Planeta Freud

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Freud subrayó un horizonte:

“Pareciera que psicoanalizar sería la tercera de aquellas profesiones «imposibles» en que se puede dar anticipadamente por cierta la insuficiencia del resultado. Las otras dos, ya de antiguo consabidas, son el educar y el gobernar (1937).

Jacques Lacan más audaz descubrió que cuando estamos ante algo imposible solo queda un camino: hacerlo. Lo imposible está para hacerse, no es para prometerse, claro que tiene un requisito no retroceder ante el deseo imposible que nos habita.

¿A ver si como roncan duermen? A ver si como roncamos dormimos, es decir si hacemos la apuesta por lo que decimos.

Alberto Sladogna, psicoanalista

128. Viena, 26-01-1900

… Realmente no ocurre nada. Cuando pienso que desde mayo de 1899 sólo he tenido un caso nuevo, del que ya sabes, y que entre abril y mayo he de perder 4 pacientes, no me siento precisamente muy contento.

Todavía no sé cómo voy a superar todo esto; pero estoy resuelto a persistir.

La aversión a lamentarme es uno de los motivos de que te haya escrito tan poco.

No se ha vuelto a hablar de mi libro desde la reseña en Die Zeit, que, además de incomprensiva, desgraciadamente es también insolente e irrespetuosa.

Estamos volviendo a hacer arreglos para pasar el verano en la Bellevue, cerca de Grinzing; pero he renunciado al proyecto del trabajo de vacaciones porque no veo ninguna perspectiva.

Mis trabajos adelantan bien, aunque no son tan agobiadores como antes… Las nuevas ideas llegan lentamente; pero alguna se agita siempre.

E. ha vuelto a detenerse en una zona oscura; pero lo ya adelantado se mantiene. Reúno material para la teoría sexual, a la espera de que una chispa venga a inflamar todo el montón ya juntado.

Estamos leyendo un libro (de Frey) sobre la vida de vuestro C. F. Meyer; pero nada sabe de su intimidad, o la calla por discreción, y no es mucho tampoco lo que se puede leer entre líneas…

129. Viena, 12-02-1900

Si actualmente suelo reprimir mi necesidad de un más frecuente intercambio de ideas contigo, ello se debe al deseo de evitarte mis lamentos y mis quejas, precisamente ahora, cuando te hallas bajo la influencia de la persistente enfermedad de tu madre…

Casi me avergüenzo de escribirte únicamente sobre mí mismo. Hay muchas cosas que podría contarte; pero no acierto a escribirlas.

Mi actividad médica aumentó un tanto durante la última semana. La época en la cual veía un solo paciente en cinco tardes de consulta (¡uno solo en las cinco tardes!) parece haber quedado atrás. Hoy hasta he comenzado un nuevo tratamiento, aunque todavía no sé, desde luego, si durará. También la opresión de mi estado de ánimo ha cedido hoy.

Si pudiera contarte alguna vez a cuántas alteraciones debo someter todavía mis ideas, es decir, cuántos errores encuentro aún que corregir y cuánto pesa todo eso sobre mí, es probable que te mostrarías más indulgente para con mis fluctuaciones neuróticas, en particular si tomaras en cuenta además todas mis preocupaciones económicas…

No tengo el menor inconveniente en que me enseñes un poco de terapia nasal cuando se dé alguna vez la oportunidad; pero te advierto que es muy difícil introducir aquí algo nuevo y que además tropiezo con una dificultad personal mía. Ni siquiera sospechas cuán difícil me resulta aprender algo nuevo y cuán fácil me parece una vez que he podido hacerlo.

En términos generales, estoy más lejos de Roma que en momento alguno desde que nos conocemos, y mi frescura juvenil declina sensiblemente.

El viaje es muy largo; las estaciones en las cuales uno puede ser expulsado son muy numerosas, y todo sigue dependiendo de «si mi constitución lo resiste».

130. Viena, domingo 11-03-1900

¡Por fin, una larga carta de ti! No había tenido noticias tuyas desde el 15 de febrero; te tocaba a ti escribir, y una tarjeta que te envié a principios de marzo, señalándote el libro de Jonás sobre neurosis reflejas nasógenas, no llegó, evidentemente, a tu poder…

Ahora me alegro de que me comuniques tantas novedades tuyas, pues me imagino que tú lo lamentarías tanto como yo si nuestra correspondencia languideciera y si nuestras reuniones tocaran a su fin.

Me quedé asombrado al comprobar que habían pasado tres semanas desde que te escribí por última vez.

El tiempo se ha deslizado tan insensiblemente, casi plácidamente, desde el comienzo de mi nuevo régimen, del cual habrás de enterarte al punto. Los chicos han estado todos bien; Martha, más fresca y rozagante que de costumbre, y mi estado de salud ha sido excelente, aunque regulado por una leve hemicránea dominical.

Estuve viendo a la misma gente todos los días, y la última semana hasta inicié un nuevo tratamiento, que todavía se encuentra en su período de ensayo y que quizá no pase del mismo.

Estoy prácticamente aislado del mundo exterior; ni una sola hoja se ha movido en señal de que La interpretación de los sueños haya conmovido en sentido alguno los ánimos.

Sólo ayer me sorprendió un artículo de folletín, bastante amable, en un diario local, el Wiener Fremdenblatt

En general, mis pacientes progresan bien. Tengo ahora mi temporada de mayor trabajo, a razón de setenta a ochenta florines diarios, o sea, unos quinientos por semana, de acuerdo con mi experiencia, llegará a su fin para Pascuas. Nada he podido arreglar todavía para el verano.

En general, no hay nada que hacer, y es una lástima derrochar aun la mínima energía: he aquí la clave de toda la situación.

Me gustaría ausentarme para Pascua, y lo que más me gustaría sería, por cierto, encontrarme contigo. Pero siento un verdadero anhelo de adolescente por la primavera, el sol, las flores, un pedazo de agua azul, etc. Odio a Viena con un odio realmente personal, y, en contradicción con el gigante Anteo, siento retornar mis fuerzas apenas levanto la planta del suelo natal.

En aras de los niños, este verano tendré que renunciar a la lejanía y a las montañas, resignándome a tener constantemente ante mí, desde la Bellevue, el panorama de Viena. No sé si tendré el dinero suficiente para permitirme un viaje en septiembre, y por eso quisiera gozar un poco de las bellezas del mundo para Pascuas…

Si te quedan ganas de saber algo más de mí, entérate de esto. Después de la gran exaltación que durante el verano me permitió concluir los sueños en febril actividad, fui lo suficientemente necio como para abandonarme a la ebria esperanza de haber dado el paso decisivo hacia la libertad y el bienestar. La recepción que el libro tuvo y el silencio que desde entonces se hizo en torno de él han vuelto a destruir la germinante relación con mi ambiente.

El segundo hierro que tengo en mi fragua es mi trabajo cotidiano, con la perspectiva de llegar en alguna parte a un término o de resolver muchas dudas y de saber a qué atenerme en cuanto a las posibilidades terapéuticas. La perspectiva parecía ser más favorable en mi caso E., y fue precisamente con el que sufrí el golpe más agobiador.

Cuando creía tener la solución en las manos, ésta se me sustrajo y me vi obligado a volverlo todo del revés y a juntar de nuevo las piezas sueltas, perdiendo con ello todas las hipótesis que hasta entonces me habían parecido aceptables. No pude soportar la depresión que eso me produjo. También comprobé en seguida que es imposible proseguir un trabajo realmente difícil en medio de una depresión incesante. Cada uno de mis pacientes se me convierte en un fantasma aterrador cuando no me siento alegre y dueño de mí mismo. Realmente creí estar a punto de abandonarlo todo.

Me recuperé renunciando a toda elaboración intelectual consciente, para dedicarme tan sólo a seguir tanteando en medio de los enigmas, guiado únicamente por el ciego tacto. Desde ese momento he proseguido con mi trabajo quizá más hábilmente que nunca, pero sin saber a ciencia cierta qué estoy haciendo. No podría dar la menor noticia de cómo están las cosas.

En las horas que me quedan libres me preocupo únicamente de no abandonarme a la reflexión.

En cambio, me entrego a mis fantasías, juego al ajedrez, leo novelas inglesas; todo asunto serio ha quedado excluido. Durante los últimos meses no he anotado una sola línea de cuanto aprendo o presumo. Vivo así como un filisteo sediento de placeres en cuanto el oficio me deja libre. Tú sabes cuán limitados son mis placeres: no debo fumar nada que realmente merezca la pena; el alcohol no tiene para mí ningún sentido; he terminado con la procreación; he cortado toda relación con los hombres.

Así, vegeto sin hacer mal a nadie, apartando escrupulosamente mi atención de los temas que de día me ocupan. Con este régimen me mantengo contento y capaz de afrontar a mis ocho víctimas y verdugos. Los sábados por la noche me entrego a una verdadera orgía de taroc, y cada segundo martes paso la velada con mis hermanos judíos, a los que no hace mucho volví a dar una conferencia.

Así estoy provisto de todo hasta Pascuas, cuando la interrupción de varios tratamientos me precipitará, sin duda, en una nueva época de incomodidad.

Supongo que con esto tendrás bastante. Si alguna vez llegase a encontrarte en Roma o en Karlsbad, te pediré disculpas por las múltiples quejas y lamentaciones que fui desperdigando por el camino. No obstante, salúdame afectuosamente a tu esposa y a tus hijos…

131. Viena, 23-03-1900

Tengo que volver a escribirte extensamente, pues ¿qué pensarías de mí si no lo hiciera? Ante todo, muchas gracias por la hospitalidad con que habéis recibido a Minna; por fin he vuelto a tener una información completa sobre tu familia: que tu madre se halla nuevamente bien -contra mi expectativa, y por eso doblemente halagüeño-; cuán hermosa y menuda es la querida Paulina, cuán fuerte se está poniendo Conrad, sin olvidar a nuestro viejo amigo Robert, con sus apta dicta.

Ahora siento de nuevo que tengo una impresión completa de todos vosotros.

Me entero con profunda satisfacción de que tu interés por mi criatura onírica sigue inalterable y que estás dispuesto a imponérselo a la [revista] Rundschau y a su indolente crítico. Después de mucho vacilar en mis juicios, me he decidido por agradecerte profundamente tu padrinazgo y por considerarlo una obra buena y genuina.

En muchas horas sombrías ha sido para mí un consuelo recordar que dejaré tras de mí este libro.

Es cierto que su recepción -por lo menos la que hasta ahora ha tenido- no pudo depararme placer alguno: apenas se le ha dedicado una mínima comprensión; alabanzas, casi como por caridad, y es evidente que a la mayoría les resulta antipático, sin que hasta ahora haya podido advertir, ni por asomo, una vaga presunción de lo que en él hay de importante.

Me lo explico pensando que me he adelantado a mi tiempo en quince o veinte años. Luego, naturalmente, me dominan los habituales escrúpulos que siempre despierta un juicio formado sobre uno mismo.

No hubo todavía ningún período en el que mi anhelo de convivir contigo y con los tuyos hubiese sido tan intenso y constante como durante los últimos seis meses. Ya sabes que acabo de pasar por una profunda crisis interior, y te asombrarías al comprobar cuánto he envejecido en ella. Por eso me conmovió tanto tu propuesta de reunirnos en estos días de Pascua.

Quien no supiera penetrar con sutileza en las contradicciones, hallaría incomprensible el que yo no me apresure a hacer mía tal propuesta. Pero en realidad es más probable que trate de rehuirte no sólo a causa de mi sed, casi pueril de la primavera y de las bellezas naturales -puesto que gustosamente las sacrificaría al placer de tenerte durante tres días cerca de mí-, sino porque existen también otras razones íntimas de la categoría de los imponderables, pero no por ello menos decisivas para mí…

Estoy profundamente empobrecido por dentro; tuve que demoler todos mis castillos en el aire, y justamente acabo de reunir un poco de coraje para volver a levantarlos.

En medio del catastrófico derrumbe, tú habrías sido invaluable para mí; pero en mi estado actual difícilmente podría hacerme comprender por ti. Vencí mi depresión sometiéndome a una dieta especial en todo lo intelectual, y ahora, bajo la influencia de la distracción, todo cura lentamente.

En tu compañía, inevitablemente trataría de volver a captarlo todo conscientemente para exponértelo; hablaríamos en términos racionales y científicos; tus hermosos y positivos descubrimientos biológicos despertarían mi más íntima (e impersonal) envidia.

El resultado sería que durante cinco largos días te agobiaría con mis lamentaciones y regresaría agitado e insatisfecho a este verano, para el que probablemente tendré que recurrir a toda mi entereza. Nadie puede auxiliarme en este trance; es mi cruz, yo debo llevarla, y Dios sabe que mis espalda se han agobiado sensiblemente bajo la carga…

Mis planes para Pascua consisten en viajar con Alexander a Trento, y de allí al lago de Garda, para absorber en tal viaje algunos hermosos atisbos de la primavera.

Si nada se interpone, nos proponemos partir de hoy en tres semanas y pasar cuatro días como estudiantes y turistas, como siempre lo hemos hecho… La semana pasada escuchamos una conferencia de G. Brandes sobre la lectura.

El tema no era nada extraordinario; la exposición, fatigante; la voz, dura; la pronunciación, extranjera; pero el hombre mismo es realmente encantador. Toda su manera de ser debe haberle parecido harto exótica a los vieneses; en realidad, no le ofreció al público más que groserías.

Aquí no estamos acostumbrados a una concepción tan severa de la vida; nuestra mezquina lógica, tanto como nuestra mezquina moral, ya se han apartado demasiado de sus equivalentes nórdicos. Yo me solacé escuchándolo, y Martha… me persuadió de enviarle el libro de los sueños al hotel. Hasta ahora no me respondió; pero quizá realmente lo lea una vez vuelto a su casa…

132. Viena, 04-04-1900

Es posible aplazar la expresión de las emociones; pero los asuntos prácticos requieren atención inmediata. Por eso permíteme apresurarme a responderte que no estoy dispuesto a escribir para la Rundschau un libro de los sueños en miniatura. Tengo para ello varias razones. Primero, porque sería una tarea ardua y desagradable, después de haber cumplido la obra magna; segundo, porque ya le prometí a Löwenfeld un trabajo de esta especie, de modo que no me puedo comprometer por otro lado.

En tercer lugar, violaría el principio de la división del trabajo, en virtud del cual uno escribe un libro y otro lo comenta, lo que da al lector el beneficio de la crítica, y al autor, el de la manera en que su obra se refleja en la mente del prójimo.

Cuarto, quiero evitar que la Rundschau se vea obligada a publicar una reseña contra su voluntad.

Un comentarista reacio se convierte al punto en un crítico hostil, lo que parece haber sido el secreto de la reseña de Burckhard en Die Zeit, una crítica que, a pesar de toda su estupidez, terminó por matar mi libro en Viena.

Quinto, quiero evitar todo lo que pueda asemejarse a la publicidad. Sé que lo que hago repele a la mayoría de la gente; pero mientras me ajuste a la más estricta corrección, mis señores adversarios carecerán de toda base segura, y sólo cuando me dedique a proceder como ellos, recuperarán su confianza en la certeza de que mi obra no es mejor que la suya. Razones parecidas me disuadieron en su oportunidad de escribir una crítica sobre tu libro, que en otras circunstancias mucho me hubiera gustado hacer.

Esos sujetos no han de poder decir que nos cubrimos mutuamente de alabanzas ante el público. Así, opino que lo más cuerdo es aceptar tranquilamente la negativa de la Rundschau como un signo incontrovertible de la opinión pública.

Mathilde

está en cama con varicela, aunque no se siente demasiado mal; los demás se hallan todos muy bien. Gracias a la visita de Minna, estamos informados sobre los pequeños infortunios acaecidos en tu familia…

E. terminará [su tratamiento] para Pascuas; según espero, con el mayor beneficio. Todavía estoy demasiado dominado por la pereza como para ponerme a redactar algo.

Mi último caso nuevo tuve que despedirlo al cabo de dos semanas: resultó ser una paranoia.

133. Viena, 16-04-1900

Que esta carta sea el anunciado saludo del país del sol: una vez más, en efecto, me he visto impedido de ir…

E. concluyó por fin su carrera como paciente mío con una invitación a cenar en casa.

Su enigma está casi totalmente resuelto; se siente perfectamente bien, y su carácter está cambiado por completo, mientras que de los síntomas subsiste todavía un pequeño resto. Comienzo a comprender que la aparente interminabilidad del tratamiento es un rasgo inherente al mismo y vinculado con la transferencia.

Espero que esas manifestaciones residuales no menoscaben el éxito práctico.

Sólo de mí dependía continuar aún el tratamiento; pero intuí que ello significaría una transacción entre la salud y la enfermedad, una transacción que los propios enfermos desean y que el médico no debe favorecer ni aceptar. La conclusión asintótica del tratamiento, aunque en el fondo me resulta indiferente, es, con todo, una defraudación más para los que lo ven desde fuera.

En todo caso, mantendré un ojo vigilante sobre este hombre. Dado que ha tenido que participar en todos mis errores técnicos y teóricos, creo que un próximo caso podría ser resuelto en la mitad del tiempo. Quiera Dios mandármelo pronto… Por momentos siento agitarse en mí impulsos hacia una síntesis; pero me cuido de mantenerlos dominados. Por lo demás, Viena sigue siendo Viena, es decir, repugnante al extremo.

Si concluyera mi carta con un «¡las próximas Pascuas, en Roma!», tendría que sentirme como un judío piadoso. Así, prefiero decirte hasta pronto, en el verano o el otoño, en Berlín o donde quieras.

134. Viena, 07-05-1900

¡Muchas gracias por tus amables palabras! Me halaga tanto oírlas, que si estuviese en tu compañía casi estaría tentado de creer en parte de ellas.

Así empero, veo las cosas de manera algo distinta. Nada tendría que objetar contra el hecho de la splendid isolation, si no fuese tan exagerada y si no se interpusiera también entre nosotros dos.

Salvo un único punto débil -mi temor a la miseria-, es claro que me he vuelto demasiado comprensivo como para lamentarme, y además ahora me siento demasiado bien para eso; sé perfectamente cuánto poseo y cuán poco tiene uno derecho a pretender, de acuerdo con la estadística de la miseria humana.

No obstante, nadie puede reemplazarme el contacto con el amigo, que una faz particular mía -quizá femenina- reclama con urgencia, y las voces interiores a las que acostumbro prestar oído me sugieren una estimación mucho más modesta de mi obra que la que tú quieres proclamar.

Cuando tu libro esté publicado ninguno de nosotros podrá, es cierto, juzgar sobre su verdad, ya que tal juicio, como en todas las grandes innovaciones, ha de quedar para la posteridad; pero la belleza de la concepción, la originalidad de las ideas, su sencilla coherencia y la convicción con que ha sido escrito despertarán una impresión que te compensará al punto toda tu ardua lucha con el demonio.

Muy distinta es mi situación. Ningún crítico… puede advertir con mayor agudeza que yo mismo la desproporción que existe entre los problemas planteados y las soluciones que yo les doy, y mi justo castigo ha de ser el que ninguna de las regiones inexploradas de la mente, que yo soy el primer mortal en pisar, llevará jamás mi nombre ni se someterá a mis leyes. Cuando mi aliento amenazaba agotarse en la lucha, rogué al ángel que me diera un respiro, y eso es lo que desde entonces ha hecho. Pero yo no salí de la puja como el más fuerte, aunque desde entonces cojeo a ojos vistas.

Sí; realmente tengo ya cuarenta y cuatro años, y no soy más que un viejo israelita un tanto quebrantado, como podrás ver por ti mismo en el verano o el otoño. Los míos han insistido en celebrar mi cumpleaños.

Mi mejor consuelo es el que no les he escamoteado todo el porvenir: aún podrán vivir y conquistar cuanto se halle al alcance de sus fuerzas. Sólo les dejo un peldaño para hincar el pie, pero no los conduzco hasta una cima desde la cual ya no fuese posible seguir ascendiendo. El sábado comenzaré mi conferencia sobre los sueños, y dentro de diez días nos mudaremos a la Bellevue

Mi estado de salud es ahora tolerable. Aquí, en Viena, comenzó a hacer de pronto un calor insoportable… Tengo un nuevo paciente, un impotente psíquico, que con toda probabilidad sólo se tratará durante el verano; además, algunas perspectivas que todavía no se han concretado; en general, las cosas se animan un tanto…

135. Viena, 16-05-1900

Una paciente vespertina me ha abandonado: era mi caso más difícil, pero el más seguro en cuanto a la etiología; durante cuatro años no pude abordarlo bien, y, para colmo, era la única paciente enviada por Breuer.

Este insistía en volverme a mandar a la muchacha cada vez que, en mi desesperación, yo la despedía.

El último año conseguí, por fin, reconciliarme con ella, y este año comenzó finalmente a moverse. Pude dar con la clave, es decir, me convencí de que las claves halladas en otros casos se ajustaban también a ella, y en la medida en que el corto tiempo lo permitió (de diciembre hasta hoy) pude influir profunda y esencialmente sobre su condición.

Hoy se despidió de mí, diciéndome: «¡Usted hizo milagros por mí!»

Además, me dijo que cuando informó a Breuer de su extraordinaria mejoría, éste habría batido palmas, exclamando una y otra vez: «¡Así que tiene razón, después de todo!… » Sólo tengo tres oyentes: Hans Königstein, la señorita Dora Teleky y un doctor Marcuse, de Breslau.

El librero se queja de que LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS sale muy lentamente.

En la Umschau del 10 de marzo había una breve reseña amable, pero sin la menor comprensión.

A mí, naturalmente, sólo me domina el trabajo, y estoy dispuesto a llevar mi unilateralidad al extremo con tal de que logre salir adelante con mis pacientes…

136. Viena, 20-05-1900

… Ahora comienza la estación muerta, a la que tanto temo, es decir, en la que siento miedo de mí mismo.

Ayer despedí a la cuarta paciente en los términos más cordiales y en el mejor de los estados, con La isla de los muertos, de Böcklin, como regalo de despedida.

Este caso me ha deparado las mayores satisfacciones, y posiblemente haya quedado concluido.

Así, las cosas han ido bien este año: por fin lo conseguí. Pero, ¿qué haré ahora? Tengo todavía tres pacientes y medio, es decir, tres sesiones y media por día: alimento insignificante para una ballena. ¡Ay de mí, si me aburro! Toda clase de cosas podrían ocurrirme.

No puedo trabajar; estoy saturado de pereza, y la clase de labor a la que me dediqué desde octubre hasta ahora es la más desemejante y la más desfavorable para la redacción. Ni siquiera comencé todavía el folletito sobre los sueños para Löwenfeld, ni tengo paciencia en mis aficiones; oscilo entre ajedrez, la historia del arte y la prehistoria; pero no hago nada con constancia.

Me agradaría desaparecer por algunas semanas, escondiéndome en cualquier parte donde no exista la ciencia…

Aparte, por supuesto, del congreso contigo. ¡Si sólo tuviera dinero o un compañero de viaje para Italia!…

Espero que tu visita a Viena no sea para Pentecostés, pues mi hermano mayor de Manchester se ha anunciado para esos días. Ya no es un joven; creo que tiene sesenta y ocho años (!), aunque es muy juvenil en su aspecto.

137. Viena, 12-06-1900

Hemos tenido visitas de la familia. Mi hermano mayor, Emanuel, llegó aquí la víspera de Pentecostés con su hijo menor, Sam, que ya es un hombre de más de treinta y cinco años; se quedaron hasta el miércoles por la noche.

Fue un gran placer tenerlo aquí, pues es una magnífica persona, fresco y mentalmente inquieto, a pesar de sus sesenta y ocho o sesenta y nueve años, y siempre ha significado mucho para mí.

De aquí se fueron a Berlín, donde está ahora el cuartel central de la familia… Por lo demás, la vida en Bellevue es muy agradable para todos. Las mañanas y las noches son deliciosas; después de las lilas y del laburno, las acacias y el jazmín perfuman ahora el aire. Las rosas silvestres están en flor, y me parece como si todo esto hubiese ocurrido de pronto. ¿Crees que en esta casa podrá leerse algún día una placa de mármol que diga así?:

Aquí, el 24 de julio de 1895 se le reveló al doctor Sigmund Freud el enigma de los sueños..

Por el momento parecen escasas las perspectivas de que ello ocurra. Cuando leo, empero, las últimas obras psicológicas (Mach: Analyse der Empfindungen, segunda edición; Kroell: Aufbau der Seele, etc.), todas las cuales persiguen objetivos similares al de mi obra, y cuando compruebo qué pueden decirnos sobre los sueños me regocijo como el enano del cuento, «porque la princesita no lo sabe».

No tengo ningún caso nuevo, o más bien tengo uno; pero éste sólo ha venido a reemplazarme otro que había comenzado en mayo y que abandonó, de modo que estoy en el mismo nivel que antes.

Pero el nuevo caso es interesante: una niña de trece años, a la que debo curar a todo vapor, y que por una vez me mostrará en superficie lo que en otras circunstancias debo forzarme por sacar a luz, levantando las capas que se le han superpuesto. Innecesario decirte que se trata otra vez de la misma cosa.

Ya hablaremos de esta muchacha en agosto, a menos que me la saquen prematuramente. Pues en agosto me propongo verte sin falta, salvo que se defrauden mis esperanzas en las mil quinientas coronas que espero para el 1 de julio. O, más bien, iré a Berlín de todos modos y… me daré algún respiro, buscando nuevas energías para 1901 en las montañas o en Italia.

El mal humor es tan poco productivo como el ahorro. Me han llegado noticias del accidente de Conrad, así como de su feliz desenlace. Ahora tengo nuevamente el derecho de pedirte noticias tuyas y de tu familia…

138. Viena, 10-07-1900

Todo se explica y se resuelve, finalmente, con facilidad. Como tú no podías darme hasta ahora una fecha determinada y yo, en cambio, tenía una, te propuse diferir el congreso para un momento más avanzado de nuestras vacaciones.

Ahora que me has comunicado tus planes, sólo me resta responderte que me convienen perfectamente. Puedo estar en Innsbruck el 31 de julio y quedarme allí contigo hasta el 4 de agosto, cuando nuestras mujeres se reunirán con nosotros y yo seguiré con Martha a Landeck, desde donde viajaremos en coche a Trafoi.

Si ningún chico enferma y ningún puente se derrumba, etc., eso es lo que haremos. Lo único que lamento un tanto es que tampoco esta vez podré ver a tus hijos y que habrás de encontrarte conmigo en el colmo de mi agotamiento y de mi mal humor; pero la reunión es lo principal, y todo aplazamiento entraña nuevos riesgos. Nada me dices de tus posteriores intenciones, de modo que no sé si podríamos encontrarnos siquiera en otro momento de estas vacaciones.

