Planeta Freud

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1. Observaciones preliminares.

FreudEl caso clínico que nos disponemos exponer -aunque de nuevo tan sólo fragmentariamente- se caracteriza por toda una serie de particularidades que habremos de examinar previamente.

Trátase de un hombre joven que enfermó a los dieciocho años, inmediatamente después de una infección blenorrágica, y que al ser sometido, varios años después, al tratamiento psicoanalítico se mostraba totalmente incapacitado.

Durante los diez años anteriores a su enfermedad, su vida había sido aproximadamente normal y había llevado a cabo sus estudios de segunda enseñanza sin grandes trastornos. Pero su infancia había sido dominada por una grave perturbación neurótica que se inició en él, poco antes de cumplir los cuatro años, como una histeria de angustia (zoofobia), se transformó luego en una neurosis obsesiva de contenido religioso y alcanzó con sus ramificaciones hasta los diez años del sujeto.

En el presente ensayo nos ocuparemos tan sólo de esta neurosis infantil.

A pesar de haber sido expresamente autorizados por el paciente, hemos rehusado publicar el historial completo de su enfermedad, su tratamiento y su curación, considerándolo técnicamente irrealizable e inadmisible desde el punto de vista social.

Con ello desaparece también toda posibilidad de mostrar la conexión de su enfermedad infantil con su posterior dolencia definitiva, sobre la cual podemos sólo indicar que el sujeto pasó a causa de ella años enteros en sanatorios alemanes, en los cuales se calificó su estado de «locura maniaco-depresiva».

Este diagnóstico hubiera sido exacto aplicado al padre del paciente, cuya vida, intensamente activa, hubo de ser perturbada por repetidos accesos de grave depresión. Pero en el hijo no me fue posible observar, en varios años de tratamiento, cambio alguno de estado de ánimo que por su intensidad o las condiciones de su aparición pudiera justificarlo.

A mi juicio, este caso, como muchos otros diversamente diagnosticados por la Psiquiatría clínica, debe ser considerado como un estado consecutivo de una neurosis obsesiva llegada espontáneamente a una curación incompleta.

Mi exposición se referirá, pues, tan sólo a una neurosis infantil analizada no durante su curso, sino quince años después, circunstancia que tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

El análisis llevado a cabo en el sujeto neurótico infantil parecerá, desde luego, más digno de confianza, pero no puede ser muy rico en contenido. Hemos de prestar al niño demasiadas palabras y demasiados pensamientos, a pesar de lo cual no lograremos quizá que la conciencia penetre hasta los estratos psíquicos más profundos.

El análisis de una enfermedad infantil por medio del recuerdo que de ella conserva el sujeto adulto y maduro ya intelectualmente no presenta tales limitaciones, pero habremos de tener en cuenta la deformación y la rectificación que el propio pasado experimenta al ser contemplado desde años posteriores.

El primer caso proporciona quizá resultados más convenientes, pero el segundo es mucho más instructivo.

De todos modos, podemos afirmar que los análisis de neurosis infantiles integran un alto interés teórico. Contribuyen a la exacta comprensión de las neurosis de los adultos, tanto como los sueños infantiles a la interpretación de los sueños ulteriores.

Mas no porque sean más transparentes ni más pobres en elementos. La dificultad de infundirse en la vida anímica infantil hace que supongan una ardua tarea para el médico. Pero la falta de las estratificaciones posteriores permite que lo esencial de la neurosis se transparente sin dificultad.

La resistencia contra los resultados del psicoanálisis ha tomado actualmente una nueva forma. Hasta ahora nuestros adversarios se contentaban con negar la realidad de los hechos afirmados por el análisis, claro está que sin tomarse el trabajo de comprobarla.

Este procedimiento parece ahora irse agotando lentamente. Y es sustituido por el de reconocer los hechos, pero interpretándolos de manera que supriman las conclusiones que de ellos se deducen, eludiendo así una vez más las novedades contra las cuales se alza la resistencia. Pero el estudio de las neurosis infantiles prueba la inanidad de semejantes tentativas de interpretación tendenciosa.

Muestra la participación predominante de las fuerzas instintivas libidinosas, tan discutidas, en la estructuración de la neurosis y revela la ausencia de las remotas tendencias culturales, de las que nada sabe aún el niño y que, por tanto, nada pueden significar para él.

Otro rasgo que recomienda a nuestra atención el análisis que aquí vamos a exponer se relaciona con la gravedad de la dolencia y la duración de su tratamiento.

Los análisis que consiguen en breve plazo un desenlace favorable pueden ser muy halagüeños para el amor propio del terapeuta y demostrar a las claras la importancia terapéutica del psicoanálisis; pero, en cambio, no favorecen de ninguna manera el progreso de nuestros conocimientos científicos, pues nada nuevo nos enseñan.

Nos han llevado tan rápidamente a un resultado favorable porque ya sabíamos de antemano lo que era necesario hacer para alcanzarlo.

Sólo aquellos análisis que nos oponen dificultades especiales y cuya realización nos lleva mucho tiempo pueden enseñarnos algo nuevo. Unicamente en estos casos conseguimos descender a los estratos más profundos y primitivos de la evolución anímica y extraer de ellos la solución de los problemas que plantean las estructuras ulteriores.

Nos decimos entonces que sólo aquellos análisis que tan profundamente penetran merecen en rigor el nombre de tales.

Claro está que su único caso no nos instruye sobre todo lo que quisiéramos saber. O mejor dicho, podría instruirnos sobre todo ello si nos fuera posible aprehenderlo todo, sin que la limitación de nuestra propia percepción nos obligara a contentarnos con poco.

El presente caso no dejó nada que desear en cuanto a tales dificultades fructíferas. Los primeros años de tratamiento apenas consiguieron modificación alguna. Una afortunada constelación permitió, sin embargo, que todas las circunstancias externas hicieran posible la continuación de la tentativa terapéutica.

En circunstancias menos favorables hubiera sido necesario suspender el tratamiento al cabo de algún tiempo.

En cuanto a la actitud del médico, puedo sólo decir que en tales casos debe mantenerse tan ajeno al tiempo como lo es lo inconsciente y saber renunciar a todo efecto terapéutico inmediato si quiere descubrir y conseguir positivamente algo.

Asimismo, pocos casos exigen por parte del enfermo y de sus familiares tanta paciencia, docilidad, comprensión y confianza. Para el analista ha de decirse que los resultados conquistados después de tan largo trabajo en uno de estos casos habrán de permitirle abreviar esencialmente la duración de otro tratamiento ulterior de un caso análogamente grave y dominar así progresivamente, luego de haberse sometido a ella una vez, la indiferencia de lo inconsciente en cuanto al tiempo.

El paciente del cual nos disponemos a tratar permaneció durante mucho tiempo atrincherado en una actitud de indiferente docilidad.

Escuchaba y comprendía, pero no se interesaba por nada.

Su clara inteligencia se hallaba como secuestrada por las fuerzas instintivas que regían su conducta en la escasa vida exterior de que aún era capaz. Fue necesaria una larga educación para moverle a participar independientemente en la labor analítica, y cuando a consecuencia de este esfuerzo surgieron las primeras liberaciones desvió por completo su atención de la tarea para evitar nuevas modificaciones y mantenerse cómodamente en la situación creada.

Su temor a una existencia independiente y responsable era tan grande, que compensaba todas las molestias de su enfermedad.

Sólo encontramos un camino para dominarlo. Hube de esperar hasta que la ligazón a mi persona llegó a ser lo bastante intensa para compensarlo y entonces puse en juego este factor contra el otro.

Decidí, no sin calcular antes la oportunidad, que el tratamiento había de terminar dentro de un plazo determinado, cualquiera que fuese la fase a la que hubiera llegado.

Estaba decidido a observar estrictamente dicho plazo, y el paciente acabó por advertir la seriedad de mi propósito. Bajo la presión inexorable de semejante apremio cedieron su resistencia y su fijación a la enfermedad, y el análisis proporcionó entonces, en un plazo desproporcionadame breve, todo el material, que permitió la solución de sus inhibiciones y la supresión de sus síntomas.

De esta última época del análisis, en la cual desapareció temporalmente la resistencia y el enfermo producía la impresión de una lucidez que generalmente sólo se consigue en la hipnosis, proceden todas las aclaraciones que me permitieron llegar a la comprensión de su neurosis infantil.

De este modo, el curso del tratamiento ilustró el principio ha largo tiempo sentado por la técnica analítica de que la longitud del camino que el análisis haya de recorrer con el paciente y la magnitud del material que por este camino haya de ser dominado no significan gran cosa en comparación con la resistencia que haya de surgir durante tal labor, y sólo han de tenerse en cuenta en tanto son proporcionales a la misma.

Sucede en esto lo que ahora, en tiempo de guerra, cuando un ejército necesita semanas y meses enteros para avanzar una distancia que en tiempo de paz puede recorrerse en pocas horas de tren y que poco tiempo antes ha sido recorrido efectivamente por el ejército contrario en unos cuantos días.

Una tercera peculiaridad del análisis que aquí nos proponemos exponer ha dificultado también considerablemente mi decisión de publicarlo.

Sus resultados han coincidido con nuestros conocimientos anteriores o se han enlazado perfectamente a ellos. Pero algunos detalles me han parecido tan singulares e inverosímiles, que me han asaltado escrúpulos de exigir a otros su admisión.

En consecuencia, he invitado al paciente a someter a una severa crítica sus recuerdos; mas por su parte no encontró en ellos nada inverosímil. Los lectores pueden estar seguros por lo menos de que sólo expongo aquello que surgió ante mí como vivencia independiente y no influida por mi expectativa. Por tanto, sólo me queda remitirme a la sabia afirmación de que entre el Cielo y la Tierra hay muchas más cosas de las que nuestra filosofía supone. Quien supiera excluir más fundamentalmente aún sus propias convicciones descubriría seguramente más cosas.


2. Exposición general del ambiente del paciente y de la historia clínica.

No me es posible exponer el historial de mi paciente en forma puramente histórica ni tampoco en forma puramente pragmática; no puedo desarrollar exclusivamente una historia del tratamiento ni tampoco una historia de la enfermedad, sino que me veo obligado a combinar ambas entre sí. Como es sabido, no hemos hallado aún medio alguno de que la exposición de un análisis refleje y lleve al ánimo del lector la convicción de él resultante. Tampoco un acta detallada del curso de las sesiones del tratamiento resolvería tal problema, y, además, la técnica psicoanalítica excluye su redacción ante el enfermo.

En consecuencia no publicamos estos análisis para convencer a quienes hasta ahora se han mostrado opuestos a nuestras teorías, sino para procurar nuevos datos a aquellos investigadores a quienes una labor directa con los enfermos ha llevado ya a una convicción.

Empezaré por describir el ambiente en que el sujeto vivió de niño y comunicar aquella parte de su historia infantil que me fue dado averiguar desde un principio sin gran riesgo y que luego no logró en varios años complemento ni aclaración algunos.

Sus padres se habían casado jóvenes y fueron felices hasta que las enfermedades empezaron a ensombrecer su vida, pues la madre contrajo una afección abdominal, y el padre empezó a sufrir accesos de depresión que le obligaron a ausentarse del hogar familiar. La calidad psíquica de la dolencia paterna hizo que el sujeto no se diese cuenta de ella hasta mucho después.

En cambio, sí se le reveló en años muy tempranos el mal estado de salud de su madre, que le impedía ocuparse asiduamente de sus hijos. Un día, seguramente antes de cumplir los cuatro años, la oyó quejarse al médico de sus dolencias, y tan impresas se le quedaron sus palabras, que muchos años después las repitió literalmente, aplicándolas a sus propios trastornos. No era hijo único, pues tenía una hermana dos años mayor que él precozmente inteligente y perversa, que desempeñó un importantísimo papel en su vida.

Por su parte se hallaba encomendado a los cuidados de una niñera, mujer del pueblo, anciana ya y nada instruida, que le consagraba infatigable ternura, pues constituía para ella el sustituto de un hijo que había perdido en edad temprana. La familia vivía en una finca durante el invierno y pasaba en otra los veranos.

El día en que sus padres vendieron las dos fincas y se trasladaron a la ciudad cercana, a ambas dividió en dos períodos la infancia del sujeto. Durante el primero solían pasar largas temporadas con ellos, en alguna de las fincas, distintos parientes: los hermanos del padre, las hermanas de la madre, con sus hijos y los abuelos maternos. Durante el verano, sus padres solían ausentarse por unas cuantas semanas. Un recuerdo encubridor le mostraba al lado de su niñera contemplando cómo se alejaba el coche que conducía a sus padres y a su hermana y volviendo luego tranquilamente a casa cuando el carruaje se hubo perdido de vista.

En la época de este recuerdo debía de ser aún muy pequeño.

Al verano siguiente, sus padres dejaron también en casa a su hermana y tomaron una institutriz inglesa, a la que encomendaron la guarda de ambos niños.

En años posteriores sus familiares le relataron muchos detalles de su infancia , de los cuales ya recordaba él espontáneamente algunos, aunque no pudiera situarlos en fechas determinadas o relacionadas entre sí. Uno de estos recuerdos, repetidamente evocados por sus familiares con ocasión de su posterior enfermedad, nos da a conocer ya el problema, cuya solución habrá de ocuparnos.

Según él, el sujeto había sido al principio un niño apacible y dócil, hasta el punto de que los suyos se decían que él había debido ser la niña y su hermana mayor el niño. Pero al regresar sus padres de una de sus excursiones veraniegas le hallaron completamente cambiado.

Se mostraba descontento, excitable y rabioso; todo le irritaba, y en tales casos gritaba y pateaba salvajemente.

Ello sucedió en aquél mismo verano en que los niños quedaron confiados a la institutriz inglesa, la cual demostró ser una mujer arbitraria e insoportable y aficionada, además, a la bebida.

En consecuencia, la madre se inclinó a atribuir a su influjo la alteración del carácter de su hijo, suponiendo que la forma en que le había tratado era la causa de su excitación. La abuela materna, que había pasado el verano con los niños, opinó, en cambio, con mayor clarividencia, que la irritabilidad de su nieto había sido provocada por la discordia surgida entre la inglesa y la niñera, pues la institutriz había insultado varias veces a la anciana criada, llamándola bruja, y la había echado repetidamente de la habitación donde los niños estaban.

En estas escenas el niño se había puesto siempre al lado de su amada chacha y había mostrado su odio a la institutriz.

En consecuencia, la inglesa fue despedida a poco de volver los padres; pero su desaparición no modificó ya la excitación del niño.

El paciente conserva el recuerdo de esta ingrata época.

Afirma que el primero de aquellos accesos de cólera surgió en él por no haber recibido dobles regalos el día de Nochebuena, que era al mismo tiempo su cumpleaños.

Sus exigencias y su insoportable susceptibilidad no perdonaba siquiera a su chacha, a la que quizá atormentaba más que a nadie. Pero esta fase de alteración de su carácter aparece indisolublemente enlazada en sus recuerdos con muchos otros fenómenos singulares y morbosos que no acierta a ordenar cronológicamente.

De este modo confunde todos los hechos a continuación expuestos, que no pudieron ser simultáneos y resultan, además, contradictorios en un solo y único período: el de «cuando todavía estaba en la primera finca», de la cual salieron, según cree, poco después de cumplir él los cinco años. Relata así haber padecido por entonces intensos miedos, que su hermana aprovechaba para atormentarle.

Había en la casa un libro de estampas, una de las cuales representaba a un lobo andando en dos pies. Cuando el niño veía aquella estampa, comenzaba a gritar, enloquecido por el miedo de que el lobo se fuese a él y le comiese, y la hermana sabía arreglárselas de modo que la encontrase a cada paso, gozándose en su terror.

También otros animales grandes y pequeños le daban miedo. Una vez corría detrás de una mariposa amarilla, intentando cogerla (indudablemente se trataba de una ‘Schwalbenschwanz’), cuando, de repente, le invadió un intenso miedo a aquel animal y se echó a llorar, abandonando su persecución.

También los escarabajos y las orugas le daban miedo y asco. Pero recordaba al mismo tiempo que algunas veces se gozaba en atormentarlos, cortándolos en pedazos. Los caballos le inspiraban igualmente cierto temor. Cuando veía pegar a alguno de estos animales, gritaba temeroso, y en una ocasión tuvieron que sacarle del circo por este mismo motivo. Pero otras veces le era grato imaginar que él mismo pegaba a un caballo.

Su memoria de tales hechos no era lo bastante precisa para permitirle discernir si estas modalidades contradictorias de su conducta para con los animales fueron realmente simultáneas o se sustituyeron sucesivamente unas por otras y en qué orden.

No podía tampoco decir si este período de excitación fue sustituido por una fase de enfermedad o se prolongó a través de esta última. De todos modos, las confesiones que siguen justifican la hipótesis de que en aquellos años padeciera una evidente neurosis obsesiva. Contaba, en efecto, que durante un largo período se había mostrado extraordinariament piadoso.

Antes de dormirse tenía que rezar largo rato y santiguarse numerosas veces, y muchas noches daba la vuelta a la alcoba con una silla, en la que se subía para besar devotamente todas las estampas religiosas que colgaban de las paredes. Con este piadoso ceremonial no armonizaba en absoluto -o quizá armonizaba muy bien- otro recuerdo referente a la misma época, según el cual se complacía muchas veces en pensamientos blasfemos que surgían en su imaginación como inspirados por el demonio.

Así, cuando pensaba en Dios asociaba automáticamente a tal concepto las palabras cochino o basura.

En el curso de un viaje a un balneario alemán se vio atormentado por la obsesión de pensar en la Santísima Trinidad cada vez que veía en el camino tres montones de estiércol de caballo o de otra basura cualquiera. Por entonces llevaba también a cabo un singular ceremonial cuando veía gente que le inspiraba compasión: mendigos, inválidos y ancianos.

En tales ocasiones tenía que espirar ruidosamente el aire aspirado, con lo cual creía conjurar la posibilidad de verse un día como ellos, o, en otras circunstancias, retener durante el mayor tiempo posible el aliento.

Naturalmente, me incliné a suponer que estos síntomas, claramente correspondientes a una neurosis obsesiva, pertenecían a un período y a un grado evolutivo posteriores al miedo y las crueldades contra los animales. Los años posteriores del paciente se caracterizaron por una profunda alteración de sus relaciones afectivas con su padre, al que, después de repetidos accesos de depresión, le era imposible ocultar los aspectos patológicos de su carácter.

En los primeros años de su infancia tales relaciones habían sido, en cambio, extraordinariament cariñosas, y así lo recordaba claramente el niño.

El padre le quería mucho y gustaba de jugar con él, que por su parte se sentía orgulloso de su progenitor y manifestaba su deseo de llegar a ser algún día «un señor como su papá». La chacha le había dicho que su hermana era sólo de su madre, y, en cambio, él sólo de su padre, revelación que le llenó de contento. Pero al término de su infancia los lazos afectivos que a su padre le unían desaparecieron casi por completo, pues le irritaba y le entristecía verle preferir claramente a su hermana.

Posteriormente, su relación filial quedó regida por el miedo al padre como factor dominante.

Hacia los ocho años desaparecieron todos los fenómenos que el paciente integraba en aquella fase de su vida, que se inició con la alteración de su carácter. No desaparecieron bruscamente, sino que fueron espaciándose cada vez más, hasta desvanecerse por completo, proceso que el sujeto atribuye a la influencia de los maestros y tutores que sustituyeron a su servidumbre femenina.

Vemos, pues, que los problemas cuya solución se plantea en este caso al análisis son, a grandes trazos, los de descubrir de dónde provino la súbita alteración del carácter del niño, qué significación tuvieron su fobia y sus perversidades, cómo llegó a su religiosidad obsesiva y cuál es la relación que enlaza a todos estos fenómenos.

Recordaré de nuevo que nuestra labor terapéutica se refería directamente a una posterior enfermedad neurótica reciente y que sólo era posible obtener algún dato sobre aquellos problemas anteriores cuando el curso del análisis nos distraía por algún tiempo del presente, obligándonos a dar un rodeo a través de la historia infantil del sujeto.


3. La seducción y sus consecuencias inmediatas.

Nuestras primeras sospechas se orientaron, como era natural, hacia la institutriz inglesa, durante cuya estancia en la finca había surgido la alteración del carácter del niño.

El sujeto comunicó dos recuerdos encubridores, incomprensibles en sí, que a ella se referían. Tales recuerdos eran los siguientes: En una ocasión en que la institutriz los precedía se había vuelto hacia ellos y les había dicho: «Mirad mi colita.» Y otra vez, yendo en coche, el viento le había arrebatado el sombrero para máximo regocijo de los dos hermanos.

Ambos recuerdos aludían al complejo de la castración y permitían arriesgar la hipótesis de que una amenaza dirigida por la institutriz al niño hubiera contribuido considerablemente a la génesis de su posterior conducta anormal. No es nada peligroso comunicar tales construcciones a los analizados, pues aunque sean erróneas no perjudican en nada el análisis, y claro está que sólo las comunicamos cuando integran una posibilidad de aproximación a la realidad.

Efecto inmediato de la comunicación de esta hipótesis fueron unos cuantos sueños, cuya interpretación total no logramos alcanzar, pero que parecían desarrollarse todos en derredor del mismo contenido.

Tratábase en ellos, en cuanto era posible comprenderlos, de actos agresivos del niño contra su hermana o contra la institutriz y de enérgicos regaños y castigos recibidos a consecuencia de tales agresiones.

