Planeta Freud

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07 de enero de 2021

«Es enunciado porque transmite a los demás significados a través de su apariencia y enunciación porque se dirige a uno mismo con sus reclamos y requerimientos.

Por Luis Vicente Miguelez*

Algún día un humano le disparará a un robot
del que salga sangre y lágrimas y que a su vez
le disparará a un humano del que saldrá humo.

Philip Dick

¿Se ha preguntado alguna vez “quién”
es su cuerpo para usted?

Philippe Claudel

Pensar el cuerpo es pensar el mundo, es un tema político mayor, advierte David Le Breton. Las sociedades que intentan prescindir de los individuos fomentando su exclusión y muerte pueden plantearse también prescindir del cuerpo.

Ya no se trata de ciencia ficción. Muchos anhelan una poshumanidad donde proponen deshacerse del cuerpo y vivir en la cybercultura. Una comunidad internáutica donde poder transferir el cerebro a un chip y vivir en una máquina. Distopías pensadas para un mundo donde el sueño de inmortalidad sea algo posible. Retirando el cuerpo de la circulación. “Somos la última generación que va a morirse”, alientan los más fanáticos.

Seamos arcaicos, quedémonos con el cuerpo. ¿Qué es un cuerpo? ¿Qué relación existe entre ese cuerpo que poseemos y nosotros? O mejor dicho, ¿poseemos un cuerpo o somos cuerpo?

En un libro, cuya brevedad no quita la profundidad de su análisis, el filósofo Jean Luc Nancy reflexiona sobre las consecuencias del trasplante de corazón que le realizaron a los cincuenta años.

Se preguntaba si su propio corazón enfermo lo abandonaba hasta dónde podía decir que fuera suyo. “Se me iba volviendo ajeno, una intrusión por defección”.

Su propio corazón un extranjero. Justamente extranjero, nos dice, porque estaba adentro. “Un corazón que latía a medias es sólo a medias mi corazón”, advierte así que una ajenidad se le revela en el “corazón” de lo más familiar.

A ese corazón intruso había, era preciso, extrudirlo.

Comenta que un médico le dice un día, su corazón estaba programado para durar hasta los cincuenta años. Entonces se pregunta, ¿cuál es ese programa del que no puedo hacer destino?

Luego del trasplante sobreviene otra cuestión. La posibilidad del rechazo al órgano trasplantado.

Una doble ajenidad se le impone. La del corazón trasplantado que el organismo identifica y ataca en cuanto ajeno y por otro lado la del estado en que lo coloca la medicina para protegerlo reduciendo su inmunidad para que soporte al extranjero.

El intruso está en mí, revela. Y sin embargo, registra que él se convierte en extranjero de sí mismo.

A partir de este declive provocado de su sistema inmunológico, otras ajenidades se hacen presentes, los viejos virus agazapados desde siempre a la sombra de la inmunidad, ahora perdida, los intrusos de siempre. Diversas enfermedades concurren, estragando su salud.

“Mi corazón tiene veinte años menos que yo y el resto de mi cuerpo tiene una docena, al menos, más que yo”. Corpus meum e interior íntimo meo, utiliza esta frase agustiniana para expresar que su cuerpo se encuentra fuera de lo más íntimo para sí.

Y finalmente advierte que el intruso no es otro que él mismo y sentencia, acaso sea el hombre mismo. Intruso en el mundo tanto como en sí mismo, inquietante oleada de lo ajeno.

Unheimlich, término que Freud convirtió en concepto proveniente de esa peculiaridad de la lengua alemana, esa inquietante familiaridad, eso que debía quedar oculto pero que se ha manifestado. Esa extimidad de nuestro propio cuerpo y que Nancy vivió en lo real.

En 1971, Oliver Sacks, el neurólogo que se propuso sacar a la neurología de su concepción mecanicista y que nos regaló unos textos clínicos de una profundidad y una lucidez maravillosa, cuenta que caminando por una calle céntrica de NY, le pareció identificar tres víctimas del síntoma de Tourette. Eso lo desconcertó porque según se decía el síndrome de Tourette era rarísimo. Tenía, según había leído, una incidencia de uno en un millón y sin embargo él había visto tres en una hora.

¿Podría ser que el síndrome de Tourette no fuese una rareza, se preguntó, sino una cosa bastante corriente, mil veces más corriente de lo que se decía?

Este síndrome, como lo describió por primera vez Gilles de la Tourette en 1885, se caracteriza por un exceso de energía y una gran profusión de ideas y movimientos extraños: tics, espasmos, muecas, ruidos, maldiciones, imitaciones involuntarias. Habría formas suaves y hasta bastantes benignas y otras de un carácter terrible.

Relata el caso que fue pionero en su indagación sobre el tourettismo. Apoda Ray a su paciente de 24 años, incapacitado por múltiples tics de extrema violencia que se producían en andanadas cada pocos segundos. Era víctima de ellos desde los 4 años.

Poseía una elevada inteligencia e ingenio. Desde que había abandonado la universidad lo habían despedido de una docena de trabajos debido a sus tics, su impaciencia, su belicosidad, su descaro y sus exclamaciones involuntarias (mierda, joder, etc.).

Tenía, continúa relatando Sacks, una notable sensibilidad musical y difícilmente hubiese sobrevivido, emocional y económicamente si no hubiese sido un baterista de jazz de fin de semana de auténtico virtuosismo. Famoso por sus improvisaciones súbitas e incontroladas que surgían de un tic o de un golpeteo compulsivo del tambor y que se convertían en el núcleo de hermosas improvisaciones musicales. De modo que, decía el paciente, el “súbito intruso”, así lo llamaba, se convertía en una ventaja altamente apreciable.

Sólo se veía libre de sus intrusos, tics nerviosos súbitos, en el relajamiento poscoito y en el sueño, o cuando nadaba, cantaba o trabajaba rítmica y regularmente hallando una melodía cinética.

Sacks empezó a tratarlo con haloperidol. El comienzo del tratamiento resultó por demás auspicioso, con solo inyectarle un octavo de miligramo el paciente quedó libre de tics durante dos horas.

Viendo este resultado, decidió recetarle una dosis de un cuarto de miligramo tres veces al día.

Dice Sacks que el paciente volvió a la semana siguiente con un ojo morado y la nariz rota y le dijo “se acabó su jodido haloperidol”. Le relató que el medicamente pese a ser una dosis baja, lo había desequilibrado por completo, alterando su velocidad, su ritmo sus reflejos increíblemente rápidos. Muchos de sus tics, en cambio de desaparecer se habían vuelto extremadamente prolongados, casi cayendo en posturas catatónicas.

Se hallaba comprensiblemente decepcionado por esta experiencia y también por otro pensamiento. “Supongamos que pudiese usted quitarme los tics, le dijo, ¿qué quedaría? Yo estoy formado por tics… no hay nada más.

El paciente se describía a sí mismo como “Ray el ticqueur ingenioso”, y no sabía bien si se trataba de un don o de una maldición. Decía que no podía concebir la vida sin el tourettismo, y que no estaba seguro de que le interesase sin él.

Entonces Sacks le propuso que se vieran una vez por semana durante un período de tres meses. Durante este período, le dijo, intentaremos imaginar la vida sin tourettismo.

No estaba en condiciones de abandonar el tourettismo y no podría haber estado nunca en condiciones de hacerlo, reflexiona Sacks, sin aquellos tres meses de preparación intensa, de meditación y análisis profundo tremendamente duros y concentrados.

Actualmente, concluye Sacks, durante las horas de trabajo, Ray se mantiene sobrio, firme, normal con haloperidol. Serio, firme y normal es como el paciente describe su yo de haloperidol. Es lento, parsimonioso en sus movimientos, sin impaciencia ni impetuosidad pero sin aquellas inspiraciones ni improvisaciones deslumbrantes. Ha perdido sus obscenidades, su descaro grosero, pero también su chispa y ha llegado a creer que progresivamente está perdiendo algo importante.

Cuando se hizo patente esta situación y después de analizarlo conmigo, dice Sacks, Ray tomó una decisión trascendental, tomaría haloperidol durante la semana laboral pero prescindiría de él y se “dispararía” los fines de semana. Esto es lo que ha hecho durante los últimos años, y ahora hay dos Ray, uno con haloperidol y otro sin él. Hay un ciudadano sobrio, cavilador, pausado, de lunes a viernes, y hay el “Ray, el ticqueur ingenioso” frívolo, frenético, inspirado, los fines de semana.

He atravesado varios géneros de salud y sigo atravesándolos, decía Nietzsche y podría decirlo también Ray, quien ha sabido hacer finalmente algo con ese intruso.

