Planeta Freud

Archive for agosto 26th, 2009

FreudI. Varios colaboradores de esta colección inician sus trabajos haciendo resaltar la espinosa singularidad de su contenido. Para mí resulta aún más ardua la labor, pues en los repetidos trabajos de este género que tengo ya publicados he tropezado siempre con que la especial naturaleza del tema obligaba a hablar de mí mismo más de lo que generalmente es costumbre o se juzga necesario.

Mi primera exposición del desarrollo y el contenido del psicoanálisis quedó integrada en las cinco conferencias que la Clark University, de Worcester (Estados Unidos), me invitó a pronunciar en sus aulas durante las fiestas con que celebró el vigésimo aniversario de su fundación (1909). Recientemente he escrito para una publicación americana.

Los comienzos del siglo XX, cuyos lectores hicieron honor a la importancia de nuestra disciplina reservándola en un capítulo especial otro trabajo análogo.

En el mismo intervalo, la revista Jahrbuch der Psychoanalyse publicó un ensayo mío, titulado Historia del psicoanálisis, que contiene ya todo lo que aquí pudiera comunicar.

Siéndome imposible contradecirme, y no queriendo repetir sin modificación lo ya expuesto en otros lugares, habré de intentar establecer en el presente trabajo una nueva proporción de elementos subjetivos y objetivos, fundiendo lo biográfico con lo histórico.

Nací el año 1856, en Freiberg (Moravia), pequeña ciudad de la actual Checoslovaquia.

Mis padres eran judíos, confesión a la que continúo perteneciendo. De mis ascendientes por línea paterna creo saber que vivieron durante muchos años en Colonia; emigraron en el siglo XIV o XV hacia el Este obligados por una persecución contra los judíos, y retornaron luego en el siglo XIX a través de Lituania y Galitzia, estableciéndose en Austria.

Cuando tenía yo cuatro años me trajeron mis padres a Viena, ciudad en la que he seguido todos los grados de instrucción.

En el Gymnasium conservé durante siete años el primer puesto, gozando así de una situación privilegiada y siéndome dispensados casi todos los exámenes.

Aunque nuestra posición económica no era desahogada, quería mi padre que para escoger carrera atendiese únicamente a mis inclinaciones.

En aquellos años juveniles no sentía predilección especial ninguna por la actividad médica, ni tampoco la he sentido después. Lo que me dominaba era una especie de curiosidad relativa más bien a las circunstancias humanas que a los objetos naturales, y que no había reconocido aún la observación como el medio principal de satisfacerse.

Mi profunda dedicación a los escritos bíblicos (iniciada casi al tiempo que aprendí el arte de la lectura) tuvo, como lo reconocí mucho después, un prolongado efecto en la línea de mis intereses.

Bajo la poderosa influencia de una amistad escolar con un niño mayor que yo, que llegó a ser un destacado político, se me formó el deseo de estudiar leyes como él y de obligarme a actividades sociales.

La teoría de Darwin, muy en boga por entonces, me atraía extraordinariamente porque quería prometer un gran progreso hacia la comprensión del mundo. La lectura del ensayo goethiano. La Naturaleza, escuchada en una conferencia de vulgarización científica, me decidió por último a inscribirme en la Facultad de Medicina. La Universidad, a cuyas aulas comencé a asistir en 1873, me procuró al principio sensibles decepciones.

Ante todo, me preocupaba la idea de que mi pertenencia a la confesión israelita me colocaba en una situación de inferioridad con respecto a mis condiscípulos, entre los cuales resultaba un extranjero. Pero pronto rechacé con toda energía tal preocupación.

Nunca he podido comprender por qué habría de avergonzarme de mi origen o, como entonces comenzaba ya a decirse, de mi raza.

Asimismo renuncié sin gran sentimiento a la connacionalidad que se me negaba. Pensé, en efecto, que para un celoso trabajador siempre habría un lugar, por pequeño que fuese en las filas de la Humanidad laboriosa, aunque no se hallase integrado en ninguno de los grupos nacionales.

Pero estas primeras impresiones universitarias tuvieron la consecuencia importantísima de acostumbrarme desde un principio figurar en las filas de la oposición y fuera de la «mayoría compacta», dotándome de una cierta independencia de juicio.

Descubrí también en estos primeros años de Universidad que la peculiaridad y la limitación de mis aptitudes me vedaban todo progreso en algunas disciplinas científicas, cuyo estudio había emprendido con juvenil impetuosidad.

De este modo se me impuso la verdad de la advertencia del Mefistófeles goethiano:

«En vano vagáis por los dominios de la ciencia; nadie aprende sino aquello que le está dado aprender.»

En el laboratorio fisiológico de Ernesto Brücke logré por fin tranquilidad y satisfacción completas, hallando en él personas que me inspiraban respeto, y a las que podía tomar como modelos: el mismo gran Brücke y sus ayudantes Sigmund Exner y Ernst Fleischl von Marxow.

Brücke me encargó de una investigación, relativa a la histología del sistema nervioso; trabajo que llevé a cabo a satisfacción suya, y continué luego por mi cuenta. Permanecí en este Instituto desde 1876 a 1882, con pequeñas interrupciones, y se me consideraba destinado a ocupar la primera vacante de «auxiliar» que en él se produjera.

Los estudios propiamente médicos -excepción hecha de la Psiquiatría- no ejercían sobre mí gran atención, y retrasándome así en mi carrera, no obtuve el título de doctor hasta 1881.

Pero en 1882 mi venerado maestro rectificó la confiada ligereza de mi padre, llamándome urgentemente la atención sobre mi mala situación económica, y aconsejándome que abandonase mi actividad, puramente teórica.

Siguiendo sus consejos, dejé el laboratorio fisiológico y entré de aspirante en el Hospital General.

Al poco tiempo fui nombrado interno del mismo, y serví en varias de sus salas, pasando más de seis meses en la de Meynert, cuya personalidad me había interesado ya profundamente en mis años de estudiante.

Sin embargo, permanecí en cierto modo fiel a mis primeros trabajos. Brücke me había indicado al principio, como objeto de investigación, la médula espinal de un pez de los más inferiores (el Ammocoetes petromyzon), y de este estudio pasé al del sistema nervioso humano, sobre cuya complicada estructura acababan de arrojar viva luz los descubrimientos de Flechsig.

El hecho de elegir única y exclusivamente al principio la medulla oblongata como objeto de investigación, fue también una consecuencia de la orientación de mis primeros estudios, en absoluta oposición a la naturaleza difusa de mi labor durante los primeros años universitarios, se desarrolló en mí una tendencia a la exclusiva concentración del trabajo sobre una materia o un problema únicos.

Esta inclinación ha continuado siéndome propia y me ha valido luego el reproche de ser excesivamente unilateral.

En el laboratorio de anatomía cerebral continué trabajando, con la misma fe que antes en el fisiológico. Durante estos años redacté varios trabajos sobre la medulla oblongata, que merecieron la aprobación de Edinger.

Meynert, que me había abierto las puertas del laboratorio aun antes de hallarme bajo sus órdenes, me invitó un día a dedicarme definitivamente a la anatomía del cerebro, prometiéndome la sucesión en su cátedra, pues se sentía ya muy viejo para profundizar en los nuevos métodos.

Atemorizado ante la magnitud de tal empresa, decliné la proposición. Probablemente, sospechaba ya que aquel hombre genial no se hallaba bien dispuesto para conmigo. La anatomía del cerebro no representaba para mí, desde el punto de vista práctico, ningún progreso con relación a la Fisiología.

Así, pues, para satisfacer las exigencias materiales hube de dedicarme al estudio de las enfermedades nerviosas.

Esta especialidad era por entonces poco atendida en Viena.

El material de observación se hallaba diseminado en las diversas salas del hospital, y de este modo se carecía de toda ocasión de estudio, viéndose uno obligado a ser su propio maestro. Tampoco Nothnagel, a quien la publicación de su obra sobre la localización cerebral había llevado a la cátedra, diferenciaba la Neuropatología de las demás ramas de la Medicina interna.

Atraído por el gran nombre de Charcot, que resplandecía a lo lejos, formé el plan de alcanzar el puesto de «docente» en la rama de enfermedades nerviosas, y trasladarme luego por algún tiempo a París, con objeto de ampliar allí mis conocimientos.

Durante los años en que fui médico auxiliar publiqué varias observaciones casuísticas sobre enfermedades orgánicas del sistema nervioso.

Poco a poco fui dominando la materia, y llegué a poder localizar tan exactamente un foco en la medulla oblongata, que la autopsia no añadía detalle alguno a mis afirmaciones.

De este modo fui el primer médico de Viena que envió a la sala de autopsias un caso con el diagnóstico de «polineuritis acuta». La fama de mis diagnósticos, confirmados por la autopsia, me atrajo el interés de varios médicos americanos, a los que comencé a dar, en un chapurreado inglés, un cursillo sobre tales temas, utilizando como material de observación a los enfermos de mi sala.

Pero no tenía el menor conocimiento de la neurosis; y así, cuando un día presenté a mis oyentes un neurótico con ininterrumpido dolor de cabeza y diagnostiqué el caso de meningitis circunscrita crónica, me abandonaron todos, poseídos de una justificada indignación crítica, dando allí fin mi prematura actividad pedagógica.

Sin embargo, alegaré en mi disculpa que grandes autoridades médicas de Viena solían aún diagnosticar por aquel entonces la neurastenia como un tumor cerebral.

En la primavera de 1885 me fue conferida la plaza de «docente» de Neuropatología en mérito de mis trabajos histológicos y clínicos.

Poco después me consiguió Brücke una generosa pensión para realizar estudios en el extranjero y al otoño siguiente me trasladé a París.

Confundido entre los muchos médicos extranjeros que se inscribían como alumnos en la Salpêtrière, no se me dedicó al principio atención ninguna especial. Pero un día oí expresar a Charcot su sentimiento por no haber vuelto a tener noticia alguna desde la pasada guerra del traductor alemán de sus conferencias. Luego agregó que le agradaría mucho encontrar una persona de garantía que se encargase de la traducción alemana de sus Nuevas conferencias.

Al día siguiente me ofrecí para ello en una carta, en la que recuerdo haber escrito que sólo padecía la aphasie motrice, pero no la aphasie sensorielle du français. Charcot aceptó mi ofrecimiento, me admitió a su trato privado y me hizo participar desde entonces directamente en todo aquello que en la clínica sucedía.

Hallándome dedicado a la redacción del presente trabajo he recibido de Francia numerosos ensayos y artículos que testimonian de una violenta resistencia a la aceptación del psicoanálisis y contienen a veces afirmaciones totalmente inexactas relativas a mi situación como respecto a la escuela francesa.

Así, leo, por ejemplo, que aproveché mi estancia en París para familiarizarme con las teorías de P. Janet, huyendo luego con mi presa. Contra esta afirmación he de hacer constar que durante mi estancia en la Salpêtrière nadie nombraba aún para nada a P. Janet.

De todo lo que vi al lado de Charcot, lo que más me impresionó fueron sus últimas investigaciones sobre la histeria, una parte de las cuales se desarrolló aún en mi presencia, o sea la demostración de la autenticidad y normalidad de los fenómenos histéricos (introite et hic dii sunt) y de la frecuente aparición de la histeria en sujetos masculinos, la creación de parálisis y contracturas histéricas por medio de la sugestión hipnótica y la conclusión de que estos productos artificiales muestran exactamente los mismos caracteres que los accidentales y espontáneos, provocados con frecuencia por un trauma.

Algunas de las demostraciones de Charcot despertaron al principio en mí, como en otros de los asistentes, cierta extrañeza y una tendencia a la contradicción, que intentábamos apoyar en una de las teorías por entonces dominantes.

El maestro discutía siempre nuestras objeciones con tanta paciencia y amabilidad como decisión, y en una de estas discusiones pronunció la frase Ça n’empêche pas d’exister, para mí inolvidable. No todo lo que por entonces nos enseñó Charcot se mantiene aún en pie.

Parte de ello aparece ahora muy discutible, y otra parte ha sucumbido por completo a la acción del tiempo. Pero, sin embargo, queda aún mucho que ha pasado a integrar duraderamente el contenido de la ciencia.

Antes de abandonar París tracé con Charcot el plan de un estudio comparativo de las parálisis histéricas con las orgánicas.

Me proponía demostrar el principio de que las parálisis y anestesias histéricas de las diversas partes del cuerpo se delimitan conforme a la representación vulgar (no anatómica) del hombre.

El maestro se mostró de acuerdo conmigo, pero no era difícil adivinar que, en el fondo, no se sentía inclinado a profundizar en la psicología de las neurosis.

Su punto de partida habría sido, en efecto, la Anatomía.

Antes de regresar a Viena permanecí varias semanas en Berlín dedicado a adquirir algunos conocimientos sobre las enfermedades de la infancia, pues el doctor Kassowitz, de Viena, que dirigía un Instituto de enfermedades de la niñez, me había prometido establecer una sala destinada a las enfermedades nerviosas infantiles.

En Berlín fui amablemente acogido por Adolf Baginsky. Durante mi actividad en el Instituto de Kassowitz publiqué luego varios trabajos sobre las parálisis cerebrales de los niños.

A estos trabajos se debió más tarde, en 1897, el encargo que me hizo Nothnagel de tratar esta materia en su magno Manual de la terapia general y especial.

En otoño de 1886 me establecí como médico en Viena y contraje matrimonio con la mujer que era, hacía ya más de cuatro años, mi prometida, y me esperaba en una lejana ciudad. Por cierto que, siendo aún novia mía, me hizo perder una ocasión de adquirir fama ya en aquellos años juveniles.

En 1884 llegó a interesarme profundamente el alcaloide llamado cocaína, por entonces muy poco conocido, y lo hice traer de Merck en cierta cantidad para estudiar sus efectos fisiológicos.

Hallándome dedicado a esta labor, se me presentó ocasión de hacer un viaje a la ciudad donde residía mi novia, a la que no veía hacía ya dos años, y puse término rápidamente a mi publicación, prediciendo que no tardarían en descubrirse amplias aplicaciones de aquel alcaloide.

Antes de salir de Viena encargué a mi amigo el doctor Königstein, oculista, que investigase en qué medida resultaban aplicables las propiedades anestésicas de la cocaína en las intervenciones propias de su especialidad.

A mi vuelta encontré que no Königstein, sino otro de mis amigos, Carl Koller (actualmente en Nueva York), al que también había hablado de la cocaína, había llevado a cabo decisivos experimentos sobre sus propiedades anestésicas, comunicándolos y demostrándolos en el Congreso de Oftalmología de Heidelberg.

Koller es, por tanto, considerado, con razón, como el descubridor de la anestesia local por medio de la cocaína, tan importante para la pequeña cirugía. Por mi parte, no guardo a mi mujer rencor alguno por la ocasión perdida.

Mi establecimiento como neurólogo en Viena data, como antes indiqué, del otoño de 1886.

A mi regreso de París y Berlín me hallaba obligado a dar cuenta en la Sociedad de Médicos de lo que había visto y aprendido en la clínica de Charcot. Pero mis comunicaciones a esta Sociedad fueron muy mal acogidas. Personas de gran autoridad, como el doctor Bamberger, presidente de la misma, las declararon increíbles.

Meynert me invitó a buscar en Viena casos análogos a los que describía y a presentarlos a la Sociedad.

Mas los médicos en cuyas salas pude hallar tales casos me negaron la autorización de observarlos. Uno de ellos, un viejo cirujano, exclamó al oírme:

«Pero ¿cómo puedes sostener tales disparates? Hysteron (sic) quiere decir «útero». ¿Cómo, pues, puede un hombre ser histérico?»

En vano alegué que no pedía la aceptación de mis diagnósticos, sino tan sólo que se me dejara disponer de los enfermos que eligiera. Por fin encontré, fuera del hospital, un caso clásico de hemianestesia histérica en un sujeto masculino y pude presentarlo y demostrarlo ante la Sociedad de Médicos.

Esta vez tuvieron que rendirse a la evidencia pero se desinteresaron en seguida de la cuestión. La impresión de que las grandes autoridades médicas habían rechazado mis innovaciones, obtuvo la victoria y me vi relegado a la oposición con mis opiniones sobre la histeria masculina y la producción de parálisis histéricas por medio de la sugestión.

Cuando poco después se me cerraron las puertas del laboratorio de Anatomía cerebral y me vi falto de local en el que dar mis conferencias, me retiré en absoluto de la vida académica y de relación profesional. Desde entonces no he vuelto a poner los pies en la Sociedad de Médicos.

Pero si quería vivir del tratamiento de los enfermos nerviosos había de ponerme en condiciones de presentarles algún auxilio.

Mi arsenal terapéutico no comprendía sino dos armas, la electroterapia y la hipnosis, pues el envío del enfermo a unas aguas medicinales después de una única visita no constituía una fuente suficiente de rendimiento.

Por lo que respecta a electroterapia, me confié al manual de W. Erb, que integraba prescripciones detalladas para el tratamiento de todos los síntomas nerviosos. Desgraciadamente, comprobé al poco tiempo que tales prescripciones eran ineficaces y que me había equivocado al considerarlas como una cristalización de observaciones concienzudas y exactas, no siendo sino una arbitraria fantasía.

Este descubrimiento de que la obra del primer neuropatólogo alemán no tenga más relación con la realidad que un libro egipcio sobre los sueños, como los que se venden en baratillos me fue harto doloroso, pero me ayudó a libertarme de un resto de mi ingenua fe en las autoridades.

Así, pues, eché a un lado el aparato eléctrico, antes que Moebius declarara decisivamente que los resultados del tratamiento eléctrico de los enfermos nerviosos no eran sino un efecto de la sugestión del médico.

La hipnosis era ya otra cosa.

Siendo aún estudiante, asistía a una sesión pública del «magnetizador» Hansen y observé que uno de los sujetos del experimento palidecía al entrar en el estado de rigidez cataléptica y permanecía lívido hasta que el magnetizador le hacía volver a su estado normal.

Esta circunstancia me convenció de la legitimidad de los fenómenos hipnóticos. Poco después halló esta opinión en Heindenhain, su representante científico, circunstancia que no le impidió a los profesores de Psiquiatría continuar afirmando que el hipnotismo era una farsa peligrosa y despreciando a los hipnotizadores.

Por mi parte, había visto emplear sin temor alguno, en París, el hipnotismo, para crear síntomas y hacerlos luego desaparecer. Poco después llegó a nosotros la noticia de que en Nancy había surgido una escuela que utilizaba ampliamente la sugestión, con hipnotismo o sin él, para fines terapéuticos, logrando sorprendentes resultados.

Todas estas circunstancias me llevaron a hacer de la sugestión hipnótica mi principal instrumento de trabajo -aparte de otros métodos psicoterápicos más casuales y menos sistemáticos- durante mis primeros años de actividad médica.

Esto suponía la renuncia al tratamiento de las enfermedades nerviosas orgánicas, pero tal renuncia no significaba gran cosa, pues en primer lugar la terapia de tales estados no ofrecía porvenir ninguno, y en segundo, el número de enfermos de este género resultaba pequeñísimo, comparado con el de los neuróticos, número que aparece, además, multiplicado por el hecho de que los pacientes pasan de un médico a otro sin hallar alivio. Por último, el hipnotismo daba a la labor médica considerable atractivo.

El médico se libertaba por vez primera del sentimiento de su impotencia, y se veía halagado por la fama de obtener curas milagrosas.

Más tarde descubrí los inconvenientes de este procedimiento, pero al principio sólo podía reprocharle dos defectos: primeramente, no resultaba posible hipnotizar a todos los enfermos, y en segundo lugar, no estaba al alcance del médico lograr, en determinados casos, una hipnosis tan profunda como lo creyese conveniente. Con el propósito de perfeccionar mi técnica hipnótica, fui en 1889 a Nancy, donde pasé varias semanas.

Vi allí al anciano Liébault, en su conmovedora labor con las mujeres y niños de la población obrera, y fui testigo de los experimentos de Bernheim con los enfermos del hospital, adquiriendo intensas impresiones de la posible existencia de poderosos procesos anímicos que permanecían, sin embargo, ocultos a la conciencia. Pensando que sería valioso persuadí a una de mis pacientes seguirme a Nancy.

Histérica, mujer distinguida y de geniales dotes, que había acudido a mí después de no haber hallado alivio alguno en las prescripciones de otros médicos. Por medio de la sugestión hipnótica conseguí procurarle una existencia soportable, logrando extraerla de su miserable estado.

El hecho de que al cabo de algún tiempo recayese siempre, lo atribuí, en mi desconocimiento de las circunstancias verdaderas, a que su hipnosis no había llegado a alcanzar nunca el grado de somnambulismo con amnesia.

Bernheim intentó también hipnotizarla profundamente, pero tampoco lo consiguió, confesando luego sinceramente que sus grandes éxitos terapéuticos habían sido siempre con pacientes de su sala del hospital, nunca con enfermos de su consulta privada.

Durante mi estancia en Nancy tuve con él varias interesantísimas conversaciones y acepté el encargo de traducir al alemán sus dos obras sobre la sugestión y sus efectos terapéuticos.

De 1886 a 1891 abandoné casi por completo la investigación científica y apenas publiqué algo. Tuve, en efecto, que dedicar todo mi tiempo a afirmarme en mi nueva actividad y a asegurar la existencia material de mi familia, que iba creciendo rápidamente.

En 1891 publiqué mi primer trabajo sobre las parálisis cerebrales infantiles, escrito en colaboración con el doctor Oskar Rie, mi amigo y ayudante.

Asimismo fui invitado a encargarme de la parte referente a la teoría de la afasia, dominada entonces por el punto de vista de la localización, sostenido por Wernicke y Lichtheim en una obra de Medicina.

Un librito crítico-especulativo, titulado Sobre la afasia, fue el fruto de esta labor. Pasaré ahora a describir cómo la investigación científica volvió a constituir el interés capital de mi vida.

II. Completando la exposición que precede, añadiré que desde un principio me serví del hipnotismo para un fin distinto de la sugestión hipnótica. Lo utilicé, en efecto, para hacer que el enfermo me revelase la historia de la génesis de sus síntomas, sobre la cual no podía muchas veces proporcionarme dato alguno hallándose en estado normal.

Este procedimiento, a más de entrañar una mayor eficacia que los simples mandatos y prohibiciones de la sugestión, satisfacía la curiosidad científica del médico, el cual poseía un indiscutible derecho a averiguar algo del origen del fenómeno, cuya desaparición intentaba lograr por medio del monótono procedimiento de la sugestión.

A este otro procedimiento llegué del modo siguiente: Hallándome aún en el laboratorio de Brücke conocí al doctor José Breuer, uno de los médicos de cabecera más considerados de Viena, que poseía además un pasado científico, pues era autor de varios valiosos trabajos sobre la fisiología de la respiración y sobre el órgano del equilibrio.

