Planeta Freud

Archive for septiembre 3rd, 2009

Cartas a Wilhelm Fliess – Manuscritos y notas de los años 1887 a 1902

Prólogo de la edición alemana

FreudEl presente volumen contiene una selección de la correspondencia cambiada entre Sigmund Freud y Wilhelm Fliess, médico y biólogo de Berlín, durante los años 1887 a 1902.

Bajo el dominio nacionalsocialista en Alemania, las cartas de Freud a Fliess aquí publicadas fueron a dar, junto con otros documentos legados por Fliess, a manos de libreros anticuarios, y por su conducto llegaron a posesión de los recopiladores. Las cartas de Fliess a Freud, en cambio, nunca han sido halladas.

Marie Bonaparte tuvo a su cargo la preparación del material para la edición alemana, mientras que Anna Freud y Ernst Kris efectuaron la selección individual de las piezas publicadas.

Este último es responsable, además, del «ESTUDIO PRELIMINAR» y de todas las notas. El total de esta correspondencia consta de 284 piezas de variada extensión (tarjetas postales, tarjetas ilustradas, cartas, notas, manuscritos).

La selección fue supeditada al principio de publicar todo lo pertinente a la labor y a las inquietudes científicas de Freud, así como a las circunstancias sociales y políticas en las que se desarrolló el psicoanálisis.

En cambio, fueron abreviados u omitidos aquellos pasajes o aquellas piezas cuya publicación hubiese sido incompatible con la discreción profesional o personal; los esfuerzos del autor por discutir las teorías científicas y los cálculos periódicos de Fliess; además, todas las repeticiones de idénticas ideas, las frecuentes referencias a citas concertadas, a reuniones planeadas o realizadas y a múltiples incidentes cotidianos en el círculo de las respectivas familias o de las mutuas amistades.

El cuadro sinóptico que sigue a este prólogo refleja la proporción entre el material existente y el que aquí es publicado. Este volumen no contiene nada sensacional y está principalmente destinado al lector y al estudioso concienzudo de las obras ya editadas de Freud.

El «ESTUDIO PRELIMINAR» y las notas [de Ernst Kris. T.] tienen la finalidad de facilitar la comprensión de las cartas y de los distintos manuscritos, estableciendo al mismo tiempo su relación con las obras simultáneas y ulteriores de Freud.

[En la edición inglesa se han incluido referencias a publicaciones más recientes, expresando los recopiladores su agradecimiento a James Strachey y a Alfred Winterstein por una serie de sugerencias y correcciones que han sido adoptadas].

Las cartas han sido numeradas en orden cronológico, mientras que las notas y los manuscritos se designan alfabéticamente. Casi todas las cartas se encuentran fechadas por su autor, o bien su cronología pudo ser establecida por el matasellos del correo; las escasas piezas que carecían de tal identificación fueron insertadas por los recopiladores en el texto que mejor parecía coincidir con su contenido.

Las omisiones han sido marcadas con puntos suspensivos (… ); la puntuación del texto, completada; las abreviaciones de palabras y de oraciones, integradas, y se corrigió la ortografía anticuada. Todas las palabras o los pasajes agregados por los recopiladores se encuentran entre corchetes […].

El autor del material contenido en este volumen no habría consentido la publicación de ninguna de sus partes. Freud tenía la costumbre de destruir todas las notas, bocetos y borradores en cuanto dejaban de cumplir su finalidad; nunca entregaba al público algo temáticamente inconcluso, y sólo publicaba asuntos de índole personal cuando los consideraba como material imprescindible para ilustrar determinadas relaciones inconscientes.

A pesar de las inevitables reservas inspiradas por el respeto a esta actitud de su autor, los recopiladores se consideran justificados al editar esta correspondencia, conservada merced al azar, pues, mejor que ningún otro material disponible a la sazón, ella amplía nuestras nociones sobre la prehistoria y la historia inicial del psicoanálisis; nos permite conocer determinadas fases que recorrió el proceso de la elaboración intelectual en Freud, desde sus primeras impresiones clínicas hasta la formulación de su teoría; finalmente, nos ofrece un atisbo de los rodeos y callejones sin salida en que incurrió al formar sus hipótesis, y reanima ante nosotros una imagen del autor durante esos años azarosos en los cuales su interés se desplazó de la fisiología y la neurología hacia la psicología y la psicopatología.

[Desde que se publicó la versión original alemana de este tomo (Imago Publishing Co., Londres, 1950), ciertos lectores parecen haberse formado la impresión de que por fin les serían accesibles los «secretos» de la vida personal de Freud.

Teniendo esto en cuenta, deseamos aclarar que el material aquí publicado complementa hasta cierto punto una serie de datos sobre la vida y las experiencias de Freud que ya conocemos a través de LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS y de otras obras suyas; pero tanto las cartas a Fliess como lo que Freud se consideró obligado a escribir sobre sí mismo en sus demás obras publicadas no revelan más que ciertos aspectos de las inquietudes científicas y de las preocupaciones que lo embargaban a la sazón. I.]

MARIE BONAPARTE – París
ANNA FREUD – Londres
ERNST KRIS – Nueva York


Estudio preliminar por Ernst Kris

Las inquietudes científicas de Wilhelm Fliess

Las cartas a Fliess nos ofrecen un retrato de Freud durante los años en los cuales abordaba, a tientas al principio, un nuevo campo de estudio, el de la psicopatología, para alcanzar en este terreno aquellas nociones en las cuales reposa el psicoanálisis, como teoría y como terapéutica.

Vemos a Freud esforzándose por aprehender «un problema intelectual que nunca había sido planteado antes» y bregando con un ambiente cuya hostilidad hacia su obra llegaba al punto de poner en peligro la existencia material de su familia; además, nos permite seguirlo en un trecho del camino hacia la profundización de las nociones recién adquiridas, superando para ello la resistencia de sus propios impulsos inconscientes.

Las cartas abarcan el período de 1887 a 1902, o sea, en la vida de Freud, desde los treinta y uno hasta los cuarenta y seis años; desde que se estableció como especialista para enfermedades nerviosas y mentales hasta sus estudios previos a los Tres ensayos para la teoría sexual.

Durante los años a los cuales se extiende esta correspondencia, además de sus primeros trabajos sobre las neurosis, se gestaron los Estudios sobre la histeria, La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana y Análisis fragmentario de una histeria.

El lector de estas cartas se encuentra, por decirlo así, en la situación de quien, escuchando una conversación telefónica, sólo oyese las palabras de uno de los interlocutores y se viera obligado a adivinar las del otro.

Como en este caso su interés se concentraría únicamente en las palabras que escucha, es posible que al principio se inclinase a descartar mentalmente al interlocutor inaudible, pero no tardaría en comprobar la imposibilidad de seguir la conversación sin reconstruir de tanto en tanto el diálogo completo.

La amistad con Wilhelm Fliess [1858-1928], la más íntima que conocemos en la vida de Freud, se encuentra tan estrechamente vinculada, como factor estimulante e inhibidor a la vez, con el desarrollo de sus teorías durante el último decenio del siglo pasado, que es imprescindible comenzar por familiarizarse someramente con las inquietudes científicas que Fliess perseguía.

De haberse conservado sus cartas a Freud no sólo podríamos seguir hasta los menores detalles su intercambio de ideas, sino que también lograríamos una impresión fidedigna acerca de la personalidad de Fliess.

Así, empero, debemos reducirnos a las escasas noticias que podemos derivar de los propios escritos de Fliess y de las encuestas entre quienes lo conocieron personalmente.

Todos destacan el caudal de sus conocimientos biológicos, su enorme capacidad imaginativa en el terreno de la medicina, su inclinación a las especulaciones más vastas y el impresionante poder sugestivo de su personalidad, pero también su tendencia a sostener dogmáticamente toda opinión adoptada. Tales características también se traducen parcialmente en sus obras publicadas.

Fliess poseía la formación de un especialista en otorrinolaringología, pero su cultura médica y sus inquietudes científicas trascendían ampliamente de este limitado sector.

En su práctica clínica la terapia otolaringológica constituía el núcleo central de una vasta actividad como médico de consulta, que ejerció hasta el fin de su vida en Berlín, abarcando una extensa clientela.

Sus trabajos científicos lo llevaron allende los límites de la medicina, al campo de la biología general. El primero de sus estudios más importantes que se decidió a publicar a instancia de Freud (véase la carta núm. 10) concernía a un síndrome clínico.

Muy al comienzo de sus estudios, el interés de Fliess fue despertado por un conjunto de síntomas que había conseguido eliminar mediante la cocainización de la mucosa nasal, fundando en este descubrimiento la convicción de hallarse frente a una entidad clínica definida: una neurosis refleja de origen nasal.

Según sus propias palabras, ésta debía ser considerada «como un complejo formado por síntomas diversos, a semejanza del síndrome de Menière«.

Distinguía en él tres clases de síntomas: cefalalgias, neuralgias (en los brazos, a la altura del ángulo inferior de los omóplatos o en la región interescapular, en los espacios intercostales, en la zona precordial, a nivel del apéndice xifoides, del epigastrio, en los hipocondrios, en la región lumbar, pero especialmente «neuralgias gástricas») y, por fin, trastornos funcionales, en particular del aparato digestivo, del corazón y del aparato respiratorio.

«El número de los síntomas mencionados es grande -dice Fliess-, y, sin embargo, todos ellos se originan en una misma localización: en la nariz. En efecto, su interdependencia no es demostrada por su concomitancia, sino por su desaparición simultánea, pues lo característico de todo este complejo sintomático radica precisamente en el hecho de que puede ser transitoriamente abolido anestesiando con cocaína las zonas nasales responsables».

Fliess sostenía que la neurosis nasal refleja responde a una doble etiología: podría ser ocasionada por alteraciones orgánicas, como «las secuelas nasales de enfermedades infecciosas», pero también por «trastornos funcionales puramente vasomotores».

Esta última causación explicaría por qué «las manifestaciones de la neurastenia, o sea, de las neurosis de etiología sexual, adoptan con tal frecuencia la forma de la neurosis nasal refleja».

Esta frecuencia era explicada por Fliess admitiendo una relación especial entre la nariz y el aparato genital.

Así, recordaba el hecho de que las hemorragias nasales suelen ser vicariantes de la menstruación, que «la ingurgitación del cornete inferior durante la menstruación es visible a simple vista», y menciona casos en los cuales la aplicación nasal de la cocaína habría provocado el aborto. También en el hombre postulaba la existencia de una conexión particular entre las zonas genital y nasal.

En algunos trabajos ulteriores desarrolló más ampliamente esta pretendida relación, basándose al principio en pruebas puramente clínicas.

Su interés no tardó en trascender la comprobación clínica de que «determinadas partes de la nariz desempeñan un importante papel en el origen de dos trastornos (la neuralgia gástrica y la dismenorrea)», arribando a la conclusión de que «ciertas alteraciones hiperplásticas exógenas de la nariz» llevan a «la resolución definitiva de los fenómenos a distancia, una vez eliminado el trastorno nasal», o que «alteraciones vasomotoras endógenas de la nariz» tienen su origen «esencialmente… en los órganos sexuales».

Fliess estaba dedicado a los problemas de la vida sexual humana en general, de modo que Freud, en una época en que sólo conocía imperfectamente sus proyectos y trabajos, bien podía suponer que aquél habría resuelto «el problema de la concepción»; es decir, la cuestión relativa al período en el cual sería mínima la posibilidad de la fecundación. Las inquietudes de Fliess, empero, estaban dirigidas hacia una meta muy distinta.

A mediados de 1896 remitió a Freud el manuscrito de su libro sobre «las relaciones entre la nariz y los órganos genitales femeninos, consideradas en su aspecto biológico», que a comienzos del año siguiente se hallaba impreso.

En él Fliess toma por punto de partida la teoría sobre la conexión entre la nariz y los genitales femeninos, expuesta en su trabajo anterior (1895), ampliando en múltiples sentidos las afirmaciones allí establecidas.

En efecto, durante la menstruación se observarían regularmente alteraciones nasales; luego considera el valor diagnóstico y terapéutico de la cocainización del «punto nasal», dicho valor sería considerable, pues la menstruación representa «el prototipo de numerosos fenómenos de la vida sexual…, tal como, en particular, el acto del parto y el proceso del puerperio equivalen hasta en sus menores detalles a un proceso menstrual trasmutado, tanto cronológicamente como por su índole misma».

El «genuino dolor del parto» y la «dismenorrea nasal» serían, «morfológicamente considerados», homólogos.

Estos «hechos», que Fliess procura apoyar con un cúmulo de observaciones, lo conducen a hipótesis de amplia envergadura acerca del papel que los períodos desempeñarían en la vida humana.

En la introducción de su libro de 1897 formula estas ideas más agudamente que en la anterior monografía, a menudo un tanto pesada:

«La hemorragia catamenial -dice allí- sería la expresión de un proceso… propio de ambos sexos y cuyo comienzo antecede a la pubertad… Los hechos comprobados nos obligan a destacar aún otro factor. De acuerdo con aquéllos, además del proceso menstrual, con su tipo de veintiocho días, existe otro grupo de procesos periódicos, con un ciclo de veintitrés días, a los cuales se hallan sujetos asimismo los individuos de todas las edades y de ambos sexos.

«La consideración de estos dos grupos de procesos periódicos ha prestado asidero a la conclusión de que guardan una sólida e íntima relación con las características sexuales femeninas y masculinas, respectivamente.

Las circunstancias de que ambos aparezcan, aunque distintamente acentuados, tanto en el hombre como en la mujer, no hace sino confirmar la bisexualidad de nuestra disposición [Anlage].

«Una vez establecidas estas nociones, nos vimos obligados a reconocer que en tales períodos sexuales el desarrollo y la estructuración de nuestro organismo se realiza por brotes, y que aquéllos determinan el día de nuestra muerte tanto como el de nuestro nacimiento.

Los trastornos patológicos están sujetos a las mismas leyes cronológicas que gobiernan dichos procesos periódicos. «La madre transmite sus períodos al hijo y determina el sexo de éste por aquel período que primero le transmite.

Luego, dichos períodos siguen oscilando en el hijo y se repiten con idéntico ritmo de generación en generación. Como la energía en general, es imposible que se originen de la nada, y su ritmo nunca se extinguirá mientras existan seres organizados que se reproduzcan sexualmente.

Por tanto, la existencia de tales ritmos no está limitada al ser humano, sino que se extiende al reino animal y, probablemente, a través de todo el mundo orgánico.

Más aún: la maravillosa exactitud con la cual se impone el período de veintitrés, respecto del de veintiocho días enteros, permite sospechar una relación más profunda entre las condiciones astronómicas y la creación de los organismos.»

He aquí los amplios principios básicos de la teoría de los períodos de Fliess, que éste siguió desarrollando durante varios decenios, ante todo en su obra principal, Der Ablauf des LebensEL DECURSO DE LA VIDA«], cuya primera edición apareció en 1906 y la segunda en 1923.

La primera exposición de su teoría, en 1897, fue complementada luego por una serie de monografías dedicadas primordialmente al tema de la bisexualidad, pero en todas ellas el autor insistió siempre en la «demostración matemática» de su doctrina, con una obstinación que se sobreponía a las más flagrantes contradicciones.

Mientras que algunas de las comprobaciones clínicas de Fliess han sido adoptadas por la ginecología y la otolaringología modernas, su teoría de los períodos, que al ser publicada suscitó interés crítico, fue rechazada casi unánimemente por los biólogos contemporáneos; en particular sus cálculos periódicos, basados en falsas inferencias lógicas, han sido reconocidos desde hace tiempo como crasos errores.

En la época de su encuentro con Freud, Fliess aún no había publicado ninguno de estos trabajos, pero es evidente que su personalidad se distinguía ya entonces por su tendencia a la especulación más amplia y osada. Cuando en el otoño de 1887 llegó a Viena en viaje de estudios, concurrió también, probablemente aconsejado por José Breuer, a las clases de neurología que dictaba Freud.

Aprovechó esa ocasión para discutir con él las nuevas concepciones que éste desarrollaba sobre la anatomía y la fisiología del sistema nervioso central, o sea, ideas y proyectos que sólo en parte llegaron a madurar y a ser publicados.

La correspondencia siguiente a este encuentro comenzó como la de dos médicos especialistas que se recomiendan pacientes mutuamente, y sólo a partir de 1893 convirtiese en un continuo intercambio de ideas entre dos amigos íntimamente unidos por inquietudes científicas comunes, que incesantemente contemplan el propósito de publicar algo en colaboración, aunque nunca llegan a realizarlo.

El afianzamiento de su amistad se vio facilitado exteriormente por la circunstancia de que Fliess casara en 1892 con una vienesa perteneciente al círculo de los pacientes de José Breuer, de modo que no tardaron en darse múltiples oportunidades para que ambos hombres se encontraran.

Al poco tiempo, sin embargo, los dos amigos comenzaron a reunirse fuera del círculo de sus familias y de sus amigos vieneses, reuniones que Freud llamaba «congresos», y en las cuales intercambiaban sus ideas y sus comprobaciones científicas.

Muchas de las cartas de Freud están destinadas simplemente a servir de puente entre estos encuentros y se hallan colmadas de referencias a cuanto en ellos se había conversado.

Durante los primeros años de su relación ambos amigos tenían muchas circunstancias en común: eran jóvenes especialistas entregados a la investigación científica, hijos de comerciantes judíos de la clase media, que se esforzaban por consolidar sus familias y por sentar plaza en la práctica profesional.

Freud, dos años mayor, se había casado en 1886, año precedente al de su encuentro con Fliess, y había instalado su consultorio en el número 8 de la Maria Theresienstrasse.

Durante los años que estas cartas hacen desfilar ante nosotros, vemos crecer su familia hasta llegar a los seis hijos y nos enteramos del traslado al apartamento de la Berggasse 19, casa que Freud sólo habría de abandonar cuarenta y siete años más tarde, para emigrar a Inglaterra después de la ocupación de Austria por los nacionalsocialistas.

Tenemos noticias del casamiento de Fliess con Ida Bondy, de Viena; del nacimiento de sus tres hijos y de la existencia que llevaban ambas familias, en la medida en que puede hallar un reflejo natural en la correspondencia de dos amigos. La semejanza de sus circunstancias exteriores de vida se integra con la comunidad del acervo cultural de ambos hombres.

Sus respectivas inclinaciones científicas reposan en ambos sobre una sólida base humanística. Comparten la admiración por las obras maestras de la literatura mundial y se transmiten mutuamente citas aptas para servir de epígrafes a sus reflexiones. Freud, además de aludir continuamente a Shakespeare y encomiar a Kipling y a otros novelistas ingleses contemporáneos, expresa a Fliess su agradecimiento por haberlo familiarizado con Conrad Ferdinand Meyer, el cuentista suizo que siguió siendo siempre uno de sus autores predilectos.

Las mutuas incitaciones literarias traducen, además, las inclinaciones predominantes en ambos hombres.

Entre los libros de Freud se encuentra una edición en dos tomos de las conferencias de Helmholtz que Fliess le envió como regalo de Navidad en 1898. Freud, a su vez, que en la última década del siglo seguía muy de cerca la literatura clínica, no cesaba de remitir a su amigo de Berlín apresuradas tarjetas postales en las que le señalaba novedades alemanas, francesas o inglesas en el campo de la otolaringología, por si hubiesen escapado a la atención de éste.

Además, le refiere su frecuentación de las obras psicológicas contemporáneas, pero también su creciente interés por los estudios prehistóricos y arqueológicos, por las primeras y modestas antiguallas griegas y romanas, adquiridas en reemplazo de su largamente anhelado y siempre pospuesto viaje a Italia, con el que soñaba en el sentido y en el ánimo del que Goethe efectuara.

Entre las escasas noticias del día, que Freud menciona especialmente, se cuenta la de los descubrimientos de sir Arthur Evans en Creta, primeros anuncios del resurgimiento de una civilización desconocida desde los escombros del pasado.

Los respectivos ambientes en que ambos amigos vivían eran, en cambio, agudamente dispares.

El contraste entre la cansada y estrecha Viena de Francisco José y el vivaz y pujante Berlín de Guillermo II refléjase a menudo en las cartas de Freud.

Dicho contraste se extendía hasta la esfera económica: en Viena, la práctica de la medicina, «hasta las cumbres mismas de la profesión», era sensiblemente afectada por los menores reveses de la situación económica general, llevando a una inestabilidad que, agregada a la que el prestigio de Freud experimentaba ante los colegas y ante el público, incidía cada vez en su economía familiar. Las cartas de Freud nada dicen de dificultades análogas que pudieran haber afectado a Fliess, cuya actividad médica parece haber progresado rápida e ininterrumpidamente. Desde su matrimonio, por otra parte, Fliess habíase visto libre de toda preocupación económica.

El contraste entre Viena y Berlín comprendía asimismo la esfera política: Freud informa sobre la decadencia del liberalismo en Viena, sobre la victoria de los antisemitas, que habían conquistado la administración comunal; sobre las tendencias antisemitas reinantes en la Sociedad Médica de Viena, en la Facultad de Medicina y entre las autoridades docentes que durante largo tiempo aplazaron su nombramiento de profesor, título del cual podíase esperar con sobrada razón que daría nuevo impulso a la práctica privada de Freud, ya que el público vienés de esa época solía conceder su confianza al especialista en la medida de la posición académica que éste ocupara.

Ambos amigos seguían con comprensible interés las noticias del proceso Dreyfus y la «batalla por la justicia» librada por Zola; al respecto, Fliess parece haber encomiado el espíritu progresista prevaleciente en Berlín y en toda Alemania.

No obstante, el verdadero móvil de la correspondencia entablada no residía en la similitud de origen, de cultura o de las respectivas situaciones familiares ni en nada personal o privado, pues aun en los años de su más estrecha amistad las relaciones entre ambas familias nunca llegaron a ser íntimas ni se realizaron jamás los proyectos de reunirlas durante las vacaciones estivales.

Según podemos colegir de todas las cartas de Freud que se han conservado, la función del intercambio epistolar estaba determinada por la comunidad de las inquietudes científicas que animaban a ambos corresponsales.

La creciente frecuencia con que se comunicaban sus ideas y la mayor intimidad en el trato epistolar, que se traduce por la transición del formal «usted» al familiar tuteo, pueden relacionarse con un importante cambio operado en las relaciones personales y científicas de Freud, cuando se separó de José Breuer [18421925].

Ya en sus años de estudiante Freud había mantenido el más estrecho contacto con este hombre de tan importante personalidad. Breuer, que contaba trece años más de edad, había informado a Freud, ya poco después de 1880, acerca del tratamiento catártico que había ensayado en una paciente suya , y diez años después ambos decidieron publicar en colaboración sus concepciones sobre la histeria.

Mas la labor en común no tardó en suscitar diferencias de opinión que habrían de conducir a la separación de los colaboradores. Las ideas de Freud avanzaban en forma brusca e impulsiva, al punto que Breuer, más viejo e indeciso, no podía resolverse a seguirlas en su desarrollo.

Ya en ocasión de su primer trabajo publicado en colaboración, Freud informa a Fliess sobre sus conflictos con Breuer (carta núm. 11), y las dificultades de su cooperación no hicieron sino aumentar constantemente mientras preparaban para la publicación su primer libro en común, ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA, que apareció a fines de 1895, a punto tal que cuando el libro vio por fin la luz los autores destacaron expresamente en el prólogo la discrepancia de sus respectivos puntos de vista. Breuer había seguido de buen grado a Freud en sus primeras hipótesis básicas y había adoptado de él los conceptos de defensa y de conversión, aunque, adhiriéndose a la escuela psiquiátrica francesa, mantenía la presunción de que un estado particular, designado «hipnoideo», sería el responsable del origen de los fenómenos histéricos. Breuer también había asumido, integrándola con sus propias concepciones, la noción básica de Freud acerca del funcionamiento del aparato psíquico que éste formulara como principio de la constancia de la energía psíquica.

Las discrepancias parecen haber surgido cuando la experiencia clínica y las primeras especulaciones teóricas de Freud apuntaron hacia el predominio de la sexualidad en la etiología de las neurosis. Cuando aparecieron los ESTUDIOS aún fue posible conciliar a duras penas, pero sólo exteriormente, las divergencias entre los dos autores.

Si se compara la reserva con que es abordado el problema de la sexualidad en dicha obra, con las consideraciones respectivas de Freud en su trabajo sobre la neurosis de angustia, publicado aún antes que los Estudios, y si se toma en consideración el cúmulo de nuevas nociones que, de acuerdo con el testimonio de estas cartas, agitábanse ya en Freud, resulta fácil formarse una idea de las dificultades a las cuales se veía enfrentado: el amigo mayor, el mentor que años atrás lo había conducido al problema de la histeria, negábale ahora su solidaridad y su aprobación.

Ningún apoyo podía esperar de los representantes oficiales de la psiquiatría y la neurología en la universidad. Meynert, el antiguo maestro de Freud, ya había rechazado violentamente sus primeros ensayos sobre la histeria, y Krafft-Ebing les dedicaba una reservada indiferencia.

El círculo más inmediato de amigos médicos, empero, se hallaba dominado por la influencia de Breuer. Con todo, Freud no parece haber sido afectado tanto por el rechazo de sus descubrimientos por Breuer como por la fluctuación de las actitudes críticas y admirativas en éste (véanse, por ejemplo, las cartas núms. 24, 35, 135).

La amistad con Fliess vino a colmar el vacío dejado por el alejamiento de Breuer y a reemplazar para Freud una relación amistosa e intelectual más antigua, pero que había cesado de ser viable. Había perdido toda confianza de ser comprendido en su propio círculo más íntimo, de modo que el colega de Berlín llegó a convertirse, para usar las propias palabras de Freud, en su único y exclusivo público.

Durante los primeros años de su correspondencia, Freud solía anunciar a Fliess los trabajos proyectados y le enviaba separatas de todas sus publicaciones; mas Fliess no tardó en convertirse en el confidente al cual comunicaba su material clínico, al que anunciaba sus últimos descubrimientos y exponía las primeras formulaciones de sus nuevas ideas.

Así, entre las cartas a Fliess no sólo hallamos esbozos de nociones no maduradas aún y planes para futuras investigaciones, sino también algunos ensayos conclusos, difícilmente superados por las respectivas publicaciones ulteriores.

Así sucedió que Freud pidiera posteriormente a Fliess la devolución de más de un manuscrito para utilizarlo en alguna publicación, mientras que ciertas fases y determinados rodeos que las hipótesis de Freud recorrieron en el curso de su desarrollo tórnanse accesibles únicamente a través del material aquí publicado.

Nos es imposible averiguar qué repercusión despertaron las comunicaciones de Freud en la mente de su destinatario. De las cartas podemos colegir que ocasionalmente expresó dudas y advertencias, pero que a menudo aprobó y se adhirió a las manifestaciones de aquél.

El material epistolar sólo comenzó a aumentar en contenido cuando las diferencias de opinión se tornaron más pronunciadas y cuando Fliess insistió cada vez más perentoriamente en que su propia teoría de los períodos estaba destinada a fundamentar la teoría de las neurosis de Freud. Las cartas informan con profusión sobre la actitud de Freud ante los estudios de Fliess, por lo menos durante los diez primeros años, seguía los trabajos del amigo con no disimulada atención y admiraba la orientación que los guiaba.

Es característico que su entusiasmo por la obra de Fliess aumentase siempre después de los encuentros con éste o después de alguna exposición epistolar de los trabajos en curso, mientras que sus comentarios sobre las memorias publicadas que Fliess le enviaba eran evidentemente reservados.

Esta circunstancia corrobora la sospecha de que su sobrevaloración de la personalidad y de la importancia científica de Fliess correspondía a una necesidad interna del propio Freud.

En efecto, hacía de su amigo y confidente un aliado en la lucha contra la ciencia oficial, contra la medicina de los altivos y poderosos profesores y de las clínicas universitarias, aunque los escritos publicados a la sazón por Fliess atestiguan que tal papel estaba muy lejos de coincidir con sus intenciones. Freud, para atar más sólidamente al amigo consigo mismo, procuraba elevarlo a su propio nivel, y en ocasiones idealizaba la imagen de su presunto aliado hasta convertirla en la de una luminaria en el campo de las ciencias naturales.

No cabe duda que la sobrevaloración de Fliess, reflejada en las cartas de Freud, obedece a una razón objetiva, además de la puramente personal. Freud no sólo buscaba en Fliess al oyente y al presunto aliado en la lucha, sino que de su relación con él esperaba también respuestas a las preguntas que desde años atrás lo asediaban: las cuestiones relativas a la demarcación entre las concepciones fisiológica y psicológica de los fenómenos que se había dedicado a estudiar.

Psicología y fisiología

No he sido siempre un psicoterapeuta, sino que, formado como todos los neuropatólogos en el ejercicio del diagnóstico topográfico y del electrodiagnóstico, sigo siendo el primero en lamentarme sobremanera de que mis propias historias clínicas se lean, en cierto modo, como novelas, y carezcan, por así decirlo, de la severa impronta que confiere el cientificismo.

He de consolarme reflexionando que ello obedece, más bien que a mis propias preferencias, a la naturaleza misma del material tratado, pues sucede que ni la topología lesional ni las reacciones eléctricas tienen injerencia alguna en el estudio de la histeria, mientras que la exhaustiva descripción del suceder anímico, tal como suelen ofrecérnosla los literatos, me permite, mediante la aplicación de unas pocas fórmulas psicológicas, arribar a una suerte de comprensión acerca del mecanismo y el origen de una histeria.»

Con estas palabras inicia Freud la epicrisis de la historia clínica de Elisabeth von R., presumiblemente la última de las que aportó a los Estudios sobre la histeria.

Apuntan a un conflicto intelectual que afectó decisivamente la evolución de sus ideas durante la última década del siglo. Habíasele abierto la perspectiva de nociones nuevas e inauditas: se trataba de formular los conflictos de la vida psíquica humana en términos científicos.

Era tentador fundar la captación de este nuevo territorio sobre la comprensión empática, reduciendo, por ejemplo, todas las historias clínicas a su raigambre biográfica y fundando sobre la intuición todas las endospecciones obtenidas, «tal como suelen ofrecérnosla los literatos». La destreza literaria con que Freud manejaba el material biográfico, habilidad que por primera vez desplegó plenamente en los Estudios, debía tornarle perentoria e inmediata semejante tentación.

Sus cartas demuestran que ya en esos años iniciales sabía penetrar psicológicamente la elaboración de los temas literarios: sus análisis de dos cuentos de Conrad Ferdinand Meyer representan los primeros ensayos de esta especie.

De años ulteriores sabemos cuál era su actitud frente a la intuición poética, frente a las creaciones de esos seres singulares a quienes «les es dado hacer surgir del torbellino de sus propios sentimientos, sin esfuerzo alguno, los más profundos conocimientos, mientras que nosotros para alcanzarlos debemos abrirnos paso a través de torturantes vacilaciones e inciertos tanteos».

El contraste al que aquí se refiere y que ya lo preocupó en LOS ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA es el que separa la comprensión intuitiva de la explicación científica. Nunca pudo surgir la menor duda acerca del partido que Freud habría de adoptar: su paso por la escuela de la ciencia lo destinó a dedicar su existencia a la fundación de la nueva psicología sobre el cimiento de los métodos científicos.

Evoquemos brevemente cuanto se conoce sobre la formación científica de Freud; para ello, nuestras fuentes serán su Estudio autobiográfico y sus trabajos doctrinarios mismos.

En 1882, siendo todavía estudiante en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Viena, abandonó la biología en favor de la medicina, después de haberse dedicado durante casi seis años a ella, lo hizo a regañadientes y sólo cediendo a los insistentes consejos de su maestro, el fisiólogo Ernst Brücke [18191892], que hacía valer ante él consideraciones de orden práctico.

Al elegir su nueva especialidad clínica procuró continuar la dirección de sus anteriores trabajos biológicos, que habían partido del estudio de las raíces y los ganglios raquídeos del Petromyzon.

Estimulado por Theodor Meynert [18321892], se dedicó a la neurología, e impulsado por «cierta tendencia a la concentración exclusiva» que ya comenzaba a desarrollarse en él publicó en 1884 y en 1885 seis monografías dedicadas a la histología, la farmacología y la clínica, que le valieron la obtención del título de «Docente privado» en neuropatología, en la primavera de 1885, cuando contaba veintinueve años.

Una beca de viaje, cuya concesión a Freud había sido propiciada por Brucke, le permitió ir a París y asistir a la clínica de Charcot en la Salpêtrière.

Su permanencia allí se extendió del otoño de 1885 hasta fines de febrero de 1886. De París viajó a Berlín, «para adquirir algunas nociones de clínica pediátrica en general», junto a Adolph Baginsky, pues en Viena no lo aguardaba ningún puesto en la clínica neuropsiquiátrica, que entonces, como posteriormente, le mantuvo cerradas sus puertas.

En cambio, el pedíatra Max Kassowitz habíale ofrecido el cargo de jefe del nuevo servicio de neurología en el «Primer Hospital Público de Niños», una institución privada e independiente de la organización académica. Freud ocupó ese cargo durante varios años.

Las cartas nos ofrecen fugaces atisbos de los años siguientes a su regreso a Viena, su casamiento y su establecimiento como médico práctico, años en los cuales sus inquietudes científicas se orientaron hacia varios sectores distintos.

En los trabajos publicados siguió dominando al principio el interés neurológico, de modo que sus primeras publicaciones representan otras tantas continuaciones directas de sus trabajos anteriores en el campo de la clínica, la histología, la farmacología y la anatomía.

Al poco tiempo, empero, dejóse guiar por el interés del nuevo material clínico que tenía a su disposición. Un estudio sobre las hemianopsias en la primera infancia, publicado en 1888, fue el primero de una serie de estudios dedicados a la neurología infantil: ante todo, la monografía de 1891 sobre las hemiplejías cerebrales de la infancia, en colaboración con Rie, y luego, la monografía sobre las diplejías cerebrales, que apareció en 1893.

Esta orientación clínica culminó finalmente en la extensa exposición global de las parálisis cerebrales infantiles que Freud aportó al tratado de patología especial y terapéutica de Nothnagel, concluido sólo en 1897, en diferido y reluctante cumplimiento de una promesa dada mucho tiempo antes. Las cartas nos revelan que Freud se sentía ante esta tarea «como Pegaso uncido al yugo», estado de ánimo que nos resulta comprensible si consideramos que hubo de posponer por ella su dedicación al estudio de los sueños.

No obstante, este trabajo, que de 1895 a 1897 parecíale a Freud meramente el cumplimiento de una obligación tediosa y oprimente, ocupa todavía, según el testimonio de R. Brun, un lugar seguro en la neurología moderna.

La monografía de Freud sería «el estudio más completo y minucioso que se haya escrito hasta hoy sobre las parálisis cerebrales de la infancia…

Se podrá apreciar el consumado dominio del enorme material clínico que aquí se halla reunido y sometido a una revisión crítica, teniendo en cuenta que sólo los títulos de la bibliografía citada ocupan catorce páginas y media».

En los años de 1886 al invierno de 1892 a 1893 aparecieron también, casi como accesoriamente, cuatro gruesos volúmenes traducidos por Freud: los dos tomos de las conferencias de Charcot y dos libros de Bernheim.

El traductor agregó sendos y enjundiosos prólogos a dos de estos libros y proveyó su versión de las Leçons du mardi à la Salpêtrière, de Charcot, con innumerables referencias a la literatura clínica más reciente, así como con observaciones críticas, algunas de las cuales contienen las primerísimas formulaciones de las teorías de Freud en el campo de las neurosis.

La general aceptación que hallaron sus trabajos sobre neurología infantil apenas le causó impresión alguna (véase la carta núm. 18); su verdadero interés se dirigía a otros dos campos de estudio -o más bien a dos manifestaciones de un mismo problema-, que alternativamente ocuparon lugar preeminente en su intelecto: la anatomía del encéfalo y la investigación de la histeria.

La idea de formular sus opiniones sobre la anatomía cerebral le fue sugerida en el curso de su colaboración en el diccionario médico de Villaret. Dado que los artículos de dicha obra no llevaban la firma de sus autores, Freud no incorporó más tarde a su bibliografía las aportaciones redactadas por él, además, opinaba que su artículo sobre anatomía cerebral había sido mutilado excesivamente.

Su monografía sobre la concepción de las afasias, publicada en 1891 y dedicada a José Breuer, pertenece al mismo sector de estudios.

En ella formula por vez primera sus «dudas respecto de la exactitud de cualquier esquema del lenguaje basado esencialmente en la localización de sus centros».

Sustituyó esta teoría localizacionista por otra que destaca la modalidad funcional de los centros cerebrales intervinientes; a su juicio, la teoría de la localización no tendría en cuenta la interacción de fuerzas, la dinámica del fenómeno, mientras que él se inclinaba a poner en primer plano los centros dinámicos, en contraste con los puntos de localización determinados. No cabe duda de que Bernfeld está en lo cierto cuando se refiere a este trabajo sobre las afasias como el primer libro «freudiano».

El interés de Freud por la histeria se desarrolló paulatinamente. Ya en 1882 o en 1883, presumiblemente poco después de haber abandonado el Instituto de Fisiología, Breuer le informó acerca de una paciente que había tratado desde 1880 hasta 1882, paciente a la cual conocemos como «el caso Anna O.» de los ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA.

Fue éste el caso en el cual Breuer había descubierto los principios del tratamiento catártico. Cuando Freud se dispuso a «informar a Charcot de las comprobaciones de Breuer… , aquél no demostró el menor interés ante mi primer esbozo de las mismas».

Según el propio testimonio de Freud, ello tuvo por consecuencia que su propio interés se apartara transitoriamente de la dedicación a los problemas que Breuer le había planteado. Una vez vuelto de París, estando ocupado con la traducción de las conferencias de Charcot, Freud aprovechó una circunstancia accidental para discutir nuevamente el tema de la histeria.

Su beca le comprometía a relatar ante la Sociedad Médica de Viena las experiencias recogidas en París, y la comunicación, anunciada para el 15 de octubre de 1886, estaba dedicada a los nuevos trabajos de Charcot sobre la histeria masculina.

Sus palabras no hallaron crédito alguno y Meynert lo comprometió a «presentar ante la Sociedad casos tales que permitieran comprobar fehacientemente aquellos signos somáticos de la histeria, aquellos estigmas histéricos» por medio de los cuales Charcot pretendía caracterizar dicha neurosis.

Freud respondió a esta invitación el 26 de noviembre, presentando conjuntamente con el oculista L. Königstein un caso de «grave hemianestesia en un hombre histérico». El relato fue aplaudido, pero se mantuvo el rechazo de la concepción de Charcot sustentada por Freud.

Meynert no cejó en su oposición y enfrentó a la teoría de Charcot una concepción anatómica que Freud halló totalmente inadecuada. Como resultado de este entredicho con Meynert, cerrósele a Freud su antigua plaza de trabajo, el Instituto Neurológico de la Universidad, y sus relaciones con la Facultad de Medicina quedaron sensiblemente quebrantadas. Después de esta comunicación puramente clínica del otoño de 1886, durante más de cinco años Freud no volvió a publicar nada sobre la histeria.

Su interés, empero, no se había extinguido. Desde el otoño de 1887 comenzó a aplicar el tratamiento hipnótico (carta núm. 2) y a partir de la primavera de 1889 empleó sistemáticamente el hipnotismo para la exploración de sus pacientes ; además, en el verano del mismo año viajó a Nancy para completar su experiencia clínica junto a Bernheim, al punto que también el interés de Breuer por este tema volvió a ser estimulado por la dedicación que él mismo había despertado en Freud.

Tres años más tarde, en 1892, Freud y Breuer acordaron publicar su comunicación previa conjunta, El mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos, que a comienzos de 1893 se hallaba impresa y que más de dos años después había de constituir el capítulo inicial de los Estudios sobre la histeria.

El interés de Freud por este nuevo campo de actividad seguía al principio una orientación exclusivamente clínica, pero el estudio del material de observación no tardó en imponerle la admisión de factores decisivos que Breuer no quiso compartir o que sólo se resignó a admitir de mala gana: el reconocimiento del carácter defensivo de los síntomas, el de su sobredeterminación y el de la función de la resistencia.

Simultáneamente con esta comprensión clínica, o más bien precediéndola, modificó completamente su técnica, abandonando la catártica, que Breuer había aplicado en favor de la «técnica de concentración» que describió en los Estudios y a la que poco después, entre 1895 y 1898, había de sustraer los residuos de elementos sugestivos, convirtiéndola en la técnica psicoanalítica propiamente dicha.

La parte clínica y técnica de los ESTUDIOS -cuatro de las cinco historias clínicas y el capítulo sobre técnica («Sobre la psicoterapia de la histeria»)- fue escrita por Freud, mientras que Breuer suscribió la parte teórica.

Sin embargo gran parte de lo redactado por Breuer, en particular la concepción básica de la cual partió, era sin duda patrimonio intelectual de Freud o pertenecía a ambos en común. Disponemos de un borrador de la comunicación previa con Breuer, redactado por Freud en 1892, que anticipa muchas de las formulaciones más importantes de Breuer.

En particular, Freud establece allí el postulado de que «el sistema nervioso tiene la tendencia de mantener constante en sus condiciones funcionales, algo que cabe denominar suma de excitación. Procura mantener esta precondición de la salud resolviendo asociativamente todo incremento sensorial de la excitación o descargándolo por medio de una reacción motriz apropiada».

Esta hipótesis, adoptada del campo de las nociones físicas, halló cabida en la exposición de Breuer como «teoría de la excitación intracerebral» y le permitió aplicar la analogía de los procesos del sistema nervioso central con los de un circuito eléctrico.

En el pensamiento de Freud, en cambio, dicha noción llegó a diversas especulaciones que aparecen expuestas en las cartas y, finalmente, a las formulaciones sobre los mecanismos de regulación psíquica que forman parte de las hipótesis básicas del psicoanálisis.

En un brillante ensayo, al que aquí nos ceñiremos, Bernfeld demostró el origen de estas nociones. Proceden directamente de las ideas fisiológicas de Brücke, entre cuyos discípulos habíase contado también Breuer -a quien Freud había conocido precisamente en el Instituto de Fisiología-, y estaban difundidas en el círculo de los fisiólogos vieneses, entre cuyas figuras rectoras se contaban el propio Brücke y sus asistentes Ernst von Fleischl-Marxow [18461891] y Sigmund Exner [18461925], citados ambos en las cartas, aunque en distintos contextos.

Sólo ahora atinamos a comprender plenamente a qué aludía Freud cuando, ya en edad avanzada, calificó a Brücke como el maestro que habría ejercido sobre él la más profunda impresión. La fisiología de Brücke, firmemente cimentada en el terreno de la física, con su ideal de la mensurabilidad de todos los procesos, fue para Freud el punto de arranque para erigir las teorías psicoanalíticas.

Brücke no se encontraba en modo alguno aislado entre los fisiólogos de su época, sino que formaba parte de un grupo de científicos que compartían puntos de vista similares, que habían sido discípulos de Johannes Müller y que en el año 1845 se habían reunido en la Sociedad Física de Berlín.

En este círculo, Helmholtz había pronunciado en 1847 su conferencia sobre el principio de la conservación de la energía; Helmholtz (18211894) y Du Bois-Reymond (18181892) tenían casi la misma edad y eran íntimos amigos; consideraban a Brücke como su «embajador en Viena«.

Lo estrecho de las relaciones entre los fisiólogos de Viena y los de Berlín, que Bernfeld describe tan convincentemente en su estudio, fue uno de los motivos que afianzaron el vínculo entre Freud y Fliess. Cuando éste se encontraba en Viena, visitaba a aquellos investigadores con los cuales debía sentirse por fuerza íntimamente vinculado.

Sus trabajos no dejan lugar a duda alguna respecto de su pertenencia a la misma escuela que la de aquéllos; tampoco fue por mero azar que, como ya mencionamos, obsequiara a Freud con las obras completas de Helmholtz.

En los trabajos de Fliess parece haberse impuesto cada vez más el ideal de una biología firmemente fundada en bases fisicomatemáticas.

Su inclinación a las matemáticas se trasluce claramente en el epistolario mismo; había de ejercer funesta influencia sobre sus trabajos ulteriores, y halló expresión en el subtítulo de su obra cardinal, Der Ablauf des LebensEl decurso de la vida«, 1906], de la cual esperaba que constituiría la «fundamentación de una biología exacta». La participación de Fliess en las investigaciones de Freud fue determinada precisamente por esta posición.

Apoyó a Freud en sus esfuerzos por mantener el contacto entre las concepciones psicológicas y fisicofisiológicas, y concluyó por ofrecerle sus propias hipótesis como fundamento para las comprobaciones de aquél; pero al hacerlo se exacerbó su rivalidad, que finalmente condujo a la inevitable ruptura de las relaciones.

Durante los primeros años de su amistad, empero, todo lo que posteriormente había de llevar al alejamiento fue el fermento de su mutua estimulación.

El concepto de Fliess acerca de la neurosis nasal refleja venía a tocar una de las cuestiones que más vivamente interesaban a Freud: el problema del diagnóstico diferencial de los trastornos histéricos y orgánicos, que ya lo había ocupado en París.

Con todo, sólo en 1893, a los siete años de su regreso a Viena, retomó cierto aspecto de este problema en un trabajo originalmente publicado en francés, demostrando con insuperada claridad que la parálisis histérica se conduce «como si no existiese una anatomía del cerebro» y depende únicamente de «la reactividad de un grupo determinado de representaciones».

El problema del diagnóstico diferencial desempeñaba también un considerable papel en los trabajos clínicos que Freud efectuaba a la sazón.

Era natural para él pensar que sería necesario diferenciar «más agudamente de lo que hasta ahora ha sido posible la neurastenia genuina de las distintas seudoneurastenias, como, por ejemplo, el cuadro clínico de la neurosis nasal refleja, orgánicamente determinada, los trastornos nerviosos de las caquexias y de la arteriosclerosis, las fases prodrómicas de la parálisis progresiva y de algunas psicosis».

Consideraba estas diferenciaciones tanto más perentorias cuanto que las nociones adquiridas a través de la experiencia clínica parecían destinadas a abrir una nueva e insospechada perspectiva sobre la esencia misma de la neurastenia como neurosis actual (neurosis de angustia).

Podemos observar el desarrollo de esta noción a través de las cartas, en algunas de las cuales llegó a ser formulada con excesivo rigor, hasta que cuajó finalmente en la primera publicación dedicada a este tema: Sobre la justificación de separar de la neurastenia un síndrome determinado, como «neurosis de angustia».

La comprobación decisiva de que el mecanismo de la neurosis de angustia radica «en que la excitación sexual somática es apartada de lo psíquico y en la consiguiente aplicación anormal de dicha energía», Freud la expresó en la fórmula de que «la angustia neurótica es libido sexual trasmutada».

Esta concepción, que sólo fue brevemente mencionada en los Estudios sobre la histeria -publicados posteriormente-, tuvo importantes consecuencias en la historia del psicoanálisis. La teoría «toxicológica» de la ansiedad, que la considera como el resultado de la libido estancada, dominó el pensamiento analítico hasta que la concepción de la angustia halló una nueva formulación en 1926, EN INHIBICIóN, SíNTOMA Y ANGUSTIA.

Al mismo tiempo, esta revisión actualizó otra importante noción que Freud había formulado poco después de 1890 : la de situar la función de la defensa en el centro mismo de la teoría de las neurosis.

Después de un intervalo de más de treinta años fue este concepto de la defensa el que permitió fundamentar buena parte de la psicología psicoanalítica del yo.

Tampoco las concepciones que indujeron a Freud a establecer la neurosis de angustia como una entidad clínica independiente fueron desarrolladas en vano, pues aún ocupan en la clínica y en la teoría psicoanalíticas una plaza segura, aunque modesta.

No cabe poner en duda la importancia clínica de lo que hoy denominamos «componentes actualneuróticos del conflicto neurótico», concibiéndolos como exacerbaciones de la situación de peligro para el yo; pero la frustración sexual es sólo una entre varias otras condiciones susceptibles de determinar tales situaciones actualneuróticas.

La diferencia entre esta concepción actual y la primitiva de Freud ilustra con meridiana claridad el desarrollo que siguieron sus hipótesis.

Mientras que nosotros, basados en nuestro conocimiento del papel que desempeñan las condiciones genéticas en la etiología de las neurosis, nos inclinamos a derivar de la propia historia del individuo sus reacciones a la frustración y a la tensión instintual, pero no creemos que la frustración en el logro de los objetivos sexuales produzca angustia neurótica en el adulto, fue precisamente esta última noción la que originalmente tuvo primordial importancia para Freud.

La concepción de que «la angustia, fundamento de las manifestaciones neuróticas, no admite derivación psíquica alguna» prometía conducir de la incertidumbre de las concepciones psicológicas al terreno firme de los procesos fisiológicos, permitiendo vincular la explicación de por lo menos un grupo de fenómenos psicopatológicos con el conjunto de las teorías fisiológicas.

Precisamente en este terreno, el de la etiología sexual, fue en el que Breuer se mostró reacio e incluso se negó a seguir los pasos de Freud; pero justamente en él sentía éste la necesidad de ser alentado y aconsejado.

Múltiples enigmas había que resolver; las cartas reflejan el cuadro de la incesante pugna de un concienzudo observador con las impresiones clínicas que lo asedian y que se esfuerza por elaborar.

Al principio Freud se excede en el alcance que presta a su nuevo enfoque, intentando explicar a la vez la fisiología y la psicología de la función sexual por medio de un esquema destinado a interpretar todos los trastornos como desplazamientos cuantitativos (manuscrito G), un intento que, evidentemente estimulado por Fliess, no tardaría en ser repudiado por Freud ya al cabo de pocos años.

En aquellos años la idea directriz en el pensamiento de Freud era la de adoptar los fenómenos fisiológicos y lo físicamente mensurable como fundamento de toda consideración psicológica, o sea, que buscaba la estricta aplicación de aquellas concepciones que habían fundamentado el enfoque de Helmholtz y de Brücke.

Por lo menos desde comienzos de 1895 habíase dedicado Freud al intento de dar forma a tal concepción global, y en este contexto cabe recordar que Breuer, precisamente en esa época, estaba ocupado en redactar la parte teórica de los Estudios sobre la histeria, en la cual sustentaba la opinión de que sería inadmisible relacionar la concepción psicológica con nociones neurofisiológicas, por lo menos en el estado que a la sazón habían alcanzado los conocimientos respectivos.

Pero tal intento era justamente el que Freud se disponía a emprender. Primero pensó en escribir una «psicología para neurólogos»; pero es evidente que modificó varias veces los planes y los borradores. Disponemos de un proyecto que data del otoño de 1895, cuya mayor parte fue escrita en pocos días, después de un encuentro con Fliess, mientras que terminó de redactar el resto en el curso de las semanas siguientes.

Pero apenas lo hubo remitido a Fliess cuando ya le hizo seguir un sinnúmero de explicaciones, aclaraciones y propuestas de correcciones. Las ideas expresadas en dicho borrador siguieron inspirando la correspondencia durante varios meses, hasta ceder la plaza a nuevas ideas, pero sobre todo a nuevos conocimientos.

El manuscrito del Proyecto de una psicología para neurólogos, reproducida en estas O. C., sólo ilustra, pues, una de las fases que recorrieron los intentos de Freud para alcanzar una concepción global de la psicología y de la fisiología cerebral; pero su valor histórico no por ello es menos considerable. No intentaremos analizar aquí, exhaustiva y sistemáticamente, el contenido de dicho Proyecto; sólo podemos esbozar sus ideas directrices. Trátase de un intento consecuente de describir el funcionamiento del aparato psíquico como el de un sistema de neuronas, concibiendo todos sus procesos, en última instancia, como modificaciones cuantitativas.

Mas estos procesos no están confinados meramente a la percepción y a la memoria, sino que comprenden el pensamiento y la vida afectiva, la psicopatología y la psicología normal, así como una primera teoría de los sueños, restringida, pero completa en múltiples respectos.

La idea de fundir la teoría de las neurosis y la psicología normal con la fisiología cerebral era, en sí misma, osada; pero lo que más ha de impresionar al lector actual es la consecuencia con que Freud persiguió este único objetivo intelectual, pese a todas las dificultades y contradicciones.

Cada parte de dicho Proyecto, ya sea la de fisiología cerebral como la de psicopatología, la que trata de la defensa y la del pensamiento, contiene un cúmulo de nuevas observaciones y de nuevas hipótesis que sólo en parte y sólo alusivamente hallaron cabida en los trabajos ulteriores de Freud.

Algunas de ellas apuntan ya a la evolución que el psicoanálisis había de seguir: así, por ejemplo, en la presente versión del Proyecto, Freud desarrolla la concepción del yo como un organismo caracterizado por poseer una catexia constante de energía, concepción que un cuarto de siglo después había de convertirse en la pieza angular de la teoría psicoanalítica de la estructura psíquica.

Al descartar más tarde el sistema de ideas que había aplicado en 1895 para fundar esta noción, concibiendo el yo como un grupo de neuronas dotadas de características especiales, también la noción misma del yo pareció perder transitoriamente una parte de su importancia.

Otras ideas básicas del Proyecto estaban destinadas a ingresar más pronto en el desarrollo del psicoanálisis; así, la noción de que la necesidad biológica, que conduce inevitablemente a la adaptación, es contraria a las tendencias hedónicas del individuo, fue desarrollada más tarde en la concepción freudiana sobre el principio del placer y el principio de la realidad.

Los ejemplos, empero, que Freud aplicó en su Proyecto para ilustrar estos problemas proceden en parte de un sector cuya importancia sólo le había sido imperfectamente revelada a la sazón a través de su experiencia clínica.

Pertenecen, en efecto, al período de la primera infancia, y uno de los ejemplos más importantes concierne precisamente a la relación entre el lactante y el pecho materno.

Este cúmulo de ideas, que abarca desde la fisiología cerebral hasta la metapsicología (en el sentido que este término asumiría posteriormente), por fuerza debía tornar difícil la inteligencia del Proyecto, aun para un lector preparado a través de conversaciones con su autor; además, el manuscrito contiene cierto número de contradicciones flagrantes, rectificadas más tarde por el propio Freud en sus cartas.

Estas sólo en parte nos permiten colegir la reacción de Fliess al Proyecto; pero ella consistió, aparentemente, en una mezcla de reserva y admiración.

El objetivo que Freud perseguía al enviar dicho manuscrito a Fliess -para quien, por otra parte, habíalo escrito especialmente-, o sea, el propósito de obtener de éste sugerencias detalladas para formular mejor la parte dedicada a la fisiología del cerebro (carta núm. 28), no se cumplió, pues Fliess se hallaba dedicado evidentemente a otros problemas y el propio Freud no alcanzó a mantener vivo su interés por esta empresa excesivamente osada. Por tanto, archivó los apuntes de esta «Psicología» y se rebeló contra el «tirano» que había estado dominando su pensamiento. Nuevas impresiones clínicas no tardaron en demandar su atención.

Sexualidad infantil y autoanálisis

El problema que tuvo ocupado a Freud durante el año 1896 y la primera mitad de 1897 venía anunciándose desde tiempo atrás.

En los Estudios sobre la histeria el papel de la infancia en la etiología de la histeria sólo había sido brevemente rozado.

En el Proyecto de una psicología, escrito contemporáneamente, Freud condensó sus concepciones en la formulación de que las vivencias sexuales anteriores a la pubertad tendrían importancia etiológica en la formación de las neurosis; pero más tarde opinó que la segunda dentición marcaría el momento hasta el cual las experiencias sexuales podrían desencadenar una neurosis (cartas núms. 46, 52, 55, entre otras). Finalmente, ya entonces se esforzaba por diferenciar «las distintas formas de neurosis y la paranoia, de acuerdo con sus respectivos períodos de fijación».

Al principio pensó que dicho período sería el de la segunda infancia; pero no tardó en trasladarlo cada vez más atrás, y al mismo tiempo se afianzó en él la convicción de que la noxa decisiva debía atribuirse a la seducción por adultos. «Demostró ser cierto -escribe Freud en su ESTUDIO AUTOBIOGRAFICO – lo que poetas y expertos conocedores del alma humana habían sostenido siempre: que las impresiones de ese temprano período de la existencia, aunque casi siempre caen víctimas de la amnesia, dejan en la evolución del individuo huellas indelebles y, en particular, establecen la disposición para ulteriores trastornos neuróticos.

Pero como en esos años infantiles trátase siempre de excitaciones sexuales y de la reacción a las mismas, me hallé enfrentado con el hecho de la sexualidad infantil, que era a su vez una novedad y entrañaba una contradicción a uno de los más poderosos prejuicios humanos… »

«Antes de considerar más detenidamente el problema de la sexualidad infantil he de mencionar un error en el que incurrí durante cierto tiempo y que no tardaría en tener consecuencias funestas para la totalidad de mi labor. Bajo la coerción de la técnica que yo aplicaba a la sazón, la mayoría de mis pacientes evocaban escenas de su infancia que tenían por contenido la seducción sexual por una persona adulta.

En las mujeres el papel del seductor correspondía casi siempre al padre. Yo di fe a tales comunicaciones y creí, en consecuencia, haber descubierto las fuentes de la neurosis ulterior en esas vivencias de seducción sexual en la infancia.

Mi confianza se vio aún robustecida por algunos casos en los cuales dichas relaciones con el padre, un tío o un hermano mayor habían continuado hasta una edad en la cual la memoria tenía que ser, por fuerza, fidedigna.»

Esta concepción de la génesis de las neurosis, Freud la asentó en su trabajo sobre La etiología de la histeria, publicado en mayo de 1896 [volumen I de estas Obras completas], y según el testimonio de las cartas, se adhirió a ella durante cierto tiempo; más tarde demostróse que lo hizo superando múltiples reservas que en un principio mantuvo calladas.

En el curso de los últimos meses de 1896 y en el primer semestre de 1897 dedicase a estudiar en sus pacientes la exuberante producción de la fantasía no sólo en los sueños diurnos, sino también -y principalmente- en las fantasías infantiles, que bajo las condiciones del tratamiento psicoanalítico se manifiestan invariablemente en los pensamientos, los sueños y la conducta de los neuróticos adultos.

A partir de estas observaciones fueron estructurándose lentamente las primeras y vacilantes nociones sobre la naturaleza de la organización sexual infantil, en primer lugar sobre lo que más adelante debía llamarse la «fase anal».

Al poco tiempo, las observaciones habían de acumularse con rapidez, culminando en lo que fue quizá la hazaña científica más osada de Freud. Partiendo de las observaciones recogidas en neuróticos adultos, logró reconstruir algunas de las fases regulares de maduración que recorre la criatura humana, pues las «fases evolutivas de la libido» describen la secuencia temporal de los procesos de maduración, una secuencia que durante el medio siglo transcurrido desde los primeros descubrimientos de Freud ha sido objeto de minuciosas investigaciones y de un examen sistemático que una y otra vez permitió confirmarla hasta en sus menores detalles.

Durante la primavera de 1897, a pesar de que se acumulaban las nuevas nociones sobre la naturaleza de las fantasías desiderativas infantiles, Freud no pudo resolverse a adoptar el paso decisivo, demandado por sus propias observaciones: renunciar a la concepción del papel traumático de la seducción en favor del reconocimiento de las condiciones normales y necesarias que rigen el desarrollo infantil y la actividad fantaseadora del niño.

En sus cartas da noticias de sus nuevas impresiones; pero no menciona la contradicción entre las mismas y su anterior hipótesis de la seducción, hasta que cierto día, en una carta del 21 de septiembre de 1897 (núm. 69), describe cómo llegó a comprender su error. Los motivos para revisar sus conceptos que Freud da en dicha carta así como las consecuencias que tuvo su renuncia a la hipótesis de la seducción, han sido también objeto de menciones en sus obras.

«Cuando esta etiología se derrumbó ante su propia inverosimilitud y ante su contradicción frente a circunstancias decididamente verificables, la primera consecuencia fue que me hallé precipitado en un estado de completo desconcierto. Por caminos evidentemente correctos el análisis nos había conducido a tales traumas sexuales infantiles y, sin embargo, éstos no eran ciertos. Habíaseme sustraído, pues, el sólido apoyo de la realidad.

En tales circunstancias, de buen grado lo habría abandonado todo… Perseveré, sin embargo, quizá por el solo motivo de que no me quedaba más remedio, de que no podía empezar todo de nuevo, de distinta manera.» Casi treinta años más tarde, en su Estudio autobiográfico, Freud apuntó otra explicación de su error de entonces, una explicación de mayor importancia psicológica.

«Había tropezado, en efecto, por vez primera con el complejo de Edipo… «, escribió allí. De las cartas se desprende que la estructura del complejo de Edipo y con ello el problema nuclear del psicoanálisis sólo se le tornó comprensible merced a su autoanálisis, que inició durante el verano de 1897, hallándose de vacaciones en Aussee. Todo lector de las obras de Freud habrá podido familiarizarse con algunas fases de su autoanálisis.

Ya en el período preanalítico había efectuado repetidas experiencias tomándose a sí mismo como sujeto, o había comunicado autoobservaciones en sus trabajos; pero a partir del autoanálisis, y particularmente en relación con sus escritos psicológicos, tal práctica asumió nueva importancia. Cabe considerar como primer testimonio de ello el estudio Sobre los recuerdos encubridores, aparecido en 1899, cuyo carácter esencialmente autobiográfico fue justamente reconocido por Bernfeld.

A partir de la publicación de La interpretación de los sueños multiplicáronse los ejemplos de esta índole, que tomaron incremento en las ediciones sucesivas de dicha obra y en las de Psicología de la vida cotidiana.

En las obras posteriores de Freud, aparecidas después de 1902, los ejemplos autobiográficos son más raros; pero volvió a remozar dicho tema en uno de los últimos trabajos que escribió: trátase de la carta dirigida a Romain Rolland con motivo de su septuagésimo aniversario, en la que, bajo el subtítulo Un trastorno de la memoria en la Acrópolis, describe la sensación de desrealizamiento que lo habría dominado en ocasión de una visita a Atenas en 1904, y que explicaba atribuyéndola al sentimiento de culpabilidad «vinculado con la crítica infantil contra el padre… que sigue a la primera sobrevaloración infantil de su persona».

En su introducción a ese ensayo, Freud le señalaba a Romain Rolland que en la época en que se había propuesto «aclarar las manifestaciones singulares, anormales o patológicas de la mente humana… , comencé por intentarlo en mi propia persona».

Sus cartas a Fliess nos facilitan una localización cronológica más precisa de estos primeros esfuerzos y nos permiten, en efecto, ver a Freud enfrentado con el complejo de Edipo.

No sólo las cartas facilitan esta impresión: el propio Freud señaló dicho tema como el asunto central de su autoanálisis, cuando en el prólogo de la segunda edición de La interpretación de los sueños califica este libro en los siguientes términos: «… era una parte de mi propio análisis… , representaba mi reacción frente a la muerte de mi padre, es decir, frente al más significativo suceso, a la más tajante pérdida en la vida de un hombre».

Lo esencial de cuanto Freud comunica en sus cartas a Fliess respecto de su autoanálisis consiste en la reconstrucción de vivencias infantiles decisivas, ocurridas generalmente en la época anterior a los cuatro años.

Circunstancias exteriores marcaron una aguda separación entre este período y toda la existencia ulterior de Freud, pues cuando contaba tres años sus padres viéronse obligados por una crisis económica a abandonar la pequeña ciudad de Freiberg, en Moravia. La prosperidad del período de Freiberg fue seguida por los años de privación en que transcurrió la niñez y la juventud de Freud.

Siegfried y Suzanne Cassirer Bernfeld han intentado reconstruir de los escritos de Freud sus vivencias infantiles del período de Freiberg.

El material de las cartas confirma en múltiples respectos las conclusiones establecidas por los Bernfeld y agrega ciertos detalles a determinados estudios; pero en general esta fuente de información es mucho más parca que el acopio de datos consignados en los escritos editados de Freud o deducibles de su texto. Las observaciones en ellos dispersas nos facilitan no pocas informaciones acerca del hogar paterno.

Jacob Freud, nacido en 1815 y recién casado en segundas nupcias, mantenía reunidos a sus hijos y a sus nietos bajo un mismo techo, de modo que Freud tuvo por compañeros de infancia a un sobrino, un año mayor que él –John, hijo de su hermano Emmanuel, frecuentemente nombrado en las cartas-, y a una sobrina de su misma edad, Pauline, contra la cual ambos varones solían hacer causa común (carta núm. 70), por más que riñeran entre sí en cualquier otra circunstancia.

La propia figura del padre, que en las cartas sólo aparece como una silueta desdibujada, preséntase con más viva claridad en las restantes obras de Freud.

En los primeros años de la infancia es «el más sabio, el más poderoso y acaudalado de los hombres» que el niño puede imaginar; el recuerdo de sus paseos por los bosques, donde «solía escapársele, apenas tenía edad de caminar», lo conservó hasta muy avanzada su existencia, y bien podría ser que allanase el camino al amor de la Naturaleza que sus cartas testimonian.

A través de sus obras conocemos también la figura de su nodriza, una mujer sensata, pero vieja y fea, a cuya repentina desaparición de la casa vincúlanse decisivos recuerdos: su arresto como ladrona; el nacimiento de una hermana; impresiones del embarazo de la madre y de los celos, desplazados hacia Phillip, que, siendo el menor de sus hermanastros, aún le llevaba veinte años en edad.

Pero mientras en sus obras Freud emplea este material para abonar determinadas hipótesis psicoanalíticas, las cartas nos familiarizan con algunas circunstancias de la labor analítica que permitió obtenerlo. La reconstrucción de sus recuerdos infantiles reprimidos no le resultó fácil a Freud, sino que sólo la alcanzó al cabo de muchos intentos infructuosos.

Para confirmar una interpretación, dirígese a la madre en busca de información (carta núm. 71), y las confirmaciones y correcciones que ella le suministra no sólo le ayudan a comprender sus propios problemas, sino que también apoyan su confianza en la fidelidad del método.

Así, el beneficio personal y el científico se aúnan en esta labor.

Mientras las alusiones al autoanálisis dispersas en sus obras podrían inducirnos a suponer que Freud, al estudiar sus propios sueños en interés de su inquietud científica, alcanzaba introspecciones sobre sí mismo sin esfuerzo alguno, realizando una parte de su autoanálisis como si fuera un simple subproducto de la labor de investigación, el testimonio de las cartas viene a rectificar dicha impresión.

En efecto, nos presentan algunas de las repercusiones dinámicas del autoanálisis; nos muestran las alternativas de progresos y resistencia; reflejan el abrupto vaivén de los estados de ánimo y las fases en las cuales sentíase Freud precipitado de pronto a su infancia; en suma, repercusiones que exceden en mucho de un simple proceso intelectual y que exhiben todos los signos de un genuino proceso analítico.

Parecería realmente que sólo su propia conducta como analizado, que sólo éste, «el más difícil de los análisis», hubiese procurado a Freud una comprensión cabal de muchas de las formas de expresión que puede adoptar la resistencia analítica.

De las cartas se desprende cómo la introspección lograda mediante el autoanálisis fue aplicada luego en los análisis de sus pacientes; cómo, recíprocamente, lo aprendido en éstos vino a profundizar la comprensión de la propia prehistoria personal. No fue, pues, un proceso simple o limitado a un breve período, sino un avance gradual a través de una serie de fases intermitentes, cada una de las cuales arrojó importantes nuevas intuiciones.

Según nos lo demuestran las obras de Freud, su autoanálisis no quedó restringido a los años que abarca la correspondencia, sino que se extendió, por lo menos, a los primeros años del siglo actual [y aun mucho más en casos aislados].

Decenios más tarde, cuando lo que comenzara como una experiencia personal de Freud habíase convertido en una verdadera institución y cuando el análisis didáctico era ya una parte esencial de la formación analítica, Freud retornó el tema de la interrelación entre el autoanálisis y el de los pacientes.

«Pero esto sólo no bastaría para la formación del analista si no se contara con que el impulso despertado por el propio análisis continúe después de su conclusión; es decir, que los procesos de modificación del yo persistan espontáneamente en el analizado y le permitan aplicar a todas las experiencias ulteriores la comprensión que acaba de adquirir».

Este proceso es amenazado, empero, por los «peligros» que el análisis entraña también para su parte activa, para el analista; peligros que, en opinión de Freud, podrían ser mejor conjurados convirtiéndose el analista «periódicamente en objeto de un nuevo análisis».

Es dable suponer que por lo menos una parte de esta concepción fuese el resultado de su propia experiencia y que el autoanálisis de Freud, atenuado quizá en forma de una autoobservación sistemática, llegara a ser «interminable» y actuase como un constante control del observador en el curso de su trabajo.

El primero y quizá el más importante resultado del autoanálisis de Freud fue, sin duda alguna, el paso de la teoría etiológica de la seducción a la plena comprensión de la importancia de la sexualidad infantil.

El desconcierto que se apoderó de él cuando reconoció su error no tardó en ceder la plaza a nuevos reconocimientos.

«Si los histéricos atribuyen sus síntomas a traumas ficticios, lo nuevo de este hecho radica simplemente en que fantasean tales escenas y en que la realidad psíquica exige ser considerada a la par de la realidad práctica. No tardé en reconocer que estas fantasías están destinadas a encubrir la actividad autoerótica de la primera infancia, a disfrazarla y exaltarla a un plano superior. Así surgió, tras estas fantasías, toda la vida sexual del niño, en la plenitud de sus manifestaciones».

El desarrollo de tales ideas, que Freud bosqueja aquí a grandes rasgos, puede seguirse en todos sus detalles a través de las cartas.

El autoanálisis del verano y el otoño de 1897 le reveló las características esenciales del complejo de Edipo y le permitió captar la naturaleza de la inhibición de Hamlet: a continuación pudo comprender el papel de las zonas erógenas en la evolución de la libido.

Durante la primavera de 1898 trabajó en una primera versión de La interpretación de los sueños; en el verano del mismo año resolvió el problema de los actos fallidos, y en el curso del otoño comenzó la preparación sistemática de aquella obra en la versión que actualmente conocemos, redactada durante la primavera y el verano de 1899.

Entre tanto, a comienzos de 1899 y después de un nuevo «empuje» de su autoanálisis, dio un paso decisivo más en el desarrollo de la comprensión analítica. Hasta entonces se había dedicado al estudio de los sueños y a los problemas clínicos de las neurosis como si se tratara de dos sectores separados e independientes, al punto que en períodos alternados registraba progresos en uno y estancamiento en el otro.

Ahora reconoció la unidad del problema, advirtiendo que cuanto aprendía en los sueños contribuía a explicar también los síntomas neuróticos (cartas números 82 y 105).

Dos problemas distintos convergieron para formar un único sector de investigación científica: el psicoanálisis, como teoría y como terapia, había nacido así. La concatenación de las inquietudes teóricas y terapéuticas no tardó en hallar cabal expresión en el importante estudio El sueño y la histeria, redactado a comienzos del año 1900, pero publicado sólo cuatro años después con el título Análisis fragmentario de una histeria.

El psicoanálisis como ciencia independiente

(Fin de la relación con Fliess)

El autoanálisis de Freud, a la par que le abría acceso a la comprensión de los conflictos de la primera infancia, motivó también un sensible viraje de su orientación científica.

Al captar las condiciones genéticas que hacen surgir el conflicto individual de la interacción entre el niño y su medio -o sea al introducir el enfoque social-, la necesidad de explicar directamente los procesos psicológicos por medio de factores fisiológicos había perdido buena parte de su perentoriedad, circunstancia ésta que no podía dejar de afectar las relaciones con Fliess. Freud siempre se había dirigido a Fliess cuando sentía la necesidad de asesorarse acerca de la «subestructura fisiológica», de los «fundamentos», de las realia; pero precisamente este interés era el que ahora quedaba relegado a segundo plano.

Además, ya hacía tiempo que Fliess había desarrollado sus propias teorías hasta un punto en el cual, a su juicio, parecían complementar las concepciones de Freud, mientras que en realidad sólo podían coartarlas.

El primer choque entre la teoría de las neurosis de Freud y la teoría de los períodos de Fliess se produjo en la primavera de 1895, cuando Ludwig Löwenfeld, un especialista en enfermedades nerviosas de Munich con el que Freud mantuvo en años posteriores una relación basada en el mutuo respeto, publicó una crítica de la concepción freudiana de la neurosis de angustia. Löwenfeld afirmaba que la teoría de Freud no alcanzaba a explicar la diversidad de los estados ansiosos clínicamente observables, ni la imprevisibilidad de su aparición.

La réplica de Freud aclaraba muchas interpretaciones erróneas en que Löwenfeld había incurrido, destacaba el factor cuantitativo de la sumación de las noxas y al mismo tiempo dejaba establecidos los límites en los cuales debía desenvolverse la discusión de estos problemas. Tales límites estarían dados por la «fórmula etiológica», en la cual cabe distinguir una «precondición» y varias especies de «causas»: específicas, concurrentes y desencadenantes.

Entre los factores condicionantes, Freud consideraba la importancia de la herencia; la causa desencadenante podría radicar en un suceso cotidiano, mientras que entre las causas específicas y las concurrentes deberían tenerse en cuenta las experiencias sexuales y factores tales como el agotamiento físico.

La investigación futura, empero, estaría determinada, a juicio de Freud, por el estudio de la causa específica. «Sin embargo, la forma que adoptará la neurosis -el sentido de su desencadenamiento- depende exclusivamente del factor etiológico específico derivado de la vida sexual».

Las comprobaciones acerca de la importancia de la sexualidad infantil y del valor etiológico del conflicto en la primera infancia estaban destinadas a suscitar paulatinamente la comprensión de dicho factor etiológico específico; pero mucho antes de que Freud pudiese alcanzar esa meta, Fliess adelantó su propia teoría en reemplazo de tal concepción.

En su monografía sobre las relaciones entre la nariz y el aparato genital femenino, concluida en 1896, reconoció expresamente el valor de las comprobaciones de Freud, asegurando que su experiencia clínica siempre le habría confirmado la importancia etiológica de las excitaciones sexuales frustradas, revelada por aquél; además, procuró demostrar detalladamente la concordancia mutua entre su concepción y la freudiana.

Así, por ejemplo, destacó en otro pasaje que su concepto de la «dismenorrea nasal» no excluía la influencia que la conversión podría tener como «un factor magnificante», y que en el caso de las gastralgias genuinamente histéricas, «la nariz no intervendría para nada, pues se trataría simplemente de la transformación de una idea reprimida en un síntoma corporal».

El germen del futuro conflicto entre su teoría periódica y la teoría de las neurosis de Freud sólo asomaba en un punto decisivo: al considerar la angustia «en el niño, el anciano, el hombre y la mujer», llegaba a la conclusión de que «la aparición de los accesos ansiosos está ligada a ciertos días periódicos».

Comparando el acceso de angustia con ciertos estados tóxicos, recordaba «la angustia que acompaña la intoxicación aguda por nicotina o por colquicina, así como la fase ansiosa del coma diabético», y concluía que «en la época de los días periódicos es excretada en el cuerpo una sustancia» que actuaría sobre el sistema nervioso.

«Con la comprobación de que la angustia sólo es desencadenada en determinados días», quedaría refutada la objeción de Löwenfeld contra la tesis de Freud. «Naturalmente, Löwenfeld no sospechaba con qué exactitud se cumpliría la analogía entre el ataque ansioso y el epiléptico, demandada por él. Ambos se ajustan, en efecto, a una misma ley en su respectiva determinación cronológica.»

Así, Fliess respondió a las críticas de Löwenfeld contra la concepción freudiana de la neurosis de angustia, oponiéndoles su propia teoría.

Al principio, Freud quedó cautivado por las comprobaciones de Fliess; mucho antes de que apareciera dicha monografía, éste ya lo había impresionado con el alto vuelo de sus ideas, al punto que se dedicó a enviarle cálculos periódicos recogidos en sus historias clínicas y datos seriados correspondientes a la vida de sus propios familiares; también procuraba reducir las variaciones de su salud y de su estado de ánimo a los días «críticos», en el sentido de la concepción de Fliess.

Mientras sus propias ideas se encontraban en un proceso de tumultuosa evolución, fue fácil que pasara por alto la contradicción latente entre sus concepciones y las de Fliess, pero una vez que su autoanálisis lo hubo impulsado a comprender la plena importancia del pasado en la historia individual, se percató cabalmente de que el intento de Fliess por explicar el conflicto neurótico reduciéndolo a la «periodicidad», significaba restringir decisivamente la concepción dinámica del psicoanálisis, enriquecida ahora por la introducción del enfoque genético.

El conflicto no quedó, sin embargo, limitado a esta sola cuestión. Freud pudo avanzar rápidamente del estudio de los sueños y de los actos fallidos al perfeccionamiento de su teoría sexual, merced al estímulo de una idea que adoptó de Fliess: el reconocimiento de la importancia de la bisexualidad. Ya en la introducción a su monografía de 1897, Fliess había postulado la existencia de períodos masculinos y femeninos, deduciendo de ello la hipótesis de una bisexualidad constitucional.

Este problema desempeñó un decisivo papel en el intercambio de ideas entre Freud y Fliess; aquél quedó fascinado y no vaciló en manifestarse de acuerdo con Fliess en que la aceptación de la bisexualidad podría representar un aporte crucial a la comprensión de las neurosis.

En Psicología de la vida cotidiana describe, para ilustrar con un ejemplo los olvidos tendenciosos, cómo el recuerdo de que debía dicha idea a Fliess habíase esfumado completamente en su memoria y sólo volvió a surgir poco a poco. Cuando se trató de aplicar dicha idea, en cambio, surgió una discrepancia entre las respectivas concepciones, que inflamó el conflicto objetivo latente ya entre Fliess y Freud. Dicho conflicto comprendía problemas que tuvieron embargado a Freud durante decenios enteros, al punto que todavía veinte años después los discute y formula con insuperable claridad.

Califica de «cautivante» la teoría de Fliess y elogia su «soberana sencillez»; de acuerdo con ella, dice:

«El sexo dominante en una persona, el que ha llegado a desarrollarse más enérgicamente, habría reprimido al inconsciente la representación psíquica del sexo subordinado. Por tanto, el núcleo del inconsciente, lo reprimido, sería en cada ser humano aquella parte suya que pertenece al sexo opuesto.»

La actitud de Freud frente a esta concepción, que él mismo había pensado adoptar por un momento, aun antes de Fliess (carta núms. 52 y 6s), fue al principio vacilante (cartas núms. 75 y siguientes), pero no tardaron en prevalecer en él los argumentos contrarios.

La noción de Fliess «sólo puede tener, evidentemente, sentido inteligible si admitimos que el sexo de una persona está determinado por sus órganos genitales», Freud rechazó dicha concepción, que tendería a «sexualizar la represión, es decir, a fundamentarla biológicamente en lugar de psicológicamente».

Con tales palabras no rechaza el valor de la bisexualidad para explicar múltiples rasgos de la conducta humana, sino la pretensión de que las condiciones biológicas excluirían toda explicación psicológica.

Esta cuestión de la bisexualidad ejerció decisiva influencia sobre las relaciones con Fliess.

En el año 1901, cuando los vínculos amistosos ya se habían debilitado, Freud trató de reanimar la relación poniendo nuevamente sobre el tapete el problema de la bisexualidad como uno de los que se prestarían para una colaboración armoniosa entre ellos.

El intento fue, sin embargo, en vano: la brecha abierta ya no podía volver a cerrarse. El último encuentro, que tuvo lugar en Achensee en 1900, demostró la imposibilidad de todo entendimiento futuro. Podemos reconstruir algunos incidentes de este encuentro a través del relato ulterior de Fliess y de algunas manifestaciones epistolares de Freud.

Aquél parece haberle exigido que admitiera formalmente su intento de explicar la especificidad de las afecciones neuróticas.

Según él, las oscilaciones periódicas engendradas por la interferencia de los ciclos de 28 y de 23 días, así como las alteraciones tóxicas causadas por ellas, debían ser responsables de la naturaleza del trastorno neurótico. Freud replicó, evidentemente, que tal presunción excluiría todo el dinamismo psíquico que él se esforzaba por explicar, y que en todo el material empírico de que disponía nada podía hallar que justificase semejante admisión.

Fliess atacó entonces el método con el que Freud había investigado dicho dinamismo psíquico y lo acusó de que las comprobaciones recogidas en sus pacientes no serían sino proyecciones de sus propios pensamientos. A pesar de tal ataque, Freud trató de mantener viva la correspondencia, pero Fliess se mostró irreconciliable y concluyó por admitir los motivos de su alejamiento.

No conocemos los términos en que lo hizo, pero de la respuesta de Freud (carta núm. 146) se desprende que Fliess se sintió evidentemente herido por el escaso interés que Freud había demostrado por sus teorías.

En efecto, el interés por la teoría periódica de Fliess, expresado en las cartas de Freud, había venido declinado desde 1897 y, particularmente, desde 1898.

El motivo es evidente: dicha doctrina habíase distanciado cada vez más de los hechos y de las observaciones; además, la pretensión de haber descubierto un principio cósmico que englobaría todo lo biológico debe de haberse acentuado en dichos años.

La introducción de la citada monografía sobre las relaciones entre la nariz y el aparato genital femenino ya apuntaba en tal sentido, y en los escritos ulteriores de Fliess se expande cada vez más su obsesión de un rígido sistema abstracto. En el ínterin, Fliess había «aguzado» sus demostraciones matemáticas.

Cuanto menos se adaptaban los datos de observación a sus premisas teóricas, tanto más artificiosos se tornaban sus cálculos.

Mientras los intervalos cronológicos podían explicarse como partes o como múltiplos de 23 y de 28, Freud lo había seguido; pero Fliess no tardó en verse obligado a reducir los intervalos a una combinación de cuatro cifras, usando no sólo el 23 y el 28, sino también el 5 (28-23) y el 51 (28+23).

Freud se negó a dar también este paso y se excusó con sus limitados conocimientos matemáticos; pero el tenor de sus cartas permite sospechar que su interés se había visto enfriado por explicable cautela. La tendencia expresada en estas exageraciones de las hipótesis de Fliess condujo luego a un epílogo que únicamente rozó en forma periférica las relaciones de aquél con Freud.

En 1902, el escritor vienés Otto Weininger, que poco después (en el otoño de 1903) debía suicidarse, publicó un libro sensacional, titulado SEXO Y CARáCTER, en el que aplicaba la idea de la bisexualidad constitucional y otras teorías insinuadas ya en la monografía de 1897.

Weininger se había enterado de las investigaciones de Fliess por intermedio del filósofo vienés Hermann Swoboda, a quien Freud había explicado el significado de la bisexualidad en el curso de un tratamiento a causa de su neurosis.

Aquél transmitió la idea a Weininger, quien la explotó en su libro, mas sin mencionar el nombre de Fliess.

Swoboda, en cambio, que en 1904 publicó una monografía con el título «Los períodos del organismo humano y su significado psicológico y biológico», aplicando la teoría periódica también a la interpretación de los sueños, se basaba expresamente en los trabajos de Fliess, a los que dedicó un capítulo especial.

Fliess se sintió amenazado por el difundido libro de Weininger y por la monografía de Swoboda, y no sólo escribió un folleto TITULADO «EN CAUSA PROPIA», donde defendía su prioridad, sino que también encargó al bibliotecario Richard Pfenning la redacción de un estudio histórico sobre la cuestión de la prioridad; éste apareció en 1906, mucho después de haberse extinguido la correspondencia con Freud.

La lucha de Fliess por ver reconocido su sistema biológico no cesó durante su vida entera. Nunca volvió a mencionar el nombre de Freud en ninguna de sus obras posteriores. No obstante, conservó cierto interés por el psicoanálisis, que se reanimó en cierta medida durante los últimos decenios de su vida en el curso de una relación amistosa con Karl Abraham, el conocido psicoanalista de Berlín.

Su hijo Robert, a quien Freud envía saludos en las cartas, llegó a ser un psicoanalista profesional. Freud nunca dejó de mencionar escrupulosamente en sus obras el estímulo que debía a la concepción de la bisexualidad de Fliess.

En 1910 comenzó a verificar la teoría periódica en sus propios sueños, a través de la aplicación a la psicología onírica intentada por Swoboda, pero no pudo confirmar las tesis de éste.

Mantuvo siempre vivo cierto interés por la idea básica de Fliess, y al considerar los trastornos del desarrollo que podrían arraigar en la disposición hereditaria, remitió a los trabajos de aquél:

«Desde que la obra de W. Fliess ha revelado la importancia biológica de la periodicidad, se ha tornado concebible que los trastornos del desarrollo puedan ser atribuidos a modificaciones en la duración de las distintas fases evolutivas».

Cuando Freud expuso sus propias especulaciones biológicas en MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DEL PLACER volvió a mencionar a Fliess:

«De acuerdo con la grandiosa concepción de Wilhelm Fliess, todos los fenómenos vitales que exhiben los organismos -incluso, sin duda, su muerte- se hallan ligados a determinados períodos en los cuales se expresaría la dependencia de dos sustancias vivas, una masculina y otra femenina, con respecto al año solar. Sin embargo, cuando comprobamos cuán fácil y ampliamente la influencia de las fuerzas exteriores puede modificar el desarrollo cronológico de las manifestaciones vitales, sobre todo en el mundo vegetal, anticipándolas o retardándolas, entonces cabe dudar de la rigidez de las fórmulas de Fliess o, por lo menos, de la hegemonía exclusiva que pretenden las leyes por él establecidas.»

Así, pues, la teoría periódica ocupaba un lugar periférico en el campo de intereses de Freud y no contribuyó en lo mínimo a la estructuración del psicoanálisis. Freud mismo mencionó repetidamente que la relación con Fliess ejerció cierta influencia sobre su autoanálisis (véase, por ejemplo, la carta núm. 66).

Algunos pasajes nos permiten sospechar que había llegado a comprender que su relación con Fliess estaba vinculada al problema cardinal de la primera fase del autoanálisis, o sea a la relación con el padre (carta núm. 134), y parecería que el progreso del autoanálisis facilitó el alejamiento de Fliess.

La depresión que Freud experimentó ante el fracaso inicial de La interpretación de los sueños, agravada por el peso de las preocupaciones económicas, fue la última de la cual tenemos noticia en su vida.

Rápidamente se sucedieron su viaje a Roma y su resolución de procurarse el título de profesor, asegurándose así los medios de subsistencia. Poco después encontró sus primeros discípulos, y el psicoanálisis se amplió en el movimiento psicoanalítico.

El intento de estimar retrospectivamente la importancia que el intercambio de ideas con Fliess tuvo para el desarrollo intelectual de Freud debe fundarse en el propio juicio de éste al respecto. Según Freud, Fliess se le ofreció como un oyente atento y a menudo entusiasta en un período de aislamiento y separación de todos los colegas y amigos.

Su influencia científica quedó limitada casi exclusivamente a los esfuerzos de Freud por tender un puente entre sus descubrimientos psicológicos y la fisiología. Freud estaba dedicado a este problema aun antes de que sus relaciones intelectuales con Fliess llegaran a estrecharse.

En LA CONCEPCIÓN DE LAS AFASIAS (1891) había seguido a Hughlings Jackson:

«Los procesos fisiológicos no terminan en cuanto los psíquicos comienzan; por el contrario, la cadena fisiológica continúa, sólo que a cada eslabón (o grupo de eslabones) de la misma le corresponde, a partir de determinado momento, un fenómeno psíquico. Lo psíquico es con ello un proceso paralelo de lo fisiológico (a dependent concomitant)».

Al año siguiente comenzó Freud a preguntarse a qué distancia, el uno del otro, habría que estudiar estos procesos paralelos. Las enseñanzas de la psiquiatría francesa le mostraron el camino.

En su introducción a la traducción de Charcot (1892-93) dice que los clínicos alemanes tenderían «a interpretar fisiológicamente el cuadro clínico y el complejo semiótico. La observación clínica de los franceses gana evidentemente en independencia al relegar a segundo plano los enfoques fisiológicos… Por otra parte, esto no significa descuidarlos, sino excluirlos paulatinamente, ajustándose a un plan deliberado que se estima conveniente».

En sus trabajos siguientes, Freud procuró atenerse a estos preceptos, pero ya en 1894-95, al redactar ciertos pasajes destinados a los ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA, dejóse guiar por la idea de intentar una elaboración sintética del conjunto de la psicología y la fisiología cerebral; un grandioso intento, estimulado quizá por la circunstancia de que Breuer acababa de completar el capítulo teórico de los ESTUDIOS; un intento cuyo padrino había sido Fliess, estimulándolo; pero un intento que no tardó en ser abandonado.

Es significativo que el PROYECTO de 1895 se encontrara entre los papeles de Fliess, que Freud nunca haya pedido su devolución y que jamás volviese a manifestar interés alguno por él.

Sólo una vez concluido el autoanálisis, cuando pudo fundir completamente el punto de vista dinámico con el genético, logró Freud establecer la distancia entre el enfoque fisiológico y el psicológico.

Su primer intento de hacerlo en LA INTERPRETACIóN DE LOS SUEÑOS tuvo sorprendente éxito, al punto que el esbozo de la estructura del aparato psíquico, en el CAPÍTULO VII de dicha obra, convirtióse en fundamento de todos los desarrollos posteriores de este problema.

Durante los años siguientes rechazó expresamente todo intento de aplicar los conceptos de la fisiología cerebral, abandonando la idea «de proclamar las células y las fibras o los sistemas de neuronas que hoy las reemplazan… como las vías psíquicas, aun cuando debe ser posible representar tales vías en términos de elementos orgánicos del sistema nervioso, si bien de una manera todavía indeterminada».

Pocos años después Freud iluminó el problema de la relación entre los procesos somáticos y los psíquicos en SU ESTUDIO SOBRE LOS TRASTORNOS PSICÓGENOS DE LA VISIÓN (1910), donde desarrolló los principios fundamentales de lo que en el curso de las dos últimas décadas se ha llegado a conocer como medicina psicosomática.

Más tarde, repetidamente volvió a describir la relación entre los procesos psíquicos y bioquímicos en el organismo, como un campo aún inexplorado, y nunca dejó de reiterar que la terminología del psicoanálisis es sólo un recurso provisorio, válido únicamente mientras no pueda ser reemplazado por una terminología fisiológicas.

Lo que Freud decía del idioma analítico también valía evidentemente para sus conceptos; las instancias psíquicas del psicoanálisis son descritas como organizaciones y son caracterizadas por sus funciones, igual que los órganos en la fisiología.

He aquí una concepción que arranca directamente del PROYECTO de 1895.

De esta manera el modelo del aparato psíquico, a cuya estructuración habíase dedicado Freud desde sus estudios sobre anatomía del encéfalo, permitió finalmente preservar la conexión entre el enfoque fisiológico y el psicológico, sin que el desarrollo del psicoanálisis quedara coartado, empero, por la excesiva estrechez de dicha conexión.

A partir de 1897, año en que comenzó el autoanálisis de Freud, la influencia de Fliess sólo podía perturbar esa evolución. Sus esfuerzos por poner a las investigaciones de Freud el límite de las suyas propias, por reducir la dinámica del suceder psíquico esencialmente a intoxicaciones periódicas, o por «biologizar» la teoría de la represión, debían actuar por fuerza como cuerpos extraños.

El reproche de Fliess de que el psicoanálisis no suministraría resultados científicos, de que las interpretaciones de Freud eran sólo «proyecciones» de él mismo, debían herir a éste tanto más sensiblemente cuanto que su técnica había experimentado decisivos progresos, aun durante los años de su más estrecha relación intelectual.

Ya en 1898 había descrito en un trabajo las modificaciones introducidas en su técnica de concentración. Dicho progreso apenas es mencionado en las cartas, a pesar de que tuvo importancia crucial y aunque se cuenta entre los grandes descubrimientos realizados por Freud hacia el fin del siglo.

En efecto, la renuncia a los últimos remanentes del ceremonial hipnótico abrió nuevas posibilidades a la terapia analítica, que no tardarían en revelar con toda claridad a Freud la importancia de la resistencia y de la transferencia: concepciones éstas que convirtieron la situación terapéutica en un instrumento fidedigno en manos del investigador.

Esta meta fue alcanzada pocos años después de la separación de Fliess, y con ello el psicoanálisis adquirió su triple valor de método terapéutico, teoría psicológica y nueva y singular técnica para estudiar la conducta humana.

A esta nueva técnica débese la inmensa mayoría de las hipótesis clínicas del psicoanálisis, cuya verificación mediante otros métodos de observación se halla actualmente en pleno desarrollo. Al mismo tiempo se han atenuado algunas de las resistencias socialmente condicionadas contra las comprobaciones del psicoanálisis.

Este ha infundido nuevo sentido y nuevo significado a la psiquiatría, ha ganado influencia sobre todo el campo de la medicina merced al desarrollo de la investigación psicosomática, ha impartido una orientación a la asistencia social, ha influido sobre múltiples adelantos de la crianza y la educación del niño y ha ofrecido nuevos puntos de mira a las ciencias sociales.

La misión que hasta ahora tenía el «movimiento psicoanalítico» de promover la investigación analítica y de asegurar la formación de los psicoanalistas, la comparte ahora con las universidades y con las instituciones dedicadas a la investigación médica.

En el curso de esta evolución muchos estudiosos han obtenido la impresión de que los principios fundamentales del psicoanálisis estarían superados por el simple motivo de que gran parte de su vocabulario proviene de la terminología científica corriente en los dos últimos decenios del siglo pasado.

No es posible disputar este hecho en sí. La fisiología encefálica de la cual partió Freud es hoy tan anticuada como la psicología mecanicista de Herbart, que también sirvió muchas veces de punto de arranque a Freud, como M. Dorer lo ha demostrado convincentemente. Pero los términos adoptados de la tradición científica adquirieron en el psicoanálisis nuevos significados que en múltiples casos poco tienen en común con sus acepciones originales.

Así, fue precisamente merced al estímulo del intento de Herbart que Freud sustituyó por primera vez la psicología mecanicista de las asociaciones por otra nueva. Por consiguiente, la cuestión del origen de la terminología y de los conceptos básicos tiene mero interés histórico y no guarda relación alguna con la cuestión del valor que esa terminología y esos conceptos freudianos básicos pueden tener para el psicoanálisis como ciencia.

El problema que aquí se aborda debe ser planteado en varias partes. Primero, habremos de preguntarnos si las hipótesis que pueden ser fundadas sobre las presunciones de Freud son verificadas y si permiten a su vez la formulación de nuevas hipótesis; segundo, debemos averiguar si existen acaso otras premisas sobre cuya base puedan levantarse hipótesis más fructíferas. He aquí problemas que prometen mantener ocupada a la investigación analítica durante largo tiempo aún.

Desde este punto de mira, el material compilado en el presente volumen adquiere su verdadera importancia: nos muestra de qué manera desprendióse Freud paulatinamente de las ideas y concepciones que formaron su punto de partida, o por lo menos nos lo presentan dando los primeros pasos en esta dirección.

Freud mismo no quería, al principio, efectuar ese desprendimiento, que durante cierto tiempo prosiguió inadvertidamente. Le fue impuesto, simplemente, por «la naturaleza misma del tema», por su intento de sacar la descripción y la comprensión del conflicto humano fuera del terreno de la poesía y la intuición, para llevarlo al de la ciencia natural.

London, June.

FreudJune 16.– Es interesante que de las vivencias precoces, al contrario de las posteriores, se conservan todas las reacciones dispares y, naturalmente, también las antagónicas.

En vez de la decisión, que más tarde habría sido el desenlace natural.

Explicación: debilidad de la síntesis, conservación del carácter de los procesos primarios.

July 12.– En lugar de la envidia fálica, identificación con el clítoris, la mejor expresión de la minusvalía, fuente de todas las inhibiciones.

Además, en el caso X, repudiación del descubrimiento de que tampoco las demás mujeres tienen pene. Tener y ser en el niño.

El niño prefiere expresar la relación objetal mediante la identificación: yo soy el objeto. El tener es ulterior, y vuelve a recaer en el ser una vez perdido el objeto.

Modelo: el pecho materno.

El pecho es una parte de mí, yo soy el pecho.

Más tarde, tan sólo: yo lo tengo, es decir, yo no lo soy…

July 12.– En el neurótico nos encontramos como en un paisaje prehistórico; por ejemplo, en el jurásico.

Aún retozan los grandes saurios y las briznas de hierba son altas como palmeras (?)

July 20.– La admisión de que existen restos hereditarios en el ello viene a modificar en cierta manera nuestra concepción del mismo.

July 20.– Merece incluirse en el Moisés la noción de que el individuo sucumbe por sus conflictos internos, mientras que la especie sucumbe en la lucha con un mundo exterior al que ha dejado de estar adaptada.

August 3.– El sentimiento de culpabilidad se origina también por amor insatisfecho. Igual que el odio. En efecto, con este material hemos tenido que hacer de todo: como las naciones autárquicas con sus productos Ersatz.

August 3.– La causa última de todas las inhibiciones intelectuales y de todas las inhibiciones del trabajo parece ser la inhibición de la masturbación infantil. Pero quizá tengan un origen más profundo: no se trataría de su inhibición por influencias exteriores, sino de su índole insatisfactorio de por sí.

Siempre falta algo para la plena descarga y satisfacción -en attendant toujours quelque chose qui ne venait point -, y esta parte que falta, la reacción del orgasmo, se manifiesta en otros terrenos bajo la forma de equivalentes, como estados de ausencia, accesos de risa, llanto (Xy) y quizá otras cosas. La sexualidad infantil ha fijado una vez más, en este caso, un prototipo.

August 22.– La espacialidad podría ser la proyección de la extensión del aparato psíquico. Ninguna otra derivación es probable. En lugar del a priori kantiano, las condiciones de nuestro aparato psíquico. La psique es extensa, pero nada sabe de ello.

August 22.– Mística: la oscura autopercepción del reino situado fuera del yo, del ello.

(Septiembre 23, 1939, muere Freud.)

Mayo 16 de 1939.

Estimado doctor Berg:

FreudUna larga y grave enfermedad me ha impedido responder antes a su carta del 6 de abril. Aun ahora no he alcanzado a leer todos los apartados que usted me remitió, pero lo que leí me gustó. Comprenderá usted que yo abrigue ciertas sospechas contra la técnica de aquellos analistas que han tomado por objetivo la popularización del análisis. Esta me parece una tarea sumamente difícil o aun imposible.

El hombre de la calle difícilmente admitirá y asimilará nuestra concepción de una mente inconsciente, ni se mostrará dispuesto a aceptar la importancia que concedemos a los impulsos primarios.

El psicoanálisis bien podría no llegar nunca a ser popular. No obstante, me complazco en expresarle mi opinión de que usted está realizando una buena labor.

Sinceramente suyo, Sigmund Freud.

Viena IX. Berggasse 19. Marzo 14 de 1938.

Estimado doctor:

FreudMis relaciones con Otto Weininger fueron muy complejas, al punto de que no me es posible describirlas en una breve carta; necesitaría para ello una larga monografía. Yo fui el primero que leyó su manuscrito y también el primero que dio de él una opinión desfavorable.

Además, su idea cardinal le llegó indirectamente por mi intermedio, y aun de manera muy tergiversada.

Sinceramente suyo, Sigmund Freud.


20, Maresfield Gardens. Londres, N. W. 3. Tel.: Hampstead 2002.

Junio 11 de 1939.

Estimado colega:

La tardanza en responderle obedece a una semana de enfermedad que me impidió escribirle antes. Tendré sumo placer en contestar a sus preguntas.

Sí; yo soy la persona que dio a Probst una descripción de la personalidad de Weininger.

Este nunca fue paciente mío, pero uno de sus amigos lo fue. Por su intermedio, Weininger llegó a conocer las concepciones sobre la bisexualidad que yo había aplicado ya en mi análisis por incitación de Fliess.

Sobre dicha idea construyó Weininger todo su libro. No conozco la diferencia entre… [indescifrable] y su tesis.

En el manuscrito que Otto Weininger me dio a leer no había ninguna palabra denigrante para los judíos ni mucho menos crítica alguna de la mujer. Además había prestado amplia consideración a mis conceptos sobre la histeria.

Sinceramente suyo, lo saluda.. Freud.

39, Elsworthy Road. Londres, N. W. 3. [03 de julio de 1938.]

Querido doctor:

Freud¿Qué vientos infortunados lo han impulsado a usted, justamente a usted, hacia las costas de Norteamérica? Bien podía haber previsto con cuánta amabilidad los analistas profanos son recibidos allí por esos colegas nuestros para quienes el psicoanálisis no es sino una sierva de la psiquiatría.

¿Acaso no podía haberse quedado un tiempo más en Holanda? Naturalmente, tendré sumo placer en escribirle cualquier clase de certificado que pueda serle útil, pero mucho me temo que de nada le sirva.

¿Dónde va a encontrar usted en ese país una sola institución que esté interesada en amparar la prosecución de nuestros estudios? ¿No ha intentado ponerse en contacto con la Academia Alemana de los Estados Unidos (Thomas Mann, Price, Löwenstein y otros)?

Cada vez que me pongo a pensar en usted no sé qué domina en mí, si la simpatía o la preocupación. Yo me sentiría a las mil maravillas en Inglaterra si no me llegaran constantemente de todas partes las más diversas solicitudes y si ellas no me recordaran sin cesar mi impotencia para auxiliar a los demás.

Con mis más cordiales deseos, que usted seguramente necesitará mucho en este trance, lo saluda su Freud. Con profunda sorpresa me entero de que el doctor Theodor Reik se ha trasladado a los Estados Unidos, donde la circunstancia de no ser médico puede impedir sus actividades como psicoanalista.

Se trata de uno de los más excelsos maestros del análisis aplicado, como lo demuestran muy particularmente sus primeras contribuciones, mientras que sus trabajos más recientes tratan temas de interés psicológico general.

En ambos sectores ha dado pruebas de una inteligencia superior, de dones críticos y de una mentalidad independiente. Quienquiera tenga interés en el progreso de la ciencia psicoanalítica habrá de prestarle ayuda y colaboración en la prosecución de su labor. Prof. Sigm. Freud.

Estoy dispuesto a ayudarle en cuanto me llegue la noticia de que puedo disponer de la omnipotencia de Dios.

Entre tanto, usted deberá seguir trabajando contra viento y marea. Cordialmente suyo, Freud.

 


Haz clic aquí para suscribirte y recibir notificaciones de nuevos posts por email

septiembre 2009
L M X J V S D
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
282930  
A %d blogueros les gusta esto: