Planeta Freud

Archivo del autor

¿Cómo fue que JJI pasó del malestar y el sujeto masificado y su vacío existencial… al cristianismo y su idea de la encarnación… la transfiguración… ah! el vaciamiento… el buen cristiano… Y llegó al cuento de Cortázar -genial, claro- con un delirante molesto por la inmortalidad que, tras arruinársela y tras tener una epifanía con una flor que lo mira o cuya belleza admira él, quiere recuperarla deseoso de trascender en algún otro, aunque sea para repetir su desgraciada vida… porque, ahora sí, le encontró un sentido?! Y, encima, concluye -JJ- sugiriéndonos a los lectores una oportunidad de exceder -trascender, imagino yo- la masificación! Dice: «Parece una escena de amor, un encuentro…»

Veleidades de Verdad

2020

Debemos a Freud la idea de que no existe cultura sin malestar (Unbehagen), y que, de modo general, toda organización social contradice y restringe los deseos del individuo en algún grado, siempre considerable. Además, en todas las sociedades se da el fenómeno de que una minoría dirige y explota de muchos y diversos modos a la mayoría, cosa que genera complicaciones interminables y muy difíciles de disimular. Todas las naciones que nos muestra la Historia han adolecido de esta falta de equidad y es por eso que, en la percepción del maestro vienés, han estado y están de alguna manera merecidamente condenadas a desaparecer. El malestar de marras nada tiene que ver con la Naturaleza y las muchas calamidades que ésta es capaz de ocasionar al hombre, sino, más…

Ver la entrada original 3.503 palabras más

Imagen: images.pagina12.com.ar

Por Alejandro Dagfal* – 8 de abril de 2021

Contra lo que pueda parecer, estas líneas no aluden a la Historia con mayúsculas, ni al fin de los tiempos, ni a la salida de la pandemia, sino, simplemente, a lo que implica un psicoanálisis pensado como historia entre dos, al calor de la transferencia. Muchas veces, a lo largo de su obra, Lacan repitió la consabida frase “Le transfert, c’est l’amour”. Radicalizando la postura de Freud, quien pensaba en el amor de transferencia como un amor genuino pero neurótico –necesario para permitir el despliegue de las fantasías inconscientes en el tratamiento–, Lacan, directamente, hacía coincidir la transferencia con el amor. Las transformaba en sinónimos.[1]

Respecto de este amor transferencial, Radmila Zygouris –una lúcida analista de origen serbo-croata, criada en Argentina y radicada en Francia– plantea una paradoja fundamental: luego de un arduo proceso de transformación, el análisis promete una separación. “Podés amarme, podés contar conmigo, pero te prometo que te voy a dejar”.[2] Se trataría de “una historia con final”, a diferencia de alguna canción pegadiza que, en los ’90, evocaba “una historia sin final”, en la que “nada cambiará”.[3] Si la fantasía amorosa se sostiene en su vocación de trascender el tiempo, la transferencia implica (o debería implicar), ineluctablemente, un momento de concluir, una “caída” de ese dispositivo artificial, de esa “neurosis de transferencia”, de esa pantalla montada para proyectar y editar la película del paciente.[4]

Sin embargo, entre la teoría y la práctica se extiende el mismo abismo que va del dicho al hecho. Todos sabemos de análisis que duran décadas y de otros que, sistemáticamente, se despliegan en sesiones de cinco minutos. ¿Qué pasa con la transferencia en esos casos temporalmente extremos? ¿Qué ocurre con la separación postergada a lo largo de tantos años? ¿O qué sucede cuando el corte se da, sistemáticamente, a poco de empezar a hablar? ¿Cuánto de “la película del neurótico” puede elaborarse en encuentros tan efímeros? También conocemos de casos en los que la transferencia con el analista se continúa en el plano institucional, bajo el sobrio eufemismo de “transferencia de trabajo”. Es claro que las instituciones suelen sostenerse en ese tipo de transferencias, que, de no caer en algún momento, pueden eternizar posiciones idealizadoras. Así, la proliferación de instituciones analíticas no necesariamente contribuye a la elaboración de las desventuras neuróticas de sus miembros. A veces, incluso, va en el sentido contrario.