Así, dejémoslo establecido; aguardo nuestro encuentro con alegría, después de tanto tiempo en que no he tenido nada de qué alegrarme…

Estoy totalmente agotado por el trabajo y por cuanto con él se relaciona germina, atrae y amenaza.

El verano no ha sido tan malo, después de todo. La cuestión de tener trabajo durante el verano, que hace un año parecía un problema insoluble, se ha resuelto ahora por sí sola. Por un lado, no era necesario en absoluto que trabajara todo el año; por el otro, mis fuerzas no habrían alcanzado para tanto. Los grandes problemas aún siguen irresueltos.

Todo se mueve y asoma; es un verdadero infierno intelectual, con un estrato surgiendo tras otro y cubriéndose mutuamente; en el núcleo más tenebroso se alcanza a vislumbrar el contorno de Lucifer-Amor. La opinión de la gente sobre el libro de los sueños ya me resulta indiferente, y hasta estoy empezando a deplorar su destino.

Es claro que la gota de agua no ha podido desgastar la piedra. No tengo noticias de ningún otro comentario publicado, y las ocasionales apreciaciones por las personas con quienes me encuentro son aún más ofensivas que la silenciosa condenación general. Yo mismo no encuentro hasta ahora nada que prefiriese ver corregido.

Su contenido es cierto y seguirá siendo cierto. He resuelto dejar para octubre mi exposición resumida del mismo tema. Nuestro encuentro del 31 de julio o del 1 de agosto es para mí un nuevo rayo de luz: atengámonos a él sin cejar. Ya podremos discutir los detalles. Quizá nos resolvamos, en vez de Innsbruck, por algún otro lugar de la misma línea; pero tampoco esto importa mucho…

139. Viena, 14-10-1900

Seguramente tendrás otra vez contigo a tu esposa y tus hijos, y sin duda te habrás enterado de que tuve una breve oportunidad de verlos y de hablar con ellos una vez más. Roberto estaba encantador…

Espero tener noticias tuyas. Yo estoy dedicado a escribir, sin real placer, el librito sobre los sueños, y estoy convirtiéndome en un verdadero profesor a fuerza de distraído, mientras reúno material para la psicopatología cotidiana.

Acabo de tener una temporada movida, que entre otros casos me ha traído el de una muchacha de dieciocho años fácilmente accesible a mi actual colección de ganzúas. Para la psicología cotidiana quisiera que me cedieses el hermoso epígrafe Non ist die Welt von solchem Spuk vo voll… Por lo demás, me dedico a leer arqueología griega y sueño con viajes que nunca haré y con tesoros que nunca poseeré…

P. S.-Hay una reseña sobre el libro de los sueños en la Münchner Allgemeine Zeitung del 12 de octubre.

140. Viena, 25-01-1901

… Ayer terminé «SUEñOS E HISTERIA» y hoy ya noto la falta de un narcótico. Trátase del análisis fragmentario de una histeria, en el que las interpretaciones se agrupan alrededor de dos sueños, de modo que es, en realidad, una continuación del libro de los sueños.

Además contiene resoluciones de síntomas histéricos y perspectivas hacia el fundamento orgánico-sexual del problema en conjunto.

Es, con todo, lo más sutil que hasta ahora haya escrito y horrorizará a la gente aún más que de costumbre. Como quiera que sea, uno cumple con su deber y, a fin de cuentas, no se escribe para este solo día. Ziehen ya me aceptó este trabajo, sin sospechar que pronto le enjaretaré también la PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA. Cuánto tiempo seguirá soportando Wernicke estos huevos de cucú: eso es cosa suya…

141. Viena, 30-01-1901

… Puede ser que «SUEÑOS E HISTERIA» no te decepcione. Lo principal de ese trabajo es, una vez más, lo psicológico, la utilización de los sueños y algunas particularidades de las ideas inconscientes.

Sólo contiene atisbos de lo orgánico, en particular de las zonas erógenas y de la bisexualidad. Con todo, queda mencionado y reconocido, dejándolo preparado para su consideración detallada en otra ocasión.

Trátase de una histeria con tos nerviosa y afonía, síntomas que pueden obedecer al carácter de esta «chupadora»; en sus procesos ideacionales en pugna, el principal papel lo desempeña la oposición entre una inclinación hacia el hombre y otra hacia la mujer.

Entre tanto, la vida cotidiana descansa a medio hacer, pero pronto será continuada. Pienso en un tercer trabajo, algo pequeño, pues tengo ahora mucho tiempo libre y siento la necesidad de estar más ocupado.

Este año mis pacientes han disminuido en tres a cuatro sesiones diarias, lo que implica un mayor bienestar psíquico, pero también cierto malestar financiero… ¿No crees que éste sería el momento oportuno para anotar en unas tres páginas y entregar al público los pocos agregados que tienes para tu tema actual: las zonas de Head, el efecto en el herpes zóster y los demás asuntos que te ocupen?

En todo caso, mantener el contacto con el público contribuiría a asegurar cierta consideración a los grandes problemas biológicos que tan importantes son para ti. No cabe duda de que la gente sólo sigue a la autoridad, y que ésta sólo se conquista haciendo algo que sea accesible al público.

En medio de esta depresión mental y material me obsesiona la tentación de pasar en Roma las Pascuas de este año. No es que tenga derecho alguno a eso, porque nada he alcanzado todavía, y lo más probable es que las circunstancias exteriores me lo impidan.

Esperemos, pues, tiempos mejores. Anhelo sinceramente que pronto puedas darme noticias de ellos.

142. Viena, 15-02-1901

No: ¡si yo tampoco he de ir a Roma para las Pascuas! Sólo tu comentario ha venido a aclararme el sentido de una interpolación en mi última carta, que de otro modo habría quedado incomprendida aun por mí mismo.

Era, sin duda, una invocación a la promesa que tú me hiciste cierta vez, en tiempos mejores, de celebrar conmigo un congreso en tierra clásica. Bien sabía yo que tal referencia sería, precisamente ahora, harto inoportuna.

Sólo traté de escapar del presente a la más hermosa de mis fantasías de entonces, y me percataba perfectamente de cuál era esa fantasía.

Entre tanto, hasta los congresos se han convertido en reliquias del pasado; yo mismo no hago nada de nuevo y, como tú me escribes, me he alejado por completo de lo que tú haces.

Sólo me resta alegrarme desde la lejanía, cuando me anuncias la inminente exposición de tus grandes soluciones y cuando te declaras tan satisfecho con el progreso del trabajo.

En tal caso tienes evidente razón en posponer toda referencia a las relaciones nasales, en favor de esa exposición global. Dentro de pocos días concluiré la psicología cotidiana y luego corregiré ambos trabajos, los despacharé, etc.. Todo eso ha sido escrito en una especie de embotamiento cuyas huellas no será posible disimular.

El tercer asunto que he comenzado es algo totalmente innocuo: un verdadero caldo aguado. He comenzado a reunir mis anotaciones sobre los neuróticos de mi consultorio, para demostrar qué revela la observación, aun superficial, acerca de las conexiones entre la vida sexual y la neurosis, y para agregar a ellas mis propios comentarios.

En suma, me estoy dedicando más o menos a lo mismo que en su oportunidad hizo tan impopular a Gattl en Viena. Como necesito casos nuevos y mi consultorio está muy poco concurrido, sólo he reunido hasta ahora seis ejemplos, y no de los mejores. También aplico ahora las pruebas de la zurdería, dinamómetro y enhebrar agujas…

No pronuncié la conferencia que la Neue Freie Presse anunció el lunes pasado. Fue… Breuer quien me echó encima a la Sociedad Filosófica, después de mucho e insistente rogar. Yo acepté a regañadientes, pero luego, mientras preparaba la conferencia, advertí que habría de exponer una serie de cosas íntimas y sexuales totalmente impropias para un público mixto y extraño para mí, de modo que les escribí renunciando (primera semana).

A continuación se me presentaron dos delegados, insistiendo en que hablara, a pesar de todo. Les advertí seriamente contra tal propósito y los invité a que vinieran una noche a mi casa para escuchar la conferencia en privado (segunda semana).

Durante la tercera semana la expuse ante los dos, quienes la consideraron maravillosa, opinaron que el público la recibiría sin objeciones, etc.

Por consiguiente, la conferencia se anunció para la cuarta semana. Unas horas antes, sin embargo, recibí una carta neumática, diciéndome que algunos miembros habrían concluido por hacer ciertas objeciones y rogándome que comenzara por ilustrar mi teoría por medio de ejemplos inofensivos, para anunciar luego que a continuación vendría la parte comprometedora, invitando a un intervalo para que las damas pudieran abandonar el salón.

Naturalmente, cancelé al punto la conferencia, y la carta en que lo hice no carecía, por cierto, de sal y de pimienta. ¡He aquí la vida científica de Viena!

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143. Viena, 08-05-1901

Por cierto que puedes aprovechar la ocasión de mi cumpleaños para desearme la persistencia de tu vigoroso estado de ánimo y la repetición de nuestros reconfortantes interludios; por mi parte, no vacilo en apoyar altruísticamente tal deseo.

Encontré tu carta en medio de otros regalos que me alegraron y que en parte estaban vinculados a ti, aunque había pedido que se pasara por alto este aniversario tan miserablemente indefinido: soy demasiado joven para un jubilado y demasiado mayor para una fiesta de cumpleaños.

Tu carta me significó una de las mayores alegrías, salvo el pasaje referente a la magia, que objeto como una exageración innecesaria de tus dudas contra la «lectura del pensamiento». Yo sigo fiel a la lectura del pensamiento y sigo dudando de la «magia».

Recuerdo haber oído en alguna parte que sólo la necesidad despierta las mejores facultades en el hombre. Por tanto, como tú deseabas que lo hiciera, recurrí a todas mis fuerzas para dominarme, y hasta lo conseguí algunas semanas antes que tú me lo pidieras, adaptándome perfectamente a mis condiciones de vida.

Ahora, un ramillete de orquídeas me da la ilusión de la opulencia y del esplendor solar, un fragmento de un muro pompeyano, con faunos y centauros, me transporta a mi añorada Italia.

Fluctuat nec mergitur!

… Precisamente estoy corrigiendo las primeras páginas de la Vida cotidiana, que ha llegado a sumar unas sesenta.

Me desagrada tremendamente y espero que a los demás les desagrade mucho más.

Es un trabajo que carece de toda forma acabada y que está lleno de toda clase de cosas vedadas. Todavía no me he resuelto a despachar el segundo trabajo [Sueños e histeria].

Una nueva paciente, novia fracasada, ha llenado el vacío que dejó la partida de R. y, naturalmente, se resuelve de la manera más satisfactoria. También en otros respectos las cosas han dejado de estar tan muertas como hace algunas semanas…

Es evidente que en mi trabajo sólo cabe esperar un progreso repitiendo cuatro mil veces las mismas impresiones, y ya estoy resignado a someterme siempre de nuevo a esa rutina. Hasta ahora todo se confirma, pero todavía no alcanzo a abarcar en toda su extensión los tesoros que tengo ante mí ni a dominarlos intelectualmente. Tus «relaciones» hallarán en mí un atento lector.

Estoy seguro de que no habrás dejado de incluir algo nuevo…

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144. Viena, 04-07-1901

Me preguntas tantas cosas que ésta habrá de ser una larga carta de respuesta, de modo que le dedicaré mi hora de consulta.

Aún no podría decirte a ciencia cierta hacia dónde nos dirigimos. Después de los múltiples planes fracasados, hemos dado con algo imprevisto que probablemente se confirmará. Pasé los dos días de fiesta, a fines de junio, con mamá y Minna en Reichenhall, quedando encantado con el villorrio, después de una excursión en coche al vecino Thumsee; las rosas de los Alpes se extienden hasta la misma carretera, un pequeño lago verde, magníficos bosques en todo su contorno, llenos de frutillas, flores y -según espero-también de hongos.

Quedé tan prendado que averigüé si no se podría parar en la única posada de la localidad. En efecto, este año toman huéspedes por primera vez, ya que el dueño, un médico y terrateniente de Bad Kirchberg, que solía vivir allí, acaba de fallecer.

Así, estamos negociando con Reichenhall y probablemente lleguemos a un acuerdo…

El padre de una de mis pacientes se ha dedicado con el mayor celo a enviarme toda clase de recortes y artículos en los que se alude al libro de los sueños; entre ellos, un artículo titulado «Sueños y cuentos de hadas», del Lotse, que luego me remitió también el propio autor, un docente de Munich.

[El padre de la paciente] me sigue escribiendo ahora acerca de lo que del tratamiento podría hacerse público con fines de «propaganda».

Si de esto sale mucho, poco o nada, en todo caso se deberá al instante en que tú mencionaste mi nombre a este señor…

A mis demás pacientes parece irles muy bien este año, aunque es cierto que son menos que el año pasado. También yo me siento incomparablemente mejor con este régimen de menor esfuerzo que, sin embargo, ya me está embotando un poco. No se me ocurre nada nuevo ni sé tampoco cómo llenar las horas libres.

El doctor Van der Leyen, de Munich, me recomendó el libro de L. Laistner, EL ENIGMA DE LA ESFINGE, en el que sustenta con la mayor energía la reducción de los mitos a sueños. He comenzado por leer la interesantísima introducción de ese libro, pero la pereza me impide proseguir.

Advierto que nada sabe de lo que se halla detrás del sueño, mientras que parece tener una idea acertada de los sueños de angustia

La Vida cotidiana verá la luz en estos días, pero con toda probabilidad sólo nacerá a medias, de modo que no podré enviarte antes de agosto la tirada aparte que te destino.

En efecto, es un trabajo demasiado largo para publicarlo en una sola entrega de la Monatsschrift.

Martin compone ahora pocos poemas, dedicándose más bien a dibujar y a pintar, por lo común fantasías con animales, que evidencian signos de humor y en las que comienza a representar movimientos, etc. Quizá sea más importante que acaba de pasar al segundo grado, con calificaciones más o menos buenas. Lo que nos retiene aquí hasta el 15 de este mes es el examen de ingreso de Oli.

Todos mis hijos mayores tendrán que aguantar hasta entonces… ¿Te has enterado de que los ingleses desenterraron en Creta (Cnossos) un viejo palacio que consideran el laberinto original de Minos?.

Zeus parece haber sido primitivamente un toro, y también nuestro viejo Dios habría sido adorado primero como toro, antes de la sublimación incitada por los persas. Hay aquí mucha materia para reflexiones que todavía no es oportuno anotar…

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145. Thumsee, 07-08-1901

Por primera vez en tres semanas el tiempo se ha puesto horrible hoy, impidiendo toda actividad; mañana iremos a Salzburg para ver una representación de Don Giovanni…; de ahí que me apresure a contestarte ya hoy o, por lo menos, a comenzar una respuesta. Veamos, primero, algunos asuntos profesionales; luego, algo serio, y dejemos los placeres para el final.

La señora D. sería una excelente reemplazante para G.

A juzgar por los informes que me transmitiste anteriormente, sería por cierto la persona indicada para esta clase de tratamiento, de modo que podría esperarse un éxito más completo que en el común de los casos.

No obstante, estoy resuelto a no volver a la noria antes del 16 de septiembre, y no lo haré por ninguna paciente, conocida o desconocida, de modo que hasta entonces es posible que haya superado por sí misma el ataque. Nunca cuento con nadie, mientras no lo tenga preso en un puño.

Mis clientes son enfermos, o sea, personas particularmente irracionales e imprevisibles. Por otra parte, me interesan sobre manera las perspectivas para la próxima temporada, pues sólo tengo un paciente «seguro», un joven neurótico obsesivo; en cuanto a mi buena viejecita, que significaba para mí una pequeña, pero segura entrada, falleció durante las vacaciones.

No es posible ocultar el hecho de que nos hemos distanciado mucho.

Aquí y allá se evidencia ya el alejamiento… Tu capacidad de penetración ha tocado aquí a un límite; tomas partido contra mí y me enrostras algo que invalida todos mis esfuerzos:

«El adivinador de pensamiento sólo adivina en los demás sus propios pensamientos.»

Si realmente soy tal cosa, entonces te aconsejo que arrojes mi Vida cotidiana al cesto de los papeles, sin leerla, pues está plagada de alusiones a ti: ya referencias manifiestas, para las cuales has dado el material; ya otras ocultas, cuyos motivos arrancan de ti. También has sido tú quien me suministró el epígrafe.

Aparte de todo lo permanente que pueda haber en su contenido, será para ti el testimonio del papel que hasta ahora has desempeñado en mi vida. Habiéndolo anunciado así, creo que podré remitirte el trabajo en cuanto llegue a mis manos, sin agregarle una sola palabra más… Prometí escribirte también acerca de los «placeres».

Thumsee

es realmente un pequeño paraíso, en especial para los niños, que se alimentan a reventar, se pelean entre sí y con los demás huéspedes por los botes, en los que luego escapan a nuestra ansiosa mirada de padres.

La convivencia con los peces ya me ha idiotizado profundamente, pero todavía no alcancé la espontaneidad anímica que habitualmente logro en las vacaciones, y sospecho que no podré pasarme sin ocho o doce días en el [país del] aceite y el vino.

Mi hermano quizá me acompañe en mi viaje…

Y ahora pasemos a lo más importante.

En la medida en que puedo preverlo mi próximo trabajo se llamará La bisexualidad humana, abordará el problema en su raíz y dirá la última palabra que me sea dado decir sobre el tema: la última y la más profunda.

Por el momento sólo cuento con una cosa: con el principio fundamental que desde hace algún tiempo vengo cimentando en la idea de que la represión -mi problema central- sólo es posible merced a una reacción entre dos corrientes sexuales.

Tardaré alrededor de medio año en reunir el material y espero comprobar que su elaboración ya es ahora factible. Luego, empero, necesitare mantener contigo una larga y seria discusión. La idea misma es tuya. Recordarás que ya hace años, cuando todavía eras rinólogo y cirujano, te dije que la solución radicaría en la sexualidad, y que tú me corregiste años después, señalándome. que residía en la bisexualidad. Compruebo ahora que tenías razón.

Así, quizá deba tomar prestadas aún otras cosas de ti; quizá mi escrupulosidad hasta me obligue a rogarte que suscribas conmigo el trabajo, con lo que la parte anatómico-biológica, bastante magra en mis manos, alcanzaría, sin duda, una conveniente expansión. Yo me pondría por objetivo el aspecto psíquico de la bisexualidad y la explicación de la faz neurótica. He aquí, pues, el proyecto inmediato para el futuro; un proyecto que, según espero, volverá a unirnos satisfactoriamente también en asuntos científicos.

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146. 19-09-1901

Recibí tu tarjeta pocas horas antes de mi partida. Tendría que escribirte ahora sobre Roma, pero veo que me resulta difícil. Fue para mí una experiencia sobrecogedora, que, como sabes, representó el cumplimiento de un deseo alimentado desde mucho tiempo atrás. Pero también fue un poco defraudante, como suelen ser estas satisfacciones que han sido esperadas demasiado tiempo; con todo, fue uno de los momentos culminantes de la vida.

Además, aunque pude contemplar imperturbable la Roma antigua (podría haber adorado los humildes y mutilados restos del templo de Minerva, junto al foro de Nerva) no me fue posible gozar espontáneamente de la segunda Roma; me molestaba su sentido intrínseco e, incapaz de sobreponerme al recuerdo de mi propia miseria y de toda la otra miseria que conozco, no logré soportar la patraña de la salvación de la Humanidad, que tan orgullosamente levanta su faz al cielo.

La tercera, la Roma italiana, me resultó reconfortante y simpática. Por lo demás, fui modesto en mis placeres y no traté de verlo todo en doce días.

No sólo soborné la Fontana del Trevi, como todo el mundo lo hace, sino que también cosa que hice por mi cuenta -metí la mano en la Boca della Verità, junto a Santa María Cosmedin, jurando regresar.

El tiempo estuvo caluroso, pero tolerable, hasta que un día -por suerte sólo el noveno- se desencadenó un siroco que me quebró por completo y del que no pude recuperarme. Después de mi regreso se me manifestó una gastroenteritis que creo haber contraído en el viaje y que ahora padezco sin lamentarme.

Mi gente había regresado un día antes que yo; apenas tengo todavía algo que hacer.

Tu última carta fue más bien reconfortante, y ahora atino a comprender la manera en que me has estado escribiendo durante el último año.

En todo caso, es la primera vez que me has dicho algo que no fuera la verdad. En mi fuero interno reconozco que es injusto lo que me escribes sobre mi actitud frente a tu principal trabajo. Bien sé cuán frecuentemente pensé en él con orgullo y con inquietud y cómo me perturbó la incapacidad de adherirme a determinada conclusión.

Tú sabes que carezco de todo talento cuantitativo y que no tengo la menor memoria para cifras y medidas; quizá sea eso lo que te dio la impresión de que no apreciaba lo que me habías comunicado. No creo, empero, que lo cualitativo, los puntos de vista surgidos de los números, hayan caído en saco roto.

Quizá te hayas apresurado demasiado en renunciar a mí como interlocutor. Un amigo a quien se le concede también el derecho de la contradicción y que, a causa de su ignorancia, difícilmente podrá llegar a ser un rival peligroso, no carece de utilidad para quien explora senderos tan sombríos y que está rodeado por muy pocas personas, todas las cuales lo admiran sin crítica e incondicionalmente. Lo único que me hirió fue otra incomprensión traducida en tu carta, cuando interpretas que mi exclamación:

«Pero, ¡si estás socavando todo el valor de mis trabajos!» se refiere a mi terapia… Yo lamentaba perder a mi «único público», como dijo nuestro Nestroy. ¿Para quién he de escribir ahora?

Si tan pronto como una interpretación mía te resulta incómoda te apresuras a concluir que el «adivinador de pensamientos» no adivina nada en los demás, sino que simplemente proyecta en ellos sus propios pensamientos, entonces realmente has dejado de ser mi público y por fuerza tendrás que considerar toda mi manera de trabajar tan inútil como los otros la consideran.

No entiendo tu respuesta sobre el tema de la bisexualidad.

Evidentemente nos resulta muy difícil comprendernos. Yo no tenía, por cierto, otra intención sino la de desarrollar mi contribución a la teoría de la bisexualidad, exponiendo la tesis de que la represión y las neurosis, es decir, la autonomía del inconsciente, se fundan en la condición previa de la bisexualidad.

En el ínterin, mi referencia a tu prioridad en la Vida cotidiana te habrá demostrado que ni pienso en exagerar mi parte en el descubrimiento de esta idea. Pero no es posible evitar alguna conexión con los aspectos biológicos y anatómicos generales de la bisexualidad, y como casi todo lo que sé procede de ti, no me queda más remedio que referirme a ti o dejar toda esta introducción en tus manos. Pero ya no siento el mínimo deseo de proceder ahora a una publicación.

Entre tanto, espero que volvamos a conversar al respecto. No es posible declarar simplemente que «la consciencia es lo dominante y lo inconsciente el factor sexual subordinado», sin incurrir en una grosera simplificación de las condiciones naturales, que son mucho más complejas, aunque aquél es, por supuesto, el hecho básico.

Estoy trabajando ahora en un ensayo más psicológico: Olvidar y reprimir, pero que también me propongo reservar por largo tiempo aún. La fecha de tu «exposición de las relaciones» ya pasó y quedo en su espera con el mayor interés. ¿Acaso la has aplazado?…

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147. 29-09-1901

Tableau!: ¡nuestras cartas se han cruzado! Precisamente ayer te preguntaba por ella, y he aquí que ha llegado.

La leí una primera vez, y me complazco en declararte que nunca has producido algo tan claro, conciso y preñado de contenido. ¡Y que maravilla que no haya la menor duda de su veracidad ! Te agradezco también el pequeño lugarcito que allí me has reservado. También quedé encantado con el «herpes». Por doquier se intuye que mucho se esconde todavía detrás de todo eso, pero que tú has sabido dejar a un lado todos tus tesoros, constriñéndote a lo esencial. Creo que ése es el signo distintivo del estilo clásico.

El título me resulta un tanto extraño: ¿relación «causal» entre nariz y órganos sexuales? Supongo que es una elipsis de «entre las alteraciones de la nariz y de los órganos sexuales». Pero eso no tiene la menor importancia y no quiero pecar de pedante.

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148. Viena, 07-10-1901

Hace tres semanas vino a verme la señora D., enviada por ti, de modo que mi informe al respecto ya se ha retrasado en exceso.

Es, por supuesto, justamente la persona que yo necesito: un difícil caso constitucional, al que se ajustan todas las claves y en el que resuenan todas las cuerdas que uno pulsa.

Será difícil efectuar con ella una labor indolora, pues ya se ha aficionado demasiado a sentir dolor y a infligirlo a otros. Con todo, creo que el éxito será seguro y permanente. Por desgracia, hay algunos obstáculos.

El marido… todavía no ha dado su consentimiento.

Sólo estaba dispuesto a permitir un tratamiento de tres meses, cosa que, naturalmente, rechacé, pero aun esta concesión es aparente, pues ya la misma noche quería llevársela, y si bien ella sigue aquí, espera a diario que venga a buscarla.

En tal caso, naturalmente, lo seguirá, pues ya no puede pasárselas sin él.

Si las facilidades cronológicas son tan inciertas, las pecuniarias no parecen mucho mejores. Yo no atino a decidir si las condiciones son realmente tan desfavorables o si sólo es ella la que ha logrado confundirme a tal punto.

En suma, es muy posible que no tarde en declararles que lo mejor sería renunciar a un tratamiento comenzado con tan endebles fundamentos.

A pesar de toda su inteligencia, es muy poco probable que en el curso de tres meses alcance un resultado útil.

En cuanto al marido, me enfrentó una desconfianza tan evidentemente celosa que no puedo esperar impresionarlo a través de una simple conversación. Quizá, a la postre, todo se arregle.

Sólo quería anunciarte la posibilidad de que la vieras de nuevo antes de lo que suponías y justificarme de antemano en el caso de que el gran esfuerzo que has hecho resultara infructuoso. Debido a la exigüidad de nuestra correspondencia, todavía no he podido darte las gracias.

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149. Viena, 02-11-1901

Tienes, por cierto, pleno derecho de enterarte de tanto en tanto acerca del estado de tu paciente y, por mi parte, estoy tanto más dispuesto a cumplir contigo cuanto que me falta todo ánimo para escribirte de otras cosas.

Me has elegido realmente un caso predestinado para esta clase de tratamiento.