Era Breuer un hombre de inteligencia sobresaliente, catorce años mayor que yo. Nuestras relaciones se hicieron pronto íntimas, y Breuer llevó su amistad hasta auxiliarme en situaciones difíciles de mi vida. Durante muchos años compartimos todo interés científico, siendo yo, naturalmente, a quien este intercambio beneficiaba más.

El desarrollo del psicoanálisis me costó después su amistad. Muy difícil me fue prescindir de ella, pero resultó inevitable.

Antes de mi viaje a París me había comunicado ya Breuer un caso de histeria, sometido por él desde 1880 a 1882 a un tratamiento especial, por medio del cual había conseguido penetrar profundamente en la motivación y significación de los síntomas histéricos.

Esto sucedía en una época en la que los trabajos de Janet pertenecían aún al futuro. Breuer me leyó varias veces fragmentos del historial clínico de dicho caso, que me dieron la impresión de constituir un progreso decisivo en la inteligencia de las neurosis.

Durante mi estancia en París di cuenta a Charcot de los descubrimientos de Breuer, pero el maestro no demostró interesarse por ellos. De retorno a Viena, hice que Breuer me comunicase más detalladamente sus observaciones. La paciente era una muchacha de ilustración y aptitudes nada comunes, cuya dolencia había comenzado a manifestarse en ocasión de hallarse dedicada al cuidado de su padre, gravemente enfermo.

Cuando acudió a la consulta de Breuer, ofrecía un variado cuadro sintomático: parálisis, con contracciones, inhibiciones y estado de perturbación psíquica.

Una observación casual reveló al médico que la paciente podía ser libertada de tales perturbaciones de la conciencia cuando se le hacia dar una expresión verbal a la fantasía afectiva que de momento la dominaba. De este descubrimiento dedujo Breuer un método terapéutico.

Sumiendo a la sujeto en un profundo sueño hipnótico, la hacía relatar lo que en aquellos instantes oprimía su ánimo. Dominados así los accesos de perturbación depresiva, empleó el mismo procedimiento para provocar la desaparición de las inhibiciones y de los trastornos somáticos.

Durante el estado de vigilia, la paciente era tan incapaz como otros enfermos de indicar la génesis de sus síntomas y no encontraba conexión alguna entre ellos y algunas impresiones de su vida. Pero en la hipnosis hallaba inmediatamente el enlace buscado.

Resultó así que todos sus síntomas se hallaban relacionados con intensas impresiones, recibidas durante el tiempo que pasó cuidando a su padre, enfermo, y que, por tanto, poseían un sentido, correspondiendo a restos o reminiscencias de tales situaciones afectivas.

Generalmente resultaba que en ocasión de hallarse junto al lecho de su padre había tenido que reprimir un pensamiento o un impulso, en cuyo lugar y representación había luego aparecido el síntoma.

Mas, por lo regular, cada síntoma no constituía el residuo de una sola escena «traumática», sino el resultado de la adición de numerosas situaciones análogas. Cuando luego en la hipnosis recordaba la sujeto alucinatoriamente una tal situación y realizaba a posteriori el acto psíquico antes reprimido, dando libre curso al afecto correspondiente, desaparecía definitivamente el síntoma.

Por medio de este procedimiento consiguió Breuer, después de una larga y penosa labor, libertar a la enferma de todos sus síntomas.

La sujeto quedó así curada, y no volvió a experimentar perturbación alguna del orden histérico, habiéndose demostrado luego capaz de importantes rendimientos intelectuales.

Pero el desenlace del tratamiento quedaba envuelto para mi en una cierta oscuridad, que Breuer no quiso nunca disipar. También me era imposible comprender por qué había mantenido secreto durante tanto tiempo su descubrimiento, que yo consideraba inestimable, en lugar de hacerlo público, en provecho de la ciencia.

La única objeción admisible era la de si debía generalizar un hecho comprobado tan sólo en un único caso, pero las circunstancias descubiertas me parecían de naturaleza tan fundamental, que, una vez demostradas en un caso de histeria, tenían, a mi juicio, que aparecer integradas en todo enfermo de este orden.

Ahora bien: siendo ésta una cuestión que sólo la experiencia podía decidir, comencé a repetir con mis pacientes las investigaciones de Breuer, no empleando con ellos método ninguno distinto, sobre todo después que mi visita a Bernheim en 1889 me hubo revelado los límites eficaces de la sugestión hipnótica, y al cabo de varios años, durante los cuales no hallé un solo caso de histeria que siendo accesible a dicho método no confirmase los descubrimientos de Breuer, habiendo reunido un importante material de observaciones análogas a las suyas, le propuse publicar un trabajo común sobre la materia, cosa a la que comenzó por resistirse tenazmente.

Por último, cedió a mis instancias cuando ya Janet se había adelantado, publicando en sus trabajos una parte de los resultados anteriormente obtenidos por Breuer; esto es, la referencia de los síntomas histéricos a impresiones de la vida del sujeto y su supresión por medio de la reproducción hipnótica in statu nascendi.

Así, pues, dimos a la estampa en 1893 una «comunicación interna», titulada SOBRE EL MECANISMO PSÍQUICO DE LOS FENÓMENOS HISTÉRICOS, y en 1895, nuestro libro ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA.

El contenido de este libro es, en su parte esencial, de Breuer, circunstancia que siempre he declarado honradamente y que hago constar aquí una vez más.

En la teoría que en él se intenta elaborar trabajé en una medida cuya determinación no es ya hoy posible.

Esta teoría se mantiene dentro de límites modestísimos, no yendo mucho más allá de una expresión inmediata de las observaciones realizadas. No intenta fijar la naturaleza de la histeria, sino tan sólo esclarecer la génesis de sus síntomas.

En esta labor acentúa la significación de la vida afectiva y la importancia de la distinción entre actos psíquicos inconscientes y conscientes (o mejor, capaces de conciencia) e introduce un factor dinámico, haciendo nacer el síntoma del estancamiento de un afecto y un factor económico, considerando al mismo síntoma como el resultado de la transformación de un montante de energía, utilizado normalmente de un modo distinto (la llamada «conversión»). Breuer dio a nuestro método el calificativo de «catártico», y declaró que su síntoma terapéutico era el de hacer que el montante de afecto usado para mantener el síntoma y estancado en vías erradas, y sea llevado a la descarga (o abreación) por vías normales.

Este método catártico alcanzó excelentes resultados. Los defectos que más tarde demostró entrañar son los inherentes a todo tratamiento hipnótico. Todavía actualmente hay muchos psicoterapeutas que continúan empleando este método tal y como Breuer lo empleaba.

En el tratamiento de las neurosis de guerra en el Ejército alemán durante la conflagración europea, lo ha utilizado E.

Simmel con éxito satisfactorio como procedimiento curativo abreviado. La sexualidad no desempeñaba en la teoría de la catarsis papel importante alguno.

En los historiales clínicos aportados por mí a los ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA intervienen ciertamente factores de la vida sexual; pero apenas se les concede un valor distinto del de las restantes excitaciones afectivas.

De su primera paciente, que ha llegado a adquirir celebridad, cuenta Breuer que lo sexual se hallaba en ella sorprendentemente poco desarrollado. Por los ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA no sería fácil adivinar la importancia de la sexualidad en la etiología de las neurosis.

He descrito ya varias veces tan detalladamente el estadio inmediato de nuestra disciplina, o sea, el paso desde la catarsis al psicoanálisis propiamente dicho, que ha de serme difícil consignar aquí nada nuevo.

El suceso que inició esta transición fue el retraimiento de Breuer de nuestra colaboración, quedando desde este momento en mis manos la administración de su herencia. Ya anteriormente habían surgido entre nosotros algunas diferencias de opinión; pero no habían sido suficientes para separarnos.

Para el problema de cuándo se hace patógeno un proceso anímico, esto es, de cuándo queda excluido de un desenlace normal, prefería Breuer una teoría que pudiéramos calificar de fisiológica. Opinaba que los procesos que escapaban a su destino normal eran aquellos que nacían en estados anímicos extraordinarios (estados «hipnoides»).

Pero esta solución no hacía sino plantear un nuevo problema: el de cuál podría ser el origen de tales estados hipnoides. Por mi parte, suponía, en cambio, la existencia de un juego de fuerzas, esto es, del efecto de intenciones y tendencias análogas a las observables en la vida anormal, oponiendo así a la «histeria hipnoide» de Breuer la «neurosis de defensa».

Pero estas y otras diferencias no hubieran llevado nunca a Breuer a abandonar sus trabajos si no hubiesen venido a agregarse a ellas otros factores.

En primer lugar, su extensa clientela le impedía dedicar como yo, toda su actividad a la labor catártica, y, además, influyó sobre él la mala acogida que nuestro libro obtuvo.

Su confianza en sí mismo y su capacidad de resistencia no se hallaban a la altura de su restante organización espiritual.

Cuando, por ejemplo, dedica Strümpell una durísima crítica a nuestro libro, pude yo dejarla resbalar sobre mí, dándome cuenta de la absoluta incomprensión del exegeta; pero Breuer se irritó y comenzó a sentirse descorazonado. De todos modos, lo que más contribuyó a su decisión fue la imposibilidad de familiarizarse con la nueva orientación que tomaron mis trabajos.

La teoría que habíamos intentado edificar en los Estudios era muy incompleta.

Sobre todo, apenas habíamos rozado el problema de la etiología, o sea el de la base del proceso patógeno.

Posteriormente hube de comprobar con mayor evidencia cada vez que detrás de las manifestaciones de la neurosis no actuaban excitaciones afectivas de naturaleza indistinta, sino precisamente de naturaleza sexual, siendo siempre conflictos sexuales actuales o repercusiones de sucesos sexuales pasados.

He de hacer constar que no me hallaba preparado a tal descubrimiento, totalmente inesperado para mí, que no llevó a la investigación de los sujetos neuróticos prejuicio alguno de este orden. Cuando en 1914 escribí la HISTORIA DEL MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO surgió en mí el recuerdo de algunos dichos de Breuer, Charcot y Chrobak, que podían haberme orientado en este camino.

Mas por entonces no comprendí bien lo que tales autoridades querían decir, y sus afirmaciones dormitaron en mí hasta que, con ocasión de las investigaciones catárticas, resurgieron bajo la forma de descubrimiento propio. Tampoco sabía en aquella época que al referir la histeria a la sexualidad había retrocedido a los tiempos más antiguos de la Medicina y me había agregado a un juicio de Platón.

Esto último me lo reveló mucho después la lectura de un trabajo de Havelock Ellis.

Bajo la influencia de mi sorprendente descubrimiento di un paso que ha tenido amplias consecuencias. Traspasé los límites de la histeria y comencé a investigar la vida sexual de los enfermos llamados neurasténicos, que acudían en gran número a mi consulta.

Este experimento me costó gran parte de mi clientela; pero me procuró diversas convicciones, que hoy día, cerca de treinta años después, conservan toda su fuerza.

Era, desde luego, necesario vencer la infinita hipocresía con la que se encubre todo lo referente a la sexualidad; pero una vez conseguido esto, se hallaban en la mayoría de estos enfermos importantes desviaciones de la función sexual.

Dada la gran frecuencia tanto de dichas desviaciones como de la neurastenia, no presentaba su coincidencia gran fuerza probatoria; pero posteriores observaciones, más penetrantes, me hicieron descubrir en la abigarrada colección de cuadros patológicos, reunida bajo el concepto de neurastenia, dos tipos fundamentalmente diferentes que podían surgir, mezclados en muy variadas proporciones, pero que también se ofrecían aislados a la observación.

En uno de estos tipos era el ataque de angustia el fenómeno central, con sus equivalentes formas rudimentarias y síntomas sustitutivos crónicos, por todo lo cual le di el nombre de neurosis de angustia, limitando al otro tipo la denominación de neurastenia. Una vez hecho esto, fue fácil determinar que a cada uno de estos tipos correspondía una distinta anormalidad de la vida sexual como factor etiológico (coitus interruptus, excitación frustrada y abstinencia sexual en un caso, y masturbación excesiva y poluciones frecuentes en el otro).

En algunos casos, especialmente instructivos, en los que tenía efecto una sorprendente transición del cuadro patológico desde uno de los dos tipos al otro, conseguí demostrar que dicha transición se hallaba basada en un cambio correlativo del régimen sexual. Cuando se lograba hacer cesar la anormalidad y sustituirla por una actividad sexual normal, mejoraba considerablemente el estado del sujeto.

De este modo llegué a considerar las neurosis, en general, como perturbaciones de la función sexual, siendo las llamadas neurosis actuales una expresión tóxica directa de dichas perturbaciones, y las psiconeurosis, una expresión psíquica de las mismas.

Mi conciencia médica quedó satisfecha con este resultado, pues esperaba haber llenado una laguna de la Medicina, la cual no admitía, con relación a una función tan importante biológicamente como ésta, otras perturbaciones que las causadas por una infección o por una grosera lesión anatómica.

Aparte de esto, mi teoría se hallaba de acuerdo con la opinión médica de que la sexualidad no es simplemente algo psíquico, sino que tiene también su faceta somática, debiéndose atribuirle un quimismo especial y derivar la excitación sexual de la presencia de determinadas materias aún desconocidas.

El hecho de que las neurosis espontáneas, propiamente dichas, no mostrasen tanta analogía con ningún grupo de enfermedades como con los fenómenos de intoxicación y abstinencia provocados por la introducción o sustracción de ciertas materias tóxicas o con la enfermedad de Basedow, cuya dependencia del producto de la glándula tiroides es generalmente conocida, tenía también que poseer algún fundamento.

Posteriormente no he tenido ocasión de volver sobre las investigaciones de las neurosis actuales. No ha habido tampoco nadie que haya continuado esta parte de mi labor. Volviendo hoy la vista a los resultados entonces obtenidos, reconozco en ello una primera y burda esquematización de un estado de cosas probablemente mucho más complicado; pero continúo considerándolos exactos.

Me hubiera complacido someter al análisis psicoanalítico en épocas posteriores del desarrollo de nuestra disciplina otros casos de neurastenia pura, juvenil; pero, como ya indiqué antes, no he tenido ocasión para ello.

Para evitar equivocadas interpretaciones haré constar que estoy muy lejos de negar la existencia del conflicto psíquico y de los complejos neuróticos en la neurastenia.

Me limito a afirmar que los síntomas de estos enfermos no se hallan determinados psíquicamente ni son susceptibles de supresión por medio del análisis, debiendo ser considerados como consecuencias tóxicas directas de la perturbación del quimismo sexual.

Cuando en los años siguientes a la publicación de los Estudios llegué a estos resultados referentes al papel etiológico de la sexualidad en las neurosis, los expuse en varias conferencias, tropezando con la general incredulidad y oposición. Breuer intentó una vez más apoyarme con todo el peso de su autoridad personal; pero nada consiguió, tanto más cuanto que no era difícil adivinar que la aceptación de la etiología sexual era también contraria a sus inclinaciones.

Hubiera podido desorientarme y dar armas a la crítica alegando el caso de su primera paciente, en la que no parecía haber intervenido para nada el factor sexual. Pero jamás utilizó tal argumento, circunstancia que no llegué a comprender hasta que algún tiempo después pude interpretar acertadamente dicho caso y reconstruir el punto de partida de su tratamiento basándome en las observaciones que sobre él me había comunicado Breuer.

Terminada la labor de «amor de transferencia», y no acertando Breuer a relacionar dicho estado en la enfermedad, hubo de cortar, lleno de confusión, su trato con la sujeto, resultándole desde aquel momento muy penoso todo lo que le recordaba este incidente, al que consideraba como una infortunada casualidad.

Su conducta para conmigo osciló repentinamente entre el reconocimiento de mis afirmaciones y su más acerba crítica. Luego surgieron, como siempre en estas situaciones, circunstancias fortuitas que acabaron provocando nuestra separación.

Mi estudio de las formas de la nerviosidad general me llevó asimismo a modificar la técnica catártica. Abandoné la hipnosis e intenté sustituirla por otro método, buscando superar la limitación del tratamiento a los estados histeriformes.

Además, había comprobado dos graves insuficiencias del empleo del hipnotismo, incluso en su aplicación a la catarsis.

En primer lugar, los resultados terapéuticos obtenidos desaparecían ante la menor perturbación de la relación personal entre médico y enfermo. Volvían ciertamente a aparecer una vez conseguida la reconciliación; pero se demostraba así que la relación personal afectiva -factor imposible de dominar- era más poderosa que la labor catártica.

Además, llegó un día en el que me fue dado comprobar algo que sospechaba ya desde mucho tiempo atrás. Una de mis pacientes más dóciles, con la cual había obtenido por medio del hipnotismo los más favorables resultados, me sorprendió, un día que había logrado libertarla de un doloroso acceso refiriéndolo a su causa inicial, echándome los brazos al cuello al despertar del sueño hipnótico.

Una criada que llamó a la puerta en aquellos momentos nos evitó una penosa explicación; pero desde tal día renunciamos, por un acuerdo tácito, a la continuación del tratamiento hipnótico.

Suficientemente modesto para no atribuir aquel incidente a mis atractivos personales, supuse haber descubierto con él la naturaleza del elemento místico que actuaba detrás del hipnotismo. Para suprimirlo o, por lo menos, aislarlo tenía que abandonar el procedimiento hipnótico.

Pero el hipnotismo había prestado al tratamiento catártico extraordinarios servicios, ampliando el campo de la conciencia del sujeto y proporcionándole un conocimiento del que carecía en estado de vigilia. No parecía, pues nada fácil hallar con qué sustituirlo.

En esta perplejidad, recordé un experimento del que había sido testigo durante mi visita a Bernheim. Cuando el sujeto despertaba del sonambulismo, parecía haber perdido todo recuerdo de lo sucedido durante dicho estado.

Pero Bernheim afirmaba que sabía perfectamente cuándo había pasado, y cuando le invitaba a recordarlo, insistiendo en que nada de ello ignoraba, debiendo decirlo, y colocaba la mano sobre la frente del sujeto, acababan por surgir los recuerdos olvidados, vacilantemente primero y luego con absoluta fluidez y claridad. Decidí, pues, emplear este mismo procedimiento.

Mis pacientes tenían también que «saber» lo que antes les hacía accesible la hipnosis, y mi insistencia en este sentido había de tener el poder de llevar a la conciencia los hechos y conexiones olvidados.

Este procedimiento habría de ser más trabajoso que el hipnótico, pero también más instructivo.

Abandoné, pues, el hipnotismo y sólo conservé de él la colocación del paciente en decúbito supino sobre un lecho de reposo, situándome yo detrás de él de manera a verle sin ser visto.

III. Mis esperanzas se cumplieron por completo.

Abandoné el hipnotismo, pero el cambio de táctica trajo consigo un cambio de aspecto de la labor catártica.

El hipnotismo había encubierto un juego de fuerzas que se evidenciaba ahora y cuyo descubrimiento proporcionaba a la teoría una fase firmísima.

¿Cuál podría ser la causa de que los enfermos hubiesen olvidado tantos hechos de su vida interior y exterior y pudiesen, sin embargo, recordarlos cuando se les aplicaba la técnica antes descrita? La observación daba a esta pregunta respuesta más que suficiente.

Todo lo olvidado había sido penoso por un motivo cualquiera para el sujeto, siendo considerado por las aspiraciones de su personalidad como temible, doloroso o avergonzado.

Había, pues, que pensar que debía precisamente a tales caracteres el haber caído en el olvido, esto es el no haber permanecido consciente. Para hacerlo consciente de nuevo era preciso dominar en el enfermo algo que se rebelaba contra ello, imponiéndose así al médico un esfuerzo.

Este esfuerzo variaba mucho según los casos, creciendo en razón directa de la gravedad de lo olvidado, y constituía la medida de la resistencia del enfermo. De este modo surgió la teoría de la represión.

Fácilmente podía reconstituirse ya el proceso patógeno. Describiremos, como ejemplo, un caso sencillo: Cuando en la vida anímica se introduce una tendencia a la que se oponen otras muy poderosas, el desarrollo normal del conflicto anímico así surgido consistiría en que las dos magnitudes dinámicas -a las que para nuestros fines presentes llamaremos instinto y resistencia- lucharían durante algún tiempo ante la intensa expectación de la conciencia hasta que el instinto quedase rechazado y sustraída a su tendencia la carga de energía.

Este sería el desenlace normal. Pero en la neurosis, y por motivos aún desconocidos, habría hallado el conflicto un distinto desenlace.

El yo se habría retirado, por decirlo así, ante el impulso instintivo repulsivo, cerrándose el acceso a la conciencia y a la descarga motora directa, con lo cual habría conservado dicho impulso toda su carga de energía.

A este proceso, que constituía una absoluta novedad, pues jamás se había descubierto en la vida anímica nada análogo, le di el nombre de represión.

Era, indudablemente, un mecanismo primario de defensa comparable a una tentativa de fuga y precursor de la posterior solución normal por enjuiciamiento y condena del impulso repulsivo. A este primer acto de represión se enlazaban diversas consecuencias.

En primer lugar, tenía el yo que protegerse por medio de un esfuerzo permanente, o sea, de una contracarga, contra la presión, siempre amenazadora, del impulso reprimido, sufriendo así un empobrecimiento. Pero, además, lo reprimido, devenido inconsciente, podía alcanzar una descarga y una satisfacción sustitutiva por caminos indirectos, haciendo, por tanto, fracasar el propósito de la represión.

En la histeria de conversión llevaba dicho camino indirecto a la inervación somática, y el impulso reprimido surgía en un lugar cualquiera y creaba los síntomas que eran, por tanto, resultados de una transacción, constituyendo, desde luego, satisfacciones sustitutivas, pero deformadas y desviadas de sus fines por la resistencia del yo.

La teoría de la represión constituyó la base principal de la comprensión de las neurosis e impuso una modificación de la labor terapéutica.

Su fin no era ya hacer volver a los caminos normales los afectos extraviados por una falsa ruta, sino descubrir las represiones y suprimirlas mediante un juicio que aceptase o condenase definitivamente lo excluido por la represión.

En acatamiento a este nuevo estado de cosas, di al método de investigación y curación resultante el nombre de psicoanálisis en sustitución del de catarsis. Podemos partir de la represión como punto central y enlazar con ella todas las partes de la teoría psicoanalítica. Pero antes quiero consignar una observación de carácter polémico.

Según Janet, era la histérica una pobre criatura que a consecuencia de una debilidad constitucional no podía mantener en coherencia sus actos anímicos, sucumbiendo así a la disociación psíquica y a la disminución de la conciencia. Pero, conforme a los resultados de las investigaciones psicoanalíticas, eran estos fenómenos el resultado de factores dinámicos del conflicto psíquico y de la represión realizada.

A mi juicio, es esta diferencia lo suficientemente amplia para poner fin a la infundada afirmación, tantas veces repetida, de que lo único importante del psicoanálisis es lo que éste ha tomado de las teorías de Janet.

La exposición que hasta aquí vengo realizando ha de haber mostrado claramente al lector que el psicoanálisis es totalmente independiente, desde el punto de vista histórico, de los descubrimientos de Janet, siendo, además, su contenido muy distinto y mucho más amplio.

De los trabajos de Janet no hubieran podido deducirse jamás las consecuencias que han dado al psicoanálisis una tan amplia importancia en los dominios de la ciencia, atrayéndola el interés general.

En todos mis trabajos he hablado de Janet con el mayor respeto, pues sus descubrimientos coincidieron en mucha parte con los de Breuer, realizados con anterioridad, aunque publicados después.

Pero cuando el psicoanálisis comenzó a discutirse también en Francia, Janet se condujo con poca corrección, mostrando muy escaso conocimiento de la materia y utilizando argumentos ilegítimos. Por último, ha disminuido todo el valor de su obra, declarando que cuando hablaba de actos psíquicos «inconscientes», ello no constituía sino de «façon de parler».

En cambio, el psicoanálisis se vio obligado, por el estudio de las represiones patógenas y de otros fenómenos que más adelante mencionaremos, a conceder una extraordinaria importancia al concepto de lo inconsciente. Para el psicoanálisis todo es, en un principio, inconsciente, y la cualidad de la conciencia puede agregarse después o faltar en absoluto.

Estas afirmaciones tropezaron con la oposición de los filósofos, para los que lo consciente y lo psíquico son una sola cosa, resultándoles inconcebible la existencia de lo psíquico inconsciente.

El psicoanálisis tuvo, pues, que surgir adelante sin atender a esta idiosincrasia de los filósofos, basándose en observaciones realizadas en material patológico absolutamente ignoradas por sus contradictores y en las referentes a la frecuencia y poderío de impulsos de los que nada sabe el propio sujeto, el cual se ve obligado a deducirlos como otro hecho cualquiera del mundo exterior. Podía alegarse, además, que lo que hacía no era sino aplicar a la propia vida anímica la forma en que nos representamos la de otras personas.

A éstas les adscribimos actos psíquicos de los cuales no poseemos una conciencia inmediata, teniéndolo que deducir de las manifestaciones del individuo de que se trata.

Ahora bien: aquello que creemos acertado cuando se trata de otras personas, tiene que serlo también con respecto a la propia. Continuando el desarrollo de este argumento y deduciendo de él que los propios actos ocultos pertenecen a una segunda conciencia, llegaremos a la concepción de una conciencia de la que nada sabemos, o sea, de una conciencia inconsciente, resultando aún más difícilmente admisible que la hipótesis de la existencia de lo psíquico inconsciente.

Si, en cambio, decimos con otros filósofos que reconocemos los fenómenos patológicos, pero que los actos en los que dichos fenómenos se basan no pueden ser calificados de psíquicos, sino de psicoides, no haremos sino iniciar una discusión verbal totalmente infructuosa, cuya mejor solución será siempre, además, el mantenimiento de la expresión «psiquismo inconsciente».

Surge entonces el problema de qué es lo que puede ser este psiquismo inconsciente, problema que no ofrece ventaja ninguna con respecto al anteriormente planteado sobre la naturaleza de lo consciente.

Más difícil sería exponer sintéticamente cómo el psicoanálisis ha llegado a articular el psiquismo inconsciente, cuya existencia reconoce, descomponiéndolo en un psiquismo preconsciente y un psiquismo propiamente inconsciente.

Creemos bastará hacer constar que parece legítimo completar aquellas teorías que constituyen la expresión directa de la experiencia empírica con hipótesis adecuadas al dominio de la materia relativa a circunstancias que no pueden ser objeto de la observación inmediata.

No de otro modo suele procederse en disciplinas científicas más antiguas que la nuestra. La articulación de lo inconsciente se halla enlazada con la tentativa de representarnos el aparato anímico compuesto por una serie de instancias o sistemas, de cuya relación entre sí hablamos desde un punto de vista espacial, independiente en absoluto de la anatomía real del cerebro.

Es éste el punto de vista que calificamos de tópico. Estas y otras ideas análogas pertenecen a una superestructura especulativa del psicoanálisis, cada uno de cuyos fragmentos puede ser sacrificado o cambiado por otro, sin perjuicio ni sentimiento alguno, en cuanto resulte insuficiente.

He indicado ya que la investigación de las causas y fundamentos de la neurosis nos llevó, con frecuencia cada vez mayor, al descubrimiento de conflictos entre los impulsos sexuales del sujeto y la resistencia contra la sexualidad.

En la busca de las situaciones patógenas en las cuales se habían producido las represiones de la sexualidad, y de las cuales procedían los síntomas, surgidos como productos sustitutivos de los reprimido, llegamos hasta los años más tempranos de la vida infantil del sujeto.

Resultó así algo que los poetas y psicólogos han afirmado siempre, esto es, que las impresiones de este temprano período de vida, no obstante sucumbir en su mayor parte a la amnesia, dejan huellas perdurables en el desarrollo del individuo, determinando, sobre todo, la predisposición a ulteriores enfermedades neuróticas.

Pero dado que en estas impresiones infantiles se trataba siempre de excitaciones sexuales y de la reacción contra ellas, nos encontramos ante el hecho de la sexualidad infantil, que significaba otra novedad contraria a los más enérgicos prejuicios de los hombres.

Se acepta, en efecto, generalmente que la infancia es «inocente», hallándose libre de todo impulso sexual, y que el combate contra el demonio de la «sensualidad» no comienza hasta la agitada época de la pubertad. Los casos de actividad sexual observados en sujetos infantiles eran considerados como signos de degeneración o corrupción prematura o como curiosos caprichos de la Naturaleza.

Son muy pocos los descubrimientos del psicoanálisis que han tropezado con una repulsa tan general y provocado tanta indignación como la afirmación de que la función sexual se inicia con la vida misma y se manifiesta ya en la infancia por importantísimos fenómenos. Y, sin embargo, ningún otro descubrimiento psicoanalítico puede ser demostrado tan fácil y completamente como éste.

Antes de adentrarme más en el estudio de la sexualidad infantil he de recordar un error, al que sucumbí durante algún tiempo, y que hubiese podido serme fatal. Bajo la presión del procedimiento técnico que entonces usaba, reproducían la mayoría de mis pacientes escenas de su infancia cuyo contenido era su corrupción sexual por un adulto.

En las mujeres este papel de corruptor aparecía atribuido, casi siempre, al padre. Dando fe a estas comunicaciones de mis pacientes, supuse haber hallado en estos sucesos de corrupción sexual durante la infancia las fuentes de las neurosis posteriores.

Algunos casos en los que tales relaciones con el padre, el tío o un hermano mayor habían continuado hasta años cuyo recuerdo conservaba clara y seguramente el sujeto, robustecieron mi convicción.

No extrañaré que ante estas afirmaciones sonría irónicamente algún lector, tachándome de demasiado crédulo; pero he de hacer constar que esto sucedía en una época en la que imponía intencionadamente a mi juicio crítico una estrecha coerción para obligarle a permanecer imparcial ante las sorprendentes novedades que el naciente método psicoanalítico me iba descubriendo.

Cuando luego me vi forzado a reconocer que tales escenas de corrupción no habían sucedido realmente nunca, siendo tan sólo fantasías imaginadas por mis pacientes, a los que quizá se las había sugerido yo mismo, quedé perplejo por algún tiempo.

Mi confianza en mi técnica y en los resultados de la misma recibió un duro golpe. Había llegado, en efecto, al conocimiento de tales escenas por un camino técnico que me parecía correcto, y su contenido se hallaba evidentemente relacionado con los síntomas de los que mi investigación había partido.

Pero cuando logré reponerme de la primera impresión deduje en seguida de mi experiencia las conclusiones acertadas, o sea, las de que los síntomas neuróticos no se hallaban enlazados directamente a sucesos reales, sino a fantasías optativas, y que para la neurosis era más importante la realidad psíquica que la material.

Tampoco creo haber podido «sugerir» a mis pacientes tales fantasías de corrupción. Fue éste mi primer contacto con el complejo de Edipo, que después había de adquirir tan extraordinaria importancia para el psicoanálisis; pero entonces no llegué a vislumbrarlo debajo de su fantástico disfraz. De todos modos, la corrupción efectuada en la infancia conservó un lugar, aunque más modesto, en la etiología de la neurosis.

En estos casos reales los corruptores habían sido casi siempre niños de más edad. La función sexual existía, pues, desde un principio, se apoyaba primeramente en las demás funciones importantes para la conservación de la vida y se hacía luego independiente, pasando por un largo y complicado desarrollo hasta llegar a constituir lo que conocemos con el nombre de vida sexual normal del adulto.

Se manifestaba primero como actividad de toda una serie de componentes instintivos dependientes de zonas somáticas erógenas, componentes que aparecían en parte formando pares antitéticos (sadismo-masoquismo, instinto de contemplación-exhibicionismo), partían, independientemente uno de otros, a la conquista del placer y encontraban generalmente su objeto en el propio cuerpo. De este modo, la función sexual no se hallaba al principio centrada y era predominantemente autoerótica.

Más tarde tenían efecto en ella diversas síntesis. Un primer grado de organización aparecía bajo el predominio de los componentes orales; luego seguía una fase sádicoanal, y sólo la tercera fase, posteriormente alcanzada, traía consigo la primacía de los genitales, con lo cual entraba la función sexual al servicio de la reproducción.

Durante este desarrollo quedaban desechados o dedicados a otros usos determinados factores instintivos, que demostraban ser inútiles para dicho fin último, siendo otros desviados de sus fines y transferidos a la organización genital. La energía de los instintos sexuales, y sólo de ellos, recibió el nombre de libido, y hube de suponer que esta libido no realizaba siempre, sin defecto ninguno, la evolución antes descrita.

A consecuencia de la superior intensidad de algunos componentes, o de satisfacciones prematuras, se producen, efectivamente, fijaciones de la libido a determinados lugares del desarrollo. Hacia estos lugares retorna luego la libido cuando tiene efecto una represión posterior (regresión).

Observaciones posteriores demostraron que el lugar de la fijación es también decisivo para la «elección de neurosis», o sea, para la forma que adopta la enfermedad ulterior. Paralelamente a la organización de la libido se desarrolla el proceso del hallazgo de objeto, proceso al que se halla adscrita una importantísima misión en la vida anímica.

El primer objeto erótico posterior al estadio del autoerotismo es, por ambos sexos, la madre, cuyo órgano alimenticio no fue distinguido al principio del propio cuerpo.

Más tarde, pero aún en los primeros años infantiles, se establece la relación del complejo de Edipo, en la cual concentra el niño, sobre la persona de la madre, sus deseos sexuales y desarrolla impulsos hostiles contra el padre, considerado como un rival.

Esta es también, mutatis mutandis, la actitud de la niña. Todas las variaciones y consecuencias del complejo de Edipo son importantísimas. La constitución bisexual innata interviene también y multiplica el número de las tendencias simultáneamente dadas.

Transcurre bastante tiempo hasta que el niño se da clara cuenta de la diferencia de los sexos, y durante esta época de investigación sexual crea, para su uso particular, teorías sexuales típicas que, dependiendo de la imperfecta organización somática infantil, mezclan lo verdadero con lo falso, sin conseguir solucionar los problemas de la vida sexual (el enigma de la Esfinge, o sea, el de la procedencia de los niños). La primera elección de objeto infantil es, pues, incestuosa. Toda la evolución aquí descrita es efectuada rápidamente.

El carácter más singular de la vida sexual humana es su división en dos fases con una pauta intermedia.

Alcanza su primer punto culminante en el cuarto y quinto años de la vida, pasados los cuales desaparece esta temprana floración de la sexualidad y sucumben a la represión las tendencias hasta entonces muy intensas, surgiendo el período de latencia, que dura hasta la pubertad, y en cuyo transcurso quedan edificadas las formaciones reactivas de la moral, el pudor y la repugnancia.

Esta división del desarrollo sexual parece ser privativa del hombre y constituye quizá la condición biológica de su disposición a la neurosis. Con la pubertad quedan reanimadas las tendencias y las cargas de objeto de las épocas tempranas, incluso los ligámenes sentimentales del complejo de Edipo.

En la vida sexual de la pubertad luchan entre sí los impulsos de la primera fase y las inhibiciones del período de latencia. Hallándose aún el desarrollo sexual infantil en su punto culminante, se formó una especie de organización genital; pero en ella sólo desempeñaba un papel el genital masculino, permaneciendo ignorado el femenino.

Es esto lo que conocemos con el nombre de primacía fálica. La antítesis de los sexos no equivalía entonces a la de masculino y femenino, sino a la del poseedor de un pene y el castrado.

El complejo de la castración, enlazado con esta circunstancia, es importantísimo para la formación del carácter y de la neurosis.

En esta exposición abreviada de mis descubrimientos sobre la vida sexual humana he reunido, para su mejor comprensión, muchas cosas que pertenecen a diversas épocas de la investigación psicoanalítica y que han ido siendo integradas como un complemento o una justificación de las afirmaciones contenidas en mi obra Tres ensayos para una teoría sexual en las sucesivas ediciones de este libro. No creo difícil deducir de ellas la naturaleza de la tan discutida ampliación que del concepto de la sexualidad ha llevado a cabo el psicoanálisis.

Esta ampliación es de dos géneros.

En primer lugar, hemos desligado la sexualidad de sus relaciones, demasiado estrechas, con los genitales, describiéndola como una función somática más comprensiva que tiende, ante todo, hacia el placer, y sólo secundariamente entra al servicio de la reproducción. Pero, además, hemos incluido entre los impulsos sexuales todos aquellos simplemente cariñosos o amistosos para los cuales empleamos en el lenguaje corriente la palabra «amor», que tantos y tan diversos sentidos encierra.

A mi juicio, esta ampliación no constituye innovación alguna, sino una reconstitución limitada a la supresión de inadecuadas restricciones del concepto de la sexualidad paulatinamente establecidas.

El hecho de desligar de la sexualidad los órganos genitales presenta la ventaja de permitirnos considerar la actividad sexual de los niños y de los perversos desde el mismo punto de vista que al de los adultos normales. De estas actividades sexuales -la infantil y la perversa- era la primera completamente desatendida y condenada la segunda con gran indignación moral, pero sin comprensión alguna.

Para la concepción psicoanalítica también las más extrañas y repugnantes perversiones constituyen una manifestación de instintos sexuales parciales que se han sustraído a la primacía del órgano genital y aspiran independientemente al placer, como en las épocas primitivas del desarrollo de la libido.

La más importante de estas perversiones, o sea, la homosexualidad, merece apenas el nombre de tal. Depende de la bisexualidad constitucional y de la repercusión de la primacía fálica. Pero, además, el psicoanálisis nos demuestra que todo individuo entraña algo de una elección de objeto homosexual.

Si hemos calificado a los niños de «polimórficamente perversos», ello no constituía sino una descripción efectuada en términos generalmente usados, pero no una valoración moral.

Tales valoraciones se hallan muy lejos del psicoanálisis. La segunda de las indicadas ampliaciones del concepto de la sexualidad queda justificada por aquella investigación psicoanalítica que nos demuestra que todos los sentimientos cariñosos fueron originariamente tendencias totalmente sexuales, coartadas después en su fin o sublimadas.

En esta posibilidad de influir sobre los instintos sexuales reposa también la de utilizarlos para funciones culturales muy diversas, a las cuales aportan una importantísima ayuda. Los sorprendentes descubrimientos relativos a la sexualidad del niño debieron su origen, en un principio, al análisis de los adultos, pero pudieron ser luego confirmados en todos sus detalles por observaciones directas de sujetos infantiles.

Realmente, es tan fácil convencerse de las actividades sexuales regulares de los niños, que nos vemos obligados a preguntarnos con asombro cómo ha sido posible que los hombres no hayan advertido antes hechos tan evidentes y continúen defendiendo la leyenda de la asexualidad infantil.

Este hecho debe depender, indudablemente, de la amnesia que la mayoría de los adultos padece por lo que respecta a su propia niñez.

IV. LAS teorías de la resistencia y de la represión de lo inconsciente, de la significación etiológica de la vida sexual y de la importancia de los sucesos infantiles son los elementos principales del edificio teórico psicoanalítico.

Lamento no haber podido descubrirlos aquí sino por separado, sin entrar en su composición y relación; pero es ya tiempo de que dediquemos atención a las modificaciones que poco a poco han ido introduciéndose en la técnica del procedimiento analítico.

El vencimiento de la resistencia por medio de la presión ejercida sobre el enfermo fue un primer método indispensable para proporcionar al médico una orientación en la materia; pero a la larga se hacía demasiado penoso, tanto para el médico como para el enfermo, y no parecía libre de ciertos graves defectos. Hubimos, pues, de sustituirlo por otro método, contrario en cierto sentido.

En lugar de llevar al paciente a manifestar algo relacionado con un tema determinado, le invitamos ahora a abandonarse a la asociación libre, esto es a manifestar todo aquello que acuda a su pensamiento, absteniéndose de toda represión final consciente.

Ahora bien: el paciente tiene que obligarse a comunicar realmente todo lo que su autopercepción le ofrezca, sin ceder a las objeciones críticas que tienden a rechazar algunas de sus ocurrencias por carecer de importancia, de conexión con el tema tratado o de todo sentido.

Esta absoluta sinceridad del paciente es condición indispensable de la cura analítica. Puede parecer extraño que este procedimiento de la asociación libre, con observancia de la regla fundamental psicoanalítica, diera el rendimiento que de él se esperaba, llevando a la conciencia los elementos reprimidos mantenidos lejos de ella por las resistencias. Pero hemos de tener en cuenta que la asociación libre no entraña realmente una completa libertad.

El paciente permanece bajo la influencia de la situación analítica, aun cuando no dirija su actividad mental hacia un tema determinado. Tenemos derecho a suponer que no se le ocurrirá nada que no se halle relacionado con dicha situación.

Su resistencia contra la reproducción de lo reprimido se manifestará ahora en dos formas distintas.

Ante todo, por aquellas objeciones críticas a las que responde la regla psicoanalítica fundamental; pero si el enfermo logra dominar tales objeciones siguiendo dicha descripción, la resistencia adoptará una segunda forma, consiguiendo que las ocurrencias del paciente no contengan jamás lo reprimido, sino sólo algo como una alusión a ello, y cuanto mayor sea la resistencia, más se alejará la ocurrencia sustitutiva comunicada de los elementos reprimidos buscados.

El analítico que escucha recogidamente, pero sin esforzarse, al enfermo puede entonces utilizar en dos formas distintas el material que el mismo le proporciona. Puede, en efecto, conseguir, dada una resistencia no demasiado intensa, adivinar por las ocurrencias del enfermo los elementos reprimidos, y puede también, cuando se trata de una resistencia más enérgica, deducir de las ocurrencias, que parecen alejarse del tema, la naturaleza de dicha resistencia misma, naturaleza que descubrirá entonces al paciente.

Este descubrimiento de la resistencia es el primer paso para su vencimiento. Tenemos, pues, dentro del cuadro de la labor analítica, un arte de interpretación, cuyo acertado empleo requiere tacto y costumbre, pero que no es difícil de aprender.

El método de la asociación libre presenta grandes ventajas con respecto al anterior, aparte de resultar menos penoso. Impone, en efecto, al analizado una violencia mínima, no pierde jamás el contacto con la realidad presente y ofrece amplias garantías de que en ningún momento puede perder el médico de vista la estructura de la neurosis o integrar en ella algo que no le pertenece.

En él se abandona casi por completo al paciente la función de determinar la marcha del análisis y la ordenación de la materia, razón por la cual se hace imposible la elaboración sistemática y aislada de los diversos síntomas y complejos.

En oposición a lo que sucede en los métodos hipnóticos o sugestivos, el médico averigua cosas íntimamente enlazadas ente sí en diversos momentos y lugares del tratamiento. Para un espectador -inadmisible en las sesiones de tratamiento- representaría la cura analítica un aspecto totalmente incomprensible.

Otra de las ventajas del método es que, en realidad, no puede fallar nunca. Teóricamente tiene que ser siempre posible al enfermo producir una ocurrencia, dado que no se fija ni limita en absoluto la naturaleza de la misma.

Sin embargo, esta falta de ocurrencia se presenta siempre en un caso determinado; pero precisamente por tratarse de un caso aislado, resulta también fácilmente interpretable. Llegamos ahora a la descripción de un factor que añade al cuadro del psicoanálisis un rasgo esencial e integra, tanto técnica como teóricamente, la mayor importancia.

En todo tratamiento analítico se establece sin intervención alguna del médico una intensa relación sentimental del paciente con la persona del analista, inexplicable por ninguna circunstancia real.

Esta relación puede ser positiva o negativa y varía desde el enamoramiento más apasionado y sensual hasta la rebelión y el odio más extremo. Tal fenómeno, al que abreviadamente damos el nombre de «transferencia», sustituye pronto en el paciente el deseo de curación e integra, mientras se limita a ser cariñoso y mesurado, toda la influencia médica, constituyendo el verdadero motor de la labor analítica.

Más tarde, cuando se hace apasionado o se transforma en hostilidad, llega a constituir el instrumento principal de la resistencia, y entonces cesan, en absoluto, las ocurrencias del enfermo, poniendo en peligro el resultado del tratamiento. Pero sería insensato querer eludir este fenómeno.

Sin la transferencia no hay análisis posible. No debe creerse que el análisis crea la transferencia y que ésta sólo aparece en él. Por el contrario, el análisis se limita a revelar la transferencia y a aislarla. Trátase de un fenómeno generalmente humano que decide el éxito de toda influencia médica, y domina, en general, las relaciones de una persona con las que le rodean.

Fácilmente se descubre en él el mismo factor dinámico al que los hipnotizadores han dado el nombre de «sugestibilidad», factor que entraña el rapport hipnótico, y cuya falta de garantías constituía el defecto del método catártico.

En los casos en que esta tendencia a la transferencia sentimental falta o ha llegado a ser totalmente negativa, como en la demencia precoz y en la paranoia, desaparece también la posibilidad de ejercer una influencia psíquica sobre el enfermo.

Es indudable que también el psicoanálisis labora por medio de la sugestión, como todos los demás métodos psicoterápicos. Pero se diferencia de ellos en que no abandona la decisión del resultado terapéutico a la sugestión o a la transferencia. Por el contrario, es utilizada para mover al enfermo a realizar una labor psíquica -el vencimiento de sus resistencias de transferencia-, labor que significa una duradera modificación de su economía anímica.