Volviendo a la idea de que “la transferencia es el amor”, hace tres años, tuve la oportunidad de entrevistar a Catherine Millot, la última compañera de Lacan, que primero fue su analizante, antes de ser su amante y luego su pareja, en los años ‘70. Cuando Millot le preguntó a su analista por la razón de sus insinuaciones amorosas, Lacan le habría respondido de una manera que le pareció sorprendente: “Soy demasiado viejo para esperar que termines tu análisis”.[5] Lo curioso de este caso es que ese dilema no desembocó en la clásica disyunción freudiana –análisis o relación amorosa–, que implica una renuncia, sino que ambas cosas continuaron en paralelo (lo cual plantea toda una serie de problemas éticos y clínicos que no voy a abordar aquí). Millot, finalmente, dio por terminado ese tratamiento varios años después, cuando decidió, en sus propias palabras, “recuperar su libertad” para intentar tener un hijo. Es decir, terminó su análisis cuando se separó sentimentalmente, ya que no afectivamente, de Lacan, porque siguió muy ligada a él hasta su muerte, dos años más tarde. “Tomé esa decisión, que me costó mucho, porque, precisamente, el análisis era lo más importante. Es decir que seguí las consecuencias de mi análisis. No podía traicionar aquello –el deseo de tener un hijo– a lo que el análisis me había conducido. Fue eso”.

Me parece que este caso, pese a ser atípico y muy poco ejemplar, esboza las dificultades, las contradicciones, los riesgos y hasta los desgarramientos que implica la transferencia analítica, en la medida en que, se lo quiera o no, se trata de una “historia con final”. Final no necesariamente feliz, no siempre consensuado, a veces torpemente manejado, pero siempre singular. Como en toda historia de amor que termina. Quizás por eso el analista francés, desde muy joven, recurriendo a la filosofía, comenzó a hablar del psicoanálisis como una “experiencia” en la que está concernido “el ser de un sujeto”. Freud, que analizó a Anna, su propia hija, llegó a comparar el análisis con un “descenso a los infiernos”. Esas apelaciones van bastante más allá de la evocación de un simple tratamiento psicoterapéutico, en el que, siguiendo el modelo médico clásico, el paciente puede aspirar a librarse de sus síntomas sin jugarse el pellejo en el intento.

Quizás por todo esto, en este siglo XXI tan reacio al compromiso amoroso como a la toma de riesgos –salvo en algunos sectores de culturas muy particulares, como la nuestra–, el psicoanálisis ya no está de moda. “¿Qué es eso de tener que ‘enamorarse’ para poder curarse?”, se preguntan las jóvenes generaciones. Las historias de amores no correspondidos o de final incierto ya no tienen buena prensa. Menos aún si implican relaciones asimétricas en las que, en principio, el empoderado es el Otro. Por eso, florecen hoy las psicoterapias que, adaptándose al aire de los tiempos, exigen menos y prometen más. Ante ese panorama, estimo, es responsabilidad de los analistas asumir que los resortes de la eficacia de un análisis ya no se pueden dar por sentados. Es necesario dar cuenta de por qué, para liberarse de ciertas ataduras inconscientes, un paciente debe “alienar su libertad” temporariamente. Tiene que embarcarse en una aventura tan extraña como un amor de transferencia, en la que va a reeditar sus conflictos más oscuros. Al mismo tiempo, como bien decía Freud, entiendo que también es responsabilidad de los analistas que ese amor que se provoca llegue a su fin. Y que lo haga de la mejor manera posible…

*Alejandro Dagfal es investigador (Conicet), profesor de Historia de la Psicología (UBA), director del Centro Argentino de Historia Psi (Biblioteca Nacional).

Notas:

[1] Freud dedicó un trabajo específico a este tema: Freud, S. (1915). Observaciones sobre el amor de transferencia. En Obras Completas (vol. 2). Madrid: Biblioteca Nueva, 1948, pp. 350-356. Lacan se ocupó de la transferencia a lo largo de todo un seminario. Lacan, J. (1960-1961). La transferencia. El seminario (libro 8). Buenos Aires: Paidós, 2006.

[2] Zygouris, R. (1997). El amor paradojal o la promesa de separación. Conferencia en San Pablo, librería Pulsional, mes de octubre.

[3] Me refiero a “Juntos para siempre”, una canción de Alejandro Lerner y Carlos Mellino que, en los ’90, se popularizó como cortina musical de la serie “La banda del Golden Rocket”.