Como si hubiera querido… , después del baño… , desnudar a su hermana… , quitarle las envolturas… , o los velos… , o algo semejante.

No nos fue posible desentrañar con seguridad el contenido de estos sueños; pero la impresión de que en ellos era elaborado siempre el mismo material en formas distintas nos reveló la verdadera condición de las supuestas reminiscencias en ellos integradas.

No podía tratarse más que de fantasías imaginadas por el sujeto sobre su infancia probablemente durante la pubertad, y que ahora habían vuelto a aparecer en forma difícilmente reconocible.

Su significación se nos reveló luego, de una sola vez, cuando el paciente recordó de pronto que, «siendo todavía muy pequeño y hallándose aún en la primera finca», su hermana le había inducido a realizar actos de carácter sexual.

Surgió primero el recuerdo de que al hallarse juntos en el retrete le invitaba a mostrarse recíprocamente el trasero, haciéndolo ella la primera, y poco después apareció ya la escena esencial de seducción con todos sus detalles de tiempo y lugar.

Era en primavera y durante una ausencia del padre. Los niños jugaban, en el suelo, en una habitación contigua a la de su madre. La hermana le había cogido entonces el miembro y había jugueteado con él mientras le contaba, como para justificar su conducta, que la chacha hacía aquello mismo con todo el mundo; por ejemplo, con el jardinero, al que colocaba cabeza abajo y le cogía luego los genitales.

Tales hechos nos facilitan la comprensión de las fantasías antes deducidas.

Estaban destinadas a borrar de la memoria del sujeto un suceso que más tarde hubo de parecer ingrato a su amor propio masculino y alcanzaron tal fin, sustituyendo la verdad histórica por un deseo antitético.

Conforme a tales fantasías, no había desempeñado él con su hermana el papel pasivo, sino que, por el contrario, se había mostrado agresivo queriendo ver desnuda a su hermana, y siendo rechazado y castigado, lo cual había provocado en el aquellos accesos de cólera de los que tanto hablaba la tradición familiar.

Resulta también muy adecuado entretejer en estas fantasías a la institutriz, a la cual había sido atribuida por la madre y la abuela la culpa principal de sus accesos de cólera. Tales fantasías correspondían, pues, exactamente a aquellas leyendas con las cuales una nación ulteriormente grande y orgullosa intenta encubrir la mezquindad de sus principios.

En realidad, la institutriz no podía haber tenido en la seducción y en sus consecuencias más que una participación muy remota. Las escenas con la hermana se desarrollaron durante la primavera inmediatamente anterior al verano, durante el cual quedaron encomendados los niños a los cuidados de la inglesa. La hostilidad del niño contra la institutriz surgió más bien de otro modo.

Al insultar a la niñera llamándola bruja, la institutriz quedó equiparada, en el ánimo del sujeto, a su propia hermana, que había sido la primera en contarle de su querida chacha cosas monstruosas e increíbles, y tal equiparación le permitió exteriorizar contra la inglesa la hostilidad que, según veremos luego, se había desarrollado en él contra su hermana a consecuencia de la seducción.

Interrumpiré ahora, por breve espacio, la historia infantil de mi paciente para examinar la personalidad de su hermana, su evolución y sus destinos ulteriores y la influencia que sobre él ejerció. Le llevaba dos años y le precedió siempre en el curso del desarrollo intelectual. Después de una niñez indómita y marcadamente masculina, su inteligencia realizó rápidos y brillantes progresos, distinguiéndose por su penetración y su precisa visión de la realidad. Durante sus estudios mostró predilección por las ciencias naturales; pero componía también poesías que el padre juzgaba excelentes.

Muy superior en inteligencia a sus numerosos pretendientes, solía burlarse de ellos y nunca llegó a tomar en serio a alguno. Pero recién cumplidos los veinte años comenzó a dar signos de depresión, lamentándose de no ser suficientemente bonita, y acabó eludiendo por completo el trato social.

A su vuelta de un viaje en compañía de una señora amiga de la familia, contó cosas absolutamente inverosímiles, tales como la de haber sido maltratada por su acompañante; pero, sin embargo, permaneció afectivamente fijada a ella. Poco después, en un segundo viaje se envenenó y murió lejos de su casa. Probablemente su afección correspondía al comienzo de una demencia precoz.

Vemos en ella un testimonio de la evidente herencia neuropática de la familia y no ciertamente el único. Un tío suyo, hermano de su padre murió después de largos años de una vida extravagante, de cuyos detalles podía deducirse que padecía una grave neurosis obsesiva. Y muchos parientes colaterales suyos mostraron y muestran trastornos nerviosos menos graves.

Para nuestro paciente, su hermana fue durante toda su infancia -dejando aparte el hecho de la iniciación sexual- una peligrosa competidora en la estimación de sus padres, y su superioridad, implacablemente ostentada, le agobió de continuo con su peso. La envidiaba, sobre todo, la admiración que su padre mostraba ante su gran capacidad, en tanto que él, intelectualmente cohibido por su neurosis obsesiva, tenía que contentarse con una estimación mucho más tibia.

A partir de sus catorce años comenzaron a mejorar las relaciones de ambos hermanos, pues su análoga disposición espiritual y su común oposición contra los padres acabaron por establecer entre ellos una afectuosa camaradería.

En la tormentosa excitación sexual de su pubertad, el sujeto intentó aproximarse físicamente a su hermana, y cuando ésta le hubo rechazado con tanta decisión como habilidad, se volvió en el acto hacia una muchachita campesina que servía en la casa y llevaba el mismo nombre que su hermana. Con ello dio un paso decisivo para su elección heterosexual de objeto, pues todas las muchachas de las que posteriormente hubo de enamorarse, con evidentes indicios de obsesión muchas veces, fueron igualmente criadas, cuya ilustración e inteligencia habían de ser muy inferiores a la suya.

Ahora bien: si todos estos objetos eróticos eran sustitutivos de su hermana, no conseguida, habremos de reconocer como factor decisivo de su elección de objeto una tendencia a rebajar a su hermana y a suprimir aquella superioridad intelectual suya, que tanto le había atormentado en un período de su vida.

A motivos de este género, nacidos de la voluntad de poderío del instinto de afirmación del individuo, ha subordinado también Alfredo Adler, como todo lo demás, la conducta sexual de los hombres.

Sin llegar a negar la importancia de tales motivos de poderío y privilegio, no he logrado tampoco convencerme jamás de que pueden desempeñar el papel dominante y exclusivo que les es atribuido.

Si no hubiera llevado hasta el fin el análisis de mi paciente, la observación de este caso me hubiera obligado a rectificar tales prejuicios en el sentido propugnado por Adler.

Por el término de este análisis trajo consigo, inesperadamente nuevo material, del cual resultó nuevamente que los motivos de poderío (en nuestro caso la tendencia al rebajamiento) sólo habían determinado la elección de objeto en el sentido de una aportación y una racionalización, en tanto que la determinación auténtica y más profunda me permitió mantener mis convicciones anteriores.

El paciente manifestó que al recibir la noticia de la muerte de su hermana no había experimentado el menor dolor. Imponiéndose signos exteriores de duelo se regocijaba fríamente en su interior de haber llegado a ser el único heredero de la fortuna familiar. Por esta época llevaba ya varios años enfermo de su reciente neurosis. Pero confieso que este dato me hizo vacilar durante mucho tiempo en el diagnóstico del caso.

Era de esperar, desde luego, que el dolor producido por la pérdida de la persona más querida de su familia quedase inhibido en su exteriorización por el efecto continuado de los celos que aquélla le inspiraba y por la intervención de su enamoramiento incestuoso, reprimido e inconsciente.

Pero no me resignaba a renunciar al hallazgo de un sustitutivo de la explosión de dolor inhibida. Por fin lo hallamos en una manifestación afectiva que el sujeto no había logrado explicar.

Pocos meses después de la muerte de su hermana hizo él un viaje a la ciudad donde la misma había muerto, buscó en el cementerio la tumba de un gran poeta que por entonces encarnaba su ideal y vertió sobre ella amargas lágrimas.

A él mismo le extrañó y le desconcertó tal reacción, pues sabía que desde la muerte de aquel poeta por él venerado había transcurrido ya más de un siglo y solo la comprendió al recordar que el padre solía comparar las poesías de la hermana muerta con las de aquel gran poeta. Un error cometido por el sujeto en sus comunicaciones posteriores me facilitó ahora la interpretación de aquel acto piadoso aparentemente dedicado al poeta. Había manifestado, en efecto, varias veces que su hermana se había pegado un tiro, y tuvo luego que rectificar diciendo ser más cierto que se había envenenado.

Ahora bien: el poeta llorado había muerto en un desafío a pistola. [Pushkin, según Strachey].

Vuelvo ahora a la historia del hermano, que a partir de aquí habré de exponer en forma más pragmática. Pudimos fijar con precisión que la edad del sujeto cuando su hermana comenzó su iniciación sexual, era la de tres años y tres meses.

Las escenas descritas se desarrollaron, como ya hemos dicho, en la primavera de aquel mismo año en que los padres, al regresar en otoño de su viaje veraniego encontraron al niño completamente transformado. Habremos, pues, de inclinarnos a relacionar dicha transformación con el despertar de su actividad sexual, acaecida en el intervalo.

¿Cómo reaccionó el niño a la seducción de su hermana mayor? Con una decidida repulsa, como ya sabemos; pero tal repulsa se refería tan sólo a la persona y no a la cosa. La hermana no le era grata como objeto sexual, probablemente porque su actitud ante ella se encontraba ya determinada en un sentido hostil por su competencia en el cariño de los padres.

Eludió, pues, sus tentativas de aproximación sexual, que no tardaron así en cesar por completo. Pero, en cambio, trató de sustituir la persona de su hermana por otra más querida, y las revelaciones de aquélla, que había intentado justificar su proceder con el supuesto ejemplo de la chacha, orientaron su elección hacia esta última.

En consecuencia, comenzó a juguetear con su miembro ante la chacha, conducta en la que hemos de ver una tentativa de seducción, como en la mayor parte de aquellos casos en los que los niños no ocultan el onanismo. Pero la chacha le defraudó, poniendo cara seria y declarando que aquello no estaba bien y que a los niños que lo hacían se les quedaba en aquel sitio una «herida».

Los efectos de esta revelación, equivalente a una amenaza de castración, actuaron en muchas direcciones, en las cuales habremos de seguir sus huellas.

En primer lugar, su cariño por la chacha experimentó con ello un rudo golpe.

En el momento mismo de su desilusión no pareció enfadado con ella; pero más tarde, cuando empezaron sus accesos de cólera, se demostró que le guardaba rencor.

Ahora bien: uno de los rasgos característicos de su conducta consistía en que antes de abandonar una localización de su libido, imposible de sostener por más tiempo, la defendía siempre tenazmente, y así, cuando surgió en escena la institutriz e insultó a la chacha, echándola del cuarto y queriendo destruir su autoridad, el sujeto exageró su cariño a la insultada y mostró su desvío y su enfado contra la inglesa. Pero, de todos modos, comenzó a buscar secretamente otro objeto sexual. La seducción le había dado el fin sexual pasivo de que le tocaran los genitales.

Más adelante veremos de quién quería él conseguirlo y qué caminos le condujeron a tal elección.

Como era de esperar, sus primeras excitaciones sexuales iniciaron su investigación sexual, y no tardó en planteársele el problema de la castración. Por esta época pudo observar a dos niñas, su hermana y una amiguita suya, mientras estaban orinando.

Su penetración natural hubiera debido hacerle deducir de esta percepción visual el verdadero estado de cosas; pero, en lugar de ello, se condujo en aquella forma que ya nos es conocida por el análisis de otros niños. Rechazó la idea de que tal percepción confirmaba las palabras de la chacha en cuanto a la «herida» y se la explicó diciéndole que aquello era «el trasero de delante» de las niñas. Pero tal explicación no bastó para alejar de su pensamiento el tema de la castración.

En consecuencia, continuó extrayendo de cuanto oía y veía alusiones a dicho tema; por ejemplo, cuando la institutriz, muy dada a fantasías terroríficas, le dijo que unas barritas de caramelo eran pedazos del cuerpo de una serpiente, hecho que le recordó un relato de su padre, según el cual, habiendo encontrado una culebra en un paseo por el campo, la había matado cortándola en pedazos con su bastón; o cuando le leyeron el cuento del lobo que quiso pescar peces en invierno utilizando la cola como cebo, hasta que se le heló y se le cayó al agua.

Así, pues, daba vueltas en su pensamiento al tema de la castración, pero no creía aún en la posibilidad de ser víctima de ella, y, por tanto, no le inspiraba miedo. Los cuentos que en esta época llegó a conocer le plantearon otros problemas sexuales.

En la Caperucita Roja y en El lobo y las siete cabritas, los niños o las cabritas eran extraídos del vientre del lobo.

Consiguientemente, o el lobo pertenecía al sexo femenino o también los varones podían albergar niños en el vientre.

Este problema no llegó a obtener solución por aquella época.

Además, durante el período de esta investigación sexual, el lobo no le inspiraba aún miedo. Una de las comunicaciones del paciente nos facilita la comprensión de la alteración de su carácter surgida durante la ausencia de sus padres y remotamente enlazada con la seducción. Cuenta que después de la repulsa y la amenaza de la chacha abandonó muy pronto el onanismo. La vida sexual iniciada bajo la dirección de la zona genital había, pues, sucumbido a una inhibición exterior, cuya influencia la retrotrajo a una fase anterior correspondiente a la organización pregenital.

A consecuencia de esta supresión del onanismo, la vida sexual del niño tomó un carácter sádico-anal, y el infantil sujeto se hizo irritable, insoportable y cruel, satisfaciéndose en tal forma con los animales y las personas.

Su objeto principal fue su amada chacha, a la que sabía atormentar hasta hacerla llorar, vengándose así de la repulsa recibida y satisfaciendo simultáneamente sus impulsos sexuales en la forma correspondiente a la fase regresiva.

Comenzó a hacer objeto de crueldades a animales pequeños, cazando moscas para arrancarles las alas y pisoteando a los escarabajos, y se complacía en la idea de maltratar también a animales más grandes; por ejemplo, a los caballos. Tratábase, pues, de actividades plenamente sádicas de signo positivo.

Más tarde hablaremos de los impulsos anales correspondientes a esta época.

Facilitó grandemente el análisis el hecho de que en la memoria del paciente apareciera también el recuerdo de ciertas fantasías correspondientes a la misma época, pero de un género totalmente distinto, en las que se trataba de niños que eran objeto de malos tratos, consistentes principalmente en golpearles el pene.

La personalidad de tales objetos anónimos quedó aclarada por otra fantasía en la que el heredero del trono era encerrado en un calabozo y fustigado.

El heredero del trono era, evidentemente, el sujeto mismo. Resultaba, pues, que en tales fantasías el sadismo primario de nuestro paciente se había vuelto contra su propia persona, transformándose en masoquismo.

El detalle de que los golpes recayeran preferentemente sobre el miembro viril nos permite concluir que en tal transformación intervino ya una conciencia de culpabilidad relacionada con el onanismo.

El análisis no dejó lugar alguno a dudas en cuanto a que tales tendencias pasivas hubieran de aparecer al mismo tiempo que las activas sádicas o inmediatamente después de ellas.

Así corresponde la ambivalencia del enfermo, extraordinariament clara, intensa y persistente, que se exteriorizó aquí por vez primera en el desarrollo idéntico de los pares de instintos parciales antitéticos.

Tal circunstancia continuó luego siendo característica en el sujeto; tan característica como la anteriormente mencionada de que en realidad ninguna de las posiciones de su libido desaparecía nunca por completo, al surgir otras distintas, sino que subsistía junto a ellas, permitiéndole una continua oscilación que se demostró inconciliable con la adquisición de un carácter fijo.

Las tendencias masoquistas del sujeto nos conducen a un punto distinto cuya solución hemos omitido hasta ahora, ya que sólo el análisis de la fase inmediatamente ulterior nos lo descubre con plena certeza.

Dijimos que, después de ser rechazado por la chacha, el sujeto desligó de ella sus esperanzas libidinosas y eligió otra persona como objeto sexual. Pues bien: tal persona fue la de su padre, ausente por entonces.

A esta elección fue seguramente llevado por una coincidencia de distintos factores, casuales muchos de ellos, como el recuerdo del encuentro con la serpiente, a la que había partido en pedazos. Pero, ante todo renovaba con ella su primera y más primitiva elección de objeto, llevada a cabo correlativamente al narcisismo del niño pequeño, por el camino de la identificación. Hemos oído ya que el padre había sido su ideal y que, al preguntarle lo que quería ser, acostumbraba responder que un señor como su papá.

Este objeto de identificación de su tendencia activa pasó a ser, en la fase sádico-anal el objeto sexual de una tendencia pasiva.

Parece como si la seducción de que su hermana le había hecho objeto le hubiera impuesto el papel pasivo y le hubiera dado un fin sexual pasivo.

Bajo la influencia continuada de este suceso, recorrió luego el camino desde la hermana y pasando por la chacha hasta el padre, o sea desde la actitud pasiva con respecto a la mujer hasta la actitud pasiva con respecto al hombre, hallando, además, en él un enlace con su fase evolutiva espontánea anterior.

El padre volvió así a ser su objeto; la identificación quedó sustituida, como correspondía a un estadio superior de la evolución, por la elección de objeto, y la transformación de la actitud activa en una actitud pasiva fue el resultado y el signo de la seducción acaecida en el intervalo: en la fase sádica no le habría sido, naturalmente, tan fácil llegar a una actitud activa con respecto al padre prepotente.

Cuando el padre regresó a finales de verano o principios de otoño, los accesos de cólera del niño hallaron una nueva finalidad. Contra la chacha habían servido para fines sádicos activos; contra el padre perseguían propósitos masoquistas.

Exteriorizando su maldad, obligaba al padre a castigarle y pegarle, esto es, a procurarle la deseada satisfacción sexual masoquista.

Así, pues, sus accesos de cólera no eran sino tentativas de seducción. Correlativamente a la motivación del masoquismo, hallaba también en tales castigos la satisfacción de su sentimiento de culpabilidad. Recuerdo cómo en uno de tales accesos de cólera redobló sus gritos al ver acercarse a su padre. Pero el padre no le pegó, sino que intento apaciguarle, jugando a la pelota con la almohada de su camita. No sé con cuánta frecuencia tendrían sus padres ocasión de recordar esta relación típica ante la inexplicable conducta del niño.

El niño que se conduce tan indómitamente confiesa con toda evidencia que desea atraerse un castigo. Busca simultáneamente en la corrección el apaciguamiento de su conciencia de culpabilidad y la satisfacción de sus tendencias sexuales masoquistas. La posterior aclaración de nuestro caso la debemos a la precisa aparición del recuerdo de que todos los síntomas de angustia y miedo se agregaron a la alteración del carácter justamente después de un cierto suceso.

Antes del mismo el sujeto no había sentido nunca miedo, y sólo después de él comenzó ya a atormentarle. Fue posible fijar exactamente la fecha de ese cambio en los días inmediatamente anteriores a aquel en que cumplió los cuatro años.

La época infantil de la que hemos de ocuparnos queda así dividida, por este punto de referencia, en dos fases: un primer período de maldad y perversidad, desde la seducción, acaecida cuando el niño tenía tres años y tres meses, hasta su cuarto cumpleaños, y otro, sucesivo y más prolongado, en el que predominan los signos de la neurosis.

Y el suceso que nos permite llevar a cabo esta división no es un trauma exterior, sino un sueño del que el sujeto despertó presa de angustia.


4. El sueño y la escena primordial.

Ya he publicado este sueño en otro lugar (‘Sueños con temas de cuentos infantiles’, 1913), en relación a la cantidad de material en el derivado de cuentos infantiles.

Comenzaré repitiendo lo que escribí en esa ocasión:

«Soñé que era de noche y estaba acostado en mi cama (mi cama tenía los pies hacia la ventana, a través de la cual se veía una hilera de viejos nogales.

Sé que cuando tuve este sueño era una noche de invierno). De pronto, se abre sola la ventana, y veo, con gran sobresalto, que en las ramas del grueso nogal que se alza ante la ventana hay encaramados unos cuantos lobos blancos.

Eran seis o siete, totalmente blancos, y parecían más bien zorros o perros de ganado, pues tenían grandes colas como los zorros y enderezaban las orejas como los perros cuando ventean algo. Presa de horrible miedo, sin duda de ser comido por los lobos, empecé a gritar…. y desperté.

Mi niñera acudió para ver lo que me pasaba, y tardé largo rato en convencerme de que sólo había sido un sueño: tan clara y precisamente había visto abrirse la ventana y a los lobos posados en el árbol. Por fin me tranquilicé sintiéndome como salvado de un peligro, y volví a dormirme.

El único movimiento del sueño fue el de abrirse la ventana, pues los lobos permanecieron quietos en las ramas del árbol, a derecha e izquierda del tronco, y mirándome. Parecía como si toda su atención estuviera fija en mí. Creo que fue éste mi primer sueño de angustia. Tendría por entonces tres o cuatro años, cinco a lo más. Desde esta noche hasta mis once o doce años tuve siempre miedo de ver algo terrible en sueños.»

El sujeto dibujó la imagen de su sueño tal y como la había descrito.

El análisis nos procuró el material siguiente:

El sujeto ha relacionado siempre este sueño con su recuerdo de que en aquellos años de su infancia le inspiraba intenso miedo una estampa de un libro de cuentos en la que se veía un lobo.