Oliver Sacks concluye que su paciente ha hallado una nueva salud logrando una flexibilidad de espíritu a pesar de padecer o quizás por ello, el síndrome de Tourette.

Desde tiempos inmemoriales toda sociedad, de una forma u otra modifica culturalmente el cuerpo de sus integrantes. “Toda sociedad humana alberga ese deseo de convertir la presencia en el mundo, y particularmente el cuerpo, en una obra que le sea propia. Nunca el hombre existió en estado salvaje, siempre está inmerso en la cultura, es decir en un universo de significados y valores”, comenta David Le Breton.

Es el cuerpo, más particularmente la piel, un lugar de la memoria. En la piel se escriben momentos señalados de una vida. Narraciones de hazañas, de flaquezas, de amores y de odios. Voluntariamente, mediante tatuajes, adornos, pinturas, indelebles o transitorias. Involuntariamente por las marcas que deja la vida en la piel, una especie de cartografía donde se inscribe el tiempo vivido, la relación con el mundo y el encuentro con el Otro.

El cuerpo es entonces siempre enunciado y enunciación. Enunciado porque transmite a los demás significados a través de su simple apariencia, somos cuerpo. Enunciación porque es aquel que se dirige a uno mismo con sus reclamos, sus requerimientos y sus inscripciones jeroglíficas, tenemos cuerpo.

Hay una historia en Moby Dick de Herman Melville sobre el arponero de Pequod que ilustra de modo impactante esta cuestión, una suerte de geografía íntima de la piel.

“Este tatuaje –cuenta el narrador– había sido obra de un difunto profeta y vidente de su isla, que, con esos jeroglíficos, había escrito en el cuerpo de Queequeg una completa teoría de los cielos y la tierra, y un tratado místico sobre el arte de alcanzar la verdad. De modo que el cuerpo de Queequeg era un enigma por resolver; una prodigiosa obra en un solo tomo; pero cuyos misterios no podía leer él mismo, aunque su corazón latiera contra ellos. Y esos misterios, por tanto estaban condenados a disiparse con el pergamino vivo en que estaban inscritos, y quedar así para siempre sin resolver. Y esta idea debió ser la que sugirió al capitán Ahab aquella salvaje exclamación suya, una mañana, al volverse de espaldas después de inspeccionar al pobre Queequeg: ‘Ah, diabólico suplicio de Tántalo de los dioses’”.

¿Quién es tu cuerpo para ti?

*Luis Vicente Miguelez es psicoanalista.

Leído en: pagina12.com.ar/315727-que-es-el-cuerpo-para-cada-quien

(vía Página/12/Psicología)*

Los psicoanalistas solemos dar nutridas explicaciones acerca de la dificultad que tanto mujeres como varones manifiestan en el acceso al amor. Neurosis de por medio, algo inevitable tanto en ella como en él, ahí donde amor y castración van de la mano: el amor implica siempre un encuentro con la propia falta; para los hombres esto representa algo crucial, ya que reconocerse en falta es feminizarse. Es ponerse en posición femenina. Si el varón obsesivo –lo más frecuente– tiene dificultades con el amor es porque la castración está implicada. De ahí que pueda, ya esto solo, ser motivo suficiente para la huida. Lacan nos marca diferencias entre las formas femenina y viril del amor, sujetas a las posiciones diferentes, derivadas del complejo de castración que señalaba antes, y por lo tanto, al deseo: la viril será fetichista y la femenina, erotómana. O sea que para la mujer la castración toma la forma de una angustia vinculada a la pérdida del amor, es decir, donde el amor alcanza una máxima investidura. Hay encuentros, pero éstos no borran la diferencia entre un hombre y una mujer, distintos en la forma de sentir y de gozar.

Si bien estos conceptos, como muchos más que nos aporta el psicoanálisis, son valiosísimos para la compresión del fenómeno amoroso, me detengo ahora en la contextualización de los mismos, en cómo se manifiesta el amor en el entramado social actual. Lacan nos recuerda que el amor es la sublimación del deseo. Es más, afirma que el amor es un hecho cultural; no podría haber amor en absoluto si no hubiera cultura. (No es sólo él que realiza ese planteo, otros ya lo habían planteado desde otras vertientes del conocimiento).

El escenario del amor

Podemos entonces preguntarnos: ¿qué está pasando en los vínculos libidinales en este siglo XXI? La decadencia del ideal y la promoción del objeto caracterizan la actualidad. Cambia el escenario del amor, lo que hace que los estereotipos sean diferentes. Efectivamente, lo que se entiende por masculino, femenino, matrimonio, etc., tiene otras definiciones. El ideal de las cosas hechas para durar, de los vínculos para siempre, no funciona. La actualidad empuja más al goce autista, la obtención directa del objeto sin velo, el abandono de la empresa al primer tropiezo.

El amor presenta en la actualidad formas inéditas, derivadas de las profundas transformaciones que el cambio de los discursos ha provocado en el lazo social. No olvidemos que es función del amor el facilitar una conexión con el Otro. ¿Y qué decir de esa conexión en los tiempos que corren?

Si el trabajo, la subjetividad, los códigos sociales han sido colonizados por el capitalismo mundial integrado (CMI) o neoliberalismo, por qué no pensar que también las formas de amar sufrieron –y están sufriendo– el mismo curso, ya que éstas se dan en contextos sociales concretos. ¿Y en qué forma las ha afectado? Principalmente creando vínculos más aislados, más individualistas, más preocupados ambos miembros de la pareja en sus propios proyectos y éxitos personales, más interesados en un bienestar material que propone un consumo cada vez más vertiginoso, restando energía para otras actividades más creativas y aumentando un sentimiento de soledad permanente. Se está con alguien conviviendo o no, pero la sensación es de estar solo. Todo esto acompañado de la reconversión monetarista, la exclusión y la precarización laboral que mantiene a hombres y mujeres en un estado constante de incertidumbre. En este panorama, del amor romántico creo que queda sólo el nombre y el boom de ventas del día de los enamorados que confirma aún más la cuestión del consumo a ultranza. Aquel amor romántico, un poco heredero del amor cortés del siglo XII, y de aquél que brilló en el siglo XVIII y parte del XIX, como baluarte de libertad, de rebeldía; que exaltaba los sentimientos, combatía la racionalidad extrema, que valoraba la subjetividad, la naturaleza, etc., se ha banalizado tanto en el siglo XX, que su vigencia solo puede apreciarse en canciones edulcoradas, publicidades engañosas, películas melodramáticas y en múltiples fantasías alejadas de la realidad.

Amor, erotismo y sexualidad

En la última década, algunos sociólogos renombrados como Anthony Giddens, Niklas Luhmann, Alain Touraine, Pierre Bourdieu han planteado reflexiones profundas que gradualmente han puesto el foco de atención del pensamiento especializado en la cuestión de las relaciones personales e íntimas y, más concretamente, del amor, del erotismo y de la sexualidad.

Si como plantea Luhmann entendemos el amor como un medio de expresión del sentimiento, donde ese medio puede ser entendido como discurso o código social especializado, notaremos que lo que sucede actualmente es que la semántica usada está en construcción y en permanente transformación, donde habita lo nuevo y lo viejo. ¿Y qué es uno y qué es lo otro? Lo viejo sería todavía el uso de ese lenguaje romántico, mezclado con expresiones derivadas de las formas de unión que se vienen dando últimamente y que representarían lo nuevo, como lo son los encuentros heterosexuales libres, no conyugalizados, o los encuentros gay.

Además, tanto el amor como la amistad pueden ser considerados como formas sui generis de comunicación intersubjetiva, que solucionan la necesidad contemporánea de hallar alguien con quien compartir la soledad existencial de un yo solitario frente al mundo. El amor y la amistad, como medio generalizado de comunicación, siguen ofreciendo, pues, a la persona de hoy en día, una manera concreta de reconquistar la continuidad del ser, de la que habla Bataille, y hallar una salida a su gélido aislamiento.

Soledad que la mayoría de los sociólogos observadores de la realidad actual señala de una u otra forma. La gélida soledad descrita por Buber, la angustia del Dasein de Heidegger, el secuestro de la experiencia de Giddens, el narcisismo individualista de Lipovestki, el amor líquido de Bauman, el “rapport solitaire au monde” que según Augé se vive en los no-lugares, y la soledad de la diferencia de Sennett-Foucault, son todas formas de constatar la soledad existencial a la que se ve conminado el ser humano contemporáneo.

Paradojas posmodernas

Esta, es una de las grandes paradojas de la era posmoderna: a medida que se pronuncia hasta el extremo un rasgo –un fenómeno­–, simultáneamente aparece la necesidad imperiosa de su contrario. A esta exacerbación de la soledad que mencionaba anteriormente se contrapone un intento desesperado de búsqueda del otro: “sed de otredad”, dirá O. Paz. El reto que plantea la liberación sexual no es precisamente el rompimiento de normas represoras (hecho que por supuesto se viene dando), sino el de tomar el desafío que el amor crea. Me explico. El ejercicio desinhibido del erotismo, tal como se da en las grandes urbes, y al que Giddens llama sexualidad plástica, crea apertura hacia el amor. El problema del sujeto actual es poder manejar esa consecuencia (que tal vez en principio no se buscaba o se tenía conciencia que podría instalarse). Acá es donde Luhmann plantea que al querer los individuos circunscribir las relaciones al marco de la sexualidad, eso les crea infelicidad y angustia, ya que esa sexualidad, si se sostiene, puede crear amor, y si no se lo puede vivir (por las razones que sean) y tampoco librarse de él, la única solución posible es la huida. Me parece que esto tiene que ver bastante con el reclamo que muchas mujeres (más que los hombres) formulan en los comienzos de esos encuentros sexuales: falta de compromiso, desatención, alejamiento por parte de los “caballeros”. A veces el compromiso precisamente era ése, circunscripto a lo sexual, satisfacción hedonista, pero aparece sobre la marcha esa apertura amorosa, el vínculo se complejiza y alguno de los dos, o ambos se retraen. (V.g. la película francesa “Une Liason pornografique”).

La noción de «amor» (más allá del apasionamiento amoroso) que ha llegado hasta nuestros días es producto de una corriente ideológica que surge después de la gran influencia de la Ilustración en la cultura occidental y de la revolución racionalista de Rousseau. No se pueden entender la idea contemporánea de «enamoramiento» y de «entrega amorosa» sin comprender la importancia histórica de la individuación y la secularización.

Pero considerando la importancia de la libertad de elección es que se construye el discurso amoroso contemporáneo: a comienzos del siglo XXI el ideal amoroso es el producto de sumas y restas de todo tipo teniendo como núcleo duro esa «libertad originaria» en la elección del otro. Es cierto que la elección depende de una serie de factores que tienen un vínculo directo con la constitución narcisista de nuestra identidad: «…la experiencia amorosa reposa sobre el narcisismo y su aura de vacío, de apariencia y de imposible, que subyacen a toda idealización igual y esencialmente inherente al amor» nos dice Kristeva, pero asimismo es patente que la opción se registra como un importante baluarte de las libertades conquistadas. Escoger a un «otro» para depositar cariño y entrega siempre será una manera íntima y última de ejercer un derecho. Por esto mismo la pareja en tanto díada amorosa recrea sobre sí misma un círculo perfecto: «unidad social elemental, indisociable y dotada de una autarquía simbólica…» (Bourdieu).

No obstante, el discurso amoroso actual está plagado de temores en torno a esa libertad de opción: la contraparte del mito amoroso contemporáneo, es decir, el lado oscuro del camino que conduce a la felicidad es la senda de la depresión y la melancolía. Esta contraparte y la visión melancólica del amor se acentúan después de la explosión romántica, es decir, como producto de la visión del sentimiento amoroso de los poetas románticos con Wolfgang Goethe y su Werther a la cabeza. El sufrimiento por la pérdida o rechazo del objeto de amor es el riesgo que corre todo hombre o toda mujer que juegan a la seducción.

Chicas con reglamentos

Desde otra perspectiva de análisis, pero tomando en consideración el juego de la seducción para interpretar las formas sentimentales a la luz de la ideología contemporánea, Slavoj Žižek escoge un ejemplo extremo para hablarnos de la forma en que los seres humanos intentan evitar todo daño a la hora de la seducción, convirtiendo al escarceo amoroso en una suerte de cumplimiento de reglas innombradas pero absolutamente rígidas (y por lo tanto también perversas). «Las ‘chicas con reglamentos’ –sostiene Žižek– son mujeres heterosexuales que imponen reglas precisas para dejarse seducir (por ejemplo las citas deben ser arregladas al menos con tres días de anticipación). Aunque las reglas corresponden a las costumbres que solían regular el comportamiento de las mujeres de antes que eran activamente perseguidas por los hombres a la manera tradicional, el fenómeno de las chicas con reglamento no presupone un regreso a los valores tradicionales: ahora las mujeres eligen sus propias reglas libremente –una instancia de la ‘reflexivización’ de las costumbres cotidianas de la actual sociedad […] Todos nuestros impulsos, desde la orientación sexual hasta la identificación étnica, son percibidos como cosas que elegimos […] son experimentados como algo que podemos aprender y sobre lo que decidimos».

Žižek advierte que estas nuevas formas de seducción estarían directamente vinculadas con lo que Anthony Giddens y Ulricke Beck (1994) han denominado la «modernidad reflexiva» para caracterizar a nuestra época, es decir, la creencia de que elegimos todo el tiempo y por lo tanto estamos subsumidos en una sociedad de riesgo permanente puesto que nuestras elecciones pueden ser así mismo fallidas. Para evitar el error es que surge la codificación, y a consecuencia de ella, la perversión (v.g., las chicas con reglamento).

¿Por qué, entonces, seducir sin dejarse seducir es una de las formas como se vive el amor en la actualidad?, ¿hay detrás de esta postura de experimentación de los afectos una «idea» (o un conjunto de ideas) que está vinculado con esta modernidad reflexiva? ¿El miedo a dejarse «tocar» profundamente por un otro al que rehuimos es realmente una manera de vivir en la actualidad la experiencia amorosa?

Al margen de que deben de existir múltiples maneras de vivir la experiencia amorosa en nuestra época, es cierto que luego de la caída de las utopías, una de las últimas que nos resta, es la utopía del amor: esa forma de entender la relación amorosa como una unidad perfecta de opuestos complementarios que, más tarde o más temprano, nos llevará a palpar la felicidad. Esa es la idea de amor romántico que tal vez sea la utopía que tiene que caer y que ya de alguna manera está cediendo paso a otras formas de entender el amor.

Oscar De Cristóforis, psicólogo psicoanalista, autor de “Amores y parejas en el siglo XXI”. Ed. Letra Viva.

Leído en: *pagina12.com.ar/220783-el-amor-en-tiempos-de-incertidumbre – 26 de septiembre de 2019

(vía Un blog sobre psicoanálisis lacaniano – 314. ¿Qué es un niño? – Por Hernando Bernal)*

Para el psicoanálisis un niño son tres cosas: es nada, es una sustitución, y es un sujeto en el campo del Otro (con mayúscula) (Arroyave, 2007). Decir que un niño es “nada” significa que un niño no es más que lo que se diga de él, o de lo que se desee para él. Un niño empieza a “ser”, empieza a existir, sólo cuando alguien lo nombre, cuando alguien lo desee o piense en él. Mientras no haya alguien que lo nombre, lo desee o lo piense, un niño es “nada”, o “nadie”.

Un niño es también una sustitución, es decir, viene a sustituir algo, viene en lugar de otra cosa. En el complejo de Edipo de la niña queda claro que un niño es aquello que una niña espera de su padre (Arroyave, 2007). Un niño viene como sustituto de aquello que no le fue dado a la niña. Aquello que no le es dado a la niña y que ella desea, no es otra cosa que el falo. Con el complejo de castración -núcleo del complejo de Edipo-, es decir, el encuentro de la niña con la diferencia sexual, ella descubre que le falta algo que el niño sí tiene: el falo, y a partir de ese momento, ella envidia el pene del niño, es decir, quiere uno para ella. El niño pasará, entonces, a ser un sustituto del falo que le falta; así pues, un niño es una equivalencia, es algo que viene en sustitución de otra cosa, en aquellas niñas en las que se produce simbólicamente esa sustitución del falo por el niño.

Por último, un niño es tal sólo en el campo del Otro; este Otro no es la persona como tal, no es el señor o la señora que hacen de papá o mamá; ser padre o madre son, en el psicoanálisis lacaniano, funciones, lugares vacíos que pueden venir a ser ocupados por cualquier persona. Así pues, madre y padre no son necesariamnete los padres biológicos; madre es la persona que le brinda los cuidados necesarios al niño para que este sobreviva y además le da su afecto, y padre es sobretodo una función simbólica, que tiene que ver con ponerle límites a esa relación tan incestuosa que se establece entre una madre amorosa y su hijo. Entonces, el Otro con mayúscula se refiere fundamentalmente a las personas que son significativas para el niño, pero, ese “alguien” es significativo para el niño sólo si esa persona lo nombra, lo desea, piensa en él. No es cualquiera el que va a ser significativo para el niño, sino cualquiera que lo nombre, lo piensa y le dé un lugar en su deseo (Arroyave, 2007).

Leído en * bernaltieneunblog.wordpress.com/2011/09/29/314-%c2%bfque-es-un-nino/

(vía elpsicoanalisis.org.ar)**

«Nos hemos habituado demasiado, en los últimos años, a que las reflexiones acerca de la sexualidad femenina constituyan el eje de gran parte de las investigaciones psicoanalíticas. Los desarrollos de Lacan, que invirtiendo la fórmula levistraussiana proponen que en el centro de la sociedad está la mujer intercambiando hijos por falos simbólicos, el acceso a nuevos modos de concebir la castración a partir de su pensamiento, y, junto a ello, la recuperación de los trabajos freudianos de la década del 20, por un lado, han hecho bascular nuestras preocupaciones de tal modo que gran parte de las producciones acerca de la sexualidad giren en torno a la pregunta inicial, lanzada por Freud, acerca del misterio que encierra la femineidad. Por otro lado, nuestra práctica se despliega en un entorno en el cual el auge de los movimientos feministas, planteándose interrogantes e intentando dar respuesta a la condición de la mujer en el seno de la sociedad, a partir de los nuevos fenómenos históricos en relación con su inserción en los aparatos productivos, precipitan, desde otra perspectiva más sociológica y también, en gran medida, más ideológica, una centrifugación en la dirección de producir un cierto embargo de nuestras líneas directrices de pensamiento.

Parecería que se sostiene la ilusión de que la teoría sexual de la masculinidad no ofrece grandes interrogantes ni está abierta a grandes revisiones en el seno del freudismo. Sin embargo, tanto nuestra clínica cotidiana como un sinnúmero de fenómenos históricamente novedosos ponen de manifiesto que una puesta al día se hace necesaria, dando cuenta de que la riqueza de las mismas excede, en mucho, ciertas nociones abrochadas que operan como eje de nuestro pensamiento. Es curioso comprobar que, mientras el material recogido en análisis de mujeres es inmediatamente generalizado y trabajado en relación con el intento de consti­tuir una teoría de la femineidad, no ocurre lo mismo con los análisis de sujetos masculinos, y que gran parte de lo que de ellos surge, respecto de las vicisitudes de la sexualidad, quedan remitidos a la singularidad de una subjetividad en proceso sin que generalizaciones ni revisiones teóricas sean puestas de relieve.

Es esta la razón de que me vea movida hoy a dar a conocer algunos aspectos de una investigación iniciada hace ya algunos años, cuyos resultados aún precarios no dejan de incitar la apertura de una cierta línea de indagación que considero válida en virtud del giro que inaugura tanto para nuestra teoría como para nuestra clínica.

El primer interrogante se me propuso a partir del proceso de la cura emprendida hace ya varios años[1] con un niño que contaba siete años de edad. La consulta había sido realizada a partir de un síntoma que consistía en morderse el cuello de su ropa hasta desgarrarlo, unido ello a una actitud general pasiva. La constelación edipica en la cual se constituía estaba fuertemente marcada por la presencia de una madre muy narcisista, con cierta actitud desvalorizante hacia el padre; este último asumía, por otra parte, el lugar secundario otorgado, ejerciendo sus funciones parentales de modo tal que hacían posible el despliegue apropiatorio que esta mujer operaba.

Habíamos trabajado largamente con este niño su sensación asfixiante de estar encapsulado en el interior materno, su temor a desprenderse de esta posición inicialmente atribuida, el intento desesperado por desgarrar, a través de sus vestimentas el tegumento envolvente que lo contenía al mismo tiempo que lo sometía, y el camino hacia la actividad y la masculinización parecían abrirse luego de un año de tratamiento.

Fue en ese momento que ocurrió lo siguiente: Estábamos en una sesión muy rica en juegos y simbolizaciones en la cual Manuel desplegaba una serie de fantasías masculino-agresivas haciendo luchar a unos soldados entre sí, estableciendo campos de batalla y zonas de riesgo, en una escena que los analistas que tratamos niños estamos habituados a ver reiterarse en el consultorio. De repente, los soldados empezaron a pinchar, con sus bayonetas, el trasero del enemigo. Manuel comenzó entonces a dar gritos en los que se conjugaba el placer y el dolor. Intervine entonces haciendo una interpretación respecto al deseo homosexual vigente; me miró espantado, conmocionado, y comenzó a gritar: “¡No es eso, no es eso…!”. Luego, mientras lloraba decía: “No entendés nada, no entendés nada…”. Salió bruscamente del consultorio a buscar a su padre que esperaba en la sala de espera y, con su ayuda, pude hacerlo volver para continuar la sesión.

No soy de los analistas que piensan que una interpretación certera puede producir un despliegue de angustia tan masiva. Cabía, por supuesto, la posibilidad de pensar en una defensa extrema, sin embargo, hace ya mucho tiempo que he comprobado que la interpretación, cuando da en un blanco cercano al nudo del conflicto sin certeramente desembargar lo que ha quedado obturado, desata una angustia intensa, produciendo el mismo dolor que el manoseo de una pústula cuya boca no termina de abrirse y drenar. Por el contrario, aquella que logra desentrañar el entramado fantasmático que da origen a la angustia proporciona alivio y genera, en muchos casos, el placer compartido del descubrimiento.

Sin embargo, la homosexualidad estaba presente. ¿Qué faltaba entonces para que mí intervención fuera eficaz? Lo que yo no había percibido, aquello que no había logrado pensar —porque estaba más allá de los límites de la teoría que manejaba—, y que Manuel ponía de relieve, era lo que pudimos entender posteriormente: el deseo emergente en su juego no se agotaba en la interpretación propuesta, como se demostró en el curso de las sesiones siguientes, un punto paradojal de su constitución psico-sexual: se trataba de devenir masculino, sexuado, a partir de la incorporación anal del pene paterno. Yo había interpretado el deseo homosexual, y el soslayamiento de su deseo de masculinización, que abría el camino hacia la heterosexualidad, a partir de una nueva dialectización entre el ser y el tener, lo dejaba inerme produciéndole un intenso dolor que manifestó del modo descripto.

“Yo no entendía nada…” y, ante esto, él me había espetado la frase más dolorosa que un paciente puede formular a su analista. Al desconocer el móvil estructural del fantasma, al desconocer el movimiento histórico en el que estaba inmerso, le había proporcionado un saber acerca de sí mismo que anulaba el proceso mismo que el análisis habla inaugurado: incorporar el pene paterno y ejercer él mismo su sadismo genital en el movimiento que lo arrancaba de la presencia capturante de la madre.

Múltiples observaciones se sumaron a posteriori a esta primera re­flexión engarzándose, a su vez, con una cuestión que parecía entrar en contradicción en la teoría misma. Sabemos, a partir de Freud, que inicial­mente la madre es, para ambos sexos, el primer objeto de amor, y a afirmar, junto a él, que el varón retiene este objeto en el complejo de Edipo. Por otra parte, y a través de otros elementos presentes en su pensamiento y de los que en nuestro trabajo clínico observamos, la madre de la prehistoria del complejo de Edipo no es la misma que aquella que se constituirá en objeto de deseo a partir de la instalación del reconocimiento de la diferencia sexual anatómica: La madre de la prehistoria del complejo de Edipo es la madre fálica, investida de todos los atributos de completud con los cuales nuestra teoría y nuestra práctica han descripto su función.

La madre atravesada por el reconocimiento de la castración está en una posición diversa a la madre de los orígenes respecto al niño. Entre una y otra ha transcurrido esa “tormenta afectiva” que Freud describe en los múltiples textos elaborados a partir de 1919. El objeto ha variado, su estatuto ha cambiado, no hay continuidad directa sino una discontinuidad marcada por la ambivalencia y por la intervención de otra variable que habiendo estado presente desde los comienzos de la vida no cobra realmente significación hasta ese momento tanto para la niña como para el varón: el padre sexuado.

