Planeta Freud

Archive for septiembre 2009

Cómo criar a los niños*. Entrevista a Eric Laurent (París)

13:32:43, por jalvarez

ELaurentVerónica Rubens: Usted ha dicho que allí donde no hay más familia, ella subsiste a pesar de todo. ¿Qué es lo que subsiste?

Eric Laurent: A partir de un momento que se puede pensar como el fin de una cierta forma tradicional de familia, y desde la igualdad de los derechos, sea entre hombres y mujeres, entre niños y padres o entre las generaciones, se desplazó la manera como se articulaba la autoridad.

Además, con la separación entre acto sexual y procreación, y con la procreación asistida, vemos una pluralización de formas de vínculos que permiten articular padres y niños fuera de la forma tradicional.

Una de las discusiones entre las civilizaciones de los países hoy es qué es lo que se puede llamar familia alrededor de un niño.

Esto se puede hacer tanto con familias monoparentales como cuando hay dos personas del mismo sexo o varias personas que se ocupan de él.

Es lo que queda de lo que era la oposición, en un momento dado, entre un modelo de familia tradicional o nada, nada que se pudiera llamar familia según la definición del código civil napoleónico, desde el punto de vista laico: una cierta forma que permitía transmitir los bienes y articular los derechos, pero afuera no había ni bienes ni derechos.

Ahora hay pluralización completa y se sigue hablando de familia porque es una institución que permite bienes y derechos y la articulación entre generaciones. Entonces, es lo que queda; en ese sentido, creo que hay una conversación a través de nuestra civilización, un interrogante que da muchas respuestas, que algunos aceptan, otros rechazan y otros quieren mantener una forma definida, con un ideal determinado.

Laurent afirma que pensar la figura del padre hoy es un asunto crucial. Y que, incluso cuando el padre falta, lo que hoy no falta es un discurso acerca de lo que para ella es un padre, aun si está ausente. Además, la madre a su vez ha tenido un padre. Lacan trató de separar el padre del Nombre del Padre, es decir, de esta función paradojal prohibición-autorización, que puede funcionar o no más allá de las personas presentes.

Verónica Rubens: Actualmente, los nuevos roles de las mujeres en el mercado de trabajo y las innovaciones producidas por la ciencia llevan a escenarios impensables hace algunos años en cuanto a los modos de reproducción. ¿Qué tiene para decir el psicoanálisis ante esto?

Eric Laurent: En todas estas variaciones o creaciones diversas, distintos discursos van a entrar en conflicto sobre lo que son el padre o la madre en esta ocasión. Pero lo que vemos es que nadie quiere tener hijos sin padres.

Es muy llamativo, pero las peleas jurídicas de las comunidades gay y lesbiana para ser reconocidos como padres y madres de hijos, son para poder utilizar los nombres de la familia. El niño es confrontado al hecho de que fuera de la familia circulan otros discursos. ¿Cómo orientarse entonces cuando, por ejemplo, el niño es concebido por fertilización asistida con donante anónimo?

Los chicos en la escuela le dicen: ¿Dónde está tu padre? Y el niño contesta: Yo no tengo padre. ¿Cómo no va a tener un padre? Eso es imposible… Y entonces, ¿cómo va a contestar y sostenerse con eso?

¿Cómo va a inventar una solución, un discurso posible? El psicoanálisis puede, precisamente, ayudar a que en estas circunstancias el niño, la madre, puedan orientarse en un espacio en el cual sea posible usar los términos padre-madre de una manera compatible con el discurso común.

Verónica Rubens: Usted ha dicho que en los momentos de grandes cambios los chicos son las primeras víctimas, son los primeros en sufrir el impacto de estos cambios. ¿Cuáles son las cuestiones en juego para los chicos que están creciendo?

Eric Laurent: Múltiples. Las formas de patología del lazo social con los chicos y entre los chicos se ven a través de las quejas de los que están a cargo de ellos, especialmente de los pedagogos, con el papel esencial que ahora desempeña la escuela en la civilización.

No hace mucho que la escuela tiene este papel tan importante para criar a los niños. Antes, la articulación con la religión, la moral, el Estado, el ejército, tenían un peso, había una variedad de instituciones. Cada vez más se reduce el peso de éstas para centrarse en la gran institución escolar, que recoge a los niños y trata de ordenarlos a partir del saber.

Una dificultad para los chicos de hoy (y lo vemos en la enorme cantidad de niños diagnosticados con déficit de atención o hiperactividad) es la de poder quedarse sentados cinco horas en una escuela, lo que no sucedía en otras civilizaciones.

Lo curioso es que parece como una epidemia el hecho de que hay más y más chicos que no pueden renunciar a este goce de cuerpo a cuerpo, de las peleas, la agresión física, sin hablar de la violencia desproporcionada, característica de las pandillas de adolescentes. Todo este sufrimiento funda la idea de una patología de la infancia y la adolescencia. Se dice que los chicos no soportan las prohibiciones, no toleran las reglas.

Verónica Rubens: ¿Podría aclarar un poco más qué pasa ahora en las escuelas?

Eric Laurent: Al poner la educación universal y decir que todos los niños tienen iguales derechos, al meterlos a todos en el mismo dispositivo, hay patologías que entran dentro de este dispositivo escolar que no estaban antes. Por otro lado, con la precarización del mundo del trabajo cada vez más niños son abandonados por la presión que hay. Antes tenían madres para ocuparse de ellos. Ahora se ocupa el televisor.

La televisión es como una medicación, es como dar un hipnótico: hace dormir… Es una medicación que utilizan tanto los niños como los adultos para quedarse tranquilos delante de las tonterías de la pantalla. Pero el televisor en común para toda la familia no es la oración común de la tradición, aquella que permitía vincular a los miembros de la familia a través de rituales.

Cuando el único ritual es la televisión, comer delante de ella, hablar sobre ella o quedarse en silencio frente al aparato, esto permite articular poco esta posición del padre entre prohibición y autorización.

La escuela es precisamente la que articula entonces esta función: los maestros aparecen como representantes de los ideales y esto agudiza la oposición entre niño y dispositivo escolar, transformando las patologías, que no pueden reducirse estrictamente a algo biológico ni a algo cultural, en la imbricación de éstos dentro del dispositivo de la escuela.

Verónica Rubens: Usted ha mencionado a Lewis y a Tolkien como dos personas que desde la literatura quisieron proponer modelos identificatorios posibles. En una época de caída de los ideales, ¿cómo orientar a los niños en ese sentido?

Eric Laurent: La literatura es siempre una excelente vía para orientarse. Después del derrumbe de la Primera Guerra Mundial, del derrumbe de los ideales, los intelectuales estaban preocupados por cómo orientarse y orientar a la generación que venía. Algunos escritores explícitamente pensaron en elaborar con su obra una manera de proteger al niño de la tentación del nihilismo y orientarlo en la cultura y en las dificultades de la civilización, presentar figuras en las cuales el deseo pudiera articularse en un relato.

Con El señor de los anillos, Tolkien hizo una tentativa de proponer a los chicos, a los jóvenes, una versión de la religión, un discurso sobre el bien y el mal, una articulación sobre el goce, los cuerpos, las transformaciones del cuerpo, todos esos misterios del sexo, del mal, que atraviesa un niño; versiones de la paternidad.

Tolkien consiguió algo: hay muchos niños para los cuales el único discurso que han conocido y que les interesa sobre esto es El señor de los anillos en los tres episodios. De la misma manera, un escritor católico, como C. S. Lewis, hizo con las Crónicas de Narnia una versión de la mitología cristiana sobre el abordaje de los temas del bien y del mal, de la paternidad, de la sexualidad.

Gracias al cine, Tolkien salió de sus años treinta, pero para una generación fue Harry Potter, que articula la diferencia entre el mundo de los humanos y el mundo ideal de los brujos, poblado de amenazas, donde el bien y el mal se presentan como versiones del discurso.

Verónica Rubens: ¿Qué pueden encontrar los chicos en la literatura?

Eric Laurent: Harry Potter fue, para muchos chicos, incluso los míos, una compañía: ir creciendo de la infancia a la adolescencia a lo largo de los cinco o seis tomos de la historia. Además, presentó figuras de identificación muy útiles.

Un niño podía prestar atención por lo que le decía Harry Potter, precisamente, sobre cómo se articulan el bien y el mal, sobre cómo hay que comportarse en la vida y cómo manejarse en las apariencias y en los sentimientos contradictorios que uno puede conocer al mismo tiempo.

Son herramientas para salvar a las generaciones de la tentación del nihilismo, del pensar que no hay nada que valga la pena como discurso. Cuando nada vale como discurso, hay violencia. El único interés, entonces, es atacar al otro. La crisis de los ideales que se abrió con el fin de la Primera Guerra no se ha desvanecido. ¿A qué deberíamos prestarle atención?

Hoy vemos un llamado a un nuevo orden moral, apoyado en el retorno de la religión como moral cotidiana. Cuando en Europa hay violencia en los suburbios, se hace un llamado a los imanes musulmanes para que dirijan un discurso de paz a los jóvenes de la inmigración.

También a los curas, para tratar de ordenar un poco el caos engendrado por estos jóvenes desamparados que manifiestan conductas estrictamente autodestructivas por la desesperanza en la que están sumidos. En la esfera política, a través de la famosa oposición entre las cuestiones de issues (temas) y values (valores), vemos que ahora el tema es moral.

Hay una tendencia a pensar que para volver a obtener una cierta calma en la civilización se necesita multiplicar las prohibiciones, que la tolerancia cero es muy importante para restaurar un orden firme, que la gente tenga el temor de la ley para luchar contra sus malas costumbres. Los analistas, frente a esta restauración de la ley moral, saben que toda moral comporta un revés, que es un empuje superyoico a la transgresión.

Precisamente, la idea de los analistas en su experiencia clínica es que saben que cuando la ley se presenta sólo como prohibición, incluso prohibición feroz, provoca un empuje feroz, sea a la autodestrucción, sea a la destrucción del otro que viene sólo a prohibir. Hay que autorizar a los sujetos a respetarse a sí mismos, no sólo a pensarse como los que tienen que padecer la interdicción, sino que puedan reconocerse en la civilización.

Esto implica no abandonarlos, hablarles más allá de la prohibición, hablar a estos jóvenes que tienen estas dificultades para que puedan soportar una ley que prohíbe pero que autoriza también otras cosas. Hay que hablarles de una manera tal que no sean sólo sujetos que tienen que entrar en estos discursos de manera autoritaria, porque si se hace esto se va a provocar una reacción fuerte con síntomas sociales que van a manifestar la presencia de la muerte.

Verónica Rubens: ¿Cómo criar a los niños en esta época?

Eric Laurent: Hay que criar a los chicos de una manera tal que logren apreciarse a sí mismos, que tengan un lugar, y que no sea un lugar de desperdicio. En la economía global actual, el único trabajo que puede inscribirse es uno de alta calificación, al cual no siempre van a tener acceso.

No podemos pensar que vamos a salir adelante sólo con la idea de que si uno trabaja bien y tiene un diploma va a encontrar un trabajo. Hay niños que no van a entrar y, a pesar de esto, tienen que tener un lugar en nuestra civilización.

No hay que abandonarlos. Y éste es el desafío más importante que tenemos, el deber que tenemos nosotros frente a ellos. Concebir un discurso que pueda alojarlos dentro de la economía global.

* From La Nación Digital

Fuente: ELP

http://tinyurl.com/louspn

DueloydepresionEl dolor cede, no será eterno, aunque mientras se lo siente parece que así lo fuera. 

Por Margarita Fernández (*), especial para Agencia NOVA

Cuando muere un ser querido, al concluir una relación amorosa, al abandonar un ideal o proyecto, después de una mudanza, frente a la cercanía de la jubilación, etc. Toda vez que sufrimos alguna pérdida nos vemos ante la dolorosa tarea de atravesar un duelo.   

En su texto de 1917 “Duelo y melancolía” Freud  dice:

“… El duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida de una persona amada, o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc …” 

Es un proceso normal que se lleva adelante ante estas circunstancias no deseadas, involucra toda la personalidad e incluso las relaciones con los otros.  Sumerge a la persona en una crisis vital que podrá concluir con su superación y mayor crecimiento personal, o por el contrario puede debilitarlo y predisponerlo a todo tipo de trastornos ya que no todas las personas disponen de recursos suficientes para enfrentar y elaborar adecuadamente una pérdida.  

Las causas desencadenantes de un duelo pueden ser múltiples, pero todas ellas tendrán como base común la valoración afectiva que consciente e inconscientemente es atribuida a aquello que se ha perdido. No se lo considera un estado patológico, pasado cierto tiempo se lo supera, cosa que es bien distinta a lo que ocurre en la melancolía que efectivamente constituye un estado patológico.  

El primer médico que describió la melancolía fue Hipócrates en el siglo IV antes de Cristo y se lo ha considerado el padre de la medicina moderna occidental.  Posteriormente  hubo muchos más desarrollos de este concepto, entre ellos los de la psiquiatría alemana y francesa, actualmente se habla de depresión

Ante circunstancias similares algunas personas desencadenan un duelo, otras un cuadro melancólico.  En estas últimas hay una disposición para este tipo de reacción. 

Tanto el duelo como la melancolía se caracterizan por un estado de desazón, dolor, cancelación del interés por el afuera, pérdida de la capacidad de amar y la inhibición de toda productividad. A lo que se agrega en la melancolía una perturbación en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones.  

Se trata de un enorme empobrecimiento del Yo, pues éste se menosprecia y enfurece contra sí mismo.  Este cuadro por lo general va acompañado de insomnio, repulsa del alimento y un desfallecimiento de la pulsión que compele a todos los seres vivos a aferrarse a la vida. 

Etimológicamente el término duelo significa “dolor” y también “desafío o combate entre dos”. 

En su ya clásico artículo Freud destacó especialmente que, en contraste con la pérdida conciente que caracteriza al que sufre un duelo normal, en la persona melancólica parece que la pérdida fuese de un objeto inconciente.

En el duelo es el mundo quien ha quedado pobre y vacío mientras que en la melancolía es la persona quien se siente de esa manera, es decir empobrecido y despreciable, por eso lo riesgoso de un suicidio en estos casos.  

El duelo demanda un trabajo que una vez cumplido, el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido. 

Ese objeto ya no está, se trata de aceptar la ausencia, en esto consiste el trabajo del duelo.  Esta aceptación se va dando de manera lenta y prolongada en el tiempo, es un reconocimiento, una asimilación paulatina de esa pérdida, aunque por un lapso de tiempo dicho objeto continúa en lo psíquico. 

Esta es una diferencia con la melancolíaNo es que el melancólico no sabe que perdió algo, lo sabe pero no lo quiere o no lo puede creer, por más que lo sepa no se entera, no se anoticia de ese hecho traumático para él porque hay algo inconciente que atañe a esa pérdida.

LO FATAL (Rubén Darío)

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…

¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos.

Si bien suena un poco melancólico, este poema pareciera hablarnos, entre otras cosas, de la incertidumbre que es propia de la vida misma y del dolor de existir, que a algunos se les torna tan insoportable que optan por el suicidioEl suicida es el que desiste del dolor de existir. 

Si la muerte se presenta como un interrogante al que se le pretende dar respuesta desde la filosofía, la religión y las diferentes culturas, porque no tiene representación psíquica, es inimaginable; el suicidio deja abierto en los que quedan un eterno ¿por qué? ya  que se torna en un acontecimiento enigmático, es un acto mudo. La respuesta será un secreto que guardará por siempre el que optó por darse muerte. Los deudos quedan con un profundo sentimiento de desvalimiento y dolor. 

El acto suicida expresa un sentimiento de vacío de sentido y la imposibilidad de ensayar cualquier otra estrategia para la vida, se trata de una medida extrema.

No es lo mismo el suicidio consumado que el intento de suicidio que es fallido y oficia como un llamado, un alerta, un pedido de ayuda al que hay que acudir.   

Si frente al suicidio de un ser querido se opta por el silencio, se obstruye la posibilidad de poner palabras al dolor, la bronca, la indignación, el sufrimiento y no es posible la elaboración del duelo

Desde el psicoanálisis se habla tanto de melancolía, como así también de depresiones y afectos o rasgos depresivos, que se presentan de manera diferente según la estructura del sujeto; no es lo mismo una depresión en la neurosis que en la psicosis. Al hablar de estructura hago referencia a los tres grandes grupos, neurosis, psicosis y perversión

Hay una variedad de manifestaciones, lo que importa es la particularidad de cada casoDetrás de esta variedad se encuentra algo inherente a la condición humana, a lo que somos como sujetos y que tiene que ver con lo que Lacan, quien fue un psiquiatra y psicoanalista francés, continuador de la obra de Freud, nombraba como el “dolor de existir” que nos muestra la vida como vacía de sentido, es el dolor propio a la existencia humana.

Hay quienes no pueden hacer otra cosa que quedarse instalados en este dolor ya que se complacen, sin saberlo, en el sufrimiento mortífero.  Esto opera a nivel inconciente

Lo opuesto es el camino del deseo, es decir la posibilidad de atravesar este dolor.  A esto conduce un tratamiento psicoanalítico. 

Miguel Hernández, en su poema, “El rayo que no cesa”, habla del dolor de existir con absoluta claridad. 

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena en mi paz y pena en mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno! 

Las depresiones contemporáneas no solo se producen por una falta del objeto de amor, es decir por una pérdida o ausencia, sino que además ocurren por una excesiva presencia del objeto de goce. Son depresiones del confort, de la rutina, que surgen del empuje maníaco del mundo actual, de la banalidad de nuestra cultura del entretenimiento y el consumismo. 

Otra forma que toma la depresión hoy en día tiene que ver con el aburrimiento, con la falta de proyectos, el no saber que hacer con la propia vida. 

La otra cara de la melancolía es la manía. En la actualidad, desde la psiquiatría se habla de trastornos bipolares. Esto es, en un polo la depresión o melancolía y en el otro la manía. Antes se lo conocía como enfermedad maníaco depresiva. 

La manía presenta los síntomas opuestos a la melancolía, que son inhibición y depresión

Se caracteriza por un estado de euforia y desinhibición. Es una fase de triunfo del Yo sobre el objeto perdido que se libera y por lo tanto queda disponible para sí el monto de energía (libido) que estaba puesta en el sufrimiento melancólico. 

No toda melancolía gira hacia el polo maníaco, solo algunos casos muestran esa alternancia, son cuadros cíclicos que con un tratamiento adecuado logran estabilizarse.

Frente a este síntoma de lo contemporáneo el psicoanálisis ofrece la posibilidad de tratar el dolor de existir de manera distinta a la que ofrece el discurso imperante en nuestra sociedad, una forma de tratamiento que no va por la vía de las recetas fáciles ni de los manuales ni de la mecanización tecnológica sino por la vía de restituir la palabra y la dignidad del sujeto. 

Al dolor de existir se contrapone la alegría de vivir que algunos sienten por el solo hecho de estar vivos, levantarse por las mañanas, aunque cueste y ver salir el sol, aunque esté nublado. Por estar sanos o luchando contra alguna enfermedad, por estar peleando para salir de alguna crisis o duelo, o sencillamente por lo maravilloso de honrar la vida, como dice Eladia Blázquez. 

Hay muchas personas que, atravesando un duelo logran ponerse en actividad, ocuparse de sí mismas, de sus cosas, poner la energía en proyectos, estar en compañía de sus afectos, leer, distraerse; en fin,  crean otros paraísos ya que el que tenían lo perdieron para siempre

Hacen todo eso en lugar de entregarse a la depresión, que es como entregarse a la muerte. 

No evitan el dolor ya que es inevitable y no hay analgésicos para el alma, solo algunos antidepresivos que atenúan un poco el malestar. Llevan el dolor con dignidad que no es poca cosa, pueden llorar por lo perdido y es preferible hacerlo ya que el agua al estar estancada se pudre. Es así como se liberan del martirio de agregarle más dolor al inherente a un duelo. 

No se trata de negar lo acontecido ni hacer de cuenta que “acá no pasó nada”, no estoy hablando de eso. Tampoco es cuestión de hacer un esfuerzo por olvidar, eso viene como resultado de la elaboración realizada y del paso del tiempo, que junto a esa elaboración van cerrando las heridasEl dolor cede, no será eterno, aunque mientras se lo siente parece que así lo fuera. 

Luchar para no morir en vida, no es tarea sencilla, implica un esfuerzo enorme, aunque bien vale la pena intentarlo ya que conecta con el propio deseo y aleja de la muerte. 

La resiliencia es un concepto que viene de la física, se refiere a la capacidad de resistencia elástica de algunos materiales para soportar un choque y volver a recuperar la forma inicial o aún lograr una forma mejor.

Es decir que se trata de la cualidad de mejorar que tienen algunos elementos al ser sometidos a condiciones extremas. La psicología ha adoptado este término para describir la capacidad que tienen algunas personas de enfrentar experiencias adversas, sobreponerse y salir fortalecidos o transformados para bien. 

(*) Margarita Fernández
Psicoanalista
E-mail:  marguifer@hotmail.com

El diván como potencia literaria

Elpais

Un grupo de escritores y artistas analiza su experiencia con el psicoanálisis
JOSÉ ANDRÉS ROJO – Madrid – 14/07/2008

(Comentario en EL PAIS, de «La Regla del Juego» Editorial Gredos, Madrid 2008, Edición para España y Latinoamerica a cargo de Lidia Lopez Schavelzon)

RegladejuegoLa angustia sigue estando ahí. Y afecta a muchas personas, empujándolas al infierno del sufrimiento. Hace ya muchos años, las teorías de un joven médico sacudieron la Viena del siglo XIX, y con el tiempo se fueron imponiendo en otros lugares.

El psicoanálisis, la gran creación de Sigmund Freud, puso patas arriba el mundo, cambió la manera de ver las relaciones entre hombres y mujeres, puso en órbita la importancia del sexo y señaló que existía, en nuestro interior, un inmenso continente desconocido (el inconsciente).

¿Fue, sin embargo, eficaz su propuesta de tumbar al paciente en el diván, y que empezara a hablar, para curar sus neurosis, para acabar con sus angustias?

La actriz Isabelle Adjani cuenta que para embarcarse en ese desafío necesitó tiempo, «ese tiempo de la necesidad real de ponerme… del lado de la vida».

¿Qué pasa con el psicoanálisis? ¿Es sólo un reino de charlatanes y farsantes, una invitación a hablar una jerga extraña, un baile de interpretaciones sobre los sueños más disparatados?

El año 2005 se publicó en Francia El libro negro del psicoanálisis, donde más de cuarenta especialistas se aplicaban a fondo para cargarse a Freud y sus teorías y prácticas, y todo lo que vino después.

Un año después, otro libro se propuso contestar lo que allí se decía: en La regla de juego.

Testimonios de encuentros con el psicoanálisis (Gredos), Bernard-Henri Lévy y Jacques-Alain Miller han reunido los comentarios de artistas, escritores, psicoanalistas e intelectuales sobre su relación, teórica y práctica, con esa disciplina.

 ¿Cómo entraron en esa historia y cómo les fue allí? La edición que acaba de aparecer aquí ha incorporado diferentes aportaciones procedentes de España y Argentina.

«Yo comencé una cura de psicoanálisis en 1972, porque después de haber visitado Auschwitz, cementerio sin tumbas donde están mis abuelos maternos, volví sin habla», recuerda la filósofa Catherine Clément, que luego confiesa que en el diván encontró la risa, «que me era ajena», y la manera de criar a sus hijos y de superar el Holocausto.

El psicoanalista Hervé Castanet explica que a los veintidós años estaba buscando de manera desesperada una salida a su aburrimiento, y empezó una terapia.

Hay quien habla de que frecuentó el diván porque no rendía en sus exámenes (Marlene Belilos) y Tom Bishop, profesor de civilización francesa en Nueva York, cuenta que el psicoanálisis lo ayudó a sobreponerse «a una infancia de huida de los nazis» y a superar la culpa «de haber sobrevivido cuando tantos otros no tuvieron esa suerte». Tahar Ben Jelloun sostiene que el rechazo al psicoanálisis viene del «miedo a ir al fondo de sí y el miedo a descubrir lo que no se tiene en absoluto deseo de descubrir».

En La regla de juego hay testimonios para todos los gustos. Piezas cortas y piezas largas. Son más de cien los que intervienen. Contestan cómo conocieron el psicoanálisis, qué le deben, qué es lo que les importa de esa disciplina.

Fernando Arrabal ha escrito un largo poema que ha titulado Mi psicoanalista (yo) y yo, y en el que repite con insistencia una frase: «¡Yo te saludo, demente!».

«Todo niño es un loco, el loco es sólo un niño / cuando posa su cabeza sobre el diván de plumas», dice allí en unos versos.

Otros, en cambio, han sido más breves y rotundos. Como el cineasta Josée Dayan, que se limita a decir:

«No soy psicoanalista, pero, aunque el psicoanálisis sólo hubiera servido para darnos a Woody Allen, lo bendeciría».

Y los hay, seguramente más próximos a Lacan que a Freud, que son capaces de formular opiniones de esta envergadura: «El campo escópico es el que más completamente elude a la castración» (Hervé Castanet, el que de joven se aburría).

El Libro negro… había sido bastante duro con que lo que, consideraban, era una «costumbre pseudocientífica que sólo perdura en Francia y Argentina».

Y Ricardo Piglia, un argentino, comenta en La regla de juego que el psicoanálisis es atractivo «porque todos aspiramos a una vida intensa» y que «en medio de nuestras vidas secularizadas y triviales, nos seduce admitir que en un lugar secreto experimentamos o hemos experimentado grandes dramas».

Y apunta: «El psicoanálisis es en cierto sentido un arte de la natación, un arte de mantener a flote en el mar del lenguaje a gente que está siempre tratando de hundirse».

Juan José Saer, otro escritor argentino, subraya que lo que hizo Freud fue rendirle un homenaje sincero y profundo a la poesía, y lo hizo porque «el análisis es una actividad esencialmente verbal», y porque «la palabra es el único instrumento terapéutico con que cuenta».

Son muchos los testimonios de escritores que reconocen que sus obras tienen una profunda deuda con el psicoanálisis. Juan José Millás, que no está incluido en La regla de juego, escribe en El mundo (Planeta), su última novela: «Los cincuenta minutos de sesión significaban cincuenta minutos de visión. No era raro que al abandonar la consulta tuviera que pasear una o dos horas para digerir lo que había visto desde el diván».

Y Lolita Bosch, que sí está incluida, considera que el psicoanálisis «tiene una capacidad que la literatura casi nunca tiene: detener el tiempo y buscar lo previo, lo previo, lo previo».

El encuentro con Freud desencadenó en el escritor gallego Suso de Toro una profunda crisis intelectual: «De algún modo pervirtió mi mirada sobre la realidad, fue la pérdida de la inocencia», dice, y luego cuenta que a los cincuenta años acudió al diván para revisar su vida. Y recomienda la experiencia.

El filósofo Eugenio Trías se psicoanalizó durante cinco años y la tiene por «una de las experiencias más importantes» de su vida. «Me permitió trazar el relato de mi propia historia personal», comenta, y confiesa que para volver a su infancia acudió «a una colección de sueños» que consiguió recuperar durante el tiempo que tuvo esas sesiones. Sueños de infancia, de la preadolescencia.

¿Curarse de la angustia, decantarse por el lado de la vida, explorar nuestros secretos íntimos, servirse de la palabra para darle sentidos nuevos a nuestras experiencias?

El caso es que no habrá seguramente nunca acuerdo sobre si el psicoanálisis es una ciencia o mera charlatanería. En lo que sí parecen coincidir muchos de los que intervienen en La regla de juego es en la enorme capacidad del psicoanálisis para provocar literatura, y quizá esto proceda también de lo bien que escribía el propio Sigmund Freud.

Eric Orsenna cuenta que él no se acostó en ningún diván, que se sentó. «Y lloré, hablé, hice silencio, balbuceé, retrocedí, caminé…».

El escritor francés había buscado un psicoanalista porque no tenía un hacha. «Yo tenía, tengo, como todo el mundo, un mar helado en mí», explica Orsenna, y cita a Kafka: «¿Qué es un libro? ¿Es un hacha que mata el mar helado en nosotros?».

¿Es, de verdad, un hacha el psicoanálisis? ¿Puede terminar con este mar helado?

Fuente: AMP Blog

Es una bomba con efecto retardado que los psicoanalistas creían haber desactivado. Hace cinco años, la profesión se levantó contra la enmienda, propuesta por el diputado UMP Bernard Accoyer, que quería reglamentar la psicoterapia.

La ley sobre el título de psicoterapeuta nunca fue aplicada, por falta de un decreto. Pero el Consejo de Estado debería restablecer este decreto. El reglamento definitivo provoca la cólera de los psicoanalistas. Uno de los más eminentes toma la pluma en las columnas de Le Point.

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Jacques-Alain Miller

El «psi» se ha vuelto para los franceses un personaje familiar. No porque siempre se sepa precisamente lo que distingue al psicoanalista y al psicoterapeuta, el psiquiatra que da medicamentos y el psicólogo que no da. Para la opinión pública, el psi, es primeramente alguien que los escucha.

Es alguien a quien confiarse, en quien fiarse, ante quien uno puede entregarse con toda libertad. Alguien que ayuda al sufrimiento (o el enigma) que los habita a expresarse y a ponerlo en palabras. Alguien que los recibe en tanto que usted es un ser a parte, una excepción que vale por sí misma, no cualquiera, no un número, no un ejemplar de su clase etaria o de su clase social.

En un mundo donde cada uno puede sentir que es de aquí en más desechable, el encuentro con el psi sigue siendo un claro en el bosque, un enclave íntimo, podemos incluso decir un oasis espiritual.

Frente a la amplitud de este fenómeno de sociedad, las grandes instituciones y las grandes empresas han querido tener sus psi.

Pero el público no se engaña; sabe muy bien cuando el psi sirve ante todo a los intereses de un amo y cuando está al servicio primeramente de aquel que habla. Y bien, este mundo está amenazado con terminar.

Sepan que, en las profundidades del Estado, de las oficinas oscuras trabajan denodadamente en la puesta a punto de un prototipo por ahora secreto, destinado a desembarazarse progresivamente de los psi de antaño: y el psi que, en el nombre de su autonomía profesional, resiste a su jerarquía; y el psi genial, que no debe su clientela a ninguna publicidad, y el psi liberal, que no le debe a nadie más que a su analizante.

¡Los psi al tacho de basura! ¡Dar lugar a los techno psi!

El techno psi no tendrá como función recibir a cada uno en la singularidad de su deseo: ¡qué pérdida de tiempo! ¡Que mala proporción costo beneficio! Y además, curar con palabras, ¡es brujería! No, el techno psi no escucha, cuenta y clasifica, compara.

Observa comportamientos, evalúa trastornos, anota los déficits. Autonomía cero: obedece los protocolos, hace lo que se le dice, recoge datos, los entrega a equipos de investigación. Los aparatos del Estado están allí desde los primeros pasos de su formación, y él permanecerá sumiso a ellos a lo largo del tiempo por evaluaciones periódicas. La verdad es que el tecno psi no es un psi: es un agente de control social total, él mismo bajo vigilancia constante.

Lo sé: creerán que es ciencia ficción. Ni siquiera Stalin se atrevió a eso. Aun más fuerte que la Stasi: ella ponía micrófonos, aquí les adosan directamente un técnico en el cerebro. Sin embargo es a lo que tiende muy precisamente el texto de la decisión que un cónclave de funcionarios de la salud y de la Enseñanza superior se vanagloria en hacer firmar por sus ministros en París, en la humedad del mes de agosto.

Este bonito proyecto descansa en un escamoteo. No basta con programar la muerte del pueblo psi: para que nada de él subsista. Es necesario aún despojarlo de su nombre. Techno-psi, te bautizo… ¡psicoterapeuta!

A partir del momento en que el Consejo de estado haya adoptado el decreto de aplicación de la ley sobre el título de psicoterapeuta, caerán las máscaras: no una simple decisión ministerial, será el año I de la era del techno psi.

Pensamos en Brecht: el gobierno, descontento del pueblo, decide disolverlo y elegir otro.

O aun en Lewis Caroll:

«La cuestión, dice Alicia, es saber si usted tiene el poder de hacer que las palabras signifiquen otra cosa que lo que ellas quieren decir. – La cuestión, respondió Humpty Dumpty es saber quién será el amo… Un punto, es todo.»

Lo peor, sin embargo, no es seguro. Me extrañaría que Roselyne Bachelot, que Valérie Pécresse quieran unir sus nombres a esta infamia.

Y además, está también la joven que testimonió públicamente lo que ella le debía al psicoanálisis. Habiéndose convertido en la «reina de corazónes» de este país, ella no dirá: «¿El psicoanálisis? ¡Que le corten la cabeza!»

Le Point N° 1868

Traducción: Silvia Baudini

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Entrevista otorgada el sábado 19 de enero de 2008
por Jacques-Alain Miller
al Diario Libération
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«Replegarse sería mortal para el psicoanálisis»

por ÉRIC FAVEREAU
Diario: sábado 19 de enero de 2008

Jacques-Alain Miller. Yerno de Jacques Lacan. Personalidad muy controvertida, director del departamento de psicoanálisis de la universidad Paris-VIII, Jacques-Alain Miller, 63 años, creó en 1981 la Escuela de la Causa Freudiana.

En 1992, fundó la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Bajo su autoridad se publican los textos de los seminarios de Jacques Lacan, a cuenta gotas, se lamentan algunos. Es también alguien que polemiza. A la cabeza de la lucha contra la enmienda Accoyer, que quería legislar sobre la psicoterapia, retoma el combate contra los cognitivistas, obsesionados con la evaluación.

Organiza en la Mutualité en Paria, el 9 y 10 de febrero, un «gran meeting para que viva el psicoanálisis», sobre el tema: ¿qué política de civilización?

– Se habla nuevamente de la enmienda Accoyer, que busca enmarcar el uso del título de psicoterapeuta. Provocó la ira de todo el medio analítico. Vuelve pero bajo una forma atenuada. Y usted, vuelve a la guerra…

El asunto de la enmienda está cerrado. No hay ningún contencioso después que Bernard Accoyer renunció a su primer texto, que se arriesgaba a definir las diversas psicoterapias. Su preocupación por regular el uso del título de psicoterapeuta fue escuchado por el medio psi, que, desde hace pronto tres años, es parte interesada en la concertación sobre el decreto de aplicación. Por el contrario, sí, para mí el combate se ha vuelto permanente.

– ¿Pero qué combate?

Freud diagnosticó hace mucho tiempo un “malestar en la civilización». Estamos mucho más allá: todo el mundo siente que la civilización occidental tiende a volverse francamente invivible. Esto suscita revueltas, una guerra civil, pero que respeta las formas del debate democrático.

– ¿Ciertamente, pero qué guerra ?

Hay una guerra ideológica que opone, por una parte, los cuantificadores, los cognitivistas (1), con su pretensión creciente de regentear la existencia humana en todos sus aspectos, y por otra parte, todos aquellos que no se inclinan ante la cuantificación en todas partes. El fanatismo de la cifra, no es la ciencia, es su mueca.

No hace mucho, la administración, era aún burócratas a la Courteline. De ahora en más, la electrónica pone entre las manos de las burocracias occidentales un poder inmenso de almacenamiento y de tratamiento de la información.

Se han embriagado con eso, perdieron el sentido común. Las más afectadas son las de la Unión europea, herederas de las monarquías. Van hacia la vigilancia generalizada, de la cuna a la tumba. Aspiran al control social total.

Se prometen remodelar al hombre en lo que tiene de más profundo. No se trata ya solo de «gobernar los espíritus«, como quería Guizot, ni incluso sugestionarlos con olas de propaganda masiva.

Nuestros amos están tan confundidos por el progreso inusitado de las bio y nanotecnologías que sueñan con manipular en directo el cerebro con implantes y electrodos. Hasta tanto se pueda hacer eso, ¿por qué no poner a punto una humanidad higiénica, desembarazada de una buena vez de lo que Freud llamaba la pulsión de muerte, una especie humana mejorada, transhumana?

Quedamos reducidos a decirnos: !por fortuna existe el papa! Pues cuando los débiles mentales tienen el poder, el progreso científico engendra utopías autoritarias que son verdaderos delirios megalomaníacos. Esto fracasará sin remedio, pero hasta tanto produce estragos. No hay que dejar hacer, incluso si los clivajes nuevos que suscita esta desmesura no obedecen ya a la lógica izquierda derecha.

– ¿Pero, en qué concierne al psicoanálisis esos clivajes, que es del orden del dominio privado?

Desde comienzos del siglo XXI, la burocracia decidió que la salud mental de los pueblos formaba parte de sus atribuciones. Invadió los dominios de la escucha, de las terapias por la palabra, se ocupó de remodelarlas del principio al fin. En la práctica, esto quiere decir: atacar al psicoanálisis.

Tratar de eliminarlo en provecho de la técnicas de persuasión, las terapias cognitivo comportamentales, que pretenden que sus efectos son cifrables, por lo tanto científicos. Es la impostura del cognitivismo. El cognitivismo, es decir la creencia que el hombre es análogo a una máquina que trata la información.

En esta óptica, se trata de hacerle escupir cifras al alma. Se mide a cuanto más mejor, se cuenta todo y no importa qué; los comportamientos, las casillas marcadas de los cuestionarios, los movimientos del cuerpo, las secreciones, las neuronas, los colores de la resonancia magnética, etc.

Sobre estos datos recogidos de este modo, se elucubra, se los homologa a otros tantos procesos mentales que son perfectamente fantasmáticos, se imaginan haber puesto la mano sobre el pensamiento. En resumen, se divaga, pero como está cifrado parece científico. Todo un cúmulo de metáforas infiltró de este modo el discurso corriente, a fuerza de producir y de manejar máquinas, al hombre contemporáneo le gusta imaginarse ser una de ellas.

– ¿Un ejemplo ?

Nos explican que estar enamorado, ocurre cuando nuestra serotonina baja a menos del 40 %. Esto se midió en cobayos que aseguran piensa en el ser amado al menos cuatro horas por día. ¿El amor loco? Hace subir la dopamina. Por lo tanto si usted tiene propensión al amor loco, se trata sin duda de que tiene una pequeña falta de ese lado.

Por el contrario, si usted permanece con la misma persona, es porque su tasa de ocitocina, llamada la hormona del amor

En resumen, se retranscriben sus emociones en términos cuantitativos, y el juego está hecho. Esta cuantificación enloquecida, que es un puro simulacro del discurso científico, se extiende por todas partes. Constituye la felicidad de la administración, la justifica, la alimenta, la incita a recubrir todos los aspectos de la vida.

– ¿Todo debe arrojarse en el cognitivismo ?

!Oh sí ! Es una ideología que mimetiza las ciencias duras. Pero si se ha extendido tan ampliamente, es porque expresa algo muy profundo, una mutación ontológica, una transformación de nuestra relación con el ser.

Hoy, no estamos seguros de que algo exista si ese algo no es cifrable. La cifra se ha vuelto la garantía del ser. El psicoanálisis también descansa sobre la cifra, pero en el sentido del mensaje cifrado. Explota las ambigüedades de la palabra. En este sentido está en el polo opuesto del cognitivismo, a este le es insoportable.

– Usted señala igualmente que esta ideología de la cifra está en vías de imponerse en la universidad…

La evaluación hizo su entrada en la universidad hace veinte años, pero hay un salto cuantitativo con la Agencia de evaluación de la investigación y de la enseñanza superior (la AERES). Es muy reciente: fue creada por la ley del 18 de abril de 2006 e instalada el 21 de marzo.

Desde 1985, los organismos encargados de la evaluación se han multiplicado, pero los universitarios e investigadores estaban representados en sus direcciones, y habían aprendido a vivir con ello.

Se acabó. Todo ha desaparecido en provecho de una agencia única, «autoridad administrativa independiente» que cubre el territorio nacional. Actúa bajo la autoridad de un consejo bastante raro, el ministerio nombra a los miembros por decreto.

Ningún miembro elegido. Del mismo modo, el «delegado» nacional, responsable de cada disciplina, no emana, de ningún modo, de la comunidad de los investigadores, es designado por el presidente de la agencia. El sistema fue concebido por el Pr Jean-Marc Monteil, eminente psicólogo social cognitivista.

Está encargado de la misión del gabinete del Primer ministro, mientras que la Agencia es presidida por el Pr Jean François Dhainaut, especialista en biotecnología. Delegado nacional para la psicología: el Pr Michel Fayol, sucesor del Pr Monteil en la universidad de Clermont-Ferand, la única de esa talla donde la psicología clínica es rigurosamente amordazada desde hace años.

El Pr. Monteil me explicó sin risa que era en razón de su incompetencia notoria en la materia. La Aeres es un monstruo burocrático hipercentralizado y particularmente opaco: nada que ver con América. Recuerda más bien a la difunta Unión Soviética.

– ¿Cuál es el objetivo ? ¿Expulsar al psicoanálisis de la universidad?

El objetivo es rentabilizar la investigación. El resultado será muy diferente. En nombre de la planificación total y de la objetividad perfecta, se ejerce el sadismo sobre los universitarios y los investigadores.

Se expanden pasiones tristes – inquietud, pérdida de estima de sí, depresión -, al mismo tiempo que con una dulce voz dicen. «Por favor, no tengan miedo!» Y al mismo tiempo, Sarkozy promete hacer de las universidades lugares de efervescencia intelectual. Esta usina a gas se romperá la cara, por supuesto, pero será mejor que sea lo antes posible.

Aparte de esto, no solo el psicoanálisis es insoportable para los cognitivistas, es el método clínico, porque apunta a lo singular, en tanto que ellos solo juran sobre la estadística. Tienen horror del sujeto, no conocen más que «al hombre sin cualidad», como decía Musil.

– Pero siempre ha habido un combate entre los clínicos y los cognitivistas…

Desde siempre, los clínicos tenían a los estudiantes y los cognitivistas tenían los títulos unviersitarios. Lo que cambió, es que hoy los cognitivistas, amparados en su posición administrativa, intentan erradicar a sus competidores.

Y lo lograrán, salvo si la tutela política reconoce que la unidad de la psicología es de ahora en más un mito. Entonces, se pondrá de un lado al psicoanálisis, la psicología clínica y la psicopatología. Y del otro a la psicología experimental y cognitivista.

Cada dominio con sus competencias propias. A falta de lo cual, el psicoanálisis desaparecerá muy rápido de la universidad. Es lo que le expliqué a Valérie Pécresse, invitado por ella, y es lo suficientemente inteligente como para no permanecer en la memoria como la Atila del psicoanálisis.

– ¿Está el psicoanálisis en estado de defenderse ?

«Vivamos felices, vivamos escondidos», esta era la divisa de los psicoanalistas.

Esto no se sostiene más. Replegarse en su terreno sería mortal para el psicoanálisis, pues ya no tiene terreno, simplemente. En resumen, los psicoanalistas no podrían dispensarse de tomar parte del debate público.

Además existen las prácticas. Hay que innovar. Cada vez más practicantes analizados reciben a sus pacientes en las instituciones. El psicoanalista está en camino de reinventarse. Constatamos que pueden producirse efectos analíticos en otras partes y no solo en el consultorio privado.

Hace cuatro años que la Escuela de la causa freudiana ha abierto un centro psicoanalítico de consulta y tratamientos, en el Xmo distrito de París, que recibe gratuitamente a todo el que llega.

Esto se extendió como un reguero de pólvora: con iniciativas locales, otros diez centros se han abierto en Francia. Cuatro en España, y también en Italia. En vista de los resultados, los poderes públicos los sostienen cada vez más. Esto testimonia una sorprendente evolución de las mentalidades. Logra alcanzar lo que Freud quiso hacer, dispensarios gratuitos. 

– Usted no habla de la amenaza de la psiquiatría biológica y del peso preponderante de los medicamentos…

El psicoanálisis no es la cientología. El recurso a los psicotrópicos no está proscrito por principio..

– ¿Que pensó usted de la campaña nacional sobre la depresión ?

Es Knock a la milésima potencia. Un discurso masificante que trata de penetrar en lo más profundo de cada uno, para remodelar el sentido de sus emociones más íntimas. La ministra de Salud debió darse cuenta de que algo no andaba porque dio su auspicio a un coloquio que organizo sobre el tema.

– Dejemos a los cognitivistas. ¿Puede haber miradas de evaluación sobre las prácticas analíticas?

La cultura de la evaluación es un señuelo. Se apela a ella para cumplir bajas necesidades bajo la cubierta de la objetividad. Se hace como si el saber absoluto posara su dedo sobre usted y le indicara lo que usted vale: usted solo tiene que decir amén. En la práctica, la evaluación está siempre en manos de una clase que hace sus cuentas. Es un procedimiento de tipo soviético. Es la última resistencia a la ley del mercado.

– ¿Usted prefiere las reglas del mercado?

Si hubiera que elegir entre la evaluación y el mercado, preferiría aún el mercado. Para evaluar el departamento de psicoanálisis de París VIII, que es el líder mundial para el psicoanálisis de orientación lacaniana, nos envían algunos desdichados cognitivistas que, ellos, van a remolque de la psicología americana: nos toman por chiflados. Nosotros los consideramos nulos.

– Le control o el pase, ¿no es sin embargo una forma de evaluación?

Una elucidación, no es una evaluación. No se trata de ubicar valores sobre una escala preestablecida, sino de volverse disponible para la sorpresa del acontecimiento singular. El psicoanálisis es algo a medida, no la confección en masa. Dicho esto, en psicoanálisis, se nos juzga todos los días por sus resultados, pero no por expertos: sino por los que lo utilizan, por el consumidor.

– ¿Como reaccionó usted a la grilla de evaluación de los ministros, sugerida por el presidente de la Republica?

Folklórica. Nadie lo toma en serio. Es para desembarazarse de los ministros perezosos o que dejaron de gustar. Siendo así, el sarlozysmo es un muy curioso voluntarismo, que oscila entre el estatismo y el liberalismo.

Napoleón o Raymosn Aron, Sarkozy no eligió, y eso vira a la confusión. Los socialistas, eligieron. El PS fue fragmentado en bandas, todos sus expertos son hiper evaluacionistas. Se convirtió en el partido del «hombre sin cualidades», el portavoz de los altos funcionarios: «¿El interés general? Nos conoce, vamos a calculárselos» No es seguro que la izquierda pueda ahorrarse su disolución si quiere renacer un día.

(1) El congitivismo designa una corriente de investigación científica que sostiene la hipótesis de que el pensamiento es un proceso de tratamiento de la información

Traducción: Silvia Baudini (from eol-postal)
(From Libération)

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