deseo inconsciente y de los pensamientos y conocimientos que de él dependen.

Sólo veo un camino para eludir el carácter imperioso de este caso, y por cierto que me apresuraré a exponerlo.

Es posible que en los doce o trece años que mediaron entre la profecía y su narración durante el tratamiento la paciente haya creado una ilusión de la memoria, es decir, que el Professeur sólo le haya formulado algún consuelo general e indeterminado -en lo cual no habría motivo alguno para despertar nuestro asombro- y que ella incluyera paulatinamente las cifras significativas, tomándolas de su inconsciente.

En tal caso quedarían eliminadas las circunstancias que nos imponen una conclusión tan trascendente.

Estamos dispuestos a identificarnos con el escéptico que sólo admitirá una comunicación de esta especie si es formulada inmediatamente después de la experiencia, y aun así, quizá no sin sentir ciertos escrúpulos. Recuerdo que después de haber sido nombrado profesor tuve una audiencia de agradecimiento con el ministro de Educación.

Al retirarme de su despacho me sorprendí tratando de falsear las palabras que habíamos cambiado, y nunca más pude recordar exactamente la conversación que realmente tuvo lugar. Con todo, debo dejar al arbitrio del lector si prefiere aceptar esta explicación. Por mi parte, me es igualmente imposible refutarla como demostrarla.

Así, esta segunda observación, aunque mucho más demostrativa que la primera, no se halla tan sustraída como ésta al reparo de la duda.

Los dos casos que acabo de describir corresponden ambos a profecías incumplidas. Creo que las observaciones de esta especie pueden suministrarnos el mejor material para esclarecer el problema de la transmisión del pensamiento, y quisiera invitar a todos los que me escuchan en esta reunión a reunir observaciones similares. También tenía preparado, para comunicarlo a ustedes, un ejemplo de un material totalmente distinto, un caso en el cual cierto paciente de calidad muy particular habló, durante una sesión, de cosas que se vinculaban en la forma más extraordinaria con una experiencia que yo acababa de tener.

Al respecto, sin embargo, habrán de sufrir ustedes la consecuencia de la poderosísima resistencia con que yo abordo estas cuestiones del ocultismo.

En efecto, cuando revisé en Gastein las anotaciones que había llevado como material para esta comunicación, no encontré la hoja en la cual había registrado esta última observación, y, en cambio, me hallé con otra, guardada por error, que sólo contenía anotaciones indiferentes sobre un tema totalmente distinto.

Nada puede hacerse contra una resistencia tan evidente, de modo que les seguiré debiendo la comunicación de este caso, ya que no puedo reconstruirlo de memoria.

En cambio, agregaré algunos comentarios sobre un personaje muy conocido en Viena, el grafólogo Rafel Schermann, a quien se atribuyen las hazañas más admirables. No sólo sería capaz de reconstruir el carácter de una persona a partir de su letra, sino también dar de ella una descripción física y agregar predicciones que más tarde serían confirmadas por la realidad.

Es cierto que la fama de muchas de estas llamativas proezas tiene por único fundamento su propia narración de las mismas. Un amigo mío intentó cierta vez, sin mi conocimiento, despertar sus dotes imaginativas mostrándole mi escritura.

Schermann sólo declaró que era la letra de un señor anciano -lo cual era fácil de adivinar- con el cual resultaba difícil convivir, pues era en su familia un tirano inaguantable. Quienes comparten mi hogar no podrán confirmar tal caracterización; pero, como sabemos, en el terreno del ocultismo rige el cómodo principio de que los casos negativos nada prueban.

Yo mismo no he tenido oportunidad de realizar observaciones directas con Schermann; pero por intermedio de un paciente pude entablar con él una relación de la cual nada sabe y acerca de la que deseo ahora contarles algo. Hace pocos años me consultó cierto joven que me causó una impresión particularmente simpática, de modo que lo atendí con preferencia a otros solicitantes de tratamiento.

Demostróse que se hallaba preso en un enredo con una de las cortesanas más conocidas, de la cual trataba infructuosamente de librarse, porque lo privaba de toda libertad de acción. Logré devolverle su independencia y hacerle comprender al mismo tiempo su compulsión; hace pocos meses contrajo un matrimonio normal y satisfactorio de acuerdo con los cánones burgueses.

A poco de comenzar el análisis resultó que la compulsión contra la cual se rebelaba no lo tenía atado a dicha cortesana, sino a una mujer de su propio círculo con la que había mantenido una relación amorosa desde los más tempranos años de su juventud.

A la cortesana sólo la utilizaba como chivo emisario para satisfacer en ella toda la sed de venganza y los celos que en realidad se dirigían a la amada. De acuerdo con los mecanismos que ya conocemos, este joven se había sustraído a la inhibición de la ambivalencia por medio del desplazamiento a un objeto nuevo.

A esta cortesana, que llegó a enamorarse de él con casi total desinterés, solía martirizarla de la más refinada manera.

Sin embargo, cuando ella ya no podía seguir disimulando su sufrimiento, le transfería todo el cariño que sentía por el amor de su juventud, la regalaba y la mimaba, para comenzar nuevamente el ciclo.

Cuando, por fin, rompió con ella bajo la influencia del tratamiento, pudo advertirse con claridad qué pretendía conseguir con su conducta frente a esta sustituta de la amada: quería desquitarse por un intento de suicidio que había cometido en su juventud al ser desdeñado por la amada, de mayor edad que él, la cual sólo entonces se rindió a sus solicitudes.

En esa época del tratamiento solía consultar a Schermann, con quien estaba relacionado y que varias veces le interpretó la escritura de la mujer galante, declarándole que ésta había llegado al cabo de sus fuerzas, que estaría a punto de suicidarse y que se mataría sin duda alguna.

Ella, en cambio, no lo hizo, sino que superó su humana debilidad, recordando los principios de su profesión y los deberes para con el protector oficial. Para mí era evidente que el milagrero sólo le había manifestado a mi paciente su propio y más íntimo deseo.

Una vez superada la vinculación con esa persona sustitutiva, mi paciente se dedicó seriamente a librarse de su sujeción real.

A través de sus sueños pude colegir el plan que germinaba en él para disolver la relación con su amor de juventud, sin ofenderla gravemente ni perjudicarla en lo material. La mujer tenía una hija que se mostraba muy cariñosa con el joven amigo de la madre y que, aparentemente, nada sabía de su secreta vinculación. Con esa muchacha quería casarse.

Al poco tiempo este plan se tornó consciente, y emprendió los primeros pasos para llevarlo a la realidad. Por mi parte, apoyé tal propósito que ofrecía una salida posible, aunque irregular, de tan difícil situación. Poco después, empero, apareció un sueño hostil contra la muchacha, ante lo cual mi paciente consultó de nuevo a Shermann, quien opinó que la joven sería infantil, neurótica y que no debía casarse con ella.

El gran conocedor de la naturaleza humana tenía razón esta vez: la conducta de la joven, que ya pasaba por novia de mi paciente, se tornó cada vez más contradictoria, y decidimos llevarla al análisis.

El resultado de su tratamiento fue el abandono de los planes matrimoniales; la muchacha tenía pleno conocimiento inconsciente de las relaciones entre su madre y su novio, y sólo se sentía atraída a éste por su propio complejo de Edipo.

Hacia esa época fue interrumpido nuestro análisis. El paciente se sentía libre y capaz de conducir solo su vida futura.

Eligió por esposa a una joven respetable y ajena al círculo familiar, sobre la cual Schermann había emitido un juicio favorable. Ojalá que también esta vez vuelva a tener razón. Ya habrán comprendido ustedes en qué sentido quisiera interpretar estas experiencias mías con Schermann.

Se advertirá que todo mi material se refiere exclusivamente a la inducción (o transferencia) del pensamiento, mientras que nada tengo que decir sobre los demás milagros que sustenta el ocultismo. Como ya he admitido en público, mi propia vida es particularmente pobre en lo que a experiencias ocultas se refiere.

El problema de la transmisión del pensamiento quizá parezca nimio comparado con el vasto mundo mágico de lo oculto. Reflexiónese, sin embargo, cuán preñada de consecuencias estaría, con respecto a nuestro actual punto de vista, la sola admisión de la telepatía. Confírmase aquí lo que el custodio de Saint-Denis solía agregar a su narración del martirio del santo. Después de su decapitación, Saint-Denis habría levantado su cabeza del suelo y marchado un buen trecho con ella en la mano.

