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Nun ist die Luft von solchem Spuk so voll, Dass niemand weiss, wie er ihn meiden soll.

Olvido de nombres propios

En el año 1898 publiqué en Monatsschrift für Psychiatrie und Neurologie un pequeño trabajo, titulado «Sobre el mecanismo psíquico del olvido», que quiero reproducir aquí, utilizándolo como punto de partida para más amplias investigaciones.

Examinaba en dicho ensayo, sometido al análisis psicológico, un ejemplo observado directamente por mí mismo, el frecuente caso de olvido temporal de un nombre propio, y llegaba a la conclusión de que estos casos de falla de una función psíquica -de la memoria-, nada gratos ni importantes en la práctica, admitían una explicación que iba más allá de la usual valoración atribuida a tales fenómenos.

Si no estoy muy equivocado, un psicólogo a quien se pregunta cómo es que con mucha frecuencia no conseguimos recordar un nombre propio que, sin embargo, estamos ciertos de conocer, se contentaría con responder que los nombres propios son más susceptibles de ser olvidados que otro cualquier contenido de la memoria, y expondría luego plausibles razones para fundamentar esta preferencia del olvido; pero no sospecharía más amplia determinación de tal hecho.

Por mi parte he tenido ocasión de observar, en minuciosas investigaciones sobre el fenómeno del olvido temporal de los nombres, determinadas particularidades que no en todos, pero sí en muchos de los casos se manifiestan con claridad suficiente.

En tales casos sucede que no sólo se olvida, sino que, además, se recuerda erróneamente.

A la conciencia del sujeto que se esfuerza en recordar el nombre olvidado acuden otros -nombres sustitutivos- que son rechazados en el acto como falsos, pero que, sin embargo, continúan presentándose en la memoria con gran tenacidad.

El proceso que os había de conducir a la reproducción del nombre buscado se ha desplazado, por decirlo así, y nos ha llevado hacia un sustitutivo erróneo.

Mi opinión es que tal desplazamiento no se halla a merced de un mero capricho psíquico cualquiera, sino que sigue determinadas trayectorias regulares y perfectamente calculables, o, por decirlo de otro modo, presumo que los nombres sustitutivos están en visible conexión con el buscado, y si consigo demostrar la existencia de esta conexión, espero quedará hecha la luz sobre el proceso y origen del olvido de nombres.

En el ejemplo que en 1898 elegí para someterlo al análisis, el nombre que inútilmente me había esforzado en recordar era el del artista que en la catedral de Orvieto pintó los grandiosos frescos de ‘Las cuatro últimas cosas’.

En vez del nombre que buscaba –Signorelli– acudieron a mi memoria los de otros dos pintores –Botticelli y Boltraffio-, que rechacé en seguida como erróneos. Cuando el verdadero nombre me fue comunicado por un testigo de mi olvido, lo reconocí en el acto y sin vacilación alguna. La investigación de por qué influencias y qué caminos asociativos se había desplazado en tal forma la reproducción -desde Signorelli hasta Botticelli y Boltraffio– me dio los resultados siguientes:

a) La razón del olvido del nombre Signorelli no debe buscarse en una particularidad del mismo ni tampoco en un especial carácter psicológico del contexto en que se hallaba incluido.

El nombre olvidado me era tan familiar como uno de los sustitutivos -Botticelli- y mucho más que el otro -Boltraffio-, de cuyo poseedor apenas podría dar más indicación que la de su pertenencia a la escuela milanesa.

La serie de ideas de la que formaba parte el nombre Signorelli en el momento en que el olvido se produjo me parece absolutamente inocente e inapropiada para aclarar en nada el fenómeno producido. Fue en el curso de un viaje en coche desde Ragusa (Dalmacia) a una estación de la Herzegovina. Iba yo en el coche con un desconocido, trabé conversación con él y cuando llegamos a hablar de un viaje que había hecho por Italia le pregunté si había estado en Orvieto y visto los famosos frescos de…

b)

El olvido del nombre queda aclarado al pensar en el tema de nuestra conversación, que precedió inmediatamente a aquel otro en que el fenómeno se produjo, y se explica como una perturbación del nuevo tema por el anterior. Poco antes de preguntar a mi compañero de viaje si había estado en Orvieto, habíamos hablado de las costumbres de los turcos residentes en Bosnia y en la Herzegovina.

Yo conté haber oído a uno de mis colegas, que ejercía la Medicina en aquellos lugares y tenía muchos clientes turcos, que éstos suelen mostrarse llenos de confianza en el médico y de resignación ante el destino. Cuando se les anuncia que la muerte de uno de sus deudos es inevitable y que todo auxilio es inútil, contestan:

«¡Señor (Herr), qué le vamos a hacer! ¡Sabemos que si hubiera sido posible salvarle, le hubierais salvado!»

En estas frases se hallan contenidos los siguientes nombres: Bosnia, Herzegovina y Señor (Herr), que pueden incluirse en una serie de asociaciones entre Signorelli, Botticelli y Boltraffio.

c)

La serie de ideas sobre las costumbres de los turcos en Bosnia, etc., recibió la facultad de perturbar una idea inmediatamente posterior, por el hecho de haber yo apartado de ella mi atención sin haberla agotado. Recuerdo, en efecto, que antes de mudar de tema quise relatar una segunda anécdota que reposaba en mi memoria al lado de la ya referida.

Los turcos de que hablábamos estiman el placer sexual sobre todas las cosas, y cuando sufren un trastorno de este orden caen en una desesperación que contrasta extrañamente con su conformidad en el momento de la muerte. Uno de los pacientes que visitaba mi colega le dijo un día:

«Tú sabes muy bien, señor (Herr), que cuando eso no es ya posible pierde la vida todo su valor.»

Por no tocar un tema tan escabroso en una conversación con un desconocido reprimí mi intención de relatar este rasgo característico. Pero no fue esto sólo lo que hice, sino que también desvié mi atención de la continuación de aquella serie de pensamientos que me hubiera podido llevar al tema «muerte y sexualidad».

Me hallaba entonces bajo los efectos de una noticia que pocas semanas antes había recibido durante una corta estancia en Trafoi. Un paciente en cuyo tratamiento había yo trabajado mucho y con gran interés se había suicidado a causa de una incurable perturbación sexual.

Estoy seguro de que en todo mi viaje por la Herzegovina no acudió a mi memoria consciente el recuerdo de este triste suceso ni de nada que tuviera conexión con él.

Mas la consonancia Trafoi-Boltraffio me obliga a admitir que en aquellos momentos, y a pesar de la voluntaria desviación de mi atención, fue dicha reminiscencia puesta en actividad en mí.

d) No puedo ya, por tanto, considerar el olvido del nombre Signorelli como un acontecimiento casual, y tengo que reconocer la influencia de un motivo en este suceso.

Existían motivos que me indujeron no sólo a interrumpirme en la comunicación de mis pensamientos sobre las costumbres de los turcos, etc., sino también a impedir que se hiciesen conscientes en mí aquellos otros que, asociándose a los anteriores, me hubieran conducido hasta la noticia recibida en Trafoi.

Quería yo, por tanto, olvidar algo, y había reprimido determinados pensamientos. Claro es que lo que deseaba olvidar era algo muy distinto del nombre del pintor de los frescos de Orvieto; pero aquello que quería olvidar resultó hallarse en conexión asociativa con dicho nombre, de manera que mi volición erró su blanco y olvidé lo uno contra mi voluntad, mientras quería con toda intención olvidar lo otro. La repugnancia a recordar se refería a un objeto, y la incapacidad de recordar surgió con respecto a otro.

El caso sería más sencillo si ambas cosas, rechazo e incapacidad, se hubieran referido a un solo dato. Los nombres sustitutivos no aparecen ya tan injustificados como antes de estas aclaraciones y aluden (como en una especie de transacción) tanto a lo que quería olvidar como a lo que quería recordar, mostrándome que mi intención de olvidar algo no ha triunfado por completo ni tampoco fracasado en absoluto.

e)

La naturaleza de la asociación establecida entre el nombre buscado y el tema reprimido (muerte y sexualidad, etc., en el que aparecen las palabras Bosnia, Herzegovina y Trafoi) es especialmente singular.

El siguiente esquema, que publiqué con mi referido artículo, trata de representar dicha asociación.

En este proceso asociativo el nombre Signorelli quedó dividido en dos trozos. Uno de ellos (elli) reapareció sin modificación alguna en uno de los nombres sustitutivos, y el otro entró -por su traducción SignorHerr (Señor)- en numerosas y diversas relaciones con los nombres contenidos en el tema reprimido; pero precisamente por haber sido traducido no pudo prestar ayuda ninguna para llegar a la reproducción buscada.

Su sustitución se llevó a cabo como si se hubiera ejecutado un desplazamiento a lo largo de la asociación de los nombres Herzegovina y Bosnia, sin tener en cuenta para nada el sentido ni la limitación acústica de las sílabas.

Así, pues, los nombres fueron manejados en este proceso de un modo análogo a como se manejan las imágenes gráficas representativas de trozos de una frase con la que ha de formarse un jeroglífico.

La coincidencia no advirtió nada de todo el proceso que por tales caminos produjo los nombres sustitutivos en lugar del nombre Signorelli. Tampoco parece hallarse a primera vista una relación distinta de esta reaparición de las mismas sílabas o, mejor dicho, series de letras entre el tema en el que aparece el nombre Signorelli y el que le precedió y fue reprimido.

Quizá no sea ocioso hacer constar que las condiciones de la reproducción y del olvido aceptadas por los psicólogos, y que éstos creen hallar en determinadas relaciones y disposiciones, no son contradichas por la explicación precedente. Lo que hemos hecho es tan sólo añadir, en ciertos casos, un motivo más a los factores hace ya tiempo reconocidos como capaces de producir el olvido de un nombre y además aclarar el mecanismo del recuerdo erróneo.

Aquellas disposiciones son también, en nuestro caso, de absoluta necesidad para hacer posible que el elemento reprimido se apodere asociativamente del nombre buscado y lo lleve consigo a la represión.

En otro nombre de más favorables condiciones para la reproducción quizá no hubiera sucedido esto.

Es muy probable que un elemento reprimido esté siempre dispuesto a manifestarse en cualquier otro lugar; pero no lo logrará sino en aquellos en los que su emergencia pueda ser favorecida por condiciones apropiadas. Otras veces la represión se verifica sin que la función sufra trastorno alguno o, como podríamos decir justificadamente, sin síntomas.

El resumen de las condicionantes del olvido de nombres, acompañado del recuerdo erróneo, será, pues, el siguiente:

  1. Una determinada disposición para el olvido del nombre de que se trate.
  2. Un proceso represivo llevado a cabo poco tiempo antes.
  3. La posibilidad de una asociación externa entre el nombre que se olvida y el elemento anteriormente reprimido.

Esta última condición no debe considerarse muy importante, pues la asociación externa referida se establece con gran facilidad y puede considerarse existente en la mayoría de los casos. Otra cuestión de más profundo alcance es la de si tal asociación externa puede ser condición suficiente para que el elemento reprimido perturbe la reproducción del nombre buscado o si no será además necesario que exista más íntima conexión entre los temas respectivos.

Una observación superficial haría rechazar el último postulado y considerar suficiente la contigüidad temporal, aun siendo los contenidos totalmente distintos; pero si se profundiza más se hallará que los elementos unidos por una asociación externa (el reprimido y el nuevo) poseen con mayor frecuencia una conexión de contenido.

El ejemplo Signorelli es una prueba de ello.

El valor de lo deducido de este ejemplo depende, naturalmente, de que lo consideremos como un caso típico o como un fenómeno aislado. Por mi parte debo hacer constar que el olvido de un nombre, acompañado de recuerdo erróneo, se presenta con extrema frecuencia en forma igual a la que nos ha revelado nuestro análisis. Casi todas las veces que he tenido ocasión de observar en mí mismo tal fenómeno he podido explicarlo del mismo modo, esto es, como motivado por represión.

Existe aún otro argumento en favor de la naturaleza típica de nuestro análisis, y es el que, a mi juicio, no pueden separarse en principio los casos de olvido de nombres con recuerdo erróneo de aquellos otros en que no aparecen nombres sustitutivos equivocados.

Estos surgen espontáneamente en muchos casos, y en los que no, puede forzárselos a emerger por medio de un esfuerzo de atención y entonces muestran, con el elemento reprimido y el nombre buscado, iguales conexiones que si su aparición hubiera sido espontánea. La percepción del nombre sustitutivo por la conciencia parece estar regulada por dos factores: el esfuerzo de atención y una determinante interna inherente al material psíquico.

Esta última pudiera buscarse en la mayor o menor facilidad con la que se constituye la necesaria asociación externa entre los dos elementos. Gran parte de los casos de olvido de nombres sin recuerdo erróneo se unen de este modo a los casos con formación de nombres sustitutivos en los cuales rige el mecanismo descubierto en el ejemplo Signorelli.

Sin embargo, no me atreveré a afirmar rotundamente que todos los casos de olvido de nombres puedan ser incluidos en dicho grupo, pues, sin duda, existen algunos que presentan un proceso más sencillo.

Así, pues, creemos obrar con prudencia exponiendo el estado de cosasen la siguiente forma: Junto a los sencillos olvidos de nombres propios aparecen otros motivados por represión.

Olvido de palabras extranjeras

El léxico usual de nuestro idioma propio parece hallarse protegido del olvido dentro de los límites de la función normal. No sucede lo mismo con los vocablos de un idioma extranjero. En éste todas las partes de la oración están igualmente predispuestas a ser olvidadas. Un primer grado de perturbación funcional se revela ya en la desigualdad de nuestro dominio sobre una lengua extranjera, según nuestro estado general y el grado de nuestra fatiga.

Este olvido se manifiesta en una serie de casos siguiendo el mecanismo que el análisis nos ha descubierto en el ejemplo Signorelli. Para demostrarlo expondremos un solo análisis de un caso de olvido de un vocablo no sustantivo en una cita latina, análisis al que valiosas particularidades dan un extraordinario interés.

Séanos permitido exponer con toda amplitud y claridad el pequeño suceso.

En el pasado verano reanudé, durante mi viaje de vacaciones, mi trato con un joven de extensa cultura y que, según pude observar, conocía algunas de mis publicaciones psicológicas. No sé por qué derroteros llegamos en nuestra conversación a tratar de la situación social del pueblo a que ambos pertenecemos, y mi interlocutor, que mostraba ser un tanto ambicioso, comenzó a lamentarse de que su generación estaba, a su juicio, destinada a la atrofia, no pudiendo ni desarrollar sus talentos ni satisfacer sus necesidades.

Al acabar su exaltado y apasionado discurso quiso cerrarlo con el conocido verso virgiliano en el cual la desdichada Dido encomienda a la posteridad su venganza sobre Eneas: Exoriare…; pero le fue imposible recordar con exactitud la cita, e intentó llenar una notoria laguna que se presentaba en su recuerdo cambiando de lugar las palabras del verso: Exoriar(e) ex nostris ossibus ultor! (Virgilio). Por último, exclamó con enfado: «No ponga usted esa cara de burla, como si estuviera gozándose en mi confusión, y ayúdeme un poco.

Algo falta en el verso que deseo citar. ¿Puede usted decírmelo completo?» En el acto accedí con gusto a ello y dije el verso tal y como es: – Exoriar(e) aliquis nostris ex ossibus ultor! (‘Deja que alguien surja de mis huesos como vengador’.) -¡Qué estupidez olvidar una palabra así! Por cierto que usted sostiene que nada se olvida sin una razón determinante.

Me gustaría conocer por qué he olvidado ahora el pronombre indefinido aliquis.

Esperando obtener una contribución a mi colección de observaciones, acepté en seguida el reto y respondí:

– Eso lo podemos averiguar en seguida, y para ello le ruego a usted que me vaya comunicando sinceramente y absteniéndose de toda crítica todo lo que se le ocurre cuando dirige usted sin intención particular su atención sobre la palabra olvidada

– Está bien. Lo primero que se me ocurre es la ridiculez de considerar la palabra dividida en dos partes: a y liquis.

– ¿Por qué? 

– No lo sé.

– ¿Qué más se le ocurre? 

– La cosa continúa: reliquias- licuefacción-fluido-líquido. ¿Averiguó usted algo? 

– No, ni mucho menos. Pero siga usted. 

– Pienso – prosiguió, riendo con burla- en Simón de Trento, cuyas reliquias vi hace dos años en una iglesia de aquella ciudad, y luego en la acusación que de nuevo se hace a los judíos de asesinar a un cristiano cuando llega la Pascua para utilizar su sangre en sus ceremonias religiosas.

Recuerdo después el escrito de Kleinpaul en el que se consideran estas supuestas víctimas de los judíos como reencarnaciones o nuevas ediciones, por decirlo así, del Redentor.

– Observará usted que estos pensamientos no carecen de conexión con el tema de que tratábamos momentos antes de no poder usted recordar la palabra latina aliquis.

– En efecto, ahora pienso en un artículo que leí hace poco en un periódico italiano. Creo que se titulaba «Lo que dice San Agustín de las mujeres». ¿Qué hace usted con este dato?

– Por ahora, esperar.

Ahora aparece algo que seguramente no tiene conexión alguna con nuestro tema… 

– Le ruego prescinda de toda crítica y… 

– Lo sé, lo sé.

Me acuerdo de un arrogante anciano que encontré la semana pasada en el curso de mi viaje. Un verdadero original.

Su aspecto es el de una gran ave de rapiña.

Si le interesa a usted su nombre, le diré que se llama Benedicto.

– Hasta ahora tenemos por lo menos una serie de santos y padres de la Iglesia: San Simón, San Agustín, San Benedicto y Orígenes.

Además, tres de estos nombres son nombres propios, como también Pablo (Paul), que aparece en Kleinpaul.

– Luego se me viene a las mientes San Jenaro y el milagro de su sangre creo que esto sigue ya mecánicamente.

– Déjese usted de observaciones.

San Jenaro

y San Agustín tienen una relación en el calendario. ¿Quiere usted recordarme en qué consiste el milagro de la sangre de San Jenaro?

– Lo conocerá usted seguramente.

En una iglesia de Nápoles se conserva en una ampolla de cristal la sangre de San Jenaro.

Esta sangre se licua milagrosamente todos los años en determinado día festivo.

El pueblo se interesa mucho por este milagro y experimenta gran agitación cuando se retrasa, como sucedió una vez durante una ocupación francesa.

Entonces, el general que mandaba las tropas, o no sé si estoy equivocado y fue Garibaldi, llamó aparte a los sacerdotes, y mostrándoles con gesto significativo los soldados que ante la iglesia había apostado, dijo que esperaba que el milagro se produciría en seguida, y, en efecto, se produ…

– Siga usted. ¿Por qué se detiene? 

– Es que en este instante recuerdo algo que… Pero es una cosa demasiado íntima para comunicársela a nadie.

Además, no veo que tenga conexión ninguna con nuestro asunto ni que haya necesidad de contarla…

– El buscar la conexión es cosa mía. Claro que no puedo obligarle a contarme lo que a usted le sea penoso comunicar a otra persona; pero entonces no me pida usted que le explique por qué ha olvidado la palabra aliquis.

– ¿De verdad? Le diré, pues, que de pronto he pensado en una señora de la cual podría fácilmente recibir una noticia sumamente desagradable para ella y para mí.

– ¿Que le ha faltado este mes la menstruación? 

– ¿Cómo ha podido usted adivinarlo ? 

– No era difícil. Usted mismo me preparó muy bien el camino. Piense usted en los santos del calendario, la licuefacción de la sangre en un día determinado, la inquietud cuando el suceso no se produce, la expresiva amenaza de que el milagro tiene que realizarse o que si no… Ha transformado usted el milagro de San Jenaro en un magnífico símbolo del período de la mujer.

– Pero sin darme en absoluto cuenta de ello. ¿Y cree usted que realmente mi temerosa expectación ha sido la causa de no haber logrado reproducir la palabra aliquis?

– Me parece indudable. Recuerde usted la división que de ella hizo en a y liquis y luego las asociaciones: reliquias, licuefacción, líquido. ¿Debo también entretejer en estas asociaciones el recuerdo de Simón Trento, sacrificado en su primera infancia?

– Más vale que no lo haga usted.

Espero que no tome usted en serio esos pensamientos, si es que realmente los he tenido.

En cambio, le confesaré que la señora en cuestión es italiana y que visité Nápoles en su compañía. Pero ¿no puede ser todo ello una pura casualidad’?

– Dejo a su juicio el determinar si toda esa serie de asociaciones puede explicarse por la intervención de la casualidad.

Mas lo que sí le advierto es que todos y cada uno de los casos semejantes que quiera usted someter al análisis le conducirán siempre al descubrimiento de «casualidades» igualmente extrañas.

Estamos muy agradecidos a nuestro compañero de viaje por su autorización para hacer público uso de este pequeño análisis, que estimamos en mucho, dado que en él pudimos utilizar una fuente de observación cuyo acceso nos está vedado de ordinario.

En la mayoría de los casos nos vemos obligados a poner como ejemplos de aquellas perturbaciones psicológicas de las funciones en el curso de la vida cotidiana que aquí reunimos, observaciones verificadas en nuestra propia persona, pues evitamos servirnos del rico material que nos ofrecen los enfermos neuróticos que a nosotros acuden, por temor a que se nos objete que los fenómenos que expusiéramos eran consecuencias y manifestaciones de la neurosis.

Es, por tanto, de gran valor para nuestros fines el que se ofrezca como objeto de tal investigación una persona fuera de nosotros y mentalmente sana.

El análisis que acabamos de exponer es, además, de gran importancia, considerado desde otro punto de vista.

Aclara, en efecto, un caso de olvido de una palabra sin recuerdos sustitutivos y confirma nuestra anterior afirmación de que la emergencia o la falta de recuerdos sustitutivos equivocados no puede servir de base para establecer una diferenciación esencial .

El principal valor del ejemplo aliquis reside, sin embargo, en algo distinto de su diferencia con el caso Signorelli.

En este último la reproducción del nombre se vio perturbada por los efectos de una serie de pensamientos que había comenzado a desarrollarse poco tiempo antes y que fue interrumpida de repente, pero cuyo contenido no estaba en conexión con el nuevo tema, en el cual estaba incluido el nombre Signorelli.

Entre el tema reprimido y el del nombre olvidado existía tan sólo una relación de contigüidad temporal, y ésta era suficiente para que ambos temas pudieran ponerse en contacto por medio de una asociación externa.

En cambio, en el ejemplo aliquis no se observa huella ninguna de tal tema, independiente y reprimido, que, habiendo ocupado el pensamiento consciente inmediatamente antes, resonara después, produciendo una perturbación.

El trastorno de la reproducción surge aquí del interior del tema tratado y a causa de una contradicción inconsciente que se alza frente al deseo expresado en la cita latina.

El orador, después de lamentarse de que la actual generación de su patria sufriera, a su juicio, una disminución de sus derechos, profetizó, imitando a Dido, que la generación siguiente llevaría a cabo la venganza de los oprimidos. Por tanto, habíaexpresado su deseo de tener descendencia. Pero en el mismo momento se interpuso un pensamiento contradictorio: «En realidad, ¿deseas tan vivamente tener descendencia? Eso no es cierto.

¡Cuál no sería tu confusión si recibieras la noticia de que estabas en camino de obtenerla en la persona que tú sabes ! No, no; nada de descendencia, aunque sea necesario para nuestra venganza.»

Esta contradicción muestra su influencia haciendo posible, exactamente como en el ejemplo Signorelli, una asociación externa entre uno de sus elementos de representación y un elemento del deseo contradicho, lográndolo en este caso de un modo altamente violento y por medio de un rodeo asociativo, aparentemente artificioso.

Una segunda coincidencia esencial con el ejemplo Signorelli resulta del hecho de provenir la contradicción de fuentes reprimidas y partir de pensamientos que motivarían una desviación dela atención. Hasta aquí hemos tratado de la diferencia e interno parentesco de los dos paradigmas del olvido de nombres. Hemos aprendido a conocer un segundo mecanismo del olvido: la perturbación de un pensamiento por una contradicción interna proveniente de lo reprimido.

En el curso de estas investigaciones volveremos a hallar repetidas veces este hecho, que nos parece el más fácilmente comprensible.

Olvido de nombres y de series de palabras

Experiencias como la anteriormente relatada sobre el proceso del olvido de un trozo de una frase en idioma extranjero excitan la curiosidad de comprobar si el olvido de frases del idioma propio demanda o no una explicación esencialmente distinta. No suele causar asombro el no poder reproducir sino con lagunas e infidelidades una fórmula o una poesía aprendidas de memoria tiempo atrás.

Mas como este olvido no alcanza por igual a la totalidad de lo aprendido, sino que parece asimismo desglosar de ello trozos aislados, pudiera ser de interés investigar analíticamente algunos ejemplos de tal reproducción defectuosa.

Uno de mis colegas, más joven que yo, expresó, en el curso de una conversación conmigo, la presunción de que el olvido de poesías escritas en la lengua materna pudiera obedecer a motivos análogos a los que produce el olvido de elementos aislados de una frase de un idioma extranjero, y se ofreció en el acto como objeto de una experiencia que aclarase su suposición.

Preguntado con qué poesía deseaba que hiciéramos la prueba, eligió La prometida de Corinto (Goethe), composición muy de su agrado y de la que creía poder recitar de memoria por lo menos algunas estrofas. Ya al comienzo de la reproducción surgió una dificultad realmente singular:

«Es -me preguntó mi colega- ‘de Corinto a Atenas‘ o ‘de Atenas a Corinto‘?» También yo vacilé por un momento, hasta que, echándome a reír, observé que el título de la poesía, La prometida de Corinto, no dejaba lugar a dudas sobre el itinerario seguido por el novio para llegar al lado de ella. La reproducción de la primera estrofa se verificó luego sin tropiezo alguno o, por lo menos, sin que notásemos ninguna infidelidad. Después de la primera línea de la segunda estrofa se detuvo el recitador, y pareció buscar la continuación durante unos instantes; pero en seguida prosiguió diciendo:

Mas ¿será bien recibido por sus huéspedes ahora que cada día trae consigo algo nuevo? El es aún pagano, como todos los suyos, y aquéllos son ya cristianos y están bautizados.

Desde la segunda línea había yo ya sentido cierta extrañeza, y al terminar la cuarta convinimos ambos en que el verso había sufrido una deformación; pero no siéndonos posible corregirla de memoria, nos trasladamos a mi biblioteca para consultar el original de Goethe, y hallamos con sorpresa que el texto de la segunda línea de la estrofa era en absoluto diferente del producido por la memoria de mi colega y había sido sustituido por algo que, al parecer, no tenía la menor relación con él.

El texto verdadero es como sigue:

Mas ¿será bien recibido por sus huéspedes si no compra muy caro su favor?

Con «compra» (erkauft) rima «bautizados» (getauft), y además me pareció muy extraño que la constelación paganos, cristianos y bautizados hubiese ayudado tan poco al recitador a reconstruir con acierto el texto.

«¿Puede usted explicarse -pregunté a mi compañero- cómo ha podido usted borrar tan por completo todo un verso de una poesía que le es perfectamente conocida? ¿Sospecha usted de que contexto ha podido usted sacar la frase sustitutiva?»

Podía, en efecto, explicar lo que creía motivo del olvido sufridode la sustitución efectuada, y, forzándose visiblemente por tener que hablar de cosas poco agradables para él, dijo lo que sigue:

– La frase «ahora que cada día trae consigo algo nuevo» no me suena como totalmente desconocida; he debido de pronunciarla hace poco refiriéndome a mi situación profesional, pues ya sabe usted que mi clientela ha aumentado mucho en estos últimos tiempos, cosa que, como es natural, me tiene satisfecho. Vamos ahora a la cuestión de cómo ha podido introducirse esta frase en sustitución de la verdadera.

También aquí creo poder hallar una conexión. La frase «si no compra muy caro su favor» era, sin duda alguna, desagradable para mí, por poderse relacionar con el siguiente hecho: Tiempo atrás pretendí la mano de una mujer y fui rechazado.

Ahora que mi situación económica ha mejorado mucho proyecto renovar mi petición.

No puedo hablar más sobre este asunto; pero con lo dicho comprenderá que no ha de ser muy agradable para mí, si ahora soy aceptado, el pensar que tanto la negativa anterior como el actual consentimiento han podido obedecer a una especie de cálculo.

Esta explicación me pareció aclarar lo sucedido sin necesidad de conocer más minuciosos detalles.

Pero, sin embargo, pregunté:

«¿Y qué razón le lleva a usted a inmiscuir su propia persona y sus asuntos privados en el texto de La prometida de Corinto? ¿Existe quizá también en su caso aquella diferencia de creencias religiosas que constituyen uno de los temas de la poesía?»

(Cuando surge una nueva fe, el amor y la fidelidad son, con frecuencia, arrancados como perversa cizaña.)

Esta vez no había yo acertado; pero fue curioso observar cómo una de mis preguntas, yendo bien dirigida, iluminó el espíritu de mi colega de tal manera, que le permitió contestarme con una explicación que seguramente había permanecido hasta entonces oculta para él.

Mirándome con expresión atormentada y en la que se notaba algún despecho, murmuró como para sí mismo los siguientes versos, que aparecen algo más adelante en la poesía goethiana:

Mírala bien.

Mañana habrá ella encanecido .

Y añadió a poco:

«Ella es algo mayor que yo.»

Para no penarle más desistí de proseguir la investigación.

Además, el caso me pareció suficientemente aclarado. Lo más sorprendente de él era ver cómo el esfuerzo efectuado para hallar la causa de un inocente fallo de la memoria había llegado a herir cuestiones particulares del sujeto de la experiencia, tan lejanas al contenido de ésta y tan íntimas y penosas.

C. G. Jung expone otro caso de olvido de varias palabras consecutivas de una poesía conocida, que quiero copiar aquí tal y como él lo relata . «Un señor quiere recitar la conocida poesía ‘Un pino se alza solitario…’ etcétera.

Al llegar a la línea que comienza ‘Dormita…’ se queda atascado, sin poder continuar. Ha olvidado por completo las palabras siguientes: ‘envuelto en blanco manto’.

Este olvido de un verso tan vulgarizado me pareció extraño e hice que la persona que lo había sufrido me comunicase todo aquello que se le fuese ocurriendo al fijar su atención en las palabras olvidadas, las cuales le recordé, obteniendo la serie siguiente: Ante las palabras ‘envuelto en blanco manto’, en lo primero que pienso es en un sudario -un lienzo blanco en el que se envuelve a los muertos-. (Pausa.) Luego, en un íntimo amigo mío.

Su hermano ha muerto hace poco de repente; dicen que de una apoplejía.

Era también muy corpulento.

Mi amigo lo es también, y varias veces he pensado que podía sucederle lo mismo. Hace una vida muy sedentaria. Cuando me enteré de la muerte de su hermano, me entró el temor de que algún día pudiera yo sufrir igual muerte, pues en mi familia tenemos tendencia a la obesidad, y mi abuelo murió asimismo de una apoplejía.

También yo me encuentro demasiado grueso y he emprendido en estos días una cura para adelgazar.» Vemos, pues -comenta Jung-, que el sujeto se había identificado en el acto inconscientemente con el pino envuelto en un blanco sudario.

El ejemplo que a continuación exponemos, y que debemos a nuestro amigo S. Ferenczi, de Budapest, se refiere, a diferencia de los anteriores, a una frase no tomada de la obra de un poeta, sino pronunciada por el propio sujeto, que luego no logra recordarla.

Además, nos presenta el caso, no muy común, en que el olvido se pone al servicio de nuestra discreción en momentos en que ésta se ve amenazada del peligro de sucumbir a una caprichosa veleidad.

De este modo, la falla se convierte en una función útil, y cuando nuestro ánimo se serena hacemos justicia a aquella corriente interna, que anteriormente sólo podía exteriorizarse por una falla, un olvido, o sea una impotencia psíquica. «En una reunión se mencionó la frase Tout comprende c’est tout pardonner.

Al oírla hice la observación de que con la primera parte bastaba, siendo un acto de soberbia el meterse a perdonar; misión que se debía dejar a Dios y a los sacerdotes. Uno de los presentes halló muy acertada mi observación, lo cual me animó a seguir hablando, y probablemente para asegurarme la buena opinión del benévolo crítico, le comuniqué que poco tiempo antes había tenido una ocurrencia aún más ingeniosa. Pero cuando quise comenzar a relatarla no conseguí recordar nada de ella.

En el acto me retiré un poco de la reunión y anoté las asociaciones encubridoras.

Primero acudió el nombre del amigo y el de la calle de Budapest, que fueron testigos del nacimiento de la ocurrencia buscada, y después, el nombre de otro amigo, Max, al que solemos llamar familiarmente Maxi.

Este nombre me condujo luego a la palabra máxima y al recuerdo de que en aquella ocasión se trataba también, como en la frase inicial de este caso, de la transformación de una máxima muy conocida. Por un extraño proceso, en vez de ocurrírseme a continuación una máxima cualquiera, recordé la frase siguiente:

‘Dios creó al hombre a su imagen’, y su transformación: ‘El hombre creó a Dios a la suya.’

Acto seguido surgió el recuerdo buscado, que se refería a lo siguiente:

»Un amigo mío me dijo, paseando conmigo por la calle de Andrassy: ‘Nada humano me es ajeno’, a lo cual respondí yo, aludiendo a las experiencias psicoanalíticas: ‘Debías continuar y reconocer que tampoco nada animal te es ajeno.’

»Después de haber logrado de este modo hacerme con el recuerdo buscado, me fue imposible relatarlo en la reunión en que me hallaba. La joven esposa del amigo, a quien yo había llamado la atención sobre la animalidad de lo inconsciente, estaba también entre los presentes, y yo sabía que se hallaba poco preparada para el conocimiento de tales poco halagadoras opiniones.

El olvido sufrido me ahorró una serie de preguntas desagradables que no hubiera dejado de dirigirme y quizá una inútil discusión, lo cual fue, sin duda, el motivo de mi amnesia temporal.

»Es muy interesante el que se presentase como idea encubridora una frase que rebaja la divinidad hasta considerarla como una invención humana, al par que en la frase buscada se alude a lo que de animal hay en el hombre.

Ambas frases tienen, por tanto, común una idea de capitis diminutio (privar a uno del status), y todo el proceso es, sin duda, la continuación de la serie de ideas sobre el comprender y el perdonar, sugeridas por la conversación.

»El que en este caso surgiese tan rápidamente lo buscado débese, quizá, a que en el acto de ocurrir el olvido abandoné momentáneamente la reunión, en la que se ejercía una censura sobre ello, para retirarme a un cuarto solitario.»

He analizado numerosos casos de olvido o reproducción incorrecta de varias palabras de una frase, y la conformidad de los resultados de estas investigaciones me inclina a admitir que el mecanismo del olvido, descubierto al analizar los casos de aliquis y de La prometida de Corinto, posee validez casi universal.

No es fácil publicar con frecuencia tales ejemplos de análisis, dado que, como se habrá visto por los anteriores, conducen casi siempre a asuntos íntimos del analizado y a veces hasta desagradables y penosos para él; razón por la cual no añadiré ningún otro a los ya expuestos.

Lo que de común tienen todos estos casos, sin distinción del material, es que lo olvidado o deformado entra en conexión, por un camino asociativo cualquiera, con un contenido psíquico inconsciente, del que parte aquella influencia que se manifiesta en forma de olvido.

Volveré, pues, al olvido de nombres, cuya casuística y motivos no han quedado aún agotados por completo, y como esta clase de rendimientos fallidos (Fehllestungen) los puedo observar con bastante frecuencia en mí mismo, no he de hallarme escaso de ejemplos que exponer a mis lectores. Las leves jaquecas que padezco suelen anunciarse unas horas antes de atacarme por el olvido de nombres, y cuando llegan a su punto cumbre, si bien no son lo suficientemente intensas para obligarme a abandonar el trabajo, me privan con frecuencia de la facultad de recordar todos los nombres propios.

Casos como este mío pudieran hacer surgir una vigorosa objeción a nuestros esfuerzos analíticos. ¿No habrá, acaso, que deducir de él que la causa de los olvidos, y en especial del olvido de nombres, está en una perturbación circulatoria o funcional del cerebro y que, por tanto, no hay que molestarse en buscar explicaciones psicológicas a tales fenómenos? Mi opinión es en absoluto negativa, y creo que ello equivaldría a confundir el mecanismo de un proceso, igual en todos los casos, con las condiciones variables, y no evitablemente necesarias, que puedan favorecer su desarrollo.

En vez de discutir con detención la objeción expuesta, voy a exponer una comparación, con la que creo quedará más claramente anulada.

Supongamos que he cometido la imprudencia de ir a pasear de noche por los desiertos arrabales de una gran ciudad y que, atacado por unos ladrones, me veo despojado de mi dinero y mi reloj.

En el puesto de Policía más próximo hago luego la denuncia con las palabras siguientes:

«En tal o cual calle, la soledad y la oscuridad me han robado el reloj y el dinero.»

Aunque con esto no diga nada inexacto, correría el peligro de ser considerado -juzgándome por la manera de hacer la denuncia- como un completo chiflado. La correcta expresión de lo sucedido sería decir que, favorecidos por la soledad del lugar y al amparo de la oscuridad que en él reinaba, me habían despojado de mi dinero y mi reloj unos desconocidos malhechores.

Ahora bien: la cuestión del olvido de los nombres es algo totalmente idéntico.

Un poder psíquico desconocido, favorecido por la fatiga, la perturbación circulatoria y la intoxicación, me despoja de mi dominio sobre los nombres propios pertenecientes a mi memoria, y este poder es el mismo que en otros casos puede producir igual falla de la memoria, gozando el sujeto de perfecta salud y completa capacidad mental.

Al analizar los casos de olvido de nombres propios observados en mí mismo, encuentro casi regularmente que el nombre retenido muestra hallarse en relación con un tema concerniente a mi propia persona y que con frecuencia puede despertar en mí intensas y a veces penosas emociones.

Conforme a la acertada y recomendable práctica de la Escuela de Zurich (Bleuler, Jung, Riklin), puedo expresar esta opinión en la forma siguiente: El nombre perdido ha rozado en mí un «complejo personal». La relación del nombre con mi persona es una relación inesperada y facilitada en la mayoría de los casos por una asociación superficial (doble sentido de la palabra o similicadencia) y puede reconocerse casi siempre como una asociación lateral. Unos cuantos sencillos ejemplos bastarán para aclarar su naturaleza.

1)

Un paciente me pidió que le recomendase un sanatorio situado en la Riviera. Yo conocía uno cerca de Génova y recordaba muy bien el nombre del médico alemán que se hallaba al frente de él; pero por el momento me fue imposible recordar el nombre del lugar en que se hallaba emplazado, aunque sabía que lo conocía perfectamente.

No tuve más remedio que rogar al paciente que esperase un momento y recurrir en seguida a las mujeres de mi familia para que me dijesen el nombre olvidado.

¿Cómo se llama la población próxima a Génova donde tiene el doctor X su pequeño establecimiento en el que tanto tiempo estuvieron en cura las señoras N. y R.?

«¡Es muy natural que hayas olvidado el nombre de esa población! -me respondieron-. Se llama Nervi.» En efecto, los nervios y las cuestiones relativas a ellos me dan ya de por sí quehacer suficiente.

2)

Otro paciente me habló de una cercana estación veraniega y manifestó que, además de las dos posadas más conocidas, existía una tercera, cuyo nombre no podía decirme en aquel momento y a la que estaban ligados para él determinados recuerdos. Yo le discutí la existencia de esta tercera posada, alegando que había pasado siete veranos en la localidad referida y debía conocerla, por tanto, mejor que él.

Excitado por mi contradicción, recordó el paciente el nombre de la posada.

Se llama Der Hochwartner.

Al oír su nombre tuve que reconocer que mi interlocutor tenía razón y confesar, además, que durante siete semanas había vivido en la más próxima vecindad de dicha posada; cuya existencia negaba ahora con tanto empeño.

¿Cuál es la razón de haber olvidado tanto la cosa misma como su nombre? Opino que la de que el nombre Hochwartner suena muy parecidamente al apellido de uno de mis colegas vieneses dedicado a mi misma especialidad.

Es, pues, en este caso, el «complejo profesional» el que había sido rozado en mí.

3)

En otra ocasión, al ir a tomar un boleto en la estación Reichenhall, me fue imposible recordar el nombre, muy familiar para mí, de la más próxima estación importante, por la cual había pasado numerosas veces anteriormente, y me vi obligado a buscarlo en un itinerario.

El nombre era Rosenheim (casa de rosas).

Al verlo descubrí en seguida cuál era la asociación que me lo había hecho olvidar. Una hora antes había estado en casa de una hermana mía que vive cerca de Reichenhall.

Mi hermana se llama Rosa y, por tanto, venía de casa de Rosa «Rosenheim».

Este nombre me había sido robado por el «complejo familiar».

4)

Esta influencia depredadora del «complejo familiar» puede demostrarse con una numerosa serie de ejemplos.

Un día acudió a mi consulta un joven, hermano menor de una de mis clientes, al cual yo había visto innumerables veces y al que acostumbraba llamar por su nombre de pila.

Al querer después hablar de su visita me fue imposible recordar dicho nombre, que yo sabía no era nada raro, y no pude reproducirlo por más intentos que hice.

En vista de ello, al salir a la calle fui fijándome en los nombres escritos en las muestras de las tiendas y en las placas de anuncios hasta reconocer el nombre buscado en cuanto se presentó ante mis ojos.

El análisis me demostró que había yo trazado un paralelo entre el visitante y mi propio hermano, paralelo que culminaba en la siguiente pregunta reprimida:

«En un caso semejante ¿se hubiera conducido mi hermano igualmente o hubiera hecho más bien todo lo contrario?»

La conexión exterior entre los pensamientos concernientes a la familia extraña y a la mía propia había sido facilitada por el hecho de que en una y otra llevaba la madre igual nombre: el de Amalia.

Subsiguientemente comprendí los nombres sustitutivos, Daniel y Francisco, que se habían presentado sin explicación ninguna.

Son éstos, así como Amalia, nombres de personajes de Los bandidos, de Schiller, y todos ellos están en conexión con una chanza del popular tipo vienés Daniel Spitzer.

5)

En otra ocasión me fue imposible hallar el nombre de un paciente que pertenecía a asociaciones de juventud.

El análisis no me condujo hasta el nombre buscado sino después de un largo rodeo.

El paciente me había manifestado su temor de perder la vista.

Esto hizo surgir en mí el recuerdo de un joven que se había quedado ciego a consecuencia de un disparo, y a este recuerdo se agregó el de otro joven que se había suicidado de un tiro.

Este último individuo se llamaba de igual modo que el primer paciente, aunque no tenía con él parentesco ninguno. Pero hasta después de haberme dado cuenta de que en aquellos días abrigaba el temor de que algo análogo a estos dos casos ocurriera a una persona de mi propia familia no me fue posible hallar el nombre buscado.

Así, pues, a través de mi pensamiento circula una incesante corriente de «autorreferencia» (Eigenbeziehung), de la cual no tengo noticia alguna generalmente, pero que se manifiesta en tales ocasiones de olvido de nombres. Parece como si hubiera algo que me obligase a comparar con mi propia persona todo lo que sobre personas ajenas oigo y como si mis complejos personales fueran puestos en movimiento al percatarse de la existencia de otros.

Esto no puede ser una cualidad individual mía, sino que, por el contrario, debe de constituir una muestra de la manera que todos tenemos de comprender lo que nos es ajeno. Tengo motivos para suponer que a otros individuos les sucede en esta cuestión lo mismo que a mí.

El mejor ejemplo de esta clase me lo ha relatado, como una experiencia personal suya, un cierto señor Lederer.

En el curso de su viaje de novios encontró en Venecia a un caballero a quien conocía, aunque muy superficialmente, y tuvo que presentarle a su mujer. No recordando el nombre de dicho sujeto, salió del paso con un murmullo ininteligible.

Mas al encontrarle por segunda vez y no pudiendo esquivarles le llamó aparte y le rogó le sacase del apuro diciéndole su nombre, que sentía mucho haber olvidado. La respuesta del desconocido demostró que poseía un superior conocimiento de los hombres: «No me extraña nada que no haya podido usted retener mi nombre.

Me llamo igual que usted: ¡Lederer!» No podemos reprimir una impresión ligeramente desagradable cuando encontramos que un extraño lleva nuestro propio nombre. Yo sentí claramente esta impresión al presentárseme un día en mi consulta un señor S. Freud.(De todos modos, hago constar aquí la afirmación de uno de mis críticos, que asegura comportarse en este punto de un modo opuesto al mío.)

6)

El efecto de la referencia personal aparece también en el siguiente ejemplo, comunicado por Jung. «Un cierto señor Y. se enamoró, sin ser correspondido, de una señorita, la cual se casó poco después con el señor X.

A pesar de que el señor Y. conoce al señor X., hace ya mucho tiempo y hasta tiene relaciones comerciales con él, olvida de continuo su nombre, y cuando quiere escribirle tiene que acudir a alguien que se lo recuerde.» La motivación del olvido es, en este caso, más visible que en los anteriores, situados bajo la constelación de la referencia personal.

El olvido parece ser aquí la consecuencia directa de la animosidad del señor Y. contra su feliz rival. No quiere saber nada de él.

7)

El motivo del olvido de un nombre puede ser también algo más sutil; puede ser, por decirlo así, un rencor «sublimado» contra su portador. La señorita I. von K. relata el siguiente caso: «Yo me he construido para mi uso particular la pequeña teoría siguiente: Los hombres que poseen aptitudes o talentos pictóricos no suelen comprender la música, y al contrario.

Hace algún tiempo hablaba sobre esta cuestión con una persona, y le dije:

«Mi observación se ha demostrado siempre como cierta, excepto en un caso.» Pero al querer citar al individuo que constituía esta excepción no me fue posible recordar su nombre, no obstante saber que se trataba de uno de mis más íntimos conocidos. Pocos días después oí casualmente el nombre olvidado y lo reconocí en el acto como el del destructor de mi teoría.

El rencor que inconscientemente abrigaba contra él se manifestó por el olvido de su nombre, en extremo familiar para mí.»

8)

El siguiente caso, comunicado por Ferenczi, y cuyo análisis es especialmente instructivo, por la explicación de los pensamientos sustitutivos (como Botticelli y Boltraffio en sustitución de Signorelli), muestra cómo por caminos algo diferentes de los seguidos en los casos anteriores conduce la autorreferencia al olvido de un nombre.

«Una señora que ha oído hablar algo de psicoanálisis no puede recordar en un momento dado el nombre del psiquiatra Jung.» En vez de este nombre se presentan los siguientes sustitutivos: Kl (un nombre)-Wilde-Nietzsche-Hauptmann. No le comunico el nombre que busca y le ruego me vaya relatando las asociaciones libres que se presenten al fijar su atención en cada uno de los nombres sustitutivos. Con Kl. piensa en seguida en la señora de R. y en que es un tanto cursi y afectada, pero que se conserva muy bien para su edad. «No envejece.» Como concepto general y principal sobre Wilde y Nietzsche, habla de «perturbación mental». Después dice irónicamente: «Ustedes, los freudianos, investigarán tanto las causas de las enfermedades mentales, que acabarán por volverse también locos.» Y luego: «No puedo resistir a Wilde ni a Nietzsche. No los comprendo. He oído que ambos eran homosexuales. Wilde se rodeaba siempre de muchachos jóvenes (junge Leute).

Aunque al final de la frase ha pronunciado la palabra buscada (aunque en húngaro), no se ha dado cuenta y no le ha servido para recordarla.

Al fijar la atención en el nombre de Hauptmann asocia a él las palabras mitad (Halbe) y juventud (Jugend), y entonces, después de dirigir yo su atención sobre la palabra juventud (Jugend), cae en que Jung era el nombre que buscaba. Realmente, esta señora, que perdió a su marido a los treinta y nueve años y no tiene probabilidades de casarse otra vez, posee motivos suficientes para evitar el recuerdo de todo aquello que se refiera a la juventud o a la vejez. Lo interesante del caso es que las asociaciones de los pensamientos sustitutivos del nombre buscado son puramente de contenido, no presentándose ninguna asociación por similicadencia.

9) Otra distinta y muy sutil motivación aparece en el siguiente ejemplo de olvido de nombre, aclarado y explicado por el mismo sujeto que lo padeció.

«Al presentarme a un examen de Filosofía, examen que consideraba como algo secundario y al margen de mi verdadera actividad, fui preguntado sobre las doctrinas de Epicuro, y después sobre si sabía quién había resucitado sus teorías en siglos posteriores. Respondí que Pierre Gassendi, nombre que había oído citar dos días antes en el café como el de un discípulo de Epicuro.

El examinador me preguntó, un tanto asombrado, que de dónde sabía eso, y yo le contesté, lleno de audacia, que hacía ya mucho tiempo que me interesaba Gassendi y estudiaba sus obras. Todo esto dio como resultado que la nota obtenida en el examen fuera un magna cum laude; pero más tarde me produjo, desgraciadamente, una tenaz inclinación a olvidar el nombre de Gassendi, motivada, sin duda, por mis remordimientos. Tampoco hubiera debido conocer anteriormente dicho nombre.»

Para poder apreciar la intensidad de la repugnancia que el narrador experimenta al recordar este episodio de examen, hay que reconocer lo mucho en que estima ahora su título de doctor y que por muchas otras cosas le sirve de sustituto.

10)

Añadiré aquí un ejemplo de olvido del nombre de una ciudad, ejemplo que no es quizá tan sencillo como los anteriormente expuestos, pero que parecerá verosímil y valioso a las personas familiarizadas con esta clase de investigaciones. Trátase en este caso del nombre de una ciudad italiana, que se sustrajo al recuerdo a consecuencia de su gran semejanza con un nombre propio femenino, al que se hallaban ligadas varias reminiscencias saturadas de afecto y no exteriorizadas seguramente hasta su agotamiento.

El doctor S. Ferenczi, de Budapest, que observó en mí mismo este caso de olvido, lo trató -y muy acertadamente- como un análisis de un sueño o de una idea neurótica.

«Hallándome de visita en casa de una familia de mi amistad, recayó la conversación sobre las ciudades del norte de Italia. Uno de los presentes observó que en ellas se echa de ver aún la influencia austríaca.

A continuación se citaron los nombres de algunas de estas ciudades, y al querer yo citar también el de una de ellas, no logré evocarlo, aunque sí recordaba haber pasado en tal ciudad dos días muy agradables, lo cual no parece muy conforme con la teoría freudiana del olvido.

En lugar del buscado nombre de la ciudad se presentaron las siguientes ideas: Capua-Brescia-El león de Brescia.

Este león lo veía objetivamente ante mí bajo la forma de una estatua de mármol; pero observé en seguida que semejaba mucho menos al león del monumento a la Libertad existente en Brescia (monumento que sólo conozco por fotografía) que a otro marmóreo león visto por mí en el panteón erigido en el cementerio de Lucerna a la memoria de los soldados de la Guardia Suiza muertos en las Tullerías, monumento del que poseo una reproducción en miniatura. Por último, acudió a mi memoria el nombre buscado: Verona. Inmediatamente me di cuenta de la causa de la amnesia sufrida, causa que no era otra sino una antigua criada de la familia en cuya casa me hallaba en aquel momento.

Esta criada se llamaba Verónica, en húngaro Verona, y me era extraordinariamente antipática por su repulsiva fisonomía, su voz ronca y destemplada y la inaguantable familiaridad a la que se creía con derecho por los muchos años que llevaba en la casa. También me había parecido insoportable la tiranía con que trataba a los hijos pequeños de sus amos. Descubierta esta causa de mi olvido, hallé en el acto la significación de los pensamientos sustitutivos.

Al nombre de Capua había asociado en seguida caput mortuum, pues con frecuencia había comparado la cabeza de Verónica a una calavera. La palabra húngara kapzsi (codicioso) había constituido seguramente una determinante del desplazamiento. Como es natural, hallé también aquellos otros caminos de asociación, mucho más directos, que unen Capua y Verona como conceptos geográficos y palabras italianas de un mismo ritmo.

Esto último sucede asimismo con respecto a Brescia. Pero también aquí hallamos ocultos caminos laterales de las asociaciones de ideas.

Mi antipatía por Verónica llegó a ser tan intensa, que la vista de la infeliz criada me causaba verdadera repugnancia, pareciéndome imposible que su persona pudiese inspirar alguna vez sentimientos afectuosos. Besarla -dije en una ocasión -tiene que provocar náuseas (Brechreiz).

Sin embargo, esto no explica en nada su relación con los muertos de la Guardia Suiza. Brescia, por lo menos en Hungría, suele unirse no con el león, sino con otra fiera.

El hombre más odiado en esta tierra, como también en toda la Italia septentrional, es el del general Haynau, al cual se le ha dado el sobrenombre de la hiena de Brescia.

Del odiado tirano Haynau nos lleva, pues, una de las rutas mentales, pasando sobre Brescia, hasta la ciudad de Verona, y la otra, pasando por la idea del animal sepulturero de ronca voz (que coadyuva a determinar la emergencia de la representación monumento funerario), a la calavera y a la desagradable voz de Verónica, tan atropellada por mi inconsciente. Verónica, en su tiempo, reinaba tan tiránicamente en la casa como el general austríaco sobre los libertarios húngaros e italianos.

A Lucerna se asocia la idea de un verano que Verónica pasó con sus amos a orillas del lago de los Cuatro Cantones, en las proximidades de dicha ciudad. La Guardia Suiza, a la reminiscencia de que sabía tiranizar no sólo a los niños de la casa, sino también a las personas mayores, complaciéndose en el papel de garde-dame. Haré constar especialmente que esta mi antipatía hacia Verónica pertenecía conscientemente a cosas ya pasadas y dominadas.

Con el tiempo había cambiado Verónica extraordinariamente y modificado sus maneras de tal modo, que al encontrarla (cosa que de todos modos sucedía raras veces) podía yo hablarle con sincera amabilidad.

Mi inconsciente conservaba, sin embargo, como generalmente sucede, las impresiones con una mayor tenacidad. Lo inconsciente es rencoroso.

Las Tullerías constituyen una alusión a una segunda personalidad, a una anciana señora francesa que realmente había «guardado» a las señoras de la casa en distintas ocasiones y a la que todas mostraban grandes consideraciones y hasta quizá temían un poco. Yo fuí durante algún tiempo alumno (élève) suyo de conversación francesa.

Ante la palabra éleve recuerdo, además, que en una visita al cuñado del que en aquel momento era mi huésped, residente en la Bohemia septentrional, me hizo reír mucho el que entre la gente del pueblo de aquella comarca se llamara «leones» (löwen) a los alumnos (élèves) de la escuela forestal allí existente.

Este divertido recuerdo debió de participar en el desplazamiento de hiena a león.»

11)

El ejemplo que va a continuación muestra cómo un complejo personal que domina al sujeto en un momento determinado puede producir en dicho momento y en cuestiones apartadas de su naturaleza propia el olvido de un nombre. Dos individuos, mayor el uno y joven el otro, se hallaban conversando sobre sus recuerdos de los bellos e interesantes días que habían vivido durante un viaje que hacía seis meses habían hecho por Sicilia. -¿Cómo se llama el lugar -preguntó el joven- donde pernoctamos al emprender nuestra excursión a Selinonte? ¿No era Catalafimi? El mayor rechazó este nombre: -Estoy seguro -dijo- de que no se llamaba así; pero también yo he olvidado cómo, aunque recuerdo perfectamente todos los detalles de nuestra estancia en aquel sitio. Basta que me dé cuenta de que otra persona ha olvidado un nombre para incurrir en igual olvido. Vamos a tratar de buscar éste.

El primero que se me ocurre es Caltanisetta, que desde luego no es el verdadero.

– No -respondió el joven-; el nombre que buscamos comienza con wo; por lo menos hay alguna w en él. -No hay ninguna palabra italiana que tenga una w -objetó el mayor. – Es que me he equivocado. Quería decir una v en vez de una w.

Mi lengua materna me hace confundirlas fácilmente.

El mayor presentó nuevas objeciones contra la existencia de una v en el nombre olvidado, y

dijo luego: -Creo que ya se me habrán olvidado muchos nombres sicilianos. Vamos a ver. ¿Cómo se llama, por ejemplo, aquel lugar situado sobre una altura y que los antiguos denominaban Enna? ¡Ah, ya lo sé: Castrogiovanni! En el mismo momento en que acabó de pronunciar este nombre descubrió el joven el que ambos habían olvidado antes, y exclamó: ¡Castelvetrano!, indicando gozosamente a su interlocutor el hecho de que, en efecto, existía en este nombre la letra v, como él había afirmado.

El mayor dudó aún algunos momentos antes de reconocer el nombre; pero una vez que aceptó su exactitud pudo también explicar la razón de haberlo olvidado. -Seguramente -dijo- el olvido se debe a que la parte final del nombre, o sea vetrano, me recuerda la palabra veterano, pues sé que no me gusta pensar en la vejez y reacciono con extraña intensidad cuando se me hace recordar.

Así, hace poco que dije, un tanto inconvenientemente, a un muy querido amigo mío «que hacía ya mucho tiempo que había pasado de los años juveniles», como en venganza de que dicho amigo, en medio de múltiples alabanzas a mi persona, había dicho un día que «yo no era ya precisamente joven».

La prueba de que mi resistencia surgía tan sólo contra la segunda mitad del nombre Castelvetrano es que su primera mitad aparece, aunque algo desfigurada, en el nombre sustitutivo Caltanisetta.

– ¿Y qué le sugiere a usted este nombre sustitutivo por sí mismo? – preguntó el joven. 

Caltanisetta me pareció siempre un apelativo cariñoso aplicable a una muchacha joven -confesó el interlocutor de más edad.

Algún tiempo después añadió éste: 

– El nombre moderno de Enna era también un nombre sustitutivo.

Se me ocurre ahora que el nombre Castrogiovanni, que surgió con ayuda de un raciocinio, alude tan expresivamente a giovane = joven, como el olvidado nombre Castelvetrano = viejo.

De este modo supuso el mayor haber explicado suficientemente su olvido del nombre. Lo que no fue sometido a investigación fue el motivo de que también el joven sufriera igual olvido. Debemos interesarnos no sólo por los motivos del olvido de nombres, sino por el mecanismo de su proceso.

En un gran número de casos se olvida un nombre no porque haga surgir por sí mismo tales motivos, sino porque roza por similicadencia otro nombre contra el cual se dirigen aquéllos.

Se comprende que tal debilitación de las condiciones favorezca extraordinariamente la aparición del fenómeno.


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