La transferencia es hecha consciente al enfermo por el analista y queda suprimida, convenciéndole de que en su conducta de transferencia vive de nuevo relaciones sentimentales que proceden de sus más tempranas cargas de objeto realizadas en el período reprimido de su niñez. Por medio de esta labor pasa la transferencia a constituir el mejor instrumento de la cura analítica, después de haber sido el arma más importante de la resistencia.

Su aprovechamiento y manejo constituye, de todos modos, la parte más difícil e importante de la técnica analítica.

Con ayuda del procedimiento de la asociación libre y del arte de interpretación a él correspondiente consiguió el psicoanálisis algo que no parecía muy importante desde el punto de vista práctico, pero que en realidad lo condujo a una situación y significación completamente nuevas en los dominios científicos.

Se hizo posible demostrar que los sueños poseen un sentido y adivinar éste. Los sueños fueron considerados en la antigüedad clásica como profecías pero la ciencia moderna no quería saber nada de ellos, los abandonaba a la superstición y los declaraba un acto simplemente «somático», una especie de contracción de la vida anímica dormida. Parecía totalmente imposible que alguien que hubiera llevado a cabo un serio trabajo científico pudiera surgir luego como «onirocrítico».

Pero desechando una tal ordenación de los sueños tratándolos como un incomprendido síntoma neurótico o como una idea delirante u obsesiva, prescindiendo de su contenido aparente y haciendo objeto de la asociación libre a cada uno de sus diversos cuadros, llegamos a un resultado totalmente distinto.

Las numerosas ocurrencias del sujeto del sueño nos llevaron, en efecto, al conocimiento de un producto mental que no podía ya ser calificado de absurdo ni de confuso, producto que equivalía a un rendimiento psíquico completo y del cual no constituía el sueño manifiesto sino una traducción deformada, abreviada y mal interpretada, compuesta generalmente de imágenes visuales.

Estas ideas latentes del sueño contenían el sentido mismo, no siendo el contenido manifiesto del sueño sino un engaño, una fachada, que podía ser enlazada con la asociación, pero no con la interpretación.

Planteábase así toda una serie de problemas, entre los cuales los más importantes se referían a la existencia de un motivo de la formación de los sueños, a las condiciones en las que la misma se desarrollaba y a los caminos que conducían desde las ideas latentes del sueño, plenas de sentido, al sueño mismo, con frecuencia totalmente insensato.

En mi obra ‘LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS’ publicada en 1900, he intentado resolver todos estos problemas.

Aquí no me cabe dar tales investigaciones. Si examinamos las ideas latentes que el análisis del sueño nos ha revelado encontramos una que resalta decididamente entre las demás, razonables y conocidas por el sujeto. Estas otras ideas son restos de la vida despierta (restos diurnos).

En cambio en la idea aislada reconocemos un impulso optativo, muy repulsivo a veces, ajeno a la vida despierta del soñador, el cual niega con asombro o indignación haberlo abrigado nunca.

Este impulso es el que ha provocado el sueño, ofreciendo la energía necesaria para su producción y sirviéndose del material constituido por los restos diurnos.

El sueño así surgido presenta una situación que integra la satisfacción de tal impulso, constituyendo una realización de deseos.

Este proceso no hubiera sido posible si no hubiese habido algo favorable a él en la naturaleza del estado de reposo. La condición psíquica del estado de reposo es la obediencia del yo al deseo de dormir y la sustracción de las cargas de todos los intereses vitales. Dada la simultánea oclusión de los accesos a la motilidad, puede el yo disminuir el esfuerzo, con el que en toda otra ocasión mantiene las represiones.

Esta negligencia nocturna de la represión es aprovechada por el impulso inconsciente para llegar a la conciencia por medio del sueño. La resistencia de represión del yo no queda, sin embargo, suprimida durante el estado de reposo, sino simplemente disminuida, y una parte de ella queda en pie, como censura onírica, y prohíbe al impulso optativo inconsciente manifestarse en la forma que le es propia.

A causa de la severidad de la censura onírica tiene que presentarse las ideas oníricas latentes a modificaciones y debilitaciones, que disfrazan por completo el prohibido sentido del sueño.

Queda explicada así la deformación onírica, a la que debe el sueño manifiesto sus más singulares caracteres. Podemos, pues, decir justificadamente que el sueño es la realización (disfrazada) de un deseo (reprimido), y vemos que se halla construido como un síntoma neurótico, siendo el producto de una transacción entre las aspiraciones de un impulso instintivo reprimido y la resistencia de un poder del yo, que ejerce la censura.

A consecuencia de esta identidad de génesis resulta tan incomprensible como el síntoma, y precisa, como él, de una interpretación. No es difícil hallar la función general del sueño.

Sirve para anular aquellos estímulos exteriores o interiores que harían despertar al sujeto, protegiendo así el estado de reposo contra tales perturbaciones.

El estímulo exterior queda rechazado por medio de una transformación de su sentido y por su inclusión en una cualquiera situación inocente.

En cambio, el estímulo interior de la aspiración instintiva es admitido por el durmiente, el cual le permite llegar a la satisfacción por medio de la formación de un sueño siempre que las ideas latentes no intenten eludir la censura.

Pero cuando surge tal peligro y el sueño se hace demasiado preciso, lo interrumpe el durmiente, despertando asustado (sueño de angustia).

Este mismo fallo de la función onírica surge cuando el estímulo exterior se hace tan intenso que no puede ser ya rechazado.

El proceso que transforma con la colaboración de la censura las ideas latentes en el contenido manifiesto ha sido denominado por mí elaboración onírica, y consiste en una elaboración especial del material ideológico preconsciente, por lo cual quedan condensados los componentes de dicho material, desplazados sus acentos psíquicos, transformado su conjunto en imágenes visuales, o sea, dramatizado, y completado por una elaboración secundaria, que lo hace irreconocible.

La elaboración onírica es un excelente ejemplo de los procesos que se desarrollan en los más profundos estratos inconscientes de la vida anímica, procesos que se diferencian considerablemente de los procesos intelectuales normales que nos son conocidos.

Tal elaboración presenta también una serie de rasgos arcaicos; por ejemplo, el empleo de un simbolismo predominantemente sexual, que ya hemos hallado exento de este carácter en otros dominios de la actividad espiritual.

La conexión del impulso instintivo inconsciente del sueño con un resto diurno da al sueño por él provocado un doble valor para la labor analítica. La interpretación muestra, en efecto, que, además de constituir la realización de un deseo reprimido, puede el sueño haber continuado la actividad mental preconsciente diurna e integrar otro contenido cualquiera, dando expresión a un propósito, a una advertencia, a una reflexión o nuevamente a una realización de deseos.

El análisis lo utiliza en ambos sentidos, tanto para el conocimiento de los procesos conscientes del analizado como de sus procesos inconscientes, y aprovecha asimismo la circunstancia de que el sueño logra el acceso a los elementos olvidados de la vida infantil para vencer la amnesia infantil por medio de la interpretación onírica.

El sueño lleva aquí a cabo una parte de la función que antes encomendábamos al hipnotismo. En cambio, no he hecho jamás la afirmación que con frecuencia se me atribuye de que la interpretación onírica demostraba que todos los sueños poseen un contenido sexual o se refieren a energías instintivas sexuales.

Es fácil observar que el hambre, la sed y otras necesidades crean sueños de satisfacción, del mismo modo que cualquier impulso reprimido, sexual o egoísta. Los sueños de los niños pequeños nos ofrecen una fácil demostración de la exactitud de nuestra teoría.

En estos sujetos infantiles, en los cuales no se hallan aún precisamente diferenciados los sistemas psíquicos ni desarrolladas profundamente las represiones, comprobamos con frecuencia sueños que no son sino satisfacciones no disfrazadas de impulsos optativos no satisfechos durante el día. Bajo la influencia de necesidades imperativas pueden producir también los adultos tales sueños de tipo infantil.

Del mismo modo que de la interpretación onírica se sirve el análisis del estudio de los frecuentísimos actos fallidos y sintomáticos de los hombres, actos a los cuales he dedicado una investigación, publicada en 1904 bajo el título de Psicopatología de la vida cotidiana.

Esta obra, que ha sido muy leída, integra la demostración de que tales fenómenos no tienen nada de casuales, siendo susceptibles de una explicación que va más allá de lo puramente fisiológico, poseyendo un sentido perfectamente interpretable y reposando en impulsos e intenciones retenidas o reprimidas.

Pero el valor principal de la interpretación onírica y de este estudio de los actos fallidos y sintomáticos no consiste en el apoyo que prestan a la labor analítica, sino en otra de sus cualidades.

Hasta ahora, el psicoanálisis se había ocupado solamente de la solución de fenómenos patológicos, habiéndose visto obligado a edificar para su esclarecimiento hipótesis, cuyo alcance se hallaba fuera de relación con la importancia de la materia tratada.

Pero el sueño, del que se ocupó después, no era ningún síntoma patológico, sino un fenómeno de la vida anímica normal, propio de todo hombre sano.

Si el sueño se halla construido como un síntoma, y si su explicación exige las mismas hipótesis, o sea, las referentes a la represión de impulsos instintivos, a la formación de sustituciones y transacciones y a la diferenciación de los sistemas psíquicos para la localización de lo consciente y lo inconsciente, resultará que el psicoanálisis no es ya una ciencia auxiliar de la Psicopatología, sino el principio de una psicología nueva y más fundamental, indispensable también para la comprensión de lo normal. Podemos, pues, transferir sus hipótesis y resultados a otros dominios de lo psíquico, quedándose así abiertos los caminos que conducen al interés general.

V Interrumpiendo la exposición del crecimiento interno del psicoanálisis, volveremos la vista a sus destinos exteriores.

Aquello que hasta aquí he comunicado es en grandes rasgos el resultado de mi labor; pero he incluido también en mi exposición descubrimientos posteriores, y no he separado las aportaciones de mis discípulos y adeptos de las mías propias. Durante más de diez años, contados a partir de mi separación de Breuer, no tuve ni un solo partidario, hallándome totalmente aislado.

En Viena se me evitaba y el extranjero no tenía noticia alguna de mí.

Mi ‘LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS’ , publicada en 1900, apenas fue mencionada en las revistas técnicas.

En mi ensayo sobre la Historia del movimiento psicoanalítico he incluido como ejemplo de la actitud de los círculos psiquiátricos de Viena una conversación que tuve con un médico, autor de un libro contra mis teorías, que me confesó no haber leído mi Interpretación de los sueños. Le habían dicho en la clínica que no merecía la pena.

Este individuo, que ha llegado después al puesto de profesor extraordinario, se ha permitido negar el contenido de aquella conversación y, en general, la fidelidad de mi recuerdo de ella. Por mi parte, he de mantener aquí una vez más la exactitud de su reproducción.

Mi susceptibilidad ante la crítica fue disminuyendo conforme comprendía las razones interiores de su actitud. Poco a poco fue terminando también mi aislamiento.

Al principio se reunió en Viena, a mi alrededor, un pequeño círculo de discípulos, y después de 1906 se supo que el psiquiatra de Zurich, E. Bleuler; su ayudante, C. G. Jung, y otros médicos suizos se interesaban extraordinariamente por el psicoanálisis.

Iniciadas las relaciones personales, los amigos de la naciente disciplina celebraron en 1908 una reunión en Salzburgo, y convinieron la repetición regular de tales congresos privados y la publicación de una revista, que, bajo el título de Jahrbuch für psychopathologische und psychoanalytische Forschungen, sería editada por Jung. Los directores seríamos Bleuler y yo.

Esta revista murió al comenzar la guerra europea.

Al mismo tiempo que en Suiza comenzó también a surgir en Alemania el interés hacia el psicoanálisis, el cual fue objeto de numerosas exégesis literarias y de vivas discusiones en los congresos científicos. Pero jamás se le acogía benévolamente. Después de un breve examen del psicoanálisis se manifestó la ciencia alemana unánimemente contraria a él.

Naturalmente, no puedo saber hoy cuál será el juicio definitivo de la posteridad sobre el valor del psicoanálisis para la Psiquiatría, la Psicología y las ciencias del espíritu; pero creo que cuando la fase por la que hemos atravesado encuentre su historiador, habrá éste de confesar que la conducta de los críticos anteriores no fue muy honrosa para la ciencia alemana.

No me refiero con esto al hecho mismo de la repulsa ni a la ligereza con la que se adoptó tal decisión, pues ambas cosas son fácilmente comprensibles y no pueden arrojar ninguna sombra entre el carácter del adversario; mas para el exceso de orgullo, el desprecio absoluto de la lógica, la grosería y el mal gusto demostrados en los ataques no hay disculpa alguna.

Así, cuando años después, y durante la guerra europea, fue acusada Alemania de barbarie por sus enemigos, hubo de serme muy doloroso no hallar en mi propia experiencia razones que me impulsaran a contradecir tal acusación. Uno de mis adversarios se vanagloriaba de que hacía callar a sus pacientes cuando los mismos comenzaban a hablarle de cosas sexuales, y derivaba de esta técnica un derecho a juzgar la importancia etiológica de la sexualidad en las neurosis.

Dejando aparte las resistencias afectivas, que la teoría psicoanalítica nos explica perfectamente, me pareció hallar el obstáculo principal a la comprensión de la nueva disciplina en el hecho de que sus adversarios se negaban a ver en ella otra cosa que un producto de mi fantasía especulativa, sin reparar en la paciente y continuada labor, falta de todo antecedente, cuyo resultado era.

Dado que, a juicio suyo, el análisis no tenía contacto alguno con la observación ni con la experiencia, se consideraron con derecho a rechazarla sin una propia experiencia contraria. Otros, que no abrigaban una tan segura convicción, repitieron la clásica maniobra de no asomarse al microscopio para no ver aquello que habían discutido.

Es singular cuán incorrectamente se conduce la mayoría de los hombres cuando ha de juzgar algo nuevo y original.

Todavía hoy leo en algunos críticos «benévolos» que el psicoanálisis tiene razón hasta determinado punto, pero que a partir de él empieza ya a exagerar o a generalizar injustificadamente. Nada más difícil, sin embargo, que establecer una tal delimitación, sobre todo cuando el que la establece no tenía semanas antes conocimiento ninguno sobre la materia.

El anatema oficial contra el psicoanálisis tuvo la consecuencia de hacer más íntima y compacta la unión de los analíticos. En el segundo Congreso, celebrado en Nuremberg (1910), se constituyó a propuesta de S. Ferenczi, la Asociación Psicoanalítica Internacional, dividida en grupos locales, bajo la dirección de un presidente.

Esta Asociación ha sobrevivido a la guerra; existe aún hoy en día, y comprende los siguientes grupos: Viena, Berlín, Budapest, Zurich, Londres, Holanda, Nueva York, Panamérica, Moscú y Calcuta.

El primer presidente fue, a mi propuesta, C. G. Jung; elección muy desafortunada como después se demostró.

El psicoanálisis fundó entonces una segunda revista –Zentralblatt für Psychoanalyse-, redactada por Adler y Stekel, y poco después, una tercera -Imago- , dirigida por los analíticos no médicos

H. Sachs y O. Rank, y dedicada a las aplicaciones del análisis a las ciencias espirituales. Poco después publicó Bleuler su escrito en defensa del psicoanálisis (El psicoanálisis de Freud, 1910).

Por muy agradable que me fuese ver entrar por fin en liza a la equidad y a la honrada lógica, el trabajo de Bleuler no llegó a satisfacerme por completo.

Aspiraba, en efecto, con exceso, a una apariencia de imparcialidad, recordándome que no en vano debía el psicoanálisis a este autor la introducción del valioso concepto de la ambivalencia.

En posteriores trabajos ha observado Bleuler una conducta tan contraria a las teorías analíticas, y ha puesto en duda o rechazado principios tan importantes, que llegué a preguntarme con asombro en qué podía consistir su adhesión a nuestras opiniones.

Sin embargo, posteriormente ha hecho manifestaciones muy favorables a la «psicología de las profundidades» y ha fundado en ella su exposición de las esquizofrenias. Bleuler permaneció poco tiempo dentro de la Asociación Psicoanalítica Internacional, que abandonó a causa de diferencias de criterio con Jung, y Burghölzli se perdió para el análisis.

La oposición oficial no ha podido evitar la difusión del psicoanálisis en Alemania y en otros países.

En otro lugar -Historia del movimiento psicoanalítico- he seguido las etapas de sus progresos y citado a sus principales representantes.

En 1909 fuimos invitados Jung y yo por G. Stanley Hall para dar en la Clark University, de Norteamérica, cuyo presidente era, varias conferencias en alemán durante las fiestas con que dicha Universidad celebrada el vigésimo aniversario de su fundación.

Hall era un psicólogo y pedagogo muy reputado justificadamente, y había integrado el psicoanálisis en sus enseñanzas hacía ya varios años, pues era muy aficionado a introducir novedades y a elevar sobre el pavés nuevas autoridades, sin perjuicio de derrocarlas después.

En Norteamérica encontramos también a James J. Putnam, neurólogo de Harvard, que, a pesar de su avanzada edad, abrigaba un caluroso entusiasmo por el psicoanálisis, y defendió con todo el peso de su personalidad, generalmente respetada, el valor cultural de la nueva disciplina y la pureza de sus intenciones.

En este excelente hombre, que como reacción a una disposición a la neurosis obsesiva había adoptado una orientación predominantemente ética, nos contrariaba sólo su deseo de agregar el psicoanálisis a un determinado sistema filosófico y colocarle al servicio de aspiraciones morales.

Mi encuentro con el filósofo William James me dejó también una duradera impresión. Yendo un día de paseo con él, se detuvo de repente, me entregó una cartera que llevaba en la mano y me pidió que me adelantase, prometiendo alcanzarme en cuanto dominara el ataque de angina de pecho, que sentía próximo. Un año después moría en uno de estos ataques, y desde entonces me he deseado un análogo valor ante la muerte.

Por entonces tenía yo cincuenta y tres años; me sentía joven y sano, y mi corta estancia en el Nuevo Mundo me tonificó considerablemente, aumentando mi confianza en mí propio.

En Europa me parecía sentirme bajo los efectos de una anatema, y en cambio, en América me vi acogido como un igual por aquellos a quienes yo consideraba y respetaba más. Cuando subí a la cátedra de la Universidad de Worcester para pronunciar mis conferencias sobre psicoanálisis creía asistir a la realización de inverosímil fantasía optativa.

El psicoanálisis no era ya, pues, un ente de razón, sino una valiosa realidad. Desde mi visita no ha disminuido en América el interés que el psicoanálisis inspiraba ya.

Se ha hecho popular entre los profanos y es reconocido por muchos psiquiatras oficiales como un importante elemento de la enseñanza médica. Desgraciadamente, también ha sufrido algunas injustificadas atenuaciones, y algo que nada tiene que ver con él se cubre a veces con su nombre.

Cierto es que los médicos americanos carecen en su país de medios de ilustrarse en lo que respecta a la técnica y a la teoría psicoanalíticas. Por último, se tropieza con el behaviourism americano, que se vanagloria ingenuamente de haber suprimido por completo el problema psicológico.

En Europa hubo, de 1911 a 1913, dos movimientos de separación del psicoanálisis, iniciados por personas que hasta entonces habían desempeñado un papel considerable en la recién aparecida ciencia.

Me refiero a Alfredo Adler y a C. G. Jung. Ambas defecciones fueron harto peligrosas y agruparon en derredor de sus iniciadores núcleos importantes; pero no debían su fuerza a su contenido propio, sino al deseo de emanciparse de ciertos resultados del psicoanálisis, aun aceptando el material de hechos en el que se basaban.

Jung intentó una traducción de los hechos analíticos a lo abstracto e impersonal, traducción por medio de la cual creía ahorrarse el reconocimiento de la sexualidad infantil y del complejo de Edipo y la necesidad del análisis de la infancia.

Adler pareció alejarse aún más del psicoanálisis, negando en absoluto la importancia de la sexualidad, refiriendo la formación del carácter y de las neurosis a la aspiración de poderío de los hombres y a su necesidad de compensar su inferioridad constitucional, y anulando todas las nuevas adquisiciones psicológicas del psicoanálisis.

Pero todo lo que entonces rechazó ha forzado luego la entrada de su cerrado sistema, cambiando únicamente de nombre. La crítica fue muy benigna para ambos heréticos, y, por mi parte, sólo pude alcanzar que tanto Adler como Jung renunciaran a dar a sus teorías el nombre de psicoanálisis.

Actualmente, transcurridos diez años, puede comprobarse que ninguna de estas dos tentativas ha causado perjuicio alguno al psicoanálisis.

Cuando una comunidad se halla fundada en una coincidencia sobre determinados puntos cardinales es natural que salgan de ella aquellos que han abandonado dicho terreno común.

Sin embargo, se ha atribuido con frecuencia la defección de antiguos discípulos míos a mi intolerancia o se ha visto en ella la expresión de una fatalidad especial que sobre mí pesaba.

Contra este indicaré exclusivamente que frente a aquellos que me han abandonado, como Jung, Adler, Stekel y otros se alza gran número de personas -tales como Abraham, Eitingon, Ferenczi, Rank, Jones, Brill, Sachs, Pfister, Van Emden, Reik y otros- que me son adeptos desde hace más de quince años, durante los cuales han colaborado fielmente conmigo, y con los que vengo manteniendo una ininterrumpida amistad.

Cito aquí únicamente a aquellos discípulos míos más antiguos que se han creado ya un nombre en la literatura del psicoanálisis, y la omisión de otros más modernos no significa en modo alguno una menor estimación, pues entre ellos hay inteligencias en las que pueden fundarse grandes esperanzas.

Un hombre intolerante y absorbente no hubiera podido conservar en derredor suyo una tan numerosa legión de personas de alta intelectualidad, sobre todo no poseyendo, como no poseo, medio alguno práctico de atracción.

La guerra europea, que ha destruido tantas otras organizaciones, no pudo nada contra nuestra Asociación. La primera reunión que celebramos después de la guerra tuvo efecto en terreno neutral (La Haya, 1920), quedando reconocidísimos a la acogida que la hospitalidad holandesa dispensó a los hombres de ciencia de la Europa central, empobrecidos y depauperados por la catástrofe mundial.

Fue ésta que yo sepa, la primera vez que después de la guerra se sentaron a una misma mesa, unidos por intereses científicos, alemanes e ingleses. La guerra había intensificado en Alemania y en las naciones orientales el interés hacia el psicoanálisis. La observación de las neurosis de guerra había abierto, por fin, los ojos a los médicos sobre la importancia de la psicogénesis en las perturbaciones neuróticas, y algunas de nuestras concepciones psicológicas se hicieron pronto populares.

