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Apéndice (1922)

Hace unos cuantos meses – en la primavera de 1922– se me presentó un joven declarando ser aquel Juanito cuya neurosis infantil había yo descrito en 1909.

Su visita me satisfizo mucho, pues dos años después del análisis le había perdido de vista y en más de un decenio no había sabido nada de él.

La publicación de este primer análisis de un niño había despertado gran interés, y aún más indignación, profetizándose a la pobre criatura toda clase de desdichas por haber sido despojado de su inocencia en edad tan temprana y víctima de un psicoanálisis.

Pero ninguno de estos temores se ha cumplido. Juanito es ahora un apuesto muchacho de diecinueve años.

Afirmaba encontrarse muy bien y no padecer trastornos ni inhibiciones de ningún género. No sólo había atravesado la pubertad sin daño alguno, sino que había resistido una de las más duras pruebas a que podía ser sometida su vida sentimental.

Sus padres se habían divorciado y habían contraído, cada uno por su lado, nuevas nupcias. Juanito vivía solo, pero en buenas relaciones con ambos, y sólo lamentaba que la disolución de la familia le hubiera separado de su hermana menor, a la que quería mucho. Juanito me comunicó algo especialmente singular.

Tanto, que no me atrevo a arriesgar explicación ninguna. Cuando leyó su historial, me dijo, le había parecido totalmente ajeno a él; no se reconoció ni recordó nada.

Sólo cuando llegó al viaje de Gmunden alboreó en su memoria la sospecha de que aquel niño pudiera ser él.

Así, pues, el análisis no había preservado el suceso de la amnesia, sino que había sucumbido también a ella.

Algo parecido sucede, en cuanto a los sueños, a las personas familiarizadas con el psicoanálisis. Las despierta un sueño, deciden analizarlo en el acto, vuelven luego a dormirse satisfechas con el resultado del análisis, y al despertar por la mañana han olvidado el sueño y el análisis.

(III). ANTES de entrar a examinar brevemente cuáles son las conclusiones de orden general que pueden deducirse de la fobia de Juanito en cuanto a la vida infantil y a la educación de los niños, debo responder a la objeción ha largo tiempo planteada, según la cual Juanito no sería un niño normal, sino un neurótico, un hereditario, un degenerado, nada del cual podría ser transferido a otros niños.

Hace ya tiempo que me duele pensar cómo todos los entusiastas del hombre normal habrán de ensañarse con nuestro pobre Juanito cuando sepan que, en efecto, puede atribuírsele una tara hereditaria.

Su madre, que enfermó de neurosis a consecuencia de un conflicto psíquico de su adolescencia, había sido tratada por mí en aquella ocasión, siendo esta circunstancia la que me puso luego en contacto con los padres de Juanito.

Sólo muy tímidamente arriesgaré, pues, algo en favor del pequeño paciente.

Ante todo haré constar que Juanito no es lo que nos representaríamos, después de una rigurosa observación, como un niño degenerado, hereditariamente condenado a la nerviosidad, sino más bien una criatura físicamente bien conformada, alegre, amable y de inteligencia vivaz.

Su florecimiento sexual fue indudablemente prematuro; mas para emitir un juicio sobre esta cuestión carecemos de material comparativo suficiente.

En una colección de investigaciones efectuadas en América he visto que no son nada raros casos análogamente prematuros de sentimientos amorosos y elección de objeto.

A idéntica conclusión nos lleva la lectura de las biografías de muchos grandes hombres. Habremos, pues, de inclinarnos a suponer que la precocidad sexual va casi siempre pareada a la intelectual, siendo así más frecuente de lo que esperamos entre los niños inteligentes.

Mi confesada parcialidad en favor de Juanito me lleva también a alegar que no es el único niño que en una época cualquiera de su infancia padece de fobias. Tales enfermedades son extraordinariamente frecuentes, aun entre aquellos niños cuya educación nada deja que desear. De estos niños, unos enferman más tarde de neurosis y otros permanecen sanos.

Sus fobias son dominadas a fuerza de gritos y regaños en la nursery, por ser inaccesibles a los tratamientos consagrados y desde luego harto incómodos. Pero no se tiene en cuenta qué transformaciones psíquicas condicionan tal curación ni que modificaciones del carácter se enlazan a ella.

Cuando luego emprendemos el tratamiento psicoanalítico de un neurótico adulto que ha enfermado manifiestamente en años ya maduros, averiguamos siempre que su neurosis se enlaza a aquella angustia infantil, que es una continuación de la misma, y que, por tanto, una labor psíquica ininterrumpida, pero también imperturbada, se ha desarrollado partiendo de aquellos conflictos infantiles a través de la vida del sujeto, sin que importe que su síntoma primero llegase a aparecer o fuera retraído bajo el imperio de las circunstancias.

Opino, pues, que nuestro Juanito no estuvo quizá mucho más enfermo que otros niños a los que nadie tacha de degenerados. Pero como era educado sin intimidación, con la mayor libertad y la menor coerción posible, su angustia se manifestó más osadamente. No existían en su caso dos factores que en otros contribuyen a disminuirla: la conciencia de la culpa y el temor al castigo.

A mi juicio, concedemos demasiada importancia a los síntomas y no nos ocupamos bastante de sus fuentes de origen.

Nuestra única directiva en la educación de los niños es que nos dejen tranquilos, que no nos opongan dificultad alguna. Nos dedicamos, pues, a la cría del niño bueno y juicioso y no nos preguntamos siquiera si semejante educación es la que más conviene al niño.

No me extrañaría que para nuestro Juanito hubiese sido muy provechoso producir esta fobia, puesto que así llamó la atención de sus padres sobre las dificultades ineludibles que el vencimiento de los componentes instintivos innatos opone en la educación infantil y porque aquella perturbación le valió el auxilio de su padre.

Quizá adquirió sobre los demás niños la ventaja de no llevar ya en sí aquel nódulo de complejos reprimidos que siempre significa algo para la vida ulterior y trae consigo alteraciones del carácter, cuando no la disposición a una neurosis.

Me inclino a pensar así, pero no sé si habrá muchos que compartan mi opinión ni tampoco si la experiencia llegará a confirmarla. De todos modos, no puedo menos de preguntar en qué ha perjudicado a Juanito el alumbramiento de aquellos complejos forzadamente reprimidos por los otros niños y tan temidos por sus padres.

¿Ha puesto acaso en práctica el pequeño sujeto sus pretensiones con respecto a su madre o ha traducido en actos violentos su hostilidad contra el padre? Seguramente habrán abrigado tal temor aquellos que desconocen la esencia del psicoanálisis y opinan que al hacer conscientes los malos instintos se les intensifica y robustece.

Estos sabios obran luego consecuentemente cuando aconsejan eludir en absoluto aquellas cosas malas que se esconden detrás de las neurosis. Claro está que al obrar así olvidan que son médicos, y adoptan un parecido lamentable con el personaje shakesperiano de Mucho ruido para nada, que aconseja también a la ronda que se guarde muy bien de todo contacto con los asesinos y los ladrones, pues las gentes honradas no deben tener trato alguno con semejante canalla.

Las únicas consecuencias del análisis son más bien que Juanito recobra la salud, no se asusta ya de los caballos y trata a su padre con libre familiaridad, como él mismo nos comunica, un tanto divertido.

Pero lo que el padre pierde en respeto lo gana en confianza: «Como supiste lo del caballo, creía que lo sabías todo». Y es que el análisis no destruye el resultado de la represión. Los instintos antes dominados y sometidos siguen estándolo. Pero alcanza este resultado por otros caminos.

Sustituye el proceso de la represión, automático y excesivo, por el dominio mesurado y adecuado conseguido con ayuda de las más elevadas instancias psíquicas.

En una palabra: sustituye la represión por un juicio condenatorio. Parece aportaros la prueba, tan buscada, de que la conciencia tiene una función biológica y que su entrada en juego supone una importante ventaja.

Si totalmente de mí hubiera dependido, me habría arriesgado a dar a Juanito una explicación más, que sus padres silenciaron. Habría confirmado sus presentimientos instintivos revelándole la existencia de la vagina y del coito, con lo cual habría disminuido todavía más el resto no solucionado y hubiera puesto fin a su impulso interrogante.

Estoy seguro de que no habría perdido el amor a su madre ni su naturaleza infantil con estas explicaciones y se habría convencido, en cambio, de que debía dejar de ocuparse de aquellas cosas tan importantes, e incluso imponentes, hasta que se hubiera cumplido su deseo de ser mayor. Pero el experimento pedagógico no pasó más adelante.

Que entre niños nerviosos y normales no puede trazarse una frontera definida, que la enfermedad es un concepto puramente práctico, que han de coincidir la disposición y la experiencia para hacer aparecer la neurosis, que en consecuencia pasan continuamente muchos individuos de la salud a la neurosis y un número mucho menor de la neurosis a la salud; todas estas cosas se han dicho tantas veces y han encontrado tanto eco, que no soy yo seguramente el único en afirmarlas.

Que la educación del niño puede ejercer un poderoso influjo a favor o en contra de la disposición a la neurosis es, por lo menos, muy probable; pero aquello a lo que la educación debe tender y cuáles han de ser sus puntos de ataque son cuestiones aún muy problemáticas. Hasta ahora no se ha marcado más fin que la dominación, y muchas veces, más exactamente, la yugulación de los instintos.

El resultado no ha sido ciertamente nada satisfactorio. No se preguntaba tampoco por qué caminos y a costa de qué sacrificios era conseguida la yugulación de los instintos incómodos.

Si se sustituye a esta labor la de hacer al individuo capaz de cultura y socialmente utilizable a costa de un mínimo de pérdida de su actividad, las aclaraciones obtenidas por medio del psicoanálisis sobre el origen de los complejos patógenos y sobre el nódulo de cada neurosis aspirarán a ser consideradas por el educador como indicaciones inestimables para regular su conducta con respecto al niño.

Cuáles son las conclusiones prácticas que de aquí se derivan y hasta qué punto la experiencia puede justificar el empleo de las mismas, dentro de nuestras circunstancias sociales, son cuestiones cuyo examen y decisión debo dejar a otros. No puedo despedirme de la fobia de nuestro paciente sin hacer constar algo que hace especialmente valioso para mí el análisis que la llevó a su curación.

En rigor, este análisis no me ha revelado nada que no hubiese ya descubierto, a veces de un modo menos preciso y directo, en los análisis de pacientes adultos. Y como las neurosis de estos otros enfermos pudieron ser, sin excepción alguna, referidas a los mismos complejos infantiles que descubrimos detrás de la fobia de Juanito, me inclino a adscribir a esta neurosis infantil una significación típica y ejemplar, como si toda la diversidad de los fenómenos neuróticos de represión y toda la riqueza del material patógeno pudieran derivarse de un número muy escaso de procesos desarrollados en los mismos complejos de representaciones.

(II). JUANITO enferma un día de miedo a la calle. No puede aún precisar qué es lo que le da miedo, pero ya al principio de su estado de angustia delata a su padre el motivo de su enfermedad, la ventaja que la misma le proporciona. Quiere permanecer al lado de su madre, «hacer mimitos» con ella.

El recuerdo de haber sido separado de ella cuando su hermanita nació pudo contribuir, como el padre supone, a este ansioso deseo. Pero lo que tarda en quedar demostrado es que su miedo no puede ya volverse a traducir en deseo, pues Juanito siente miedo también cuando su madre le acompaña.

Entre tanto, vamos vislumbrando cuál ha sido la fijación de la libido convertida en miedo. Juanito expresa el miedo particularísimo a ser mordido por un caballo blanco.

Damos a tal estado patológico el nombre de «fobia», y podríamos adscribir a la agorafobia el caso de nuestro infantil sujeto si esta afección no se caracterizase por el hecho de que la compañía de una persona determinada, o, en caso extremo, del médico, faculta al enfermo para llevar a cabo aquellos rendimientos que yendo solo le sería imposible emprender por impedírselo su incoercible miedo al espacio. La fobia de Juanito no integra esta condición.

Se desvía pronto del espacio y toma cada vez más precisamente al caballo como objeto.

En los primeros días, cuando su estado de angustia alcanzó su más alto nivel, Juanito expresó ya aquel temor de que el caballo entrase en su cuarto, que tanto hubo de facilitarme la comprensión de su angustia.

La situación de las «fobias» en el sistema de la neurosis ha sido hasta ahora muy indeterminada. Parece seguro que sólo deben ser consideradas como síndromes comunes a diferentes neurosis, no siendo preciso atribuirles la calidad de procesos patológicos especiales. Para las fobias como esta de nuestro Juanito, que son las más frecuentes, no me parece impropia la denominación «histeria de angustia», propuesta por mí al doctor W.

Stekel cuando emprendió su exposición de los estados nerviosos de angustia y que espero acabará por imponerse, pues queda justificada por la perfecta coincidencia del mecanismo psíquico de tales fobias con el de la histeria, salvo en un solo y único punto decisivo, muy apropiado para la diferenciación.

En efecto, la libido, desligada del material patógeno por la represión, no es convertida, o sea utilizada, partiendo de lo anímico, para una inervación somática, sino que queda libre en calidad de angustia.

En los casos patológicos, esta «histeria de angustia» puede mezclarse en cualquier medida con la «histeria de conversión». Hay también histerias de conversión puras, sin angustia alguna, y también meras histerias de angustia que se manifiestan en sensaciones de angustia y en fobias sin conversión alguna. De este último género es la fobia de Juanito.

La histeria de angustia es la enfermedad psiconeurótica más frecuente pero, sobre todo, la de aparición más temprana en la vida individual; es la neurosis de la época infantil. Cuando una madre dice que su hijo es muy «nervioso»), puede darse por seguro, en nueve casos de cada diez, que padece una angustia cualquiera o muchos temores angustiosos a la vez. por desgracia, el sutil mecanismo de estas enfermedades tan importantes no ha sido aún suficientemente estudiado. No se ha determinado aún si la histeria de angustia, a diferencia de la histeria de conversión y de otras neurosis, tiene su única condición en factores constitucionales o en los sucesos vividos, o en qué unión de ambos elementos la encuentra.

A mi juicio, es aquella enfermedad neurótica que menos exige una constitución especial, y, por tanto, la que más fácilmente puede ser contraída en cualquier período de la vida. No es difícil hacer resaltar un carácter esencial de las histerias de angustia. La histeria de angustia evoluciona cada vez más hacia la «fobia».

Al final, el enfermo puede haber quedado libre de angustia, pero sólo a costa de inhibiciones y restricciones a las que hubo de someterse.

En la histeria de angustia se desarrolla desde un principio una labor psíquica encaminada a ligar de nuevo psíquicamente la angustia libertada, pero esta labor no puede alcanzar la retransformación de la angustia en libido ni enlazarse a los mismos complejos de los que la libido procede. No le queda más camino que impedir todas las ocasiones de desarrollo de angustia por medio de una defensa psíquica, tal como una precaución, una inhibición o una prohibición, y estas defensas son las que se nos muestran como fobias y forman, para nuestra percepción, la esencia de la enfermedad.

Puede decirse que el tratamiento de la histeria de angustia ha sido hasta ahora puramente negativo. La experiencia ha demostrado que es inútil y en algunas circunstancias muy peligroso intentar la curación de una fobia de un modo violento, colocando al enfermo en una situación en la que tenga necesariamente que pasar por el desarrollo de angustia, después de haberle privado de su defensa.

Se le obliga así a buscar protección donde cree encontrarla y se le testimonia un desprecio ineficaz a causa de su «incomprensible cobardía».

Los padres de nuestro pequeño paciente estaban convencidos desde un principio de que el remedio no estaba en reirse de él ni en brutalizarle, sino en buscar, por el camino psicoanalítico, el acceso a sus deseos inconscientes.

El éxito recompensó la ardua labor del padre, cuyas anotaciones nos procuran ocasión de penetrar en la estructura de tal fobia y perseguir el camino del análisis al que dio motivo. No me parece improbable que la extensión y la minuciosidad del análisis hayan hecho difícil al lector su más perfecta comprensión.

Por tanto, creo conveniente una síntesis de su desarrollo, prescindiendo de detalles inútiles y haciendo resaltar los resultados positivos paulatinamente obtenidos. Comenzamos por averiguar que la aparición del estado de angustia no fue tan repentina como a primera vista pareció. Varios días antes, Juanito había tenido un sueño de angustia: Mamá se había ido, y ya no tenía él con quien «hacer mimitos».

Este sueño es ya indicio de un proceso de represión de sospechosa intensidad.

Su interpretación no puede ser, como para otros muchos sueños de angustia, la de que el niño había sentido una angustia procedente de cualesquiera fuentes somáticas y la ha utilizado para el cumplimiento de un deseo inconsciente intensamente reprimido.

Se trata, en realidad, de un sueño de castigo y de represión, en el cual el mismo fenómeno onírico fracasa en su función particularísima, ya que el niño despierta preso de angustia. No es difícil reconstruir el proceso inconsciente correlativo.

El niño ha soñado con las caricias de la madre, ha soñado que dormía con ella en la cama, y todo el placer y todo el contenido de representaciones han sido transformados en su antítesis. La represión ha logrado la victoria sobre el mecanismo del sueño.

Pero los comienzos de esta situación psicológica se hallan aún más atrás. Ya durante el veraneo pasó Juanito por estados de melancolía en los que hubo de exteriorizar ideas análogas y que le valieron ser acogido en el lecho de la madre.

Desde esta época, aproximadamente, podemos suponerle bajo los efectos de una fuerte excitación sexual, cuyo objeto es la madre y cuya intensidad se manifiesta en dos tentativas de seducción – la última inmediatamente anterior a la aparición de la angustia – , descargándose todas las noches en la satisfacción onanista.

No es posible determinar si la transformación de esta excitación se desarrolla luego espontáneamente o a consecuencia de la repulsa de la madre o de la reviviscencia de impresiones pretéritas provocadas por el motivo ocasional de la enfermedad. Pero, además, es indiferente, ya que las tres distintas posibilidades enunciadas no pueden considerarse antitéticas.

Lo esencial es la transformación de la excitación sexual en angustia. Conocemos la conducta del niño en los primeros tiempos de la angustia y sabemos que el primer contenido que a la misma diera fue el temor de que le mordiese un caballo.

En este punto tiene efecto la primera intervención de la terapia.

Los padres le indican que la angustia es consecuencia de la masturbación y le encaminan hacia el abandono de tal hábito. Una pequeña mejoría obtenida con esta intervención desaparece pronto al iniciarse un período de enfermedad puramente orgánica.

El estado psíquico se mantiene invariado. Poco después descubre Juanito cómo su miedo a que le muerda un caballo se deriva de la reminiscencia de una impresión recibida en Gmunden.

Un padre había dicho a su hija en el momento de partir: «No le acerques los dedos al caballo, porque te morderá».

La forma verbal que Juanito da a la advertencia del padre recuerda la que los suyos usaron para prevenirle contra el onanismo, pareciendo así confirmar la hipótesis de aquéllos, según la cual, a lo que tenía miedo era a la propia satisfacción masturbadora. Pero la relación es aún muy lejana, y el caballo parece haber llegado demasiado casualmente a su papel de objeto de la angustia.

Yo había arriesgado la hipótesis de que su deseo reprimido podía ser ahora el de verle a su madre la cosita. Y como su conducta con una criada recién entrada en la casa parecía confirmar tal sospecha, el padre se decide a procurarle una primera aclaración sexual: las mujeres no tienen cosita, Juanito reacciona a este primer auxilio con el relato de una fantasía en la que imagina haber visto a su madre mostrando la cosita.

Esta fantasía y la observación de que su propia cosita forma parte integrante e inseparable de su cuerpo nos facilita una primera visión de sus procesos mentales inconscientes.

Se hallaba, realmente, bajo la impresión ulterior de la amenaza de castración de que su madre le había hecho objeto año y medio antes, pues la fantasía de que su madre hacía lo mismo que él (le había valido aquella temible amenaza) estaba destinada a justificarle y disculparle.

Era una fantasía de protección y de defensa.

Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que fueron los mismos padres los que extrajeron del material patógeno eficiente en Juanito el tema de la masturbación. Juanito los sigue por este camino, pero todavía no interviene independientemente en el análisis. No se observa tampoco el menor resultado terapéutico.

El análisis permanece muy lejos de los caballos, y la revelación de que las mujeres no tienen cosita es muy apropiada para intensificar la preocupación del infantil sujeto en cuanto a la posible pérdida de la suya propia.

Pero a lo que tendemos en primer término no es a obtener un resultado terapéutico, sino a colocar al enfermo en situación de aprehender conscientemente sus impulsos optativos inconscientes. Para ello, basándonos en sus manifestaciones y con ayuda de nuestro arte de interpretación, situamos ante su conciencia, expresado en nuestra forma verbal, el complejo inconsciente. La analogía entre lo que así oye el paciente y aquello que busca y que a pesar de todas las resistencias pugna por abrirse paso hasta la conciencia, le hace posible hallar lo inconsciente.

El médico le precede cierto trecho en la comprensión de sus problemas, pero el paciente llega a ella por caminos propios, reuniéndose con él en la meta fijada. Los principiantes en psicoanálisis suelen incurrir aquí en error.

Suponen que el momento en que descubren un complejo inconsciente del enfermo es el mismo en que el enfermo lo aprehende y esperan demasiado al pretender curar al sujeto con la comunicación de aquel descubrimiento, pues, en realidad, tal comunicación no puede servirle más que para ayudarle a encontrar el complejo inconsciente en aquel lugar de su inconsciente en el que se halle anclado.

En este período del análisis conseguimos un primer resultado de este género. Después del vencimiento parcial del complejo de la castración, Juanito puede ya comunicar sus deseos en cuanto a su madre, y así lo hace, en efecto, aunque todavía de un modo encubierto, por medio de la fantasía de las dos jirafas, una de las cuales protesta a gritos al tomar Juanito posesión de la otra. Juanito representa la toma de posesión con el acto de sentarse encima.

El padre reconoce en esta fantasía la reproducción de una escena que se desarrolló una mañana en la alcoba entre los padres y el hijo, y sabe hallar el deseo oculto detrás de ella.

El y la madre son las dos jirafas.

El disfraz de que el deseo se reviste se halla suficientemente determinado por la visita hecha días antes al parque zoológico de Schonbrunn, por la jirafa que el padre dibujó a Juanito tiempo atrás y quizá también por una comparación inconsciente enlazada al cuello largo y rígido de la jirafa. Observamos que la jirafa, animal de gran estatura e interesante para Juanito por el tamaño de su cosita, hubiera podido llegar a ser el objeto de su angustia en lugar del caballo.

El hecho de que el padre y la madre sean representados por sendas jirafas proporciona también un punto de apoyo para la ulterior interpretación de los caballos temidos.

Dos fantasías menores que Juanito relata en los días inmediatamente siguientes a la de la jirafa – la de haber infringido la prohibición que cerraba el paso a uno de los departamentos del parque zoológico de Schonbrunn y la de haber roto el cristal de una ventanilla del tranvía, con la complicidad del padre en ambas ocasiones – escapan, desgraciadamente, a la interpretación del padre, y de este modo su comunicación no procura a Juanito ventaja alguna.

Pero lo que así permanece incomprendido retorna una y otra vez, sin descanso, como un alma en pena, hasta encontrar comprensión y redención. La interpretación de las dos pequeñas fantasías delictivas no nos ofrece grandes dificultades.

Pertenecen al complejo de la toma de posesión de la madre. Hay en Juanito como un presentimiento de algo que podría hacer con la madre, y con la cual quedaría perfeccionada su toma de posesión de ella, y encuentra para aquel algo inaprehensible ciertas representaciones gráficas, a las que es común la idea de ilicitud y violencia y cuyo contenido nos parece armonizar singularmente bien con la realidad oculta.

Son fantasías simbólicas del coito, y la complicidad en ella atribuida al padre no es nada indiferente: «Quisiera hacer algo con mamá, algo prohibido; no sé lo que es, pero se que tú lo haces con ella».

La fantasía de las jirafas había reforzado en mí una convicción que ya me había sido impuesta por el temor de Juanito a que el caballo entrase en el cuarto, y juzgué muy apropiado el momento para comunicarle una parte esencial de sus impulsos inconscientes; su miedo al padre, como consecuencia de sus deseos celosos y hostiles contra el mismo. Con esto le interpreté al mismo tiempo, fragmentariamente, su miedo a los caballos.

El padre tenía que ser el caballo al cual, y por excelentes razones internas, tenía miedo. Ciertos detalles – la cosa negra en los labios y la otra cosa delante de los ojos (bigote y lentes como privilegios del hombre adulto) – me parecieron haber sido directamente transferidos de la persona del padre a los caballos. Con esta aclaración vencí la resistencia que más eficazmente se oponía a que los pensamientos inconscientes de Juanito penetrasen hasta su conciencia, ya que en su caso el padre y el médico coincidían en una sola persona.

A partir de aquí, la perturbación siguió ya una marcha descendente, el material fluyó en abundancia y Juanito encontró valor para comunicar los detalles de su fobia y no tardó en intervenir independientemente en el análisis.

Ahora averiguamos ya a qué objeto e impresiones tiene miedo Juanito. No sólo a los caballos y a que le muerdan esto desaparece pronto, sino también a los carros de mudanzas y a los ómnibus (vehículos que tienen como elemento común su pesada carga), al instante de ponerse en marcha los caballos, a los caballos de aspecto corpulento y pesado y a los que pasan muy de prisa.

El sentido de estas determinaciones nos lo descubre luego el propio Juanito: tiene miedo de que los caballos se caigan, e integra así en su fobia todo aquello que puede provocar tal accidente.

Muchas veces transcurre todo un período de labor analítica antes que el sujeto llegue a comunicar el contenido efectivo de una fobia o de un impulso obsesivo, etc. La represión no ha recaído tan sólo sobre los complejos inconscientes, sino que actúa también de continuo sobre sus ramificaciones e impide al mismo enfermo la percepción de sus productos patológicos.

El médico tiene que emprender entonces la tarea singular de intervenir a favor de la enfermedad para que la misma llegue a captar la atención del enfermo; pero sólo quien desconozca por completo la esencia del psicoanálisis podrá suponer que esta fase de nuestra labor pueda causar un daño al enfermo. La verdad es que no se puede ahorcar un ladrón sin antes prenderlo, y así, para apoderarnos de los productos patológicos que queremos destruir, nos es preciso desarrollar una labor previa.

En mis glosas al historial clínico de Juanito hice ya constar cuán instructivo resulta profundizar así en los detalles de una fobia y extraer la convicción de la existencia de una relación secundariamente establecida entre la angustia y sus objetos. De aquí la naturaleza, singularmente difusa y, sin embargo, tan rigurosamente condicionada, de las fobias.

El material necesario para estas soluciones especiales lo ha extraído Juanito, evidentemente, de las impresiones que le procura todos los días la situación de su casa frente al depósito de la aduana.

En relación también con estas impresiones delata un deseo, inhibido ahora por el miedo, de jugar con las cargas de los carros, los equipajes, las cubas y los fardos, como los chicos de la calle.

En este estadio del análisis halla Juanito el suceso, poco importante en sí, que precedió inmediatamente a la aparición de la enfermedad y debe ser considerado como el motivo ocasional de dicha aparición. Iba de paseo con su madre y vio caerse y patalear a un caballo de un ómnibus, accidente que le causó gran impresión.

Se asustó mucho y creyó que el caballo había muerto y que desde aquel momento todos los caballos se caerían.

El padre le indica que al ver caerse al caballo debió de pensar él en su padre y desear que se cayese también y se matase. Juanito no se rebela contra esta interpretación, y al cabo de un rato, con un juego que inventa y en el que muerde al padre, demuestra aceptar la identificación del mismo con el caballo temido.

A partir de este momento se conduce ya libremente y sin miedo, e incluso con cierto descaro, con su padre. Pero sigue asustándose de los caballos, y no vemos aún claramente a consecuencia de que concatenación el caballo caído ha rozado sus deseos inconscientes. Concretaremos los resultados hasta aquí obtenidos; detrás del miedo primeramente manifestado a que le mordiese un caballo hemos descubierto, más profundo, el miedo de que los caballos se cayeran, y ambos caballos, tanto el que muerde como el que se cae, son el padre, que le castigará por abrigar tan perversos deseos en cuanto a su persona.

Entre tanto, el análisis se ha alejado de la madre.

Inesperadamente, y desde luego sin estímulo alguno por parte del padre, comienza Juanito a ocuparse del complejo de la excreción y a mostrar repugnancia a aquellas cosas que le recuerdan la defecación.

El padre, que sólo a disgusto le sigue por este camino, continúa entre tanto el análisis en la dirección que él cree más acertada y recuerda a Juanito un suceso acaecido en Gmunden, cuya impresión se escondía detrás de la correspondiente a la caída del caballo del ómnibus. Federico, su antiguo amiguito y su rival en el cariño de las niñas, había tropezado en una piedra jugando a los caballos, se había caído y se había hecho sangre en un pie. La caída del caballo del ómnibus le había recordado este incidente.

Es curioso que Juanito, preocupado de momento con otras cosas, niegue primero la caída de Federico, que establecería la conexión buscada, y sólo la confirme en un estadio ulterior del análisis.

Mas para nosotros lo interesante es hacer resaltar cómo la transformación de la libido en angustia llega a proyectarse sobre el caballo, objeto principal de la fobia. Los caballos eran, de siempre, los animales que más le interesaban, y a lo que más le gustaba jugar con sus amiguitos era también a los caballos.

Nuestra sospecha de que el padre hubiera sido el primero en servirle de caballo nos fue confirmada por él mismo, y de este modo, en el accidente de Gmunden, pudo la persona del padre sustituir a la de Federico. Una vez iniciada la represión, Juanito tenía que asustarse de los caballos, que antes le habían procurado tanto placer.

Pero ya indicamos que esta última importante aclaración de la eficacia del motivo ocasional de la enfermedad la debemos a la intervención del padre. Juanito continúa preocupado por el complejo de la excreción, y, por fin, no tenemos más remedio que seguirle a este terreno.

Averiguamos que antes solía imponer a su madre su compañía cuando iba al retrete, y que luego siguió haciendo lo mismo con su amiguita Berta, hasta que se lo prohibieron.

El placer de presenciar cómo una persona querida hace sus necesidades corresponde también a una «confluencia de los instintos», de la que ya observamos otro ejemplo en Juanito.

Por último, también el padre se resuelve a penetrar en el simbolismo excremental y reconoce una analogía entre un carro pesadamente cargado y un vientre cargado de excremento, entre la forma en que el coche sale por una puerta y las heces del cuerpo, etc.

Ahora bien: la situación de Juanito en el análisis es ahora muy distinta de la que ocupaba en estadios anteriores del mismo.

Antes, el padre le anunciaba lo que iba a surgir, y Juanito le seguía orientándose por sus indicaciones.

Ahora marcha delante, con paso seguro, y al padre le cuesta trabajo seguirle.

Juanito

aporta una nueva fantasía: El fontanero ha destornillado la bañera, en la que se encuentra Juanito, y luego le ha clavado una barrena en la barriga.

A partir de aquí, nuestra comprensión avanza cojeando penosamente detrás del material emergente.

Sólo después adivinamos que se trata de una elaboración, deformada por la angustia, de una fantasía de concepción. Pero, de momento, esta fantasía escapa a la interpretación, y sólo sirve a Juanito como un punto al que enlazar la continuación de sus comunicaciones.

A Juanito le da miedo que le bañen en la bañera grande.

Este miedo es también de naturaleza compuesta. Una parte del mismo nos escapa aún: la otra queda pronto aclarada por una relación con el acto de bañar a su hermanita. Juanito confiesa su deseo de que la madre suelte a Hanna durante el baño para que la pequeña caiga al agua y muera.

Su propio miedo, al ser bañado en el baño grande, no es más que el temor al castigo por aquel mal deseo. Juanito abandona ahora el tema excremental y pasa al de la hermanita.

Tal sucesión significa que la pequeña Hanna es por sí misma un excremento: que todos los niños son excrementos y surgen al exterior (son paridos) por el mismo camino que éstos.

Comprendemos ahora que todos los carros de mudanzas, ómnibus y camiones sean para Juanito carros cargados con aquellos cajones en los que la cigüeña guarda a los niños, que le interesan como representaciones simbólicas del embarazo y que en la caída de los caballos corpulentos o pesadamente cargados haya visto representado un parto.

El caballo caído no era, pues, tan sólo el padre en trance de muerte, sino también la madre en el del parto. Y ahora nos procura Juanito una sorpresa, a la que ciertamente no estamos preparados. Teniendo tres años y medio observó el embarazo de la madre, que terminó en el nacimiento de la pequeña, y después del parto, si no antes, reconstruyó todo el proceso, aunque sin exteriorizarlo, y quizá sin poderlo exteriorizar.

Sólo pudo observarse, por entonces, que inmediatamente después del parto acogió con un absoluto escepticismo todo lo referente a la fábula de la cigüeña.

El análisis demuestra, sin dejar lugar a dudas, que en su inconsciente y en palmaria contradicción con sus manifestaciones oficiales, sabía muy bien de dónde procedía la niña y dónde había estado encerrada hasta el parto.

Es éste, quizá, el fragmento más irrebatible del análisis.

Prueba incontrastable de ello es la fantasía, tenazmente sostenida y adornada con tantos detalles, de que Hanna estaba ya con ellos en Gmunden el verano anterior a su nacimiento, y de cómo había hecho el viaje poseyendo por entonces una capacidad funcional mucho más amplia que luego un año después de venir al mundo.

El descaro con el que Juanito relata esta fantasía y las innumerables e imprudentes mentiras que en ella entreteje no carecen ciertamente de sentido. Todo ello constituye una venganza contra su padre, al que guarda rencor por haberle querido engañar con la fábula de la cigüeña.

Es como si quisiera decirle: Si tú me has tenido por tonto y has supuesto que iba a creerme que la cigüeña había traído a Hanna, también yo puedo exigirte que aceptes mis invenciones.

En clara conexión con este acto de venganza del pequeño investigador contra su padre surge ahora la fantasía de golpear y excitar a los caballos.

Esta fantasía muestra también una doble determinación: se apoya, por un lado, en la burla de que acaba de hacer objeto a su padre y renueva, por otro, oscuros impulsos sádicos referidos a la madre e integrados también, sin que entonces llegáramos nosotros a descubrirlos, en las fantasías delictivas anteriores. También conscientemente contesta Juanito su deseo de pegar a la madre.

No esperamos ya muchos enigmas. Una oscura fantasía de perder el tren parece constituir una premisa de aquella otra en la que Juanito casa a su padre con la abuela de Lainz, pues en la primera se trata ya de un viaje a Lainz e interviene la abuela. Otra fantasía, en la que un chico da 50.000 florines al vigilante para que le deje subir en la vagoneta, parece constituir un proyecto de comprar la madre al padre, cuyo poder reside parcialmente en su riqueza.

Luego, con una franqueza desusada en él hasta entonces, confiesa su deseo de hacer desaparecer al padre porque estorba su intimidad con la madre. No debemos extrañar que estos impulsos optativos aparezcan repetidamente en el curso del análisis.

Tal monotonía aparente es sólo producto de las interpretaciones a ellos enlazadas, pues para Juanito no son meras repeticiones, sino desarrollos progresivos, desde tímidos indicios hasta una claridad plenamente consciente y exenta de toda deformación.

Siguen luego manifestaciones con las que Juanito confirma los resultados analíticos obtenidos. Con un claro acto sintomático, que sólo disfraza levemente ante la criada, pero no ante su padre, muestra cómo se imagina él un parto.

Por el agujero redondo abierto en el cuerpo de un muñeco de goma introduce una navajita, perteneciente a su madre, y la hace caer al exterior desgarrando las piernas del muñeco.

La explicación que luego le dan sus padres de que los niños nacen efectivamente en el cuerpo de las madres y son expulsados de él como las heces y la defecación llega demasiado tarde. No puede enseñarle ya nada nuevo.

Por medio de otro acto sintomático ulterior confiesa que ha deseado la muerte de de su padre, dejando caer – tirando – el caballito con el que juega en momento mismo en el que el padre le habla de aquel deseo. Confirma también, de palabra, que los vehículos pesadamente cargados eran para él representaciones del embarazo de la madre, y que la caída del caballo era como cuando se tiene un niño.

La más preciada confirmación a este respecto, la prueba de que los niños son excrementos, por la invención del nombre «Lodi» para su niña preferida, llega con retraso a nuestro conocimiento, pues averiguamos que hace ya mucho tiempo que venía jugando, en su imaginación, con aquella ‘niña – salchicha’.

Ya hemos examinado las dos últimas fantasías de Juanito con las cuales se completa su curación. La primera, en la cual el fontanero le procura un pene nuevo, y como el padre adivina, más tarde no es sólo la repetición de otra superior de análogo contenido.

Es también una victoriosa fantasía optativa e integra el vencimiento del miedo a la castración. La segunda fantasía, que confiesa el deseo de estar casado con su madre y tener de ella muchos niños, no sólo agota el contenido de aquellos complejos inconscientes removidos a la vista del caballo caído y que habían desarrollado angustia, sino que corrige lo que de aquellos pensamientos no era admisible, sustituyendo la muerte del padre por su matrimonio con la abuela.

Esta fantasía pone término feliz a la enfermedad y al análisis.

Mientras adelantamos en el análisis de un caso no es posible obtener una impresión exacta de la estructura y la evolución de la neurosis. Para ello se hace precisa una labor sintética ulterior.

Al emprender ahora esta síntesis de la fobia de Juanito tomaremos como punto de partida nuestra descripción anterior de su constitución, de sus deseos sexuales directivos y de los sucesos por él vividos hasta el nacimiento de su hermanita.

Este acontecimiento trajo consisto muchas cosas que perturbaron va duramente la vida de nuestro pequeño sujeto.

En primer lugar, una dolorosa separación temporal de su madre y luego una prolongada disminución de los cuidados y atenciones que la misma le prodiga y que Juanito tuvo ahora que acostumbrarse a compartir con la niña.

Después, una reviviscencia de las experiencias placientes extraídas por el espectáculo de los que ahora se prodigaban a la pequeña. De ambas influencias resultó una intensificación de sus necesidades eróticas, a las que empezó a faltar satisfacción suficiente.

De las pérdidas ocasionadas por la llegada de la hermanita se compensa Juanito con la fantasía de que también él tiene hijos, y mientras pudo jugar y convivir realmente con otros niños, en quienes encarnaba su imaginaria descendencia (durante su segundo veraneo en Gmunden), su ternura halló derivación bastante.

Pero a su retorno a Viena se encontró de nuevo solitario, acumuló sobre su madre todos sus deseos y exigencias y sufrió una privación más al ser expulsado de la alcoba de los padres, en la que había convivido con ellos hasta los cuatro años y medio.

Su excitabilidad erótica, intensificada, se exteriorizó ahora en fantasías, en las cuales evocaba a sus amiguitos de Gmunden, y en satisfacciones autoeróticas regulares por excitación masturbatoria de los genitales.

El nacimiento de la hermanita le procuró también el estímulo a una labor mental que, por un lado, no podía llegar a solución alguna y, por otro, le creaba conflictos sentimentales.

Se le planteó el gran problema de la procedencia de los niños, el primero que pone a prueba las energías mentales infantiles y el cual no es, quizá, sino una deformación del enigma de la esfinge tebana. La explicación de que a Hanna la había traído la cigüeña la rechaza desde el primer momento.

Había observado que a su madre se le había hinchado el vientre meses antes del nacimiento de Hanna, y que luego había tenido que guardar cama, se había quejado mucho la noche del parto y había recobrado después su primitiva esbeltez. De todo ello dedujo que Hanna había estado dentro del cuerpo de la madre y había salido luego al exterior como un excremento.

Este último proceso lo creía placiente, fundándose en las sensaciones de placer que primitivamente hubo de procurarle el acto de la defecación. Pudo, por tanto, desear, con doble motivación, tener él mismo niños para parirlos con placer y cuidarlos luego.

En todo ello no había nada que pudiese suscitarle dudas ni conflictos.

Pero había algo distinto que no podía por menos de preocuparle.

El padre debía tener algo que ver con el nacimiento de la pequeña, pues afirmaba que Hanna y el mismo Juanito eran sus hijos. Pero quien los había traído al mundo no era él, sino la madre. Por otro lado, el padre estorbaba su intimidad con la madre.

Cuando el padre estaba en casa, Juanito no podía dormir con la madre, y si ésta pretendía acogerle en su cama, el padre se oponía a gritos. Juanito había comprobado antes cuán grata podía ser para él la ausencia del padre.

El deseo de su desaparición quedó ahora plenamente justificado y reforzada su hostilidad contra él.

El padre le había contado aquella mentira de la cigüeña, haciéndole imposible solicitar nuevas explicaciones sobre la cuestión. No sólo le impedía el acceso a la cama de la madre, sino que le ocultaba lo que tanto ansiaba saber. Le perjudicaba en ambos sentidos, y seguramente en provecho propio.

El hecho de que aquel mismo padre al que había de odiar como rival le había merecido siempre y tenía que seguirle mereciendo un tierno cariño, constituyendo para él modelo y ejemplo, y habiendo sido su primer protector y guardador y su primer compañero de Juegos, provocó en Juanito un primer conflicto sentimental, insoluble al principio. Dado el bondadoso natural de Juanito, el cariño tenía que vencer al odio y mantenerlo sometido, aunque no pudiera hacerlo desaparecer por cuanto el amor a la madre le proporcionaba continuo alimento.

Pero el padre, además de saber de dónde venían los niños, realizaba también algo que Juanito sólo podía presentir oscuramente. La cosita, cuya excitación acompañaba siempre a aquellos pensamientos, debía de tener algo que ver con todo ello, aunque desde luego una cosita mayor de lo que a Juanito le parecía la suya.

Siguiendo las indicaciones que sus sensaciones le proporcionaban, concluyó que debía de tratarse de una violencia de que se hacía objeto a la madre, de un desgarramiento, de una penetración en un espacio cerrado, actos a cuya ejecución sentía en sí un impulso.

Pero, aun hallándose así en camino de llegar a inducir la existencia de la vagina partiendo de sus sensaciones genitales, no le era posible resolver el enigma por oponerse a semejante solución la convicción de que la madre poseía también, como él, una cosita.

La tentativa de solucionar qué es lo que había de hacerse con la madre para que tuviera niños se hundió, pues, en lo inconsciente y los dos impulsos activos, el impulso hostil contra el padre y el impulso sádico – amoroso hacia la madre, permanecieron sin empleo el primero, a causa del amor subsistente al lado del odio, y el segundo, a consecuencia de la perplejidad resultante de las teorías sexuales infantiles.

Sólo en esta forma podemos reconstruir, apoyándonos en los resultados del análisis, los complejos e impulsos optativos inconscientes, cuya represión y reviviscencia hicieron surgir la fobia de Juanito.

Sé que con ello atribuimos a la capacidad mental de un niño de cuatro a cinco años rendimientos muy elevados, pero nos dejamos guiar por los nuevos descubrimientos efectuados y no nos consideramos ligados por los prejuicios de nuestra ignorancia.

Quizá hubiésemos podido utilizar el miedo al acto de armar jaleo con las piernas para cegar aún ciertas lagunas de nuestra demostración. Juanito manifestó ciertamente que le recordaba sus pataleos cuando le obligaban a dejar de jugar para ponerle a hacer caca, de manera que este elemento de la neurosis entra en relación con el problema de si la madre paría los niños paciente o displacientemente, pero no tengo la impresión de que con ello quede totalmente explicado el armar jaleo con las piernas.

Mi sospecha de que se trataba de una evocación de la reminiscencia del comercio sexual entre sus padres, sorprendidos alguna vez por Juanito mientras compartió con ellos la alcoba, no pudo ser confirmada. Habremos, pues, de contentarnos con lo averiguado.

Es difícil precisar, y sólo la comparación con otros varios análisis semejantes podría permitírnoslo, qué influencias provocaron en la situación descrita la transformación del anhelo libidinoso en angustia, o sea en qué punto hubo de iniciarse la represión.

Hasta lograr más amplia experiencia en estas cuestiones dejaremos, pues, sin resolver si el factor decisivo fue la incapacidad intelectual del niño para solucionar el arduo problema de la procreación y utilizar los impulsos agresivos desencadenados por la proximidad de la solución, o una incapacidad somática, una intolerancia de su constitución con respecto a la satisfacción masturbadora habitual, o si la mera persistencia de tan intensa excitación sexual tenía que acabar por originar la transformación mencionada.

Las circunstancias de tiempo impiden adscribir demasiada influencia al motivo ocasional del brote de la enfermedad, pues Juanito presentaba ya indicios de angustia mucho antes de haber presenciado la caída del caballo del ómnibus. De todos modos, la neurosis surgió directamente enlazada a este suceso accidental y conservó la huella del mismo en la elevación del caballo a la categoría de objeto de la angustia.

Esta impresión carece en sí de energía traumática. Sólo la anterior significación del caballo como objeto de preferencia y de interés y el enlace con el incidente de mayor capacidad traumática ocurrido en Gmunden cuando Federico se cayó jugando a los caballos, así como el fácil enlace asociativo entre Federico y el padre, pudieron adscribir tan gran eficacia al accidente casualmente presenciado.

Puede incluso afirmarse que tampoco estas relaciones hubieran bastado, a no ser porque la flexibilidad y la multiplicidad de sentidos de los enlaces asociativos permitieron a aquella misma impresión rozar el segundo de los complejos acechantes en lo inconsciente de Juanito, el complejo del parto, que ponía fin al embarazo de su madre.

A partir de aquí quedaba abierto el camino para el retorno de lo reprimido; camino que fue seguido de manera que el material patógeno quedara transferido al complejo del caballo y transformados uniformemente en angustia todos los afectos concomitantes.

Por circunstancia singular, el contenido de representaciones de la fobia tal y como resultó de este proceso, tuvo aún que someterse a una nueva deformación y sustitución antes que la conciencia tomara conocimiento de él.

El primer miedo que Juanito expresó fue el de que le mordiera un caballo, y procedía de otra escena de Gmunden, relacionada por un lado con los deseos hostiles del padre y por otro con la admonición contra el onanismo. Intervino aquí un influjo derivativo que quizá partiera de los padres.

No estoy muy seguro de que las observaciones correspondientes a este período fueran suficientemente cuidadosas para permitirnos decidir si Juanito dio expresión a aquel temor antes o sólo después de haber sido interpelado por su madre sobre sus hábitos onanistas.

Por mi parte me inclino a suponer lo primero, en contraposición a lo que el historial indica. Por lo demás, es innegable que el complejo hostil al padre encubre totalmente en Juanito al otro, libidinoso, orientado hacia la madre, tal y como fue descubierto y vencido en el análisis. Otros casos patológicos podrían dar ocasión a más amplias consideraciones sobre la estructura de una neurosis, su evolución y desarrollo, pero el historial de la enfermedad de Juanito es muy breve.

A poco de iniciarse queda sustituido por el historial del tratamiento. Si la fobia pareció continuar desarrollándose durante este último y atrayendo a sí nuevos objetos y nuevas condiciones, el padre tuvo penetración suficiente para ver exclusivamente en ello la aparición de algo ya preformado y no un producto nuevo que pudiera atribuirse al influjo del tratamiento. No en todos los casos del tratamiento puede contarse con tal penetración.

Antes de dar por terminada esta síntesis debemos examinar otro punto de vista que nos situará en el centro mismo de las dificultades inherentes a la comprensión de los estados neuróticos. Vemos cómo en nuestro pequeño paciente se desarrolla un poderoso impulso de la represión, que recae precisamente sobre sus componentes sexuales dominantes.

Abandona el onanismo y rechaza de sí, asqueado, todo lo que le recuerda los excrementos y el espectáculo de las funciones de este orden. Pero no son éstos los componentes que excitan el motivo ocasional de la enfermedad (la visión de la caída del caballo) ni tampoco los que proporcionan el material para los síntomas, o sea el contenido de la fobia.

Probablemente llegaremos a una comprensión más profunda del caso patológico volviéndonos hacia aquellos otros que llenan estas condiciones. Tales componentes son en Juanito impulsos que ya antes se hallaban dominados y nunca, que sepamos, pudieron exteriorizarse libremente: sentimientos hostiles y celosos contra el padre e impulsos sádicos correspondientes a un presentimiento del coito con respecto a la madre.

En el temprano vencimiento de estos impulsos se integra quizá la disposición a la enfermedad ulterior.

Estas inclinaciones agresivas no hallaron en Juanito exutorio ninguno, y en cuanto quisieron romper al exterior reforzadas, en una época de privación y de excitación sexual más intensa, surgió aquella pugna a la que damos el nombre de fobia.

Durante la misma, una parte de las representaciones reprimidas penetra, deformada y referida a otro complejo, en la conciencia como contenido de la fobia. Pero la victoria sigue siendo de la represión, que en esta ocasión se extiende a otros componentes distintos de los que buscan un exutorio. De todos modos, el estado patológico permanece ligado a los componentes instintivos sexuales rechazables.

La intención y el contenido de la fobia integran una amplia limitación de la libertad de movimiento. Trátase, pues, de una poderosa reacción contra los oscuros impulsos de movimiento que intentan dirigirse especialmente hacia la madre.

El caballo había sido siempre para Juanito un ejemplo del placer del movimiento («Soy un potrito», decía, saltando y corriendo); pero como este placer integra el impulso al coito, queda restringido por la neurosis, que erige también al caballo en la imagen misma del miedo. Parece como si en la neurosis sólo les quedara a los instintos reprimidos el honor de procurar a la angustia sus pretextos ante la conciencia.

Mas por evidente que aparezca en la fobia la victoria de la repulsa sexual, el carácter de transacción inherente a la enfermedad no consiente que lo reprimido no alcance algo más. La fobia al caballo impide a Juanito salir de casa y facilita su permanencia al lado de la madre.

En este punto se impone, pues, victoriosamente el amor a la madre. La fobia enlaza más estrechamente al enamorado con el objeto de sus deseos, pero al mismo tiempo se cuida muy bien de que no pueda satisfacerlos.

En estos dos efectos se nos revela la verdadera naturaleza de la enfermedad neurótica.

En un inteligente trabajo del que tomamos antes el término de confluencia de los instintos ha expuesto Adler [Der Agressionsbetrieb im Leben und in der Neurose (1908)] cómo la angustia nace de la represión del instinto de agresión y atribuye a este instinto, en una amplia síntesis, el papel principal en los destinos de la vida y de la neurosis.

Nuestra conclusión de que en este caso de fobia la angustia se explicaba por la represión de las tendencias agresivas, hostiles contra el padre y sádicas con respecto a la madre, parece confirmar brillantemente la hipótesis de Adler.

Y, sin embargo, lejos de aceptarla, la consideramos como una generalización errónea. No podemos decidirnos a aceptar la existencia de un instinto especial de agresión al lado de instinto de conservación y el instinto sexual, con los que ya estamos familiarizados.

Me parece que Adler ha encarnado injustificadamente en un instinto especial un carácter general e indispensable de todos ellos, carácter que podríamos describir como la facultad de dar impulso a la motilidad. De los demás instintos quedaría tan sólo la relación con un fin, una vez despojados por el instinto de agresión de la relación con los medios para alcanzarlo.

No obstante todas las inseguridades y oscuridades de nuestra teoría de los instintos, quisiéramos mantener nuestra teoría habitual que deja a cada instinto su capacidad propia para hacerse agresivo, y en los dos instintos que en nuestro Juanito sucumben a la represión reconoceríamos componentes de la libido sexual que ya nos son de antiguo conocidos.

(I) A mi juicio, el cuadro de la vida sexual infantil que nos ofrece la observación del caso de Juanito coincide con la descripción que de ella hicimos en nuestra teoría sexual, basándonos en la investigación psicoanalítica de sujetos adultos. Pero antes de entrar en los detalles de tal coincidencia habré de rebatir dos objeciones que se elevarán, quizá, contra la utilidad de este análisis.

La primera de tales objeciones sería la de que Juanito no es un niño normal, sino una criatura predispuesta a la neurosis; un pequeño «hereditario», como lo demuestra su enfermedad, no siendo correcto, en consecuencia, aplicar a otros niños normales conclusiones válidas quizá en su caso particular; pero sólo en él.

De esta primera objeción me ocuparé más adelante, puesto que sólo restringe el valor de la observación, sin anularlo totalmente. La segunda objeción, mucho más rigurosa, afirmaría que el análisis realizado por su propio padre, que lo lleva, además, a cabo plenamente convencido de la verdad de mis teorías y compartiendo todos mis prejuicios, carece de todo valor objetivo.

Un niño se deja siempre sugestionar fácilmente y más por su propio padre que por ninguna otra persona; por cariño a él, y en agradecimiento a lo mucho que de su infantil persona se ocupa, se dejará sugerir toda clase de cosas, y siendo así, sus manifestaciones carecerán de fuerza probatoria, y sus ocurrencias, fantasías y sueños seguirán, naturalmente, la dirección en la cual son orientados.

Concretando: Todo ello sería, de nuevo, pura «sugestión», y mucho más fácil de desenmascarar en el niño que en los adultos.

Es harto singular lo que en esta cuestión sucede. Recuerdo muy bien con cuánta burla acogieron los neurólogos y los psiquíatras de la vieja generación la teoría de la sugestión y de sus efectos hace veintidós años, cuando yo empezaba a intervenir en las controversias científicas.

Pero de entonces acá han cambiado mucho las cosas. La oposición se ha trocado en favor, y ello, no sólo a consecuencia de los trabajos publicados en el curso de estos dos decenios por Liébault, Bernheim y sus discípulos, sino también por haberse descubierto cuánto esfuerzo mental puede ahorrar el concepto de «sugestión» generosamente aplicado a diestro y siniestro.

Nadie sabe, ni se preocupa tampoco en averiguarlo, qué cosa es la sugestión, de dónde procede y cuándo tiene efecto. Basta con poder atribuirle todos aquellos fenómenos anímicos para los cuales no se encuentra una explicación cómoda e inmediata. No comparto la opinión, muy extendida hoy, de que las manifestaciones de los niños son totalmente arbitrarias y nada fidedignas.

En lo psíquico no existe la arbitrariedad, y la falta de autenticidad de las manifestaciones infantiles proviene de la preponderancia de su fantasía, como en los adultos de la preponderancia de sus prejuicios. Fuera de esto, el niño no miente jamás sin causa, y, en general, muestra mayor amor a la verdad que los adultos. Rechazar sin formación de causa todas las manifestaciones de Juanito sería cometer con él una enorme injusticia.

Es perfectamente posible distinguir cuándo falsea o retiene la verdad bajo la coerción de una resistencia, cuándo acepta, indeciso aún en su fuero interno, las opiniones de su padre y cuándo comunica sinceramente, libre de toda presión, su íntima verdad, hasta entonces sólo de él conocida. No ofrecen ciertamente mayores garantías las manifestaciones de los adultos.

Sigue siendo muy de lamentar que ninguna exposición de un psicoanálisis pueda transmitir las impresiones que el analista recibe durante su desarrollo, y que la convicción definitiva no puede adquirirse nunca por medio de la lectura, sino sólo por experiencia personal y directa. Pero de estos defectos adolecen en igual medida los análisis de sujetos adultos.

Los padres describen a Juanito como un niño alegre y sincero, y así debía efectivamente haber llegado a ser gracias al método de educación empleado por sus padres y consistente esencialmente en la omisión de todos nuestros habituales pecados pedagógicos.

Mientras Juanito pudo llevar adelante sus investigaciones con alegre ingenuidad y sin la menor sospecha de los conflictos que pronto habían de surgir en ellas, se expresó siempre francamente y sin reserva alguna, y así las observaciones anteriores a su fobia no suscitan dudas ni objeciones de ningún género.

Luego, en la época de la enfermedad y durante el análisis, sus palabras dejan ya de corresponder en alguna ocasión a su pensamiento, incongruencia dependiente en parte de la acumulación de material inconsciente que no le es posible dominar de una vez, y en parte de las reservas que le imponen sus relaciones con sus padres. De todos modos, y sin abandonar la más absoluta imparcialidad, puedo afirmar que tampoco estas desviaciones fueron mayores que en tantos otros análisis de adultos.

En el curso del análisis hubo que decirle, desde luego, muchas cosas que él no sabía decir espontáneamente, facilitarle ideas de las cuales no se había manifestado aún en él indicio ninguno y orientar su atención hacia aquellos caminos por los que el padre esperaba ver acercarse nuevos elementos.

Ello debilita la fuerza probatoria del análisis; pero también en todo análisis se sigue igual procedimiento.

En todo análisis suministra el médico al paciente, en mayor o menor medida, aquellas representaciones conscientes que han de permitirle reconocer y aprehender lo inconsciente. La amplitud de este auxilio varía mucho, según los casos, pero en ninguno puede prescindirse de él.

Nadie puede curarse por sí solo más que leves perturbaciones, nunca una neurosis opuesta al yo como algo ajeno a él. Para curar de tal enfermedad necesita el sujeto la ayuda de otro, y la posibilidad de curación estará en razón directa de la medida en que el otro pueda ayudarle.

Así, aquellas neurosis que apartan al enfermo de todo contacto con sus semejantes aislándolos por completo, tales como las que reunimos bajo el apelativo común de la «demencia precoz», resultan totalmente inaccesibles a nuestra labor terapéutica. Concedemos, pues, que el niño, por el escaso desarrollo de sus sistemas intelectuales, precisa de una ayuda especialmente intensa.

Pero aquello que el médico comunica al enfermo procede, a su vez, de la experiencia acumulada en otros análisis, y ya resulta suficientemente probatorio el hecho de que por medio de esta intervención médica se consiga el descubrimiento y la solución del material patógeno.

A pesar de todo esto, nuestro pequeño paciente ha demostrado también en el curso del análisis independencia suficiente para absorverle de toda acusación de «sugestión».

Como todos los niños, aplica al material de que dispone sus teorías sexuales infantiles sin necesidad de estímulo alguno exterior. Tales teorías son totalmente ajenas al pensamiento del adulto, y en este caso incurrí en la omisión de advertir al padre que el camino hacia el tema del nacimiento había de conducir primeramente a Juanito a través de todo el complejo de la excreción.

Aquel período del análisis que a consecuencia de esta negligencia mía resulta un tanto oscuro nos procura, en cambio, un testimonio de autenticidad y la independencia de la labor mental de Juanito. Vemos, en efecto, que comenzó de pronto a ocuparse de los excrementos, sin que el padre, sospechado de sugestionar, pudiera comprender cómo llegaba a ello ni lo que de ello había de resultar.

Tampoco puede atribuirse al padre la menor participación en las dos fantasías del fontanero, emanadas del complejo de la castración, tan tempranamente adquirido por Juanito.

A este respecto, he de confesar haber silenciado al padre mi esperanza de que surgiera tal enlace, movido por un interés teórico, y para no debilitar la fuerza probatoria de semejante testimonio, difícilmente alcanzable de otro modo.

Profundizando más en los detalles del análisis, hallaríamos nuevas pruebas de la independencia de nuestro Juanito en cuanto a la «sugestión». Pero prefiero cortar en este punto mi respuesta a la primera objeción.

Sé muy bien que tampoco con este análisis convenceré a nadie que no quiera dejarse convencer y prefiero continuar el examen de esta observación para aquellos lectores que han llegado ya a la convicción de la objetividad del material patógeno inconsciente, no sin antes hacer constar la grata certeza de que el número de tales lectores va aumentando de día en día.

El primer rasgo imputable a la vida sexual de Juanito consiste en un vivísimo interés por su «cosita de hacer pipí», interés que hace de él un investigador.

Descubre así una posibilidad de diferenciar lo animado y lo inanimado, basándose en la posesión o carencia de la cosita. Presupone la existencia de este órgano importantísimo en todos aquellos seres que juzga semejantes a su propia persona, lo estudia en los animales de gran tamaño y lo atribuye tanto a su padre como a su madre, e incluso a su hermanita recién nacida, contra el testimonio directo de sus propios ojos.

El descubrimiento de su falta en algún ser análogo a él echaría por tierra toda su «concepción del universo»; sería como si le despojaran a él mismo de tan preciado órgano. Una amenaza de la madre, consistente nada menos que en la pérdida de la cosita, es, por tanto, rápidamente reprimida y queda así facultada para exteriorizar en épocas posteriores sus efectos.

La intervención de la madre fue provocada por el descubrimiento de que Juanito gustaba de procurarse sensaciones placientes por medio del tocamiento de aquel miembro.

El pequeño sujeto inicia así la forma más corriente – y la más normal – de la actividad sexual autoerótica. Por un proceso que Alfredo Adler ha calificado muy acertadamente de «confluencia de los instintos» se enlaza el placer proporcionado por el propio tocamiento genital con el placer visual en sus formas activas y pasivas.

El pequeño desarrolla una intensa curiosidad sexual, procura ver la cosita de otras personas y gusta de mostrar la suya. uno de sus sueños, correspondiente al período inicial de la represión, tiene por contenido el deseo de que una de sus amiguitas le ponga a hacer pipí; esto es, de que le vea la cosita.

El sueño demuestra que tal deseo ha permanecido hasta entonces irreprimido, y otros datos ulteriores testimonian de que solía hallar satisfacción. La orientación activa del placer visual sexual no tarda en enlazarse en él a un motivo determinado. Cuando repetidamente manifiesta, tanto a su padre como a su madre, su disgusto por no haberles visto aún nunca la cosita, le impulsó a ello, probablemente, la necesidad de comparar.

El propio yo es siempre la medida que aplicamos al mundo exterior; una continua comparación con nuestra propia persona nos enseña a comprenderlo. Juanito ha observado que los animales de gran tamaño tenían también la cosita mucho más grande que la suya; supone en sus padres igual proporción y quisiera comprobarlo. Cree que su madre deberá tener una cosita «como la de un caballo», y para consolarse de su inferioridad actual piensa que la suya irá creciendo conforme él mismo crezca.

Es como si el deseo infantil de ser grande recayese aquí especialmente sobre lo genital.

En la constitución sexual de Juanito es, pues, desde un principio la zona genital la más intensamente acentuada de placer de todas las zonas erógenas. Fuera de ellas sólo hallamos testimoniado el placer excremental enlazado a los orificios de la micción y la defecación.

Su última feliz fantasía, con la cual queda dominada su enfermedad y en la que tiene niños a los que lleva al retrete y les limpia el trasero, «haciendo con ellos todo lo que se hace con los niños», nos fuerza a admitir que aquellas mismas operaciones constituyen para él, en su primera infancia, una fuente de sensaciones de placer.

Este placer, emanado de zonas erógenas, le fue procurado por la persona que le atendía, por su madre, y conduce ya, por tanto, a la elección de objeto. Pero ello no excluye la posibilidad de que en épocas aún más tempranas se hallase él habituado a procurárselo de un modo autoerótico, siendo de aquellos niños que acostumbran retener las excretas hasta que su evacuación puede proporcionarle una sensación voluptuosa. Hablo simplemente de posibilidad, porque el análisis no llegó a poner en claro este extremo.

El acto de «armar jaleo» con las piernas (patalear), que tanto le asusta luego, es lo único que nos orienta en esta dirección. Por otra parte, las fuentes de placer indicadas no muestran en Juanito la singular importancia que es frecuente en otros niños.

Adquirió pronto hábitos de limpieza, y la incontinencia nocturna no desempeñó papel alguno en sus primeros años. Tampoco observamos en él indicio alguno de la tendencia a jugar con los excrementos, tan repugnante en los adultos cuando surge de nuevo en ellos al término del proceso psíquico de regresión.

Haremos ya resaltar que durante su fobia se evidencia la represión de estos dos componentes de la actividad sexual muy desarrollada en él. Le da vergüenza orinar delante de otros, se acusa de «darle la mano» a la cosita, se esfuerza en abandonar el hábito de la masturbación y le repugna la «caca» y el «pipí» y todo lo que se los recuerda.

En la fantasía de «sus niños» retira luego esta última represión. Una constitución sexual como la de nuestro Juanito no parece integrar disposición alguna al desarrollo de perversiones o de su negativo, las neurosis. Por lo que hasta ahora he llegado a saber (en este punto conviene aún observar una prudente reserva), la constitución congénita de los histéricos – y la de los perversos, naturalmente – se caracteriza por la primacía que adquieren sobre la zona genital las demás zonas erógenas. Una única «aberración» de la vida sexual constituye excepción a esa regla.

En los sujetos ulteriormente homosexuales que, según una hipótesis mía y las observaciones de I. Sadger (1908 y 1909), pasan todos en su infancia por una fase anfígena, hallamos igual preponderancia infantil de la zona genital, y muy especialmente del pene. Precisamente esta elevada estimación del miembro viril es la fatalidad de los homosexuales.

En su infancia eligen a la mujer como objeto sexual mientras presuponen también en ella la existencia de aquel órgano, que juzgan indispensable, y luego, cuando se convencen de que la mujer les ha engañado en este punto, les resulta ya inaceptable como tal objeto.

No pueden prescindir del pene en la persona que haya de incitarles al comercio sexual, y en el caso más favorable fijan su libido en «la mujer provista de pene»; esto es, en el adolescente de apariencia femenina. Los homosexuales son, pues, personas a quienes la importancia erógena de su propio órgano genital no consiente prescindir, en su objeto sexual, de tal coincidencia con la propia persona.

En la evolución desde el autoerotismo al amor a un objeto han quedado fijados en un punto más próximo al autoerotismo.

Sería improcedente distinguir un instinto homosexual especial. Lo que hace al homosexual no es una particularidad de la vida instintiva, sino de la elección de objeto ya en nuestros ‘TRES ENSAYOS’ indicamos que era un error suponer demasiado íntima la unión del instinto y el objeto en la vida sexual.

El homosexual, de instintos quizá normales, no puede libertarse de un objeto caracterizado por una determinada condición. Durante su infancia, mientras supone que dicha condición se cumple generalmente en torno suyo, puede conducirse como nuestro Juanito, el cual se muestra igualmente cariñoso con los niños que con las niñas, y en una ocasión declara que su amiguito Federico es su «nena más querida».

Juanito

es homosexual en un sentido, en el que todos los niños pueden serlo, puesto que no conocen más que una clase de órgano genital, un genital como el suyo. Pero la evolución ulterior de nuestro pequeño sujeto no se encamina hacia la homosexualidad, sino hacia una enérgica virilidad polígama, que sabe conducirse diferentemente, según las características de sus distintos objetos sexuales, emprendedora unas veces, tímida y platónica otras.

En una época de escasez de objetos amorosos, esta inclinación retorna a la madre, partiendo de la cual se había orientado hacia otras personas, para fracasar con ella y caer en la neurosis.

Sólo entonces averiguamos cuánta intensidad hubo de alcanzar el amor a la madre y por qué destinos ha atravesado.

El fin sexual que Juanito persigue en sus relaciones con sus infantiles amiguitas, de dormir con ellas, procedía ya del complejo materno.

Siguiendo la trayectoria ordinaria que tiene su punto de partida en los cuidados prodigados al niño por sus guardadores, Juanito halla el camino hacia el amor objetivado, y su conducta queda determinada en él por un nuevo placer, el de dormir junto a su madre, satisfacción erótica entre cuyos componentes hacemos resaltar el placer del contacto epidérmico, al cual integramos todos una disposición de orden constitucional, y que, según nomenclatura de Moll, un tanto artificiosa, habría de ser designado como satisfacción del instinto de «contrectación».

En sus relaciones con sus padres confirma Juanito con máxima evidencia las afirmaciones que incluimos en TRES ENSAYOS y en LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS sobre las relaciones sexuales de los niños con sus padres.

Es verdaderamente un pequeño Edipo, que quisiera hacer desaparecer a su padre para quedarse solo con su madre y dormir con ella.

Este deseo surgió durante el veraneo, cuando las alternativas de presencia y ausencia del padre le revelaron las condiciones a las que se hallaba ligada la ansiada intimidad con la madre. Por entonces se contentó con desear que el padre se marchase, deseo al cual pudo enlazarse luego directamente, merced a una impresión accidental recibida con ocasión de otra partida el miedo a ser mordido por un caballo blanco.

Más tarde, probablemente a su retorno a Viena, donde no podía contar ya con ausencias del padre, aquel deseo se convirtió en el de que el padre muriera. La angustia emanada de este deseo de muerte contra el padre, y, por tanto, normalmente motivada, fue el mayor obstáculo opuesto al análisis hasta su vencimiento en la visita que Juanito hizo a mi consulta.

Pero nuestro Juanito no es un malvado, ni siquiera uno de aquellos niños en quienes las inclinaciones crueles y violentas de la naturaleza humana se encuentran aún libremente desarrolladas en esta época de la vida. por el contrario su natural es extraordinariamente bondadoso y cariñoso.

El padre hace constar en sus notas que la transformación del instinto de agresión en compasión se desarrolló en Juanito muy tempranamente.

Mucho antes de la fobia se inquietaba cuando veía pegar a un caballo, y nunca dejaba de conmoverse cuando alguien lloraba en su presencia.

En un período del análisis. Juanito nos revela, en una determinada relación, cierto montante de sadismo. Pero se trata de un impulso totalmente dominado, y el curso ulterior de la investigación analítica nos revela a qué responde y qué es lo que ha de sustituir.

Juanito

, al mismo tiempo que desea la muerte a su padre, le quiere fervorosamente, y en tanto que su inteligencia rechaza tal contradicción, se ve forzado a demostrar su efectiva existencia por medio de un acto sintomático, consistente en darle un manotazo a su padre y besar luego el lugar golpeado.

También nosotros habremos de guardarnos de rechazar la posibilidad de una tal contradicción. La vida sentimental de los hombres se compone en general de tales antítesis.

Si así no fuera, no habría probablemente ni represión ni neurosis.

Estos impulsos antitéticos, de cuya simultaneidad el adulto sólo llega a adquirir conciencia en la culminación de la pasión amorosa y que fuera de tal momento luchan por sobreponerse recíprocamente hasta que uno de ellos consigue mantener encubierto al otro, coexisten pacíficamente yuxtapuestos en la vida anímica de los niños durante todo un período.

El suceso más importante para el desarrollo psicosexual de nuestro héroe es el nacimiento de su hermanita cuando él tenía tres años y medio.

Este acontecimiento dio más agudo interés a sus relaciones con sus padres y planteó a su pensamiento insolubles problemas, en tanto que el espectáculo de los cuidados corporales de que era objeto la recién nacida despertaba en él las huellas mnémicas de sus más tempranas experiencias de placer. También esta última influencia es típica.

En toda una serie insospechadamente amplia de historiales clínicos nos vemos obligados a tomar como punto de partida esta floración del placer sexual y de la curiosidad sexual consecutiva al nacimiento de un hermanito. La conducta general del niño ante el intruso ha quedado descrita en mi Interpretación de los sueños.

A los pocos días del nacimiento de su hermana, Juanito, enfermo y con fiebre, delata su disconformidad con aquel aumento de la familia.

En este caso surge, en primer término cronológicamente, la hostilidad; el cariño podrá venir después.

El miedo a que todavía puedan venir más niños ocupa desde este momento un lugar en el pensamiento consciente de Juanito. Durante la neurosis, la hostilidad, ya dominada, queda representada por un miedo especial, el miedo a la bañera.

En el análisis, Juanito manifiesta francamente, y no sólo por medio de alusiones que el padre hubiera de interpretar, sus deseos de muerte contra su hermanita.

Su autocrítica no juzga tan perverso aquel deseo como el de análogo contenido contra el padre.

A éste y a la hermanita les da idéntico trato en su inconsciente, porque los dos estorban su deseo de quedarse solo con la madre.

Este suceso y los estímulos a él enlazados dan a sus deseos una nueva orientación.

En su victoriosa fantasía final acumula todos los impulsos optativos eróticos: los procedentes de la fase autoerótica y los relacionados con el amor objetivado.

Está casado con su madre y tiene incontables niños a los que puede atender y cuidar a su manera.

Historial clínico y análisis

Señor profesor:

De nuevo me permito enviarle una serie de notas y observaciones sobre Juanito, y esta vez, desgraciadamente, como aportaciones a un historial clínico. Como verá usted por ellas, Juanito presenta, desde hace algunos días, trastornos nerviosos que nos tienen muy intranquilos, pues no sabemos cómo librarle de ellos.

En consecuencia, le ruego me dé hora para acudir mañana a consultarle. Por lo pronto, le remito mis últimas anotaciones. Como base de la perturbación nerviosa, sospecho una sobreexcitación sexual debida a los mimos de la madre. Lo que no puedo indicar es el último estímulo que ha provocado la emergencia de la enfermedad.

El miedo a que un caballo le muerda en la calle parece hallarse relacionado en alguna forma con el susto experimentado por vista de un pene de grandes proporciones. Ya sabe usted, por anteriores anotaciones mías, que Juanito observó, ya en edad muy temprana, el pene desmesurado del caballo, y dedujo, por entonces, que su madre, siendo tan mayor, debía tener una cosita de hacer pipí como la de un caballo.

Pero no sé qué deducir de todo esto. ¿Ha tropezado acaso con algún exhibicionista? ¿O se relaciona todo exclusivamente con su madre? No nos es nada agradable que empiece ya a plantearnos enigmas.

Aparte del miedo a salir a la calle y la depresión de ánimo que le acomete al anochecer, es el mismo de siempre, alegre y tranquilo». Dejando a un lado la comprensible preocupación del padre y sus tentativas de explicación, examinaremos objetivamente el material comunicado. Nuestra misión no es «comprender» en el acto un caso patológico.

Ello puede venir después, cuando ya hayamos extraído de él impresiones suficientes. Por lo pronto, dejamos en suspenso nuestro juicio y nos limitamos a acoger todo lo observable con idéntica cuidadosa atención. He aquí las primeras anotaciones, procedentes de los días iniciales del mes de enero del año actual (1908): «Juanito (cuatro años y nueve meses) se levanta hoy llorando. Interrogado por su madre sobre las causas de su llanto, responde: «Mientras dormía he pensado que te habías ido y que no tenía ya una mamá que me acariciase». Trátese, pues, de un sueño de angustia.

Ya este verano, en Gmunden, observé algo análogo Por las noches, al acostarse, se ponía muy tierno. y una vez aludió a la posibilidad de que su madre se marchara, diciendo: «Cuando no tenga ya mamá…», «Si mamá se marcha…» o algo parecido, pues no recuerdo exactamente sus palabras. Desgraciadamente, siempre que mostraba tan alegíaco estado de ánimo, su madre, enternecida, le acogía en su cama.

El 5 de enero se encarama por la mañana en la cama de su madre y le dice: «¿Sabes lo que dijo una vez tía M.? Pues dijo: «¡Qué cosita más linda tiene». (Tía M. había pasado con nosotros unos cuantos días del mes anterior.

Asistiendo una vez al baño de Juanito, había dicho, efectivamente, en voz baja a mi mujer la frase citada Juanito la oyó, e intenta ahora aprovecharla).

El 7 de enero Juanito sale con su niñera, como de costumbre, para ir a pasear por el parque. Pero una vez en la calle se echa a llorar y pide que le vuelvan a casa, pues quiere que su madre le «mime». Interrogado en casa por qué se ha negado seguir adelante y por qué ha llorado, no quiere decirlo. Hasta la noche se muestra alegre y risueño, como de costumbre.

Pero al llegar la noche se ve claramente que tiene miedo, llora y no hay modo de separarle de su madre. Quiere que le «mimen» de nuevo. Luego se tranquiliza y duerme bien.

El 8 de enero su madre se propone salir con él para ver por sí misma qué le pasa. Quiere llevarlo a Schonbrunn, lugar que siempre le ha gustado mucho. Juanito no quiere salir, llora de nuevo y tiene miedo. Por fin se convence y sale con su madre; pero en la calle se le advierte visiblemente atemorizado.

Al regresar de Schonbrunn, y después de mucho resistir, confiesa a su madre la causa de sus temores.

«Tenía miedo de que me mordiese un caballo». (Realmente, su intranquilidad subió de punto en Schonbrunn, a la vista de un caballo). Por la noche tuvo un acceso semejante al del día anterior, con ansiosa demanda de «mimo». Intentaron calmarle, y dijo llorando: «Ya sé que mañana tendré que salir otra vez de paseo».

Y luego: «El caballo entrará en mi cuarto».

Este mismo día le preguntó su madre si cuando estaba en la cama se cogía la cosita. Respondió: «Sí, todas las noches, cuando estoy acostado».

Al día siguiente, 9 de enero, antes de acostarle a dormir la siesta, se le advierte que no debe tocarse para nada la cosita. Interrogado sobre ello al despertar, contesta que se la ha cogido un poquito».

Tal sería, pues, el principio de la angustia y de la fobia. Observamos ya que existen motivos bastantes para considerarlas por separado. Por lo demás, el material dado nos parece plenamente suficiente para orientarnos, y ningún otro período es tan favorable para llegar a la comprensión de estos trastornos como su estado inicial, desgraciadamente descuidado o silenciado en la mayoría de los casos. La perturbación comienza aquí con ideas cariñosas y angustiadas, y luego con un sueño de angustia.

El contenido de este ultimo es que su madre va a marcharse y no podrá ya «mimarle». su ternura hacia la madre ha debido, pues, experimentar una enorme intensificación. Tal sería el fenómeno básico del estado patológico. Recordaremos, para confirmarlo así, las dos tentativas de seducción de que Juanito hace objeto a su madre: la primera, todavía en el curso del verano, y la segunda, reducida a una alabanza de sus propios genitales, muy poco antes de la emergencia de la angustia al salir a la calle. Tal intensificada ternura hacia la madre es lo que se convierte en angustia: aquello que, según nuestra tecnología analítica, sucumbe a la represión. Ignoramos todavía de dónde procede el impulso que desencadena la represión.

Es posible que haya sido provocada simplemente por la intensidad del impulso, imposible de dominar para el niño, o también que hayan colaborado a ella otros poderes que desconocemos.

Más adelante lo averiguaremos.

Esta angustia, correspondiente a un deseo erótico reprimido, carece, en un principio, de objeto, como toda angustia infantil.

Es aún angustia y no miedo.

El niño puede saber de qué tiene miedo, y si Juanito, en su primer paseo con la niñera, no quiere decir a qué tiene miedo, es porque realmente no lo sabe. Dice lo que sabe: que echa de menos en la calle a su madre con la que puede «hacer mimitos», y que no quiere estar sin ella. Confiesa aquí con toda sinceridad el primer sentido de su repugnancia a salir a la calle.

También sus estados de angustia, repetidos en dos noches consecutivas al llegar la hora de acostarse, y todavía claramente matizados de ternura, demuestran que al principio de la enfermedad no existía aún una fobia a la calle, al paseo o los caballos. De otro modo, sus estados crepusculares serían inexplicables, pues ¿quién piensa en salir a la calle o de paseo en el momento de acostarse? En cambio, vemos claramente que le da miedo al anochecer, cuando, llegada la hora de acostarse, le acomete con redoblada intensidad la libido, cuyo objeto es la madre y cuyo fin pudiera ser, quizá, dormir con ella en su cama.

Sabe por experiencia que tales estados de ánimo suyo movían en Gmunden a su madre a acogerle en su lecho, y quisiera conseguir aquí en Viena idéntico resultado. No debemos tampoco olvidar a este respecto que en Gmunden permaneció a veces solo con la madre, ya que el padre no podía faltar de Viena constantemente durante el transcurso de las vacaciones; ni tampoco que allí dividía su ternura entre toda una serie de amiguitos y amiguitas, de los que aquí carece, de modo que su libido ha podido retornar indivisa y completa a la madre. La angustia corresponde, pues, a un deseo reprimido, pero no es lo mismo que el deseo. Hemos de tener en cuenta la represión.

El deseo se convierte totalmente en satisfacción cuando se le aporta el objeto deseado.

En la angustia no sirve ya esta terapia. La angustia perdura, aun cuando el deseo pudiera ser satisfecho. No puede ser ya totalmente retransformada en libido. Hay algo que la mantiene en la represión.

Así se demuestra en Juanito cuando al día siguiente sale ya de paseo con su madre. Va al lado de su madre, y, sin embargo, tiene angustia; esto es, deseo insatisfecho de ella. Desde luego, tal angustia es ya menos intensa, pues accede a continuar el paseo, en tanto que el día anterior había obligado a la muchacha a regresar a casa, por otra parte, tampoco la calle es el lugar más apropiado para «hacer mimitos» o lo que el pequeño enamorado deseare.

Pero la angustia ha resistido la prueba y tiene que hallar ahora un objeto.

En este segundo paseo es cuando Juanito manifiesta por vez primera su miedo a que le muerda un caballo. ¿De dónde procede el material de esta fobia? Probablemente, de aquellos complejos aún desconocidos que han contribuido a la represión y mantienen reprimida la libido orientada hacia la madre.

Esto es un nuevo enigma del caso, cuyo ulterior desarrollo habremos de perseguir para hallar su solución.

El padre nos ha proporcionado ya varios puntos de apoyo, en los que podemos confiar.

Así, el interés que Juanito ha dedicado siempre a los caballos a causa del tamaño de su cosita, y de su deducción de que la madre debía de tener una cosita como un caballo, etc. Podríamos, pues, sospechar que el caballo no es más que un sustitutivo de la madre. Pero ¿qué puede significar el hecho de que Juanito manifieste al ir a acostarse su miedo a que el caballo entre en su cuarto? Se dirá tan sólo que es un miedo tonto de una criatura. Pero la neurosis no dice nunca nada sin fundamento ni sentido, como tampoco los sueños. Cuando no comprendemos una cosa, solemos calificarla de tontería.

Es una manera muy cómoda de salir del paso.

De esta tentación habremos de guardarnos también a otro respecto. Juanito ha confesado que todas las noches, antes de dormirse, juguetea un rato con el pene para proporcionarse placer. Habrá, pues, quien lo juzgue todo aclarado, atribuyendo la angustia a la masturbación. ¡Pues no! El hecho de que el niño se procure sensaciones placenteras por medio de la masturbación no explica en modo alguno su angustia. Por el contrario, la hace aún más enigmática. Ni la masturbación ni, en general, satisfacción alguna provocan estados de angustia.

Además, hemos de admitir que nuestro Juanito, llegado ya a los cuatro años y nueve meses, viene ya procurándose todas las noches aquel mismo placer desde hace un año cuando menos, y averiguamos que precisamente se encuentra ahora en plena lucha de deshabituación, circunstancia mucho más propia a la producción de la represión y de la angustia. También hemos de salir en defensa de la madre de Juanito, madre excelente y cuidadosa, a la que seguramente preocupan mucho los trastornos de su hijo.

El padre la acusa, no sin un cierto viso de razón, de haber provocado la emergencia de la neurosis con su mimo exagerado y permitiendo con demasiada frecuencia que Juanito ocupara un sitio en su lecho. Con igual fundamento podríamos nosotros reprocharle haber apresurado la represión con su enérgica repulsa de las proposiciones de su hijo («¡Eso es una porquería!»). Pero debemos tener en cuenta que en todo esto la madre no hace sino desempeñar un papel marcado por el Destino y extremadamente espinoso y comprometido.

En mi entrevista con el padre convenimos en que dirá a Juanito que aquello del caballo es una tontería y nada más. La verdad es que quiere mucho a su mamá y desea que ésta le acoja en su cama.

Si le daban miedo los caballos, es porque antes le había interesado tanto cómo tenían la cosita, y ahora se había enterado de que no estaba bien ocuparse tanto de la cosita, ni siquiera de la suya propia.

Además, propuse al padre que iniciase ya el camino del esclarecimiento sexual. Ya que por el historial del infantil sujeto habíamos de suponer que su libido se hallaba adherida al deseo de ver la cosita de su madre, podía despojarle de tal fin comunicándole que la madre y todas las demás criaturas femeninas, como ya le era conocido por Hanna, no poseían una cosita igual que la suya.

Tal explicación debería dársela en ocasión propicia, aprovechando una pregunta o una observación del mismo Juanito. Las primeras noticias ulteriores de nuestro Juanito comprenden desde el 1 hasta el 17 de marzo. Pronto se verá la causa de tal intervalo de un mes. «A la explicación de lo que significaba su angustia (sin entrar aún en la relativa al órgano genital femenino) siguió una temporada de tranquilidad, durante la cual Juanito no pone grandes obstáculos a salir diariamente de paseo al parque.

Su miedo a los caballos va transformándose cada vez más en una obsesión que le fuerza a mirarlos atentamente. Dice: «No tengo más remedio que mirar a los caballos, y luego me da miedo».

Después de un acceso de influenza que le retiene en la cama quince días, la fobia se intensifica de nuevo tanto, que Juanito no consiente ya en salir a la calle. Lo más que hace es asomarse al balcón.

Sólo los domingos sale conmigo para ir a Lainz, pues ese día hay pocos coches en la calle y, además, la estación del ferrocarril está cerca de casa.

En Lainz se niega una vez a salir al jardín porque hay un coche parado a la puerta.

Al cabo de otra semana, durante la cual hubo de permanecer en casa por haberle sido cortadas las amígdalas, la fobia vuelve a hacerse muy intensa.

Se asoma al balcón pero no consiente en salir de casa. Llega hasta el portal, y una vez en él, da rápidamente media vuelta.

El domingo 1º de marzo mantiene conmigo, camino de la estación, el diálogo siguiente; trato de explicarle nuevamente que los caballos no muerden.

Me dice: «Pero los caballos blancos sí muerden.

En Gmunden hay un caballo blanco que muerde. Cuando se le ponen delante los dedos, muerde». (Me extraña que diga «los dedos» en lugar de la «mano»). Luego me cuenta la siguiente historia: «Cuando la Lizzi se marchó había a la puerta de su casa un coche con un caballo blanco para llevar el equipaje a la estación». (La Lizzi es, según me dice, una niña que vivía cerca de nuestra casa).

Su padre estaba cerca del caballo, y el caballo volvió la cabeza.

Entonces el padre dijo a Lizzi: No toques con los dedos al caballo blanco, pues te morderá. Le respondo: «Oye: me parece que de lo que estás hablando no es de un caballo blanco, sino de la cosita, que no se debe tocar con la mano».

El: «Pero la cosita no muerde».

Yo: «A lo mejor, sí».

A continuación intenta demostrarme vivamente que era, en efecto, un caballo blanco.

El 2 de marzo, ante un nuevo acceso de miedo, le digo: «¿Sabes una cosa? La tontería – así llama él a su fobia – se te irá quitando si sales más a menudo de paseo.

Ahora es tan fuerte porque has estado malo y no has podido salir de casa».

EL. – ¡Que no! Es tan fuerte porque todas las noches le doy otra vez la mano a la cosita.

El médico y el enfermo, el padre y el hijo coinciden, pues, en atribuir al hábito del onanismo el papel principal en la patogénesis de los estados morbosos. Pero no faltan tampoco indicios de la intervención de otros factores. «El día 3 de marzo entra a servir en casa una nueva criada, con la que Juanito simpatiza en el acto. Como le deja que se monte a caballo encima de ella mientras friega los suelos, Juanito la llama «mi caballo» y va de un lado a otro agarrado por detrás a sus faldas, gritando: «¡Arre, caballo!»

El 10 de marzo dice a esta criada: «Si hace usted tal o cual cosa, se tendrá que quitar toda la ropa, hasta la camisa». (Lo dice como un castigo; pero no es difícil reconocer el deseo oculto detrás).

ELLA. – Entonces creerá la gente que no tengo dinero para comprarme ropa.

EL. – Pero será una vergüenza, porque se te verá la cosita.» Reaparece, pues, la antigua curiosidad orientada hacia un nuevo objeto y, como habitualmente en épocas de represión, encubierta por una tendencia moralizadora. «El día 15 de marzo, por la mañana, digo a Juanito: «Oye: si dejas de darle la mano a la cosita, se te quitará la tontería, ¿sabes?

JUANITO. – Pero ¡si ya no se la doy !

YO. – Pero quisieras dársela.

JUANITO. – Sí, eso sí, pero «querer» no es «hacer» y «hacer» no es «querer» (!!).

YO. – Pues para que no quieras, esta noche dormirás con un camisón cerrado por abajo como un saco.

Después de esta conversación salimos delante de la casa. Juanito tiene un poco de miedo; pero visiblemente aliviado por la perspectiva de aquella medida que ha de facilitarle su lucha contra el hábito de la masturbación, dice: «Mañana cuando tenga el saco, se me quitará la tontería». Realmente, le dan ya menos miedo los caballos y no se altera gran cosa cuando pasan coches a su lado. Juanito me había prometido venir a Lainz el domingo siguiente, 15 de marzo. Llegado el momento, se resiste un poco; pero acaba por salir conmigo.

En la calle, al darse cuenta de que pasan pocos coches, se tranquiliza casi por completo y dice: «¡Qué bien! Hoy ha mandado Dios que no haya caballos». Por el camino le explico que su hermana no tiene una cosita como la suya. Las mujeres y las niñas no tienen cosita: Mamá no la tiene, Hanna tampoco, etc.

JUANITO. – ¿Y tú? ¿Tienes cosita?

YO. – Naturalmente. ¿Qué te creías?

JUANITO. – (Después de una pausa.) Pero entonces, si las niñas no tienen cosita, ¿cómo hacen pipí?

YO – Tienen una cosita distinta de la tuya. ¿No lo has visto cuando bañaban a Hanna? Durante todo el día se muestra muy tranquilo y contento, monta en trineo, etc.

Sólo al anochecer parece de nuevo deprimido y con miedo a los caballos. Por la noche el acceso nervioso y la necesidad de mimo son más débiles que en los días anteriores.

Al día siguiente sale con su madre por la ciudad y tiene en la calle mucho miedo.

Al otro permanece en casa tranquilo y contento. Pero a las seis de la mañana siguiente se despierta muy asustado. Le preguntamos qué le pasa, y nos cuenta: «Le he dado un poco el dedo a la cosita. Y entonces he visto a mamá toda desnuda, en camisa, y se la veía la cosita. He enseñado a Grete a mi Grete, lo que hacía mamá, y le he enseñado mi cosita. Luego he apartado a toda prisa la mano de la colita.» A mi objeción de que su madre no podía estar al mismo tiempo «toda desnuda» y «en camisa», responde Juanito: «Estaba en camisa; pero la camisa era tan corta, que se le veía la cosita».

No se trata de un sueño, sino de una fantasía onanista, equivalente a un sueño. La conducta que atribuye a su madre está destinada a justificar la suya: «Si mamá enseña la cosita, también yo puedo enseñarla». Dos cosas nos revela esta fantasía.

En primer lugar, que la repulsa de que su madre le hizo objeto ejerció sobre él, en su tiempo, efecto muy intenso. Y en segundo, que se resiste a aceptar la explicación de que las mujeres carecían de una cosita como la suya. Lamenta que haya de ser así y mantiene firme en su fantasía tal creencia. También tiene quizá sus razones para negar fe a las palabras de su padre.

Informe semanal del padre. – «Señor profesor: Le envío la continuación del historial de nuestro Juanito. Un capítulo muy interesante.

El lunes próximo me permitiré acudir a su consulta y llevaré conmigo a Juanito, suponiendo que no se niegue a ir. Ya hoy le he preguntado: ‘¿Quieres venir el lunes conmigo a casa del profesor que puede quitarte la tontería?

EL. – No.

YO. – Pues tú te lo pierdes, porque tiene una niña muy guapa.

Ante este atractivo se ha declarado ya, alegremente, dispuesto a acompañarme.

Domingo 2 de marzo. Para ampliar nuestro programa dominguero propongo a Juanito que vayamos primero a Schonbrunn, y luego, a mediodía, nos traslademos a Lainz desde allí. De este modo tendrá que ir a pié, no sólo desde casa a la estación del tranvía de la aduana, sino también desde la estación de Hietzing a Schonbrunn, y luego desde allí a la estación del tranvía de vapor de Hietzing.

Así lo hace, en efecto, apresurándose a volver la vista hacia otro lado cuando ve algún caballo.

Sigue con ello un consejo de su madre.

En Schonbrunn le dan miedo algunos animales del parque zoológico que antes no le asustaban en absoluto.

Así, no consiente en acercarse al departamento de las jirafas, ni tampoco al del elefante, que antes le divertía mucho. Le dan miedo todos los animales grandes.

En cambio, los pequeños le entretienen mucho. De las aves le da ahora miedo el pelicano, seguramente también por su tamaño. Le digo: ‘¿Sabes por qué te dan miedo ahora los animales grandes? Porque los animales grandes tienen grande la cosita, y lo que verdaderamente te da miedo es eso.

JUANITO. – Pero nunca le he visto la cosita a un animal grande.

YO. – Sí; se la has visto al caballo y el caballo es un animal grande.

JUANITO. – Sí; al caballo, muchas veces. Una en Gmunden; había un coche delante de casa. Y otra vez junto a la aduana.

YO. – Cuando eras pequeño, entraste seguramente alguna vez en un establo, en Gmunden

JUANITO. – (Interrumpiéndome).

Sí; todos los días. Cuando los caballos volvían a casa, iba a verlos al establo.

YO. – Y una vez le viste a uno la cosita y te dio miedo ver que era tan grande. Pero eso no tiene que darte miedo. Los animales grandes la tienen grande, y los pequeños, pequeña.

JUANITO. – Y todos los hombres tienen su cosita. Y la mía me crecerá conforme vaya yo creciendo. Para eso la tengo pegada al cuerpo. Con esto terminó la conversación.

En los días siguientes parece haber vuelto a intensificarse su miedo.

Apenas se atreve a salir frente a la casa, adonde le sacan después de comer».

La última frase consoladora de Juanito arroja cierta luz sobre la situación y nos permite rectificar un poco las afirmaciones del padre.

Es cierto que los animales grandes le dan miedo porque le hacen pensar en su órgano genital de gran tamaño, pero no puede decirse que sean los órganos genitales de gran tamaño lo que propiamente le da miedo. La representación de tal órgano le era antes placiente y procuraba proporcionarse ocasión de semejante espectáculo.

Este placer le ha sido luego arrebatado por la transformación general de placer en displacer, que en forma aún no aclarada ha recaído sobre toda su investigación sexual y, más transparentemente, por ciertas experiencias y ciertas reflexiones que le condujeron a resultados poco gratos. De las palabras con que trata de consolarse – «La cosita me crecerá conforme vaya yo creciendo» – podemos deducir que sus observaciones fueron siempre comparativas y le dejaron muy descontento del tamaño de su propia cosita.

Este defecto le es recordado por los animales grandes, que por tal razón le desagradan. Pero como todo este proceso mental no puede llegar, probablemente, a hacerse claramente consciente, también aquella sensación penosa se transforma en angustia, de manera que su angustia actual se basa tanto en el placer pretérito como en el displacer presente. Una vez constituido el estado de angustia, devora ésta todas las demás sensaciones, y dada una represión progresiva, cuanto más van aproximándose a lo inconsciente las representaciones saturadas de afecto que fueron ya conscientes, más fácilmente pueden convertirse en angustia todos los efectos.

La singular observación de Juanito «Para eso la tengo pegada al cuerpo» deja adivinar, relacionada con su frase de consuelo, muchas cosas que el infantil sujeto no puede expresar, ni expresó tampoco este análisis. Completaré aquí una parte, por mi cuenta, conforme a la experiencia lograda en los análisis de adultos, esperando que tal interpolación de mi cosecha no se juzgue impertinente ni arbitraria. Dice Juanito: «Para eso la tengo pegada al cuerpo». Interpretada esta frase como desafío y consuelo, nos hace pensar en la antigua amenaza materna de que le haría cortar la cosita si continuaba ocupándose tanto de ella.

Esta amenaza no tuvo por entonces, cuando Juanito tenía tres años y medio, efecto alguno.

El niño respondió, impertérrito, que en ese caso haría pipí con el trasero. Correspondería por entero al proceso típico el hecho de que la amenaza de castración desarrollase ahora, a posteriori, su efecto, y que Juanito se hallara en estos momentos bajo la acción del miedo a perder aquella tan preciada parte de su yo. No es raro observar tales efectos a posteriori de mandatos y amenazas de la infancia en otros casos patológicos en los cuales el intervalo entre causa y efecto comprende a veces más de un decenio. Conozco incluso casos en los cuales la obediencia a posteriori de la represión desempeña el papel principal en la determinación de los síntomas patológicos.

La explicación obtenida recientemente por Juanito de que las mujeres no carecen realmente de cosita, no puede haber tenido otro efecto que el conmover su confianza en sí mismo y despertar el complejo de la castración. Por eso se rebela Juanito contra tal explicación, y por eso también careció ésta de todo efecto terapéutico.

Existían, pues, realmente seres animados que no tenían cosita.

Entonces no era ya tan increíble que pudieran despojarle de ella y dejarle convertido en mujer.

«En la noche del 27 al 28, Juanito nos sorprende levantándose a oscuras de su cama y viniéndose a la nuestra.

Su cuarto está separado de nuestra alcoba por un gabinete. Le preguntamos por qué se ha levantado y si es que le ha dado miedo. Dice: ‘No; mañana lo diré’. se duerme en nuestra cama, y le llevamos dormido a la suya.

Al día siguiente le someto a un interrogatorio para averiguar por qué se ha levantado por la noche, y después de alguna resistencia por parte suya se desarrolla el siguiente diálogo, que anoto en el acto, taquigráficamente:

EL. – Por la noche había en mi cuarto una jirafa muy grande y otra toda arrugada; y la grande empezó a gritar porque yo le quité la arrugada. Luego dejó de gritar, y entonces yo me senté encima de la jirafa arrugada.

YO. – (Extrañado). ¿Cómo? ¿Una jirafa arrugada? ¿Qué es eso?

EL. – Sí. (Busca apresuradamente un papel, lo arruga todo y dice).

Así estaba de arrugada.

YO. – ¿Y tú te sentaste encima de la jirafa arrugada? ¿Cómo? Juanito me lo muestra sentándose en el suelo.

YO. – ¿Y por que viniste a nuestra alcoba?

EL. – No lo sé.

YO. – ¿Y tenías miedo?

EL. – No. Ninguno.

YO. – ¿Soñaste con jirafas?

EL. – No; no lo soñé. Lo pensé. Lo pensé todo.

Estaba ya despierto.

YO. – ¿Qué puede ser eso de una jirafa arrugada? Tú sabes muy bien que no se puede arrugar una jirafa como un pedazo de papel.

EL. – Sí; lo sé.

Es que me lo figuraba.

Es una cosa que no hay en el mundo. La jirafa arrugada estaba tendida en el suelo y la cogí, la cogí en las manos.

YO. – ¿Cómo se puede coger en las manos un animal tan grande como la jirafa?

EL. – Pues sí. La jirafa arrugada la cogí en las manos.

YO. – ¿Y dónde estaba la grande mientras tanto?

EL. – Un poco más allá.

YO. – ¿Qué hiciste con la jirafa arrugada?

EL. – La tuve un rato en las manos hasta que la grande dejó de gritar, y cuando la grande dejó de gritar, me senté encima de la otra.

YO. – ¿Por qué gritaba la otra?

EL. – Porque yo le había quitado la pequeña.En esto observa que voy anotándolo todo y me pregunta: ‘¿Por qué lo anotas?’.

YO. – Para mandárselo a un profesor que puede quitarte la tontería.

EL. – ¡Ah! Entonces, ¿has anotado también que mamá se quitó la camisa y se lo has enviado al profesor?

YO. – Sí. Pero el profesor no entenderá cómo se puede arrugar una jirafa.

EL. – Dile que yo tampoco lo sé, y no te preguntará más. Pero si pregunta lo que es la jirafa arrugada, puede escribirnos y le contestaremos. O mejor, le escribimos ahora diciéndolo que yo mismo no lo sé.

YO. – ¿Por qué has venido esta noche a nuestra alcoba?

EL. – No lo sé.

YO. – Dime aprisa en qué piensas ahora.

EL. – (En tono humorístico).

En un jugo de frambuesas.

Sus deseos

YO. – ¿Y en qué más?

EL. – En una escopeta para matar gente.

YO. – ¿De verdad no soñaste todo eso?

EL. – No. Seguro que no: Lo sé muy bien. Luego sigue contando: ‘Mamá ya me ha pedido muchas veces que le diga por qué he ido esta mañana a vuestra alcoba. Pero yo no he querido decíroslo porque al principio me daba vergüenza de mamá.’

YO. – ¿Por qué?

EL. – No lo sé. Ya el mismo día encuentra el padre la solución de la fantasía de las jirafas. «La jirafa grande soy yo correlativamente, un pene de gran tamaño (el largo cuello de la jirafa) – , y la jirafa arrugada, mi mujer, correlativamente su genital. Todo ello consecuencia de la explicación sobre las diferencias sexuales. Jirafa: véase la excursión a Schonbrunn.

Además, Juanito tiene colgada por encima de su cama una estampa con una jirafa y un elefante. Toda la fantasía es la reproducción de una escena que se ha desarrollado casi todas las mañanas en los últimos días. Juanito viene por la mañana temprano a nuestra alcoba, y su madre no puede menos de acogerle unos minutos en la cama.

Por mi parte, la advierto siempre que no debe hacerlo (‘la grande empezó a gritar porque yo le quité la pequeña’), replicándome ella alguna vez irritada, que son tonterías mías, que por tenerle allí un minuto no puede pasar nada, etc. Juanito permanece entonces un breve rato a su lado. (‘Luego dejó de gritar, y entonces yo me senté encima de la jirafa arrugada’). La solución de esta escena conyugal transformada en una fantasía sería, pues, la siguiente: Juanito ha echado de menos a su madre durante la noche, ha deseado sus caricias y ha venido en busca de ellas a nuestra alcoba. Todo ello es la continuación del miedo a los caballos».

Por mi parte, sólo puedo añadir a la sutil interpretación del padre lo siguiente: «El sentarse encima» es probablemente la representación que Juanito se forma de la «toma de posesión». La totalidad es una fantasía de desafío enlazada a la victoria sobre la oposición del padre. «Grita todo lo que quieras.

Mamá me acoge, a pesar de todo, en su cama.

Mamá es mía; me pertenece».

Se transparenta, pues, efectivamente detrás de ella lo que el padre sospecha: el miedo a que la madre no le quiera porque su cosita no puede compararse en tamaño a la del padre.

A la mañana siguiente, el padre ve plenamente confirmada su interpretación. «El domingo 29 de marzo voy con Juanito a Lainz.

En la puerta me despido de mi mujer bromeando: Adiós, jirafa grande». Juanito me pregunta: «¿Por qué la llamas jirafa?» Respondo: «Mamá es la jirafa grande». Y Juanito: «¿Verdad que sí? Y Hanna, la jirafa arrugada».

En el tranvía le explico la fantasía de las jirafas.

Me dice: «Es verdad». Y cuando le afirmo que la jirafa grande soy yo y que el largo cuello del animal le ha recordado una cosita de gran tamaño, agrega: «Mamá tiene también un cuello como una jirafa y muy blanco.

Se lo he visto cuando se estaba lavando». El lunes 30, por la mañana temprano, viene Juanito a mi cuarto y me dice: «Oye: hoy he pensado dos cosas. ¿La primera? He ido contigo a Schonbrunn, al sitio donde están las ovejas, y nos hemos metido por debajo de la cuerda. Luego se lo hemos dicho al guarda que hay en la puerta y nos ha cogido presos. La segunda cosa la he olvidado».

A este respecto he de observar lo siguiente: Cuando el domingo anterior quisimos penetrar en el departamento de las ovejas, nos encontramos cerrado el paso por una cuerda. Juanito se sorprendió mucho de que se pudiera impedir el paso a un sitio sólo con una cuerda, por debajo de la cual podía uno meterse fácilmente. Yo le dije que las personas decentes no se metían por debajo de la cuerda. Repitió que era facilísimo, y le repuse que entonces podía venir un guarda y llevarle a uno preso.

A la entrada de Schonbrunn hay un guarda, del que una vez dije yo a Juanito que cogía presos a los niños malos.

A la vuelta de nuestra visita en aquel mismo día a su consulta, Juanito me confesó otro ejemplo de sus deseos de hacer cosas prohibidas. «Oye: esta mañana he pensado otra cosa». «¿EI qué?» «He ido contigo en el tren, y hemos roto una ventanilla, y el vigilante nos ha cogido presos».

Es ésta una precisa continuación de la fantasía de las jirafas. Juanito sospecha que está prohibido tomar posesión de la madre; ha tropezado con la barrera opuesta al incesto. Pero lo considera prohibido para todos.

En las proezas ilícitas que lleva a cabo en su fantasía le acompaña siempre su padre, y es preso con él.

Supone que el padre hace con la madre algo prohibido, que él sustituye en sus fantasías por algo violento, como la rotura del cristal de una ventanilla o la penetración en un lugar cercado.

Aquella tarde acudieron padre e hijo a mi consulta. Conocía ya al singular chiquillo, y le veía siempre con gusto. No sé si él me recordaba; pero se condujo irreprochablemente, como un cumplido miembro de la sociedad humana.

El padre inició la conversación manifestando que, a pesar de todas las explicaciones, no parecía haber disminuido el miedo de Juanito a los caballos. Hubimos también de confesarnos que sólo muy contadas relaciones vislumbrábamos entre los caballos, que le daban miedo, y los impulsos de ternura hacia su madre en él descubiertos. Lo que hasta el momento sabíamos resultaba insuficiente para explicar ciertos detalles, que ahora averiguábamos.

Así, lo que resultaba más desagradable en los caballos eran las anteojeras y la mancha negra en torno de la «boca». Pero viendo ante mí al padre y al hijo, mientras escuchaba la descripción de los caballos que asustaban a Juanito, se me reveló de pronto un nuevo fragmento de interpretación, del que comprendía que hubiera escapado precisamente a la penetración del padre. Bromeando, pregunté a Juanito si sus caballos llevaban gafas, cosa que negó; si las llevaba su padre, lo que también negó, contra toda evidencia, y si aquello negro que los caballos tenían en torno de la «boca» le recordaba un bigote. Luego comencé a explicarle que le tenía miedo a su padre precisamente por lo mucho que él quería a su madre. Creía, sin duda, que el padre le tomaba a mal aquel cariño, y eso no era verdad; su padre le quería también mucho, y él podía confesarle sin miedo todas sus cosas.

Mucho antes que él viniera al mundo sabía yo que iba a nacer un pequeño Juanito que querría mucho a su madre, y por ello mismo le tendría miedo a su padre, y se lo había dicho así a este último.

«¿Por qué crees que estoy enfado contigo? – interrumpió aquí el padre – . ¿Acaso te he regañado o te he pegado alguna vez?» «Sí; me has pegado», aseguró Juanito. «No es verdad. ¿Cuándo?» «Esta mañana», advirtió el pequeño, y el padre recordó que, en efecto, Juanito le había dado de pronto un cabezazo en el vientre, habiendo él reaccionado por reflejo automático con un manotazo.

Era singular que no hubiese integrado este detalle en la continuidad de la neurosis de su hijo; mas ahora lo comprendía ya como manifestación de la disposición hostil del niño contra él, y quizá también como expresión de la necesidad de atraerse con ello un castigo. De vuelta hacia su casa, Juanito preguntó a su padre: «Oye: ¿es que el profesor habla con Dios para saber así todo lo que va a pasar?» Esta alabanza infantil me enorgullecería mucho si no la hubiese provocado yo mismo con mis jactanciosas bromas.

A partir de esta consulta fui recibiendo casi a diario noticia de las modificaciones que iba experimentando el estado del pequeño paciente. No era de esperar que mis explicaciones le libertaran inmediatamente de su angustia, pero se demostró que le había proporcionado con ellas la posibilidad de derivar sus deducciones inconscientes e ir terminando con su fobia. Desde este momento desarrollo un programa, cuyas líneas generales pude ya anunciar al padre.

«El día 2 de abril se observa ya la primera mejoría importante. Hasta ahora no consentía en permanecer por mucho tiempo delante de la casa y, en cuanto veía venir un caballo, corría a refugiarse en el portal, todo asustado. Hoy, en cambio, permanece fuera cerca de una hora, aunque pasan bastantes coches. De cuando en cuando, al ver venir de lejos algún coche, corre a refugiarse en casa, pero vuelve a salir en el acto, como si lo hubiera pensado mejor.

Se ve que sólo padece ya un resto de angustia y que desde las explicaciones recibidas ha progresado evidentemente en el camino de la curación. Por la noche dice: «Si ya salimos delante de la casa, también podemos ir al parque».

El 3 de abril viene por la mañana temprano a mi alcoba, cosa que no había hecho en los últimos días, pareciendo incluso muy orgulloso de tal abstención. Le pregunto: «¿Por qué has venido hoy?»

JUANITO. – Hasta que ya no me dé miedo no volveré a venir.

YO. – Entonces, ¿vienes porque te da miedo?

JUANITO. – Cuando no estoy contigo, me da miedo. Cuando no estoy contigo en tu cama, me da miedo. Hasta que no me dé ya miedo no volveré a venir.

YO – Entonces es que me quieres, y cuando por las mañanas te encuentras solo en tu cama, te da miedo, y por eso vienes a mi alcoba.

JUANITO. – Sí Por qué me has dicho que quiero mucho a mamá, y que por eso te tengo miedo, si te quiero?» El niño muestra aquí una claridad de inteligencia verdaderamente superior a sus años. Deja ver que luchan en él el cariño hacia su padre y su hostilidad contra el mismo, considerado como un rival cerca de la madre, y reprocha al padre no haberle llamado hasta ahora la atención sobre aquella lucha de fuerzas encontradas, que había de resolverse en angustia.

El padre no le comprende aún por completo, pues hasta aquella conversación no llega a convencerse de la hostilidad del niño contra él; hostilidad que yo le había afirmado en su visita a mi consulta. Las anotaciones que siguen son en realidad más importantes para la ilustración del padre que para la de Juanito. No obstante, las transcribo sin modificación alguna: «Desgraciadamente, no comprendí de momento el sentido de esta objeción.

El amor de Juanito a su madre le lleva a desear que yo desaparezca para ocupar mi puesto al lado de ella.

Este deseo hostil retenido se convierte en miedo de que pueda haberme sucedido algo, y le hace acudir a primera hora de la mañana a mi alcoba para ver si he desaparecido. Por desgracia no lo comprendí así en aquel momento, y le dije: – Cuando estás solo, me echas de menos y vienes a verme a mi cuarto.

JUANITO. – Cuando te vas, me da miedo de que no vuelvas.

YO. – ¿Te he amenazado acaso alguna vez con no volver?

JUANITO. – Tú, no; pero mamá, sí.

Mamá me ha dicho que se iría y no volvería (Probablemente había sido malo y su madre le había amenazado con irse).

YO. – Eso te lo dijo porque estabas siendo malo.

JUANITO. – Sí.

YO. – Entonces tienes miedo de que yo me vaya porque has sido malo, y por eso vienes a mi cuarto. Durante el almuerzo me levanto una vez, y Juanito exclama: «¡Papá: no te me escapes corriendo !» El detalle de que en esta frase use el verbo rennen (correr los animales) en vez del verbo laufen (correr las personas) me parece un tanto singular, y suplico: «Tienes miedo de que el caballo se te escape corriendo, ¿no?» Juanito se echa a reír».

Sabemos que esta parte del miedo de Juanito tiene dos aspectos: miedo del padre y miedo por el padre.

El primero proviene de la hostilidad contra el padre, y el segundo, del conflicto de su cariño hacia él, exagerado aquí por reacción con la hostilidad.

El padre continúa: «Se inicia aquí indudablemente algo muy importante.

El hecho de que sólo consienta en salir frente a la casa sin alejarse de ella, y que al primer acceso de angustia dé media vuelta a mitad de camino, tiene su motivación en el miedo a no encontrarnos ya en casa ni a su madre ni a mí, a que nos hayamos marchado.

Se mantiene tenazmente adherido a la casa por amor a su madre, y teme que yo me haya marchado por sus deseos hostiles contra mí, pues entonces sería él el padre. Durante el verano tuve que venir a Viena varias veces desde Gmunden, por obligaciones profesionales, y en estas ocasiones Juanito era el padre. Recuerdo que el miedo a los caballos se enlaza a cuando en Gmunden vio partir el coche que debía llevar a la estación el equipaje de Lizzi.

El deseo reprimido de que yo partiese hacia la estación para quedarse él solo con su madre («Quiero que se vaya el caballo»), se convierte luego en miedo cuando ve echar a andar a un caballo.

En efecto, nada le produce mayor miedo que el ver echar a andar a los caballos de los carros que entran y salen en el patio de la aduana, situada frente a nuestra casa.

Este nuevo fragmento de sus procesos íntimos pudo sólo emerger a la superficie cuando Juanito supo ya que yo no le tomaba a mal que quisiera tanto a su madre.

Por la tarde vuelvo a salir con él delante de la casa.

En general permanece tranquilo, aunque pasen coches, y sólo de algunos se asusta y corre a refugiarse en el portal.

Me explica: «No todos los caballos blancos muerden.» Quiere esto decir que el análisis le ha hecho reconocer la persona de su padre en algunos caballos blancos, los cuales ya no muerden. Pero todavía quedan otros que sí muerden. La situación de nuestra casa es la siguiente: Enfrente está el depósito de las oficinas del impuesto de consumos, con una rampa de carga y descarga delante, a la cual acuden constantemente carros y camiones.

El patio de entrada al depósito queda separado de la calle por una verja de hierro cuya puerta se abre precisamente delante de nuestra casa.

Desde hace ya varios días vengo observando que Juanito se asusta particularmente cuando los coches entran en el patio o salen de él, para lo cual tienen que trazar una curva. Le pregunté por qué se asustaba tanto, y me contestó:

«Me da miedo de que los caballos se caigan al dar la vuelta (A). También se asusta cuando los vehículos situados en la rampa de carga se ponen de pronto en movimiento para salir (B). Le dan más miedo (C) los grandes caballos de tiro pesado que los pequeños, y los caballos de los campesinos más que los de la ciudad (por ejemplo, los de los coches de alquiler). También se asusta más cuando un vehículo pasa de prisa (D) que cuando los caballos avanzan despacio. Naturalmente, todas estas diferencias no se han hecho visibles hasta los últimos días». Parece como si el análisis hubiera infundido más valor no sólo al paciente, sino también a su fobia, que ahora se atreve a mostrarse.

«El 5 de abril se presenta de nuevo Juanito en nuestra alcoba y le hacemos reintegrarse a su cama. Le digo: «Mientras vengas por la mañana temprano a nuestro cuarto no se te quitará el miedo a los caballos».Pero Juanito se rebela y responde: «Vendré aunque siga teniendo miedo». No quiere dejarse prohibir la visita matinal a su madre. Después del almuerzo pienso salir con él delante de la casa. Juanito acoge con alegría mi proposición y hace el proyecto de no permanecer esta vez como de costumbre delante de la casa, sino atravesar la calle y entrar en el patio del depósito donde muchas veces ha visto jugar a la chiquillería callejera. Le digo que me alegraré mucho de que se decida a atravesar la calle y aprovecho la ocasión para preguntarle por qué se asustaba tanto cuando echaban a andar los carros situados junto a la rampa de carga (B).

JUANITO. – Me da miedo, porque si yo quiero llegar a la rampa pasando por encima del carro y el carro echa a andar de pronto cuando yo estoy encima, se me llevará.

YO. – ¿Y cuando el carro está parado ? Entonces, ¿no tienes miedo ? ¿Por qué no?

JUANITO. – Cuando el carro está parado, puedo pasar de prisa por encima de él y llegar a la rampa. (Juanito proyecta, pues, subirse a la rampa pasando por encima de un carro y teme que éste eche a andar cuando él esté precisamente encima).

YO. – ¿Es que tienes miedo de no poder ya volver a casa si te vas con el carro?

JUANITO. – No.

Siempre podría volver junto a mamá, en el mismo carro o en un coche de alquiler.

Sé las señas de casa.

YO. – Entonces ¿qué es lo que te da miedo?

JUANITO. – No lo sé. Pero el profesor lo sabrá. ¿Crees tú que lo sabrá? YO. – Oye: ¿y para qué quieres subirte a la rampa?

JUANITO. – Porque no he estado nunca ahí enfrente y me gustaría estar. ¿Y sabes por qué me

gustaría ir? Porque me gustaría cargar y descargar bultos y trepar por ellos. ¿Sabes quién me ha enseñado a trepar por ellos? El otro día había unos chicos subiéndose encima de los bultos; y yo los vi; y quiero hacer lo que ellos.

No llegó a satisfacer su deseo, pues cuando de nuevo salió delante de la casa no pudo decidirse a atravesar la calle y entrar en el patio del depósito a causa de los carros que continuamente entraban y salían».

El profesor sólo puede hacer observar que el proyectado juego de Juanito con el carro cargado tiene que haber entrado en una relación simbólica, sustitutiva con otro deseo suyo, del que nada ha manifestado hasta el momento. «Por la tarde volvemos a salir de la casa.

De vuelta ya, pregunto a Juanito: – ¿Qué caballos te dan más miedo?

JUANITO. – Todos. YO. – Eso no es verdad.

JUANITO. – Los que me dan más miedo son los que tienen en la boca una cosa así Yo. – ¿Qué

cosa? ¿El hierro que lleva en la boca?

JUANITO. – No. Tienen una cosa negra en la boca. (Al decir esto se tapa la boca con la mano).

YO.¿Un bigote?

JUANITO. – (Echándose a reír).No.

YO.¿Lo tienen todos?

JUANITO. – No.

Algunos nada más. Yo. – Pero ¿qué es lo que tienen en la boca?

JUANITO. – Una cosa así negra. (Me figuro que se trata de la correa negra y ancha que los caballos de tiro pesado llevan en torno del hocico).

JUANITO. – También los carros de mudanza me dan más miedo que los otros.

YO.¿Por qué?

JUANITO. – Porque pesan mucho y me figuro que se van a caer los caballos. YO.Entonces, ¿los carros pequeños y los coches no te dan miedo.

JUANITO. – No. Ni los carros pequeños ni los coches de Correos. También me dan mucho miedo los ómnibus.

YO. – ¿Por qué? ¿Porque son muy grandes?

JUANITO. – No. Porque un día vi caerse a un caballo de un ómnibus de ésos.

YO. – ¿Cuándo?

JUANITO. – Una vez que salí con mamá, a pesar de la «tontería». Cuando me compró el chaleco. (Su madre confirma luego este hecho). YO. – ¿Qué pensaste al ver caerse al caballo?

JUANITO. – Que ahora siempre pasaría lo mismo. Que todos los caballos de los ómnibus se caerían.

YO. – ¿Los de todos los ómnibus?

JUANITO. – sí. Y los de los carros de mudanzas. Pero éstos menos veces. YO. – ¿Tenías ya la «tontería» por entonces?

JUANITO. – No.

Empecé a tenerla en seguida. Cuando vi caerse al caballo del ómnibus me dio mucho miedo. ¡De verdad! Al marcharme de allí fue cuando me dio la tontería.

YO. – Pero la tontería era que pensabas que iba a morderte un caballo, y ahora dices que te daba miedo de que se cayera un caballo.

JUANITO. – De que se cayera y me mordiera.

YO. – ¿Por qué te asustaste tanto?

JUANITO. – Porque hizo así con los pies (se tumba en el suelo y me muestra cómo pataleó el caballo). Me asusté porque «armó jaleo» con los pies.

YO. – ¿Dónde estabas tú entonces con mamá?

JUANITO. – Primero en la pista de patinar, después en el café, luego a comprar un chaleco, luego en la confitería, y luego, al anochecer, en casa. Pasamos por el parque. (Todo ello es confirmado por mi mujer, incluso la inmediata emergencia de la angustia).

YO. – ¿Se mató el caballo al caerse?

JUANITO. – Sí. YO. – ¿Cómo lo sabes?

JUANITO. – Porque lo vi. (Ríe). No. No se mató.

YO. – Quizá pensabas que se había matado.

JUANITO. – No.

Seguro que no. Lo he dicho en broma. (No es cierto. Lo dijo con toda seriedad). Como le noto un poco fatigado, suspendo el interrogatorio. Todavía me cuenta que primero le dieron miedo los caballos de los ómnibus; luego, todos, y sólo al final, con más intensidad, los de los carros de mudanzas. Camino de Lainz le hago aún algunas preguntas.

YO. – ¿De qué color era el caballo del ómnibus? ¿Blanco, alazán, gris, oscuro?

JUANITO. – Negro. Los dos caballos eran negros.

YO. – ¿Era grande o pequeño?

JUANITO. – Grande.

YO. – ¿Gordo o delgado?

JUANITO. – Gordo.

Muy grande y muy gordo.

YO. – Cuando viste caerse al caballo, ¿pensaste en papá?

JUANITO. – Quizá. Sí. Es posible».

El padre puede no haber obtenido resultados positivos en alguna de las orientaciones de su investigación, pero no importa, pues siempre resulta interesante todo lo que pueda aproximarnos al conocimiento de tal fobia. Vemos así cuán difusa es en realidad.

Se refiere a los caballos y a los vehículos, a la posibilidad de que los caballos se caigan y muerdan, a ciertas clases de caballos y a los vehículos muy cargados. Revelaremos ya que todas estas singularidades provienen de que la angustia no se refería originariamente a los caballos, sino que fue traspasada a ellos secundariamente, fijándose entonces a aquellos puntos del complejo de los caballos que se demostraron apropiados para determinadas transferencias.

Debemos reconocer especialmente un resultado esencial de la inquisición del padre. Hemos averiguado la ocasión actual que provocó la eclosión de la fobia. Fue cuando Juanito vio caerse a un caballo grande y pesado, y por lo menos una de las interpretaciones de esta impresión parece ser acentuada por el padre; esto es, Juanito abrigaba por entonces el deseo de que el padre cayese también así… y muriera. La gravedad que tomó su expresión en esta parte de su relato procedía indudablemente de aquel sentido inconsciente.

¿No se esconderá acaso detrás todavía otro sentido ? ¿Y qué significa el «armar jaleo» con las piernas? «Desde hace algunos días, Juanito juega en casa a ser un caballo, corre de un lado para otro, se cae, patalea y relincha. Una vez se ata un saco pequeño como los que les ponen a los caballos con el pienso. Repetidamente se acerca a mí y me muerde».

Acepta así las últimas interpretaciones más resueltamente de lo que podría hacerlo con palabras, pero trastrueca los papeles al poner aquel juego al servicio de una fantasía optativa.

Ahora es él el caballo y muerde al padre, con el cual se identifica por lo demás en todo ello. «Hace dos días vengo observando que Juanito se rebela contra mí de un modo resuelto; pero no con insolencia y descaro, sino con divertida alegría. ¿Acaso porque no me tiene ya miedo; porque no tiene ya miedo al caballo? 6 de abril. Por la tarde salgo con Juanito delante de la casa. Cada vez que pasa un caballo le pregunto si tiene en la boca aquella «cosa negra» que tanto le asustaba antes.

Me responde siempre negativamente. Le pido que me describa cómo era aquella cosa. Dice que era un hierro negro. No se confirma, pues, mi primera hipótesis de que se trataba de una correa de la cabezada. Le pregunto si aquello «negro» le recordaba un bigote. Contesta: «Sólo por el color». No sé aún, por tanto, qué pueda ser.

Su miedo ha disminuido.

Esta vez se arriesga hasta la casa de al lado, pero da media vuelta en cuanto oye pisadas de caballo.

En esto se detiene un coche delante de la puerta misma de nuestra casa, y el caballo comienza a piafar. Juanito se asusta y corre a refugiarse en casa. Le pregunto si ha tenido miedo porque el caballo ha hecho así, e imito los movimientos de un caballo piafando.

Me dice: «¡No ‘armes jaleo’ con los pies!» Compárese su frase anterior sobre el pataleo del caballo caído.

Todavía le asusta más el paso de un carro de mudanzas.

Esta vez no para hasta el interior de la casa. Le pregunto con aire indiferente: «Oye, ¿verdad que los carros de mudanzas se parecen mucho a los ómnibus?» Guarda silencio. Repito la pregunta.

Me contesta por fin: «Claro. Si no, no me darían miedo los carros de mudanzas».

7 de abril. Vuelvo a preguntarle cómo es aquella «cosa negra» que los caballos tienen en la boca.

Me dice: «Como un bozal.» Lo extraño es que desde hace tres días no hemos visto ningún caballo en el que haya podido señalarme aquel «bozal».

Sigo suponiendo que una parte de la cabezada, la correspondiente al hocico, hubo de recordarle un bigote y que mi explicación sobre este punto ha hecho desaparecer también el miedo correspondiente.

Sigue mejorando progresivamente.

Su radio de acción, a partir de la puerta de la casa como centro, va haciéndose cada vez mayor.

Atraviesa la calle, hazaña antes imposible para él. Todo el miedo restante se enlaza a la escena del ómnibus, escena cuyo sentido no llegó aún a vislumbrar.

9 de abril. Juanito se me acerca cuando estoy lavándome, desnudo de medio cuerpo arriba.

JUANITO. – ¡Qué guapo eres, papá! ¡Tan blanco!

YO. – Como un caballo blanco, ¿verdad?

JUANITO. – Sólo tienes negro el bigote… ¿O es quizá el bozal negro? Le cuento entonces que el día anterior he ido a ver al profesor: «por cierto que quiere saber varias cosas». Y Juanito: «¿Qué es lo que quiere saber? Me da curiosidad». Le digo que ya sé en qué ocasiones suele él «armar jaleo» con los pies.

Me interrumpe: «Si. Cuando me enfado o cuando tengo que hacer caca y quisiera seguir jugando». (Realmente, cuando se enfada, acostumbra «armar jaleo» con los pies; esto es, a patalear.

Siendo aún muy pequeño, cuando había que sentarle en el orinal y él hubiese querido seguir jugando, pataleaba furiosamente y a veces se tiraba al suelo).

YO. – También pataleas cuando tienes que hacer pipí y no quieres porque te gustaría seguir jugando.

EL. – Oye: tengo que ir a hacer pipí. Y se va; conducta que equivale, quizá, a una confirmación de mis hipótesis».

El padre me había preguntado en su visita qué es lo que el pataleo del caballo caído podía haber recordado a Juanito, y yo le había expuesto que un pataleo semejante podía haber sido su propia reacción a un deseo apremiante y contenido de orinar Juanito confirma mi explicación con la reaparición de las ganas de orinar durante su diálogo con el padre y añade aún otras significaciones del acto de «armar jaleo» con los pies. «Salimos luego delante de la casa. Viendo venir un carro cargado de carbón me dice: – Oye: también me dan mucho miedo los carros de carbón.

YO. – Acaso porque son tan grandes como los ómnibus.

JUANITO. – Sí. Y porque van muy cargados, y los caballos tienen que tirar mucho y pueden caerse. Cuando los carros van vacíos, no me dan miedo.

Efectivamente, como ya había podido comprobar antes, sólo los vehículos de carga pesada le dan miedo». Con todo esto, la situación no aparece nada transparente.

El análisis progresa muy poco, y temo que su exposición no tarde en resultar aburrida a los lectores. Pero todo psicoanálisis integra tales períodos oscuros.

Juanito pasa ahora a un terreno que no sospechábamos. «Al llegar a casa me pongo a hablar con mi mujer, que ha hecho varias compras y me las enseña.

Entre ellas, unos calzones de señora amarillos. Juanito exclama repetidamente: «¡Puah!», se tira al suelo y escupe.

Mi mujer me dice que ya ha hecho lo mismo varias veces al ver aquellos calzones. Le pregunto: – ¿Por qué dices «¡puah !»

JUANITO. – Por los calzones.

YO. – ¿Por qué? ¿Porque son amarillos y te recuerda la caca o el pipí?

JUANITO. – La caca no es amarilla; es blanca o negra. (Y a continuación): Oye: ¿Es verdad que se hace caca mejor cuando se come queso? (Esto se lo había dicho una vez que me preguntó por qué comía queso).

YO. – Sí.

JUANITO. – Entonces, ¿por eso vas tú siempre a hacer caca en cuanto te levantas por la mañana? Oye: me gustaría comer pan y queso. Ya el día anterior me había preguntado mientras corría y brincaba delante de la casa: «Oye, ¿es verdad que corriendo y brincando mucho se hace caca mejor?» Juanito ha padecido desde siempre un estreñimiento pertinaz, que nos ha obligado a emplear laxantes e irrigaciones.

En una ocasión llegó a hacerse tan intenso, que mi mujer hubo de pedir consejo al doctor L., el cual opinó que el niño comía con exceso, cosa efectivamente cierta, y aconsejó una alimentación menos copiosa.

Seguimos su prescripción, y el estreñimiento desapareció en el acto. Hace una temporada ha vuelto a presentarse algún nuevo acceso. Después de comer le digo: «Vamos a escribir otra vez al profesor.» Juanito me dicta: «Cuando vi los calzones amarillos, dije: ¡Puah! Escupí, me tiré al suelo, cerré los ojos y no miré».

YO. – ¿Por qué?

JUANITO. – Porque había visto los calzones amarillos. Y con los calzones negros hice lo mismo. Los calzones negros son unos calzones parecidos, sólo que negros. (Interrumpiéndose). Oye: me gusta mucho escribir al profesor.

Me divierte mucho.

YO. – ¿Por qué dijiste «¡puah !»? ¿Es que te dio asco?

JUANITO. – Sí. Porque veía aquello. Creí que tenía que hacer caca.

YO. – ¿Por qué?

JUANITO. – No lo sé.

YO. – ¿Cuándo viste los calzones negros?

JUANITO. – Una vez. Ya estaba Ana (la criada) en casa. Los vi en el cuarto de mamá.

Se los acababa de comprar. (Mi mujer me confirmó luego estos detalles).

YO. – ¿Y también te dio asco entonces?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Has visto alguna vez a mamá con esos calzones puestos?

JUANITO. – No.

YO. – ¿Quizá al vestirse alguna vez?

JUANITO. – Los amarillos se los he visto ya. (Inexacto). Los negros los lleva puestos hoy. (¡Exacto!) Esta mañana temprano se los he visto cuando se los quitó.

YO. – Querrás decir cuando se los puso.

JUANITO. – Esta mañana, cuando iba a salir, se quitó los calzones negros, y luego, cuando volvió a casa, se los puso otra vez. Pareciéndome absurdo, interrogué a mi mujer. Naturalmente, no se había cambiado de calzones para salir.

Sigo preguntando a Juanito:

YO. – Me has dicho que mamá llevaba esta mañana unos calzones negros, que se los quitó cuando iba a salir y se los volvió a poner al regresar a casa. Pero mamá dice que no es verdad.

JUANITO. – Se me habrá olvidado ya que no se los quitó. (Irritado). ¡Déjame en paz!» Con respecto a esta historia de los calzones habré de observar lo siguiente: La buena disposición que Juanito muestra al comienzo del interrogatorio es, evidentemente, fingida. Luego arroja la máscara y se descara con su padre.

Se trata de cosas que antes hubieron de proporcionarle placer y que ahora, cumplida ya la represión, le avergüenzan y le repugnan.

Miente a sabiendas para encubrir la verdadera ocasión en que vio a su madre quitarse los calzones y volvérselos a poner.

En realidad, esta escena pertenece al conjunto de la defecación El padre sabe perfectamente de lo que se trata y lo que Juanito intenta encubrir. «Pregunto a mi mujer si Juanito la ha acompañado alguna vez cuando ha ido al retrete.

Me dice: – Sí.

Muchas veces. Juanito me da la lata, hasta que lo dejo entrar. Todos los niños lo hacen.» No debemos perder de vista este antiguo placer, hoy reprimido ya, de ver a su madre en el acto de la defecación. «Salimos delante de la casa. Juanito se muestra muy contento. Viéndole trotar de un lado a otro como un caballo, le pregunto: – Oye: ¿quién es verdaderamente el caballo del ómnibus? ¿Yo, tú o mamá?

JUANITO. – (Rápidamente). Yo. Yo soy un potrito. Cuando en los peores tiempos de su angustia vio una vez retozar y saltar a unos caballos jóvenes y se asustó mucho, le había dicho yo para tranquilizarle: «Son potritos, que saltan y juegan como los niños. También tú juegas y saltas porque eres un niño». Desde entonces, cuando ve retozar a un caballo, dice: «Es un potrito».

De vuelta a casa, le pregunto casi impensadamente:

YO. – ¿Juegas en Gmunden a los caballos con los otros niños?

EL. – Sí. (Pensativo.) Me parece que fue allí donde cogí la tontería.

YO. – ¿Quién era el caballo?

EL. – Yo. Y Berta era el cochero.

YO. – ¿Te caíste alguna vez haciendo de caballo?

EL. – No. Cuando Berta me decía «¡Arre !», tropezaba y galopaba, pero sin caerme.

YO. – ¿Y no jugasteis nunca a los ómnibus?

JUANITO. – No.

A los coches corrientes y al caballo sin coche. Cuando un caballo tiene un coche, puede también ir sin él y el coche puede quedarse en casa.

YO. – ¿Jugasteis muchas veces a los caballos?

JUANITO. – Sí.

Muchas veces. Federico (uno de los niños de nuestro casero, como ya sabemos) fue también caballo una vez, y Francisco fue cochero. Y Federico galopó tan de prisa, que una vez tropezó contra una piedra y se hizo sangre.

YO. – ¿Se cayó?

JUANITO. – No. Luego metió el pie en agua y se lo vendó con un pañuelo.

YO. – ¿Fuiste tú caballo muchas veces?

JUANITO. – ¡Ya lo creo!

YO. – ¿Y fue entonces cuando cogiste la tontería?

JUANITO. – Porque no paraban de decir: «Por culpa del caballo». (Wegen dem Pferd. Juanito acentúa especialmente la palabra Wegen). Y así, porque no paraban de decir: «Por culpa del caballo», es quizá por lo que cogí la tontería».

El padre lleva luego, sin fruto alguno, su investigación por otros caminos:

YO. – ¿Te contaron algo del caballo?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿El qué?

JUANITO. – Se me ha olvidado.

YO. – ¿Quizá algo de la cosita?

JUANITO. – No.

YO. – ¿Te daban ya miedo los caballos?

JUANITO. – No. No me daban miedo.

YO. – ¿Te dijo quizá Berta que los caballos… ?

JUANITO. – (Interrumpiéndome). ¿Que hacen pipí? No.

El 10 de abril vuelvo sobre la conversación del día anterior para averiguar lo que pudieran significar las palabras «por culpa del caballo». Juanito no se acuerda.

Sabe tan sólo que una mañana había un grupo de niños delante de la puerta y decían: «Por culpa del caballo; por culpa del caballo». También él formaba parte del grupo.

Cuando le apremio, declara que lo que decían no era aquello, sino otra cosa que no recordaba.

YO. – Ibais mucho a la cuadra, y seguramente hablaríais de los caballos. – No; no hablamos. – ¿De qué hablabais? – De nada. – ¿Tantos niños como erais y no hablabais de nada? – Algo hablábamos, pero no de los caballos. – ¿De qué entonces? – Ya no lo sé.

Abandono el tema, viendo que las resistencias son, evidentemente, demasiado intensas, y pregunto: – ¿Te gustaba mucho jugar con Berta?

JUANITO. – Sí, mucho. Con Olga, no. ¿Sabes lo que hizo Olga? Grete me había regalado una pelota de papel, y Olga me la rompió. Berta no me hubiese roto nunca la pelota.

Me gustaba mucho jugar con ella.

YO. – ¿Viste alguna vez cómo era la cosita de Berta?

JUANITO. – No. Pero la del caballo, si. Como siempre estábamos metidos en la cuadra, un día le vi la cosita al caballo.

YO. – ¿Y entonces te entró curiosidad de saber cómo sería la cosita de Berta y la de mamá?

JUANITO. – Sí. Le recuerdo que una vez se me quejó de que las niñas querían siempre verle cuando hacía pipí.

JUANITO. – También Berta venía muchas veces a verme. (Lo dice sin enfado ninguno; más bien complacido). Yo hacía pipí en el jardín pequeño, donde estaban los rábanos, y Berta se ponía en la puerta de la casa y me miraba.

YO. – Y cuando ella hacía pipí, ¿la mirabas tú?

JUANITO. – Ella iba al retrete.

YO. – ¿Y a ti te daba curiosidad?

JUANITO. – Yo entraba con ella en el retrete. (Exacto. Las criadas nos lo dijeron un día, y recuerdo que prohibimos a Juanito volver a hacerlo).

YO. – ¿Le dijiste que querías entrar con ella?

JUANITO. – Entré sin decirle nada, porque ella me dejó. No era nada malo.

YO. – ¿Y te hubiese gustado verle la cosita?

JUANITO. – Sí; pero no se la vi. Le recuerdo el sueño de Gmunden: «¿A quién pertenece la prenda…?», etcétera, y le pregunto: – ¿Deseaste alguna vez en Gmunden que Berta te pusiera a hacer pipí?

JUANITO. – Decírselo no se lo dije nunca.

YO. – ¿Por qué no se lo dijiste nunca?

JUANITO. – Porque no se me ocurrió. (Interrumpiéndose).

Si le escribo todo esto al profesor se me pasará pronto la tontería, ¿no es verdad?

YO. – ¿Por qué deseabas que Berta te pusiera a hacer pipí?

EL. – No lo sé. Porque me miraba cuando lo hacía.

YO. – ¿Pensaste que Berta te tocase la cosita?

EL. – Sí. (Variando de conversación).

En Gmunden me divertía mucho.

En el jardincito donde estaban los rábanos había un montón de arena, y yo jugaba allí con mi pala. (Es éste el jardín al que iba siempre a hacer pipí).

YO. – Y en Gmunden, cuando te acostabas, ¿no te tocabas nunca la cosita?

EL. – No; todavía no.

En Gmunden dormía muy bien y no pensaba en eso.

Sólo luego, en nuestra otra casa, y ahora.

YO. – Pero ¿Berta no te tocó nunca la cosita?

EL. – No lo hizo nunca, porque yo no se lo dije nunca.

YO. – ¿Cuándo lo deseaste entonces?

EL. – Un día, en Gmunden.

YO. – ¿Sólo una vez?

EL. – Muchas veces.

YO. – Me has dicho que siempre que hacías pipí iba ella a mirarte. Quizá tuviera curiosidad de ver cómo lo hacías.

EL. – O de ver cómo tenía yo la cosita.

YO. – Y tú también tenías curiosidad de ver cómo era la cosita de Berta.

¿Sólo la de Berta?

EL. – La de Berta y la de Olga.

YO. – ¿Y de quién más?

EL. – De nadie más.

YO. – Eso no es verdad. También tenías curiosidad de saber cómo era la de mamá.

EL. – Si. La de mamá también.

YO. – Ahora ya se te ha pasado esa curiosidad, porque ya sabes cómo es la cosita de Hanna, ¿no?

EL. – Pero le crecerá, ¿verdad?

YO. – Sí que le crecerá. Pero no será nunca igual a la tuya.

EL. – Ya lo sé. Será como es ahora, sólo que más grande

YO. – Y en Gmunden, ¿sentías también curiosidad cuando mamá se desnudaba?

EL. – Sí. Y también cuando bañaban a Hanna le vi la cosita.

YO. – ¿A mamá también?

EL. – No.

YO. – ¿Te dio asco cuando viste los calzones de mamá?

EL. – Sólo al ver los negros cuando se los compró.

Entonces escupí. Pero cuando se los pone o se los quita, entonces no escupo.

Escupo porque los calzones negros son negros como una caca, y los amarillos son amarillos como un pipí, y entonces creo que voy a tener que hacer pipí. Cuando mamá los lleva puestos, entonces no se los veo, porque lleva el traje encima.

YO. – ¿Y cuándo se quita el traje?

EL. – Entonces no escupo. Pero cuando son nuevos, parecen una caca. Cuando son viejos, pierden el color y se ensucian. Cuando mamá los compra, están limpios, y luego en casa se ensucian. Cuando los compra, están nuevos, y cuando no los compra, están viejos.

YO. – ¿Entonces, de los calzones viejos no te da asco?

EL. – Cuando están viejos, están ya más negros que una caca, ¿no es verdad? Están un poco más negros.

YO. – ¿Has entrado alguna vez con mamá en el retrete?

EL. – Sí.

Muchas veces.

YO. – ¿Y te ha dado asco?

EL. – Sí… ¡No!

YO. – ¿Te gusta estar con mamá cuando está haciendo caca o pipí?

EL. – Sí.

Me gusta mucho.

YO. – ¿Por qué te gusta mucho?

EL. – No lo sé.

YO. – Porque crees que vas a verle la cosita.

EL. – Sí. Eso me creo también.

YO. – ¿Y por qué en Lainz no quieres nunca entrar en el retrete? (En Lainz me pide siempre que no le lleve al retrete. Una vez se asustó del ruido que hacía el agua al caer).

EL. – Quizá por el jaleo que se arma al soltar el agua.

YO. – ¿Y eso te da miedo?

EL. – Sí.

YO. – ¿Y aquí, en el retrete de casa?

EL. – Aquí no.

En Lainz me da miedo cuando sueltas el agua. Cuando estoy dentro y cae el agua, me asusto. Para demostrarme que en el retrete de casa no se asusta, me propone ir con él y soltar el agua. Luego me explica: – Primero se arma un jaleo muy fuerte, y después un jaleo más suave. (Cuando cae el agua desde el depósito). Cuando el jaleo fuerte me gusta estar dentro; pero cuando empieza el jaleo suave, prefiero salirme

YO. – ¿Por qué te da miedo?

EL. – Porque siempre me gusta ver (rectifica), oír un jaleo fuerte, y mientras dura me quedo dentro para oírlo bien.

YO. – ¿Qué es lo que te recuerda un jaleo fuerte?

EL. – Que tengo que hacer caca en el retrete. (Así, pues, lo mismo que los pantalones negros).

YO. – ¿Por qué?

EL. – No lo sé. Un jaleo fuerte se oye como cuando se hace caca. Un jaleo grande recuerda la caca, y uno pequeño, el pipí. (Cf. los calzones negros y amarillos).

YO. – Oye: el caballo del ómnibus, ¿no tenía el mismo color que una caca? (Según sus manifestaciones, era negro).

EL. – (Muy sorprendido).

Sí». Intercalaré aquí algunas palabras.

El padre pregunta demasiado, e investiga siguiendo los propósitos suyos, en vez de dejar explayarse al pequeño. Todo ello quita transparencia y seguridad al análisis. Juanito sigue su propio camino, y no rinde nada positivo cuando se le quiere apartar de el.

Su interés se orienta ahora hacia la caca y el pipí; no sabemos por qué. La historia del jaleo queda por ahora tan poco aclarada como la de los calzones negros y los amarillos.

Sospecho que su oído sutil ha advertido muy bien la diferencia de los ruidos que producen al orinar el hombre y la mujer. Pero el análisis ha incluido todo el material con una cierta forzada violencia en la antítesis de las dos necesidades.

A aquellos lectores que no hayan llevado nunca a cabo por sí mismos un análisis, he de aconsejarles que no pretendan comprenderlo todo en el acto, y vayan acogiendo, con cierta atención imparcial, todo lo que surja, en espera de su definitiva aclaración. «11 de abril. Por la mañana vuelve a presentarse Juanito en nuestra alcoba, y, como siempre en estos últimos días, es reintegrado inmediatamente a su cuarto.

Más tarde me cuenta: – Oye lo que he pensado: Estaba en el baño y venía el fontanero y lo destornillaba. y cogía un destornillador muy grande y me lo clavaba en la barriga.» El padre traduce así esta fantasía: «Estoy en la cama con mamá. Y viene papá y me echa fuera. Con su pene, de gran tamaño, me empuja, separándome de mamá». De momento reservaremos nuestro juicio sobre esta interpretación. «Todavía cuenta otra cosa que ha pensado:

– Vamos a Gmunden en el tren.

Al llegar a la estación de Gmunden nos ponemos los vestidos. Pero no acabamos nunca, y el tren arranca antes que nos bajemos.

– ¿Has visto alguna vez a un caballo haciendo caca?

EL. – Sí; muchas veces. Yo. – ¿Y arma mucho jaleo?

EL. – Sí. Yo. – ¿Qué es lo que te recuerda ese jaleo?

EL. – Como cuando la caca cae en la taza del retrete.

El caballo del ómnibus que se cae y arma jaleo con los pies es, probablemente, la caca que cae en la taza del retrete y hace ruido al caer.

El miedo a la defecación, el miedo a los vehículos pesadamente cargados equivale al miedo al vientre pesadamente cargado». Por estos rodeos empieza el padre a vislumbrar el verdadero estado de cosas. «11 de abril. Juanito dice durante el almuerzo: «Si siquiera tuviésemos en Gmunden una bañera para no tener que ir a la casa de baños…» En Gmunden para poderle bañar en agua templada, le llevábamos a una casa de baños cercana, contra lo cual solía Juanito protestar con grandes llantos.

También en Viena llora cuando quieren hacerle sentar o echarse en el baño grande, y tienen que bañarle sentado o en pie». La frase antes transcrita de Juanito, el cual empieza ahora a suministrar alimento al análisis con manifestaciones espontáneas, establece un enlace entre sus dos últimas fantasías (la del fontanero que destornilla el baño y la del fracasado viaje a Gmunden).

De esta última había deducido el padre, exactamente, una repugnancia contra Gmunden. Todo ello nos prueba una vez más que para la inteligencia del material surgido de lo inconsciente no hemos de apoyarnos en el material antecedente, sino en el ulterior. «Le pregunto si le da miedo bañarse y por qué.

JUANITO. – Me da miedo caerme en el baño.

YO. – ¿Y cómo no te daba miedo antes cuando te bañaban en la bañera?

JUANITO. – Porque como era más pequeño no podía echarme y tenía que bañarme sentado.

YO. – Y cuando en Gmunden paseábamos en barca, ¿no te daba miedo?

JUANITO. – No, porque me agarraba a la barca y no podía caerme.

En el baño, lo que me da miedo es pensar que puedo caerme dentro.

YO. – Cuando te bañas estás siempre con mamá. ¿Es que tienes miedo de que mamá te tire al agua?

JUANITO. – De que me suelte y me caiga de cabeza al agua.

YO. – Sabes muy bien que mamá te quiere mucho y no te soltará.

EL. – Pero lo pensaba.

YO. – ¿Por qué?

EL. – No lo sé. Yo. – ¿Quizá porque habías sido malo y creías que mamá no te quería?

EL. – Sí.

YO. – Cuando veías a mamá bañar a Hanna, ¿no deseaste alguna vez que la soltara para que Hanna se cayese al agua?

EL. – Sí». Creemos que en esto ha acertado plenamente el padre. «12 de abril.

Al regresar de Lainz en el tren, Juanito se fija en el forro de cuero negro de los asientos del vagón de segunda clase, y dice: «¡Puah! ¡Qué asco! Los calzones negros y los caballos negros también me dan asco, porque cuando los veo pienso que tengo que hacer caca».

YO. – ¿Le has visto acaso también a mamá algo negro que te dio miedo?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿El qué?

JUANITO. – No lo sé. una blusa negra. O unas medias negras.

YO. – ¿Quizá pelos negros en la cosita cuando te daba curiosidad y hacías por vérsela?

JUANITO. – (Disculpándose). Pero no llegué a vérsela. Cuando llegamos a casa se asusta nuevamente al ver salir un carro por la puerta de la aduana. Le pregunto: – Oye: ¿no es verdad que la puerta parece un trasero?

JUANITO. – Sí. Y los caballos son las cacas. Desde entonces siempre que ve salir un coche por aquella puerta, dice: – Mira, una caca que sale.

El 13 de abril ve en la sopa un menudillo; dice: «¡Puah! Una caca». También le repugna la carne en albondiguillas, porque la forma y el color le recuerdan una caca.

Por la noche me cuenta mi mujer lo siguiente: Juanito se había asomado al balcón y había dicho luego: «He pensado que Hanna había salido al balcón y se había caído».

En una ocasión le había dicho yo que cuando estuviese con Hanna en el balcón debía cuidar de que su hermanita no se acercase a la baranda, cuyos hierros dejaban entre sí grandes huecos, que hube de hacer tapar con un enrejado de alambre.

El deseo reprimido de Juanito se hace aquí transparente.

Su madre le pregunta si preferiría no tener ninguna hermanita, a lo cual responde afirmativamente. 14 de abril.

El tema de Hanna continúa en primer término. Como ya sabemos por anotaciones anteriores, aquella hermanita que había venido a robarle una parte del cariño de sus padres hubo de inspirarle una intensa aversión, que todavía no se ha desvanecido por completo, y sólo en parte resulta hipercompensada por un exagerado cariño.

Ya había dicho varias veces que la cigüeña no debía traernos más niños y que le debíamos dar dinero para que no nos lo trajera y los dejara en el cajón donde los tenía. (Cf. el miedo a los carros de mudanzas, a los ómnibus, semejantes a grandes cajones). También decía que Hanna le molestaba porque lloraba y chillaba mucho.

Una vez dijo de repente: «¿Te acuerdas cuando vino Hanna? ¡Qué mona estaba en la cama al lado de mamá!» (Esta alabanza sonó sospechosamente falsa).

Salimos luego delante de la casa. La mejoría de Juanito es cada vez más franca y visible. Ni siquiera los camiones de carga le dan ya tanto miedo. Una vez exclama alegremente: «Ahí viene un caballo con una cosa negra en la boca», y por fin puedo comprobar que la incógnita «cosa negra» es un bozal de cuero. Juanito tampoco se asusta de este caballo. Poco después golpea una losa de la acera con el bastón y me pregunta: «Oye: ¿hay alguien enterrado aquí debajo, o eso es sólo en los cementerios?» Le preocupa, pues, no sólo el enigma de la vida, sino también el de la muerte.

Al volver a casa ve en la antesala un cajón, y dice: «Hanna vino con nosotros a Gmunden metida en un cajón como éste.

Siempre que hemos ido a Gmunden ha venido metida en un cajón. ¿Crees que es mentira, papá? Pues es verdad. Llevábamos en el equipaje un cajón y dentro muchos niños metidos en una bañera. (Efectivamente, el cajón contenía una bañera). Yo mismo la metí.

Me acuerdo muy bien.

YO. – ¿De qué te acuerdas?

JUANITO. – De que Hanna fue a Gmunden en un cajón. No se me ha olvidado. ¡Palabra de honor!

YO. – El año pasado vino Hanna con nosotros en el vagón.

JUANITO. – Pero antes fue siempre en un cajón.

YO. – ¿Quién tenía el cajón? ¿Mamá?

JUANITO. – Sí; mamá lo tenía.

YO. – ¿Dónde?

JUANITO. – En casa, en el suelo.

YO. – ¿No lo llevaba siempre con ella?.

JUANITO. – No. Cuando vayamos a Gmunden, Hanna hará también el viaje metida en el cajón.

YO. – ¿Y cómo salió del cajón?

JUANITO. – La sacaron.

YO – ¿Quién? ¿Mamá?

JUANITO. – La sacamos yo y mamá. Luego subimos al coche, y Hanna se montó en el caballo, y el cochero dijo: «¡Arre !» El cochero iba en el pescante. ¿Ibas tú con nosotros? Mamá lo sabe. No; no lo sabe.

Se le ha olvidado. Pero no le digas nada. (Le hago que me cuente otra vez todo aquello. Luego continúa): Cuando llegamos a casa, Hanna se bajó.

YO. – ¿Cómo pudo bajarse si todavía no sabía ni siquiera andar?

JUANITO. – La ayudamos nosotros.

YO. – Oye: ¿y cómo pudo ir montada en el caballo si el año pasado no sabía aún sentarse?

JUANITO. – Pues sí. Fue montada en el caballo, gritando «¡arre!, ¡arre!», y pegándole con el látigo que yo tenía antes.

El caballo no tenía estribos y Hanna iba montada en él. Pero no de broma, de verdad». ¿A qué viene tal serie de disparates tan obstinadamente mantenidos? – se nos preguntará, acaso – . Pues bien: no tiene nada de absurda y entraña un perfecto sentido. Con ella parodia Juanito a su padre y se venga de él. Quiere decir: si tú imaginas que me creo que la cigüeña trajo a Hanna en octubre, cuando ya el verano anterior, al ir a Gmunden, había observado perfectamente el vientre abultado de mamá, también yo puedo pedirte que creas mis mentiras.

Su afirmación de que Hanna fue ya a Gmunden el año anterior «dentro del cajón», sólo puede significar su conocimiento del embarazo de la madre.

El hecho de que prevea para años posteriores la repetición de aquel viaje «dentro del cajón» corresponde a una forma frecuente de la emergencia de una idea pretérita inconsciente, o puede también obedecer a razones particulares y expresar su temor de ver reproducido el embarazo al verano siguiente.

Averiguamos ahora qué es lo que le hacía desagradable la perspectiva del viaje a Gmunden, según delataba su segunda fantasía.

«Más tarde le pregunto cómo vino a parar Hanna, al nacer, a la cama de su madre». Juanito encuentra aquí nueva ocasión de «tomarle el pelo» a su padre. «JUANITO. – Cuando Hanna llegó, la señora Kraus (la comadrona) se la llevó a mamá a la cama. Hanna no sabía andar pero la cigüeña la trajo en el pico. No sabía andar. (Hace una pausa y continúa luego de carrerilla). La cigüeña subió por las escaleras hasta la puerta y llamó. Todos estaban durmiendo, pero la cigüeña traía la llave y abrió y dejó a Hanna en tu cama, mientras mamá seguía durmiendo… No, la cigüeña dejó a Hanna en la cama de mamá.

Era de noche y la cigüeña dejó tranquilamente a Hanna en la cama sin hacer ruido. Y luego cogió su sombrero y se fue. No, no tenía sombrero.

YO. – ¿Quién cogió su sombrero? ¿El médico quizá?

JUANITO. – Luego se fue la cigüeña.

Se fue a su casa. Y luego llamó y los despertó a todos. Pero no le cuentes nada de esto a mamá ni a Tini (la cocinera). ¡Es un secreto !

YO. – ¿Quieres tú a Hanna?

JUANITO. – ¡Ya lo creo! Mucho.

YO. – ¿Te gusta que haya venido al mundo? ¿O preferirías que no hubiese venido?

JUANITO. – Preferiría que no hubiese venido.

YO. – ¿Por qué?

JUANITO. – Por lo menos no la oiría gritar. No puedo aguantarla.

YO. – También gritas tú.

JUANITO. – También ella grita.

YO. – ¿Por qué no puedes aguantarla?

JUANITO. – Porque grita muy fuerte.

YO. – ¡Pero si no grita!

JUANITO. – Cuando le dan azotes, grita.

YO. – ¿Le has pegado tú alguna vez?

JUANITO. Cuando mamá le da azotes, grita.

YO. – ¿Y no te gusta?

JUANITO. – No… ¿Por qué? Pues porque arma un jaleo terrible gritando.

YO. – Si preferirías que no hubiese venido al mundo, es que no la quieres.

JUANITO. – (Asintiendo.) ¡Hum, hum!

YO. – Por eso has pensado que si mamá la soltase cuando la está bañando, se caería al agua…

JUANITO. – (Completando la idea.) Y se moriría.

YO. – Y entonces tendrías a mamá para ti solo. Un niño bueno no desea esas cosas.

JUANITO. – Pero puede pensarlas.

YO. – No está bien que las piense.

JUANITO. – Pero si las piensa, está bien que las piense para escribirlas al profesor.

Más tarde le digo:

YO. – Cuando Hanna sea mayor y sepa ya hablar, la querrás más.

JUANITO. – No. La quiero ya mucho. Cuando en otoño sea ya grande, iré solo con ella al parque y se lo explicaré todo. Quiero iniciar una nueva explicación, pero me interrumpe, para convencerme de que sus deseos de muerte contra su hermana no son cosa tan perversa como yo creo.

JUANITO. – Oye: Hanna estaba ya hacía mucho tiempo en el mundo, aunque no estuviera aquí. Cuando estaba con la cigüeña, estaba ya en el mundo.

YO. – No. Quizá no.

JUANITO. – Entonces, ¿quién la trajo? ¿No la tenía la cigüeña?

YO. – ¿De dónde la sacó la cigüeña?

JUANITO. – La tenía ella.

YO. – ¿Dónde la tenía?

JUANITO. – En el cajón; en el cajón de la cigüeña.

YO. – ¿Cómo es ese cajón?

JUANITO. – Rojo. Pintado de rojo. (¿La sangre?)

YO. – ¿Quién te lo ha dicho?

JUANITO. – Mamá…

Me lo figuro yo…

En el libro está.

YO. – ¿En qué libro?

JUANITO. – En el libro de estampas. Le hago que me traiga su libro de estampas. Una de ellas representa un nido de cigüeñas encima de una chimenea de ladrillo rojo. La chimenea sería el cajón. Por coincidencia singular, hay en la misma página un caballo al que están herrando. Juanito, no encontrando a los niños en el nido, supone que están en el cajón.

YO. – ¿Qué hizo luego la cigüeña con Hanna?

JUANITO. – La trajo aquí.

En el pico. ¿Sabes? La cigüeña que está en Schonbrunn y picó la sombrilla. (Reminiscencia de un pequeño incidente en Schonbrunn).

YO. – ¿Viste tú a la cigüeña traer a Hanna?

JUANITO. – Estaba durmiendo. De día no puede la cigüeña traer a los niños.

YO. – ¿Por qué?

JUANITO. – No puede. ¿Sabes por qué? Tiene que traerlos cuando la gente no la ve; luego, de repente, por la mañana, se encuentran con un niño o con una niña.

YO. – Por entonces tuviste mucha curiosidad de saber cómo había venido la cigüeña, ¿no?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Cómo era Hanna cuando vino al mundo? ¿Te acuerdas?

JUANITO. – (Fingiendo).

Muy blanquita y muy mona. Como de oro.

YO. – Pero cuando la viste por primera vez no te gustó.

JUANITO. – Sí. Mucho.

YO. – ¿Te sorprendió que fuese tan pequeña?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Cómo era de pequeña?

JUANITO. – Como una cigüeñita.

YO. – ¿Y como qué más? ¿Como una caca, quizá?

JUANITO. – No; una caca es mucho más grande…, o no, no es más grande; es un poquitín más pequeña que Hanna».

Yo le había predicho al padre que la fobia del pequeño se enlazaba a los pensamientos y los deseos provocados por el nacimiento de su hermanita, pero había omitido llamarle la atención sobre la teoría sexual infantil, según la cual los niños son paridos por el recto; teoría que habría de hacer atravesar a Juanito el complejo de lo excremental.

Esta negligencia mía provocó el oscurecimiento temporal del análisis.

Ahora, aclarado ya, intenta el padre oír nuevamente a Juanito sobre este punto importantísimo. «Al día siguiente le hago repetirme la historia del día anterior. Juanito me cuenta: – Hanna hizo el viaje a Gmunden metida en el cajón.

Mamá iba en un departamento y Hanna en el furgón de equipajes. Cuando llegamos a Gmunden mamá y yo la sacamos del cajón y la montamos en el caballo.

El cochero iba en el pescante y Hanna tenía el látigo mío del año anterior y pegaba al caballo y decía: «¡Arre!» Era muy divertido, y el cochero pegaba también al caballo… No; no le pegaba, porque el látigo lo tenía Hanna.

El cochero llevaba las riendas. También Hanna las llevó un rato. (De la estación de Gmunden hasta la casa que allí ocupábamos, íbamos siempre en coche; Juanito intenta aquí conciliar fantasía y realidad).

En Gmunden bajamos a Hanna del caballo y anduvo sola hasta la escalera. (El año pasado Hanna cumplió en Gmunden los ocho meses.

Al anterior, al cual se refiere la fantasía de Juanito, mi mujer entraba en el sexto mes de su embarazo cuando iniciamos nuestro veraneo.

YO. – El año pasado estuvo ya allí Hanna.

JUANITO. – El año pasado fue dentro del coche. Pero un año antes, cuando ya estaba con nosotros en el mundo.

YO. – ¿Estaba ya con nosotros?

JUANITO. – Sí; cuando tú venías a embarcarte conmigo.

YO. – Pero no fue el año pasado; fue el anterior, y entonces Hanna no estaba aún en el mundo.

JUANITO. – Sí; si estaba ya en el mundo. Cuando vino a Gmunden dentro del cajón, sabía ya andar y decir «Ana». (Hace escasamente cuatro meses que Hanna hace tales habilidades).

YO. – Pero entonces no estaba aún con nosotros.

JUANITO. – Sí.

Estaba con la cigüeña.

YO. – ¿Cuántos años tiene, entonces, Hanna?

JUANITO. – En otoño cumplirá dos años. Y por entonces estaba ya aquí. Tú lo sabes mejor que yo.

YO. – ¿Y cuándo estuvo con la cigüeña, en el cajón de la cigüeña?

JUANITO. – Mucho tiempo antes que fuera a Gmunden en el cajón.

Mucho, mucho tiempo antes.

YO. – ¿Cuánto tiempo hace que Hanna sabe andar? Cuando estaba en Gmunden, ¿no sabía aún?

JUANITO. – El año pasado, no.

Antes si.

YO. – Hanna no ha estado más que una vez en Gmunden.

JUANITO. – No. Ha estado dos veces. ¡Justo! Me acuerdo muy bien. Y si no pregúntaselo a mamá, y ella te lo dirá.

YO. – Eso no es verdad.

JUANITO. – Sí que es verdad. La primera vez que estuvo en Gmunden andaba y montaba a caballo; después ya tenían que llevarla en brazos…

YO. – Pero ¡si hace muy poco tiempo que anda! En Gmunden no sabía andar todavía.

JUANITO. – Sí que sabía. Apúntalo si quieres. Me acuerdo muy bien… ¿De qué te ríes?

YO. – De ti, que eres un mentiroso. Sabes muy bien que Hanna no ha estado en Gmunden más que una vez.

JUANITO. – No. No es verdad. La primera vez fue montada en el caballo… Y la segunda… (Vacila visiblemente).

YO. – Ese caballo en el que dices que fue montada Hanna, ¿era acaso mamá?

JUANITO. – No.

Era un caballo de verdad. Fuimos todos en un coche de un caballo.

YO. – Siempre hemos ido en coches de dos caballos.

JUANITO. – Sería un coche de alquiler.

YO. – ¿Qué comió Hanna mientras fue dentro del cajón?

JUANITO. – Le pusieron dentro pan y manteca, arenques y rábanos (una de nuestras cenas de Gmunden), y mientras duró el viaje Hanna se untó de manteca el pan y comió cincuenta veces.

YO. Oye: ¿y no gritó ?

JUANITO. – No.

YO. – ¿Qué hizo entonces?

JUANITO. – Estarse sentada en el cajón, muy quietecita.

YO. – ¿No se dio ningún golpe?

JUANITO. – No.

Se pasó todo el tiempo comiendo y sin moverse una sola vez.

Se bebió dos jarras grandes de café. por la mañana no quedaba ya nada. Dejó toda la basura en el cajón. Las hojas de los rábanos y el cuchillo para cortarlos. Luego lo limpió todo muy de prisa.

En un minuto.

A toda prisa. También yo fui con Hanna en el cajón y dormí dentro toda la noche.

(Hace dos años hicimos, efectivamente, de noche el viaje a Gmunden).

Mamá iba en el vagón. No paramos de comer en todo el viaje, incluso luego en el coche. Fue muy divertido. Hanna no se montó en el caballo. (Vacila ahora porque sabe que fuimos en un coche de dos caballos). Fue sentada en el coche.

Mamá se montó en un caballo y Carolina (una criada) en otro… Oye, papá, todo esto que te estoy contando no es verdad.

YO. – ¿Qué es lo que no es verdad?

JUANITO. – Todo eso. Oye: este año me metéis con Hanna en el cajón y yo haré pipí dentro.

Me haré pipí en los pantalones.

Me tiene sin cuidado. No es ninguna vergüenza. Oye: todo esto no es una broma, pero es muy divertido.

A continuación me cuenta la historia de la venida de la cigüeña con las mismas palabras que el día anterior, poco más o menos. Omite tan sólo el detalle de que cogiera al marcharse el sombrero.

YO. – ¿Dónde tenía la cigüeña la llave?

JUANITO. – En el bolsillo.

YO. – ¿Dónde tiene la cigüeña el bolsillo?

JUANITO. – En el pico.

YO. – ¿En el pico ? Todavía no he visto una cigüeña con una llave en el pico.

JUANITO. – ¿Cómo pudo entonces abrir la puerta? ¿Cómo pudo entrar sin tener llave? Es que me he equivocado. La cigüeña llamó y salieron a abrirla.

YO. – ¿Cómo llamó?

JUANITO. – Llamó al timbre.

YO. – ¿Cómo llamó al timbre?

JUANITO. – Apretando con el pico.

YO. – ¿Y cerró la puerta?

JUANITO. – No; la cerró una criada. La abrió y la cerró una criada que estaba ya levantada.

YO. – ¿Dónde tiene la cigüeña su casa?

JUANITO. – ¿Dónde? En el cajón en el que tiene las niñas. Quizá en Schonbrunn.

YO. – No he visto en Schonbrunn ningún cajón.

JUANITO. – Lo tendrá más lejos… Oye: ¿sabes cómo abre la cigüeña el cajón? Abre el pico…

El cajón tiene también su llave… Luego hace así (demostrándolo en mi mesa) y abre.

Es como una palanca.

YO. – ¿Y no crees que una niña así como Hanna pesa demasiado para que la cigüeña pueda llevarla en el pico?

JUANITO. – No.

YO. – Oye: ¿no se parece mucho un ómnibus al cajón de la cigüeña?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Y a un carro de mudanzas?

JUANITO. – Sí, y un carro de niños malos también». «17 de abril.

Ayer, por fin, llevó a cabo Juanito su proyecto de entrar en el patio de la aduana. Hoy no ha podido porque precisamente enfrente de la puerta había un carro arrimado a la rampa.

Me dijo: – Cuando veo ahí un coche, me da miedo de que a lo mejor se me ocurre excitar a los caballos y se caerán y armarán jaleo con las patas.

YO. – ¿Cómo se excita a los caballos?

JUANITO. – Regañándolos o gritándoles: «¡Arre!».

YO. – ¿Lo has hecho tú ya alguna vez?

JUANITO. – Sí, muchas veces. Tengo miedo de hacerlo, pero no es verdad que lo haya hecho.

YO. – ¿Y en Gmunden?

JUANITO. – No.

YO. – Pero ¿te gustaría?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Te gustaría pegar con un látigo a los caballos?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Quisieras pegarles como mamá pega a Hanna? ¿Eso te gusta también?

JUANITO. – A los caballos no les hace daño que les peguen. (Esto se lo había dicho yo en una ocasión para mitigar su miedo al ver pegar a los caballos). Y ya lo he hecho una vez. He cogido un látigo y he pegado a un caballo hasta que se cayó y empezó a armar jaleo con los pies.

YO. – ¿Cuándo?

JUANITO. – En Gmunden.

YO. – ¿A un caballo de verdad? ¿Que estaba enganchado a un coche?

JUANITO. – Estaba suelto.

YO. – ¿Dónde estaba?

JUANITO. – Lo sujeté yo para que no se escapase. (Todo esto resulta, naturalmente, inverosímil).

YO. – ¿Dónde pasó todo esto?

JUANITO. – Junto a la fuente.

YO. – ¿Quién te dio permiso? ¿Es que el cochero te dejó el caballo?

JUANITO. – Era un caballo de la cuadra de casa.

YO. – ¿Y cómo estaba en la fuente?

JUANITO. – Lo llevé yo.

YO. – ¿Lo sacaste de la cuadra?

JUANITO. – Sí. Porque quería pegarle con el látigo.

YO. – ¿No había nadie en la cuadra?

JUANITO. – Sí.

Estaba Loisi (el cochero).

YO. – ¿Y te dio permiso?

JUANITO. – Se lo pedí por favor y me lo dio.

YO. – ¿Qué le dijiste?

JUANITO. – Le pedí que me dejara sacar el caballo para gritarle y pegarle con el látigo. Y me dijo que si.

YO. – ¿Le pegaste mucho al caballo?

JUANITO. – Nada de esto que te he contado es verdad.

YO. – ¿Qué hay de verdad en todo ello?

JUANITO. – Nada. Te lo he contado por broma.

YO. – ¿No sacaste nunca un caballo de la cuadra?

JUANITO. – No.

YO. – Pero ¿deseaste hacerlo?

JUANITO. – Sí, eso sí. Y lo pensé.

YO. – ¿En Gmunden?

JUANITO. – No. Primero aquí. Lo pensaba por la mañana temprano, cuando ya estaba vestido… Digo, no: cuando todavía estaba en la cama.

YO. – ¿Por qué no me lo contaste nunca?

JUANITO. – No se me ocurre.

YO. – Pensabas en eso porque lo habías visto en la calle, ¿no?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿A quién te gustaría pegar realmente, a mamá, a Hanna o a mí?

JUANITO. – A mamá.

YO. – ¿Por qué?

JUANITO. – Porque me gustaría pegarle.

YO. – ¿Cuándo has visto que nadie pegue a su mamá?

JUANITO. – Nunca.

En mi vida lo he visto.

YO. – Y, sin embargo, quisieras pegarle. ¿Cómo quieres hacerlo?

JUANITO. – Con un bastón. (Su madre le amenaza a veces con pegarle con un bastón). Por este día hube de interrumpir el diálogo.

En la calle, Juanito me dice que los carros de carbón son carros de cajones de cigüeña, esto es, mujeres embarazadas.

Sus veleidades sádicas anteriores tienen que hallarse relacionadas con nuestro tema». «21 de abril. Juanito me cuenta esta mañana haberse figurado lo siguiente: ‘En Lainz había un tren y yo fui en él con la abuela hasta la estación de la aduana. Tú no habías bajado aún del puente y el segundo tren estaba ya en la estación de San Vito. Cuando bajaste ya había llegado el tren y subimos a él’.

(Ayer estuvo Juanito en Lainz. Para pasar al andén hay que atravesar un puente. Desde el andén se ve la vía hasta la estación de San Vito. La relación de Juanito es un tanto confusa. Probablemente pensó primero que se marchaba en el primer tren, al que yo no llegaba. Luego venía de la estación de San Vito un segundo tren, que era el que yo tomaba. Pero ha deformado un trozo de su fantasía de fuga y la termina haciéndonos subir a los dos en el segundo tren. Esta fantasía se relaciona con aquella otra en la que nos pasamos de la estación de Gmunden porque el tren arranca antes que acabemos de vestirnos en el vagón).

Por la tarde, delante de la casa, Juanito corre de pronto a refugiarse en el portal al acercarse un coche de dos caballos en el que no advierto nada extraordinario. Le pregunto qué le pasa.

Me dice: «Me da miedo porque los caballos van tan orgullosos que acabarán por caerse». (Retenidos por el cochero avanzaban al trote corto y altas las cabezas, con una aire realmente arrogante). Le pregunto quién se muestra en realidad tan arrogante.

EL. – Tú, cuando mamá me toma en su cama.

YO. – Entonces, ¿es que deseas que me caiga?

EL. – Sí. Debías tropezar desnudo (quiere decir descalzo, como Federico en aquella ocasión pasada) con una piedra y hacerte sangre, y así por lo menos podría yo estar un rato solo con mamá. Cuando luego subieras a casa, yo me saldría corriendo de la alcoba de mamá para que no me vieras.

YO. – ¿Te acuerdas quién fue el que se dio contra la piedra?

EL. – Sí; Federico.

YO. – ¿Qué pensaste cuando viste caerse a Federico?.

EL. – Que tú debías darte contra la piedra.

YO. – ¿De manera que te gusta mucho estar con mamá?

EL. – Sí.

YO. – ¿Y por qué te regaño yo cuando quieres meterte en su cama?

EL. – No lo sé (!!).

YO. – ¿Por qué?

EL. – Porque tienes celos.

YO. – Eso no es verdad.

EL. – Sí.

Es verdad. Lo sé. Tiene que ser verdad. Vemos, pues, que mi explicación de que sólo los niños pequeños duermen con su madre y los grandes solos en su cama no le ha hecho efecto ninguno.

Sospecho que el deseo de excitar al caballo, esto es, pegarle y arrearle a gritos, no se refiere, como dijo, a su madre, sino a mí. Ha puesto por delante a su madre porque no se atrevía a confesarme la verdad.

En los últimos días viene mostrándose particularmente cariñoso conmigo». Con la superioridad que tan fácilmente se adquiere a posteriori rectificaremos al padre observando que el deseo de excitar al caballo se compone de dos elementos: de un oscuro impulso sádico referido a la madre y de un claro impulso vengativo contra el padre.

Este último no pudo ser reproducido hasta después de haberlo sido el primero en relación con el complejo del embarazo.

En la formación de una fobia basada en ideas inconscientes tiene siempre efecto una condensación, razón por la cual el camino del análisis no puede reproducir jamás la trayectoria del desarrollo de la neurosis.

«22 de abril. Juanito ha vuelto a imaginar algo esta mañana: ‘Un golfillo se ha subido en la vagoneta y el vigilante ha venido y le ha desnudado del todo, dejándole allí hasta por la mañana. Y por la mañana el golfillo ha dado al vigilante 50.000 florines para que le deje ir en la vagoneta’. (La línea del ferrocarril del Norte pasa por delante de nuestra casa.

En una vía auxiliar hay una vagoneta, en la cual Juanito vio una vez pasearse a un golfillo.

Me comunicó su deseo de hacer lo mismo y yo le dije que estaba prohibido, y que si se subía en la vagoneta, le cogería el vigilante. Un segundo elemento de la fantasía es el deseo reprimido de desnudez»). Observamos hace ya algún tiempo que la fantasía de Juanito crea bajo el signo de los transportes y progresa consecuentemente desde el caballo de tiro al ferrocarril.

A toda fobia a las calles se agrega así, siempre con el tiempo, la fobia al ferrocarril. «Por la tarde me cuenta que Juanito se había pasado toda la mañana jugando con una muñeca de goma a la que llamaba Margarita. Por el agujero al que se adaptaba en un principio un pequeño silbato redondo de latón había introducido en la muñeca un diminuto cortaplumas, y luego, desgarrándole los pies, lo había hecho caer por allí.

A una criada que le miraba hacer le había dicho, señalando entre los pies de la muñeca: ‘Mira, aquí tiene la cosita.’

YO. – ¿A qué has jugado esta mañana con la muñeca?

EL. – Le he separado los pies. ¿Sabes por qué? Porque tenía dentro una navajita que era de mamá.

Se la había metido yo por el agujero del cuerpo por donde antes silbaba al apretarla, ¿sabes?, y luego le separé los pies y salió por allí.

YO. – Para qué le separaste los pies? ¿Para verle la cosita?

EL. – No hacía falta.

Estaba ya a la vista.

YO. – ¿Por qué metiste la navajita dentro de la muñeca?

EL. – No lo sé.

YO. – ¿Cómo es la navajita? Me la trae.

YO. – ¿Te figurabas quizá que era un niño pequeño?

EL. – No; no me figuré nada. Pero la cigüeña tuvo una vez, me parece, un niño pequeño…, ¿o quién fue?

YO. – ¿Cuándo?

EL. – Una vez. Lo he oído decir. No sé si lo he oído.

Me habré equivocado.

YO. – ¿En qué te has equivocado?

EL. – Lo que te he dicho no es verdad.

YO. – Todo lo que dices es un poco verdad.

EL. – Bueno. Sí; un poquito.

YO. – (Después de una digresión.) ¿Cómo te figuras tú que vienen al mundo las gallinas?

EL. – La cigüeña las hace nacer. No. Dios las hace nacer.

Le explico que las gallinas ponen huevos y que de esos huevos salen otra vez gallinas. Juanito se echa a reír.

YO. – ¿De qué te ríes?

EL. – Porque me gusta mucho eso que me has contado. Luego dice que ya lo había él visto.

YO. – ¿Dónde?

EL. – Te lo he visto hacer a ti.

YO. – ¿Cuándo he puesto yo un huevo?

JUANITO. – En Gmunden. Pusiste un huevo en la hierba y de repente salió una gallina.

Sí; pusiste una vez un huevo. Lo sé.

Estoy seguro. Porque me lo ha dicho mamá.

YO. – Le preguntaré a mamá si es verdad que te lo ha dicho.

JUANITO. – No; no es verdad. Pero yo sí he puesto una vez un huevo y salió una gallina.

YO. – ¿Dónde?

JUANITO. – En Gmunden.

Me tumbé en la hierba; digo, no; me arrodillé, sin que me vieran los niños, y luego, por la mañana, les dije: ‘Buscad, niños ayer he puesto un huevo’. Y miraron, y vieron de pronto un huevo; y del huevo salió un Juanito muy chiquitito. ¿De qué te ríes? Mamá no lo sabe; y Carolina tampoco, porque nadie lo vio. Y de repente puse un huevo De verdad. Oye, papá, ¿cuándo sale del huevo una gallina? ¿Cuando se deja quieto el huevo? Se lo explico.

JUANITO. – Bueno.

Entonces dejaremos el huevo a la gallina y saldrá otra gallina. O lo meteremos en el cajón y lo llevaremos a Gmunden». Juanito se ha apoderado osadamente de la dirección del análisis, ya que sus padres retrasaban las explicaciones que hubieran debido darle hace tiempo, y les comunica por medio de un brillante acto sintomático: «¿ Veis? Así me represento yo un nacimiento». Lo que dijo a la criada sobre el sentido de su juego no fue sincero.

Ante su padre rechaza decididamente la hipótesis de que sólo quisiera contemplar la cosita. Cuando su padre le cuenta cómo nacen las gallinas saliendo del huevo, su insatisfacción, su desconfianza y su mejor conocimiento se unen en una magnífica burla que culmina en una clara alusión al nacimiento de su hermana.

YO. – ¿A qué jugabas con la muñeca?

JUANITO. – La llamaba Margarita.

YO. – ¿Por qué?

JUANITO. – Porque sí.

YO. – ¿Qué hacías con ella?

JUANITO. – La cuidaba como si fuera un niño de verdad.

YO. – Te gustaría tener tú una niña?

JUANITO. – Sí. ¿Por qué no? Me gustaría tener yo una niña. Pero mamá, no.

Mamá no quiere que la tenga. (Da así nuevamente expresión a su temor de verse aún más disminuido por el nacimiento de un tercer niño).

YO. – Solamente las mujeres pueden tener niños.

JUANITO. – Entonces, tendré una niña.

YO. – ¿Cómo vas a tenerla?

JUANITO. – Me la traerá la cigüeña. Sacará la niña, y la niña pondrá un huevo, y del huevo saldrá otra Hanna. De la Hanna saldrá otra Hanna. No; no saldrá mas que una.

YO. – ¿Te gustaría tener una niña?

JUANITO. – Sí; el año que viene tendré una. Y se llamará también Hanna.

YO. – ¿Por qué no quieres que mamá tenga una niña?

JUANITO. – Porque la quiero tener yo.

YO. – Pero tú no puedes.

JUANITO. – Sí que puedo. Los niños tienen niñas y las niñas tienen niños.

YO. – Los niños no pueden tener niños ni niñas.

Sólo las mamás pueden tenerlos.

JUANITO. – ¿Y por qué yo no?

YO. – Porque Dios lo ha dispuesto así.

JUANITO. – ¿Por qué no tienes tú una niña? Pero, sí; la tendrás. Es cuestión de esperar.

YO. – ¡Ya tengo espera para rato!

JUANITO. – Pues yo soy tuyo. Yo. – Sí. Pero quien te trajo al mundo fue mamá. Tú eres de mamá y mío.

JUANITO. – Y Hanna, ¿es mía o de mamá?

YO – De mamá.

JUANITO. – No.

Es mía. ¿Y por qué no mía y de mamá?

YO. – Hanna es mía, de mamá y tuya.

JUANITO. – ¡Lo ves!» Naturalmente, en tanto el niño no descubre el órgano genital femenino le falta un elemento esencial para la comprensión de las relaciones sexuales. «El 24 de abril proporcionamos mi mujer y yo nuevas aclaraciones a Juanito, explicándole que los niños crecen dentro de la mamá, que luego los trae al mundo con grandes dolores y apretando mucho, como si fueran una caca.

Por la tarde salimos delante de la casa.

Se le ve muy aliviado. Corre siguiendo a los coches, y sólo porque no se atreve a alejarse mucho del portal y no consiente en ir de paseo a otro lado se advierte que aún le aqueja un resto de angustia.

El 25 de abril me da un cabezazo en el vientre, como ya hizo otra vez. Le pregunto si es una cabra.

JUANITO. – Sí. Un carnero.

YO. – ¿Dónde has visto un carnero?

EL. – En Gmunden. Federico tenía uno. (Federico tenía un corderito, con el que jugaban).

YO. – Cuéntame cosas del corderito. ¿Qué hacía?

EL. – La señorita Mizzi (una maestra que vivía en la misma casa) sentaba a Hanna encima del corderito. Pero entonces no topaba.

Sólo topaba cuando se ponía uno delante de él. Federico lo llevaba sujeto con una cuerda y lo ataba a un árbol.

YO. – ¿Y a ti te topó alguna vez el corderito?

EL. – Sí. Una vez me puse delante sin saberlo, y me topó. Pero fue muy divertido. No me asusté nada.

Esto es seguramente incierto.

YO. – Oye: ¿quieres tú a papá?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿O quizá no? Juanito está jugando con un caballo de cartón, que en este momento cae al suelo.

Me grita: ‘Mira: se ha caído el caballo. ¿Ves qué jaleo arma?’

YO. – Una cosa te molesta de papá: que mamá le quiera tanto.

JUANITO. – No.

YO. – Entonces, ¿por qué lloras siempre que mamá me da un beso? Porque tienes celos.

JUANITO. – Eso sí.

YO. – ¿Qué harías tú si fueses papá?

JUANITO. – Iría todos los domingos a Lainz. No; todos los días. Si yo fuera papá, sería muy bueno.

YO. – ¿Qué harías con mamá?

JUANITO. – La llevaría también a Lainz.

YO. – ¿Y qué más?

JUANITO. – Nada más.

YO. – ¿Por qué estás entonces celoso?

JUANITO. – No lo sé.

YO. – ¿Estabas ya celoso en Gmunden?

JUANITO. – No; en Gmunden, no. (No es cierto).

En Gmunden tenía yo mis cosas: un jardín y muchos niños.

YO. – ¿Te acuerdas cómo tuvo la vaca el ternerito?

JUANITO. – Sí; se lo trajeron en un carro (así se lo dijeron en Gmunden; otro golpe contra la teoría de la cigüeña) y otra vaca lo había echado por el trasero. (Esto es ya consecuencia de nuestras explicaciones, que Juanito intenta ahora armonizar con la teoría del carro).

YO. – No es verdad que viniera en un carro.

Salió de la vaca que estaba en el establo. Juanito lo discute diciendo haber visto el carro por la mañana. Le observo que probablemente lo del carro fue una cosa que le contaron. Por fin conviene en ello. «Probablemente me lo dijo Berta. O quizá el casero, que estaba en el establo cuando llegó el ternerito. Era de noche».

Si no recuerdo mal, el ternero se lo llevaron luego en un carro. De aquí la confusión de Juanito.

YO. – ¿Por qué no te figuraste que lo había traído la cigüeña?

JUANITO. – No quise figurármelo.

YO. – Pero que la cigüeña había traído a Hanna, eso sí te lo figuraste, ¿no?

JUANITO. – Aquella mañana (la del parto) sí me lo figuré. Oye, papá, ¿estaba el señor Reisenbichler (el casero) en el establo cuando la vaca tuvo el ternerito?.

YO. – No lo sé. ¿Crees tú que estaba?

JUANITO. – Sí… Oye, papá, ¿has visto que los caballos tienen algo negro en la boca?

YO. – Sí.

Muchas veces, en Gmunden. Oye tú ahora, Cuando estabais en Gmunden, ¿te tomaba muchas veces mamá en su cama?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Y pensaste que eras el papá?

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Y luego le tomaste miedo a papá?

JUANITO. – Tú lo sabes todo. Yo no sabía nada.

YO. – Cuando Federico se cayó, pensaste que ojalá se cayera así papá. Y cuando viste topar al corderito, también pensaste que debía topar a papá.

¿Te acuerdas del entierro que viste en Gmunden? (El primer entierro que vio Juanito. Lo recuerda con gran frecuencia. Indudablemente, un recuerdo encubridor).

JUANITO. – Sí.

YO. – Y entonces pensaste que si papá moría, serías tú el papá.

JUANITO. – Sí.

YO. – ¿Qué coches te dan miedo todavía?

JUANITO. – Todos.

YO. – No es verdad.

JUANITO. – Los coches de alquiler y los de un caballo, no. Los ómnibus y los camiones, sí; pero sólo cuando van cargados. Cuando van vacíos, no. Cuando no tienen más que un caballo y van cargados, me dan miedo, y cuando llevan dos caballos y van cargados, no me da miedo.

YO. – ¿Por qué te dan miedo los ómnibus? ¿Porque llevan tanta gente dentro?

JUANITO. – Porque siempre van cargados de equipajes arriba.

YO. – Cuando mamá iba a tener a Hanna, también iba muy cargada, ¿no?

JUANITO. – Y volverá a ir cargada cuando vaya a tener otro niño… Cuando le crezca otro niño.

YO. – ¿Quieres tú que tenga otro niño?

JUANITO. – Sí.

YO. – Otra vez dijiste que no querías que mamá tuviera más niños.

JUANITO. – Entonces no volverá a ir cargada.

Mamá ha dicho que si ella no quiere tenerlos, tampoco querrá Dios que los tenga. Y si mamá no quiere, no los tendrá. (La víspera me había preguntado Juanito si mamá tenía dentro más niños. Yo le dije que no, y que si Dios no quería no volvería a tener ninguno).

JUANITO. – Pero mamá me ha dicho que si ella no quiere, no tendrá ninguno, y tú me dices que es si Dios no quiere. Insistí en que era como yo le había dicho y observó: «Tú estabas allí y lo debes saber mejor que yo». Había, pues, preguntado a su madre, y ésta había armonizado nuestras dos explicaciones diciendo que si ella no quería, tampoco querría Dios.

YO. – Me parece que, a pesar de todo, quieres que mamá tenga un niño.

JUANITO. – Yo no lo quiero tener.

YO. – Pero ¿deseas que mamá lo tenga?

JUANITO. – Eso sí.

YO. – ¿Sabes por qué lo deseas? Porque te gustaría ser el papá.

JUANITO. – Sí… ¿Cómo es esa historia?

YO. – ¿Qué historia?

JUANITO. – Un papá no puede tener niños.

Anda, dime cómo es esa historia de que me gustaría ser el papá.

YO. – Quisieras ser el papá y estar casado con mamá, quisieras ser tan grande como yo y tener bigote y quisieras que mamá tuviese un niño.

JUANITO. – Oye, papá, y cuando esté casado no tendré más que un niño; si quiero; cuando esté casado con mamá. Y si no quiero tener ninguno, Dios tampoco querrá.

YO. – ¿Te gustaría mucho estar casado con mamá?

JUANITO. – ¡Mucho !» Se advierte claramente que su inseguridad sobre el papel que el padre representa en el matrimonio y sus dudas sobre la posibilidad de dominar la procreación le estropean la felicidad de aquella fantasía. «A la noche, Juanito me dice cuando están acostándolo: ‘Oye: ¿sabes lo que voy a hacer ahora? Hasta las diez voy a hablar con Margarita, que está aquí en mi cama.

Mis niños están siempre conmigo en mi cama. ¿Puedes decirme cómo es eso?’ Viendo que tiene mucho sueño, le prometo que mañana anotaremos todo aquello.

Se duerme en seguida. De las anotaciones anteriores resulta que desde su regreso de Gmunden, Juanito fantasea siempre sobre sus «niños», sostiene con ellos largas conversaciones, etc.».

«El 26 de abril le pregunto, pues, por qué habla ahora siempre de sus niños.

JUANITO. – ¿Por qué? Porque me gustaría tener niños. Pero no lo deseo nunca, no quiero tenerlos.

YO. – ¿Te has figurado siempre que Berta y Olga y las demás eran tus niñas?

JUANITO. – Sí. Y Francisco, y Federico, y Pablo (sus amiguitos de Gmunden), y también la Lodi. Un nombre inventado por él.

Su niña favorita, y de la que habla con más frecuencia. Debo hacer observar que la personalidad de esta Lodi surgió ya antes de los últimos días, antes del 24 de abril, fecha de la última explicación reveladora.

YO. – ¿Quién es esa Lodi? ¿Está en Gmunden?

JUANITO. – No. Yo. – Pero ¿existe de verdad?

JUANITO. – Sí. Yo la conozco.

YO. – ¿Cuál es?

JUANITO. – Esa que tengo ahí.

YO. – ¿Cómo es?

JUANITO. – ¿Cómo? Tiene los ojos negros y el pelo también negro… ‘Me la encontré un día en Gmunden yendo con Maruja‘.

Al apremiarle para obtener algún dato más confiesa que todo es pura invención suya .

YO. – De modo que te figurabas ser la mamá de todos esos niños, ¿no?

JUANITO. – Y lo era de verdad.

YO. – ¿Qué hacías con ellos?

JUANITO. – Dejarles que durmiesen todos conmigo, niños y niñas.

YO. – ¿Todos los días?

JUANITO. – ¡Claro !

YO. – ¿Hablabas con ellos?

JUANITO. – Cuando todos los niños no se metían en mi cama, ponía unos cuantos en el sofá y otros en el cochecito, y los que aún quedaban los metía en el cajón. Pero como en el cajón había ya niños, los metía en otro cajón.

YO. – ¿Cuándo tuviste todos esos niños? ¿Estaba ya Hanna en el mundo?

JUANITO. – Si. Hacía ya mucho tiempo.

YO. – ¿Y quién te figurabas que te había dado esos niños?

JUANITO. – ¿Quién? Yo mismo me los había dado .

YO. – Pero entonces aún no sabías que los niños vienen de uno.

JUANITO. – Me figuré que me los traía la cigüeña. (Se ve claramente que esto es una mentira para salir del paso).

YO. – Ayer tenías a Margarita contigo, ¿no? Pero ya sabes que un niño no puede tener niños ni niñas.

JUANITO. – Ya lo sé. Pero me figuro que los tengo.

YO. – ¿Cómo se te ha ocurrido ese nombre de Lodi? Así no se llama ninguna niña.

Será Lotti.

JUANITO. – No, no; Lodi. No sé, pero es un nombre muy bonito.

YO. – (Bromeando). ¿O es que te refieres a un schokolodi?

JUANITO. – (Rápidamente). No; a una saffalodi (saffalodi= una especie de salchicha)… Ya sabes cuánto me gustan las salchichas

YO. – Oyeme: ¿no se parece mucho una saffalodi a una caca?

JUANITO. – ¡Sí!

YO. – ¿Cómo suele ser la caca?

JUANITO. – Negra. Como eso y eso. (Señalando a mi bigote y mis cejas.)

YO. – ¿Y cómo más? ¿Redonda como una saffalodi?

JUANITO. – Sí.

YO. – Cuando estabas sentado en el orinal y salía una caca, ¿te figurabas que tenías un niño?

JUANITO. – (Riendo).

Sí. Ya en la otra casa. Y luego, aquí.

YO. – ¿Sabes lo que pareció cuando se cayeron los caballos del ómnibus? El ómnibus es parecido a un cajón de esos donde están los niños, y cuando el caballo negro se cayó, fue como…

JUANITO. – (Completando la frase). Como cuando se tiene un niño.

YO. ¿Y qué te figuraste cuando empezó a armar jaleo con los pies?

JUANITO. – Verás. Cuando yo no quiero sentarme en el orinal y preferiría seguir jugando, entonces armo jaleo con los pies.

Así. (Patalea). Por eso le interesaba tanto si los niños se tenían por gusto o a la fuerza». «Juanito juega durante todo el día de hoy a cargar y descargar baúles y pide que le compren un carrito con baúles de juguete. Lo que más le interesa ahora en el patio de la aduana es la carga y descarga de los vehículos. También lo que más le asustaba siempre era el momento en que un vehículo iba a echar a andar después de cargado, pues temía que se cayeran los caballos al arrancar».

Solía llamar las entradas del depósito ‘hoyos de descarga’ (primero, segundo, tercer hoyo, etc.). Pero ahora, en vez de hoyo, dijo ‘hoyo – detrás’: «La angustia ha desaparecido y casi por completo.

Si todavía quiere estar en las cercanías de la casa, es tan sólo para tener un refugio si le diese miedo. Pero ya no lo utiliza ni una sola vez y permanece tranquilamente en la calle. Como ya hemos visto, los primeros signos de su enfermedad fueron echarse a llorar en el paseo pidiendo que le volvieran a casa, y luego, cuando se le obligó a salir de paseo una segunda vez, negarse a pasar de la parada del tranvía correspondiente a la aduana, desde la cual parada aún se columbra nuestra casa.

Al venir al mundo, el nacimiento le separó de su madre, con la cual venía formando un solo cuerpo, y su angustia, actual, que le impide alejarse de las cercanías de la casa, es todavía la que aquella primera separación traumática hubo de infundirle».

«30 de abril. Viendo que Juanito juega aún con sus niños imaginarios, le digo: «¿Cómo? ¿Todavía viven tus niños? ¿No sabes ya que un chico no puede tener niños?

JUANITO. – Sí que lo sé. Pero antes era la mamá, y ahora soy el papá.

YO. – ¿Y quién es la mamá de los niños?

JUANITO. – Mamá. Y tú eres el abuelo.

YO. – Así, pues, tú quisieras ser tan grande como yo, estar casado con mamá y que mamá tuviera entonces niños, ¿no es eso?

JUANITO. – Sí.

Eso quisiera. Y la mamá de Lainz (mi madre) sería la abuela». Todo queda arreglado.

El pequeño Edipo ha encontrado una solución mucho más feliz que la marcada por el Destino.

En lugar de hacer desaparecer a su padre le otorga la misma dicha que él demanda para sí. Le eleva a la categoría de abuelo y le casa a él también con su propia madre.

«El día 1 de mayo se me acerca Juanito y me dice: ‘¿Sabes una cosa? Tenemos que escribir al profesor’.

YO. – ¿Qué vamos a escribirle?

JUANITO. – Esta mañana he ido con todos mis niños al retrete. Primero he hecho caca y pipí, y ellos me miraban. Luego los he sentado en el retrete y han hecho caca y pipí, y yo les he limpiado el tras con un papel. ¿Sabes por qué? Porque me gustaría mucho tener niños. Haría con ellos todo lo que se hace con los niños, llevarlos al retrete, limpiarles el trasero; todo».

Esta fantasía demuestra irrebatiblemente el placer que para Juanito es concomitante a las funciones excrementales. «A la tarde se arriesga por vez primera hasta el parque. Como es el primero de mayo circulan menos vehículos que de costumbre, pero de todos modos, bastantes de aquellos que hasta ahora le han dado miedo.

Se muestra muy orgulloso de su hazaña, y después de la merienda tengo que llevarle otra vez al parque.

En el camino encontramos un ómnibus. Juanito me lo indica y dice: ‘Mira: el cajón de los niños de la cigüeña’.

Si mañana vuelve conmigo al parque, como proyectamos, se le podrá ya considerar curado de su enfermedad». «El 2 de mayo, por la mañana, viene Juanito y me dice: ‘Oye lo que he pensado’. Pero resulta que se le ha olvidado. Por fin, y luchando con intensas resistencias, me cuenta: «Ha venido el fontanero con unas tenazas y me ha quitado primero el tras y me ha puesto otro, y luego la cosita.

Me ha dicho: Enséñame el tras, y he tenido que volverme y me lo ha quitado.

Y luego ha dicho: Enséñame la cosita.

El padre se da cuenta del carácter optativo de esta fantasía y halla en el acto la única interpretación posible.

YO. – Y te dio una cosita mayor y un trasero también mayor, ¿no?

JUANITO. – Sí.

YO. – Como los de papá; porque tú quisieras ser el papá, ¿verdad?

JUANITO. – Sí. Y también quisiera tener bigote y pelos en el pecho como tú». «La interpretación de la otra fantasía anterior, en la cual el fontanero destornilla el baño y le mete a Juanito el barreno por la barriga, ha de rectificarse ahora en la forma siguiente: El baño grande es el trasero, y el destornillador o el barreno la cosita .

Son dos fantasías idénticas.

Se nos abre aquí, además, un nuevo acceso al miedo de Juanito al baño grande, miedo que también se ha mitigado mucho ahora. Le es muy desagradable que su trasero sea tan pequeño para el baño grande».

En los días siguientes toma frecuentemente la madre la palabra para expresarme su alegría ante el restablecimiento de Juanito. Una semana después, el padre me remitió las siguientes notas a manera de apéndice: «Señor profesor: Me permito enviarle las observaciones que siguen como complemento del historial de Juanito:

1) El alivio consecutivo a la primera explicación reveladora no fue tan completo como quizá se desprende de mis notas. Juanito salió de paseo, pero a la fuerza y con mucho miedo. Una vez no consintió en pasar de la parada del tranvía, desde la cual aún se ve nuestra casa.

2) Zumo de frambuesas, escopeta para tirar (Schiessgewhr). Dábamos a Juanito jugo de frambuesas para combatir su estreñimiento.

Schiesen

(tirar, disparar) y scheissen (defecar) son dos palabras que suele confundir entre sí.

3) Cuando Juanito dejó de dormir en nuestra alcoba y pasó a tener la suya particular, tendría unos cuatro años.

4) Aún le queda un último resto de su enfermedad, que no se manifiesta ya en miedo, sino en una exacerbación del instinto normal de interrogación.

Sus preguntas versan casi siempre sobre la materia de que están hechas las cosas (tranvías, máquinas, etc.), quién las ha hecho, etc. La mayor parte de estas preguntas las plantea, a pesar de haberse él mismo respondido a ellas de antemano. Quiere solamente asegurarse. Una vez que me había fatigado mucho con su constante preguntar, acabé por decirle: ‘Pero ¿tú crees que yo puedo contestar a todo lo que me preguntes?’ – me respondió en el acto-: ‘Como supiste lo del caballo, creí que también esto lo sabrías’.

5) De su enfermedad no habla ya más que como cosa pasada: ‘Cuando tuve la tontería’.

6) El resto aún no solucionado es que Juanito se rompe la cabeza cavilando qué puede ser lo que el padre tiene que ver con el niño, ya que es la madre la que le trae al mundo.

Así se deduce de preguntas tales como ésta:’ ¿No es verdad que soy también tuyo?’ (…y no solamente de mamá, quiere decir).

Esto: cómo y por qué es mío es lo que no comprende.

En cambio, no tengo prueba alguna directa de que haya sorprendido alguna vez, como usted supone, un coito entre sus padres.

7) En una exposición del historial de Juanito habría quizá que insistir en la violenta intensidad de su angustia, pues si no, se diría, a lo mejor, que si le hubiésemos dado el primer día una buena paliza, no hubiera vuelto a negarse a salir de paseo». Por mi parte agregaré, a título de conclusión: Con la última fantasía de Juanito quedó también dominada la angustia procedente del complejo de castración y transformada la expectación penosa en una feliz espera.

Sí; el médico, el fontanero, etc., viene y le quita el pene, pero sólo para ponerle uno más grande. Por lo demás, dejemos que nuestro infantil investigador conquiste tempranamente la experiencia de que todo saber es fragmentario y que en cada uno de sus grados queda siempre un resto sin solucionar.

Epicrisis

En tres direcciones distintas habremos de contrastar esta observación del desarrollo y la solución de una fobia de un niño de menos de cinco años. Habremos de comprobar, en efecto, primeramente, hasta qué punto confirma las afirmaciones por nosotros sentadas en ‘TRES ENSAYOS PARA UNA TEORíA SEXUAL’, publicada en 1905; determinar luego qué es lo que nos aporta para la comprensión de una forma patológica tan frecuente, y fijar, por último, lo que de ella puede extraerse para la aclaración de la vida anímica infantil y para la crítica de nuestras intenciones educadoras.


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