¿Qué relación guardan la madre del deseo edípico —atravesada por la castración y genitalmente codiciada— y el padre sexuado en relación con sus inscripciones previas? Los primeros tiempos de la vida están marcados por la pasividad respecto al semejante. Objeto de las maniobras sexuales del semejante, deseado y atravesado por su sexualidad, las mociones pulsionales entran en correlación con el cuerpo del otro de un modo aún, autoerótico. Guiado por la pulsión de indicio, sometido a los restos indiciales de los objetos inscriptos, el deseo infantil se revela como activo en relación con la meta pulsional, pero conserva una radical pasividad en relación con la madre. Al mismo tiempo, no hay sujeto en el sentido estricto, sujeto del yo capaz de representarse a sí mismo y capaz de enunciarse a partir de ello. Si la pulsión es acéfala[2], si el sujeto no se encuentra aún ubicado en estos primeros tiempos de la vida, sólo la constitución del sujeto del yo, correlativa al narcicismo, pero paradójicamente sepultando los representantes pulsionales en el inconsciente a partir de la represión originaria, puede dar curso a una actividad que se revela en continuidad con el deseo, pero que, al mismo tiempo, encierra la paradoja de estar al servicio de la defensa. Actividad del inconsciente, pasividad yoica respecto al otro, la observación narcisista, el rehusamiento primario al modo del negativismo, ponen de relieve el carácter profundamente amenazante de la alteridad del semejante.

¿Cómo ingresa el padre en estos tiempos de los orígenes en los cuales está en vías de constituirse lo originario sepultado en el inconsciente? Lo hace, tanto en la niña como en el varón, de dos modos diferentes: por un lado, como separados del vínculo fusional inicial con la madre —captura en el fantasma de escena primitiva a partir del posicionamiento que ocupa como intervalo que separa del objeto primordial, así lo definió Melanie Klein poniendo de relieve su función de corte aún antes de que se establezca su carácter de interdictor—; por otra parte y, a partir de los cuidados precoces compartidos, como metonimia de la madre que inscribe, a su vez, restos de percepción que no terminan de ser asimilados por los movimientos de pulsación[3] que ella ejerce.

No hay, en esos primeros tiempos de la vida, padre en el sentido psicoanalítico del término: en sus funciones constituyentes del ideal del yo y de la conciencia moral. (El niño, dice Freud en “Introducción del narcicismo”, posee dos objetos sexuales originarios: él mismo y la mujer que lo crió). Las renuncias pulsionales básicas, las que precipitan el sepultamiento del autoerotismo, quedan siempre establecidas en relación con la madre y aportan a la autoestima del yo ideal. Por supuesto que en estas prohibiciones de base el superyó materno juega un rol fundamental, pero lo hace bajo modos particulares: perder el amor de la madre no se juega en la dialéctica fálico-castrado, sino en aquella de la vida y la muerte. Perder el amor de la madre pone en juego el aniquilamiento del sujeto. La interdicción del padre en el hijo varón, en sentido estricto, tal como la concebimos a partir del sepultamiento del Edipo, recae sobre el Edipo complejo, sobre el deseo hacia la madre en tanto objeto del incesto.

El pasaje de pasivo a activo parecería producirse cuando el niño, al descubrir la castración femenina, es precipitado hacia una caída narcisista del objeto materno, caída que arrastra consigo la angustia de castración del propio niño e inaugura el movimiento que lo lanza de la identificación a la elección amorosa de objeto: “La alta estima narcisista por el pene puede basarse —dice Freud— en que la posesión de ese órgano contiene la garantía para una reunión con la madre (con el sustituto de la madre) en el acto del coito. La privación de ese miembro equivale a una nueva separación de la madre; vale decir: implica quedar expuesto de nuevo, sin valimiento alguno, a una tensión displacentera…”.[4]

Sin embargo, la pregunta vigente es, debido a qué elementos, el niño desearía esta reunión al modo de una dominancia genital y no a través de la totalidad de su propio cuerpo. Y aún, qué tipo de identificación debe realizar el varón, antes del sepultamiento del Edipo cuya culminación inaugura la posibilidad de identificarse al padre a través de la incorporación de las instancias que constituyen el superyó. De qué modo se apropia, entonces, el hijo varón, de los rasgos sexuados del padre en este pasaje que lo hace devenir activo atravesando su posicionamiento respecto a la madre.

La perspectiva freudiana parece regirse al respecto por la contigüidad del objeto real y su carácter activo a partir de la determinación biológica: “En la fase del complejo de Edipo normal encontramos al niño tiernamente prendado del progenitor de sexo contrario, mientras que en la relación con el de igual sexo prevalece la hostilidad. No tropezamos con ninguna dificultad para deducir este resultado en el caso del varoncito. La madre fue su primer objeto de amor; luego, con el refuerzo de sus aspiraciones enamoradas, lo sigue siendo y, a raíz de la intelección más profunda del vínculo entre la madre y el padre, este último no puede menos que devenir un rival”.[5]

Aparente linealidad que emplaza al padre en el lugar del rival, cuando, por otra parte, las mociones eróticas hacia el padre definen el camino de la identificación. Cuestión claramente analizada por Freud, por otra parte, cuando se trata, en sus historiales clínicos, de marcar el carácter erótico del deseo del hijo varón hacia el padre.

Paradoja fundamental de la identificación

Conocemos la paradoja de la identificación masculina: ser como el padre —en cuanto sujeto sexuado— y, al mismo tiempo, no ser como el padre en tanto poseedor de la madre. ¿De qué modo se podría producir, sin embargo, una identificación a un puro rival, a un puro obstáculo, sin enlace de amor con él? La identificación en estos términos sería imposible.

La bisexualidad constitutiva se revela como insuficiente para dar cuenta de ello. Hay una primera explicación mecánica de carácter biológico: según la predominancia de tendencias innatas, de las “disposiciones” masculinas o femeninas congénitas. Otra interpretación posible es que la bisexualidad no se marca en la salida del Edipo complejo, sino en su movimiento mismo y en sus implicancias. “Una indagación más a fondo pone en descubierto, las más de las veces, el complejo de Edipo en su forma más completa… El varoncito no posee sólo una actitud ambivalente hacia el padre, y una elección tierna de objeto en favor de la madre, sino que se comporta también, simultáneamente, como una niña: muestra la actitud femenina tierna hacia el padre, y la correspondiente actitud celosa y hostil hacia la madre. Esta injerencia de la bisexualidad es lo que vuelve tan difícil penetrar con la mirada las constelaciones de las elecciones de objeto e identificaciones primitivas, y todavía más difícil describirlas en una síntesis. Podría ser también que la ambivalencia comprobada en la relación con los padres debiere referirse por entero a la bisexualidad, y no, como antes lo expuse, que se desarrollase por la actitud de rivalidad a partir de la identificación”.[6]

Cuestión ampliamente corroborada en los historiales clínicos de Freud, en Hans, en el Hombre de los lobos, en el Hombre de las ratas y en Schreber, con sus diferencias, sus matices y sus grados de presencia del componente homosexual.

Aludimos anteriormente al carácter seductor y pulsante de los cuidados primarios en los cuales el padre ocupa, ante el cuerpo del hijo, un lugar no sólo de interdicción del goce materno sino de ejercicio, él mismo, de su propio goce autoerótico, vale decir, homosexual.

Sobre esta determinación previa se constituye la aspiración erótica primaria hacia el padre. Sin embargo, si la identificación al padre guarda en su composición un componente homosexual, sabemos que no se trata ya de la pasividad originaria, de la seducción pasiva de los primeros tiempos de la vida que brinda su sustrato posterior a la identificación primaria. El material antes expuesto de Manuel, y otros que brindaré a continuación, ponen esto de manifiesto. En estos primerísimos tiempos, en razón de que no hay sujeto, lo pasivo no es vivido con la resignificación femenina que le será otorgada a posteriori. Pasivo y activo se juegan en tiempos en los cuales no adquieren significación sexuada para el sujeto que está aún en vías de constitución.

Otra línea puede ser propuesta: Aquella que emprende la vía regresiva, de la elección a la identificación. Ella no nos aparta de lo que intentamos desarrollar. Si esta vía no puede ser concebida sino como residual al Edipo y aún con sus paradojas: el hecho de que en ambos sexos, la identificación por regresión de la elección de objeto dé por sentado la renuncia al objeto, rompe la linealidad supuesta: ¿por qué se identificaría el varón al padre si no fuera porque lo ha investido eróticamente de algún modo —aun cuando más no fuera a través de la identificación que propicia el deseo de la madre hacia su partenaire sexuado—?

Es indudable que el aporte libidinal, excitante, proporcionado por el padre en los cuidados precoces, brinda el sustrato histórico-vivencial de las adherencias eróticas que se despliegan respecto al mismo. Que, en tal sentido, como metonomia de la madre, el padre inscribe huellas cuyos indicios no se subsumen en la polarización que ejerce el cuerpo materno. Estas inscripciones precoces, aunado al deseo de la madre por el padre presente desde los comienzos, se nos presenta como una vía más coherente teóricamente y de mayor corroboración clínica que la bisexualidad constitucional en tanto biológica.