Al Congreso anterior, antes del colapso alemán, celebrado en Budapest en 1918, habían enviado los Gobiernos de la Europa central representantes oficiales, que prometieron el establecimiento de clínicas psicoanalíticas para el tratamiento de los neuróticos de guerra; proyecto que no llegó a la práctica.

También los planes de uno de nuestros mejores miembros, el doctor Anton von Freund, que quería crear en Budapest una clínica central para la enseñanza y terapia psicoanalíticas, naufragaron en medio de los trastornos políticos, y luego por la muerte de nuestro insustituible amigo. Parte de ellos fue realizada después por Max Eitingon, que creó en 1920 la Policlínica Psicoanalítica de Berlín.

Durante el corto predominio bolchevique en Hungría pudo desarrollar Ferenczi una fructífera actividad pedagógica como representante oficial del psicoanálisis en la Universidad.

Al terminar la guerra se sirvieron anunciar nuestros adversarios que la experiencia había ofrecido un argumento definitivo contra la exactitud de las afirmaciones analíticas. Las neurosis de guerra habían proporcionado, según ellos, una prueba de la superfluidad de los factores sexuales en la etiología de las afecciones neuróticas; pero esto fue un triunfo momentáneo, pues por un lado nadie había podido llevar a cabo el análisis extensivo de un caso de neurosis de guerra, y, por tanto, nada seguro se sabía sobre su motivación ni podía deducirse conclusión alguna de tal ignorancia, y por otro, el psicoanálisis había establecido hacía ya mucho tiempo el concepto del narcisismo y de las neurosis narcisistas, cuyo contenido era la adherencia de la libido al propio yo en lugar de a un objeto.

Así, pues, se hacía en general al psicoanálisis el reproche de haber ampliado indebidamente el concepto de la sexualidad; pero cuando en la polémica resultaba cómodo, se olvidaba este reproche y se procedía como si el psicoanálisis no hubiera llevado jamás a cabo tal aplicación.

La historia del psicoanálisis se divide, para mí, en dos períodos, prescindiendo de su prehistoria catártica.

En el primero me hallaba totalmente aislado, y tenía que llevar a cabo toda la labor.

Este período duró desde 1895-6 a 1906-7.

En el segundo, que se extiende desde la última fecha hasta la actualidad, han ido creciendo en importancia las aportaciones de mis discípulos y colaboradores; de manera que hoy, advertido de mi próximo fin por una grave enfermedad, puedo pensar serenamente en el término de mi propio rendimiento.

Pero precisamente por tal razón no me es posible tratar en este trabajo de los progresos del psicoanálisis en el segundo período con la misma minuciosidad que he tratado de su paulatina edificación en el primero, lleno exclusivamente de actividad propia.

No me siento con derecho a mencionar aquí sino aquellos nuevos descubrimientos en los que me ha correspondido una amplia participación, o sea, los referentes a la teoría de los instintos y a la aplicación de nuestra disciplina a las psicosis. He de añadir que nuestra creciente experiencia nos ha demostrado cada vez con mayor evidencia que el complejo de Edipo constituye el nódulo de la neurosis, siendo el punto culminante de la vida sexual infantil y el foco del que parten todos los desarrollos ulteriores.

Esta circunstancia dio fin a la esperanza de hallar por medio del análisis un factor específico de la neurosis, y hubimos de reconocer que las neurosis no poseen ningún contenido especial exclusivamente peculiar a ellas, y que los neuróticos sucumben bajo el peso de circunstancias que los normales logran dominar felizmente.

Este descubrimiento no constituyó para nosotros sorpresa alguna, pues se armonizaba perfectamente con el anteriormente realizado de que psicología de las «profundidades», fruto del psicoanálisis, no era sino la psicología de la vida anímica normal. Nos había, pues, sucedido lo que a los químicos cuando comprobaron que las grandes diferencias cualitativas de los productos se reducían a modificaciones cuantitativas en las proporciones de la combinación de los mismos elementos.

En el complejo de Edipo se nos mostró enlazada la libido a la representación de los progenitores del sujeto; pero éste pasó antes por una época en la que carecía de todo objeto. De esta circunstancia dedujimos la existencia de un estado en el que la libido llena el propio yo, habiéndolo tomado como objeto.

Este estado podía denominarse «narcisismo», y no era difícil adivinar que en realidad subsiste siempre, y que el yo continúa siendo a través de toda la vida el gran depósito de libido, del cual emanan las cargas de objeto, y al cual puede retornar la libido desde dichos objetos.

Así pues, la libido narcisista se transforma continuamente en libido objetal, y viceversa.

El enamoramiento sexual o sublimado, que llega hasta el sacrificio del sujeto, nos ofrece un excelente ejemplo de la magnitud que esta transformación puede alcanzar. Hasta este momento sólo habíamos atendido en el proceso de la represión a lo reprimido, pero a partir de él nos fue ya posible llegar al conocimiento de los elementos represores.

Sabíamos ya que la represión era efectuada por los instintos de conservación que actuaban en el yo (instintos del «yo»), y recaía sobre los instintos libidinosos.

Ahora, al reconocer los instintos de conservación como de naturaleza libidinosa, esto es, como libido narcisista, vemos que el proceso de la represión se desarrolla dentro de la libido misma. La libido narcisista se opone a la libido objetal, y el interés de la propia conservación se defiende contra las exigencias del amor objetivo.

Nada tan necesario en Psicología como la existencia de una teoría básica sobre la que pueda continuarse edificando. Falto de toda base de este orden, ha tenido el psicoanálisis que crear por medio de sucesivos tanteos una teoría de los instintos.

Así, estableció primero la antítesis de instintos del yo (conservación-hambre) e instintos libidinosos (amor), sustituyéndola después por la de libido narcisista y libido objetiva. Pero tampoco dijo con esto su última palabra, pues ciertas reflexiones de naturaleza biológica parecían prohibirle satisfacerse con la hipótesis de una única especie de instintos.

En los trabajos de mis últimos años (MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DEL PLACER, PSICOLOGÍA DE LAS MASAS Y ANÁLISIS DEL «YO» Y EL «YO» Y EL «ELLO») he dejado libre curso a mi tendencia a la especulación, contenida durante mucho tiempo, y he intentado una nueva solución del problema de los instintos.

He reunido la conservación del individuo y de las especies bajo el concepto de Eros, oponiendo a éste el instinto de muerte o de destrucción, que labora en silencio.

El instinto es concebido, en general, como una especie de elasticidad de lo animado; esto es, como una aspiración a reconstituir una situación que existió ya una vez, y fue suprimida por una perturbación exterior.

Esta naturaleza esencialmente conservadora de los instintos queda explicada por los fenómenos de la repetición obsesiva. La colaboración y el antagonismo del Eros con el instinto de muerte constituyen para nosotros la imagen de la vida. La cuestión es que esta construcción teórica se demuestra útil.

Aspira esencialmente a fijar una de las representaciones teóricas más importantes del psicoanálisis, pero traspasa considerablemente los límites de esta disciplina.

De nuevo he tenido que oír la despectiva afirmación de que no puede confiarse en una ciencia cuyos conceptos superiores son tan poco precisos como el de la libido y el del instinto en el psicoanálisis, pero este reproche se funda en un total desconocimiento de la cuestión.

Los conceptos fundamentales claros y las definiciones precisamente delimitadas no son posibles en las disciplinas científicas sino cuando las mismas intentan integrar un conjunto de hechos dentro del cuadro de una construcción sistemática intelectual.

En las ciencias naturales, a las cuales pertenece la Psicología, es inútil e imposible llegar a una tal claridad de los conceptos superiores. La Zoología y la Botánica no han comenzado con definiciones correctas y suficientes del animal y de la planta, y la Biología no ha establecido aún un concepto fijo de lo animado. La Física hubiera sacrificado todo su desarrollo si hubiese tenido que esperar, para emprenderlo, a dar claridad y precisión a los conceptos de materia, fuerza y gravitación.

Las representaciones básicas o conceptos superiores de las ciencias naturales aparecen siempre al principio muy imprecisos, quedando determinados interinamente por la mera indicación del campo de fenómenos a que pertenecen, y sólo el progresivo análisis ulterior del material de observación llega a darles la precisión deseada.

(Adición de 1935): Yo siempre he sentido una gran injusticia que la gente rehuse considerar al psicoanálisis como cualquiera otra ciencia. Este rechazo tiene su expresión en el surgimiento de las objeciones más obstinadas.

Constantemente se le reprocha al psicoanálisis por sus insuficiencias y por ser incompleto, aunque sea claro que una ciencia basada en la observación no tiene otra alternativa que estudiar fragmentariamente sus hallazgos y resolver sus problemas paso a paso.

Aún más, cuando me esforcé en darle a la función sexual el reconocimiento que durante tanto tiempo se le había desconocido, se acusó a la teoría psicoanalítica de ‘pansexualismo’. Y cuando puse énfasis en la hasta entonces desatendida importancia del rol jugado por las tempranas impresiones traumáticas en la niñez, se me dijo que el psicoanálisis estaba negando los factores constitucionales y hereditarios, lo que nunca soñé hacer.

Es un caso de contradecir a cualquier precio y por cualquier método. Ya en fases anteriores de mi producción llevé a cabo la tentativa de alcanzar, partiendo de la observación psicoanalítica, puntos de vista generales.

En 1911 acentué en un pequeño trabajo – Formulierungen über die zwei Prinzipien des psychischen Geschehens -, y de modo ciertamente nada original, el predominio del principio del placer y el displacer en la vida anímica y su sustitución por el llamado «principio de la realidad».

Más tarde me atreví a intentar la construcción de una «Matapsicología», dando este nombre a una disciplina en la que cada uno de los procesos psíquicos era considerado conforme a las tres coordenadas: de la dinámica, la tópica y la económica y viendo en ella el fin último asequible a la psicología.

Esta tentativa no llegó a completarse, quedando interrumpida después de varios ensayos (1915-7): ‘Los instintos y sus destinos’, ‘La represión’, ‘Lo inconsciente’, ‘Duelo y melancolía’; pues reconocí que no era aún el momento de una tal empresa teórica.

En mis últimos trabajos especulativos he intentado descomponer nuestro aparato psíquico basándome en la elaboración analítica de los hechos patológicos, y lo he dividido en un yo, un Ello y un superyó (EL «YO» Y EL «ELLO»).

El superyó es heredero del complejo de Edipo y el representante de las aspiraciones éticas del hombre. No debe creerse que en este último período he vuelto la espalda a la observación, entregándome por completo a una actividad especulativa. Continúo siempre en íntimo contacto con el material analítico y no he abandonado nunca el estudio de temas especiales clínicos o técnicos.

Aun en los casos en que me he alejado de la observación he evitado aproximarme a la Filosofía propiamente dicha. Una incapacidad constitucional me ha facilitado esta abstención.

Siempre me han atraído, sin embargo, las ideas de G. Th. Fechner, pensador al que debo interesantísimas sugestiones. Las amplias coincidencias del psicoanálisis con la filosofía de Schopenhauer, el cual no sólo reconoció la primacía de la afectividad y la extraordinaria significación de la sexualidad, sino también el mecanismo de la represión, no pueden atribuirse a mi conocimiento de sus teorías, pues no he leído a Schopenhauer sino en época muy avanzada ya de mi vida.

A Nietzsche, otro filósofo cuyos presagios y opiniones coinciden con frecuencia, de un modo sorprendente, con los laboriosos resultados del psicoanálisis, he evitado leerlo durante mucho tiempo, pues más que la prioridad me importaba conservarme libre de toda influencia.

Las neurosis fueron el primero objeto del psicoanálisis, y durante mucho tiempo el único. Para todo analista es evidente que la práctica médica se equivoca al alejar estas afecciones de la psicosis, agregándolas a las enfermedades nerviosas orgánicas. La Neurología pertenece a la Psiquiatría, y es indispensable para penetrar en ella.

El estudio analítico de las psicosis pareciera excluido de todo resultado médico, dada la inaccesibilidad terapéutica de estas enfermedades.

El enfermo psicótico carece, en general, de la facultad de una transferencla positiva, quedando así embotado el instrumento principal de la técnica analítica; pero, de todos modos, puede llegarse a él por otros caminos. La transferencia no queda excluida, a veces, tan por completo, que no pueda utilizarse durante algún tiempo.

En las depresiones cíclicas, en las modificaciones paranoicas leves y en la esquizofrenia hemos conseguido resultados indudables mediante el análisis. Por lo menos, ha sido ventajoso para la ciencia el que en muchos casos puede vacilar el diagnóstico durante mucho tiempo entre la psiconeurosis y la demencia precoz, pues la tentativa terapéutica emprendida nos proporcionó importantes descubrimientos antes de tener que ser interrumpida.

Pero lo principal es que en las psicosis resulta evidente aquello que en las neurosis sólo muy trabajosamente se logra extraer a la superficie. Para muchas afirmaciones analíticas ofrece la clínica psiquiátrica excelentes demostraciones. No podía, pues, pasar mucho tiempo sin que el análisis encontrara el camino de los objetos de la observación psiquiátrica. Ya en 1896 descubrí en un caso de demencia paranoica los mismos factores etiológicos que en las neurosis y la existencia de tales complejos afectivos.

Jung ha explicado enigmáticas estereotipias de sujetos dementes refiriéndolas a sucesos de su vida, y Bleuler ha descubierto en diversas psicosis mecanismos análogos a los que el análisis ha revelado en los neuróticos. Desde entonces no han cesado los esfuerzos de los analistas por llegar a una comprensión de las psicosis.

Sobre todo desde que trabajamos con el concepto del narcisismo, se nos va haciendo posible iniciar ciertos descubrimientos.

Abraham es el que más ha avanzado por este camino con su explicación de las melancolías. En este dominio no queda aún transformado el conocimiento en poder terapéutico pero también las simples conquistas técnicas son importantes, y esperamos que hallaran algún día su aplicación práctica. Los psiquiatras no podrán resistirse ya mucho tiempo a la fuerza probatoria de sus propias observaciones clínicas.

En la psiquiatría alemana tiene efecto actualmente una especie de penetración pacífica de los puntos de vista analíticos.

Acentuando constantemente que no son psicoanalistas ni pertenecen a la escuela ortodoxa, cuyas exageraciones no comparten, sobre todo en lo que respecta al poder absoluto del factor sexual, van apropiándose, sin embargo, la mayoría de los jóvenes investigadores esta o aquella parte de la teoría analítica, aplicándolas a su manera.

Existen, pues múltiples indicios de un amplio y próximo desarrollo de nuestra disciplina en esta dirección.

VI. Sigo ahora, desde lejos, los síntomas de la reacción provocada por la introducción del psicoanálisis en la nación francesa, durante tanto tiempo refractaria a nuestra disciplina.

Este espectáculo actúa en mí como una reproducción de cosas ya vividas; pero presenta, sin embargo, rasgos que le son peculiares. Llegan, en efecto, hasta mí objeciones de increíble ingenuidad, tal como la de que la tosca pedantería de la terminología psicoanalítica repugna a la sensibilidad estética francesa.

Ante esta objeción no podemos menos de recordar al inmortal caballero Riccaut de la Marlinière, creado por Lessing. Otra de las manifestaciones contrarias a nuestra disciplina presenta un aspecto más fundamental y ha sido acogida por un profesor de Psicología de la Sorbona.

Me refiero a la de que para el génie latin resulta insoportable la manera de pensar del psicoanálisis.

Este reproche recae en parte sobre los anglosajones, amigos y aliados de Francia, que han aceptado generalmente dicha manera de pensar.

Ante tales manifestaciones podría creerse que el génie teutonique ha acogido al psicoanálisis con los brazos abiertos desde su mismo nacimiento.

En Francia han sido los literatos quienes primero se han interesado por el psicoanálisis.

Se explica esto recordando que nuestra disciplina ha traspasado, con la interpretación de los sueños, las fronteras médicas.

Entre su aparición en Alemania y su actual introducción en Francia han surgido sus diversas aplicaciones a los dominios de la literatura y del arte, a la historia de las religiones y a la Prehistoria, a la Mitología, la Etnografía y la Pedagogía, etc. Todas estas disciplinas tienen poco que ver con la ciencia médica y han sido precisamente enlazadas con ella por el psicoanálisis.

No tengo, pues, derecho alguno a profundizar en esta cuestión; pero no puedo silenciarla, pues resulta indispensable para formarse una representación exacta del valor y de la esencia del psicoanálisis, y, además, la especial naturaleza de este trabajo, en el que me he obligado a exponer la obra de mi vida, me fuerza a tratar de ella. La mayoría de estas aplicaciones tiene, en efecto, en mi labor personal su punto de partida.

En ocasiones he dado yo también algún paso por este camino para satisfacer dicho interés ajeno a la Medicina. Otros hombres de ciencia han seguido después mis huellas y penetrado más profundamente en tales dominios. Pero como quiero limitarme a exponer mis propias aportaciones a la aplicación del psicoanálisis, no he de presentar al sector sino un esquema muy insuficiente de su extensión e importancia.

El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido reconociendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de sugestiones. La elección y la creación del tema de la tragedia, enigmáticas siempre, y el efecto intensísimo de su exposición poética, así como la esencia misma de la tragedia, cuyo principal personaje es el Destino, se nos explican en cuanto nos damos cuenta de que en el poema trágico se halla integrada toda la normatividad de la vida psíquica con su plena significación afectiva. La fatalidad y el oráculo no eran sino materializaciones de la necesidad interior.

El hecho de que el héroe peque sin saberlo y contra su intención, constituye la exacta expresión de la naturaleza inconsciente de sus tendencias criminales. De la comprensión de la tragedia provocada por el Destino pasamos a la inteligencia de la tragedia de carácter con el análisis del Hamlet shakespeariano, obra que venía siendo admirada durante trescientos años sin que nadie hubiese llegado a penetrar en su sentido ni en los motivos del poeta.

Era singular que este neurótico creado por el poeta naufragase bajo el peso del complejo de Edipo, como tantos seres reales.

El problema que se plantea a Hamlet es, en efecto, el de vengar en una tercera persona aquellos dos hechos que constituyen el contenido de la tendencia de Edipo, venganza en cuya ejecución queda paralizado su brazo por su propio y oscuro sentimiento de culpabilidad.

Shakespeare escribió esta tragedia poco después de la muerte de su padre .

Mis indicaciones para el análisis de esta obra han sido aplicadas y ampliamente elaboradas después por Ernest Jones, y también Otto Rank hizo de ellas el punto de partida de sus investigaciones sobre la elección de materia por los poetas dramáticos, demostrando en su libro sobre el motivo del incesto con cuánta frecuencia eligen precisamente los poetas los motivos del complejo de Edipo y persiguiendo las variaciones y atenuaciones de esta materia a través de la literatura mundial.

De aquí no había más que un paso hasta el análisis de la creación poética y artística.

Se reconoció que el reino de la fantasía era un dispositivo creado con ocasión de la dolorosa transición desde el principio del placer al de la realidad para permitir la constitución de un sustitutivo de la satisfacción instintiva a la cual se había tenido que renunciar en la vida real.

El artista se había refugiado, como el neurótico, en este mundo fantástico, huyendo de la realidad poco satisfactoria; pero, a diferencia del neurótico, supo hallar el camino del retorno desde dicho mundo de la fantasía hasta la realidad.

Sus creaciones, las obras de arte, eran satisfacciones fantásticas de deseos inconscientes, análogamente a los sueños con los cuales compartían el carácter de transacción pues tenían también que evitar el conflicto con los poderes de la represión. Pero a diferencia de los productos oníricos, asociales y narcisistas, están destinadas a provocar la participación de otros hombres y pueden reanimar y satisfacer en estos últimos los mismos impulsos optativos inconscientes.

Además se sirve del placer de la percepción de la belleza formal como prima de atracción. Los elementos de que el psicoanálisis puede disponer en esta labor son la interrelación de las impresiones de la vida del artista, sus destinos, sus obras, su constitución y los impulsos instintivos que en él actúan; esto es, lo generalmente humano.

Con tal propósito hice a Leonardo de Vinci objeto de un estudio que reposa sobre un único recuerdo infantil comunicado por él en sus anotaciones y tiende esencialmente hacia la explicación de su cuadro «Santa Ana con la Virgen y el Niño», existente en el Museo del Louvre.

Mis amigos y discípulos han emprendido numerosos análisis semejantes de artistas y obras de arte.

El placer estético del que gozamos ante una obra de arte no queda disminuido por su comprensión analítica obtenida en esta forma.

Mas para aquellos profanos que funden aquí esperanzas excesivas en el psicoanálisis habremos de advertir que hay dos problemas sobre los cuales no arroja luz ninguna y que son precisamente los que más pueden interesarle.

El análisis no consigue explicar las dotes del artista ni descubrir los medios con los que el mismo trabaja, o sea, los pertenecientes a la técnica artística.

En una pequeña novela, carente en sí de gran valor, La Gradiva, de W. Jensen pude demostrar que el sueño imaginado literariamente admite igual interpretación que el real, o sea, que en la producción del poeta actúan aquellos mecanismos que hemos descubierto en la elaboración onírica.

Mi libro sobre EL CHISTE Y SU RELACIÓN CON LO INCONSCIENTE, 1905, parte también de LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS.

El único amigo a quien por entonces interesaban mis trabajos me había hecho observar que mis interpretaciones oníricas hacían con frecuencia una impresión «chistosa». Para aclarar esta impresión emprendí la investigación del chiste y encontré que su esencia residía en sus medios técnicos, los cuales no eran sino los empleados por la elaboración onírica, o sea, la condensación el desplazamiento, etc.

A esto se enlazó la investigación económica relativa al nacimiento del placer en el oyente del chiste. La solución de este problema fue la de que dicho placer nacía por la supresión momentánea del esfuerzo de represión provocado por la influencia de una prima de atracción ofrecida (placer preliminar).

Concedo mayor valor que a estos estudios a mis aportaciones a la psicología de la religión iniciadas en 1907 con el descubrimiento de una sorprendente analogía entre los actos obsesivos y los ritos religiosos.

Sin conocer aún otras relaciones más profundas, califiqué a la neurosis obsesiva de religión privada desfigurada, y a la religión, de neurosis obsesiva universal.

Más tarde, en 1912, indicó Jung las amplias analogías existentes entre las producciones intelectuales de los neuróticos y de los primitivos, orientando este estudio mi atención hacia dicho tema.

En los ensayos reunidos bajo el título de TOTEM Y TABÚ, 1912-3 demostré que el horror al incesto es más intenso aún entre los primitivos que en los hombres civilizados, habiendo hecho surgir entre los primeros especiales reglas de defensa, e investigué las relaciones de las prohibiciones tabú, forma primera de las restricciones morales, con la ambivalencia sentimental, descubriendo en la concepción primitiva del mundo, o sea, en el animismo, el principio de la exageración de la realidad anímica, o sea, la omnipotencia de las ideas, sobre la cual se basa la magia.