Su hermana, mayor que él y de inteligencia mucho más desarrollada, se gozaba en hacerle encontrar a cada paso, y cuando menos lo esperaba, aquella estampa, ante la cual empezaba a llorar y gritar, presa de intenso miedo. La estampa representaba un lobo andando en dos pies, con las garras extendidas hacia adelante y enderezadas las orejas. Cree recordar que correspondía al cuento de la Caperucita Roja.

¿Por qué eran blancos los lobos de su sueño? Este detalle le hace pensar en los grandes rebaños de ovejas que pastaban en los prados cercanos a la finca.

Su padre le llevaba algunas veces consigo cuando iba a visitar dichos rebaños favor que el pequeño sujeto agradecía encantado y orgulloso.

Más tarde -según los informes obtenidos, pudo ser poco tiempo antes del sueño- estalló entre las ovejas una mortal epizootia.

El padre hizo venir a un discípulo de Pasteur, que vacunó a los animales; pero éstos siguieron sucumbiendo a la enfermedad, a pesar de la vacuna y en mayor número aún que antes de la misma.

¿Cómo aparecen los lobos subidos en el árbol? Con esta idea asocia el sujeto un cuento que había oído contar a su abuelo. No recuerda si fue antes o después de su sueño; pero el contenido del relato testimonia claramente en favor de lo primero. Tal cuento fue el siguiente: un sastre estaba trabajando en su cuarto, cuando se abrió de pronto la ventana y entró por ella un lobo.

El sastre le golpeó con la vara de medir… O mejor dicho -rectifica en el acto el paciente-, le cogió por la cola y se la arrancó de un tirón, logrando así que el lobo huyese asustado. Días después, cuando el sastre paseaba por el bosque, vio venir hacia él una manada de lobos y tuvo que subirse a un árbol para librarse de ellos.

Los lobos se quedaron al principio sin saber qué hacer; pero aquel a quien el sastre había arrancado la cola, deseoso de vengarse de él, propuso a los demás que se subieran unos encima de otros hasta que el último alcanzase al sitiado, ofreciéndose él mismo a servir de base y de sostén a los demás.

Los lobos siguieron su consejo; pero el sastre, que había reconocido a su mutilado visitante, gritó de pronto: «¡Cogedle de la cola!», y el lobo rabón se asustó tanto al recuerdo de su desgraciada aventura, que echó a correr e hizo caer a los demás.

Este cuento integra el antecedente del árbol en el cual aparecen encaramados los lobos en el sueño. Pero también contiene una alusión inequívoca al complejo de la castración.

El sastre mutiló al viejo lobo arrancándole la cola. Las largas colas de zorro que los lobos ostentan en el sueño son seguramente compensaciones de tal mutilación. ¿Por qué son seis o siete los lobos? El paciente pareció no poder responder a esta interrogación hasta que yo puse en duda que la estampa que le daba miedo pudiera corresponder al cuento de la Caperucita Roja.

Este cuento no da, en efecto, ocasión más que a dos ilustraciones correspondientes, respectivamente, al encuentro de la Caperucita con el lobo en el bosque y a la escena en la que el lobo aparece acostado y con la cofia de la abuela puesta. Detrás del recuerdo de aquella estampa debía, pues, de ocultarse otro cuento.

Así orientado, el sujeto no tardó en hallar que tal cuento sólo podía ser el del lobo y las siete cabritas.

En él aparece el número siete, pero también el seis, pues el lobo devora tan sólo a seis cabritas, ya que la séptima se esconde en la caja del reloj. También el color blanco aparece en este cuento, pues el lobo se hace blanquear una pata por el panadero para evitar que las cabritas vuelvan a reconocerle, como otra vez anterior, al mostrársele en su pelaje gris.

Ambos cuentos tienen, por lo demás, muchos puntos comunes.

En ambos hallamos que el lobo devora a alguien y que luego le abren el vientre, sacando a las personas o a los animales devorados y sustituyéndolos por piedras, y también acaban los dos con la muerte de la malvada fiera.

En el cuento de las siete cabritas aparece, además, un árbol, pues luego de comerse a las cabritas, el lobo se tumba a dormir a la sombra de un árbol y ronca desaforadamente.

A causa de una circunstancia particular habremos de volver a ocuparnos en otro lugar de este sueño, y entonces completaremos su estudio y su interpretación. Trátase de un primer sueño de angustia soñado en la infancia, y cuyo contenido, relacionado con otros sueños inmediatamente sucesivos y con ciertos acontecimientos de la niñez del sujeto, despierta un especialísimo interés.

De momento nos limitaremos a la relación del sueño con dos cuentos que presentan amplias coincidencias: la Caperucita Roja y El lobo y las siete cabritas. La impresión que estos cuentos causaron al infantil sujeto se exteriorizó en una verdadera zoofobia que sólo se diferenció de otros casos análogos en que el objeto temido no era un animal fácilmente accesible a la percepción del sujeto (como, por ejemplo, el perro o el caballo), sino tan sólo conocido de oídas y por las estampas del libro de cuentos. Ya expondremos en otra ocasión qué explicación tienen estas zoofobias y cual es su significación. Por lo pronto, sólo anticiparemos que tal explicación armoniza perfectamente con el carácter principal de la neurosis de nuestro sujeto en épocas posteriores de su vida.

El motivo capital de su enfermedad había sido el miedo a su padre, y tanto su vida como su conducta en el tratamiento se mostraban regidas por su actitud ambivalente ante todo sustitutivo del padre.

Si para nuestro paciente el lobo era tan sólo un primer sustituto del padre habremos de preguntarnos si el cuento del lobo que devora a las cabritas y el de la Caperucita Roja integran, como contenido secreto, algo distinto del miedo infantil al padre.

Además, el padre de nuestro paciente, como tantos otros adultos tenía la costumbre de amenazar en broma a los niños, y seguramente en sus juegos con su hijo durante la más temprana infancia del mismo hubo de decirle más de una vez cariñosamente: «Te voy a comer.» Otro de mis pacientes me contó en una ocasión que sus dos hijos no habían podido nunca tomar cariño al abuelo porque cuando jugaba con ellos solía asustarlos en broma diciéndoles que les iba a abrir la tripita para ver lo que tenían dentro.

Dejando a un lado todo lo que pueda anticipar nuestro aprovechamiento de este sueño en la labor analítica, tornaremos a su interpretación directa. He de hacer constar que tal interpretación fue tarea de varios años.

El paciente comunico este sueño en la primera época del tratamiento y no tardó en compartir mi convicción de que precisamente detrás de él se ocultaba la causa de su neurosis infantil.

En el curso del tratamiento volvimos repetidamente sobre él; pero sólo en los últimos meses de la cura conseguimos desentrañarlo por completo, y por cierto merced a la espontánea labor del paciente.

Este había hecho resaltar siempre dos factores de su sueño que le habían impresionado más que todo el resto.

En primer lugar, la absoluta inmovilidad de los lobos, y en segundo, la intensa atención con la que todos ellos le miraban. También la tenaz sensación de realidad con la que terminó el sueño le parecía digna de atención.

A esta última sensación enlazaremos nuestra labor interpretadora. Por nuestra experiencia de la interpretación onírica sabemos que tal sensación de realidad entraña una determinada significación. Nos revela que en el material latente del sueño hay algo que aspira a ser recordado como real, esto es, que el sueño se refiere a un suceso realmente acaecido y no sólo fantaseado.

Naturalmente, sólo puede tratarse de la realidad de algo desconocido, de manera que la convicción por ejemplo, de que el abuelo había contado realmente la historia del sastre y el lobo o de haber oído leer el cuento de la Caperucita Roja o el de El lobo y las siete cabritas, no podía nunca reflejarse en la sensación de realidad prolongada después del sueño.

Este parecía aludir a un suceso cuya realidad era acentuada así en contraposición a la irrealidad de los cuentos.

Si detrás del contenido del sueño habíamos de suponer existente una tal escena desconocida, o sea olvidada en el momento del sueño, tal escena debía de haber sido muy anterior.

El sujeto nos dice que en la época de su sueño tenía tres o cuatro años, cinco a lo más, y por nuestra parte podemos añadir que el sueño le recordó algo que había de pertenecer a una época todavía más temprana.

El descubrimiento del contenido de tal escena debía sernos facilitado por aquello que el sujeto hacia resaltar en el contenido onírico manifiesto, o sea por el atento mirar de los lobos y su inmovilidad.

Esperamos, naturalmente, que este material reproduzca con una deformación cualquiera el material desconocido de la escena buscada, deformación que tal vez pueda consistir en una transformación en lo contrario.

De la materia prima que el primer análisis del sueño hubo de suministrarnos podían deducirse varias conclusiones. Detrás de la mención de los rebaños de ovejas debían buscarse las pruebas de la investigación sexual infantil, cuyas interrogaciones podía ver satisfechas el sujeto en sus visitas con el padre a los rediles, pero también indicios de miedo a la muerte, ya que las ovejas habían sucumbido en su mayor parte a la epizootia.

El elemento más acusado del sueño, o sea la situación de los lobos en las ramas del árbol, conducía directamente al relato del abuelo, en el cual sólo su relación con el tema de la castración podía ser lo apasionante y el estimulo del sueño.

Del primer análisis incompleto del sueño dedujimos, además, que el lobo era una sustitución del padre, de manera que este primer sueño de angustia habría exteriorizado aquel miedo al padre, que desde entonces había de dominar la vida del sujeto. Tal conclusión no era aún, en modo alguno, obligada.

Pero si reunimos como resultado del análisis provisional todo lo que se deduce del material proporcionado por el sujeto, dispondremos ya de los siguientes fragmentos para la reconstrucción: Un suceso real -acaecido en época muy temprana- el acto de mirar fijamente -inmovilidad- problemas sexuales -castración- el padre -algo terrible.

Un buen día el sujeto inició espontáneamente la continuación de la interpretación de su sueño. Opinaba que aquel fragmento del mismo en que la ventana se abría sola no quedaba totalmente explicado por su relación con la ventana detrás de la cual trabajaba el sastre del cuento y por la que entraba el lobo.

A su juicio, debía tener otro sentido: el de que él mismo abría de repente los ojos. Quería, pues, decir que estando dormido había despertado de pronto y había visto algo: el árbol con los lobos. Nada podía objetarse contra tal interpretación que además podía servir de base a nuevas deducciones. Había despertado y había visto algo.

La fija contemplación atribuida en el sueño a los lobos debía más bien ser atribuida al propio sujeto. Resultaba, por tanto, que en un detalle decisivo se había cumplido una inversión, la cual, además, aparecía ya anunciada por otra integrada en el contenido onírico manifiesto que mostraba a los lobos encaramados en las ramas, mientras que en el relato del abuelo estaban abajo y no podían subir al árbol. ¿Y si también el otro detalle acentuado por el sujeto se hallara deformado por una inversión? Entonces, en lugar de inmovilidad (los lobos se mantenían quietos mirándole fijamente, pero sin moverse) se trataría de un agitado movimiento.

Así, pues, el sujeto habría despertado de repente y habría visto ante si una escena muy movida, que contempló con intensa atención.

En el primer caso la deformación habría consistido en una transposición de sujeto y objeto, actividad y pasividad, ser mirado en vez de mirar, y en el segundo en una transformación en lo antitético; inmovilidad en lugar de movimiento.

Otra asociación que emergió de repente nos procuró una nueva aproximación a la inteligencia del sueño.

El árbol era el árbol de Navidad.

El sujeto recordaba ahora haber soñado aquello pocos días antes de Nochebuena, hallándose agitado por la expectación de los regalos que iba a recibir. Como el día de Nochebuena era también su cumpleaños, pudimos ya fijar, con toda seguridad, la fecha del sueño y de la transformación de la cual fue el punto de partida. Había sido poco antes de cumplir los cuatro años.

El infantil sujeto se había acostado excitado por la expectación que despertaba en él la proximidad del día que había de traerle dobles regalos.

Sabemos que en tales circunstancias los niños anticipan fácilmente en sus sueños el cumplimiento de sus deseos.

Así, pues, en el de nuestro paciente era ya Nochebuena y el contenido del sueño le mostraba colgados del árbol los regalos a él destinados. Pero tales regalos se habían convertido en lobos, y en el sueño terminó sintiendo el niño miedo a ser devorado por el lobo (probablemente por el padre) y refugiándose al amparo de la niñera.

El conocimiento de su evolución sexual anterior al sueño nos hace posible cegar la laguna existente en el mismo y aclarar la transformación de la satisfacción en angustia.

Entre los deseos productores del sueño hubo de ser el más fuerte el de la satisfacción sexual que por entonces ansiaba recibir de su padre. La intensidad de tal deseo consiguió reavivar la huella mnémica, olvidada hacía ya mucho tiempo de una escena en la que él mismo presenciaba cómo su padre procuraba a alguien satisfacción sexual, y el resultado de esta evolución fue la aparición del miedo-terror ante el cumplimiento de su deseo, represión del impulso representado por el mismo y, en consecuencia, huida lejos del padre y junto a la niñera, menos peligrosa.

La significación que de este modo integraba para él el día de Nochebuena se había conservado en el pretendido recuerdo de haber sufrido el primer acceso de cólera a causa de no haberle satisfecho los regalos recibidos en tal fecha.

Este recuerdo integraba elementos exactos e inexactos y no podía ser aceptado como verdadero sin alguna modificación, pues según las repetidas manifestaciones de sus familiares, la alteración del carácter del sujeto se había hecho ya notar a principios de otoño, o sea mucho antes de Nochebuena. Pero lo esencial de las relaciones entre la insatisfacción erótica, la cólera y el día de Nochebuena había sido conservado en el recuerdo.

Ahora bien: ¿cuál podía ser la imagen conjurada por la actuación nocturna del deseo sexual, con poder suficiente para apartar, temeroso, al sujeto del cumplimiento de sus deseos? De acuerdo con el material suministrado por el análisis tal imagen había de llenar una condición, pues tenía que ser adecuada para fundamentar el convencimiento de la existencia de la castración.

El miedo a la castración fue luego el motor de la transformación de los efectos.

Llega aquí el punto en el que he de separarme del curso del análisis y temo sea también aquel en que abandone por completo la confianza del lector. Lo que aquella noche hubo de ser activado en el caso de las huellas de impresiones inconscientes, fue la imagen de un coito entre los padres del sujeto, realizado en circunstancias no del todo habituales y especialmente favorables para la observación.

El repetido retorno del sueño durante el curso del tratamiento, en innumerables variantes y nuevas ediciones que fueron siendo sucesivamente explicadas por el análisis, nos permitió ir obteniendo poco a poco respuestas satisfactorias a todas las interrogaciones que a dicha escena hubieron de enlazarse. Resultó así, en primer lugar, que la edad del niño cuando la sorprendió era la de ano y medio. Padecía entonces de una fiebre palúdica, cuyos accesos retornaban diariamente a una hora determinada.

A partir de sus diez años comenzó a padecer, por temporadas, depresiones que se iniciaban a primera hora de la tarde y alcanzaban su máximo nivel hacia las cinco.

Este síntoma subsistía aún en la época del tratamiento analítico. Tales accesos de depresión sustituían a los de fiebre o postración sufridos en aquella pasada época infantil, y las cinco de la tarde había de ser la hora en que por entonces alcanzaba la fiebre su máximo nivel o aquella en que el infantil sujeto sorprendió el coito de sus padres, si es que coincidieron ambas.

A causa probablemente de su enfermedad, sus padres le habían acogido en su alcoba conyugal. Tal enfermedad, comprobada también por la tradición familiar, nos inclina a situar el acontecimiento en el verano y suponer así para el sujeto, nacido el día de Nochebuena, una edad de n + 1« años.

Dormía, pues, en su camita, colocada en la alcoba de sus padres, y despertó, acaso por la subida de la fiebre, avanzada ya la tarde y quizá precisamente a las cinco, hora señalada después de sus accesos de depresión. Con nuestra hipótesis de que se trataba de un caluroso día de verano armoniza el hecho de que los padres se hubiesen retirado a dormir la siesta y se hallasen medio desnudos encima de la cama.

Cuando el niño despertó fue testigo de un coitus a tergo repetido por tres veces, pudo ver los genitales de su madre y los de su padre y comprendió perfectamente el proceso y su significación. Por último, interrumpió el comercio de sus padres en una forma de que más adelante hablaremos.

En el fondo, no tiene nada de extraordinario, ni hace la impresión de ser el producto de una acalorada fantasía, el que un matrimonio joven, casado pocos años antes, se acaricie durante las horas de la siesta en una calurosa tarde de verano sin tener en cuenta la presencia de un niño de año y medio, dormido tranquilamente en su cuna.

A mi juicio, se trata de algo trivial y cotidiano, sin que tampoco la postura elegida para el coito tenga nada de extraño, tanto más cuanto que del material probatorio no puede deducirse que el mismo fuese realizado todas las veces en la postura indicada. Una sola vez hubiera bastado para procurar al espectador ocasión de observaciones que otra postura de los actores hubiera dificultado o incluso excluido.

El contenido mismo de esta escena no puede constituir, pues, un argumento contra su verosimilitud, la cual se fundará más bien en otras tres circunstancias diferentes:

Primera, que un niño de la temprana edad de año y medio pueda acoger las percepciones de un proceso tan complicado y conservarlas tan fielmente en su inconsciente; segunda, que luego, a los cuatro años de edad, sea posible una elaboración a posteriori de las impresiones recibidas, destinada a facilitar su comprensión, y tercera, que exista un procedimiento susceptible de hacer conscientes de un modo coherente y convincente los detalles de una tal escena, vivida y comprendida en semejantes circunstancias.

Examinaremos cuidadosamente estas y otras objeciones, asegurando al lector que, por nuestra parte, adoptamos una actitud no menos crítica que él ante la hipótesis de que el niño pudiera realizar una tal observación, pero rogándole que se decida con nosotros a aceptar provisionalmente la realidad de la escena.

Queremos primero continuar el estudio de las relaciones de esta escena primaria con el sueño, los síntomas y la historia del paciente. Perseguiremos por separado los efectos emanados de su contenido esencial y los que tienen su punto de partida en una de sus impresiones visuales. Tal impresión visual es la correspondiente a las posturas que el niño vio adoptar a la pareja parental: erguido el padre, y agachada, en posición animal, la madre.

Hemos visto ya que en el período de miedo infantil del sujeto solía asustarle su hermana mostrándole una estampa del libro de cuentos, en la que aparecía el lobo andando en dos pies, con las garras extendidas y las orejas enderezadas.

Durante el tratamiento se tomó el trabajo de rebuscar en las librerías de viejo hasta que encontró aquel libro de cuentos de su infancia, y reconoció la estampa que tanto le asustaba en una ilustración del cuento del lobo y las siete cabritas.

Opinaba que la postura del lobo en aquella estampa había podido recordarle la de su padre en la escena primaria. Tal estampa fue, de todos modos, el punto de partida de ulteriores medios.

Cuando teniendo ya siete u ocho años le comunicaron que al día siguiente vendría a darle clase un nuevo profesor, soñó por la noche que tal profesor, en figura de león, y en la misma postura que el lobo en la famosa estampa, se acercaba rugiendo a su cama y de nuevo despertó, presa de angustia. Como el sujeto había dominado ya su fobia al lobo, se hallaba en situación de elegir un nuevo animal en calidad de objeto de angustia, y en aquel sueño ulterior elevó al anunciado profesor a la categoría de sustituto del padre.

En los últimos años de su infancia, todos y cada uno de sus profesores desempeñaron este mismo papel de sustitutos del padre, siendo investidos de la influencia paterna, tanto para el bien como para el mal.

El destino deparó al sujeto una ocasión singular de reavivar su fobia al lobo en su época de estudiante de segunda enseñanza y convertir en punto de partida de graves inhibiciones la relación que dicha fobia entrañaba en su fondo.

En efecto, el profesor encargado de la clase de latín se llamaba Lobo.

El sujeto se sintió intimidado por él desde un principio, y cuando luego se atrajo una grave reprensión por haber cometido en una traducción latina una falta absolutamente estúpida, no logró ya libertarse de un intenso miedo a aquel profesor; miedo que no tardó en extenderse a todos los demás. También el motivo que le atrajo la reprensión citada se relacionaba con sus complejos. Tratábase, en efecto, de traducir la palabra latina filius, y el sujeto lo hizo con la palabra francesa fils, en lugar de emplear el término correspondiente de su lengua materna. Y es que el lobo era todavía el padre.

El primero de los «síntomas pasajeros» que el paciente produjo en el tratamiento se refería aún a la fobia al lobo y al cuento de El lobo y las siete cabritas.

En la habitación en que se desarrollaron las primeras sesiones del tratamiento había un gran reloj de caja frente al paciente, que se hallaba tendido en un diván, casi de espaldas al lugar que yo ocupaba, y me extrañó comprobar que el sujeto volvía de cuando en cuando la cara hacia mí con expresión amable, como tratando de congraciarse conmigo, y miraba después el reloj.

Por entonces supuse que mostraba así el deseo de ver terminada pronto la hora del tratamiento, pero mucho tiempo después el sujeto mismo me habló de aquellos manejos suyos, y me procuró su explicación, recordando que la menor de las siete cabritas se escondía en la caja del reloj, mientras que sus hermanas eran devoradas por el lobo. Quería, pues, decirme por entonces: «Sé bueno conmigo. ¿Debo acaso tenerte miedo? ¿Me comerás? ¿Tendré que huir de ti y esconderme, como la cabrita más joven, en la caja del reloj?» El lobo que le daba miedo era, indudablemente, el padre, pero su miedo al lobo se hallaba ligado a la condición de que el mismo se mostrara en posición erecta.