Sólo puedo decirte que hasta ahora marcha extremadamente bien, en parte quizá porque me resulta tan fácil tomar interés por un carácter como el de ella. Ya te daré personalmente mayores detalles, una vez que pueda violar un tanto la discreción. Como quiera que sea, todo vuelve a ajustarse una vez más -por lo menos desde mi nuevo punto de vista- y el instrumento responde dócilmente a los dedos que lo pulsan. No es que no haga más de un intento de complicarme la vida: ya los hubo, y seguramente habrá más.

Mi carta malhumorada, a la que respondiste dándome los informes correctos, fue el resultado de un engaño en el que me precipitó, erigiendo ante mí montañas de dificultades. Creo que no volverá a confundirme con tanta facilidad, o por lo menos esa es mi intención.

En todo caso, es una persona interesante y valiosa.

Me alegro de poder informarte de todo esto y te saludo afectuosamente…

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150. Viena, 07-12-1901

La señora D. acaba de partir. Las dudas que te exprese después de las dos primeras semanas no carecían de fundamento. Como sabes, el marido interrumpió el tratamiento con su violenta intervención, que motivó con argumentos de tiempo y dinero, aunque éstos -de acuerdo con tus aclaraciones- sólo habrían sido pretextos para enmascarar sus celos. Finalmente, recibí de él una carta que me impidió aprovechar el plazo concedido hasta el 19 de este mes.

En general, el hombre adoptó hacia mí una actitud tan ofensiva que necesité todo mi dominio para continuar el tratamiento durante tanto tiempo.

El tratamiento fue tan breve -diez semanas- que no es posible pensar siquiera en una curación definitiva. Tampoco podría predecir qué curso seguirá la vida de la enferma en el próximo tiempo. Por otro lado, la labor fue tan productiva que es inconcebible que no tenga resultado. Una vez transcurrida la convulsión desencadenada ahora, seguramente se apreciará el efecto logrado.

En todo caso, es ésta la persona más adecuada e interesante entre todas las que tú me has recomendado. No es posible imputar a ninguno de nosotros el que las cosas no hayan salido mejor.

El profesor D. no pudo, simplemente, transferir su confianza de ti a mí. Estoy pasando en estos momentos por una región dificultosa del azar, en la que me ocurren principalmente cosas desagradables.

Sigo ejercitándome en paciencia…

——

151. 08-03-1902

Me alegro de poder informarte que por fin llegó el largamente diferido nombramiento de profesor, que últimamente se había hecho bastante deseable.

En la próxima semana la Wienel Zeitung lo anunciará al público, que, según espero, sabrá apreciar este sello oficial. Hace tiempo que no podía transmitirte ninguna noticia que diera pie a esperanzas optimistas.

152. Viena, 11-03-1902

¡Las cosas que puede hacer una de estas «Excelencias»! Hasta puede lograr que yo vuelva a oír tu familiar voz en una carta. Pero como vinculas cosas tan hermosas a la noticia -reconocimiento, maestría, etc.-, mi habitual obsesión de honestidad, tan perjudicial para mis intereses, me induce a escribirte con exactitud cómo ocurrieron las cosas. Todo fue, en efecto, obra mía. Cuando regresé de Roma, el anhelo de vivir y de actuar había aumentado un poco, y el del martirologio se había reducido un tanto en mí.

Hallé que mi práctica profesional se había diluido bastante y retiré de la imprenta mi único trabajo, dado que acababa de perder contigo a a mi único público restante.

(Se dice que Nestroy, espiando cierta vez por la mirilla del telón antes de una función de beneficio, al ver sólo dos personas en la platea, habría exclamado: «A uno de los ‘públicos’ lo conozco: tiene una entrada gratis. Si el otro ‘público’ tiene también una entrada gratis, eso no lo sé.»)

Reflexioné, pues, que la espera del reconocimiento público fácilmente podría consumir buena parte de la existencia que me queda y que, entre tanto, ninguno de mis semejantes se preocuparía de mí.

En cuanto a mí, quería volver a Roma, ocuparme de mis pacientes y criar felices a mis hijos. Así, resolví romper con mis estrictos escrúpulos, como lo hace todo el mundo.

En fin de cuentas, es preciso tener algo de que esperar la propia salvación, y resolví elegir por salvador el titulo académico. Durante cuatro largos años no gasté una sola palabra en conseguirlo, pero ahora me hice anunciar ante mi viejo profesor Exner.

Me recibió con la mayor hostilidad posible, casi con grosería, y nada quería revelarme acerca de las razones por las cuales yo había sido pasado por alto, adoptando plenamente las ínfulas del alto funcionario.

Sólo una vez que lo hube enfurecido un poco con algunas observaciones irónicas sobre las actividades del alto ministerio, me insinuó algo acerca de ciertas influencias personales que obrarían contra mí ante su excelencia y me aconsejó recurrir a una contrainfluencia personal. Le anuncié que podía dirigirme a mi vieja amiga y ex paciente, la señora del «Hofrat» Gomperz, lo que pareció impresionarle. Frau Eilise se mostró muy amable y se hizo cargo del asunto con el mayor entusiasmo.

Entrevistó al ministro y recibió una mirada de asombro por respuesta: «¿Desde hace cuatro años? ¿Y quién es ése?»

El viejo zorro reaccionó como si yo fuera un desconocido para él. En todo caso, dijo, sería necesario proponerme de nuevo para el cargo.

Así, escribí a Nothnagel y a Krafft-Ebing (que estaba a punto de jubilarse), rogándoles que renovaran su proposición de entonces.

Ambos se condujeron maravillosamente, y Nothnagel me escribió a los pocos días anunciándome haber presentado la moción. El ministro, empero, evitó tenazmente encontrarse con Gomperz y parecía que el asunto fracasaría de nuevo.

Entonces entró en acción una nueva fuerza: una de mis pacientes… había oído hablar del asunto y se puso en campaña por su propia cuenta. No descansó hasta que no hubo conocido al ministro en una reunión; supo congraciarse con él y le hizo prometer a una amiga común que nombraría profesor a su médico, el cual la había curado.

Teniendo presente, sin embargo, que una primera promesa de su parte no significaría nada, lo comprometió personalmente, y creo que si cierto [cuadro de] Böcklin le hubiera pertenecido a ella, en lugar de a su tía…, yo habría sido nombrado tres meses antes.

Como están las cosas, su excelencia tendrá que conformarse con un cuadro moderno para la galería que se propone inaugurar, naturalmente que no para su propia persona.

Por fin, pues, el ministro tuvo la graciosa deferencia de anunciar a mi paciente, mientras estaba invitado a comer en casa de ésta, que el decreto de nombramiento estaba a la firma del emperador y que ella podría ser la primera en darme la noticia de su promulgación.

Así, un día vino a la sesión enarbolando con expresión radiante una carta neumática del ministro. Todo había sido logrado. La Wiener Zeitung todavía no ha publicado la noticia, pero su inminencia se difundió con rapidez desde el ministerio.

El entusiasmo público es indescriptible. Las felicitaciones y las flores llueven sobre nosotros, como si el papel de la sexualidad hubiese sido de pronto sancionado de oficio por su majestad, como si el Consejo de Ministros en pleno hubiera confirmado LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS y como si la necesidad del tratamiento psicoanalítico de la histeria hubiera sido votada por el Parlamento con mayoría de dos tercios.

Es evidente que he vuelto a ser una persona respetable, y aun los admiradores que más apocados se habían tornado vuelven a saludarme desde lejos cuando me encuentran en la calle. Por mi parte, sigo dispuesto a canjear cinco felicitaciones por un solo caso que acuda a mí para un tratamiento extenso.

He aprendido que este viejo mundo es regido por la autoridad, tal como el nuevo es gobernado por el dólar.

Hice mi primera reverencia ante la autoridad y puedo esperar, pues, recibir el premio correspondiente. Si el efecto sobre los círculos más alejados es tan considerable como el que comprobamos en los más próximos, supongo que mis esperanzas no serán vanas.

En todo este asunto hay una persona con un par de larguísimas orejas que no ha sido suficientemente mencionada en tus cartas, y esa persona soy yo.

Si hubiera dado estos pocos pasos hace ya 3 años, habría sido nombrado profesor 3 años antes y me habría ahorrado muchos inconvenientes y sinsabores. Otros llegan a esta sabia conclusión sin necesidad de ir antes a Roma. He aquí, pues, el glorioso proceso que, entre otras cosas, debo a tu amable carta. Te ruego mantener en reserva el contenido de ésta…

——

153. 10-09-1902

(Tarjeta postal del templo de Neptuno, en Paestum.) Un afectuoso saludo desde el punto culminante de su viaje, te envía tu…

Fin de las Obras de Sigmund Freud

103. Viena, 30-01-1899

… Mi dilación tiene el siguiente motivo. Ya hace una semana tenía lista una carta para ti, pues creía haber hecho un hermoso descubrimiento.

Mientras escribía, empero, surgieron dudas que me indujeron a retenerla, y comprobé que efectivamente tenía razón, pues el asunto estaba errado; es decir, había algo en él que debía ser aplicado a un terreno totalmente distinto. Probablemente ni siquiera sospeches a qué punto me ha estimulado tu última visita.

Todavía estoy viviendo de ella; la luz no ha vuelto a apagarse desde entonces; ora aquí, ora allá, enciéndense pequeñas llamitas de conocimiento que me significan un verdadero renacer después de la desesperanza del último año.

Lo que esta vez surge del caos es la conexión con la psicología contenida en mis ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA, o sea, la vinculación con el conflicto, con la vida: la psicología clínica, como me agradaría llamarla. La pubertad se desplaza cada vez más hacia el centro del panorama y la fantasía se confirma como su elemento clave. Con todo, no ha surgido todavía nada decisivo ni completo.

Anoto con diligencia los hechos más curiosos para presentártelos en nuestro congreso. Realmente te necesito como público.

A manera de descanso, leo la Historia de la cultura griega, de Burckhardt, que me provee las más inesperadas analogías.

Sigo teniendo la misma predilección por lo prehistórico en todas sus expresiones humanas…

3-2.

No pude resolverme a despachar esta breve carta sin continuarla, de modo que decidí aguardar algún nuevo material. Nada vino, sin embargo, pues cuanto se me ocurre en estos días lo deposito en las hojas destinadas al congreso, y ni mi interés ni mis fuerzas bastan ahora para abordar otras cuestiones.

Hoy, después de doce horas de trabajo y cien florines de ingreso, me encuentro una vez más al cabo de mi energía. Todas las aspiraciones del alma están adormecidas, pues así como el arte florece sólo en la riqueza, así las aspiraciones germinan únicamente en el ocio.

Me limito a anticipar, en la imaginación, lo que opinarás de mis anotaciones, que te ofrecerán esta vez una visión más profunda que en ninguna otra ocasión anterior.

Es cierto, sin embargo, que no hay en todo eso nada de primer rango. Por otra parte, sé que no te gusta hacer planes con mucha anticipación. En lo restante, nada nuevo ha ocurrido aquí.

Espero tener buenas noticias de ti, de tu esposa y tus hijos…

104. Viena, 06-02-1899

… No veo casos de la especie a que se refiere tu pregunta, por la simple razón de que lo único que veo son mis pacientes cotidianos que, por otra parte, habrán de ocupar todo mi tiempo durante un larguísimo primer período de trabajo.

Ellos me proveen todo lo típico que necesito observar, y espero que en adelante ya no tendré que ocuparme yo mismo de los corolarios. Recuerdo haber visto casos de tuberculosis con angustia en años anteriores, pero no me dejaron ninguna impresión particular…

El arte de engañar a un enfermo no es, precisamente, muy recomendable ni muy necesario. Sin embargo, ¡adónde ha llegado el individuo y cuán exigua debe ser la influencia de la religión de la ciencia, presunta reemplazante de la vieja religión, si uno ya no se atreve a revelarle a una persona que le ha llegado el turno de morir!…

El cristiano se hace administrar, por lo menos, los últimos sacramentos con algunas horas de anticipación.

Si hasta Shakespeare dice:

«Tú le debes una muerte a la Naturaleza.»

Espero que cuando me llegue el turno tenga a mi lado a alguien que me trate con más consideración y me advierta que ha llegado el momento de estar presto.

Mi padre lo sabía perfectamente, pero nunca habló de ello y conservó su magnífica entereza hasta el fin. Hace tiempo que no hemos estado tan pobres de acontecimientos exteriores.

En lo que a los familiares se refiere, esto es más bien afortunado, pues las noticias de esta especie raramente son agradables.

El trabajo progresa con lentitud, con algunos resultados, pero sin novedades sorprendentes desde hace algún tiempo.

El «legajo secreto» engrosa cada vez más y exige imperiosamente ser abierto para Pascuas. Ya comienzo a preguntarme cuándo será posible celebrar las Pascuas en Roma. Pienso muy en serio en un cambio de profesión y de residencia, a pesar de todos los progresos en mi trabajo y en mis ingresos.

Considerándolo todo en conjunto, las cosas son demasiado insoportables aquí. ¡Qué lástima que estos planes sean tan fantásticos como el de «Pascuas en Roma»! El destino, que en general es tan abigarrado y prolífico en cosas memorables y sorprendentes, se ha olvidado por completo de tu amigo, aislado en su solitario rincón.

Estoy ensimismado en la Historia de la cultura griega, de Burckhardt.

105. Viena, 19-02-1899

… La última de mis generalizaciones se ha impuesto y parece querer expandirse al infinito.

En efecto, no sólo el sueño es una realización de deseo, sino que también lo es el ataque histérico.

Esto es cierto incluso para el síntoma histérico, y quizá para todo producto de la neurosis, pues ya hace mucho que reconocí la realización del deseo en el delirio agudo. Realidad -realización del deseo: de esta antítesis surge nuestra vida psíquica. Creo saber ahora cuál es la condición determinante que distingue al sueño del síntoma intruso en la vida vigil.

Al sueño le basta con ser la realización de deseo del pensamiento reprimido, pues siempre se mantendrá ajeno a la realidad.

El síntoma, en cambio, situado como está en medio de la vida real, debe ser al mismo tiempo algo más, debe ser también la realización de deseo del pensamiento represor.

El síntoma surge, pues, cuando el pensamiento reprimido y el represor pueden coincidir en una misma realización de deseo.

El síntoma es la realización de deseo del pensamiento represor en tanto que implica, por ejemplo, un castigo, un autocastigo, sucedáneo último de la autosatisfacción, es decir, de la masturbación.

Por medio de esta clave se aclaran ahora muchos problemas. ¿Sabes, por ejemplo, por qué la X. Y. sufre de vómitos histéricos? Porque en su fantasía está embarazada, porque es tan insaciable que no puede dejar de tener un niño en la panza, hasta del último de sus amantes imaginarios. Pero también vomita porque con eso quedará emaciada y flaca, perderá su belleza y ya no atraerá a nadie.

Así, el sentido del síntoma consiste en un par contradictorio de realizaciones de deseo. ¿Sabes por qué nuestro amigo E., a quien tan bien conoces, se ruboriza y suda cada vez que se encuentra con cierta clase de conocidos, particularmente en el teatro? Tiene vergüenza, no cabe duda, pero, ¿de qué? De una fantasía en la cual se imagina a sí mismo como el desflorador de toda persona que se le cruce en el camino.

Suda durante la desfloración porque ésta le ocasiona arduos esfuerzos. Cada vez que se siente avergonzado ante otra persona, repercute en él un eco de este sentido, como si fuera el rencor de un derrotado: «¡Ahora pensará esta imbécil que tengo vergüenza de ella! ¡Si la tuviera en la cama, ya le enseñaría cuánta vergüenza siento!»

La época de su vida en la cual dirigió sus deseos a esta fantasía dejó su huella en el complejo psíquico que desencadena el síntoma. Fue, en efecto, en sus clases de latín; la sala del teatro le recuerda siempre el aula; siempre trata de tener el mismo asiento en la primera fila.

El entreacto corresponde al «recreo», y «sudar» era el término de la jerga escolar para operam dare [«dar lección»]. Por esta expresión tuvo un altercado con el profesor.

Además, no logra sobreponerse al hecho de que en la Universidad fracasara en botánica, de modo que sigue dedicándose a ella en calidad de «desflorados».

Su capacidad de romper en sudor se la debe, por supuesto, a su infancia, a una ocasión en que, teniendo tres años, el hermano le echó agua jabonosa sobre la cara mientras lo bañaban, lo que, si bien constituye un trauma, no es por cierto un trauma sexual.

¿Y por qué había de masturbarse en el excusado, en una actitud tan extraña, cuando a los catorce años estuvo en Interlaken?

Lo hizo únicamente para obtener una buena vista de la Jungfrau [«virgen»], y desde entonces no llegó a ponerle el ojo encima a ninguna otra virgen, por lo menos no a sus genitales. Claro está que hizo lo posible por evitar tal encuentro, pues, ¿por qué, si no por esto, procura entrar en relaciones únicamente con actrices? ¡Qué «ingenioso» es todo esto y, sin embargo, cuán peculiar del «ser humano, con todas sus contradicciones»!.

106. Viena, 02-03-1899

«Has olvidado por completo la escritura.» ¿Por qué? ¡Y eso, con una teoría plausible del olvido, fresca en la mente, a manera de advertencia! ¿No estará por producirse un nuevo cruzamiento de cartas? En todo caso, ésta habrá de aguardar un día más a ser despachada.

A mí me va casi monótonamente bien. Me cuesta esperar a que lleguen las Pascuas para presentarte detalladamente una parte principal de mi historia: la de la realización del deseo y del acoplamiento de las antítesis.

Mis viejos casos me deparan muchas satisfacciones, y tengo además dos nuevos, aunque no de los más favorables.

El reino de la incertidumbre sigue siendo enormemente vasto; los problemas pululan por doquier, y de todo lo que hago, sólo la mínima parte es captada hasta ahora por el entendimiento; pero cada tantos días se hace un claro, ora aquí, ora allá y yo me he vuelto muy modesto.

Me preparo para largos años de trabajo y para una labor de compilación, apoyada por unas pocas ocurrencias útiles que pueda tener después de las vacaciones y después de nuestras reuniones.

Roma

está todavía muy lejos: tú ya conoces mis sueños romanos.

5-3.

Por lo demás, la vida está increíblemente vacía de todo contenido. La nursery y el consultorio: nada más hay en estos tiempos, y si todo marcha bien en ambos, bastantes sacrificios le he rendido ya en otros sentidos a la envidia de los dioses…

El tiempo cambia cada veinticuatro horas, entre tormentas de nieve y anuncios de primavera.

El domingo sigue siendo una hermosa institución, aunque Martín afirma que para él los domingos se vuelven cada vez más raros. Pensándolo bien, las Pascuas ya no están tan lejos. ¿Has decidido algo acerca de tus planes? Yo me siento por completo inquietísimo, con ganas de viajar.

Pour revenir à nos moutons, puedo distinguir con toda claridad en mí dos estados intelectuales muy distintos.

En el primero presto la más detenida atención a cuanto me dicen mis pacientes, y aún se me ocurren nuevas ideas durante la labor misma; pero fuera de ella no soy capaz de pensar ni de realizar ningún otro trabajo.

En el segundo saco conclusiones, hago anotaciones y aún me queda cierto interés por otros asuntos; pero en realidad estoy mucho más alejado de las cosas y no me concentro del todo en la labor con mis pacientes. De tanto en tanto intuyo una posible segunda fase del tratamiento, que consistiría en provocar sus sentimientos igual que provoco sus ocurrencias y como si ello fuera absolutamente indispensable.

El resultado principal alcanzado este año me parece ser la superación de las fantasías, que, en efecto, me habían arrastrado muy lejos de la realidad. Todo este trabajo le ha sentado muy bien a mi propia vida psíquica.

Es evidente que estoy mucho más normal que hace cuatro o cinco años.

Este año he decidido interrumpir mis clases, a pesar de las muy numerosas inscripciones, y no me propongo reanudarlas en el futuro próximo. Tengo el mismo horror a la adulación crédula de los jovencitos que a la ciega hostilidad de los algo mayores.

Además, todo esto todavía no ha madurado lo suficiente: Nonum prematur in annum!. Los discípulos a lo Gattl existen a montones; por lo común, concluyen por solicitar a su vez ser tratados.

Además, abrigo el propósito accesorio de realizar un deseo secreto que bien podría alcanzar su madurez al mismo tiempo que lo de Roma, de modo que si Roma llegara a ser posible, quizá me decida a abandonar también la docencia. Como ya te dije, empero, todavía no estamos en Roma.

Anhelo amargamente tener noticias tuyas. ¿Es inevitable que no me lleguen?

107. Viena, 28-05-1899

… Los «recuerdos encubridores» están en Jena, en lo de Ziehen

El sueño, en cambio, de pronto ha cobrado forma, sin ningún motivo especial, pero esta vez creo que definitivamente.

Me he convencido de que todos los disimulos no sirven y que tampoco sirve la renuncia, pues no soy lo bastante rico como para guardarme mi más bello descubrimiento, probablemente el único que me sobrevivirá.

De ahí que en este dilema me haya conducido como ese rabí en el cuento del gallo y la gallina. ¿Lo conoces? Un hombre y su mujer tienen un gallo y una gallina; pero, decididos a celebrar las fiestas con una comida de ave asada no pueden resolverse a sacrificar a uno ni al otro animal de modo que consultan al rabí.

«Rabí, ¿qué podemos hacer? No tenemos más que un gallo y una gallina. Si matamos el gallo, la gallina se pondrá triste, y si matamos la gallina, el gallo se pondrá triste. Pero queremos comer ave para las fiestas. Rabí, ¿qué debemos hacer?»

«Pues degollad el gallo», les dice el rabí.

«Pero ¡entonces la gallina se pondrá triste, rabí!»

«Sí, es cierto; entonces, degollad la gallina.»

«Pero, rabí, ¡entonces se pondrá triste el gallo!»

«Pues ¡que se ponga triste!», responde el rabí.

Así, el sueño quedará concluido después de todo… ¡Qué desgracia que los dioses hayan puesto delante de todo tema su respectiva bibliografía para espanto de cuantos se le acerquen!

La primera vez que lo abordé quedé atascado en ella; pero esta vez me abriré paso de cualquier manera; de todos modos, nada hay en ella que merezca la pena. Ninguna de mis obras anteriores ha sido tan autóctonamente mía como ésta: es mi propio almácigo con mi propio abono, mi propia semilla y encima hasta una nova species mihi (sic!).

Después de las lecturas vendrán las tachaduras, los agregados, etc., ¡y con todo eso quisiera que el conjunto estuviese listo para la imprenta hacia fines de julio, cuando me vaya al campo!

Quizá haga una prueba con otro editor si Deuticke no se resuelve a pagarlo bien o si advierto que no está muy entusiasmado por publicarlo. Los diez análisis se han hecho esperar: ¡ahora tengo dos y medio! Cuatro anuncios no se materializaron, y también en lo demás cunde un silencio mortal. Pero no me importa en lo mínimo.

En el último tiempo mi técnica ya había llegado a perfeccionarse mucho. Los varones padecieron unas leves anginas después de dos días de fiebre; Ernst sigue sufriendo bastante por su pretendida dilatación de estómago: lo haremos ver por Kassowitz.

El viernes todos se van a Berchtesgaden; es decir, Minna con todos los chicos, salvo Mathilde. Me compré el Ilión, de Schliemann, y me divertí mucho con la narración de su juventud.

Ese hombre halló la felicidad cuando descubrió el tesoro de Príamo, pues la felicidad sólo es posible merced al cumplimiento de un deseo infantil. Esto me recuerda que tampoco este año podré viajar a Italia.

Será para otra vez…

108. Viena, 09-06-1899

¡Todavía estoy vivo! El «silencio de los bosques» parecería un tumulto callejero en comparación con el que reina en mi consultorio. Por cierto que aquí se puede «soñar» magníficamente.

En la bibliografía han aparecido unos pocos especímenes que por primera vez me hicieron pensar que más me valdría no haberme metido nunca en semejante asunto.

Uno de ellos se llama Spitta (to spit = escupir). Pero ya superé el peor de los escollos. Naturalmente, uno se sume cada vez más en el asunto, hasta que llega un momento en el que es necesario ponerle punto final.

Una vez más el problema entero se me reduce a un lugar común. Hay un único deseo que todo sueño procura siempre satisfacer, por más diversas formas que aquél adopte: ¡es el deseo de dormir! Se sueña, pues, para no tener que despertar, porque siempre se quiere dormir!. Tant de bruit… !

He comenzado el análisis de una amiga (la señora de A.), una mujer de primer orden -¿acaso no te hablé nunca de ella?-, y una vez más pude convencerme de cómo todo concuerda a la perfección. Por lo demás, estoy resignado; de todos modos, tengo lo suficiente para vivir algunos meses…

Lo que me deprime es el diluvio de bibliografía psicológica, con la consiguiente sensación de ignorarlo todo cuando ya creía haber captado algo nuevo. Otra calamidad es que esta actividad de constante lectura y reseña sólo sea soportable durante unas pocas horas en el día.

Así, me pregunto si realmente me has aconsejado bien o si no debería más bien maldecirte. Tienes una sola oportunidad de resarcirme: dándome algo reconfortante para leer en el curso de mi introducción a la biología.

109. Viena, 27-06-1899

… Estoy muy cansado, y ya gozo anticipadamente los cuatro días del 29 de junio al 2 de julio que podré pasar en Berchtesgaden.

Sigo escribiendo -he llegado a llenar hasta un pliego por día-; el capítulo se alarga cada vez más; pero no creo que sea bueno ni fructífero. Con todo, tengo la obligación de hacerlo; pero te aseguro que, en su curso, el tema no se me torna precisamente más grato…

Mañana pasaré los primeros pliegos a la imprenta, esperando que todo esto le guste a otros más de lo que me gusta a mí. «A mí no me gusta nada», podríamos añadir, parafraseando al Tío Jonás.

Mis propios sueños se exaltan a las cumbres de una absurda complejidad. Hace poco me contaron que Anita habría proferido el siguiente comentario sobre el cumpleaños de la tía Minna:

«En los cumpleaños, generalmente soy más bien buenita», ante lo cual me pongo a soñar mi conocido sueño escolar, en el que me encuentro en el sexto grado y me digo:

«En sueños como éste uno está generalmente en el sexto grado.»

Unica solución admisible: Anita es mi sexta, mi sexto hijo. ¡Brrr!… Hace un tiempo de perros. Te darás cuenta de que no tengo nada que escribir y que no estoy precisamente de buen humor…

110. 03-07-1899

… El autor de la «extraordinariamente importante obra sobre los sueños, que hasta ahora no ha sido, por desgracia, suficientemente apreciada por la ciencia», acaba de pasar cuatro días maravillosos en Berchtesgaden au sein de sa famille ) y sólo un pequeño resto de vergüenza pudo disuadirlo de enviarte una tarjeta postal del Königssee. La casa es un primor de limpieza, de soledad y de panorama; las mujeres y los niños se sienten allí a las mil maravillas y están rebosantes de salud.