El deseo de la madre por el padre en tanto hombre, juega su rol, por otra parte, del lado de la identificación propuesta al niño como modelo en el cual precipitarse. J. Laplanche ha retomado, a partir de la lectura de Freud, la existencia de dos significantes diferenciales para dar cuenta de dos fenómenos de orden distinto: Verschiedenheit (diversidad) y Unterschied (diferencia). Ellas hacen a la posibilidad de distinguir entre el género y el sexo. Por relación al género, la diversidad no se juega en el campo de los contrarios, sino en el de las posibilidades: diferencias culturales, sociales, bipartición de la vida social en la cual el niño busca un fundamento lógico al enigma de haber nacido hijo de hombre y mujer. Las categorías de masculino y femenino no se abrochan de inicio a la diferencia sexual anatómica, pero son propuestas a partir de que el adulto sexuado tiene inscripta esta diferencia. A-posteriori, esta diversidad entra a ocupar su lugar, a ubicarse, en el rango de la diferencia entre. A partir de ello, podemos señalar que los rasgos de identificación masculina son proporcionados por el entorno parenteral aún antes de que la diferencia anatómica venga a ocupar su lugar y resignificarlos en su carácter sexuado.[7]

Esta diferenciación entre género y sexo es de tener en cuenta cuando se trata de discutir el prejuicio, hoy en retirada, que anudaba homosexualidad a feminización amanerada, habida cuenta de que los modos de superposición entre el género y el sexo en la homosexualidad masculina se ofrecen, en primera instancia, como formas de recomposición a nivel de la identificación primaria con la madre de los primeros tiempos ante el fracaso de la estructuración del yo representación y sus mutaciones a partir de las circulaciones edípicas.[8]

La identificación a partir del género, si bien aporta la cuestión identificatoria y aún más, opera, en cierto momento, como contrapartida del deseo erótico por el padre, sin el cual la identificación sexuada es impensable.

¿Qué ocurre en ese momento de pasaje en el cual el niño circula en su edipización por el carril de una identificación al padre genital aún antes de que la renuncia a la madre como objeto incestuoso se haya instalado plenamente y a que se establezca la introyección de las prohibiciones y emblemas que constituirán el superyó? ¿De qué modo se identifica al padre sexuado, genitalmente potente, poseedor de la madre? El supuesto carácter activo de la masculinidad como originaria, a partir de la presencia real del pene, ha obturado nuestras preguntas. Sin embargo, en cuanto nos las formulamos, una nueva paradoja se plantea como eje de nuestras preocupaciones: el hecho de que toda identificación remita a una introyección, y ésta a un modo de apropiación simbólica, por supuesto, pero en última instancia fantasmática del objeto del cual el otro es portador, nos plantea el carácter altamente conflictivo de la constitución de la sexualidad masculina —más allá de la simpleza con la cual se ha pretendido reducirla a la presencia del pene en tanto órgano real—.

Ser como el padre en relación con los rasgos secundarios… ésa no es la cuestión cuando tanto desde la cultura como desde el deseo de la madre la propuesta viene articulada como identificación en la cual el sujeto se inscribe a partir del otro. Ser como el padre en tanto sujeto sexuado, portador de un pene capaz de proporcionar el goce no sólo autoerótico masturbatorio del niño sino del objeto, se propone como una cuestión más compleja.

El camino de la introyección-identificatoria siempre ha planteado al psicoanálisis la cuestión de la zona y el objeto. El prototipo de toda identificación es el pecho: soporte libidinal del intercambio apropiatorio con el semejante. ¿Cómo podría recibir el hijo varón el pene del padre que lo torna sexualmente potente si no fuera a partir de su incorporación? Incorporación introyectiva que deja a la masculinidad librada para siempre al fantasma paradojal de la homosexualidad.

Un paciente gravemente obsesivo da cuenta de ello: cada vez que tiene relaciones sexuales con una mujer, “otro” lo atraviesa con su pene, analmente, y le brinda la potencia necesaria para el ejercicio genital. Sujeto puntual, masculino-femenino al mismo tiempo, en él se encarna ello brutalmente en fantasmas de pasivización homosexual, único modo de ejercicio, hasta el momento, de la genitalidad masculina.

Si la pasividad, lo realmente reprimido en el hombre, es la homosexualidad, es necesario explorar las dos vertientes que la constituyen en tanto estructural, y no como residuo bisexual de alguna biología fantasmática: Pasivizado en los primeros tiempos de la vida por la madre fálico-seductora, no puede acceder a la masculinidad sino a través de la incorporación fantasmática del pene paterno que brinda su potencia articuladora al mismo tiempo que somete analmente en los intercambios que abren los circuitos de la masculinización.

Que esta presencia inquietante del padre devenga patológica o estructural depende de las vicisitudes y destinos de los movimientos constitutivos que la engarzan[9] (9), efecto tanto de las alianzas edípicas originarias como de los traumatismos que el sujeto registra a lo largo de su constitución como sujeto sexuado.

Nathaniel y la identificación masculina fallida

El niño varón va a la búsqueda del significante fálico paterno, y su introyección simbólica abre los caminos de una fantasmatización que no lo somete a la búsqueda de lo real faltante. En este camino de su adquisición las determinaciones que lo rigen precipitan movimientos cuyas consecuencias inauguran nuevos movimientos.

Nathaniel, de 5 años, había entrado en tratamiento a partir de un conjunto de trastornos estructurales que ponían en riesgo su evolución futura. Simbióticamente adherido a la madre, no se desprendía de su biberón ni para ir al colegio, presentaba aún episodios de enuresis y una modalidad quejosa que agotaba a sus maestras. Jugaba a disfrazarse de personajes femeninos de los cuentos: Caperucita, Blancanieves… Un disfraz de Batman ofrecido por sus padres era aceptado por el niño quien se lo ponía, guardando por debajo del mismo la falda de Cenicienta.

El tratamiento logró, en el transcurso de dos años, producir un verdadero cambio y abrir el camino identificatorio masculino, liquidar los restos de adherencias primarias tanto autoeróticas como de fijación a la madre sepultándolas en el inconsciente, así como el abandono de los rasgos de travestismo iniciales. El alta fue propuesto, sin que quedara resuelta, por mi parte una cierta preocupación: a lo largo de su análisis habían aparecido, reiteradamente, fantasías, dibujos y sueños en los cuales un león se montaba encima de otro; la repetición iba ligada a una imposibilidad absoluta de asociación por parte de Nathaniel, quien suspendía allí todo intercambio discursivo pareciendo reducir su alivio a la enunciación de estas producciones compulsivas y a mi silencio respetuoso al respecto.

Mi dificultad para comprender este material fue formulada a los padres más o menos en los siguientes términos: “Hemos resuelto los principales males que lo aquejaban de inicio, hemos disminuido tanto su sufrimiento como el de ustedes y, sin embargo, hay algo que no entiendo, y es la recurrencia de estas producciones. Que yo no lo entienda da cuenta de que hay algo no resuelto y, sin embargo, siento que no hay posibilidad de ir más allá por ahora”.

La constelación edípica de partida no me permitía entender el carácter singular de estas fantasmatizaciones. Un padre inicialmente ausente, la tendencia simbiotizante y pasivizante de la madre, planteaban condiciones estructurales en las cuales era fácil pensar en una escena originaria que se presentaba constantemente como una resolución del enigma de su engendramiento, y, sin embargo… ¿por qué dos leones? ¿Por qué una escena primaria homosexual?

Ocho meses después la madre me llamó por teléfono profundamente angustiada: Nathaniel le había confesado, en esos días, que hacía ya mucho tiempo —tiempos que correspondían a la etapa inmediatamente anterior a los comienzos del tratamiento— un primo mayor, de 12 años, lo había encerrado en el baño para sodomizarlo sin que él pudiera, durante algún tiempo, ni rebelarse ni contarlo —lo manifiesto era que había temido las represalias que el seductor pudiera ejercer—. El análisis había abierto el diálogo y Nathaniel había podido liberar su secreto con la madre. Estaba, ahora sí, en condiciones de hacerse cargo de un nuevo proceso en el cual reabrir aquello que había quedado previamente obturado.

El niño retomó el tratamiento en el que analizamos largamente su culpabilidad y el deseo que la sostenía. El enigma de la masculinidad, la falla en la estructuración simbólica, lo habían llevado a ceder al otro sin que pudiera rebelarse ni reconocer el goce secreto experimentado. Se trataba de un verdadero acto de búsqueda del “enigma de la masculinidad”, suerte de traumatofilia que había constituido, a partir del traumatismo real vivido, una nueva constelación cuyos alcances recién podían ser abordados. Canales intestinales de plastilina con bebés que se deslizaban como en tobogán, representando al mismo tiempo su fijación a una teoría cloacal de la femineidad y su identificación fértil a la madre, resolución homosexual de la pasividad originaria ante la misma y del deseo de masculinidad fallido… Nathaniel produjo, casi un año después, y en la última sesión de su análisis, una resignificación del valor traumático al cual había quedado sometido a partir de su déficit estructural: “Silvia —me dijo—, ¿yo no puedo cambiar lo que me pasó, verdad?”. Ante mi silencio dolido respondió: “Pero puedo evitar que a mis hijitos les pase…”, dando cuenta en un mismo enunciado de la posibilidad futura de reparación y de su afirmación de una función paterna protectora que lo remitía definitivamente a su lugar de sujeto sexuado en relación con un objeto de amor.

La mayoría de los casos que tratamos parecerían no someternos a una fuerza dramática de tal magnitud. Sin embargo, el ejemplo de Manuel, con el cual comencé estas disquisiciones, da cuenta de algo más cercano a nuestra práctica cotidiana y que pone, de todos modos, en juego nuestra capacidad de enfrentar el sufrimiento humano. Algo en común atraviesa ambas situaciones: actuada o fantaseada, la homosexualidad es constitutiva, paradojalmente, de la masculinidad. Definida en el juego de dos vertientes: la pasividad originaria hacia la madre fálico-seductora de los primeros tiempos de la vida, se resignifica, a posteriori, cuando el sujeto se estructura como tal y se produce la conversión que lo toma de pasivo en activo hacia un objeto, que, de todos modos, ya no es el mismo en la medida en que está atravesado por la castración. En esta impulsión que transforma lo pasivo en activo, una nueva dificultad se inaugura: la identificación sexuada, masculina, se enfrenta a la incorporación del atributo de la actividad genital masculina, paterna, arrastrando los restos libidinales del vínculo originario con el padre. Para ser hombre, el niño varón se ve confrontado a la profunda contradicción de incorporar el objeto otorgado por el padre que simboliza la potencia, y, al mismo tiempo, de rehusarse a sí mismo el deseo homosexual que la introyección identificatoria reactiva.

Los fantasmas homosexuales constitutivos de la masculinidad deben ser restituidos a su lugar correspondiente, y analizados, por tanto, en el movimiento paradojal que inaugura nuevas vías a la constitución psicosexual.»

Notas al pie:

* Artículo publicado en la Revista Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, (18), 1992.

[1] En 1982. Se han cumplido con creces los 9 años de espera que Freud, a partir de Horacio, recomienda como reserva para dar a luz una verdad conjeturada. Ver «Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos». O.C. Vol XIX, p. 267. Amorrortu, 1978.

[2] Como la definiera Lacan en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Ver Cap. XIV, “La pulsión parcial y su circuito”, Barral, 1977.

[3] Empleamos pulsación para referirnos a estos movimientos que Jean Laplanche ha desarrollado en su teoría de la seducción generalizada, y que dan cuenta de un modo específico y particular de constituir el ingreso en la sexualidad humana dando origen a la pulsión como residuo de las relaciones libidinales con el semejante.

[4] “Inhibición, síntoma y angustia”, en O.C., Vol. XX, p. 131. Amorrortu. 1978.

[5] “Sobre la sexualidad femenina”, 0.C., Vol. XXI, p. 227. Amorrortu. 1978

[6] “El yo y el ello”, en 0.C., Vol. XIX, pág. 34. Amorrortu. 1978.

[7] J. Laplanche, Problemáticas III. Castración, simbolizaciones. Amorrortu, 1978. Véase también “Reportaje a J. Laplanche”, en pág. 45 de la Revista Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, (18).

[8] El material clínico de un niño travestista al cual tuve acceso hace algún tiempo daba cuenta de ello. Dormía con la camiseta de su hermana mayor, sustituto materno que había ejercido estas funciones en los primeros tiempos de la vida, como modo de evitar una fragmentación psicótica a partir de su envoltura en un tegumento que garantizaba la protección de una piel en razón de que una falla en la constitución del yo narcisista no había permitido constituir ésta a nivel simbólico.

[9] G. Bonnet ha desarrollado al respecto, en su texto “La homosexualidad. A propósito do un caso de homosexualidad de origen traumático”, una línea de trabajo que consideramos abre perspectivas cercanas a la nuestra. En Trabajo del Psicoanálisis nº 9, Buenos Aires, 1988.

**Leído en:
https://www.elpsicoanalisis.org.ar/nota/paradojas-de-la-constitucion-sexual-masculina/

Silvia Bleichmar, psicoanalista, psicóloga y socióloga, intelectual y librepensadora argentina – es.wikipedia.org/wiki/Silvia_Bleichmar

(fragmento – vía Página/12/Psicología*)

“…las representaciones sociales propias de cada época y lugar ofrecen modelos de lo deseable y plasman, de ese modo, tanto las características del objeto anhelado, como del vínculo que aspiramos a construir con el mismo. El sentimiento amoroso es, en ese sentido, una construcción colectiva cuyas características han variado de modo notable a lo largo de la historia. 

En la Antigüedad grecolatina no se disimulaba esta condición autoerótica del amor sexual. Las mujeres eran uno de tantos objetos de deseo, y su función social principal era reproductiva. El amor espiritual, la Afrodita urania, tal como la denominaba Platón (380 AC /2015), se dirigía hacia seres que representaban un Yo anterior del hombre enamorado. Los efebos fueron objetos de amor narcisista; el varón adulto se amaba a sí mismo tal como había sido en el pasado, y a la vez, alentaba una esperanza hacia el futuro, donde transmitiría a un sucesor, a través de la pedagogía homosexual, los saberes necesarios para ejercer la condición ciudadana. La diferencia entre los sexos, que en la Modernidad pasó a ser considerada como el aval de la legitimidad amorosa, en el mundo antiguo, por el contrario, representaba las pasiones sensuales, desvalorizadas posiblemente, como reflejo de la depreciación profunda de la feminidad que caracterizó a esa cultura fuertemente androcéntrica y misógina.

La sexualidad heterosexual

El cristianismo constituyó a la sexualidad heterosexual reproductiva en la única modalidad tolerada de expresión erótica. La continuidad de la especie justificaba un placer sensual respecto del que el sujeto medieval se distanciaba con desconfianza.

Pasado el tiempo, durante un prolongado período el amor y el matrimonio marcharon por carriles separados. Las uniones matrimoniales que se concertaban en los sectores propietarios, constituyeron estrategias de linaje, tendientes a preservar e incrementar los patrimonios familiares. En los casos afortunados, la afinidad surgía durante el transcurso del vínculo, dando lugar a una amistad amorosa. El deseo, nómade por definición, circulaba en la clandestinidad del adulterio.

Con el auge de la burguesía, en el siglo XIX, fue surgiendo el amor romántico, un estilo de relación donde en apariencia, las consideraciones vinculadas con el patrimonio y el prestigio estaban ausentes. La pasión despertada en el otro atestiguaba acerca de la excelencia del sujeto y ser amado o amada se convirtió en una vía posible hacia la consagración narcisista. Si bien las mujeres amadas fueron objeto de idealización, el vínculo amoroso no era en esa época una relación entre pares. Los logros y desempeños bélicos, económicos y culturales han estado abiertos como posibilidades de consagración de la autoestima masculina. Obtener el amor de una mujer hermosa y, por eso mismo, codiciada, se inscribía en la lucha por prevalecer entre los pares que se entablaba al interior de la fratría viril. Para las mujeres, ser elegidas por un varón exitoso era el pase de entrada para su ubicación social en términos de status. Su destino y el de sus hijos dependían del establecimiento de su alianza conyugal.

Esta asimetría existente entre las posiciones sociales de los enamorados ha favorecido el desarrollo de actitudes de intensa dependencia emocional de las mujeres con respecto de sus compañeros. Freud (1918), en El tabú de la virginidad, no vaciló en afirmar que la horigkeit, una actitud de extrema subordinación al criterio del iniciador sexual, descrita por von Kraft Ebbing, era la base necesaria para la consolidación de la monogamia. Pese a haber traducido al alemán el texto de John Stuart Mill donde ese autor consideró la condición social femenina como algo semejante a la esclavitud, se opuso a que su esposa trabajara y en 1933 consideró a la relación existente entre la madre y su hijo varón como la única relación humana libre de ambivalencia. Esto se explicaba porque la madre, al ver impedidos los caminos para satisfacer sus ambiciones personales a través de sus propias realizaciones, debía delegar ese cometido en su hijo varón. El creador del psicoanálisis no pensó que esa autopostergación obligada pudiera estimular la ambivalencia emocional.

El amor heterosexual constituyó una poderosa herramienta cultural que colaboró en mistificar las relaciones de dominación de los varones sobre las mujeres, y por ese motivo se transformó en el objeto de los ataques feministas. El feminismo socialista, con su énfasis en las relaciones económicas, destacó el modo en que la mistificación amorosa ha servido a los fines de usufructuar el trabajo doméstico y maternal de las mujeres, sumiéndolas en una condición podría calificarse como proletarizada. Ya Engels (1884) había comparado la relación entre el marido y la mujer con la del patrón y el obrero.

El feminismo

El feminismo radical enfocó sus análisis en el modo en que la sexualidad, entendida como una práctica social, estaba diseñada con el propósito de la satisfacción masculina. Las mujeres de la Modernidad representaban los objetos de deseo por antonomasia, pero no fueron percibidas como sujetos deseantes. Su sexualidad estuvo enajenada al servicio de la sexualidad masculina. El doble código de moral sexual, descrito por Christian von Ehrenfels y retomado por Freud en 1908, ha establecido regulaciones antagónicas según el género, cuyas improntas, aunque cuestionadas, llegan hasta el día de hoy. En diversas épocas y lugares, el deseo y el amor han transcurrido entrelazados de modo inextricable con las relaciones de dominio y subordinación.

Aun el feminismo liberal, el más integrado en el sistema capitalista, hizo visible lo que Betty Friedan (1963), denominó como “el malestar que no tiene nombre”. De ese modo se ha referido al sufrimiento callado de las esposas y madres de familia de los sectores medios, recluidas en los hogares suburbanos durante las décadas entre los ’40 y ’60, mientras que sus maridos se desplazaban a los centros urbanos para desempeñarse como trabajadores en el mercado. El aislamiento respecto de la interacción social con adultos y, sobre todo, la ausencia de reconocimiento social para sus tareas, ubicaba a estas mujeres, las más integradas al sistema, en una condición de dependencia económica y de falta de estímulos para el desarrollo personal. De allí surgieron, por ejemplo, los grupos de concientización para amas de casa con depresión (Sáez Buenaventura, 1979).

De modo que hemos pasado de la idealización del sentimiento amoroso, considerado por la clave de la felicidad, sobre todo para las mujeres, a su impugnación desmistificadora. Hoy bailamos sobre las ruinas del edificio del amor romántico, que ha inspirado tantas creaciones literarias, y que ha sido constituido en la clave del proyecto vital de tantas mujeres.

Como ha expuesto Bela Grunberger (1977), los hombres no se tomaron muy en serio la idealización amorosa. Una vez superada la adolescencia, los afanes vitales masculinos se han destinado a los logros personales, a la prosecución de triunfos que los calificaran y ubicaran en buena posición al interior del colectivo viril. De modo que la ilusión amorosa, cultivada a través de la literatura y el cine, fue develada como una argucia patriarcal para garantizar el usufructo masculino de la sexualidad y de la capacidad reproductiva de las mujeres, asegurándose descendientes legítimos. Como lo expresó Luce Irigaray (1978), ella fue “poseída como medio de reproducción”.

De modo paralelo, las parejas normalizadas de la Modernidad Media coexistieron con distintas modalidades de deseo y de amor homosexual, una orientación que a partir del auge del cristianismo pasó a la clandestinidad, ya que en el régimen regulatorio que Paul Veyne (1984) ha denominado como de “heterosexualidad reproductiva”, la sexualidad debió ser justificada mediante un propósito productivista: la reproducción. Muchas hogueras medievales ardieron con los cuerpos martirizados de los homosexuales. De ahí la expresión coloquial de “faggots”, que alude a los varones gay y que originariamente se utilizó para denominar los haces de leña que alimentaron los fuegos inquisitoriales. No resulta extraño entonces, que el colectivo GLTTBIQ+1 haya liderado la cruzada antiamorosa. La amargura y el dolor por la falta de reconocimiento hacia su deseo motivó un afán de contribuir a la desidealización del amor heterosexual, que había sido erigido como el logro cumbre de la existencia humana.

Encuentro muy sensatos los reparos que ha expresado Judith Butler (2006), acerca del riesgo de asimilarse al modelo heterosexual moderno que implica la reivindicación del matrimonio homosexual. Dada la tendencia social que busca constituir un centro integrado, el cual necesariamente debe estar rodeado de una periferia abyecta, alertó hacia la constitución de una segregación que diferenciaría a los “buenos homosexuales”, monógamos, estables y madres o padres de familia, de los homosexuales marginados, o sea de los solitarios, los promiscuos, los swingers, en fin, aquellos que no se integran en la regulación hegemónica que establece el compromiso de propiedad recíproca de unas personas con respecto de otras, y que excluye a los terceros de las relaciones de intimidad amorosa.

No coincido en cambio con las posturas de Paul B. Preciado, ni las de su excompañera, Virginia Despentes, acerca de la sexualidad. La opción transexual de Preciado es parte de sus determinaciones biográficas, que han trazado un rumbo para su identidad y para la orientación de su deseo. De más está decir que considero a la manifestación de esos modos de ser y de amar como parte de los derechos humanos universales. Pero las propuestas políticas de estas autoras me parecen serios extravíos con respecto del feminismo, ante los cuales deseo alertar, o al menos, inducir a la reflexión.

La teoría King Kong

Despentes, en su Teoría King Kong (2012) expone su intimidad sin reparos, al igual que lo ha hecho Preciado (2014) en el Testo Yonqui. Realizo una lectura alternativa con respecto del relato desafiante con el que Despentes pretende dar racionalidad a su opción ocasional por el ejercicio de la prostitución. Expone su experiencia de haber padecido una violación grupal, minimizando los efectos de ese trauma, donde estuvo en riesgo de perder la vida. Indica a las jóvenes violadas, mediante la expresión “dust you off”, que se sacudan la tierra y sigan marchando, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, pienso que su opción por ejercer la prostitución, más allá de las fantasías jubilosas acerca de la sensación de poder que esa tarea le producía y de las racionalizaciones económicas, expresa el efecto traumático del ataque padecido.

La letalidad potencial de la masculinidad y la dimensión disciplinante de las agresiones grupales masculinas con respecto de las mujeres que circulan por el espacio público merece reflexiones y estrategias más elaboradas y menos patógenas.

En cuanto a Preciado, quien expone sus variadas prácticas sexuales, mi objeción no se refiere a sus modalidades eróticas, sino a su ideologización a través de una proclama que busca promover una cruzada de desnaturalización de la sexualidad humana, tal como expresó en su Manifiesto Contrasexual (2011). No se trata de hacer una encuesta de opinión acerca de las preferencias sexuales predominantes, sino de reivindicar, junto con el derecho de las minorías estadísticas a practicar su sexualidad como se les ocurra, la licitud de la sexualidad heterosexual promedio, que de ser idealizada y elevada a modelo de normalización, corre el riego de resultar demonizada y vilipendiada.

Si la exposición de sus deseos de dominación erótica y de degradación de su compañera sexual, a quien denomina como “mi puta”, constituye una estrategia deleuziana de intensificar las tendencias machistas y sadomasoquistas del sistema, con el fin de lograr su implosión, opino que se ha pasado de sutileza. Sus deseos de “ser el Amo, sin excusas” (2014), su idealización de la masculinidad, a la que expone como un estado privilegiado de potencia vital y dominio erótico constituyen un extravío, que según pienso, la aleja de modo definitivo del feminismo.

Sigo adhiriendo al ideal de relaciones afectivas, amorosas, que tengan lugar en un contexto de paridad, ya sea que se establezcan entre varones y mujeres, entre mujeres, entre varones, o en tríos de cualquier sexo. Ya que la sigla GLTTBIQ+1 ha incluido el más uno, para mantener la apertura, propongo agregar una H. Los heterosexuales queremos entrar.”

Irene Meler, doctora en Psicología. 

Leído en: pagina12.com.ar/240739-Acerca-del-amor. Una historia de las relaciones amorosas y un contrapunto con Paul Preciado – 09 de enero de 2020.


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