Planeta Freud

Archive for agosto 27th, 2009

Freud

El psicoanálisis es un hijo de la indigencia médica; surgió de la necesidad de auxiliar a los enfermos neuróticos, a quienes ningún beneficio podían ofrecer el reposo, la hidroterapia o el tratamiento eléctrico.

Una observación sumamente notable de José Breuer despertó la esperanza de que se podría prestarles tanto mayor ayuda cuanto más profundamente se comprendiera la génesis de sus síntomas, hasta entonces desconocida.

De tal suerte, el psicoanálisis, nacido como una técnica puramente médica, se orientó desde el principio a la exploración, a la revelación de vinculaciones recónditas y de vasto alcance.

Su evolución posterior lo apartó, en medida que debía resultar sorprendente para el médico, del estudio de las condiciones somáticas en las cuales aparecen las enfermedades nerviosas, orientándose en cambio hacia todo el contenido psíquico que colma la vida humana, también la del individuo sano, sea normal o hipernormal.

Hubo de ocuparse en los afectos y las pasiones, ante todo en aquellos que los poetas no se cansan de representar y ensalzar: los de la vida amorosa; aprendió a reconocer el poderío de los recuerdos, la insospechada importancia que los primeros años de la infancia tienen para la plasmación de la madurez ulterior, la potencia de los deseos que falsean el juicio del hombre e imponen vías inalterables a sus aspiraciones.

Durante un tiempo el psicoanálisis pareció estar condenado a agotarse en la psicología, sin poder indicar por qué se diferencia la psicología del enfermo de la del normal.

En su camino se encontró, empero, con el problema del sueño, un producto psíquico anormal creado por seres normales en condiciones fisiológicas periódicas.

Al resolver el psicoanálisis el enigma del sueño halló en el psiquismo inconsciente el terreno común en el cual arraigan las tendencias psíquicas más elevadas tanto como las más bajas, del cual surgen las producciones anímicas más normales, como las aberrantes y mórbidas.

Desde entonces, el cuadro del funcionalismo psíquico se le presentó con creciente nitidez e integridad. Oscuras energías instintivas, surgidas de lo orgánico y tendientes a fines innatos; sobre ellas, una serie jerárquica de formaciones psíquicas con organización más elevada -adquisiciones de la evolución humana bajo el imperio de la historia humana-, instancias que han incorporado partes de esas tendencias instintivas, perfeccionándolas o imponiéndoles fines más elevados pero, en todo caso, ligándolas con vínculos sólidos y aprovechando sus energías instintivas para los propios fines.

Pero esta organización superior que conocemos como el yo rechazó por inútil otra parte de los mismos impulsos instintivos elementales, que no podían someterse a la unidad orgánica del individuo o que se oponían a los objetivos culturales del mismo.

El yo no es capaz de extirpar estas potencias psíquicas sustraídas a su dominio, pero se aparta de ellas, las abandona en el nivel psicológico más primitivo, se defiende contra sus exigencias mediante enérgicas formaciones defensivas y reactivas, o bien trata de aplacarlas con satisfacciones sustitutivas.

Indómitos e indestructibles, pero impedidos de realizarse, estos instintos sometidos a la represión forman, con sus representaciones psíquicas primitivas, el mundo anímico subterráneo, el núcleo de lo genuinamente inconsciente, siempre dispuestos a hacer valer sus derechos y a irrumpir hacia la satisfacción a través de cualquier rodeo.

De ahí la habilidad de la imponente superestructura psíquica; la ofensiva nocturna que lo condenado y reprimido efectúa en el sueño; la propensión a caer en la neurosis o la psicosis apenas la relación de fuerzas entre el yo y lo reprimido se desplace en sentido desfavorable para aquél.

Reflexionando, se advierte al punto que semejante concepción de la vida psíquica humana no podía limitarse al terreno del sueño y de las enfermedades neuróticas, pues si había dado con algo cierto, también debía tener vigencia para los fenómenos psíquicos normales, y aun en las más excelsas producciones del espíritu humano podría reconocerse una relación con los factores hallados en la patología: con la represión, con los esfuerzos por dominar lo inconsciente, con las posibilidades de satisfacción de los instintos primitivos.

La aplicación de los métodos de investigación psicoanalíticos a sectores alejados de su tierra madre, a las más diversas ciencias del espíritu, fue desde ese momento una tentación irresistible, un imperativo científico.

Aun la labor analítica con los pacientes incitaba sin cesar a emprender esta tarea, pues era imposible dejar de reconocer que las formas individuales de las neurosis exhiben analogías evidentísimas con las más valiosas producciones de nuestra cultura.

El histérico es un poeta declarado, aunque manifieste sus fantasías en forma esencialmente mímica y sin considerar si el prójimo lo comprende; el ceremonial y las prohibiciones del neurótico obsesivo nos inducen a aceptar que éste se ha creado una religión privada, y aun las construcciones delirantes del paranoico muestran una enojosa semejanza exterior y un parentesco íntimo con los sistemas de nuestros filósofos.

No es posible rehuir la impresión de que estos enfermos emprenden, en forma asocial, las mismas tentativas para solucionar sus conflictos y para atenuar sus necesidades imperiosas, que suelen llamarse poesía, religión y filosofía, cuando son realizadas en una forma convencional para la mayoría de los seres.

En un trabajo pletórico de ideas (Die Bedeutung der Psychoanalyse für die GeisteswissenschaftenLa importancia del psicoanálisis para las ciencias del espíritu»), O. Rank y H. Sachs compendiaron en 1913 los resultados que hasta esa fecha había suministrado la aplicación del psicoanálisis a las ciencias del espíritu. La mitología, la historia de la literatura y la de las religiones parecen ser los terrenos más fácilmente accesibles.

Aún no se ha encontrado la fórmula que permita incluir el mito en este sistema.

En un voluminoso libro sobre el complejo del incesto, Otto Rank presentó la sorprendente prueba de que la elección de los temas, especialmente en la poesía dramática, está determinada principalmente por el sector de lo que el psicoanálisis denomina el complejo de Edipo, mediante cuya elaboración en las más diversas variaciones, deformaciones y disfraces, el poeta intenta solucionar su propia posición personal frente a ese tema afectivo.

El complejo de Edipo, es decir, la actitud afectiva ante la familia, o, en sentido más estricto, ante el padre y la madre, es el tema frente a cuya superación fracasa el neurótico y que por eso constituye regularmente el núcleo de su neurosis.

Sin embargo, su importancia no obedece a una mera coincidencia incomprensible para nosotros, sino que son los hechos biológicos de la prolongada dependencia y de la lenta maduración del joven ser humano, así como de la complicada evolución de su capacidad amorosa, los que se expresan en esta acentuación del vínculo con los padres, los que tienen por consecuencia que la superación del complejo de Edipo coincida con el dominio más adecuado sobre la herencia arcaica, animal, del hombre.

Aunque ésta contiene todas las energías necesarias para la ulterior evolución cultural del individuo, es preciso que antes sean seleccionadas y elaboradas. Tal como el hombre lo trae consigo, este acervo hereditario arcaico no es utilizable para los fines de la vida cultural en sociedad.

Un paso más nos lleva al punto del cual arrancó la consideración psicoanalítica de la vida religiosa. Lo que es hoy un bien hereditario para cada individuo fue otrora una nueva adquisición, transmitida a través de una larga serie de generaciones.

Por consiguiente, también el complejo de Edipo debe tener una historia evolutiva, y el estudio de la prehistoria puede llevarnos a retrasarla. La investigación científica admite que la vida familiar humana fue en lejanas épocas prehistóricas muy distinta de la que ahora es, logrando confirmar esta presunción mediante el estudio de los pueblos primitivos que sobreviven actualmente.

Si además se somete a elaboración psicoanalítica dicho material prehistórico y etnológico, surge un resultado inesperadamente preciso: Dios-Padre había existido otrora en carne y hueso sobre la tierra, ejerciendo su poderío dominante como cacique de la primitiva horda humana, hasta que sus hijos, unidos, lo mataron.

Además, el efecto de este crimen liberador y la reacción ante el mismo originaron los primeros vínculos sociales, las restricciones morales básicas y la forma más antigua de una religión: el totemismo.

Pero también las religiones más recientes están llenas del mismo contenido, y mientras por un lado se esfuerzan por borrar las huellas de aquel crimen o por expiarlo al ofrecernos nuevas soluciones para la lucha entre padre e hijos, por otro lado no pueden menos que volver a repetir la eliminación del padre. No obstante, también en el mito puede reconocerse la repercusión de aquel suceso que arroja su sombra gigantesca sobre toda la evolución de la Humanidad.

Esta hipótesis, basada en las comprobaciones de Robertson Smith y desarrollada por mí, en 1912, en TOTEM Y TABÚ, Theodor Reik la tomó como fundamento de sus estudios sobre los problemas de la psicología de las religiones, cuyo primer volumen tenemos ante nuestros ojos.

Fieles a la técnica psicoanalítica, estos trabajos parten de particularidades de la vida religiosa, hasta ahora incomprendidas, para ganar a través de su escrutación un conocimiento sobre las precondiciones básicas y los fines últimos de las religiones, teniendo constantemente presentes los vínculos entre lo prehistórico y lo primitivo de hoy en día, así como la relación entre los productos culturales y las formaciones sustitutivas de las neurosis.

Por lo demás, podemos remitirnos a la introducción del autor, expresando nuestra esperanza de que su obra se recomendará por sí misma a la consideración de los entendidos.

FreudCuando desconfiamos de nuestra memoria -desconfianza que alcanza gran intensidad en los neuróticos, pero que también está justificada en los normales- podemos complementar y asegurar esta función por medio de anotaciones gráficas. La superficie que conserva estas anotaciones, pizarra u hoja de papel, es entonces como una parte materializada del aparato mnémico que llevamos, invisible en nosotros.

Nos bastará, pues, saber el lugar en el que se halla el «recuerdo»; así fijado para poderlo «reproducir» a voluntad con la certeza de que ha permanecido invariable, habiendo eludido así las deformaciones que quizá hubiese sufrido en nuestra memoria.