Anita se pone realmente hermosa a fuerza de malvada. Los varones ya son seres humanos, civilizados y capaces de apreciar las cosas.

Martín es un sujeto cómico, sensible y bondadoso en sus relaciones personales, totalmente sumido en el humorístico mundo de sus fantasías.

Así, por ejemplo, cuando pasamos junto a una pequeña cueva en la roca, él se asoma a ella y pregunta: «¿Está en casa el señor dragón? ¿No? ¿Solamente está la señora dragona? ¡Buenos días, señora dragona! ¿El señor dragón ha volado a Munich?

Dígale, por favor, que volveré a visitarlo y que le traeré bombones.» Todo eso suscitado por ver el nombre Drachenloch entre Salzburgo y Berchtesgaden. Oli se dedica aquí a hacer planos ordenados de las montañas, tal como en Viena lo hace con las líneas de tranvías y de trenes elevados. Por fortuna, todos se entienden muy bien y sin celos mutuos.

Martha y Minna están leyendo un volumen de cartas de Hehn a un señor Wichmann, y como tú tienes fama de saberlo todo y como has vivido realmente en la Wichmannstrasse, me piden que te pregunta quién fue ese señor Wichmann. Yo les he advertido que posiblemente tengas cosas más importantes en que pensar.

¿Sabes qué me ha recordado vivamente este viaje mío? Nuestra primera reunión en Salzburgo en 1890 o 1891 y nuestra caminata desde allí a Berchtesgaden, pasando por el Hirschbühel, cuando al llegar a la estación fuiste testigo de uno de mis más espectaculares ataques de angustia a viajar [en tren].

En el libro de huéspedes del Hirschbühel tú apareces anotado de mi mano como «especialista universal de Berlín».

Entre Salzburgo y Reichenhall tú estabas ciego, como de costumbre, para las maravillas de la Naturaleza, expresando, en cambio, tu entusiasmo por los tubos Mannesmann.

En esa ocasión me sentí un tanto oprimido por tu superioridad; pero bajo esa clara sensación había otra, vaga, que sólo hoy alcanzo a captar en palabras: la sospecha de que este hombre todavía no había descubierto su vocación, revelada más tarde como la de vaciar la vida en el molde de los números y las fórmulas.

Tampoco asomaba entonces rastro alguno de esa otra consabida vocación tuya, pues si te hubiese hablado de la señorita Ida Bondy me habrías preguntado, sorprendido: «¿Y quién es ésa?» Te ruego transmitir a la dama en cuestión los más afectuosos saludos de mi familia…

111. Viena, 17-07-1899

… He concluido los asuntos principales, pero todavía tengo que liquidar 115 menores.

El primer capítulo de los sueños ya está compuesto, y las pruebas aguardan su corrección… Aún tengo que hacer unas pocas visitas de despedida, ordenar algunas cosas, pagar algunas cuentas, etc., y estaré listo para partir.

En suma, fue un año triunfal, que me resolvió múltiples dudas. Lo único sorprendente es que uno no se alegre más cuando por fin se cumplen las cosas que durante tanto tiempo fueron anheladas. Quizá sea la constitución, que empieza a flaquear…

Probablemente me llevaré a Berchtesgaden, además de mi manuscrito, el Lasalle y unas pocas obras sobre el inconsciente. De mala gana tuve que renunciar a todo otro proyecto de viajes.

En mis buenas horas fantaseo acerca de mis nuevas obras, grandes y pequeñas. Desde que mataste mi sentimental epígrafe de Goethe para el libro de los sueños no encontré ningún otro que me convenciera. Creo que me decidiré por aludir simplemente a la represión:

Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo.

He aquí algunos títulos de mis fantasías:

  • Sobre la psicopatología de la vida cotidiana.
  • Represión y realización de deseo
  • (Una teoría psicológica de las neuropsicosis)

Todo esto en cuanto a mí mismo…

Todavía existen los dioses antiguos, pues no hace mucho pude comprar algunos, entre ellos un Jano de piedra, que con sus dos caras me mira muy despectivamente.

Te envío, pues, mis más afectuosos saludos, y espero que en Berchtesgaden ya me aguardarán noticias tuyas…

112. Viena, 22-07-1899

… En cuanto al libro de los sueños, la situación es la siguiente. Faltaba un primer capítulo de introducción a la bibliografía sobre el tema, que, si mal no recuerdo, también tú consideraste necesario, a fin de facilitar la lectura de lo que sigue.

Ese capítulo está escrito, pero me costó muchos sinsabores y no salió precisamente a pedir de boca. La mayoría de los lectores quedarán atrapados en estas zarzas y no podrán atravesarlas para llegar a ver a la Bella Durmiente.

El resto, que tú ya conoces, será sometido a una drástica reelaboración, eliminando todas las referencias a la bibliografía, agregando aquí y allá otras referencias bibliográficas detalladas que sólo ahora he llegado a conocer, e incluyendo nuevos ejemplos de sueños a manera de ilustraciones.

Todo esto no suma gran cosa; pero el capítulo psicológico final deberá ser escrito de nuevo, exponiendo la teoría del deseo, que constituye el enlace con lo que ha de seguirle, así como algunas hipótesis sobre el dormir, una discusión definitiva sobre el sueño de angustia y la relación entre el deseo de dormir y lo reprimido.

Quizá todo eso sea tratado un tanto alusivamente. Lo que no alcanzo a comprender es qué parte deseas ver y cuándo. ¿Quieres que te envíe este primer capítulo? ¿Y después el resto, a medida que lo vaya revisando y antes de remitirlo a la imprenta?

Me temo que te impondrías una pesada carga sin provecho alguno. Para mí, es cierto, sería un gran placer que tú te preocuparas también de esto. Nada ha cambiado en las condiciones de la publicación. Deuticke no quiso renunciar a editarlo, de modo que me resolví a ocultar en absoluto cuánto me disgusta entregárselo.

En todo caso, con esto habré concluido una parte del primer tercio de la magna obra de reducir científicamente las neurosis y las psicosis por medio de la teoría de la represión y la realización del deseo. 1) lo sexual-orgánico; 2) lo clínico-fáctico; 3) lo metapsicológico que hay en todo eso.

Estoy ahora en el segundo tercio de la obra; pero todavía tenemos mucho que discutir acerca del primero; una vez que haya alcanzado el tercero (Roma, Karlsbad), estaré muy contento de echarme a descansar. La segura confianza que emana de tus juicios siempre me fue sumamente benéfica y ejerció sobre mí un prolongado efecto estimulante.

Espero tener en breve noticias más precisas de ti y de los tuyos. Te escribiré desde Berchtesgaden todas las veces que tenga ganas de hacerlo y que no serán, por cierto, pocas.

113. Riemerlehen, 01-08-1899

Por el mismo correo te remito dos sobres con las primeras pruebas corregidas del capítulo inicial (bibliográfico).

Si tienes algo que objetar, envíame la galerada correspondiente con tus anotaciones, que tendré sobrado tiempo de aprovechar en la segunda y en la tercera prueba. No puedo expresarte cuánto bien me hace tu vivo interés por mi trabajo. Desgraciadamente, este primer capítulo constituirá una ardua prueba para los lectores.

Aquí todo es maravillosamente hermoso; hacemos cortas y largas caminatas y nos sentimos todos muy bien, salvo alguno que otro de esos estados en que caigo ocasionalmente. Trabajo en la terminación de los sueños en un gran cuarto tranquilo de la planta baja, con espléndida vista hacia las montañas.

Mis viejos y mugrientos dioses, tan menospreciados por ti, colaboran en la labor, oficiando como pisapapeles.

El vacío dejado por el gran sueño que tú tachaste habrá de ser colmado insertando una pequeña antología de sueños (sueños inocentes y absurdos; cálculos y discursos en los sueños; afectos en los sueños). La reelaboración sólo comprenderá el último capítulo psicológico, que quizá emprenderé en septiembre y cuyo manuscrito te enviaré o aun te entregaré personalmente. Todo mi interés está dedicado a eso.

También por estos lados hay hongos, aunque todavía no en gran cantidad. Naturalmente, los niños participan en su recolección.

El cumpleaños del ama de casa ha sido festejado en gran forma, entre otras cosas con una excursión a Bartholomäe. Deberías haber visto a Anita en el Könnigsee.

En cuanto a Martín, que vive entregado por completo a sus fantasías y que, entre otras cosas, se ha construido un Malepartus en el bosque, anunció ayer:

«En realidad no creo que mis pretendidos poemas sean realmente buenos.»

No nos atrevimos a contradecirle en esta pieza de autorreconocimiento. Oli sigue dedicándose a su exacta anotación de todos los caminos, las distancias y los nombres de lugares y montañas.

Mathilde es una personita completa y cabal y, por supuesto, sumamente femenina. Todos lo están pasando muy bien… Cuanto más se aleja en la perspectiva mi labor de este año, tanto más satisfecho estoy de ella.

¡Si no fuera por la bisexualidad! Estoy seguro de que tienes plena razón al respecto. Yo mismo me estoy habituando a concebir todo acto sexual como un proceso entre cuatro individuos, pero todavía tendremos mucho que hablar sobre eso.

Gran parte de lo que me escribes me aflige profundamente y bien quisiera poder acudir en tu ayuda.

Salúdame a tu familia de todo corazón y acuérdate de este Riemerlehen en que estoy enclaustrado.

114. Berchtesgaden-Riemerlehen, 06-08-1899

¿Habrá algo en que no tengas razón? Una vez más expresas claramente lo que yo estuve meditando en silencio: que este primer capítulo bien podría disuadir a una serie de lectores en la prosecución de la lectura. No sé, empero, cómo remediarlo, salvo con una advertencia a incluir en ese prólogo que ya habremos de construir una vez concluido todo lo demás.

Tú no querías que dispersara la bibliografía en el curso de la obra, y tenías razón; pero tampoco la quieres ver antepuesta, y una vez más tienes razón. Te ocurre lo mismo que a mí: tu motivo secreto posiblemente sea el de que la bibliografía no nos gusta en ninguna parte. Pero tendremos que tolerarla en alguna si no queremos armar a los «científicos» con un hacha para hacer astillas mi pobre libro.

Así, el conjunto ha venido a remedar la fantasía de un paseo forestal: primero, el umbrío bosque de los autores (que de tanto bosque no alcanzan a ver los árboles), cerrado, laberíntico; luego, una hondonada por la cual guío a mis lectores -mis ejemplos de sueños, con todas sus peculiaridades, detalles, indiscreciones y chistes malos-; por fin, de pronto, la altiplanicie, el vasto panorama y la consulta al viandante: «Por favor, ¿adónde desea dirigirse?» No necesito que me devuelvas, naturalmente, las galeradas que te envío.

Como no has objetado nada en el capítulo primero, daré por terminada su corrección. De lo demás, nada ha sido compuesto todavía. Recibirás las pruebas en cuanto la imprenta me las entregue, y te señalaré todas las partes que son nuevas para ti.

Encontrarás gran cantidad de sueños nuevos, y espero que no me los taches. Pour faire une omelette il faut casser des oeufs.

Además, se trata de humana y humaniora, pero no de cosas realmente íntimas, es decir, personalmente sexuales… Durante los últimos días el trabajo me ha dado gran satisfacción. «A mí me gusta», dice el Tío Jonás; lo que, en mi experiencia, es un pésimo augurio de éxito.

El sueño de Roberto lo incluiré, con tu permiso, entre los sueños famélicos de los niños, a continuación del menú soñado por Anita…, Lo «grande» en los sueños infantiles también habrá de ser considerado en algún momento; forma parte del afán de grandeza de los niños, del deseo de ser alguna vez capaz de comerse una fuente entera de ensalada, como papá; un niño nunca está conforme, ni aun si se trata de repeticiones. Para él, como para el neurótico, la moderación es lo más difícil.

Aquí me encuentro en condiciones realmente ideales, y, en consecuencia, me siento muy bien. Paseo sólo por la mañana y por la tarde; todo el resto del día lo paso sentado ante mi trabajo. Un lado de la casa está siempre deliciosamente umbrío, cuando el otro arde de calor.

Me imagino fácilmente cómo lo estarán pasando en la ciudad…

Todos los días juntamos hongos; pero el primer día que sea algo lluvioso marcharé a pie hasta mi querido Salzburgo, donde la vez pasada hasta llegué a descubrir unas cuantas antigüedades egipcias.

Esas cosas me inspiran y me hablan de tiempos y de países lejanos.

En Viena invité varias veces a comer a J. J. David, hombre infortunado y escritor digno de consideración… Con los más afectuosos saludos y con todo mi agradecimiento por tu colaboración en el «libro egipcio de los sueños», tuyo…

115. Berchtesgaden, 20-08-1899

Ya hace cuatro semanas que estoy aquí, afligidísimo de que este tiempo tan feliz pase rápidamente. Un mes más y mis vacaciones habrán terminado: terriblemente breves para mi placer.

He podido trabajar tan maravillosamente aquí, en completa calma y sin nada que viniera a perturbarme, con una salud casi perfecta, y todo esto matizado por correrías por bosques y montañas, que tanto placer me han deparado. Tendrás que ser condescendiente conmigo: estoy sumido por completo en mi trabajo, y no podría escribirte acerca de ninguna otra cosa. Ya estoy muy adelantado en el capítulo de la «elaboración onírica», y he reemplazado -creo que con ventaja- el sueño completo que tú tachaste por una pequeña colección de retazos de sueños.

El mes próximo comenzaré el último, el capítulo filosófico, ante el que ya me siento amedrentado; además, me significará otra porción de lecturas.

La composición tipográfica progresa con lentitud. Ayer te mandé todas las pruebas nuevas que recibí. Te ruego devolverme sólo aquellas en las que tengas alguna observación que hacer, anotándola al margen; además, aquellas en las que, en algún momento libre, puedas corregir una cita o una referencia, pues aquí carezco, naturalmente, de toda fuente bibliográfica.

Después de cinco horas de trabajo comienzo a sentir en la mano algo así como un «calambre de los escribientes». Los chicos están armando un escándalo de mil demonios en la pradera; sólo Ernst falta, pues se encuentra en cama con una fea picadura de insecto… Desde que ese chico perdió un incisivo se golpea continuamente y está lleno de heridas, como Lázaro, aunque tiene un coraje a toda prueba y es casi anestésico al dolor. Yo lo atribuyo a una leve histeria.

Es el único a quien la niñera que teníamos no trató con cariño… Alexander estuvo cuatro días aquí. Le han dado la cátedra de Tarifas Aduaneras en la Academia de Exportación, y al cabo de un año le darán el título y el rango de profesor extraordinario, o sea, mucho antes que a mí…

Mi mano se niega a seguir trabajando hoy. Pronto te escribiré más.

Afectuosos saludos…

116. B., 27-08-1899

Te agradezco las dos páginas que me acabas de enviar desde Harzburg; cuando me devuelvan las pruebas corregidas, todas tus enmiendas serán, por supuesto, fielmente incluidas.

Estoy seguro de que tendrás todavía otras ocasiones de marcar pasajes similares de superflua subjetividad. Tu revisión significa una gran tranquilidad para mí.

Sumido en los sueños, como me encuentro, comprenderás que esté totalmente inservible para cualquier otra cosa.

Ayer llevé al correo un montón de papel listo para la imprenta, incluso cincuenta y seis páginas nuevas, interpretaciones de sueños, ejemplos, y, sin embargo, ya empiezan a apilarse las notas para el capítulo final y más espinoso, el psicológico, cuyos límites y cuya disposición aún no alcanzo a entrever.

También tengo todavía algunas cosas que leer para ese capítulo; de todos modos, los psicólogos hallarán bastantes motivos para enojarse; pero una cosa como ésta tiene que salir como quiera que sea. Todo intento de hacerlo mejor de lo que resulta de por sí le daría un carácter forzado.

Tendrá, pues 2.467 errores, errores que dejaré intactos. Nunca lamenté tanto como este año la brevedad de las vacaciones. Dentro de tres semanas todo habrá pasado y las preocupaciones empezarán de nuevo…

El sueño de Roberto lo encontrarás en otra parte, más adelante, en conexión con el egoísmo de los sueños. Aquí todo marcha a las maravillas, tenemos un verano caluroso, pero ininterrumpidamente hermoso. Sería lindo concluirlo con un poco de Italia; pero no será posible esta vez. ¿Qué dirías de pasar diez días en Roma, para Pascua (naturalmente que nosotros dos).

Siempre que todo siga bien, siempre que vuelva a tener la subsistencia asegurada y siempre que no me encierren, me linchen o me boicoteen a causa de mi libro egipcio de los sueños? ¡Hace tanto que me lo he prometido! Que en la Ciudad Eterna se le revelen a uno las eternas leyes de la vida: he aquí una combinación que no estaría del todo mal.

Supongo que te hallarás de regreso en Berlín, y me alegro de que por lo menos hayas podido librarte por unos días para la excursión a Harzburg con todos los niños…

Tendrás que concederme algún margen para mi «veneno» en las interpretaciones de sueños: descargarse le hace bien al organismo. Te mando ahora mis más afectuosos saludos; durante las próximas semanas ya te molestaré en exceso con todos mis otros envíos…

117. B., 06-09-1899

Hoy es tu aniversario de casamiento: lo tengo bien presente; pero te ruego que sigas teniendo un poco más de paciencia conmigo.

Estoy totalmente absorto en los sueños; escribo de ocho a diez páginas por día, y acabo de superar lo peor del capítulo sobre la psicología. Fue una enorme tortura, y no quiero pensar siquiera en cómo ha salido.

Tú ya me dirás si puede quedar así; pero lo juzgarás en las pruebas de imprenta, pues darte a leer el manuscrito sería exigirte demasiado y en las galeradas podré introducir todavía todas las alteraciones que sean necesarias. Finalmente, puse en él mucho más de lo que quería -uno profundiza cada vez más a medida que progresa-; pero me temo que sea un montón de insensateces.

¡Y todo lo que habré de oír! Cuando la tormenta se desencadene sobre mi cabeza, huiré a refugiarme en tu cuarto de huéspedes. Tú siempre encontrarás algo que alabar en mi trabajo, pues tienes tantos prejuicios en mi favor como los otros abrigan en mi contra.

Hoy recibí 60 nuevas pruebas que te remito por el mismo correo. Casi me avergüenzo de explotarte a tal punto, pues mal puedo retribuírtelo con la biología en la que tan bien sabes discriminar por ti mismo, en la que estás enfrentado con la luz y no con las tinieblas; con el sol y no con el inconsciente.

Te recomiendo empero, que no trates de revisarlas todas a un tiempo, sino que me mandes las galeradas censuradas por ti a medida que vayas teniendo algunas listas, para poder introducir tus correcciones antes de devolver las mías, que remitiré a la imprenta en conjunto.

Hay en ellas una multitud de nuevos asuntos que ya he señalado para ti. He procurado eludir lo sexual, pero «lo sucio» es inevitable y lo recomiendo a tu indulgencia. No te preocupes, naturalmente, de las erratas comunes, pero te ruego que marques toda cita incorrecta, las faltas de estilo y las comparaciones defectuosas. ¡Si sólo pudiese alguien indicarme el verdadero valor de todo este asunto! Todo ha sido muy hermoso aquí; quizá consiga tener todavía algunos días libres.

Mi estilo, por desgracia, salió esta vez muy malo, porque me sentí físicamente demasiado bien, necesito sentirme un poco mal para escribir bien. Pero hablemos ahora de otra cosa.

Aquí todos están a las mil maravillas; crecen y florecen, particularmente el menor de todos. No me agrada pensar en la temporada de trabajo que me espera. Basta por hoy, pues siempre vuelvo a la misma cantilena. Recibe los más afectuosos saludos y las gracias de tu… Sigm.

¿Conoces a David? ¿Y la historia de Friedjung de 18591866?.

118. B., 11-09-1899

Te agradezco de todo corazón tus esfuerzos. Yo mismo ya había advertido algunos descuidos y otros pasajes confusos por omisiones, pero tus restantes enmiendas han sido fielmente adoptadas… Por desgracia, otro paquete de 30 galeradas saldrá hoy, y aún está lejos de ser el último.

Por mi parte he concluido; es decir, he remitido mis últimos originales. Podrás imaginarte el estado de ánimo en que me encuentro, ese recrudecimiento de la depresión normal que sigue a la elación. Tú quizá no leas el Simplicissimus, una revista que me divierte periódicamente.

He aquí la conversación entre dos militares: «Bueno, camarada, ¿así que se ha comprometido? La novia debe ser hermosa, encantadora, dulce, inteligente… » «Pues es cuestión de gustos: ¡en cuanto a mí, no me gusta nada!» Tal es, cabalmente, mi propio caso.

En lo que se refiere a la parte psicológica, he decidido someterme a tu juicio en cuanto a redactarla de nuevo o dejarla en su forma actual. Lo referente a los sueños me parece a salvo de toda objeción; lo que en ello me disgusta es el estilo, esa total incapacidad mía de hallar la expresión noble y simple, cayendo, en cambio, en la metáfora chistosa y excesivamente figurada.

Lo sé muy bien, pero la parte que en mí lo sabe y lo juzga no es, por desgracia, la parte productiva. No hay duda de que todos los soñantes son la mar de chistosos, pero eso no es culpa mía ni puede ser motivo de un reproche. Todos los soñantes son insoportablemente chistosos, pero lo son porque no les queda más remedio, porque están puestos en un brete y porque la vía directa [de expresión] les ha quedado cerrada.

Si lo consideras conveniente, procuraré insertar una observación al respecto en alguna parte.

El aparente carácter chistoso de todos los procesos inconscientes está íntimamente relacionado con la teoría del chiste y de lo cómico…

119. Viena, 21-09-1899

Heme aquí después de un horrible viaje de treinta y dos horas a través de la lluvia, sentado de nuevo en mi viejo lugar, con siete pliegos de pruebas ante mí, sin ningún paciente que me espere, pero feliz con tu apreciada carta y con todas las buenas nuevas que contiene.

Nuestra reanimada correspondencia me reemplaza en parte nuestra frustrada reunión, y espero que sigas recordando con frecuencia a los vivos, mientras te dedicas a excavar en busca de los muertos.

Como presumes, con toda razón, me he librado de mi depresión, pero no después de una sola hemicránea, sino de toda una hermosa serie de tales estados. Creo, sin embargo, que mi autocrítica no era totalmente injustificada.

También dentro de mí se oculta en alguna parte cierto sentido de la forma, una apreciación de la belleza como una especie de perfección, y las tortuosas sentencias de mi libro de los sueños, pavoneándose con su fraseología indirecta y retorcida, apta apenas para soslayar la idea, han herido cruentamente un ideal que llevo en mí. No creo equivocarme si interpreto este defecto formal como indicio de un deficiente dominio del tema.

Estoy seguro de que también tú lo has percibido así, y creo que siempre ha reinado entre nosotros demasiada franqueza como para que ahora me ponga a simular ante ti.

Mi único consuelo radica en la inevitabilidad: simplemente, no pudo salir mejor. Lamento aún haberme malquistado con mi lector predilecto y más atento, comunicándole las correcciones, pues, ¿cómo puede gustarle a uno algo que se ve obligado a leer como corrector?

Desgraciadamente, empero, no puedo prescindir de ti, el representante del «otro», y… aquí tengo otras 60 galeradas para ti.

¡Y ahora un año más de esta extraña vida, en la que el propio estado de ánimo quizá sea el único valor que importa! El mío es, por cierto, inestable, pero ya ves que, como reza en el escudo de armas de nuestra querida ciudad de París: Fluctuat nec mergitur.

Una paciente con la que ya estaba en tratos acaba de anunciarse, y no sé si declinar o aceptar su tratamiento.

Mi estado de ánimo también depende en gran parte de mis ingresos… Recuerdo haber oído en mi niñez que los caballos salvajes de las pampas, una vez enlazados, conservan cierta nerviosidad durante toda su vida.

Así, también yo he conocido una vez la más inerme pobreza y me ha quedado de ella cierto constante temor. Ya verás cómo ha de mejorar mi estilo y cómo mis ideas se tornarán más acertadas una vez que esta ciudad me proporcione una existencia desahogada. No te preocupes esta vez con la verificación de citas, etc., pues tengo nuevamente todas las fuentes literarias al alcance de la mano.

En esta entrega hallarás lo principal de mis interpretaciones oníricas: los sueños absurdos. Es asombrosa la frecuencia con que tú apareces en ellos.

Estoy encantado de haberte sobrevivido en el sueño del non vixit. ¿No es terrible tener que insinuar algo así, es decir, declararlo francamente para todo el que sepa comprenderlo? Mi mujer y los chicos se quedarán hasta fines de mes en Berchtesgaden. ¡Y ni siquiera conozco todavía a la pequeña Paulina!…

120. Viena, 09-10-1899

… Imagínate que ese oscuro poder interior que mora en mí me ha impulsado a seguir leyendo obras psicológicas, comprobando que me oriento en ellas mucho mejor que antes. Hace poco tuve la satisfacción de encontrar una parte de mi hipotética teoría del placer y del displacer en un autor inglés, Marshall.

Otros de los autores con que he tropezado, en cambio, me resulta absolutamente incomprensibles. Tu noticia acerca de la docena de lectores que tengo en Berlín me alegró de los sueños parece haberme hecho bien…

A tu comentario sobre la intensificación de la práctica profesional quisiera replicarte señalando que viajo también en tren carreta…

La situación es ésta: aun cuando me encuentre totalmente ocupado en el mes de noviembre, por ejemplo, mis ingresos de este año, con el período malo desde el 1 de mayo hasta fines de octubre (seis meses), no alcanzarán a solventar nuestras necesidades.

Tendré que buscar alguna otra cosa, y precisamente acabo de dar un paso en un sentido determinado. Para el próximo verano pienso vincularme a algún establecimiento hidropático, en cuya cercanía podría alojarme con mi familia. Un instituto así ha de ser inaugurado en el Kobenzl y su director ya me sugirió el año pasado la conveniencia de asegurarme alojamiento en la Bellevue (ambos lugares están en las cercanías de Kahlenberg).

Así, pues, he vuelto a escribirle a ese señor. De todos modos, el período escolar de los niños nos obligará a renunciar a nuestras prolongadas vacaciones de verano.

En las promociones de este año (cinco nombramientos de profesores a fines de septiembre) nuestro grupo –Königstein, yo mismo, etc.-, ha vuelto a ser pasado por alto…

Salvo tres pliegos, el libro de los sueños se encuentra totalmente impreso; el prefacio, que te mostré alguna vez, quedó incluido…

121. 11-10-1899

Aparato psíquico.- Histeria- Clínica Sexualidad. Lo orgánico

Algo extraño se agita en el piso de abajo.

Es posible que una teoría sexual suceda inmediatamente al libro de los sueños. Hoy se me han ocurrido varias cosas muy curiosas que no acierto a comprender todavía. Ni pensar en aclararlas reflexionando.

Esta manera de trabajar surge por empujes. Sólo Dios sabe cuándo se producirá el próximo, a menos que tú hayas descubierto ya mi fórmula. Si esto sigue, forzosamente tendré que discutir y colaborar contigo.

A propósito, se trata de las cosas más estrafalarias, algunas de las cuales ya llegué a vislumbrar durante el primer período tempestuoso de producción. «¡De nuevo os acercáis, fantasmas vacilantes!».

Según un anterior cálculo tuyo (cada siete años y medio), podría esperar un período productivo para 19001901.

122. Viena, 27-10-1899

Te agradezco las amables palabras con que me acusas recibo de mi libro de los sueños. Hace mucho que estoy en paz con ese asunto y ahora sólo aguardo su destino con… resignada curiosidad.

Si no llegó a tus manos puntualmente, para tu cumpleaños, como yo me lo había propuesto, ello se debe a la inesperada circunstancia de que el correo no quiso aceptarlo sino como encargo. Habíamos calculado su llegada enviándolo como pieza certificada, y así quizá te alcance demasiado tarde, aunque para otros destinatarios aún sería demasiado temprano. Por lo demás, todavía no ha sido distribuido y nuestros dos ejemplares son los únicos que hasta ahora han salido a luz.

En cuanto a los otros cinco libros que me propongo publicar, es evidente que tendremos que dejarles su tiempo: todo un período de vida, suficiente material, ideas, el alejamiento de las perturbaciones más molestas y Dios sabe cuántas otras cosas harán falta, además de algún que otro enérgico empujón de «cierta parte amiga». Por ahora el hilo se ha vuelto a romper, y de ahí también la falta de respuesta a tu pregunta.

Estoy buscando el punto de ataque más conveniente. También en el terreno de la sexualidad los fenómenos patológicos suelen ser formaciones transaccionales, inaptas para su resolución… Cuando vuelva a agitarse algo en la teoría sexual, te sorprenderé una vez más con algunas líneas enigmáticas.

Entre tanto, os deseo a ambos toda la felicidad que el año y el siglo aún os pueda deparar. ¡Me refiero al mes de diciembre, por supuesto!

123. 05-11-1899

Nadie podría tacharte precisamente de pecar por comunicativo; pero yo no he de seguir tu ejemplo, a pesar de que una hastiada uniformidad dificulta por cierto la comunicación.

El libro apareció, por fin, ayer. Como siempre supe y como hace poco recordé de pronto, el padre de Aníbal se llamaba Amílcar y no Asdrúbal. La profesión y los niños siguen igualmente enfermos…

Me habría gustado escribirte acerca de la teoría sexual, pues tengo algo entre manos que me parece admisible y que se confirma en la práctica; pero sigo perplejo ante lo + + + femenino, y eso me induce a desconfiar de todo el asunto.

Por lo demás, las explicaciones se presentan lentamente, ya aquí, ya allí, según lo permite el día; en general, el progreso es un tanto indolente.

Entre todo eso, como bocadillo especial, se me dio la explicación de cómo surgen los sueños premonitorios y qué significan.

Espero tener pronto noticias tuyas, de tu mujer y de tus hijos…

124. 12-11-1899

… Tal como procedo con todos los pacientes extranjeros que acuden a mí, me encargaré de que la señorita G. quede perfectamente alojada y atendida. Los otros dos casos no parecen haberse concretado, pues nada he vuelto a oír de ellos. La gente se dedica a señalarme curiosos errores que cometí en el libro de los sueños.

Así, como ciudad natal de Schiller indiqué Marburg en lugar de Marbach, y en cuanto al padre de Aníbal, a quien llamo Asdrúbal en lugar de Amílcar, ya te escribí al respecto.

Naturalmente que no se trata de errores de la memoria, sino de desplazamientos, es decir, de síntomas. Los críticos no hallarán cosa mejor que hacer sino destacar estos descuidos, que en realidad no son tales. Por fin se dio la ocasión de que todos estemos de nuevo bien.

Ahora que pasó el peligro, espero que me escribas qué tuvo tu hijo.

125. Viena, 09-12-1899

Como mi afán de conocer detalles personales de tu vida quedó un tanto saciado por tu última visita bien puedo dedicarme ahora a asuntos más científicos. Creo haber logrado recientemente un primer atisbo de ciertas cosas nuevas.

Así, se me plantea el problema de la «elección de neurosis». ¿Qué cosa torna a una persona histérica, en vez de paranoica? Según mi primer intento aproximado de respuesta, cuando todavía trataba de tomar la fortaleza por asalto, ello dependía de la edad en la cual habrían ocurrido los traumas sexuales, es decir, de la edad vivencial. Hace tiempo que abandoné esa opinión; pero hasta hace pocos días no conocía ninguna respuesta mejor cuando se me ofreció una conexión con la teoría sexual.

El más bajo de los estratos sexuales es el del autoerotismo, que renuncia a todo fin psicosexual y persigue sólo una satisfacción local.

Este es reemplazado luego por el aloerotismo (homo y heteroerótico); pero sin duda subsiste como tendencia independiente. La histeria (y su variante, la neurosis obsesiva) es alocrótica: la vía principal que sigue es la identificación con la persona amada.

La paranoia vuelve a disolver la identificación y restablece todas las personas amadas de la infancia, abandonadas en el ínterin (véase las consideraciones sobre los sueños exhibicionistas), disolviendo al propio yo en personas extrañas.

Así he llegado a concebir la paranoia como un brote de la tendencia autoerótica, como un retorno a aquel estado anterior. La formación perversa que le corresponde sería la denominada demencia primaria. Las peculiares relaciones del autoerotismo con el yo original aclararían muy bien el carácter de esta neurosis.

Aquí, empero, la hilación del tema ha vuelto a romperse.

Casi a un tiempo, dos de mis pacientes llegaron a hablar de los autorreproches consiguientes a la asistencia de sus padres enfermos o a la muerte de éstos, demostrándome que mis propios sueños respectivos eran típicos.

La culpabilidad siempre arranca, en tales casos, de deseos de venganza, del placer por el sufrimiento ajeno, de la satisfacción ante las dificultades excretorias del enfermo (micción y defecación). He aquí un rincón realmente olvidado de la vida psíquica…

14-12.

Es, en efecto, muy raro que tú hayas llegado a escribir antes que yo. La desolación de los últimos días me impidió terminar mi carta. No cabe duda de que unas Navidades en las que se debe renunciar hasta a las compras son más bien sombrías. Ya sabemos que Viena no es el mejor lugar para nosotros.

La discreción me obligó a no sustraerte demasiado a tu familia; al derecho más antiguo se le opuso el más íntimo: así, nuestra despedida en la estación fue sólo un símbolo. Tu noticia acerca de la docena de lectores que tengo en Berlín me alegró mucho. También aquí puede ser que me lean algunos; pero el tiempo no ha madurado todavía para que tenga partidarios.

Son demasiadas cosas nuevas e increíbles, y demasiado pocas demostraciones estrictas. Ni siquiera pude convencer a mi filósofo, aunque me suministró el más admirable material confirmador. La inteligencia es siempre débil, y para el filósofo es fácil transformar la resistencia interna en contradicción lógica. Ha vuelto a presentárseme la perspectiva inmediata de un nuevo caso.

Salvo mi resfriado, la salud reina entre nosotros. Te volveré a escribir antes de que llegue vuestro nuevo vástago…

126. Viena, 21-12-1899

Una vez más quiero volver a saludarte afectuosamente antes de Navidad, que solía ser una de las fechas de nuestros congresos.

Con todo, tengo por lo menos una perspectiva feliz. Recordarás sin duda aquel sueño mío (entre los sueños absurdos) que me auguraba insistentemente la terminación del tratamiento de E., y te imaginarás cuán importante ha llegado a ser para mí este caso tan constante y pertinaz. Bien: ahora parece que el sueño está a punto de realizarse. Digo cautelosamente «parece», pero creo estar bastante seguro de ello.

Profundamente enterrada bajo todas sus fantasías, nos encontramos con una escena de su edad más primigenia (antes de los veintidós meses), que cumple todas las expectativas y en la que desembocan todos los demás enigmas que habían quedado sin resolver; una escena que lo es todo a un tiempo: sexual, inocente, natural, etc. Casi no puedo decidirme todavía a creer de veras en ella.

Es como si Schliemann hubiera vuelto a desenterrar una Troya en la que nadie hubiese creído. Y con todo eso, el sujeto se siente desvergonzadamente bien.

Me ha demostrado en mi propia carne la verdad de mis teorías al ofrecerme como un giro sorprendente [de su análisis. I.] la solución de mi antigua fobia a los ferrocarriles, una solución que se me había sustraído por completo…

Mi fobia habría sido, pues, una fantasía de pauperización o, mejor, una fobia al hambre, dependiente de mi gula infantil y provocada por la falta de dote de mi mujer (circunstancia de la que me enorgullezco). De todo esto ya oirás más en nuestro próximo congreso.

Por lo demás, poco hay de nuevo.

El libro tuvo una sola reseña en [la revista] Gegenwart, vacua en cuanto a crítica y defectuosa como reseña. Nada más que un mal guisote de mis propios fragmentos; pero lo disculpo todo en aras de este solo calificativo: «hará época».

En lo restante, la actitud de los vieneses es muy adversa. No creo conseguir que se publique aquí una sola reseña. Nos hemos adelantado demasiado a nuestro tiempo… Por el momento me falta la energía necesaria para el trabajo teórico, de modo que por las noches me aburro terriblemente.

Además, este año estoy aprendiendo a sentir el frío, una experiencia que no conocía hasta ahora.

En esta covacha mía apenas puedo escribir de frío. Dedicaré esta última página a preguntarte cómo estáis vosotros, en particular tu pequeña Paulina.

Supongo que ya se encuentra en plena edad de florecimiento… Oscar viene a ver a Mathilde diariamente, por un absceso. Los chicos están todos bien y animados.

Martin

soporta la escuela, y Oli lo resuelve todo sin esfuerzo alguno.

Así me dirijo, pacientemente envejeciendo, hacia nuevos conocimientos. Un congreso sería un magnífico interludio; pero, ¡por una vez, en tierra italiana!

127. Viena, 08-01-1900

¡Encantado de tener noticias de mi amigo Conrad!. Ya con estas pocas muestras de su conducta me aventuro a anunciaros que será un espléndido muchacho.

Sea que ajuste su vida futura al modelo de su nombre o a las notables circunstancias de su nacimiento, celebradas por mí, creo poder predecir que tiene algo de capaz y de fidedigno y que logrará éxito en cuanto emprenda.

Me propongo conocerlo personalmente apenas haya superado los primeros escollos.

El nuevo siglo -cuya circunstancia más interesante bien podría ser la de que ambos hemos de morir en él- no me ha deparado nada nuevo, salvo una estúpida reseña en Die Zeit, hecha por Burckhard, el antiguo director del Burgtheater (no lo confundas con nuestro viejo Jacob).

No es nada benévola e increíblemente falta de toda comprensión, y -lo que es aún más molesto- continuará en el próximo número… Yo no cuento con ser reconocido, por lo menos en vida; pero espero que a ti te vaya mejor.

En todo caso, puedes dirigirte a un público más decente y educado para pensar. En lo que se refiere a mis problemas más oscuros, debo enfrentarme con gente a la cual me he adelantado en diez o quince años y que nunca conseguirá ponérseme a la par.

Por consiguiente, sólo anhelo tranquilidad y un discreto bienestar material. No trabajo en nada, y en mi interior todo es silencio. Si llega a surgir la teoría sexual, no vacilaré en prestarle oído.

Si no, no. Por las noches me dedico a leer prehistoria y otras cosas semejantes, sin ningún propósito serio, y, por lo demás, sólo me preocupo de seguir haciendo progresar a mis casos, en buen ánimo, hacia su solución…

En el caso de E. surge la segunda escena real, después de años de preparación, y hasta se trata de una escena que quizá sea posible confirmar objetivamente interrogando a su hermana mayor. Tras ella se aproxima una tercera escena, sospechada desde hace tiempo…

Es triste ver cómo aquí nos hundimos cada vez más.

Imagínate que el 1 de enero, cuando se introdujo la nueva moneda, todavía no se podía comprar tarjetas postales, que ahora han de costar cinco Heller; no obstante, el correo insistió en cobrar la sobretasa por usar las antiguas estampillas de dos Kreuzer; pero tampoco había estampillas de un Heller para la sobretasa. Las nuevas piezas de cinco y diez coronas sólo entrarán en circulación a fines de marzo; a esto se encuentra reducida hoy Austria entera.

Algún día tendrás que llevarte unos cuantos de mis hijos a Berlín, aunque sólo sea para darles la oportunidad de ver mundo. No dejes pasar otro intervalo de silencio tan largo como el último (diciembre 24 -enero 7 = 28/2), y transmite mis afectuosos saludos a tu esposa, triple madre feliz…

80. Viena, 29-12-1897

… A los pocos días de mi regreso di con una pequeña interpretación.

El señor E., a quien ya conoces de oídas, tuvo a la edad de 10 años un ataque de angustia mientras trataba de atrapar un escarabajo [Käifer] negro, sin conseguirlo. Hasta ahora, la interpretación de dicho acceso ha sido enigmática.

Mientras se hallaba ocupado con el tema de la «indecisión», repitió una conversación que había escuchado entre su abuela y su tía, acerca del casamiento de su madre -muerta ya a la sazón-, de la que se desprendía que durante largo tiempo había vacilado en comprometerse.

Entonces recuerda de pronto el escarabajo negro, que no había mencionado durante meses enteros, y de éste pasa al Marienkäfer [«bicho de María» = vaca de San Antón] (su madre se llamaba María); luego se echa a reír y trata de explicar precariamente esta risa, observando que los zoólogos llaman a estos escarabajos septempunctate, etc., por el número de sus manchas, aunque se trata siempre del mismo animal.

En este punto interrumpimos la sesión, y al comienzo de la siguiente me cuenta que en el ínterin se le habría ocurrido la interpretación del Käfer; sería que faire?, es decir, la indecisión, la incapacidad de resolverse…

Sabrás, sin duda, que entre nosotros se suele llamar familiarmente a una mujer un netter Käfer [«lindo bicho», «bichito»].

Su niñera -que fue también su primer amor- era una francesa, y en realidad aprendió el francés antes que el alemán. Recordarás nuestras conversaciones sobre el empleo de palabras como hineinstecken, Abort y otras semejantes…

Lo que quisiera tener ahora es un abundante material para la estricta verificación de la teoría de la zurdería. Ya tengo listos aguja e hilo. De paso sea dicho que el problema vinculado a esta cuestión es, desde hace mucho, el primero en el cual nuestras ideas y nuestras preferencias no siguen el mismo camino…

¡Te deseo un feliz Año Nuevo, y hasta más ver en 1898!

81. Viena, 04-01-1898

… Me resulta muy interesante que te afecte a tal punto mi actitud de rechazo frente a la interpretación de la zurdería.

Me esforzaré por ser objetivo, pues bien sé cuán difícil es. Tal como yo los veo, los hechos son los siguientes. Yo me precipité literalmente sobre tu acentuación de la bisexualidad, idea tuya que cuento entre mis temas más importantes, desde el día de la «defensa».

Si yo tuviera una aversión basada en motivos personales, porque yo mismo soy un poco neurótico, debería referirse ciertamente a la bisexualidad, ya que la consideramos responsable de la tendencia a la represión.

En cambio, me parece que sólo pongo objeciones a tu identificación de la bisexualidad con la bilateralidad que planteas como un postulado esencial.

Al principio no adopté actitud alguna frente a esta idea pues me sentía aún demasiado alejado del tema. La segunda tarde que pasamos en Breslau… yo debí de estar un poco embotado, pues de lo contrario habría podido formular en una objeción coherente las dudas que sentía, o más bien habría retornado tus propias palabras de que cada una de las dos mitades probablemente contenga ambos tipos de órganos sexuales.

Pero dime, realmente, ¿dónde dejas la feminidad de la mitad izquierda del hombre, si ésta lleva un testículo (y los correspondientes órganos sexuales masculinos menores) igual que la derecha? ¡Tu postulado de que toda efectuación debe reunir lo masculino y lo femenino ya quedaría cumplido en una sola de las mitades!

Además, se me ocurrió que quizá me considerases a mí mismo un poco zurdo; pero si así fuera me lo dirías, dado que este reconocimiento nada tiene de ofensivo para mí.

Sólo de ti depende si no conoces todos mis secretos, pues has tenido sobradas oportunidades de averiguarlos. Nada recuerdo en mí de una preferencia por la mano izquierda, ni actualmente ni en la infancia; más bien diría que años atrás tuve dos manos izquierdas.

Sólo en una cosa no puedo seguirte. No sé si a los demás les resulta evidente dónde tienen el lado derecho y el izquierdo, y cuál es la derecha y la izquierda en otras personas.

Saber dónde estaba mi derecha era para mí, en años anteriores, más bien un producto de la reflexión, ningún sentido orgánico me lo decía. Para saber cuál era mi mano derecha solía ensayar unos movimientos de escritura.

En cuanto a otras personas, todavía hoy tengo que invertir primero la posición de sus mitades, etc… Quizá esto concuerde con tu concepción y quizá se deba a que tengo, en general, una miserable capacidad de representación espacial, al punto que me resultan imposibles todos los estudios geométricos y los que de ellos se derivan.

Así es como yo veo este asunto. Bien sé que, sin embargo, podría ser también de otro modo y que toda mi actual aversión contra tu concepto de la izquierda puede obedecer a motivaciones inconscientes.

Si fuesen de índole histérica nada tendrían que ver, sin duda, con el tema mismo, sino que serían evocadas únicamente por su denominación. Por ejemplo, si yo hubiese cometido algo que sólo es dable hacer con la izquierda.

La explicación respectiva llegará alguna vez; Dios sabe cuándo… Debes prometerme que nada esperarás de mi «artículo en rosa». Realmente es pura cháchara; bueno, quizá, para el público, pero indigno de ser mencionado con una sola palabra entre nosotros…

82. 16-01-1898

… Toda clase de minucias pululan por aquí; los sueños y la histeria se ajustan cada vez más limpiamente.

El cúmulo de detalles me bloquea ahora el camino hacia los magnos problemas tocados en Breslau. Hay que tomar las cosas como vienen y estar contento de que vengan. Te incluyo en ésta mi definición de la «felicidad» (¿o ya te la conté hace tiempo?).

La felicidad es el cumplimiento diferido de un deseo prehistórico. He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia. Toda clase de cosas asoman nebulosamente en mí y me hacen olvidar cada vez todo lo anterior. Todavía no puedo concretar nada…

83. Viena, 09-02-1898

… El domingo pasado estuve de consulta en Hungría, donde una dama de cincuenta años afirma estar caminando sobre rodillos de madera, tener los miembros sueltos como los de una muñeca y estar a punto de ponerse a caminar en cuatro patas. Por lo demás, estoy del mejor de los humores, sin motivo alguno, y he vuelto a encontrar mi interés cotidiano en la vida.

Estoy sumido en el libro de los sueños, escribiéndolo con fluidez y sonriéndome para mis adentros por todo el «agitarse de las cabezas» que suscitarán las indiscreciones y las audacias en él contenidas.

¡Si sólo pudiese uno librarse de tanta lectura! Aun la escasa literatura sobre el tema me tiene ya hastiado. La única cosa razonable se le ocurrió nada menos que al viejo Fechner, en su sublime ingenuidad: el proceso del sueño se desenvolvería en un terreno psíquico distinto.

Seré yo quien trace el primer mapa grosero de ese terreno…

El autoanálisis ha sido dejado de lado en favor del libro de los sueños. Hasta los casos de histeria adelantaban bastante mal. Tampoco este año llegaré a concluir ninguno, y el próximo me encontraré sin pacientes. Hoy terminé el «artículo en rosa».

Es bastante insolente y perfectamente apto para provocar un escándalo, lo que sin duda conseguirá. Breuer podrá decir que he vuelto a mancillar mi buen nombre.

Corre el rumor de que para el jubileo imperial, el 2 de diciembre, nos investirán con el título de profesores. Yo no lo creo, pero he tenido un delicioso sueño al respecto que por desgracia no es publicable, porque su fondo, su segundo sentido, oscila entre mi nodriza (mi madre) y mi mujer…

Bueno, ya sabes: «Aun lo mejor que logres saber, etc.». Zola nos tiene a todos en suspenso: he aquí un hombre magnífico, uno con el que bien podríamos comprendernos. La miserable conducta de los franceses me recordó tus comentarios en el puente de Breslau acerca de la decadencia de Francia, que al principio me resultaron tan desagradables.

La actuación de Schweninger en nuestro parlatorio municipal fue un fiasco lastimoso. Naturalmente, yo no lo presencié; pero, en cambio, me di el gusto de escuchar en persona a nuestro viejo amigo Mark Twain, lo que fue un auténtico goce.

Buena suerte para ti y los más afectuosos saludos a toda la familia actual y futura…

84. Viena, 10-03-1898

… ¡Menuda hazaña la tuya, ver ya listo ante tus ojos mi libro de los sueños!. Por el contrario, ha vuelto a quedar intacto, y en el ínterin el problema se ha profundizado y ampliado.

Paréceme que con la teoría de la realización del deseo sólo estaría dada la solución psicológica, pero no la biológica o, mejor dicho, la metapsicológica. (A propósito, quería preguntarte seriamente si crees que puedo adoptar el nombre de «metapsicología» para mi psicología que penetra tras la conciencia.)

Biológicamente considerada, toda la vida onírica me parece arrancar de los residuos de la fase prehistórica de la vida (uno a tres años), o sea, de la misma época que es también la fuente del inconsciente y la única que alberga la etiología de todas las psiconeurosis: un período normalmente oculto por una amnesia análoga a la de la histeria.

Comienzo a intuir una fórmula: lo que ha sido visto en el período prehistórico daría el sueño, lo que ha sido oído resultaría en las fantasías; lo que ha sido sexualmente vivenciado llevaría a las psiconeurosis.

Supongamos que toda repetición de lo vivenciado en ese período sea de por sí una realización de deseo; en tal caso, un deseo reciente sólo llevará a la formación de un sueño si puede ponerse en combinación con un material procedente de ese período prehistórico, si el deseo reciente deriva de uno prehistórico o si está en condiciones de ser adoptado por semejante deseo.

Quedaría por ver hasta qué punto podré sustentar esta teoría extrema y total, y en qué medida será posible darla ya a publicidad en el libro de los sueños.

Mi curso está particularmente concurrido este año, al punto que hasta lo integra un asistente de Erb.

Durante la involuntaria interrupción causada por el cierre de la Universidad seguí dictando clases en mi estudio, ante jarros de cerveza y cigarros. Para el próximo semestre ya se inscribieron dos nuevos alumnos, además de todos los actuales.

Un libro de Janet que acaba de aparecer, sobre Histeria e ideas fijas, lo he abierto con el corazón palpitante, pero volví a dejarlo de lado con el pulso nuevamente tranquilo. No tiene ni la menor sospecha de la clave del asunto.

Así, pues, sigo envejeciendo, contento y satisfecho en general, viendo blanquear mi pelo y crecer los niños con rapidez, esperando con alegría las fiestas de Pascua y ejercitándome en paciencia, mientras aguardo que se resuelva el problema de las neurosis.

Los rumores dicen que R. W. vendrá con vosotros este año. ¿Podrá por fin entablar amistad con los chicos?…

85. Viena, 15-03-1898

Si alguna vez he incurrido en menosprecio de Conrad Ferdinand, tú me has convertido sobradamente desde que me diste a leer el Himmelsthor

Tampoco menosprecio en lo mínimo la bisexualidad: simplemente, espero que de ti me llegue toda nueva ilustración al respecto, particularmente desde aquel momento en la plaza de Breslau, cuando coincidimos en lo que estábamos diciendo. Lo que sucede es que estoy tan alejado de ese problema porque, hundido en el fondo de mi negro pozo, ya no tengo ojos para ninguna otra cosa.

Mi disposición para el trabajo parece estar en función de la distancia de nuestros congresos. Hacia esta época me siento simplemente imbécil… : ya no se me ocurre nada en absoluto.

Creo realmente que mi manera de vivir, con nueve horas diarias de análisis durante ocho meses del año, me está agotando por completo. Desgraciadamente, esa ligereza mía que me aconsejaría intercalar de tanto en tanto unas breves vacaciones, es demasiado débil para hacer frente a los míseros ingresos de estos tiempos y a la perspectiva de peores entradas aún.

Así, pues, sigo tirando como un jamelgo de plaza, como se dice entre nosotros. He dado en pensar que quizá tú querrías leer cuanto he escrito sobre los sueños, pero que tu discreción te impediría pedírmelo. Creo innecesario decir que antes de enviarlo a la imprenta te lo habría remitido a ti; pero como el trabajo ha vuelto a interrumpirse, bien puedo mandártelo ahora por partes.

Aquí te agrego, pues, algunas explicaciones. Lo que va es el segundo capítulo; el primero, sobre la bibliografía del tema, todavía no ha sido escrito. Le seguirán los siguientes:

3) el material de los sueños;
    sueños típicos;
    el proceso psíquico del sueño;
    sueño y neurosis.

Los dos sueños aquí descritos reaparecerán en capítulos posteriores, donde completaré su interpretación parcial.

Espero que no pongas objeciones a mis sinceros comentarios en el sueño del profesorado. Los filisteos locales se regocijarán en sentenciar que con ello he excedido todos los límites. Lo que en ese sueño quizá pueda dejarte atónito hallará más tarde su explicación (mi ambición).

Oportunamente agregaré unos comentarios sobre el Edipo rey, el cuento de El talismán y quizá sobre Hamlet; pero antes tendré que leer más sobre el mito de Edipo, aunque todavía no sé qué.

Mi escrúpulo de agobiarte con una lectura en momentos en que te sé desganado para el trabajo, lo supero reflexionando que esa cosa, con su mínimo contenido especulativo, sólo podrá depararte una inocente diversión.

En cuanto a la histeria, estoy ahora totalmente desorientado…

86. Viena, 24-03-1898

No ha de sorprenderte si hoy te escribo acerca de tu juicio sobre mi manuscrito de los sueños, juicio que me ha deparado un día feliz… Por fortuna puedo responder a tus objeciones remitiéndome a los capítulos posteriores.

Acabo de interrumpirme en la redacción de uno que trata de los estímulos somáticos del sueño y en el que abordaré también los sueños de angustia, aunque éstos volverán a ser aclarados en el capítulo final, «Sueño y neurosis».

No obstante, agregaré abundantes remisiones a la parte que ya has leído, con el fin de evitar la impresión, que tú mismo has tenido, de que el autor no hace sino esquivar las dificultades. Por otra parte, ni por asomo considero esta versión como definitiva. Primero, me propongo dar

forma a mis propias ideas; luego, estudiar detenidamente la bibliografía e introducir sólo entonces las adiciones o revisiones que dicha lectura suscite. No puedo leer mientras no haya concluido mi propia labor, y sólo escribiéndola puedo componerla en todos sus detalles. Hasta el momento he terminado otras veinticuatro páginas, pero dudo que ninguna otra parte de la obra sea tan entretenida y tan minuciosa como la que ya has leído.

Acerca de muchos detalles espero oír tu opinión de viva voz.

Seguramente no te negarás a cumplir ante mí los deberes de un primer público y de un árbitro supremo… Hace poco Martín describió en verso la seducción de la gansa por el zorro, con el siguiente canto de amor:

Ich liebe Dich,
herzinniglich.
Komm, küsse mich,
Du könntest mir von allen
Thieren am besten gefallen.

¿No te parece notable la forma que le ha dado? En ocasiones compone versos que indignan a su auditorio, como éste:

Der Fuchsvater sagt. Wir gehen nach Aussee,
Darauf freuen sich die Kinder und trinken Café.

Para aplacarnos, nos dice entonces:

«Cuando hago versos como éstos, es sólo como si hiciera morisquetas.» ¿Y Robert Wilhelm? ¿Lo traeréis con vosotros a Viena?

87. Viena, 03-04-1898

At odd hours sigo escribiendo mi libro de los sueños. Un segundo capítulo que trata de las fuentes del sueño y de los sueños típicos está casi concluido, pero es mucho menos satisfactorio que el primero y probablemente requiera una nueva redacción.

Por lo demás, nada me dice la ciencia, ni se agita en mí ningún otro interés que no sea el de los sueños. La influenza ha transcurrido con escasos daños y sin demostrar predilección por el sexo masculino. La tribu está vivaz y divertida; el mujerío, bien; el amo de casa, engurruñado…

Los chicos quieren que hoy juegue con ellos a ese gran juego de viajes, «Cien viajes por Europa». Les daré gusto, pues también las ganas de trabajar ceden en ocasiones. Mis clases me aburren; no tengo ganas de hablar sobre la histeria, mientras no pueda alcanzar una decisión segura en dos puntos fundamentales.

Mucho me agradaría volver este año a nuestra hermosa Italia, pero los ingresos han sido malos y creo que deberé hacer economías…

88. Viena, 14-04-1898

Creo que una buena regla de conducta para todo corresponsal es la de pasar por alto cuanto el destinatario sabe ya, para dedicarse, en cambio, a contarle algo nuevo. Así, no me ocuparé de la noticia que he tenido acerca de lo mal que pasaste las Pascuas, pues tú mismo eres quien mejor lo sabe.

En cambio, te narraré algo de mi viaje de Pascuas, que emprendí de muy mal humor, pero del cual he vuelto descansado. El viernes por la noche partimos (Alejandro y yo) de la estación del Sur, llegando a Gorizia a las diez de la mañana del sábado. Paseamos a pleno sol entre casas encaladas, vimos árboles cuajados de capullos blancos y pudimos comer naranjas y fruta escarchada.

Al mismo tiempo repasamos nuestra colección de recuerdos: la vista desde el fuerte evoca a Florencia; la fortezza misma, a San Pietro de Verona y a la ciudadela de Nuremberg. Como es natural en tales transiciones, me impresionó mucho la sensación de falta de praderas y de bosques que no lo abandona a uno en suelo italiano.

El Isonzo es un río magnífico. En el viaje pasamos por tres estribaciones de los Alpes Julianos.

El domingo tuvimos que madrugar, para llegar por el tren local de Friaul hasta cerca de Aquileia.

Esta antigua capital es ahora un pequeño estercolero, aunque el museo exhibe todavía un inagotable tesoro de reliquias romanas: lápidas, ánforas, medallones con dioses del anfiteatro, estatuas, bronces y joyería.

Hay varias estatuillas priápicas: una Venus que se aparta indignada del hijo recién nacido cuando le muestran el pene de éste; un Príapo anciano, al que un Sileno cubre las partes pudendas, momento desde el cual se dedicará sólo a la bebida; un ornamento priápico de piedra mostrando en lugar del pene un animal alado, que lleva a su vez un miembro pequeño en el lugar natural y cuyas alas terminan en penes. Príapo representaba la erección permanente, o sea, la realización del deseo como antítesis de la impotencia psíquica.

A las diez, justamente con la marea baja, entró al canal de Aquileia un vaporcito arrastrado por un cómico remolcador que llevaba una soga atada a la panza y fumaba en pipa mientras cumplía su trabajo.

Me hubiese gustado llevármelo como juguete para los chicos, pero no podían pasarse sin él, pues era la única comunicación del balneario de Grado con el resto del mundo.

Un viaje de dos horas y media a través de las más desoladas lagunas nos llevó a Grado, donde, vueltos por fin a las playas del Adriático, pudimos juntar conchas y erizos de mar. La misma tarde retornamos a Aquileia, después de merendar a bordo con nuestras propias provisiones que mojamos con un delicioso vino istriano.

En la catedral de Aquileia justamente se hallaban reunidas para escuchar misa varios centenares de las más hermosas muchachas de Friaul.

El esplendor de la vieja basílica romana era reconfortante en medio de la presente pobreza.

Al regresar vimos un pedazo de una vieja calle romana puesta al descubierto en pleno campo, un borracho contemporáneo estaba echado sobre las antiguas losas del pavimento.

La misma noche llegamos a Divaca, sobre el Carso, donde pernoctamos, para visitar al siguiente y último día, el lunes, las cavernas vecinas.

Por la mañana fuimos a la caverna Rodolfina, a un cuarto de hora de la estación, llena de las más curiosas estalactitas: gigantescas «colas de caballos», tortas piramidales, colmillos que crecían del suelo, cortinas, mazorcas, tapicería, jamones y gallináceas colgando del techo. Lo más notable de todo era nuestro guia, borracho perdido, pero con el pie seguro y el humor vivaz.

Era el propio descubridor de las cavernas, sin duda un genio en decadencia; no dejó de hablar de su muerte, de sus conflictos con los curas y de sus conquistas en estos dominios subterráneos.

Cuando me dijo que ya se había metido en treinta y seis «agujeros» del Carso, lo reconocí como un neurótico, y sus hazañas de conquistador como equivalentes eróticos. Pocos minutos después me lo confirmó, pues al preguntarle Alexander hasta dónde se podía penetrar en las cavernas contestó:

«Es como una virgen: cuanto más se mete uno, tanto más lindo es.»

El hombre sueña con poder ir alguna vez a Viena para visitar los museos en busca de inspiración, a fin de poner nombres a todas sus estalactitas.

Me mostré excesivamente generoso con este «máximo pillastre de Divaca», como él mismo se llama, para ayudarle a beberse la vida con mayor rapidez.

Las cavernas de San Canziano, que visitamos por la tarde, son unas horripilantes maravillas de la Naturaleza: un río subterráneo que corre por gigantescas bóvedas, con cascadas, estalactitas y senderos resbaladizos, apenas protegidos por pasarelas de hierro, todo ello envuelto en las tinieblas: el Tártaro mismo.

Si Dante hubiese visto algo parecido a esto, no habría necesitado forzar la imaginación para concebir su Infierno.

El amo de Viena, el señor doctor Carl Lueger , estuvo junto con nosotros en la cueva, que al cabo de tres horas y media nos arrojó de nuevo a la luz del sol.

El lunes por la noche iniciamos el regreso, y ya al día siguiente el cúmulo de nuevas ideas en mi trabajo me demostró cuánto bien habíale hecho el descanso al aparato…

89. Viena, 01-05-1898

… Te adjunto el capítulo III de los sueños. Creo que te resultará un tanto indigesto, pero estoy tan envuelto en sueños que me tienen idiotizado.

Acabo de escribir la parte de psicología, en la que había quedado atascado, pero no me gusta en absoluto y creo que no la dejaré así.

El capítulo que ahora tienes en las manos está aún muy crudo estilísticamente, y en partes está mal escrito; es decir, el asunto está presentado sin vida.

Será preciso destacar mucho más los pasajes que he dejado en él acerca de los estímulos somáticos del sueño.

Espero, naturalmente, que me hables duro y fuerte al respecto cuando volvamos a encontrarnos. Creo que las conclusiones son correctas. Quisiera sentir actuar sobre mí algún estímulo poderoso, pues, como hace poco oí decir a alguien de sí mismo, soy como una máquina construida para funcionar a diez atmósferas de presión, que ya con dos atmósferas se recalienta.

Este año apenas llegué a sentir cansancio alguno, mientras que otras veces ya estaba sediento de reposo a esta altura del año. No tengo mucho entre manos, y lo poco que tengo me tortura mucho menos. Nunca pude dirigir mi trabajo intelectual, de modo que mis ocios se pierden inútilmente… Te saludo de todo corazón y espero recibir varias noticias tuyas todavía antes de Pentecostés.

90. Viena, 09-06-1898

… La continuación de los sueños apenas se arrastra. (Ida te explicará esta palabra.) Es cierto que ya he llegado a pág. 14, pero sería imposible publicarlo como está y ni creo que me atreva a mostrárselo a nadie. No es más que un crudísimo borrador.

Es que me resulta espantosamente difícil esbozar la nueva psicología, en la medida en que al sueño se refiere, que de por sí será sólo una presentación fragmentaria; además, todas las partes oscuras que hasta ahora había dejado de lado, por simple pereza, exigen ser aclaradas sin más dilaciones. Necesito una inmensa paciencia, un excelente humor y algunas buenas ideas.

Así, por ejemplo, me encuentro atascado ante la relación entre los dos sistemas cogitativos; tendré que decidirme a abordar seriamente la cuestión. Presiento que por un buen rato ya no se podrá hablar conmigo: la tensión de la incertidumbre me coloca en un estado tan miserable de incomodidad que casi lo siento físicamente…

Estoy leyendo a C. F. Meyer con sumo deleite.

En El paje de Gustavo Adolfo encontré dos veces la idea de la acción diferida: en el famoso pasaje del beso durmiente que tú descubriste y en el episodio del jesuita que consigue insinuarse como maestro de la pequeña Cristina.

¡Si hasta te muestran en Innsbruck la capilla en la que se convirtió al catolicismo!

Por lo demás, en cambio, la arbitrariedad de las presunciones en que se basa el nudo del asunto me deja atónito. La semejanza de manos y voces entre el paje y el duque de Lauenburg es harto inverosímil de por sí, y no se hace el menor esfuerzo por fundarla. Próximamente te enviaré un pequeño estudio sobre Die Richterin («La señora juez»).

91. Viena, 20-06-1898

… Esta mañana he regresado de Aussee, donde dejé a mi pobre gente toda helada y resfriada. A pesar de las bellezas de la Naturaleza, no quieren volver a veranear allí. Yo todavía tengo aquí trabajo suficiente hasta fin de mes…

La señora juez.-.

No cabe duda de que se trata de un mecanismo defensivo literario contra el recuerdo que el autor tiene de una relación íntima con su hermana. Lo curioso del caso es que esta defensa se realiza exactamente igual que en una neurosis.

Todos los neuróticos crean la denominada novela familiar (conscienciada en la paranoia), que por un lado sirve a la necesidad de autoencumbramiento, por el otro al rechazo del incesto.

En efecto, si resulta que la hermana no es la hija de la misma madre, uno queda libre de toda culpa. (Lo mismo se consigue convirtiéndose en hijo de otros padres.) Mas ¿adónde recurrir en busca de todo ese material de adulterio, ilegitimidad, etc., necesario para crear estas novelas? Generalmente, al grupo social inferior de las sirvientas.

Estas cosas son tan comunes en esa clase social que el material nunca falta, y es tanto más fácil recurrir a él cuando la propia seductora ha sido una persona de servicio. De ahí que en todos los análisis se oiga contar dos veces la misma historia: una vez, como fantasía referida a la madre, y la segunda vez, como recuerdo real vinculado a una sirvienta.

Esto explica por qué en La señora juez -que a fin de cuentas es la madre- una misma historia haya de aparecer dos veces sin modificación alguna, lo que difícilmente podría considerarse encomiable desde el punto de vista literario.

Al final, el ama y la sierva yacen exánimes lado a lado. La sierva concluye por abandonar la casa, final acostumbrado de todas las historias del servicio doméstico, que en el cuento representa también la expiación de la sirvienta.

Además, esta parte de la novela familiar sirve como venganza contra la severa señora mamá que lo ha sorprendido a uno con la sierva.

En la novela familiar, como en el cuento, es la madre quien es sorprendida, desenmascarada y condenada. La sustracción de la corneta es un motivo de resentimiento genuinamente infantil, y su recuperación, una realización de deseo no menos pueril.

El estado en que queda la hermana, o sea, la anorexia, es evidentemente la consecuencia neurótica de la seducción infantil, con la diferencia de que en el cuento no es atribuida al hermano, sino a la madre.

El veneno corresponde con paranoica exactitud a la anorexia de la histeria, o sea, a la forma de perversión más habitual entre los niños. Hasta el miedo al «golpe» [ataque de apoplejía] aparece en esa historia (el miedo fóbico al «ataque» se refiere a los azotes recibidos en la infancia).

También las riñas, que nunca faltan en un verdadero amor de infancia, están representadas en el cuento por la hermana que es arrojada contra las rocas, pero adoptando aquí la forma antagónica de una manifestación de virtud indignada, porque la pequeña se ha mostrado demasiado insinuante. La figura del maestro aparece en la persona de Alcuino. La figura del padre es evocada en la persona del emperador Carlos, quien representa su remota grandeza, lejana a las actividades infantiles.

En otra encarnación aparece como aquel cuya existencia es envenenada por la madre, como aquel que la novela familiar elimina siempre porque le resulta incómodo al hijo (sueño desiderativo de la muerte del padre). Las riñas entre los padres constituyen la fuente más fértil de las novelas infantiles.

El resentimiento contra la madre se expresa en el cuento por su conversión en una madrastra.

Así, en cada uno de sus rasgos el tema de este cuento es idéntico al de las novelas de venganza y exoneración que mis histéricos componen contra sus madres, cuando se trata de varones.

Con la psicología ocurre algo raro: está casi terminada, pero la escribí como en sueños, y por cierto que no tiene todavía una forma apta para la publicación ni está destinada a la misma, como su estilo lo demuestra.

Estoy muy indeciso al respecto. Todos los temas que la integran proceden de mi labor con las neurosis y no de mi ocupación con los sueños. Antes de las vacaciones ya no terminaré nada definitivo.

El verano no tardará en ponerse muy aburrido. Déjame recibir pronto noticias tuyas y de tu familia…

92. Viena, 07-07-1898

Aquí está. Me resultó muy difícil resolverme a entregarte esas hojas. Nuestra intimidad personal no habría bastado para decidirme, pero nuestra mutua sinceridad intelectual me lo exigía. Todo esto fue anotado tal como el inconsciente me lo dictó, ajustándome a la famosa regla de Itzig, el jinete dominguero: «Itzig, ¿hacia dónde cabalgas?.»

«¡Qué sé yo; pregúntaselo al caballo.» Al comenzar cada párrafo no tenía la menor idea de dónde iría a parar. Desde luego que no está escrito para ojos de lectores; ya en la segunda página renuncié a todo intento de guardar el estilo.

A pesar de todo eso creo, naturalmente en los resultados, pero todavía ni siquiera sospecho de qué manera se ajustará finalmente el contenido.

Estoy viviendo ahora en confortable pereza y comienzo a cosechar algunos de los frutos de mi larga familiaridad con las histerias. Todo se me torna fácil y transparente.

El domingo y el lunes me llamaron a una consulta en la que tuve una visión a distancia de los campos de batalla de Königgrätz. No creo que pueda irme a Aussee; los míos están pasando por fin una buena temporada allí.

Excepcionalmente no tengo ahora ninguna clase de dolores, pero lo malo es que cuando me siento bien no tengo la menor gana de trabajar.

El más hermoso cuento de nuestro autor y el más alejado de las escenas infantiles me parece ser Las bodas del monje, que ilustra maravillosamente cómo en el proceso de la formación de fantasías en años ulteriores la imaginación se proyecta retrospectivamente de una vivencia nueva a una época pasada, de modo que los nuevos personajes forman series con los viejos y se convierten en sus prototipos.

El tema oculto, probablemente, sea el de la venganza insatisfecha y la expiación inexorable, que Dante ha perpetuado hasta la eternidad. Puesto en primer plano, en cambio, como si fuese por una interpretación ligeramente errónea por parte de la consciencia, encuéntrase el tema del desenfreno en que se cae una vez abandonado todo sólido asidero.

Común a ambos temas, al manifiesto como al latente, es sin duda el rasgo de precipitarse de locura en locura, como si La señora juez fuese la reacción a los crímenes infantiles otrora descubiertos, mientras que este cuento sería el eco de los que permanecieron ocultos.

El monje es un hermano, un frate. Es como si lo hubiese fantaseado antes de su propio casamiento, a manera de advertencia:

«Un frate, como yo lo soy, no debería casarse, so pena de que el viejo amor de la infancia se vengue en mi esposa.»

93. Aussee, 20-08-1898

Tus palabras han reanimado en mí los placeres de nuestro viaje. Fue realmente soberbio: la Engadina, compuesta de unos pocos elementos en líneas simples, como si fuese un paisaje posrenacentista; el paso de Maloja e Italia al fondo, con una atmósfera italiana que quizá sólo sea una proyección nuestra. Leprese se nos antojó un lugar de idílico encanto, en parte por la recepción que allí tuvimos y por el contraste que ofrece después de la ascensión desde Tirano.

Este camino, que no es precisamente llano, tuvimos que subirlo en medio de la más espantosa tormenta de polvo, llegando arriba medio muertos.

El aire me puso vivaz y agresivo, a un punto que raramente experimenté antes. Mil seiscientos metros de mayor altura nada pudieron contra la bondad de mi sueño. El sol no nos molestó hasta el último día que pasamos en Maloja.

Entonces comenzó a apretar el calor, aun a esa altura, y nos faltó el coraje para descender a Chiavenna; es decir, a los lagos. Creo que hicimos bien, pues pocos días después, en Innsbruck, ambos tuvimos unos accesos de debilidad casi paralizante.

Desde entonces el calor aumentó todavía más, a un punto que aquí, en nuestro hermoso Obertressen, nos pasamos desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde echados en cualquier cosa, sin atrevernos a dar un solo paso más allá de nuestros reducidos dominios.

Una pequeña estatuilla romana que compré en Innsbruck, Annerl [Anita] la bautizó, no sin propiedad, como «un niño viejo».

Aparentemente sustraído a toda actividad intelectual y apenas capaz de comprender, por ejemplo, tus magníficas explicaciones sobre las perspectivas de supervivencia en la senectud, mi mente se halla casi exclusivamente embargada por la tristeza de que ya haya transcurrido una parte tan considerable de nuestras vacaciones.

Mi viva compasión porque vosotros dos hayáis estado atados a la ciudad todo este tiempo sólo es atenuada por la reflexión de que tú ya has tenido tu viaje anual, y a Ida le aguarda una hermosa compensación.

Si; también he leído muy de prisa a Nansen, a quien mi familia entera adora; Martha, porque los escandinavos (abuela, que ahora está con nosotros, todavía habla el sueco) remozan en ella, evidentemente, un ideal de juventud que no pudo realizar en su vida; Mathilde, que se halla en plena transición de los héroes griegos, que hasta ahora la tenían presa, a los vikingos, y Martín, que, como es habitual en él, ha reaccionado a los tres tomos de aventuras con un poema que no está mal del todo. Los sueños de Nansen me vendrán de perlas, pues son prácticamente transparentes.

Sé por mi propia experiencia que su estado anímico es típico de quien aborda lo desconocido, apelando a la confianza de los demás y que, probablemente por caminos errados, descubre algo nuevo y comprueba que no es tanto como se imaginaba.

A ti, por fortuna, la sólida armonía de tu naturaleza te preserva de tales experiencias…

Mis afectuosos saludos para ti y para tu esposa. Todavía no me resigno a la distancia que nos separa durante los períodos de trabajo y que tan raramente salvamos durante las vacaciones..;

94. Aussee, 26-08-1898

… ¿Me preguntas qué hago aquí’? Pues me aburro un tanto en este Aussee cuyos senderos ya me son harto conocidos. No puedo pasármelas sin trabajo alguno.

Me he impuesto la tarea de tender un puente entre mi germinante metapsicología y la psicología que me ofrecen los libros, de modo que me sumí en el estudio de Lipps, en quien creo ver la mente más serena entre todos los actuales autores filosóficos. Hasta ahora lo comprendo bastante bien y se adapta perfectamente a mis conceptos.

Este es, por supuesto, un período bastante malo para progresar en la aclaración de los problemas.

Mis trabajos sobre la histeria me parecen cada vez más dudosos y de menor valor, como si hubiese pasado por alto algunos factores poderosos; tiemblo ante la perspectiva de reasumir ese trabajo. Por fin llegué a comprender un hecho insignificante que desde hace tiempo sospechaba. Conocerás seguramente el caso de que alguien olvide un nombre y lo sustituya por una parte de otro nombre, cuya exactitud estaría dispuesto a jurar, aunque siempre demuestra ser erróneo.

Eso me ocurrió no hace mucho con el nombre del poeta que compuso el Andreas HoferZu Mantua in Banden… »).

Estaba convencido de que debía ser un nombre que terminara en -au, como Lindau o Feldau.

El poeta se llamaba, naturalmente, Julius Mosen; el «Julius» no había escapado a mi memoria.

Pude demostrar entonces lo siguiente:

  1. que había reprimido el nombre (Mosen) a causa de ciertas conexiones;
  2. que en dicha represión intervenía cierto material infantil,
  3. que los nombres sustitutivos que se me ocurrieron habían surgido, igual que un síntoma, de ambos grupos de materiales.

El análisis quedó completado sin lagunas, pero desgraciadamente es tan poco apto como mi «gran sueño» para darlo a publicidad…

Afectuosos saludos. ¿Cuánto falta todavía para que llegue la pequeña Paulina?…

95. Aussee, 31-08-1898

Hoy al mediodía parto con Martha hacia el Adriático; en el camino nos decidiremos por Ragusa, Grado o algún otro lugar. Una máxima excéntrica en apariencia, pero sabia en el fondo, dice:

«Si quieres llegar a rico, vende tu última camisa».

El secreto de este desosiego mío es la histeria. La inactividad en que aquí me encuentro y la falta de toda novedad fascinante han hecho pesar abrumadoramente todo este asunto sobre mi espíritu.

Mi trabajo se me antoja ahora muy desvalorizado; mi desorientación es completa; el tiempo -otro año entero ha pasado sin ningún adelanto apreciable en los principios básicos del problema- me parece inconmensurable con las demandas que el problema plantea. Para colmo de males, trátase precisamente de aquella labor en cuyo éxito había basado mi existencia burguesa.

Es cierto que cuento con buenos resultados, pero quizá sean sólo indirectos, como si hubiese aplicado la palanca en un ángulo que corresponde, es cierto, a una componente eficaz del plano de clivaje de ese material, pero el plano mismo permanecería desconocido para mí.

Así, me propongo huir de mí mismo para juntar toda la energía y la objetividad posibles, ya que no puedo librarme de ese trabajo.

La psicología avanza mejor. En Lipps he vuelto a encontrar con toda claridad los rasgos fundamentales de mi propia concepción, quizá a un punto algo mayor del que me sería grato.

«¡El buscador suele encontrar más de lo que busca!»

[Lipps considera] la consciencia como un mero órgano sensorial; todo contenido psíquico, como simple representación; todos los procesos psíquicos, como inconscientes.

También en los detalles la concordancia es amplia; quizá surja más tarde la divergencia de la cual arrancará mi propia innovación. Hasta ahora estudié un tercio escaso, quedando atascado en las relaciones tonales, tema que siempre me resultó difícil por carecer de los conocimientos aun más elementales, debido a la atrofia de mi sensibilidad acústica.

La gran novedad del día, el manifiesto del zar, también me ha afectado personalmente. Ya hace años establecí el diagnóstico de que ese joven padece, por fortuna para nosotros, de ideas obsesivas; de que es excesivamente bondadoso e incapaz de «soportar la vista de la sangre», como Koko, el verdugo mayor en El Mikado.

Si me pusieran en contacto con él, dos personas se beneficiarían a un tiempo. Yo iría por un año a Rusia y lo curaría en medida suficiente para evitarle el sufrimiento, pero dejándole lo necesario para impedirle provocar una guerra. Después, tú y yo celebraríamos tres congresos por año, exclusivamente en suelo italiano, y yo trataría a todos mis enfermos gratuitamente.

Por otra parte, creo que también el zar persigue motivos ambiguos y que la faz egoísta de su manifiesto es la intención de dejarse apaciguar en esta conferencia, asegurándose la partición pacífica de China. Lo más extraordinario de ese manifiesto es, por lo demás, su lenguaje revolucionario.

Si se formularan tales apreciaciones sobre el militarismo en el editorial de cualquier órgano democrático de Austria, éste sería confiscado inmediatamente, y en Rusia misma su autor sería confinado a Siberia. Te volveré a escribir durante nuestro viaje, pero entre tanto te envío los más afectuosos saludos, también para Ida, Roberto y la pequeña Paulina

96. Viena, 22-09-1898

Ya era hora de que regresara, pero hace apenas tres días que estoy de vuelta y ya me encuentro totalmente dominado por la atmósfera deprimente de Viena.

Es una calamidad tener que vivir aquí, en esta atmósfera que mata toda esperanza de poder llevar a término una empresa difícil. Bien quisiera que no tuvieras una opinión tan alta de mi maestría y que, en cambio, estuvieras cerca de mí para poder escuchar tus críticas con mayor frecuencia.

No es que tenga el menor desacuerdo contigo ni que me incline en absoluto a mantener lo psicológico flotando en el limbo, sin ninguna base orgánica; sólo que, aparte de la convicción [de que debe existir tal base orgánica], no sé hacia dónde encaminarme, ni en el sentido teórico ni en el terapéutico de modo que debo seguir trabajando como si únicamente estuviera confrontado con lo psicológico. No tengo la menor idea acerca de los motivos que me impiden llegar a un ajuste [de lo psicológico con lo orgánico].

He conseguido explicar más fácilmente todavía un segundo ejemplo de olvido de nombres. No podía recordar el nombre de ese gran artista que pintó el Juicio final de Orvieto, el más grande que he visto hasta ahora.

En su lugar se me ocurrieron «Botticelli» y «Boltraffio», con la certeza de estar equivocado. Finalmente averigué el nombre, que era «Signorelli», y al punto se me ocurrió espontáneamente el nombre de pila –Luca-, lo que demuestra que se trataba sólo de una represión y no de un genuino olvido.

Es evidente por qué se interpuso «Botticelli»: únicamente el signor había sido reprimido; la doble «Bo» en los nombres sustitutivos se explica por el recuerdo que motivó la represión, cuyo tema se desarrolla en Bosnia y comienza con un parlamento:

«Herr [señor, signor], ¡qué le vamos a hacer!»

Había olvidado el nombre de Signorelli durante una corta excursión por Herzegovina, emprendida desde Ragusa en compañía de un abogado berlinés (Freyhau), con quien en el camino conversé sobre pintura.

El tema general de esa conversación -que recuerdo, pues, como elemento represor tras el olvido– era el de la muerte y la sexualidad. La sílaba traffio posiblemente sea un eco de Trafoi, que habíamos visitado en nuestro primer viaje. Pero, ¿a quién le voy a hacer creer todo esto?.

Todavía estoy solo, pero a fines de semana o del mes regresa «toda la casa», que ya estoy extrañando mucho. Una carta de Gattl, que procura mantenerse en contacto conmigo, me urge a viajar a Berlín para ver a un paciente que él habrá de tratar.

He aquí uno de esos asuntos ambiguos que podría aprovechar como excusa para volver a verte y, de paso, conocer a tu nueva hija. Pero me crearía un conflicto con mi conciencia profesional y además sé que no debo provocar a los dioses ni a los hombres con nuevos viajes, sino que habré de aguardar pacientemente aquí, hasta que los corderitos vengan a mí.

Espero tener pronto noticias tuyas acerca de cómo se conduce tu hija y, lo que me interesa particularmente, cómo se porta Roberto con su hermana. Ya me enteré de que la madre está perfectamente…

97. Viena, 27-09-1898

… Sobre el tema de Signorelli hice un pequeño artículo que envié a Ziehen (Wernicke).

En caso de que lo rechacen, pienso adoptar una vieja idea tuya y entregarlo a la Deutsche Rundschau

Todavía no tengo casi nada que hacer: trabajo sólo dos horas por día, en lugar de diez. He comenzado el tratamiento de un nuevo caso, que emprenderé libre de todo prejuicio. Al principio, por supuesto, todo concuerda a las maravillas.

Es un joven de veinticinco años que apenas puede caminar debido a la rigidez de sus piernas, calambres, temblores, etc.

Estoy a salvo del diagnóstico erróneo, gracias a la angustia que presenta y que lo hace aferrarse a las polleras de la madre como si fuese la criatura que en él se oculta. La muerte de la hermana y del padre, en plena psicosis, fueron los motivos desencadenantes de esta condición que viene fluctuando desde los catorce años.

Se siente avergonzado ante cualquier persona que lo vea caminar así y cree que su reacción es natural.

Su modelo es un tío tabético, con el que ya se identificaba cuando era un muchacho de trece años, en virtud de la etiología corrientemente aceptada (vida disoluta). De paso sea dicho, es un sujeto fuerte como un caballo.

Te ruego tener en cuenta que la vergüenza es un mero apéndice anexo a los síntomas y que debe responder a otras motivaciones.

El propio paciente se dice que el tío no se avergonzaba en lo mínimo de su manera de caminar. La conexión entre la vergüenza y la marcha era correcta años atrás, cuando tuvo una blenorragia que se evidenciaba, naturalmente, en la locomoción, y aun varios años antes, cuando sus constantes (e inútiles) erecciones le molestaban al caminar.

Además, hay un motivo más profundo de la vergüenza. Me contó que el año pasado, cuando vivía con su familia junto al río Viena, en el campo, el Danubio comenzó a crecer de pronto y tuvo un miedo pánico de que el agua se le metiera en la cama; es decir, que su habitación fuese inundada y que, para colmo de males, ello ocurriera durante la noche. Te señalo el doble sentido de su manera de expresarse (metérsele el agua en la cama); yo sabía que había sido un enurético en su infancia.

A los cinco minutos me cuenta espontáneamente que, estando ya en la escuela, todavía seguía mojando continuamente la cama y que su madre lo había amenazado con ir a la escuela para contárselo todo al maestro y a los compañeros.

Esto le provocó un miedo terrible. A eso corresponde, pues, la vergüenza. Toda su historia juvenil culmina, por un lado, en los síntomas de la pierna, y por el otro, desencadena el afecto que le corresponde; luego, ambos quedan soldados entre sí para la percepción interna. Toda la historia infantil olvidada debe ser intercalada en este texto.

Ahora bien: todo niño que se orine regularmente en la cama hasta los siete años (sin ser epiléptico, etc.), debe de haber experimentado excitaciones sexuales en su más temprana infancia. ¿Habrán sido éstas espontáneas o provocadas por seducción?

He aquí la cuestión que también nos permitirá establecer la determinación más precisa, como, por ejemplo, la localización en las piernas. Ya ves que, en última instancia, bien podría decir de mí mismo:

«Es cierto que soy más listo que todos esos presumidos», etc., pero desgraciadamente no puedo eludir tampoco la triste continuación: «… y llevo a mi gente de las narices y advierto que nada podemos llegar a saber». ¿Que quién es Lipps? Es un profesor de Munich que en su propia jerga ha dicho precisamente lo que yo lucubré sólo, sobre la consciencia, la cualidad, etc.

Estuve estudiando sus HECHOS FUNDAMENTALES DE LA VIDA ANÍMICA [Lipps, 1883] hasta que nos fuimos de viaje, y ahora debo retomar el hilo de esa cuestión.

En los próximos días espero a los niños de regreso de Aussee…

98. Viena, 09-10-1898

… Mis estados de ánimo, mis facultades críticas, mis reflexiones, en suma todas mis actividades mentales accesorias, han quedado enterradas bajo una avalancha de pacientes que hace una semana se me vino encima.

No estando preparado para todo esto y un poco malcriado por las vacaciones, en un primer momento me sentí como apaleado, pero ya me repuse, aunque no me queda la menor energía para ninguna otra cosa. Tengo todas mis fuerzas concentradas en la labor con mis pacientes.

Después de dos breves visitas a domicilio comienzo mis tratamientos a las nueve, prosiguiéndolos sin interrupción hasta la una y media; luego viene una pausa de tres a cinco, para atender el consultorio, que está vacío unos días y otros repleto; de cinco a nueve, más tratamientos.

Cuento, sin lugar a dudas, con un nuevo caso más, con el cual alcanzaré de diez a once sesiones diarias de psicoterapia. Naturalmente, por la noche quedo mudo y medio muerto. Los domingos, empero, los tengo casi libres. Doy vueltas y desplazo las cosas en mi mente; las pruebo y las modifico aquí y allá, y no carezco, en absoluto, de alguna nueva pista.

En caso de que me tope con algo, no tardarás en enterarte. La mitad de mis actuales pacientes son hombres de todas las edades, desde los catorce hasta los cuarenta y cinco años… Leonardo, de quien no se conoce ningún enredo amoroso, fue quizá el más famoso de los zurdos. ¿Puedes aprovecharlo?

99. Viena, 23-10-1898

Quiero que esta carta llegue a tus manos precisamente en esta fecha, la más importante de todas para ti, transmitiéndote a través de la distancia que nos separa los más fervientes deseos de felicidad, en mi nombre y en el de los míos.

Por su índole misma, aunque no según el abuso que los humanos hacen de ellos, esos deseos conciernen al futuro, más precisamente a la conservación y al acrecentamiento de tus bienes actuales, así como a la adquisición de otros nuevos tanto en prole como en ciencia; por fin, a que te sea evitado el mínimo vestigio de sufrimiento y enfermedad, salvo el estrictamente necesario al ser humano para la adaptación de sus fuerzas y para gozar de lo bueno merced a su comparación con lo malo.

Supongo que estarás pasando por esos tiempos buenos de los que tan poco puede uno decir.

Otro tanto me ocurriría a mí si no fuese porque la última epidemia de influenza me ha rozado con una infección que socavó mi estado de ánimo, dificultó mi respiración nasal y probablemente me haga sentir todavía alguna que otra repercusión.

Martha se encuentra espléndidamente y Mathilde se adaptó a la escuela, gozando de ella mucho más de lo que habíamos esperado.

Mis fuerzas ya no se resienten para nada con el trabajo de las nueve a las nueve, al punto que, cuando alguna vez me queda una hora libre, siento casi el malestar del ocio.

Además, vuelvo a tener la tenue esperanza de que este año lograré encontrar el camino que habrá de conducirme de mis graves errores hacia la verdad. Con todo, las tinieblas no se han disipado todavía, y no quisiera hablar de ello para no explayarme por completo aún, antes de nuestra reunión, con la que cuento desde hace tiempo.

Por otra parte, tampoco puedo concentrarme lo suficiente como para hacer otra cosa sino estudiar la topografía de Roma, pues el anhelo de ese viaje me atormenta cada vez más. Los sueños yacen en total reposo; me falta el incentivo de preparar el libro para su publicación, y la brecha que quedó en la psicología, así como aquella otra que dejó el ejemplo analizado a fondo, son sendos obstáculos a todo intento de conclusión, que hasta ahora no he logrado superar. Por lo demás, estoy totalmente aislado y hasta he renunciado a dictar clases este año, para no tener que hablar de cosas que todavía no he llegado a comprender…

Una cosa he aprendido, empero, una cosa que hace de mí un anciano.

Si la comprobación de esos pocos puntos imprescindibles para la explicación de las neurosis me ha exigido tantos esfuerzos, tanto tiempo y tantos errores, ¿cómo puedo esperar que alcanzaré jamás una comprensión de la totalidad del suceder psíquico, como lo esperaba otrora con orgullo?

Teniendo esto en cuenta, recibí con triste y envidiosa sonrisa el primer tomo de la Allgemeine Biologie [«Biología general»], de Kassowitz, que me fue remitido. No lo compres: te enviaré mi ejemplar.

100. 05-12-1898

… La literatura (sobre los sueños) que estoy leyendo me tiene reducido a un estado de absoluta imbecilidad. Leer es el terrible castigo impuesto a todo el que pretende escribir.

Le sustrae a uno todo lo propio, al punto que a menudo ya ni recuerdo qué hay de nuevo en lo que me propongo exponer, aunque todo ello sea nuevo.

La lectura se extiende interminablemente y hasta ahora no alcanzo a ver su fin. Pero basta de eso. He conmemorado la redención de nuestro querido C. F. Meyer adquiriendo los volúmenes que me faltaban: Hutten, Pescara, El santo. Creo que mi entusiasmo por él es ahora igual al tuyo.

Me fue difícil arrancarme a la lectura de Pescara. Quisiera saber algo de su vida y del orden en que escribió sus obras, pues lo considero imprescindible para la interpretación.

Me alegro mucho de que estés nuevamente bien y de que te dediques a forjar planes como yo hago «programas». Los dolores se olvidan pronto. ¡Hasta la vista, pues, en nuestra próxima reunión! Entre tanto, cambiaremos algunas cartas y probablemente aún recibas en Berlín unas insignificantes separatas mías…

101. Viena, 03-01-1899

… Ante todo, he tenido que abrirme paso laboriosamente a través de un pequeño trecho de autoanálisis, en cuyo curso pude confirmar que las fantasías son productos de períodos relativamente avanzados, que desde ese presente se proyectan retrospectivamente hasta la primera infancia; además, comprobé la vía por la cual se lleva a cabo esa proyección: trátase, nuevamente de una asociación verbal.

La respuesta a la pregunta de lo que ocurrió en la primera infancia es nada; pero había allí un germen de impulsos sexuales. Todo este asunto sería fácil e interesante de contar, pero por escrito me tomaría muchas páginas, de modo que lo dejaré para nuestro próximo congreso de Pascua, junto con otras revelaciones acerca de mi historia juvenil.

También he llegado a captar un nuevo factor psíquico al que reconozco vigencia general y que concibo como una etapa previa del síntoma (anterior aun a la fantasía).

4-1.

Ayer me interrumpió el cansancio y hoy ya no puedo seguir escribiendo en el mismo sentido, pues el asunto se ha ampliado. Hay algo en todo eso, algo que sólo comienza a asomar.

Estoy seguro de que en los días próximos tendré mucho que agregar. Te escribiré entonces, una vez que se haya aclarado.

Sólo quiero revelarte ahora que el esquema del sueño es susceptible de la más general aplicación, que en el sueño realmente reside la clave de la histeria, entre otras cosas.

Ahora también comprendo por qué no me fue posible concluir el libro de los sueños, a pesar de todos mis esfuerzos.

Si espero un poco más podré describir el proceso psíquico del sueño de manera tal que incluya el proceso de la formación de síntomas en la histeria.

Esperemos, pues.

Algo muy satisfactorio que ya quise escribirte ayer es un envío que recibí de Gibraltar, nada menos que de Mr. Havelock Ellis, un autor que se ha ocupado del tema sexual y evidentemente un hombre muy inteligente, pues su trabajo publicado en Alienist and Neurologist (octubre de 1898), sobre la relación entre la histeria y la vida sexual, comienza con Platón y termina con Freud concediéndole a éste gran parte de razón y comentando con suma comprensión sus estudios sobre la histeria y otros trabajos posteriores…

Es cierto que al final vuelve a retirar buena parte de sus alabanzas, pero algo queda y la buena impresión no es del todo malograda…

Ahora atiéndeme un poco. Yo me paso la vida abatido y envuelto en las tinieblas hasta que llegas tú, y entonces me desato en improperios contra mí mismo, enciendo mi parpadeante llama en tu serena luz, vuelvo a sentirme bien y después de tu partida he recuperado los ojos para ver, y lo que veo está bien y es hermoso.

¿Acaso se trata sólo del término que aún faltaba para completar un período o las múltiples influencias psíquicas que actúan sobre el sujeto que aguarda el fin de un período pueden completarlo con los numerosos días aún disponibles para los más diversos propósitos? ¿No habremos de dejar abierta esta posibilidad, de modo que el factor del tiempo no excluya toda consideración del aspecto dinámico?…

102. Viena, 16-01-1899

… si no me sintiese tan reacio a escribir después de haber hablado durante diez horas -como podrás advertirlo a través de mi irregular escritura- podría redactarte una breve monografía sobre los pequeños progresos de mi teoría del deseo, pues la luz no ha vuelto a apagarse desde el 3, ni se ha extinguido la certeza de tener entre manos un elemento de importancia decisiva.

Pero quizá sea mejor que siga ahorrando y coleccionando para que en el congreso de Pascua no vuelva a presentarme ante ti como un pobre pordiosero, sin nada que ofrecerte, salvo promesas para el futuro. También se han resuelto algunas otras cosas de menor importancia, como, por ejemplo, el que las cefaleas histéricas reposan en una comparación fantástica que equipara el extremo cefálico del cuerpo con el opuesto.

En efecto, hay pelos en uno como en el otro, hay mejillas y nalgas, labios y labios [vulvares], boca = vagina; así, el ataque de hemicránea puede ser usado para representar una desfloración forzada, de modo que ese trastorno vuelve a convertirse en una situación de realización de deseo.

El condicionamiento sexual se traduce cada vez más agudamente. Una enferma a la que pude curar mediante esta clave de la fantasía se veía continuamente precipitada en la desesperación, con la melancólica convicción de no servir para nada, de no poder realizar cosa alguna, etc. Yo siempre creí que en su más temprana infancia habría sido testigo de estados similares de la madre, de una verdadera melancolía, lo que habría concordado con mi teoría anterior; pero no pude confirmarlo en el curso de dos años.

Ahora resulta que a los catorce años descubrió en sí misma una atresia del himen, desesperando de ser una mujer cabal, etc. He aquí la melancolía como miedo a la impotencia. Otros estados similares, en los cuales no puede resolverse a elegir un sombrero o un vestido, proceden de los conflictos que tuvo cuando se vio enfrentada con la elección de un marido.

Otra paciente me convenció de que realmente existe una melancolía histérica y cuáles son sus características, permitiéndome al mismo tiempo anotar las múltiples y variadas traducciones de un mismo recuerdo y obtener una primera noción de cómo se origina la melancolía por la sumación. Por otra parte, esta enferma es completamente anestésica, en un todo de acuerdo con una idea que data de mis primeros estudios sobre las neurosis.

Acerca de un tercer caso he oído de la siguiente e interesante relación: un caballero importante y muy acaudalado (director de banco), de unos sesenta años, viene a consultarme respecto de las rarezas de una muchacha que es su amante.

Me aventuro a expresarle que quizá sea completamente anestésica, respondiéndome que, por el contrario, tiene de cuatro a seis orgasmos durante un solo coito. Pero ya al acercársele él es presa de temblores, e inmediatamente después del coito cae en un sopor patológico, durante el cual habla como si estuviera en hipnosis; también ejecuta sugestiones posthipnóticas y luego queda con una amnesia total del episodio.

El la casará, y seguramente será anestésica con su marido. Es evidente que el viejo la domina a través de la posible identificación con el poderoso padre de la infancia, permitiéndole liberar así la libido adherida a las fantasías. ¡Muy instructivo!… Por fin, madre e hijos están todos nuevamente bien.

Anita se despertó una mañana curada de pronto, y desde entonces se porta con deliciosa insolencia. Espero que sigas bien y te ruego que saludes afectuosamente a tu esposa e hijos y que me hagas llegar prontas noticias…

Notas III. Impulsos

FreudLos impulsos hostiles contra los padres (el deseo de que mueran) constituyen también elementos integrantes de las neurosis.

Salen a luz conscientemente en la forma de ideas obsesivas; en la paranoia les corresponden los peores delirios persecutorios (desconfianza patológica del gobernante o del monarca).

Estos impulsos son reprimidos en aquellas ocasiones que reaniman la compasión por los padres, como su enfermedad o su muerte.

Una de las manifestaciones del duelo consiste entonces en autoacusarse de su muerte (lo que denominamos «melancolía») o en castigarse de manera histérica, afectándose con los mismos estados que ellos sufrían, de acuerdo con el principio de la expiación.

La identificación que tiene lugar en dicho proceso no es, como se advierte, sino un modo de pensamiento, y no nos exime de la necesidad de buscar la motivación.

Parecería que este deseo de muerte se dirige en los hijos contra el padre y en las hijas contra la madre. Una sirvienta somete este deseo a la transferencia y, consiguientemente, desea la muerte de la patrona para que su amo pueda casar con ella. (Observación: el sueño de Lisel, en relación con Martha y conmigo.)

Relación entre impulsos y fantasías

Los recuerdos parecen bifurcarse: en parte son desplazados y sustituidos por fantasías; en parte, los más accesibles parecen conducir directamente a impulsos. ¿Será posible que también más tarde los impulsos se originen directamente de fantasías? Similarmente, también la neurosis obsesiva y la paranoia surgirían de la histeria, lo que explicaría la incompatibilidad de estos dos trastornos [véase el Manuscrito K].

Trasposición de la creencia

Creer (y dudar) es un fenómeno que pertenece por entero al sistema del yo (cs) y que no tiene ninguna contrapartida en el ics.

En las neurosis, la creencia es desplazada, le es negada al material reprimido cuando éste irrumpe a la reproducción, y -como si fuera a manera de castigo- es desplazada al material defensivo.

Así, Titania, que rehúsa amar a su legítimo marido, Oberón, se ve obligada, en cambio, a dar su amor a Bottom, el asno de su fantasía.

Poesía y «fine frenzy»

El mecanismo de la creación literaria es el mismo que el de las fantasías histéricas. Goethe, en su Werther, combinó algo que había experimentado (su amor por Lotte Kästner) con algo que había oído (el destino del joven Jerusalem, que se había suicidado).

Probablemente haya jugado con la idea de matarse, y encontró en ella un punto de contacto para su identificación con Jerusalén al que dota de sus propios motivos derivados de su enamoramiento. Por medio de esta fantasía se protege a sí mismo contra las consecuencias de su vivencia.

Así, Shakespeare tuvo razón cuando equiparó la poesía a la locura (el «sublime frenesí»).

Motivos para la formación de síntomas

Recordar no es nunca un motivo, sino sólo un método, un modo.

El primer móvil, cronológicamente, para la formación de síntomas, es la libido.

El síntoma es, pues, una realización de deseo, tal como lo es el sueño.

En los estadios ulteriores la defensa contra la libido sienta plaza también en el ics., y la realización del deseo habrá de ajustarse asimismo a esta defensa inconsciente. Puede hacerlo a la perfección si el síntoma es susceptible de actuar como castigo (por impulsos malvados) o como autoinhibición, por desconfianza.

En tal caso se sumarán las motivaciones de la libido con las de la realización del deseo en calidad de castigo.

En todo esto es inconfundible la tendencia general a la abreacción, a la irrupción de lo reprimido; una tendencia a la cual se superponen las otras dos motivaciones. Parecería como si en las fases más avanzadas surgieran, por un lado, estructuras complicadas (impulsos, fantasías, motivaciones) por desplazamientos a partir de los recuerdos, y por el otro, la defensa irrumpiera desde el preconsciente (del yo) hacia el inconsciente, de modo que también la defensa se tornaría multilocular.

La formación de síntomas por identificación depende de las fantasías, es decir, de su represión en el ics., siendo análoga a la modificación del yo en la paranoia. Dado que el desencadenamiento de la angustia está ligado a estas fantasías reprimidas, debemos concluir que la transformación de la libido en angustia no tiene lugar por la defensa entre el yo y el ics., sino en el propio ics. Por consiguiente, también debe existir libido ics. La represión de impulsos no parece generar angustia, sino distimia, quizá melancolía.

Así, las melancolías se adaptan al modelo de la neurosis obsesiva.

Definición de la «santidad»

La «santidad» se funda en que el ser humano sacrifica, en aras de la más amplia comunidad humana, una parte de su libertad de incurrir en perversiones sexuales.

El horror al incesto (como algo impío) se basa en el hecho de que, a consecuencia de la vida sexual en común (aun en la infancia), los miembros de la familia se mantienen permanentemente unidos y pierden su capacidad de entablar contacto con extraños.

Así, el incesto es antisocial, y la cultura consiste en la progresiva renuncia al mismo. Lo opuesto es el «superhombre».

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65. Martes, 12-06-1897

Tu carta me ha divertido mucho, en particular tus comentarios sobre mi flamante título.

Espero que en nuestro próximo congreso me titules Herr Professor. Tengo el propósito de ser un caballero como todos los otros caballeros. La verdad es que andamos de la mano en nuestros padecimientos, pero no en nuestras obras. Nunca imaginé nada semejante a este período de parálisis intelectual que estoy pasando.

Cada línea que escribo me significa una tortura. Tú, en cambio, vuelves a estar en pleno florecimiento; pero por más que abro de par en par todas las puertas de mis sentidos, no comprendo nada; en todo caso, espero con ansias nuestro próximo congreso.

Supongo que será en Aussee y en agosto…

En Aussee conozco un bosque maravilloso, lleno de helechos y de hongos, en el que habrás de revelarme los secretos del mundo de los animales inferiores y de los niños.

Nunca me he sentido tan atónico y embobado ante tus comunicaciones, pero espero que seré el primero en oírlas y que, en lugar de un breve artículo, nos obsequiarás dentro de un año con un pequeño libro que resuelva todos los secretos orgánicos, reduciéndolos a períodos de 28 y de 23. Tu comentario sobre la desaparición temporaria de los períodos y sobre su reaparición en un plano más superficial me ha impresionado con toda la fuerza de una intuición correcta.

Es que lo mismo me ha ocurrido a mí.

A propósito: he pasado por una especie de experiencia neurótica, con curiosos estados de ánimo, inaccesibles a la consciencia: pensamientos crepusculares, dudas veladas, apenas aquí y allá un rayo de luz…

Tanto más me alegro al enterarme de que tú están entregado nuevamente al trabajo. Creo que lo compartimos todo como esos dos schnorrer, uno de los cuales comienza por adjudicarse a sí mismo la provincia de Posnania: tú tomas lo biológico, a mí me dejas lo psíquico. Te confesaré que en el último tiempo me dediqué a reunir una buena colección de cuentos judíos, plenos de hondo significado. Ya durante el verano tuve que aceptar dos casos nuevos que progresan bastante bien.

El último es el de una muchacha de diecinueve años, con ideas obsesivas casi puras, que me tiene muy intrigado. De acuerdo con mi hipótesis, las ideas obsesivas datan de una edad psíquica más bien adelantada, o sea, que de primera intención no incriminarían al padre -que tiende a respetar tanto más a la niña cuanto mayor sea en edad-, sino a sus hermanos, sólo poco mayores que ella y a cuyos ojos la niña todavía no ha llegado a convertirse en mujercita.

Ahora bien: el buen Dios tuvo la amabilidad de dejar que el padre de esta niña muriese antes de que ella alcanzara los once meses de edad, mientras que dos hermanos, uno de los cuales contaba tres años más que mi paciente, se suicidaron. Por lo demás, me siento muy estúpido y me encomiendo a tu indulgencia. Creo estar encerrado en un capullo; sabe Dios qué clase de bestia saldrá de él.

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66. Viena, 07-07-1897

Sé que por el momento soy un corresponsal harto inútil y que no tengo derecho alguno a reclamar consideraciones, pero no siempre fue así ni espero que siga así.

Todavía no sé qué me ha pasado: algo surgido del más profundo abismo de mi propia neurosis se opone a todo progreso mío en la comprensión de las neurosis, y de alguna manera tú estás envuelto en ello.

En efecto, la inhibición de escribir me parece destinada a impedir nuestras relaciones. No puedo demostrarlo, pero siento que es así de alguna incierta manera. ¿No habrá actuado algo semejante también en ti?

Desde hace algunos días paréceme que se anuncia vagamente la salida de estas tinieblas: advierto que entre tanto hice algunos progresos en mi labor y que de vez en cuando vuelven a ocurrírseme ciertas ideas. No cabe duda que los calores y el exceso de trabajo han influido en parte en todo esto.