Mas el custodio comentaba: Dans des cas pareils, ce n’est que le premier pas qui coûte. Todo lo demás viene solo.

FreudEn los tiempos que corren, tan plenos de interés por los fenómenos que se ha dado en llamar «ocultistas», un anuncio como el que pregonan mis palabras debe despertar por fuerza determinadas expectativas, razón por la cual me apresuro a defraudarlas.

Mi trabajo no contribuirá en lo más mínimo a revelar el enigma de la telepatía, y ni siquiera permitirá colegir si creo o no en la existencia misma de una «telepatía».

En esta ocasión me propongo la muy modesta tarea de investigar las relaciones entre los fenómenos telepáticos -cualquiera sea su origen- y el fenómeno onírico, o más precisamente nuestra teoría del sueño.

Bien sabemos que se suele considerar muy íntima la relación entre el sueño y la telepatía; por mi parte, defenderé aquí la tesis de que ambos fenómenos tienen muy poco en común, y que, si se estableciera con certeza la existencia de sueños telepáticos, ello no obligaría a modificar en absoluto nuestra concepción del sueño.

El material que fundamenta mi exposición es muy reducido.

Ante todo, debo lamentarme por no haber podido trabajar con sueños propios, como lo hice una vez, cuando escribí La interpretación de los sueños (1900); pero sucede que jamás tuve un sueño «telepático».

No es que me hayan faltado los sueños con comunicaciones sobre determinado suceso acaecido en cierto lugar lejano, quedando librado a la concepción del soñante decidir si el suceso estaba ocurriendo precisamente o si acaecería en alguna oportunidad futura; también tuve frecuentemente, en plena vida vigil, presentimientos de sucesos alejados, pero ninguno de estos anuncios, profecías y presunciones se realizó, como suele decirse; resultó que no les correspondía realidad exterior alguna, y por ello hube de considerarlos como expectativas puramente subjetivas.

Así, por ejemplo, soñé una vez durante la guerra que había muerto uno de mis hijos, a la sazón en el frente .

El sueño no lo expresaba en forma directa, pero sí inequívoca, mediante el conocido simbolismo de la muerte que W.

Stekel fue el primero en señalar. (¡No dejemos de cumplir aquí con el deber de la escrupulosidad literaria, tan incómodo en ocasiones!) Veía al joven guerrero parado junto a un muelle, en el límite entre tierra y agua; me parecía muy pálido; le hablé, pero no me contestó.

A esto se agregaban otras alusiones inconfundibles. No tenía puesto su uniforme militar, sino un traje de esquiador como el que llevara años antes de la guerra, al ocurrirle un grave accidente de esquí.

Estaba parado sobre una elevación en forma de taburete, ante un armario, situación que me indujo a interpretarla como una «caída», teniendo en cuenta un recuerdo de infancia mío, pues siendo niño de poco más de dos años, cierta vez me había subido sobre un taburete semejante para bajar algo de un armario -probablemente algo apetecido-, cayéndome e infiriéndome una herida cuya cicatriz aún puedo exhibir. Pero mi hijo, cuya muerte anunciara aquel sueño, volvió sano y salvo de los peligros de la guerra.

Aún no hace mucho tuve otro sueño de mal agüero y, según creo, fue poco antes de resolverme a redactar esta breve comunicación.

En ese caso el contenido del sueño aparecía bien a las claras: yo veía a mis dos sobrinas que viven en Inglaterra, vestidas de negro y diciéndome:

«El jueves la hemos enterrado.»

Sabía que debían referirse a la muerte de su madre, ahora de ochenta y siete años, esposa del mayor de mis hermanos, ya fallecido. Pasé, desde luego, por momentos de penosa expectativa, pues el fallecimiento repentino de una mujer tan anciana nada habría tenido de sorprendente, y sin duda no me hubiera sido grato que mi sueño coincidiese precisamente con tan funesto suceso.

Mas la primera carta que me llegó de Inglaterra disipó mi inquietud. Para todos aquellos que se preocupan por la teoría de la realización del deseo en el sueño, he de intercalar la tranquilizadora aseveración de que el análisis también pudo revelar sin dificultad alguna, en estos sueños de muerte, las motivaciones inconscientes que en ellos cabe presumir.

No se me interrumpa ahora con la objeción de que tales comunicaciones no tendrían valor alguno, ya que las experiencias negativas tienen tan poco valor probatorio en este terreno como en otros menos ocultos. Bien lo sé, y de ningún modo he presentado estos ejemplos con el propósito de demostrar algo o de sugerir determinada actitud ante el problema.

Sólo he querido justificar el carácter limitado del material que puedo ofrecer.

En cambio, hay otra circunstancia que me parece más contundente: la de que durante mis veintisiete años de actividad analítica jamás me haya sido posible observar un verdadero sueño telepático en ninguno de mis pacientes. Las personas con que trabajé constituían por cierto una buena colección de seres gravemente neuropáticos e «hipersensitivos» en grado sumo; además, muchos de ellos me narraron los más extraños acaecimientos de su vida pasada, basando en ellos su creencia en los influjos ocultos y misteriosos.

Sucesos como accidentes, enfermedades de parientes cercanos y especialmente el fallecimiento de alguno de los padres, acaecieron muchas veces en el curso del tratamiento, llegando aun a interrumpirlo; pero tales hechos fortuitos, cuya índole es tan adecuada para este fin, jamás me ofrecieron la oportunidad de captar un sueño telepático, pese a que el tratamiento se prolongó durante semestres, años enteros y aun varios años.

Quien desee hacerlo puede intentar la explicación de esta circunstancia que viene a imponer una nueva limitación de mi material; en cuanto a su injerencia en el tema de mi estudio, se advertirá que no cabe considerarla.

Tampoco puede resultarme embarazosa la pregunta de por qué no he recurrido al copioso material de sueños telepáticos registrados en la bibliografía especializada. No me habría sido difícil hallarlos, ya que en mi calidad de miembro de la Society for Psychical Research, tanto inglesa como americana, dispongo de sus publicaciones; pero en ninguna de ellas se intenta considerar analíticamente los sueños, elaboración ésta que ha de interesarnos en primer lugar. Por otra parte, pronto se advertirá que los propósitos de esta comunicación bien pueden ser cumplidos mediante un único ejemplo onírico. De modo que mi material consiste tan sólo en dos comunicaciones que me han sido enviadas por corresponsales alemanes.

Aunque no los conozco personalmente, me indican su nombre y domicilio, y no tengo el mínimo motivo para sospechar en ellos el propósito de inducirme a confusión y engaño.

I. Con una de ambas personas ya mantuve anteriormente una comunicación epistolar, en la cual tuvo la gentileza de comunicarme observaciones de la vida cotidiana y sucesos análogos, como suelen hacerlo muchos de mis lectores.

En esta oportunidad, mi corresponsal, persona sin duda alguna culta e inteligente, pone expresamente su material a mi disposición por si yo pudiera «aprovecharlo literariamente».

Su carta dice así:

«Considero el siguiente sueño lo bastante interesante como para ofrecérselo en calidad de material para sus estudios.»

Debo anticipar lo siguiente: mi hija, casada en Berlín, espera tener un hijo a mediados de diciembre próximo. Tengo la intención de ir a esa ciudad para tal fecha, junto con mi segunda mujer, madrastra de mi hija.

La noche del 16 al 17 de noviembre soñé tan viva y claramente como nunca que mi mujer ha dado a luz mellizos. Veo claramente a ambos niños, de espléndido aspecto, con sus cachetes rojos, acostados uno junto al otro en su cuna; no puedo establecer el sexo; uno de ellos, rubio, tiene evidentemente mis facciones, con algunos rasgos de mi mujer; el otro, de cabello castaño, se parece, a toda luces, a mi mujer; pero también tiene rasgos míos. Le digo a mi mujer, que tiende a ser pelirroja:

«El cabello castaño de «tu» hijo quizá también se vuelva rubicundo más adelante.»

Mi mujer amamanta a los niños.

