Planeta Freud

Archive for agosto 30th, 2009

Parte I

Una tal modificación de las leyes vigentes dependerá de personas que no están obligadas a conocer las particularidades del tratamiento analítico.

A nosotros corresponderá, pues, instruir sobre la materia a tales personas, a las que suponemos ajenas al análisis y totalmente imparciales. Lamentamos, desde luego, no poder hacerlas testigos de un tratamiento de este orden, pero la «situación analítica» no tolera la presencia de un tercero.

Por otro lado, las distintas sesiones de un tratamiento alcanzan valores muy diferentes, y un tal espectador imperito, que llegara a presenciar una sesión cualquiera, no recibiría impresión alguna ajustada, correría el peligro de no comprender de lo que se trataba entre el analítico y el paciente o se aburriría. Habrá, pues, de contentarse con nuestra información, que trataremos de concretar en forma que inspire máximo crédito.

Supongamos un enfermo aquejado de bruscos cambios de estado de ánimo que no logra dominar, de una temerosa indecisión que paraliza sus energías,haciéndole imaginarse incapaz de realizar nada a derechas, o de una angustiosa sensación de embarazo ante personas extrañas.

Siente, por ejemplo, aunque sin comprender la razón, que el ejercicio de su profesión se le hace cada vez más difícil, siéndole casi imposible tomar resoluciones o iniciativas de importancia. Un día, sin saber por qué, ha sufrido un penoso ataque de angustia, y desde entonces no puede sin gran esfuerzo ir solo por la calle o viajar en ferrocarril, habiendo llegado quizá a renunciar en absoluto a ello.

O, cosa singular, sus ideas siguen caminos propios, sin dejarse guiar por su voluntad, persiguen problemas que le son absolutamente indiferentes, pero de los cuales le es imposible apartar su pensamiento, y le plantean tareas absurdas y ridículas, tales como la de contar las ventanas de las casas.

En actos sencillísimos -cerrar la llave del gas o echar una carta al buzón- le asalta, momentos después, la duda de si realmente los ha realizado o no.

Estos trastornos son ya harto enfadosos, pero cuando el estado del sujeto llega a ser intolerable es cuando de repente se encuentra con que no puede rechazar la idea de haber empujado a un niño bajo las ruedas de un carruaje, haber arrojado al agua a un desconocido o ser él el asesino que la policía busca como autor del crimen descubierto aquella mañana.

Todo ello le parece insensato; sabe muy bien que jamás ha hecho daño a nadie, pero la sensación que le atormenta -el sentimiento de culpabilidad- no sería más intenso si realmente fuera él el asesino buscado.

Las perturbaciones de este orden revisten muy diversas formas y atacan a los más diferentes órganos. Supongamos que se trata ahora de una mujer.

Es una excelente pianista, pero sus dedos se contraen al ir a tocar y le rehúsan sus servicios. Cuando piensa asistir a una reunión siente en el acto una necesidad natural, cuya satisfacción le sería imposible realizar en público. Ha renunciado, pues, a asistir a reuniones, bailes, teatros y conciertos.

En las ocasiones más inoportunas se ve aquejada de violentas jaquecas y otras diversas sensaciones dolorosas.

A veces, se le presentan vómitos incoercibles que le impiden tomar el menor alimento, situación que a la larga puede tener graves consecuencias. Por último, aparece incapacitada para resistir cualquier contrariedad de las que nunca faltan en la vida, pues pierde en tales ocasiones el conocimiento y sufre muchas veces convulsiones musculares que recuerdan inquietantes estados patológicos.

En otros enfermos, la perturbación recae sobre un sector en el que la vida sentimental exige al soma determinadas funciones. Los sujetos masculinos se encuentran incapacitados para dar expresión física a los tiernos sentimientos que les inspira una determinada persona de sexo contrario, disponiendo, en cambio, de todas sus reacciones cuando se trata de personas menos queridas.

O bien su sensualidad se enlaza exclusivamente a personas a las que desprecian y de quienes quisieran libertarse, o les impone condiciones cuyo cumplimiento les repugna. Los sujetos femeninos ven vedada la satisfacción de las exigencias de la vida sensual por sensaciones de angustia o repugnancia o por obstáculos desconocidos, o cuando ceden al amor no encuentran en él el placer que la Naturaleza ofrece como premio a tal docilidad.

Todas estas personas se reconocen enfermas y buscan a aquellos médicos de quienes puede esperarse la supresión de tales trastornos nerviosos.

Los médicos saben también las categorías en las que se incluyen estos padecimientos y los diagnósticos, según sus respectivos puntos de vista, con diversos nombres, neurastenia, psicastenia, fobias, neurosis obsesiva o histeria. Reconocen los órganos que manifiestan los síntomas: el corazón, el estómago, el intestino y los genitales, y los encuentran sanos.

Aconsejan la interrupción de la vida habitual del paciente, curas de reposo, tónicos, etc., y sólo consiguen con ello, cuando más, un alivio pasajero. Por último, oyen los enfermos que hay personas dedicadas especialmente al tratamiento de tales dolencias, y buscando una de ellas se someten al análisis.

Nuestro sujeto imparcial, al que suponemos presente, ha dado muestras de impaciencia, mientras desarrollábamos la relación que antecede, de los síntomas patológicos de los neuróticos.

Mas ahora redobla su atención y se expresa en la siguiente forma:

«Vamos a ver, por fin, qué es lo que el analista emprende con el paciente al que el médico no ha podido auxiliar.»

Pues bien: el analista no hace más que entablar un diálogo con el paciente.

No usa instrumento, ni siquiera para reconocer ni recetar medicamento alguno, e incluso, si las circunstancias lo permiten, deja al paciente dentro de su círculo y medio familiares mientras dura el tratamiento, sin que ello sea, desde luego, condición precisa ni tampoco práctica en todos los casos.

El analista recibe al paciente a una hora determinada, le deja hablar, le escucha, le habla a su vez y le deja escucharle. La fisonomía de nuestro interlocutor imparcial toma aquí una expresión de curiosidad satisfecha a la que se mezcla algo de desprecio, como si pensara: «¿Nada más que eso? Palabras, palabras y palabras, como dice Hamlet», y recuerda seguramente la irónica tirada en que Mefistófeles habla de cuán fácilmente se arregla todo con palabras, versos, que jamás olvidará ya ningún alemán.

Luego añade:

«Se trata, pues, de una especie de conjuro mágico. Ante las palabras del analítico desaparece el mal.»

Sería efectivamente cosa de magia y tendría así plena razón nuestro interlocutor si el efecto fuese rápido. La magia tiene por condición la rapidez, o mejor dicho aun, la instantaneidad del efecto. Pero los tratamientos psicoanalíticos precisan meses y hasta años. Una magia tan lenta pierde todo carácter maravilloso. Por lo demás, no debemos desdeñar la palabra, poderoso instrumento, por medio del cual podemos comunicar nuestros sentimientos a los demás y adquirir influencias sobre ellos.

Al principio fue, ciertamente, el acto; el verbo -la palabra- vino después, y ya fue, en cierto modo, un progreso cultural el que el acto se amortiguara, haciéndose palabra. Pero la palabra fue primitivamente un conjuro, un acto mágico, y conserva aún mucho de su antigua fuerza.

Nuestro interlocutor continúa:

«Supongamos que el paciente está tan poco preparado como yo para la comprensión del tratamiento psicoanalítico; ¿cómo puede usted hacerle creer en la fuerza mágica de las palabras que ha de librarle de su enfermedad?»

Naturalmente hay que prepararle, y para ello se nos ofrece un camino sencillísimo. Le pedimos que sea total y absolutamente sincero con su analista, sin retener, intencionadamente, nada de lo que surja en su pensamiento, y más adelante, que se sobreponga a todas aquellas consideraciones que le impulsen a excluir de la comunicación determinados pensamientos o recuerdos.

Todo hombre tiene perfecta conciencia de encerrar en su pensamiento cosas que nunca, o sólo a disgusto, comunicaría a otros.

Son éstas sus «intimidades». Sospecha también, cosa que constituye un gran progreso en el conocimiento psicológico de sí mismo,que existen otras cosas que no quisiera uno confesarse a sí mismo, que se oculta uno a sí propio y que expulsa de su pensamiento en cuanto, por acaso, aparecen. Quizá llegan incluso a observar el principio de un singular problema psicológico en el hecho de tener que ocultar a su mismo yo un pensamiento propio.

Resulta así como si su yo no fuera la unidad que él siempre ha creído y hubiera en él algo distinto que pudiera oponerse a tal yo, y de este modo se le anuncia oscuramente algo como una contradicción entre el yo y una vida anímica más amplia.

Cuando ahora acepta la demanda analítica de decirlo todo, se hace fácilmente accesible a la esperanza de que un intercambio de ideas, desarrollado bajo premisas tan desusadas, puede muy bien provocar efectos singulares.

«Comprendo -dice nuestro imparcial oyente-; supone usted que todo neurótico oculta algo que pesa sobre él, un secreto; dándole ocasión de revelarlo. le descarga usted de tal peso y alivia su mal. No se trata,pues, sino del principio de la confesión, utilizado de antiguo por la Iglesia católica para asegurarse el dominio sobre los espíritus.»

Sí y no, hemos de replicar. La confesión forma parte del análisis; pero sólo como su iniciación primera, sin que tenga afinidad ninguna con su esencia ni mucho menos explique su efecto.

En la confesión, dice el pecador lo que sabe; en el análisis, el neurótico ha de decir algo más.

Por otra parte, tampoco sabemos que la confesión haya tenido jamás el poder de suprimir síntomas patológicos directos.

«Entonces no lo entiendo -se nos responde-. ¿Qué significa eso de decir más de lo que se sabe? Lo único que puedo imaginarme es que el analista adquiere sobre el paciente una influencia más fuerte que el confesor sobre el penitente, por ocuparse de él más larga, intensa e individualmente, y que utiliza esta más enérgica influencia para liberarle de sus ideas patológicas, disipar sus temores, etc. Sería harto singular que también se consiguiese dominar por este medio fenómenos puramente somáticos, tales como vómitos, diarreas y convulsiones, pero ya sé que también es posible conseguir este resultado en sujetos hipnotizados. Probablemente, y aunque sin pretenderlo, consigue usted en su labor analítica establecer con el paciente una semejante relación hipnótica, un enlace sugestivo a su persona, y entonces los milagros de su terapia no son sino efectos de la sugestión hipnótica. Pero, que yo sepa, la terapia hipnótica labora mucho más rápidamente que su análisis, el cual, como usted ha dicho, dura meses enteros y hasta años.»

Observamos que nuestro imparcial interlocutor no es tan lego en la materia como al principio le supusimos. Indudablemente se esfuerza en llegar a la comprensión del psicoanálisis con ayuda de sus conocimientos anteriores, enlazándola con algo que le es ya conocido.

Se nos plantea ahora la difícil labor de hacerle ver que tal intento se halla condenado al fracaso, por ser el análisis un procedimiento sui generis, algo nuevo y singularísimo, a cuya comprensión sólo puede llegarse con ayuda de conocimientos -o, si se quiere, hipótesis- totalmente nuevos.

Mas, ante todo, habremos de dar respuesta a su última observación: Es, ciertamente, muy digna de tenerse en cuenta su indicación sobre la influencia personal del analista.

Tal influencia existe, desde luego, y desempeña en el análisis un papel muy importante, pero distinto en absoluto del que desempeña en el hipnotismo. No sería difícil demostrar que se trata de situaciones completamente diferentes.

Bastará hacer observar que en el análisis no utilizamos dicha influencia personal -el factor «sugestivo»- para vencer los síntomas patológicos, como sucede con el hipnotismo, y además, que sería erróneo creer que tal factor constituía la base y el motor del tratamiento.

Al principio, sí; pero más tarde, lo que hace es oponerse a nuestras intenciones analíticas, forzándonos a tomar amplias medidas defensivas. También quisiéramos demostrar con un ejemplo cuán lejos de nuestra técnica analítica se halla toda tentativa de desviar las ideas del enfermo o convencerle de su falsedad.

Así, cuando nuestro paciente sufre de un sentimiento de culpabilidad, como si hubiera cometido un crimen, no le aconsejamos que se sobreponga a este tormento de su conciencia acentuando su indudable inocencia, pues esto ya lo ha intentado él sin resultado alguno.

Lo que hacemos es advertirle que una sensación tan intensa y resistente ha de hallarse basada en algo real, que quizá pueda ser descubierto.

«Me asombrará -opina aquí nuestro imparcial interlocutor- que con una tal confirmación de la realidad del sentimiento de culpa consigan ustedes mitigarlo. Pero, ¿cuáles son sus intenciones analíticas y qué emprenden ustedes con el paciente?»

Introducción

FreudEl título del presente trabajo reclama una previa aclaración. Con la palabra «profanos» designamos a los individuos ajenos a la profesión médica. La cuestión planteada es la de si puede serles permitido a médicos como a no médicos el ejercicio del análisis.

Esta cuestión aparece dependiente de circunstancias temporales y locales.

Temporales, porque hasta el día nadie se ha preocupado de quiénes ejercían el psicoanálisis, indiferencia tanto más absoluta cuanto que se derivaba del deseo unánime de que nadie la ejerciese, apoyando con diversas razones, pero fundado realmente en una misma repugnancia.

La pretensión de que sólo los médicos puedan analizar responde de este modo a una nueva actitud ante el análisis, que habrá de parecernos más benévola si evitamos ver en ella una mera ramificación encubierta de la primitiva hostilidad.

Así, pues, se concede, ya que en determinadas circunstancias resulta indicado el tratamiento psicoanalítico, pero se pretende que sólo un médico puede encargarse de él. En páginas ulteriores investigaremos los fundamentos de esta limitación.

La cuestión del análisis profano aparece también localmente condicionada, no presentando igual alcance en todas las naciones.

En Alemania y en América no pasa de ser una discusión académica.

En estos países puede todo enfermo hacerse tratar como y por quien quiera, y todo «curandero» encargarse de los enfermos que se pongan en sus manos, ateniéndose tan sólo a las responsabilidades que éstos puedan luego exigirles, pues la ley no interviene hasta que algún paciente o sus familiares recurren a ella en demanda de castigo o indemnización.

Pero en Austria, donde escribimos y adonde principalmente hemos de referirnos, la ley tiene carácter preventivo y prohíbe a las personas carentes de título médico encargarse de un tratamiento sin esperar para nada el resultado del mismo. Igualmente sucede en Francia.

La cuestión, pues, de si el psicoanálisis puede ser ejercido por personas ajenas a la profesión médica tiene en estos países un sentido práctico. Pero, apenas planteada, parece resuelta por la letra misma de la ley: los nerviosos son enfermos, los profanos son personas sin título médico, el psicoanálisis es un procedimiento encaminado a la curación o al alivio de las enfermedades nerviosas y todos los tratamientos de este género están reservados a los médicos…

En consecuencia, no pueden los profanos emprender el análisis de enfermos nerviosos, y si lo emprenden, caerán bajo el peso de la ley. Planteada así la cuestión en términos generales, parece inútil seguir ocupándose del análisis profano.

Pero en nuestro caso es preciso tener en cuenta ciertas complicaciones que el legislador no pudo prever, pues en primer lugar se trata de enfermos de un género singularísimo, y en segundo resulta que ni los profanos lo son tanto como pudiera creerse ni los médicos son tampoco aquello que debiera esperarse que fueran y en lo que podrían fundar sus aspiraciones a la exclusividad.

Si logramos demostrar estas afirmaciones,quedará justificada nuestra demanda de que la referida ley no se aplique al análisis sin alguna modificación.

FreudDado que el psicoanálisis no ha tenido mención en la oncena edición de la Encyclopaedia Britannica, es imposible limitarse a exponer sus progresos desde 1910.

El período principal y más interesante de su historia cae en la época anterior a esa fecha.

Prehistoria

En los años de 1880 a 1882 un médico vienés, el doctor Josef Breuer (18421925), descubrió un nuevo procedimiento que le permitió curar los múltiples síntomas de los cuales sufría una muchacha afectada por grave histeria.

En el curso de dicho tratamiento ocurriósele que esos síntomas podrían estar relacionados con ciertas impresiones que la paciente había experimentado durante un agitado período en el cual estuvo dedicada a la asistencia de su padre enfermo.

Por tanto, la indujo a buscar esas conexiones en su memoria mientras se hallaba en estado de sonambulismo hipnótico, reviviendo nuevamente, al mismo tiempo, las escenas «patógenas», sin inhibir en lo mínimo el despliegue afectivo concomitante. Pudo comprobar así que cumplido este proceso, los síntomas desaparecían definitivamente.

Por esa época no habían tenido lugar todavía las investigaciones de Charcot y de Pierre Janet sobre el origen de los síntomas histéricos, de modo que el descubrimiento de Breuer no fue influido en absoluto por estos autores.

Sin embargo, no profundizó a la sazón su descubrimiento, y únicamente lo retomó diez años más tarde, esta vez con la colaboración de Sigmund Freud.

En 1895 ambos autores publicaron un libro, ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA, en el que comunicaban los hallazgos de Breuer e intentaban explicarlos por medio de la teoría de la catarsis. De acuerdo con ésta, los síntomas histéricos se originarían cuando la energía de un proceso mental es privada de su elaboración consciente y dirigida hacia la inervación somática (conversión).

El síntoma histérico sería así el sustituto de un acto psíquico omitido y la reminiscencia de la ocasión en que dicho acto debía de haberse producido. La curación produciríase entonces merced a la liberación del afecto desviado y a su descarga por una vía normal (abreacción).

El tratamiento catártico daba excelentes resultados terapéuticos, pero éstos no eran permanentes y dependían de la relación personal entre el paciente y el médico. Freud, que más tarde prosiguió dichas investigaciones por sí solo, modificó su técnica, reemplazando la hipnosis por el método de la asociación libre.

Creó luego el término psicoanálisis, que con el correr del tiempo llegó a adquirir dos significados:

  1. un método particular para tratar las afecciones neuróticas;
  2. la ciencia de los procesos psíquicos inconscientes, que también se ha denominado acertadamente psicología profunda.

Contenido del psicoanálisis

El psicoanálisis conquista cada vez más adeptos como método terapéutico, debido a que rinde a los pacientes un beneficio mucho mayor que ninguna otra forma de tratamiento.

Su principal sector de aplicación es el de las neurosis más leves, como la histeria, las fobias y los estados obsesivos; además, permite alcanzar considerables mejorías y hasta curaciones en las deformaciones del carácter y en las inhibiciones y desviaciones sexuales.

Su influencia sobre la demencia precoz y la paranoia es dudosa, mientras que en circunstancias favorables puede hacer frente aun a los más graves estados depresivos.

En todos los casos el tratamiento impone arduas demandas, tanto al médico como al paciente: aquél debe contar con una formación especializada y debe dedicar un largo período a la exploración profunda de cada caso; el paciente ha de realizar considerables sacrificios, tanto materiales como psíquicos.

Sin embargo, los resultados compensan por lo común todos los esfuerzos. Tampoco el psicoanálisis es una panacea conveniente para todos los trastornos psíquicos (cito, tute, jucunde); por el contrario, su aplicación ha venido a revelar por vez primera las dificultades y las limitaciones con que se enfrenta el tratamiento de estas afecciones. Por el momento, sólo en Berlín y en Viena existen instituciones privadas que tornan accesible el tratamiento psicoanalítico también a las clases obreras e indigentes.

Los resultados terapéuticos del psicoanálisis se fundan en la sustitución de actos psíquicos inconscientes por otros conscientes, y su alcance llega hasta donde se extiende la injerencia de este proceso en la enfermedad a tratar. Dicha sustitución se lleva a cabo superando resistencias internas en la vida psíquica del paciente.

En el futuro probablemente se adjudicará una importancia mucho mayor al psicoanálisis como ciencia de lo inconsciente que como procedimiento terapéutico.

Psicología profunda. -El psicoanálisis, en su carácter de psicología profunda, considera la vida psíquica desde tres puntos de vista: el dinámico, el económico y el topográfico. Desde el primer punto de vista, el dinámico deriva todos los procesos psíquicos -salvo la recepción de estímulos exteriores- de un interjuego de fuerzas que se estimulan o se inhiben mutuamente, que se combinan entre sí, que establecen transacciones las unas con las otras, etc.

Todas estas fuerzas tienen originalmente el carácter de instintos, o sea, que son de origen orgánico; se caracterizan por poseer una inmensa capacidad de persistencia (somática) y una reserva de poderío (compulsión a la repetición); finalmente, halla su representación psíquica en imágenes o ideas afectivamente cargadas (catexias).

En el psicoanálisis, no menos que en las otras ciencias, la teoría de los instintos es un tema poco conocido.

El análisis empírico nos lleva a establecer dos grupos de instintos: los denominados instintos del yo, cuyo fin es la autoconservación, y los instintos objetales, que conciernen a la relación con los objetos exteriores. Los instintos sociales no son aceptados con carácter elemental e irreducible. La especulación teórica permite suponer la existencia de dos instintos fundamentales que yacerían ocultos tras los instintos yoicos y objetales manifiestos, a saber:

  • a) el Eros, instinto tendiente a la unión cada vez más amplia, y
  • b) el instinto de destrucción, conducente a la disolución de todo lo viviente.

La manifestación energética del Eros se llama en psicoanálisis libido.

Principio del placer-displacer.- Desde el punto de vista económico, el psicoanálisis admite que las representaciones psíquicas de los instintos están cargadas con determinadas cantidades de energía (catexias) y que el aparato psíquico tiene la tendencia de evitar todo estancamiento de estas energías, manteniendo lo más baja que sea posible la suma total de las excitaciones a las cuales está sometido.

El curso de los procesos psíquicos es regulado automáticamente por el principio del placer-displacer, de manera tal que en una u otra forma el displacer aparece siempre vinculado con un aumento y el placer con una disminución de la excitación.

En el curso del desarrollo, el primitivo principio del placer experimenta una modificación determinada por la consideración con el mundo exterior (principio de la realidad), mediante la cual el aparato psíquico aprende a diferir las satisfacciones placenteras y a soportar transitoriamente las sensaciones displacenteras.

Topografía psíquica.- Topográficamente, el psicoanálisis concibe el aparato psíquico como un instrumento compuesto de varias partes y procura determinar en qué puntos del mismo tienen lugar los diversos procesos mentales. De acuerdo con las concepciones analíticas más recientes, el aparato mental está compuesto de un ello, que es el reservorio de los impulsos instintivos, de un yo que es la porción más superficial del ello, modificada por la influencia del mundo exterior, y de un superyó, desarrollado a partir del ello, que domina al yo y representa las inhibiciones de los instintos, características propias del ser humano.

También la cualidad de la consciencia posee su referencia topográfica, pues los procesos del ello son todos inconscientes, mientras que la consciencia es la función de la capa más superficial del yo, destinada a la percepción del mundo exterior.

Es ésta la oportunidad de intercalar dos advertencias. No se debe suponer que dichas nociones muy generales representen condiciones previas de las cuales depende la labor psicoanalítica. Por el contrario, son sus conclusiones más recientes, y están, en todo sentido, expuestas a corrección.

El psicoanálisis se halla sólidamente fundado en la observación de los hechos de la vida psíquica de modo que su superestructura teórica es todavía incompleta y se encuentra en constante modificación.

En segundo lugar, no hemos de asombrarnos si el psicoanálisis, que originalmente sólo pretendía explicar los fenómenos psíquicos patológicos, llegó a convertirse en una psicología de la vida psíquica normal. La justificación de tal desarrollo surgió al descubrirse que los sueños y los actos fallidos (las «parapraxias», como las equivocaciones del habla, etc.) de los seres normales responden al mismo mecanismo que los síntomas neuróticos.

Fundamentos teóricos.- La primera tarea planteada al psicoanálisis fue la explicación de los trastornos neuróticos. La teoría analítica de las neurosis se apoya en tres pilares; son ellos las nociones de:

  1. la represión,
  2. la importancia de los instintos sexuales,
  3. la transferencia.

1) La censura.- Existe en la mente una potencia que ejerce las funciones de censura, que excluye de la conscienciación y de la influencia sobre la acción a cuantas tendencias le desagraden. Tales tendencias se califican entonces de reprimidas. Quedan inconscientes, y si se trata de tornarlas conscientes al sujeto, se despierta una resistencia.

Mas esos impulsos instintuales reprimidos no por ello han perdido siempre su poderío; en muchos casos logran hacer valer su influencia sobre la vida psíquica por vías indirectas, y las gratificaciones sustitutivas de lo reprimido así alcanzadas constituyen los síntomas neuróticos.

2) Los instintos sexuales.- Por razones culturales, la represión más intensa recae sobre los instintos sexuales; pero precisamente en ellos la represión fracasa con mayor facilidad, de modo que los síntomas neuróticos aparecen como satisfacciones sustitutivas de la sexualidad reprimida.

La noción de que la vida sexual humana comienza sólo en la pubertad es errónea; por el contrario, su actividad puede ser demostrada desde el principio mismo de la vida extrauterina; alcanza una primera culminación en el quinto año de vida o antes del mismo (período precoz) y experimenta entonces una inhibición o interrupción (período de latencia) que finaliza a su vez con la pubertad, segunda culminación de dicho desarrollo.

El arranque bifásico del desarrollo sexual parece ser una característica exclusiva del género Homo. Todas las vivencias de ese primer período de la infancia tienen suma importancia para el individuo; en conjunto con su constitución sexual heredada, integran las disposiciones para el ulterior desarrollo del carácter o de la enfermedad.

Es inexacta la noción de que la sexualidad coincide con la genitalidad. Los instintos sexuales recorren una complicada evolución, y sólo a su término se alcanza la primacía de las zonas genitales.

En el ínterin se establecen varias organizaciones pregenitales de la libido, a las que ésta puede quedar fijada y a las que retornará en caso de que se produzcan ulteriores represiones (regresión). Las fijaciones infantiles de la libido son las que determinan la ulterior elección de la forma de neurosis.

Así, las neurosis han de ser consideradas como inhibiciones evolutivas de la libido. No existen causas específicas de las afecciones neuróticas: son condiciones cuantitativas es decir, la potencia relativa de las fuerzas intervinientes las que deciden si un conflicto desembocará en la salud o en una inhibición funcional neurótica.

El complejo de Edipo. -La más importante situación conflictual que el niño se ve obligado a resolver radica en la relación con sus padres, en el complejo de Edipo; ante su resolución fracasan siempre los seres destinados a sufrir una neurosis.

Las reacciones contra las demandas instintuales del complejo de Edipo representan la fuente de las más valiosas y socialmente más importantes conquistas del espíritu humano, tanto en lo que se refiere a la existencia del individuo como también, probablemente, a la historia de toda la especie humana.

En el curso de la superación del complejo de Edipo origínase también el superyó, la instancia moral que domina el yo.

3) La transferencia.- Desígnase así la notable peculiaridad que presentan los neuróticos de desarrollar hacia su médico vinculaciones emocionales, tanto afectuosas como hostiles, que no están fundadas en la respectiva situación real, sino que proceden de la relación parental (complejo de Edipo). La transferencia es la prueba de que tampoco el adulto ha logrado superar su antigua dependencia infantil.

En el tratamiento coincide con la fuerza que se ha llamado sugestión; sólo su correcto manejo, que el médico ha de aprender, permite inducir al paciente a superar sus resistencias internas y a abolir sus represiones.

El tratamiento psicoanalítico conviértese así en una reeducación del adulto, en una corrección de la educación del niño.

En el estrecho marco de esta exposición sucinta del psicoanálisis no es posible considerar muchos otros temas del mayor interés general, como, por ejemplo, la sublimación de los instintos, el papel desempeñado por el simbolismo, el problema de la ambivalencia, etc.

Tampoco ha sido posible aludir, lamentablemente, a las aplicaciones que el psicoanálisis, surgido en terreno médico, ha tenido en las ciencias del espíritu, como la historia de la cultura y de la literatura, la ciencia de las religiones y la pedagogía, aplicaciones que adquieren diariamente mayor importancia.

Baste señalar que el psicoanálisis -en tanto que psicología de los actos psíquicos más profundos, inconscientes- promete convertirse en el nexo de unión entre la psiquiatría y todas esas ciencias del espíritu.

El movimiento psicoanalítico

El psicoanálisis, cuyos orígenes pueden ser marcados por dos fechas –1895, publicación de los ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA, de Breuer y Freud; 1900, publicación de LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS, de Freud-, no despertó al principio interés alguno entre los médicos y entre el público en general.

En 1907 comenzaron a interesarse los psiquiatras suizos, bajo la conducción de E. Bleuler y C. G. Jung, de Zurich.

En 1908 tuvo lugar en Salzburgo la primera reunión de los adherentes de distintos países.

En 1909, Freud y Jung fueron invitados por G. Stanley Hall a Estados Unidos para pronunciar una serie de conferencias sobre psicoanálisis en la Universidad de Clark, en Worcester, Massachusetts.

Desde entonces, el interés aumentó rápidamente en Europa, pero se manifestó sólo a través del más enérgico repudio, caracterizado por un tinte emocional rayano a menudo en lo anticientífico.

En el campo médico esta hostilidad era motivada por la acentuación de los factores psíquicos en el psicoanálisis; en el campo filosófico, por su postulación básica del concepto de la actividad psíquica inconsciente; pero la razón más poderosa radicada sin duda en la general aversión humana a conceder al factor de la sexualidad la importancia que el psicoanálisis le asigna.

A pesar de esta oposición general, el movimiento en favor del psicoanálisis avanzó incontenible.

Sus adherentes se organizaron en una Asociación internacional que soportó con éxito la dura prueba de la guerra mundial y que actualmente (en 1925) comprende los grupos locales de Viena, Berlín, Budapest, Londres, Suiza, Holanda, Moscú, Calcuta y dos grupos en Estados Unidos.

Varias publicaciones periódicas sirven a los fines de esas asociaciones; entre ellas, dos alemanas –Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse e Imago (dedicadas a las aplicaciones del psicoanálisis a campos no médicos del conocimiento)- y una inglesa: International Journal of Psycho-Analysis.

Durante los años de 1911 a 1913 separáronse del movimiento dos antiguos adherentes, Alfred Adler (Viena) y C. G. Jung (Zurich), fundando sendas escuelas propias, que fueron bien recibidas por la corriente general de hostilidad al psicoanálisis, pero que científicamente han quedado estériles .

En 1921, el doctor M. Eitingon fundó en Berlín el primer policlínico público psicoanalítico e instituto de enseñanza, que al poco tiempo fue seguido por una segunda fundación similar en Viena.

Bibliografía

Breuer y Freud: ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA, 1895; Freud: LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS, 1900; PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA, 1904; TRES ENSAYOS PARA LA TEORÍA SEXUAL, 1905; LECCIONES INTRODUCTORIOS AL PSICOANÁLISIS, 1916.

Las obras de Freud han tenido una edición completa en alemán: Gesammelte Schriften tomos I al X (1925), y otra en castellano: Obras completas, publicadas a partir de 1923.

En su mayor parte han sido traducidas al inglés y a otros idiomas.

Entre las exposiciones sucintas de su contenido y de su historia cabe mencionar las siguientes: FREUD: CINCO CONFERENCIAS SOBRE PSICOANÁLISIS, 1909; HISTORIA DEL MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO, 1914; ESTUDIO AUTOBIOGRÁFICO (en «La medicina de la actualidad», de Grote), 1925.

Particularmente accesibles a los lectores de habla inglesa son las siguientes obras:

E. Jones: Papers on Psycho-Analysis, 1923;

A. A. Brill: Psycho-Analysis, 1922; S. Ferenczi: Theory and Technique of Psychoanalysis, 1927.

FreudEn mis propios escritos y en los de mis discípulos destácase cada vez más la necesidad de impulsar los análisis de los neuróticos hasta penetrar en el más remoto período de su infancia en la época del primer florecimiento de la vida sexual.

Unicamente la exploración de las primeras manifestaciones de la constitución instintual innata en el individuo, así como de los efectos que despiertan sus primeras vivencias, permite apreciar correctamente los dinamismos que han motivado su neurosis ulterior, salvaguardándonos al mismo tiempo contra los errores en que podrían inducirnos los remodelamientos y las superposiciones de la madurez.

La importancia de esta condición no es sólo teórica, sino también práctica, pues distingue nuestros esfuerzos de la labor de aquellos médicos que, guiados por una orientación exclusivamente terapéutica, aplican también los métodos analíticos, pero sólo hasta cierto punto. Tal análisis de la más temprana edad es arduo y laborioso, planteando demandas, tanto al médico como al paciente, cuyo cumplimiento no es siempre facilitado por la práctica.

Además conduce hacia regiones tenebrosas en las que carecemos todavía de jalones señaladores, al punto que, según creo, los analistas pueden contar con la certeza de que, por lo menos durante las próximas décadas, su labor científica no correrá peligro de mecanizarse ni de perder así parte de su interés.

Me propongo exponer en las páginas siguientes ciertos resultados de la investigación psicoanalítica que tendrían suma importancia si se pudiese demostrar su vigencia general.

Siendo así, ¿por qué no pospongo su publicación hasta que una experiencia más copiosa me haya suministrado esa prueba necesaria, si es que ella es alcanzable?

Simplemente porque las condiciones en las cuales se desenvuelve mi labor han experimentado una modificación, cuyas implicaciones no puedo seguir ocultando. Tiempo atrás, yo no era de aquellos que se sienten incapaces de retener para sí un supuesto descubrimiento hasta haber llegado a confirmarlo o a corregirlo.

Así, mi Interpretación de los sueños (1900) y mi Análisis fragmentario de una histeria (el caso de Dora) (1905) fueron mantenidos por mi en secreto, si bien no durante los nueve años aconsejados por Horacio, por lo menos durante cuatro o cinco, hasta que por fin los entregué al público.

En aquellos días, empero, el tiempo se extendía sin límites ante mí -oceans of time, como ha dicho un amable poeta-, y el material de observación acudía a mi con riqueza tal que me era difícil rehuir el impacto de las nuevas experiencias.

Además, yo era entonces el único laborador en un terreno virgen, de modo que mi reticencia no significaba ningún riesgo para mi ni perjuicio alguno para los demás.

Todo eso ha cambiado ahora.

El tiempo que me queda es limitado y ya no se halla totalmente ocupado por el trabajo, de modo que las oportunidades de efectuar nuevas observaciones no son ya tan numerosas.

Cuando creo advertir algo nuevo no tengo la certeza de poder aguardar su confirmación. Por otra parte, cuando flotaba en la superficie ya ha sido decantado, y lo que resta ha de ser laboriosamente recogido buceando en las profundidades.

Por fin ya no estoy solo: una pléyade de afanosos colaboradores está dispuesta a aprovechar aun lo inconcluso y lo dudoso, de modo que bien puedo cederles una parte de la labor que en otras circunstancias habría concluido yo mismo.

Así, me siento justificado en esta ocasión al comunicar algo que requiere urgente verificación antes de que sea posible decidir respecto de su valor o su insignificancia. Cuando estudiamos las primeras conformaciones psíquicas que la vida sexual adopta en el niño, siempre hemos tomado al del sexo masculino, al pequeño varón, como objeto de nuestras investigaciones.

Suponíamos que en la niña las cosas debían ser análogas, aunque admitíamos que de una u otra manera debían ser también un tanto distintas. No alcanzábamos a establecer en qué punto del desarrollo radicaría dicha diferencia.

La situación del complejo de Edipo es en el varón la primera etapa que se puede reconocer con seguridad.

Es fácil comprenderla, porque el niño retiene en dicha fase el mismo objeto que ya catectizó con su libido aún pregenital en el curso del período precedente de la lactancia y la crianza. También el hecho de que en dicha situación perciba al padre como un molesto rival a quien quisiera eliminar y sustituir es una consecuencia directa de las circunstancias reales.

En otra ocasión ya he señalado que la actitud edípica del varón forma parte de la fase fálica y sucumbe ante la angustia de castración, es decir, ante el interés narcisístico por los propios genitales.

La comprensión de estas condiciones es dificultada por la complicación de que aun en el niño varón el complejo de Edipo está dispuesto en doble sentido, activo y pasivo, de acuerdo con la disposición bisexual: el varón quiere sustituir también a la madre como objeto amoroso del padre, hecho que calificamos de actitud femenina.

En cuanto a la prehistoria del complejo de Edipo en el varón, estamos todavía muy lejos de haber alcanzado una total claridad.

Sabemos que dicho período incluye una identificación de índole cariñosa con el padre, identificación que aún se halla libre de todo matiz de rivalidad con respecto a la madre. Otro elemento de esta fase prehistórica es -según creo, invariablemente-la estimulación masturbatoria de los genitales, o sea, la masturbación de la primera infancia, cuya supresión más o menos violenta por parte de las personas que intervienen en la crianza pone en actividad el complejo de castración.

Suponemos que dicha masturbación está vinculada con el complejo de Edipo y que equivale a la descarga de sus excitaciones sexuales.

No es seguro, sin embargo, si la masturbación tiene tal carácter desde un comienzo o si, por el contrario, aparece por primera vez espontáneamente, como activación de un órgano corporal, conectándose sólo ulteriormente con el complejo de Edipo; esta última posibilidad es, con mucho, la más probable.

Otra cuestión dudosa es el papel desempeñado por la enuresis y por la supresión de ese hábito mediante intervenciones educativas. Nos inclinamos a adoptar la simple formulación sintética de que la enuresis persistente sería una consecuencia de la masturbación y de que su supresión sería considerada por el niño como una inhibición de su actividad genital, es decir, que tendría el significado de una amenaza de castración; pero queda todavía por demostrar si estamos siempre acertados con estas presunciones.

Finalmente, el análisis nos ha permitido reconocer, de una manera más o menos vaga e incierta, cómo los atisbos del coito paterno establecen en muy precoz edad la primera excitación sexual, y cómo merced a sus efectos ulteriores pueden convertirse en punto de partida de todo desarrollo sexual del niño.

La masturbación, así como las dos actitudes del complejo de Edipo, se vincularán posteriormente a esa precoz experiencia, que en el ínterin habrá sido interpretada por el niño.

Sin embargo, es imposible admitir que tales observaciones del coito se produzcan invariablemente, de modo que nos topamos aquí con el problema de las «protofantasías».

Así, aun la prehistoria del complejo de Edipo en el varón plantea todas estas cuestiones inexplicables que todavía aguardan su examen y que están subordinadas a la decisión de si cabe admitir siempre un mismo proceso invariable, o si no se trata más bien de una gran variedad de distintas fases previas que convergerían una misma situación terminal.

El complejo de Edipo de la niña pequeña implica un problema más que el del varón.

En ambos casos la madre fue el objeto original, y no ha de extrañarnos que el varón la retenga para su complejo de Edipo.

En cambio, ¿cómo llega la niña a abandonarla y a adoptar en su lugar al padre como objeto? Al perseguir este problema he podido efectuar algunas comprobaciones susceptibles de aclarar precisamente la prehistoria de la relación edípica en la niña.

Todo analista se habrá encontrado alguna vez con ciertas mujeres que se aferran con particular intensidad y tenacidad a su vinculación paterna y al deseo de tener un hijo con el padre, en el cual aquélla culmina.

Tenemos buenos motivos para aceptar que esta fantasía desiderativa fue también la fuerza impulsora de la masturbación infantil, siendo fácil formarse la impresión de que nos hallamos aquí ante un hecho elemental e irreducible de la vida sexual infantil.

Sin embargo, precisamente el análisis minucioso de estos casos revela algo muy distinto, demostrando que el complejo de Edipo tiene aquí una larga prehistoria y es en cierta manera una formación secundaria. De acuerdo con la formulación del viejo pediatra Lindner, el niño descubre la zona genital -el pene o el clítoris- como fuente de placer en el curso de su succión sensual (chupeteo).

Dejo planteada la cuestión de si un niño toma realmente esta fuente de placer recién descubierta en reemplazo del pezón materno que acaba de perder, posibilidad que parecería ser señalada por fantasías de felacio. Como quiera que sea, en algún momento llega a descubrirse la zona genital y parece muy injustificado atribuir a sus primeras estimulaciones contenido psíquico alguno. Pero el primer paso en la fase fálica así iniciada no consiste en la vinculación de esta masturbación con las catexias objetales del complejo de Edipo, sino en cierto descubrimiento preñado de consecuencia que toda niña está destinada a hacer.

En efecto, advierte el pene de un hermano o de un compañero de juegos, llamativamente visible y de grandes proporciones; lo reconoce al punto como símil superior de su propio órgano pequeño e inconspicuo, y desde ese momento cae víctima de la envidia fálica.

He aquí un interesante contraste en la conducta de ambos sexos: cuando el varón en análoga situación descubre por primera vez la región genital de la niña, comienza por mostrarse indeciso y poco interesado; no ve nada o repudia su percepción, la atenúa o busca excusas para hacerla concordar con lo que esperaba ver.

Sólo más tarde, cuando una amenaza de castración ha llegado a influir sobre él, dicha observación se le torna importante y significativa: su recuerdo o su repetición le despierta entonces una terrible convulsión emocional y le impone la creencia en la realidad de una amenaza que hasta ese momento había considerado risible.

De tal coincidencia de circunstancias surgirán dos reacciones que pueden llegar a fijarse y que en tal caso, ya separadamente, cada una de por sí, ya ambas combinadas, ya en conjunto con otros factores, determinarán permanentemente sus relaciones con la mujer: el horror ante esa criatura mutilada, o bien el triunfante desprecio de la misma. Todos estos desarrollos, sin embargo, pertenecen al futuro, aunque no a un futuro muy remoto. Distinta es la reacción de la pequeña niña.

Al instante adopta su juicio y hace su decisión. Lo ha visto, sabe que no lo tiene y quiere tenerlo.

A partir de este punto arranca el denominado complejo de masculinidad de la mujer, que puede llegar a dificultar considerablemente su desarrollo regular hacia la feminidad si no logra superarlo precozmente. La esperanza de que, a pesar de todo, obtendrá alguna vez un pene y será entonces igual al hombre, es susceptible de persistir hasta una edad insospechadamente madura y puede convertirse en motivo de la conducta más extraña e inexplicable de otro modo.

O bien puede ponerse en juego cierto proceso que quisiera designar como denegación (renunciamiento), un proceso que no parece ser raro ni muy peligroso en la infancia, pero que en el adulto significaría el comienzo de una psicosis.

Así, la niña rehúsa aceptar el hecho de su castración, empecinándose en la convicción de que sí posee un pene, de modo que, en su consecuencia, se ve obligada a conducirse como si fuese un hombre.

Las consecuencias psíquicas de la envidia fálica, en la medida en que ésta no llegue a ser absorbida por la formación reactiva del complejo de masculinidad, son muy diversas y trascendentes. Una vez que la mujer ha aceptado su herida narcisística, desarróllase en ella -en cierto modo como una cicatriz- un sentimiento de inferioridad.

Después de haber superado su primer intento de explicar su falta de pene como un castigo personal, comprendiendo que se trata de una característica sexual universal, comienza a compartir el desprecio del hombre por un sexo que es defectuoso en un punto tan decisivo, e insiste en su equiparación con el hombre, por lo menos en lo que se refiere a la defensa de tal opinión.

Aún después que la envidia fálica ha abandonado su verdadero objeto, no deja por ello de existir: merced a un leve desplazamiento persiste en el rasgo característico de los celos.

Por cierto que los celos no son privativos de uno de los sexos ni se fundan sólo en esta única base; pero creo, sin embargo, que desempeñan en la vida psíquica de la mujer un papel mucho más considerable, precisamente por recibir un enorme reforzamiento desde la fuente de la envidia fálica desviada.

Todavía antes de que llegase a percatarme de este origen de los celos al ocuparme de la fantasía masturbatoria «pegan a un niño», tan común en las niñas, inferí una primera fase de esa fantasía en la cual tendría el significado de que se habría de pegar a otro niño que ha despertado celos en calidad de rival.

Esta fantasía parece ser una reliquia del período fálico en la niña; la peculiar rigidez que tanto llamó mi atención en la monótona fórmula «pegan a un niño» probablemente acepte aún otra interpretación particular.

El niño que allí es pegado-acariciado, en el fondo quizá no sea otra cosa sino el propio clítoris de modo que en su nivel más profundo dicho enunciado contendría una confesión de la masturbación, que desde su comienzo en la fase fálica hasta la edad más madura se mantiene vinculada al contenido de esa fórmula.

Una tercera consecuencia de la envidia fálica parece radicar en el relajamiento de los lazos cariñosos con el objeto materno.

En su totalidad, la situación no es todavía muy clara; pero es posible convencerse de que, en última instancia, la falta de pene es casi siempre achacada a la madre de la niña, que la echó al mundo tan insuficientemente dotada.

El desenvolvimiento histórico de este proceso suele consistir en que, poco después de haber descubierto el defecto de sus genitales, la niña desarrolla celos contra otro niño, con el pretexto de que la madre lo querría más que a ella, con lo cual halla un motivo para el desprendimiento de la vinculación afectuosa con la madre.

Todo esto viene a ser corroborado entonces si dicho niño preferido por la madre se convierte luego en el primer objeto de la fantasía de flagelación que desemboca en la masturbación.

Existe todavía otro efecto sorprendente de la envidia fálica -o del descubrimiento de la inferioridad del clítoris-, que es, sin duda, el más importante de todos.

En el pasado tuve a menudo la impresión de que en general la mujer tolera la masturbación peor que el hombre, de que lucha más frecuentemente contra ella y de que es incapaz de aprovecharla en circunstancias en las cuales un hombre recurriría sin vacilar a este expediente.

Es evidente que la experiencia nos enfrentaría con múltiples excepciones de esta regla si pretendiésemos sustentarla como tal, pues las reacciones de los individuos humanos de ambos sexos están integradas por rasgos masculinos tanto como femeninos. No obstante subsiste la impresión de que la masturbación sería más ajena a la naturaleza de la mujer que a la del hombre.

Para resolver el problema así planteado cabría la reflexión de que la masturbación, por lo menos la del clítoris, es una actividad masculina, y que la eliminación de la sexualidad clitoridiana es un prerrequisito ineludible para el desarrollo de la feminidad.

Los análisis extendidos hasta el remoto período fálico me han demostrado ahora que en la niña, poco después de los primeros signos de la envidia fálica, aparece una intensa corriente afectiva contraria a la masturbación, que no puede ser atribuida exclusivamente a la influencia de las personas que intervienen en su educación.

Este impulso es, a todas luces, un prolegómeno de esa ola de represión que en la pubertad habrá de eliminar gran parte de la sexualidad masculina de la niña, a fin de abrir espacio al desarrollo de su feminidad. Puede suceder que esta primera oposición a la actividad autoerótica no alcance su objetivo; así fue en los casos que yo analicé.

El conflicto persistía entonces, y la niña, tanto en esa época como ulteriormente, siguió haciendo todo lo posible para librarse de la compulsión a masturbarse.

Muchas de las manifestaciones ulteriores que la vida sexual adopta en la mujer permanecen ininteligibles, a menos que se reconozca esta poderosa motivación.

No puedo explicarme esta rebelión de la niña pequeña contra la masturbación fálica, sino aceptando que algún factor concurrente interfiere en esta actividad tan placentera, malogrando sensiblemente su goce. No es necesario ir muy lejos para hallar dicho factor: trátase de la ofensa narcisística ligada a la envidia fálica, o sea, de la advertencia que la niña se hace de que al respecto no puede competir con el varón, y que, por tanto, sería mejor renunciar a toda equiparación con éste.

De tal manera, el reconocimiento de la diferencia sexual anatómica fuerza a la niña pequeña a apartarse de la masculinidad y de la masturbación masculina, dirigiéndola hacia nuevos caminos que desembocan en el desarrollo de la feminidad. Hasta ahora no hemos mencionado en absoluto el complejo de Edipo, que no ha tenido tampoco intervención alguna hasta este punto.

Ahora, empero, la libido de la niña se desliza hacia una nueva posición, siguiendo el camino preestablecido -no es posible expresarlo en otra forma-por la ecuación pene = niño. Renuncia a su deseo del pene, poniendo en su lugar el deseo de un niño, y con este propósito toma al padre como objeto amoroso. La madre se convierte en objeto de sus celos: la niña se ha convertido en una pequeña mujer.

Si puedo dar crédito a una observación analítica aislada, es posible que esta nueva situación dé origen a sensaciones físicas que cabría interpretar como un despertar prematuro del aparato genital femenino.

Si tal vinculación con el padre llega a fracasar más tarde y si debe ser abandonada, puede ceder la plaza a una identificación con el mismo, retornando así la niña a su complejo de masculinidad, para quedar quizá fijada en él.

He expresado hasta aquí lo esencial de cuanto tenía que decir, y me detengo para echar una mirada panorámica sobre nuestros resultados. Hemos llegado a reconocer la prehistoria del complejo de Edipo en la niña, mientras que el período correspondiente del varón es todavía más o menos desconocido.

En la niña el complejo de Edipo es una formación secundaria: lo preceden y lo preparan las repercusiones del complejo de castración.

En lo que se refiere a la relación entre los complejos de Edipo y de castración, surge un contraste fundamental entre ambos sexos.

Mientras el complejo de Edipo del varón se aniquila en el complejo de castración, el de la niña es posibilitado e iniciado por el complejo de castración.

Esta contradicción se explica considerando que el complejo de castración actúa siempre en el sentido dictado por su propio contenido: inhibe y restringe la masculinidad, estimula la feminidad.

La divergencia que en esta fase existe entre el desarrollo sexual masculino y el femenino es una comprensible consecuencia de la diferencia anatómica entre los genitales y de la situación psíquica en ella implícita; equivale a la diferencia entre una castración realizada y una mera amenaza de castración. Por tanto, nuestra comprobación es tan obvia en lo esencial que bien podríamos haberla previsto.

El complejo de Edipo, sin embargo, es algo tan importante que no puede dejar de tener repercusión la forma en que en él se entra y se logra abandonarlo. Como lo expuse en el último trabajo mencionado -del cual arrancan todas estas consideraciones-, el complejo no es simplemente reprimido en el varón, sino que se desintegra literalmente bajo el impacto de la amenaza de castración.

Sus catexias libidinales son abandonadas, desexualizadas y, en parte, sublimadas; sus objetos son incorporados al yo, donde constituyen el núcleo del superyó, impartiendo sus cualidades características a esta nueva estructura.

En el caso normal -más bien dicho, en el caso ideal- ya no subsiste entonces complejo de Edipo alguno, ni aun en el inconsciente: el superyó se ha convertido en su heredero.

Dado que el pene -siguiendo aquí a Ferenczi– debe su catexia narcisista extraordinariamente elevada a su importancia orgánica para la conservación de la especie, cabe interpretar la catástrofe del complejo de Edipo -el abandono del incesto, la institución de la conciencia y de la moral- como una victoria de la generación, de la raza sobre el individuo.

He aquí un interesante punto de vista, si se considera que la neurosis se funda sobre la oposición del yo contra las demandas de la función sexual. Con todo, el abandono del punto de vista de la psicología individual no promete contribuir, por el momento, a la aclaración de estas complicadas relaciones.

En la niña falta todo motivo para el aniquilamiento del complejo de Edipo. La castración ya ha ejercido antes su efecto, que consistió precisamente en precipitar a la niña en la situación del complejo de Edipo.

Así, éste escapa al destino que le es deparado en el varón; puede ser abandonado lentamente o liquidado por medio de la represión, o sus efectos pueden persistir muy lejos en la vida psíquica normal de la mujer.

Aunque vacilo en expresarla, se me impone la noción de que el nivel de lo ético normal es distinto en la mujer que en el hombre.

El superyó nunca llega a ser en ella tan inexorable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como exigimos que lo sea en el hombre. Ciertos rasgos caracterológicos que los críticos de todos los tiempos han echado en cara a la mujer -que tiene menor sentido de la justicia que el hombre, que es más reacia a someterse a las grandes necesidades de la vida, que es más propensa a dejarse guiar en sus juicios por los sentimientos de afecto y hostilidad-, todos ellos podrían ser fácilmente explicados por la distinta formación del superyó que acabamos de inferir.

No nos dejemos apartar de estas conclusiones por las réplicas de los feministas de ambos sexos, afanosos de imponernos la equiparación y la equivalencia absoluta de los dos sexos; pero estamos muy dispuestos a concederles que también la mayoría de los hombres quedan muy atrás del ideal masculino y que todos los individuos humanos, en virtud de su disposición bisexual y de la herencia en mosaico, combinan en sí características, tanto femeninas como masculinas, de modo que la masculinidad y la feminidad puras no pasan de ser construcciones teóricas de contenido incierto.

Me inclino a dar cierto valor a los conceptos precedentes sobre las consecuencias psíquicas de la distinción anatómica entre los sexos; pero tengo bien presente que esta opinión únicamente podrá ser mantenida siempre que mis comprobaciones, basadas hasta ahora sólo en un puñado de casos, demuestren poseer validez general y carácter típico.

De lo contrario, aquéllas no pasarían de ser meras contribuciones a nuestro conocimiento de los múltiples caminos que en su desarrollo puede recorrer la vida sexual. Los valiosos y exhaustivos trabajos sobre los complejos de masculinidad y de castración en la mujer, realizados por Abraham, Horney y Helene Deutsch , contienen múltiples formulaciones estrechamente afines a las mías, aunque ninguna coincida con ellas por completo, de modo que una vez más me siento justificado al publicar este trabajo.

FreudEn el capítulo inicial de este libro («La literatura científica sobre los problemas oníricos») expuse la forma en que los distintos autores reaccionan ante el hecho, tan desagradable para ellos, de que el licencioso contenido de los sueños contradiga con tal frecuencia la sensibilidad moral del soñante. (Evito expresamente toda referencia a los sueños «criminales», pues considero del todo superflua esta dominación, que sobrepasa los límites del interés psicológico.)

Naturalmente, la índole inmoral de los sueños trajo de nuevo motivo para rechazar la valoración psíquica del sueño, pues si éste fuese un producto sin sentido de la actividad psíquica perturbada quedaría eliminado todo motivo para asumir responsabilidad alguna por su contenido aparente.

Este problema de la responsabilidad por el contenido onírico manifiesto ha sido completamente desplazado y aun eliminado por las revelaciones que ofrece La interpretación de los sueños.

En efecto, sabemos ahora que el contenido manifiesto no es sino un ilusorio artificio, una mera fachada. No vale la pena someterlo a un examen ético ni considerar sus violaciones de la moral más seriamente que las dirigidas contra la lógica matemática.

Al hablar del contenido onírico, únicamente es admisible referirse al contenido de los pensamientos preconscientes y al de los deseos reprimidos que la interpretación logra revelar tras la fachada del sueño. No obstante, también esta fachada inmoral tiene un problema que plantearnos, pues ya nos hemos enterado de que las ideas oníricas latentes deben pasar por una severa censura antes de que se les conceda acceso al contenido manifiesto.

¿Cómo es posible, pues, que esta censura, inflexible en general para las más leves transgresiones, fracase tan rotundamente en los sueños manifiestamente inmorales?

No es fácil hallar la respuesta, y en definitiva, ésta quizá no pueda ser del todo satisfactoria. Para empezar será preciso someter estos sueños a la interpretación, comprobándose entonces que algunos de ellos no ofendieron a la censura, simplemente porque en el fondo no contenían nada malo.

No son más que bravatas inocentes, identificaciones que pretenden simular una máscara; no fueron censurados porque no decían la verdad. Otros, en cambio -confesémoslo: la inmensa mayoría-, realmente significan lo que pregonan y, sin embargo, no han sido deformados por la censura.

Son expresiones de impulsos inmorales, incestuosos y perversos, o deseos homicidas y sádicos. Frente a algunos de esos sueños el soñante reacciona despertándose angustiado; en tal caso, la situación ya no da lugar a dudas. La censura ha dejado de actuar, el peligro fue advertido demasiado tarde y el despliegue de angustia viene a representar el sucedáneo de la deformación omitida.

En otros casos también falta esta expresión afectiva; el contenido ofensivo es impulsado entonces por la densidad de la excitación sexual, exacerbada al dormir, o bien goza de la tolerancia con que aun el hombre despierto puede aceptar un acceso de rabia, un estado de ira o el goce de una fantasía cruel.

Pero nuestro interés por la génesis de estos sueños manifiestamente inmorales queda notablemente reducido al enterarnos por el análisis de que la mayoría de los sueños -los inocentes, los exentos de afecto y los sueños de angustia- resultan ser, una vez anuladas las deformaciones impuestas por la censura, satisfacciones de deseos inmorales: egoístas, sádicos, perversos, incestuosos. Tal como sucede en la vida diaria, estos delincuentes disfrazados son incomparablemente más numerosos que los que actúan a cara descubierta.

El sueño sincero y franco de una relación sexual con la madre, que Yocasta recuerda en Edipo rey, es una verdadera rareza en comparación con los múltiples sueños que el psicoanálisis no puede menos de interpretar en el mencionado sentido.

En el presente libro ya me he referido tan minuciosamente a este carácter de los sueños -motivo, en el fondo, de la deformación onírica- que en esta ocasión podré abandonar rápidamente los hechos respectivos para dirigirme al problema que estos nos plantean: ¿es preciso asumir la responsabilidad por el contenido de sus sueños?

Fieles a la integridad, sólo hemos de agregar que el sueño no siempre presenta realizaciones de deseos inmorales, sino que frecuentemente también contiene enérgicas reacciones contra aquéllos, en forma de los «sueños de castigo».

En otros términos, la censura onírica no sólo puede manifestarse en deformaciones y en despliegues de angustia, sino que también puede exacerbarse a punto tal que anula por completo el contenido inmoral, sustituyéndolo por otro de índole punitiva, pero que aún permite reconocer el primero.

Mas el problema de la responsabilidad por el contenido onírico inmoral ya no existe para nosotros, en el sentido que lo aceptaban los autores que nada sabían aún de las ideas latentes y de lo reprimido en nuestra vida psíquica. Desde luego, es preciso asumir la responsabilidad de sus impulsos oníricos malvados.

¿Qué otra cosa podría hacerse con ellos? Si el contenido onírico correctamente comprendido no ha sido inspirado por espíritus extraños, entonces no puede ser sino una parte de mi propio ser.

Si pretendo clasificar, de acuerdo con cánones sociales, en buenas y malas las tendencias que en mí se encuentran, entonces debo asumir la responsabilidad para ambas categorías, y si, defendiéndome, digo que cuanto en mí es desconocido, inconsciente y reprimido no pertenece a mi yo, entonces me coloco fuera del terreno psicoanalítico, no acepto sus revelaciones y me expongo a ser refutado por la crítica de mis semejantes, por las perturbaciones de mi conducta y por la confusión de mis sentimientos.

He de experimentar entonces que esto, negado por mí, no sólo «está» en mí, sino que también «actúa» ocasionalmente desde mi interior.

En sentido metapsicológico empero, esto, lo reprimido, lo malvado, no pertenece a mi yo -siempre que yo sea un ser moralmente intachable-, sino a mi ello, sobre el cual cabalga mi yo. Pero este yo se ha desarrollado a partir del ello; forma una unidad biológica con el mismo; no es más que una parte periférica, especialmente modificada, de aquél; está subordinado a sus influencias; obedece a los impulsos que parten del ello. Para cualquier finalidad vital sería vano tratar de separar el yo del ello.

Además, ¿de qué me serviría ceder a mi vanidad moral pretendiendo decretar que en cualquier valoración ética de mi persona me estaría permitido desdeñar todo lo malo que hay en el ello sin necesidad de responsabilizar al yo por esos contenidos? La experiencia me demuestra que, no obstante, asumo esa responsabilidad, que de una u otra manera me veo compelido a asumirla.

El psicoanálisis nos ha dado a conocer un estado patológico -la neurosis obsesiva- en el cual el infortunado yo se siente culpable por toda clase de impulsos malvados de los que nada sabe, con los cuales le es imposible identificarse, pese a que conscientemente se ve enfrentado a ellos. Un poco de esto existe en todo ser normal.

Su «conciencia moral» es, curiosamente, tanto más sensible cuanto más moral sea quien la lleva. Trátese de imaginar, a manera de equivalente, que un hombre sea tanto más «achacoso», tanto más propenso a infecciones y a influjos traumáticos cuanto más sano fuere.

Aquel efecto paradójico seguramente obedece a que la misma conciencia moral es una formación reactiva frente a todo lo malo que percibe en el ello. Cuanto más fuertemente se lo reprima, tanto más activa será la conciencia moral.

El narcisismo del hombre debería conformarse con el hecho de que la deformación onírica, los sueños angustiosos y los punitivos representan otras tantas pruebas de su esencial moral, pruebas no menos evidentes que las suministradas por la interpretación onírica en favor de la existencia y la fuerza de su esencia malvada. Quien disconforme con esto quiera ser «mejor» de lo que ha sido creado, intente llegar en la vida más allá de la hipocresía o de la inhibición.

El médico dejará para el jurista la tarea de establecer para los fines sociales una responsabilidad arbitrariamente restringida al yo metapsicológico. Todos sabemos cuán difícil es deducir de esta construcción artificiosa consecuencias prácticas que no violen los sentimientos humanos.


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