Su memoria le recordaba con toda precisión que otras estampas que representaban al lobo andando a cuatro pies o metido en la cama, como en la ilustración de la Caperucita Roja, no le habían asustado nunca.

No fue ciertamente menor la importancia adquirida por la postura que, según nuestra reconstrucción de la escena primaria, había visto adoptar a la mujer, pero tal importancia permaneció limitada al terreno sexual.

El fenómeno más singular de su vida erótica ulterior a la pubertad consistía en accesos de enamoramiento sexual obsesivo, que aparecían y desaparecían en sucesión enigmática, desencadenando en él una gigantesca energía, incluso en períodos de inhibición, y escapando por completo a su dominio.

Una interesantísima relación me obliga a aplazar el estudio completo de estos enamoramientos obsesivos, pero puedo ya anticipar que se hallaban enlazados a una determinada condición, oculta a su conciencia, y que sólo durante la cura apareció en ella. La mujer tenía que mostrársele en la postura que en la escena primordial hemos adscrito a la madre.

Desde su pubertad veía el máximo atractivo femenino en unas redondas nalgas opulentas, y la cohabitación, en postura distinta del coitus a tergo, no le proporcionaba casi placer.

Cabe aquí la objeción de que semejante preferencia sexual es un carácter general de las personas inclinadas a la neurosis obsesiva, no estando, pues, justificada su derivación de una impresión particular de la infancia. Pertenece al cuadro de la disposición erótico-anal, contándose entre aquellos rasgos arcaicos que caracterizan a tal constitución.

En el coito more ferarum podemos ver, en efecto, la forma más antigua de la cohabitación desde el punto de vista filogénico. Más adelante volveremos sobre este punto, cuando hayamos expuesto el material referente a su condición erótica inconsciente. Continuemos, pues, el examen de las relaciones entre el sueño y la escena primaria.

Según nuestras esperanzas, el sueño debía mostrar al niño, excitado por el próximo cumplimiento de sus deseos en la Nochebuena, la imagen de la satisfacción sexual procurada por el padre, tal y como él la había visto en aquella escena primordial y como modelo de la propia satisfacción que él deseaba recibir del mismo.

Pero en lugar de esa imagen aparece el material del cuento que su abuelo le había contado poco antes: el árbol, los lobos y la falta de cola, representada en forma de supercompensación por las colas frondosas de los supuestos lobos. Nos falta aquí un enlace, un puente asociativo que nos conduzca desde el contenido de la historia primordial al del cuento del lobo, y tal enlace nos es procurado de nuevo por la postura y sólo por ella.

En el cuento del abuelo, el lobo rabón invita a los demás a subirse encima de él.

Este detalle despertó el recuerdo de la imagen de la escena primaria, y por este camino pudo ya quedar representado el material de la escena primordial por el del cuento del lobo, siendo sustituida al mismo tiempo en la forma deseada la cifra dual de los padres por la pluralidad de los lobos.

Por último, la adaptación del material del cuento del sastre y el lobo al contenido del cuento de las siete cabritas, del que tomó el número siete, impuso una nueva modificación al contenido onírico. La transformación del material -escena primordial, cuento del lobo, cuento de las siete cabritas -refleja la progresión del pensamiento durante la elaboración del sueño: deseo de alcanzar la satisfacción sexual con ayuda del padre -reconocimiento de la condición de la castración, a ella enlazada-, miedo al padre.

A mi juicio, queda así exhaustivamente aclarado el sueño de angustia, soñado por nuestro sujeto a los cuatro años. Después de lo anteriormente expuesto puedo ya concretar a breves indicaciones sobre el efecto patógeno de la escena primaria y la alteración que su despertar provocó en la evolución sexual del sujeto. Perseguiremos tan sólo aquel efecto que el sueño exterioriza.

Más adelante nos explicaremos que de la escena primordial no emanase una sola corriente sexual, sino toda una serie de ellas, como en una fragmentación de la libido. Habremos además de tener en cuenta que la «activación» de esta escena (evito intencionadamente emplear la palabra «recuerdo») provoca los mismos efectos que si fuera un suceso reciente. La escena actúa a posteriori, sin haber perdido nada de su lozanía en el intervalo entre el año y medio y los cuatro años.

Quizá encontremos más adelante un nuevo punto de apoyo para demostrar que ya en la época de su percepción, o sea a partir del año y medio del sujeto, provocó determinados efectos.

Cuando el paciente profundizaba en la situación de la escena primordial extraía a la luz las siguientes autopercepciones: Había supuesto al principio que el proceso observado era un acto violento, pero tal hipótesis no armonizaba con la expresión placentera que había advertido en el rostro de su madre, debiendo así reconocer que se trataba de una satisfacción.

Lo esencialmente nuevo que la observación del comercio sexual de sus padres hubo de procurarle fue el convencimiento de la realidad de la castración, cuya posibilidad había ocupado ya antes sus pensamientos.

(La vista de las dos niñas orinando, la amenaza de la chacha, la interpretación dada por la institutriz a los caramelos de colores, el recuerdo de que su padre había cortado en pedazos a una culebra.)

Pues ahora veía con sus propios ojos la herida, de la que la chacha le había hablado, y comprendía que su existencia era condición indispensable del comercio sexual con el padre. No podía ya, por tanto, confundirla con el trasero como cuando vio orinar a las niñas.

El desenlace de su sueño fue un acceso de angustia, del que no logró tranquilizarse hasta que tuvo junto a sí a su chacha. Huyó, pues, lejos de su padre, refugiándose al amparo de la niñera. Tal angustia era una repulsa del deseo de que su padre le procurara la satisfacción sexual, deseo que le había inspirado el sueño.

Su exteriorización en el miedo de ser devorado por el lobo era tan sólo una mutación -regresiva, como más adelante veremos del deseo de servir de objeto sexual al padre; esto es, de ser satisfecho por él como su madre.

Su último fin sexual, la actitud pasiva con respecto al padre, había sucumbido a una represión, siendo sustituido por el miedo al padre bajo la forma de la fobia al lobo. ¿Cuál podría ser la fuerza motora de esta represión?

Conforme a la situación general, no podría ser más que la libido-genital narcisista, que se resistía, en calidad de preocupación de perder su miembro viril, contra una satisfacción, de la cual parecía condición indispensable la renuncia al mismo. Del narcisismo amenazado extrajo el sujeto la virilidad con la cual se defendió contra la actitud pasiva con respecto al padre. Vemos ahora que en este punto de nuestra exposición hemos de modificar nuestra terminología.

Durante su sueño el sujeto había analizado una nueva fase de su organización sexual. Las antítesis sexuales habían sido para él hasta entonces actividad y pasividad.

Su fin sexual era desde la seducción un fin pasivo: el de que le tocaran los genitales, y luego se transformó, por regresión al estadio anterior de la organización sádico-anal, en el fin masoquista de ser castigado y golpeado, siéndole indiferente alcanzarlo con el hombre o con la mujer.

De este modo el sujeto había pasado desde la chacha hasta su padre, sin tener para nada en cuenta la diferencia de sexo; había pedido a la chacha que le tocase el miembro, y había querido irritar a su padre para que le castigase.

En todo esto no intervenía para nada el órgano genital.

En la fantasía de ser golpeado en el pene se exteriorizó aún la relación, encubierta por la regresión. La «activación» de la escena primaria en el sueño le retrotajo entonces a la organización genital. Descubrió la vagina y la significación biológica de los conceptos masculino y femenino, y comprendió ya que activo era igual que masculino, y pasivo, lo mismo que femenino.

Su fin sexual pasivo se hubiera tenido que convertir entonces en un fin femenino y tomar como expresión la de servir de objeto sexual al padre en lugar de la de ser golpeado por él en el miembro o en el trasero.

Este fin femenino sucumbió a la represión y tuvo que dejarse sustituir por el miedo al lobo.

Hemos de interrumpir aquí la discusión de su evolución sexual hasta que posteriores estadios de su historia arrojen nueva luz sobre éstos, más tempranos.

En cuanto a la fobia al lobo añadiremos todavía que tanto el padre como la madre eran lobos para el sujeto. La madre era el lobo castrado, que deja que los demás se suban encima de él, y el padre, el lobo que sobre él se subía. Pero su miedo no se refería, como ya le hemos oído asegurar, más que al lobo en posición erecta, o sea al padre. Ha de extrañarnos además que el miedo, con el que se desenlazó el sueño, tuviera un modelo en el relato del abuelo.

En éste el lobo castrado que ha dejado subirse encima de él a los demás es acometido por el miedo en cuanto se le recuerda su carencia de cola. Parece, pues, que el sujeto hubo de identificarse durante el proceso del sueño con la madre castrada, y se resistía luego contra tal identificación.

Daremos de este punto una traducción, que suponemos exacta:

‘Si quieres ser sexualmente satisfecho por tu padre, tienes que dejarte castrar, como tu madre, y eso no puedes quererlo. ‘Trátase, pues, de una clara protesta de la masculinidad. Pero habremos de tener en cuenta que la evolución sexual del caso que aquí perseguimos tiene para nuestra investigación la gran desventaja de haber sido múltiplemente perturbada.

Es influida primero decisivamente por la seducción y desviada luego por la observación del coito, que actúa a posteriori como una segunda seducción.


5. Discusión.

Se ha dicho que el oso polar y la ballena no pueden hacer la guerra porque, hallándose confinados cada uno en su elemento, les es imposible aproximarse. Pues bien: idénticamente imposible me es a mí discutir con aquellos psicólogos y neurólogos que no reconocen las premisas del psicoanálisis y consideran artificiosos sus resultados.

En cambio, se ha desarrollado en los últimos años una oposición por parte de otros investigadores, que, por lo menos a su propio juicio, permanecen dentro del terreno del análisis y que no niegan su técnica ni sus resultados, pero se creen con derecho a deducir del mismo material conclusiones distintas y someterlo a distintas interpretaciones.

Ahora bien: la contradicción teórica es casi siempre infructuosa.

En cuanto empezamos a alejarnos del material básico corremos peligro de emborracharnos con nuestras propias afirmaciones y acabar defendiendo opiniones que toda observación hubiera demostrado errónea.

Me parece, pues, mucho más adecuado combatir las teorías divergentes contrastándolas con casos y problemas concretos.

He dicho antes que seguramente se tacharán de inverosímiles las siguientes circunstancias: Primera, que un niño de la temprana edad de año y medio pueda acoger las percepciones de un proceso tan complicado y conservarlas tan fácilmente en su inconsciente; segunda, que luego, a los cuatro años de edad, sea posible una elaboración a posteriori de las impresiones recibidas destinadas a facilitar su comprensión, y tercera, que existe un procedimiento susceptible de hacer consciente de un modo coherente y convincente los detalles de una escena vivida y comprendida en semejantes circunstancias. La última cuestión es puramente de hecho.

Quien se tome el trabajo de llevar el análisis a tales profundidades, por medio de la técnica prescrita, se convencerá de que existe un tal procedimiento; en cambio, quien así no lo haga e interrumpa el análisis en un estrato cualquiera más próximo a la superficie, habrá renunciado al mismo tiempo a toda posibilidad de encontrarlo.

Pero con esto no queda resuelta la interpretación de lo alcanzado por medio del análisis abisal. Las otras dos objeciones se apoyan en una valoración insuficiente de las impresiones de la temprana infancia, de las cuales no se acepta que puedan producir efectos tan duraderos.

Tales objeciones quieren buscar casi exclusivamente la motivación de las neurosis en los conflictos más serios de la vida posterior y suponen que la importancia de la niñez no es fingida en el análisis por la inclinación de los neuróticos a expresar sus intereses presentes en reminiscencia y símbolos de su más lejano pasado.

Con tal estimación del factor infantil desaparecían muchas de las peculiaridades más íntimas del análisis, pero también. por otro lado, gran parte de lo que crea resistencia contra ellos y le enajena la confianza de los profanos.

Ponemos, pues, a discusión la teoría de que aquellas escenas de la más temprana infancia, a cuyo conocimiento llegamos en todo análisis exhaustivo de una neurosis, por ejemplo, en el de nuestro caso, no serían reproducciones de sucesos reales a los que pudiéramos atribuir una influencia sobre la conformación de la vida posterior y sobre la producción de síntomas, sino fantasías provocadas por estímulos pertenecientes a la edad adulta destinadas a una representación en cierto modo simbólica de deseos e intereses reales y que deben su génesis a una tendencia regresiva, a un desvío de las tareas del presente.

Siendo así, resultaría posible prescindir de todas las desconcertantes hipótesis analíticas sobre la vida anímica y la función intelectual de los años en su más temprana infancia.

En favor de esta teoría hablan no sólo el deseo que a todos nos es común de hallar una racionalización y una simplificación de nuestra difícil labor, sino también ciertos factores efectivos. Y también podemos librarla desde un principio de una objeción que habría de surgir precisamente en el ánimo del analista práctico. Hemos de confesar, en efecto, que el hecho de que tal concepción de estas escenas infantiles se demostrase exacta, no traería consigo modificación alguna inmediata en la práctica del análisis.

Una vez que el neurótico entraña la perniciosa particularidad de apartar su interés del presente y adherirlo a tales sustituciones regresivas, producto de su fantasía, no podemos hacer más que seguirle en su camino y llevar a su conciencia dichos productos inconscientes; pues, aunque carezcan de todo valor de realidad, son para nosotros muy valiosos como substratos actuales del interés por el enfermo, interés que queremos apartar de ellos para orientarlo hacia las tareas del presente.

Por tanto, el análisis seguiría exactamente el mismo curso de aquellos otros en los que el analista. ingenuo y confiado, cree verdaderas tales fantasías.

La diferencia surgirá tan sólo al final del análisis, una vez descubiertas las fantasías de referencia. Diríamos entonces al enfermo:

«Su neurosis ha transcurrido como si en sus años infantiles hubiera usted recibido tales impresiones y hubiese luego edificado sobre ellas. Pero reconocerá usted que ello no es posible.

Se trataba simplemente de productos de su actividad imaginativa destinados a apartarle a usted de tareas reales que le planteaba la vida.

Ahora investigaremos cuáles eran tales tareas y qué caminos de enlace han existido entre las mismas y sus fantasías.» A esta solución de las fantasías infantiles podría luego seguir una segunda fase del tratamiento orientada ya hacia la vida real.

Técnicamente, sería imposible hacer más corto este camino, o sea modificar el curso hasta ahora habitual de la cura psicoanalítica.

Si no hacemos conscientes al enfermo tales fantasías en toda su amplitud, no podremos facilitarle la libre disposición del interés a ellas ligado.

Si le apartamos de ellas en cuanto llegamos a sospechar su existencia y vislumbrar sus contornos generales, no haremos más que apoyar la obra de la represión, por la cual han llegado a ser inaccesibles a todos los esfuerzos del enfermo.

Y si las despojamos prematuramente de su valor, comunicando, por ejemplo, al sujeto que se tratará tan sólo de fantasías carentes de toda significación real, no lograremos nunca su colaboración para llevarlas hasta su conciencia.

Así, pues, procediendo correctamente, la técnica analítica no experimentará modificación alguna, cualquiera que sea el valor que se conceda a las escenas infantiles discutidas. Hemos dicho que la concepción de estas escenas como fantasía regresiva puede alegar en su apoyo ciertos factores afectivos.

Ante todo, el siguiente: Estas escenas infantiles no son reproducidas en la cura como recuerdos: son resultados de la construcción.

Seguramente, habrá alguien que crea ya resuelto el problema con esta sola confesión.

Pero no quisiera ser mal interpretado. Todo analista sabe muy bien y ha comprobado infinitas veces que, en una cura llevada a buen término, el paciente comunica multitud de recuerdos espontáneos de sus años infantiles, de cuya aparición -o, mejor quizá, de cuya primera aparición- el médico no se siente en modo alguno responsable, ya que nunca ha orientado al enfermo con ninguna tentativa de reconstrucción hacia tales contenidos.

Estos recuerdos, antes inconscientes, no tienen siquiera que ser verdaderos; pueden serlo, pero muchas veces han sido deformados contra la verdad y entretejidos con elementos fantaseados, como sucede con los llamados recuerdos encubridores, los cuales se conservan espontáneamente.

Quiero decir tan sólo que estas escenas como la de nuestro sujeto, pertenecientes a tan temprana época infantil, con tal contenido y de tan extraordinaria significación en la historia del caso, no son generalmente reproducidas como recuerdos, sino que han de ser adivinadas -construidas -paso a paso y muy laboriosamente de una suma de alusiones e indicios.

Ahora bien: no soy de opinión que estas escenas tengan que ser necesariamente fantasías porque no sean evocadas como recuerdos.

Me parece por completo equivalente al recuerdo el hecho de que sean sustituidas como en nuestro caso por sueños cuyos análisis nos conducen regularmente a la misma escena y que reproducen, transformándolos infatigablemente, todos y cada uno de los fragmentos del contenido de la misma.

El soñar es también un recordar aunque bajo las condiciones del estado de reposo y de la producción onírica. Por este retorno en los sueños me explico que en el paciente mismo se forme paulatinamente una firme convicción de la realidad de las escenas primarias, convicción que no cede en absoluto a la fundada en el recuerdo.

Sin embargo, mis adversarios no han de verse obligados a abandonar la lucha ante este argumento, dándola ya por perdida, pues, como es sabido, existe la posibilidad de orientar los sueños de un tercero. Y de este modo, la convicción del analizador puede ser un resultado de la sugestión, para la que aún se sigue buscando un papel en el juego de fuerzas del tratamiento analítico.

El psicoterapeuta de la antigua escuela sugeriría a su paciente que había recobrado la salud, dominando sus inhibiciones, etc. Y, en cambio, el psicoanalítico le sugeriría haber tenido de niño tal o cual vivencia que ahora le era preciso recordar para curarse. Tal sería la sola diferencia entre ambos.

Habremos de hacer constar que esta última tentativa de explicación de nuestros adversarios reduce la significación de las escenas infantiles mucho más de lo que en un principio parecía su propósito. Dijeron, en efecto, que no eran realidades, sino fantasías, y ahora resulta que no se trata siquiera de fantasías del enfermo, sino del mismo analista, el cual se las impone al analizado por medio de determinados complejos personales.

Claro está que el analista que se oiga hacer este reproche evocará, para su tranquilidad, cuán poco a poco ha ido tomando cuerpo la construcción de aquella fantasía supuestamente inspirada por él al enfermo, cuán independiente del estímulo médico se ha demostrado en muchos puntos su conformación, cómo a partir de una cierta fase del tratamiento pareció converger todo hacia ella, cómo luego, en la síntesis, emanaron de ellas los más diversos y singulares efectos y cómo en aquella única hipótesis hallaron su solución los grandes y pequeños problemas y singularidades del historial de la enfermedad, y hará constar que no se reconoce penetración suficiente para descubrir un suceso que por sí solo pueda llenar todas estas condiciones.

Pero tampoco este alegato hará efecto alguno a los contradictores, que no han vivido por sí mismos el análisis. Seguirán diciendo que el psicoanalítico se engaña refinadamente a sí mismo, y éste los acusará, por su parte, de falta absoluta de penetración, sin que sea posible llegar a decisión alguna.

Examinaremos ahora otro de los factores favorables a la concepción contraria de las escenas infantiles construidas.

Es el siguiente: Todos los procesos alegados para la explicación de tales productos discutidos como fantasías existen realmente, y ha de reconocerse su importancia.

El desvío del interés de las tareas de la vida real , la existencia de fantasías como productos sustitutivos de los actos omitidos, la tendencia regresiva que se manifiesta en tales creaciones -regresiva en más de un sentido, en cuanto se inician simultáneamente un apartamiento de la vida y un retorno al pasado-; todo ello es exacto y puede comprobarse regularmente por medio del análisis.

En consecuencia, es de esperar que baste también para aclarar las supuestas reminiscencias infantiles discutidas, y de acuerdo con los principios económicos de la ciencia, tal explicación habría de ser preferida a otra para la cual fuesen necesarias nuevas y desconcertantes hipótesis.

Me permito llamar aquí la atención de mis lectores sobre el hecho de que las objeciones formuladas hasta hoy contra el psicoanálisis siguen, generalmente, la forma de tomar la parte por el todo.

Se extrae de un conjunto altamente compuesto una parte de los factores eficientes, se los proclama verdaderos y se niega luego, en favor suyo, la otra parte y el todo.

Examinando más de cerca qué grupo ha sido objeto de semejante preferencia, hallamos que es siempre aquel que integra lo ya conocido por otros caminos a lo que más fácilmente puede enlazarse a ello. Jung elige así la actualidad y la regresión, y Adler los motivos egoístas.

En cambio, es abandonado y rechazado como erróneo cuanto de nuevo y de peculiarmente propio integra el análisis. Por este camino es por el que resulta más fácil rechazar los progresos revolucionarios del incómodo psicoanálisis.

No será inútil acentuar que ninguno de los factores en los que nuestros contrarios apoyan su concepción de las escenas infantiles ha tenido que ser enseñado por Jung como una novedad.

El conflicto actual, el apartamiento de la realidad, la satisfacción sustitutiva en la fantasía y la regresión al material del pasado; todo ello ha constituido desde siempre, precisamente en el mismo ajuste y quizá con menos modificaciones terminológicas, una parte integrante de mi propia teoría.

Pero no la constituye toda, sino tan sólo el fragmento que integra aquella parte de la motivación que colabora en la producción de las neurosis, actuando desde la realidad como punto de partida y en dirección regresiva.

Junto a ella he dejado lugar suficiente para una segunda influencia progresiva que actúa partiendo de las impresiones infantiles, muestra el camino a la libido que se retira de la vida y hace comprensible la regresión a la infancia, inexplicable de otro modo.

Así, pues, según mi teoría, los dos factores colaboran en la producción de síntomas. Pero existe aún una colaboración anterior que me parece igualmente importante, pues la influencia de la infancia se hace ya sensible en la situación inicial de la producción de las neurosis, en cuanto determina, de un modo decisivo, si el individuo ha de fracasar en la superación de los problemas reales de la vida y en qué lugar ha de fracasar.

Se discute, pues, la importancia del factor infantil. Nuestra labor consistirá en hallar un ejemplo práctico que pueda demostrar tal importancia sin dejar lugar alguno de duda. Tal ejemplo es precisamente el caso patológico que aquí vamos exponiendo tan detalladamente y que se caracteriza por la particularidad de que a la neurosis de la edad adulta precedió una neurosis padecida en tempranos años infantiles. Precisamente por esta circunstancia he elegido este caso para su comunicación.

Si alguien quisiera rechazarlo por el hecho de no parecerle suficientemente importante la zoofobia para reconocerla como una neurosis independiente, habremos de señalarle que a tal fobia se enlazaron sin intervalo alguno un ceremonial obsesivo y actos e ideas del mismo carácter, de los cuales trataremos en los capítulos siguientes del presente estudio. Una enfermedad neurótica en el cuarto o quinto año de la infancia demuestra ante todo, que las vivencias infantiles bastan por sí solas para producir una neurosis, sin que sea necesaria la huida ante una labor planteada por la vida.

Se objetará que también al niño le son planteadas de continuo tareas a las que acaso quisiera escapar.

Exacto; pero la vida de un niño antes de su época escolar es fácil de revisar y puede investigarse si existió en ella una «tarea» determinante de la causación de la neurosis. Pero sólo descubrimos impulsos instintivos cuya satisfacción es imposible al niño, incapaz también todavía para sojuzgarlos, y las fuentes de las cuales manan dichos impulsos.

La enorme abreviación del intervalo entre la explosión de la neurosis y la época de las vivencias infantiles discutidas permite, como era de esperar, reducir a un minimum la parte regresiva de la causación y presenta a la vista, sin velo alguno, la parte progresiva de la misma, la influencia de impresiones anteriores.

Esperamos que el presente historial clínico ilustre claramente tal circunstancia. Y todavía por otras razones la neurosis infantil da a la cuestión de la naturaleza de las escenas primarias, o sea de las vivencias infantiles más tempranas descubiertas en el análisis, una respuesta decisiva.

Si suponemos como premisa indiscutida que una tal escena primaria ha sido irreprochablemente desarrollada desde el punto de vista técnico, que es indispensable para la solución sintética de todos los enigmas que nos plantea el cuadro de síntomas de la enfermedad infantil y que todos los efectos emanan de ella como a ella han llevado todos los hilos del análisis, tal escena no podrá ser, en cuanto a su contenido, más que la reproducción de una realidad vivida por el niño. Pues el niño, lo mismo que el adulto, sólo puede producir fantasías con material adquirido en alguna parte.

Ahora bien: los caminos de tal adquisición se hallan en parte cerrados al niño (por ejemplo, la lectura), y el tiempo de que dispone para ella es corto y puede ser investigado fácilmente en busca de las fuentes correspondientes.

En nuestro caso, la escena primordial contiene la imagen del comercio sexual entre los padres y en una postura especialmente favorable para ciertas observaciones. Nada testimoniaría suficientemente en favor de la realidad de esta escena si se tratara de un enfermo cuyos síntomas, o sea los efectos de la misma, hubieran aparecido en cualquier momento de su vida adulta.

Tal enfermo puede haber adquirido en los más distintos momentos del largo intervalo las impresiones, representaciones y conocimientos que luego, transformados en una imagen fantástica, son proyectados regresivamente sobre su infancia y adheridos a sus padres.

Pero cuando los efectos de una tal escena aparecen teniendo el sujeto cuatro o cinco años, es preciso que el niño la haya presenciado en edad aún más temprana. Y entonces quedan en pie todas las conclusiones desconcertantes a las que nos ha llevado el análisis de la neurosis infantil.

Es como si alguien quisiera suponer que el paciente no sólo había fantaseado inconscientemente la escena primaria, sino que había confabulado también la alteración de su carácter, su miedo al lobo y su obsesión religiosa, hipótesis abiertamente contradicha por la idiosincrasia del sujeto y por el testimonio directo de sus familiares.

Así, pues, no veo posibilidad alguna de llegar a otra conclusión: O el análisis que tiene en su neurosis infantil su punto de partida es, en general, un desatino o todo sucedió exactamente tal y como lo hemos expuesto.

Hubo de extrañarnos también la circunstancia equívoca de que la preferencia del paciente por las nalgas femeninas y por el coito en aquella postura en que las mismas resaltan mas especialmente, pareciera exigir en este caso una derivación de la observación del coito parental, siendo así que se trataba de un rasgo general de las constituciones arcaicas predispuestas a la neurosis obsesiva.

Mas ahora hallamos una sencilla explicación que soluciona la contradicción, mostrándonosla como una superdeterminación. La persona a quien el sujeto vio realizar el coito en tal postura era su propio padre, del cual podía muy bien haber heredado tal preferencia constitucional. Ni la posterior enfermedad del padre ni la historia de la familia contradicen tal hipótesis, pues, como ya hemos dicho, un hermano del padre murió en un estado que había de ser considerado como el desenlace de una grave neurosis obsesiva.

A este respecto, recordamos que la hermana del sujeto, al seducirle cuando tenía tres años y tres meses, lanzó contra la honrada y anciana niñera la singular calumnia de que ponía a los hombres cabeza abajo y les cogía después los genitales.

En este punto hubo de imponérsenos la idea de que quizá también la hermana hubiera presenciado en años igualmente tempranos la misma escena que luego su hermano, habiendo extraído de ellas el estímulo a colocar a los actores cabeza abajo en el acto sexual.

Esta hipótesis nos señalaría también una de las fuentes de su propia precocidad sexual. [Primitivamente no abrigaba la intención de continuar más allá de este punto la discusión del valor real de las «escenas primarias», pero como en el entretanto he tenido ocasión de tratar este tema en mis conferencias de Lecciones introductorias al Psicoanálisis, en un más amplio contexto y ya sin intención polémica, sería muy dado a malas interpretaciones que omitiera la aplicación de los puntos de vista allí determinantes al caso que aquí nos ocupa.

Así, pues, continuaré el presente estudio complementando y rectificando, cuando sea necesario, lo anteriormente expuesto.

Es posible todavía una distinta concepción de la escena primaria en que el sueño se basa, concepción que se aparta mucho de la conclusión antes sentada y que nos allana algunas dificultades. De todos modos, la teoría que quiere dejar reducidas las escenas infantiles a símbolos regresivos no habrá de ganar nada con esta modificación. Por el contrario, creo que ha de quedar definitivamente refutada por este análisis de una neurosis infantil, como habría de serlo por cualquier otro.

Opino, en efecto, que también podemos explicarnos el estado de cosas en la forma siguiente: No nos es posible renunciar a la hipótesis de que el niño hubo de observar un coito cuya vista le inspiró la convicción de que la castración podía ser algo más que una amenaza desprovista de sentido.

Y por otro lado, la importancia que luego demostraran entrañar las actitudes del hombre y de la mujer en cuanto al desarrollo de angustia y como condición erótica nos impone la conclusión de que hubo de tratarse de un coitus a tergo, more ferarum.

Pero hay, en cambio, otro factor que no es tan indispensable y puede ser abandonado. No fue, quizá, un coito de los padres, sino un coito entre animales el que el niño observó y desplazó luego sobre los padres, como si hubiera deducido que tampoco los padres lo hacían de otro modo.

En favor de esta hipótesis testimonia, sobre todo, el hecho de que los lobos del sueño fueron, en realidad, perros de ganado y aparecieron también como tales en el dibujo del paciente. Poco tiempo antes del sueño el niño había sido llevado varias veces por su padre a visitar los rebaños donde pudo ver tales perros blancos y de gran tamaño y observarlos probablemente también en el acto del coito.

Con esta circunstancia puede relacionarse también la triple repetición que el paciente asignó al acto sin motivación ninguna, suponiendo conservado en su memoria el hecho de haber sorprendido en tres distintas ocasiones a los perros del ganado en tal situación. Lo que luego se agregó a ello en la excitada expectación de la noche de su sueño fue la transferencia de la huella mnémica recientemente adquirida, con todos sus detalles, sobre los padres, y esta transferencia fue ya lo que provocó los intensos afectos que sabemos.

Se desarrolló entonces una comprensión a posteriori de aquellas impresiones recibidas quizá pocas semanas antes, proceso que todos conocemos por haberlo experimentado con nosotros mismos.

La transferencia de los perros en el acto del coito, sobre los padres, no fue llevada a cabo por el sujeto mediante un proceso deductivo verbal, sino buscando en su memoria el recuerdo de una escena real en la cual aparecieran juntos sus padres y que pudiera fundirse con la situación del coito.

Tal escena podía reproducir fielmente todos los detalles descubiertos en el análisis del sueño, pero haber sido totalmente inocente, consistiendo tan sólo en que una tarde de verano y durante su enfermedad el niño habría despertado y visto a sus padres ante sí vestidos con blancos trajes estivales.

Todo el resto lo habría añadido, tomándolo de las observaciones realizadas en las visitas a los rebaños el ulterior deseo del sujeto, poseído por la curiosidad sexual de sorprender también a sus padres en el acto del coito, y entonces la escena así fantaseada desplegó todos los efectos reseñados, los mismos exactamente que si hubiera sido real y no artificialmente construida con dos elementos, anterior e indiferente el uno, y posterior y muy impresionante el otro.

Vemos en el acto cuán disminuido queda así el margen de credulidad que se nos achaca. No necesitamos ya suponer que los padres realizaron el coito en presencia de un hijo suyo, aunque fuera muy pequeño, cosa que para muchos de nosotros constituía una imagen displaciente, y el intervalo entre la escena primaria y sus efectos queda también muy abreviado, comprendiendo tan sólo unos cuantos meses del cuarto año del sujeto sin llegar ya a los primeros oscuros años de la infancia.

En la conducta del niño que transfiere a sus padres lo observado en los perros y se asusta del lobo en lugar de asustarse de su padre no queda ya apenas nada desconcertante.

Se encuentra, en efecto, en aquella fase de su concepción del universo a la que en nuestro capítulo Iv del ensayo de 1913 TOTEM Y TABú, hemos calificado de retorno al totemismo.

La teoría que intenta explicar las escenas primordiales de la neurosis como fantasías regresivas de épocas posteriores parece hallar un firme apoyo en nuestra observación, no obstante la temprana edad de nuestro neurótico (cuatro años).

A pesar de ella ha conseguido sustituir una impresión recibida a los cuatro años por un trauma imaginario supuestamente experimentado cuando tenía año y medio. Pero esta regresión no nos parece enigmática ni tendenciosa. La escena que se trataba de construir había de llenar ciertas condiciones que, dadas las circunstancias de la vida del sujeto, sólo podían haberse cumplido en aquella temprana edad; por ejemplo, la de hallarse durmiendo en la alcoba de sus padres.

Las observaciones que siguen, extraídas de los resultados analíticos de otros casos, habrán de constituir para la mayoría de nuestros lectores la prueba decisiva de la exactitud de esta nueva concepción. La aparición en el análisis de enfermos neuróticos, de una tal escena -sea recuerdo real o fantasía- en la que el sujeto sorprende un coito entre sus padres no es verdaderamente nada insólito.

Es muy posible que el análisis de sujetos no neuróticos nos la descubriera con igual frecuencia y acaso forma parte del acervo mnémico general, consciente

o inconsciente. Pero siempre que el análisis me ha conducido hasta una tal escena ha integrado ésta la misma peculiaridad que tanto nos extrañó en el caso de nuestro paciente: la de referirse a un coitus a tergo, único que permite al espectador la inspección de los genitales.

En estos casos no dudamos ni un solo momento de que se trata de una fantasía, estimulada, quizá regularmente, por la observación del comercio sexual entre los animales. Y aún hay más: he hecho constar que mi exposición de la escena primordial permanecerá incompleta, pues me reservaba para más adelante comunicar en qué forma perturbó el niño el coito de los padres.

Añadiré ahora que también la forma de tal perturbación es en todos los casos la misma.

Supongo que en todo esto me habré expuesto a graves sospechas por parte de los lectores de este historial clínico.

Si poseía tales argumentos favorables a una semejante interpretación de la «escena primaria», ¿cómo pude echar sobre mí la responsabilidad de aceptar otra de aspecto tan absurdo? ¿O acaso es que sólo en el intervalo entre la primera redacción del historial clínico y este complemento es cuando he descubierto aquellos nuevos datos que me han obligado a esta rectificación de mi interpretación inicial y no quería confesarlo por algún motivo?

Confesaré, en cambio, otra cosa, y es que me propongo cerrar por ahora la discusión sobre el valor real de la escena primaria con un non liquet. No hemos llegado aún al término de este historial, y en su curso posterior habrá de surgir un factor que perturbará la seguridad de lo que ahora creemos poder regocijarnos.

Entonces sólo me quedará remitir a los lectores a aquellos pasajes de mis Lecciones introductorias al psicoanálisis, en los cuales he estudiado el problema de las fantasías o escenas primarias.

Apéndice (1922)

Hace unos cuantos meses – en la primavera de 1922– se me presentó un joven declarando ser aquel Juanito cuya neurosis infantil había yo descrito en 1909.

Su visita me satisfizo mucho, pues dos años después del análisis le había perdido de vista y en más de un decenio no había sabido nada de él.

La publicación de este primer análisis de un niño había despertado gran interés, y aún más indignación, profetizándose a la pobre criatura toda clase de desdichas por haber sido despojado de su inocencia en edad tan temprana y víctima de un psicoanálisis.

Pero ninguno de estos temores se ha cumplido. Juanito es ahora un apuesto muchacho de diecinueve años.

Afirmaba encontrarse muy bien y no padecer trastornos ni inhibiciones de ningún género. No sólo había atravesado la pubertad sin daño alguno, sino que había resistido una de las más duras pruebas a que podía ser sometida su vida sentimental.

Sus padres se habían divorciado y habían contraído, cada uno por su lado, nuevas nupcias. Juanito vivía solo, pero en buenas relaciones con ambos, y sólo lamentaba que la disolución de la familia le hubiera separado de su hermana menor, a la que quería mucho. Juanito me comunicó algo especialmente singular.

Tanto, que no me atrevo a arriesgar explicación ninguna. Cuando leyó su historial, me dijo, le había parecido totalmente ajeno a él; no se reconoció ni recordó nada.

Sólo cuando llegó al viaje de Gmunden alboreó en su memoria la sospecha de que aquel niño pudiera ser él.

Así, pues, el análisis no había preservado el suceso de la amnesia, sino que había sucumbido también a ella.

Algo parecido sucede, en cuanto a los sueños, a las personas familiarizadas con el psicoanálisis. Las despierta un sueño, deciden analizarlo en el acto, vuelven luego a dormirse satisfechas con el resultado del análisis, y al despertar por la mañana han olvidado el sueño y el análisis.

(III). ANTES de entrar a examinar brevemente cuáles son las conclusiones de orden general que pueden deducirse de la fobia de Juanito en cuanto a la vida infantil y a la educación de los niños, debo responder a la objeción ha largo tiempo planteada, según la cual Juanito no sería un niño normal, sino un neurótico, un hereditario, un degenerado, nada del cual podría ser transferido a otros niños.

Hace ya tiempo que me duele pensar cómo todos los entusiastas del hombre normal habrán de ensañarse con nuestro pobre Juanito cuando sepan que, en efecto, puede atribuírsele una tara hereditaria.

Su madre, que enfermó de neurosis a consecuencia de un conflicto psíquico de su adolescencia, había sido tratada por mí en aquella ocasión, siendo esta circunstancia la que me puso luego en contacto con los padres de Juanito.

Sólo muy tímidamente arriesgaré, pues, algo en favor del pequeño paciente.

Ante todo haré constar que Juanito no es lo que nos representaríamos, después de una rigurosa observación, como un niño degenerado, hereditariamente condenado a la nerviosidad, sino más bien una criatura físicamente bien conformada, alegre, amable y de inteligencia vivaz.

Su florecimiento sexual fue indudablemente prematuro; mas para emitir un juicio sobre esta cuestión carecemos de material comparativo suficiente.

En una colección de investigaciones efectuadas en América he visto que no son nada raros casos análogamente prematuros de sentimientos amorosos y elección de objeto.

A idéntica conclusión nos lleva la lectura de las biografías de muchos grandes hombres. Habremos, pues, de inclinarnos a suponer que la precocidad sexual va casi siempre pareada a la intelectual, siendo así más frecuente de lo que esperamos entre los niños inteligentes.

Mi confesada parcialidad en favor de Juanito me lleva también a alegar que no es el único niño que en una época cualquiera de su infancia padece de fobias. Tales enfermedades son extraordinariamente frecuentes, aun entre aquellos niños cuya educación nada deja que desear. De estos niños, unos enferman más tarde de neurosis y otros permanecen sanos.

Sus fobias son dominadas a fuerza de gritos y regaños en la nursery, por ser inaccesibles a los tratamientos consagrados y desde luego harto incómodos. Pero no se tiene en cuenta qué transformaciones psíquicas condicionan tal curación ni que modificaciones del carácter se enlazan a ella.

Cuando luego emprendemos el tratamiento psicoanalítico de un neurótico adulto que ha enfermado manifiestamente en años ya maduros, averiguamos siempre que su neurosis se enlaza a aquella angustia infantil, que es una continuación de la misma, y que, por tanto, una labor psíquica ininterrumpida, pero también imperturbada, se ha desarrollado partiendo de aquellos conflictos infantiles a través de la vida del sujeto, sin que importe que su síntoma primero llegase a aparecer o fuera retraído bajo el imperio de las circunstancias.

Opino, pues, que nuestro Juanito no estuvo quizá mucho más enfermo que otros niños a los que nadie tacha de degenerados. Pero como era educado sin intimidación, con la mayor libertad y la menor coerción posible, su angustia se manifestó más osadamente. No existían en su caso dos factores que en otros contribuyen a disminuirla: la conciencia de la culpa y el temor al castigo.

A mi juicio, concedemos demasiada importancia a los síntomas y no nos ocupamos bastante de sus fuentes de origen.

Nuestra única directiva en la educación de los niños es que nos dejen tranquilos, que no nos opongan dificultad alguna. Nos dedicamos, pues, a la cría del niño bueno y juicioso y no nos preguntamos siquiera si semejante educación es la que más conviene al niño.

No me extrañaría que para nuestro Juanito hubiese sido muy provechoso producir esta fobia, puesto que así llamó la atención de sus padres sobre las dificultades ineludibles que el vencimiento de los componentes instintivos innatos opone en la educación infantil y porque aquella perturbación le valió el auxilio de su padre.

Quizá adquirió sobre los demás niños la ventaja de no llevar ya en sí aquel nódulo de complejos reprimidos que siempre significa algo para la vida ulterior y trae consigo alteraciones del carácter, cuando no la disposición a una neurosis.

Me inclino a pensar así, pero no sé si habrá muchos que compartan mi opinión ni tampoco si la experiencia llegará a confirmarla. De todos modos, no puedo menos de preguntar en qué ha perjudicado a Juanito el alumbramiento de aquellos complejos forzadamente reprimidos por los otros niños y tan temidos por sus padres.

¿Ha puesto acaso en práctica el pequeño sujeto sus pretensiones con respecto a su madre o ha traducido en actos violentos su hostilidad contra el padre? Seguramente habrán abrigado tal temor aquellos que desconocen la esencia del psicoanálisis y opinan que al hacer conscientes los malos instintos se les intensifica y robustece.

Estos sabios obran luego consecuentemente cuando aconsejan eludir en absoluto aquellas cosas malas que se esconden detrás de las neurosis. Claro está que al obrar así olvidan que son médicos, y adoptan un parecido lamentable con el personaje shakesperiano de Mucho ruido para nada, que aconseja también a la ronda que se guarde muy bien de todo contacto con los asesinos y los ladrones, pues las gentes honradas no deben tener trato alguno con semejante canalla.

Las únicas consecuencias del análisis son más bien que Juanito recobra la salud, no se asusta ya de los caballos y trata a su padre con libre familiaridad, como él mismo nos comunica, un tanto divertido.

Pero lo que el padre pierde en respeto lo gana en confianza: «Como supiste lo del caballo, creía que lo sabías todo». Y es que el análisis no destruye el resultado de la represión. Los instintos antes dominados y sometidos siguen estándolo. Pero alcanza este resultado por otros caminos.

Sustituye el proceso de la represión, automático y excesivo, por el dominio mesurado y adecuado conseguido con ayuda de las más elevadas instancias psíquicas.

En una palabra: sustituye la represión por un juicio condenatorio. Parece aportaros la prueba, tan buscada, de que la conciencia tiene una función biológica y que su entrada en juego supone una importante ventaja.

Si totalmente de mí hubiera dependido, me habría arriesgado a dar a Juanito una explicación más, que sus padres silenciaron. Habría confirmado sus presentimientos instintivos revelándole la existencia de la vagina y del coito, con lo cual habría disminuido todavía más el resto no solucionado y hubiera puesto fin a su impulso interrogante.

Estoy seguro de que no habría perdido el amor a su madre ni su naturaleza infantil con estas explicaciones y se habría convencido, en cambio, de que debía dejar de ocuparse de aquellas cosas tan importantes, e incluso imponentes, hasta que se hubiera cumplido su deseo de ser mayor. Pero el experimento pedagógico no pasó más adelante.

Que entre niños nerviosos y normales no puede trazarse una frontera definida, que la enfermedad es un concepto puramente práctico, que han de coincidir la disposición y la experiencia para hacer aparecer la neurosis, que en consecuencia pasan continuamente muchos individuos de la salud a la neurosis y un número mucho menor de la neurosis a la salud; todas estas cosas se han dicho tantas veces y han encontrado tanto eco, que no soy yo seguramente el único en afirmarlas.

Que la educación del niño puede ejercer un poderoso influjo a favor o en contra de la disposición a la neurosis es, por lo menos, muy probable; pero aquello a lo que la educación debe tender y cuáles han de ser sus puntos de ataque son cuestiones aún muy problemáticas. Hasta ahora no se ha marcado más fin que la dominación, y muchas veces, más exactamente, la yugulación de los instintos.

El resultado no ha sido ciertamente nada satisfactorio. No se preguntaba tampoco por qué caminos y a costa de qué sacrificios era conseguida la yugulación de los instintos incómodos.

Si se sustituye a esta labor la de hacer al individuo capaz de cultura y socialmente utilizable a costa de un mínimo de pérdida de su actividad, las aclaraciones obtenidas por medio del psicoanálisis sobre el origen de los complejos patógenos y sobre el nódulo de cada neurosis aspirarán a ser consideradas por el educador como indicaciones inestimables para regular su conducta con respecto al niño.

Cuáles son las conclusiones prácticas que de aquí se derivan y hasta qué punto la experiencia puede justificar el empleo de las mismas, dentro de nuestras circunstancias sociales, son cuestiones cuyo examen y decisión debo dejar a otros. No puedo despedirme de la fobia de nuestro paciente sin hacer constar algo que hace especialmente valioso para mí el análisis que la llevó a su curación.

En rigor, este análisis no me ha revelado nada que no hubiese ya descubierto, a veces de un modo menos preciso y directo, en los análisis de pacientes adultos. Y como las neurosis de estos otros enfermos pudieron ser, sin excepción alguna, referidas a los mismos complejos infantiles que descubrimos detrás de la fobia de Juanito, me inclino a adscribir a esta neurosis infantil una significación típica y ejemplar, como si toda la diversidad de los fenómenos neuróticos de represión y toda la riqueza del material patógeno pudieran derivarse de un número muy escaso de procesos desarrollados en los mismos complejos de representaciones.

(II). JUANITO enferma un día de miedo a la calle. No puede aún precisar qué es lo que le da miedo, pero ya al principio de su estado de angustia delata a su padre el motivo de su enfermedad, la ventaja que la misma le proporciona. Quiere permanecer al lado de su madre, «hacer mimitos» con ella.

El recuerdo de haber sido separado de ella cuando su hermanita nació pudo contribuir, como el padre supone, a este ansioso deseo. Pero lo que tarda en quedar demostrado es que su miedo no puede ya volverse a traducir en deseo, pues Juanito siente miedo también cuando su madre le acompaña.

Entre tanto, vamos vislumbrando cuál ha sido la fijación de la libido convertida en miedo. Juanito expresa el miedo particularísimo a ser mordido por un caballo blanco.

Damos a tal estado patológico el nombre de «fobia», y podríamos adscribir a la agorafobia el caso de nuestro infantil sujeto si esta afección no se caracterizase por el hecho de que la compañía de una persona determinada, o, en caso extremo, del médico, faculta al enfermo para llevar a cabo aquellos rendimientos que yendo solo le sería imposible emprender por impedírselo su incoercible miedo al espacio. La fobia de Juanito no integra esta condición.

Se desvía pronto del espacio y toma cada vez más precisamente al caballo como objeto.

En los primeros días, cuando su estado de angustia alcanzó su más alto nivel, Juanito expresó ya aquel temor de que el caballo entrase en su cuarto, que tanto hubo de facilitarme la comprensión de su angustia.

La situación de las «fobias» en el sistema de la neurosis ha sido hasta ahora muy indeterminada. Parece seguro que sólo deben ser consideradas como síndromes comunes a diferentes neurosis, no siendo preciso atribuirles la calidad de procesos patológicos especiales. Para las fobias como esta de nuestro Juanito, que son las más frecuentes, no me parece impropia la denominación «histeria de angustia», propuesta por mí al doctor W.

Stekel cuando emprendió su exposición de los estados nerviosos de angustia y que espero acabará por imponerse, pues queda justificada por la perfecta coincidencia del mecanismo psíquico de tales fobias con el de la histeria, salvo en un solo y único punto decisivo, muy apropiado para la diferenciación.

En efecto, la libido, desligada del material patógeno por la represión, no es convertida, o sea utilizada, partiendo de lo anímico, para una inervación somática, sino que queda libre en calidad de angustia.

En los casos patológicos, esta «histeria de angustia» puede mezclarse en cualquier medida con la «histeria de conversión». Hay también histerias de conversión puras, sin angustia alguna, y también meras histerias de angustia que se manifiestan en sensaciones de angustia y en fobias sin conversión alguna. De este último género es la fobia de Juanito.

La histeria de angustia es la enfermedad psiconeurótica más frecuente pero, sobre todo, la de aparición más temprana en la vida individual; es la neurosis de la época infantil. Cuando una madre dice que su hijo es muy «nervioso»), puede darse por seguro, en nueve casos de cada diez, que padece una angustia cualquiera o muchos temores angustiosos a la vez. por desgracia, el sutil mecanismo de estas enfermedades tan importantes no ha sido aún suficientemente estudiado. No se ha determinado aún si la histeria de angustia, a diferencia de la histeria de conversión y de otras neurosis, tiene su única condición en factores constitucionales o en los sucesos vividos, o en qué unión de ambos elementos la encuentra.

A mi juicio, es aquella enfermedad neurótica que menos exige una constitución especial, y, por tanto, la que más fácilmente puede ser contraída en cualquier período de la vida. No es difícil hacer resaltar un carácter esencial de las histerias de angustia. La histeria de angustia evoluciona cada vez más hacia la «fobia».

Al final, el enfermo puede haber quedado libre de angustia, pero sólo a costa de inhibiciones y restricciones a las que hubo de someterse.

En la histeria de angustia se desarrolla desde un principio una labor psíquica encaminada a ligar de nuevo psíquicamente la angustia libertada, pero esta labor no puede alcanzar la retransformación de la angustia en libido ni enlazarse a los mismos complejos de los que la libido procede. No le queda más camino que impedir todas las ocasiones de desarrollo de angustia por medio de una defensa psíquica, tal como una precaución, una inhibición o una prohibición, y estas defensas son las que se nos muestran como fobias y forman, para nuestra percepción, la esencia de la enfermedad.

Puede decirse que el tratamiento de la histeria de angustia ha sido hasta ahora puramente negativo. La experiencia ha demostrado que es inútil y en algunas circunstancias muy peligroso intentar la curación de una fobia de un modo violento, colocando al enfermo en una situación en la que tenga necesariamente que pasar por el desarrollo de angustia, después de haberle privado de su defensa.

Se le obliga así a buscar protección donde cree encontrarla y se le testimonia un desprecio ineficaz a causa de su «incomprensible cobardía».

Los padres de nuestro pequeño paciente estaban convencidos desde un principio de que el remedio no estaba en reirse de él ni en brutalizarle, sino en buscar, por el camino psicoanalítico, el acceso a sus deseos inconscientes.

El éxito recompensó la ardua labor del padre, cuyas anotaciones nos procuran ocasión de penetrar en la estructura de tal fobia y perseguir el camino del análisis al que dio motivo. No me parece improbable que la extensión y la minuciosidad del análisis hayan hecho difícil al lector su más perfecta comprensión.

Por tanto, creo conveniente una síntesis de su desarrollo, prescindiendo de detalles inútiles y haciendo resaltar los resultados positivos paulatinamente obtenidos. Comenzamos por averiguar que la aparición del estado de angustia no fue tan repentina como a primera vista pareció. Varios días antes, Juanito había tenido un sueño de angustia: Mamá se había ido, y ya no tenía él con quien «hacer mimitos».

Este sueño es ya indicio de un proceso de represión de sospechosa intensidad.

Su interpretación no puede ser, como para otros muchos sueños de angustia, la de que el niño había sentido una angustia procedente de cualesquiera fuentes somáticas y la ha utilizado para el cumplimiento de un deseo inconsciente intensamente reprimido.

Se trata, en realidad, de un sueño de castigo y de represión, en el cual el mismo fenómeno onírico fracasa en su función particularísima, ya que el niño despierta preso de angustia. No es difícil reconstruir el proceso inconsciente correlativo.

El niño ha soñado con las caricias de la madre, ha soñado que dormía con ella en la cama, y todo el placer y todo el contenido de representaciones han sido transformados en su antítesis. La represión ha logrado la victoria sobre el mecanismo del sueño.

Pero los comienzos de esta situación psicológica se hallan aún más atrás. Ya durante el veraneo pasó Juanito por estados de melancolía en los que hubo de exteriorizar ideas análogas y que le valieron ser acogido en el lecho de la madre.

Desde esta época, aproximadamente, podemos suponerle bajo los efectos de una fuerte excitación sexual, cuyo objeto es la madre y cuya intensidad se manifiesta en dos tentativas de seducción – la última inmediatamente anterior a la aparición de la angustia – , descargándose todas las noches en la satisfacción onanista.

No es posible determinar si la transformación de esta excitación se desarrolla luego espontáneamente o a consecuencia de la repulsa de la madre o de la reviviscencia de impresiones pretéritas provocadas por el motivo ocasional de la enfermedad. Pero, además, es indiferente, ya que las tres distintas posibilidades enunciadas no pueden considerarse antitéticas.

Lo esencial es la transformación de la excitación sexual en angustia. Conocemos la conducta del niño en los primeros tiempos de la angustia y sabemos que el primer contenido que a la misma diera fue el temor de que le mordiese un caballo.

En este punto tiene efecto la primera intervención de la terapia.

Los padres le indican que la angustia es consecuencia de la masturbación y le encaminan hacia el abandono de tal hábito. Una pequeña mejoría obtenida con esta intervención desaparece pronto al iniciarse un período de enfermedad puramente orgánica.

El estado psíquico se mantiene invariado. Poco después descubre Juanito cómo su miedo a que le muerda un caballo se deriva de la reminiscencia de una impresión recibida en Gmunden.

Un padre había dicho a su hija en el momento de partir: «No le acerques los dedos al caballo, porque te morderá».

La forma verbal que Juanito da a la advertencia del padre recuerda la que los suyos usaron para prevenirle contra el onanismo, pareciendo así confirmar la hipótesis de aquéllos, según la cual, a lo que tenía miedo era a la propia satisfacción masturbadora. Pero la relación es aún muy lejana, y el caballo parece haber llegado demasiado casualmente a su papel de objeto de la angustia.

Yo había arriesgado la hipótesis de que su deseo reprimido podía ser ahora el de verle a su madre la cosita. Y como su conducta con una criada recién entrada en la casa parecía confirmar tal sospecha, el padre se decide a procurarle una primera aclaración sexual: las mujeres no tienen cosita, Juanito reacciona a este primer auxilio con el relato de una fantasía en la que imagina haber visto a su madre mostrando la cosita.

Esta fantasía y la observación de que su propia cosita forma parte integrante e inseparable de su cuerpo nos facilita una primera visión de sus procesos mentales inconscientes.

Se hallaba, realmente, bajo la impresión ulterior de la amenaza de castración de que su madre le había hecho objeto año y medio antes, pues la fantasía de que su madre hacía lo mismo que él (le había valido aquella temible amenaza) estaba destinada a justificarle y disculparle.

Era una fantasía de protección y de defensa.

Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que fueron los mismos padres los que extrajeron del material patógeno eficiente en Juanito el tema de la masturbación. Juanito los sigue por este camino, pero todavía no interviene independientemente en el análisis. No se observa tampoco el menor resultado terapéutico.

El análisis permanece muy lejos de los caballos, y la revelación de que las mujeres no tienen cosita es muy apropiada para intensificar la preocupación del infantil sujeto en cuanto a la posible pérdida de la suya propia.

Pero a lo que tendemos en primer término no es a obtener un resultado terapéutico, sino a colocar al enfermo en situación de aprehender conscientemente sus impulsos optativos inconscientes. Para ello, basándonos en sus manifestaciones y con ayuda de nuestro arte de interpretación, situamos ante su conciencia, expresado en nuestra forma verbal, el complejo inconsciente. La analogía entre lo que así oye el paciente y aquello que busca y que a pesar de todas las resistencias pugna por abrirse paso hasta la conciencia, le hace posible hallar lo inconsciente.

El médico le precede cierto trecho en la comprensión de sus problemas, pero el paciente llega a ella por caminos propios, reuniéndose con él en la meta fijada. Los principiantes en psicoanálisis suelen incurrir aquí en error.

Suponen que el momento en que descubren un complejo inconsciente del enfermo es el mismo en que el enfermo lo aprehende y esperan demasiado al pretender curar al sujeto con la comunicación de aquel descubrimiento, pues, en realidad, tal comunicación no puede servirle más que para ayudarle a encontrar el complejo inconsciente en aquel lugar de su inconsciente en el que se halle anclado.

En este período del análisis conseguimos un primer resultado de este género. Después del vencimiento parcial del complejo de la castración, Juanito puede ya comunicar sus deseos en cuanto a su madre, y así lo hace, en efecto, aunque todavía de un modo encubierto, por medio de la fantasía de las dos jirafas, una de las cuales protesta a gritos al tomar Juanito posesión de la otra. Juanito representa la toma de posesión con el acto de sentarse encima.

El padre reconoce en esta fantasía la reproducción de una escena que se desarrolló una mañana en la alcoba entre los padres y el hijo, y sabe hallar el deseo oculto detrás de ella.

El y la madre son las dos jirafas.

El disfraz de que el deseo se reviste se halla suficientemente determinado por la visita hecha días antes al parque zoológico de Schonbrunn, por la jirafa que el padre dibujó a Juanito tiempo atrás y quizá también por una comparación inconsciente enlazada al cuello largo y rígido de la jirafa. Observamos que la jirafa, animal de gran estatura e interesante para Juanito por el tamaño de su cosita, hubiera podido llegar a ser el objeto de su angustia en lugar del caballo.

El hecho de que el padre y la madre sean representados por sendas jirafas proporciona también un punto de apoyo para la ulterior interpretación de los caballos temidos.

Dos fantasías menores que Juanito relata en los días inmediatamente siguientes a la de la jirafa – la de haber infringido la prohibición que cerraba el paso a uno de los departamentos del parque zoológico de Schonbrunn y la de haber roto el cristal de una ventanilla del tranvía, con la complicidad del padre en ambas ocasiones – escapan, desgraciadamente, a la interpretación del padre, y de este modo su comunicación no procura a Juanito ventaja alguna.

Pero lo que así permanece incomprendido retorna una y otra vez, sin descanso, como un alma en pena, hasta encontrar comprensión y redención. La interpretación de las dos pequeñas fantasías delictivas no nos ofrece grandes dificultades.

Pertenecen al complejo de la toma de posesión de la madre. Hay en Juanito como un presentimiento de algo que podría hacer con la madre, y con la cual quedaría perfeccionada su toma de posesión de ella, y encuentra para aquel algo inaprehensible ciertas representaciones gráficas, a las que es común la idea de ilicitud y violencia y cuyo contenido nos parece armonizar singularmente bien con la realidad oculta.

Son fantasías simbólicas del coito, y la complicidad en ella atribuida al padre no es nada indiferente: «Quisiera hacer algo con mamá, algo prohibido; no sé lo que es, pero se que tú lo haces con ella».

La fantasía de las jirafas había reforzado en mí una convicción que ya me había sido impuesta por el temor de Juanito a que el caballo entrase en el cuarto, y juzgué muy apropiado el momento para comunicarle una parte esencial de sus impulsos inconscientes; su miedo al padre, como consecuencia de sus deseos celosos y hostiles contra el mismo. Con esto le interpreté al mismo tiempo, fragmentariamente, su miedo a los caballos.

El padre tenía que ser el caballo al cual, y por excelentes razones internas, tenía miedo. Ciertos detalles – la cosa negra en los labios y la otra cosa delante de los ojos (bigote y lentes como privilegios del hombre adulto) – me parecieron haber sido directamente transferidos de la persona del padre a los caballos. Con esta aclaración vencí la resistencia que más eficazmente se oponía a que los pensamientos inconscientes de Juanito penetrasen hasta su conciencia, ya que en su caso el padre y el médico coincidían en una sola persona.

A partir de aquí, la perturbación siguió ya una marcha descendente, el material fluyó en abundancia y Juanito encontró valor para comunicar los detalles de su fobia y no tardó en intervenir independientemente en el análisis.

Ahora averiguamos ya a qué objeto e impresiones tiene miedo Juanito. No sólo a los caballos y a que le muerdan esto desaparece pronto, sino también a los carros de mudanzas y a los ómnibus (vehículos que tienen como elemento común su pesada carga), al instante de ponerse en marcha los caballos, a los caballos de aspecto corpulento y pesado y a los que pasan muy de prisa.

El sentido de estas determinaciones nos lo descubre luego el propio Juanito: tiene miedo de que los caballos se caigan, e integra así en su fobia todo aquello que puede provocar tal accidente.

Muchas veces transcurre todo un período de labor analítica antes que el sujeto llegue a comunicar el contenido efectivo de una fobia o de un impulso obsesivo, etc. La represión no ha recaído tan sólo sobre los complejos inconscientes, sino que actúa también de continuo sobre sus ramificaciones e impide al mismo enfermo la percepción de sus productos patológicos.

El médico tiene que emprender entonces la tarea singular de intervenir a favor de la enfermedad para que la misma llegue a captar la atención del enfermo; pero sólo quien desconozca por completo la esencia del psicoanálisis podrá suponer que esta fase de nuestra labor pueda causar un daño al enfermo. La verdad es que no se puede ahorcar un ladrón sin antes prenderlo, y así, para apoderarnos de los productos patológicos que queremos destruir, nos es preciso desarrollar una labor previa.

En mis glosas al historial clínico de Juanito hice ya constar cuán instructivo resulta profundizar así en los detalles de una fobia y extraer la convicción de la existencia de una relación secundariamente establecida entre la angustia y sus objetos. De aquí la naturaleza, singularmente difusa y, sin embargo, tan rigurosamente condicionada, de las fobias.

El material necesario para estas soluciones especiales lo ha extraído Juanito, evidentemente, de las impresiones que le procura todos los días la situación de su casa frente al depósito de la aduana.

En relación también con estas impresiones delata un deseo, inhibido ahora por el miedo, de jugar con las cargas de los carros, los equipajes, las cubas y los fardos, como los chicos de la calle.

En este estadio del análisis halla Juanito el suceso, poco importante en sí, que precedió inmediatamente a la aparición de la enfermedad y debe ser considerado como el motivo ocasional de dicha aparición. Iba de paseo con su madre y vio caerse y patalear a un caballo de un ómnibus, accidente que le causó gran impresión.

Se asustó mucho y creyó que el caballo había muerto y que desde aquel momento todos los caballos se caerían.

El padre le indica que al ver caerse al caballo debió de pensar él en su padre y desear que se cayese también y se matase. Juanito no se rebela contra esta interpretación, y al cabo de un rato, con un juego que inventa y en el que muerde al padre, demuestra aceptar la identificación del mismo con el caballo temido.

A partir de este momento se conduce ya libremente y sin miedo, e incluso con cierto descaro, con su padre. Pero sigue asustándose de los caballos, y no vemos aún claramente a consecuencia de que concatenación el caballo caído ha rozado sus deseos inconscientes. Concretaremos los resultados hasta aquí obtenidos; detrás del miedo primeramente manifestado a que le mordiese un caballo hemos descubierto, más profundo, el miedo de que los caballos se cayeran, y ambos caballos, tanto el que muerde como el que se cae, son el padre, que le castigará por abrigar tan perversos deseos en cuanto a su persona.

Entre tanto, el análisis se ha alejado de la madre.

Inesperadamente, y desde luego sin estímulo alguno por parte del padre, comienza Juanito a ocuparse del complejo de la excreción y a mostrar repugnancia a aquellas cosas que le recuerdan la defecación.

El padre, que sólo a disgusto le sigue por este camino, continúa entre tanto el análisis en la dirección que él cree más acertada y recuerda a Juanito un suceso acaecido en Gmunden, cuya impresión se escondía detrás de la correspondiente a la caída del caballo del ómnibus. Federico, su antiguo amiguito y su rival en el cariño de las niñas, había tropezado en una piedra jugando a los caballos, se había caído y se había hecho sangre en un pie. La caída del caballo del ómnibus le había recordado este incidente.

Es curioso que Juanito, preocupado de momento con otras cosas, niegue primero la caída de Federico, que establecería la conexión buscada, y sólo la confirme en un estadio ulterior del análisis.

Mas para nosotros lo interesante es hacer resaltar cómo la transformación de la libido en angustia llega a proyectarse sobre el caballo, objeto principal de la fobia. Los caballos eran, de siempre, los animales que más le interesaban, y a lo que más le gustaba jugar con sus amiguitos era también a los caballos.

Nuestra sospecha de que el padre hubiera sido el primero en servirle de caballo nos fue confirmada por él mismo, y de este modo, en el accidente de Gmunden, pudo la persona del padre sustituir a la de Federico. Una vez iniciada la represión, Juanito tenía que asustarse de los caballos, que antes le habían procurado tanto placer.

Pero ya indicamos que esta última importante aclaración de la eficacia del motivo ocasional de la enfermedad la debemos a la intervención del padre. Juanito continúa preocupado por el complejo de la excreción, y, por fin, no tenemos más remedio que seguirle a este terreno.

Averiguamos que antes solía imponer a su madre su compañía cuando iba al retrete, y que luego siguió haciendo lo mismo con su amiguita Berta, hasta que se lo prohibieron.

El placer de presenciar cómo una persona querida hace sus necesidades corresponde también a una «confluencia de los instintos», de la que ya observamos otro ejemplo en Juanito.

Por último, también el padre se resuelve a penetrar en el simbolismo excremental y reconoce una analogía entre un carro pesadamente cargado y un vientre cargado de excremento, entre la forma en que el coche sale por una puerta y las heces del cuerpo, etc.

Ahora bien: la situación de Juanito en el análisis es ahora muy distinta de la que ocupaba en estadios anteriores del mismo.

Antes, el padre le anunciaba lo que iba a surgir, y Juanito le seguía orientándose por sus indicaciones.

Ahora marcha delante, con paso seguro, y al padre le cuesta trabajo seguirle.

Juanito

aporta una nueva fantasía: El fontanero ha destornillado la bañera, en la que se encuentra Juanito, y luego le ha clavado una barrena en la barriga.

A partir de aquí, nuestra comprensión avanza cojeando penosamente detrás del material emergente.

Sólo después adivinamos que se trata de una elaboración, deformada por la angustia, de una fantasía de concepción. Pero, de momento, esta fantasía escapa a la interpretación, y sólo sirve a Juanito como un punto al que enlazar la continuación de sus comunicaciones.

A Juanito le da miedo que le bañen en la bañera grande.

Este miedo es también de naturaleza compuesta. Una parte del mismo nos escapa aún: la otra queda pronto aclarada por una relación con el acto de bañar a su hermanita. Juanito confiesa su deseo de que la madre suelte a Hanna durante el baño para que la pequeña caiga al agua y muera.

Su propio miedo, al ser bañado en el baño grande, no es más que el temor al castigo por aquel mal deseo. Juanito abandona ahora el tema excremental y pasa al de la hermanita.

Tal sucesión significa que la pequeña Hanna es por sí misma un excremento: que todos los niños son excrementos y surgen al exterior (son paridos) por el mismo camino que éstos.

Comprendemos ahora que todos los carros de mudanzas, ómnibus y camiones sean para Juanito carros cargados con aquellos cajones en los que la cigüeña guarda a los niños, que le interesan como representaciones simbólicas del embarazo y que en la caída de los caballos corpulentos o pesadamente cargados haya visto representado un parto.

El caballo caído no era, pues, tan sólo el padre en trance de muerte, sino también la madre en el del parto. Y ahora nos procura Juanito una sorpresa, a la que ciertamente no estamos preparados. Teniendo tres años y medio observó el embarazo de la madre, que terminó en el nacimiento de la pequeña, y después del parto, si no antes, reconstruyó todo el proceso, aunque sin exteriorizarlo, y quizá sin poderlo exteriorizar.

Sólo pudo observarse, por entonces, que inmediatamente después del parto acogió con un absoluto escepticismo todo lo referente a la fábula de la cigüeña.

El análisis demuestra, sin dejar lugar a dudas, que en su inconsciente y en palmaria contradicción con sus manifestaciones oficiales, sabía muy bien de dónde procedía la niña y dónde había estado encerrada hasta el parto.

Es éste, quizá, el fragmento más irrebatible del análisis.

Prueba incontrastable de ello es la fantasía, tenazmente sostenida y adornada con tantos detalles, de que Hanna estaba ya con ellos en Gmunden el verano anterior a su nacimiento, y de cómo había hecho el viaje poseyendo por entonces una capacidad funcional mucho más amplia que luego un año después de venir al mundo.

El descaro con el que Juanito relata esta fantasía y las innumerables e imprudentes mentiras que en ella entreteje no carecen ciertamente de sentido. Todo ello constituye una venganza contra su padre, al que guarda rencor por haberle querido engañar con la fábula de la cigüeña.

Es como si quisiera decirle: Si tú me has tenido por tonto y has supuesto que iba a creerme que la cigüeña había traído a Hanna, también yo puedo exigirte que aceptes mis invenciones.

En clara conexión con este acto de venganza del pequeño investigador contra su padre surge ahora la fantasía de golpear y excitar a los caballos.

Esta fantasía muestra también una doble determinación: se apoya, por un lado, en la burla de que acaba de hacer objeto a su padre y renueva, por otro, oscuros impulsos sádicos referidos a la madre e integrados también, sin que entonces llegáramos nosotros a descubrirlos, en las fantasías delictivas anteriores. También conscientemente contesta Juanito su deseo de pegar a la madre.

No esperamos ya muchos enigmas. Una oscura fantasía de perder el tren parece constituir una premisa de aquella otra en la que Juanito casa a su padre con la abuela de Lainz, pues en la primera se trata ya de un viaje a Lainz e interviene la abuela. Otra fantasía, en la que un chico da 50.000 florines al vigilante para que le deje subir en la vagoneta, parece constituir un proyecto de comprar la madre al padre, cuyo poder reside parcialmente en su riqueza.

Luego, con una franqueza desusada en él hasta entonces, confiesa su deseo de hacer desaparecer al padre porque estorba su intimidad con la madre. No debemos extrañar que estos impulsos optativos aparezcan repetidamente en el curso del análisis.

Tal monotonía aparente es sólo producto de las interpretaciones a ellos enlazadas, pues para Juanito no son meras repeticiones, sino desarrollos progresivos, desde tímidos indicios hasta una claridad plenamente consciente y exenta de toda deformación.

Siguen luego manifestaciones con las que Juanito confirma los resultados analíticos obtenidos. Con un claro acto sintomático, que sólo disfraza levemente ante la criada, pero no ante su padre, muestra cómo se imagina él un parto.

Por el agujero redondo abierto en el cuerpo de un muñeco de goma introduce una navajita, perteneciente a su madre, y la hace caer al exterior desgarrando las piernas del muñeco.

La explicación que luego le dan sus padres de que los niños nacen efectivamente en el cuerpo de las madres y son expulsados de él como las heces y la defecación llega demasiado tarde. No puede enseñarle ya nada nuevo.

Por medio de otro acto sintomático ulterior confiesa que ha deseado la muerte de de su padre, dejando caer – tirando – el caballito con el que juega en momento mismo en el que el padre le habla de aquel deseo. Confirma también, de palabra, que los vehículos pesadamente cargados eran para él representaciones del embarazo de la madre, y que la caída del caballo era como cuando se tiene un niño.

La más preciada confirmación a este respecto, la prueba de que los niños son excrementos, por la invención del nombre «Lodi» para su niña preferida, llega con retraso a nuestro conocimiento, pues averiguamos que hace ya mucho tiempo que venía jugando, en su imaginación, con aquella ‘niña – salchicha’.

Ya hemos examinado las dos últimas fantasías de Juanito con las cuales se completa su curación. La primera, en la cual el fontanero le procura un pene nuevo, y como el padre adivina, más tarde no es sólo la repetición de otra superior de análogo contenido.

Es también una victoriosa fantasía optativa e integra el vencimiento del miedo a la castración. La segunda fantasía, que confiesa el deseo de estar casado con su madre y tener de ella muchos niños, no sólo agota el contenido de aquellos complejos inconscientes removidos a la vista del caballo caído y que habían desarrollado angustia, sino que corrige lo que de aquellos pensamientos no era admisible, sustituyendo la muerte del padre por su matrimonio con la abuela.

Esta fantasía pone término feliz a la enfermedad y al análisis.

Mientras adelantamos en el análisis de un caso no es posible obtener una impresión exacta de la estructura y la evolución de la neurosis. Para ello se hace precisa una labor sintética ulterior.

Al emprender ahora esta síntesis de la fobia de Juanito tomaremos como punto de partida nuestra descripción anterior de su constitución, de sus deseos sexuales directivos y de los sucesos por él vividos hasta el nacimiento de su hermanita.

Este acontecimiento trajo consisto muchas cosas que perturbaron va duramente la vida de nuestro pequeño sujeto.

En primer lugar, una dolorosa separación temporal de su madre y luego una prolongada disminución de los cuidados y atenciones que la misma le prodiga y que Juanito tuvo ahora que acostumbrarse a compartir con la niña.

Después, una reviviscencia de las experiencias placientes extraídas por el espectáculo de los que ahora se prodigaban a la pequeña. De ambas influencias resultó una intensificación de sus necesidades eróticas, a las que empezó a faltar satisfacción suficiente.

De las pérdidas ocasionadas por la llegada de la hermanita se compensa Juanito con la fantasía de que también él tiene hijos, y mientras pudo jugar y convivir realmente con otros niños, en quienes encarnaba su imaginaria descendencia (durante su segundo veraneo en Gmunden), su ternura halló derivación bastante.

Pero a su retorno a Viena se encontró de nuevo solitario, acumuló sobre su madre todos sus deseos y exigencias y sufrió una privación más al ser expulsado de la alcoba de los padres, en la que había convivido con ellos hasta los cuatro años y medio.

Su excitabilidad erótica, intensificada, se exteriorizó ahora en fantasías, en las cuales evocaba a sus amiguitos de Gmunden, y en satisfacciones autoeróticas regulares por excitación masturbatoria de los genitales.

El nacimiento de la hermanita le procuró también el estímulo a una labor mental que, por un lado, no podía llegar a solución alguna y, por otro, le creaba conflictos sentimentales.

Se le planteó el gran problema de la procedencia de los niños, el primero que pone a prueba las energías mentales infantiles y el cual no es, quizá, sino una deformación del enigma de la esfinge tebana. La explicación de que a Hanna la había traído la cigüeña la rechaza desde el primer momento.

Había observado que a su madre se le había hinchado el vientre meses antes del nacimiento de Hanna, y que luego había tenido que guardar cama, se había quejado mucho la noche del parto y había recobrado después su primitiva esbeltez. De todo ello dedujo que Hanna había estado dentro del cuerpo de la madre y había salido luego al exterior como un excremento.

Este último proceso lo creía placiente, fundándose en las sensaciones de placer que primitivamente hubo de procurarle el acto de la defecación. Pudo, por tanto, desear, con doble motivación, tener él mismo niños para parirlos con placer y cuidarlos luego.

En todo ello no había nada que pudiese suscitarle dudas ni conflictos.

Pero había algo distinto que no podía por menos de preocuparle.

El padre debía tener algo que ver con el nacimiento de la pequeña, pues afirmaba que Hanna y el mismo Juanito eran sus hijos. Pero quien los había traído al mundo no era él, sino la madre. Por otro lado, el padre estorbaba su intimidad con la madre.

Cuando el padre estaba en casa, Juanito no podía dormir con la madre, y si ésta pretendía acogerle en su cama, el padre se oponía a gritos. Juanito había comprobado antes cuán grata podía ser para él la ausencia del padre.

El deseo de su desaparición quedó ahora plenamente justificado y reforzada su hostilidad contra él.

El padre le había contado aquella mentira de la cigüeña, haciéndole imposible solicitar nuevas explicaciones sobre la cuestión. No sólo le impedía el acceso a la cama de la madre, sino que le ocultaba lo que tanto ansiaba saber. Le perjudicaba en ambos sentidos, y seguramente en provecho propio.

El hecho de que aquel mismo padre al que había de odiar como rival le había merecido siempre y tenía que seguirle mereciendo un tierno cariño, constituyendo para él modelo y ejemplo, y habiendo sido su primer protector y guardador y su primer compañero de Juegos, provocó en Juanito un primer conflicto sentimental, insoluble al principio. Dado el bondadoso natural de Juanito, el cariño tenía que vencer al odio y mantenerlo sometido, aunque no pudiera hacerlo desaparecer por cuanto el amor a la madre le proporcionaba continuo alimento.

Pero el padre, además de saber de dónde venían los niños, realizaba también algo que Juanito sólo podía presentir oscuramente. La cosita, cuya excitación acompañaba siempre a aquellos pensamientos, debía de tener algo que ver con todo ello, aunque desde luego una cosita mayor de lo que a Juanito le parecía la suya.

Siguiendo las indicaciones que sus sensaciones le proporcionaban, concluyó que debía de tratarse de una violencia de que se hacía objeto a la madre, de un desgarramiento, de una penetración en un espacio cerrado, actos a cuya ejecución sentía en sí un impulso.

Pero, aun hallándose así en camino de llegar a inducir la existencia de la vagina partiendo de sus sensaciones genitales, no le era posible resolver el enigma por oponerse a semejante solución la convicción de que la madre poseía también, como él, una cosita.

La tentativa de solucionar qué es lo que había de hacerse con la madre para que tuviera niños se hundió, pues, en lo inconsciente y los dos impulsos activos, el impulso hostil contra el padre y el impulso sádico – amoroso hacia la madre, permanecieron sin empleo el primero, a causa del amor subsistente al lado del odio, y el segundo, a consecuencia de la perplejidad resultante de las teorías sexuales infantiles.

Sólo en esta forma podemos reconstruir, apoyándonos en los resultados del análisis, los complejos e impulsos optativos inconscientes, cuya represión y reviviscencia hicieron surgir la fobia de Juanito.

Sé que con ello atribuimos a la capacidad mental de un niño de cuatro a cinco años rendimientos muy elevados, pero nos dejamos guiar por los nuevos descubrimientos efectuados y no nos consideramos ligados por los prejuicios de nuestra ignorancia.

Quizá hubiésemos podido utilizar el miedo al acto de armar jaleo con las piernas para cegar aún ciertas lagunas de nuestra demostración. Juanito manifestó ciertamente que le recordaba sus pataleos cuando le obligaban a dejar de jugar para ponerle a hacer caca, de manera que este elemento de la neurosis entra en relación con el problema de si la madre paría los niños paciente o displacientemente, pero no tengo la impresión de que con ello quede totalmente explicado el armar jaleo con las piernas.

Mi sospecha de que se trataba de una evocación de la reminiscencia del comercio sexual entre sus padres, sorprendidos alguna vez por Juanito mientras compartió con ellos la alcoba, no pudo ser confirmada. Habremos, pues, de contentarnos con lo averiguado.

Es difícil precisar, y sólo la comparación con otros varios análisis semejantes podría permitírnoslo, qué influencias provocaron en la situación descrita la transformación del anhelo libidinoso en angustia, o sea en qué punto hubo de iniciarse la represión.

Hasta lograr más amplia experiencia en estas cuestiones dejaremos, pues, sin resolver si el factor decisivo fue la incapacidad intelectual del niño para solucionar el arduo problema de la procreación y utilizar los impulsos agresivos desencadenados por la proximidad de la solución, o una incapacidad somática, una intolerancia de su constitución con respecto a la satisfacción masturbadora habitual, o si la mera persistencia de tan intensa excitación sexual tenía que acabar por originar la transformación mencionada.

Las circunstancias de tiempo impiden adscribir demasiada influencia al motivo ocasional del brote de la enfermedad, pues Juanito presentaba ya indicios de angustia mucho antes de haber presenciado la caída del caballo del ómnibus. De todos modos, la neurosis surgió directamente enlazada a este suceso accidental y conservó la huella del mismo en la elevación del caballo a la categoría de objeto de la angustia.

Esta impresión carece en sí de energía traumática. Sólo la anterior significación del caballo como objeto de preferencia y de interés y el enlace con el incidente de mayor capacidad traumática ocurrido en Gmunden cuando Federico se cayó jugando a los caballos, así como el fácil enlace asociativo entre Federico y el padre, pudieron adscribir tan gran eficacia al accidente casualmente presenciado.

Puede incluso afirmarse que tampoco estas relaciones hubieran bastado, a no ser porque la flexibilidad y la multiplicidad de sentidos de los enlaces asociativos permitieron a aquella misma impresión rozar el segundo de los complejos acechantes en lo inconsciente de Juanito, el complejo del parto, que ponía fin al embarazo de su madre.

A partir de aquí quedaba abierto el camino para el retorno de lo reprimido; camino que fue seguido de manera que el material patógeno quedara transferido al complejo del caballo y transformados uniformemente en angustia todos los afectos concomitantes.

Por circunstancia singular, el contenido de representaciones de la fobia tal y como resultó de este proceso, tuvo aún que someterse a una nueva deformación y sustitución antes que la conciencia tomara conocimiento de él.

El primer miedo que Juanito expresó fue el de que le mordiera un caballo, y procedía de otra escena de Gmunden, relacionada por un lado con los deseos hostiles del padre y por otro con la admonición contra el onanismo. Intervino aquí un influjo derivativo que quizá partiera de los padres.

No estoy muy seguro de que las observaciones correspondientes a este período fueran suficientemente cuidadosas para permitirnos decidir si Juanito dio expresión a aquel temor antes o sólo después de haber sido interpelado por su madre sobre sus hábitos onanistas.

Por mi parte me inclino a suponer lo primero, en contraposición a lo que el historial indica. Por lo demás, es innegable que el complejo hostil al padre encubre totalmente en Juanito al otro, libidinoso, orientado hacia la madre, tal y como fue descubierto y vencido en el análisis. Otros casos patológicos podrían dar ocasión a más amplias consideraciones sobre la estructura de una neurosis, su evolución y desarrollo, pero el historial de la enfermedad de Juanito es muy breve.

A poco de iniciarse queda sustituido por el historial del tratamiento. Si la fobia pareció continuar desarrollándose durante este último y atrayendo a sí nuevos objetos y nuevas condiciones, el padre tuvo penetración suficiente para ver exclusivamente en ello la aparición de algo ya preformado y no un producto nuevo que pudiera atribuirse al influjo del tratamiento. No en todos los casos del tratamiento puede contarse con tal penetración.

Antes de dar por terminada esta síntesis debemos examinar otro punto de vista que nos situará en el centro mismo de las dificultades inherentes a la comprensión de los estados neuróticos. Vemos cómo en nuestro pequeño paciente se desarrolla un poderoso impulso de la represión, que recae precisamente sobre sus componentes sexuales dominantes.

Abandona el onanismo y rechaza de sí, asqueado, todo lo que le recuerda los excrementos y el espectáculo de las funciones de este orden. Pero no son éstos los componentes que excitan el motivo ocasional de la enfermedad (la visión de la caída del caballo) ni tampoco los que proporcionan el material para los síntomas, o sea el contenido de la fobia.

Probablemente llegaremos a una comprensión más profunda del caso patológico volviéndonos hacia aquellos otros que llenan estas condiciones. Tales componentes son en Juanito impulsos que ya antes se hallaban dominados y nunca, que sepamos, pudieron exteriorizarse libremente: sentimientos hostiles y celosos contra el padre e impulsos sádicos correspondientes a un presentimiento del coito con respecto a la madre.

En el temprano vencimiento de estos impulsos se integra quizá la disposición a la enfermedad ulterior.

Estas inclinaciones agresivas no hallaron en Juanito exutorio ninguno, y en cuanto quisieron romper al exterior reforzadas, en una época de privación y de excitación sexual más intensa, surgió aquella pugna a la que damos el nombre de fobia.

Durante la misma, una parte de las representaciones reprimidas penetra, deformada y referida a otro complejo, en la conciencia como contenido de la fobia. Pero la victoria sigue siendo de la represión, que en esta ocasión se extiende a otros componentes distintos de los que buscan un exutorio. De todos modos, el estado patológico permanece ligado a los componentes instintivos sexuales rechazables.

La intención y el contenido de la fobia integran una amplia limitación de la libertad de movimiento. Trátase, pues, de una poderosa reacción contra los oscuros impulsos de movimiento que intentan dirigirse especialmente hacia la madre.

El caballo había sido siempre para Juanito un ejemplo del placer del movimiento («Soy un potrito», decía, saltando y corriendo); pero como este placer integra el impulso al coito, queda restringido por la neurosis, que erige también al caballo en la imagen misma del miedo. Parece como si en la neurosis sólo les quedara a los instintos reprimidos el honor de procurar a la angustia sus pretextos ante la conciencia.

Mas por evidente que aparezca en la fobia la victoria de la repulsa sexual, el carácter de transacción inherente a la enfermedad no consiente que lo reprimido no alcance algo más. La fobia al caballo impide a Juanito salir de casa y facilita su permanencia al lado de la madre.

En este punto se impone, pues, victoriosamente el amor a la madre. La fobia enlaza más estrechamente al enamorado con el objeto de sus deseos, pero al mismo tiempo se cuida muy bien de que no pueda satisfacerlos.

En estos dos efectos se nos revela la verdadera naturaleza de la enfermedad neurótica.

En un inteligente trabajo del que tomamos antes el término de confluencia de los instintos ha expuesto Adler [Der Agressionsbetrieb im Leben und in der Neurose (1908)] cómo la angustia nace de la represión del instinto de agresión y atribuye a este instinto, en una amplia síntesis, el papel principal en los destinos de la vida y de la neurosis.

Nuestra conclusión de que en este caso de fobia la angustia se explicaba por la represión de las tendencias agresivas, hostiles contra el padre y sádicas con respecto a la madre, parece confirmar brillantemente la hipótesis de Adler.

Y, sin embargo, lejos de aceptarla, la consideramos como una generalización errónea. No podemos decidirnos a aceptar la existencia de un instinto especial de agresión al lado de instinto de conservación y el instinto sexual, con los que ya estamos familiarizados.

Me parece que Adler ha encarnado injustificadamente en un instinto especial un carácter general e indispensable de todos ellos, carácter que podríamos describir como la facultad de dar impulso a la motilidad. De los demás instintos quedaría tan sólo la relación con un fin, una vez despojados por el instinto de agresión de la relación con los medios para alcanzarlo.

No obstante todas las inseguridades y oscuridades de nuestra teoría de los instintos, quisiéramos mantener nuestra teoría habitual que deja a cada instinto su capacidad propia para hacerse agresivo, y en los dos instintos que en nuestro Juanito sucumben a la represión reconoceríamos componentes de la libido sexual que ya nos son de antiguo conocidos.

(I) A mi juicio, el cuadro de la vida sexual infantil que nos ofrece la observación del caso de Juanito coincide con la descripción que de ella hicimos en nuestra teoría sexual, basándonos en la investigación psicoanalítica de sujetos adultos. Pero antes de entrar en los detalles de tal coincidencia habré de rebatir dos objeciones que se elevarán, quizá, contra la utilidad de este análisis.

La primera de tales objeciones sería la de que Juanito no es un niño normal, sino una criatura predispuesta a la neurosis; un pequeño «hereditario», como lo demuestra su enfermedad, no siendo correcto, en consecuencia, aplicar a otros niños normales conclusiones válidas quizá en su caso particular; pero sólo en él.

De esta primera objeción me ocuparé más adelante, puesto que sólo restringe el valor de la observación, sin anularlo totalmente. La segunda objeción, mucho más rigurosa, afirmaría que el análisis realizado por su propio padre, que lo lleva, además, a cabo plenamente convencido de la verdad de mis teorías y compartiendo todos mis prejuicios, carece de todo valor objetivo.

Un niño se deja siempre sugestionar fácilmente y más por su propio padre que por ninguna otra persona; por cariño a él, y en agradecimiento a lo mucho que de su infantil persona se ocupa, se dejará sugerir toda clase de cosas, y siendo así, sus manifestaciones carecerán de fuerza probatoria, y sus ocurrencias, fantasías y sueños seguirán, naturalmente, la dirección en la cual son orientados.

Concretando: Todo ello sería, de nuevo, pura «sugestión», y mucho más fácil de desenmascarar en el niño que en los adultos.

Es harto singular lo que en esta cuestión sucede. Recuerdo muy bien con cuánta burla acogieron los neurólogos y los psiquíatras de la vieja generación la teoría de la sugestión y de sus efectos hace veintidós años, cuando yo empezaba a intervenir en las controversias científicas.

Pero de entonces acá han cambiado mucho las cosas. La oposición se ha trocado en favor, y ello, no sólo a consecuencia de los trabajos publicados en el curso de estos dos decenios por Liébault, Bernheim y sus discípulos, sino también por haberse descubierto cuánto esfuerzo mental puede ahorrar el concepto de «sugestión» generosamente aplicado a diestro y siniestro.

Nadie sabe, ni se preocupa tampoco en averiguarlo, qué cosa es la sugestión, de dónde procede y cuándo tiene efecto. Basta con poder atribuirle todos aquellos fenómenos anímicos para los cuales no se encuentra una explicación cómoda e inmediata. No comparto la opinión, muy extendida hoy, de que las manifestaciones de los niños son totalmente arbitrarias y nada fidedignas.

En lo psíquico no existe la arbitrariedad, y la falta de autenticidad de las manifestaciones infantiles proviene de la preponderancia de su fantasía, como en los adultos de la preponderancia de sus prejuicios. Fuera de esto, el niño no miente jamás sin causa, y, en general, muestra mayor amor a la verdad que los adultos. Rechazar sin formación de causa todas las manifestaciones de Juanito sería cometer con él una enorme injusticia.

Es perfectamente posible distinguir cuándo falsea o retiene la verdad bajo la coerción de una resistencia, cuándo acepta, indeciso aún en su fuero interno, las opiniones de su padre y cuándo comunica sinceramente, libre de toda presión, su íntima verdad, hasta entonces sólo de él conocida. No ofrecen ciertamente mayores garantías las manifestaciones de los adultos.

Sigue siendo muy de lamentar que ninguna exposición de un psicoanálisis pueda transmitir las impresiones que el analista recibe durante su desarrollo, y que la convicción definitiva no puede adquirirse nunca por medio de la lectura, sino sólo por experiencia personal y directa. Pero de estos defectos adolecen en igual medida los análisis de sujetos adultos.

Los padres describen a Juanito como un niño alegre y sincero, y así debía efectivamente haber llegado a ser gracias al método de educación empleado por sus padres y consistente esencialmente en la omisión de todos nuestros habituales pecados pedagógicos.

Mientras Juanito pudo llevar adelante sus investigaciones con alegre ingenuidad y sin la menor sospecha de los conflictos que pronto habían de surgir en ellas, se expresó siempre francamente y sin reserva alguna, y así las observaciones anteriores a su fobia no suscitan dudas ni objeciones de ningún género.

Luego, en la época de la enfermedad y durante el análisis, sus palabras dejan ya de corresponder en alguna ocasión a su pensamiento, incongruencia dependiente en parte de la acumulación de material inconsciente que no le es posible dominar de una vez, y en parte de las reservas que le imponen sus relaciones con sus padres. De todos modos, y sin abandonar la más absoluta imparcialidad, puedo afirmar que tampoco estas desviaciones fueron mayores que en tantos otros análisis de adultos.

En el curso del análisis hubo que decirle, desde luego, muchas cosas que él no sabía decir espontáneamente, facilitarle ideas de las cuales no se había manifestado aún en él indicio ninguno y orientar su atención hacia aquellos caminos por los que el padre esperaba ver acercarse nuevos elementos.

Ello debilita la fuerza probatoria del análisis; pero también en todo análisis se sigue igual procedimiento.

En todo análisis suministra el médico al paciente, en mayor o menor medida, aquellas representaciones conscientes que han de permitirle reconocer y aprehender lo inconsciente. La amplitud de este auxilio varía mucho, según los casos, pero en ninguno puede prescindirse de él.

Nadie puede curarse por sí solo más que leves perturbaciones, nunca una neurosis opuesta al yo como algo ajeno a él. Para curar de tal enfermedad necesita el sujeto la ayuda de otro, y la posibilidad de curación estará en razón directa de la medida en que el otro pueda ayudarle.

Así, aquellas neurosis que apartan al enfermo de todo contacto con sus semejantes aislándolos por completo, tales como las que reunimos bajo el apelativo común de la «demencia precoz», resultan totalmente inaccesibles a nuestra labor terapéutica. Concedemos, pues, que el niño, por el escaso desarrollo de sus sistemas intelectuales, precisa de una ayuda especialmente intensa.

Pero aquello que el médico comunica al enfermo procede, a su vez, de la experiencia acumulada en otros análisis, y ya resulta suficientemente probatorio el hecho de que por medio de esta intervención médica se consiga el descubrimiento y la solución del material patógeno.

A pesar de todo esto, nuestro pequeño paciente ha demostrado también en el curso del análisis independencia suficiente para absorverle de toda acusación de «sugestión».

Como todos los niños, aplica al material de que dispone sus teorías sexuales infantiles sin necesidad de estímulo alguno exterior. Tales teorías son totalmente ajenas al pensamiento del adulto, y en este caso incurrí en la omisión de advertir al padre que el camino hacia el tema del nacimiento había de conducir primeramente a Juanito a través de todo el complejo de la excreción.

Aquel período del análisis que a consecuencia de esta negligencia mía resulta un tanto oscuro nos procura, en cambio, un testimonio de autenticidad y la independencia de la labor mental de Juanito. Vemos, en efecto, que comenzó de pronto a ocuparse de los excrementos, sin que el padre, sospechado de sugestionar, pudiera comprender cómo llegaba a ello ni lo que de ello había de resultar.

Tampoco puede atribuirse al padre la menor participación en las dos fantasías del fontanero, emanadas del complejo de la castración, tan tempranamente adquirido por Juanito.

A este respecto, he de confesar haber silenciado al padre mi esperanza de que surgiera tal enlace, movido por un interés teórico, y para no debilitar la fuerza probatoria de semejante testimonio, difícilmente alcanzable de otro modo.

Profundizando más en los detalles del análisis, hallaríamos nuevas pruebas de la independencia de nuestro Juanito en cuanto a la «sugestión». Pero prefiero cortar en este punto mi respuesta a la primera objeción.

Sé muy bien que tampoco con este análisis convenceré a nadie que no quiera dejarse convencer y prefiero continuar el examen de esta observación para aquellos lectores que han llegado ya a la convicción de la objetividad del material patógeno inconsciente, no sin antes hacer constar la grata certeza de que el número de tales lectores va aumentando de día en día.

El primer rasgo imputable a la vida sexual de Juanito consiste en un vivísimo interés por su «cosita de hacer pipí», interés que hace de él un investigador.

Descubre así una posibilidad de diferenciar lo animado y lo inanimado, basándose en la posesión o carencia de la cosita. Presupone la existencia de este órgano importantísimo en todos aquellos seres que juzga semejantes a su propia persona, lo estudia en los animales de gran tamaño y lo atribuye tanto a su padre como a su madre, e incluso a su hermanita recién nacida, contra el testimonio directo de sus propios ojos.

El descubrimiento de su falta en algún ser análogo a él echaría por tierra toda su «concepción del universo»; sería como si le despojaran a él mismo de tan preciado órgano. Una amenaza de la madre, consistente nada menos que en la pérdida de la cosita, es, por tanto, rápidamente reprimida y queda así facultada para exteriorizar en épocas posteriores sus efectos.

La intervención de la madre fue provocada por el descubrimiento de que Juanito gustaba de procurarse sensaciones placientes por medio del tocamiento de aquel miembro.

El pequeño sujeto inicia así la forma más corriente – y la más normal – de la actividad sexual autoerótica. Por un proceso que Alfredo Adler ha calificado muy acertadamente de «confluencia de los instintos» se enlaza el placer proporcionado por el propio tocamiento genital con el placer visual en sus formas activas y pasivas.

El pequeño desarrolla una intensa curiosidad sexual, procura ver la cosita de otras personas y gusta de mostrar la suya. uno de sus sueños, correspondiente al período inicial de la represión, tiene por contenido el deseo de que una de sus amiguitas le ponga a hacer pipí; esto es, de que le vea la cosita.

El sueño demuestra que tal deseo ha permanecido hasta entonces irreprimido, y otros datos ulteriores testimonian de que solía hallar satisfacción. La orientación activa del placer visual sexual no tarda en enlazarse en él a un motivo determinado. Cuando repetidamente manifiesta, tanto a su padre como a su madre, su disgusto por no haberles visto aún nunca la cosita, le impulsó a ello, probablemente, la necesidad de comparar.

El propio yo es siempre la medida que aplicamos al mundo exterior; una continua comparación con nuestra propia persona nos enseña a comprenderlo. Juanito ha observado que los animales de gran tamaño tenían también la cosita mucho más grande que la suya; supone en sus padres igual proporción y quisiera comprobarlo. Cree que su madre deberá tener una cosita «como la de un caballo», y para consolarse de su inferioridad actual piensa que la suya irá creciendo conforme él mismo crezca.

Es como si el deseo infantil de ser grande recayese aquí especialmente sobre lo genital.

En la constitución sexual de Juanito es, pues, desde un principio la zona genital la más intensamente acentuada de placer de todas las zonas erógenas. Fuera de ellas sólo hallamos testimoniado el placer excremental enlazado a los orificios de la micción y la defecación.

Su última feliz fantasía, con la cual queda dominada su enfermedad y en la que tiene niños a los que lleva al retrete y les limpia el trasero, «haciendo con ellos todo lo que se hace con los niños», nos fuerza a admitir que aquellas mismas operaciones constituyen para él, en su primera infancia, una fuente de sensaciones de placer.

Este placer, emanado de zonas erógenas, le fue procurado por la persona que le atendía, por su madre, y conduce ya, por tanto, a la elección de objeto. Pero ello no excluye la posibilidad de que en épocas aún más tempranas se hallase él habituado a procurárselo de un modo autoerótico, siendo de aquellos niños que acostumbran retener las excretas hasta que su evacuación puede proporcionarle una sensación voluptuosa. Hablo simplemente de posibilidad, porque el análisis no llegó a poner en claro este extremo.

El acto de «armar jaleo» con las piernas (patalear), que tanto le asusta luego, es lo único que nos orienta en esta dirección. Por otra parte, las fuentes de placer indicadas no muestran en Juanito la singular importancia que es frecuente en otros niños.

Adquirió pronto hábitos de limpieza, y la incontinencia nocturna no desempeñó papel alguno en sus primeros años. Tampoco observamos en él indicio alguno de la tendencia a jugar con los excrementos, tan repugnante en los adultos cuando surge de nuevo en ellos al término del proceso psíquico de regresión.

Haremos ya resaltar que durante su fobia se evidencia la represión de estos dos componentes de la actividad sexual muy desarrollada en él. Le da vergüenza orinar delante de otros, se acusa de «darle la mano» a la cosita, se esfuerza en abandonar el hábito de la masturbación y le repugna la «caca» y el «pipí» y todo lo que se los recuerda.

En la fantasía de «sus niños» retira luego esta última represión. Una constitución sexual como la de nuestro Juanito no parece integrar disposición alguna al desarrollo de perversiones o de su negativo, las neurosis. Por lo que hasta ahora he llegado a saber (en este punto conviene aún observar una prudente reserva), la constitución congénita de los histéricos – y la de los perversos, naturalmente – se caracteriza por la primacía que adquieren sobre la zona genital las demás zonas erógenas. Una única «aberración» de la vida sexual constituye excepción a esa regla.

En los sujetos ulteriormente homosexuales que, según una hipótesis mía y las observaciones de I. Sadger (1908 y 1909), pasan todos en su infancia por una fase anfígena, hallamos igual preponderancia infantil de la zona genital, y muy especialmente del pene. Precisamente esta elevada estimación del miembro viril es la fatalidad de los homosexuales.

En su infancia eligen a la mujer como objeto sexual mientras presuponen también en ella la existencia de aquel órgano, que juzgan indispensable, y luego, cuando se convencen de que la mujer les ha engañado en este punto, les resulta ya inaceptable como tal objeto.

No pueden prescindir del pene en la persona que haya de incitarles al comercio sexual, y en el caso más favorable fijan su libido en «la mujer provista de pene»; esto es, en el adolescente de apariencia femenina. Los homosexuales son, pues, personas a quienes la importancia erógena de su propio órgano genital no consiente prescindir, en su objeto sexual, de tal coincidencia con la propia persona.

En la evolución desde el autoerotismo al amor a un objeto han quedado fijados en un punto más próximo al autoerotismo.

Sería improcedente distinguir un instinto homosexual especial. Lo que hace al homosexual no es una particularidad de la vida instintiva, sino de la elección de objeto ya en nuestros ‘TRES ENSAYOS’ indicamos que era un error suponer demasiado íntima la unión del instinto y el objeto en la vida sexual.

El homosexual, de instintos quizá normales, no puede libertarse de un objeto caracterizado por una determinada condición. Durante su infancia, mientras supone que dicha condición se cumple generalmente en torno suyo, puede conducirse como nuestro Juanito, el cual se muestra igualmente cariñoso con los niños que con las niñas, y en una ocasión declara que su amiguito Federico es su «nena más querida».

Juanito

es homosexual en un sentido, en el que todos los niños pueden serlo, puesto que no conocen más que una clase de órgano genital, un genital como el suyo. Pero la evolución ulterior de nuestro pequeño sujeto no se encamina hacia la homosexualidad, sino hacia una enérgica virilidad polígama, que sabe conducirse diferentemente, según las características de sus distintos objetos sexuales, emprendedora unas veces, tímida y platónica otras.

En una época de escasez de objetos amorosos, esta inclinación retorna a la madre, partiendo de la cual se había orientado hacia otras personas, para fracasar con ella y caer en la neurosis.

Sólo entonces averiguamos cuánta intensidad hubo de alcanzar el amor a la madre y por qué destinos ha atravesado.

El fin sexual que Juanito persigue en sus relaciones con sus infantiles amiguitas, de dormir con ellas, procedía ya del complejo materno.

Siguiendo la trayectoria ordinaria que tiene su punto de partida en los cuidados prodigados al niño por sus guardadores, Juanito halla el camino hacia el amor objetivado, y su conducta queda determinada en él por un nuevo placer, el de dormir junto a su madre, satisfacción erótica entre cuyos componentes hacemos resaltar el placer del contacto epidérmico, al cual integramos todos una disposición de orden constitucional, y que, según nomenclatura de Moll, un tanto artificiosa, habría de ser designado como satisfacción del instinto de «contrectación».

En sus relaciones con sus padres confirma Juanito con máxima evidencia las afirmaciones que incluimos en TRES ENSAYOS y en LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS sobre las relaciones sexuales de los niños con sus padres.

Es verdaderamente un pequeño Edipo, que quisiera hacer desaparecer a su padre para quedarse solo con su madre y dormir con ella.

Este deseo surgió durante el veraneo, cuando las alternativas de presencia y ausencia del padre le revelaron las condiciones a las que se hallaba ligada la ansiada intimidad con la madre. Por entonces se contentó con desear que el padre se marchase, deseo al cual pudo enlazarse luego directamente, merced a una impresión accidental recibida con ocasión de otra partida el miedo a ser mordido por un caballo blanco.

Más tarde, probablemente a su retorno a Viena, donde no podía contar ya con ausencias del padre, aquel deseo se convirtió en el de que el padre muriera. La angustia emanada de este deseo de muerte contra el padre, y, por tanto, normalmente motivada, fue el mayor obstáculo opuesto al análisis hasta su vencimiento en la visita que Juanito hizo a mi consulta.

Pero nuestro Juanito no es un malvado, ni siquiera uno de aquellos niños en quienes las inclinaciones crueles y violentas de la naturaleza humana se encuentran aún libremente desarrolladas en esta época de la vida. por el contrario su natural es extraordinariamente bondadoso y cariñoso.

El padre hace constar en sus notas que la transformación del instinto de agresión en compasión se desarrolló en Juanito muy tempranamente.

Mucho antes de la fobia se inquietaba cuando veía pegar a un caballo, y nunca dejaba de conmoverse cuando alguien lloraba en su presencia.

En un período del análisis. Juanito nos revela, en una determinada relación, cierto montante de sadismo. Pero se trata de un impulso totalmente dominado, y el curso ulterior de la investigación analítica nos revela a qué responde y qué es lo que ha de sustituir.

Juanito

, al mismo tiempo que desea la muerte a su padre, le quiere fervorosamente, y en tanto que su inteligencia rechaza tal contradicción, se ve forzado a demostrar su efectiva existencia por medio de un acto sintomático, consistente en darle un manotazo a su padre y besar luego el lugar golpeado.

También nosotros habremos de guardarnos de rechazar la posibilidad de una tal contradicción. La vida sentimental de los hombres se compone en general de tales antítesis.

Si así no fuera, no habría probablemente ni represión ni neurosis.

Estos impulsos antitéticos, de cuya simultaneidad el adulto sólo llega a adquirir conciencia en la culminación de la pasión amorosa y que fuera de tal momento luchan por sobreponerse recíprocamente hasta que uno de ellos consigue mantener encubierto al otro, coexisten pacíficamente yuxtapuestos en la vida anímica de los niños durante todo un período.

El suceso más importante para el desarrollo psicosexual de nuestro héroe es el nacimiento de su hermanita cuando él tenía tres años y medio.

Este acontecimiento dio más agudo interés a sus relaciones con sus padres y planteó a su pensamiento insolubles problemas, en tanto que el espectáculo de los cuidados corporales de que era objeto la recién nacida despertaba en él las huellas mnémicas de sus más tempranas experiencias de placer. También esta última influencia es típica.

En toda una serie insospechadamente amplia de historiales clínicos nos vemos obligados a tomar como punto de partida esta floración del placer sexual y de la curiosidad sexual consecutiva al nacimiento de un hermanito. La conducta general del niño ante el intruso ha quedado descrita en mi Interpretación de los sueños.

A los pocos días del nacimiento de su hermana, Juanito, enfermo y con fiebre, delata su disconformidad con aquel aumento de la familia.

En este caso surge, en primer término cronológicamente, la hostilidad; el cariño podrá venir después.

El miedo a que todavía puedan venir más niños ocupa desde este momento un lugar en el pensamiento consciente de Juanito. Durante la neurosis, la hostilidad, ya dominada, queda representada por un miedo especial, el miedo a la bañera.

En el análisis, Juanito manifiesta francamente, y no sólo por medio de alusiones que el padre hubiera de interpretar, sus deseos de muerte contra su hermanita.

Su autocrítica no juzga tan perverso aquel deseo como el de análogo contenido contra el padre.

A éste y a la hermanita les da idéntico trato en su inconsciente, porque los dos estorban su deseo de quedarse solo con la madre.

Este suceso y los estímulos a él enlazados dan a sus deseos una nueva orientación.

En su victoriosa fantasía final acumula todos los impulsos optativos eróticos: los procedentes de la fase autoerótica y los relacionados con el amor objetivado.

Está casado con su madre y tiene incontables niños a los que puede atender y cuidar a su manera.


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julio 2022
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