Ella había hecho mermelada en una batea de lavar (en el sueño, desde luego), y ambos niño gatean en ésta, lamiéndola hasta dejarla limpia.

»He aquí el sueño, en cuyo transcurso me desperté cuatro o cinco veces, preguntándome si era verdad que habíamos tenido mellizos, sin poder llegar a convencerme de que sólo había soñado.

El sueño duró hasta despertarme por la mañana, y aún tardé un buen rato en percatarme de la realidad. Durante el desayuno le conté a mi mujer este sueño, que la regocijó mucho, respondiéndome:

«¿No habrá Ilse (mi hija) tenido mellizos?»

A lo que contesté: «Apenas puedo creerlo, pues ni en mi familia ni en la de G. (su marido) hubo mellizos.» El 18 de noviembre, a las diez de la mañana, recibo de mi yerno un telegrama, despachado la tarde anterior, en el cual me anuncia e nacimiento de mellizos, un varón y una mujer. Por consiguiente, éstos nacieron precisamente cuando yo soñaba que mi mujer había tenido mellizos.

El parto sobrevino cuatro semanas antes de la fecha que todos habíamos calculado de acuerdo con las presunciones de mi hija y de su marido.

»Ahora prosigo: la noche siguiente soñé que mi difunta mujer, madre de mi hija, había tomado a su cuidado cuarenta y ocho niños recién nacidos. Cuando traen la primera docena, yo protesto. Con esto termina el sueño. »Mi primera mujer era muy amante de los niños.

Muchas veces decía que le gustaría tener a su alrededor una cantidad de ellos; cuantos más, mejor; que sería muy apta y se sentiría muy a gusto como cuidadora de un jardín de infantes. Para ella era música el bullicio y la algazara de los niños.

También sucedía de tanto en tanto que invitara a todo un grupo de niños de la calle y los obsequiara con chocolate y golosinas en el jardín de nuestra casa. Después del parto, y especialmente después de la sorpresa que le causó su ocurrencia prematura y el hecho de que fueran mellizos de distinto sexo, mi hija seguramente debe haber pensado al punto en su madre, de la cual sabía que habría recibido el suceso con gran alborozo.

«¿Qué diría mamá si estuviera ahora junto a mí?»

Esta idea, sin duda, le pasó por la mente. Y ahora se agrega a esto mi sueño de mi primera mujer difunta, con la cual sueño muy raramente, de la que tampoco hablé y en la que en ningún momento pensé después del primer sueño.

»¿Considera usted casual en ambos casos la coincidencia entre el sueño y el hecho real? Mi hija, que me quiere mucho, seguramente pensó ante todo en mí durante sus horas penosas, quizá también porque muchas veces le escribí dándole consejos sobre su conducta durante el embarazo.»

Es fácil adivinar cuál fue mi respuesta a esta carta.

Me pesaba el que también en mi corresponsal el interés analítico hubiera sido desplazado tan completamente por el telepático, de manera que eludí su pregunta directa, haciéndole notar que el sueño contenía muchos otros elementos, además de su relación con el nacimiento de los mellizos, rogándole, pues, me comunicara datos y asociaciones que me permitieran interpretar el sueño.

En respuesta recibí la siguiente segunda carta, que por cierto no satisfizo del todo mis deseos:

«Sólo hoy encuentro ocasión para responder a su amable carta del 24 de este mes. Estoy muy dispuesto a comunicarle, «sin lagunas ni reticencias», todas las asociaciones que se me ocurran; pero, por desgracia, no son muchas, y seguramente habría producido más en una entrevista personal.»

Ni mi mujer ni yo deseamos tener más hijos. Por otra parte, apenas tenemos relaciones sexuales, y, en todo caso, en la época del sueño no existía «peligro» alguno. Naturalmente, el parto de mi hija, esperado para mediados de diciembre, fue frecuente objeto de nuestras conversaciones.

Mi hija había sido revisada y radiografiada en el verano, estableciendo el médico que tendría un varón.

Mi mujer dijo alguna vez:

«¡Cómo me reiría si ahora naciese una niña!»

También opinó en cierta ocasión que sería mejor si fuese un H… y no un G… (apellido de mi yerno), pues mi hija es más bella y apuesta que mi yerno, aunque éste es oficial de Marina. Yo me suelo ocupar con problemas de herencia, y tengo la costumbre de observar a los niños pequeños para ver a quién se parecen.

Y aún otra cosa: tenemos un perrito que por la noche se sienta junto a nuestra mesa, recibe su comida y lame todos los platos y fuentes. Todo este material vuelve a aparecer en el sueño.»

A mí me gustan mucho los pequeñuelos, y muchas veces expresé que me agradaría volver a criar a un niño, especialmente ahora, cuando podría hacerlo con mucha más comprensión, interés y calma; pero no quisiera tener un hijo con mi mujer, que carece de aptitudes para educar racionalmente a un niño.

Ahora bien: el sueño me depara dos hijos, sin que pueda establecer el sexo.

Aún hoy los veo con nitidez, acostados en su cuna, y reconozco claramente sus rasgos: los del primero, más «míos»; los del otro, más de mi mujer; pero cada uno de ellos con pequeños rasgos del otro.

Mi mujer tiende a ser pelirroja; pero uno de los niños tiene cabellos de color castaño con tinte rojizo.

Yo digo:

«Bueno; también ése se volverá pelirrojo más adelante.»

Ambos niños gatean por una gran batea de lavar, en la que mi mujer ha estado cociendo una mermelada; los niños lamen su fondo y los bordes (esto forma parte del sueño).

El origen de ese detalle es fácilmente comprensible, como, por otra parte, todo el sueño no ofrece dificultades y se interpreta con facilidad, excepto en el hecho de que haya coincidido casi a la hora con el nacimiento inesperadamente anticipado (en tres semanas) de mis nietos (no puedo establecer con certeza cuándo comenzó el sueño; mis nietos nacieron a las nueve y a las nueve y cuarto; yo me acosté a las once y soñé esa misma noche); además, es interesante que nosotros ya supiéramos que iba a ser un varón.

Naturalmente, la duda de si esta predicción -varón o mujer- sería exacta, puede hacer que en el sueño aparezcan mellizos; pero aún queda por explicar la coincidencia temporal entre el sueño de los mellizos y el nacimiento, acaecido con tres semanas de antelación. »No es la primera vez que sucesos lejanos llegan a mi conciencia antes de que tenga noticia de ellos. He aquí un ejemplo entre muchos otros.

En octubre me visitaron mis tres hermanos. Desde hacía treinta años no nos habíamos reunido todos, aunque muchas veces nos habíamos visto por separado, salvo breves encuentros en el entierro de mi padre y en el de mi madre.

El fallecimiento de ambos era de esperar, y en ningún modo lo «presentí». Pero cuando mi hermano menor murió repentina e inesperadamente a los diez años de edad, hace de esto unos veinticinco años, al traerme el cartero la carta con la noticia de su muerte se me ocurrió inmediatamente, sin que le hubiera echado una mirada, la idea de que anunciaría su muerte.

Sin embargo, este hermano, el único que quedaba en la casa paterna, era un muchacho sano y fuerte, mientras que nosotros, los cuatro mayores, ya nos habíamos independizado y vivíamos lejos del hogar.

Al visitarme mis hermanos, la conversación recayó casualmente en esta experiencia mía, y como ante una orden los tres manifestaron que en aquella ocasión les había sucedido exactamente lo mismo. No sé si les ocurrió en la misma forma; pero, en todo caso, cada uno de ellos dijo haber presentido el fallecimiento con certeza antes de que le llegara la inesperada noticia. Todos nosotros tenemos, por parte de nuestra madre, naturalezas sensibles, y somos hombres altos y fuertes; pero ninguno tiene veleidades espiritistas u ocultistas, que, por el contrario, rechazamos decididamente.

Mis hermanos son todos universitarios: dos de ellos, profesores secundarios, y uno, agrónomo; más bien pedantes que inclinados a fantasías. He aquí cuanto tengo que decirle respecto del sueño.

Si usted desea aprovecharlo literariamente, me complazco en ponerlo a su disposición.»

Debo temer que mis lectores asumirán una actitud similar a la de mi corresponsal, interesándose también en averiguar ante todo si realmente se puede aceptar este sueño como un anuncio telepático del inesperado nacimiento de los mellizos, de modo que no estarán dispuestos a someterlo a análisis, como harían con cualquier otro sueño. Presiento que sucederá lo mismo cada vez que el psicoanálisis tropiece con el ocultismo.

A aquél se le oponen, por así decirlo, todos los instintos psíquicos, mientras que éste goza de poderosas y profundas simpatías. Pero no adoptaré el punto de vista de que no soy sino un psicoanalista y de que la cuestión del ocultismo no es de mi incumbencia, pues semejante actitud sería interpretada como un intento de eludir el problema.

Afirmaré, en cambio, que me satisfaría mucho si lograse convencerme y convencer a los demás de la existencia de procesos telepáticos mediante observaciones fidedignas; pero no se puede negar que los datos anexos a este sueño son demasiado escasos como para sustentar semejante decisión.

Adviértase que a esta persona, inteligente e interesada por los problemas de su sueño, ni siquiera se le ocurre indicarnos cuándo vio por última vez a la hija embarazada ni qué noticias tuvo recientemente de ella.

En la primera carta me escribe que el nacimiento se anticipó en un mes; en la segunda, esta antelación se ha reducido a tres semanas y en ninguna nos dice si el parto realmente se anticipó o si los padres erraron el cálculo, como sucede con tanta frecuencia. Pero estos y otros detalles nos serían imprescindibles para apreciar la posibilidad de que el soñante hubiese calculado y adivinado inconscientemente la fecha.

También me dije que de nada me serviría recibir respuesta satisfactoria a una pregunta mía al respecto, pues en el curso de esa investigación aparecerían cada vez nuevas dudas que sólo podrían ser eliminadas teniendo al sujeto ante mí y pudiendo remozar en él todos los recuerdos vinculados, que quizá haya pasado por alto, considerándolos carentes de importancia.

Seguramente tiene razón cuando dice, al comienzo de su segunda carta, que en una entrevista personal habría revelado muchos más elementos. Pensemos en otro caso análogo, en el cual el interés ocultista, tan molesto para nuestros fines, no tiene la más mínima injerencia.

¡Cuántas veces nos hemos encontrado en la situación de tener que comparar la anamnesis y las informaciones suministradas por un neurótico en la primera sesión con las averiguaciones obtenidas a través de algunos meses de psicoanálisis!

Prescindiendo de la comprensible abreviación, ¡cuántos datos esenciales ha omitido o retenido, cuántas vinculaciones aparecen desplazadas!; más aún: ¡cuántas inexactitudes y falsedades nos ha contado la vez primera!

Creo que no se me considerará excesivamente escrupuloso si, bajo las presentes circunstancias, me resisto a juzgar si este sueño corresponde a un fenómeno telepático o a una muy refinada producción inconsciente del soñante, o bien si ha de ser considerado simplemente como un producto de la casualidad.

Hemos de aplazar nuestro afán científico para una oportunidad futura, en la que quizá dispongamos de un profundo estudio personal del sujeto.

Con todo, nadie podrá quejarse de que el resultado de mi investigación sea defraudante, pues ya he advertido que no averiguaríamos nada que pudiera arrojar alguna luz sobre el problema de la telepatía.

Si pasamos ahora a la elaboración analítica de este sueño, debemos volver a confesar el descontento que nos ocasiona. También aquí nos resulta insuficiente el material de ideas que el protagonista vincula con el contenido manifiesto, pues con tales informaciones no podemos emprender un análisis onírico satisfactorio.

Así, por ejemplo, el sueño se refiere minuciosamente al parecido de los niños con los padres, indica el color de sus cabellos y su probable transformación futura; en cambio, para aclarar estos detalles, tan profusamente expuestos, sólo contamos con la escueta información de que el soñante siempre se ha interesado por cuestiones de herencia y del parecido entre hijos y padres.

¡Esto es, por cierto, mucho menos de lo que solemos exigir! Pero una parte del sueño es accesible a la interpretación analítica; precisamente en ella el análisis, que en general nada tiene que ver con el ocultismo, viene a colaborar de manera extraña con la telepatía. Tan sólo a causa de este fragmento me atreví a embargar el interés de mis lectores con este sueño.

Considerándolo bien, este sueño no tiene ningún derecho a ser calificado de «telepático». No informa al soñante sobre un suceso ajeno a su conocimiento que acaece simultáneamente en un lugar distante; por el contrario, lo que el sueño nos cuenta es algo muy distinto del suceso sobre el cual informa un telegrama llegado el día subsiguiente al de aquél.

El sueño y el suceso discrepan en un punto sumamente importante, y sólo coinciden -abstrayendo de su simultaneidad- en otro elemento muy interesante.

En el sueño la mujer del protagonista ha tenido mellizos. Pero el acaecimiento consiste en que su hija, radicada en otra ciudad, ha dado a luz mellizos.

El protagonista no pasa por alto esta diferencia, pero no parece disponer de un recurso para superarla, y dado que, según su propia indicación, no tiene preferencias por el ocultismo, sólo se atreve a preguntar tímidamente si la coincidencia entre el sueño y la realidad, en punto al nacimiento de los mellizos, no podría ser algo más que una coincidencia fortuita. Pero la interpretación psicoanalítica viene a destruir esta diferencia entre el sueño y la realidad, concediendo a ambos el mismo contenido.

En efecto, si recurrimos al material de asociaciones relacionadas con este sueño, observamos pese a su parquedad, que aquí existe un profunda vinculación afectiva entre el padre y la hija, vinculación tan común y natural, que haríamos bien en dejar de avergonzarnos por ella, ya que en la vida real sólo se expresa como cariñoso interés, manifestando únicamente en el sueño sus consecuencias últimas.

El padre sabe que la hija lo quiere mucho; está convencido de que en sus horas de dolor ha pensado mucho en él; creo que en el fondo no se la ha cedido al yerno, a quien alude en su carta con una observación despectiva.

En ocasión de su parto (esperado o telepáticamente percibido) se agita en el inconsciente el deseo reprimido: «Sería mejor que ella fuese mi (segunda) mujer», y es este deseo el que deforma la idea onírica y el que lleva a la diferencia entre el contenido onírico manifiesto y el suceso real.

Tenemos derecho de sustituir por la hija a la segunda esposa, que aparece en el sueño.

Si dispusiéramos de más material al respecto, seguramente podríamos fundamentar y profundizar esta interpretación. Y ahora llego a lo que quería demostrar. Hemos tratado de ajustarnos a la más estricta imparcialidad, presentando dos concepciones del sueño como igualmente posibles e igualmente indemostradas. De acuerdo con la primera, aquél sería una reacción frente a un mensaje telepático:

«Tu hija acaba de dar a luz mellizos.»

De acuerdo con la segunda, el sueño se basa sobre una elaboración inconsciente que podría traducirse aproximadamente así: «Hoy es el día en que debería suceder el parto si, como en realidad supongo, los jóvenes de Berlín erraron sus cálculos en un mes.

Si aún viviese mi (primera) mujer, no estaría satisfecha con un solo nieto. Para darle gusto, por lo menos tendrían que ser mellizos.» Si esta segunda interpretación es acertada, ya no nos encontramos ante nuevos problemas.

Es simplemente un sueño como cualquier otro. A la mencionada idea onírica (preconsciente) se ha agregado el deseo (inconsciente) de que ninguna otra, sino la hija, debería haber llegado a ser la esposa del protagonista, y de esta manera se formó el sueño manifiesto que nos ha sido comunicado.

Pero si preferimos aceptar que el durmiente ha recibido el mensaje telepático del parto de su hija, entonces surgen nuevos interrogantes con respecto a la relación de semejante mensaje con el sueño y a su influencia sobre la formación onírica.

En tal caso es fácil obtener la respuesta y podemos formularla inequívocamente. El mensaje telepático es tratado como una parte del material formador del sueño, como un nuevo estímulo externo o interno, análogo a un ruido perturbador que llega de la calle o a una imperiosa sensación orgánica del soñante.

En nuestro caso es evidente cómo este mensaje es elaborado hasta convertirse en realización del deseo, a través de un deseo reprimido que se encuentra al acecho; pero desgraciadamente no se puede demostrar con tanta claridad cómo se condensa con otro material despertado al mismo tiempo para formar un sueño.

De modo que el mensaje telepático -si realmente hemos de aceptar su existencia- nada puede modificar en la formación onírica, y la telepatía nada tendría que ver con la esencia del sueño.

Para evitar la impresión de que pretendo esconder una incertidumbre tras un término abstracto y altisonante, estoy dispuesto a repetir: la esencia del sueño consiste en el enigmático proceso de la elaboración onírica, que, con ayuda de un deseo inconsciente, convierte ideas preconscientes (restos diurnos) en un contenido onírico manifiesto. Pero el problema de la telepatía tiene tan poca injerencia en el sueño como el problema de la angustia.

Espero que esto será aceptado; pero no se tardará en objetar que también existen otros sueños telepáticos, en los cuales no aparece diferencia alguna entre el suceso y el sueño y en los que nada se puede hallar sino la reproducción fiel del suceso. Tampoco conozco semejantes sueños telepáticos por experiencia propia; pero sé que han sido descritos con frecuencia.

Supongamos que nos encontrásemos ante semejante sueño telepático puro, no deformado, y entonces se nos planteará una nueva pregunta: ¿acaso se puede denominar «sueño» a semejante vivencia telepática?

Nadie vacilará en hacerlo así, siempre que se ajuste al lenguaje popular, para el que cuanto sucede en la vida psíquica, durante el reposo, es sueño.

Quizá también se pueda decir: «Me he desperezado en el sueño», y seguramente no se considerará incorrecto decir:

«He llorado en el sueño», o: «He tenido miedo en el sueños».

Pero sin duda advertiremos que en todos estos casos se confunde indistintamente el sueño (fenómeno onírico) con el dormir o el reposo. Creo que, en interés de la exactitud científica, convendría que separemos mejor «soñar» y «dormir». ¿Por qué habríamos de renovar la confusión creada por Maeder al querer atribuir una nueva función al sueño, rechazando la separación entre la elaboración onírica y el contenido onírico latente?

De modo que si nos encontrásemos ante semejante «sueño» puramente telepático, deberíamos considerarlo más bien como una vivencia telepática ocurrida durante el reposo. Un sueño sin condensación, deformación, dramatización y, ante todo, sin realización de deseo, no merece ser calificado de tal.

Se advertirá que aún existen otras producciones psíquicas en el reposo, a las cuales también habría que negar justificadamente el apelativo «sueño». Puede suceder que las vivencias diurnas reales sean repetidas simplemente al dormir, y son precisamente las reproducciones de escenas traumáticas en el sueño las que nos han incitado no hace mucho a revisar nuestra teoría onírica; además, hay sueños que se diferencian de los comunes por propiedades muy particulares y que en realidad no son sino fantasías nocturnas, conservadas sin modificación ni contaminación y enteramente análogas en lo restante a las conocidas fantasías diurnas.

Seguramente sería un error excluir estos fenómenos de la categoría de los sueños. Pero todos ellos provienen de dentro, son productos de nuestra vida psíquica, mientras que, por definición, el «sueño telepático» genuino representa una percepción exterior frente a la cual la actividad psíquica adopta una posición receptiva y pasiva.

II. El segundo caso que quiero presentar pertenece en realidad a otro grupo. No nos ofrece un sueño telepático, sino uno repetido en una misma persona desde los años de la infancia, habiendo tenido aquélla, además, múltiples experiencias telepáticas. La carta en la cual me lo comunica, que reproduzco a continuación, contiene muchos elementos enigmáticos, sobre los que nos está vedado emitir juicio.

Algunos de ellos pueden ser aplicados a la relación entre la telepatía y el sueño.

(1) «… Mi médico, el doctor N…, me aconsejó le comunicara un sueño que me persigue desde hace unos treinta a treinta y dos años.

Me ajusté a su consejo, y quizá le interese el sueño en sentido científico. Dado que, según su opinión, los sueños semejantes pueden ser reducidos a una vivencia de índole sexual acaecida durante los primeros años de la infancia, agrego algunos recuerdos de esa época; se trata de vivencias que aún me impresionan, que han tenido profunda repercusión sobre mí y que fueron decisivas al determinar la religión que profeso.

» Me permito rogarle que, una vez estudiado. me explique usted cómo interpreta este sueño y si no sería posible hacerlo desaparecer de mi existencia, pues me persigue como un fantasma y me causa gran desagrado y pesar, debido a las circunstancias que lo acompañan, pues cada vez que aparece me caigo del lecho, habiéndome producido ya lesiones bastante considerables.

(2) Cuento treinta y siete años de edad; soy muy fuerte y sana físicamente; en la infancia padecí, además del sarampión y la escarlatina, una nefritis.

A los cinco años sufrí una oftalmía muy grave, que dejó una diplopía como secuela. Las imágenes están situadas oblicuamente, una respecto de la otra; sus contornos están esfumados, porque las cicatrices que dejaron las úlceras perturban la claridad de la visión.

Sin embargo, de acuerdo con el criterio de los especialistas, mis ojos ya no son susceptibles de ninguna mejoría.

Debido a que me veo obligada a entornar el ojo izquierdo para ver con mayor claridad, la mitad correspondiente de mi rostro se ha deformado, contrayéndose hacia arriba.

Con ejercicio y fuerza de voluntad soy capaz de realizar las más delicadas labores manuales; además, cuando tenía seis años de edad, me acostumbré ante el espejo a no mirar de reojo, de modo que exteriormente nada se advierte hoy de mi defecto ocular.

Desde los más tempranos años de mi infancia siempre busqué la soledad; evitaba a otros niños y ya tenía apariciones (auditivas y visuales); pero no era capaz de distinguirlas de la realidad, de modo que caía en conflictos que me convirtieron en un ser muy retraído y tímido.

Dado que ya como niña muy pequeña sabía mucho más de lo que había podido aprender, simplemente no comprendía a mis compañeros de edad. Yo misma soy la mayor de doce hermanos y hermanas.

»Entre los seis y los diez años de edad fui a la escuela comunal, y luego, hasta los dieciséis, a la escuela superior de las Hermanas Ursulinas, en B… Cuando tenía diez años aprendí en cuatro semanas, es decir, en ocho clases de repaso, tanto francés como otros niños aprenden en dos años.

No tenía más que repetir cuanto oía; era como si ya lo hubiese aprendido alguna vez y sólo lo tuviera olvidado.

En general, jamás me fue preciso esforzarme para aprender francés, al contrario de lo que me pasa con el inglés, que si bien no me ocasiona dificultades, siempre me fue como desconocido.

Con el latín me sucedió algo semejante al francés, pues en realidad nunca me fue necesario aprenderlo; aunque sólo lo conozco por la iglesia, me resulta completamente familiar.

Cuando leo actualmente un libro francés, en seguida me pongo a pensar en esa lengua, cosa que no ocurre con la inglesa, pese a que la domino mejor.

Mis padres son aldeanos que durante generaciones enteras jamás han hablado sino alemán y polaco.

«VISIONES: A veces desaparece por unos instantes la realidad y veo algo completamente distinto.

En casa, por ejemplo, veo muchas veces a una pareja anciana con un niño, y las habitaciones tienen entonces un moblaje distinto. Cuando aún estaba en el sanatorio, hacia las cuatro de la mañana vi entrar a mi amiga: yo estaba despierta, tenía la lámpara encendida y me encontraba sentada junto a la mesa, leyendo, dado que sufro mucho de insomnio.

Esta visión siempre me anuncia algo malo, cosa que también sucedió en esa ocasión.

»En 1914 mi hermano estaba en el frente, y yo no me encontraba con mis padres en B…, sino en Ch…

El 22 de agosto, a las diez de la mañana, oí de pronto la voz de mi hermano, que gritaba: «¡Madre, madre!» A los diez minutos se repitieron los gritos; pero no vi nada.

El 24 de agosto volví a casa, encontrando a mi madre muy deprimida, y al interrogarla me comunicó que mi hermano se había presentado a filas el 22 de agosto. Por la mañana, estando en el jardín, lo oyó gritar:

«¡Madre, madre!»

Yo la consolé y no le dije nada de mi experiencia. Tres semanas más tarde llego una carta de mi hermano, escrita el 22 de agosto entre nueve y diez de la mañana; poco después murió.

»El 27 de septiembre de 1921 recibí un mensaje en el sanatorio. Dos o tres veces oí golpear fuertemente a la cama de mi compañera de habitación.

Ambas estábamos despiertas, y yo le pregunté si había golpeado; pero ella ni siquiera había oído nada. Ocho semanas después me enteré de que una de mis amigas había muerto la noche del 26 al 27.

»Ahora, algo que puede ser una ilusión sensorial; pero eso es cuestión de opiniones. Tengo una amiga que se casó con un viudo con cinco hijos; al marido sólo lo conocí por intermedio de mi amiga. Cada vez que voy a su casa veo entrar y salir de ella a una señora.

Era fácil suponer que se trataba de la difunta mujer de este hombre. Una vez pedí un retrato de aquélla; pero no pude identificar a la aparición con la fotografía.

Siete años más tarde vi en manos de uno de los niños una imagen con los rasgos de aquella mujer. Por consiguiente, era, en efecto, la primera esposa.

En la fotografía tenía un aspecto muy mejorado, pues precisamente acababa de someterse a una dieta de engorde y por eso no parecía en absoluto una enferma pulmonar.

Estos sólo son algunos ejemplos entre muchos otros.

»SUEÑO: Veo una península rodeada de agua. Las olas rompen sobre la playa y refluyen violentamente.

En la península hay una palmera algo torcida hacia el agua. Una mujer esta abrazada al tronco y se inclina todo lo posible sobre el agua, donde un hombre trata de alcanzar la tierra. Finalmente, la mujer se acuesta en el suelo, se aferra con la mano izquierda a la palmera y tiende cuanto puede la derecha hacia el hombre que está en el agua, pero sin alcanzarlo.

»Con esto me caigo del lecho y me despierto. Tenía unos quince a dieciséis años cuando me di cuenta de que yo misma era esa mujer, y desde entonces no sólo he compartido la angustia de la mujer por el hombre, sino que a veces también aparezco como espectadora indiferente, contemplando la escena. También he soñado esta vivencia en varias fases.

Al despertarse mi interés por el sexo masculino -entre los dieciocho y veinte años- trataba de reconocer el rostro del hombre; pero jamás pude lograrlo, pues la espuma de las olas sólo dejaba ver la nuca y la parte posterior del cráneo.

Estuve comprometida dos veces; pero, según la cabeza y la forma del cuerpo, no se trataba de ninguno de mis novios.

Encontrándome una vez en el sanatorio, embriagada con paraldehído, vi el rostro del hombre, que desde entonces aparece en todos los sueños.

Es el del médico que me trataba en el sanatorio, y que, si bien me resulta simpático como tal, no me atrae por vínculo alguno.

»RECUERDOS: Entre los seis y los nueve meses: estoy en mi cuna, y a mi derecha hay dos caballos; uno de ellos, un alazán, me mira fijamente con los ojos muy abiertos.

Esta es mi vivencia más intensa; tuve la impresión de que era un ser humano.

»AL AñO DE EDAD: Mi padre y yo estamos en el parque, donde un guardián pone en mis manos un pajarito.

Sus ojos me miran, y yo siento otra vez: «He aquí un ser igual a ti misma.»

»MATANZA DE ANIMALES: Cada vez que chillaban los cerdos, yo pedía auxilio y gritaba: «¡Estáis matando a un hombre!» (A los cuatro años.) Siempre me he negado a comer carne, y la de cerdo me produce vómitos.

Sólo en la guerra aprendí a comer carne, pero con gran repugnancia; ahora me estoy desacostumbrando de nuevo.

»A LOS CINCO AÑOS: Mi madre estaba para dar a luz, y yo la oía gritar; tenía la impresión de que un animal o un hombre se encontraba en el mayor peligro, igual que cuando sacrificaban a los animales.

»En cuanto a lo sexual, de niña fui completamente indiferente y a los diez años los pecados contra la castidad aún no cabían en mi entendimiento.

A los doce años comencé a menstruar.

Sólo a los veintiséis años, después de haber tenido un hijo, despertó en mí la mujer, pues hasta entonces (durante medio año) siempre había tenido fuertes vómitos durante el acto sexual. También posteriormente vomitaba ante la menor contrariedad.

»Tengo una extraordinaria capacidad de observación y un oído excepcionalmente agudo, estando también muy desarrollado el sentido del olfato. Con los ojos vendados puedo identificar por su olor a personas conocidas que se encuentran entre otras desconocidas.

»No atribuyo mi sensibilidad olfatoria y auditiva a ninguna anormalidad, sino a una agudeza sensorial y a una más rápida capacidad de combinación; pero de todo esto sólo hablé con mi maestro de religión y con el doctor N…. aunque a él sólo se lo conté de mala gana, porque temía oír que todo esto, que yo misma considero virtudes, son en realidad defectos; además, en mi juventud me torné muy tímida debido a la incomprensión de los demás.»

El sueño cuya interpretación nos pide la remitente no es difícil de comprender.

Es un sueño típico de salvación de las aguas, es decir, un típico sueño de nacimiento. Como sabemos, el lenguaje simbólico no conoce gramática; es un caso extremo de lenguaje en infinitivo, en el que tanto la voz activa como la pasiva aparecen expresadas en una misma imagen.

Si en el sueño una mujer extrae del agua a un hombre (o quiere extrarlo), eso puede significar que ella quiere ser su madre (acepta al hombre como hijo, igual que la princesa egipcia a Moisés), o bien que quiere ser madre por su intermedio, es decir, tener un hijo con él, hijo que, siendo su imagen carnal, le es equiparado.

El tronco al cual se abraza la mujer puede ser interpretado fácilmente como símbolo fálico, por más que no se encuentre erecto, sino inclinado hacia el agua (en el sueño dice «torcido»).

Las olas que avanzan y se retiran inspiraron una vez a otra mujer, que produjo un sueño muy semejante, la asociación con los dolores intermitentes del parto; cuando le pregunté cómo conocía este carácter del trabajo obstétrico no habiendo tenido hijos, me dijo que se imaginaba los dolores como una especie de cólicos, concepción que es fisiológicamente exacta.

Asoció a ello «Las olas del mar y las del amor». Naturalmente, no atino a decidir de dónde pudo haber sacado nuestra soñante en años tan precoces la minuciosa elaboración del símbolo (península, palmera). Por otra parte, no olvidemos que cuando alguien afirma ser perseguido desde hace años por idéntico sueño, muchas veces resulta que no es manifiestamente el mismo sueño.

Sólo es el mismo núcleo el que reaparece pero los detalles del contenido han sido modificados o se han agregado algunos nuevos.

Al final de este sueño, evidentemente angustioso, la soñante se cae de la cama. He aquí una nueva representación del parto. Los análisis de las fobias a las alturas, del temor al impulso de precipitarse por la ventana, llevan, sin duda alguna, a idéntica interpretación. Pero ¿quién es el hombre con el que la soñante desea tener un hijo o de cuyo símil desearía ser la madre?

Muchas veces se esforzó por ver sus facciones, pero el sueño no se lo permitió: el hombre había de quedar incógnito. Innumerables análisis nos han enseñado el significado de este ocultamiento, y nuestra deducción por analogía es confirmada por otro dato que nos suministra la protagonista.

En una embriaguez aldehídica reconoció el rostro del hombre aparecido en el sueño, identificándolo con el del médico que la atendía y que nada significaba para su afectividad consciente. De modo que el personaje original jamás se manifestó; pero su representación en la «transferencia» permite deducir que siempre se trataba del padre. ¡Cuán acertado estuvo Ferenczi cuando señaló los «sueños de los incautos» como los más preciosos documentos para confirmar nuestras hipótesis analíticas! Nuestra soñante es la mayor de doce hijos.

¡Cuántas veces hubo de sufrir celos y decepciones por no ser ella, sino la madre, quien tenía el anhelado hijo del padre! Con muy buen tino, nuestra soñante comprendió que sus primeros recuerdos infantiles serían los más útiles para interpretar su precoz y reiterado sueño.

En la primera escena, anterior al año de edad, está sentada en su cuna, y junto a ella hay dos caballos, uno de los cuales la mira fijamente, con los ojos muy abiertos. Considera ésta como su vivencia más fuerte, teniendo la impresión de que se trataba de un ser humano. Pero nosotros sólo podremos compartir esta impresión aceptando que en este caso como en tantos otros los dos caballos representan a la pareja parental, es decir, al padre y a la madre.

Este recuerdo sería entonces algo así como un destello del totemismo infantil.

Si tuviéramos ocasión de conversar con nuestra corresponsal, le preguntaríamos si por el color no reconoce al padre en el alazán que la mira tan humanamente.

El segundo recuerdo está asociativamente vinculado al primero por idéntica «mirada comprensiva»; pero el acto de tomar un pajarillo en la mano significa para el analista -perdidamente dominado por sus prejuicios, como está- otro rasgo del sueño que coloca la mano de la mujer en relación con un nuevo símbolo fálico.

Los dos recuerdos siguientes forman un conjunto y ofrecen dificultades aún menores a la interpretación. Los gritos de la madre durante el parto le recuerdan directamente los chillidos de los cerdos al matarlos y la precipitan en idéntico arrebato de compasión.

Pero nosotros también suponemos que aquí se denota una intensa reacción contra un maligno deseo de muerte dirigido hacia la madre. Con estas alusiones al cariño por el padre, al contacto genital con éste y a los deseos homicidas contra la madre, queda completado el esquema del complejo edípico femenino.

La ingenuidad sexual largo tiempo mantenida y la frigidez posterior concuerdan con estas premisas. Virtualmente -y en ciertas épocas también efectivamente-, nuestra corresponsal llegó a convertirse en una histérica. Felizmente, las fuerzas de la vida la arrastraron consigo y le permitieron alcanzar la sensibilidad sexual femenina, la felicidad maternal y múltiples capacidades productivas; pero una parte de su libido aún se mantiene adherida a los puntos infantiles de fijación; sigue soñando aquel sueño que la precipita de la cama y que la castiga con «lesiones bastante considerables» por su incestuosa elección de objeto.

Nuestra corresponsal pretendía que la información epistolar suministrada por un médico desconocido lograra lo que no consiguieron las más poderosas vivencias; probablemente, un análisis completo habría alcanzado tal fin en un tiempo más o menos prolongado.

Dadas las circunstancias, hube de conformarme con escribir a esta mujer que estaba convencido de que ella sufría las consecuencias de una fuerte vinculación afectiva al padre y de la correspondiente identificación con la madre, manifestando mis dudas acerca de que esta aclaración le produjera algún beneficio.

Por lo general, las curaciones espontáneas de las neurosis dejan cicatrices que de tiempo en tiempo se tornan dolorosas. Nosotros ya estamos muy orgullosos de nuestro arte cuando el psiconanálisis nos permite lograr una cura, pero tampoco con ella conseguimos evitar siempre que el resultado consista en la formación de una cicatriz dolorosa.

La breve serie de recuerdos comunicados por nuestra corresponsal aún ha de ocuparnos algo más. Una vez afirmé que tales escenas infantiles son «recuerdos encubridores», escogidos, vinculados y, al mismo tiempo, muchas veces falseados en una época posterior a la de su ocurrencia.

Muchas veces se puede adivinar la tendencia a cuyo servicio se produce esta elaboración posterior.

En nuestro caso casi es posible oír al yo de la mujer que trata de alabarse o de calmarse mediante esta serie de recuerdos: «Desde muy pequeña fui una criatura particularmente noble y compasiva.

Muy temprano reconocí que los animales tienen alma, como nosotros, y no soporté la crueldad frente a ellos. Los pecados de la carne fueron ajenos para mí y conservé mi virginidad hasta años muy tardíos.»

Con esta declaración nuestra corresponsal contradice en voz alta las hipótesis sobre su primera infancia que nuestra experiencia analítica nos lleva a establecer: que aquélla estuvo colmada de impulsos sexuales prematuros y de violentas tendencias agresivas contra la madre y contra los hermanos menores.

(El pajarillo, además de la significación genital que le adjudicamos, también puede ser el símbolo de un niño pequeño, como todos los animales pequeños en general; por otra parte, el recuerdo subraya enfáticamente la equiparación de este pequeño ser con ella misma.)

De tal manera, esta breve serie de recuerdos constituye un hermoso ejemplo de una formación psíquica en dos planos. Considerada superficialmente, expresa un pensamiento abstracto, que en este caso, como por lo común, tiene contenido ético, es decir, según la denominación de H.

Silberer, es de tema anagógico. Observándola más profundamente, se nos presenta como una cadena de hechos procedentes de la vida instintiva reprimida, manifestando su contenido psicoanalítico.

Como se sabe, Silberer, que fue uno de los primeros en conminarnos a no olvidar la parte más noble del alma humana, sustentó la afirmación de que todos los sueños, o la mayoría de ellos, aceptan semejante interpretación doble: una, más pura, anagógica, además de la común, psicoanalítica.

Mas, desgraciadamente, no sucede así; por el contrario, en muy raros casos se puede llegar a tal sobreinterpretación; además, que yo sepa, hasta ahora no ha sido publicado ningún ejemplo útil de semejante análisis onírico con doble sentido.

En cambio, en las series asociativas que nuestros pacientes expresan en el tratamiento analítico pueden efectuarse con relativa frecuencia tales observaciones. Las ocurrencias sucesivas se vinculan, por un lado, a través de una asociación bien clara que transcurre por todas ellas; pero, por el otro, nos llevan a un tema más profundo, secreto, que participa simultáneamente en todas estas asociaciones.

La contradicción entre ambos temas que dominan una misma serie asociativa no es siempre la de lo excelso -anagógico -con lo mezquino -analítico-, sino más bien la de lo escandaloso y lo decente o indiferente, contradicción que nos permitirá comprender con mayor facilidad el motivo por el cual aparece tal serie asociativa con doble determinación.

Desde luego, en nuestro ejemplo no es por casualidad que la anagogía y la interpretación psicoanalítica aparezcan en contradicción tan violenta; ambas se refieren a un mismo material, y la tendencia más reciente es precisamente la que corresponde a las formas reactivas erigidas contra los impulsos instintuales repudiados.

Pero ¿por qué habríamos de buscar una interpretación psicoanalítica, en lugar de conformarnos con la anagógica, más inmediata? Esto se debe a muchas causas: a la existencia de la neurosis en general, a las explicaciones que ésta exige, al hecho de que la virtud no torna a los hombres tan felices y fuertes como cabría esperar, cual si aún estuviera demasiado cargada con el peso de su origen -tampoco nuestra soñante ha sido recompensada adecuadamente por su virtud-; por fin, hay muchos otros motivos para nuestra actitud, que no será necesario repetir aquí.

Pero hasta ahora hemos dejado completamente a un lado a la telepatía, segunda determinante de nuestro interés por este caso.

Es hora de que volvamos a ella.

En cierto sentido, este caso nos ofrece menos dificultades que el del señor H…

En una persona que con tal facilidad, y ya en la más temprana juventud, escapa a la realidad para precipitarse en el mundo de la fantasía, es excesivamente poderosa la tentación de vincular las experiencias telepáticas y las «visiones» con la neurosis, atribuyendo aquéllas a ésta, aunque tampoco aquí hemos de adjudicar valor decisivo a nuestra interpretación. Tan sólo sustituimos lo desconocido e incomprensible por hipótesis comprensibles.

El 22 de agosto de 1914, a las diez de la mañana, a nuestra corresponsal le llega la percepción telepática de que su hermano, a la sazón en el frente, exclama: «¡Madre, madre!» El fenómeno es puramente acústico; se repite poco después, pero no lo acompaña ninguna visión. Dos días más tarde se encuentra con su madre y la ve muy preocupada porque el hermano se le ha anunciado con la exclamación repetida: «¡Madre, madre!» Inmediatamente recuerda idéntico mensaje telepático, recibido al mismo tiempo que la madre, y en efecto, luego de algunas semanas comprueba que el joven guerrero murió aquel día, a la hora mencionada.

No es posible demostrar -pero tampoco se puede negar- que el proceso haya sido el siguiente: Cierto día la madre le comunica que su hijo se le ha anunciado telepáticamente. Inmediatamente aparece en ella la convicción de que, al mismo tiempo, tuvo idéntica experiencia.

Semejantes ilusiones mnemónicas aparecen con una intensidad obsesiva que emana de fuentes reales, pero convierten una realidad psíquica en una realidad material. La fuerza de la ilusión mnemónica se debe a que expresa adecuadamente la tendencia de la hermana a identificarse con la madre.

«Tú te preocupas por el muchacho, pero en realidad es hijo mío, de modo que en su exclamación se dirigió a mí; soy yo quien ha recibido aquel mensaje telepático.»

Naturalmente, la hermana rechazaría enérgicamente nuestra tentativa de explicación y se aferraría a su fe en la propia vivencia. Pero es que no puede hacer otra cosa; debe creer en la realidad del hecho patológico mientras le sea desconocida la realidad de sus motivos inconscientes. La fuerza y la inconmovibilidad de todo delirio se deben a su derivación de una realidad psíquica inconsciente.

Sólo quiero mencionar que aquí no hemos de explicar la vivencia de la madre ni su carácter objetivo.

Pero el hermano fallecido no es tan sólo el hijo imaginario de nuestra corresponsal, sino que también representa a un rival, odiado ya en el momento de su nacimiento. La mayoría de las visiones telepáticas se refieren a la muerte y a las posibilidades de muerte; a nuestros pacientes que nos informan sobre la frecuencia y la certeza de sus presunciones funestas, les podemos demostrar con idéntica seguridad que albergan particularmente intensos deseos inconscientes de muerte contra sus allegados y que por ello los contienen desde hace mucho tiempo.

El paciente cuya historia presenté el año 1909 en el Análisis de un caso de neurosis obsesiva era un ejemplo de éstos; sus parientes le solían llamar «cuervo»; pero cuando este hombre amable e ingenioso -muerto, entre tanto, en la guerra -entró en camino de mejoría, él mismo me facilitó la aclaración de sus tramoyas psicológicas.

La comunicación contenida en la carta de nuestro primer corresponsal, de cómo él y sus tres hermanos recibieron la noticia de que había muerto el menor, como si fuera algo conocido desde hacía mucho tiempo, tampoco parece exigir otra explicación. Los hermanos mayores seguramente nutrieron todos la misma convicción de lo superfluo que era para ellos este más joven de los vástagos.

He aquí otra «aparición» de nuestra soñante, que quizá nos sea más fácil comprender mediante la interpretación analítica. Las amigas tuvieron, evidentemente, gran importancia en su vida afectiva. La muerte de una de ellas se le anunció hace poco, en el sanatorio, por golpes nocturnos en la cama de una compañera de habitación. Otra de sus amigas se había casado hacía muchos años con un viudo que tenía varios (cinco) hijos.

En casa de aquélla vio regularmente la figura de una mujer que, según hubo de presumir, era la primera esposa fallecida, cosa que al principio no pudo confirmar y de la que sólo al cabo de siete años logró convencerse, al hallar una nueva fotografía de la difunta.

Esta alucinación visual y el presagio de la muerte del hermano denotan idéntica dependencia íntima de los complejos familiares que ya conocemos en nuestra corresponsal.

Al identificarse con su amiga, pudo satisfacer sus deseos en la persona de ésta, pues todas las hijas mayores de familias muy numerosas producen inconscientemente la fantasía de que al morir la madre podrán convertirse en segunda mujer del padre. Cuando la madre cae enferma o muere, la hija mayor pasa a ser su reemplazante natural frente a los demás hermanos y también puede asumir ante el padre una parte de las funciones de mujer. Lo que falta en esta situación es completado por el deseo inconsciente.

He aquí casi todo lo que me propuse comunicar.

Aún podría agregar la observación de que los casos de fenómenos o mensajes telepáticos, aquí comentados, se vinculan claramente con estímulos correspondientes al terreno del complejo de Edipo.

Esto puede resultar sorprendente pero no quisiera considerarlo como un gran descubrimiento. Prefiero volver al resultado que obtuvimos al investigar el sueño de nuestro primer caso. La telepatía nada tiene que ver con la esencia del sueño, ni puede contribuir a profundizar nuestra comprensión analítica del mismo.

Por el contrario, es el psicoanálisis quien puede fomentar el estudio de la telepatía, aproximándonos, con ayuda de sus interpretaciones, al entendimiento de muchos elementos incomprensibles que presentan los fenómenos telepáticos, o demostrando que otros fenómenos aún dudosos, son, en efecto, de índole telepática.

De la vinculación entre la telepatía y el sueño, tan íntima en apariencia, sólo queda la innegable facilitación de la primera por el estado del reposo, aunque éste no sea una condición ineludible para que se den los procesos telepáticos, ya consistan éstos en mensajes o en producciones inconscientes.

Si aún no lo supiéramos, bastaría para demostrárnoslo el ejemplo de nuestro segundo caso en el cual el hermano se anuncia entre las nueve y las diez de la mañana.

Sin embargo, debemos reconocer que no se puede dudar de las observaciones telepáticas simplemente porque el suceso y su presentimiento (o el mensaje que lo anuncia) no haya sucedido en el mismo momento astronómico.

Es fácilmente aceptable que el mensaje telepático sea recibido en el instante en que ocurre el suceso provocador, siendo percibido por la consciencia al dormir en la noche siguiente, o aun durante la vigilia, pero tan sólo al cabo de cierto tiempo, durante una pausa de la actividad psíquica.

Por otra parte, aceptamos también que la formación onírica puede comenzar antes de iniciarse el reposo, pues las ideas oníricas latentes bien pueden haber sido preparadas durante todo el día, hasta que por la noche entran en conexión con el deseo inconsciente que las convierte en un sueño. Pero si el fenómeno telepático no es más que una producción del inconsciente, entonces no nos encontramos ante nada nuevo.

En tal caso sería natural e imprescindible aplicar a la telepatía las leyes de la actividad psíquica inconsciente. ¿Por ventura habré despertado la impresión de que quiero tomar partido a favor del carácter real de la telepatía en el sentido ocultista? Mucho lamentaría si realmente fuese tan difícil evitar semejante impresión, pues en realidad quise ser completamente imparcial. Por lo que a mí me toca, mal podría ser otra mi actitud, pues no tengo derecho a emitir juicio, ya que nada sé al respecto.

FreudEl conferenciante dedicó su breve exposición a tres puntos de la teoría de los sueños. Los dos primeros conciernen al postulado de que el sueño sería una realización de deseos, presentando ciertas modificaciones imprescindibles del mismo; el tercero se refiere a la plena confirmación del ya formulado rechazo de las denominadas tendencias prospécticas en el sueño.

Sostiene que hay motivos suficientes para aceptar, junto a los conocidos sueños desiderativos y a los sueños de angustia, que se ajustan fácilmente a la teoría, una tercera categoría que denomina «sueños punitivos» o «de castigo».

Si se tiene en cuenta la justificada aceptación de una instancia particular del yo, autoobservador y crítica (ideal del yo, censor, conciencia), también aquellos sueños punitivos se adaptarían a la teoría de la realización del deseo, pues representarían la realización del deseo de esta instancia crítica.

Guardarían con los sueños desiderativos propiamente dichos la misma relación que tienen los síntomas de la neurosis obsesiva, producidos por formación reactiva, con los síntomas histéricos. Una excepción más valedera a la regla de que el sueño sería una realización de deseos, el conferenciante la ve en los denominados sueños «traumáticos», como ocurren en los accidentados, pero también en los psicoanálisis de neuróticos, trayendo a luz los traumas psíquicos infantiles olvidados.

Con respecto a la conciliación de estos sueños con la teoría de la realización del deseo, remitió a un trabajo próximo a publicarse, que se titulará Más allá del principio del placer.

El tercer punto de su comunicación se refiere a un estudio aún inédito del doctor Varendonck, de Gante, quien logró observar conscientemente, en amplia escala, la actividad fantaseadora inconsciente en estados crepusculares (llamada «pensamiento autístico» por dicho autor).

En el curso de dicho estudio se demostró que también la previsión de las eventualidades del día siguiente, la preparación de intentos de solución y adaptación, etc., cae plenamente en el dominio de esta actividad preconsciente, que es también la productora de las ideas latentes del sueño, de modo que, como el conferenciante siempre ha afirmado, nada tiene que ver con la elaboración onírica.


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