Pero cuando queremos servirnos ampliamente de esta técnica para perfeccionar nuestra función mnémica, advertimos que podemos poner en práctica dos distintos procedimientos. Podemos, primeramente, elegir una superficie que conserve intacta, durante mucho tiempo, la anotación a ella confiada, esto es, una hoja de papel sobre la que escribiremos con tinta, obteniendo así una «huella mnémica permanente».

La desventaja de este procedimiento consiste en que la capacidad de la superficie receptora se agota pronto. La hoja de papel no ofrece ya lugar para nuevas anotaciones, y nos vemos obligados a tomar otras nuevas.

Por otro lado, la ventaja que este procedimiento nos ofrece al procurarnos una «huella permanente» puede perder para nosotros su valor cuando, al cabo de algún tiempo, deja de interesarnos lo anotado y no queremos ya «conservarlo en la memoria».

El segundo procedimiento no presenta estos defectos.

Si escribimos, por ejemplo, con tiza sobre una pizarra, tendremos una superficie de capacidad receptora ilimitada, de la que podremos borrar las anotaciones en cuanto cesen de interesarnos, sin tener por ello que destruirla o tirarla.

El inconveniente está aquí en la imposibilidad de conservar una huella permanente, pues al querer inscribir en la pizarra cubierta ya de anotaciones alguna nueva, tenemos que borrar parte de las anteriores.

Así pues, en los dispositivos con los cuales sustituimos nuestra memoria, parecen excluirse entre sí, la capacidad receptora ilimitada y la conservación de huellas permanentes; hemos de renovar la superficie receptora o destruir las anotaciones.

Los aparatos auxiliares que hemos inventado para perfeccionar o intensificar nuestras funciones sensoriales están todos construidos a semejanza del órgano sensorial correspondiente o de un parte del mismo (lentes, cámaras fotográficas, trompetillas, etc.).

Desde este punto de vista, los dispositivos auxiliares de nuestra memoria parecen muy defectuosos, pues nuestro aparato anímico realiza precisamente lo que aquéllos no pueden. Presenta una ilimitada capacidad receptora de nuevas percepciones y crea, además, huellas duraderas, aunque no invariables, de las mismas.

Ya en LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS (1900) expusimos la sospecha de que esta facultad, poco común correspondía a la función de dos distintos sistemas (órganos del aparato anímico).

Poseeríamos un sistema encargado de recibir las percepciones, pero no de conservar de ellas una huella duradera, conduciéndose así, con respecto a cada nueva percepción, como una cuartilla intacta. Tales huellas permanentes de los estímulos acogidos surgirían luego en los «sistemas mnémicos» situados detrás del sistema receptor.

Más tarde (MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DEL PLACER) agregamos la observación de que el fenómeno inexplicable de la conciencia nace en el sistema perceptor en lugar de las huellas duraderas.

Hace poco tiempo ha surgido en el comercio, con el nombre de «block maravilloso», un objeto que parece prometer mayor utilidad que la hoja de papel o la pizarra.

No pretende ser más que un memorándum del cual pueden borrarse cómoda y sencillamente las anotaciones. Pero si lo observamos más detenidamente encontramos en su construcción una singular coincidencia con la estructura por nosotros supuesta de nuestro aparato perceptor y comprobamos que puede, en efecto, ofrecernos las dos cosas: una superficie receptora siempre pronta y huellas permanentes de las anotaciones hechas.

El block maravilloso es una lámina de resina o cera de color oscuro, encuadrada en un marco de papel y sobre la cual va una fina hoja transparente, sujeta en su borde superior y suelta en el inferior.

Esta hoja es la parte más interesante de todo el aparato.

Se compone, a su vez, de dos capas separables, salvo en los bordes transversales. La capa superior es una lámina transparente de celuloide, y la inferior, un papel encerado muy delgado y translúcido. Cuando el aparato no es empleado, la superficie interna del papel encerado permanece ligeramente adherida a la cara superior de la lámina de cera.

Para usar este block maravilloso se escribe sobre la capa de celuloide de la hoja que cubre la lámina de cera. Para ello no se emplea lápiz ni tiza, sino, como en la antigüedad, un estilo o punzón.

Pero en el block maravilloso, el estilo no graba directamente la escritura sobre la lámina de cera, sino por mediación de la hoja que la recubre, adhiriendo a la primera, en los puntos sobre los que ejerce presión, la cara interna del papel encerado, y los trazos así marcados se hacen visibles en un color más oscuro, en la superficie grisácea del celuloide.

Cuando luego se quiere borrar lo escrito basta separar ligeramente de la lámina de cera la hoja superior, cuyo borde inferior queda libre.

El contacto establecido por la presión del estilo entre el papel encerado y la lámina de cera, contacto al que se debía la visibilidad de lo escrito, queda así destruido, sin que se establezca de nuevo al volver a tocarse ambos, y el block maravilloso aparece otra vez limpio y dispuesto a acoger nuevas anotaciones.

Las pequeñas imperfecciones de este objeto no presentan, naturalmente, para nosotros interés alguno, puesto que nuestra intención no es sino perseguir sus coincidencias con la estructura de nuestro aparato anímico perceptor.

Si después de escribir sobre el block maravilloso separamos con cuidado la hoja de celuloide de la de papel encerado, seguimos viendo lo escrito sobre la superficie de este último y podemos preguntarnos qué utilidad ha de tener la hoja de celuloide.

Pero en seguida advertimos que el papel encerado se rasgaría o se arrugaría si escribiésemos directamente sobre él con el estilo. La hoja de celuloide es, por tanto, una cubierta protectora del papel encerado, destinada a protegerle de las acciones nocivas ejercidas sobre él desde el exterior.

El celuloide es un «dispositivo protector contra las excitaciones», y la capa que las acoge es propiamente el papel. Podemos ya recordar aquí que en MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DEL PLACER expusimos que nuestro aparato perceptor se componía de dos capas: una protección exterior contra los estímulos, encargada de disminuir la considerable magnitud de los mismos, y bajo ella, la superficie receptora. La analogía no tendría mucho valor si terminase aquí. Pero aún va más lejos.

Si levantamos toda la cubierta -celuloide y papel encerado-, separándola de la lámina de cera, desaparece definitivamente lo escrito. La superficie del block queda limpia y dispuesta a acoger nuevas anotaciones. Pero no es difícil comprobar que la huella permanente de lo escrito ha quedado conservada sobre la lámina de cera, siendo legible a una luz apropiada.

Así pues, el block no ofrece tan sólo una superficie receptora utilizable siempre de nuevo, como la pizarra, sino que conserva una huella permanente de lo escrito, como la hoja de papel. Resuelve el problema de reunir ambas facultades distribuyéndolas entre dos elementos -sistemas- distintos, pero enlazados entre sí.

Coincide, pues, exactamente, con la hipótesis antes citada sobre la estructura de nuestro aparato anímico perceptor. La capa que acoge los estímulos no conserva su huella permanente, y los fundamentos de nuestra memoria nacen en otro sistema vecino. No debe preocuparnos aquí que las huellas permanentes de las anotaciones recibidas no sean ya utilizadas en el block maravilloso.

Basta que exista. Alguna vez ha de concluir la analogía de tal aparato auxiliar con el órgano que copia. El block maravilloso no puede tampoco «reproducir» las inscripciones borradas «desde el interior».

Sería realmente maravilloso si pudiera hacerlo así, como nuestra memoria. De todos modos, no nos parece muy aventurado comparar la cubierta compuesta por el celuloide y el papel encerado con el sistema receptor de los estímulos y su dispositivo protector, la lámina de cera, con el sistema inconsciente situado detrás de él, y la aparición y desaparición de lo escrito, con la conducta correspondiente de la conciencia en cuanto a las percepciones. Pero, además, confieso que me siento inclinado a llevar más allá la comparación.

En el block maravilloso, la escritura desaparece cada vez que suprimimos el contacto entre el papel receptor del estímulo y la lámina de cera que guarda la impresión.

Esta circunstancia coincide con una idea que hace tiempo nos hemos formado sobre el funcionamiento del aparato psíquico perceptor, pero que nunca habíamos aún expuesto. Hemos supuesto que desde el interior son constantemente enviadas al sistema perceptor y retiradas de él inervaciones de carga psíquica.

En tanto que el sistema se mantiene investido de energía psíquica recibe las percepciones acompañadas de conciencia y transmite el estímulo a los sistemas mnémicos inconscientes.

Pero cuando la carga de energía psíquica es retraída de él, se apaga la conciencia y cesa la función del sistema.

Es como si lo inconsciente destacase, por medio del sistema receptor y hacia el mundo exterior, unos sensibles tentáculos y los retrajese una vez comprobados los estímulos.

En nuestra hipótesis adscribimos las interrupciones que en el block maravilloso provoca una acción exterior al efecto de una discontinuidad de las inervaciones, y en lugar de una supresión real del contacto suponemos una insensibilidad periódica del sistema perceptor. Por último, suponemos también que este funcionamiento discontinuo del sistema perceptor constituye la base de la idea del tiempo.

Si se imagina que mientras una mano escribe en el block maravilloso hay otra que levanta periódicamente la cubierta, se tendrá una idea de la forma en que por nuestra parte hemos tratado de representar la función de nuestro aparato psíquico perceptor.

FreudEl lactante sostenido por el brazo de su nodriza que se aparta sollozando de una cara extraña; el creyente que inicia el nuevo año con una oración, y que saluda, bendiciéndolos, los primeros frutos del estío; el aldeano que se niega a comprar una guadaña si no lleva la marca de fábrica familiar a sus antecesores: he aquí tres situaciones cuya discrepancia es manifiesta y que parecería acertado reducir a motivos particulares para cada una.

Sin embargo, sería injusto ignorar, lo que tienen de común. En los tres casos se trata de un mismo displacer, que en el niño halla expresión elemental y primitiva, en el creyente aparece artificiosamente elaborado, para el aldeano se convierte en motivo de una decisión.

Pero la fuente de este displacer es el esfuerzo que lo nuevo exige a la vida anímica, el desgaste psíquico que le impone, su concomitante inseguridad exacerbada hasta la angustiosa expectativa.

Sería tentador hacer de la reacción psíquica frente a lo nuevo el tema de un estudio especial, pues en ciertas -aunque ya no primordiales- condiciones también se suele observar la actitud opuesta: una sed de estimulación que se apodera de cuanto nuevo encuentra, simplemente por ser nuevo.

La aprensión ante lo nuevo no debería sentar plaza en la labor científica. La ciencia, eternamente incompleta e insuficiente, está destinada a perseguir su fortuna en nuevos descubrimientos y en nuevas concepciones. Para evitar el engaño fácil le conviene armarse de escepticismo, y rechazar toda innovación que no haya soportado su riguroso examen.

Mas este escepticismo muestra en ocasiones dos características insospechadas, pues mientras se opone con violencia a la novedad recién nacida, protege respetuosamente lo que ya conoce y acepta, conformándose, pues, con reprobar aun antes de haber investigado.

Pero así se desenmascara como un simple heredero de aquella primitiva reacción contra lo nuevo, como un nuevo disfraz para asegurar su subsistencia.

Todos sabemos cuán frecuentemente en la historia de la investigación científica las innovaciones fueron recibidas con intensa y pertinaz resistencia, revelando la evolución ulterior que ésta era injusta, y aquéllas, valiosas e importantes. Por lo general eran ciertos elementos temáticos de la novedad los que provocaban la resistencia, aunque por otro lado siempre debían concurrir varios factores para poder desencadenar esa reacción primitiva.

Una recepción particularmente ingrata le fue deparada al psicoanálisis, que el autor comenzó a desarrollar hace casi treinta años, basándose en las comprobaciones de Josef Breuer, de Viena, relativas al origen de los síntomas neuróticos.

Su novedad era indiscutible, aunque junto a estos hallazgos elaborara cuantioso material ya conocido de otras fuentes, además de resultados emanados de las doctrinas del gran neuropatólogo Charcot y de impresiones surgidas de los fenómenos hipnóticos.

Al principio su importancia fue puramente terapéutica: pretendía establecer un nuevo y eficaz tratamiento de las enfermedades neuróticas. Pero ciertas vinculaciones, que al principio no pudieron ser sospechadas, llevaron al psicoanálisis más allá de su objetivo original.

De tal manera, por fin, llegó a sustentar la pretensión de haber fundado sobre nuevas bases nuestra entera concepción de la vida psíquica, pretensión que afianza su importancia en cuanto sector del conocimiento se apoye en la psicología. Después de un decenio de completo desdén, se convirtió de pronto en objeto de interés público, y al mismo tiempo desencadenó una tempestad de indignada reprobación.

Pasemos por alto aquí las formas tras las cuales se manifestó la resistencia contra el psicoanálisis; baste observar que la lucha en torno de esta novedad de ningún modo ha tocado a su fin, aunque ya es posible reconocer la orientación que adoptará en el futuro: sus enemigos no han logrado suprimir el movimiento.

El psicoanálisis, cuyo representante único fui hace veinte años, halló desde entonces numerosos seguidores de importancia, animados por diligente afán, tanto médicos como profanos, que lo ejercen como procedimiento terapéutico para los enfermos nerviosos, como método de investigación psicológica y como recurso auxiliar de la labor científica en los más diversos campos del espíritu.

Nuestro interés sólo ha de dirigirse aquí a los motivos de la resistencia contra el psicoanálisis, atendiendo particularmente a la composición de ésta y a la distinta valía de sus componentes. La consideración clínica ha de situar las neurosis junto a las intoxicaciones o los procesos análogos a la enfermedad de Basedow.

Trátase de estados producidos por exceso o falta relativa de determinadas sustancias muy potentes, ya se formen éstas en el propio organismo o sean introducidas desde fuera; es decir, que son en realidad trastornos del quimismo: toxicosis.

Si alguien lograse demostrar y aislar la o las sustancias hipotéticas que intervienen en la génesis de las neurosis, tal hallazgo no tropezaría por cierto con la protesta de los médicos.

Mas por ahora no disponemos de ningún camino que nos lleve a semejante meta.

Sólo podemos tomar como punto de partida el cuadro sintomático que presentan las neurosis; por ejemplo, en la histeria, el cortejo de trastornos somáticos y psíquicos.

Ahora bien: tanto las experiencias de Charcot como las observaciones clínicas de Breuer nos enseñaron que también los síntomas somáticos de la histeria son psicogénicos, es decir, que representan sedimentos de procesos psíquicos transcurridos. Gracias al establecimiento del estado hipnótico se pudo provocar arbitraria y experimentalmente dichos síntomas somáticos de la histeria.

El psicoanálisis tomó este nuevo conocimiento como punto de partida, comenzando por preguntarse acerca de la índole de esos procesos psíquicos que dan lugar a tan singulares consecuencias.

Pero semejante orientación, científica no podía agradar a la generación médica de entonces, educada en el sentido de la valoración exclusiva de los factores anatómicos, físicos y químicos sin estar preparada para apreciar lo psíquico, de modo que lo enfrentaron con indiferencia y aversión.

Evidentemente, los médicos dudaban de que los hechos psíquicos pudieran ser sometidos, en principio, a una elaboración científica exacta.

Reaccionando desmesuradamente contra una fase superada de la medicina en la que habían reinado las concepciones de la llamada filosofía de la naturaleza, esa generación consideraba nebulosas, fantásticas y místicas a las abstracciones del tipo que la psicología debe por fuerza utilizar; en cuanto a los fenómenos enigmáticos que podrían convertirse en puntos de partida para la investigación, simplemente les negaba todo crédito.

Los síntomas de la neurosis histérica eran tenidos por productos de la simulación; las manifestaciones del hipnotismo, por supercherías.

Hasta los psiquiatras, cuya atención se ve asediada por los fenómenos psíquicos más extraordinarios y asombrosos, no se mostraban dispuestos a considerarlos en detalle y a perseguir sus vinculaciones, conformándose con clasificar el abigarrado cuadro de las exteriorizaciones mórbidas y con reducirlas, siempre que fuera posible, a factores patógenos somáticos, anatómicos o químicos.

En esta época materialista -o, más bien, mecanicista- la medicina realizó magníficos progresos, pero, no obstante, ignoró ciegamente el más excelso y difícil de los problemas que plantea la vida.

Es comprensible que los médicos, embargados por semejante posición frente a lo psíquico, no concedieran su favor al psicoanálisis ni se mostraran dispuestos a seguir su invitación para aplicar nuevos enfoques y para encarar muchas cosas de distinto modo.

Pero cabría aceptar que la nueva doctrina despertara tanto más fácilmente el aplauso de los filósofos, ya que éstos solían encabezar sus explicaciones del universo con conceptos abstractos -o, al decir de malas lenguas, con palabras sin significado-, de modo que no tenían por qué condenar la dilatación del campo psicológico que emprendía el psicoanálisis.

Pero aquí tropezó con un nuevo obstáculo, pues lo psíquico de los filósofos no equivalía a lo psíquico del psicoanálisis.

En su mayoría, los filósofos sólo califican de psíquico a lo que es un fenómeno de consciencia; para ellos, el mundo de lo consciente coincide con el ámbito de lo psíquico. Cuanto pueda suceder, fuera de esto, en el «alma», tan difícil de captar, lo adjudican a las precondiciones orgánicas o a los procesos paralelos de lo psíquico.

En términos más concisos, el alma no tiene otro contenido, sino los fenómenos conscientes, de modo que la ciencia del alma, la psicología, mal puede tener otro objeto. Tampoco el profano piensa de distinta manera.

¿Qué puede decir, pues, el filósofo ante una ciencia como el psicoanálisis, según la cual lo psíquico, en sí, sería inconsciente, y la consciencia, sólo una cualidad que puede agregarse, o no, a cada acto psíquico, sin que su eventual ausencia modifique algo en éste?

Naturalmente, el filósofo afirmará que un ente psíquico inconsciente es un desatino, una contradictio in adjecto, y no advertirá que con semejante juicio no hace sino repetir su propia -y quizá demasiado estrecha- definición de lo psíquico.

Al filósofo le resulta fácil lograr esta certidumbre, pues ignora el material cuyo estudio impuso al analista la convicción de los actos psíquicos inconscientes.

No ha considerado el hipnotismo; no se esforzó en la interpretación de los sueños -que prefiere considerar, como el médico, cual productos sin sentido, resultantes de la actividad mental atenuada durante el reposo-; apenas sospecha que existen cosas como las ideas obsesivas y delirantes, y se le pondría en gran aprieto invitándole a explicarlas mediante sus premisas psicológicas.

También el analista se niega a declarar qué es lo inconsciente, pero al menos puede señalar un sector fenoménico cuya observación le impuso la aceptación de lo inconsciente.

El filósofo, que no conoce otra forma de observación más que la de sí mismo, no puede seguir al analista por este camino.

Así, el psicoanálisis sólo saca desventajas de su posición intermedia entre la medicina y la filosofía.

El médico lo considera como un sistema especulativo y se niega a creer que, como cualquier otra ciencia de la Naturaleza, se base en una paciente y afanosa elaboración de hechos procedentes del mundo perceptivo; el filósofo, que la mide con la vara de sus propios sistemas artificiosamente edificados, considera que parte de premisas inaceptables y le achaca el que sus conceptos principales -aún en pleno desarrollo- carezcan de claridad y precisión.

Semejante situación bastaría para explicar la recepción indignada y reticente que los círculos científicos dispensaron al psicoanálisis, pero no permite comprender cómo se pudo llegar a esos estallidos de furia, sarcasmo y desprecio, al abandono de todos los preceptos de la lógica y del buen gusto en la polémica.

Tal reacción permite adivinar que debieron haberse animado otras resistencias, fuera de las meramente intelectuales; que fueron despertadas fuertes potencias afectivas. La doctrina psicoanalítica contiene, en efecto, bastantes elementos a los cuales se podría atribuir tal repercusión sobre las pasiones humanas, y no sólo sobre las de los hombres de ciencia.

Así, nos encontramos ante todo con la fundamental importancia que el psicoanálisis concede a los denominados instintos sexuales en la vida psíquica del hombre.

Según la teoría psicoanalítica, los síntomas neuróticos son deformadas satisfacciones sustitutivas de energías instintivas sexuales, cuya satisfacción directa ha sido frustrada por resistencias interiores.

Más tarde, cuando el psicoanálisis traspuso los límites de su primitivo campo de labor, permitiendo su aplicación a la vida psíquica normal procuró demostrar que los mismos componentes sexuales, desviados de sus fines más directos a otros más lejanos, constituyen los más importantes aportes a las obras culturales del individuo y de la comunidad.

Estas afirmaciones no eran totalmente nuevas, pues ya el filósofo Schopenhauer había señalado con palabras de inolvidable vigor la incomparable importancia de la vida sexual; por otra parte, lo que el psicoanálisis denominó «sexualidad», de ningún modo coincidía con el impulso a la unión de los sexos o a la provocación de sensaciones placenteras en los órganos genitales, sino más bien con el Eros del Symposion platónico, fuerza ubicua y fuente de toda vida.

Pero los adversarios olvidaron la existencia de tan ilustres precursores, ensañándose con el psicoanálisis como si éste hubiera cometido un atentado contra la dignidad de la especie humana.

Le achacaron un «pansexualismo», aunque la teoría psicoanalítica de los instintos siempre fue estrictamente dualista y en ningún momento dejó de reconocer, junto a los instintos sexuales, la existencia de otros, a los cuales atribuía precisamente la energía necesaria para rechazar los instintos sexuales.

Originalmente esta antítesis de los instintos se había establecido entre los instintos sexuales y los del yo, mientras que una orientación más reciente de la teoría la plantea entre el Eros y el instinto de muerte o de destrucción.

La parcial atribución del arte, la religión y el orden social, a la injerencia de energías instintivas sexuales, fue recibida como una denigración de los más altos patrimonios de la cultura, proclamándose solemnemente que el hombre también tendría otros intereses, además de los sexuales, pero olvidando en el apuro que también los tiene el animal -pues sólo está supeditado a la sexualidad esporádicamente en ciertas épocas, y no permanentemente, como el hombre-; olvidando que estos otros intereses jamás fueron negados en el hombre, y que al demostrarse su origen de elementales fuentes instintivas animales, en nada se reduce el valor de una conquista cultural.

Tanta falta de lógica y tamaña injusticia exigen una explicación. No será difícil hallar su causa provocadora. La cultura humana reposa sobre dos pilares: uno, la dominación de las fuerzas naturales; el otro, la coerción de nuestros instintos.

Esclavos encadenados son los que soportan el trono de la soberana.

Entre los elementos instintuales así sometidos a su servicio, descuellan por su fuerza y su salvajez los instintos sexuales en sentido más estricto. ¡Ay si quedasen en libertad!: el trono seria derribado estrepitosamente, y la soberana, pisoteada sin conmiseración.

Bien lo sabe la sociedad, y no quiere que de ello se hable. Pero ¿por qué no? ¿Qué mal podría traer su comentario? El psicoanálisis jamás estimuló el desencadenamiento de nuestros instintos socialmente perniciosos; bien al contrario, señaló su peligro y recomendó su corrección. Pero la sociedad nada quiere saber de que se revelen tales condiciones, porque su conciencia le remuerde en más de un sentido.

Ante todo, ha implantado un alto ideal de moralidad -moralidad significa coerción de los instintos-, cuyo cumplimiento exige a todos sus miembros, sin preocuparse de lo difícil que esta obediencia pueda resultarle al individuo. Pero, en cambio, no cuenta con una organización tan íntegra y perfecta como para poder indemnizar al individuo por su renuncia a los instintos.

Por consiguiente, quédale librado a éste el camino por el cual podrá conseguir compensación suficiente para el sacrificio que se le impuso, conservando así su equilibrio psíquico. Pero, en suma, el hombre se ve obligado a exceder psicológicamente sus medios de vida, mientras que por otro lado sus exigencias instintuales insatisfechas le hacen sentir las imposiciones culturales como una constante opresión.

Con esto, la sociedad sostiene un estado de hipocresía cultural que necesariamente será acompañado por un sentimiento de inseguridad y por la imprescindible precaución, que consiste en prohibir toda crítica y discusión al respecto.

Esto rige para todas las tendencias instintuales, es decir, también para las egoístas; no hemos de investigar aquí la medida en que se puede aplicar el mismo patrón a todas las culturas, y no solamente a las que ya han completado su evolución.

Agrégase a esto, en lo que a los instintos estrictamente sexuales se refiere, el hecho de que la mayoría de los hombres los dominan en forma insuficiente y psicológicamente incorrecta, de modo que son éstos, precisamente, los más propensos a desencadenarse.

El psicoanálisis pone al descubierto las flaquezas de este sistema y recomienda su corrección. Propone ceder en la rigidez de la represión instintual, concediendo, en cambio, más espacio a la sinceridad.

Ciertos impulsos instintuales, en cuya supresión la sociedad ha ido demasiado lejos, han de ser dotados de mayor satisfacción; en otros, el ineficaz método de dominio por vía de la represión debe ser sustituido por un procedimiento mejor y más seguro. Debido a esta crítica, el psicoanálisis fue tachado de «enemigo de la cultura», condenándoselo como «peligro social».

Semejante resistencia no puede gozar de vida eterna; a la larga, ninguna institución humana podrá escapar a la influencia de una crítica justificada, pero hasta ahora la actitud del hombre frente al psicoanálisis sigue siendo dominada por este miedo que desencadena las pasiones y menoscaba la pretensión de argumentar lógicamente.

Con su teoría de los instintos, el psicoanálisis ofendió al hombre en su orgullo de sentirse miembro de la comunidad social; otro elemento de su sistema teórico, en cambio, pudo herir a todo individuo en el punto más sensible de su propia evolución psíquica.

El psicoanálisis puso fin a la fábula de la infancia asexual, demostrando que los intereses y las actividades sexuales existen en el niño pequeño desde el comienzo de su vida, revelando las transformaciones que sufren, mostrando cómo experimentan cierta inhibición alrededor de los cinco años, para ponerse al servicio de la función genésica a partir de la pubertad.

Reconoció que la temprana vida sexual infantil culmina en el denominado complejo de Edipo, en la vinculación afectiva con el personaje parental del sexo opuesto, acompañada de rivalidad frente al del mismo sexo, tendencia que en esa época de la vida aún se manifiesta libremente, como deseo sexual directo.

Todo esto se puede confirmar con tal facilidad, que realmente fue preciso desplegar un enorme esfuerzo para lograr pasarlo por alto.

En efecto, cada individuo recorre esta fase, pero luego reprime enérgicamente su contenido, llegando a olvidarlo. La repugnancia ante el incesto y un enorme sentimiento de culpabilidad son residuos de esa prehistoria individual.

Quizá sucedió algo muy parecido en la prehistoria de la especie humana, y los orígenes de la moralidad, de la religión y del orden social estarían íntimamente vinculados a la superación de esa época arcaica.

Al hombre adulto no debía recordársele esa prehistoria, que más tarde se le tornó tan digna de vergüenza; sufría un acceso de furia cada vez que el psicoanálisis pretendía descorrer el velo de la amnesia que oculta sus años infantiles.

Así, sólo quedó un recurso: cuanto afirmaba el psicoanálisis debía ser falso, y esta pretendida ciencia nueva no había de ser más que un tejido de fantasías y supercherías.

Las fuertes resistencias contra el psicoanálisis no eran, pues, de índole intelectual, sino que procedían de fuentes afectivas; esto permitía explicar su apasionamiento y su falta de lógica.

La situación se adaptaba a una fórmula muy simple: los hombres, en tanto que masa humana, se conducían frente al psicoanálisis exactamente igual que un individuo neurótico sometido a tratamiento por sus trastornos, pero al cual se podía demostrar pacientemente que todo había sucedido como el análisis lo afirmaba.

Por otra parte, tales hechos no fueron inventados por esta ciencia, sino hallados en el estudio de otros neuróticos mediante esfuerzos prolongados durante varios decenios.

Semejante situación tenía, al mismo tiempo, algo terrible y algo grato: terrible, porque no era ninguna minucia tomar a la especie humana entera como paciente; grato, porque a fin de cuentas todo venía a suceder como, de acuerdo con las hipótesis del psicoanálisis, debía ocurrir.

Si repasamos una vez más las ya descritas resistencias contra el psicoanálisis, debemos reconocer que sólo en su menor parte son de la especie que se suele enfrentar a la mayoría de las innovaciones científicas.

La parte más considerable obedece a que el contenido de esta doctrina había herido fuertes sentimientos de la humanidad. Por otra parte, sucedió otro tanto con la teoría evolucionista de Darwin, que aniquiló la valla entre el hombre y el animal, levantada por la vanidad humana.

En un breve ensayo anterior (UNA DIFICULTAD DEL PSICOANÁLISISImago», 1917) ya señalé esta analogía.

Destaqué allí que el concepto psicoanalítico de la relación entre el yo consciente y el todopoderoso inconsciente constituye una grave afrenta contra el amor propio humano, afrenta que califiqué de psicológica, equiparándola a la biológica, representada por la teoría evolucionista, y a la anterior, cosmológica, infligida por el descubrimiento de Copérnico.

La resistencia contra el psicoanálisis también fue reforzada parcialmente por dificultades puramente exteriores. No es fácil formarse un juicio independiente en las cosas psicoanalíticas, a menos que se haya experimentado esta ciencia en carne propia o en el prójimo.

No es posible hacer lo último sin haber aprendido antes determinada técnica harto dificultosa, y hasta hace poco no se disponía de medios accesibles para aprender el psicoanálisis y su técnica.

Tal situación ha mejorado ahora, al fundarse en Berlín el Policlínico Psicoanalítico y el Instituto de Enseñanza (1920). Poco después (1922) se fundó en Viena un instituto análogo. Finalmente, el autor puede plantear con toda modestia la pregunta de si su propia personalidad de judío, que jamás intentó ocultar tal carácter, no habría participado en la antipatía que el mundo ofreció al psicoanálisis.

Sólo raramente fue expresado un argumento de esta clase, pero por desgracia nos hemos tornado tan suspicaces, que no podemos menos de sospechar que esta circunstancia debe haber ejercido algún efecto.

Quizá tampoco sea simple casualidad el hecho de que el primer representante del psicoanálisis fuese un judío. Para profesar esta ciencia era preciso estar muy dispuesto a soportar el destino del aislamiento en la oposición, destino más familiar al judío que a cualquier otro hombre.


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