[4] En ese sentido, el análisis estaría más cerca de “Presente”, la clásica canción de Ricardo Soulé, de 1970, que comienza diciendo: “Todo concluye al fin, nada puede escapar…”

[5] Entrevista inédita para un libro en preparación, París, 17 de febrero de 2018. Ver también Millot, C. (2016). La vie avec Lacan. París: Gallimard.

Leído en:
https://www.pagina12.com.ar/334249-una-historia-con-final
https://www.pagina12.com.ar/secciones/psicologia/notas

«Para el psicoanálisis, el sujeto sufre a causa de su YO. Sin YO, es obvio, no se puede vivir; pero la CASTRACIÓN -para nosotros- es positiva. Esto constituye una primer gran diferencia con las terapias del YO que -por el contrario- creen que es a falta de un YO (de una coraza) consistente, sólida, que el sujeto está débil. Al contrario pensamos nosotros: cuando un sujeto se permite estar débil -es decir, permeable- es cuando menos sufre. Porque debilidad del YO es fortaleza del deseo. Por eso el sujeto -vía su angustia- puede encontrar su deseo.

Aquí tenemos una diferencia básica con las terapias yoicas: nosotros vamos a inclinar el «espejo-plano» (con la angustia concomitante que eso produce al sujeto) para que él mismo pueda escuchar(se) desde dónde habla y para quién. Dónde está anclado en sus identificaciones y por qué su goce-yoico le impide acceder al deseo. A diferencia de las terapias-conductuales, el psicoanálisis a-puesta a la castración; es decir que mientras las primeras dicen: «Vos sos fuerte, vos podés, vos sos más importante que todos, vos sos lo más hermoso y lo mejor de este mundo»; nosotros respondemos: «Creérsela produce síntomas.» o lo que Lacan enunció con su sentencia recurrente: «El YO es la única verdadera enfermedad del sujeto. El YO es, como tal, un síntoma.»

Por otro lado: las terapias-sexuales confunden -al igual que la medicina- lo sexual con lo genital. Para dichos dicursos, un varón impotente, un eyaculador precoz, una mujer anorgásmica; es una persona que no goza. Para nosotros, por el contrario, goza a más no poder: el síntoma es goce y esconde un deseo. En las terapias-sexuales se reduce lo sexual a la genitalidad. Por lo tanto se cree que si a un varón no se le para o una mujer no lubrica, es un problema orgánico; de allí que la farmacología aplicada a estos avatares radica en vasodilatadores o menesteres anexos. La sexología sabe sobre el goce sexual (y por lo tanto aconseja) mientras que para el psicoanálisis, lo sexual es un saber-en-falta: si hubiese saber sobre lo sexual habría instinto y no pulsión. Las pulsiones son parciales justamente porque la relación sexual no existe para el ser que habla.

Lo sexual no es lo genital para Freud: comer, escribir, laburar, producir (y obviamente también cojer) son actividades sexuales. La boca no sólo sirve para comer; el sujeto se satisface oralmente de distintos modos. Cagar concentra -para Freud- una satisfacción; de allí que incluso hay sujetos que con el culo no sólo cagan, sino que gozan de otros menesteres. O sujetos que para cagar necesitan intrincar el goce anal a la pulsión escópica, y entonces se llevan una revista al baño, dejándonos la evidencia de que las pulsiones son parciales y se satisfacen independientemente de «la necesidad». Y demostrándonos que para gozar con el culo hay también que gozar con la mirada. Pensar que el culo es un orificio de mera excreción gástrica es como pensar que la boca sólo sirve para comer o como pensar que el pene sólo sirve para mear. De allí también que un síntoma orgánico (una alergia, una faringitis, lo que sea) es un lugar de goce-sexual. Por eso Freud ha dicho que el síntoma es actividad sexual substitutiva. Y por eso cada síntoma responde a un fantasma que es diferente en cada sujeto; de allí que tampoco hacemos «psicosomática» que pretende una nosografía general para todos. Una impotencia en un analizante no es igual a una impontencia en otro (porque el fantasma en ambos puede ser diferente); evidencia clínica que la medicina no logra entender y entonces responde con el fármaco universal, tapando la hiancia y postergando el problema.