A través de todo esto se establecía una comparación con la neurosis obsesiva y se demostraba que esta singular dolencia entraña aún gran parte de las hipótesis de la vida anímica primitiva.

Me atraía, sobre todo, el totemismo, primer sistema de organización de las razas primitivas, en el que los principios del orden social se muestran enlazados con una religión rudimentaria y con el implacable dominio de algunas prohibiciones tabú.

El ser adorado es aquí, originariamente siempre, un animal, del cual afirma descender el clan. Por diversos indicios deduje luego que todos los pueblos, incluso los que han llegado a un más alto nivel de civilización, pasaron un día por este estadio del totemismo.

La fuente literaria principal de estos trabajos está constituida por las conocidas obras de J. G. Frazer (Totemism and Exogamy y The Golden Bough), que constituyen una mina de valiosísimos hechos y puntos de vista. Pero este autor no llega al esclarecimiento del problema del totemismo, habiendo cambiado varias veces de opinión sobre esta materia. Los demás etnólogos e historiadores se muestran también desacordes en esta cuestión.

Mi punto de partida fue la singular coincidencia de los dos principios tabú de totemismo, el de no matar al totem y evitar todo contacto sexual con las mujeres del mismo clan totémico, con los dos contenidos del complejo de Edipo, la supresión del padre y la unión sexual con la madre.

De este modo fui llevado a equiparar al animal totémico con el padre, tal y como hacían expresamente los primitivos, adorándolo como antepasados del clan. Dos hechos psicoanalíticos vinieron en mi auxilio: una afortunada observación de Ferenczi con un sujeto infantil, observación que permitió hablar de un retorno infantil del totemismo, y el análisis de las tempranas zoofobias de los niños, de los cuales comprobamos que el animal objeto de la fobia era una sustitución del padre, siendo desplazado sobre él el miedo al primero, basado en el complejo de Edipo. De aquí no había más que un paso hasta el reconocimiento del asesinato del padre como nódulo del totemismo y punto de partida de la formación de las religiones.

Estas últimas consideraciones me fueron sugeridas por la obra de Robertson Smith titulada La religión de los semitas, en la que este genial autor, físico y exegeta bíblico describe una ceremonia esencial de la religión totémica; esto es, la llamada comida totémica. Una vez al año era muerto y comido el animal totémico, adorado y protegido en toda otra ocasión, siendo luego llorado, festividad en la que participaban todos los miembros del clan totémico.

Agregando a esto la hipótesis de Darwin de que los hombres vivían primitivamente en hordas, cada una de las cuales se hallaba bajo el dominio de un único macho, fuerte y violento y celoso, llegué a la hipótesis, o, mejor dicho, a la visión del siguiente proceso.

El padre de la horda primitiva habría monopolizado despóticamente a todas las mujeres, expulsando o matando a sus hijos, peligrosos como rivales. Pero un día se reunieron estos hijos, asesinaron al padre, que había sido su enemigo, pero también su ideal, y comiéronse el cadáver. Después de este hecho no pudieron, sin embargo, apoderarse de su herencia, pero surgió entre ellos la rivalidad.

Bajo la influencia de este fracaso y del remordimiento, aprendieron a soportarse unos a otros, uniéndose en un clan fraternal, regido por los principios del totemismo, que tendían a excluir la repetición del crimen, y renunciaron todos a la posesión de las mujeres, motivo del asesinato del padre. De este modo surgió la exogamia, íntimamente enlazada con el totemismo. La comida totémica sería la fiesta conmemorativa del monstruoso asesinato, del cual procedería la conciencia humana de la culpabilidad (pecado original), punto de partida de la organización social, la religión y la restricción moral.

Sea o no admisible históricamente tal posibilidad, dejamos aquí situada la formación de las religiones sobre la base del complejo paterno y de la ambivalencia en él predominante. Una vez abandonada la sustitución del padre por el animal totémico, el padre primitivo, temido, odiado, adorado y envidiado, se convirtió en el prototipo de la divinidad.

En la vida psíquica del hijo luchaban de continuo el amor y el odio hacia el padre, produciendo continuas formaciones transaccionales, por medio de las cuales se impugnaban, por un lado, el asesinato, y se afirmaban, por otro, sus ventajas.

Esta teoría de la religión arroja viva luz sobre el fundamento psicológico del cristianismo, en el cual perdura sin disfraz alguno la ceremonia de la comida totémica en el sacramento de la comunión.

He de hacer constar que esta comparación no me es propia, sino que se encuentra ya en las obras de Robertson Smith y de Frazer. Th. Reik y el etnólogo G. Róheim han tomado como punto de partida de varios trabajos importantes las ideas integradas en TOTEM Y TABÚ, continuándolas, profundizándolas y justificándolas.

Por mi parte, he vuelto sobre ellas algunas veces, con ocasión de ciertas investigaciones sobre el sentimiento inconsciente de la culpabilidad, tan importante entre los motivos de las neurosis, y asimismo en mis tentativas de enlazar más estrictamente la psicología social y a la psicología individual. (EL «YO» Y EL «ELLO», PSICOLOGÍA DE LAS MASAS Y ANÁLISIS DEL «YO».)

También para la explicación de la susceptibilidad de ser hipnotizado he utilizado la herencia arcaica procedente de las hordas primitivas.

En otras explicaciones del psicoanálisis, muy dignas de interés, es más pequeña mi participación. Partiendo de las fantasías del neurótico, nos conduce un amplio camino a las creaciones fantásticas de las colectividades y de los pueblos, integradas en los mitos, fábulas y leyendas.

Otto Rank ha hecho de la Mitología el objeto de su labor, y la interpretación de los mitos, su referencia a los conocidos complejos infantiles inconscientes y la sustitución de explicaciones astrales por una motivación humana, han sido en muchos casos el resultado de su labor analítica. También el tema del simbolismo ha encontrado numerosos investigadores en el círculo de mis adeptos.

El simbolismo ha despertado contra el psicoanálisis gran hostilidad, y algunos investigadores demasiado tímidos no han podido perdonarle nunca este simbolismo, tal y como resultaba de la interpretación de los sueños. Pero nuestra disciplina no es responsable del descubrimiento del simbolismo, conocido ya desde hacía mucho tiempo en otros dominios (el folklore, la leyenda y el mito), en los que desempeña un papel más importante aún que en el lenguaje de los sueños.

Personalmente no he aportado nada a la aplicación del análisis a la Pedagogía; pero era natural que los descubrimientos analíticos referentes a la vida sexual y al desarrollo anímico de los niños atrajeran la atención de los pedagogos y les mostraran a una nueva luz su labor educadora.

En este sentido ha sido un infatigable precursor el pastor protestante O. Pfister, de Zurich, que halló conciliable el psicoanálisis con una religiosidad sublimada. He de citar, además, a la señora Hug-Hellmuth y al doctor Bernfeld, de Viena, entre otros muchos. De la aplicación del análisis a la educación de los niños sanos y a la corrección de los no neuróticos, pero desviados en su desarrollo, ha resultado una consecuencia muy importante desde el punto de vista práctico. No es ya posible, en efecto, limitar a los médicos al ejercicio del psicoanálisis y excluir de él a los profanos.

En realidad, el médico que no ha hecho un estudio especial es también, a pesar de su título, un profano por lo que respecta al psicoanálisis, y el individuo ajeno a la Medicina puede llevar perfectamente a cabo, mediante una preparación analítica y auxiliado en algún caso por un médico, el tratamiento analítico de las neurosis.

Por uno de aquellos desarrollos contra cuyo resultado es inútil resistirse ha acabado por integrar varios sentidos la palabra «psicoanálisis». Originariamente no constituía sino el nombre de un método terapéutico especial, pero ahora ha llegado a convertirse en el nombre de una ciencia, de la ciencia de lo psíquico inconsciente.

Esta ciencia no es, generalmente, apta para resolver por sí sola un problema, pero parece llamada a ofrecer a las más diversas disciplinas científicas importantísimas aportaciones.

El campo de aplicación del psicoanálisis es tan amplio como el de la Psicología, al que agrega un complemento de importantísimo alcance.

Así pues, volviendo la vista a la labor de mi vida, puedo decir que he iniciado muchas cosas y sugerido otras, de las cuales dispondrá el futuro. Por mí mismo no puedo decir lo que en tal futuro llegarán a ser.

(Adición de 1935): Sin embargo, puedo expresar una esperanza, de que he abierto un sendero para un avance importante de nuestro conocimiento.

VII. Adición de 1935.

El editor de estos estudios autobiográficos no tomó en cuenta la posibilidad que transcurrido un lapso pudiera escribirse una secuela de ellos, y parece ser que ha ocurrido tal suceso en la presente ocasión.

Emprendo la tarea dado el deseo de mi editor americano de publicar el trabajo más corto en una nueva edición.

Se publicó primero en América en 1927 (por Brentano) bajo el título Un estudio autobiográfico, pero que lamentablemente se colocó en el mismo volumen junto a otro ensayo mío que le daba el título al libro (ANÁLISIS PROFANO), oscureciendo el presente trabajo. Dos temas surcan estas páginas: la historia de mi vida y la historia del psicoanálisis, ambos íntimamente entrelazados.

Este estudio autobiográfico revela cómo el psicoanálisis vino a constituir el sentido pleno de mi vida y afirma con propiedad que ninguna experiencia personal mía es de algún interés, comparándolas a mis relaciones con esta ciencia. Poco antes de escribirlo me parecía que mi vida pronto llegaría a su fin, dada la recidiva de una enfermedad maligna, sin embargo, la habilidad quirúrgica me salvó en 1923 y fui capaz de proseguir mi vida y mi trabajo, aunque no estuve libre de dolor mucho tiempo.

En el período de más de diez años transcurridos desde entonces en ningún momento dejé de lado ni mi trabajo analítico ni mis escritos, como lo prueba mi duodécimo volumen de la edición alemana de mis obras. (Gesammelte Schriften, 1924-34.)

Sin embargo, yo mismo siento que ha sucedido un cambio significativo. Los hilos que en el curso de mi desarrollo se habían entrelazado han comenzado ahora a separarse: intereses adquiridos en la última parte de mi vida han retrocedido, en tanto que los más originales y antiguos se han vuelto prominentes una vez más.

Es verdad que en la última década he escrito importantes artículos de la labor analítica, tales como la revisión del problema de la angustia en Inhibición, síntoma y angustia (1926) y la explicación del fetichismo sexual que elaboré un año después (1927). Pese a todo, sería propio decir que desde que adelanté mi hipótesis de la existencia de dos clases de instintos (trieb) (Eros y el instinto de muerte) y desde que propuse una división de la personalidad psíquica en un Yo, un Super-Yo y un Ello (1923), no he hecho posteriormente ninguna contribución decisiva al psicoanálisis.

Todo lo que he escrito desde entonces sobre esto ha sido o poco importante o pronto hubiera sido elaborado por algún otro autor.

Esta circunstancia se relaciona con una alteración en mi propia persona, lo que pudiera ser descrito como una fase de desarrollo regresivo.

Mi interés luego en un largo détour en las Ciencias Naturales, la Medicina y la psicoterapia, volvió a los problemas culturales que tanto me había fascinado largo tiempo atrás, cuando era un joven apenas con la edad necesaria para pensar.

En el cenit de mi labor analítica (1912) ya había intentado en TOTEM Y TABÚ emplear los nuevos hallazgos descubiertos por el análisis a objeto de investigar los orígenes de la religión y de la moral. Llevé recientemente esa investigación un paso adelante en dos últimos trabajos: EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN (1927) y EL MALESTAR DE LA CULTURA (1930).

Percibí aún con más claridad que los hechos de la historia humana: las interacciones entre la naturaleza humana, el desarrollo cultural y los precipitados de experiencias primordiales (siendo la religión el ejemplo más prominente) no son otra cosa que una reflexión de los conflictos dinámicos entre el Yo, el Ello y el Super-yo, de un individuo, estudiado analíticamente, pero que los mismos procesos se repiten en una escala más amplia.

En EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN expresé una valoración negativa de la religión.

Más tarde encontré una fórmula que le hizo mayor justicia a ella, aunque aún, concediendo que su poder reside en la verdad que contiene, mostré que esa verdad no era material, sino histórica.

Estos estudios aunque originados en el psicoanálisis y que se alejan mucho de él, tal vez han despertado más simpatía del público que el propio psicoanálisis. Puede que ellos han tenido su rol al crear la efímera ilusión que yo me contaba entre los escritores a los que una gran nación como Alemania estaría pronta a escucharlos. Fue en 1929 cuando con palabras no menos fértiles que amistosas, Thomas Mann, uno de los bien conocidos escritores alemanes, encontró un lugar para mí en la historia del pensamiento moderno.

Algo más tarde a mi hija Anna, actuando como mi apoderada, se le dio una recepción cívica en la Rathaus de Francfort del Maine, con ocasión de haberme otorgado el premio Goethe para 1930.

Ese fue el cenit de mi vida ciudadana. Poco después, los límites de nuestra comarca se estrecharon y la nación no sabía nada más de nosotros.

Y aquí debiérase permitirme interrumpir estas notas autobiográficas.

El público no tiene derecho a saber más de mis asuntos personales, de mis luchas, mis desilusiones y mis éxitos. De todas maneras ya he sido más abierto y franco en alguno de mis escritos (LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS Y EN PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA) que lo que son corrientemente aquellos que describen sus vidas para sus contemporáneos o para la posteridad.

He tenido pocos agradecimientos de ello, y por mi experiencia no puedo recomendarle a otro que siga mi ejemplo. Debiera agregar unas pocas palabras más de la historia del psicoanálisis en la última década. Ya no caben dudas que él continuará, ha probado sus capacidades de sobrevivencia y de desarrollarse tanto como rama del saber como método terapéutico.

El número de sus adherentes (organizados en la International Psycho-Analytical Association) ha aumentado considerablemente.

Además de los grupos locales de Viena, Berlín, Budapest, Londres, Holanda, Suiza y Rusia, se han formado desde entonces Sociedades en París, Calcuta, dos en Japón, varias en Estados Unidos, y muy recientemente una en Jerusalén y en Sud-Africa y dos en Escandinavia.

Aparte de sus propias reservas, estas sociedades locales mantienen (o están en el proceso de formarlos) Institutos de entrenamiento en los que se da una instrucción de la práctica del psicoanálisis según un plan uniforme; y ambulatorios en los que analistas experimentados y estudiantes ofrecen tratamiento gratuito a enfermos de escasos recursos. Cada dos años los miembros de la Asociación Internacional de Psicoanálisis organiza un Congreso donde se leen trabajos científicos y se deciden asuntos organizativos.

El decimotercero de estos congresos (a los que yo no podré asistir más) tuvo lugar en Lucerna en 1934.

De lo medular de los intereses compartidos por los miembros de la asociación irradian trabajos en múltiples direcciones: Unos colocando el énfasis en clarificar y profundizar nuestro conocimiento de la psicología, en tanto que otros se preocupan de mantenerse en contacto con la medicina y la psiquiatría.

Desde un punto de vista práctico, algunos analistas se han propuesto la tarea de llevar a cabo el reconocimiento del psicoanálisis en las universidades y su inclusión en el curriculum médico; mientras que otros prefieren mantenerlo fuera de esas instituciones, no aceptando que el psicoanálisis sea menos importante para el campo educacional que para el de la medicina.

Suele suceder que un analista llegue a sentirse aislado al intentar poner énfasis en uno solo de los hallazgos o puntos de vista del psicoanálisis descartando todo lo restante.

A pesar de todo, la impresión general es de satisfacción por un trabajo científico serio llevado a cabo a un alto nivel.

FreudLa aparición de la tendencia masoquista en la vida instintiva humana plantea, desde el punto de vista económico, un singular enigma.

En efecto, si el principio del placer rige los procesos psíquicos de tal manera que el fin inmediato de los mismos es la evitación de displacer y la consecución de placer, el masoquismo ha de resultar verdaderamente incomprensible.

El hecho de que el dolor y el displacer puedan dejar de ser una mera señal de alarma y constituir un fin, supone una paralización del principio del placer: el guardián de nuestra vida anímica habría sido narcotizado.

El masoquismo se nos demuestra así como un gran peligro, condición ajena al sadismo, su contrapartida.

En el principio del placer nos inclinamos a ver el guardián de nuestra existencia misma, y no sólo el de nuestra vida anímica.

Se nos plantea, pues, la labor de investigar la relación del principio del placer con los dos órdenes de instintos por nosotros diferenciados -los instintos de muerte y los instintos de vida eróticos (libidinosos)-, y no nos será posible avanzar en el estudio del problema masoquista antes de haber llevado a cabo tal investigación.

En otro lugar hemos presentado el principio que rige todos los procesos anímicos como un caso especial de la tendencia a la estabilidad (Fechner), adscribiendo así al aparato anímico la intención de anular la magnitud de excitación a él afluyente o, por lo menos, la de mantenerla en un nivel poco clavado.

Bárbara Low ha dado a esta supuesta tendencia el nombre de principio del nirvana, denominación que nosotros aceptamos. De momento identificaremos este principio del nirvana con el principio del placer-displacer.

Todo displacer habría, pues, de coincidir con una elevación; todo placer, con una disminución de la excitación existente en lo anímico y, por tanto, el principio del nirvana (y el principio del placer que suponemos idéntico) actuaría por completo al servicio de los instintos de muerte, cuyo fin es conducir la vida inestable a la estabilidad del estado inorgánico, y su función sería la de prevenir contra las exigencias de los instintos de vida de la libido de intentar perturbar tal recurso de la vida.

Pero esta hipótesis no puede ser exacta. Ha de suponerse que en la serie gradual de las sensaciones de tensión sentimos directamente el aumento y la disminución de las magnitudes de estímulo, y es indudable que existen tensiones placientes y distensiones displacientes.

El estado de excitación sexual nos ofrece un acabado ejemplo de tal incremento placiente del estímulo y seguramente no es el único.

El placer y el displacer no pueden ser referidos, por tanto, al aumento y la disminución de una cantidad a la que denominamos tensión del estímulo, aunque, desde luego, presenten una estrecha relación con este factor.

Mas no parecen enlazarse a este factor cuantitativo, sino a cierto carácter del mismo, de indudable naturaleza cualitativa. Habríamos avanzado mucho en psicología si pudiéramos indicar cuál es este carácter cualitativo. Quizá sea el ritmo, el orden temporal de las modificaciones, de los aumentos y disminuciones de la cantidad de estímulo. Pero no lo sabemos.

De todos modos, hemos de reparar que el principio del nirvana adscrito al instinto de muerte ha experimentado en los seres animados una modificación que lo convirtió en el principio del placer, y en adelante evitaremos confundir en uno solo ambos principios.

No es difícil adivinar, siguiendo la orientación que nos marcan estas reflexiones, el poder que impuso tal modificación. No pudo ser sino el instinto de la vida, la libido, el cual conquistó de este modo supuesto al lado del instinto de muerte en la regulación de los procesos de la vida.

Se nos ofrece así una serie de relaciones muy interesantes: el principio del nirvana expresa la tendencia del instinto de muerte; el principio del placer representa la aspiración de la libido; y la modificación de este último principio, el principio de la realidad, corresponde a la influencia del mundo exterior.

Ninguno de estos principios queda propiamente anulado por los demás, y en general coexisten los tres armónicamente, aunque en ocasiones hayan de surgir conflictos provocados por la diversidad de sus fines respectivos, la disminución cuantitativa de la carga de estímulo, la constitución de un carácter cualitativo de la misma o el aplazamiento temporal de la descarga de estímulos y la aceptación provisional de la tensión displaciente.

Todas estas reflexiones culminan en la conclusión de que no es posible dejar de considerar el principio del placer como guardián de la vida. Volvamos ahora al masoquismo, el cual se ofrece a nuestra observación en tres formas distintas: como condicionante de la excitación sexual, como una manifestación de la femineidad y como una norma de la conducta vital. Correlativamente podemos distinguir un masoquismo erógeno, femenino y moral.

El primero, el masoquismo erógeno, o sea el placer en el dolor, constituye también la base de las dos formas restantes; hemos de atribuirle causas biológicas y constitucionales y permanece inexplicable si no nos arriesgamos a formular algunas hipótesis sobre ciertos extremos harto oscuros.

La tercera forma del masoquismo, y en cierto sentido la más importante, ha sido explicada recientemente por el psicoanálisis como una conciencia de culpabilidad, inconsciente en la mayor parte de los casos, quedando plenamente aclarada y adscrita a los restantes descubrimientos analíticos.

Pero la forma más fácilmente asequible a nuestra observación es el masoquismo femenino, que no plantea grandes problemas y de cuyas relaciones obtenemos pronto una clara visión total. Comenzaremos, pues, por él nuestra exposición.

Esta forma del masoquismo en el hombre (al que por razones dependientes de nuestro material de observación nos limitaremos) nos es suficientemente conocida por las fantasías de sujetos masoquistas (e impotentes muchas veces a causa de ello), las cuales fantasías culminan en actos onanistas o representan por sí solas una satisfacción sexual.

 Con estas fantasías coinciden luego por completo las situaciones reales creadas por los perversos masoquistas bien como fin en sí, bien como medio de conseguir la erección y como introducción al acto sexual.

En ambos casos -las situaciones creadas no son sino la representación plástica de las fantasías- el contenido manifiesto consiste en que el sujeto es amordazado, maniatado, golpeado, fustigado, maltratado en una forma cualquiera, obligado a una obediencia incondicional, ensuciado o humillado.

Mucho más raramente, y sólo con grandes restricciones, es incluida en este contenido una mutilación.

La interpretación más próxima y fácil es la de que el masoquista quiere ser tratado como un niño pequeño, inerme y falto de toda independencia, pero especialmente como un niño malo. Creo innecesaria una exposición casuística; el material es muy homogéneo y accesible a todo observador, incluso a los no analíticos.

Ahora bien: cuando tenemos ocasión de estudiar algunos casos en los cuales las fantasías masoquistas han pasado por una elaboración especialmente amplia, descubrimos fácilmente que el sujeto se transfiere en ellas a una situación característica de la femineidad: ser castrado, soportar el coito o parir.

Por esta razón he calificado a posteriori de femenina esta forma del masoquismo, aunque muchos de sus elementos nos orientan hacia la vida infantil.

Más adelante hallaremos una sencilla explicación de esta superestructuración de lo infantil y lo femenino.

La castración o la pérdida del sentido de la vista, que puede representarla simbólicamente, deja muchas veces su huella negativa en dichas fantasías, estableciendo en ellas la condición de que ni los genitales ni los ojos han de sufrir daño alguno. (De todas formas, los tormentos masoquistas no son nunca tan impresionantes como las crueldades fantaseadas o escenificadas del sadismo.)

En el contenido manifiesto de las fantasías masoquistas se manifiesta también un sentimiento de culpabilidad al suponerse que el individuo correspondiente ha cometido algún hecho punible (sin determinar cuál) que ha de ser castigado con dolorosos tormentos.

Se nos muestra aquí algo como una racionalización superficial del contenido masoquista; pero detrás de ella se oculta una relación con la masturbación infantil.

Este factor de la culpabilidad conduce, por otro lado, a la tercera forma, o forma moral del masoquismo.

El masoquismo femenino descrito reposa por completo en el masoquismo primario erógeno, el placer en el dolor, para cuya explicación habremos de llevar mucho más atrás nuestras reflexiones.

En mis Tres ensayos sobre una teoría sexual, y en el capítulo dedicado a las fuentes de la sexualidad infantil, afirmé que la excitación sexual nace, como efecto secundario, de toda una serie de procesos internos en cuanto la intensidad de los mismos sobrepasa determinados límites cuantitativos. Puede incluso decirse que todo proceso algo importante aporta algún componente a la excitación del instinto sexual.

En consecuencia, también la excitación provocada por el dolor y el displacer ha de tener tal consecuencia.

Esta coexcitación libidinosa en la tensión correspondiente al dolor o al displacer sería un mecanismo fisiológico infantil que desaparecería luego. Variable en importancia, según la constitución sexual del sujeto, suministraría en todo caso la base sobre la cual puede alzarse más tarde, como superestructura psíquica, el masoquismo erógeno.

Esta explicación nos resulta ya insuficiente, pues no arroja luz ninguna sobre las relaciones íntimas y regulares del masoquismo con el sadismo, su contrapartida en la vida instintiva.

Si retrocedemos aún más, hasta la hipótesis de los dos órdenes de instintos que suponemos actúan en los seres animados, descubrimos una distinta derivación, que no contradice, sin embargo, la anterior.

La libido tropieza en los seres animados (pluricelulares) con el instinto de muerte o de destrucción en ellos dominantes, que tiende a descomponer estos seres celulares, y a conducir cada organismo elemental al estado de estabilidad anorgánica (aun cuando tal estabilidad sólo sea relativa).

Se le plantea, pues, la labor de hacer inofensivo este instinto destructor, y la lleva a cabo orientándose en su mayor parte, y con ayuda de un sistema orgánico especial, el sistema muscular, hacia fuera, contra los objetos del mundo exterior.

Tomaría entonces el nombre de instinto de destrucción, instinto de aprehensión o voluntad de poderío. Una parte de este instinto queda puesta directamente al servicio de la función sexual, cometido en el que realizará una importantísima labor.

Este es el sadismo propiamente dicho. Otra parte no colabora a esta transposición hacia lo exterior, pervive en el organismo y queda fijada allí libidinosamente con ayuda de la coexcitación sexual antes mencionada.

En ella hemos de ver el masoquismo primitivo erógeno.

Carecemos por completo de un conocimiento psicológico de los caminos y los medios empleados en esta doma del instinto de muerte por la libido.

Analíticamente, sólo podemos suponer que ambos instintos se mezclan formando una amalgama de proporciones muy variables. No esperaremos, pues, encontrar instintos de muerte o instintos de vida puros, sino distintas combinaciones de los mismos.

A esta mezcla de los instintos puede corresponder, en determinadas circunstancias, su separación. Por ahora no es posible adivinar qué parte de los instintos de muerte es la que escapa a tal doma, ligándose a elementos libidinosos.

Aunque no con toda exactitud, puede decirse que el instinto de muerte que actúa en el organismo -el sadismo primitivo- es idéntico al masoquismo. Una vez que su parte principal queda orientada hacia el exterior y dirigida sobre los objetos, perdura en lo interior, como residuo suyo, el masoquismo erógeno propiamente dicho, el cual ha llegado a ser, por un lado, un componente de la libido; pero continúa, por otro, teniendo como objeto el propio individuo.

Así, pues, este masoquismo sería un testimonio y una supervivencia de aquella fase de la formación en la que se formó la amalgama entre el instinto de muerte y el Eros, suceso de importancia esencial para la vida.

No nos asombrará oír, por tanto, que en determinadas circunstancias el sadismo o instinto de destrucción orientado hacia el exterior o proyectado puede ser vuelto hacia el interior, o sea introyectado de nuevo, retornando así por regresión a su situación anterior.

En este caso producirá el masoquismo secundario que se adiciona al primitivo.

El masoquismo primitivo pasa por todas las fases evolutivas de la libido y toma de ellas sus distintos aspectos psíquicos.

El miedo a ser devorado por el animal totémico (el padre) procede de la primitiva organización oral; el deseo de ser maltratado por el padre, de la fase sádico-anal inmediata; la fase fálica de la organización introduce en el contenido de las fantasías masoquistas la castración; más tarde, excluida de ellas y de la organización genital definitiva, se derivan naturalmente las situaciones femeninas, características de ser sujeto pasivo del coito y parir.

También nos explicamos fácilmente el importante papel desempeñado por el masoquismo por una cierta parte del cuerpo humano (las nalgas), pues es la parte del cuerpo erógenamente preferida en la fase anal-sádica, como lo es el pecho en la fase oral y el pene en la fase genital.

La tercera forma del masoquismo, el masoquismo moral, resulta, sobre todo, singular, por mostrar una relación mucho menos estrecha con la sexualidad.

A todos los demás tormentos masoquistas se enlaza la condición de que provengan de la persona amada y sean sufridos por orden suya, limitación que falta en el masoquismo moral. Lo que importa es el sufrimiento mismo, aunque no provenga del ser amado, sino de personas indiferentes o incluso de poderes o circunstancias impersonales.

El verdadero masoquismo ofrece la mejilla a toda posibilidad de recibir un golpe. Nos inclinaríamos, quizá a prescindir de la libido en la explicación de esta conducta, limitándonos a suponer que el instinto de destrucción ha sido nuevamente orientado hacia el interior y actúa contra el propio yo; pero hemos de tener en cuenta que los usos del lenguaje han debido de hallar algún fundamento para no haber abandonado la relación de esta norma de conducta con el erotismo y dar también a estos individuos que se martirizan a sí mismos el nombre de masoquistas.

Fieles a una costumbre técnica, nos ocuparemos primeramente de la forma externa, indudablemente patológica, de este masoquismo. Ya en otro lugar expusimos que el tratamiento analítico nos presenta pacientes cuyaconducta contra el influjo terapéutico nos obliga a adscribirles un sentimiento «inconsciente» de culpabilidad.

En este mismo trabajo indicamos en qué nos es posible reconocer a tales personas («la reacción terapéutica negativa»), y no ocultamos tampoco que la energía de tales impulsos constituye una de las más graves resistencias del sujeto y el máximo peligro para el buen resultado de nuestros propósitos médicos o pedagógicos.

La satisfacción de este sentimiento inconsciente de culpabilidad es quizá la posición más fuerte de la «ventaja de la enfermedad», o sea de la suma de energías que se rebela contra la curación y no quiere abandonar la enfermedad. Los padecimientos que la neurosis trae consigo constituyen precisamente el factor que da a esta enfermedad un alto valor para la tendencia masoquista.

Resulta también muy instructivo comprobar que una neurosis que ha desafiado todos los esfuerzos terapéuticos puede desaparecer, contra todos los principios teóricos y contra todo lo que era de esperar, una vez que el sujeto contrae un matrimonio que le hace desgraciado, pierde su fortuna o contrae una peligrosa enfermedad orgánica. Un padecimiento queda entonces sustituido por otro y vemos que de lo que se trataba era tan sólo de poder conservar cierta medida de dolor.

El sentimiento inconsciente de culpabilidad no es aceptado fácilmente por los enfermos.

Saben muy bien en qué tormento (remordimientos) se manifiesta un sentimiento consciente de culpabilidad, y no pueden, por tanto, convencerse de que abrigan en su interior movimientos análogos de los que nada perciben.

A mi juicio, satisfacemos en cierto modo su objeción renunciando al nombre de «sentimiento inconsciente de culpabilidad» y sustituyéndolo por el de «necesidad de castigo».

Pero no podemos prescindir de juzgar y localizar este sentimiento inconsciente de culpabilidad conforme al modelo del consciente. Hemos adscrito al superyó la función de la conciencia moral y hemos reconocido en la conciencia de la culpabilidad una manifestación de una tensión entre el yo y el superyó.

El yo reacciona con sentimientos de angustia a la percepción de haber permanecido por debajo de las exigencias de su ideal, el superyó. Querremos saber ahora cómo el superyó ha llegado a tal categoría y por qué el yo ha de sentir miedo al surgir una diferencia con su ideal. Después de indicar que el yo encuentra su función en unir y conciliar las exigencias de las tres instancias a cuyo servicio se halla, añadiremos que tiene en el superyó un modelo al cual aspirar.

Este superyó es tanto el representante del Ello como el del mundo exterior. Ha nacido por la introyección en el yo de los primeros objetos de los impulsos libidinosos del Ello -el padre y la madre-, proceso en el cual quedaron desexualizadas y desviadas de los fines sexuales directos las relaciones del sujeto con la pareja parental, haciéndose de este modo posible el vencimiento del complejo de Edipo.

El superyó conservó así caracteres esenciales de las personas introyectadas: su poder, su rigor y su inclinación a la vigilancia y al castigo. Como ya hemos indicado en otro lugar ha de suponerse que la separación de los instintos, provocada por tal introducción en el yo, tuvo que intensificar el rigor.

El superyó, o sea la conciencia moral que actúa en él, puede, pues, mostrarse dura, cruel e implacable contra el yo por él guardado.

El imperativo categórico de Kant es, por tanto, el heredero directo del complejo de Edipo.

Pero aquellas mismas personas que continúan actuando en el superyó, como instancia moral después de haber cesado de ser objeto de los impulsos libidinosos del Ello, pertenecen también al mundo exterior real.

Han sido tomados de este último, y su poder, detrás del cual se ocultan todas las influencias del pasado y de la tradición, era una de las manifestaciones más sensibles de la realidad.

A causa de esta coincidencia, el superyó, sustitución del complejo de Edipo, llega a ser también el representante del mundo exterior real, y de este modo, el prototipo de las aspiraciones del yo.

El complejo de Edipo demuestra ser así, como ya lo supusimos desde el punto de vista histórico, la fuente de nuestra moral individual.

En el curso de la evolución infantil, que separa paulatinamente al sujeto de sus padres, va borrándose la importancia personal de los mismos para el superyó.

A las «imágenes» de ellos restantes se agregan luego las influencias de los maestros del sujeto y de las autoridades por él admiradas, de los héroes elegidos por él como modelos, personas que no necesitan ya ser introyectadas por el yo, más resistente ya. La última figura de esta serie iniciada por los padres es el Destino, oscuro poder que sólo una limitada minoría humana llega a aprehender impersonalmente.

No encontramos gran cosa que oponer al poeta holandés Multatuli, cuando sustituye la Moira (Destino), de los griegos por la pareja divina A ogcoz csi ‘A nsgch (Razón y Necesidad), pero todos aquellos que transfieren la dirección del suceder universal a Dios, o a Dios y a la Naturaleza, despiertan la sospecha de que sienten todavía estos poderes tan extremos y lejanos como una pareja parental y se creen enlazados a ellos por ligámenes libidinosos.

En EL «YO» Y EL «ELLO» he intentado derivar el miedo real del hombre a la muerte de tal concepción parental del Destino.

Muy difícil me parece libertarnos de ella. Después de las consideraciones preparatorias que anteceden podemos retornar al examen del masoquismo moral.

Decíamos que los sujetos correspondientes despiertan por su conducta en el tratamiento y en la vida la impresión de hallarse excesivamente coartados moralmente, encontrándose bajo el dominio de una conciencia moral singularmente susceptible, aunque esta «supermoral» no se haga consciente en ellos.

Un examen más detenido nos descubre la diferencia que separa del masoquismo a tal continuación inconsciente de la moral.

En esta última, el acento recae sobre el intenso sadismo del superyó, al cual se somete el yo; en el masoquismo moral, el acento recae sobre el propio masoquismo del yo, que demanda castigo, sea por parte del superyó, sea por los poderes parentales externos. Nuestra confusión inicial es, sin embargo, excusable, pues en ambos casos se trata de una relación entre el yo y el superyó, o poderes equivalentes a este último, y de una necesidad satisfecha por el castigo y el dolor.

Constituye, pues, una circunstancia accesoria, casi indiferente, el que el sadismo del superyó se haga, por lo general, claramente consciente, mientras que la tendencia masoquista del yo permanece casi siempre oculta a la persona y ha de ser deducida de su conducta.

La inconsciencia del masoquismo moral nos dirige sobre una pista inmediata. Pudimos interpretar el «sentimiento inconsciente de culpabilidad» como una necesidad de castigo por parte de un poder mental.

Sabemos ya también que el deseo de ser maltratado por el padre, tan frecuente en las fantasías, se halla muy próximo al de entrar en una relación sexual pasiva (femenina) con él, siendo tan sólo una deformación regresiva del mismo.

Aplicando esta explicación al contenido del masoquismo moral, se nos revelará su sentido oculto.

La conciencia moral y la moral han nacido por la superación y la desexualización del complejo de Edipo; el masoquismo moral sexualiza de nuevo la moral, reanima el complejo de Edipo y provoca una regresión desde la moral al complejo de Edipo. Todo esto no beneficia ni a la moral ni al individuo.

Este puede haber conservado al lado de su masoquismo plena moralidad o cierta medida de moralidad; pero también puede haber perdido, a causa del masoquismo, gran parte de su conciencia moral.

Por otro lado, el masoquismo crea la tentación de cometer actos «pecaminosos», que luego habrán de ser castigados con los reproches de la conciencia moral sádica (así en tantos caracteres de la literatura rusa) o con las penas impuestas por el gran poder parental del Destino.

Para provocar el castigo por esta última representación parental tiene el masoquismo que obrar inadecuadamente, laborar contra su propio bien, destruir los horizontes que se le abren en el mundo real e incluso poner término a su propia existencia real.

El retorno del sadismo contra la propia persona se presenta regularmente con ocasión del sojuzgamiento cultural de los instintos, que impide utilizar al sujeto en la vida una gran parte de sus componentes instintivos destructores.

Podemos representarnos que esta parte rechazada del instinto de destrucción surge en el yo como una intensificación del masoquismo.

Pero los fenómenos de la conciencia moral dejan adivinar que la destrucción que retorna al yo desde el mundo exterior es también acogida por el superyó, aunque no haya tenido efecto la transformación indicada, quedando así intensificado su sadismo contra el yo.

El sadismo del superyó y el masoquismo del yo se completan mutuamente y se unen para provocar las mismas consecuencias.

A mi juicio, sólo así puede comprenderse que del sojuzgamiento de los instintos resulte -con frecuencia o en general- un sentimiento de culpabilidad y que la conciencia moral se haga tanto más rígida y susceptible cuanto más ampliamente renuncia el sujeto a toda agresión contra otros.

Pudiera esperar que un individuo que se esfuerza en evitar toda agresión culturalmente indeseable habría de gozar de una conciencia tranquila y vigilar menos desconfiadamente a su yo. Generalmente, se expone la cuestión como si la exigencia moral fuese lo primario y la renuncia al instinto una consecuencia suya: Pero de este modo permanece inexplicado el origen de la moralidad.

En realidad, parece suceder todo lo contrario; la primera renuncia al instinto es impuesta por poderes exteriores y crea entonces la moralidad, la cual se manifiesta en la conciencia moral y exige más amplia renuncia a los instintos.

El masoquismo moral resulta así un testimonio clásico de la existencia de la mezcla o fusión de los instintos.

Su peligro está en proceder del instinto de muerte y corresponder a aquella parte del mismo que eludió ser proyectada al mundo exterior en calidad de instinto de destrucción. Pero, como además integra la significación de un componente erótico, la destrucción del individuo por sí propio no puede tener efecto sin una satisfacción libidinosa.

FreudEl complejo de Edipo va designándose cada vez más claramente como el fenómeno central del temprano período sexual infantil. Luego ocurre la disolución.

Sucumbe a la represión y es seguido del período de latencia. Pero no hemos visto aún claramente cuáles son las causas que provocan su fin.

El análisis parece atribuirlo a las decepciones dolorosas sufridas por el sujeto. La niña que se cree objeto preferente del amor de su padre recibe un día una dura corrección por parte de éste y se ve expulsada de su feliz paraíso.

El niño que considera a su madre como propiedad exclusiva suya la ve orientar de repente su cariño y sus cuidados hacia un nuevo hermanito. Pero también en aquellos casos en los que no acaecen sucesos especiales como los citados en calidad de ejemplos, la ausencia de la satisfacción deseada acaba por apartar al infantil enamorado de su inclinación sin esperanza.

El complejo de Edipo sucumbiría así a su propio fracaso, resultado de su imposibilidad interna. Otra hipótesis sería la de que el complejo de Edipo tiene que desaparecer porque llega el momento de su disolución, como los dientes de leche se caen cuando comienzan a formarse los definitivos.

Aunque el complejo de Edipo es vivido también individualmente por la mayoría de los seres humanos, es, sin embargo, un fenómeno determinado por la herencia, y habrá de desaparecer, conforme a una trayectoria predeterminada, al iniciarse la fase siguiente del desarrollo. Resultará, pues, indiferente cuáles sean los motivos ocasionales de su desaparición e incluso que no podamos hallarlos.

Ambas hipótesis parecen justificadas. Pero además resultan fácilmente conciliables.

Al lado de la hipótesis filogénica más amplia queda espacio suficiente para la ontogénica. También el individuo entero está destinado, desde su nacimiento mismo, a morir, y también lleva ya indicada, quizá en la disposición de sus órganos, la causa de su muerte.

Pero siempre será interesante perseguir cómo se desarrolla el programa predeterminado y en qué forma es aprovechada la disposición por acciones nocivas casuales.

Nuestra penetración ha sido aguzada recientemente por la observación de que el desarrollo sexual del niño avanza hasta una fase en la que los genitales se han adjudicado ya el papel directivo. Pero este genital es tan sólo el masculino, o más exactamente aún, el pene; el genital femenino permanece aún desconocido.

Esta fase fálica, que es al mismo tiempo la del complejo de Edipo, no continúa desarrollándose hasta constituir una organización genital definitiva, sino que desaparece y es sustituida por el período de latencia. Pero su desaparición se desarrolla de un modo típico y apoyándose en sucesos regularmente emergentes.

Cuando el sujeto infantil de sexo masculino ha concentrado su interés sobre sus genitales, lo revela con manejos manuales y no tarda en advertir que los mayores no están conformes con aquella conducta.

Más o menos precisa, más o menos brutal, surge la amenaza de privarle de aquella parte tan estimada de su cuerpo.

Esta amenaza de castración parte casi siempre de alguna de las mujeres que rodean habitualmente al niño, las cuales intentan muchas veces robustecer su autoridad asegurando que el castigo será llevado a cabo por el médico o por el padre.

En algunos casos llevan a cabo por sí mismas una atenuación simbólica en su amenaza anunciando no ya la mutilación del órgano genital, pasivo en realidad, sino la de la mano, activamente pecadora. Con gran frecuencia sucede que el infantil sujeto no es amenazado con la castración por juguetear con el pene, sino por mojar todas las noches la cama.

Sus guardadores se conducen entonces como si esta incontinencia nocturna fuese consecuencia y testimonio de los tocamientos del órgano genital, y probablemente tienen razón.

En todo caso, tal incontinencia duradera puede equipararse a la polución del adulto, siendo una manifestación de la misma excitación genital que por esta época ha impulsado al niño a masturbarse.

Habremos de afirmar ahora que la organización genital fálica del niño sucumbe a esta amenaza de castración, aunque no inmediatamente y sin que a ella se agreguen otras influencias, pues el niño no presta al principio a la amenaza fe ni obediencia alguna.

El psicoanálisis ha concedido recientemente un gran valor a dos clases de experiencias que no son ahorradas a ningún niño y por las cuales habría de estar preparado a la pérdida de partes de su cuerpo altamente estimadas: la pérdida, temporal primero y luego definitiva, del pecho materno y la expulsión diariamente necesaria del contenido intestinal. Pero no se advierte que estas experiencias entren en juego con motivo de la amenaza de castración.

Sólo después de haber hecho otra nueva comienza el niño a contar con la posibilidad de una castración, y aún entonces muy vacilantemente, contra su voluntad y procurando aminorar el alcance su propia observación.

Esta observación, que rompe por fin la incredulidad del niño, es su descubrimiento de los genitales femeninos.

Siempre se le presenta alguna ocasión de contemplar la región genital de una niña y convencerse de la falta de aquel órgano, del que tan orgulloso está, en un ser tan semejante a él. De este modo se hace ya posible representarse la pérdida de su propio pene, y la amenaza de la castración comienza entonces a surtir sus efectos.

Por nuestra parte no debemos ser tan cortos de vista como los familiares y guardadores del niño, que le amenazan con la castración, y desconocer como ellos que la vida sexual del niño no se reduce por esta época exclusivamente a la masturbación.

Aparece también visiblemente en su actitud con respecto a sus padres, determinada por el complejo de Edipo. La masturbación no es más que la descarga genital de la excitación sexual correspondiente al complejo, y deberá a esta relación su significación para todas las épocas ulteriores.

El complejo de Edipo ofrecía al niño dos posibilidades de satisfacción, una activa y otra pasiva. Podía situarse en actitud masculina en el lugar del padre y tratar como él a su madre, actitud que hacía ver pronto en el padre un estorbo, o querer sustituir a la madre y dejarse amar por el padre, resultando entonces superflua la madre.

El niño no tiene sino una idea muy vaga de aquello en lo que puede consistir la satisfacción amorosa, pero sus sensaciones orgánicas le imponen la convicción de que el pene desempeña en ella algún papel. No ha tenido ocasión tampoco para dudar de que la mujer posea también un pene.

La aceptación de la posibilidad de la castración y el descubrimiento de que la mujer aparece castrada, puso, pues, un fin a las dos posibilidades de satisfacción relacionadas con el complejo de Edipo.

Ambas traían consigo la pérdida del pene: la una, masculina, como castigo; la otra, femenina, como premisa.

Si la satisfacción amorosa basada en el complejo de Edipo ha de costar la pérdida del pene, surgirá un conflicto entre el interés narcisista por esta parte del cuerpo y la carga libidinosa de los objetos parentales.

En este conflicto vence normalmente el primer poder y el yo del niño se aparta del complejo de Edipo.

Ya he indicado en otro lugar de qué forma se desarrolla este proceso. Las cargas de objeto quedan abandonadas y sustituidas por identificaciones.

La autoridad del padre o de los padres introyectada en el yo constituye en él el nódulo del superyó, que toma del padre su rigor, perpetúa su prohibición del incesto y garantiza así al yo contra el retorno de las cargas de objeto libidinosas.

Las tendencias libidinosas correspondientes al complejo de Edipo quedan en parte desexualizadas y sublimadas, cosa que sucede probablemente en toda transformación en identificación y en parte inhibidas en cuanto a su fin y transformadas en tendencias sentimentales.

Este proceso ha salvado, por una parte, los genitales, apartando de ellos la amenaza de castración; pero, por otra, los ha paralizado, despojándolos de su función.

Con él empieza el período de latencia que interrumpe la evolución sexual del niño. No veo motivo alguno para no considerar el apartamiento del yo del complejo de Edipo como una represión, aunque la mayoría de las represiones ulteriores se produzcan bajo la intervención del superyó, cuya formación se inicia precisamente aquí.

Pero el proceso descrito es más que una represión y equivale, cuando se desarrolla perfectamente, a una destrucción y una desaparición del complejo. Nos inclinaríamos a suponer que hemos tropezado aquí con el límite, nunca precisamente determinable, entre lo normal y lo patológico.

Si el yo no ha alcanzado realmente más que una represión del complejo, éste continuará subsistiendo, inconsciente, en el Ello y manifestará más tarde su acción patógena.

La observación analítica permite reconocer o adivinar estas relaciones entre la organización fálica, el complejo de Edipo, la amenaza de castración, la formación del superyó y el período de latencia.

Ellas justifican la afirmación de que el complejo de Edipo sucumbe a la amenaza de castración. Pero con ello no queda terminado el problema: queda aún espacio para una especulación teórica que puede destruir el resultado obtenido o arrojar nueva luz sobre él.

Ahora bien: antes de emprender este camino habremos de examinar una interrogación que surgió durante la discusión que antecede y hemos dejado aparte hasta ahora.

El proceso descrito se refiere, como hemos dicho expresamente, al sujeto infantil masculino. ¿Qué trayectoria seguirá el desarrollo correspondiente en la niña? Nuestro material se hace aquí -incomprensiblemente- mucho más oscuro e insuficiente.

También el sexo femenino desarrolla un complejo de Edipo, un superyó y un período de latencia.

¿Pueden serle atribuidos asimismo un complejo de castración y una organización fálica?

Desde luego, sí, pero no los mismos que en el niño. La diferencia morfológica ha de manifestarse en variantes del desarrollo psíquico.

La anatomía es el destino, podríamos decir glosando una frase de Napoleón.

El clítoris de la niña se comporta al principio exactamente como un pene; pero cuando la sujeto tiene ocasión de compararlo con el pene verdadero de un niño, encuentra pequeño el suyo y siente este hecho como una desventaja y un motivo de inferioridad.

Durante algún tiempo se consuela con la esperanza de que crecerá con ella, iniciándose en este punto el complejo de masculinidad de la mujer. La niña no considera su falta de pene como un carácter sexual, sino que la explica suponiendo que en un principio poseía un pene igual al que ha visto en el niño, pero que lo perdió luego por castración.

No parece extender esta conclusión a las demás mujeres, a las mayores, sino que las atribuye, de completo acuerdo con la fase fálica, un genital masculino completo.

Resulta, pues, la diferencia importante de que la niña acepta la castración como un hecho consumado, mientras que el niño teme la posibilidad de su cumplimiento. Con la exclusión del miedo a la castración desaparece también un poderoso motivo de la formación del superyó y de la interrupción de la organización genital infantil.

Estas formaciones parecen ser, más que en el niño, consecuencias de la intimidación exterior que amenaza con la pérdida del cariño de los educadores.

El complejo de Edipo de la niña es mucho más unívoco que el del niño, y según mi experiencia, va muy pocas veces más allá de la sustitución de la madre y la actitud femenina con respecto al padre. La renuncia al pene no es soportada sin la tentativa de una compensación. La niña pasa -podríamos decir que siguiendo una comparación simbólica- de la idea del pene a la idea del niño.

Su complejo de Edipo culmina en el deseo, retenido durante mucho tiempo, de recibir del padre, como regalo, un niño, tener de él un hijo.

Experimentamos la impresión de que el complejo de Edipo es abandonado luego lentamente, porque este deseo no llega jamás a cumplirse. Los dos deseos, el de poseer un pene y el de tener un hijo perduran en lo inconsciente intensamente cargados y ayuda a preparar a la criatura femenina para su ulterior papel sexual.

Pero, en general, hemos de confesar que nuestro conocimiento de estos procesos evolutivos de la niña es harto insatisfactorio e incompleto.

Es indudable que las relaciones temporales causales aquí descritas entre el complejo de Edipo, la intimidación sexual (amenaza de castración), la formación del superyó y la entrada en el período de latencia son de naturaleza típica, pero no quiero afirmar que este tipo sea el único.

Las variantes en la sucesión temporal y en el encadenamiento de estos procesos han de ser muy importantes para el desarrollo del individuo.

Desde la publicación del interesante estudio de O. Rank sobre el tema «trauma del nacimiento» no se puede tampoco aceptar sin discusión alguna el resultado de esta pequeña investigación, o sea la conclusión de que el complejo de Edipo del niño sucumbe al miedo a la castración.

Pero me parece aún prematuro entrar por ahora en esta discusión y quizá también poco adecuado comenzar en este punto la crítica o la aceptación de la teoría de Rank.

FreudYa en un trabajo reciente expusimos como uno de los caracteres diferenciales entre la neurosis y la psicosis el hecho de que en la primera reprime el yo, obediente a las exigencias de la realidad, una parte del Ello (de la vida instintiva [trieb]), mientras que en la psicosis el mismo yo, dependiente ahora del Ello, se retrae de una parte de la realidad.

Así, pues, en la neurosis dominaría el influjo de la realidad y en la psicosis el del Ello. La pérdida de realidad sería un fenómeno característico de la psicosis y ajeno, en cambio, a la neurosis.

Sin embargo, estas conclusiones no parecen conciliables con la observación de que toda neurosis perturba en algún modo la relación del enfermo con la realidad, constituyendo para él un medio de retraerse de ella y un refugio al que ampararse huyendo de las dificultades de la vida real.

Esta contradicción parece espinosa, pero es muy fácil de resolver, y su solución ha de fomentar considerablemente nuestra comprensión con la neurosis.

Tal contradicción subsiste, en efecto, solamente mientras nos limitamos a considerar la situación inicial de la neurosis, en la cual el yo lleva a cabo la represión de una tendencia instintiva obedeciendo a los dictados de la realidad. Pero esto no es todavía la neurosis misma.

Esta consiste más bien en los procesos que aportan una compensación a la parte perjudicada del Ello, esto es, en la reacción contra la represión y en su fracaso.

El relajamiento de la relación con la realidad es luego la consecuencia de este segundo paso en la producción de la neurosis, y no habríamos de extrañar que la investigación nos descubriese que la pérdida de realidad recae precisamente sobre aquella parte de realidad a cuya demanda fue iniciada la represión.

Así, pues, la génesis característica de la neurosis a consecuencia de una represión fracasada no es nada nuevo.

Siempre lo hemos afirmado así, y sólo la nueva relación de este postulado con nuestro tema actual nos ha llevado a repetirlo.

La misma apariencia de contradicción surge con intensidad mucho mayor cuando se trata de una neurosis cuya motivación ocasional («la escena traumática») nos es conocida y en la que podemos ver cómo el sujeto se aparta de tal suceso y lo abandona a la amnesia.

Recordaré aquí, como ejemplo, un caso analizado por mí hace ya muchos años, en el cual la sujeto, una muchacha enamorada de su cuñado, quedó sobrecogida ante el lecho mortuorio de su hermana por la idea de que el hombre amado estaba ya libre y podía casarse con ella.

Esta escena fue olvidada en el acto, y con ello quedó iniciado el proceso de regresión que condujo a la dolencia histérica. Pero precisamente aquí resulta muy instructivo ver por qué caminos intenta la neurosis resolver el conflicto.

Anula por completo la modificación de las circunstancias reales, reprimiendo el instinto de que se trataba, o sea el amor de la muchacha a su cuñado. La reacción psicótica hubiera consistido en negar el hecho real de la muerte de la hermana.

Podría ahora esperarse que en la génesis de la psicosis se desarrollase algo parecido al proceso que tiene efecto en la neurosis, aunque, naturalmente, entre otras instancias; esto es, que también en la psicosis se hiciesen visibles dos avances, el primero de los cuales arrancaría al yo de la realidad, mientras que el segundo tendería a enmendar el daño y restablecería, a costa del Ello, la relación con la realidad.

Y, efectivamente, observamos en la psicosis algo análogo; dos avances, el segundo de los cuales tiene un carácter de reparación; pero luego la analogía se convierte en una coincidencia mucho más amplia de los procesos.

El segundo avance de la psicosis tiende también a compensar la pérdida de realidad, pero no a costa de una limitación del yo, como en la neurosis a costa de la relación con la realidad, sino por otro camino mucho más independiente; esto es, mediante la creación de una nueva realidad exenta de los motivos de disgusto que la anterior ofrecía.

Así, pues, este segundo avance obedece en la neurosis y en la psicosis a la misma tendencia, apareciendo en ambos casos al servicio de las aspiraciones de poder del Ello, que no se deja dominar por la realidad.

En consecuencia, tanto la neurosis como la psicosis son expresión de la rebeldía del Ello contra el mundo exterior o, si se quiere, de su incapacidad para adaptarse a la realidad diferenciándose mucho más entre sí en la primera reacción inicial que en la tentativa de reparación a ella consecutiva.

Esta diferencia inicial se refleja luego en el resultado.

En la neurosis se evita, como huyendo de él, un trozo de la realidad, que en la psicosis es elaborado y transformado.

En la psicosis, a la fuga inicial sigue una fase activa de transformación, y en la neurosis, a la obediencia inicial, una ulterior tentativa de fuga. O dicho de otro modo, la neurosis no niega la realidad; se limita a no querer saber nada de ella. La psicosis la niega e intenta sustituirla.

Llamamos normal o «sana» una conducta que reúne determinados caracteres de ambas reacciones; esto es, que no niega la realidad, al igual de la neurosis, pero se esfuerza en transformarla, como la psicosis.

Esta conducta normal y adecuada conduce naturalmente a una labor manifiesta sobre el mundo exterior y no se contenta, como en la psicosis, con la producción de modificaciones internas; no es autoplástica, sino aloplástica.

En la psicosis, la elaboración modificadora de la realidad recae sobre las cristalizaciones psíquicas de la relación mantenida hasta entonces con ella; esto es, sobre las huellas mnémicas, las representaciones y los juicios tomados hasta entonces de ella y que la representaban en la vida anímica.

Pero esta relación no constituía algo fijo e inmutable, sino que era transformada y enriquecida de continuo por nuevas percepciones. De este modo, se plantea también a la psicosis la tarea de procurarse aquellas percepciones que habrían de corresponder a la nueva realidad, consiguiéndolo por medio de la alucinación.

Si los recuerdos falsos, los delirios y las alucinaciones muestran un carácter tan penoso en tantas formas y casos de psicosis y aparecen acompañados de angustia, habremos de ver en ello un indicio de que todo el proceso de transformación se realiza contra la intensa oposición de poderosas energías. Podemos representarnos el proceso conforme al modelo de las neurosis, que nos es más conocido.

En las neurosis vemos surgir una reacción de angustia cada vez que el instinto reprimido trata de llegar a la conciencia, y observamos que el resultado del conflicto no es, a pesar de todo, más que una transacción, absolutamente insuficiente como satisfacción.

En la psicosis, el trozo de realidad rechazado trata probablemente de imponerse de continuo a la vida anímica, como en la neurosis el instinto reprimido, por esta razón surgen en ambos casos las mismas consecuencias.

La discusión de los diversos mecanismos que han de llevar a cabo en la psicosis el apartamiento de la realidad y la construcción de otra distinta constituye una labor, aún intacta, de la Psiquiatría especial.

Existe, pues, entre la neurosis y la psicosis una nueva analogía consistente en que ambas fracasen parcialmente en la labor emprendida en su segundo avance, pues ni el instinto reprimido puede procurarse una sustitución completa, neurosis, ni la representación de la realidad se deja fundir en las formas satisfactorias, psicosis. Pero el acento carga, en cada una, en un lugar distinto.

En la psicosis el acento carga exclusivamente sobre el primer avance, patológico ya de por sí y que sólo puede conducir a la enfermedad, y en cambio, en la neurosis, sobre el segundo, sobre el fracaso de la represión, mientras que el primero puede producirse y en realidad se ha producido innumerables veces, dentro de la salud, aunque no sin dejar tras de sí señales del esfuerzo psíquico exigido.

Estas diferencias y quizá otras muchas, son consecuencia de la diversidad tópica en el desenlace del conflicto patógeno, según que el yo haya cedido en él a su adhesión al mundo real o a su dependencia del Ello.

La neurosis se limita regularmente a evitar el fragmento de realidad de que se trate y protegerse contra todo encuentro con él. Pero la precisa diferencia entre la neurosis y la psicosis queda mitigada por el hecho de que tampoco en la neurosis faltan las tentativas de sustituir la realidad indeseada por otra más conforme a los deseos del sujeto.

Semejante posibilidad es facilitada por la existencia del mundo de la fantasía, un dominio que al tiempo de la instauración del principio de la realidad, quedó separada del mundo exterior, siendo mantenida aparte, desde entonces, como una especie de «atenuación» de las exigencias de la vida, y aunque no resulta inasequible al yo, sólo conserva con él una relación muy laxa.

De este mundo de la fantasía extrae la neurosis el material para sus nuevos productos optativos, hallándolo en él por medio de la regresión a épocas reales anteriores más satisfactorias.

También en la psicosis desempeña seguramente el mundo de la fantasía este mismo papel, constituyendo también el almacén del que son extraídos los materiales para la construcción de la nueva realidad.

Pero el nuevo mundo exterior fantástico de la psicosis quiere sustituirse a la realidad exterior, mientras que el de la neurosis gusta de apoyarse, como los juegos infantiles, en un trozo de realidad -en un fragmento de la realidad distinto de aquel contra el cual tuvo que defenderse- y le presta una significación especial y un sentido oculto al que calificamos de «simbólico», aunque no siempre con plena exactitud.

Resulta, pues, que en ambas afecciones, la neurosis y la psicosis, se desarrolla no sólo una pérdida de realidad, sino también una sustitución de realidad.

FreudEn un trabajo recientemente publicado (EL «YO» Y EL «ELLO») hemos atribuido al aparato anímico una estructura que nos permite representar, en forma sencilla y clara, toda una serie de procesos y relaciones.

En otros puntos, por ejemplo en lo que se refiere al origen y a la función de superyó, queda aún mucho que aclarar. Habremos de exigir ahora que tal hipótesis resulte también útil y provechosa en otros terrenos, aunque no sea más que para mostrarnos, desde otro punto de vista, lo ya conocido, agruparlo de otra manera y describirlo más convincentemente.

A esta aplicación de la nueva hipótesis podría también enlazarse un provechoso retorno desde la teoría a la experiencia.

En el trabajo indicado se describen las múltiples dependencias del yo, su situación intermedia entre el mundo exterior y el Ello y su tendencia a servir al mismo tiempo a todos sus amos.

Relacionando estas circunstancias con otra ruta mental iniciada en un punto distinto, llegamos a una fórmula sencilla, que integra quizá la diferencia genética más importante entre la neurosis y la psicosis: la neurosis sería el resultado de un conflicto entre el «yo» y su «Ello», y, en cambio, la psicosis, el desenlace análogo de tal perturbación de las relaciones entre el «yo» y el mundo exterior.

Nunca conviene confiar mucho en la solución de un problema cuando la misma se presenta tan fácil; pero en este caso recordamos inmediatamente una serie de descubrimientos que parecen confirmarla.

Según todos los resultados de nuestro análisis, las neurosis de transferencia nacen a consecuencia de la negativa del yo a acoger una poderosa tendencia instintiva dominante en el Ello y procurar su descarga motora, o a dar por bueno el objeto hacia el cual aparece orientada tal tendencia.

El yo se defiende entonces de la misma por medio del mecanismo de la represión; pero lo reprimido se rebela contra este destino y se procura, por caminos sobre los cuales no ejerce el yo poder alguno, una satisfacción sustitutiva -el síntoma-que se impone al yo como una transacción; el yo encuentra alterada y amenazada su unidad por tal intrusión y continúa luchando contra el síntoma, como antes contra la tendencia instintiva reprimida, y de todo esto resulta el cuadro patológico de la neurosis.

No puede objetarse que al proceder el yo a la represión obedece en el fondo los mandatos del superyó, los cuales proceden a su vez de aquellas influencias del mundo exterior que se han creado una representación en el superyó.

Siempre resultará que el yo se ha puesto al lado de estos poderes, cuyas exigencias tienen más fuerza para él que las exigencias instintivas del Ello, siendo él mismo el poder que impone la represión en contra de aquellos elementos del Ello y la afirma por medio de la contracarga de la resistencia.

Así, pues, el yo ha entrado en conflicto con el Ello en servicio del superyó y de la realidad. Tal es la situación en todas las neurosis de transferencia.

De otra parte, nos es también muy fácil extraer del conocimiento adquirido hasta ahora sobre el mecanismo de la psicosis ejemplos que nos indican la perturbación de la relación entre el yo y el mundo exterior.

En la amencia de Meynert, la demencia aguda alucinatoria forma quizá la más extrema e impresionante de las psicosis; la percepción del mundo exterior cesa por completo o permanece totalmente ineficaz. Normalmente el mundo exterior domina al yo por dos caminos.

En primer lugar, mediante las percepciones actuales continuamente posibles, y en segundo, con el acervo mnémico de percepciones anteriores, que constituyen, como «mundo interior», un patrimonio y un elemento del yo.

En la amencia no sólo queda excluida la acogida de nuevas percepciones, sino también sustraída al mundo interior su significación (carga).

El yo se procura independientemente un nuevo mundo exterior e interior y surgen dos hechos indubitables: que este nuevo mundo es construido de acuerdo con las tendencias optativas del Ello y que la causa de esta disociación del mundo exterior es una privación impuesta por la realidad y considerada intolerable.

Esta psicosis muestra una gran afinidad interna con los sueños normales. Pero la condición del fenómeno onírico normal es, precisamente, el estado de reposo, entre cuyos caracteres hallamos el apartamiento del mundo real y de toda percepción.

De otras formas de psicosis, las esquizofrenias, sabemos que culminan en un embotamiento afectivo; esto es, en la pérdida de todo interés hacia el mundo exterior. Con respecto a la génesis de los delirios, algunos análisis nos han enseñado que el delirio surge precisamente en aquellos puntos en los que se ha producido una solución de continuidad en la relación del yo con el mundo exterior.

Si el conflicto con el mundo exterior, en el cual hemos visto la condición de la enfermedad, no se hace aún más patente, ello depende de que en el cuadro patológico de la psicosis quedan a veces encubiertos los fenómenos del proceso patógeno por los de una tentativa de curación o de reconstrucción.

 

La etiología común a la explosión de una psiconeurosis o una psicosis es siempre la privación, el incumplimiento de uno de aquellos deseos infantiles, jamás dominados, que tan hondamente arraigan en nuestra organización, determinada por la filogenia.

Esta privación tiene siempre en el fondo un origen exterior, aunque en el caso individual parezca partir de aquella instancia interior (en el superyó) que se ha atribuido la representación de las exigencias de la realidad.

El efecto patógeno depende de que el yo permanezca fiel en este conflicto a su dependencia del mundo exterior e intente amordazar al Ello, o que, por el contrario, se deje dominar por el Ello y arrancar así a la realidad.

Pero en esta situación, aparentemente sencilla, introduce una complicación la existencia del superyó, que reúne en sí, en un enlace aún impenetrado, influencias del Ello y otras del mundo exterior, constituyendo, en cierto modo, un modesto ideal hacia el que tienden todas las aspiraciones del yo: la conciliación de sus múltiples dependencias.

En todas las formas de enfermedad psíquica habría de tenerse en cuenta la conducta del superyó, cosa que no se ha hecho hasta ahora. Pero ya podemos indicar, provisionalmente, que ha de haber también afecciones cuya base esté en un conflicto entre el yo y el superyó.

El análisis nos da derecho a suponer que la melancolía es un ejemplo de este grupo, al que daríamos entonces el nombre de «psiconeurosis narcisistas».

El hecho de que encontremos motivos para separar de las demás psicosis estados tales como la melancolía, no concuerda mal con nuestras impresiones. Pero entonces advertimos que podríamos completar nuestra fórmula genética sin abandonarla. La neurosis de transferencia corresponde al conflicto entre el yo y el Ello; las neurosis narcisistas a un conflicto entre el yo y el superyó, y la psicosis, al conflicto entre el yo y el mundo exterior.

Al principio no podemos decir, ciertamente, si hemos conquistado, en realidad, nuevos conocimientos o si tan sólo hemos enriquecido nuestra colección de fórmulas; pero, a mi juicio, esta posibilidad de aplicación debe darnos ánimos para mantener la indicada articulación del aparato anímico en un yo, un superyó, y un Ello. La afirmación de que las neurosis y las psicosis nacen de los conflictos del yo con sus distintas instancias dominantes, esto es, que corresponden a un fracaso de la función del yo, el cual se esfuerza, sin embargo, en conciliar las distintas exigencias, precisa aún de nuevas investigaciones para ser completada. Quisiéramos saber en qué circunstancias y por qué medios consigue el yo escapar, sin enfermar, a tales conflictos, constantemente dados.

Es éste un nuevo campo de investigación en el que habremos de encontrar los más diversos factores. Por lo pronto, ya podemos indicar dos.

El desenlace de todas estas situaciones habrá de depender, indudablemente, de circunstancias económicas, de las magnitudes relativas de las tendencias combatientes entre sí.

Además, el yo podrá evitar un desenlace perjudicial en cualquier sentido, deformándose espontáneamente, tolerando daños de su unidad o incluso disociándose en algún caso.

De este modo, las inconsecuencias y las chifladuras de los hombres resultarían análogas a sus perversiones sexuales en el sentido de ahorrarles represiones. Para terminar, recordaremos la interrogación de si el proceso en el cual se aparta el yo del mundo exterior constituirá un mecanismo análogo a la represión.

A mi juicio, esta cuestión no puede ser resuelta sin nuevas investigaciones; pero, de todos modos, sí puede afirmarse ya que habrá de entrañar, como la represión, una retracción de la carga destacada por el yo.


Haz clic aquí para suscribirte y recibir notificaciones de nuevos posts por email

agosto 2009
L M X J V S D
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31  
A %d blogueros les gusta esto: