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Torpezas o actos de término erróneo

De la obra de Meringer y Mayer, anteriormente citada, transcribo aún las siguientes líneas (1895, página 98):

«Las equivocaciones orales no son algo que se manifieste aislado dentro de su género, sino que va unido a los demás errores que los hombres cometen con frecuencia en sus diversas actividades, errores a los que solemos dar un tanto arbitrariamente el nombre de distracciones.»

Así, pues, no soy yo el primero que sospecha la existencia de un sentido y una intención detrás de las pequeñas perturbaciones funcionales de la vida cotidiana de los individuos sanos.

Si las equivocaciones en el discurso, el cual es, sin duda alguna, una función motora, admiten una concepción como la que hemos expuesto, es de esperar que ésta pueda aplicarse a nuestras demás funciones motoras. He formado en este punto dos grupos. Todos los casos en los cuales el efecto fallido, esto es, el extravío de la intención, parece ser lo principal los designo con el nombre de actos de término erróneo (Vergreifen), y los otros, en los que la acción total aparece inadecuada a su fin, los denomino actos sintomáticos y casuales (Symptomnud Zufallshandlungen).

Pero entre ambos géneros no puede trazarse un límite preciso, y debo hacer constar que todas las clasificaciones y divisiones usadas en el presente libro no tienen más que una significación puramente descriptiva y en el fondo contradicen la unidad interior de su campo de manifestación. La inclusión de los actos de término erróneo entre las manifestaciones de la «ataxia», o, especialmente, de la «ataxia cortical», no nos facilita en manera alguna su comprensión psicológica.

Mejor es intentar reducir los ejemplos individuales a sus propias determinantes. Para ello utilizaré también observaciones personales, aunque en mí mismo no he hallado sino muy escasas ocasiones de verificarlas.

(a) Años atrás, cuando hacía más visitas profesionales que en la actualidad, me sucedió muchas veces que al llegar ante la puerta de una casa, en vez de tocar el timbre o golpear con el llamador, sacaba del bolsillo el llavero de mi propio domicilio para, como es natural, volver en seguida a guardarlo un tanto avergonzado. Fijándome en qué casas me ocurría esto, tuve que admitir que mi error de sacar mi llavero en vez de llamar significaba un homenaje a la casa ante cuya puerta lo cometía, siendo equivalente al pensamiento: «Aquí estoy como en mi casa», pues sólo me sucedía en los domicilios de aquellos pacientes a los que había tomado cariño.

El error inverso, o sea llamar a la puerta de mi propia casa, no me ocurrió jamás.

Por tanto, tal acto fallido era una representación simbólica de un pensamiento definido, pero no aceptado aún conscientemente como serio, dado que el neurólogo sabe siempre muy bien que, en realidad, el enfermo no le conserva unido sino mientras espera de él algún beneficio, y que él mismo no demuestra un interés excesivamente caluroso por sus enfermos más que en razón a la vida psíquica que en la curación pueda esto prestarle. Numerosas autoobservaciones de otras personas demuestran que la significativa maniobra descrita, con el propio llavero, no es, en ningún modo, una particularidad mía.

A. Maeder relata una repetición casi idéntica de mi experiencia (Contributions à la psychopathologie de la vie quotidienne, en Arch. de Psychol., VI, 1906):

«A todos nos ha sucedido sacar nuestro llavero al llegar ante la puerta de un amigo particularmente querido y sorprendernos intentando abrir con nuestra llave, como si estuviéramos en nuestra casa. Esta maniobra supone un retraso -puesto que al fin y al cabo hay que llamar-, pero es una prueba de que al lado del amigo que allí habita nos sentimos –o quisiéramos sentirnos- como en nuestra casa».

De E. Jones (1911, pág. 509) transcribo lo que sigue: «El uso de las llaves es un fértil manantial de incidentes de este género, de los cuales vamos a referir dos ejemplos. Cuando estando en mi casa dedicado a algún trabajo interesante tengo que interrumpirlo para ir al hospital y emprender en él alguna labor rutinaria, me sorprendo con mucha frecuencia intentando abrir la puerta del laboratorio con la llave del despacho de mi domicilio, a pesar de ser completamente diferentes una de otra.

Mi error demuestra inconscientemente dónde preferiría hallarme en aquel momento. Hace años ocupaba una posición subordinada en una cierta institución cuya puerta principal se hallaba siempre cerrada y, por tanto, había que llamar al timbre para que le franqueasen a uno la entrada.

En varias ocasiones me sorprendí intentando abrir dicha puerta con la llave de mi casa. Cada uno de los médicos permanentes de la institución, cargo al que yo aspiraba, poseía una llave de la referida entrada para evitarse la molestia de esperar a que le abriesen.

Mi error expresaba, pues, mi deseo de igualarme a ellos y estar allí como ‘at home’».

El doctor Hans Sachs, de Viena, relata algo análogo:

«Acostumbro llevar siempre conmigo dos llaves, de las cuales corresponde una a la puerta de mi oficina y otra a la de mi casa. Siendo la primera, por lo menos, tres veces mayor que la segunda, no son, desde luego, nada fáciles de confundir, y, además, llevo siempre la una en el bolsillo del pantalón y la otra en el del chaleco. A pesar de todo esto, me sucedió con frecuencia el darme cuenta, al llegar ante una de las dos puertas, de que mientras subía la escalera había sacado del bolsillo la llave correspondiente a la otra. Decidí hacer un experimento estadístico, pues dado que diariamente llegaba ante las dos mismas puertas en un casi idéntico estado emocional, el intercambio de las llaves tenía que demostrar una tendencia regular, aunque psíquicamente estuviera determinado de manera distinta. Observando los casos siguientes, resultó que ante la puerta de la oficina extraía regularmente la llave de mi casa, y sólo una vez se presentó el caso contrario en la siguiente forma: regresaba yo fatigado a mi domicilio, en el cual sabía que me esperaba una persona a la que había invitado. Al llegar a la puerta intenté abrir con la llave de la oficina, que, naturalmente, era demasiado grande para entrar en la cerradura.»

(b) En una casa a la que durante seis años seguidos iba yo dos veces diarias me sucedió dos veces, con un corto intervalo, subir un piso más arriba de aquel al que me dirigía. La primera vez me hallaba perdido en una fantasía ambiciosa que me hacía «elevarme cada día más», y ni siquiera me di cuenta de que la puerta ante la que debía haber esperado se abrió cuando comenzaba yo a subir el tramo que conducía al tercer piso. La segunda vez también fui demasiado lejos, «abstraído en mis pensamientos».

Cuando me di cuenta y bajé lo que de más había subido, quise adivinar la fantasía que me había dominado, hallando que en aquellos momentos me irritaba contra una crítica (fantaseada) de mis obras, en la cual se me hacía el reproche de «ir demasiado lejos», reproche que yo sustituía por el no menos respetuoso «de haber trepado demasiado arriba».

(c) Sobre mi mesa de trabajo yacen juntos hace muchos años un martillo para buscar reflejos y un diapasón. Un día tuve que salir precipitadamente después de la consulta para alcanzar un tren, y a pesar de estar dichos objetos a la plena luz del día, cogí e introduje en el bolsillo de la americana el diapasón en lugar del martillo, que es lo que deseaba llevar conmigo. El peso del diapasón en mi bolsillo fue lo que me hizo notar mi error.

Aquel que no esté acostumbrado a reflexionar ante ocurrencias tan pequeñas explicaría o disculparía mi acto erróneo por la precipitación del momento. Yo, sin embargo, preferí preguntarme por qué razón había cogido el diapasón en lugar del martillo. La prisa hubiera podido ser igualmente un motivo de ejecutar el acto con acierto, para no perder tiempo luego teniendo que corregirlo.

La primera pregunta que acudió a mi mente fue: «¿Quién cogió últimamente el diapasón?» El último que lo había cogido había sido, pocos días antes, un niño idiota cuya atención a las impresiones sensoriales estaba yo examinando y al que había fascinado de tal manera el diapasón, que me fue difícil quitárselo luego de las manos. ¿Querría decir esto que soy un idiota? Realmente parecería ser así, pues la primera idea que se asoció a martillo (Hammer) fue Chamer (en hebreo, burro).

Mas ¿por qué tales conceptos insultantes? Sobre este punto había que interrogar la situación del momento. Yo me dirigía entonces a celebrar una consulta en un lugar situado en la línea del ferrocarril del Este, en el que residía un enfermo que, conforme a las informaciones que me habían escrito, se había caído por un balcón meses antes, quedando desde entonces imposibilitado para andar.

El médico que me llamaba a consulta me escribía que no sabía si se trataba de una lesión medular o de una neurosis traumática (histeria).

Esto era lo que yo tenía que decidir. En el error examinado debía de existir una advertencia sobre la necesidad de mostrarme muy prudente en el espinoso diagnóstico diferencial.

Aun así y todo, mis colegas opinan que se diagnostica con ligereza una histeria en casos en que se trata de cosas más graves.

Mas todo esto no era suficiente para justificar los insultos. La asociación siguiente fue el recuerdo de que la pequeña estación a que me dirigía era la del mismo lugar en que años antes había visitado a un hombre jovenque desde cierto trauma emocional había perdido la facultad de andar. Diagnostiqué una histeria y sometí después al enfermo al tratamiento psíquico, demostrándose posteriormente que si mi diagnóstico no había sido del todo equivocado, tampoco había habidoen él un total acierto. Gran cantidad de los síntomas del enfermo habían sido histéricos y desaparecieron con rapidez en el curso del tratamiento, mas detrás de ellos quedaba visible un remanente que permanecería inatacable por la terapia y que pudo ser atribuido a una esclerosis múltiple.

Los que tras de mí reconocieron al enfermo pudieron apreciar con facilidad la afección orgánica, pero yo no podía antes haber juzgado ni procedido de otro modo. No obstante, la impresión era la de un grave error, y la promesa que de una completa curación había dado al enfermo era imposible de mantener.

El error de coger el diapasón en lugar del martillo podía traducirse en las siguientes palabras:

«¡Imbécil ! ¡Asno ! ¡Ten cuidado esta vez y no vayas a diagnosticar de nuevo una histeria en un caso de enfermedad incurable, como lo hiciste en este mismo lugar, hace años, con aquel pobre hombre!» Para suerte de este pequeño análisis, mas para mi mal humor, dicho individuo, atacado en la actualidad de una grave parálisis espasmódica, había estado dos veces en mi consulta pocos días antes y uno después del niño idiota.

Obsérvese que en este caso es la voz de la autocrítica la que se hace oír por medio del acto de aprehensión errónea. Este es especialmente apto para expresar autorreproches. El error actual intenta representar el que en otro lugar y tiempo cometimos.

(d) Claro es que el coger un objeto por otro o cogerlo mal es un acto erróneo que puede obedecer a toda una serie de oscuros propósitos. He aquí un ejemplo. Raras veces rompo algo. No soy extraordinariamente diestro; pero, dada la integridad anatómica de mis sistemas nervioso y muscular, no hay razones que provoquen en mí movimientos torpes de resultado no deseado.

Así, pues, no recuerdo haber roto nunca ningún objeto de los existentes en mi casa. La poca amplitud de mi cuarto de estudio me obliga en ocasiones a trabajar con escasa libertad de movimientos y entre gran cantidad de objetos antiguos de greda y piedra, de los que tengo una pequeña colección. Los que me ven moverme entre tanta cosa me han expresado siempre su temor de que tirase algo al suelo, rompiéndolo, pero esto no ha sucedido nunca.

¿Por qué, pues, tiré un día al suelo y rompí la tapa de mármol de un sencillo tintero que tenía sobre mi mesa? Dicho tintero estaba constituido por una placa de mármol con un orificio, en el que quedaba metido el recipiente de cristal destinado a la tinta.

Este recipiente tenía una tapadera también de mármol con un saliente para cogerla. Detrás del tintero había, colocadas en semicírculo, varias estatuillas de bronce y terracota.

Escribiendo sentado y ante la mesa hice con la mano en la que tenía la pluma un movimiento extrañamente torpe y tiré al suelo la tapa del tintero. La explicación de mi torpeza no fue difícil de hallar. Unas horas antes había entrado mi hermana en el cuarto para ver algunas nuevas adquisiciones mías, encontrándolas muy bonitas, diciendo: «Ahora presenta tu mesa de trabajo un aspecto precioso. Lo único que se despega un poco es el tintero.

Tienes que poner otro más bonito.» Salí luego del cuarto acompañando a mi hermana y no regresé hasta pasadas algunas horas, siendo entonces cuando llevé a cabo la ejecución del tintero, juzgado ya y condenado.

¿Deduje acaso de las palabras de mi hermana su propósito de regalarme un tintero más bonito en la primera ocasión festiva y me apresuré, por tanto, a romper el otro, antiguo y feo, para forzarla a realizar el propósito que había indicado?

Si así fuera, mi movimiento que arrojó al suelo la tapadera no habría sido torpe más que en apariencia, pues en realidad había sido muy hábil, poseyendo completa conciencia de su fin y habiendo sabido respetar, además, todos los valiosos objetos que se hallaban próximos.

Mi opinión es que hay que aceptar esta explicación para toda una serie de movimientos casualmente torpes en apariencia.

Es cierto que tales movimientos parecen mostrar algo violento, impulsivo y como espasmodicoatáxico; pero, sometidos a un examen, se demuestran como dominados por una intención y consiguen su fin con una seguridad que no puede atribuirse, en general, a los movimientos voluntarios y conscientes.

Ambos caracteres, violencia y seguridad, les son comunes con las manifestaciones motoras de la neurosis histérica y, en parte, con los rendimientos motores del somnambulismo, indicando una misma desconocida modificación del proceso de inervación. La siguiente autoobservación de la señora Lou Andreas-Salomé nos muestra de un modo convincente cómo una «torpeza» tenazmente repetida sirve con extrema habilidad a intenciones inconfesadas [Ejemplo de 1919]: «Precisamente en los días de guerra, en los que la leche comenzó a ser materia rara y preciosa, me sucedió, para mi sorpresa y enfado, el dejarla cocer siempre con exceso y salirse, por tanto, del recipiente que la contenía.

Aunque de costumbre no suelo comportarme tan descuidada o distraídamente, en esta ocasión fue inútil que tratara de corregirme. Tal conducta me hubiera parecido quizá explicable en los días que siguieron a la muerte de mi querido terrier blanco, al que con igual justificación que a cualquier hombre llamaba yo Druzhok (en ruso, ‘amigo’). Pero en aquellos días y después no volví a dejar salir ni una sola gota de leche al cocerla.

Cuando noté esto, mi primer pensamiento fue: ‘Me alegro, porque ahora la leche vertida no tendría ni siquiera quien la aprovechara’, y en el mismo momento recordé que mi ‘amigo’ solía ponerse a mi lado durante la cocción de la leche, vigilando con ansia el resultado, inclinando la cabeza y moviendo la cola lleno de esperanza, con la consoladora seguridad de que había de suceder la maravillosa desgracia.

Con esto quedó explicado todo para mí y vi también que quería a mi perro más de lo que yo misma me dabacuenta.» En los últimos años y desde que vengo reuniendo esta clase de observaciones he vuelto a romper algún objeto de valor; mas el examen de estos casos me ha demostrado que nunca fueron resultados de la casualidad o de una torpeza inintencionada.

Así, una mañana, atravesando una habitación al salir del baño en bata y zapatillas de paja, arrojé pronto una de éstas, con un rápido movimiento del pie y como obedeciendo a un repentino impulso, contra la pared, donde fue a chocar con una pequeña Venus de mármol que había encima de una consola, tirándola al suelo.

Mientras veía hacerse pedazos la bella estatuilla cité inconmovible los siguientes versos de Busch: Ach! die Venus ist perdü / Klickeradoms! / von Médici!.

Esta loca acción y mi tranquilidad ante el daño producido tienen su explicación en las circunstancias del momento. Teníamos entonces gravemente enferma a una persona de la familia, de cuya curación había yo desesperado.

Aquella misma mañana se recibió la noticia de una notable mejoría, ante la cual recordaba yo haber exclamado:

«Aún va a escapar con vida.»

Por tanto, mi ataque de furor destructivo había servido de medio de expresión a un sentimiento agradecido al Destino y me había permitido llevar a cabo un acto de sacrificio, como si hubiera prometido que si el enfermo recobraba la salud sacrificaríaen acción de gracias tal o cual cosa.

El haber escogido la Venus de Médicis como víctima no podía ser más que un galante homenaje a la convaleciente. Lo que de este caso ha permanecido incomprensible para mí ha sido cómo decidí tan rápidamente y apunté con tal precisión que di al objeto deseado sin tocar ninguno de los que junto a él se hallaban.

Otro caso de rotura de un objeto, en el cual me serví de nuevo de la pluma escapada de mi mano, tuvo también la significación de un sacrificio; pero esta vez de ofrenda petitoria para evitar un mal.

En esta ocasión me había complacido en hacer un reproche a un fiel y servicial amigo mío, reproche únicamente fundado en la interpretación de algunos signos de su inconsciente.

Mi amigo lo tomó a mal y me escribió una carta en la que me rogaba que no sometiese a mis amigos al psicoanálisis. Tuve que confesarme que tenía razón y le aplaqué con mi respuesta.

Mientras la estaba escribiendo tenía delante de mí mi última adquisición de coleccionista, una figurita egipcia preciosamente vidriada. La rompí en la forma mencionada y me di cuenta en seguida de que había provocado aquella desgracia en evitación de otra mayor.

Por fortuna, ambas cosas -la amistad y la figurita- pudieron componerse con tal perfección que no se notaron las roturas. Una tercera rotura tuvo menos seria conexión. Fue, para usar el término de Theodor Vischer en Auch Einer, una «ejecución» disfrazada de un objeto que no era ya de mi gusto.

Durante algún tiempo había usado un bastón con puño de plata. La delgada lámina de este material que formaba el puño sufrió, sin culpa por mi parte, un desperfecto y fue muy mal reparada. Poco tiempo después, jugando alegremente con uno de mis hijos, me serví del bastón para agarrarle por una pierna con el curvado puño.

Al hacerlo se partió, como era de esperar, y me vi libre de él.

La indiferencia con que se acepta en estos casos el daño resultante debe ser considerada como demostración de la existencia de un propósito inconsciente. Investigando los fundamentos de actos fallidos tan nimios como la rotura de objetos, descubrimos a veces que dichos actos se hallan íntimamente enlazados al pasado del sujeto, apareciendo al mismo tiempo en estrecha conexión con su situación presente.

El siguiente análisis de L. Jekel (lnternational Zeitschrift für Psychoanalyse, I, 1913) es un ejemplo de este género de casos:

«Un médico poseía un jarrón de loza nada valioso, pero sí muy bonito, que en unión de otros muchos objetos, algunos de ellos de alto precio, le había sido regalado por una paciente (casada).

Cuando se manifestó claramente que dicha señora padecía una psicosis, el médico devolvió todos aquellos regalos a los allegados de la enferma, conservando tan sólo un modesto jarrón, del que, sin duda por su belleza, no acertó a separarse.

Esta ocultación no dejó, sin embargo, de promover en el médico, hombre muy escrupuloso, una cierta lucha interior. Comprendía la incorrección de su conducta, y para defenderse contra sus remordimientos, se daba a sí mismo la excusa de que el tal jarrón carecía de todo valor material, era difícil de empaquetar para mandarlo a su destino, etc.

Cuando meses después se le discutió el pago de un resto de sus honorarios por la asistencia a dicha paciente y se propuso encargar a un abogado el reclamarlo y hacerlos efectivos por la vía legal, volvió a reprocharse su ocultación. De repente le sobrecogió el miedo de que fuera descubierto por los parientes de la enferma y éstos opusieran por ello una reconvención a su demanda.

En los primeros momentos, sobre todo, fue tan fuerte este miedo que llegó a pensar en renunciar a sus honorarios, de un valor cien veces mayor al del objeto referido.

Sin embargo, logró dominar este pensamiento, dándolo de lado como absurdo. Durante esta situación le sucedió, a pesar de que raras veces rompía algo y de dominar muy bien su sistema muscular, que, estando renovando el agua del jarrón para poner en él unas flores, y por un movimiento no relacionado orgánicamente con dicho acto y extrañamente torpe, lo tiró al suelo, donde se rompió en cinco o seis grandes pedazos.

Y esto después de haberse decidido la noche anterior, al cabo de grandes vacilaciones, a colocar precisamente este jarrón lleno de flores en la mesa, ante sus convidados, y después de haber pensado en él poco antes de romperlo, haberlo echado de menos en su cuarto y haberlo traído desde otra habitación por su propia mano.

Después de la primera sorpresa comenzó a recoger del suelo los pedazos, y en el momento en que, viendo que éstos calzaban perfectamente, se dio cuenta de que el jarrón podía reconstruirse sin defecto alguno, volvieron a escapársele de las manos dos de los pedazos más grandes, haciéndose añicos y quedando perdida toda esperanza de reconstitución.

Sin disputa alguna, el acto fallido cometido poseía la tendencia actual de hacer posible al médico la prosecución de su derecho, libertándole de aquello que le retenía y le impedía en cierto modo reclamar lo que le era debido. Pero, además de esta determinación directa, posee este rendimiento fallido, para todo psicoanalítico, una determinación simbólica más amplia, profunda e importante, pues el jarrón es un indudable símbolo de la mujer.

El héroe de esta historia había perdido de un modo trágico a su joven y bella mujer, a la que amaba ardientemente. Después de su desgracia contrajo una neurosis, cuya nota predominante era creerse culpable de aquélla. («Haber roto un bello jarrón.») Asimismo le era imposible entrar en relaciones con ninguna mujer y repugnaba casarse de nuevo o emprender amores duraderos, que en su inconsciente eran valorados como una infidelidad a su difunta mujer; pero que su conciencia racionalizaba, acusándole de atraer la desdicha sobre las mujeres y causarles la muerte, etc. («Siendo así, no podía conservar duraderamente el jarrón.»)

Dada su fuerte libido, no es de extrañar que se presentaran ante él, como las más adecuadas, las relaciones pasajeras con mujeres casadas. (Por ello conservó o retuvo el jarrón a otro perteneciente.)

A consecuencia de su neurosis se sometió a tratamiento psicoanalítico, y los datos siguientes nos proporcionan una preciosa confirmación del simbolismo antes apuntado.

En el curso de la sesión en la que relató la rotura del jarrón «de tierra» volvió a hablar de sus relaciones con las mujeres y expresó que era en ellas de una exigencia casi insensata, exigiendo, por ejemplo, que la amada fuera de una «belleza extraterrena».

Esto constituye una clara acentuación de que aún se hallaba ligado a su mujer (muerta; esto es, extraterrena) y que no quería saber nada de «bellezas terrenales». De aquí la rotura del jarrón «de tierra». Precisamente por los días en los que, según demostró el análisis, forjaba la fantasía de pedir en matrimonio a la hija de su médico regaló a éste un jarrón, indicando así cuál era la correspondencia que deseaba.

A priori se dejó cambiar de varias maneras la significación simbólica del acto erróneo; por ejemplo, no querer llenar el vaso, etc.

Mas lo que me parece interesante es la consideración de que la existencia de varios, por lo menos de dos motivos actuales, desde lo preconsciente a lo inconsciente y probablemente separados, se refleje en la duplicación de acto erróneo: tirar al suelo el jarrón y luego los pedazos.»

(e) El dejar caer algún objeto, tirarlo o romperlo parece ser utilizado con gran frecuencia para la expresión de series de pensamientos inconscientes, cosa que se puede demostrar por medio del análisis, pero que también podría adivinarse casi siempre por las interpretaciones que a tales accidentes da, por burla o por superstición, el sentido popular.

Conocida es la interpretación que se da a los actos de derramar la sal o el vino o de que un cuchillo que caiga al suelo quede clavado de punta en él, etc.

Más adelante expondré el derecho que a ser tomadas en consideración tienen tales interpretaciones supersticiosas. Por ahora sólo haré observar que tales torpezas no tienen, de ningún modo, un sentido constante, sino que, según las circunstancias, se ofrecen como medio de representaciones de intenciones en absoluto indiferentes. Hace poco hubo en mi casa una temporada durante la cual se rompió en ella una extraordinaria cantidad de objetos de cristal y porcelana. Yo mismo contribuí a tal destrozo repetidas veces.

Esta pequeña epidemia psíquica fue fácil de explicar.

Eran aquéllos los días que precedieron al matrimonio de mi hija mayor. En tales fiestas se suele romper intencionadamente un utensilio, haciendo al mismo tiempo un voto de felicidad.

Esta costumbre debe significar un sacrificio y expresar algún otro sentido simbólico. Cuando los criados destruyen objetos frágiles dejándolos caer al suelo, nadie suele pensar, ante todo, en una explicación psicológica de ello, y, sin embargo, no es improbable la existencia de oscuros motivos que coadyuvan a tales actos.

Nada más lejano a las personas ineducadas que la apreciación del arte y de las obras de arte. Una sorda hostilidad contra estos productos domina a nuestros criados, sobre todo cuando tales objetos, cuyo valor no aprecian, constituyen un motivo de trabajo para ellos.

En cambio, personas de igual origen que se hallan empleadas en alguna institución científica se distinguen por la gran destreza y seguridad con que manejan los más delicados objetos en cuanto comienzan a identificarse con sus amos y a contarse entre el personal esencial del establecimiento.

Incluyo aquí la comunicación de un joven técnico, que nos permite penetrar en el mecanismo del desperfecto de objetos [Ejemplo de 1912]:

«Hace algún tiempo trabajaba con varios colegas en el laboratorio de la Escuela Superior, en una serie de complicados experimentos de elasticidad, labor emprendida voluntariamente, pero que comenzaba a ocuparnos más tiempo de lo que hubiésemos deseado. Yendo un día hacia el laboratorio en compañía de mi colega el señor F., expresó éste lo desagradable que era para él verse obligado a perder aquel día tanto tiempo, pues tenía mucho trabajo en su casa. Yo asentí a sus palabras y añadí, medio en broma, aludiendo a un incidente de la pasada semana:

‘Por fortuna, es de esperar que la máquina falle otra vez y tengamos que interrumpir el experimento. Así podremos marcharnos pronto.’

En la distribución del trabajo tocó a F. regular la válvula de la prensa; esto es, iría abriendo con prudencia para dejar pasar poco a poco el líquido presionador desde los acumuladores al cilindro de la prensa hidráulica.

El director del experimento se hallaba observando el manómetro, y cuando éste marcó la presión deseada, gritó: ‘¡Alto!’ Al oír esta voz de mando cogió F. la válvula y le dio vuelta con toda su fuerza hacia la izquierda. (Todas las válvulas, sin excepción, se cierran hacia la derecha.)

Esta falsa maniobra hizo que la presión del acumulador actuara de golpe sobre la prensa, cosa para la cual no estaba preparada la tubería, y que hizo estallar una unión de ésta, accidente nada grave para la máquina, pero que nos obligó a abandonar el trabajo por aquel día y regresar a nuestras casas.

Aparte de esto, es muy característico el hecho de que algún tiempo después, hablando de este incidente, no pudo F. recordar las palabras que le dije al dirigirnos juntos al laboratorio, palabras que yo recordaba con toda seguridad.» Caerse, tropezar o resbalar son actos que no deben ser interpretados siempre como una falla puramente casual de una función motora.

El doble sentido lingüístico de estas expresiones indica ya las ocultas fantasías que puede hallar una representación en tales perturbaciones del equilibrio corporal. Recuerdo gran número de ligeras enfermedades nerviosas surgidas en sujetos femeninos después de una caída en la que no sufrieron herida alguna y diagnosticadas como histerias traumáticas subsiguientes al susto. Ya estos casos me dieron la impresión de que la relación de causa a efecto era distinta de la que se suponía y de que la caída era un anuncio de la neurosis y una expresión de las fantasías inconscientes de contenido sexual de la misma, fantasías que deben considerarse como fuerzas actuantes detrás de los síntomas. ¿Acaso no expresa esta misma idea el proverbio que dice:

«Cuando una muchacha cae, cae siempre de espaldas»?

Entre los actos de término erróneo puede incluirse el de dar a un mendigo una moneda de oro por una de cobre o de plata. La explicación de tales errores es muy sencilla.

Son actos de sacrificio destinados a apaciguar al Destino, desviar una desgracia, etc.

Si antes de salir a paseo se ha oído hablar a una madre o parienta amorosa de su preocupación por la salud de un hijo o allegado, y luego se las ve proceder con la involuntaria generosidad citada, no se podrá dudar del sentido del aparentemente indeseado incidente. De esta manera, nuestros actos erróneos hacen posible el ejercicio de aquellas piadosas y supersticiosas costumbres, que a causa de la resistencia de nuestra razón, que se ha hecho descreída, tienen que rehuir la luz de la conciencia.

(f) El campo de acción de la actividad sexual, dentro del cual parece borrarse por completo la delimitación entre lo casual y lo intencionado, nos ofrece una prueba evidente de la intencionalidad real de estos actos, aparentemente casuales. Yo mismo he vivido hace algunos años un ejemplo de cómo un movimiento torpe en apariencia puede ser utilizado para un fin sexual de la más refinada de las maneras.

En una casa amiga hallé en una ocasión a una muchacha que despertó en mí un placer creído extinto, haciéndome mostrarme jovial, locuaz y complaciente. También me preocupó en esta ocasión el descubrimiento de los motivos de aquella impresión, pues la misma muchacha me había dejado completamente frío un año antes.

Al entrar el tío de la muchacha, persona muy anciana, en la habitación en que nos hallábamos, nos levantamos ella y yo para acercarle una silla que en un rincón había.

Más ágil ella y también más cercana a la silla, la cogió antes que yo y la trajo ante sí, teniéndola con el respaldo hacia atrás y ambas manos en los lados del asiento.

Al llegar yo a su lado y no renunciar a mi propósito de coger la silla, me hallé de repente pegado por detrás de la muchacha, abrazándola con ambos brazos, y mis manos se encontraron un momento sobre su pecho. Como es natural, puse término a esta situación con la misma rapidez con que se había producido, y nadie pareció darse cuenta de lo hábilmente que yo había aprovechado mi torpe movimiento.

Debe admitirse asimismo que nuestros torpes y enfadosos regates cuando, al encontrarnos ante una persona en la calle, empezamos a dar pasos a uno y otro lado, pero siempre en igual dirección que el otro o la otra, hasta quedar ambos inmóviles frente a frente, acto que resulta como «cerrar el camino a alguien», renueva una incorrecta y provocativa costumbre de los años juveniles y persigue intenciones sexuales bajo el disfraz de una torpeza.

Mis psicoanálisis de neuróticos me han enseñado que lo que consideramos como ingenuidad en los adolescentes y en los niños no es, con frecuencia, más que un disfraz bajo el cual les es posible hacer o decir, sin avergonzarse, algo indecoroso.

W. Stekel ha comunicado varias autoobservaciones análogas:

«Al entrar en una casa alargué mi mano a la señora de ella y desaté al hacerlo el lazo que sujetaba su suelta bata matinal. No abrigaba yo, inconscientemente, ningún poco honrado propósito y, sin embargo, llevé a cabo dicho torpe movimiento con la habilidad de un prestidigitador.» Repetidas veces he incluido aquí pruebas de que los poetas juzgan los movimientos fallidos igual que nosotros en este libro, esto es, como significativos y motivados. No nos admirará, por tanto, ver en un nuevo ejemplo cómo un poeta da una intensa significación a un movimiento equivocado y le hace ser un presagio de ulteriores acontecimientos.

En la novela de Theodor Fontane La adúltera hallamos las siguientes líneas (tomo II, pág. 64, de la edición de las obras completas de Th. Montane.-S. Fischer):

«… y Melania se levantó y arrojó a su marido, a manera de saludo, uno de los grandes balones. Pero apuntó mal, y la pelota, volando hacia un lado, fue a parar a manos de Rubén. Al regreso de la excursión en que esto sucede se desarrolla un diálogo entre Melania y Rubén, en el cual comienza ya a surgir el trote de un naciente amor. Este amor crece luego hasta el apasionamiento, y Melania abandona, por último, a su marido para pertenecer por entero al hombre amado.» (Comunicado por H. Sachs.)

(g) Los efectos que producen los actos de aprehensión errónea de las personas normales son, regularmente, inofensivos. Por ello mismo es de gran interés el investigar si otros errores de mayor importancia (por ejemplo, los de un médico o un farmacéutico) pueden ser también interpretados conforme a nuestro punto de vista. Personalmente me hallo muy escasas veces en situación de observar actos correspondientes a una actividad médica general, y de este modo no puedo comunicar aquí más que un solo caso de error médico observado en mí mismo.

Desde hace algunos años vengo visitando dos veces al día a una señora anciana, y mi labor de la visita matinal se reduce a dos actos: echarle en los ojos un par de gotas de un colirio y ponerle una inyección de morfina.

A estos efectos hay siempre preparadas dos botellitas, una azul para el colirio y otra blanca para la morfina.

Mientras llevo a cabo los dos actos acostumbrados, mis pensamientos suelen estar ocupados en otra cosa, pues he repetido tantas veces la misma faena que la atención necesaria para efectuarla se comporta ya como libre e independiente.

Sin embargo, en una ocasión trabajó el autómata equivocadamente. Introduje el cuentagotas en la botellita blanca en lugar de en la azul, y lo que eché en los ojos de la enferma fue morfina y no colirio.

Al darme cuenta quedé sobrecogido, tranquilizándome después con la reflexión de que unas gotas de una solución de morfina al dos por ciento no podía causar ningún daño a la conjuntiva.

Así, pues, la causa del miedo sentido debía de ser distinta.

En mi intento de analizar mi pequeño error, la primera cosa que acudió a mi pensamiento fue la frase «atentar contra la anciana», la cual podía indicarme un rápido camino hacia la solución.

Me hallaba yo bajo la impresión de un sueño que me había sido relatado la noche anterior por un joven, sueño, cuyo contenido no podía interpretarse más que como el comercio sexual del sujeto con su propia madre.

La extraña circunstancia de que la leyenda no tenga en cuenta la ancianidad de la reina Yocasta me pareció confirmar la afirmación de que en el enamoramiento de la propia madre no se trata nunca de la persona actual, sino de su recuerdo juvenil, procedente de los años infantiles.

Tales incongruencias aparecen siempre cuando una fantasía vacilante entre dos épocas se hace consciente y queda así ligada a una época definida.

Abstraído en estos pensamientos llegué a casa de mi paciente, que frisaba en los noventa años, y debía de hallarme en camino de considerar el general carácter humano de la fábula de Edipo como la correlación de la fatal profecía expresada por el oráculo, pues «me equivoqué con» o «atenté contra la anciana».

Mi acto erróneo fue también en este caso inofensivo. De los dos errores posibles: usar la morfina para echarla en los ojos o el colirio para la inyección, había escogido el más inocente. Queda aún la cuestión de si en errores susceptibles de ocasionar graves daños puede suponerse la existencia de una intención inconsciente, como sucede en los hasta aquí examinados.

Aquí se agota, como era de esperar, el material de que podía disponer y quedo reducido a exponer aproximaciones e hipótesis. Conocido es que en los casos graves de psiconeurosis aparecen a veces automutilaciones como síntomas de la enfermedad y que no se puede considerar en tales casos excluido el suicidio como final del conflicto psíquico.

Sé por experiencia, y lo expondré algún día con ejemplos convincentes, que muchos daños que, aparentemente por casualidad, suceden a tales enfermos son, en realidad, maltratos que los pacientes se infligen a sí mismos.

Estos accidentes son producidos por una tendencia constantemente vigilante al autocastigo; tendencia que de ordinario se manifiesta como autorreproche, o coadyuva a la formación de síntomas y utiliza diestramente una situación exterior que se ofrezca casualmente o la ayuda hasta conducirla a la consecución del efecto dañoso deseado.

Tales sucesos no son tampoco raros en los casos de moderada gravedad y revelan la participación de la intención inconsciente por una serie de signos especiales; por ejemplo, por la extraña presencia de espíritus que manifiestan los enfermos durante los pretendidos accidentes.

En vez de muchos ejemplos relataré con todo detalle uno solo, observado en el ejercicio de mi actividad médica: una joven casada se rompió una pierna en un accidente de coche, teniendo que guardar cama durante varias semanas, y al asistirla me extrañó la falta de manifestaciones de dolor y la tranquilidad con que llevaba su desgracia.

El accidente hizo aparecer una larga y grave neurosis que, por último, se curó por el tratamiento psicoanalítico.

En el curso de este último averigüé las circunstancias que rodearon el accidente, así como determinadas impresiones que le precedieron. La joven mujer se hallaba con su marido, hombre muy celoso, pasando una temporada en la finca de una hermana suya, en compañía de sus numerosos hermanos y hermanas y sus respectivos cónyuges.

Una noche dio en este íntimo círculo una representación de una de sus habilidades, bailando un cancán conforme a todas las reglas del arte y obteniendo gran éxito con todos los parientes, pero descontentando a su marido, que le murmuró después al oído: «Te has vuelto a conducir como una prostituta.» La palabra hizo su efecto, y queremos dejar indeciso si precisamente por el baile.

Aquella noche durmió mal, y a la mañana quiso dar un paseo en coche. Por sí misma escogió los caballos, rehusando una pareja y eligiendo otra. La más joven de sus hermanas quiso que fuera en el coche un hijo suyo de pecho con el ama, pero ella se opuso enérgicamente.

Durante el paseo se mostró nerviosa, advirtió al cochero que los caballos iban a espantarse, y cuando los inquietos animales tuvieron en realidad un momento de indisciplina, se levantó sobrecogida y se arrojó del coche, rompiéndose una pierna, mientras que los que permanecieron dentro no sufrieron daño alguno.

Después de descubrir estos detalles no se puede dudar de que el accidente estaba preparado y no debemos dejar de admirar la habilidad que obligó a la casualidad a distribuir un castigo tan correlativo a la falta cometida, pues, en efecto, ya no podría bailar el cancán en mucho tiempo.

No me es posible relatar casos en que me haya infligido daños a mí mismo en épocas de tranquilidad, pero no me creo incapaz de cometer tales actos bajo condiciones extraordinarias. Cuando un miembro de mi familia se queja de haberse mordido la lengua, aplastado un dedo, etc., lo primero que hago, en lugar de compadecerle, es preguntarle:

«¿Por qué has hecho eso?»

Yo mismo me cogí un dedo muy dolorosamente después de haber oído a un joven paciente expresar en la consulta su deseo (que, como es natural, no había de tomar en serio) de contraer matrimonio con mi hija mayor, la cual se hallaba a la sazón en un sanatorio y en peligro de muerte.

Uno de mis hijos, cuyo vivo temperamento dificultaba mucho la tarea de cuidarle cuando se hallaba enfermo, tuvo una mañana un fuerte acceso de cólera porque se le ordenó que permaneciera en el lecho durante toda la tarde y amenazó con suicidarse, amenaza que le había sido sugerida por la lectura de los periódicos.

Aquella misma tarde me enseñó un cardenal que se había hecho en un lado de la caja torácica al chocar contra una puerta y darse un fuerte golpe con el saliente del picaporte. Le pregunté irónicamente por qué había hecho aquello, y el niño, que no tenía más que once años, me contestó como ilusionado:

«Eso ha sido el intento de suicidio con que os amenacé esta mañana.» No creo que mis opiniones sobre los daños infligidos por una persona a sí misma fueran por entonces accesibles a mis hijos.

Aquellos que crean en la existencia de estos automaltratos semiintencionados -si se me permite emplear esta poco diestra expresión-, se hallarán preparados a admitir también el hecho de que, además del suicidio conscientemente intencionado, hay otra clase de suicidio, con intención inconsciente, la cual es capaz de utilizar con destreza un peligro de muerte y disfrazarlo de desgracia casual.

En efecto, la tendencia a la autodestrucción existe con cierta intensidad en un número de individuos mucho mayor del de aquellos en que llega a manifestarse victoriosa. Los daños autoinfligidos son regularmente una transacción entre este impulso y las fuerzas que aún actúan contra él.

También en los casos en que se llega al suicidio ha existido anteriormente, durante largo tiempo, dicha inclinación, con menor fuerza o como tendencia inconsciente y reprimida. También la intención consciente de suicidarse escoge su tiempo, sus medios y su ocasión.

Paralelamente obra la intención inconsciente al esperar la aparición de un motivo que pueda tomar sobre sí una parte de la responsabilidad y, acaparando las fuerzas defensivas de la persona, la libertad de la presión que sobre ella ejercen.

Estas discusiones no son ociosas bajo ningún concepto. He conocido más de un caso de desgracia aparentemente casual (accidentes de caballo o de coche) cuyas circunstancias justifican una sospecha de suicidio inconscientemente tolerado. Tal es el caso de un oficial que durante una carrera de caballos cayó del que montaba, hiriéndose tan gravemente que murió varios días después.

Su conducta al volver en sí después del accidente fue un tanto singular. Pero aún lo había sido más la que venía observando desde algún tiempo antes.

Entristecido por la muerte de su madre, a la que quería mucho, se echaba a llorar estando con sus camaradas, y expresó varias veces a sus íntimos su cansancio de la vida y su deseo de abandonar el servicio para ir a Africa a tomar parte en una campaña que allí se desarrollaba y que no debía ofrecer ningún interés para él.

Siendo un valiente jinete, evitaba en aquellos días montar a caballo. Por último, antes de la carrera, en la que no podía excusarse de tomar parte, expresó un triste presentimiento.

Nuestra concepción de estos casos hace que no podamos extrañarnos de que el presentimiento se realizara.

Se me opondrá que en tal estado de depresión nerviosa no le es posible a un hombre dominar al caballo con igual maestría que en época de plena salud. Convengo en ello; pero creo más acertado buscar el mecanismo de tal inhibición motora por «nerviosidad» en la intención autodestructora aquí acentuada.

S. Ferenczi, de Budapest, me ha autorizado a publicar el siguiente análisis, verificado por él, un caso de herida por arma de fuego, pretendidamente casual, y que él explica como un intento inconsciente de suicidio, explicación con la que estoy en un todo conforme.

[Ejemplo agregado en 1910.] «J. Ad., de veintidós años de edad, oficial de carpintero, vino a mi consulta el 18 de enero de 1908. Quería que le dijese si le debía y podía ser extraída una bala que tenía alojada en la sien izquierda desde el 20 de marzo de 1907.

Aparte de algunos dolores de cabeza, no demasiado violentos, que le atacan de cuando en cuando, se siente completamente sano.

El reconocimiento objetivo no descubrió nada importante, fuera de la cicatriz característica del disparo y ennegrecida por la pólvora en la sien izquierda.

En vista de ello me mostré contrario a toda operación.

Preguntado por las circunstancias del caso, contestó haberse herido casualmente. Jugaba con un revólver de su hermano; creyendo que no estaba cargado, se lo apoyó con la mano izquierda en la sien izquierda (no es zurdo), colocó el dedo en el gatillo y el tiro salió.

En el arma, que era de seis tiros, había tres cartuchos. Le pregunté luego cómo había llegado a la idea de coger el revólver, y me contestó que por entonces era el tiempo de su entrada en quintas, y que la noche antes había cogido el revólver para ir a una taberna, temiendo que en ella se promoviera alguna pelea.

En el reconocimiento médico-militar fue declarado inútil por padecer varices, cosa que le avergonzó sobre manera.

Al regresar a su casa se puso a jugar con el revólver, no teniendo intención de causarse ningún daño, y entonces fue cuando surgió el accidente. Interrogado sobre si, en general, estaba contento con su suerte, me relató, suspirando, su historia amorosa con una muchacha que le quería; pero que, sin embargo, le abandonó para emigrar a América, empujada por el deseo de hacer fortuna.

El quiso seguirla, pero se lo impidieron sus padres. Su amada había partido el 20 de enero de 1907; esto es, dos meses antes del suceso.

A pesar de todos estos elementos sospechosos, sostuvo el paciente que el disparo había sido un ‘accidente desgraciado’.

Sin embargo, estoy firmemente convencido de que la negligencia de no haber comprobado si el revólver estaba o no cargado antes de ponerse a jugar con él, así como el daño autoinfligido, se hallaban determinados psíquicamente.

El individuo de referencia se encontraba aún bajo los afectos depresivos de su desdichado amor y quería ‘olvidar’ en el servicio de las armas. Cuando también le fue arrancada esta esperanza fue cuando llegó a jugar con el revólver; esto es, a un inconsciente intento de suicidio.

El hecho de tomar el arma con la mano izquierda y no con la derecha es una prueba decisiva de que, en realidad, no hacía más que jugar, o sea de que no quería, conscientemente, suicidarse.»

Otro caso de daño autoinfligido, de apariencia casual, cuya publicación me ha sido autorizada por la persona que lo observó directamente (Van Emden, 1911), nos recuerda el proverbio que dice:

«Aquel que cava una fosa para otro cae él mismo en ella».

«La señora de X., perteneciente a una familia de la clase media, está casada y tiene tres hijos. Es algo nerviosa, mas nunca necesitó someterse a un tratamiento enérgico, pues posee firmeza suficiente para adaptarse a la vida. Un día se produjo una considerable pero pasajera desfiguración de su rostro en la siguiente forma: Al atravesar una calle en la que estaban arreglando el pavimento tropezó con un montón de piedras y fue a dar de cara contra el muro de una casa, que dando con el rostro todo arañado y magullado.

Los párpados se le pusieron azules y edematosos, y llamó al médico, temiendo que también hubieran sufrida sus ojos algún daño. Después de tranquilizarla respecto a esta cuestión, le pregunté: ‘Pero ¿cómo se ha caído usted de ese modo…?’

La señora repuso que precisamente antes del accidente había recomendado a su marido, el cual padecía desde hacía algunos meses una afección articular que le dificultaba la deambulación, que tuviese cuidado al pasar por dicha calle, y que sabía por repetidas experiencias que en casos como éste le ocurría sufrir aquellos mismos accidentes contra los que prevenía a los demás.

Yo no me contenté con esta determinación del suceso y le pregunté si no tenía alguna cosa más que relatarme.

En efecto, me dijo que en el momento que precedió a la caída había visto en una tienda de la acera opuesta un lindo cuadrito y que, de repente, le entraron deseos de comprarlo para adorno del cuarto de sus hijos.

Entonces se dirigió derechamente hacia la tienda, sin cuidarse del estado de la calle, tropezó con el montón de piedras y fue a dar de cara contra el muro de una casa, sin hacer siquiera el menor intento de librarse del golpe con las manos.

El propósito de comprar el cuadro quedó olvidado en el acto, y la señora regresó a toda prisa a su domicilio. -Pero ¿cómo no miró usted con más cuidado dónde pisaba?- seguí preguntándole.

-¡Ay! -me respondió-.

Ha sido, quizá, un castigo por la historia que ya confié a usted.

-¿La sigue atormentando esa historia? -Sí; después he sentido mucho haber hecho lo que hice.

Me he encontrado perversa, criminal e inmoral. Pero en aquellos días mis nervios me tenían casi loca.

Se trataba de un aborto que, de acuerdo con su marido, y queriendo ambos evitar por razones económicas el nacimiento de más hijos, había hecho provocar por una curandera, y en cuyo desenlace fue asistida por un especialista. -Con frecuencia me he reprochado haber dejado matar a mi hijo -siguió diciendo- y he tenido miedo de que tal crimen no podía quedar impune.

Ahora que me ha asegurado usted que no me pasará nada en los ojos, me quedo ya tranquila.

Así como así, estoy ya suficientemente castigada. Salta, pues a la vista que el accidente había sido un autocastigo infligido no sólo en penitencia de la mala acción cometida, sino también para escapar a otra mayor castigo desconocido, cuyo advenimiento venía la señora temiendo hacía ya varios meses.

En el momento en que se dirigió apresuradamente hacia la tienda para comprar el cuadrito, el recuerdo de su falta -ya bastante activo en su inconsciencia cuando recomendó cuidado a su esposo- había llegado a ser dominante y se hubiera podido expresar con las siguientes palabras:

‘¿Para qué quieres comprar ningún adorno para el cuarto de tus hijos, si has dejado matar a uno de ellos? ¡Criminal! ¡El gran castigo está ya próximo!’

Este pensamiento no llegó a hacerse consciente; pero, no obstante, la señora utilizó la situación dada en aquel momento psicológico para aprovechar el montón de piedras en su autocastigo. Por esta razón no extendió siquiera las manos al caer ni experimentó tampoco un susto violento. La segunda determinación, probablemente menor, del accidente fue otro autocastigo por su inconsciente deseo de librarse de su marido, cómplice en todo el penoso asunto del aborto.

Este deseo se revela en la recomendación, totalmente superflua, de que tuviera cuidado al atravesar la calle en reforma, ya que el marido, precisamente por su enfermedad, había de andar con gran prudencia».

Considerando las circunstancias que rodean el caso siguiente de daño autoinfligido de apariencia casual, hay que dar la razón a J. Stärcke (l. c.), el cual lo interpreta como un «acto de sacrificio»

[Agregado en 1917]: «Una señora, cuyo yerno tenía que partir para Alemania con el fin de cumplir allí sus deberes militares, se quemó un pie, vertiéndose sobre él un hirviente líquido, en las circunstancias siguientes: su hija estaba próxima a alumbrar, y el pensamiento de los peligros que en la guerra iba a correr el marido no era, como es natural, para que el estado de ánimo de toda la familia fuese muy alegre.

El día antes de la partida de su yerno, la señora había convidado a comer al matrimonio. Por sí misma preparaba la comida en la cocina, después de haber sustituido, contra su costumbre, sus botas, altas y sin tacones, con las que andaba muy cómodamente, por unas zapatillas de su marido, muy grandes y abiertas por arriba.

Al coger del fuego una gran cazuela llena de sopa hirviente la dejó caer y se escaldó gravemente un pie, sobre todo el empeine, no protegido por la zapatilla. Claro es que el accidente se puso a cuenta de la ‘nerviosidad’, comprensible dada la situación de la familia.

En los días siguientes a tal ‘acto de sacrificio’ se condujo muy prudentemente en el manejo de objetos calientes; pero ello no impidió que días después se volviese a escaldar una muñeca».

Si tal furor contra la propia integridad y la propia vida puede ocultarse así detrás de una torpeza, aparentemente casual, y de una insuficiencia motora, no ha de resultarnos ya difícil aceptar la transferencia de igual concepción a aquellos actos erróneos que ponen en grave peligro la vida y la salud de otras personas.

Los documentos que puedo alegar en favor de la exactitud de esta afirmación están tomados de mis experiencias en el tratamiento de neuróticos y, por tanto, no se adaptan por completo a lo que no se trata de demostrar.

De todos modos, expondré aquí un caso, en el que no precisamente un acto erróneo, sino lo que más bien puede denominarse un acto sintomático o casual, me puso sobre una pista que me llevó a conseguir la solución del conflicto en que el paciente se hallaba.

En una ocasión me propuse mejorar las relaciones matrimoniales de un individuo muy inteligente, cuyas diferencias con su joven mujer, la cual le amaba con ternura, podían basarse en fundamentos reales; pero que, como él mismo confesaba, no quedaba, ni aun así, totalmente explicadas.

Sin cesar se atormentaba el marido con el pensamiento de una separación; pensamiento que siempre rechazaba por su amor hacia sus dos tiernos hijos.

A pesar de esto, volvía siempre a la misma idea y no intentaba ningún medio de hacerse tolerable la situación.

Este no resolver nunca el conflicto me pareció una prueba de la existencia de motivos inconscientes y reprimidos que reforzaban los motivos conscientes que mantenían la lucha.

En estos casos, mi intervención consiste en dar fin al conflicto por medio del análisis psíquico.

El marido me relató un día un pequeño incidente que le había asustado sobre manera. Jugaba con su hijo mayor, que era su preferido, subiéndole y bajándole en sus brazos, y una de las veces le alzó tan alto y en tal lugar de la habitación, que la cabeza del niño estuvo a punto de chocar con la pesada araña de gas que pendía del techo. Le faltó muy poco, pero no llegó.

Aunque el niño no sufrió daño alguno, medio se desmayó del susto.

El padre permaneció quieto y espantado con él en brazos, y la madre fue presa de un ataque histérico. La especial destreza de tal movimiento imprudente y la violencia de la reacción de los padres me hicieron buscar en esta casualidad un acto sintomático que debía de expresar una perversa intención contra tan querido hijo. La contradicción entre el acto sintomático y la ternura actual del padre hacia su niño podía salvarse retrotrayendo el impulso damnificante a la época en que este niño había sido hijo único y tan pequeño que el padre no había llegado aún a interesarse tiernamente por él.

Siendo así, podía admitirse que el marido, poco satisfecho de su mujer, hubiera tenido por entonces el pensamiento siguiente: «Si este pequeño ser, que nada me importa, muere, quedo libre y podré separarme de mi mujer.»

Por tanto, debía de seguir existiendo inconscientemente en él un deseo de muerte del ahora ya tan querido niño. Desde este punto era fácil encontrar el camino hacia la fijación inconsciente de este deseo. Una poderosa determinante del acto realizado estaba constituida por un recuerdo infantil del paciente, relativo a la muerte de un hermano pequeño, que la madre achacaba al abandono de su marido, y que había dado lugar a violentas explicaciones entre los cónyuges, en las que había sonado una amenaza de separación.

Mi hipótesis quedó confirmada por el éxito terapéutico del análisis y la modificación que sobrevino en las relaciones conyugales de mi paciente.

J. Stärcke (1916) nos da cuenta en un ejemplo de cómo los poetas no vacilan en colocar un acto erróneo en lugar de otro intencionado, haciendo al primero causa de las más graves consecuencias. «En uno de los Apuntes, de Hayermans, aparece un ejemplo de acto erróneo utilizado por el autor como motivo dramático.

El apunte se titula Tom y Teddie.

En un teatro de variedades trabaja una pareja de buceadores, hombre y mujer, que permanecen bajo el agua largo tiempo dentro de una piscina de paredes de cristal, y realizan, sumergidos, diferentes habilidades.

La mujer es, desde hace poco tiempo antes, la amante de un domador que trabaja en el mismo teatro, y el buceador los ha sorprendido en el vestuario minutos antes de tener que salir a escena, limitándose, por esta causa, a dirigirles una amenazadora mirada y murmurar: «Luego veremos.» La representación comienza.

El buzo va aquella noche a presentar su número más difícil, consistente en permanecer «bajo el agua, y encerrado herméticamente en un cajón, dos minutos y medio».

Este número lo habían hecho ya varias veces. La caja quedaba cerrada, y Teddie enseñaba la llave, mientras el público comprobaba, reloj en mano, el tiempo que transcurría. Luego dejaba caer un par de veces la llave en la piscina y se tiraba al agua tras ella para no retrasarse cuando llegaba el momento de abrir el cajón.

En esta noche, la del 31 de enero, fue Tom encerrado, como de costumbre, por los pequeños dedos de la alegre y vivaracha mujercita. Tom sonreía detrás de la mirilla del cajón.

Ella jugaba con la llave y esperaba la señal para abrir. Entre bastidores se hallaba el domador, con su frac impecable, su corbata blanca y su látigo de montar. Para llamarle la atención dio un breve silbido.

Ella miró hacia él, sonrió y, con el gesto torpe de alguien cuya atención se ve distraída, arrojó la llave hacia lo alto con tal fuerza, que cuando terminaban los dos minutos y veinte segundos, bien contados, cayó al lado de la piscina, entre los pliegues de una bandera que disimulaba los pies de la misma. Nadie vio dónde había caído. Desde la sala, la ilusión óptica fue tal, que todos los espectadores vieron caer la llave a través del agua. Tampoco ninguno de los empleados del teatro se dio cuenta de la verdad pues el paño de la bandera mitigó el sonido.

Sonriendo y sin vacilar trepó Teddie por las paredes de la piscina.

Sonriendo –Tom aguantaba bien-, volvió a bajar.

Sonriendo ella desapareció bajo los pies de la piscina para buscar allí la llave, y al no encontrarla en seguida se inclinó hacia la parte anterior de la bandera con un gesto cansado, como si quisiera decir: «¡Ay, Dios mío! ¡Cuánta molestia!» Entre tanto, Tom seguía haciendo sus cómicos gestos detrás de la mirilla, como si también él se intranquilizase.

Se veía blanquear su dentadura postiza y moverse sus labios bajo el bigote recortado y aparecieron las mismas cómicas burbujillas de aire que antes, cuando comió una manzana bajo el agua.

Se vio retorcerse y engarabitarse sus pálidos dedos, huesudos, y el público rió, como ya había reído con frecuencia aquella noche.

Dos minutos y cincuenta y ocho segundos… Tres minutos y siete segundos…, y doce segundos… ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! En esto surgió cierta intranquilidad en la sala, y el público comenzó a patear al ver que también los criados del domador comenzaban a buscar la llave y que el telón caía antes que la tapa de la caja fuese levantada.

En el escenario aparecieron luego seis bailarinas inglesas. Después, el hombre de los caballitos, los monos y los perros, y así sucesivamente. Hasta la mañana siguiente no se enteró el público de que había sucedido una desgracia, y que Teddie quedaba viuda y sola en el mundo… Por lo citado se ve cuán excelentemente ha tenido que comprender el artista la naturaleza de la acción sintomática para presentarnos con tal acierto la profunda causa de la mortal torpeza.»

[…]

14) E. Jones comunica el siguiente ejemplo de equivocaciones en la escritura, observado por A. A. Brill: Un paciente dirigió al doctor Brill una carta, en la que se esforzaba en achacar su nerviosidad a los cuidados y a la tensión espiritual que le producía la marcha de sus negocios ante la crisis por la que atravesaba el mercado algodonero.

En dicha carta se leía lo siguiente: ...my trouble is all due to that damned frigid «wave» (literalmente: «… toda mi perturbación es debida a esta maldita ola frígida.» La expresión «ola frígida» designa la «ola de baja» que había invadido el mercado del algodón). Pero el paciente, al escribir la frase citada, escribió wife (mujer), en vez de wave (ola).

En realidad, abrigaba en su corazón amargos reproches contra su mujer, motivados por su frigidez conyugal y su esterilidad, y no se hallaba muy lejos de reconocer que la privación que este estado de cosas le imponía era culpable en mucha parte de la enfermedad que le aquejaba.

15) El doctor R. Wagner comunica la siguiente autoobservación en la Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 12 (1911):

«Al releer un antiguo cuaderno de apuntes universitarios hallé que la rapidez que es necesario desarrollar para tomar las notas siguiendo la explicación del profesor me había hecho cometer un pequeño lapsus.

En vez de Epithel (epitelio), había escrito Edithel, diminutivo de un nombre femenino.

El análisis retrospectivo de este caso es en extremo sencillo.

Por la época en que cometí la equivocación mi amistad con la muchacha que llevaba dicho nombre era muy superficial y hasta mucho tiempo después no se convirtió en íntima.

Mi error constituye, pues, una excelente prueba de la emergencia de una amorosa inclinación inconsciente en una época en la que yo mismo no tenía aún la menor idea de ella. Los sentimientos que acompañaban a mi error se manifiestan en la forma de diminutivo que cogió para exteriorizarse.»

16) La señora del doctor Von Hug-Hellmuth relata en su contribución al capítulo «Equivocaciones en la escritura y en la lectura» (Zentralblatt für Psychoanalyse, II, 5 (1912), el siguiente caso: «Un médico prescribió a una paciente ‘agua de levítico’, en vez de ‘agua de Levico’.

Este error, que dio pie alfarmacéutico para hacer algunas observaciones impertinentes, puede ser interpretado más benignamente, investigando sus determinantes inconscientes y no negando a éstos, a priori, una cierta verosimilitud, aunque no sean más que hipótesis subjetivas de una persona lejana a dicho médico.

Este poseía una numerosa clientela, a pesar de la rudeza con que solía sermonear (leer los Levitas) a sus pacientes reprochándoles su irracional régimen de alimentación, y su casa se llenaba durante las horas de consulta.

Esta aglomeración justificaba el deseo de que sus clientes, una vez terminado el examen, se vistiesen lo más rápidamente posible; vite, vite (francés; de prisa, de prisa).

Si no recuerdo mal, la mujer del médico era de origen francés, circunstancia que justifica mi atrevida hipótesis de que para expresar el deseo antedicho usara aquél palabras pertenecientes a tal idioma.

Aparte de esto, es costumbre de muchas personas el usar locuciones extranjeras en algunos casos.

Mi padre solía invitarnos a andar de prisa, cuando de niños nos sacaba a paseo, con las frases: Avanti, gioventû, o Marchez au pas, y un médico, ya entrado en años, que me asistió en una enfermedad de garganta, exclamaba siempre: «Piano, piano», para tratar de refrenar mis rápidos movimientos.

Así, pues, me parece muy probable que el médico citado tuviera esta costumbre de decir vite, vite para dar prisa a sus clientes, y de este modo se equivocase al poner la receta, escribiendo levítico en vez de levico.» En este mismo trabajo publica su autora algunas equivocaciones más, cometidas en su juventud (fracés por francés).

Errónea escritura del nombre «Karl».

17) A la amable comunicación del señor J. G., de quien ya hemos citado algunos ejemplos por él observados, debo el siguiente relato de un caso que coincide con un conocido chiste, pero en el que hay que rechazar toda intención preconcebida de burla:

«Hallándome en un sanatorio, en curación de una enfermedad pulmonar recibí la sensible noticia de que un próximo pariente mío había contraído ei mismo mal de que yo padecía.

En una carta le aconsejé que fuera a consultar con un especialista, un conocido médico, que era el mismo que a mí me asistía y de cuya autoridad científica me hallaba plenamente convencido, teniendo, por otra parte, alguna queja de su escasa amabilidad, pues poco tiempo antes me había negado un certificado que era para mí de la mayor importancia.

En su respuesta me llamó la atención mi pariente sobre una errata contenida en mi carta; errata que, siéndome conocida su causa, me divirtió extraordinariamente.

El párrafo de mi carta era como sigue: «… además, te aconsejo que, sin más tardar, vayas a insultar al doctor X.» Como es natural, lo que yo había querido decir era consultar.»

18) Es evidente que las omisiones en la escritura deben ser juzgadas de la misma manera que las equivocaciones en la misma.

En la Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 12 (1911), comunicó el doctor en Derecho, B. Dattner, un curioso ejemplo de «error histórico».

En uno de los artículos de la ley sobre obligaciones financieras de Austria y Hungría, modificadas en 1867, con motivo del acuerdo entre ambos países sobre esta cuestión, fue omitida en la traducción húngara la palabra efectivo. Dattner cree verosímil que el deseo de los miembros húngaros que tomaron parte en la redacción de ley, de conceder a Austria la menor cantidad de ventajas posible, no dejó de influir en la omisión cometida.

Existen también poderosas razones para admitir que las repeticiones de una misma palabra, tan frecuentes al escribir y al copiar, perserveraciones, tienen también su significación. Cuando el que escribe repite una palabra, demuestra con ello que le ha sido difícil continuar después de haberla escrito la primera vez, por pensar que en aquel punto hubiera podido agregar cosas que determinadas razones le hacen omitir o por otra causa análoga. La «perseveración» en la copia parece sustituir a la expresión de un «también yo» del copista.

En largos informes de médicos forenses que he tenido que leer he hallado, en determinados párrafos, repetidas «perseveraciones» del copista, susceptibles de interpretarse como un desahogo de éste, que, cansado de su papel impersonal, hubiera querido añadir al informe una glosa particular, diciendo: «Exactamente el caso mío» o «Esto es precisamente lo que me sucede».

19) No existe tampoco inconveniente en considerar las erratas de imprenta como «equivocaciones en la escritura» cometidas por el cajista y aceptar también su dependencia de un motivo. No he intentado nunca hacer una reunión sistemática de tales errores, colección que hubiera sido muy instructiva y divertida. Jones ha dedicado en su ya citada obra un capítulo a estas erratas de imprenta. Las desfiguraciones de los telegramas pueden ser interpretadas asimismo algunas veces como errores en la escritura cometidos por los telegrafistas.

Durante las vacaciones veraniegas recibí un telegrama de mi casa editorial, cuyo texto me fue al principio ininteligible. Decía así:..

«Recibido provisiones (Vorräte), urge invitación (Einladung).-X.» La solución de esta adivinanza me fue dada por el nombre X., incluido en ella; X. es el autor de una obra a la que yo debía poner una introducción (Einleitung), la cual se convirtió en invitación (Einladung) en el telegrama. Por otra parte, recordé que días antes había enviado a la casa editorial un prólogo (Vorrede) para otro libro, prólogo que el telegrafista había transformado en provisiones (Vorrate).

Así, pues, el texto real del telegrama debía ser el siguiente:

«Recibido prólogo, urge introducción.-X.»

Debemos admitir que la transformación fue causada por el «complejo de hambre» del telegrafista, bajo cuya influencia quedó establecida, además, entre los dos trozos de la frase, una conexión más íntima de lo que el expedidor del telegrama se proponía. H. Silberer señala la posibilidad de erratas tendenciosas (1922).

20) Otros varios autores han señalado erratas de imprenta a las que no se puede negar una tendencia determinada.

Así, la comunicación por J. Storfer en la Zentralblatt für Psychoanalyse (II, 1914, y III, 1915), y que transcribimos a continuación.

«UNA ERRATA POLITICA. – En el periódico Mäerz del 25 de abril de este año encontramos una errata de esta clase.

En una carta dirigida al periódico desde Argyrokastron se consignan ciertas manifestaciones de Zographos, jefe de los epirotas rebeldes de Albania (o, si se quiere, presidente de la Regencia independiente del Epiro).

Entre otras cosas, dice dicha carta: ‘Créame usted: un Epiro autónomo sería algo de gran importancia para los intereses del príncipe de Wied.

Sobre él podría el príncipe caerse (errata: sichstürzen = caerse, por sich stützen = apoyarse).’ Que el aceptar el apoyo (Stütze) que los epirotas ofrecen traería consigo su caída (Sturz), es cosa que de sobra sabe el príncipe de Albania, sin que se lo indiquen con tan fatales erratas.»

21) Hace poco leí yo mismo, en uno de nuestros periódicos vieneses, un artículo cuyo título, «La Bucovina bajo el dominio rumano», era, por lo menos, muy prematuro, pues en aquella fecha aún no habían declarado los rumanos su hostilidad hacia nosotros.

El contenido del artículo demostraba, indudablemente, que en el título se había puesto, por equivocación, rumano en vez de ruso; pero lo anunciado en él no debió parecer a nadie muy inverosímil, cuando ni en la censura misma fue advertida la errata.

Wundt da una interesante razón para el hecho, fácilmente comprobable, de que nos equivocamos con mucha mayor facilidad al escribir que al hablar (l. c., página 374): En el curso de la oración normal la función inhibitoria de la voluntad se halla constantemente ocupada en manejar la armonía entre el curso de las representaciones y los movimientos de articulación.

En cambio, cuando, como sucede en la escritura, el movimiento de expresión subsiguiente a las representaciones se retrasa por causas mecánicas, se producen con gran facilidad tales anticipaciones. La observación de las condiciones que determinan la producción de las equivocaciones en la lectura da lugar a una duda que no quiero dejar de mencionar, pues, a mi juicio, puede constituir el punto de partida de fructuosas investigaciones.

Todo el mundo sabe que en la lectura en voz alta la atención del lector queda frecuentemente desviada del texto y orientada hacia cuestiones personales. Consecuencia de esta fuga de la atención es que el lector no sabe dar cuenta de lo que ha leído cuando se le pregunta por ello, interrumpiéndole en la lectura. Ha leído automáticamente, y, sin embargo, ha leído, casi siempre, sin equivocarse.

No creo que en estas condiciones se multipliquen los errores de una manera notable.

Estamos acostumbrados a admitir el hecho de que toda una serie de funciones se realizan con mayor exactitud cuando las llevamos a cabo automáticamente, esto es, cuando van acompañadas de una atención apenas consciente. De esto parece deducirse que las condiciones de la atención en las equivocaciones al hablar, leer y escribir deben determinarse de manera distinta de la de Wundt (ausencia o negligencia de la atención). Los ejemplos que hemos sometido al análisis no nos han dado realmente el derecho de aceptar una disminución cuantitativa de dicha facultad.

En ellos encontramos, lo que quizá no es lo mismo, una perturbación de la misma, producida por un pensamiento extraño.

(Adición de 1919): Entre las equivocaciones de la escritura y los olvidos debe incluirse el caso de que alguien omita el colocar su firma en cualquier carta o documento. Un cheque no firmado supone lo mismo que un cheque olvidado. Para exponer la interpretación de un olvido similar, quiero transcribir aquí un análisis, verificado por el doctor H. Sachs, de una situación de esta clase, incluida en una novela: La novela The Island Pharisees, de John Galsworthy, nos ofrece un ejemplo muy instructivo y transparente de la seguridad con que los poetas saben utilizar el mecanismo de los actos fallidos y sintomáticos según su sentido psicoanalítico. La acción principal de la novela está constituida por las vacilaciones de un joven de la clase media acaudalada, entre un profundo sentimiento de comunidad social y las conveniencias sociales de su clase.

En el capítulo XXVII se describe la manera de reaccionar del protagonista ante una carta de un joven vagabundo al que, atraído por su original concepción de la vida, ha prestado ya auxilio alguna vez. La carta no contiene una petición directa de dinero, pero sí el relato de una apuradísima situación, que no puede ser interpretado en otra forma.

El destinatario rechaza primero la idea de arrojar su dinero al incorregible en vez de reservarlo a establecimientos benéficos: «Extender una mano auxiliadora, un trozo de uno mismo; hacer un signo de camaradería a nuestro prójimo sin propósito ni fin alguno y tan sólo porque le vemos en mala situación, ¡qué locura sentimental! Alguna vez se ha de poner un término.»

Pero mientras murmuraba estas conclusiones sintió cómo su sinceridad se alzaba contra él, diciéndole:

«¡Farsante! Quieres conservar tu dinero. Eso es todo.»

Después de estas dudas, escribe una amable carta al vagabundo, y termina con las palabras:

«Le incluyo un cheque. Sinceramente suyo, Richard Shelton

«Antes de extender el cheque, distrajo su atención una polilla que revoloteaba alrededor de la llama de la vela. Se levantó para atraparla y soltarla fuera, y al hacerlo olvidó que no había metido el cheque con la carta.»

Esta va, tal como estaba, al correo. Pero el olvido está aún más sutilmente motivado que por la victoria final de la tendencia egoísta de ahorrarse el dinero, que al principio parecía vencida.

Shelton se siente aislado en la residencia campestre de sus futuros suegros y entre su novia, la familia de ésta y sus invitados. Por medio de su acto fallido se indica que el joven desea la presencia de su protegido, que, por su pasado y su concepción de la vida, constituye el extremo contrario a las personas que le rodean, cortadas todas ellas por el mismo irreprochable patrón de las conveniencias sociales.

En efecto, el vagabundo, que sin auxilio no puede mantenerse en el puesto en que se hallaba, llega unos días después, solicitando la explicación de la ausencia del anunciado cheque.

Olvido de impresiones y propósitos

Si alguien mostrase inclinación a valorar exageradamente nuestro conocimiento actual de la vida psíquica, bastaría para obligarle a recobrar la humildad hacerle fijarse en la función de la memoria. Hasta el día, ninguna teoría psicológica ha logrado explicar conjuntamente los fenómenos fundamentales del olvido y del recuerdo, y ni siquiera se ha llevado a cabo el análisis completo de aquello que nos es dado observar en la realidad más inmediata.

El olvido ha llegado a ser hoy, para nosotros, quizá más misterioso que el recuerdo, sobre todo desde que el estudio de los sueños y de los fenómenos patológicos nos ha enseñado que aquello que creíamos haber olvidado para mucho tiempo puede volver de repente a surgir en la conciencia. Poseemos, sin embargo, algunos datos cuya exactitud esperamos será generalmente reconocida.

Aceptamos que el olvido es un proceso espontáneo al que se puede atribuir un determinado curso temporal; hacemos resaltar el hecho de que en el olvido se verifica cierta selección entre las impresiones existentes, así como entre las particularidades de cada impresión o suceso, y conocemos algunas de las condiciones necesarias para la conservación y emergencia en la memoria de aquello que sin su cumplimiento sería olvidado. Pero, no obstante, en innumerables ocasiones de la vida cotidiana podemos observar cuán incompleto y poco satisfactorio es nuestro conocimiento.

Escuchando a dos personas cambiar sus recuerdos de impresiones recibidas conjuntamente del exterior, por ejemplo, de las correspondientes a un viaje hecho en compañía, se verá siempre que mucho de aquello que ha permanecido fijo en la memoria de una de ellas ha sido olvidado por la otra, a pesar de no existir razón alguna para afirmar que la impresión haya sido más importante, psíquicamente, para una que para la otra.

Es indudable que una gran cantidad de los factores que determinan la selección verificada por la memoria escapa a nuestro conocimiento.

Con el propósito de aportar al conocimiento de las condiciones del olvido una pequeña contribución, acostumbro someter a un análisis psicológico mis propios olvidos. Regularmente no me ocupo más que de un cierto grupo de tales fenómenos; esto es, de aquellos en los cuales el olvido me causa sorpresa, por creer que debía recordar por entero aquello que ha desaparecido de mi memoria.

Quiero asimismo hacer constar que, en general, no soy propenso a olvidar (las cosas vividas, no las aprendidas), y que durante un corto período de juventud me fue posible dar algunas poco ordinarias pruebas de memoria.

En mis años de colegial no hallaba dificultad alguna en recitar de memoria la página que acababa de leer, y poco antes de ingresar en la Universidad me era dado transcribir casi a la letra, inmediatamente después de oírlas, conferencias enteras de vulgarización de un asunto científico.

En mi tensión de espíritu ante el examen final de la carrera de Medicina debí de hacer aún uso de un resto de esta facultad, pues en algunos temas di a los examinadores respuestas que parecían automáticas y que demostraron coincidir exactamente con las explicaciones del libro de texto, el cual no había sino hojeado a toda prisa.

Desde entonces ha ido disminuyendo cada vez más mi dominio sobre mi memoria, pero en los últimos tiempos me he convencido de que con ayuda de un determinado artificio puedo conseguir recordar más de lo que al principio creo posible.

Cuando, por ejemplo, me hace observar en la consulta algún paciente que ya le he visto con anterioridad y no puedo recordar ni el hecho ni la fecha, me pongo a adivinar; esto es, dejo acudir rápidamente a mi conciencia un número arbitrario de años y lo resto de aquel en que me hallo.

En aquellos casos en los que mi adivinación ha podido ser confrontada con indicaciones o seguras afirmaciones de los pacientes, se ha demostrado que en lapsus superiores a diez años no me había equivocado, al adivinar, en más de seis meses.

Análogamente procedo cuando me encuentro a algún lejano conocido y quiero preguntarle cortésmente por sus hijos.

Si me habla de ellos, refiriéndome sus progresos, trató de adivinar qué edad tendrán en la actualidad, y comparada mi espontánea ocurrencia con los datos que el padre me proporciona en el curso de la conversación, compruebo siempre que, cuando más, me he equivocado en tres meses, a pesar de que no

podría decir en qué he apoyado mi afirmación. Por último, he llegado a confiar tanto en mi acierto, que ya exteriorizo siempre osadamente mis hipótesis, sin correr el peligro de equivocarme y herir al padre con mi desconocimiento de lo referente a sus retoños. De este modo, amplío mi memoria consciente invocando la ayuda de mi memoria inconsciente, mucho más rica en contenido.

Relataré aquí varios interesantes casos de olvido, observados en su mayor parte en mí propio. Distingo entre casos de olvido de impresiones y de sucesos vividos; esto es, de conocimientos y casos de olvido de intenciones y propósitos, o sea omisiones.

El resultado uniforme de toda esta serie de observaciones puede formularse como sigue: En todos los casos queda probado que el olvido está fundado en un motivo de displacer.

Olvido de impresiones y conocimientos

1)

Hallándome veraneando con mi mujer, me causó su conducta, en una determinada ocasión, un violento enfado, aunque el motivo era en sí harto nimio.

Estábamos sentados a la mesa redonda de un restaurante, y frente a nosotros se hallaba un caballero de Viena, al que conocía, y tenía también que reconocerme a primera vista, pero con el que no quería trabar conversación, pues tenía mis razones para rehuir su trato.

Mi mujer, que no le conocía más que de oídas y sabía que era persona distinguida, demostró con su actitud estar escuchando la conversación que dicho señor mantenía con sus vecinos de mesa, y de cuando en cuando se dirigía a mí con preguntas que recogían el hilo del diálogo que aquéllos mantenían.

Esta conducta me impacientó y acabó por irritarme. Pocas semanas después quise hablar, en casa de un pariente mío, del enfado que me había causado la inoportunidad de mi mujer, y al hacerlo me fue imposible recordar ni una sola palabra de lo que el caballero citado había dicho en la mesa. Como soy más bien rencoroso y de costumbre incapaz de olvidar los menores detalles de un suceso que me haya irritado mi amnesia tenía en este caso que estar motivada por un sentimiento de respeto hacia mi mujer.

Algo análogo me sucedió de nuevo hace poco tiempo. Hablando con un íntimo amigo, quise divertirme a costa de mi mujer relatando una cosa que ésta había dicho hacía pocas horas; pero me encontré detenido en mi intención por haber olvidado de lo que se trataba, y tuve que pedir a mi misma mujer que me lo recordase.

Es fácil comprender que mi olvido debe ser considerado en este caso análogo a la típica perturbación del juicio a la que sucumbimos cuando se trata de nuestros próximos familiares.

2) En una ocasión me había comprometido, por cortesía, con una señora extranjera, recién llegada a Viena, a proporcionarle una pequeña caja de fondos en la que pudiera guardar sus documentos y su dinero.

Al ofrecerme a ello, flotaba ante mí, con extraordinaria intensidad visual, la imagen de un escaparate situado en el centro de la ciudad, en el que estaba convencido de haber visto unas cajas del modelo deseado.

En cambio, no me era dado recordar el nombre de la calle en que se hallaba la tienda a que el tal escaparate pertenecía; pero estaba seguro de encontrarlo dando un paseo por las calles centrales, pues mi memoria me decía que había pasado innumerables veces ante ella. Para desesperación mía, me fue imposible hallar el escaparate en que antes había visto tales cajas, a pesar de haber cruzado el centro de todas direcciones.

Entonces pensé que no me quedaba más recurso que consultar en una guía comercial las señas de todos los fabricantes del objeto deseado y comenzar de nuevo, con estos datos, mis paseos en busca del dicho escaparate.

Afortunadamente, pude ahorrarme este trabajo, pues entre las señas contenidas en la guía había unas que se me revelaron en seguida como las olvidadas.

En efecto, había pasado innumerables veces ante la tienda a que correspondían, y precisamente siempre que había ido a visitar a la familia M. que vivía en la misma casa. Pero más tarde, cuando a mi íntimo trato con dicha familia sucedió un total apartamiento, tomé, sin darme cuenta la costumbre de evitar el paso por aquellos lugares y ante aquella casa.

En mi paseo por la ciudad en busca del escaparate en el que recordaba haber visto las cajas que deseaba, había visitado todas las calles de los alrededores; pero no había entrado en aquella otra, como si ello me estuviera prohibido.

El motivo de disgusto responsable de mi orientación aparece aquí con gran claridad. En cambio, el mecanismo del olvido no es tan sencillo como en el ejemplo anterior.

Mi aversión no iba dirigida, como es natural, hacia el fabricante de cajas de caudales, sino hacia otra persona de la que no quería tener noticia; pero se trasladó de ésta al incidente en el cual produjo el olvido.

Análogamente, en el caso Burckhardt mi rencor contra una persona motivó la comisión de un error al escribir el nombre de otra. Lo que entonces llevó a cabo la semejanza de los nombres estableciendo una conexión entre

dos grupos de ideas esencialmente diferentes, fue ejecutado en el ejemplo presente por la contigüidad en el espacio y la inseparable vecindad.

Además, en este último caso existía aún una segunda conexión de los contenidos, pues entre las razones que motivaron mi apartamiento de la familia que vivía en la misma casa en que se hallaba la tienda olvidada había desempeñado el dinero un papel ‘principal’ [palabra omitida después de 1907].

3) De las oficinas de B. R. y Compañía me avisaron un día para que fuera a prestar asistencia médica a uno de sus empleados.

En mi camino hacia la casa donde éste vivía se me ocurrió la idea de que ya había estado repetidas veces en el edificio donde se hallaban instaladas las oficinas de la citada firma.

Me parecía haber visto en un piso bajo la muestra con el título de la Compañía en ocasión de haber ido a hacer una visita profesional en otro más alto de la misma casa.

Mas no conseguí recordar la casa de que se trataba ni a quién había visitado en ella.

Aunque toda esta cuestión era indiferente y carecía de importancia, no desprecié seguir ocupándome de ella, y llegué a averiguar por el usual método indirecto, esto es, reuniendo todas las ideas que en conexión con el asunto se me ocurrían, que en el piso inmediato superior a las oficinas de B. R. y Compañía se hallaba la pensión Fischer, en la que había tenido con frecuencia pacientes que visitar.

Al recordar esto, recordé también cuál era la casa donde se hallaban instaladas la pensión y las oficinas. Pero lo que seguía para mí en el misterio era el motivo que había intervenido en el olvido. Ni en la Compañía B. R. ni en la pensión Fischer o en los pacientes que en ella habían habitado encontraba nada desagradable para mí que pudiera haber dificultado el recuerdo de la casa y del paciente en ella visitado.

De todos modos, supuse que no se podía tratar de nada muy penoso, pues, de ser así, no me hubiera sido factible apoderarme de nuevo de lo olvidado por un medio indirecto y sin recurrir, como en el ejemplo anterior, a ayudas exteriores.

Por último, se me ocurrió que inmediatamente antes, al emprender el camino hacia la casa del enfermo en cuyo auxilio había sido llamado, había encontrado y saludado a un señor al que me costó trabajo reconocer.

Se trataba de una persona a la que había visitado meses antes, hallándola en un estado aparentemente grave y diagnosticando su enfermedad de parálisis progresiva.

Tiempo después llegó a mí la noticia de su restablecimiento y, por tanto, de mi equivocación en el diagnóstico, a menos que se tratase de una de aquellas remisiones que suelen aparecer en la dementia paralytica. De este encuentro emanó la influencia que me hizo olvidar cuál era la vecindad de B. R. y Compañía.

Mi interés en hallar lo olvidado se había trasladado a ello desde el discutido diagnóstico. La conexión asociativa entre ambos alejados sistemas quedó establecida por una semejanza en los nombres de los dos pacientes y además por el hecho de que el individuo restablecido contra mi esperanza era asimismo empleado en unas grandes oficinas que también acostumbraban hacer que yo visitase a sus empleados enfermos.

El doctor que reconoció conmigo al supuesto atacado de parálisis progresiva se llamaba Fischer, igual que la pensión olvidada.

4) Extraviar un objeto no significa en muchas ocasiones más que olvidar dónde se ha colocado. Como la mayoría de las personas que escriben mucho y utilizan gran número de libros, sé orientarme muy bien en mi mesa de trabajo y encontrar en seguida en ella lo que deseo. Lo que a los demás les parece desorden es para mí un orden conocido e histórico.

¿Por qué, pues, extravié hace poco un catálogo de librería, y lo extravié de tal modo que no me ha sido posible hallarlo, a pesar de haber tenido el propósito de encargar un libro en él anunciado? Era tal libro, titulado Sobre el idioma, obra de un autor cuyo ingenioso y vivo estilo es muy de mi gusto y cuyas opiniones sobre psicología e historia de la civilización estimo altamente. Tengo la costumbre de prestar a mis amigos obras de este autor para su provecho intelectual, y en una ocasión me dijo uno de ellos al devolverme el libro prestado:

«El estilo me recuerda mucho el de usted, y también la manera de pensar es la misma en ambos.»

El que me dijo esto no sabía la cuerda sensible que hería en mí con su observación.

Años antes, siendo aún joven y estando necesitado de apoyo moral, uno de mis colegas, de más edad que yo, me había dicho idénticas palabras al oírme alabar las obras de un conocido escritor sobre cuestiones de Medicina:

«Su estilo y su manera de pensar son idénticos a los de usted.»

Influido por esta observación, escribí a dicho autor una carta en la que solicitaba entrar en relación más íntima con él; pero una fría contestación me hizo volver a mi puesto.

Quizá detrás de esta experiencia se escondiesen otras anteriores igualmente desalentadoras, pues no he podido llegar a encontrar el catálogo extraviado, y ello me ha hecho no encargar el libro anunciado, a pesar de que con el extravío no ha surgido ningún obstáculo real, dado que he conservado en la memoria el nombre del libro y del autor.

5) Otro caso de extravío que merece nuestro interés por las condiciones en las que se volvió a encontrar lo perdido es el siguiente: un joven me contaba un día:

«Hace varios años tuve algún disgusto con mi mujer, a la que encontraba demasiado indiferente, y aunque reconocía sus otras excelentes cualidades, vivíamos sin recíproca ternura. Un día, al volver de paseo, me trajo un libro que había comprado por creer debía interesarme. Le di las gracias por esta muestra de atención, prometiendo leerlo, y lo guardé, siéndome después imposible encontrarlo.

Así pasaron varios meses, durante los cuales recordé de cuando en cuando el perdido libro y lo busqué inútilmente. Cerca de medio año después enfermó mi madre, a la que yo quería muchísimo y que vivía en una casaaparte de la nuestra.

Mi mujer fue a su domicilio a cuidarla.

El estado de la enferma se agravó y dio ocasión a que mi mujer demostrase lo mejor de sí misma.

Agradecido y entusiasmado por su conducta, regresé una noche a mi casa, y sin intención determinada pero con seguridad de sonámbulo, fui a mi mesa de trabajo y abrí uno de sus cajones, encontrando encima de todo lo que contenía el extraviado y tan buscado libro.»

6) J. Stärcke relata (1916) un caso de extravío que coincide con el anterior en su carácter final: esto es, en la maravillosa seguridad del hallazgo una vez desaparecido el motivo de la pérdida.

(Adición de 1917): «Una muchachita había echado a perder un trozo de tela al querer cortarlo para hacerse un cuello, y tuvo que llamar a una costurera que intentase arreglar el entuerto. Cuando aquélla hubo llegado y quiso la muchacha sacar el estropeado cuello de la cómoda en la que creía haberlo metido, no consiguió encontrarlo.

En vano lo revolvió de arriba abajo. Al renunciar, encolerizada, a buscarlo por más tiempo, se preguntó a sí misma por qué había desaparecido aquello tan de repente y si sería que en realidad no quería ella encontrarlo.

Meditando sobre ello cayó en la cuenta de que lo que le sucedía era que se avergonzaba de que la costurera viera que no había sabido hacer una cosa tan sencilla como cortar un cuello y en cuanto hubo pensado esto fue derecha a otro armario y al primer intento sacó el cuello extraviado.»

7) El siguiente ejemplo de extravío corresponde a un tipo que ha llegado a ser familiar a todo psicoanalítico. Debo hacer constar que el sujeto que fue víctima de él halló por sí mismo su explicación.

(Adición de 1910): «Un paciente sometido a tratamiento psicoanalítico y que durante la interrupción veraniega de la cura cayó en un período de resistencia y malestar, dejó, o creyó dejar, al desnudarse, sus llaves en el sitio de costumbre. Después recordó que para el día siguiente, último del tratamiento y en el que antes de partir debía satisfacer los honorarios devengados, tenía que sacar algunas cosas de una mesa de escritorio en la que guardaba también su dinero; mas al ir a efectuarlo halló que las llaves habían desaparecido.

Entonces comenzó a registrar sistemáticamente, pero con creciente irritación, su pequeña vivienda. Todo fue inútil. Reconociendo el extravío de las llaves como un acto sintomático, esto es, intencionado, despertó a su criado para seguir buscando con la ayuda de una persona libre de prejuicios.

Al cabo de una hora abandonó la busca, temiendo ya haber perdido las llaves, y al siguiente día encargó unas nuevas que debían serle entregadas a toda prisa. Dos amigos suyos que el día anterior le habían acompañado en coche hasta su casa quisieron recordar haber oído sonar algo contra el suelo cuando bajó del coche, y con todo esto quedó nuestro individuo convencido de que las llaves se le habían caído del bolsillo.

Mas por la noche, al llegar a su casa, se las presentó el criado con aire de triunfo. Las había hallado entre un grueso libro y un delgado folleto (un trabajo de uno de mis discípulos) que el paciente había apartado para leerlos durante las vacaciones de verano, y habían sido tan hábilmente disimuladas en aquel lugar, que nadie hubiera sospechado estuvieran en él.

Después fue imposible volver a colocarlas en el mismo sitio de manera que permanecieran tan invisibles como antes. La inconsciente habilidad con la que se extravía un objeto bajo la influencia de motivos secretos, pero vigorosos, recuerda por completo la seguridad del sonámbulo.

En este caso el motivo era, naturalmente, el disgusto por la interrupción del tratamiento y la secreta cólera por tener que pagar, hallándose aún en mal estado, honorarios considerables.»

8) «Un individuo (relata A. A. Brill, 1912) fue un día apremiado por su mujer para asistir a una reunión que no le ofrecía ningún atractivo. Por último, se rindió a sus ruegos y comenzó a sacar de un baúl, que no necesitaba llave para quedar cerrado, pero sí para ser abierto, su traje de etiqueta; mas se interrumpió en esta operación, decidiendo afeitarse antes. Cuando hubo terminado de hacerlo volvió a dirigirse al baúl, encontrándolo cerrado y no logrando hallar la llave.

Siendo domingo y ya de noche, no era posible hacer venir a un cerrajero, y tuvo el matrimonio que renunciar a asistir a la fiesta.

A la mañana siguiente, abierto el baúl, se encontró dentro la llave. El marido, distraído, la había arrojado en él, dejando caer después la tapa.

Al relatarme el caso me aseguró haberlo hecho sin darse cuenta y sin intención ninguna; pero sabemos que no quería ir a la fiesta y que, por tanto, el extravío de la llave no careció de motivo.» E. Jones observó que acostumbraba extraviar su pipa siempre que por haber fumado ya mucho sentía algún malestar.

En estos casos la pipa se encontraba luego en los sitios más inverosímiles.

9) Dora Müller relata un caso inofensivo con motivos confesados (Internationale Zeitscrift für Psychoanalyse, III, 1915).

(Adición de 1917): «La señorita Erna A. me contó dos días antes de Nochebuena lo que sigue: »’Anoche, al sacar un paquete de galletas para comer unas cuantas, pensé que cuando viniese a darme las buenas noches la señorita S. tendría que ofrecerle algunas, y me propuse no dejar de hacerlo, a pesar de que hubiera preferido guardar las galletas para mí sola. Cuando llegó el momento extendí la mano hacia mi mesita para coger el paquete, que creía haber dejado allí; pero me encontré con que había desaparecido.

Me puse a buscarlo y lo hallé dentro de mi armario donde, sin darme cuenta, lo había encerrado.’ No había necesidad de someter este caso al análisis, pues la sujeto se daba perfecta cuenta de su significación.

El deseo recién reprimido de conservar las galletas para ella sola se había abierto paso en un acto automático, aunque para frustrarse de nuevo por la acción consciente que vino a continuación.»

10) H. Sachs describe cómo escapó en una ocasión, por uno de estos extravíos, a la obligación de trabajar:

»El domingo pasado por la tarde estuve dudando un rato entre ponerme a trabajar o salir de paseo y hacer después algunas visitas, decidiéndome por lo primero después de luchar un poco conmigo mismo.

Mas al cabo de una hora observé que se me había acabado el papel. Sabía que en un cajón tenía guardado hacía ya años un fajo de cuartillas; pero fue en vano que lo buscara en mi mesa de trabajo y en otros lugares en los que esperaba hallarlo, tomándome mucho trabajo y revolviendo una gran cantidad de libros, folletos y documentos antiguos. De este modo tuve que abandonar el trabajo y salir a la calle. Cuando a la noche regresé a casa me senté en un sofá, mirando distraídamente la biblioteca que ante mi tenía.

Mis ojos se fijaron en uno de sus cajones, y recordé que hacia mucho tiempo que no había revisado su contenido.

Me levanté, y dirigiéndome a él, lo abrí.

Encima de todo había una cartera de cuero y en ella papel blanco intacto. Pero hasta que lo hube sacado de la cartera y estaba a punto de guardarlo en la mesa de trabajo no recordé que aquél era el papel que había buscado inútilmente por la tarde. Debo añadir que, aunque para otras cosas no soy ahorrativo, acostumbro aprovechar el papel lo más que puedo y guardo todo trozo de él que me parezca utilizable. Esta costumbre, alimentada por una inclinación instintiva, es la que, sin duda, me llevó en seguida a la rectificación de mi olvido en cuanto desapareció la actualidad de su motivo.»

Un ligero examen de los casos de extravío nos fuerza a aceptar su general dependencia de una intención inconsciente:

11) En el verano de 1901 dije en una ocasión a un amigo mio, con el que mantenía entonces un activo cambio de ideas sobre cuestiones científicas, las siguientes palabras:

«Estos problemas neuróticos no tienen solución posible sino aceptando ante todo y por completo una bisexualidad original en todo individuo.»

Mi amigo me respondió: «Eso ya te lo dije yo hace dos años y medio en Br. una noche que paseamos juntos.

Entonces no me quisiste hacer el menor caso.» Es muy desagradable verse invitado de esta manera a renunciar a lo que uno se figura una originalidad propia, y, por tanto, me fue imposible recordar la conversación que mi amigo me citaba ni lo que en ella afirmaba haber dicho. Uno de nosotros tenía que engañarse, y, según el principio de Quid prodest?, debía ser yo el equivocado.

En efecto, durante el curso de la semana siguiente recordé toda la cuestión tal y como mi interlocutor había querido despertarla en mi memoria, y hasta la respuesta que di a sus palabras, y que era: «No he llegado a eso aún y no quiero meterme a discutirlo por ahora.» Desde entonces me he hecho algo más tolerante cuando en algún trozo de literatura médica hallo alguna de las pocas ideas a las que puede ir unido mi nombre y veo que éste no ha sido citado al lado de ellas.

Censuras a la propia mujer, amistad que se transforma en todo lo contrario, error en un diagnóstico, repulsas de colegas interesados en iguales cuestiones científicas que uno, apropiación de ideas ajenas; no puede considerarse como meramente accidental el que una serie de casos de olvido, expuestos sin verificar la menor selección, necesiten todos, para ser explicados, su referencia a tales temas, penosos para la víctima del olvido.

A mi juicio, toda persona que quiera someter los olvidos en que incurre a un examen encaminado a descubrir los motivos de los mismos reunirá siempre un parecido muestrario de contrariedades o vejaciones. La propensión a olvidar lo desagradable me parece ser general, siendo la capacidad para olvidarlo lo que está diferentemente desarrollada en las diversas personas. Determinadas falsas negativas que solemos encontrar en nuestra actividad médica deben ser atribuidas a olvidos.

Nuestra concepción de tales olvidos limita su diferencia de las falsas negativas a relaciones puramente psicológicas y nos permite ver en ambas formas de reacción la expresión de los mismos motivos. De todos los numerosos ejemplos de negativa a recordar temas desagradables que he observado en los allegados de los enfermos ha quedado uno impreso en mi memoria como especialmente singular.

Una madre me informa sobre los años infantiles de su hijo, ya púber y enfermo de los nervios, y me decía que tanto él como sus hermanas habían padecido hasta muy mayores incontinencia nocturna de la orina, cosa que para el historial de un neurótico no carece de importancia.

Semanas después, queriendo enterarse la madre de la marcha del tratamiento, tuve ocasión de hacerle notar los signos de predisposición morbosa constitucional que presentaba el muchacho, y al hacerlo me referí a la incontinencia de que ella me había hablado.

Para mi sorpresa, negó entonces la madre tal hecho, tanto respecto al hijo enfermo como a los demás hermanos, preguntándome de dónde había sacado aquello, hasta que, por último, tuve que decirle que había sido ella misma quien me lo había referido olvidándolo después.

Así, pues, también en individuos sanos, no neuróticos, hallamos indicios abundantes de una resistencia que se opone al recuerdo de impresiones penosas y a la representación de pensamientos desagradables.

Mas para estimar cumplidamente la significación de este fenómeno es necesario penetrar en la psicología de los neuróticos. Por poco que en ella nos adentremos, se nos impondrá, en efecto, el indicado impulso defensivo elemental contra las representaciones susceptibles de despertar sensaciones desagradables, impulso sólo comparable al reflejo de fuga ante los estímulos dolorosos, como una de las principales bases de sustentación de los síntomas histéricos.

Contra la hipótesis de tal tendencia defensiva, no se puede objetar que, por el contrario, nos es imposible muchas veces escapar a recuerdos penosos que nos persiguen y espantan, afectos dolorosos, tales como los remordimientos y los reproches de nuestra conciencia, pues no afirmamos que dicha tendencia venza siempre y que no pueda tropezar, en el juego de las fuerzas psíquicas, con factores que persigan para fines distintos lo contrario que ella y lo consigan a su pesar.

El principio arquitectónico del aparato psíquico parece ser la estratificación, esto es, la composición por instancias superpuestas unas a otras, y es muy posible que el impulso defensivo a que nos venimos refiriendo pertenezca a una instancia psíquica inferior, coartada por otras superiores.

De todos modos, el que podamos referir a esta tendencia a la defensa procesos como los que encontramos en nuestros ejemplos de olvido es algo que testimonia en favor de su existencia y poderío.

Sabemos que algunas cosas se olvidan por sí mismas; en aquellas otras en que esto no es posible, la tendencia defensiva desplaza su fin y lleva al olvido algo diferente y de menor importancia que ha llegado a ponerse en conexión asociativa con el material efectivamente penoso.

El punto de vista aquí desarrollado de que los recuerdos penosos sucumben con especial facilidad al olvido motivado merecía ser aplicado en varias esferas en las cuales no ha sido aún tomado suficientemente en consideración.

Así, me parece que no se tiene en cuenta la importancia que podía tener aplicado a las declaraciones de los testigos ante los tribunales, en los cuales se concede al juramento una excesiva influencia purificadora sobre el juego de fuerzas psíquicas del individuo. Universalmente se admite que en el origen de las tradiciones y de la historia legendaria de un pueblo hay que tener en cuenta la existencia de tal motivo, que arranca del recuerdo colectivo, lo que resulta penoso para el sentimiento nacional.

Quizá continuando cuidadosamente estas investigaciones llegaría a poderse establecer una perfecta analogía entre la formación de las tradiciones nacionales y la de los recuerdos infantiles del individuo aislado.

El gran Darwin observó este motivo de desagrado en el olvido y formuló una regla dorada para uso de los trabajadores científicos.

Al igual de lo que sucede en el olvido de nombres, pueden también aparecer en el de impresiones recuerdos equivocados, los cuales, si son aceptados como verdaderos, habrán de ser designados como ilusiones de la memoria.

La observación de tales ilusiones de la memoria en los casos patológicos (en las paranoias, por ejemplo, desempeñan precisamente el papel de un factor de la formación de delirios) han dado lugar a una extensa literatura, en la cual echo de menos una indicación sobre sus motivos. Pero este tema pertenece ya a la psicología de la neurosis y traspasa los límites dentro de los cuales nos hemos propuesto mantenernos en el presente libro.

En cambio, referiré aquí un extraordinario caso de ilusión mnémica sufrida por mí mismo, en el cual la motivación por material inconsciente y reprimido y la forma de la conexión con el mismo pueden verse muy claramente.

Cuando estaba escribiendo los últimos capítulos de mi libro sobre la interpretación de los sueños me hallaba veraneando en un lugar lejano a toda biblioteca y en el que me era imposible consultar los libros de los cuales deseaba extraer alguna cita. Tuve, pues, que escribir tales citas y referencias de memoria reservando para más tarde rectificarlas y corregirlas con los correspondientes textos a la vista.

En el capítulo de los sueños diurnos o en estado de vigilia pensé incluir el interesante tipo del pobre tenedor de libros que aparece en El Nabab, de Alfonso Daudet, tipo al que el poeta quiso, sin duda, atribuir sus propios ensueños.

Me parecía recordar con toda precisión una de las fantasías que este personaje -al cual atribuía el nombre de M. Jocelyn– construye en sus paseos por las calles de París, y comencé a reproducirla de memoria.

En este ensueño se figura el pobre tenedor de libros que viendo un coche cuyo caballo se ha desbocado se arroja valerosamente a detenerlo, y cuando lo ha logrado ve abrirse la portezuela del coche y descender de él una alta personalidad que le estrecha la mano, diciendo: «Me ha salvado usted la vida. ¿Qué podría yo hacer en cambio por usted?» Al transcribir de memoria esta fantasía pensaba que si en mi versión existía alguna inexactitud me sería fácil corregirla luego, al regresar a mi casa, con el texto de El Nabab a la vista.

Mas cuando comencé a hojear El Nabab para comparar el pasaje citado con mis cuartillas y poder mandar éstas a la imprenta quedé avergonzado y consternado al ver que en la novela no existía tal fantasía de M. Jocelyn y, además, que el desdichado tenedor de libros ni siquiera llevaba este nombre, sino el de M. Joyeuse.

Este segundo error me dio pronto la clave del primero, o sea de mi engaño en el recuerdo.

El adjetivo joyeux (alegre), del cual constituye joyeuse (el verdadero nombre del personaje de Daudet) la forma femenina, es la traducción exacta al francés de mi propio nombre: Freud.

¿De dónde, pues, procedía la fantasía falsamente recordada y atribuida por mí a Daudet?

No podía ser más que un producto personal, un ensueño construido por mí mismo y que no había llegado a ser consciente, o que, si lo fue alguna vez, había sido olvidado después en absoluto.

Quizá esta mi fantasía proviniese del tiempo en que me hallaba en París, donde con harta frecuencia paseé solitario por las calles, muy necesitado de alguien que me ayudase y protegiese, hasta que Charcot me admitió a su trato introduciéndome en su círculo. Luego, en casa de Charcot, vi repetidas veces al autor de El Nabab.

Otro ejemplo de recuerdo erróneo del que fue posible hallar una explicación satisfactoria se aproxima a la fausse réconnaissance, de la que después trataré. Había yo dicho a uno de mis pacientes, hombre ambicioso y de gran capacidad, que un joven estudiante se había agregado recientemente al grupo de mis discípulos con la presentación de un interesante trabajo titulado El artista. Intento de una psicología sexual.

Cuando, quince meses después, vio impreso dicho trabajo afirmó mi paciente recordar con seguridad haber leído en alguna parte, quizá en una librería, el anuncio de su publicación algún tiempo antes (un mes o medio año) de que yo le hablase de él.

Recordaba también que ya cuando le hablé había pensado haber visto tal anuncio, y además hizo la observación de que el autor había cambiado el título, pues no lo llamaba como antes, Intento de, sino Aportación a una psicología sexual. Una cuidadosa investigación con el autor y la comparación de fechas demostraron que nunca había aparecido en ningún lado anuncio alguno de la obra de referencia, y mucho menos quince meses antes de su impresión.

Al emprender la busca de la solución de este recuerdo erróneo expresó el sujeto una renovación de la equivocación, diciéndome que recordaba haber visto hacía poco tiempo en el escaparate de una librería un escrito sobre la agorafobia y que en la actualidad lo estaba buscando, para adquirirlo en todos los catálogos editoriales.

Al llegar a este punto me fue ya posible explicarle por qué razón este trabajo tenía que ser completamente vano.

El escrito sobre agorafobia no existía más que en su fantasía como una resolución inconsciente de escribir él mismo una obra sobre tal materia.

Su ambición de emular al joven estudiante autor de otro trabajo e ingresar entre mis discípulos por medio de un escrito científico le había llevado a ambos recuerdos erróneos.

Meditando sobre esto recordó luego que el anuncio visto en la librería y que le había servido para su falso reconocimiento se refería a una obra titulada Génesis. La ley de la reproducción. La modificación que había indicado en el título de la obra del joven estudiante había sido producida por mí, pues recordé que al citarle el título había cometido la inexactitud de decir Intento de…, en lugar de Aportaciones a…

Olvido de propósitos e intenciones

Ningún otro grupo de fenómenos es más apropiado que el olvido de propósitos para la demostración de la tesis de que la escasez de atención no basta por sí sola a explicar los rendimientos fallidos. Un propósito es un impulso a la acción, que ha sido ya aprobado, pero cuya ejecución ha quedado aplazada hasta el momento propicio para llevarla a cabo.

Ahora bien: en el intervalo creado de este modo pueden sufrir los motivos del propósito una modificación que traiga consigo la inejecución del mismo; pero entonces no puede decirse que olvidamos el propósito formado, pues lo que hacemos es revisarlo y omitirlo por el momento.

El olvido de propósitos al cual sucumbimos cotidianamente y en las más diversas situaciones no acostumbramos explicárnoslo por una modificación inmediata de los motivos, sino que lo dejamos, en general, sin explicar o le buscamos una explicación psicológica consistente en admitir que al tiempo de ejecutar el propósito ha fallado la atención requerida por el acto correspondiente, la cual era condición indispensable para dicha ejecución del propósito y existía a nuestra disposición cuando formamos aquél.

Pero la observación de nuestra conducta normal ante nuestros propósitos nos hace rechazar como arbitraria esta tentativa de explicación. Cuando por la mañana formo un propósito que debe ser llevado a cabo por la noche, puedo recordarlo algunas veces durante el día, pero no es necesario que permanezca consciente a través de todo él. Luego, al acercarse el momento de su ejecución, surgirá de repente en mí y me inducirá a llevar a cabo la preparación necesaria a la acción propuesta.

Si al salir a paseo cojo una carta para echarla al correo, no necesito, siendo un individuo normal y no nervioso, llevarla todo el tiempo en la mano e ir mirando continuamente para descubrir un buzón, sino que meteré la carta en un bolsillo y seguiré con toda libertad mi camino, dejando vagar mi pensamiento y contando con que uno de los buzones que encuentre al paso excitara mi atención, induciéndome a sacar la carta y depositarla en él. La conducta normal ante un propósito ya formado coincide con la producida experimentalmente en las personas sometidas a la llamada «sugestión posthipnótica a largo plazo».

Este fenómeno se describe de costumbre en la forma siguiente: el propósito sugerido dormita en las personas referidas hasta que se aproxima el tiempo de su ejecución.

Al llegar éste, despierta en ellas dicho propósito y las induce a la acción.

En dos situaciones de la vida se da también el profano en estas cuestiones perfecta cuenta de que el olvido de propósitos no puede considerarse como un fenómeno elemental que queda reducido a sí mismo, sino que en definitiva depende de motivos inconfesados.

Estas dos situaciones son las relaciones amorosas y el servicio militar. Un enamorado que haya dejado de acudir a una cita se disculpará en vano diciendo haberla olvidado.

A estas palabras contestará ella siempre: «Hace un año no lo hubieras olvidado. Ya no soy para tí lo que antes.» Aun cuando hiciera uso de la explicación psicológica antes citada, queriendo disculpar su olvido por la acumulación de ocupaciones, sólo conseguiría que la dama -con una penetración análoga a la del médico en el psicoanálisis- le respondiera: «Es curioso que antes no te perturbaran de esa manera tus asuntos.» Seguramente la dama no quiere con esto rechazar la posibilidad de un olvido; pero sí cree, y no sin razón, que del olvido inintencionado hay que deducir, lo mismo que si se tratase de un subterfugio consciente, una cierta desgana.

Asimismo se niega, y muy fundadamente, en el servicio militar la distinción entre las omisiones por olvido y las intencionadas.

El soldado no debe olvidar nada de lo que de él exige el servicio.

Si, a pesar de esto, olvida algo de lo que sabe tiene que hacer, ello es debido a que a los motivos que urgen el cumplimiento de los deberes militares se oponen otros motivos contrarios.

El soldado que al pasar revista se disculpa diciendo que ha olvidado limpiar los botones de su uniforme, puede estar seguro de no escapar al castigo. Pero este castigo puede considerarse insignificante en comparación de aquel otro a que se expondría si se confesara a sí mismo y confesara a sus superiores el motivo de su omisión: «Estoy harto del maldito servicio.» En razón a este ahorro de castigo se sirve el soldado del olvido como excusa o se manifiesta aquél espontáneamente como una transacción.

Tanto el servicio de las damas como el servicio militar tiene el privilegio de que todo lo que a ellos se refiere debe sustraerse al olvido, y de este modo sugieren la opinión de que el olvido es permisible en las cosas triviales, al paso que en las importantes es signo de que se las quisiera tratar como si no lo fuesen y, por tanto, de que se discute toda su importancias.

En efecto, en esta cuestión no se puede negar el punto de vista de la valoración psíquica. Ningún hombre olvida ejecutar actos que le parecen importantes sin exponerse a que lo crean un perturbado mental. Nuestra investigación no puede, por tanto, extenderse más que a propósitos más o menos secundarios, no considerando ninguno como por completo indiferente, pues en este caso no se hubiera formado.

Como lo hice con las anteriores perturbaciones funcionales, he reunido e intentado explicar también los casos de omisión por olvido observados en mí mismo, y he hallado que podían ser atribuidos siempre a una intervención de motivos desconocidos e inadmitidos por el sujeto mismo o, como podríamos decir, a un deseo contrario.

En una serie de casos de este género me hallaba yo en una situación similar al servicio, esto es, bajo una coacción contra la cual no había dejado por completo de resistirme, manifestando aún mi protesta por medio de olvidos.

A estos casos corresponde el hecho de que olvido con especial facilidad el felicitar a las personas en sus días, cumpleaños, bodas o ascensos. Continuamente me propongo no dejar de hacerlo; pero cada vez me convenzo más de que no conseguiré nunca verificarlo con exactitud.

En la actualidad estoy a punto de renunciar ya por completo y dar la razón a los motivos que a ello se resisten. Una vez predije a un amigo mío, que me rogó enviase en su nombre un telegrama de felicitación en una determinada fecha en que yo debía mandar otro, que con seguridad se me olvidarían ambos, y, en efecto, se cumplió mi profecía, sin que ello me extrañara en modo alguno.

Dolorosas experiencias de mi vida hacen que me sea imposible expresar interés o simpatía en ocasiones en que obligadamente tengo que exagerar mis sentimientos al expresarlos, dado que no podría emplear la expresión correspondiente a su poca intensidad.

Desde que he visto que muchas veces me he equivocado tomando como verdadera la pretendida simpatía que hacia mí mostraban otras personas, me he rebelado contra estas convenciones de expresión de simpatía, cuya utilidad social, por otra parte, reconozco. De esta conducta debo excluir los pésames en caso de muerte; cuando he resuelto expresar a alguien mi condolencia por uno de estos casos no omito nunca el hacerlo.

En aquellas ocasiones en que mi participación emocional no tiene nada que ver con los deberes sociales, su expresión no es jamás inhibida por el olvido.

El teniente T. nos relata el siguiente caso de un olvido en el que un primer propósito reprimido se abrió camino en calidad de «deseo contrario», dando origen a una situación desagradable.

(Ejemplo agregado en 1920):

«Un caso de Omisión. – El más antiguo de los oficiales internados en un campamento de prisioneros fue ofendido por uno de sus camaradas. Para evitarse posibles consecuencias quiso hacer uso del único medio coercitivo que en su poder estaba, esto es, alejar al ofensor, haciéndole trasladar a otro campamento, y fueron necesarios los consejos de varios amigos suyos para hacerle desistir de su propósito y emprender en el acto el camino que el honor le marcaba, decisión que había de traer consigo una multitud de consecuencias desagradables.

»En la misma mañana que esto sucedió tenía el comandante que pasar lista bajo la comprobación de uno de nuestros vigilantes. Conociendo ya a todos sus compañeros de cautiverio por el largo tiempo que con ellos llevaba, no habíacometido hasta entonces error ninguno en la lectura de la lista.

Pero aquella mañana omitió el nombre del ofensor, haciendo que, mientras que los demás oficiales se retiraban una vez comprobada su presencia, tuviese aquél que permanecer allí solo hasta que se deshizo el error.

El nombre omitido constaba claramente en una página de la lista.

»Este incidente fue considerado de un lado como molestia intencionadamente infligida, y de otro como una desgraciada casualidad que podía ser erróneamente interpretada.

El comandante que cometió la omisión llegó a poder juzgar con acierto lo sucedido después de leer la PSICOPATOLOGIA, de Freud

Análogamente se explican, por el antagonismo entre un deber convencional y una desfavorable opinión interior no confesada, aquellos casos en los que se olvida ejecutar determinados actos que se han prometido llevar a cabo en favor de otras personas.

En estos casos se demuestra siempre que es sólo el favorecedor el que cree en el poder eximente del olvido, mientras que el pretendiente se da a sí mismo, sin duda, la respuesta justa: «No se ha tomado interés ninguno; si no, no lo hubiera olvidado.»

Existen individuos a los que todo el mundo califica de olvidadizos y a quienes, por ser así, se les disculpan generalmente sus faltas como se disculpa al corto de vista que no nos ha saludado en la calle.

Estas personas olvidan todas las pequeñas promesas que han hecho, dejan incumplidos todos los encargos que reciben y demuestran de este modo ser indignos de confianza en las cosas pequeñas; pero al mismo tiempo exigen que no se les tomen a mal tales pequeñas faltas, esto es, que no se les explique por su carácter personal, sino que se les atribuya a una peculiaridad orgánica. Personalmente no pertenezco a esta clase de individuos ni tampoco he tenido ocasión de analizar los actos de ninguno de ellos para descubrir en la selección verificada por el olvido los motivos del mismo.

Sin embargo, no puedo dejar de formar, per analogiam, la hipótesis de que en estos casos es una gran cantidad de desprecio hasta los demás el motivo que el factor constitucional explota para sus fines.

En otros casos los motivos del olvido son menos fáciles de descubrir, y cuando se descubren causan una mayor extrañeza.

Así observé años atrás que, de una gran cantidad de visitas profesionales que debía efectuar, no olvidaba nunca sino aquellas en que elenfermo era algún colega mío o alguna otra persona a quien tenía que asistir gratuitamente.

La vergüenza que me causó este descubrimiento hizo que me acostumbrase a anotar por la mañana las visitas que me proponía llevar a cabo en el transcurso del día. No sé si otros médicos han llegado a hacer lo mismo por iguales razones.

Pero con esto se forma uno una idea de lo que induce a los llamados neurasténicos, cuando van a consultar a un médico, a llevar escritos en una nota todos aquellos datos que desean comunicarle, desconfiando de la capacidad reproductiva de su memoria.

Esto no es desacertado; pero la escena de la consulta se desarrolla casi siempre en la siguiente forma: el enfermo ha relatado ya con gran amplitud sus diversas molestias y ha hecho infinidad de preguntas.

Al terminar hace una pequeña pausa y extrae su nota, diciendo en son de disculpa:

«He apuntado algunas cosas, porque, si no, no me acordaría de nada.»

Con la nota en la mano repite cada uno de los puntos ya expuestos, y va respondiéndose a sí mismo:

«Esto ya lo he consultado.»

Así, pues, con su memorándum no demuestra probablemente más que uno de sus síntomas: la frecuencia con que sus propósitos son perturbados por la interferencia de oscuros motivos.

Llego ahora a tratar de un trastorno al que está sujeta la mayoría de las personas sanas que yo conozco y al que tampoco he escapado yo mismo.

Me refiero al olvido, sufrido con gran facilidad y por largo tiempo, de devolver los libros que a uno le han prestado y al hecho de diferir, también por olvido, el pago de cuentas pendientes.

Ambas cosas me han sucedido repetidas veces. Hace poco tiempo abandoné una mañana el estanco en que a diario me proveo de tabaco sin haber satisfecho el importe de la compra efectuada. Fue ésta una omisión

por completo inocente, puesto que en dicho estanco me conocían y podían recordarme mi deuda a la mañana siguiente, pero tal pequeña negligencia, el intento de contraer deudas, no dejaba de hallarse en conexión con ciertas reflexiones concernientes a mi presupuesto que me habían ocupado todo el día anterior.

En relación con los temas referentes al dinero y a la posesión puede descubrirse con facilidad, en la mayoría de las personas llamadas honorables, una conducta equívoca. La primitiva ansia del niño de pecho que le hace intentar apoderarse de todos los objetos (para llevárselos a la boca) aparece en general incompletamente vencida por el crecimiento y la educación.

Con los ejemplos anteriores temo haber entrado un tanto en la vulgaridad. Pero es un placer para mí encontrar materias que todo el mundo conoce y comprende del mismo modo, puesto que lo que me propongo es reunir lo cotidiano y utilizarlo científicamente. No concibo por qué la sabiduría, que es, por decirlo así, el sedimento de las experiencias cotidianas, ha de ver negada su admisión entre las adquisiciones de la ciencia. No es la diversidad de los objetos, sino el más estricto método de establecer hechos y la tendencia a más amplias conexiones, lo que constituye el carácter esencial de la labor científica. Hemos hallado, en general, que los propósitos de alguna importancia caen en el olvido cuando se alzan contra ellos oscuros motivos.

En los propósitos menos importantes hallamos como segundo mecanismo del olvido el hecho de que un deseo contradictorio se transfiere al propósito desde otro lugar después de haberse establecido entre este último y el contenido del propósito una asociación exterior.

A este orden pertenece el siguiente ejemplo: una tarde me propuse comprar papel secante a mi paso por el centro de la ciudad, y tanto aquel día como los cuatro siguientes olvidé tal propósito, preguntándome, al darme cuenta de la repetida omisión, qué causas podrían haberla motivado. Con facilidad encontré, después de meditar un poco, que el artículo deseado podía designarse con dos nombres sinónimos: Löschpapier y Fliesspapier, y que, si bien usaba yo el primer término en la escritura, acostumbraba, en cambio, utilizar el segundo de palabra.

Fliess era el nombre de un amigo mío residente en Berlín, el cual me había ocasionado por aquellos días dolorosas preocupaciones.

No me era posible escapar a dichos penosos pensamientos; pero la tendencia defensiva se exteriorizaba trasladándose por medio de la identidad de las palabras al propósito indiferente, que por ser así presentaba escasa resistencia.

Voluntad contraria directa y motivación lejana se manifiestan unidas en el siguiente caso de aplazamiento: en la colección «Cuestiones de la vida nerviosa y psíquica» había yo escrito un corto tratado que resumía el contenido de mi INTERPRETACION DE LOS SUEñOS. Bergmann, el editor de Wiesbaden, me había mandado las pruebas, rogándome se las devolviese en seguida corregidas, pues quería publicar el folleto antes de Navidad.

En aquella misma noche hice la corrección, y dejé las pruebas sobre mi mesa de trabajo para cogerlas a la mañana siguiente.

Al llegar la mañana me olvidé de ellas y no volví a acordarme hasta cuando por la tarde las vi de nuevo en el sitio en que las había dejado.

Sin embargo, allí volvieron a quedar olvidadas aquella tarde, a la noche y a la mañana siguiente, hasta que, por fin, en la tarde del segundo día las cogí al verlas y fui en el acto a depositarlas en un buzón, asombrado de tan repetido aplazamiento y pensando cuál sería su causa. Veía que no quería remitir las pruebas al editor; pero no podía adivinar por qué.

Después de depositar las pruebas en el correo entré en casa del editor de mis obras en Viena, el cual había publicado también el libro sobre los sueños, le hice algunas recomendaciones y, después, como llevado por un súbita ocurrencia, le dije:

«¿Sabe usted que he escrito de nuevo mi libro de los sueños?» «,Ah, sí! Entonces -exclamó- tengo que rogarle a usted que…» «Tranquilícese -repuse-.

No es el libro completo, sino tan sólo un pequeño resumen para la colección Löwenfeld-Kurella.» De todos modos aún no estaba muy satisfecho el editor, pues temía que el folleto perjudicase la venta del libro. Discutimos, y, por último, le pregunté: «Si se lo hubiera dicho a usted antes ¿hubiera usted opuesto alguna objeción a la publicación del folleto?»

«No; eso de ningún modo», me respondió. Personalmente creía haber obrado con completo derecho y no haber hecho nada desacostumbrado; pero, sin embargo, me parecía seguro que un pensamiento similar al expresado por el editor era el motivo de mi vacilación en enviar las pruebas corregidas. Este pensamiento se apoyaba en una ocasión anterior, en la que otro editor puso dificultades a mi obligada resolución de tomar algunas páginas de una obra mía sobre la parálisis cerebral infantil para incluirlas sin modificación alguna en un folleto sobre el mismo tema publicado en los «Manuales Nothnagel».

Tampoco en este caso podía hacérseme ningún reproche, pues también había advertido lealmente mi intención al primer editor, como lo hice en el caso de La interpretación de los sueños.

Persiguiendo aún más atrás esta serie de recuerdos, encontré otra ocasión análoga anterior en la que, al traducir una obra del francés, lesioné realmente los derechos de propiedad del autor, pues añadí al texto, sin su permiso, varias notas, y algunos años después pude ver que mi acción arbitraria le había disgustado.

Existe un proverbio que revela el conocimiento popular de que el olvido de propósitos no es accidental: «Lo que se olvida hacer una vez se volverá a olvidar con frecuencia.» En realidad, no puede uno sustraerse a la sensación de que cuanto se pueda decir sobre los olvidos y los actos fallidos es ya cosa conocida y admitida por todos como algo evidente y natural. Lo extraño es que sea necesario todavía colocar a los hombres ante la conciencia cosas tan conocidas. Cuántas veces he oído decir:

«No me encargues eso. Seguramente lo olvidaré.»

La verificación de esta profecía no tiene nada de místico. El que así habló percibía en sí mismo el propósito de no cumplir el encargo y rehusaba confesárselo. El olvido de propósitos recibe mucha luz de algo que pudiéramos designar con el nombre de «formación de falsos propósitos».

Una vez había yo prometido a un joven autor escribir una revisión de su pequeña obra, pero a causa de resistencias interiores que no me eran desconocidas iba aplazando el cumplimiento de mi promesa de un día para otro, hasta que, vencido por el insistente apremio del interesado, me comprometí de nuevo un día a dejarle complacido aquella misma noche. Tenía reales intenciones de hacerlo así, pero después recordé que aquella noche debía ocuparme imprescindiblemente en la redacción de un informe de medicina legal.

Al reconocer entonces mi propósito como falso cesé en mi lucha contra mis resistencias interiores y rehusé en firme la crítica pedida.

[…]

Otro bello ejemplo (Adición de 1907) de equivocación, encaminada no tanto a traicionar los sentimientos del personaje como a orientar al auditorio colocado fuera de la escena, se encuentra en el drama de Schiller Wallenstein, Los Piccolomini (acto I, escena V), y nos muestra que el poeta que utilizó este medio conocía la significación y el mecanismo de la equivocación oral.

En la escena precedente, Max Piccolomini, lleno de entusiasmo, se ha declarado decidido partidario del duque, anhelando la llegada de la bendita paz, cuyos encantos le fueron descubiertos en su viaje acompañando al campamento a la hija de Wallenstein.

A continuación comienza la escena V:

«QUESTENBERG. -¡Ay de nosotros! ¿A esto hemos llegado? ¿Vamos, amigo mío, a dejarle marchar en ese error sin llamarle de nuevo y abrirle los ojos en el acto?

OCTAVIO.-(Saliendo de profunda meditación.) Ahora acaba él de abrírmelos a mí, y veo más de lo que quisiera ver. QUESTENBERG.-¿Qué es ello, amigo mío?

OCTAVIO.-¡Maldito sea el tal viaje!

QUESTENBERG .-¿Por qué ? ¿Qué sucede ?

OCTAVIO.-Venid. Tengo que perseguir inmediatamente la desdichada pista. Tengo que observarla con mis propios ojos. Venid. (Quiere hacerle salir.)

QUESTENBERG.-¿Por qué? ¿Dónde?

OCTAVIO.-(Apresurado.) Hacia «ella».

QUESTENBERG .-Hacia…

OCTAVIO.– (Corrigiéndose.) Hacia el duque. Vamos.» Esta pequeña equivocación -hacia ella en vez de hacia él -tiene por objeto revelarnos que el padre ha adivinado el motivo de la decisión de su hijo de ponerse al lado de Wallenstein, mientras que Questenberg, el cortesano, no comprendiendo nada, le dice «que le está hablando en adivinanza».

Otto Rank (1910) ha descubierto en Shakespeare otro ejemplo de empleo poético de la equivocación. Transcribo aquí la comunicación de Rank, publicada en la Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 3: «Otro ejemplo de equivocación oral, delicadamente motivado, utilizado con gran maestría técnica por un poeta y similar al señalado por Freud en el Wallenstein, de Schiller, nos enseña que los poetas conocen muy bien la significación y el mecanismo de esta función fallida y suponen que también lo conoce o comprenderá el público.

Este ejemplo lo hallamos en EL MERCADER DE VENECIA (acto III, escena II), de Shakespeare. Porcia, obligada por la voluntad de su padre a tomar por marido a aquel de sus pretendientes que acierte a escoger una de las tres cajas que le son presentadas, ha tenido hasta el momento la fortuna de que ninguno de aquellos amadores que no le eran gratos acertase en su elección. Por fin encuentra en Bassano al hombre a quien entregaría gustosa su amor, y entonces teme que salga también vencido en la prueba.

Quisiera decirle que aun sucediendo así puede estar seguro de que ella le seguirá amando; pero su juramento se lo impide.

En este conflicto interior le hace decir el poeta a su afortunado pretendiente: »’Quisiera reteneros aquí un mes o dos aún antes queaventurarais la elección de que dependo. Podría indicaros cómo escoger con acierto, pero, si así lo hiciera, sería perjura, y no lo seré jamás. Por otra parte, podéis no obtenerme, y si esto sucede, me haríais arrepentir, lo cual sería un pecado, de no haber faltado a mi juramento. ¡Mal hayan vuestros ojos ! se han hecho dueños de mi ser y lo han dividido en dos partes, de las cuales la una es vuestra y la otra vuestra, digo mía; mas siendo mía es vuestra, y así toda soy vuestra.’» Así, pues, aquello que Porcia quería tan sólo indicar ligeramente a Bassaso, por ser algo que en realidad debía callarle en absoluto, esto es, que ya antes de la prueba le amaba y era toda suya, deja el poeta, con admirable sensibilidad psicológica, que aparezca claramente en la equivocación, y por medio de este artificio consigue calmar tanto la insoportable incertidumbre del amante como la similar tensión del público sobre el resultado de la elección.

Dado el interés que merece tal confirmación por parte de los grandes poetas de nuestra concepción de las equivocaciones orales, creo justificado agregar aún a los anteriores un tercer ejemplo de esta clase, comunicado por E. Jones («Un ejemplo de uso literario de la equivocación oral», en la Zentralblatt Für Psychoanalyse, I, 10) (1911): »Otto Rank llama la atención, en un artículo recientemente publicado, sobre un bello ejemplo en el cual Shakespeare hace cometer a una de sus figuras femeninas, a Porcia, una equivocación oral, por medio de la cual quedan revelados sus secretos pensamientos. Por mi parte quiero también señalar un ejemplo análogo existente en El egoísta, la obra maestra del gran novelista inglés George Meredith.

El argumento de esta novela es el siguiente: un aristócrata muy admirado en su círculo mundano, sir Willaughby Patterne, se desposa con una tal miss Constancia Durham, la cual, habiendo descubierto en su prometido un desenfrenado egoísmo, que él oculta con habilidad a los ojos de la gente, se escapa, para huir de un matrimonio que le repugna, con un capitán, Oxford.

Años después Patterne y otra mujer, miss Clara Middleton, se dan mutua palabra de casamiento. La mayor parte del libro está destinada a describir minuciosamente el conflicto que surge en el alma de Clara Middleton al descubrir, como antes lo descubrió Constancia Durham, el egoísmo de su prometido. Determinadas circunstancias externas y su propia concepción del honor continúan manteniendo a Clara ligada a su promesa de matrimonio, mientras que cada vez va sintiendo mayor desprecio hacia sir Willaughby.

Estos sentimientos los confía en parte al secretario y primo de aquél, Vernon Whitford, con el cual se casa al final de la novela. Pero éste, por su lealtad hacia Patterne y varios motivos, guarda en un principio una actitud de reserva.

En un monólogo en el que Clara da rienda suelta a su dolor dice lo que sigue:

«¡Si un hombre noble viera la situación en que me hallo y no desdeñara prestarme su ayuda! ¡Oh, ser libertada de esta prisión donde gimo estre espinas! Por mí sola no puedo abrirme camino.

Soy demasiado cobarde.

Sólo una señal que con un dedo se me hiciera creo que me transformaría. Desgarrada y sangrante podría huir entre el desprecio y el griterío de la gente a refugiarme en los brazos de una camarada… Constancia halló un soldado. Quizá rezó y fue escuchada su plegaria. Hizo mal. Pero ¡cómo la amo por haber osado! El nombre de él era Harry Oxford

Ella no dudó, rompió sus cadenas y marchó franca y decididamente. Osada muchacha, ¿qué pensarás de mí? Pero yo no tengo ningún Harry Whitford; yo estoy sola…» »La rápida percepción de que había sustituido por otro nombre el de Oxford la anonadó como un mazazo, haciendo cubrirse su rostro de llameante púrpura.»

El hecho de que los nombres de los dos sujetos terminasen en «ford» facilita la confusión de la protagonista, y para muchos constituiría una justificación suficiente del error; pero el novelista indica claramente la verdadera causa profunda.

En otra parte del libro aparece de nuevo la misma equivocación, seguida de aquella vacilación y aquel repentino cambio de tema con los que nos familiarizan el psicoanálisis y la obra de Jung sobre las asociaciones, y que no aparecen más que cuando ha sido herido un complejo semiconsciente. Patterne dice en tono de superioridad, refiriéndose a Whitford: «¡Falsa alarma! El bueno de Vernon es incapaz de hacer nada extraordinario.» Clara responde: «Pero si, míster Oxford…, digo míster Whitford

Mirad vuestros cisnes cómo acuden atravesando el lago. ¡Qué bellos están cuando se hallan irritados!» Pero vamos a lo que iba a preguntaros: «Aquellos hombres que son testigos de una visible admiración que a otros se profesa, ¿no se desanimarán ante ello?»

Sir Willaughby se irguió rígidamente. Una repentina luz había iluminado su pensamiento. Todavía en otro lugar revela Clara con un nuevo lapsus su interior deseo de una íntima unión con Vernon Whitford. Dando un recado a un muchacho le dice:

«Di esta noche a mister Vernon…, a mister Whitford…».

La concepción de las equivocaciones orales que se sostiene en este libro ha sido verificada y comprobada hasta en sus más pequeños detalles.

Repetidas veces he conseguido demostrar que los más insignificantes y naturales casos de errores verbales tienen su sentido y pueden ser interpretados de igual modo que los casos más extraordinarios. Una paciente que contra toda mi voluntad, pero con firme decisión, emprendía una corta excursión a Budapest justificaba ante mí su desobediencia alegando que no pasaría en dicha ciudad nada más que tres días; pero se equivocó, y en vez de tres días, dijo tres semanas.

Con esto reveló que por su gusto, a pesar mío, pasaría mejor tres semanas que tres días con aquellas personas de Budapest cuya sociedad juzgaba yo perjudicial para ella. Una noche, queriendo excusarme de no haber ido a buscar a mi mujer a la salida de un teatro, dije: «He estado en el teatro a las diez y diez minutos.»

«¿Querrás decir a las diez menos diez?», me repusieron, rectificándome. Naturalmente, era esto lo que había querido decir, pues lo que había realmente dicho no constituía excusa ninguna. Había quedado con mi mujer en irla a buscar a la salida del teatro, y en el programa se decía que la función acabaría antes de las diez. Cuando llegué, el vestíbulo estaba ya a oscuras y el teatro vacío. Indudablemente la representación había terminado antes de mi llegada, y mi mujer no me había esperado.

Saqué el reloj y vi que eran las diez menos cinco minutos, pero me propuse presentar la cuestión en mi casa aún más favorablemente para mí diciendo que eran las diez menos diez. Por desgracia, mi equivocación echó a perder mi propósito y reveló mi insinceridad, haciéndome además confesar un retraso más grave del verdadero.

Partiendo de este punto llegamos a aquellas perturbaciones del discurso que no pueden considerarse ya como equivocaciones orales, porque no afectan sólo a una palabra aislada, sino al ritmo y a la total exteriorización de la oración como por ejemplo, las repeticiones y el tartamudeo causados por la confusión o el embarazo. Pero tanto en unos casos como en otros, lo que en las perturbaciones del discurso se revela es el conflicto interior. No creo, en verdad, que haya nadie que se equivoque durante una audiencia con el rey, en una seria y sincera declaración de amor o en una defensa del propio honor ante los jurados, esto es en aquellos casos en que, según nuestra justa expresión corriente, pone uno toda su alma.

Hasta al criticar el estilo de un escritor acostumbramos seguir aquel principio explicativo del que no podemos prescindir en la investigación de las equivocaciones aisladas. Un estilo límpido e inequívoco nos demuestra que el autor está de acuerdo consigo mismo, y, en cambio, una forma de expresión forzada o retorcida nos indica la existencia de una idea no desarrollada totalmente y nos hace percibir la ahogada voz de la autocrítica del autor.

Desde la aparición de la primera edición de este libro han comenzado varios amigos y colegas míos extranjeros a dedicar su atención a las equivocaciones cometidas en la lengua de sus respectivos países. Como era de esperar, han hallado que las leyes de las funciones fallidas son independientes del material oral y han adoptado igual método interpretativo que el empleado por nosotros en las equivocaciones cometidas en lengua alemana.

Siendo incontables los ejemplos, no transcribiré aquí más que uno: El doctor A. A. Brill (Nueva York) comunica la siguiente observación propia: A friend described to me a nervous patient and wished to know whether I could benefit him. I remarked: ‘I believe that in time I cuold remove all his symptoms by Psychoanalysis because it is a durable case’, wishing to say curable. («A contribution to The Psychopathology of Everyday Life», en Psychotherapy, III…..I, 1909.

Quiero, por último, añadir aquí (Adición 1917), para aquellos lectores que no se asustan ante un esfuerzo de atención y para aquellos otros familiarizados ya con el psicoanálisis, un ejemplo que demuestra a qué profundidades psíquicas puede llegarse en la persecución de los motivos de una equivocación oral.

L. Jekels (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, I, 1913):

«El día 11 de diciembre, hablando con una dama polaca, me dirigió ésta en su idioma y con cierto tonillo de desafío la pregunta siguiente: «¿Por qué he dicho yo hoy que tenía doce dedos?» A mi ruego reprodujo la escena en la que surgió su ocurrencia.

Aquel día se había propuesto salir a hacer una visita con su hija, la cual padecía de dementia praecox en estado de remisión, y la había mandado a cambiarse de blusa a una habitación contigua.

Al volver la hija ya vestida, encontró a su madre limpiándose las uñas, y entre ambas se desarrolló el siguiente diálogo:

LA HIJA. –Mira, yo ya estoy arreglada, y tú, no.

LA MADRE. -Es verdad; pero también tú no tenías más que hacer que ponerte una blusa, y yo, en cambio, tengo que arreglarme doce uñas.

LA HIJA. -¿Cómo?

LA MADRE. -(Impaciente.) Naturalmente. ¿No ves que tengo doce dedos? Preguntada por un colega mío que asistía a su relato sobre lo que se le ocurría fijando su atención en el número doce, respondió pronta y resueltamente: Doce no es para mí ninguna fecha (de importancia).

Pasando a la palabra dedos, nos comunicó, después de la ligera vacilación, la asociación siguiente: «En la familia de mi marido tenían todos seis dedos en cada pie. Cuando nacieron mis hijos, lo primero que hicimos fue ver si también tenían seis dedos.» Por causas exteriores al análisis no pudo éste ser continuado aquella noche pero a la mañana siguiente, día 12 de diciembre, recibí la visita de la señora, que me dijo, visiblemente excitada:

«Mire usted lo que me ha sucedido. Desde hace veinte años no he dejado nunca de felicitar a un anciano tío de mi marido en el día de su cumpleaños, que es hoy precisamente.

Siempre acostumbro escribirle una carta el día anterior; pero esta vez se me ha olvidado y he tenido que ponerle un telegrama.» Al oír esto recordé e hice recordar a la señora la seguridad con que la noche anterior había contestado a la pregunta de mi colega sobre el número doce, pregunta muy apropiada para haberle recordado el cumpleaños de su tío y a la que ella había respondido que el día 12 no significaba para ella ninguna fecha importante.

Entonces declaró la señora que el tío de su marido era hombre de fortuna y que ella había contado siempre con que le heredaría, pero que ahora pensaba en ello más que nunca, pues su situación económica era un tanto apurada.

Así, pues, cuando una conocida suya le había profetizado días antes, echándole las cartas, que iba a recibir mucho dinero, había pensado en el acto en el tío, es decir, en su fallecimiento. Le había pasado inmediatamente por el cerebro la idea de que dicho pariente era el único de quien podía ella, heredándole sus hijos, recibir dinero. También recordé de repente en aquella ocasión que ya la mujer del tío había prometido legar algo en su testamento a sus hijos, pero que luego había muerto sin testar y quizá hubiese dejado encargo a su marido de hacerlo a su muerte. Vese claramente que el deseo de la muerte del tío debió de surgir en ella con gran intensidad, pues la señora que le echaba las cartas le dijo después:

«Es usted capaz de incitar a la gente al asesinato.»

En los cuatro o cinco días que transcurrieron entre la profecía y el cumpleaños del tío, la señora buscó de continuo en los periódicos de la localidad en que éste vivía su obituario de defunción. No es, por tanto, ninguna maravilla que con tan intenso deseo de su muerte quedasen el hecho y la fecha del próximo cumpleaños tan vigorosamente reprimidos, que llegara no sólo a poderse producir el olvido de una intención cumplida sin falta tantos años seguidos, sino que tampoco fuese ésta recordada por la pregunta de mi colega.

En el lapsus «doce dedos» se abrió camino el reprimido «doce», contribuyendo también al fallo de la función. Digo contribuyendo, porque la asociación que surgió en el análisis ante la palabra «dedos» nos hace sospechar la existencia de otras motivaciones, explicándonos al mismo tiempo por qué razón el «doce» llegó a falsear la inocente frase de los diez dedos. La asociación era:

«En la familia de mi marido tenían todos seis dedos en cada pie.» …

Seis dedos en cada pie constituyen una anormalidad.

Seis dedos significan un niño anormal, y doce dedos, dos niños anormales.

Efectivamente, ésta era la realidad, pues tal señora se había casado muy joven con un hombre reconocidamente excéntrico y anormal, que al poco tiempo acabó por suicidarse, dejándole como única herencia dos hijas, declaradas anormales por varios médicos, que habían señalado en ellas graves taras hereditarias. La mayor de las hijas había vuelto a su casa hacía poco tiempo, después de grave ataque catatónico y la menor, que se hallaba en la pubertad, enfermó también meses después de una grave neurosis.

El hecho de que la anormalidad de las hijas se agregue aquí al deseo de la muerte del tío y se condense con este elemento, reprimido con fuerza distinta y de mayor valencia psíquica, nos obliga a aceptar, como segunda determinación de la equivocación, el deseo de la muerte de las dos hijas anormales.

La significación prevaleciente del doce como deseo de muerte se aclara por el hecho de hallarse muy íntimamente asociada al concepto de muerte en la representación del sujeto, pues el marido se había suicidado en un día 13 de diciembre; esto es, un día después del cumpleaños del tío, cuya mujer dijo en esta ocasión a la joven viuda: «Ayer nos felicitó aún tan cariñosa y amablemente…, ¡y hoy…!»

Quiero añadir además que la señora tenía, en realidad, razones más que suficientes para desear la muerte de sus hijas, las cuales no le proporcionaban ninguna alegría, sino sólo preocupaciones, imponiéndole penosas limitaciones de su propia vida y habiéndole obligado a renunciar, por cariño a ellas, a toda posible felicidad sentimental y amorosa.

También aquel día se había esforzado en evitar toda ocasión de irritar a la hija con la que iba a la visita, y es fácil hacerse una idea del gasto de paciencia y abnegación que esto supone tratándose de una enferma de dementia praecox, y cuántos sentimientos e impulsos de cólera es necesario dominar.

Conforme a todo lo anterior, el sentido de la equivocación sería el siguiente: El tío debe morir; estas hijas anormales deben morir (en general, toda esta familia anormal), y yo debo heredar su dinero. La equivocación posee, a mi juicio, varios signos de una estructura inhabitual, que son: 1º La existencia de dos determinantes condensadas en un elemento. 2º La existencia de las dos determinantes se refleja en la duplicación de la equivocación (doce uñas, doce dedos). 3º Es singular el que una de las significaciones del «doce», los doce dedos representativos de la anormalidad de las hijas, constituya una representación indirecta. La anormalidad psíquica está aquí representada por la física; la superior, por la inferior.»

Equivocaciones en la lectura y en la escritura

El hecho de que a las equivocaciones en la lectura y en la escritura puedan aplicarse las mismas consideraciones y observaciones que a los lapsus orales no resulta nada sorprendente conociendo el íntimo parentesco que existe entre todas estas funciones.

Así, pues, me limitaré a exponer algunos ejemplos cuidadosamente analizados, sin intentar incluir aquí la totalidad de los fenómenos.

Equivocaciones en la lectura.

1) Hojeando en el café un ejemplar del Leipzig Illustrierte, que mantenía un tanto oblicuamente ante mis ojos, leí al pie de una ilustración que ocupaba toda una página las siguientes palabras: «Una boda en la Odisea.»

Asombrado por aquel extraño título, rectifiqué la posición del periódico y leí de nuevo, corrigiéndome:

«Una boda en el Ostsee (mar Báltico)

¿Cómo había podido cometer tan absurdo error? Mis pensamientos se dirigieron en seguida hacia un libro de Ruths titulado Investigaciones experimentales sobre las imágenes musicales, etc., que recientemente había leído con gran detenimiento por tratar de cuestiones muy cercanas a los problemas psicológicos objeto de mi actividad.

El autor anunciaba en este libro la próxima publicación de otro, que había de titularse Análisis y leyes fundamentales de los fenómenos oníricos, y habiendo yo publicado poco tiempo antes una Interpretación de los sueños, no es extraño que esperara con gran interés la aparición de tal obra.

En el libro de Ruth sobre las imágenes musicales hallé, al recorrer el índice, el anuncio de una detallada demostración inductiva de que los antiguos mitos y tradiciones helénicos poseen sus principales raíces en las imágenes musicales, en los fenómenos oníricos y en los delirios.

Al ver esto abrí inmediatamente el libro por la página correspondiente para ver si el autor conocía la hipótesis que interpreta la escena de la aparición de Ulises ante Nausicaa, basándola en el vulgar sueño de desnudez. Uno de mis amigos me había llamado la atención sobre el bello pasaje de la obra de G. Keller Enrique el Verde, en el que este episodio de la Odisea se interpreta como una objetivación de los sueños del navegante, al que los elementos hacen vagar por mares lejanos a su patria.

A esta interpretación había añadido yo la referencia al sueño exhibicionista de la propia desnudez. Nada de esto descubrí en el libro de Ruth. Resulta, pues, que lo que en este caso me preocupaba era un pensamiento de prioridad.

2) Veamos cómo pude cometer un día el error de leer en un periódico: «En tonel (Im Fass), por Europa», en vez de «A pie (Zu Fuss) por Europa.» La solución de este error me llevó mucho tiempo y estuvo llena de dificultades. Las primeras asociaciones que se presentaron fueron que En tonel… tenía que referirse al tonel de Diógenes, y luego, que en una Historia del arte había leído hacía poco tiempo algo sobre el arte en la época de Alejandro. De aquí no había más que un paso hasta el recuerdo de la conocida frase de este rey: «Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes.» Recordé asimismo, muy vagamente, algo relativo a cierto Hermann Zeitung que había hecho un viaje encerrado en un cajón.

Aquí cesaron de presentarse nuevas asociaciones, y no fue tampoco posible hallar la página de la Historia del arte en la que había leído la observación a que antes me he referido.

Meses después me volví a ocupar de este problema de interpretación, que había abandonado antes de llegar a resolverlo, y esta vez se presentó acompañado ya de su solución.

Recordé haber leído en un periódico (Zeitung) un artículo sobre los múltiples y a veces extravagantes medios de transporte (Beförderung) utilizados en aquellos días por las gentes para trasladarse a París, donde se celebraba la Exposición Universal, artículo en el que, según creo, se comentaba humorísticamente el propósito de cierto individuo de hacer el camino hasta París metido dentro de un tonel que otro sujeto haría rodar.

Como es natural, estos excéntricos no se proponían con estas locuras más que llamar la atención sobre sus personas. Hermann Zeitung era, en realidad, el nombre del individuo que había dado el primer ejemplo de tales desacostumbrados medios de trasporte (Beförderung). Después recordé que en una ocasión había asistido a un paciente cuyo morboso miedo a los periódicos reveló ser una reacción contra la ambición patológica de ver su nombre impreso en ellos como el de un personaje de renombre.

Alejandro Magno fue seguramente uno de los hombres más ambiciosos que han existido. Se lamentaba de que no le fuera dado encontrar un Homero que cantase sus hazañas.

Mas ¿cómo no se me había ocurrido antes pensar en otro Alejandro muy próximo a mí, en mi propio hermano menor, así llamado? Al llegar a este punto hallé en el acto tanto el pensamiento que refiriéndose a este Alejandro había sufrido una represión por su naturaleza desagradable como las circunstancias que ahora le habían permitido acudir a mi memoria.

Mi hermano estaba muy versado en las cuestiones de tarifas y transportes, y en una determinada época estuvo a punto de obtener el título de profesor de una Escuela Superior de Comercio. También yo estaba propuesto desde hacía varios años para una promoción (Beförderung) al título de profesor de la Universidad. Nuestra madre manifestó por entonces su extrañeza de que su hijo menor alcanzara antes que el mayor el título por ambos deseado.

Esta era la situación en la época en la que me fue imposible hallar la solución de mi error en la lectura. Después tropezó también mi hermano con graves inconvenientes.

Sus probabilidades de alcanzar el título de profesor quedaron por bajo de las mías, y entonces, como si esta disminución de las probabilidades de mi hermano de obtener el deseado título hubiera apartado un obstáculo, fue cuando de repente se me apareció con toda claridad el sentido de mi equivocación en la lectura.

Lo sucedido era que me había conducido como si leyera en el periódico el nombramiento de mi hermano, y me dije a mí mismo: «Es curioso que por tales tonterías (las ocupaciones profesionales de mi hermano) pueda salir en un periódico (esto es, pueda uno ser nombrado profesor).» En el acto me fue posible hallar sin dificultad ninguna en la Historia del arte el

párrafo sobre el arte helénico en tiempo de Alejandro, viendo con asombro que en mis pasadas investigaciones había leído varias veces la página de referencia y todas ellas había saltado, como poseído por una alucinación negativa, la tan buscada frase. Por otra parte, ésta no contenía nada que hubiese podido iluminarme ni tampoco nada que por desagradable hubiera tenido que ser olvidado.

A mi juicio, el síntoma de no encontrar en el libro la frase buscada no apareció más que para inducirme a error, haciéndome buscar la continuación de la asociación de ideas precisamente allí donde se hallaba colocado un obstáculo en el camino de mi investigación; esto es, en cualquier idea sobre Alejandro Magno, con lo cual había de quedar desviado mi pensamiento de mi hermano del mismo nombre.

Esto se produjo, en efecto, pues yo dirigí toda mi actividad a encontrar en la Historia del arte la perdida página.

El doble sentido de la palabra Beförderung (transporte-promoción) constituye en este caso el puente asociativo entre los dos complejos : uno, de escasa importancia, excitado por la noticia leída en el periódico, y otro, más interesante, pero desagradable, que se manifestó como perturbación de lo que se trataba de leer.

Este ejemplo nos muestra que no son siempre fáciles de esclarecer fenómenos de la especie de esta equivocación.

En ocasiones llega a ser preciso aplazar para una época más favorable la solución del problema. Pero cuanto más difícil se presenta la labor de interpretación, con más seguridad se puede esperar que la idea perturbadora, una vez descubierta, sea juzgada por nuestro pensamiento consciente como extraña y contradictoria.

3) Un día recibí una carta en la que se me comunicaba una mala noticia. Inmediatamente llamé a mi mujer para transmitírsela, informándola de que la pobre señora de Wilhelm M. había sido desahuciada por los médicos.

En las palabras con que expresé mi sentimiento debió de haber, sin embargo, algo que, sonando a falso, hizo concebir a mi mujer alguna sospecha, pues me pidió la carta para verla, haciéndome observar que estaba segura de que en ella no constaba la noticia en la misma forma en que yo se la había comunicado, porque, en primer lugar, nadie acostumbra aquí designar a la mujer sólo por el apellido del marido, y además la persona que nos escribía conocía perfectamente el nombre de pila de la citada señora. Yo defendí tenazmente mi afirmación, alegando como argumento la redacción usual de las tarjetas de visita, en las cuales la mujer suele designarse a sí misma por el apellido del marido.

Por último, tuve que mostrar la carta, y, efectivamente, leímos en ella no sólo «el pobre W. M.», sino «el pobre doctor W. M.», cosa que me había escapado antes por completo.

Mi equivocación en la lectura había significado un esfuerzo espasmódico, por decirlo así, encaminado a transportar del marido a la mujer la triste noticia.

El título incluido entre el adjetivo y el apellido no se adaptaba a mi pretensión de que la noticia se refiriese a la mujer, y, por tanto, fue omitido en la lectura.

El motivo de esta falsificación no fue, sin embargo, el de que la mujer me fuese menos simpática que el marido, sino la preocupación que la desgracia de éste despertó en mí con respecto a una persona allegada que padecía igual enfermedad.

4) Más irritante y ridícula es otra equivocación en la lectura a la que sucumbo con gran frecuencia cuando en épocas de vacaciones me hallo en alguna ciudad extranjera y paseo por sus calles.

En otras ocasiones leo la palabra «Antigüedades» en todas las muestras de las tiendas en las que consta algún término parecido, equivocación en la que surge al exterior el deseo de hallazgos interesantes que siempre abriga el coleccionista.

5) Bleuler relata en su importante obra TITULADA AFECTIVIDAD, SUGESTIBILIDAD, PARANOIA (1906, pág. 121) el siguiente caso: Estando leyendo, tuve una vez la sensación intelectual de ver escrito mi nombre dos líneas más abajo. Para mi sorpresa, no hallé, al buscarlo, más que la palabra corpúsculos de la sangre (Blutkörperchen).

De los muchos millares de casos analizados por mí de equivocaciones en la lectura, surgidas en palabras situadas tanto en el campo visual periférico como en el central, era éste el más interesante.

Siempre que antes había imaginado ver mi nombre, la palabra que motivaba la equivocación había sido mucho más semejante a él, y en la mayoría de los casos tenían que existir en los lugares inmediatos todas las letras que lo componen para que yo llegara a cometer el error.

Sin embargo, en este caso no fue difícil hallar los fundamentos de la ilusión sufrida, pues lo que estaba leyendo era precisamente el final de una crítica en la que se calificaban de equivocados determinados trabajos científicos, entre los cuales sospechaba yo pudieran incluirse los míos.»

6) (Adición de 1919.) Hanns Sachs contó haber leído:

«Las cosas que impresionan a los demás son sobrepasadas por él en su Steifleinenheit (erudición pedante). Esta palabra me sorprendió, continuaba diciendo Sachs, y observándole con detención descubrí que era Stilfeinheit (estilo elegante)».

Este pasaje sucedió en el curso de unas observaciones por un autor al que admiraba, que alababa exageradamente a un historiador al que yo no tenía simpatía por exhibir el «modo magistral germano» en forma muy marcada.

7) El doctor Marcell Eibenschüetz comunica el siguiente caso de equivocación en la lectura, cometida en una investigación filológica (Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 5-6) (1911).

«Trabajo actualmente en la traducción del Libro de los mártires, conjunto de leyendas escritas en alemán arcaico. Mi traducción está destinada a aparecer en la serie de ‘Textos alemanes de la Edad Media’ que publica la Academia de Ciencias prusiana. Las referencias sobre este ciclo de leyendas, inédito aún, son muy escasas; el único escrito conocido sobre él es un estudio de J. Haupt titulado Sobre el «Libro de los mártires», obra de la Edad Media alemana. Haupt no utilizó para su trabajo un manuscrito antiguo, sino una copia moderna (del siglo XIX) del Códice principal C (Klosterneuburg), copia que se conserva en la Biblioteca Real.

Al final de esta copia existe la siguiente inscripción:

ANNO DOMINI MDCCCL IN VIGILIA EXALTATIONIS SANCTE CRUCIS CEPTUS EST ISTE LIBER ET IN VIGILIA PASCE ANNI SUBSEQUENTIS FINITUS CUM AUDITORIO OMNIPOTENTIS PER ME HARTMANUM DE KRASNA TUNC TEMPORIS ECCLESIE NIWENBURGENSIS CUSTODEM.

Haupt incluye en su estudio esta inscripción, creyéndola de mano del mismo autor del manuscrito C, y, sin embargo, no modifica su afirmación de que éste fue escrito en el año 1350, lo cual supone haber leído equivocadamente la fecha de 1850 que consta contoda claridad en números romanos, e incurre en este error, a pesar de haber tenido que copiar la inscripción entera, en la cual aparece la citada fecha de MDCCCL.

El trabajo de Haupt ha constituido para mí un manantial de confusiones.

Al principio, hallándome por completo como novicio en la ciencia filológica, bajo la influencia de la autoridad de Haupt, cometí durante mucho tiempo igual error que él y leí en la citada inscripción 1350 en vez de 1850; mas luego vi que en el manuscrito principal C, por mí utilizado, no existía la menor huella de tal inscripción, y descubrí además que en todo el siglo XIV no había habido en Klosterneuburg ningún monje llamado Hartmann.

Cuando por fin cayó el velo que oscurecía mi vista, adiviné todo lo sucedido, y subsiguientes investigaciones confirmaron mi hipótesis en todos sus puntos. La tan repetida inscripción no existe más que en la copia utilizada por Haupt y proviene de mano del copista, el padre Hartmann Zeibig, natural de Krasna (Moravia), fraile agustino y canónigo de Klosterneuburg, el cual copió en 1850, siendo tesorero de la Orden, el manuscrito principal C, y se citó a sí mismo, según costumbre antigua, al final de la copia.

El estilo medieval y la arcaica fotografía de la inscripción, unidos al deseo de Haupt de dar el mayor número posible de datos sobre la obra objeto de su estudio y, por tanto, de precisar la fecha del manuscrito C, contribuyeron a hacerle leer siempre 1350 en vez de 1850. (Motivo del acto fallido.)»

8) Entre las Ocurrencias chistosas y satíricas, de Lichtenberg, se encuentra una que seguramente ha sido tomada de la realidad y encierra en sí casi toda la teoría de las equivocaciones en la lectura.

Es la que sigue: «Había leído tanto a Homero, que siempre que aparecía ante su vista la palabra angenommen (admitido) leía Agamemnon (Agamenón).» En una numerosísima cantidad de ejemplos es la predisposición del lector la que transforma el texto a sus ojos, haciéndole leer algo relativo a los pensamientos que en aquel momento le ocupan.

El texto mismo no necesita coadyuvar a la equivocación más que presentando alguna semejanza en la imagen de las palabras, semejanza que pueda servir de base al lector para verificar la transformación que su tendencia momentánea le sugiere.

El que la lectura sea rápida y sobre todo, el que el sujeto padezca algún defecto, no corregido, de la visión son factores que coadyuvan a la aparición de tales ilusiones, pero que no constituyen en ningún modo condiciones necesarias.

9) La pasada época de guerra, haciendo surgir en toda persona intensas y duraderas preocupaciones, favoreció la comisión de equivocaciones en la lectura más que en la de ningún otro rendimiento fallido. Durante dichos años pude hacer una gran cantidad de observaciones, de las que, por desgracia, sólo he anotado algunas. Un día cogí un periódico y hallé en él impresa en grandes letras la frase siguiente: «La paz de Göerz» (Der Friede von Göerz).

Mas en seguida vi que me había equivocado y que lo que realmente constaba allí era «El enemigo ante Göerz» (Die Feinde von Göerz). No es extraño que quien tenía dos hijos combatiendo en dicho punto cometiese tal error. Otra persona halló en un determinado contexto una referencia a «antiguos bonos de pan» (alte Brotkarte), bonos que, al fijar su atención en la lectura, tuvo que cambiar por «brocados antiguos» (alte Brokate).

Vale la pena de hacer constar que el individuo que sufrió este error era frecuentemente invitado a comer por una familia amiga y solía corresponder a tal amabilidad y hacerse grato a la señora de la casa cediéndole los bonos de pan que podía procurarse. Un ingeniero, preocupado porque su equipo de faena no había podido nunca resistir sin destrozarse en poco tiempo la humedad que reinaba en el túnel en cuya construcción trabajaba, leyó un día, quedándose asombrado, un anuncio de «objetos de piel malísima» (Schundleder -textualmente: piel indecente-).

Pero los comerciantes rara vez son tan sinceros. Lo que el anuncio recomendaba eran objetos de «piel de foca» (See hundleder).

La profesión o situación actual del lector determinan también el resultado de sus equivocaciones. Un filólogo que, a causa de sus últimos y excelentes trabajos, se halla en controversia con sus colegas, leyó en una ocasión «estrategia del idioma» (Sprachstrategie), en vez de «estrategia del ajedrez» (Schachstrategie).

Un sujeto que paseaba por las calles de una ciudad extranjera, al llegar la hora en que el médico que le curaba de una enfermedad intestinal le había prescrito la diaria y regular realización de un acto necesario, leyó en una gran muestra colocada en el primer piso de un alto almacén la palabra Closet; mas a su satisfacción de haber hallado lo que le permitía no infringir su plan curativo se mezcló cierta extrañeza por la inhabitual instalación de aquellas necesarias habitaciones.

Al mirar de nuevo la muestra desapareció su satisfacción, pues lo que realmente había escrito en ella era Corset-House.

10) Existe un segundo grupo de casos en el que la participación del texto en el error que se comete en su lectura es más considerable.

En tales casos, el contenido del texto es algo que provoca una resistencia en el lector o constituye una exigencia o noticia dolorosa para él, y la equivocación altera dicho texto y lo convierte en algo expresivo de la defensa del sujeto contra lo que le desagrada o en una realización de sus deseos. Hemos de admitir, por tanto, que en esta clase de equivocaciones se percibe y se juzga el texto antes de corregirlo, aunque la conciencia no se percate en absoluto de esta primera lectura.

Un ejemplo de este género es el señalado con el número (3) en páginas anteriores, y otro, el que a continuación transcribimos, observado por el doctor Eitingon durante su permanencia en el hospital militar de Ygló (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, II, 1915):

«El teniente X., que se encuentra en nuestro hospital enfermo de una neurosis traumática de guerra, me leía una tarde la estrofa final de una poesía del malogrado Walter Heymann, caído en la lucha.

Al llegar a los últimos versos, X., visiblemente emocionado, los leyó en la siguiente forma:

»– Mas ¿dónde está escrito, me pregunto, que sea yo el que entre todos permanezca en vida y sea otro el que en mi lugar caiga? Todo aquel que de vosotros muere, muere seguramente por mí. ¿Y he de ser yo el que quede con vida? ¿Por qué no?

» Mi extrañeza llamó la atención del lector, que, un poco confuso, rectificó:

»-¿Y he de ser yo el que quede con vida? ¿Por qué yo.»»

Este caso me permitió penetrar analíticamente en la naturaleza del material psíquico de las «neurosis traumáticas de guerra» y avanzar en la investigación de sus causas un poco más allá de las explosiones de las granadas, a las que tanta importancia se ha concedido en este punto.

En el caso expuesto se presentaban también a la menor excitación los graves temblores que caracterizan a estas neurosis, así como la angustia y la propensión al llanto, a los ataques de furor, con manifestaciones motoras convulsivas de tipo infantil, y a los vómitos.

El origen psíquico de estos síntomas, sobre todo del último, hubiera debido ser percibido por todo el mundo, pues la aparición del médico mayor que visitaba de cuando en cuando a los convalecientes o la frase de un conocido que al encontrar a uno en la calle le dijese: «Tiene usted muy buen aspecto.

Seguramente está usted ya curado», bastaban para provocar en el acto un vómito. «Curado…, volver al frente…, ¿por qué yo?» El doctor Hans Sachs ha reunido y comunicado algunos otros casos de equivocaciones en la lectura motivadas por las circunstancias especiales de la época de guerra (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, IV, 191617):

11) «Un conocido mío me había dicho repetidas veces que cuando fuera llamado a filas no haría uso del derecho que su título facultativo le concedía de prestar sus servicios en el interior y, por tanto, iría al frente de batalla. Poco tiempo antes de llegarle su turno me comunicó un día, con seca concisión, que había presentado su título para hacer valer sus derechos y que, en consecuencia, había sido destinado a una actividad industrial.

Al día siguiente nos encontramos en una oficina. Yo me hallaba escribiendo ante un pupitre, y mi amigo se situó detrás de mí y estuvo mirando un momento lo que yo escribía. Luego dijo: ‘La palabra esa de ahí arriba es Druckbogen (pliego), ¿no? Antes había leído Drückeberger (cobarde)’.»

12) «Yendo sentado en un tranvía iba pensando en que algunos de mis amigos de juventud que siempre habían sido teñidos por delicados y débiles se hallaban ahora en estado de resistir penosas marchas, a las que yo seguramente sucumbiría.

En medio de estos pocos agradables pensamientos leí a la ligera y de pasada en la muestra de una tienda las palabras ‘Constituciones de hierro‘, escritas en grandes letras negras. Un segundo después caí en que estas palabras no eran apropiadas para constar en el rótulo de ningún comercio y, volviéndome, conseguí echar aún una rápida ojeada sobre el letrero. Lo que realmente se leía en él era: ‘Construcciones de hierro’.»

13) «En los periódicos vi un día un despacho de la agencia Reuter con la noticia, desmentida más tarde, de que Hughes había sido elegido presidente de la República de los Estados Unidos.

Al pie de esta noticia venía una corta biografía del supuesto elegido, y en ella leí que Hughes había cursado sus estudios en la Universidad de Bonn, extrañando no haber encontrado este dato en ninguno de los artículos periodísticos que, con motivo de la elección presidencial en Norteamérica, venían publicándose hacía ya algunas semanas. Una nueva lectura me demostró que la Universidad citada era la de Brown.

Este rotundo caso, en el cual hubo de ser necesaria una fuerte violencia para la producción del error, se explica por la ligereza con la que suelo leer los periódicos; pero, sobre todo, por el hecho de que la simpatía del nuevo presidente hacia las potencias centrales me parecía deseable como fundamento de futuras buenas relaciones y no sólo por motivos políticos, sino también de índole personal.»

Equivocaciones en la escritura.

1)

En una hoja de papel que contenía principalmente notas diarias de interés profesional encontré con sorpresa la fecha equivocada, «Jueves, 20 octubre», escrita en vez de la verdadera, que correspondía al mismo día del mes de septiembre. No es difícil explicar esta anticipación como expresión de un deseo.

En efecto, días antes había regresado con nuevas fuerzas de mi viaje de vacaciones y me sentía dispuesto a reanudar mi actividad médica, pero el número de pacientes era aún pequeño.

A mi llegada había hallado una carta, en la que un enfermo anunciaba su visita para el día 20 de octubre.

Al escribir la fecha del mismo día del mes de septiembre debí de pensar: «Ya podía estar aquí X. ¡Qué lástima tener que perder un mes entero!», y con esta idea anticipé la fecha. Como el pensamiento perturbador no podía calificarse en este caso de desagradable, hallé sin dificultad la explicación de mi error en cuanto me di cuenta de él.

Al otoño siguiente cometí de nuevo un error análogo y similarmente motivado.

E. Jones ha estudiado estos casos de equivocación en la escritura de las fechas, hallándolos, en su mayoría, dependientes de un motivo.

2) Habiendo recibido las pruebas de mi contribución a la Memoria anual sobre Neurología y Psiquiatría, me dediqué con especial cuidado a revisar los nombres de los autores extranjeros citados en mi trabajo, nombres que por pertenecer a personas de diversas nacionalidades presentan siempre alguna dificultad para los cajistas.

En efecto, hallé varias erratas de esta clase, que tuve que corregir; pero lo curioso fue que el cajista había rectificado, en cambio, en las pruebas un nombre que yo había escrito erróneamente en las cuartillas.

En mi artículo alababa yo el trabajo del tocólogo Burckhardt sobre la influencia del nacimiento en el origen de la parálisis infantil, y al escribir dicho nombre me había equivocado y había escrito Buckrhardt, error que el cajista corrigió, componiendo el nombre correctamente.

Mi equivocación no provenía de que yo abrigase contra el tocólogo una enemistad que me hubiera hecho desfigurar su nombre al escribirlo; pero era el caso que su mismo apellido lo llevaba también un escritor vienés que me había irritado con una crítica poco comprensiva de mi Interpretación de los sueños, y de este modo, lo sucedido fue como si al escribir el apellido Burckhardt, con el que quería designar al tocólogo, hubiera pensado algo desagradable del otro escritor de igual apellido, cometiendo entonces el error que desfiguró aquél, acto que, como ya indicamos antes, significa desprecio hacia la persona correspondiente.

3) Esta afirmación aparece confirmada y robustecida por una autoobservación, en la que A. J. Storfer expone con franqueza digna de encomio los motivos que le hicieron recordar inexactamente primero y escribir luego, desfigurándolo, el nombre de un supuesto émulo científico (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, II, 1914):

«UNA OBSTINADA DESFIGURACION DE UN NOMBRE»:

«En diciembre de 1910 vi en el escaparate de una librería de Zurich el entonces reciente libro del doctor Eduard Hitschmann sobre la teoría freudiana de las neurosis. Por aquellos días trabajaba yo precisamente en una conferencia, que debía pronunciar en una sociedad científica, sobre la Psicología de Freud.

En la ya escrita introducción a mi conferencia hablaba yo del desarrollo histórico de la Psicología freudiana, observando que por tener ésta su punto de partida en investigaciones de carácter práctico, se hacía muy difícil exponer en un breve resumen sus líneas fundamentales, no habiendo hasta el momento nadie que hubiese emprendido tal tarea.

Al ver aquel libro, de autor hasta entonces desconocido para mí, no pensé al principio comprarlo, y cuando díasdespués decidí lo contrario, el libro no estaba ya en el escaparate.

Al dar en la tienda el título de la obra recién publicada nombré como autor al doctor Eduard Hartmann.

El librero me corrigió, diciendo: ‘Querrá usted decir Hitschmann’, y me trajo el libro deseado. »El motivo inconsciente del rendimiento fallido era fácil de descubrir: yo contaba ya, en cierto modo, con hacerme un mérito de haber resumido antes que nadie las líneas fundamentales de la teoría psicoanalítica, y, por tanto, había visto con enfado y envidia la aparición del libro de Hitschmann, que disminuía mis merecimientos. La deformación del nombre de su autor constituía, pues, conforme a las teorías sustentadas en la PSICOPATOLOGíA DE LA VIDA COTIDIANA, un acto de hostilidad inconsciente.

Con esta explicación me di entonces por satisfecho. »Semanas después anoté por escrito las circunstancias del rendimiento fallido relatado, y al hacerlo se me ocurrió pensar en cuál sería la razón de haber transformado el nombre de Eduard Hitschmann precisamente en Eduard Hartmann.

¿Habría sido tan sólo la semejanza entre ambos nombres la que me había hecho escoger como sustitutivo el del renombrado filósofo?

Mi primera asociación fue el recuerdo de que el profesor Hugo Meltzl, apasionado admirador de Schopenhauer, había dicho un día lo siguiente: ‘Eduard von Hartmann es Schopenhauer desfigurado, Schopenhauer vuelto hacia la izquierda’.

Así pues, la tendencia afectiva que había determinado la imagen sustitutiva del nombre olvidado era ésta: ‘El tal Hitschmann y su exposición compendiada de las teorías de Freud no deben de ser nada que valga la pena. Hitschmann debe de ser, con respecto a Freud, lo que Hartmann con respecto a Schopenhauer.’ »Al cabo de seis meses cayó ante mi vista la hoja en que había anotado este caso de olvido determinado y acompañado de recuerdo sustitutivo, y al leerla observé que nuevamente había desfigurado en mi relato el nombre de Hitschmann, escribiendo Hintschmann.»

4) He aquí otro caso de equivocación en la escritura, aparentemente grave, y que pudiera ser también incluido entre los casos de «actos de término erróneo» (Vergreifen):

«En una ocasión me proponía sacar de la Caja Postal de Ahorros la cantidad de 300 coronas, que deseaba enviar a un pariente mío, residente fuera de Viena, para hacer posible emprender una cura de aguas prescrita por su médico.

Al ocuparme de este asunto vi que mi cuenta corriente ascendía a 4.380 coronas, y decidí dejarla reducida a 4.000, cantidad redonda que debía permanecer intacta en calidad de reserva para futuras contingencias.

Después de extender el cheque en forma regular y haber cortado en la libreta los cupones correspondientes a la cantidad deseada, me di cuenta de que había solicitado extraer de la Caja de Ahorros no 380 coronas, como quería, sino exactamente 438, y quedé asustado de la poca seguridad con que ejecutaba mis propios actos.

En seguida reconocí lo injustificado de mi miedo, pues mi error no me hubiera hecho más pobre de lo que era antes de él. Pero hube de reflexionar un rato con objeto de descubrir la influencia que había modificado mi primera intención, sin advertir antes de ello a mi conciencia.

Al principio me dirigí por caminos equivocados. Sustraje 380 coronas de 438 y me quedé sin saber qué hacer de la diferencia obtenido.

Mas al fin caí en la verdadera conexión: ¡438 era el diez por ciento de 4.380, total de mi cuenta corriente! ¡Y el diez por ciento es el descuento que hacen los libreros! Recordé que días antes había buscado en mi biblioteca, y reunido aparte, una cantidad de obras de

Medicina que habían perdido su interés para mí con objeto de ofrecérselas al librero, precisamente por 300 coronas. El librero encontró demasiado elevado el precio y quedó en darme algunos días después su definitiva respuesta.

En caso de aceptar el precio pedido, me habría reembolsado la suma que yo tenía que enviar a mi enfermo pariente. No cabía, pues, dudar de que en el fondo lamentaba tener que disponer de aquella suma en favor de otro. La emoción que experimenté al darme cuenta de mi error queda mejor explicada ahora, interpretándola como un temor de arruinarme con tales gastos. Pero ambas cosas, el disgusto de tener que enviar la cantidad y el miedo a arruinarme con él ligado, eran completamente extrañas a mi conciencia. No sentí la menor huella de disgusto al prometer enviar dicha suma y hubiera encontrado risible la motivación del mismo.

Nunca me hubiera creído capaz de abrigar tales sentimientos si mi costumbre de someter a los pacientes al análisis psíquico no me hubiera familiarizado hasta cierto punto con los elementos reprimidos de la vida anímica, y si, además, no hubiera tenido días antes un sueño que reclamaba igual interpretación».

5) El caso que va a continuación y cuya autenticidad puedo garantizar, está tomado de una comunicación de W Stekel:

«En la redacción de un difundido semanario ocurrió recientemente un increíble caso de equivocación en la escritura y en la lectura. La dirección de dicho semanario había sido tachada de ‘vendida’, y se trataba de contestar en un artículo rechazando con indignación el insultante calificativo.

El redactor jefe y el autor de dicho artículo leyeron éste repetidas veces, tanto en las cuartillas como en las pruebas, y ambos quedaron satisfechos. De repente llegó a su presencia el corrector, haciéndoles notar una pequeña errata que se les había escapado a todos.

En el artículo se leía con toda claridad lo siguiente: ‘Nuestros lectores testimoniarán que nosotros hemos defendido siempre interesadamente el bien general.’ Como es lógico, lo que allí se había querido decir era desinteresadamente. Pero los verdaderos pensamientos se abrieron camino a través del patético discurso.»

6) Una lectora del Pester Lloyd, la señora Kata Levy, de Budapest, observó un caso similar de sinceridad involuntaria en una afirmación de un telegrama de Viena publicado por dicho periódico el 11 de octubre de 1918.

Decía así: «A causa de la absoluta confianza que durante toda la guerra ha reinado entre nosotros y nuestros aliados alemanes, debe suponerse como cosa indudable que ambas potencias obrarán conjuntamente en todas las ocasiones y, por tanto, es ocioso añadir que también en esta fase de la guerra laboran de imperfecto acuerdo los Cuerpos diplomáticos de ambos países.» Pocas semanas después se pudo hablar con más libertad de dicha «absoluta confianza», sin tener que recurrir a las equivocaciones en la escritura o en la composición.

7) Un americano que había venido a Europa, dejando en su país a su mujer, después de algunos disgustos conyugales, creyó llegada, en un determinado momento, la ocasión de reconciliarse con ella y la invitó a atravesar el Océano y venir a su lado.

«Estaría muy bien -le escribió- que pudieras hacer la travesía en el Mauritania, como yo la hice.» Al releer la carta rompió el pliego en que iba la frase anterior y lo escribió de nuevo, no queriendo que su mujer viera la corrección que le había sido necesario efectuar en el nombre del barco. La primera vez había escrito Lusitania.

Este lapsus calami no necesita explicación y puede interpretarse en el acto. Pero cabe añadir lo siguiente: la mujer del americano había ido a Europa por primera vez a raíz de la muerte de su única hermana, y si no me equivoco, el Mauritania es el buque gemelo del Lusitania, perdido durante la guerra. (Agregado en 1920.)

8) Un médico examinó a un niño y puso una receta en cuya composición entraba alcohol. Mientras redactaba su prescripción, la madre del niño hubo de fatigarle con preguntas ociosas. El médico se propuso interiormente no molestarse por tal inoportunidad, consiguiéndolo, en efecto, pero se equivocó al escribir, y puso, en lugar de alcohol, achol (aproximadamente, «nada de cólera»). (Agregado en 1910.)

9) A causa de la semejanza en el contenido, añadiré aquí un caso observado por E. Jones en su colega A. A. Brill.

Este último, que es abstemio, bebió un día un poco de vino, obligado por las obstinadas instancias de un amigo.

A la mañana siguiente un violento dolor de cabeza le dio motivo para lamentar el haber cedido.

En aquellos instantes tuvo que escribir el nombre de una paciente llamada Ethel, y en lugar de esto escribió Ethyl (Etil-alcohol).

A ello coadyuvó el hecho de que la aludida paciente acostumbraba beber más de lo que le hubiera convenido.

10) Dado que una equivocación de un médico al escribir una receta posee una importancia que sobrepasa el general valor práctico de los funcionamientos fallidos, transcribiré aquí con todo detalle el único análisis publicado hasta el día de tal error en la escritura (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, I, 1913):

UN CASO REPETIDO DE EQUIVOCACION EN LA ESCRITURA DE UNA RECETA DOCTOR EDUARD HITSCHMANN

«Un colega me contó un día que en el transcurso de varios años le había sucedido repetidas veces equivocarse al prescribir un determinado medicamento a pacientes femeninas de edad ya madura.

En dos casos recetó una dosis diez veces mayor de la que se proponía, y después, al darse repentina cuenta de su error, tuvo que regresar (lleno de temor de haber perjudicado a las pacientes y de atraer sobre sí mismo graves complicaciones) al lugar donde había dejado las recetas, para pedir que se las devolvieran.

Este raro acto sintomático (Symptomhandulug) merece ser detenidamente observado, exponiendo por separado y con todo detalle las diversas ocasiones en que se manifestó. Primer caso.

El referido médico recetó a una mujer, situada ya en el umbral de la ancianidad, supositorios de belladona diez veces más fuertes de lo que se proponía. Después abandonó la clínica, y cerca de una hora más tarde, cuando estaba ya en su casa almorzando y leyendo el periódico, se dio de repente cuenta de su error.

Sobrecogido, corrió a la clínica para preguntar las señas de la paciente, y luego a casa de ésta, situada en un barrio apartado. Por fin encontró a la mujer, que aún no había hecho uso de la receta, y logró que se la devolviera, regresando a su casa tranquilo y satisfecho. Como disculpa ante sí mismo alegó, no sin razón, que mientras estaba escribiendo la receta, el jefe de la ambulancia, persona muy habladora, estuvo detrás de él mirando lo que escribía, por encima de su hombro, y molestándole.

Segundo caso.

El mismo médico tuvo un día que dejar su consulta, arrancándose del lado de una bella y coqueta paciente, para ir a visitar a una solterona vieja, a cuya casa se dirigió en automóvil, pues le urgía terminar pronto su visita para reunirse luego secretamente, a una hora determinada, con una muchacha joven, a la que amaba.

También en esta visita a la anciana paciente recetó belladona contra igual padecimiento que el del caso anterior, y también cometió el error de prescribir una composición diez veces más fuerte. La enferma le habló durante la visita de algunas cosas interesantes sin relación con su enfermedad; pero el médico dejó advertir su impaciencia, aunque negándola con corteses palabras, y se retiró con tiempo más que sobrado para acudir a su amorosa cita.

Cerca de doce horas después, hacia las siete de la mañana, se dio cuenta, al despertar, del error cometido y, lleno de sobresalto, envió un recado a casa de la paciente, con la esperanza de que no hubiera aún enviado la receta al farmacéutico y se la devolviera para revisarla.

En efecto, recibió la receta, pero ésta había sido ya servida. Con cierta resignación estoica y el optimismo que da la experiencia fue entonces a la farmacia, donde el encargado le tranquilizó, diciendo que, naturalmente (¿quizá también por un descuido?), había aminorado mucho la dosis prescrita en la receta al servir el medicamento.

Tercer caso.

El mismo médico quiso recetar a una anciana tía suya, hermana de su madre, una mezcla de Tinct. belladonnae y Tinct. Opii, en dosis inofensivas. La criada llevó en seguida la receta a la botica. Poco tiempo después recordó el médico que había escrito «extract» en vez de «tinctura», y a los pocos momentos le telefoneó el farmacéutico interpelándole sobre este error.

El médico se disculpó con la mentida excusa de que no había acabado de escribir la receta y, habiéndola dejado sobre la mesa, la había cogido la criada sin estar terminada.

Las singulares coincidencias que presentan estos tres casos de error en la escritura de una receta consisten en que, hasta hoy, no le ha sucedido esto al referido médico más que con un único medicamento, tratándose de pacientes femeninas de edad avanzada y siendo siempre demasiado fuerte la dosis prescrita. Un corto análisis reveló que el carácter de las relaciones familiares entre el médico y su madre tenía que ser de una importancia decisiva en este caso.

Uno de sus recuerdos durante el análisis fue el de haber prescrito -probablemente antes de estos actos sintomáticos- a su también anciana madre la misma receta, y, por cierto, en una dosis de 0,03, a pesar de que la usual de 0,02 era la que él acostumbraba prescribir, pensando con tal aumento curarla más radicalmente.

El enérgico medicamento produjo en la enferma, cuyo estado era delicado, una fuerte reacción, acompañada de manifestaciones congestivas y desagradable sequedad de garganta. La enferma se quejó de ello, aludiendo, medio en serio, medio en broma, al peligro de los remedios prescritos por su hijo. Ya en otras ocasiones había rechazado la madre, hija también de un médico, los medicamentos recetados por su hijo, haciendo semihumorísticas observaciones sobre una posibilidad de envenenamiento.

De lo que por el análisis se pudo deducir sobre las relaciones familiares entre el médico y su madre resulta que el amor filial del primero era puramente instintivo y que la estimación espiritual en que tenía a su madre y su respeto hacia ella no eran ciertamente exagerados.

El tener que habitar en la misma casa con su madre y su hermano, un año menor que él, constituía para el médico una coacción de su libertad erótica, y nuestra experiencia psicoanalítica nos ha demostrado la influencia de este sentimiento de coacción en la vida íntima del individuo.

El médico aceptó el análisis, regularmente satisfecho de la explicación que daba a sus errores, y añadió sonriendo que la palabra «belladona» (bella mujer) podía tener también un inconsciente significado erótico. También él había usado en alguna ocasión anterior dicho medicamento.» No creo nada aventurado afirmar que tales graves rendimientos fallidos siguen idénticos caminos que los otros, más inofensivos, antes analizados.

11) El siguiente lapsus calami, comunicado por S. Ferenczi, puede incluirse entre los más inocentes e interpretarse simplemente como un rendimiento fallido producido por condensación motivada por impaciencia (compárese con la equivocación oral «el man…», capítulo 5), mientras un análisis más profundo no demuestre la existencia de un elemento perturbador más vigoroso.

«Queriendo escribir: Aquí viene bien la anécdota (Anekdote)…, escribí esta última palabra en la siguiente forma: Anektode. En efecto, la anécdota a que yo me refería era la de un gitano condenado a muerte (zu Tode verurteilt), que solicitó como última gracia el escoger por sí mismo el árbol del que habían de ahorcarle y, como es natural, no encontró, a pesar de buscarlo con afán, ninguno que le pareciera bien.»

12) Otras veces, contrastando con el inofensivo caso anterior, puede una insignificante errata revelar un peligroso sentido que se quiere mantener secreto.

Así, en el siguiente ejemplo, que se nos comunica anónimamente: «Al final de una carta escribí las palabras: ‘Salude usted cordialmente a su esposa y a su hijo (ihren Sohn).’ En el momento de cerrar el sobre noté haber cometido el error de escribir la palabra ‘ihren’ con minúscula, con lo cual el sentido de la frase era el siguiente: ‘Salude usted a su esposa y a su hijo (de ella).’ Claro es que corregí la errata antes de enviar la carta.

Al regresar de mi última visita a esta familia, la señora que me acompañaba me hizo notar que el hijo se parecía muchísimo a un íntimo amigo de la casa, el cual debía de ser, sin duda, su verdadero padre.»

13) Una señora escribía a su hermana dándole la enhorabuena por su instalación en una nueva casa, más cómoda y espaciosa que la que antes ocupaba. Una amiga que se hallaba presente observó que la señora había puesto a su carta una dirección equivocada, y ni siquiera la de la casa que la hermana acababa de abandonar, sino la otra en la que había vivido a raíz de casarse y había dejado hacía ya mucho tiempo.

Advirtió a su amiga el error, y ésta tuvo que confesarlo, diciendo: «Tiene usted razón; pero ¿cómo es posible que me haya equivocado de tal modo? ¿Y por qué?» La amiga opinó: «Seguramente es que le envidia usted la casa cómoda y amplia a que ahora se traslada ella, mientras que usted tiene que seguir viviendo en una menos espaciosa.

Ese sentimiento es el que le hace a usted mudar a su hermana a su primera casa, en la que también carecía de comodidades.» «Sí que la envidio», confesó sinceramente la señora, y añadió:

«Qué fastidio que en estas cosas tenga una siempre tan vulgares sentimientos, a pesar de una misma!» (Agregado en 1910).

[…]

Ejemplos:

1) Viendo el gesto de desagrado que ponía mi hija al morder una manzana agria, quise, bromeando, decirle la siguiente aleluya:

El mono pone cara ridícula
al comer, de manzana. una partícula.

Pero comencé diciendo: El man…

Esto parece ser una contaminación de «mono» y «manzana» (formación transaccional), y puede interpretarse también como una anticipación de la palabra «manzana», preparada ya para ser pronunciada.

Sin embargo, la verdadera interpretación es la siguiente: Antes de equivocarme había recitado ya una vez la aleluya, sin incurrir en error alguno, y cuando me equivoqué fue al verme obligado a repetirla, por estar mi hija distraída y no haberme oído la primera vez.

Esta repetición, unida a mi impaciencia por desembarazarme de la frase, debe ser incluida en la motivación del error, el cual se presenta como resultante de un proceso de condensación.

2) Mi hija dijo un día:

«Estoy escribiendo ala señora de Schresinger

El apellido verdadero era Schlesinger.

Esta equivocación se debió, probablemente, a una tendencia a facilitar la articulación, pues después de varias r es difícil pronunciar la l. «Ich schreibe der Frau Schlesinger.»

Debo añadir, además, que esta equivocación de mi hija tuvo efecto pocos minutos después de la mía entre «mono» y «manzana» y que las equivocaciones orales son en alto grado contagiosas, a semejanza del olvido de nombres, en el cual han observado Meringer y Mayer este carácter. No conozco la razón de tal contagiosidad psíquíca.

3) Una paciente, al comienzo de la sesión de tratamiento y al querer decir que las molestias que experimentaba le hacían «doblarse como una navaja de bolsillo» (Taschenmesser), cambió las consonantes de esta palabra, y dijo: Tassenmescher, equivocación explicable por la dificultad de articulación de tal palabra.

Habiéndole llamado la atención sobre su error, replicó prontamente: «Sí, eso me ha sucedido porque antes ha dicho usted también Ernscht, en vez de Ernst.» En efecto, al recibirla había yo dicho: «Hoy ya va la cosa en serio (Ernst) » pues era aquélla la última sesión antes de vacaciones-, y, bromeando, había aprovechado el doble sentido de la palabra Ernst (serio y Ernesto) para decir Ernscht (apelativo familiar de Ernesto), en vez de Ernst (serio).

En el transcurso de la sesión siguió equivocándose la paciente repetidas veces, haciéndome por fin observar que no se limitaba a imitarme, sino que tenía, además, una razón particular en su inconsciente para continuar considerando la palabra Ernest, no como el adjetivo serio sino como nombre propio: Ernesto .

4) La misma paciente, queriendo decir en otra ocasión: «Estoy tan resfriada que no puedo aspirar (atmen) por la nariz (Nase)», dijo: «Estoy tan constipada que no puedo naspirar (natmen) por la ariz (Ase)», y en el acto se dio cuenta de la causa de su equivocación, explicándola en la siguiente forma:

«Todos los días tomo el tranvía en la calle Hasenauer. Esta mañana, mientras lo estaba esperando, se me ocurrió pensar que si yo fuese francesa diría Asenauer, pues los franceses no pronuncian la h aspirándola, como lo hacemos nosotros.»

Después de esto habló de varios franceses que había conocido, y al cabo de amplios rodeos y divagaciones recordó que teniendo catorce años había representado en una piececilla titulada El Valaco y la Picarda el papel de esta última, habiendo tenido que hablar entonces el alemán como una francesa. La casualidad de haberse alojado por aquellos días en la casa de viajeros en que ella habitaba un huésped procedente de París había despertado en ella toda esta serie de recuerdos.

El intercambio de sonidos (Nase atmen = Ase natmen) es, pues, consecuencia de una perturbación producida por un pensamiento inconsciente, perteneciente a un contenido ajeno en absoluto al de la frase expresada.

5) Análogo mecanismo se observa en la equivocación de otra paciente, cuya facultad de recordar desapareció de pronto a la mitad de la reproducción de un recuerdo infantil, que volvía a emerger en la memoria después de haber permanecido olvidado durante mucho tiempo. Lo que su memoria se negaba a comunicar era en qué parte de su cuerpo le había tocado la indiscreta y desvergonzada mano de cierto sujeto. Inmediatamente después de haber sufrido este olvido visitó la paciente a una amiga suya y habló con ella de sus respectivas residencias veraniegas. Preguntada por el lugar en que se hallaba situada la casita que poseía en M., dijo que en las nalgas de la montaña (Berglende), en vez de en la vertiente de la misma (Berglehne).

6) Otra paciente, a la que después de la sesión de tratamiento pregunté por un tío suyo, me respondió: «No lo sé.

Ahora no le veo más que in fraganti.»

Al siguiente día, en cuanto entró, me dijo:

«Estoy avergonzada de mi tonta respuesta de ayer. Ha debido usted de pensar que soy una de esas personas ignorantes que usan siempre equivocadamente las locuciones extranjeras. Lo que quise decir es que ahora ya no veía a mi tío más que en passant.»

Por el momento no sabíamos de dónde podía haber tomado la paciente las palabras extranjeras equivocadamente empleadas; mas en la misma sesión, continuando el tema de la anterior, apareció una reminiscencia en la que desempeñaba el papel principal el hecho de haber sido sorprendida in fraganti.

Así, pues, la equivocación del día anterior había anticipado este recuerdo, entonces todavía inconsciente.

7) Estando sometiendo a un análisis a otra paciente, le expresé mi sospecha de que en la época de su vida de que entonces tratábamos se hallaba ella avergonzada de su familia y hubiese hecho a su padre un reproche sobre algo que hasta aquel momento nos era aún desconocido. La paciente no recordaba nada de ello, y además dijo que mi suposición le parecía improbable.

Mas luego continuó la conversación, haciendo varias observaciones sobre su familia, y al decir: «Lo que hay que concederles es que no son personas vulgares. Todos ellos tienen inteligencia (Geist)», se equivocó y dijo: «Todos ellos tienen avaricia (Geiz).» Este era el reproche que por represión había ella expulsado de su memoria.

Es un fenómeno muy frecuente el de que en la equivocación se abra paso precisamente aquella idea que se quiere retener (compárese con el caso de Meringer: Vorschein = Vorschwein).

La diferencia entre ambos está tan sólo en que en el caso de Meringer el sujeto quiere inhibir una cosa de la que posee perfecta conciencia, mientras que mi paciente no sabía lo que inhibía, ni siquiera si inhibía alguna cosa.

8) El siguiente ejemplo de equivocación se refiere también, como el de Meringer, a un caso de inhibición intencionada. Durante una excursión por las Dolomitas encontré a dos señoras que vestían trajes de turismo. Fui acompañándolas un trozo de camino y conversamos de los placeres y molestias de las excursiones a pie. Una de las señoras concedió que este deporte tenía su lado incómodo.

«Es cierto -dijo- que no resulta nada agradable sentir sobre el cuerpo, después de haber estado andando el día entero, la blusa y la camisa empapadas en sudor.» En medio de esta frase tuvo una pequeña vacilación que venció en el acto. Luego continuó, y quiso decir:

«Pero cuando se llega a casa (nach Hause) y puede uno cambiarse de ropa…»; mas en vez de la palabra Hause (casa) se equivocó y pronunció la palabra Hose (calzones).

Opino que no hace falta examen ninguno para explicar esta equivocación. La señora había tenido claramente el propósito de hacer una más completa enumeración de las prendas interiores, diciendo:

«Blusa, camisa y calzones», y por razones de conveniencia social había retenido el último nombre. Pero en la frase de contenido independiente que a continuación pronunció se abrió paso, contra su voluntad, la palabra inhibida (Hose), surgiendo en forma de desfiguración de la palabra Hause (casa). [Ejemplo agregado en 1917.]

9) «Si quiere usted comprar algún tapiz, vaya a casa de Kauffmann (apellido alemán que significará además, comerciante), en Matthäusgasse», me dijo un día una señora. Yo repetí: «A Matthäuss…, digo, de Kauffmann.» Esta equivocación de repetir un nombre en lugar de otro parecía ser simplemente motivada por una distracción mía.

En efecto, las palabras de la señora me habían distraído, pues habían dirigido la atención hacia cosas más importantes que los tapices de que me hablaba.

En Matthäusgasse se halla la casa donde mi mujer vivía de soltera. La entrada de esta casa daba a otra calle, y en aquel momento me di cuenta de que había olvidado el nombre de esta última, siéndome preciso dar un rodeo mental para llegar a recordarlo.

El nombre Matthäuss, que fijó mi atención, era, pues, un nombre sustitutivo del olvidado nombre de la calle, siendo más apto para ella que el nombre de Kauffmann, por ser exclusivamente un nombre propio, cosa que no sucede a este último, y llevar la calle olvidada también un nombre propio: Radetzky.

10) El caso siguiente podría incluirse, asimismo, entre los «errores», de los que trataré más adelante, pero lo expongo ahora por aparecer en él con especial claridad la relación de sonidos que motiva la equivocación. Una paciente me relató un sueño que había tenido y que era el siguiente: Un niño había decidido matarse dejándose morder por una serpiente, y, en efecto, llevaba a cabo su propósito.

La paciente lo vio en su sueño retorcerse convulsionado bajo los efectos del veneno, etc. Hice que buscase el enlace que su sueño pudiera tener con sus impresiones de la vigilia, y en el acto recordó que la tarde anterior había asistido a una conferencia de vulgarización sobre el modo de prestar los primeros auxilios a las personas mordidas por reptiles venenosos.

En ella oyó que cuando han sido mordidos al mismo tiempo un adulto y un niño se debe atender primero a este último.

Recordaba también las prescripciones aconsejadas para el tratamiento de estos casos por el conferenciante, el cual había insistido sobre la importancia de saber, ante todo, por qué clase de serpiente había sido atacado el herido.

Al llegar aquí interrumpí a mi paciente y le pregunté: «¿Y no dijo el conferenciante que en nuestro país hay muy pocas serpientes venenosas ni tampoco cuáles de las que de esta clase hay son las más temibles?» «Sí -respondió-; habló de la serpiente de cascabel (Klapperschlange).» Mi risa le hizo darse cuenta de que había dicho algo equivocado, pero no rectificó el nombre de la serpiente, sustituyéndolo por otro, sino que se limitó a retirarlo, diciendo: «Es verdad; la serpiente de cascabel no existe en nuestro país, y de lo que el conferenciante habló fue de las víboras. No sé cómo he podido referirme a ese reptil.» Yo supuse que la aparición de la serpiente de cascabel en la respuesta de mi paciente había obedecido a la intervención de los pensamientos que se hallaban ocultos detrás de su sueño.

El suicidio por mordedura de una serpiente no puede apenas ser otra cosa que una alusión a la bella Cleopatra (Kleopatra). La amplia analogía de los sonidos de ambas palabras, la común posesión de las letras Kl… p… r… en igual orden de sucesión y la acentuación en ambas de la letra a deben tenerse muy en cuenta. La favorable relación existente entre los nombres serpiente de cascabel (Klapperschlange) y Cleopatra (Kleopatra) motivó en la paciente una momentánea inhibición del juicio, a consecuencia de la cual, y a pesar de saber tan bien como yo que la serpiente de cascabel no pertenecía a la fauna de nuestro país, no halló nada extraña su afirmación de que el conferenciante había expuesto a un público vienés el tratamiento de las mordeduras de dicho reptil. No queremos, en cambio, reprocharle que admitiese con igual ligereza su existencia en Egipto, pues estamos acostumbrados a confundir en un solo montón todo lo exótico, y yo mismo tuve que pararme a meditar un momento, antes de sentar la afirmación de que la serpiente de cascabel pertenece únicamente a la fauna del Nuevo Mundo.

En la continuación del análisis fueron apareciendo diversas confirmaciones de mi hipótesis. La paciente había fijado por vez primera su atención, la tarde anterior al sueño relatado, en el grupo escultórico de Strasser, que representaba a Antonio y Cleopatra, situado en las proximidades de su casa.

Este había sido, pues, el segundo motivo del sueño (el primero fue la conferencia sobre las mordeduras de las serpientes).

En la continuación del mismo se vio meciendo a un niño en sus brazos, escena a la cual asoció después la figura de la Margarita goethiana. Posteriores ideas espontáneas que surgieron en el análisis fueron reminiscencias referentes a Arria y Mesalina. La aparición de tantos nombres de obras teatrales en los pensamientos del sueño hace sospechar que en la sujeto existió en años anteriores una viva afición, secretamente mantenida, a la profesión de actriz.

El principio del sueño. «Un niño había decidido suicidarse dejándose morder por una serpiente», puede traducirse en estas palabras:

«La sujeto se había propuesto en su infancia llegar a ser una actriz famosa.» Del nombre Mesalina parte, por fin, el camino mental que conduce al contenido esencial de este sueño. Determinados sucesos recientes habían despertado en mi paciente la preocupación de que su único hermano llegase a contraer un matrimonio desigual, una mésalliance, con una mujer de raza distinta, una no aria.

11) He aquí un ejemplo por completo inocente, o que lo creemos así, por no haber sido aclarados totalmente sus motivos.

En él se transparenta con gran claridad el mecanismo interior. Un alemán que viajaba por Italia tuvo necesidad de comprar una correa para sujetar su baúl, que se le había estropeado.

En el diccionario encontró la palabra italiana coreggia, como correspondiente a la alemana Riemen (correa).

«No me será difícil recordar esta palabra -se dijo-. Bastará con que piense en el nombre del pintor Correggio.» Después de esto se dirigió a una tienda y pidió una ribera. [Ribera, el pintor español del siglo diecisiete.] Se ve, pues, que el sujeto no había conseguido sustituir en su memoria la palabra alemana por la italiana equivalente, pero que su esfuerzo no había sido totalmente vano.

Sabía que tenía que apoyarse en el nombre de un pintor, y obrando de este modo tropezó no con aquel cuyo sonido semejaba a la palabra italiana, sino con otro de sonido aproximado a la palabra alemana Riemen (correa).

Este ejemplo podría colocarse entre los olvidos de nombres lo mismo que aquí, entre las equivocaciones.

Cuando me dedicaba a coleccionar casos de equivocaciones orales para la primera edición de este libro efectuaba yo solo esta tarea, y para reunir material suficiente sometía al análisis todos los casos que me era dado observar, aun aquellos de escasa importancia.

Mas de entonces acá se han dedicado varias otras personas a la entretenida labor de coleccionar y analizar equivocaciones, permitiéndome hacer una selección de casos y ejemplos, extrayendo los más significativos del rico material acumulado.

12) Un joven dijo a su hermana: «He roto toda relación con D… Ahora ya ni siquiera la saludo.»

La hermana quiso responderle: «Haces bien. Es una familia poco recomendable (Sippschaft)»; pero cambió la letra inicial de la palabra Sippschaft, y dijo Lippschaft.

En esta equivocación acumuló dos cosas: que su hermano comenzó tiempo atrás un galanteo con una hija de dicha familia, y que de esta muchacha se dice que poco tiempo antes se había comprometido gravemente entregándose a un amor (Liebschaft) prohibido.

13) Un joven abordó a una muchacha en la calle con las palabras: «Si usted me lo permite, señorita, desearía acompañarla (begleiten)»; pero en vez de este verbo begleiten (acompañar), formó un nuevo (begleitdigen), compuesto del primero y beleidigen (ofender).

Se ve claramente que pensaba en el placer de acompañarla, pero que temía ofenderla con la proposición.

El que estos dos sentimientos encontrados llegasen a ser expresados en una palabra -en la equivocación- indica que las verdaderas intenciones del joven no eran precisamente las más puras, ya que a él mismo le parecían poder ofender a la señorita. Pero su nconsciente le jugó una mala pasada, delatando sus verdaderos propósitos, con lo cual obtuvo, como es natural, la respuesta obligada en estos casos: «¡Qué se ha figurado usted de mí! ¡Cómo puede ofenderme de ese modo!» (Comunicado por O. Rank.) Varios de los ejemplos que van a continuación están tomados por mí de un artículo de W. Stekel, titulado «Confesiones inconscientes», publicado en el Berliner Tageblatt de 4 de enero de 1904. [Incluidos en 1907 los ejemplos 14 al 20.]

14) «El caso que sigue me reveló una parte, para mí poco grata, de mis pensamientos inconscientes.

Antes de exponerlo quiero hacer constar que en mi profesión de médico no pienso nunca, como es justo, en las ganancias que mis pacientes puedan proporcionarme, sino tan sólo en su propio interés; sin embargo, una vez me sucedió lo siguiente: Me hallaba en casa de un enfermo, convaleciente ya de una grave dolencia. Durante el período de máxima gravedad, ambos, médico y enfermo, habíamos pasado días y noches muy penosos. Iniciada la convalecencia, me sentía muy contento de verle en vías de franca curación y le hablé de los placeres de una estancia en Abazia, que había de reponerle por completo, «si, como yo esperaba, no le era posible abandonar pronto el lecho».

Seguramente, este no había surgido de un motivo egoísta de mi inconsciente: el de poder continuar visitando un cliente adinerado, deseo completamente extraño a mi conciencia y que si hubiera apuntado en ella hubiera yo rechazado con indignación.»

15) Otro ejemplo de W. Stekel: «Mi mujer tomó una institutriz francesa para por las tardes. Después de ponerse de acuerdo con nosotros sobre las condiciones reclamó sus certificados, que nos había entregado, y justificó su petición diciendo: Je cherche encore pour les après-midis, pardon, pour les avant-midis. Claramente se veía la intención de buscar otra casa en la que quizá fuese admitida en mejores condiciones, intención que llevó a cabo.»

16) A petición de su marido, tuve un día que reprender enérgicamente a una señora, hallándose aquél escuchando detrás de una puerta para observar el efecto producido por la reprimenda.

Esta causó, realmente, una gran impresión en la señora.

Al despedirme de ella lo hice con las palabras:

«Beso a usted la mano, caballero», con lo cual si la interesada hubiera sido persona experimentada en estas cuestiones hubiese podido descubrir que mi despedida se dirigía en realidad a aquel por encargo del cual la había yo sermoneado.

17) El doctor Stekel nos refiere de sí mismo que, teniendo una vez en tratamiento a dos pacientes procedentes de Trieste, confundía siempre entre sí sus respectivos nombres, y al saludarlos decía: «Buenos días, señor Peloni», al que se llamaba Askoli, y «Buenos días, señor Askoli», a Peloni.

Al principio se inclinó a no atribuir ninguna profunda motivación a este cambio y a explicarlo sencillamente por las varias coincidencias existentes entre ambos sujetos, pero más tarde le fue fácil convencerse de que tan continuada equivocación obedecía al vanidoso deseo de hacer saber de aquel modo a sus dos clientes italianos que no era ninguno de ellos el único habitante de Trieste que había hecho el viaje hasta Viena para acudir a su consulta.

18) El mismo doctor Stekel cuenta que en una tormentosa junta general, queriendo decir: «Pasamos (wir schreiten) ahora al punto cuarto de la orden del día», dijo: «Peleamos (wir streiten)», etc.

19) Un profesor, en un discurso de toma de posesión de una cátedra, dijo: «No estoy inclinado (ich bin nicht geneigt) a hacer el elogio de mi estimado predecesor», queriendo decir: «No soy el llamado (ich bin nicht geeignet).»

20) El doctor Stekel dijo a una señora a la que suponía atacada de la enfermedad de Basedow: «Le lleva usted un bocio (Kropf)… a su hermana», queriendo decir: «Le lleva usted una cabeza (Kopf) de alto »

21) Stekel informa: «Alguien quiso describir las relaciones de dos amigos destacando el hecho que uno de ellos era judío. Diciendo: ‘vivían juntos como Castor y Pollak’ (en vez de Pollux, los dos mellizos divinos en la mitología griega). Esto por cierto no fue dicho con intención chistosa, mi interlocutor no se dio cuenta de su error hasta que yo se lo hice ver.»

22) A veces la equivocación descubre algo característico del que la sufre. Una casada joven, que ordenaba y mandaba en su casa como jefe supremo, me relataba un día que su marido había ido a consultar al médico sobre el régimen alimenticio más conveniente para su salud, opinando el doctor que no necesitaba seguir ningún régimen especial. «Así, pues -continuó la mujer-, puede comer y beber lo que yo quiera.» Los dos ejemplos siguientes, publicados por Th. Reik en la Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, III, 1915, proceden de situaciones en las que se producen con gran facilidad las equivocaciones, pues en ellas se inhibe mucho más de lo que se expresa.

23) Un caballero hablaba con una joven señora, cuyo marido había fallecido poco tiempo antes. Después de darle el pésame, añadió: «Encontrará usted un consuelo dedicándose (widmen) ahora por completo a sus hijos.» Pero, abrigando un pensamiento reprimido referente a otro distinto consuelo existente para su interlocutora, esto es, que, siendo una joven y bella viuda (Witwe), no tardaría en gozar de nuevas alegrías sexuales, confundió los sonidos de las palabras widmen (dedicar) y Witwe (viuda) y dijo widwen en su frase de consuelo.

24) El mismo señor, conversando una noche en una reunión con la misma joven viuda sobre los grandes preparativos que a la sazón se hacían en Berlín para la celebración de las fiestas de Pascua, preguntó a su interlocutora:

«¿Ha visto usted hoy el escaparate de Wertheim? Está muy bien descotado.»

No habiendo podido expresar en voz alta su admiración ante el descote de la bella señora, su pensamiento retenido se había abierto paso aprovechando la semejanza de las palabras descotado y decorado y transformando la decoración del escaparate de una tienda en un descote. La palabra escaparate fue también empleada en la frase con un inconsciente doble sentido. Igual motivo se descubre en una observación de Hans Sachs, minuciosamente explicada y analizada por él mismo.

25) Una señora me hablaba de un conocido de ambos, y dijo que la última vez que le había visto había observado que iba, como siempre, elegantísimamente vestido y llevaba unos preciosísimos zapatos (Halbschuhe) negros. Yo le pregunté que dónde le había encontrado, y ella respondió:

«Llamó a la puerta de mi casa y le vi por las rendijas de la mirilla, pero ni le abrí ni di señales de vida pues no quería que se enterase de mi regreso a la ciudad.»

Al oír esto pensé que me ocultaba, probablemente, que no le había abierto porque no estaba sola en la casa y, además, porque su toilette no era en aquellos momentos la más apropiada para recibir visitas. Con estos pensamientos, le pregunté algo irónicamente:

«¿De manera que a través de la mirilla le fue a usted posible admirar las zapatillas (Hausschuhe), digo, los zapatos (Halbschuhe) de nuestro amigo?» En la palabra zapatillas (Hausschuhe) había surgido el inhibido pensamiento de que la señora se hallaba en traje de casa (Hauskleid). Por otro lado, la partícula Halb (medio) de Halbschuhe (zapatos) poseía una tendencia a desaparecer, por constituir el elemento principal la frase que, de no haber sido reprimida, hubiera expresado mi pensamiento, o sea: «No me dice usted más que media verdad, pues me oculta que en aquel momento se hallaba usted a medio vestir.»

Mi equivocación fue también facilitada por el hecho de haber estado hablando inmediatamente antes de la vida matrimonial del amigo de referencia y de su «felicidad doméstica», lo cual contribuyó a determinar el desplazamiento sobre su persona.

Por último, debo confesar que quizá interviniera también mi envidia en el hecho de hacer andar en zapatillas por la calle al elegante caballero, pues yo había comprado hacia poco unos zapatos negros, que no podían, bajo ningún concepto, ser calificados de «preciosísimos».

Tiempos de guerra como los actuales hacen surgir una gran cantidad de equivocaciones fácilmente explicables y comprensibles:

26) «¿En qué arma sirve su hijo?», preguntaron a una señora. «En los asesinos del 42», respondió. (Mörtern = morteros; Mürdern = asesinos.)

27) El teniente Henrik Haiman escribe desde el campo de batalla : «Estando leyendo un libro de apasionante interés tuve que abandonar la lectura para sustituir por un momento al encargado del teléfono de campaña.

Al efectuar la prueba de la línea telefónica de una batería contesté diciendo: «Línea en orden.

Silencio», en lugar de las palabras reglamentarias: «Línea en orden. Final.» Mi equivocación se explica por el enfado que me produjo el verme arrancado de la lectura.»

28) Un sargento recomendó a sus hombres que dieran con precisión sus señas a sus casas respectivas para que no se extraviaran los paquetes (Gepäckstücke) que de ellas les mandaran; pero pensando en deseadas vituallas mezcló con la palabra paquetes (Gepäckstücke) la palabra tocino (Speck) mezcla que produjo Gespeckstücke, que fue la palabra que pronunció en su recomendación a los soldados.

29) El ejemplo que a continuación va, ejemplo de extraordinaria belleza y muy importante por su triste significado, me ha sido comunicado por el doctor L. Czeszer, que observó el caso en su estancia, durante la guerra, en la neutral Suiza y lo ha analizado sin dejar vacío alguno. Doy aquí su comunicación casi completa, sin más modificación que algunos cortes que no afectan a nada esencial:

«Me voy a permitir comunicarle un caso de ‘equivocación oral’ sufrida por el profesor M. N. en la ciudad de O., durante una de las conferencias que compusieron su curso de verano sobre la psicología de los sentimientos. Debo anticiparle que estas conferencias se celebraban en un aula de la Universidad, ante un público compuesto en su mayoría de estudiantes de la Suiza francesa, partidarios decididos de la Entente y en el que abundaban también los prisioneros de guerra franceses internados en Suiza.

En la ciudad de O. se emplea ahora siempre, como en Francia, la palabra boche para designar a los alemanes. Claro es que en los actos públicos, conferencias, etc., los altos empleados, los profesores y demás personas responsables se esfuerzan en evitar, por razón de la neutralidad de su país, el pronunciar la ominosa palabra.

»El profesor N. trataba a la sazón de la significación práctica de los afectos, y en una de sus conferencias pensaba citar un ejemplo de intencionada explotación de un afecto, encaminada a convertir en un placer la ejecución de un trabajo muscular interesante por sí mismo y hacerlo con ello más intenso.

A este efecto, relató en francés, naturalmente, una historia, reproducida en un periódico pangermanista por los de la localidad y en la que se relataba cómo un maestro de escuela alemán, que hacía trabajar a sus alumnos en un jardín, les invitó, para hacer más intenso su trabajo, a representarse que en cada terrón que machacasen en su labor deshacían el cráneo de un francés. Naturalmente, el profesor N., cada vez que en su relato tropezaba con la palabra ‘alemán’, decía con toda corrección allemand y no boche. Pero al llegar al final de la historia reprodujo las palabras del maestro en la siguiente forma: Imaginez vous qu’en chaque moche vous écrasez le crƒne d’un français! Así, pues, en vez de motte dijo moche. »

¿No se ve aquí perfectamente cómo el correcto hombre de ciencias toma desde el principio de su narración todas las precauciones para resistir el impulso de la costumbre o quizá de una tentación y no dejar escapar desde la altura de una cátedra universitaria una palabra de uso expresamente prohibido por decreto de la Confederación ? Mas en el preciso momento en que ha pronunciado por última vez con toda felicidad y corrección las palabras instituieur allemand y avanza con un interior suspiro de alivio hacia el ya inmediato final de su historia, el vocablo temido y tan trabajosamente evitado se engancha en su similicadente motte y la desgracia sucede irreparablemente.

El temor de cometer una falta de tacto político y quizá un reprimido capricho o deseo de usar, a pesar de todo, la palabra habitual y esperada por su auditorio, así como el enfado del republicano y democrático profesor ante toda coacción ejercida contra la libre expresión de sus opiniones, se interpusieron ante su intención principal de relatar correctamente el ejemplo.

El orador conoce esta tendencia interferencial y no puede admitir que no haya pensado en ella momentos antes de sufrir su equivocación.

»Esta no fue advertida por el profesor N. o, por lo menos, no fue corregida por él, cosa que en la mayoría de los casos se suele hacer automáticamente.

En cambio, el auditorio, compuesto en su mayor parte de franceses, acogió con verdadera satisfacción el lapsus, el cual hizo el efecto de un chiste intencionado. Por mi parte, seguí este suceso, inocente en apariencia, con apasionado interés, pues aunque por razones fácilmente comprensibles tenía que renunciar a hacer al profesor N. las preguntas que el método psicoanalítico prescribe para aclarar la equivocación, ésta constituía para mí una prueba palpable de la verdad de la teoría freudiana de la determinación de los actos fallidos (Fehlhandlungen) y de las profundas analogías y conexiones entre la equivocación y el chiste.»

30) Bajo las melancólicas impresiones de la época de guerra, surgió también el siguiente caso de equivocación, que nos comunica un oficial austríaco (Teniente T.) al regresar de su cautiverio en Italia: «Durante algunos de los meses que estuve prisionero en Italia nos hallábamos alojados doscientos oficiales en una estrecha villa.

En este tiempo murió de la gripe uno de nuestros compañeros. La impresión que este suceso nos produjo fue, como es natural, muy profunda, por las condiciones en que estábamos, dado que la falta de asistencia médica y el desamparo en que se nos tenía hacían más que probable el desarrollo de la epidemia.

El cadáver de nuestro compañero había sido colocado, en espera de recibir sepultura, en los sótanos de la casa. Por la noche, dando un paseo alrededor de nuestra villa con un amigo mío, coincidimos ambos en el deseo de ver el cadáver.

Siendo yo el que primero entró en el sótano, me hallé ante un espectáculo que me sobrecogió, pues no esperaba encontrar el ataúd tan inmediato a la entrada ni ver de repente, tan cercano a mí, el rostro del difunto, cuya inmovilidad parecía alterada por los cambiantes reflejos que las llamas de los cirios arrojaban sobre él al ser movidas por el aire. Todavía bajo la impresión de aquel cuadro, continuamos nuestro paseo.

Al llegar a un sitio desde el cual se ofrecía a nuestros ojos el parque entero nadando en la luz de la luna, la pradera surcada por los blancos rayos y al fondo un ligero manto de niebla, comuniqué a mi compañero mi impresión de ver danzar un círculo de duendes bajo la línea de pinos que cerraba el horizonte.

»A la tarde siguiente enterramos a nuestro camarada.

El camino desde nuestra prisión hasta el cementerio de una localidad vecina fue para nosotros amargo y humillante. Una multitud de muchachos, mujeres y ancianos del pueblo, aprovechó la ocasión para desahogar ruidosamente sus sentimientos de curiosidad y de odio hacia sus enemigos prisioneros. La sensación de no poder permanecer libre de insultos ni aun en nuestra inerme situación y el asco ante aquella grosería me dominaron hasta la noche, llenándome deamargura.

A la misma hora de la noche anterior, y acompañado por el mismo camarada, comencé a pasear por el enarenado camino que daba vuelta a nuestro alojamiento.

Al pasar frente a la puerta del sótano donde estuvo depositado el cadáver acudió a mi memoria el recuerdo de la impresión que a su vista hubo de sobrecogerme. Cuando llegamos al lugar desde el cual se descubría el parque entero, nuevamente iluminado por la luna, me detuve y dije a mi acompañante: ‘Podíamos sentarnos aquí en la tumba (Grab) -digo, en la hierba (Gras)- y enterrar (sinken) -por entonar (singen)- una serenata.’ Al sufrir la segunda equivocación se fijó mi atención en lo ocurrido, pues la primera la había rectificado sin haberme dado cuenta de su significación.

Mas entonces medité sobre ambas y las uní del siguiente modo: ‘enterrar en la tumba’. Rápidamente se me presentaron las siguientes imágenes; los duendes bailando y flotando en el resplandor lunar, el compañero amortajado, la impresión que me causó su vista y determinadas escenas del entierro.

Al mismo tiempo recordé la sensación de repugnancia sentida durante el perturbado duelo, así como ciertas conversaciones sobre la epidemia y los temores expresados por varios oficiales.

Más tarde recordé también que aquel día era el aniversario de la muerte de mi padre, cosa que me extrañó, dada mi pésima memoria sobre las fechas.

»Sucesivas meditaciones me hicieron darme cuenta de las coincidencias que presentaban las condiciones exteriores de ambas noches: igual luz de luna, igual hora, igual lugar y la misma persona a mi lado. Recordé el disgusto que había experimentado al conocer el peligro de un desarrollo de la epidemia gripal y, al mismo tiempo también, mi decisión interior de no dejarme dominar por el temor.

Entonces me di cuenta del significado de la equivocación: ‘Podríamos enterrar (nos) en la tumba’ y llegué al convencimiento de que la primera rectificación del error tumba-hierba, verificada por mí sin darme cuenta de su sentido, había tenido como consecuencia el segundo error de enterrar por entonar, encaminado a asegurar al complejo reprimido una efectividad final.

»Añadiré que en aquella época padecía yo de sueños aterradores, en los cuales vi repetidas veces a una muy próxima pariente mía enferma en su lecho, y una vez, muerta. Inmediatamente antes de ser hecho prisionero había recibido la noticia de que en la región en que dicha persona se hallaba había estallado con gran fuerza la epidemia gripal, y le había expresado mis temores. Desde entonces cesé de saber de ella.

Meses después recibí la noticia de que dos semanas antes del suceso anteriormente descrito había sidovíctima de la epidemia.»

31) El siguiente ejemplo de equivocación oral arroja vivísima luz sobre uno de los dolorosos conflictos que se presentan a los médicos. Un individuo, presuntamente atacado de una mortal dolencia, cuyo diagnóstico no se había fijado todavía con absoluta seguridad, acudió a Viena para tratar de resolver allí su problema, y pidió a un antiguo amigo suyo, médico muy conocido, que se encargase de asistirle, cosa que éste aceptó, no sin alguna resistencia.

El enfermo debía ingresar en una casa de salud, y el médico propuso a este fin el Sanatorio Hera. «Pero ese sanatorio no es más que para una especialidad (para partos)», repuso el enfermo. «Nada de eso -replicó vivamente el médico-; en el Sanatorio Hera puede matarse (umbringen) -digo, alojarse (unterbringen)- a cualquier paciente.» Al darse cuenta de lo que había dicho, luchó el médico violentamente contra la significación de su lapsus.

«Supongo -dijo- que no creerás que tengo impulsos hostiles contra ti.» Pero un cuarto de hora después confesó a la enfermera que había tomado a su cargo el cuidado del paciente y que le acompañaba hasta la puerta del establecimiento: «No he encontrado nada, y no creo aún que tenga esa enfermedad. Pero si la tuviera, le daría una buena dosis de morfina y todo habría terminado.» Resulta que su amigo le había puesto la condición de que acortara sus sufrimientos con un medicamento cualquiera en cuanto se viera que su enfermedad era irremediable.

Así, pues, el médico había realmente aceptado la misión de matar (umbringen) a su amigo.

32) No quisiera prescindir del siguiente caso, altamente instructivo, a pesar de haber sucedido hace ya unos veinte años. Hablando una señora en una reunión de un tema que, por el apasionamiento de sus palabras, se advertía que despertaba en ella intensas emociones secretas, dijo lo siguiente: «Sí; una mujer necesita ser bella para gustar a los hombres.

El hombre tiene menos dificultad para gustar a las mujeres. Basta con que tenga sus cinco miembros bien derechos.» Este ejemplo nos permite penetrar en el íntimo mecanismo de un lapsus oral, producido por condensación o contaminación. Podemos admitir que nos hallamos ante la fusión de dos frases de análogo sentido:

«Basta con que tenga sus cuatro miembros bien derechos.» «Basta con que tenga sus cinco sentidos bien cabales.»

O también que el elemento derechos (gerade) fuera común a dos intenciones de expresión que hubieran sido las siguientes:

«Basta con que tenga sus miembros bien derechos (gerade).»

«Por lo demás, podrá dejar que todos los cinco sean pares (gerade

Puede, por tanto, admitirse que ambas formas de expresión, la de los cinco sentidos y la de «dejar que todos los cinco sean pares», han cooperado a introducir primero un número y después el misterioso cinco en lugar del sencillo cuatro en la frase de «los miembros bien derechos».

Esta fusión no se hubiera verificado seguramente si la frase resultante de la equivocación no hubiera tenido un sentido propio; el de una cínica verdad, que no podía ser descaradamente reconocida por una señora. Por último, no queremos dejar de hacer observar que las palabras de la sujeto, según su sentido literal, podían ser igualmente un excelente chiste que una divertida equivocación.

Esto depende tan sólo de que fueran o no pronunciadas intencionadamente. La conducta de la sujeto hacía imposible en este caso la intención y, por tanto, el chiste.

La afinidad entre una equivocación oral y un chiste puede llegar a ser tan grande, que la persona misma que la sufre ria de ella como si de un chiste se tratase.

Este es el caso que se presenta en el siguiente ejemplo, comunicado por O. Rank (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, I, 1913):

33) Un joven recién casado, cuya mujer, deseosa de no perder su aspecto juvenil, se resistía a concederle con demasiada frecuencia el comercio sexual, me contó la siguiente historia, que había divertido extraordinariamente al matrimonio: «Después de una noche en la que él había quebrantado de nuevo la abstinencia deseada por su mujer, se puso por la mañana a afeitarse en la alcoba común y, como ya lo había hecho otras veces por razones de comodidad, usó para empolvarse la cara una borla de polvos que su mujer tenía encima de la mesa de noche.

La esposa, muy cuidadosa de su cutis, le había dicho varias veces que no usara dicha borla, y, enfadada por la nueva desobediencia, exclamó desde el lecho, en que aún se hallaba reposando:

«¡Ya estás otra vez echándome polvos con tu borla!»

La risa de su marido le hizo darse cuenta de su equivocación. Había querido decir: «¡Ya estás otra vez echándote polvos con mi borla!», y sus carcajadas acompañaron a las del marido. («Empolvar o echar polvos» es una expresión conocida por todo vienés como equivalente a «realizar el coito», y la borla constituye indudablemente en este caso un símbolo fálico.)

34) También en el ejemplo siguiente, proporcionado por Storfer, pudiera ser creído que se intentaba hacer un chiste:

«La Sra. B., que sufría una afección de indudable origen psicogénico, se le había recomendado consultar a un psicoanalista, el Dr. X.

Ella se resistía persistentemente, alegando que un tratamiento así no podría nunca ser de algún valor, ya que el médico equivocadamente señalaría todo lo anterior a cosas sexuales. Llegó finalmente el día en el que estando pronta a seguir el consejo preguntó: Nun gut, wann ordinärt also dieser Dr. X? (¿Está bien, cuando este Dr. X, tiene sus horas de consulta?», era lo que quería en verdad preguntar; pero en vez de ordiniert preguntó por las «ordinarias o vulgares»).

35) El parentesco entre el chiste y la equivocación oral se manifiesta también en el hecho de que la equivocación no es a veces más que una contracción.

Al terminar los estudios secundarios una muchacha siguiendo la moda de la época se decidió estudiar Medicina. Después de un tiempo decidió cambiarse de Medicina a Química.

Años más tarde describió este cambio en los siguientes términos: «No estaba del todo asqueada con las disecciones, pero una vez que tuve que extraer una uña del dedo de un cadáver, perdí totalmente mi agrado por la química».

36) Añadiré otro caso, cuya interpretación requiere escasa ciencia: Un profesor de Anatomía se ocupaba en cátedra de la explicación de la cavidad nasal, que, como es sabido, es uno de los temas más difíciles de la Esplacnología. Habiendo preguntado a su auditorio si había comprendido sus explicaciones, recibió una general respuesta afirmativa, a la que el profesor, del cual se sabía que tenía un alto concepto de sí mismo, repuso: «No me es fácil creer que me hayan entendido todos, pues las personas que conocen estas cuestiones, referentes a la cavidad nasal, pueden, aún en una ciudad de más de un millón de habitantes, como Viena, contarse con un dedo, perdón, con los dedos de una mano.»

37) El mismo catedrático dijo otra vez: «Por lo que respecta a los órganos genitales femeninos, no se ha podido, a pesar de muchas tentaciones (Versuchungen), perdón, tentativas (Versuche) .. .»

38) Al doctor Alfred Robitsek, de Viena, debo el relato de dos casos de equivocación oral, observados y publicados por un antiguo escritor francés, y que transcribiré aquí sin traducirlos: Brantôme (15271614).

-Vie des dames galantes. Discours second. «Si ay-je cognue une très belle et honneste dame de par le monde, qui, devisant avec un honneste gentilhomme de la cour des affaires de la guerre durant ces civiles, elle luy dit: ‘ J’ay ouy dire que le roi à faict rompre tous les c… de ces pays là.’ Elle vouloit dire les ponts. Pensez que, venant de coucher d’avec son mari, ou songeant à son amant, elle avoit encor se nom frais en la bouche; et le gentilhomme s’eschauffa en amours d’elle pour ce mot.» «Une autre dame que j’ai congnue, entretante une autre grand dame plus qu’elle, et luy louant et exaltant ses beautez, elle luy dit aprese: ‘Non, madame, ce que je vous en dis,ce n’est pas pour vous adultérer; voulant dire adulater, comme elle le rhabilla ainsi: pensez qu’elle songeoit à adultérer’.»

39) Hay por supuesto ejemplos más modernos tales como aquellos términos de doble sentido, uno de ellos sexual (doubles entendres) que originan equivocaciones orales. La Sra. F. describía su primera hora de un curso de idiomas: «Es muy interesante, el profesor es un apuesto joven inglés.

Ya en la primera hora me dio a comprender durch die Bluse (‘a través de la camisa’); quiero decir, durch die Blume (‘a través de las flores’) que él quisiera tomarme bajo su tutela personal.» (Citado por Storfer.) En el método psicoterápico que empleo para la solución y remoción de los síntomas neuróticos se encuentra uno con frecuencia ante la labor de descubrir, extrayéndolo de discursos y ocurrencias, en apariencia casuales, de los pacientes, un contenido psíquico que, aunque se esfuerza en ocultarse, no puede dejar de traicionarse a sí mismo, revelándose involuntariamente de muchas maneras diferentes.

En estos casos, las equivocaciones suelen prestar los más valiosos servicios, cosa que podríamos demostrar por medio de convincentes y singulares ejemplos.

En determinadas ocasiones, los pacientes confunden a los miembros de su familia y, queriendo referirse a una tía suya, dicen «mi madre», o designan a su marido como su «hermano». De este modo me descubren que «identifican» a estas personas una con otra; esto es, que las han colocado en una única categoría sentimental. He aquí otro caso: un joven de veinte años se presentó a mí en mi consulta con las palabras: «Soy el padre de N. N., a quien usted ha asistido. Perdón, quería decir el hermano.

El es cuatro años mayor que yo.» Esta equivocación me dio a entender que el joven había querido decir que tanto él como su hermano estaban enfermos por la culpa de su padre y que acudía a mí, como su hermano, con el deseo de curarse; pero que en realidad era el padre el que más necesitaba ser sometido a un tratamiento. Otras veces es suficiente una disposición poco usual de las palabras o una expresión forzada para descubrir la participación de un pensamiento reprimido en el discurso del paciente, diferentemente motivado.

Tanto en aquellas perturbaciones del discurso que presentan una burda trama como en aquellas otras más sutiles, pero que pueden también sumarse a las «equivocaciones orales», encuentro que no es la influencia del contacto de los sonidos, sino la de los pensamientos exteriores a la oración que se tiene propósito de pronunciar, lo que determina el origen de la equivocación oral y basta para explicar las faltas orales cometidas. Las leyes según las cuales actúan los sonidos entre sí, transformándose unos a otros, me parecen ciertas; pero no, en cambio, lo suficientemente eficaces para perturbar por sí solas la correcta emisión del discurso.

En los casos que he estudiado e investigado más detenidamente no representan estas leyes más que un mecanismo preexistente, del cual se sirve un motivo psíquico más remoto que no forma parte de la esfera de influencia de tales relaciones de sonidos.

En un gran número de sustituciones, aparecidas en equivocaciones orales, no se siguen para nada tales leyes fonéticas.

En este punto me hallo de completo acuerdo con Wundt, que afirma igualmente que las condiciones de la equivocación oral son muy complejas y van más allá de los efectos de contacto de los sonidos.

Dando por seguras estas «remotas influencias psíquicas», según la expresión de Wundt, no veo tampoco inconveniente alguno en admitir que en el discurso emitido rápidamente, y con la atención desviada de él hasta cierto punto, pueden quedar limitadas las causas de la equivocación a las leyes expuestas por Meringer y Mayer. Pero lo más probable es que muchos de los ejemplos coleccionados por estos autores posean más complicada solución.

Tomad, por ejemplo, algunos de los ya mencionados: Es war mir auf der Schwest… Brust so schwer (pág. 788).

¿Sucedió aquí simplemente que el sonido schwe retrotrajo el sonido igualmente equivalente bru anticipándolo? Escasamente podría descartarse la idea que el sonido que forma schwe se le permitió posteriormente obstruir de esta manera dada una relación especial.

Esto pudiera ser únicamente la asociación entre Schwester (hermana) Bruder (hermano); quizá también Brust der Schwester (el seno de la hermana), que lleva a uno a diferentes grupos de pensamientos.

Es este invisible ayudante detrás de las escenas que presta al schwe, por demás inocente, la fuerza para producir una equivocación oral.

En otros casos de equivocaciones orales puede aceptarse que la similicadencia con palabras obscenas o la alusión a un sentido de este género constituyen por sí solas el elemento perturbador.

El intencionado retorcimiento o desfiguración de palabras y frases, a que tan aficionados son determinados individuos ordinarios, no responde sino al deseo de aludir a lo prohibido con un motivo por completo inocente, y este juego es tan frecuente, que no sería nada extraño que apareciera también no intencionadamente contra la voluntad del sujeto.

Sin lugar a dudas que pertenecen a esta categoría los ejemplos de Eischeissweibchen en vez de Eiweiss scheibchen (‘huevo-cagar-mujer’) , en vez de tajaditas de clara de huevo); Apopos Fritz (en vez de à propos, siendo popo un apelativo corriente de las nalgas); Lokuskapitäl (en vez de Lotuskapitäl, W. C. en vez de Capital); y tal vez el Alabüsterbachse de Santa María Magdalena (en vez del Alabasterbüchse).

El hacer equivocaciones orales era un síntoma de una paciente mía, que persistió hasta retrotraerlo a un chiste infantil de cambiar ruinieren (ruina) por urinieren (urinario).

La tentación de usar el artificio de la equivocación oral permitiendo el libre uso de palabras prohibidas e impropias, es la base de las observaciones de Abraham sobre las parapraxias «con propósito de sobrecompensación» (1922).

Una paciente tenía la característica de duplicar la primera sílaba de los nombres propios tartamudeando. Cambió Protágoras por Protragoras, poco después de haber dicho A-alexander en vez de Alexander. Interrogada reveló que en su niñez tenía especial agrado en el chiste vulgar de repetir las sílabas a y po si estaban al comienzo de las palabras, forma de entretención que lleva corrientemente a la tartamudez en los niños. (A-a y Popo, significan heces y nalgas para los niños.) Al pensar en Protágoras se dio cuenta del riesgo de omitir la r y llegar a decir Popotágoras.

A manera de protección de la r le añadió una segunda r.

En otra ocasión le ocurrió algo semejante al distorsionar las palabras Parterre (planta baja) y Kondolenz (condolencia) a objeto de evitar decir Pater (padre) y Kondom (condón), ambas muy unidas en sus asociaciones. Otro de los pacientes de Abraham confesó una inclinación a decir ‘Angora’ todoel tiempo en vez de Angina -muy probablemente por el temor de sentirse tentado a reemplazar vagina por angina.

Estas equivocaciones orales deben su existencia, por consiguiente, a que un impulso defensivo retuvo la ventaja en vez del distorsionado; y justamente llama la atención Abraham a la analogía entre este proceso y la formación de síntomas en la neurosis obsesiva. (Nota agregada en 1924.) Ich fordere Sie auf, auf das Wohl unseres Chefs aufzustossen (‘hipo’, en vez de ‘brindar’), difícilmente sería otra cosa que una parodia inintencionada que resulta ser una perseveración de una con intención.

Si yo fuese el Principal (Presidente o Director) honrado en la ceremonia en la que el orador cometió esta equivocación, yo seguramente reflexionaría en la sabiduría de los romanos al permitir a los soldados de un general celebrando un triunfo expresar abiertamente, en forma de canciones satíricas, su crítica interna hacia el hombre a quien se le honraba.

Meringer relata que él mismo una vez le dijo a alguien, quién, por ser el mayor del grupo se le llamada familiarmente con el honorífico título de Senexl o bien Altes Senexl: Prost (su salud), Senex altesl.

El mismo se impresionó por su equivocación. Podemos, tal vez, interpretar su emoción, si pensamos en lo cerca que Altesl está de la frase insultante alter Esel (viejo asno). Hay poderosos castigos internos para aquellas contravenciones del respeto que merece la edad (es decir, en términos infantiles, del respeto al padre).

Espero que mis lectores apreciarán la diferencia de valor existente entre las interpretaciones de Meringer y Mayer, no demostradas con nada, y los ejemplos coleccionados por mí mismo y explicados por medio del análisis. Precisamente es una observación del mismo Meringer, muy digna de tenerse en cuenta, lo que mantiene viva mi esperanza de demostrar que también los casos aparentemente simples de equivocación pueden ser explicados por la existencia de una perturbación causada por una idea semirreprimida exterior al contexto que se tiene intención de expresar. Dice Meringer que es curioso el hecho de que a nadie le guste reconocer que ha cometido una equivocación oral.

Existen muchos individuos, inteligentes y sinceros, que se sienten ofendidos cuando se les dice que han cometido un lapsus. Por mi parte, no me arriesgaría a afirmar esto con la generalidad que lo hace Meringer al emplear la palabra «nadie».

Sin embargo, la huella de emoción que se manifiesta en el sujeto al serle demostrado su lapsus, emoción que es de la naturaleza de la vergüenza, tiene su significación y puede colocarse al lado del enfado que experimentamos al no recordar un nombre olvidado, o de nuestra admiración ante la tenacidad de un recuerdo aparentemente indiferente, e indica siempre la participación de un motivo en la formación de la perturbación.

La desfiguración de los nombres propios equivale siempre a un insulto cuando se hace intencionadamente, y podría tener igual significado en toda aquella serie de casos en que aparece como lapsus involuntario.

Aquella persona que, según la comunicación de Mayer, dijo una vez Freuder en vez de Freud, por tener intención de decirlo poco después de oírme el nombre Breuer, y habló otra vez del método de Freuer-Breud, queriendo decir el de Breuer-Freud (pág. 28), era un colega de facultad y, ciertamente, no un entusiasta de dicho método.

Más adelante, al ocuparme de las equivocaciones gráficas, comunicaré un caso de desfiguración de un nombre que no puede explicarse de otra manera .

En estos casos interviene como elemento perturbador una crítica que no debe tenerse en cuenta, por no corresponder en el momento a la intención del orador. Inversamente, la sustitución de un nombre por otro, la adopción de un nombre que no es el propio o la identificación llevaba a cabo por equivocación de nombres, tiene que significar una apreciación o reconocimiento que momentáneamente y por determinadas razones debe permanecer en segundo término.

S. Ferenczi relata una experiencia de este género, que procede de sus años escolares.

«En mis primeros años de colegio tuve que recitar una vez, ante mis condiscípulos, una poesía. Habiéndola preparado y estudiado a conciencia, me quedé muy sorprendido al ver que apenas había comenzado a recitar estallaba en la clase una general carcajada. El profesor me explicó después este singular recibimiento. Había dicho yo el título de la poesía -‘Desde la lejanía’- con toda corrección; mas después, en vez del nombre de su autor había pronunciado el mío propio.

El poeta se llamaba Alejandro (Sandor) Petöfi, y el llevar yo el mismo nombre de pila favoreció sin duda el intercambio, mas la verdadera causa de éste fue, seguramente, mi secreto deseo de identificarme en aquellos momentos con el héroe-poeta. Conscientemente también, sentía yo entonces por Petöfi un amor y un respeto rayanos en la adoración. Como es natural, todo mi complejo de ambición se ocultaba detrás de esta función fallida.»

Una parecida identificación por medio de un cambio de nombres me fue comunicada por un joven médico, que tímida y reverentemente se presentó al famoso Virchow con las palabras:

«Soy el doctor Virchow

El renombrado profesor se volvió lleno de asombro hacia él y le preguntó:

«,Ah!, ¿se llama usted también Virchow

No sé cómo justificaría el ambicioso joven su equivocación, ni si imaginaría la cortés excusa de decir que se sentía tan pequeño ante el grande hombre, que hasta su propio nombre había olvidado, o tendría el valor de confesar que esperaba llegar a ser un día tan grande como Virchow y que, por tanto, el señor consejero áulico debía tratarle con toda consideración. Desde luego, uno de estos dos pensamientos, o quizá ambos a la vez, tuvieron que causar el embarazo del joven al hacer su presentación.

Por razones altamente personales debo dejar indeciso si una parecida interpretación puede ser o no aplicable al siguiente caso: En el Congreso Internacional (de Psiquiatría y Neurología) de Amsterdam, en 1907, fue mi teoría de la histeria objeto de una viva discusión. Uno de mis más enérgicos contradictores cometió al pronunciar su impugnación de mis teorías, repetidas equivocaciones orales, consistentes en ponerse en mi lugar y hablar en mi nombre. Decía, por ejemplo: «Breuer y yo hemos demostrado, como todos saben…», cuando lo que se proponía decir era: «Breuer y Freud han…», etc.

El nombre de este adversario de mis teorías no presenta la más pequeña semejanza ni similicadencia con el mío. Tanto este ejemplo como muchos otros de intercambio de nombres, aparecidos en equivocaciones orales, nos indican que la equivocación puede prescindir por completo de aquellas facilidades que le ofrece la similicadencia y realizarse apoyada tan sólo por ocultas relaciones de contenido.

En otros casos más significativos es una autocrítica, una contradicción que en nuestro fuero interno se eleva contra nuestras propias manifestaciones la que causa la equivocación, llegando hasta forzarnos a sustituir lo que nos proponemos expresar por algo contrario a ella.

Entonces se observa con asombro cómo la forma de emitir una afirmación subraya el propósito de la misma y cómo el lapsus revela la interior insinceridad. La equivocación se convierte aquí en un medio de expresión y, con frecuencia, en la expresión misma de lo que no quería uno decir. Con ella nos traicionamos a nosotros mismos.

Así, un individuo que en sus relaciones con la mujer no gustaba del llamado «coito normal» exclamó, hablando de una muchacha a la que se reprochaba su coquetería:

«Conmigo se le quitaría pronto esa costumbre de coitear.» Aquí no cabe duda de que sólo a la influencia de la palabra coito es a lo que se puede atribuir la modificación introducida en la palabra coquetear, que es la que el individuo tenía intención de pronunciar.

Lo mismo sucede en este otro caso:

«Un tío nuestro -nos relató un matrimonio- estaba hace algunos meses muy ofendido con nosotros porque no le visitábamos nunca. Por fin, el ofrecerle nuestra nueva casa nos dio motivo para ir a verlo después de mucho tiempo.

En apariencia se alegró mucho de vernos, pero al despedirnos nos dijo con gran afabilidad:

«Espero que en adelante os veré más raramente que hasta ahora.» Los casuales caprichos del material oral hacen surgir, a veces, equivocaciones que tienen, en unos casos, todo el abrumador efecto de una indiscreta revelación, y en otros, el completamente cómico de un chiste.

Así sucede en el ejemplo siguiente, comunicado y observado por el doctor Reitler: «Una señora quiso alabar el sombrero de otra y le preguntó en tono admirativo: ‘¿Y ha sido usted misma quien ha adornado ese sombrero?’ Mas al pronunciar la palabra adornado(aufgeputzt), cambió la u de la última sílaba en a, formando un verbo que por su analogía con la palabra Patzerei (facha) revelaba la crítica ejercida en el interior de la señora sobre el sombrero de su amiga.

Claro es que la azarante y clara equivocación no podía ya ser rectificada, por muchas alabanzas que a continuación se pronunciasen.» Igual cosa se reporta en un caso citado por el Doctor Ferenczi: Come geschminkt (pintada) le dijo una de mis pacientes (húngara) a su suegra, en vez de decirle geschwind (rápido). Con esta equivocación ella le dio salida justamente a aquello que quería esconderle, su irritación por la vanidad de una señora de edad. No es nada de raro que alguien que no esté hablando su lengua materna explote su falta de destreza con el propósito de hacer equivocaciones orales significativas en el idioma que le es extraño.

Menos comprometedora, pero también inequívoca, es la crítica expresada en el lapsus siguiente (Adición de 1920): Una señora visita a una conocida suya, y la inagotable y poco interesante charla de esta última le causó pronto fatiga e impaciencia por marcharse. Por fin, consiguió interrumpirla y despedirse; pero al llegar a la antesala, su amiga, que la acompañaba, la detuvo con un nuevo torrente de palabras, y estando ya dispuesta a salir, tuvo que permanecer en pie ante la puerta, escuchándola.

Por fin, la interrumpió diciendo:

«¿Recibe usted en la antesalas» (Vorzimmer), y se dio en seguida cuenta de su equivocación al ver la cara de asombro de su interlocutora. Lo que había querido decir, cansada por la larga permanencia en pie en la antesala y para intentar cortar la charla de su amiga, era:

«¿Recibe usted por las mañanas.?» (Vormittag), pero la equivocación reveló su impaciencia.

El siguiente es un caso de autorreferencia presenciado por el doctor Max Graf (adición de 1907): «En una junta general de la Sociedad de Periodistas Concordia pronunció un joven socio, que sufría de constantes apuros económicos, un violento discurso de oposición, y en su arrebato interpeló a los miembros de la Comisión de Gobierno interior de la Sociedad (Ausschussmitglieder) con el nombre de miembros de adelantos (Vorschussmitglieder).

En efecto, los miembros de la Comisión de Gobierno interior tenían a su cargo el conceder o no los préstamos solicitados por los socios, y el joven orador acababa de hacer una petición en tal sentido.» En el ejemplo Vorschwein hemos visto que la equivocación se produce con facilidad cuando el sujeto procura reprimir alguna palabra insultante, constituyendo el error una especie de desahogo.

Adiciones de 1920:

«Un fotógrafo que se había propuesto rehuir todo apelativo zoológico en su trato con sus torpes ayudantes quiso decir un día a un aprendiz que había derramado por el suelo la mitad del líquido contenido en una cubeta al querer trasvasarlo a otro recipiente: ‘Pero, hombre, ¿por qué no ha sacado (schöpfen Sie) antes un poco de líquido con cualquier cosa?’ Pero cambió la f por una s, resultando la palabra schöps (carnero=bobo), apelativo que el fotógrafo evitó pronunciar, pero que surgió en el lapsus. Otra vez, viendo a una ayudante poner imprudentemente en peligro una docena de valiosas placas, comenzó a dirigirle una larga y airada reprimenda, en la que quiso decir: ‘¿Es que está usted mala de la cabeza? (hirnverbrannt).’ Mas al pronunciar esta palabra cambió la i primera en una o, resultando hornverbrannt (mala de los cuernos).»

El ejemplo que va a continuación constituye un serio caso de confesión involuntaria, llevando a cabo por medio de un lapsus linguae.

Algunos detalles de interés que en él aparecen justifican que se transcriba aquí íntegra la comunicación que de él publicó A. A. Brill en la Zentralblatt für Psychoanalyse, II, 1 . «Paseaba yo una noche con el doctor Frink, hablando de cuestiones referentes a la Sociedad psicoanalítica de Nueva York, cuando encontramos a un colega, el doctor R., al cual no había visto yo hacia años y de cuya vida privada no conocía nada.

Ambos nos alegramos de volver a vernos, y a propuesta mía entramos en un café, en el que permanecimos dos horas conversando animadamente.

El doctor R. parecía conocer mis asuntos particulares mejor que yo los suyos, pues tras los saludos de costumbre me preguntó por la salud de mi hijo, declarándome que de tiempo en tiempo tenía noticias mías por conducto de un amigo de ambos y que se interesaba mucho por mi actividad profesional, habiendo leído mis publicaciones en las revistas de Medicina.

A mi vez le pregunté si se había casado, contestando él negativamente y añadiendo: ‘Para qué habría de casarse un hombre como yo.’ »Al abandonar el café se dirigió a mí de repente y me dijo: ‘Quisiera saber lo que haría usted en el caso siguiente: Conozco a una enfermera que ha sido declarada cómplice en un proceso de divorcio. La esposa ofendida entabló éste contra su marido, acusándole de adulterio con la susodicha enfermera, y el divorcio se falló a favor de él…’.

Al llegar aquí le interrumpo diciendo: ‘Querrá usted decir a favor de ella, de la esposa.’ R. rectificó en seguida: ‘Claro es; se falló a favor de ella’, y siguió su relato, contando que el escándalo producido había impresionado de tal modo a la enfermera, que había comenzado a darse a la bebida y contraído un grave desarreglo nervioso.

Al final de su relato me pidió consejo sobre el tratamiento a que debía someterla.

»Al rectificar su equivocación le rogué me la explicara; pero, como sucede habitualmente en estos casos, recibí la asombrada respuesta de que el error había sido por completo casual, que no había motivo para suponer que se ocultase algo detrás de él y que, en fin de cuentas, todo el mundo tenía derecho a equivocarse.

A esto repliqué que todas las equivocaciones orales tienen siempre un fundamento, y que si no me hubiera dicho poco antes que era soltero, hubiese estado tentado de considerarle como el protagonista del suceso relatado, porque siendo así quedaría explicada su equivocación por su deseo de no haber sido él, sino su mujer, quien hubiera perdido el pleito, con lo cual hubiese él quedado libre de tenerle que pasar alimentos y con el derecho de volver a casarse en Nueva York.

El doctor rechazó, obstinadamente, mi sospecha, fortificándola al mismo tiempo por una exagerada reacción emocional y señales inequívocas de gran excitación, seguidas de ruidosas risotadas.

A mi invitación a decir la verdad en interés de la ciencia, contestó diciendo: ‘Si no quiere usted que le mienta, debe seguir creyendo en mi soltería y, por tanto, en que su interpretación psicoanalítica es falsa en absoluto.’ Luego añadió que el trato con un hombre como yo, que se fijaba en tales pequeñeces, era en extremo peligroso, y recordando de repente que tenía que acudir a una cita, se despidió de nosotros.

»Sin embargo, tanto el doctor Frink como yo estábamos convencidos de la exactitud de mi interpretación del lapsus, y por mi parte decidí comenzar a informarme para obtener una prueba favorable o adversa. Días después visité a un vecino mío, antiguo amigo del doctor R., el cual confirmó mi hipótesis en todos sus puntos.

El pleito se había sentenciado unas semanas antes, y la enfermera había sido declarada cómplice del adulterio.

El doctor R. está ahora firmemente convencido de la exactitud de los mecanismos freudianos.» En el siguiente caso, comunicado por O. Rank, aparece también como indudable el hecho de traicionar la equivocación los sufrimientos íntimos del sujeto que la sufre (Adición de 1912): «Un individuo, carente en absoluto de sentimientos patrióticos y que deseaba educar a sus hijos en esta misma ausencia de ideales, en su opinión superfluos, reprochaba a aquéllos el haber tomado parte en una manifestación patriótica y achacaba su conducta en este caso al ejemplo de un tío de los muchachos: ‘Precisamente es a vuestro tío al que no debéis imitar -les dijo-.

Es un idiota.’ La cara de asombro de sus hijos, no acostumbrados a oír a su padre tratar al tío de aquel modo, le hizo darse cuenta de su equivocación, y disculparse rectificando: ‘Como supondréis, no quería decir idiota, sino patriota.’»

Como una involuntaria confesión en la que el sujeto se traiciona a sí propio es interpretada por aquella persona misma a la que se dirige la frase en la que aparece el error. La equivocación siguiente, comunicada por J. Stärcke (1917), el cual añade a su relato una observación acertada, pero que va más allá de los límites en que debe mantenerse la interpretación. «Una dentista había convenido con su hermana que la reconocería un día para ver si existía o no contacto entre dos de sus muelas; esto es, si las paredes laterales de dichas muelas estaban o no suficientemente juntas para no permitir que quedasen entre ellas partículas de comida. Pasado algún tiempo, la hermana se quejaba de que le hiciera esperar tanto para llevar a cabo el reconocimiento prometido, y dijo, bromeando: ‘Ahora está curando con todo interés a una colega suya.

En cambio, yo, su hermana, tengo que esperar días y días.’ Por fin, cumplió la dentista su promesa, y al reconocer a su hermana halló, en efecto, una caries en una de las muelas y dijo: ‘No creí que hubiera caries; sólo pensaba que no tendrías contante…, digo contacto, entre las dos muelas.’

‘¿Lo ves? -exclamó, riendo, la hermana-. ¿Ves cómo es por avaricia por lo que me has hecho esperar mucho más tiempo que a las pacientes que te pagan?’ »No debo -añade Stärcke– agregar mis propias observaciones a las de la hermana de la dentista ni sacar de ellas conclusión alguna; pero al serme conocido este lapsus no pude por menos de pensar que las dos amables e inteligentes mujeres permanecen aún solteras y, además, tratan poco con jóvenes del sexo contrario, y me pregunté a mí mismo si no tendrían más contacto con éstos teniendo más contante.»

Igual valor de confesión involuntaria tiene la siguiente equivocación comunicada por Th. Reik (1915): «Una muchacha iba a ponerse en relaciones con un individuo por motivo de conveniencia familiar. Para aproximar a ambos jóvenes, sus respectivos padres organizaron una reunión a la que asistieron los futuros novios. La joven supo dominarse lo bastante para no dejar ver su antipatía a su pretendiente, que se mostró muy galante con ella.

Mas después, cuando su madre le preguntó cómo le había parecido, queriendo contestar cortésmente: ‘Muy amable (liebenswürdig)’, dijo: ‘Muy desagradable (liebenswidrig)’.»

También constituye una confesión no menos importante el siguiente lapsus, calificado por O. Rank de «chistosa equivocación». (Internat. Zeitschrift für Psychoanalyse) (1913): «Una mujer casada, que gusta de oír contar anécdotas y de la que se dice no rechaza pretensiones amorosas extramatrimoniales cuando éstas se apoyan en presentes de alguna consideración, escuchaba cómo un joven que le hacía la corte relataba no sin intención la siguiente conocida historia: ‘Dos amigos estaban asociados en un negocio, y uno de ellos hacía el amor a la mujer del otro, la cual no se mostraba muy inclinada a concederle sus favores. Por fin le participó que accedería a sus pretensiones a cambio de un regalo de mil duros.

En una ocasión en que el marido iba a partir de viaje, su consocio le pidió prestados mil duros, prometiendo entregárselos a su mujer al siguiente día. Naturalmente, esta cantidad quedó en seguida, como supuesto pago de sus favores, en manos de la mujer, la cual, al regresar su marido, pasó por la angustia de creerse descubierta y tuvo que entregar los mil duros y soportar encima silenciosamente su despecho por haber sido burlada.’

Al llegar el joven, en el relato de esta historia, al punto en que el seductor dice a su consocio: ‘Yo le devolveré mañana el dinero a tu mujer’, su interlocutora le interrumpió con las significativas palabras siguientes: ‘Diga usted, ¿no me ha devuelto usted ya eso otra vez?… ¡Ay, perdón!, quería decir contado: Sólo haciendo directamente la proposición hubiera podido indicar mejor la señora su aquiescencia a entregarse bajo las mismas condiciones.»

Un bello caso de confesión, voluntaria, con inocentes resultados, es el que V. Tausk publica en la Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, IV, 1916, bajo el siguiente título:

«LA FE DE LOS PADRES»

«Como mi novia era cristiana -cuenta el señor A.- y no quería adoptar la fe judía, tuve yo que pasar del judaísmo al cristianismo para poderme casar con ella.

Este cambio de confesión lo realicé no sin resistencia interior; pero el fin que con él me proponía conseguir parecía justificarlo, tanto más cuanto que contra él no podía alegar más que mi exterior pertenencia al culto hebreo, pues carecía de arraigadas convicciones religiosas.

Sin embargo, siempre he confesado después pertenecer al judaísmo, y pocos de mis conocidos saben que estoy bautizado.

»De mi matrimonio me han nacido dos hijos, que han sido bautizados cristianamente. Cuando llegaron a edad de comprender las cosas, les revelé su ascendencia judía, con el fin de que las opiniones antisemitas que pudieran actuar sobre ellos en el colegio no influyeran, injustificadamente, en su posición ante mí.

»Hace algunos años pasaba yo el verano con mis hijos, que por entonces iban al colegio de primera enseñanza, en casa de la familia de un profesor de dicho colegio. Hallándonos un día merendando con nuestros huéspedes, que en general eran personas amables, la señora de la casa, ignorante de la ascendencia semita de sus inquilinos veraniegos, lanzó algunas duras palabras contra los judíos. Yo debía haber declarado la verdad para dar a mis hijos un ejemplo del ‘valor de las propias convicciones’; pero temía las inagotables explicaciones que habían de seguir a mi declaración.

Además, me cohibía el temor de tener que abandonar quizá el buen hospedaje que habíamos hallado y abreviar así las cortas vacaciones de que podíamos gozar mis hijos y yo en el caso de que nuestros huéspedes, al averiguar nuestro origen judío, cambiaran deconducta para con nosotros. »Por tanto, callé, y suponiendo que mis hijos, si asistían por más tiempo a la conversación, acabarían por revelar franca y decididamente la verdad, quise alejarlos, enviándolos al jardín.

»Con esta intención me dirigí a ellos y les dije: ‘Id al jardín, judíos (Juden)’ y advirtiendo en seguida mi equivocación, rectifiqué: ‘muchachos (Jungen)’.

Así, pues, mi equivocación fue la puerta por donde halló salida la verdad y la expresión del reprimido ‘valor de las propias convicciones’. Los que me oyeron no sacaron consecuencia ninguna de mi equivocación, pues no le dieron importancia alguna; pero yo, por mi parte, saqué de ella la enseñanza de que ‘la fe de los padres’ no se deja negar sin castigarnos cuando somos hijos y padres a un mismo tiempo.» De consecuencias más graves es la siguiente equivocación, que no publicaría si el mismo juez que tomó la declaración en que se produjo no me la hubiera indicado como propia para ser incluida en mi colección (Adición de 1920): «Un reservista acusado de robo se refería en su declaración a su servicio militar (Dienststellung), y al pronunciar esta palabra se equivocó y dijo: Diebstellung (Dieb = Diebstahl = ladrón, robo).»

En los trabajos de psicoanálisis las equivocaciones del paciente sirven muchas veces para aclarar los casos y confirmar aquellas hipótesis expuestas por el médico en el mismo momento en que el paciente las niega con obstinación . Con uno de mis clientes se trataba un día de interpretar un sueño que había tenido y en el que había aparecido el nombre Jauner.

El cliente conocía, en efecto, a una persona de este nombre; pero no podíamos descubrir por qué tal persona había sido incluida en el contenido del sueño. Por último, expuse la hipótesis de que ello había sucedido tan sólo por la similicadencia del nombre Jauner con el injurioso calificativo Gauner = rufián.

El paciente rechazó rápida y enérgicamente mi suposición; pero al hacerlo sufrió una equivocación que confirmó mi sospecha por consistir en el mismo cambio de la letra g por una j.

En efecto, al llamarle yo la atención sobre el lapsus cometido reconoció como cierta mi interpretación de su sueño (dijo ‘jewagt’ en vez de ‘gewagt’).

Cuando en una discusión seria sufre uno de los interlocutores uno de estos errores que convierten la intención de la frase en la completamente contraria queda en posición desventajosa frente a su adversario, el cual raras veces deja de utilizar en provecho suyo tal ventaja.

Esto muestra claramente que en general todo el mundo da a las equivocaciones orales y demás clases de actos fallidos la misma interpretación que se les da en este libro, aunque luego los individuos aislados se nieguen a reconocerlo en teoría y no estén propicios a prescindir, cuando se trata de la propia persona de la comodidad que supone la indiferente tolerancia con la que se miran tales funciones fallidas.

La hilaridad y la burla que estos errores no dejan nunca de provocar cuando aparecen en momentos graves o decisivos son un testimonio contrario a la convención generalmente aceptada de que no son sino meros lapsus linguae, sin significación ni importancia psicológica alguna. Nada menos que el canciller alemán príncipe de Bülow tuvo que recordar en una ocasión esta teoría de la falta de significación de las equivocaciones orales para salvar su situación cuando, pronunciando un discurso en defensa de su emperador (noviembre de 1907), sufrió un error que le hizo decir lo contrario de lo que se proponía.

«Por lo que respecta al presente, a la nueva época del emperador Guillermo II -dijo-, he de repetir lo que ya dije hace un año: que es inicuo e injusto hablar de la existencia de una camarilla de consejeros responsables en torno a nuestro emperador… (Vivas exclamaciones: ‘¡Irresponsables!’, de consejeros irresponsables en torno de nuestro emperador. Perdonen sus señorías el lapsus linguae. (Hilaridad.)»

En este caso la frase del príncipe de Bülow perdió importancia ante su auditorio por la acumulación de negaciones entre las que se hallaba la equivocación.

Además, la simpatía hacia el orador y la consideración de la difícil situación en que se hallaba hicieron que su error no se aprovechase para combatirle. Peores consecuencias tuvo el error de otro diputado que un año después y en la misma Cámara, queriendo invitar a sus oyentes a enviar un mensaje sin consideraciones (rückhaltlos) al emperador, descubrió con una desgraciada equivocación sentimientos distintos que ocultaba en su pecho leal:

LATTMANN: -«Examinemos esta cuestión del mensaje desde el punto de vista reglamentario.

Según las leyes, el Reichstag tiene el derecho de dirigir mensajes al emperador, y creemos que el pensamiento y el deseo general del pueblo alemán están en dirigir al emperador en esta ocasión un manifiesto armónico, y si podemos hacerlo sin herir los sentimientos monárquicos, también debemos hacerlo doblando el espinazo (rückgratlos, invertebradamente). (Hilaridad tempestuosa, que dura varios minutos.) Señores, no he querido decir sin consideraciones (rückgratlos) sino doblando el espinazo (ruckhaltlos) -hilaridad)-, y una manifestación así, sin reserva alguna del pueblo, ha de ser aceptada en estos graves momentos por nuestro emperador.»

El periódico Vorwärts, en su número del 12 de noviembre de 1908, no dejaba de señalar el significado de esta equivocación:

«DOBLANDO EL ESPINAZO ANTE EL TRONO IMPERIAL»

»Nunca se ha demostrado tan claramente en un Parlamento, y por la involuntaria confesión de un diputado, la actitud de éste y de la mayoría de los miembros de la Cámara como lo consiguió el antisemita Lattmann en el segundo día de su interpelación cuando, con festivo pathos, dejó escapar la confesión de que él y sus amigos querían decir al emperador su opinión ‘doblando el espinazo’.

»Una tempestuosa hilaridad general ahogó las siguientes palabras del infeliz, que todavía consideró necesario disculparse, tartamudeando que lo que había querido decir era ‘sin consideraciones’.»

Agregaré otro ejemplo (adición de 1924) en el que la equivocación oral tomó la forma de una siniestra profecía. Comenzando 1923 hubo una gran conmoción en el mundo financiero cuando el joven banquero X. (probablemente uno de los más recientes nouveaux riches en W., y con seguridad el más rico y el más joven) al tomar posesión, después de una corta lucha, de la mayoría de las acciones de un Banco. Como consecuencia posterior hubo lugar una Asamblea General donde los viejos directores del Banco, financistas al estilo antiguo, no fueron elegidos y el joven X. llegó a presidente del Banco.

En el discurso de despedida con que el Director General Dr. Y. quiso honrar al presidente anterior, que no había sido reelegido, muchos notaron una molesta equivocación oral que se repitió una y otra vez. Reiteradamente habló de dahinscheidend (expirar), en vez de ausscheidend (saliente) presidente. Después de esto, el antiguo presidente que no fue reelecto murió pocos días después de esa asamblea. (Relatado por Storfer.)

[…]

Así sucede en los siguientes ejemplos:

12)

Ed. HitschmannDos casos de olvido de nombres», en Internat. Zeitsch, für Psychoanalyse, I, 1913).

«El señor N. quiso indicar a una persona el título de la sociedad Gilhofer y Ranschburg, libreros; pero por más esfuerzos que hizo no logró acordarse más que del segundo nombre, Ranschburg, a pesar de serle muy familiar y conocida la firma completa. Ligeramente molesto por tal olvido, le concedió importancia suficiente para despertar a su hermano, que se había acostado ya, y preguntarle por la primera parte de la firma.

El hermano se la dijo en seguida, y al oír la palabra Gilhofer recordó N. en el acto la palabra Gallhof; nombre de un lugar donde meses antes había estado de paseo con una atractiva muchacha, paseo lleno de recuerdos para él. La muchacha le había regalado aquel día un objeto sobre el que se hallaban escritas las siguientes palabras:

«En recuerdo de las bellas horas pasadas en Gallhof:» Pocos días antes del olvido que aquí relatamos había N. estropeado considerablemente, al parecer por casualidad, este objeto al cerrar el cajón en que lo guardaba, cosa de la que N., conocedor del sentido de los actos sintomáticos (Symtomhandlungen), se reconocía en cierto modo culpable.

Se hallaba en estos días en una situación espiritual un tanto ambivalente con respecto a la señorita de referencia, pues, aunque la quería no compartía su deseo de contraer matrimonio.»

13)

Doctor Hans Sachs: «En una conversación sobre Génova y sus alrededores quiso un joven citar el lugar llamado Pegli; mas no pudo recordar su nombre sino después de un rato de intenso esfuerzo mental.

Al volver a su casa, pensando en aquel enfadoso olvido de un nombre que le era muy familiar, recordó de repente la palabra Peli, de sonido semejante a la olvidada.

Sabía que Peli era el nombre de una isla del mar del Sur, cuyos habitantes han conservado hasta nuestros días algunas extrañas costumbres. Poco tiempo antes había leído una obra de Etnología que trataba de esta cuestión, y pensaba utilizar los datos en ella contenidos para la construcción de una hipótesis original.

Recordó asimismo que Peli era el lugar en que se desarrollaba la acción de una novela de Lauridos Bruun titulada Los tiempos más felices de Van Zanten, novela que le había gustado e interesado grandemente. Los pensamientos que casi sin interrupción le habían ocupado durante todo aquel día se hallaban ligados a una carta que había recibido por la mañana de una señora a la que amaba, carta cuyo contenido le hacia temer que tuviera que renunciar a una entrevista acordada con anterioridad.

Después de haber pasado todo el día de perverso humor, salió al anochecer con el propósito de no atormentarse por más tiempo con tan penosos pensamientos y procurar distraerse agradablemente en la reunión en la que luego surgió su olvido del nombre Pegli, reunión que se componía de personas a las que estimaba y cuya compañía le era grata.

Puede verse claramente que este propósito de distraer sus desagradables pensamientos quedaba amenazada por la palabra Pegli, que por similicadencia había de sugerir en el acto el nombre Peli, el cual, habiendo adquirido por su interés etnológico su valor de autorreferencia, encarnaba no sólo ‘los tiempos más felices de Van Zanten‘, sino asimismo los de igual condición del joven y, por tanto, también los temores y cuidados que este último había abrigado durante todo el día.

Es muy característico el hecho de que esta sencilla interpretación del olvido no fuera alcanzada por el sujeto hasta que una segunda carta convirtió sus dudas y temores en alegre certeza de una próxima entrevista con la señora de sus pensamientos.» Recordando ante este ejemplo el anteriormente citado, en el que lo olvidado por el sujeto era el nombre del lugar italiano Nervi, se ve cómo el doble sentido de una palabra puede ser sustituido por similicadencia de dos palabras diferentes.

14)

Al estallar en 1915 la guerra con Italia pude observar cómo se sustraía de repente a mi memoria una gran cantidad de nombres de poblaciones italianas que de ordinario había podido citar sin esfuerzo alguno. Como otras muchas personas de nacionalidad germánica, acostumbraba yo pasar una parte de las vacaciones en Italia, y no podía dudar de que tal olvido general de nombres italianos fuera la expresión de la comprensible enemistad hacia Italia, en la que se transformaba, por mandato de las circunstancias, mi anterior predilección por dicho país.

Al lado de este olvido de nombres directamente motivados, podía observarse también otro, motivado indirectamente y que podía ser referido a la misma influencia.

Durante esta época advertí, en efecto, que también me hallaba inclinado a olvidar nombres de poblaciones no italianas, e investigando estos últimos olvidos hallé que tales nombres se ligaban siempre, por próximas o lejanas semejanzas de sonido, a aquellos otros italianos que mis sentimientos circunstanciales me prohibían recordar.

De este modo estuve esforzándome un día en recordar el nombre de la ciudad de Bisenz, situada en Moravia, y cuando, por fin, logré recordarlo vi en seguida que el olvido debía ponerse a cargo del Palazzo Bisenzi, de Orvieto.

En este Palazzo se encuentra instalado el hotel Belle Arti, en el cual me había hospedado siempre en todos mis viajes a dicha población. Como es natural, los recuerdos preferidos y más agradables habían sido los más fuertemente perjudicados por la transformación de mis sentimientos.

El rendimiento fallido del olvido de nombres puede ponerse al servicio de diferentes intenciones, como nos lo demuestran los ejemplos que siguen:

15)

A. J. Storfer (Zur Psychopathologie des alltags, en Internationale Zeitschrift fur ärztliche Psychoanalyse, II, 1944).

Olvido de un nombre como garantía del olvido de un propósito

«Una señora de Basilea recibió una mañana la noticia de que una amiga suya de juventud, Selma X., de Berlín, acababa de llegar a Basilea en el curso de su viaje de novios, pero que no permanecería en esta ciudad más que un solo día. Por tanto, fue en seguida a visitarla al hotel.

Al despedirse por la mañana, quedaron de acuerdo en verse de nuevo por la tarde para pasar juntas las horas restantes hasta la partida de la recién casada berlinesa.

»Mas la señora de Basilea olvidó por completo la cita. Las determinantes de este olvido no me son conocidas; pero en la situación en que la señora se hallaba (encuentro con una amiga de juventud recién casada), se hacen posibles multitud de constelaciones típicas, que pueden producir una represión encaminada a evitar la repetición de dicho encuentro. Lo interesante en este caso es un segundo rendimiento fallido que surgió como inconsciente garantía del primero.

A la hora en que debía encontrarse con su amiga berlinesa se hallaba la señora de Basilea en una reunión, en la cual se llegó a hablar de la reciente boda de una cantante de ópera vienesa llamada Kurtz. La señora comenzó a criticar (¡!) dicha boda, y al querer citar el nombre de la cantante vio con sorpresa que sólo recordaba el apellido Kurtz, pero que le era imposible recordar el nombre, cosa que le desagradó y extrañó en extremo, dado que sabía le era muy conocido por haber oído cantar frecuentemente a la referida artista y haber hablado de ella citándola por su nombre y apellido, pues es cosa corriente, cuando un apellido es monosilábico, agregar a él el nombre propio para nombrar a la persona a quien pertenece.

La conversación tomó en seguida otro rumbo antes que nadie subsanase el olvido pronunciando el nombre de la cantante.

»Al anochecer del mismo día se hallaba la señora en otra reunión, compuesta, en parte, por las mismas personas que integraban la de por la tarde. La conversación recayó casualmente de nuevo sobre la boda de la artista vienesa.

La señora citó entonces sin ninguna dificultad su nombre completo: Selma Kurtz, y en el acto exclamó: ‘¡Caramba! Ahora me acuerdo que he olvidado en absoluto que estaba citada esta tarde con mi amiga Selma’. Una mirada al reloj le demostró que su amiga debía de haber continuado ya su viaje.» Quizá no estemos aún suficientemente preparados para hallar todas las importantísimas relaciones que puede encerrar este interesantísimo ejemplo.

En el que a continuación transcribimos, menos complicado, no es un nombre, sino una palabra de un idioma extranjero lo que cae en el olvido por un motivo implícito en la situación del sujeto en el momento de no poder recordarla.

(Vemos, pues, que podemos considerar como un solo caso estos olvidos, aunque se refieran a objeto diferente: nombre sustantivo, nombre propio, palabra extranjera o serie de palabras.)

En el siguiente ejemplo olvida un joven la palabra inglesa correspondiente a oro (gold), que es precisamente idéntica en ambos idiomas, alemán e inglés, y la olvida con el fin inconsciente de dar ocasión a una acción deseada.

16)

Hans Sachs: «Un joven que vivía en una pensión conoció en ella a una muchacha inglesa que fue muy de su agrado.

Conversando con ella en inglés, idioma que domina bastante bien, la misma noche del día en que la había conocido quiso utilizar en el diálogo la palabra inglesa correspondiente a oro (gold), y a pesar de múltiples esfuerzos, no le fue posible hallarla.

En cambio, acudieron a su memoria, como palabras sustitutivas, la francesa or, la latina aurum y la griega chrysos, agolpándose en su pensamiento con tal fuerza, que le costaba trabajo rechazarlas, a pesar de saber con toda seguridad que no tenían parentesco alguno con la palabra buscada. Por último, no halló otro camino para hacerse comprender que el destocar un anillo que la joven inglesa llevaba en una de sus manos, y quedó todo avergonzado al oírle que la tan buscada traducción de la palabra oro ((gold) en alemán) era en inglés la idéntica palabra gold.

El alto valor de tal contacto, proporcionado, por el olvido, no reposa tan sólo en la decorosa satisfacción del instinto de aprehensión o de contacto, satisfacción que puede conseguirse en muchas otras ocasiones ardientemente aprovechadas por los enamorados, sino mucho más en la circunstancia de hacer posible una aclaración de las intenciones del galanteo.

El inconsciente de la dama adivinará, sobre todo si está predispuesta en favor de su interlocutor, el objeto erótico del olvido, oculto detrás de un inocente disfraz, y la forma en que la interesada acoja el contacto y dé por válida su motivación puede constituir un signo muy significativo, aunque sea inconsciente en ambos, de su acuerdo sobre el porvenir del recién iniciado flirt.»

17)

Daré también un ejemplo tomado de J. Stärcke que constituye una interesante observación de un caso de olvido y recuerdo posterior de un nombre propio, caracterizado por ligarse en él el olvido del nombre a la alteración de varias palabras de una poesía, como pasaba en el ejemplo de La prometida de Corinto, citada al principio de este capítulo.

(Este ejemplo se halla incluido en la edición holandesa del presente libro, titulado De invloed vans ons onbewuste in ons dajelijksche leven. Amsterdam, 1916. En alemán apareció en la revista Internationale Zeitschrift für ärzitliche Psychoanalyse, IV, 1916.)

Un caso de olvido de nombre y recuerdo erróneo

«Un anciano jurisconsulto y filólogo, el señor Z., contaba en una reunión que durante sus años de estudio en Alemania había conocido a un estudiante extraordinariamente tonto y del que podía relatar algunas divertidas anécdotas. De su nombre no se acordaba en aquel momento, y aunque al principio creyó recordar que empezaba con W, retiró después tal suposición, juzgándola equivocada. Lo que sí podía afirmar era que tal estudiante se había hecho después comerciante en vinos (Weinhändler).

A continuación contó una de las anécdotas a que antes había aludido, y al terminarla expresó de nuevo su extrañeza por no recordar el nombre del protagonista, añadiendo: ‘Era tan burro, que aún me maravilla haber conseguido meterle en la cabeza el latín a fuerza de explicarle y repasarle una y otra vez las lecciones.’

Momentos después recordó que el nombre que buscaba terminaba en… man, y al preguntarle yo que si se le ocurría en aquel instante otro nombre que tuviera igual terminación, me contestó: ‘Si, Erdmann.’

‘¿Quién lleva ese nombre?’, seguí interrogando. ‘También un estudiante de aquellos tiempos’, repuso Z. Pero su hija, que estaba presente, observó que en la actualidad existía un profesor Erdmann, a quien conocían, y en el curso de la conversación se averiguó que dicho profesor había mutilado y abreviado un trabajo de Z. al publicarlo en una revista por él dirigida, mostrando además su disconformidad con parte de las doctrinas sustentadas por el autor, cosas ambas que habían desagradado bastante a Z.

(Aparte de esto,supe después que años atrás había tenido éste la intención de desempeñar una cátedra de la misma disciplina que actualmente enseñaba el profesor Erdmann, y que, por tanto, también a causa de esto podía herir en Z. el nombre de Erdmann una cuerda sensible.)

»De repente recordó Z. el nombre del estudiante tonto: ¡Lindeman! El haber recordado primeramente que el nombre buscado terminaba en… man había hecho que su principio, Linde (tilo), permaneciera reprimido aún por más tiempo.

Siguiendo mi deseo de averiguar todo el mecanismo del olvido, pregunté a Z. qué era lo que se le ocurría ante la palabra Linde (tilo), contestándome en un principio que no se le ocurría nada.

Apremiado por mi afirmación de que no podía dejar de ocurrírsele algo ante dicha palabra, miró hacia lo alto, y haciendo en el aire un gesto con la mano, dijo: ‘Bueno, sí. Un tilo (Linde) es un bello árbol’, sin que se le ocurriera nada más. La conversación calló aquí, y cada uno prosiguió su lectura o la ocupación a que se hallaba dedicado, hasta que momentos después comenzó Z. a recitar distraídamente y como ensimismado los siguientes versos:

Si con fuertes y flexibles huesos permanece en pie sobre la tierra (Erde)
no llega tampoco ni siquiera a igualarse al tilo (Linde) o a la vid.

»Al oír estos versos lancé una exclamación de triunfo: ¡Ahí tenemos a Erdmann -dije-.

Ese hombre (Mann) ‘que permanece en pie sobre la tierra’ (Erde) y que, por tanto, es el ‘hombre de la tierra’ (Erdmann), no puede llegar a compararse con el tilo (Linde-Lindemann) o con la vid (comerciante en vinos).

O sea, con otras palabras: aquel Lindemann, el estudiante estúpido, que además se hizo comerciante en vinos, era un burro; pero Erdmann es un burro mucho mayor que no puede compararse con Lindeman.

»Es muy general que lo inconsciente se permita en sí mismo tales expresiones de burla o de desprecio, y, por tanto, me pareció haber hallado ya la causa fundamental del olvido del nombre.

»Pregunté a Z. de qué poesía provenían las líneas por él citadas, y me dijo que creía eran de una de Goethe que comenzaba:

¡Sea noble el hombre benéfico y bondadoso!
y que después seguía:
…y si se eleva hacia los cielos
se convierte en juguete de los vientos.»

Al día siguiente busqué esta poesía de Goethe y vi que el caso era todavía más interesante, aunque también más complicado de lo que al principio parecía.

a) Las primeras líneas citadas decían así (compárese con la versión de Z.):

Si con fuertes y vigorosos huesos permanece en pie…

Huesos flexibles era, en efecto, una rara combinación. Pero sobre este punto no queremos ahondar más.

b)

Los versos siguientes de esta estrofa son como sigue (compárese con la versión de Z.):

sobre la tierra estable y permanente, no llega tampoco ni siquiera a igualarse a la encina o a la vid.

¡Así, pues, en toda la poesía no aparece para nada ningún tilo! (Linde). La sustitución de la encina (Eiche) por el tilo (Linde) no se ha verificado más que para hacer posible el juego de palabras.

c) Esta poesía se llama Los límites del género humano y contiene una comparación entre la omnipotencia de los dioses y el escaso poder de los hombres. La poesía cuyo principio es:

¡Sea noble el hombre benéfico y bondadoso! es otra poesía distinta, que se halla unas páginas más adelante.

Se titula Lo divino, y contiene asimismo pensamientos sobre los dioses y los hombres. Por no haber continuado las investigaciones sobre estos puntos no puedo sino suponer que en la génesis de este olvido desempeñaron también un papel diverso pensamientos sobre la vida y la muerte, lo temporal y lo eterno, la débil vida propia y la muerte futura.»

En alguno de estos ejemplos son necesarias todas las sutilezas de la técnica psicoanalítica para aclarar el olvido. Para aquellos que deseen conocer algo más sobre tal labor indicaremos aquí una comunicación de E. Jones (Londres) publicada en la Zentralblatt für Psychoanalyse (año II, núm. 2, 1921) con el título «Análisis de un caso de olvido de un nombre».

18)

Ferenczi ha observado que el olvido de nombres puede manifestarse también como síntoma histérico, y entonces muestra un mecanismo que se aparta mucho del de los rendimientos fallidos.

En el siguiente ejemplo puede verse en qué consiste esta diferencia: «Tengo actualmente en tratamiento, entre mis pacientes, a una señorita ya madura que no logra jamás recordar ni siquiera aquellos nombres propios más vulgares o que le son más conocidos, a pesar de poseer en general una buena memoria.

En el análisis se demostró que lo que quería era hacer notar su ignorancia por medio de este síntoma.

Esta demostrativa exhibición de su ignorancia era, en realidad, un reproche contra sus padres, que no le dejaron seguir una enseñanza superior.

Su atormentadora obsesión de limpiar y fregarlo todo (psicosis del ama de casa) procede también, en parte, del mismo origen. Con ella quiere expresar aproximadamente:

«Habéis hecho de mí una criada.»

Podría multiplicar aquí los ejemplos de olvido de nombres y llevar mucho más adelante su decisión si no quisiera evitar que quedasen ya agotados en este primer tema todos los puntos de vista que han de seguir en otros subsiguientes.

Mas lo que sí conviene hacer es resumir concretamente en algunas frases los resultados de los análisis expuestos hasta aquí.

El mecanismo del olvido de nombres, o más bien de su desaparición temporal de la memoria, consiste en la perturbación de la reproducción deseada del nombre por una serie de ideas ajenas a él e inconscientes por el momento.

Entre el nombre perturbado y el complejo perturbador, o existe desde un principio una conexión, o se ha formado ésta siguiendo con frecuencia caminos aparentemente artificiosos y alambicados por medio de asociaciones superficiales (exteriores).

Entre los complejos perturbadores se distinguen por su mayor eficacia los pertenecientes a la autorreferencia (complejos familiares, personales y profesionales). Un nombre que por su pluralidad de sentidos pertenece a varios círculos de pensamientos (complejos) es perturbado en su conexión con una de las series de ideas por su pertenencia a otro complejo más vigoroso.

Entre los motivos de esta perturbación resalta la intención de evitar que el recuerdo despierte una sensación penosa o desagradable.

En general, pueden distinguirse dos casos principales de olvido de nombres: cuando el nombre mismo hiere algo desagradable o cuando se halla en contacto con otro capaz de producir tal efecto, de manera que los nombres pueden ser perturbados en su reproducción, tanto a causa de sus propias cualidades como por sus próximas o lejanas relaciones de asociación. Un vistazo a estos principios generales nos permite comprender que el olvido temporal de nombres sea el más frecuente de nuestros rendimientos fallidos.

19)

Estamos, sin embargo, aún muy lejos de haber señalado todas las particularidades de este fenómeno. Quiero hacer constar todavía que el olvido de nombres es altamente contagioso.

En un diálogo bastará que uno de los interlocutores exprese haber olvidado tal o cual nombre, para hacerlo desaparecer de la memoria del otro.

Mas la persona en que el olvido ha sido inducido encontrará el nombre con mayor facilidad que la que lo ha olvidado espontáneamente.

Este olvido colectivo, que si se considera con precisión es, en realidad, un fenómeno de la psicología de las masas, no ha sido todavía objeto de la investigación analítica.

En un caso único, pero sobre manera interesante, ha podido dar Th. Reik excelente explicación de este curioso fenómenos.

«En una pequeña reunión en la que se hallaban dos estudiantes de Filosofía se hablaba de los numerosos problemas que el origen del cristianismo plantea a la historia de la civilización y a la ciencia de las religiones.

Una de las señoritas que tomaban parte en la conversación recordó haber hallado en una novela inglesa que había leído recientemente un atractivo cuadro de las numerosas corrientes religiosas que agitaban aquella época.

Añadió que en la novela se describía toda la vida de Cristo desde su nacimiento hasta su muerte, pero que no podía recordar el título de la obra.

(En cambio, el recuerdo visual de la cubierta del libro y hasta la composición tipográfica del título se presentaban en ella con una precisión más intensa de lo normal.)

Tres de los señores presentes declararon conocer también la novela; mas, por una curiosa coincidencia, tampoco pudieron recordar su título.» Sólo la señorita estudiante se sometió al análisis encaminado a hallar la explicación de tal olvido de nombre.

El título del libro era Ben Hur, y su autor, Lewis Wallace. Los recuerdos sustitutivos fueron: Ecce homo-homo sum, Quo vadis? La joven comprendía que había olvidado el nombre Ben Hur «porque contenía una expresión que ni ella ni ninguna otra muchacha usarían nunca, sobre todo en presencia de hombres jóvenes.

Esta explicación se hizo más completa y profunda por medio de un interesante análisis.

En el contexto antes revelado posee también la traducción de homo -hombre- una significación sospechosa.

Reik deduce que la joven estudiante consideraba que el pronunciar dicho título sospechoso ante hombres jóvenes constituía algo semejante a una confesión de deseos que condenaba como impropios de su personalidad y penosos para ella.

En resumen: la joven consideraba inconscientemente el pronunciar el título Ben Hur como una proposición sexual, y su olvido correspondía, por tanto, a su defensa contra una tentación de dicha clase. Tenemos fundamentos para admitir que el olvido sufrido por los jóvenes se hallaba condicionado por un análogo proceso inconsciente.

Su subconsciente dio al olvido de la muchacha su verdadera significación y lo interpretó de igual manera.

El olvido del título Ben Hur en los hombres representó una consideración ante la defensa de la muchacha.

Es como si ésta, con su repentina debilidad de memoria, les hubiera hecho una clara señal que ellos hubieran entendido muy bien inconscientemente.

Existe también un continuado olvido de nombres en el cual desaparecen de la memoria series enteras de ellos, y cuando para hallar un nombre olvidado se quiere hacer presa en otros con los que aquél se halla íntimamente enlazado, suelen también huir tales nombres buscados como puntos de apoyo.

El olvido salta así de unos nombres a otros como para demostrar la existencia de un obstáculo nada fácil de dominar.

Recuerdos infantiles y recuerdos encubridores

En un artículo publicado en 1899 en Monatsschrift für Psychiatrie und Neurologie pudimos demostrar el carácter tendencioso de nuestros recuerdos, carácter que se nos reveló en aquellos pertenecientes a un insospechado campo.

Partimos entonces del hecho singular de que en los más tempranos recuerdos infantiles de una persona parece haberse conservado, en muchos casos, lo más indiferente y secundario, mientras que frecuentemente, aunque no siempre, se halla que de la memoria del adulto han desaparecido sin dejar huella los recuerdos de otras impresiones importantes, intensas y llenas de afecto, pertenecientes a dicha época infantil.

Sabiendo que la memoria realiza una selección entre las impresiones que a ella se ofrecen, podría suponerse que dicha selección se verifica en la infancia conforme a principios totalmente distintos de aquellos otros a los que obedece en la edad de la madurez intelectual. Pero una más penetrante investigación nos evidencia en seguida la inutilidad de tal hipótesis.

Los recuerdos infantiles indiferentes deben su existencia a un proceso de desplazamiento y constituyen en la reproducción un sustitutivo de otras impresiones verdaderamente importantes, cuyo recuerdo puede extraerse de ellos por medio del análisis psíquico, pero cuya reproducción directa se halla estorbada por una resistencia. Dado que estos recuerdos infantiles indiferentes deben su conservación no al propio contenido, sino una relación asociativa del mismo con otro contenido reprimido, creemos que está justificado el nombre de recuerdos encubridores (Deckrinnerungen) con que los designamos.

En el mencionado artículo no hicimos más que rozar, sin agotarlo, el estudio de las numerosas clases de relaciones y significaciones de los recuerdos encubridores.

En el ejemplo que allí analizábamos minuciosamente hicimos resaltar en particular una peculiaridad de la relación temporal entre el recuerdo encubridor y el contenido que bajo él queda oculto.

El contenido del recuerdo encubridor pertenecía en el caso analizado a los primeros años de la niñez, mientras que las experiencias mentales por él reemplazadas en la memoria (y que permanecían casi inconscientes) correspondían a años muy posteriores de la vida del sujeto.

Esta clase de desplazamiento fue denominada por mí retroactivo o regresivo. Quizá con mayor frecuencia se encuentra la relación inversa, siendo una impresión indiferente de la primera infancia la que se fija en la memoria en calidad de recuerdo encubridor, a causa de su asociación con una experiencia anterior, contra cuya reproducción directa se alza una resistencia.

En este caso los recuerdos encubridores son progresivos o avanzados. Lo más importante para la memoria se halla aquí cronológicamente detrás del recuerdo encubridor. Por último, puede presentarse también una tercera variedad: la de que el recuerdo encubridor esté asociado a la impresión por él ocultada, no solamente por su contenido, sino también por su contigüidad en el tiempo.

Estos serán recuerdos encubridores simultáneos o contiguos.

El determinar qué parte del contenido de nuestra memoria pertenece a la categoría de recuerdos encubridores y qué papel desempeñan éstos en los diversos procesos mentales neuróticos son problemas de los que no traté en mi artículo ni habré de tratar ahora. Por el momento me limitaré a hacer resaltar la analogía entre el olvido de nombres con recuerdo erróneo y la formación de los recuerdos encubridores.

Al principio las diferencias entre ambos fenómenos aparecen mucho más visibles que sus presuntas analogías. Trátase, en efecto, en uno de ellos de nombres aislados, y en el otro de impresiones completas de sucesos vividos en la realidad exterior o en el pensamiento.

En un lado existe una falla manifiesta de la función del recuerdo, y en el otro, un acto positivo de esta función, cuyos caracteres juzgamos singulares.

El olvido de nombres no constituye más que una perturbación momentánea -pues el nombre que se acaba de olvidar ha sido reproducido cien veces con exactitud anteriormente y puede volver a serlo poco tiempo después-; en cambio, los recuerdos encubridores son algo que poseemos durante largo tiempo sin que sufran perturbación alguna, dado que los recuerdos infantiles indiferentes parecen poder acompañarnos, sin perderse, a través de un amplio período de nuestra vida.

Así, pues, el problema se presenta a primera vista muy diferentemente orientado en ambos casos.

En uno es el haber olvidado, y en el otro, el haber retenido lo que excita nuestra curiosidad científica.

Mas en cuanto se profundiza un poco en la cuestión se observa que, a pesar de las diferencias que respecto a material psíquico y duración muestran ambos fenómenos, dominan en ellos las coincidencias. Tanto en uno como en otro se trata de una falla del recuerdo; no se reproduce por la memoria lo que de un modo correcto debía reproducirse, sino algo distinto, un sustitutivo.

En el olvido de nombres la memoria no deja de suministrarnos un determinado rendimiento, que surge en forma de nombre sustitutivo. La formación del recuerdo encubridor se basa en el olvido y otras impresiones más importantes, y en ambos fenómenos experimentamos una sensación intelectual que nos indica la intervención de una perturbación, siendo este aviso lo que se presenta bajo una forma diferente, según se trate del fenómeno del olvido de nombres o del recuerdo encubridor.

En el olvido de nombres sabemos que los nombres sustitutivos son falsos, y en los recuerdos encubridores nos maravillamos de retenerlos todavía. Cuando el análisis psicológico nos demuestra después que la formación de sustitutivos se ha realizado en ambos casos de la misma manera, o sea por un desplazamiento a lo largo de una asociación superficial, creemos poder decir justificadamente que las diferencias que ambos fenómenos presentan en material, duración y objetivo son circunstancias que hacen más intensa nuestra esperanza de haber hallado algo importante y de un valor general.

Esta ley general podría enunciarse diciendo que la falla o la desviación de la función reproductora indica más frecuentemente de lo que se supone la intervención de un factor tendencioso, de un propósito que favorece a uno de los recuerdos mientras se esfuerza en laborar en contra del otro.

El tema de los recuerdos infantiles me parece tan interesante y de tal importancia, que quiero dedicarle aún algunas observaciones que van más allá de los puntos de vista examinados hasta ahora. ¿Hasta qué estadio de la niñez alcanzan los recuerdos?

Me son conocidos algunos de los trabajos realizados sobre esta cuestión, entre ellos los de V. y C. Henri y los de Potwin, en los cuales resulta que han aparecido grandes diferencias individuales en los sujetos sometidos a investigación, pues mientras que en algunos el primer recuerdo infantil corresponde a la edad de seis meses, otros no recuerdan nada de su vida anterior a los seis y a veces los ocho años cumplidos.

Mas ¿de qué dependen esas diferencias en la conducta de los recuerdos infantiles y cuál es su significado? Para resolver esta cuestión no basta limitarse a reunir el material necesario a la investigación; hay, además, que hacer un estudio minucioso de este material, estudio en el cual tendrá que tomar parte la persona que directamente lo suministre.

Mi opinión es que miramos con demasiada indiferencia el hecho de la amnesia infantil, o sea la pérdida de los recuerdos correspondientes a los primeros años de nuestra vida, y que no nos cuidamos lo bastante de desentrañar el singular problema que dicha amnesia constituye.

Olvidamos de cuán altos rendimientos intelectuales y cuán complicadas emociones es capaz un niño de cuatro años, y no nos asombramos como debiéramos de que la memoria de los años posteriores haya conservado generalmente tan poca cosa de estos procesos psíquicos, pues no tenemos en cuenta que existen vigorosas razones para admitir que estas mismas actividades infantiles olvidadas no han desaparecido sin dejar huella en el desarrollo de la persona, sino que han ejercido una influencia determinante sobre su futura vida. Y, sin embargo, se han olvidado, a pesar de su incomparable eficacia.

Este hecho indica la existencia de condiciones especialísimas del recuerdo (referentes a la reproducción consciente) que se han sustraído hasta ahora a nuestro conocimiento.

Es muy posible que este olvido de nuestra niñez nos pueda dar la clave para la comprensión de aquellas amnesias que, según nuestros nuevos conocimientos, se encuentran en la base de la formación de todos los síntomas neuróticos.

Entre los recuerdos infantiles que conservamos existen unos que comprendemos con facilidad y otros que nos parecen extraños e ininteligibles. No es difícil corregir en ambas clases de recuerdos algunos errores.

Si se someten a un examen analítico los recuerdos que de su infancia ha conservado una persona, puede sentarse fácilmente la conclusión de que no existe ninguna garantía de la exactitud de los mismos.

Algunas de las imágenes del recuerdo aparecerán seguramente falseadas, incompletas o desplazadas temporal y espacialmente. Ciertas afirmaciones de las personas sometidas a investigación, como la de que sus primeros recuerdos infantiles corresponden a la época en que ya habían cumplido lo dos años, son inaceptables.

En el examen analítico se hallan en seguida motivos que explican la desfiguración y el desplazamiento sufridos por los sucesos objeto del recuerdo, pero que demuestran también que estos errores de la memoria no pueden ser atribuidos a una sencilla infidelidad de la misma. Poderosas fuerzas correspondientes a una época posterior de la vida del sujeto han moldeado la capacidad de ser evocadas de nuestras experiencias infantiles, y estas fuerzas son probablemente las mismas que hacen que la comprensión de nuestros años de niñez sea tan difícil para nosotros.

La facultad de recordar de los adultos opera, como es sabido, con un material psíquico muy vario. Unos recuerdan por medio de imágenes visuales, teniendo, por tanto, sus recuerdos un carácter visual, y, en cambio, otros son casi incapaces de reproducir en su memoria el más simple esquema de sus recuerdos.

Siguiendo las calificaciones propuestas por Charcot, se denomina a estos últimos sujetos «auditivos» y «motores», en contraposición a los primeros o «visuales».

En los sueños desaparecen estas diferencias; todos nuestros sueños son predominantemente visuales.

Algo análogo sucede en los recuerdos infantiles, los cuales poseen también carácter plástico visual hasta en aquellas personas cuya memoria carece después de este carácter. La memoria visual conserva, pues, el tipo del recuerdo infantil.

Mis más tempranos recuerdos infantiles son en mí los únicos de carácter visual, y se me presentan además como escenas de una gran plasticidad, sólo comparable a la de aquellas que se presentan sobre un escenario.

En estas escenas de niñez, demuéstrense luego como verdaderas o falseadas, aparece regularmente la imagen de la propia persona infantil con sus bien definidos contornos y sus vestidos.

Esta circunstancia tiene que sorprendernos, pues los adultos «visuales» no ven ya la imagen de su persona en sus recuerdos de sucesos posteriores .

Además, es contrario a toda nuestra experiencia el aceptar que la atención del niño esté en sí mismo, en lugar de dirigirse exclusivamente sobre las impresiones exteriores. Diferentes datos nos fuerzan, pues, a suponer que en los denominados primeros recuerdos infantiles no poseen la verdadera huella mnémica, sino una ulterior elaboración de la misma, elaboración que ha sufrido las influencias de diversas fuerzas psíquicas posteriores.

De este modo, los «recuerdos infantiles» del individuo van tomando la significación de «recuerdos encubridores» y adquieren una analogía digna de mención con los recuerdos de la infancia de los pueblos, depositados por éstos en sagas y mitos.

Aquel que haya sometido a numerosas personas a una exploración psíquica por el método psicoanalítico, habrá reunido en esta labor gran cantidad de ejemplos de recuerdos encubridores de todas clases.

Mas la publicación de estos ejemplos queda extraordinariamente dificultada por la naturaleza antes expuesta de las relaciones de los recuerdos infantiles con la vida posterior del individuo. Para estimar una reminiscencia infantil como recuerdo encubridor habría que relacionar muchas veces por entero la historia de la persona correspondiente.

Sólo contadas veces es posible, como en el ejemplo que transcribimos a continuación, aislar de una totalidad, para publicarlo, un delimitado recuerdo infantil. Un hombre de veinticuatro años conserva en su memoria la siguiente imagen de una escena correspondiente a sus cinco años.

Se recuerda sentado en una sillita, en el jardín de una residencia veraniega y al lado de su tía, que se esfuerza en hacerle aprender las letras. El distinguir la m de la n constituía para él una gran dificultad, y pidió a su tía que le dijese cómo podía conocer cuándo se trataba de una y cuándo de la otra. La tía le hizo observar que la m tenía todo un trazo más que la n, un tercer palito.

En este caso no se halló motivo alguno para dudar de la autenticidad del recuerdo infantil. Mas su significación no fue descubierta hasta después, cuando se demostró que podía adjudicársele la categoría de representación simbólica de otra curiosidad inquisitiva del niño.

En efecto, así como primeramente deseaba saber la diferencia existente entre la m y la n, se esforzó después en averiguar la que había entre los niños y las niñas, y hubiera deseado que la misma persona que le hizo comprender lo primero, esto es, su tía, fuera también la que satisficiera su nueva curiosidad.

Al fin acabó por descubrir que la diferencia era en ambos casos análoga, puesto que los niños poseían también todo un trozo más que las niñas, y en la época de este descubrimiento despertó en su memoria el recuerdo de la anterior curiosidad infantil correspondiente.

He aquí otro ejemplo perteneciente a posteriores años infantiles. Un hombre de algo más de cuarenta años y cuya vida erótica había sido muy inhibida era el mayor de nueve hermanos.

En la época del nacimiento de la menor de sus hermanas tenía él ya quince años, y, sin embargo, afirmaba después, con absoluta convicción, que nunca observó en su madre deformación alguna.

Ante mi incredulidad, surgió en él el recuerdo de haber visto una vez, teniendo once o doce años, cómo su madre se desceñía apresuradamente el vestido ante un espejo.

A esto añadió espontáneamente que su madre acaba de regresar de la calle y se había visto atacada por inesperados dolores.

El desceñimiento (Aufbinden) del vestido es un recuerdo encubridor sustitutivo del parto (Entbindung).

En otros varios casos volveremos a hallar tales «puentes de palabras». Quisiera mostrar ahora, con un único ejemplo, cómo por medio del procedimiento analítico puede adquirir sentido un recuerdo infantil que anteriormente parecía no poseer ninguno.

Cuando habiendo cumplido yo cuarenta y tres años, comencé a dirigir mi interés hacia los restos de recuerdos de mi infancia que aún conservaba, recordé una escena que desde largo tiempo atrás -yo creía que desde siempre- venía acudiendo a mi conciencia de cuando en cuando, escena que, según fuertes indicios, debía situarse cronológicamente antes de haber cumplido yo los tres años.

En mi recuerdo me veía yo, rogando y llorando, ante un cajón cuya tapa mantenía abierta mi hermanastro, que era unos veinte años mayor que yo. Hallándonos así, entraba en el cuarto, aparentemente de regreso de la calle, mi madre, a la que yo hallaba bella y esbelta de un modo extraordinario.

Con estas palabras había yo resumido la escena que tan plásticamente veía en mi recuerdo, pero con la que no me era posible construir nada.

Si mi hermanastro quería abrir o cerrar el cajón -en la primera traducción de la imagen era éste un armario-, por qué lloraba yo y qué relación tenía con todo ello la llegada de mi madre, eran cosas que se me presentaban con gran oscuridad.

Estuve, pues, tentado de contenerme con la explicación de que, sin duda, se trataba del recuerdo de una burla de mi hermanastro para hacerme rabiar interrumpida por la llegada de mi madre.

Esta errónea interpretación de una escena infantil conservada en nuestra memoria es algo muy frecuente.

Se recuerda una situación, pero no se logra centrarla; no se sabe sobre qué elemento de la misma debe colocarse el acento psíquico. Un esfuerzo analítico me condujo a una inesperada solución interpretativa de la imagen evocada.

Yo había notado la ausencia de mi madre y había entrado en sospechas de que estaba encerrada en aquel cajón o armario. Por tanto, exigí a mi hermanastro que lo abriese, y cuando me complació, complaciéndome de que mamá no se hallaba dentro comencé a gritar y llorar.

Este es el instante retenido por el recuerdo, instante al que siguió, calmando mi cuidado o mi ansiedad, la aparición de mi madre.

Mas ¿cómo se le ocurrió al niño la idea de buscar dentro de un cajón a la madre ausente? Varios sueños que tuve por esta época aludían oscuramente a una niñera sobre la cual conservaba algunas otras reminiscencias; por ejemplo, la de que me obligaba concienzudamente a entregarle las pequeñas monedas que yo recibía como regalo, detalle que también puede aspirar por sí mismo a adquirir el valor de un recuerdo encubridor sustitutivo de algo posterior.

Ante estas indicaciones de mis sueños decidí hacerme más sencillo el trabajo interpretativo interrogando a mi ya anciana madre sobre tal niñera, y, entre otras muchas cosas, averigüé que la astuta y poco honrada mujer había cometido, durante el tiempo que mi madre hubo de guardar cama a raíz de un parto, importantes sustracciones domésticas y había sido después entregada a la justicia por mi hermanastro.

Estas noticias me llevaron a la comprensión de la escena infantil, como si de repente se hubiera hecho luz sobre ella. La repentina desaparición de la niñera no me había sido indiferente, y había preguntado su paradero, precisamente a mi hermanastro, porque, según todas las probabilidades, me había dado cuenta de que él había desempeñado un papel en tal desaparición.

Mi hermanastro, indirectamente y entre burlas, como era su costumbre, me había contestado que la niñera «estaba encajonada». Yo comprendí infantilmente esta respuesta y dejé de preguntar, pues realmente ya no quedaba nada por averiguar.

Mas cuando poco tiempo después noté un día la ausencia de mi madre, sospeché que el pícaro hermano le había hecho correr igual suerte que a la niñera, y le obligué a abrir el cajón.

Ahora comprendo también por qué en la traducción de la visual escena infantil aparece acentuada la esbeltez de mi madre, la cual me debió de aparecer entonces como nueva y restaurada después de un peligro. Yo soy dos años y medio mayor que aquella de mis hermanas que nació entonces, y al cumplir yo tres años cesó mi hermanastro de vivir con nosotros .

Equivocaciones orales (‘Lapsus linguae’)

El material corriente de nuestra expresión oral en nuestra lengua materna parece hallarse protegido del olvido; pero, en cambio, sucumbe con extraordinaria frecuencia a otra perturbación que conocemos con el nombre de equivocaciones orales o lapsus linguae.

Estos lapsus, observados en el hombre normal, dan la misma impresión que los primeros síntomas de aquellas «parafasias» que se manifiestan bajo condiciones patológicas. Por excepción puedo aquí referirme a una obra anterior a mis trabajos sobre esta materia.

En 1895 publicaron Meringer y C. Mayer un estudio sobre las Equivocaciones en la expresión oral y en la lectura, cuyos puntos de vista se apartan mucho de los míos. Uno de los autores de este estudio, el que en él lleva la palabra, es un filólogo cuyo interés por las cuestiones lingüísticas le llevó a investigar las reglas que rigen tales equivocaciones, esperando poder deducir de estas reglas la existencia de «determinado mecanismo psíquico, en el cual estuvieron asociados y ligados de un modo especial los sonidos de una palabra o de una frase y también las palabras entre sí» (pág. 10).

Los autores de este estudio agrupan en principio los ejemplos de «equivocaciones orales» por ellos coleccionados, conforme a un punto de vista puramente descriptivo, clasificándolos en intercambios (por ej.: «la Milo de Venus», en lugar de «la Venus de Milo»); anticipaciones (por ej.: «…senti un pech….digo, un peso en el pecho»); ecos y posposiciones (por ej.: «Tráiga-tres por tres tés»); contaminaciones (por ej.: «Cierra el armave», por «Cierra el armario y tráeme la llave»), y sustituciones (por ej.:

«EI escultor perdió su pinceltres… ….digo, su cincel»), categorías principales a las cuales añaden algunas otras menos importantes (o de menor significación para nuestros propósitos).

En esta clasificación no se hace diferencia entre que la transposición, desfiguración, fusión, etcétera, afecte a sonidos aislados de la palabra o a sílabas o palabras enteras de la frase. Para explicar las diversas clases de equivocaciones orales observadas atribuye Meringer un diverso valor psíquico a los sonidos fonéticos.

Cuando una inervación afecta a la primera sílaba de una palabra o a la primera palabra de una frase, el proceso estimulante se propaga a los sonidos posteriores o a las palabras siguientes, y en tanto en cuanto estas inervaciones sean sincrónicas pueden influirse mutuamente, motivando transformaciones unas en otras. La excitación o estímulo del sonido de mayor intensidad psíquica resuena anticipadamente o queda como un eco y perturba de este modo los procesos de inervación menos importantes.

Se trata, por tanto, de determinar cuáles son los sonidos más importantes de una palabra.

Meringer dice que «cuando se desea saber qué sonidos de una palabra poseen mayor intensidad, debe uno observarse a sí mismo en ocasión de estar buscando una palabra que ha olvidado; por ejemplo, un nombre».

«Aquella parte de él que primero acude a la conciencia es invariablemente la que poseía mayor intensidad antes del olvido» (pág. 106).

«Así, pues, los sonidos más importantes son el inicial de la sílaba radical o de la misma palabra y la vocal o las vocales acentuadas» (pág. 162).

No puedo por menos de contradecir estas apreciaciones. Pertenezca o no el sonido inicial del nombre a los más importantes elementos de la palabra, lo que no es cierto es que sea lo primero que acude a la conciencia en los casos de olvido, y, por tanto, la regla expuesta es inaceptable. Cuando se observa uno a sí mismo estando buscando un nombre olvidado, se advertirá, con relativa frecuencia, que se está convencido de que la palabra buscada comienza con una determinada letra.

Esta convicción resulta luego igual número de veces infundada que verdadera, y hasta me atrevo a afirmar que la mayoría de las veces es falsa nuestra hipotética reproducción del sonido inicial.

Así sucede en el ejemplo que expusimos de olvido del nombre Signorelli.

En él se perdieron, en los nombres sustitutivos, el sonido inicial y las sílabas principales, y precisamente el par de sílabas menos importantes: ella es lo que, en el nombre sustitutivo Boticelli, volvió primero a la conciencia.

El caso que va a continuación nos enseña lo poco que los nombres sustitutivos respetan el sonido inicial del nombre olvidado: En una ocasión me fue imposible recordar el nombre de la pequeña nación cuya principal ciudad es Monte Carlo. Los nombres que en sustitución se presentaron fueron: Piamonte, Albania, Montevideo, Cólico.

En lugar de Albania apareció en seguida otro nombre: Montenegro, y me llamó la atención ver que la sílaba Mont (pronunciada Mon) aparecieraen todos los nombres sustitutivos, excepto en el último. De este modo me fue más fácil hallar el olvidado nombre: Mó naco, tomando como punto de partida el de su soberano: el príncipe Alberto. Cólico imita aproximadamente la sucesión de sílabas y el ritmo del nombre olvidado.

Si se acepta la conjetura de que un mecanismo similar al señalado en el olvido de nombres intervenga también en los fenómenos de equivocaciones orales, se llegará a un juicio más fundamentado sobre estos últimos. La perturbación del discurso que se manifiesta en forma de equivocación oral puede, en principio, ser causada por la influencia de otros componentes del mismo discurso; esto es, por un sonido anticipado, por un eco o por tener la frase o su contexto un segundo sentido diferente de aquel en que se desea emplear.

A esta clase pertenecen los ejemplos de Meringer y Mayer antes transcritos. Pero, en segundo lugar, puede también producirse dicha perturbación, como en el caso Signorelli, por influencias exteriores a la palabra, frase o contexto, ejercidas por elementos que no se tiene intención de expresar y de cuyo estímulo sólo por la perturbación producida nos damos cuenta.

La simultaneidad del estímulo constituye la cualidad común a las dos clases de equivocación oral, y la situación interior o exterior del elemento perturbador respecto a la frase o contexto serán su cualidad diferenciadora.

Esta diferencia no parece a primera vista tan importante como luego, cuando se la tome en consideración para relacionarla con determinadas conclusiones deducidas de la sintomatología de las equivocaciones orales.

Es, sin embargo, evidente que sólo en el primer caso existe una posibilidad de deducir de los fenómenos de equivocación oral conclusiones favorables a la existencia de un mecanismo que ligue entre sí sonidos y palabras, haciendo posible una recíproca influencia sobre su articulación; esto es, conclusiones como las que el filólogo esperaba poder deducir del estudio de las equivocaciones orales.

En el caso de perturbación ejercida por influencias exteriores a la misma frase o al contenido del discurso, se trataría, ante todo, de llegar al conocimiento de los elementos perturbadores, y entonces surgirá la cuestión de si también el mecanismo de esta perturbación podía o no sugerir las probables reglas de la formación del discurso.

No se puede afirmar que Meringer y Mayer no hayan visto la posibilidad de perturbaciones del discurso motivadas por «complicadas influencias psíquicas» o elementos exteriores a la palabra, la frase o el discurso.

En efecto, tenían que observar que la teoría del diferente valor psíquico de los sonidos no alcanzaba estrictamente más que para explicar la perturbación de los sonidos, las anticipaciones y los ecos.

En aquellos casos en que la perturbación de las palabras no puede ser reducida a la de los sonidos, como sucede en las sustituciones y contaminaciones, han buscado, en efecto, sin vacilar, la causa de las equivocaciones orales fuera del contexto del discurso y han demostrado este punto por medio de preciosos ejemplos.

Entre ellos citaré los que siguen: (Pág. 62.) «Ru. relataba en una ocasión ciertos hechos que interiormente calificaba de ‘cochinerías’ (Schweinereien); pero no queriendo pronunciar esta palabra, dijo: ‘Entonces se descubrieron determinados hechos…’ Mas al pronunciar la palabra Vorschein, que aparece en esta frase, se equivocó, y pronunció Vorschwein.

Mayer

y yo nos hallábamos presentes, y Ru. nos confesó que al principio había pensado decir: Schweinereien. La analogía de ambas palabras explica suficientemente el que la pensada se introdujese en la pronunciada, revelándose.» (Pág. 73.)

«También en las sustituciones desempeñan, como en las contaminaciones, y acaso en un grado mucho más elevado, un importantísimo papel las imágenes verbales ‘flotantes’.

Aunque éstas se hallan fuera de la conciencia, están, sin embargo, lo bastante cercanas a ellas para poder ser atraídas por una analogía del complejo al que la oración se refiere, y entonces producen una desviación en la serie de palabras del discurso o se cruzan con ella. Las imágenes verbales ‘flotantes’ son con frecuencia, como antes hemos dicho, elementos retrasados de un proceso oral recientemente terminado (ecos).» (Pág. 97.)

«La desviación puede producirse asimismo por analogía cuando una palabra semejante a aquella en que la equivocación se manifiesta yace en el umbral de la conciencia y muy cerca de ésta, sin que el sujeto tenga intención de pronunciarla.

Esto es lo que sucede en las sustituciones.

Confío en que estas reglas por mí expuestas habrán de ser confirmadas por todo aquel que las someta a una comprobación práctica; pero es necesario que al realizar tal examen, observando una equivocación oral cometida por una tercera persona, se procure llegar a ver con claridad los pensamientos que ocupaban al sujeto. He aquí un ejemplo muy instructivo.

El señor L. dijo un día ante nosotros: ‘Esa mujer me inspiraría miedo’ (einjagen), y en la palabra einjagen

En una ocasión pregunté a R. V. Schid por el estado de su caballo, que se hallaba enfermo, R. me respondió:

«Sí, esto ‘drurará’ (‘draut’) quizá todavía un mes.»

La sobrante de ‘drurará’ me pareció incomprensible, dado que la r de ‘durará’ (dauert) no podía haber actuado en tal forma, y llamé la atención de V. Schid sobre su lapsus, respondiéndome aquél que al oír mi pregunta había pensado:

«Es una triste (traurige) historia.»

Así, pues, R. había tenido en su pensamiento dos respuestas a mi pregunta y las había mezclado al pronunciar una de ellas.

Es innegable que la toma en consideración de las imágenes verbales «flotantes» que se hallan próximas al umbral de la conciencia y no están destinadas a ser pronunciadas, y la recomendación de procurar enterarse de todo lo que el sujeto ha pensado constituye algo muy próximo a las cualidades de nuestros «análisis».

 También nosotros partimos por el mismo camino en busca del material inconsciente; pero, en cambio, recorremos, desde las ocurrencias espontáneas del interrogado hasta el descubrimiento del elemento perturbador, un camino más largo a través de una compleja serie de asociaciones. Los ejemplos de Meringer demuestran otra cosa muy interesante también.

Según la opinión del propio autor, es una analogía cualquiera de una palabra de la frase que se tiene intención de expresar con otra palabra que no se propone uno pronunciar, lo que permite emerger a esta última por la constitución de una deformación, una formación mixta o una formación transaccional (contaminación):

jagen, dauert, Vorschetn lagen, traurig, … schwein.

En mi obra LA INTERPRETACIóN DE LOS SUEÑOS he expuesto el papel que desempeña el proceso de condensación (Verdichtungsarbeit) en la formación del llamado contenido manifiesto del sueño a expensas de las ideas latentes del mismo. Una semejanza cualquiera de los objetos o de las representaciones verbales entre dos elementos del material inconsciente es tomada como causa creadora de un tercer elemento que es una formación compuesta o transaccional.

Este elemento representa a ambos componentes en el contenido del sueño, y a consecuencia de tal origen se halla frecuentemente recargado de determinantes individuales contradictorias. La formación de sustituciones y contaminaciones en la equivocación oral es, pues, un principio de aquel proceso de condensación que encontramos toma parte activísima en la construcción del sueño.

En un pequeño artículo de vulgarización, publicado en la Nueue Frie Presse, en 23 de agosto de 1900, y titulado «Cómo puede uno equivocarse», inició Meringer una interpretación práctica en extremo de ciertos casos de intercambio de palabras, especialmente de aquellos en los cuales se sustituye una palabra por otra de opuesto sentido.

Recordamos aún cómo declaró abierta una sesión el presidente de la Cámara de Diputados austríaca:

«Señores diputados -dijo-. Habiéndose verificado el recuento de los diputados presentes, se levanta la sesión.»

La general hilaridad le hizo darse cuenta de su error y enmendarlo en el acto. La explicación de este caso es que el presidente deseaba ver llegado el momento de levantar la sesión, de la que esperaba poco bueno, y -cosa que sucede con frecuencia- la idea accesoria se abrió camino, por lo menos parcialmente, y el resultado fue la sustitución de «se abre» por se «levanta», esto es, lo contrario de lo que tenía la intención de decir.

Numerosas observaciones me han demostrado que esta sustitución de una palabra por otra de sentido opuesto es algo muy corriente. Tales palabras de sentido contrario se hallan ya asociadas en nuestra conciencia del idioma. Yacen inmediatamente vecinas unas de otras y se evocan con facilidad erróneamente.

No en todos los casos de intercambio de palabras de sentido contrario resulta tan fácil como en el ejemplo anterior hacer admisible la explicación de que el error cometido esté motivado por una contradicción surgida en el fuero interno del orador contra la frase expresada.

El análisis del ejemplo aliquis nos descubre un mecanismo análogo.

En dicho ejemplo la interior contradicción se exteriorizó por el olvido de una palabra en lugar de su sustitución por la de sentido contrario.

Mas para compensar esta diferencia haremos constar que la palabra aliquis no es capaz de producir un contraste como el existente entre «abrirá y «cerrar» o «levantar» una sesión, y además que «abrir», como parte usual del discurso, no puede hallarse sujeto al olvido.

Habiendo visto en los últimos ejemplos citados de Meringer y Mayer que la perturbación del discurso puede surgir tanto por una influencia de los sonidos anticipados o retrasados, o de las palabras de la misma frase destinadas a ser expresadas, como por el efecto de palabras exteriores a la frase que se intenta pronunciar, y cuyo estímulo no se hubiera sospechado sin la emergencia de la perturbación, tócanos ahora averiguar cómo se pueden separar definitivamente, una de otra, ambas clases de equivocaciones orales y cómo puede distinguirse un ejemplo de una de ellas de un caso de la otra.

En este punto de la discusión hay que recordar las afirmaciones de Wundt, el cual, en su reciente obra sobre las leyes que rigen el desarrollo del lenguaje Völkerspsychologie, tomo I, parte primera, págs. 371 y sigs., 1900), trata también de los fenómenos de la equivocación oral. Opina Wundt que en estos fenómenos y otros análogos no faltan jamás determinadas influencias psíquicas.

«A ellas pertenece, ante todo, como una determinante positiva, la corriente no inhibida de las asociaciones de sonidos y de palabras, estimulada por los sonidos pronunciados. Al lado de esta corriente aparece, como factor negativo, la desaparición o el relajamiento de las influencias de la voluntad que deben inhibir dicha corriente, y de la atención, que también actúa aquí como una función de la voluntad.

El que dicho juego de la asociación se manifieste, en que un sonido se anticipe o reproduzca los anteriormente pronunciados, en que un sonido familiar intercale entre otros o, por último, en que palabras totalmente distintas a las que se hallan en relación asociativa con los sonidos pronunciados actúen sobre éstos, todo ello no indica más que diferencias en la dirección y a lo sumo en el campo de acción de las asociaciones que se establecen, pero no en la naturaleza general de las mismas.

También en algunos casos puede ser dudoso el decidir qué forma se ha de atribuir a una determinada perturbación, o si no sería más justo referirla, conforme al principio de la complicación de las causas, a la concurrencia de varios motivos.» (Páginas 380 y 381. Las itálicas son mías.)

Considero absolutamente justificadas y en extremo instructivas estas observaciones de Wundt.

Quizá se pudiera acentuar con mayor firmeza el hecho de que el factor positivo favorecedor de las equivocaciones orales -la corriente no inhibida de las asociaciones- y el negativo -el relajamiento de la atención inhibitoria- ejercen regularmente una acción sincrónica, de manera que ambos factores resultan no ser sino diferentes determinantes del mismo proceso.

Con el relajamiento o, más precisamente, por el relajamiento de la atención inhibitoria entra en actividad la corriente no inhibida de las asociaciones.

Entre los ejemplos de equivocaciones orales reunidos por mí mismo apenas encuentro uno en el que la perturbación del discurso pueda atribuirse sola y únicamente a lo que Wundt llama «efecto de contacto de los sonidos».

Casi siempre descubro, además, una influencia perturbadora procedente de algo exterior a aquello que se tiene intención de expresar, y este elemento perturbador es o un pensamiento inconsciente aislado, que se manifiesta por medio de la equivocación y no puede muchas veces ser atraído a la conciencia más que por medio de un penetrante análisis, o un motivo psíquico general, que se dirige contra todo el discurso.


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