Cito algunos parráfos propios de posteos anteriores en relación a estas cuestiones del Narcisismo y del Estadio. Debajo se detalla el link del posteo. Creo que es un tema que ya hemos expuesto varios veces; me parece que hay que entender que el sujeto todo lo que hace lo hace por él; de allí que victiminizarlo es tan iatrogénico como vitaminizarle el YO. La castración siempre es por uno. Si un sujeto se castra lo hace por él; y si no se castra (engaño neurótico, siempre hay castración) también es por él.»
map – nov / 2013
Leído en: http://psicocorreo.blogspot.com/2013/11/el-culo-no-solo-sirve-para-cagar.html

(vía Un blog sobre psicoanálisis lacaniano – 428. Coiteración: cuando un hombre hace el amor con una mujer.
Por Hernando Bernal

Lacan (1971) le da una explicación lógica a la familia conyugal a partir del significante, pero él también da un paso más allá y dice que no hay que olvidar que el padre y la madre son un hombre y una mujer, y que entre ese hombre y esa mujer ha habido una “coiteración”, una relación sexual, un coito, y que de ese coito ha resultado una prole.

Si se tiene en cuenta al padre como hombre, entonces se llega a un abordaje diferente de cómo el padre puede asumir y no perturbar la transmisión del Nombre-del-Padre. Entonces, Lacan (1971) propone un abordaje que consiste en decir que un padre merece el respeto y merece el amor, no porque la madre lo ponga en un lugar ideal, sino porque ese padre como hombre hace de su mujer un objeto de deseo sexual. Es decir, que el padre usa de su mujer, o de una mujer: usa de esa mujer como objeto sexual de goce en el fantasma. Puede parecer un poco chocante que el padre use de su mujer como objeto de goce del fantasma, pero a nivel de la relación, del vínculo entre un hombre y una mujer, esto es fundamental. Para los seres humanos esto es lo mejor que puede ocurrir, porque se sabe que todo ser sexuado tiene una actividad sexual; es muy raro el ser sexuado que no hace uso de su sexo. Pero hay formas y formas de hacer uso del sexo. Se puede hacer un uso solitario o se puede hacer un uso compartido. En el uso compartido se puede hacer un uso entre los mismos, es decir, homosexual, o se puede hacer un uso reconociendo o admitiendo las diferencias, es decir, heterosexual. En el uso heterosexual, un hombre normalmente, para hacer el amor, tiene que tener una erección. No siempre el hombre tiene éxito, a veces no lo logra.

Por el psicoanálisis se sabe que un hombre cuando toma a una mujer en la relación sexual hace uso de un fantasma, es decir, que en su imaginación hay un elemento activo que participa en la causación de su deseo sexual. Este momento activo en la causación del deseo sexual no es la mujer que él toma normalmente; puede ser que esté imaginándose que está con otra, que toma a otra; puede ser que está imaginándose que toma a otro; en ese caso está con ella pero en su fantasma está con otro. Puede ser que se imagine que es un niño y que está activamente seducido por un adulto que puede ser una mujer o un hombre. Puede ser que se imagine que es la víctima de una enorme boa, un tigre, un lobo, un león. Puede ser que imagine simplemente que está frente a otro hombre que tiene una erección muy potente, etc. etc (Lacan, 1917).

En fin, la gama de fantasmas que procuran la excitación sexual es extensa y singular. Lo cierto es que cuando un hombre hace el amor con una mujer, no es para nada seguro que en su goce íntimo esté con ella. Es decir, que lo que define el goce íntimo del sujeto es la posición con un objeto en el fantasma. Así pues, el padre puede ser un perfecto casado, un perfecto señor padre, de traje y corbata, tener una señora a quien ama, pero en su sexualidad puede gozar de un objeto que no es su mujer, y es allí donde él, como hombre, estaría en un goce falseado con respecto a la Ley del Padre. Y es allí con su goce que estaría su posición de padre; y es allí donde él estaría fallando en la transmisión de la Ley, por el solo hecho de no tomar a su mujer como objeto de goce en su fantasma, lo cual siempre trae consecuencias en su vínculo con su mujer y su prole.

Leído en: https://bernaltieneunblog.wordpress.com/2015/07/03/428-coiteracion-cuando-un-hombre-hace-el-amor-con-una-mujer/


Haz clic aquí para suscribirte y recibir notificaciones de nuevos posts por email

diciembre 2022
L M X J V S D
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728293031  
A %d blogueros les gusta esto: