Planeta Freud

Archive for septiembre 1st, 2009

FreudFue en el invierno del año 1899 cuando ví por fin concluido mi libro sobre LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS, aunque su portada estaba fechada anticipadamente con el primer año del nuevo siglo.

Esa obra representaba el fruto de cuatro o cinco años de labor, y su origen fue ciertamente poco común.

Mientras desempeñaba una docencia universitaria en enfermedades nerviosas, había procurado mantenerme a mí mismo y a mi familia, en rápido crecimiento, por medio de una práctica médica dedicada a los enfermos llamados «nerviosos», cuyo número no era, por cierto, escaso en nuestra sociedad.

Pero la empresa demostró ser más difícil de lo que había creído. Los métodos habituales de tratamiento no poseían, evidentemente, ninguna o sólo escasa eficacia, de modo que era preciso explorar nuevos caminos.

¿Cómo se podía pretender, ni remotamente, que el paciente mejorara, si nada se comprendía de su enfermedad, nada sobre las causas de sus trastornos ni sobre la significación de sus manifestaciones subjetivas?

Así, me dediqué afanosamente a buscar una nueva orientación y más amplia instrucción con el maestro Charcot, en París, y con Bernheim, en Nancy, hasta que finalmente cierta observación efectuada por mi mentor y amigo José Breuer, de Viena, me pareció abrir nuevas perspectivas para la comprensión y la eficacia terapéutica.

En efecto, estas nuevas experiencias demostraron con certeza que los enfermos que siempre habíamos calificado de «nerviosos» sufrían en cierto sentido de trastornos psíquicos y debían ser tratados, por tanto, con recursos psíquicos. Nuestro interés debía orientarse, pues, hacia la Psicología.

Pero la Psicología que predominaba a la sazón en las escuelas académicas de Filosofía tenía muy poco que ofrecer, y nada de ello servía a nuestros fines: debíamos descubrir desde el principio nuestros métodos, tanto como sus fundamentos teóricos.

Mis esfuerzos se dirigieron, pues, en esta dirección, primero en colaboración con Breuer y luego independientemente de él. Por fin, entre otros elementos de mi técnica, adopté la norma de requerir a mis pacientes que me comunicaran sin la menor crítica cuanto les pasara por la mente, aun cuando se tratase de ocurrencias que les parecieran insensatas o cuya comunicación les resultase molesta.

Cuando seguían mis instrucciones me contaban, entre otras cosas, sus sueños, como si éstos fuesen de la misma especie que sus restantes pensamientos. Vi en ello una clara indicación de que debía asignar a esos sueños la misma importancia que a los otros fenómenos, más inteligibles.

Pero no eran inteligibles, sino extraños, confusos, absurdos; en suma: como son los sueños, que precisamente por esa razón habían sido descartados por la ciencia como meros espasmos del aparato mental, carentes de finalidad y de sentido.

Si mis pacientes estaban en lo cierto -y con actitud sólo parecían repetir la multimilenaria creencia de la humanidad no científica-, yo me encontraba enfrentado a la necesidad de hallar una «interpretación de los sueños» capaz de resistir a la crítica científica.

Al principio, naturalmente, no comprendía de los sueños de mis pacientes más que los propios soñantes. Pero aplicando a esos sueños, y en particular a los míos propios, un procedimiento que ya me había servido para el estudio de otras formaciones psíquicas anormales, logré responder a la mayor parte de los interrogantes que puede plantear una interpretación onírica.

Aquellos no eran, ciertamente, pocos: ¿En qué se sueña? ¿Por qué en principio es necesario soñar? ¿De dónde proceden todas las extrañas características que distinguen los sueños del pensamiento vigil? Y muchas otras semejantes.

Algunas de las respuestas pudieron ser obtenidas fácilmente y demostraron confirmar opiniones ya expresadas; otras implicaban hipótesis totalmente nuevas con respecto a la estructura y al funcionamiento de nuestro aparato psíquico.

La gente sueña con las cosas que han ocupado su mente durante el día; la gente sueña para aplacar los impulsos que amenazan perturbar el reposo y con el objeto de poder seguir durmiendo.

¿Por qué entonces podía el sueño parecer tan extraño, tan confusamente insensato, tan manifiestamente opuesto al contenido del pensamiento vigil si en última instancia demostraba referirse al mismo material?

Evidentemente el sueño era sólo el sucedáneo de una actividad cogitativa racional y era susceptible de interpretación, es decir, de ser traducido a tal proceso racional; pero lo que necesitaba ser explicado era el fenómeno de la deformación que la elaboración onírica impone al material racional e inteligible.

La deformación onírica representaba el problema más profundo y dificultoso del mundo de los sueños.

A fin de resolverlo, arribé a las siguientes conclusiones que sitúan el sueño en una misma categoría con otras formaciones psicopatológicas y lo revelan, en cierto modo, como la psicosis normal del ser humano.

Nuestra mente, ese precioso instrumento que nos permite imponernos en la existencia, no es, en efecto, una unidad pacíficamente cerrada en sí misma, sino que puede compararse más bien a un Estado moderno, en el cual una masa ávida de goce y de destrucción debe ser sofrenada por la fuerza de una sabia y prudente clase superior.

Cuanto ocurre en nuestra vida mental y cuanto halla expresión en nuestros pensamientos son derivados y representantes de los multiformes instintos dados en nuestra constitución somática; pero no todos esos instintos son igualmente gobernables y educables para adaptarlos a las demandas del mundo exterior y de la sociedad humana.

Algunos han retenido su primitivo carácter indómito; si los dejáramos seguir su propio curso, nos perderían inevitablemente. Por consiguiente, la experiencia de nuestros sufrimientos nos ha llevado a desarrollar en nuestra mente una serie de organizaciones que en la forma de inhibiciones se opone a las manifestaciones directas de los instintos.

Todo impulso desiderativo que surge de la fuente de las energías instintuales debe someterse al examen de nuestras instancias psíquicas superiores, y si éstas no lo aprueban, es rechazado o impedido de influir sobre nuestra motilidad, es decir, de alcanzar su realización.

Más aún: a menudo estos deseos hasta son impedidos de ingresar a la consciencia, que por lo general ni siquiera conoce la existencia de esas fuentes instintuales peligrosas. Decimos entonces que dichos impulsos se hallan reprimidos para la consciencia y que subsisten sólo en el inconsciente.

Si lo reprimido logra irrumpir alguna parte, sea a la consciencia, a la motilidad o a ambas, entonces habremos dejado de ser normales: en ese momento desarrollamos toda la gama de síntomas neuróticos y psicóticos.

El mantenimiento de las inhibiciones y represiones que se han tornado necesarias impone a nuestra vida mental un considerable desgaste de energía, del cual aquélla está siempre muy dispuesta a renunciar.

El estado nocturno del sueño parece ofrecer una excelente ocasión para ello, ya que el dormir implica la cesación de nuestras funciones motrices. La situación parece segura, de modo que atenuamos la severidad de nuestra policía interna.

No la abolimos por completo, pues no se puede confiar del todo: quizá el inconsciente no duerma nunca. Pero entonces ejerce su efecto el atenuamiento de la presión sobre el inconsciente reprimido: surgen de él deseos que durante el reposo hallan abierto por lo menos el acceso a la consciencia.

Si pudiésemos conocerlos, quedaríamos horrorizados ante su contenido, su carácter desmesurado, aun ante la mera posibilidad de su existencia. Esto, empero, sólo ocurre raramente, y cuando ocurre nos apresuramos a despertar, dominados por el miedo. Por regla general, la consciencia no llega a enterarse del sueño tal como realmente era.

Es cierto que las fuerzas inhibidoras -la censura onírica, como hemos dado en llamarlas-nunca se despiertan del todo; pero tampoco se hallan jamás completamente dormidas.

Han tenido la oportunidad de influir sobre el sueño mientras éste pugnaba por expresarse en palabras y en imágenes; han eliminado así lo más ofensivo, han modificado otras partes hasta tornarlas irreconocibles; han roto las conexiones legítimas, introduciendo otras falsas, hasta que la sincera, pero brutal, fantasía desiderativa del sueño se convierte en el sueño manifiesto, tal como nosotros lo recordamos: más o menos confuso, casi siempre extraño e incomprensible.

El sueño, pues -o la deformación onírica que lo caracteriza-, es el producto de una transacción, testimonio de un conflicto entre los impulsos y los anhelos mutuamente incompatibles de nuestra vida mental. No olvidemos, empero, que el mismo proceso, el mismo interjuego de fuerzas que explica el sueño del soñante normal, nos da también la clave para comprender todos los fenómenos neuróticos y psicóticos.

Debo disculparme por haber hablado tanto hasta aquí de mí mismo y de mi labor con los problemas del sueño; mas todo esto es una imprescindible introducción a lo que sigue. Mi explicación de la deformación onírica me parecía entonces algo nuevo, pues en parte alguna había encontrado nada parecido.

Años más tarde (ya no atinaría a decir exactamente cuándo) cayó en mis manos el libro de Josef Popper-Lynkeus Phantasien eines Realisten («Fantasías de un realista»). Una de las narraciones que contenía se llamaba «Soñar como estando despierto», y no pudo dejar de despertar mi más viva atención.

En efecto, describíase allí a un hombre que podía alabarse de no haber soñado nunca nada insensato.

Sus sueños podían ser fantásticos, como los cuentos de hadas; pero no se hallaban en contradicción tal con el mundo de la vigilia, que se pudiera decir categóricamente que «fuesen imposibles o absurdos en sí mismos».

Trasladándolo a mi terminología, eso significaba que en este hombre no tenía lugar ninguna deformación onírica, y la razón aducida para explicar tal ausencia revelaba al mismo tiempo los motivos de su aparición.

Popper confiere a su personaje una comprensión total de las razones de su peculiaridad, haciéndole decir:

«En mis pensamientos, como en mis sentimientos, reinan el orden y la armonía; además, aquéllos nunca luchan entre sí… Yo soy uno, indiviso; los otros están divididos, y sus dos partes -soñar y estar despierto- se hallan en guerra casi permanente.»

Y luego, con respecto a la interpretación de los sueños:

«No es, por cierto, cosa fácil; pero el propio soñante, con un poco de atención, casi siempre debería poder hacerlo. ¿Por qué, en general, no se tiene éxito en la interpretación? Pues porque en vosotros los sueños parecen contener siempre algo escondido, algo pecaminoso en una forma muy peculiar, cierta cualidad secreta de vuestra naturaleza que sería difícil expresar. He aquí por qué vuestros sueños parecen tan a menudo carentes de significado o aun absurdos. Pero, en el más profundo sentido, no es en modo alguno así, más aún: no es posible que sea así, pues el hombre es siempre el mismo, ya esté despierto o soñando.»

Si dejamos la terminología psicológica fuera de consideración, todo esto no era sino la misma explicación de la deformación onírica que yo había alcanzado a través de mis estudios sobre los sueños.

La deformación resultaba ser una transacción, algo insincero por su naturaleza misma, el resultado de un conflicto entre el pensar y el sentir o, como yo lo había expresado, entre lo consciente y lo reprimido.

Donde no existía tal conflicto y la represión era innecesaria, los sueños no podían llegar a ser extraños o carentes de sentido.

Ese hombre que soñaba dormido de la misma manera en que pensaba despierto encarnaba para Popper aquella condición de armonía interna que, en su calidad de reformador social, anhelaba establecer en el seno de la sociedad humana.

Mas si la ciencia nos declara que semejante hombre, totalmente libre del mal y de la falsedad, desprovisto de toda represión, no existe o no podría sobrevivir, cabría replicarle que, en la medida en que es posible una aproximación a ese ideal, ella se vio realizada en la propia persona de Popper.

Abrumado por el encuentro con tal sabiduría, comencé a leer todas sus obras: sus libros sobre Voltaire, sobre la religión, la guerra, la previsión estatal de la subsistencia, etc., hasta que paulatinamente se integró ante mis ojos la imagen del sencillo gran hombre, que era un pensador y un crítico al mismo tiempo que un bondadoso humanitario y un reformador.

Reflexioné mucho sobre los derechos del individuo, que él preconizaba y a los cuales gustosamente yo me habría adherido si no me hubiese detenido la consideración de que ni los procesos de la Naturaleza ni los objetivos de la sociedad humana justifican totalmente sus pretensiones.

Una especial simpatía me atraía a él, dado que, evidentemente, también él había sufrido dolorosamente la amargura de la existencia judía y la oquedad de los ideales de la cultura actual.

Sin embargo, nunca llegué a conocerlo personalmente.

El sabía de mí a través de relaciones comunes, y en una ocasión tuve que responder a una carta suya en la cual me demandaba cierta información. Pero nunca lo visité.

Mis innovaciones en la Psicología me habían alejado de mis contemporáneos, particularmente de los más viejos; demasiado a menudo, cuando me aproximaba a un hombre que había admirado desde lejos, me sentía como repelido por su incomprensión de todo aquello que se había convertido en el contenido mismo de mi existencia.

Después de todo, Josef Popper procedía de la Física y había sido amigo de Ernst Mach; yo no quise que se malograra la feliz impresión de nuestra concordancia con respecto al problema de la deformación onírica.

Así sucedió que fui aplazando la ocasión de visitarlo, hasta que ya fue demasiado tarde, y sólo me restó descubrirme ante su busto en nuestro Parque del Ayuntamiento.

FreudAl leer su carta, en la cual me pide usted que examine algunos sueños de Descartes , mi primer sentimiento fue una impresión de ansiedad, pues por regla general sólo se logra un pobre resultado trabajando con sueños, sin la posibilidad de obtener del propio soñante ciertas orientaciones que faciliten la vinculación mutua entre sus elementos o que los relacionen con el mundo exterior, y tal es, por cierto, el caso, tratándose de los sueños de un personaje histórico.

No obstante, mi tarea demostró ser más fácil de lo que había esperado, aunque no me cabe duda de que el fruto de mi estudio ha de parecerle mucho menos importante de lo que usted tenía derecho a esperar.

Los sueños de nuestro filósofo pertenecen a los que solemos denominar «sueños de arriba» (Träume von oben), es decir, son formaciones ideativas que habrían podido ser creadas con la misma facilidad durante la vigilia que en el estado del sueño, y que sólo en ciertas y determinadas partes derivan su material de estados anímicos más o menos profundos.

Además, estos sueños presentan generalmente un contenido de forma abstracta, poética o simbólica.

Los análisis de esta clase de sueños nos conducen de ordinario a lo siguiente: No atinamos a comprender el sueño; pero el soñante -o el paciente- sabe traducirlo inmediatamente y sin dificultades por la simple razón de que el contenido del sueño está muy próximo a su pensamiento consciente.

Sin embargo, restan aún ciertas partes del sueño sobre las cuales el soñante nada puede decir: he aquí, precisamente, las partes que pertenecen al inconsciente, y que en muchos aspectos son las más interesantes. En el caso más favorable es posible explicar este contenido inconsciente basándose en las ideas que el soñante ha producido.

Esta manera de examinar los «sueños de arriba» (es preciso entender este término en el sentido psicológico y no en el místico) es la que corresponde aplicar también en el caso de los sueños de Descartes. Nuestro filósofo los interpreta por sí mismo, y si nos ajustamos a todas las reglas de la interpretación de los sueños, no podemos menos que aceptar su explicación, aunque agregando también que no disponemos de ninguna vía que nos permita avanzar más allá.

Confirmando su explicación, diremos que los obstáculos que impiden a Descartes moverse con libertad nos son exactamente conocidos: trátase de la representación onírica de un conflicto interior.

El costado izquierdo es la representación del mal y del pecado, y el viento, la del «genio malévolo» (animus). Naturalmente, no nos es posible identificar a las distintas personas que se presentan en el sueño, aunque Descartes, interrogándolo, no hubiese dejado de reconocerlas.

En cuanto a los elementos extraños, poco numerosos por lo demás y casi absurdos, como, por ejemplo, «el melón de un país extranjero» y los pequeños retratos, Descartes los deja sin explicación.

En lo que se refiere al melón, el soñante ha tenido la idea (original) de figurar así «los encantos de la soledad, pero representados por solicitaciones puramente humanas». Esto no es, por supuesto, exacto; pero podría ser una asociación de ideas que nos condujera hacia una explicación exacta.

En correlación con su estado de pecado, esta asociación bien podría figurar una representación sexual que ha ocupado la imaginación del joven solitario enclaustrado. Sobre los retratos, Descartes no da ninguna aclaración.

FreudEn una acotación a mi estudio sobre El malestar en la cultura aludí, aunque sólo incidentalmente, a cierta conjetura que el material psicoanalítico nos ofrece respecto de la forma en que el hombre primitivo habría conquistado el dominio sobre el fuego.

Véome ahora inducido a volver sobre el mencionado tema por las opiniones discrepantes de la mía que expuso Albrecht Schaeffer y por la sorprendente referencia de Erlenmeyer, en su reciente estudio, acerca de la prohibición de orinar sobre las cenizas que rige entre los mogoles.

Creo que mi hipótesis -de que la condición previa para la conquista del fuego habría sido la renuncia al placer de extinguirlo con el chorro de orina, placer de intenso tono homosexual- puede ser confirmada mediante la interpretación de la leyenda griega de Prometeo, siempre que se tenga debida cuenta de la obvia deformación que media entre los hechos históricos y su representación en el mito.

Estas deformaciones son de la misma índole -y no más violentas-que las que toleramos a diario cuando reconstruimos, a partir de los sueños de nuestros pacientes, sus vivencias infantiles reprimidas, tan extraordinariamente importantes.

Los mecanismos aplicados en esta deformación consisten en la representación simbólica y en la sustitución por lo contrario. No me atrevo a interpretar de tal manera todos los rasgos del mito, pues bien podría ser que en su trama se hubiesen agregados a los hechos primitivos otros sucesos más recientes.

Pero los elementos que admiten interpretación analítica son precisamente los más notables e importantes: la manera en que Prometeo transporta el fuego, la índole de su acto (sacrilegio, robo, engaño de los dioses) y el sentido del castigo que se le impone.

El titán Prometeo -un héroe cultural aún dotado de carácter divino ; quizá en la versión original un demiurgo y creador de seres humanos- trae pues, a los hombres, oculto en un bastón hueco, en una rama de hinojo, el fuego que ha robado a los dioses.

Si nos hallásemos ocupados en la interpretación de un sueño, de buen grado entenderíamos aquel escondrijo como un símbolo fálico, pese a que nos molesta un tanto la insólita acentuación de su oquedad. Pero, ¿cómo relacionar este tubo fálico con la conservación del fuego?

He aquí una conexión que nos parece infructuoso establecer, hasta que recordamos el proceso de la transformación o sustitución por lo contrario, de la inversión de las relaciones mutuas, tan frecuente en el sueño y tantas veces revelador de su sentido oculto. No es el fuego lo que el hombre alberga en su tubo fálico, sino, por el contrario, el medio para extinguir la llama, el líquido chorro de su orina.

De este vínculo entre fuego y agua surge al punto un material analítico que ya nos es familiar.

En segundo lugar, nos hallamos con que la conquista del fuego es un crimen sacrílego, pues se obtiene mediante el robo, la sustracción. Henos aquí ante un rasgo constante e invariable de todas las leyendas sobre la conquista del fuego, presente en los pueblos más dispares y distantes, y no sólo en la leyenda griega de Prometeo, el portador de la llama.

Aquí debe hallarse, pues, el elemento nuclear de esta deformada reminiscencia humana. Pero, ¿por qué aparece la obtención del fuego indisolublemente ligada a la idea de un sacrilegio? ¿Quién es aquí el perjudicado, el engañado?

En la versión de Hesíodo la leyenda nos ofrece una respuesta directa, pues en otra narración, no vinculada directamente con el fuego, Prometeo engaña a Zeus en favor de los hombres, al preparar los sacrificios que le son ofrendados. ¡De manera que los engañados son los dioses!

Como se sabe, la mitología concede a los dioses el privilegio de satisfacer todos los deseos a que la criatura humana debe renunciar, como bien lo vemos en el caso del incesto.

En términos analíticos, diríamos que la vida instintiva, el ello, es el dios engañado con la renuncia a la extinción del fuego, de modo que en la leyenda un deseo humano se habría transformado en un privilegio de los dioses, pues en este nivel legendario la divinidad de ningún modo tiene carácter de superyó, sino que aún representa a la omnipotente vida instintiva.

La sustitución por lo contrario llega a su grado máximo en el tercer elemento de la leyenda, en el castigo que sufre el conquistador del fuego. Prometeo es encadenado a una peña y un buitre le roe diariamente el hígado. También en las leyendas ígneas de otros pueblos interviene un ave, de modo que ha de tener en el conjunto alguna significación que por el momento me abstengo de interpretar.

En cambio, nos hallaremos en terreno seguro al tratar de explicar por qué se eligió el hígado para aplicar el castigo. Para los antiguos, el hígado era asiento de todas las pasiones y de los deseos; así, un castigo como el sufrido por Prometeo era el más adecuado para un delincuente instintivo, para un delito cometido bajo el impulso de deseos ofensivos.

Pero en el demiurgo del fuego nos encontramos precisamente con lo contrario: ha renunciado a sus instintos, demostrando cuán benéfica, pero también cuán imprescindible para los fines culturales es semejante renuncia.

Así, ¿qué podía inducir a la leyenda a considerar semejante hazaña cultural como un delito digno de castigo? Pues bien: si en todas las deformaciones se transparenta la circunstancia de que la obtención del fuego tuvo por condición previa una renuncia instintual, entonces la leyenda expresa sin ambages el rencor que la humanidad instintiva hubo de sentir contra el héroe cultural. Y, por otra parte, esto concuerda con lo que sabemos y esperábamos.

Sabemos que la invitación a la renuncia instintual y la imposición de ésta despiertan la misma hostilidad y los mismos impulsos agresivos que sólo en una fase ulterior de la evolución psíquica llegarán a expresarse como sentimiento de culpabilidad.

La impenetrabilidad de la leyenda prometeica, así como la de tantos otros mitos ígneos, es acrecentada por el hecho de que a los primitivos el fuego debe haberles parecido algo similar a las pasiones amorosas; nosotros diríamos: un símbolo de la libido.

El calor que el fuego irradia despierta la misma sensación que acompaña el estado de la excitación sexual, y la llama, con su forma y movimiento, nos recuerda el falo activo.

No puede cabernos la menor duda con respecto a que la llama era en sentido mítico un falo, pues aun la leyenda genealógica del emperador romano Servio Tulio lo atestigua.

Cuando nosotros mismos hablamos del «fuego de la pasión» y de las llamas que «lengüetean» o «lamen» un combustible, es decir, cuando comparamos la llama con la lengua, no nos hemos alejado mucho, por cierto, del pensamiento de nuestros antepasados primitivos.

En nuestra derivación del mito ígneo también aceptábamos que para el hombre primitivo la tentativa de extinguir las llamas con su propia agua representó una lucha placentera con un falo ajeno. Por la puerta de esta asimilación simbólica pueden haber penetrado al mito otros elementos puramente fantásticos que luego se habrían entretejido con los primitivos, históricos.

Así, es difícil rechazar la idea de que siendo el hígado asiento de las pasiones signifique simbólicamente lo mismo que el fuego, de manera que su cotidiana consunción y regeneración describiría con fidelidad la fluctuación de los deseos amorosos que, diariamente satisfechos, se renuevan diariamente.

Al ave que sacia su apetito en el hígado le correspondería entonces una significación fálica que, por otra parte, no le es nada extraña, como nos lo demuestran las leyendas, los sueños, los giros del lenguaje y las representaciones plásticas de la antigüedad.

Un pequeño paso más nos lleva al ave fénix, que renace rejuvenecida de cada muerte en las llamas y que, con toda probabilidad, aludió primitiva y preferentemente al falo reanimado después de cada relajación, más bien que al sol, ocultado en el crepúsculo vespertino para renacer cotidianamente.

Hemos de preguntarnos si es lícito atribuir a la función mitopoiética el propósito frívolo de representar, disfrazados, procesos psíquicos dotados de expresión corporal, por todos conocidos, pero sumamente interesante, sin ser animada por ningún otro motivo, fuera del mero placer representativo.

Seguramente es imposible responder a esta pregunta sin penetrar antes en la esencia del mito, pero para nuestros dos casos es fácil reconocer este contenido y con ello una tendencia determinada.

Ambos ilustran la reanimación de los deseos libidinales después de haberse consumido en una satisfacción, es decir, representan su perennidad, y el consuelo contenido en este tema predominante está plenamente justificado, ya que el núcleo histórico del mito trata una derrota de la vida instintiva, una renuncia a los instintos que ha sido imprescindible aceptar.

Viene a ser como la segunda fase de la comprensible reacción que presentaría un hombre primitivo ofendido en sus instintos: una vez castigado el delincuente, se le asegura que en el fondo nada malo ha cometido.

En un punto inesperado de otro mito, que al parecer muy poco tiene que ver con el fuego, nos topamos con la sustitución por lo contrario. La hidra de Lerna, con sus innumerables y agitadas cabezas de serpiente entre -ellas hay una inmortal-, es, como su nombre lo atestigua, un dragón acuático.

Heracles, el héroe cultural, la destruye cortándole las cabezas, pero éstas vuelven a crecer, y sólo logra dominar al monstruo después de haberle quemado con fuego la cabeza inmortal. ¡Un dragón acuático dominado por el fuego !: he aquí algo que no da sentido. Pero sí lo tiene, como en tantos sueños, la inversión del contenido manifiesto.

En tal caso, la hidra es una hoguera; las cabezas de serpientes son sus llamas, y como prueba de su índole libidinal presentan, igual que el hígado de Prometeo, el fenómeno de la regeneración, de la integridad restablecida luego de su intentada destrucción.

Ahora bien: Heracles extingue este incendio con… agua. La cabeza inmortal es, sin duda, el propio falo, y su destrucción representa la castración. Pero Heracles también es el libertador de Prometeo, el que mata al ave cebada en su hígado.

¿Acaso no se habría de aceptar una relación más profunda entre ambos mitos? Vendría a ser como si el acto de uno de los héroes fuese anulado por el otro. Prometeo había prohibido extinguir el fuego -igual que el precepto de los mogoles-, pero Heracles lo permitió en caso de incendios amenazantes.

El segundo mito parece corresponder a la reacción de una época ulterior de la cultura contra el motivo primitivo de la conquista del fuego. Tenemos la impresión de que desde aquí podríamos penetrar profundamente en los misterios del mito, pero, naturalmente, la sensación de seguridad no nos acompañaría muy lejos.

En lo que se refiere a la contradicción entre el fuego y el agua que domina estos mitos en toda su amplitud, podemos demostrar, junto a los factores históricos y fantástico-simbólicos, un tercero, un hecho fisiológico que el poeta Heine describió en los siguientes versos:

Con lo que le sirve para mear, el hombre puede a otros crear.

El miembro viril del hombre posee dos funciones, cuya reunión orgánica es para muchos motivo de indignación. Está encargado de evacuar la orina y de realizar el acto sexual que satisface las necesidades de la libido genital.

El niño aún cree reunir ambas funciones y, según sus teorías, los niños se producen al orinar el hombre en el vientre de la mujer; pero el adulto sabe que ambos actos son en realidad mutuamente incompatibles; en efecto, tan incompatibles como fuego y agua.

Cuando el falo llega al estado erecto que le ha valido la equiparación con el pájaro y durante el cual se perciben aquellas sensaciones que recuerdan el calor del fuego, es imposible orinar, por el contrario, cuando el falo sirve a la evacuación de la orina (el agua del cuerpo), parecen extinguidas todas sus vinculaciones con la función genital.

La contradicción entre ambas funciones podría llevarnos a afirmar que el hombre extingue su propio fuego con su propia agua. Y el hombre primitivo, que se veía obligado a tener que captar el mundo exterior con ayuda de sus propias sensaciones y condiciones corporales, seguramente no dejó de advertir y de utilizar las analogías que le reveló la conducta del fuego.

Parte I

FreudEn aquella fase del desarrollo libidinal infantil que se caracteriza por un complejo de Edipo normal hallamos a los niños afectuosamente ligados al progenitor del sexo opuesto, mientras que en sus relaciones con el del mismo sexo predomina la hostilidad. No puede resultarnos difícil explicar esta situación en el varón.

La madre fue su primer objeto amoroso; continúa siéndolo, y al tornarse más apasionados sus sentimientos por ella, así como al profundizarse su compresión de las relaciones entre el padre y la madre, aquél debe convertirse por fuerza en su rival. Otra cosa sucede en la pequeña niña.

También para ella el primer objeto fue la madre: ¿Cómo entonces halla su camino hacia el padre? ¿Cómo, cuándo y por qué se desliga de la madre? Hemos reconocido hace tiempo que el desarrollo de la sexualidad femenina se ve complicado por la necesidad de renunciar a la zona genital originalmente dominante, es decir, al clítoris, en favor de una nueva zona, de la vagina.

Ahora, una segunda mutación semejante -el trueque del primitivo objeto materno por el padre- nos parece no menos característica e importante para el desarrollo de la mujer. Todavía no podemos reconocer con claridad de qué modo estas dos operaciones se vinculan entre sí.

Sabemos que las mujeres dominadas por una fuerte vinculación con el padre son harto numerosas y que no por ello necesitan ser neuróticas.

Estudiando a este tipo de mujeres he podido reunir ciertas observaciones que me propongo exponer aquí y que me han llevado a determinada concepción de la sexualidad femenina. Dos hechos despertaron ante todo mi atención. Primero, el análisis demostró que cuando la vinculación con el padre ha sido particularmente intensa, siempre fue precedida por una fase de no menos intensa y apasionada vinculación exclusivamente materna.

Salvo el cambio de objeto, la segunda fase apenas agregó un nuevo rasgo a la vida amorosa. La primitiva relación con la madre se había desarrollado de manera muy copiosa y multiforme. De acuerdo con el segundo hecho, la duración de esta vinculación con la madre había sido considerablemente menospreciada.

En efecto, en cierto número de casos persistía hasta bien entrado el cuarto año, y en un caso hasta el quinto año de vida, o sea, que abarcaba, con mucho, la mayor parte del primer florecimiento sexual. Hasta hube de aceptar la posibilidad de que muchas mujeres queden detenidas en la primitiva vinculación con la madre, sin alcanzar jamás una genuina reorientación hacia el hombre.

Con ello la fase preedípica de la mujer adquiere una importancia que hasta ahora no se le había asignado. Puesto que en este período caben todas las fijaciones y represiones a las cuales atribuimos la génesis de las neurosis, parecería necesario retractar la universalidad del postulado según el cual el complejo de Edipo sería el núcleo de la neurosis. Quien se sienta reacio, empero, a adoptar tal corrección, de ningún modo precisa hacerlo.

En efecto, por un lado es posible extender el contenido del complejo de Edipo hasta incluir en él todas las relaciones del niño con ambos padres, y por el otro, también se puede tener debida cuenta de estas nuevas comprobaciones, declarando que la mujer sólo alcanza la situación edípica positiva, normal en ella, una vez que ha superado una primera fase dominada por el complejo negativo.

En realidad, durante esta fase el padre no es para la niña pequeña mucho más que un molesto rival, aunque su hostilidad contra él nunca alcanza la violencia característica del varón. Después de todo, hace ya tiempo que hemos renunciado a toda esperanza de hallar un paralelismo puro y simple entre el desarrollo sexual masculino y el femenino.

Nuestro reconocimiento de esta fase previa preedípica en el desarrollo de la niña pequeña es para nosotros una sorpresa, análoga a la que en otro campo representó el descubrimiento de la cultura minoico-miceniana tras la cultura griega. Todo lo relacionado con esta primera vinculación materna me pareció siempre tan difícil de captar en el análisis, tan nebuloso y perdido en las tinieblas del pasado, tan difícil de revivir, como si hubiese sido víctima de una represión particularmente inexorable.

Esta impresión mía probablemente obedeciera, empero, a que las mujeres que se analizaron conmigo pudieron, precisamente por ello, aferrarse a la misma vinculación paterna en la que otrora se refugiaron al escapar de la fase previa en cuestión.

Parecería, en efecto, que las analistas como Jeanne Lampl-de Groot y Helene Deutsch, por ser del sexo femenino, pudieron captar estos hechos más fácil y claramente, porque contaban con la ventaja de representar sustitutos maternos más adecuados en la situación transferencial con las pacientes sometidas a su tratamiento.

Por mi parte, tampoco he logrado desentrañar totalmente ninguno de los casos en cuestión, de modo que me limitaré a exponer mis conclusiones más generales y sólo daré unos pocos ejemplos de las nuevas nociones que ellos me han sugerido.

Entre éstas se cuentan la conjetura de que dicha fase de vinculación materna guardaría una relación particularmente íntima con la etiología de la histeria, lo que no puede resultar sorprendente si se reflexiona que ambas, la fase tanto como la neurosis en cuestión, son característicamente femeninas; además, que en esta dependencia de la madre se halla el germen de la ulterior paranoia de la mujer.

Parece, en efecto, que este germen radica en el temor -sorprendente, pero invariablemente hallado- de ser muerta (¿devoradas?) por la madre.

Es plausible conjeturar que dicha angustia corresponde a la hostilidad que la niña desarrolla contra su madre a causa de las múltiples restricciones impuestas por ésta en el curso de la educación y de los cuidados corporales, y que el mecanismo de la proyección sea facilitado por la inmadurez de la organización psíquica infantil.

Parte II

He comenzado por anteponer los dos hechos que despertaron mi atención como algo nuevo: primero, que la fuerte dependencia paterna en la mujer asume simplemente la herencia de una vinculación no menos poderosa a la madre, y segundo, que esta fase previa persiste durante un tiempo mucho más largo del que habíamos presumido.

Ahora debo volver atrás, a fin de insertar estas nuevas conclusiones en el lugar que les corresponde dentro del cuadro ya conocido de la evolución sexual de la mujer.

Al hacerlo será inevitable incurrir en algunas repeticiones; además, la continua comparación con las condiciones reinantes en el hombre sólo podrá favorecer nuestra exposición del curso que dicho desarrollo sigue en la mujer.

Ante todo, es innegable que la disposición bisexual, postulada por nosotros como característica de la especie humana, es mucho más patente en la mujer que en el hombre.

Este cuenta con una sola zona sexual dominante, con un solo órgano sexual, mientras que la mujer tiene dos: la vagina, órgano femenino propiamente dicho, y el clítoris, órgano análogo al pene masculino. Creemos justificado admitir que durante muchos años la vagina es virtualmente inexistente y que quizá no suministre sensaciones algunas antes de la pubertad.

No obstante, en el último tiempo se multiplican las opiniones de los observadores, inclinados a aceptar que también en esos años precoces existirían pulsiones vaginales.

Como quiera que sea, lo esencial de la genitalidad femenina debe girar alrededor del clítoris en la infancia. La vida sexual de la mujer se divide siempre en dos fases, la primera de las cuales es de carácter masculino, mientras que sólo la segunda es específicamente femenina.

Así, el desarrollo femenino comprende dicho proceso de transición de una fase a la otra, que no se halla analogía alguna en el hombre.

Otra complicación se desprende del hecho de que la función del clítoris viril continúa durante la vida sexual ulterior de la mujer, en una forma muy variable, que por cierto todavía no comprendemos satisfactoriamente. No sabemos, naturalmente, cuáles son los fundamentos biológicos de estas características de la mujer y mucho menos aún podemos asignarles ningún propósito teleológico.

Paralelamente con esta primera diferencia fundamental corre otra que concierne a la elección de objeto.

El primer objeto amoroso del varón es la madre, debido a que es ella la que lo alimenta y lo cuida durante la crianza; sigue siendo su principal objeto hasta que es reemplazado por otro, esencialmente similar o derivado de ella. También en la mujer la madre debe ser el primer objeto, pues las condiciones primarias de la elección objetal son iguales en todos los niños.

Al final del desarrollo de la niña, empero, es preciso que el hombre-padre se haya convertido en el nuevo objeto amoroso, o sea, que, a medida que cambia de sexo, la mujer debe cambiar también el sexo del objeto.

Lo que ahora hemos de estudiar son los caminos que recorre esta transformación, cuán íntegra o incompleta llega a ser y qué posibilidades evolutivas surgen en el curso de este desarrollo.

Ya hemos reconocido asimismo que otra diferencia entre los sexos concierne a su relación con el complejo de Edipo.

Tenemos al respecto la impresión de que todas nuestras formulaciones sobre dicho complejo únicamente pueden aplicarse, en sentido estricto, al niño del sexo masculino, y tenemos razón en rechazar el término de «complejo de Electra», que tiende a destacar la analogía de la situación en ambos sexos.

Sólo en el niño varón existe esa fatal conjunción simultánea de amor hacia uno de los padres y de odio por rivalidad contra el otro.

En el varón es entonces el descubrimiento de la posibilidad de la castración, evidenciado por la vista de los genitales femeninos, el que impone la transformación del complejo de Edipo, el que lleva a la creación del superyó y el que inicia así todos los procesos que convergen hacia la inclusión del individuo en la comunidad cultural.

Una vez internalizada la instancia paterna, formando el superyó, queda todavía por resolver la tarea de desprender a éste de aquellas personas cuyo representante psíquico fue primitivamente.

A través de tan notable curso evolutivo, el agente empleado para restringir la sexualidad infantil es precisamente aquel interés genital narcisista que se concentra en la preservación del pene.

En el hombre también subsiste, como residuo de la influencia ejercida por el complejo de castración, cierta medida de menosprecio por la mujer, a la que se considera castrada. De éste surge en casos extremos una inhibición de la elección objetal, que ante un reforzamiento por factores orgánicos puede llevar a la homosexualidad exclusiva.

Muy distintas, en cambio, son las repercusiones del complejo de castración en la mujer.

Esta reconoce el hecho de su castración, y con ello también la superioridad del hombre y su propia inferioridad; pero se rebela asimismo contra este desagradable estado de cosas. De tal actitud dispar parten tres caminos evolutivos.

El primero conduce al apartamiento general de la sexualidad. La mujer en germen, asustada por la comparación de sí misma con el varón, se torna insatisfecha con su clítoris, renuncia a su activación fálica y con ello a su sexualidad en general, así como a buena parte de sus inclinaciones masculinas en otros sectores.

Si adopta el segundo camino, se aferra en tenaz autoafirmación a la masculinidad amenazada; conserva hasta una edad insospechada la esperanza de que, a pesar de todo, llegará a tener alguna vez un pene, convirtiéndose ésta en la finalidad cardinal de su vida, al punto que la fantasía de ser realmente un hombre domina a menudo largos períodos de su existencia.

También este «complejo de masculinidad» de la mujer puede desembocar en una elección de objeto manifiestamente homosexual.

Sólo una tercera evolución, bastante compleja, conduce en definitiva a la actitud femenina normal, en la que toma al padre como objeto y alcanza así la forma femenina del complejo de Edipo.

Así, en la mujer dicho complejo representa el resultado final de un prolongado proceso evolutivo; la castración no lo destruye, sino que lo crea; el complejo escapa a las poderosas influencias hostiles que tienden a destruirlo en el hombre, al punto que con harta frecuencia la mujer nunca llega a superarlo. Por eso también los resultados culturales de su desintegración son más insignificantes y menos decisivos en la mujer que en el hombre.

Posiblemente no estemos errados al declarar que esta diferencia de la interrelación entre los complejos de Edipo y de castración es la que plasma el carácter de la mujer como ente social.

Advertimos así que la fase de exclusiva vinculación materna, que cabe calificar de preedípica, es mucho más importante en la mujer de lo que podría ser en el hombre.

Múltiples manifestaciones de la vida sexual femenina que hasta ahora resultaba difícil comprender pueden ser plenamente explicadas por su reducción a dicha fase.

Así, por ejemplo, hace tiempo hemos advertido que muchas mujeres eligen a su marido de acuerdo con el modelo del padre o lo colocan en el lugar de éste; pero en el matrimonio repiten con ese marido su mala relación con la madre.

El marido debía heredar la relación con el padre, y en realidad asumió la vinculación con la madre. Esto se comprende fácilmente como un caso obvio de regresión. La relación materna fue la más primitiva; sobre ella se estructuró la relación con el padre, y ahora en el matrimonio lo primitivo vuelve a emerger de la represión.

En efecto, la transferencia de los lazos afectivos del objeto materno hacia el paterno constituyó el contenido esencial del desarrollo que condujo a la feminidad.

Muchísimas mujeres despiertan la impresión de que todo el período de su madurez se halla inmerso en los conflictos con el marido, tal como su juventud estuvo dedicada a los conflictos con la madre.

En tales casos, cuanto acabamos de exponer nos induce ahora a concluir que dicha actitud hostil hacia la madre no es una consecuencia de la rivalidad implícita en el complejo de Edipo, sino que se originó en la fase anterior y simplemente halló un reforzamiento y una oportunidad de aplicarse en la situación edípica, como lo confirma también la investigación analítica directa. Nuestro interés de concentrarse ahora en los mecanismos que actúan en el desprendimiento del objeto materno, tan intensa y exclusivamente amado.

Estamos dispuestos a encontrarnos no con un único factor semejante, sino con toda una serie de factores que convergen hacia un mismo fin. Entre estos factores destácanse algunos que son condicionados por las circunstancias generales de la sexualidad infantil, o sea, que rigen igualmente para la vida amorosa del varón.

En primero y principal término, cabe mencionar aquí los celos de otras personas, de los hermanos y hermanas, de los rivales, entre los que también se cuenta el padre.

El amor del niño es desmesurado: exige exclusividad, no se conforma con participaciones. Pero posee también una segunda característica: carece en realidad de un verdadero fin; es incapaz de alcanzar plena satisfacción, y esa es la razón esencial de que esté condenado a terminar en la defraudación y a ceder la plaza a una actitud hostil.

En épocas ulteriores de la vida, la falta de gratificación final puede facilitar asimismo otros resultados.

En efecto, dicho factor puede asegurar el mantenimiento imperturbado de la catexia libidinal, como sucede en las relaciones amorosas inhibidas en su fin; pero bajo el imperio de los procesos evolutivos ocurre siempre que la libido abandona la posición insatisfactorio para buscar otra nueva.

Otro motivo, mucho más específico para el desprendimiento de la madre, resulta del efecto que el complejo de castración ejerce sobre la pequeña criatura carente de pene.

En algún momento la niña descubre su inferioridad orgánica; naturalmente, esto ocurre más temprano y con mayor facilidad si tiene hermanos varones o compañeros de juego masculinos. Ya hemos visto cuáles son las tres vías que divergen de este punto:

a) hacia la suspensión de toda la vida sexual;

b) hacia la obstinada y desafiante sobreacentuación de la propia masculinidad;

c) a los primeros arranques de la feminidad definitiva. No es fácil precisar cronológicamente la ocurrencia de estos procesos ni establecer el curso típico que siguen; aun el momento en que se descubre la castración es variable, y muchos otros factores parecen ser inconstantes y depender de la casualidad.

Así, también interviene aquí la condición de la propia actividad fálica de la niña, el hecho de que ésta sea descubierta o no, y a qué punto le es coartada una vez descubierta. La niña pequeña, por lo general, descubre espontáneamente su modo particular de actividad fálica -la masturbación con el clítoris-, que al principio transcurre, sin duda, libre de toda fantasía.

La intervención de la higiene corporal en la provocación de esta actividad suele reflejarse en la fantasía, tan frecuente, de haber sido seducida por la madre, la nodriza o la niñera.

Dejamos indecisa la cuestión de si la masturbación de la niña es desde un comienzo más rara y menos enérgica que la del varón; bien podría ser así. La seducción real es asimismo relativamente frecuente; parte de otros niños o de la madre, la nodriza o la niñera, que quieren calmar, adormecer o colocar al niño en dependencia de ellas mismas. La seducción, cuando interviene, perturba siempre el curso natural del desarrollo y deja a menudo consecuencias profundas y persistentes.

Como ya hemos visto, la prohibición de la masturbación actúa como incentivo para abandonarla, pero también como motivo para rebelarse contra la persona que la prohibe, es decir, contra la madre o sus sustitutos, que ulteriormente se confunden siempre con ella.

 La terca y desafiante persistencia en la masturbación parece abrir la vía hacia el desarrollo de la masculinidad.

Aun cuando el niño no haya logrado dominarla, el efecto de la prohibición aparentemente ineficaz se traduce en los ulteriores esfuerzos para librarse a toda costa de una gratificación cuyo goce le ha sido malogrado. Cuando la niña alcanza la madurez, su elección de objeto puede ser influida todavía por este propósito firmemente sustentado.

El resentimiento por habérsele impedido la libre actividad sexual tiene considerable intervención en el desprendimiento de la madre.

El mismo tema vuelve a activarse después de la pubertad, cuando la madre asume su deber de proteger la castidad de la hija. No olvidemos, naturalmente, que la madre se opone de idéntica manera a la masturbación del varón, suministrándole así también a éste un poderoso motivo de rebelión.

Cuando la niña pequeña descubre su propia deficiencia ante la vista de un órgano genital masculino, no acepta este ingrato reconocimiento sin vacilaciones ni resistencias. Como ya hemos visto, se aferra tenazmente a la expectativa de adquirir alguna vez un órgano semejante, cuyo anhelo sobrevive aún durante mucho tiempo a la esperanza perdida.

Invariablemente, la niña comienza por considerar la castración como un infortunio personal; sólo paulatinamente comprende que también afecta a ciertos otros niños y, por fin, a determinados adultos. Una vez admitida la universalidad de esta característica negativa de su sexo, desvalorízase profundamente toda la feminidad y con ella también la madre.

Es muy posible que la precedente descripción de las reacciones de la niña pequeña frente al impacto de la castración y a la prohibición del onanismo despierte en el lector la impresión de algo confuso y contradictorio; mas ello no es culpa exclusiva del autor.

En realidad, hallar una descripción que se ajuste a todos los casos es casi imposible. En los distintos individuos encontramos las más dispares reacciones, y aun en un mismo individuo coexisten actitudes antagónicas.

Al intervenir por primera vez la prohibición ya está planteado el conflicto, que desde ese momento acompañará todo el desarrollo de la función sexual.

Es particularmente difícil obtener una clara visión de los hechos, debido al esfuerzo necesario para discernir los procesos psíquicos de esa fase frente a los ulteriores que se superponen a ellos y que los deforman en la memoria.

Así, por ejemplo, el hecho de la castración será concebido más tarde como castigo por la actividad masturbatoria; pero su ejecución será atribuida al padre, o sea, dos nociones que no pueden haber correspondido, por cierto, a ningún hecho original.

También el niño varón teme siempre la castración por parte del padre, a pesar de que en su caso, igual que en la niña, la amenaza procedió por lo general de la madre.

Como quiera que sea, al final de esa primera fase de vinculación a la madre emerge, como motivo más poderoso para apartarse de ella, el reproche de no haberle dado a la niña un órgano genital completo; es decir, el de haberla traído al mundo como mujer. Un segundo reproche, que no arranca tan atrás en el tiempo, resulta un tanto sorprendente: es el de que la madre no le ha dado a la niña suficiente leche, el de que no la amamantó bastante.

En nuestras modernas condiciones culturales esto suele ser muy cierto; pero seguramente no lo es tan a menudo como se sostiene en el curso de los análisis. Parecería más bien que dicha acusación expresara la insatisfacción general de los niños que, bajo las condiciones culturales de la monogamia, son destetados al cabo de seis a nueve meses, mientras que la madre primitiva se dedicaba exclusivamente a su hijo durante dos a tres años.

Sucede como si nuestros hijos hubiesen quedado para siempre insatisfechos, como si nunca hubiesen sido lactados suficientemente. No estoy seguro, sin embargo, de que analizando niños que han sido amamantados tan prolongadamente como los de los pueblos primitivos, no nos encontraríamos también con idéntica queja: tan inmensa es la codicia de la libido infantil.

Aun si repasamos toda la serie de motivaciones que el análisis ha revelado para el desprendimiento de la madre -que descuidó proveer a la niña con el único órgano genital adecuado, que no la nutrió suficientemente, que la obligó a compartir con otros el amor materno, que nunca llegó a cumplir todas las demandas amorosas; finalmente, que primero estimuló la propia actividad sexual de la hija para prohibirla luego-, aun entonces nos parecen insuficientes para justificar la hostilidad resultante.

Algunos de estos reproches son consecuencias irremediables de la índole misma de la sexualidad infantil; otros parecen racionalizaciones adoptadas a posteriori para explicar el incomprensible cambio de los sentimientos.

Lo cierto posiblemente sea que la vinculación a la madre debe por fuerza perecer, precisamente por ser la primera y la más intensa, a semejanza de lo que tan a menudo se comprueba en los primeros matrimonios de mujeres jóvenes, contraídos en medio del más apasionado enamoramiento.

Tanto en éste como en aquel caso, la relación amorosa probablemente fracase al chocar con los inevitables desengaños y con la multiplicación de las ocasiones aptas para la agresión. Los segundos matrimonios resultan por lo general mucho mejores.

No podemos aventurarnos a sostener que la ambivalencia de las catexias emocionales sea una ley psicológica universalmente válida, es decir, que sea en principio imposible sentir gran amor por una persona sin que se le agregue un odio quizá igualmente grande, o viceversa.

Es evidente que el adulto normal logra mantener separadas estas dos actitudes y que no se siente compelido a odiar a su objeto amado y a amar a su enemigo. Esto parece ser, empero, el resultado de un desarrollo ulterior. En las primeras fases de la vida amorosa la ambivalencia es evidentemente la regla.

En muchos seres este rasgo arcaico persiste durante la vida entera, y en el neurótico obsesivo lo característico es que el amor y el odio mantengan un equilibrio mutuo en todas sus relaciones objetales. También en los primitivos cabe aceptar el predominio de la ambivalencia.

Podemos concluir, por consiguiente, que la intensa vinculación de la niña pequeña con su madre debe estar dominada por una poderosa ambivalencia y que, reforzada por los demás factores mencionados, es precisamente ella la que determina que la niña se aparte de la madre.

En otros términos, una vez más nos encontramos con una consecuencia de una de las características universales de la sexualidad infantil. Contra este intento de explicación plantéase al punto una objeción: ¿Cómo es posible que el varón logre mantener intacta su vinculación con la madre sin duda no menos poderosa que la de la niña? La respuesta no es menos rápida: Porque puede resolver su ambivalencia contra la madre transfiriendo toda su hostilidad al padre.

En primer término, empero, semejante respuesta sólo puede formularse después de haber estudiado detenidamente la fase preedípica en el varón, y en segundo lugar, probablemente sea más prudente confesar en principio que aún no hemos llegado al fondo de estos procesos los cuales, después de todo, apenas comenzamos a conocer.

Parte III

Otra pregunta es la siguiente: ¿Qué es, en suma, lo que la niña pequeña pretende de su madre?

¿De qué índole son sus fines sexuales en ese período de exclusiva vinculación con la madre? La respuesta que nos brinda el material de observación analítico concuerda plenamente con nuestras expectativas.

Los fines sexuales de la niña en relación con la madre son de índole, tanto activa como pasiva y se hallan determinados por las fases libidinales que recorre en su evolución. La relación entre la actividad y la pasividad merece aquí nuestro particular interés.

En cualquier sector de la experiencia psíquica -no sólo en el de la sexualidades dable observar que una impresión pasivamente recibida evoca en los niños la tendencia a una reacción activa.

El niño trata de hacer por sí mismo lo que se acaba de hacerle a él o con él. He aquí una parte de la necesidad de dominar el mundo exterior a que se halla sometido y que aun puede llevarlo a esforzarse por repetir impresiones que a causa de su contenido desagradable tendría buenos motivos para evitar.

También el juego del niño se halla al servicio de este propósito de completar una vivencia pasiva mediante una acción activa, anulándola con ello en cierta manera.

Cuando, a pesar de su resistencia, el médico le abre la boca al niño para examinarle la garganta, éste jugará a su vez, después de su partida, a «ser el doctor», y repetirá el mismo violento procedimiento con un hermanito menor, que se hallará tan indefenso frente a él como él lo estuvo en manos del médico.

No podemos dejar de reconocer aquí la rebeldía contra la pasividad y la preferencia por el papel activo. No todos los niños consiguen realizar siempre y con la misma energía este viraje de la pasividad a la actividad, que en algunos casos puede faltar por completo.

De esta conducta del niño puede deducirse la fuerza relativa de las tendencias masculinas y femeninas que habrán de manifestarse en su vida sexual. Las primeras vivencias total o parcialmente sexuales del niño en relación con su madre son naturalmente de carácter pasivo.

Es ésta la que le amamanta, le alimenta, le limpia, le viste y le obliga a realizar todas sus funciones fisiológicas. Parte de la libido del niño se mantiene adherida a estas experiencias y goza de las satisfacciones con ellas vinculadas, mientras que otra parte intenta su conversión en actividad. Primero, el proceso de ser amamantado por el pecho materno es sustituido por la succión activa.

En sus demás relaciones con la madre, el niño se conforma con la independencia, es decir, con hacer por sí mismo lo que antes se le hacía, o con la repetición activa de sus vivencias pasivas en el ego, o bien realmente convierte a la madre en objeto, adoptando frente a ella el papel de sujeto activo.

Esta última reacción, que se lleva a cabo en el terreno de la actividad propiamente dicha, me pareció increíble por mucho tiempo, hasta que la experiencia refutó todas mis dudas.

Raramente oímos que una niña pequeña quiera lavar o vestir a la madre o inducirla a realizar sus necesidades.

Es cierto que a veces le dice: «Ahora vamos a jugar que soy yo la madre y tú la hija»; pero generalmente realiza estos deseos activos en forma indirecta al jugar con su muñeca, representando ella a la madre y la muñeca a la niña.

El hecho de que las niñas sean más afectas que los varones a jugar con muñecas suele interpretarse como un signo precoz de la feminidad incipiente.

Eso es muy cierto; pero no se debería olvidar que lo expresado de tal manera es la faz activa de la feminidad y que dicha preferencia de la niña probablemente atestigüe el carácter exclusivo de su vinculación a la madre, con descuido total del objeto paterno. La sorprendente actividad sexual de la niña en relación con su madre se manifiesta, en sucesión cronológica, a través de impulsos orales, sádicos, finalmente, también fálicos, dirigidos a la madre.

Es difícil precisar aquí los detalles respectivos, pues se trata a menudo de oscuros impulsos que el niño no pudo captar psíquicamente en el momento de ocurrir, que por ello debieron experimentar una interpretación ulterior, y que se expresan en el análisis en formas que no son, por cierto, las que tuvieron originalmente.

En ocasiones los hallamos transferidos al ulterior objeto paterno, al cual no pertenecen y en el que dificultan sensiblemente nuestro entendimiento de toda la situación. Los deseos agresivos orales y sádicos se manifiestan en la forma que les fue impuesta por la represión precoz, es decir, en el temor de ser muerta por la madre, un temor que, si ingresa en la consciencia, justifica a su vez los propios deseos de muerte contra la madre.

Sería imposible establecer con qué frecuencia dicho miedo a la madre se funda en una hostilidad inconsciente de ésta adivinada por el hijo o la hija. (El miedo de ser devorado hasta ahora lo hallé sólo en hombres, es referido al padre; pero probablemente sea el producto de transformación de la agresión oral dirigida contra la madre. La persona que el niño quiere devorar es la madre, que lo ha nutrido; en el caso del padre, falta esta motivación obvia de tal deseo.)

Las mujeres caracterizadas por una poderosa vinculación con la madre, en cuyos análisis he podido estudiar la fase preedípica, siempre me narraron que al aplicarles la madre enemas e irrigaciones intestinales solían oponerle la mayor resistencia, reaccionando con miedo y con aullidos de rabia. Probablemente ésta sea una actitud muy habitual o aun invariable en todos los niños.

Sólo llegué a comprender las razones de tal rebeldía particularmente violenta a través de un comentario de Ruth Mack Brunswick, que estudiaba los mismos problemas simultáneamente conmigo: el acceso de furia después de una enema sería comparable al orgasmo consiguiente a una excitación genital. La angustia concomitante debería comprenderse como una transformación del deseo de agresión así animado.

Creo que realmente ocurre así, y que en la fase sádico-anal la intensa excitación pasiva de la zona intestinal despierta un acceso de agresividad que se manifiesta directamente como furia o, a consecuencia de su supresión, como angustia.

Esta reacción parece extinguirse gradualmente en el curso de los años ulteriores.

Al considerar los impulsos pasivos de la fase fálica destácase el hecho de que la niña incrimina siempre a la madre como seductora, por haber percibido forzosamente sus primeras sensaciones genitales,

o en todo caso las más poderosas, mientras era sometida a la limpieza o a los cuidados corporales por la madre o por las niñeras que la representaban.

Muchas madres me han contado que sus pequeñas hijas de dos o tres años gozaban de estas sensaciones e incitaban a la madre a exacerbarlas con toques o fricciones repetidas. Creo que el hecho de que la madre sea la que inevitablemente inicia a la niña en la fase fálica es el motivo de que en las fantasías de sus años ulteriores el padre aparezca tan regularmente como seductor sexual.

Al apartarse de la madre, la niña también transfiere al padre la responsabilidad de haberla iniciado en la vida sexual. Finalmente, en la fase fálica aparecen también poderosos deseos activos dirigidos hacia la madre.

La actividad sexual de este período culmina en la masturbación clitoridiana; probablemente la niña acompañe ésta con fantasía de su madre; pero a través de mi experiencia no acierto a colegir si realmente imagina un fin sexual determinado ni cuál podría ser este fin.

Sólo una vez que todos sus intereses han experimentado un nuevo impulso por la llegada de un hermanito o de una hermanita menor podemos reconocer claramente tal fin. La niña pequeña, igual que el varoncito, quiere creer que es ella la que le ha hecho a la madre este nuevo niño, y su reacción ante dicho suceso, tanto como su conducta frente al recién llegado, son iguales que en el varón.

Bien sé que esto parece absurdo; pero ello quizá sólo obedezca a que tal idea nos es tan poco familiar.

El desprendimiento de la madre es un paso importantísimo en el desarrollo de la niña e implica mucho más que un mero cambio de objeto. Ya hemos descrito cómo se produce y cuáles son las múltiples motivaciones que se aducen para explicarlo; agregaremos ahora que se observa, paralelamente con el mismo, una notable disminución de los impulsos sexuales activos y una acentuación de los pasivos.

Es cierto que los impulsos activos han sido más afectados por la frustración, pues demostraron ser totalmente irrealizables y, por tanto, fueron más fácilmente abandonados por la libido; pero tampoco las tendencias pasivas han escapado a las defraudaciones.

Con el desprendimiento de la madre cesa también a menudo la masturbación clitoridiana, y es muy frecuente que la niña pequeña, al reprimir su masculinidad previa, también perjudique definitivamente buena parte de su vida sexual en general. La transición al objeto paterno se lleva a cabo con ayuda de las tendencias pasivas, en la medida en que hayan escapado al aniquilamiento.

El camino hacia el desarrollo de la feminidad se halla ahora abierto a la niña, salvo que haya sido impedido por los restos de la vinculación preedípica a la madre, que acaba de ser superada.

Si echamos una mirada retrospectiva a las fases del desarrollo sexual femenino que hemos descrito, se nos impone determinada conclusión acerca de la feminidad en general: hemos comprobado la actuación de las mismas fuerzas libidinales que operan en el niño del sexo masculino, y pudimos convencernos de que en uno como en otro caso siguen durante cierto período idénticos caminos y producen los mismos resultados.

Ulteriormente, ciertos factores biológicos las apartan de sus fines primitivos y aun conducen tendencias activas, masculinas en todo sentido, hacia las vías de la feminidad. Dado que no podemos descartar el concepto de que la excitación sexual obedece a la acción de determinadas sustancias químicas, parecería obvio esperar que la bioquímica nos revele algún día dos agentes distintos, cuya presencia produciría respectivamente la excitación sexual masculina y la femenina.

Pero esta esperanza no es evidentemente menos ingenua que aquella otra, felizmente superada hoy, de que sería posible aislar bajo el microscopio los distintos factores causales de la histeria, la neurosis obsesiva, la melancolía, etc. También en el quimismo de la sexualidad las cosas deben ser un tanto más complicadas. Para la psicología, sin embargo, es indiferente si en el cuerpo existe una sola sustancia estimulante sexual, o dos, o un sinnúmero de ellas.

El psicoanálisis nos ha enseñado a manejarnos con una sola libido, aunque sus fines, o sea, sus modos de gratificación, puedan ser activos y pasivos.

En esta antítesis, sobre todo en la existencia de impulsos libidinales con fines pasivos radica el resto de nuestro problema.

Parte IV

Estudiando la literatura analítica sobre nuestro tema, llégase a la conclusión de que cuanto aquí hemos expuesto ya ha sido dicho en ella. Por consiguiente, no habría sido necesario publicar este trabajo, si no fuese porque un sector de la investigación que es tan difícilmente accesible, cualquier comunicación sobre las propias experiencias y las conclusiones personales, puede tener valor.

Además, creo haber definido con mayor precisión y aislado más estrictamente determinados puntos.

Algunos de los otros trabajos sobre el tema son un tanto confusos, debido a que consideran simultáneamente los problemas del superyó y del sentimiento de culpabilidad.

He procurado eludir tal confusión, y, además, al describir los diversos resultados finales de esta fase evolutiva, me he abstenido de abordar las complicaciones que se producen cuando la niña, defraudada en su relación con el padre, retorna a la vinculación abandonada con la madre, o bien, en el curso de su vida, fluctúa repetidamente entre ambas actitudes.

Precisamente, empero, porque mi trabajo es sólo una contribución entre otras, puedo excusarme de considerar exhaustivamente la bibliografía sobre el tema limitándome a destacar los más importantes puntos de contacto con algunos de dichos trabajos y las más considerables discrepancias con otros.

La descripción que hizo Abraham (1921) de las manifestaciones del complejo de castración femenino no ha sido superada todavía; pero quisiéramos ver incluida en ella el factor de la exclusiva vinculación primitiva con la madre.

No puedo menos que declararme de acuerdo con los puntos principales expuestos en el importante trabajo de Jeanne Lampl-de Groot (1927), quien reconoce que la fase preedípica es totalmente idéntica en el varón y en la niña, y que también afirma, demostrándolo con sus propias observaciones, que la niña despliega frente a la madre una actividad sexual (fálica).

La autora atribuye el desprendimiento de la madre a la influencia de la castración reconocida por la niña, que la obligaría a abandonar su objeto sexual y con ello a menudo también la masturbación. Para describir el desarrollo completo adoptó la fórmula de que la niña debe pasar por una fase de complejo de Edipo «negativo» antes de poder ingresar en su fase positiva.

Sin embargo, en un punto creo que esta exposición es inadecuada: al representar el desprendimiento de la madre como un mero cambio de objeto, sin tener en cuenta que se lleva a cabo bajo los más evidentes signos de hostilidad.

Este factor de la hostilidad es plenamente considerado en el último trabajo de Helene Deutsch sobre el tema (1930), en el cual reconoce asimismo la actividad fálica de la niña y la intensidad de su vinculación a la madre.

Helene Deutsch también indica que el viraje hacia el padre se realiza a través de las tendencias pasivas que ya se han despertado en la niña en su relación con la madre.

En su libro anterior (1925) sobre el psicoanálisis de las funciones sexuales femeninas, dicha autora aún no había superado la tendencia a aplicar el esquema edípico también a la fase preedípica, de modo que interpretó entonces la actividad fálica de la niña pequeña como una identificación con el padre.

Fenichel (1930) destaca con razón la dificultad de reconocer qué parte del material producido durante el análisis corresponde al contenido intacto de la fase preedípica y qué parte del mismo ha sido deformada en sentido regresivo o en otro cualquiera.

No acepta la actividad fálica de la niña pequeña según el concepto de Jeanne Lampl-de Groot, y también rechaza la «anticipación» del complejo de Edipo preconizada por Melanie Klein (1928), quien lo hace remontar ya al comienzo del segundo año de vida.

Esta determinación cronológica, que también modifica necesariamente nuestra concepción de todas las demás condiciones evolutivas, no concuerda, en efecto, con cuanto nos enseñan los análisis de los adultos, y es particularmente incompatible con mis comprobaciones acerca de la larga duración de la vinculación preedípica de la niña con la madre.

Tal contradicción podría ser atenuada teniendo en cuenta que todavía no nos es posible discernir en este terreno lo que ha sido rígidamente fijado por leyes biológicas de lo que es susceptible de cambios y desplazamientos bajo el influjo de las vivencias accidentales.

Sabemos hace tiempo que la seducción puede tener por efecto acelerar y estimular la madurez del desarrollo sexual infantil, y es muy posible que también otros factores actúen en idéntico sentido, como, por ejemplo, la edad del niño al nacer los hermanos o al descubrir la diferencia entre los sexos, la observación directa de las relaciones sexuales, la actitud de los padres en el sentido de conquistar o rechazar su afecto, y así sucesivamente.

Algunos autores tienden a menoscabar la importancia de las primeras y más primitivas pulsiones libidinales del niño, en favor de procesos evolutivos ulteriores, de modo que aquellas quedarían reducidas -para expresarlo en su forma más extrema- al papel de establecer meramente determinadas orientaciones, mientras que la intensidad con la cual estos desarrollos se llevan a cabo dependerá de las regresiones y formaciones reactivas ulteriores.

Así, por ejemplo, Karen Horney (1926) opina que exageramos considerablemente la primitiva envidia fálica de la niña y que la intensidad de la tendencia a la masculinidad ulteriormente desarrollada debe ser atribuida a una envidia fálica secundaria, que sería aplicada para rechazar los impulsos femeninos, en particular los relacionados con la vinculación femenina al padre.

Esto no concuerda con la impresión que yo mismo pude formarme. Por seguro que sea que las primeras tendencias libidinales son reforzadas ulteriormente por regresiones y por formaciones reactivas, y por difícil que sea estimar la fuerza relativa de los diversos componentes libidinales que confluyen, creo, sin embargo, que no deberíamos dejar de reconocer que aquellos primeros impulsos tienen una intensidad propia, superior siempre a cuanto sobreviene después, una intensidad que en realidad sólo puede ser calificada de inconmensurable.

Ciertamente es exacto que entre la vinculación al padre y el complejo de masculinidad reina una antítesis -la antítesis general entre actividad y pasividad, entre masculinidad y feminidad-; pero eso no nos da el derecho de suponer que únicamente aquélla sería primaria, mientras que el segundo sólo debería su fuerza al proceso defensivo.

Y si la defensa contra la feminidad llega a adquirir tal energía, ¿de qué fuente puede derivar su fuerza, sino del afán de masculinidad, que halló su primera expresión en la envidia fálica de la niña y que por eso bien merece ser calificado con el nombre de ésta?

Una objeción similar podría aplicarse a la concepción de Jones de que la fase fálica de la niña sería una reacción secundaria de protección, más bien que una genuina fase evolutiva.

Esto no concuerda ni con las condiciones dinámicas ni con las cronológicas.

FreudLa observación nos demuestra que los distintos individuos humanos realizan la imagen general del ser humano en variedades de casi infinita multiformidad.

Si se quiere ceder al legítimo impulso de distinguir tipos particulares en dicha multiplicidad, habrá de comenzarse por seleccionar las características determinadas y los puntos de vista precisos a los cuales deberá ajustarse esa diferenciación.

Con tal objeto, es evidente que las cualidades físicas serán tan útiles como las psíquicas, y las más valiosas serán por fuerza aquellas clasificaciones que se funden sobre la constante y regular combinación de características físicas y psíquicas.

Es dudoso que ya hoy se pueda revelar tipos que cumplan dicha condición, aunque seguramente se llegará a descubrirlos en el futuro sobre una base que aún desconocemos.

Si limitamos nuestros esfuerzos a definir ciertos tipos puramente psicológicos, las condiciones de la libido son las que mejor derecho tienen para servir de fundamento a tal clasificación. Podrase exigir que ésta no se apoye únicamente sobre nuestros conocimientos o nuestras conjeturas acerca de la libido, sino que también sea fácilmente verificable en la práctica y que contribuya a clarificar la suma de nuestras observaciones, permitiéndonos arribar a una concepción global de las mismas.

Admitamos sin vacilar que estos tipos libidinales no necesitan ser los únicos posibles, ni aun en la esfera psíquica, y que tomando otras características como base de clasificación podríase establecer toda una serie de distintos tipos psicológicos. Todos ellos deben ajustarse a la regla de no coincidir en modo alguno con cuadros clínicos específicos. Por el contrario, han de abarcar todas las variaciones que, de acuerdo con nuestros criterios prácticos de estimación, caen dentro de la gama de lo normal.

En sus expresiones extremas, sin embargo, bien pueden aproximarse a los cuadros clínicos, contribuyendo así a colmar la supuesta brecha entre lo normal y lo patológico.

Ahora bien: es posible distinguir tres tipos libidinales básicos, de acuerdo con la localización predominante de la libido en los distintos sectores del aparato psíquico. No es muy fácil denominarlos, pero ajustándome a las orientaciones de nuestra psicología profunda quisiera calificarlos de tipos erótico, obsesivo y narcisista.

El tipo erótico es fácil de caracterizar. Los eróticos son personas cuyo interés principal -la parte relativamente más considerable de su libido- está concentrado en la vida amorosa.

Amar, pero particularmente ser amado, es para ellos lo más importante en la vida. Hállanse dominados por el temor de perder el amor, y se encuentran por eso en particular dependencia de los demás, que pueden privarlos de ese amor.

Aun en su forma pura, este tipo es harto común.

Existen variantes del mismo que obedecen a las variables combinaciones con otros tipos y al agregado más o menos considerable de elementos agresivos. Desde el punto de vista social y cultural, este tipo representa las demandas instintivas elementales del ello, al que las demás instancias psíquicas se han rendido dócilmente.

El segundo tipo, al que he dado el nombre, a primera vista extraño, de tipo obsesivo, se caracteriza por el predominio del superyó, que se ha segregado del yo bajo elevada tensión.

Las personas de este tipo se hallan dominadas por la angustia ante la conciencia, en lugar del miedo a la pérdida de amor; exhiben, por así decirlo, una dependencia interna en vez de la externa; despliegan alto grado de autonomía y socialmente son los verdaderos portadores de la cultura, con orientación predominantemente conservadora.

Las características del tercer tipo, justamente calificado de narcisista, son esencialmente de signo negativo. No existe tensión entre el yo y el superyó, al punto que partiendo de este tipo difícilmente se habría llegado jamás a establecer la noción de un superyó; no predominan las necesidades eróticas: el interés cardinal está orientado hacia la autoconservación; las personas de este tipo son independientes y difíciles de intimidar.

El yo dispone de una considerable suma de agresividad, que se traduce asimismo por su disponibilidad para la acción; en el terreno de la vida amorosa, prefieren amar a ser amadas. Impresionan a los demás como «personalidades»; son particularmente aptas para servir de apoyo al prójimo, para asumir al papel de conductores y para dar nuevos estímulos al desarrollo cultural o quebrantar las condiciones existentes.

Estos tipos puros difícilmente escaparán a la sospecha de haber sido deducidos de la teoría de la libido. En cambio, nos sentiremos al punto sobre el sólido suelo de la experiencia si encaramos ahora los tipos mixtos, más frecuentemente observados que los puros.

Estos nuevos tipos -el erótico-obsesivo, el erótico-narcisista y el narcisista-obsesivo- realmente parecen facilitar una buena clasificación de las estructuras psíquicas individuales, tal como se presentan en el análisis. Si estudiamos estos tipos mixtos, hallaremos en ellos cuadros característicos hace mucho conocidos.

En el tipo erótico-obsesivo la preponderancia de los instintos está restringida por la influencia del superyó; la dependencia simultánea de las personas que son objetos actuales y de los residuos de objetos pretéritos, como los padres, educadores y personajes ejemplares, alcanza en este tipo su máxima expresión.

El erótico-narcisista quizá sea el más común de todos los tipos. Reúne en sí contrastes que en él logran atenuarse mutuamente; estudiando este tipo en comparación con los otros dos tipos eróticos, compruébase que la agresividad y la actividad concuerdan con un predominio del narcisismo.

Finalmente, el tipo narcisista-obsesivo representa la variante culturalmente más valiosa, pues combina la independencia de los factores exteriores y la consideración de los requerimientos de la conciencia con la capacidad para la acción enérgica, fortaleciendo al mismo tiempo el yo contra el superyó.

Parecería una broma si preguntásemos por qué no se ha mencionado todavía otro tipo mixto, teóricamente posible: el erótico-obsesivo-narcisista. Mas la respuesta a esta broma es seria: porque semejante tipo ya no sería tipo alguno, sino la norma absoluta, la armonía ideal.

Adviértase así que el propio fenómeno del tipo sólo se da en la medida en que, de las tres aplicaciones básicas que la libido puede tener en la economía psíquica, una o dos sean favorecidas a expensas de la otra o de las dos restantes.

También cabe preguntarse cuál es la relación de estos tipos libidinales con la patología: si algunos de ellos disponen particularmente al pasaje hacia la neurosis, y de ser así, cuales tipos conducen a qué formas de neurosis.

La respuesta nos dirá que la postulación de estos tipos libidinales no arroja ninguna nueva luz sobre la génesis de la neurosis. La experiencia nos demuestra, en efecto, que todos estos tipos pueden subsistir sin neurosis.

Los tipos puros, con su indisputado predominio de una única instancia psíquica, parecen contar con mejores perspectivas de manifestarse como formaciones caractéricas puras, mientras que de los tipos mixtos cabe esperar que ofrezcan un terreno más fértil para los factores condicionantes de la neurosis.

Creo, sin embargo, que no se debe abrir juicio al respecto sin realizar antes detenidas comprobaciones dirigidas especialmente a este fin.

Parece fácil deducir que, en el caso de desencadenarse la enfermedad, los tipos eróticos desarrollarán una histeria, y los obsesivos, una neurosis obsesiva, pero aun esta correspondencia se halla afectada por la incertidumbre mencionada en último término.

Las personas de tipo narcisista, que a pesar de su independencia general están expuestas a ser frustradas por el mundo exterior, llevan en sí una disposición particular a la psicosis, como también presentan algunos de los factores esenciales que condicionan la criminalidad. Bien sabemos que las condiciones etiológicas de la neurosis aún no han sido establecidas con certeza.

Sus factores desencadenantes son frustraciones y conflictos internos: conflictos entre las tres grandes instancias psíquicas, conflictos producidos en la economía libidinal, a causa de nuestra disposición bisexual; conflictos entre los componentes instintuales eróticos y agresivos.

La psicología de las neurosis se esfuerza, precisamente, por descubrir qué es lo que confiere carácter patógeno a estos procesos que forman parte del curso normal de la vida psíquica.


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