Así, por ejemplo, advierto que el rechazo de los recuerdos no impide que de ellos surjan formaciones psíquicas superiores que pueden persistir durante un tiempo para ser luego a su vez víctimas de la defensa, pero ésta es de índole altamente específica, igual que en el sueño, el que, por otra parte, contiene en quintaesencia toda la psicología de las neurosis.

El resultado de dicho proceso lo constituyen las deformaciones de la memoria y las fantasías, estas últimas proyectadas al pasado o al futuro.

Estoy empezando a conocer aproximadamente las reglas que gobiernan la formación de estas estructuras y las razones por las cuales llegan a ser más fuertes que los recuerdos mismos, de modo que he podido agregar muchos elementos nuevos a la caracterización de los procesos del ics.

Junto con dichas formaciones surgen impulsos perversos, y la represión de estas fantasías e impulsos, que más tarde se tornará inevitable, dará lugar a las determinaciones superiores de los síntomas, engendrados ya por los recuerdos, así como a nuevos motivos para aferrarse a la enfermedad.

He llegado a conocer algunas composiciones típicas de estas fantasías y de estos impulsos, así como ciertas condiciones típicas en las cuales entra en juego la represión contra los mismos. Claro está que mi conocimiento aún no es completo.

En lo que a la técnica se refiere, comienzo a preferir un método determinado como el más natural.

El punto más firme me parece ser la explicación de los sueños; a su alrededor yace una multitud de enigmas flagrantes. Todo lo organológico te espera a ti: conmigo no he podido hacer progreso alguno. Un sueño interesante es aquel en el cual uno se pasea entre gente extraña, desnudo a medias o completamente, presa de vergüenza y de angustia. Lo curioso del caso es que por regla general la gente no parece advertir que uno está desnudo, cosa que sin duda debemos agradecer a la realización del deseo.

Este material onírico, que arranca de la exhibición en la infancia, ha sido erróneamente interpretado y elaborado con fines didácticos en un cuento muy conocido:

«Talismán -Las falsas ropas del rey».

De análoga manera, el yo suele interpretar erróneamente todos los demás sueños. Lo que más me interesa ahora con respecto al próximo veraneo es establecer cuándo y dónde nos encontraremos, pues doy por cierto que habremos de encontrarnos.

El doctor Gattl se apega cada vez más a mí y a mis teorías…

Espero que te caiga bien y que te sirva de algo cuando vaya a Berlín. En Aussee todo marcha a las mil maravillas.

Estoy ansioso de recibir noticias tuyas.

67. Aussee, 14-08-1897

Tengo que seguir recordándome sin cesar a mí mismo que con mi cancelación de ayer cometí una buena acción, pues de lo contrario lo lamentaría demasiado. Creo, sin embargo, haber estado en lo cierto… Nada has perdido esta vez con lo que yo habría podido contarte.

Todo fermenta en mí, pero nada está acabado; me siento muy contento con la psicología, torturado por graves dudas acerca de las neurosis, muy perezoso en el pensar, y desde que me encuentro aquí no he conseguido dominar la turbulencia de mi mente y de mis sentimientos.

Supongo que únicamente Italia podría remediarlo. Después de haber pasado aquí unos días muy alegres, estoy gozando ahora del peor de los humores.

El principal paciente que me ocupa soy yo mismo.

Mi pequeña histeria, que se había intensificado mucho por el trabajo, ha vuelto a ceder un poco más, pero otras cosas todavía se mantienen firmes. De ello depende en primer término mi estado de ánimo.

Este análisis es más difícil que ningún otro y es también el que me priva de la energía psíquica necesaria para anotar y comunicar cuanto he aprendido hasta ahora. Sin embargo, creo que debo proseguirlo y que será una etapa inevitable de mi labor.

Afectuosos saludos para ustedes dos, y espero que después de esta pasajera defraudación me permitan alimentar en breve plazo una nueva esperanza de reunirnos.

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68. Aussee, 18-08-1897

… Advierto que últimamente estuve descuidando bastante nuestra correspondencia, dado lo inminente de nuestra reunión.

Ahora que ya no dependo más de esta expectativa, quiero retornar a nuestra vieja técnica de intercambiar ideas, injustamente desdeñada. Además, mi escritura ha vuelto a ser más humana, signo de que la fatiga desaparece poco a poco. En cuanto a tu letra, advierto con placer que es inalterable.

Martha

espera el viaje con suma alegría, aunque las diarias noticias sobre accidentes de ferrocarril no parecen destinadas precisamente a entusiasmar a un par de padres de familia. Ríete si quieres, y con justa razón, pero debo confesarte nuevas ansiedades mías, ansiedades que van y vienen, pero que entre tanto persisten durante medio día cada vez. Hace media hora superé el miedo al próximo accidente de ferrocarril, pensando que también Wilhelm e Ida [Fliess] están de viaje.

Así terminó esa locura; pero quiero que todo esto quede estrictamente entre nosotros… Esta vez espero ahondar algo más profundamente en el arte italiano. Intuyo tu punto de vista: tú no persigues, como yo, el interés histórico cultural sino la belleza absoluta en la armonía entre la idea y su configuración plástica y en el goce elemental de las sensaciones de espacio y de color.

En Nuremberg yo estaba todavía muy lejos de esa manera de ver.

A propósito, ¿ya te dije que hemos renunciado a visitar Nápoles y que nuestro viaje abreviado será por San Gimignano, Siena, Perugia, Asís, Ancona, o sea, por Toscana y Umbría? Espero tener muy pronto noticias tuyas, aunque sólo sean pocas líneas. Por ahora puedes escribirme aquí, y luego, del 25 al 1-9, a Venecia, Casa Kirsch. Con mis más cordiales deseos para unas tranquilas vacaciones de verano, tuyo…

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69. Viena, 21-09-1897

Aquí me tienes de regreso desde ayer por la mañana; remozado, contento, empobrecido y, por el momento, desocupado, escribiéndote apenas hemos terminado de instalarnos. Permíteme que te confíe sin más dilaciones el gran secreto que en el curso de los últimos meses se me ha revelado paulatinamente: ya no creo en mis neuróticos.

Es difícil que puedas comprenderlo sin previa explicación, pues tú mismo has dado crédito a cuanto yo tuve oportunidad de contarte.

Así, comenzaré históricamente, señalándote de dónde surgieron los motivos de mi actual incredulidad.

El primer grupo lo forman los continuos desengaños en mis intentos de llevar mis análisis a una verdadera conclusión; las deserciones, precisamente entre aquellos pacientes que por un tiempo parecían ser los más favorables; la falta de los éxitos completos que tenía motivos para esperar; la imposibilidad de explicarme los resultados parciales, atribuyéndolos a otras razones que las ya harto conocidas.

En segundo lugar, la asombrosa circunstancia de que todos los casos obligaban a atribuir actos perversos al padre…, y la comprobación de la inesperada frecuencia de la histeria, en la que siempre se cumple dicha condición, siendo en realidad poco probable que los actos perversos cometidos contra niños posean semejante carácter general.

(Más aún: la perversión tendría que ser infinitamente más frecuente que la histeria, dado que la enfermedad sólo puede producirse cuando los sucesos [las experiencias traumáticas] se acumulan y cuando se agrega un factor que debilita la defensa.)

En tercer término, la innegable comprobación de que en el inconsciente no existe un «signo de realidad», de modo que es imposible distinguir la verdad frente a una ficción afectivamente cargada. (Queda abierta así la posible explicación de que la fantasía sexual adopte invariablemente el tema de los padres).

Cuarto, la consideración de que ni aun en la psicosis de más profundo alcance llega a irrumpir el recuerdo inconsciente, de modo que el secreto de las vivencias infantiles no se traduce ni en el más confuso estado delirante.

Si advertimos así que el inconsciente nunca puede llegar a superar la resistencia de la consciencia habremos de abandonar la esperanza de que en el tratamiento pueda producirse el proceso inverso, hasta llegar a la completa dominación del inconsciente por lo consciente. Influido a tal punto por estas consideraciones, me sentí dispuesto a abandonar dos cosas: la posibilidad de resolver totalmente una neurosis y la de establecer con certeza su etiología en la infancia.

Ahora ya no sé a qué atenerme, pues no he logrado alcanzar la comprensión teórica de la represión y de su juego de fuerzas. Vuelvo a dudar de que sólo las vivencias ulteriores puedan suscitar fantasías retrotraídas a la infancia, y con ello reconquista sus dominios el factor de la disposición hereditaria, que yo me había propuesto desterrar, precisamente en interés de una plena explicación de las neurosis.

Si yo me sintiera deprimido, confuso y agotado, tales dudas bien podrían interpretarse como signos de debilidad; pero como me encuentro justamente en el estado contrario, debo admitirlas como resultado de un trabajo intelectual sincero y enérgico, pudiendo sentirme orgulloso de ser todavía capaz de ejercer semejante autocrítica después de haber profundizado mi tema a tal punto.

¿Serán, por lo tanto, estas dudas sólo un episodio en mi progreso hacia nuevos conocimientos?

También es curioso que no me sienta avergonzado en lo mínimo, aunque bien sé que tendría motivos de sentirme así. Por cierto que «no lo proclamaré en Dan ni hablaré de ello en Ascalon, en tierras de los filisteos»; pero, internos, en realidad tengo más bien la sensación de un triunfo que de una derrota (por incorrecto que ello parezca). ¡Cuán afortunado que tu carta llegue precisamente en este momento! Me ofrece la oportunidad de adelantar una sugerencia con la que me proponía concluir mi carta.

Si durante este período de escaso trabajo me escapase un sábado por la noche a la estación del Noroeste, podría estar contigo el domingo al mediodía y emprender el regreso a la noche siguiente. ¿Te sería posible dedicar entonces todo el día a un idilio de dos, interrumpido por uno de tres o de tres medio?

Eso es lo que quería preguntarte. ¿O por ventura tienes visitas u otra cosa urgente que hacer? Si yo tuviese que regresar la misma noche, el viaje casi ni merecería la pena, de modo que podríamos convenir todo esto también para el caso de que yo partiera de aquí el viernes por la noche, quedándome con ustedes durante un día y medio; naturalmente que todo se refiere a esta misma semana.

Prosigo ahora con mi carta. Quiero variar las palabras de Hamlet: To be in readiness:

«Todo es estar contento».

Por cierto que podría sentirme muy desanimado: ¡era tan hermosa la perspectiva de eterna fama y de seguro bienestar, la plena independencia, viajar, ahorrarles a mis hijos las graves preocupaciones que malograron mi propia juventud!… Todo eso dependía de que la histeria quedase resuelta.

Ahora tengo que acostumbrarme de nuevo a callar y a ser humilde, a preocuparme y a ahorrar, y al decir esto me acuerdo de uno de esos cuentecitos que tengo en mi colección:

«¡Quítate ese vestido, Rebeca, que la boda terminó!… »

Algo tengo, empero, que agregar.

En este derrumbe general de todos los valores, sólo la psicología ha quedado intacta. Los sueños siguen sólidamente afianzados, y mis primeros intentos de investigación metapsicológica han aumentado de valor a mis ojos. Lástima que no se pueda vivir, por ejemplo, interpretando sueños.

Martha

se ha vuelto a Viena conmigo, pero Minna y los chicos se quedaron una semana más. Todos lo han pasado maravillosamente…

Espero oír muy pronto, de ti en persona -supuesto que tu contestación sea afirmativa-, cómo están ustedes y qué otras cosas han venido sucediendo entre cielo y tierra.

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70. Viena, 03-10-1897

Mi visita ha tenido la ventaja de que puedas seguir informándome acerca de todos los detalles de ese trabajo tuyo, ahora que ya lo conozco a grandes rasgos. No esperes que te dé respuesta a todo, y en el caso de algunas, espero que tendrás en cuenta mi propia falta de competencia y seguridad en los temas que te ocupan.

Exteriormente visto, muy poco es lo que me ocurre, pero lo íntimo es tanto más interesante.

Mi autoanálisis, que considero imprescindible para aclarar todo este problema, ha continuado en mis sueños durante los cuatro últimos días, suministrándome las conclusiones y las pruebas más valiosas.

En ciertos puntos tengo la impresión de haber tocado a un fin, y hasta ahora siempre supe en qué punto continuarían los sueños de la noche siguiente. Lo que más difícil me resulta es describirlo todo por escrito, y además, la descripción siempre sale demasiado extensa.

Unicamente puedo mencionarte que el viejo no desempeñó un papel activo en mi caso, si bien es cierto que proyecté sobre él una analogía de mí mismo; que mi «autora» [de mi neurosis] fue una mujer vieja y fea, pero sabia, que me contó muchas cosas de Dios y del infierno y me inculcó una alta opinión de mis propias capacidades; que más tarde (entre los dos años y los dos y medio) despertóse mi libido hacia matrem en ocasión de viajar con ella de Leipzig a Viena, viaje en el cual debemos de haber pasado una noche juntos, teniendo yo la ocasión de verla nudam.

(En el caso de tu propio hijo, hace tiempo que has sacado las conclusiones al respecto, como un comentario tuyo me lo permite suponer.)

Por fin, que recibí con los peores augurios y con reales celos infantiles a mi hermanito (un año menor que yo y muerto a los pocos meses), y que su muerte dejó en mí el germen de la culpabilidad.

También conozco desde hace tiempo al cómplice de mis crímenes entre el año y los dos: fue un sobrino mío, un año mayor que yo, que ahora vive en Manchester y que nos visitó en Viena cuando yo tenía catorce. Parece que en ocasiones tratamos atrozmente a mi sobrina, un año menor.

Este sobrino y aquel hermano menor determinaron no sólo la faz neurótica de todas mis amistades, sino también su intensidad. En cuanto a mi miedo de viajar, tú mismo has tenido ocasión de observarlo en plena expansión. No he alcanzado todavía las escenas mismas que han de yacer en el fondo de esta historia.

Si también ellas llegasen a emerger y yo consiguiera solucionar mi propia histeria, tendré que agradecérselo a la memoria de aquella vieja que en tan temprana edad me proveyó los medios de vivir y de sobrevivir. Ya ves cómo las viejas inclinaciones vuelven a imponerse hoy. No te puedo transmitir ni la menor idea de la belleza intelectual de este trabajo. Los chicos llegan mañana temprano.

El negocio [la práctica profesional] marcha todavía muy mal; me temo que una vez que se reanime pueda dificultar el autoanálisis. Cada vez se refuerza y se aclara más mi convicción de que las dificultades terapéuticas provienen, en última instancia, de que por fin ponemos al descubierto las malas inclinaciones del paciente, su voluntad de permanecer enfermo. Ya veremos qué pasa.

Mis afectuosos saludos para ti y para tu pequeña familia.

Espero volver a compartir pronto algunas migajas de tu mesa.

Octubre 4. Los niños han llegado.

El buen tiempo terminó.

Mi sueño de hoy produjo, bajo los más extraños disfraces, lo siguiente:

Ella era mi maestra en cosas sexuales y me regañaba por ser tan torpe, por no saber hacer nada (siempre ocurre así en la impotencia neurótica: de este modo alcanza su fundamento sexual la angustia ante la incapacidad en la escuela).

Yo veía al mismo tiempo un pequeño cráneo de animal, que en el sueño me hizo pensar en un «cerdo», mientras que en el análisis asocié tu esperanza, expresada hace dos años, de que yo encontrase en el Lido un cráneo que me resultara tan revelador como el que encontró Goethe. Pero yo no encontré nada.

Así, yo era «un pequeño Schafskopf». Todo el sueño estaba lleno de las más humillantes alusiones a mi actual incapacidad terapéutica. Quizá arranque de aquí mi tendencia a creer en la incurabilidad de la histeria.

Además, ella me lavaba con un agua rojiza en la que antes se había lavado a sí misma (la interpretación no es difícil; en mi cadena de recuerdos no encuentro nada semejante, de manera que lo considero como un genuino descubrimiento arcaico). Luego me incitaba a robar Zehner (monedas de diez Kreuzer) para dárselos a ella.

Una larga cadena [de asociaciones] conecta estos primeros Zehner de plata con el montón de billetes de diez florines que veía en el sueño como si fuera el dinero para los gastos semanales de Martha.

Este sueño puede sintetizarse en [el tema del] «maltrato». Tal como la vieja recibía dinero de mí por el maltrato que me infligía, así yo recibo dinero hoy por el mal tratamiento de mis pacientes.

La Qu., de quien me transmitiste la manifestación de que yo no debería cobrarle, por ser la esposa de un colega (el cual, por supuesto, hizo de eso una condición), desempeña un particular papel en este asunto. Un crítico severo podría argüir que todo esto no sería sino una fantasía proyectada al pasado, en lugar de estar determinada por el pasado; pero los experimenta crucis decidirían en su contra.

Ya el agua rojiza parece ser una clave de esta especie. ¿De dónde sacarán todos los pacientes ese cúmulo de horrorosos detalles perversos que suelen ser tan ajenos a sus experiencias como a su conocimiento?

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71. 15-10-1897

Mi autoanálisis es, en efecto, lo más importante que tengo entre manos, y promete llegar a ser del mayor valor para mí si lo llevo hasta su término final. Cuando se hallaba en pleno curso quedó interrumpido de pronto durante tres días; tuve entonces esa sensación de estar internamente trabado, de la que tanto suelen quejarse los pacientes, y en realidad me sentí desolado…

Ominosamente, mi consultorio me deja todavía mucho tiempo libre. Todo esto es tanto más valioso para mis propósitos cuanto que he podido hallar algunos asideros reales para esa historia. Le pregunté a mi madre si todavía recordaba a mi niñera. «Naturalmente -me dijo-: una mujer de cierta edad, muy astuta por cierto.

Solía llevarte a todas las iglesias, y cuando volvías a casa te ponías a predicar y a contarnos cómo maneja sus asuntos el buen Dios. Durante mi puerperio, después de haber nacido Anna (mi hermana, dos años y medio menor que yo), se descubrió que era una ladrona, y entre sus cosas encontramos todas las relucientes monedas y todos los juguetes que te habíamos regalado.

Tu propio hermano Philipp fue en busca del policía, y luego la condenaron a diez meses.» ¿Te das cuenta a qué punto confirma todo esto las conclusiones de mi interpretación onírica? Pude explicarme fácilmente el único error posible.

En efecto, yo te escribí que ella me había inducido a robar monedas para entregárselas; pero en realidad el sueño significa que ella misma había robado, pues la imagen del sueño era, efectivamente, el recuerdo de que yo le saco dinero a la madre de un médico, o sea, que lo hago injustamente. La interpretación correcta sería que la vieja me representa a mí, y la madre del médico, a mi madre.

Estaba tan lejos de saber que la vieja había sido una ladrona que mi interpretación fue totalmente errada.

También interrogué a mi madre acerca del médico que habíamos tenido en Freiberg, pues tuve otro sueño lleno de animosidad contra él.

Al analizar el personaje del sueño tras el cual se ocultaba, se me ocurrió también cierto «profesor von K.», que fue mi profesor de Historia en el liceo y que no concordaba para nada con el sueño, puesto que yo había mantenido con él una relación indiferente o más bien cordial.

Pero ¡ahora me cuenta mi madre que el médico de mi infancia era tuerto, y entre todos mis maestros el único tuerto fue el profesor von K.! Podríase objetar que estas coincidencias no son concluyentes, dada la posibilidad de que yo hubiese oído decir alguna vez, en mi posterior infancia, que la niñera había sido una ladrona, olvidándolo aparentemente, hasta que volvió a surgir en el sueño. Yo mismo también creo que así debe haber ocurrido. Pero tengo otra prueba absolutamente inobjetable y un tanto divertida.

Si la vieja desapareció tan repentinamente -me dije-, alguna impresión demostrable debe haberme quedado de ese suceso. ¿Dónde estaría? Entonces se me ocurrió una escena que durante los últimos veintinueve años ha venido retornando de tiempo en tiempo en mi recuerdo consciente, sin que atinara nunca a comprenderla.

En ella yo sollozo desesperadamente porque mi madre no se encuentra por ninguna parte.

Mi hermano Philipp (veinte años mayor que yo) me abre un armario [Kasten]; pero cuando me convenzo de que mi madre no se encuentra en él me echo a llorar todavía más, hasta que de pronto ella entra por la puerta, esbelta y hermosa. ¿Qué puede significar eso?

¿Por qué mi hermano me abre ese armario [Kasten], sabiendo que mi madre no está dentro y que, por tanto, no podrá calmarme así? Ahora lo comprendo todo: yo mismo debo habérselo pedido. Cuando no pude encontrar a mi madre temí de pronto que hubiese desaparecido, igual que mi vieja niñera había desaparecido poco antes.

Seguramente había oído decir alguna vez que a la vieja la habían «encerrado», creyendo entonces que a mi madre le habría ocurrido lo mismo, o mejor, que la habían «encajonado» [eingekastelt], pues mi hermano Philipp, que ahora tiene sesenta y tres años, sigue siendo afecto a esas humorísticas expresiones hasta hoy.

El hecho de que apelara a él para encontrar a mi madre demuestra que yo conocía perfectamente su participación en la desaparición de la niñera. Desde entonces he avanzado mucho más, pero sin alcanzar todavía ningún verdadero punto de apoyo. Comunicar lo inacabado es una empresa tan laboriosa y ardua que te ruego me dispenses y te conformes con conocer únicamente las partes ya establecidas con certeza.

Si el análisis cumple lo que de él espero lo elaboraré sistemáticamente y te expondré todos los resultados. Hasta ahora no he hallado nada totalmente nuevo, sino sólo aquellas complicaciones a las que ya estoy acostumbrado. No es, por cierto, un asunto fácil.

Ser absolutamente sincero consigo mismo es un buen ejercicio. Se me ha ocurrido sólo una idea de valor general.

También en mí comprobé el amor por la madre y los celos contra el padre, al punto que los considero ahora como un fenómeno general de la temprana infancia, aunque no siempre ocurren tan prematuramente como en aquellos niños que han devenido histéricos. (Similitud con la «novela genealógica» de la paranoia: héroes, fundadores de religiones.)

Si es así, se comprende perfectamente el apasionante hechizo del Edipo rey, a pesar de todas las objeciones racionales contra la idea del destino inexorable que el asunto presupone, y entonces también podríamos comprender por qué todos los dramas ulteriores de ese género estuvieron condenados a tan lamentable fracaso.

Es que todos nuestros sentimientos se rebelan contra un destino individual arbitrariamente impuesto, como el que se presenta en la Ahnfrau y en otras obras similares; pero el mito griego retoma una compulsión del destino que todos respetamos porque percibimos su existencia en nosotros mismos.

Cada uno de los espectadores fue una vez, en germen y en su fantasía, un Edipo semejante, y ante la realización onírica trasladada aquí a la realidad todos retrocedemos horrorizados, dominados por el pleno impacto de toda la represión que separa nuestro estado infantil de nuestro estado actual.

Se me ha ocurrido fugazmente que esto mismo podría ser el fundamento de Hamlet. No me refiero a las intenciones conscientes de Shakespeare, sino que prefiero suponer que fue un suceso real el que lo impulsó a la presentación de su tema, merced a que su propio inconsciente comprendía el inconsciente de su protagonista. ¿Cómo explicaría el histérico Hamlet su frase:

«Así la conciencia nos hace a todos cobardes»?.

¿Cómo explicaría su vacilación en matar al tío para vengar al padre, cuando él mismo no ha tenido el menor reparo en mandar sus cortesanos a la muerte y en asesinar tan ligeramente a Laertes?

¿Cómo explicarlo mejor, sino por el tormento que en él despierta el oscuro recuerdo de que él mismo meditó idéntico crimen contra el padre impulsado por su pasión hacia la madre ?

«Y si hemos de ser tratados de acuerdo con nuestros méritos, ¿quién escaparía de ser azotado ?»

Su conciencia moral no es sino su consciencia inconsciente de culpabilidad.

Su frialdad sexual al dirigirse a Ofelia, su rechazo del instinto de engendrar hijos y, finalmente, su transferencia del acto cometido, de su padre al padre de Ofelia, ¿acaso no son rasgos típicamente histéricos? ¿Y no logra, por fin, acarrearse su propio castigo de la misma peregrina manera que emplean mis histéricos, sufriendo idéntico destino que el padre al ser envenenado por el mismo rival?.

Mi interés se ha concentrado tan exclusivamente en el análisis que hasta ahora ni siquiera he intentado decidir si, en lugar de mi hipótesis de que la represión procede siempre de lo femenino y se dirige contra lo masculino, no podría aplicarse quizá la tuya, diametralmente contraria.

Sin embargo, alguna vez lo intentaré. Desgraciadamente es muy poco lo que puedo contribuir a tus trabajos y a tus progresos.

En un sentido, empero, estoy en mejores condiciones que tú: cuanto yo tengo que decirte acerca del extremo psíquico de este mundo halla en ti un crítico comprensivo, mientras que cuanto tú me comunicas acerca de su extremo astral sólo despierta en mí una estéril admiración. Con los más afectuosos saludos para ti, para tu querida esposa y para mi nuevo sobrino, se despide tu…

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72. Viena, 27-10-1897

Parecería que yo no fuese capaz de «esperar» tu respuesta. La explicación de tu silencio seguramente no será la de que algún poder elemental te ha arrojado de vuelta a los tiempos en que leer y escribir eran un tormento, como me ocurrió a mí el domingo pasado cuando me propuse celebrar tu poco menos que cuadragésimo aniversario; como quiera que sea, espero una explicación no menos inocente.

En cuanto a mí, nada tengo que contarte que no se refiera a mi análisis; pero supongo que esto será lo que más te interesa de mí.

El negocio marcha desesperadamente mal, lo que, por otra parte, les ocurre a todos, hasta a las más altas eminencias de la profesión, de modo que estoy viviendo sólo para el trabajo «interno».

Este se ha apoderado de mí y me arrastra en vertiginosa sucesión de pensamientos a través de todo mi pasado; los estados de ánimo cambian rápidamente, como el paisaje ante la ventanilla de un tren, y como lo ha dicho el gran poeta, empleando su privilegio de ennoblecer (sublimar) las cosas:

Y surgen así siluetas amadas;
tal que una antigua y ya medio borrada leyenda,
vienen a mí el primer amor y la primera amistad.

Pero surgen también los primeros terrores y los primeros odios.

Muchos tristes secretos de la vida se retrotraen aquí a sus primeras raíces; quedan revelados los humildes orígenes de muchos orgullos y de hartos privilegios.

Experimento ahora en mí mismo cuanto presencio como testigo en mis pacientes: esos días en que me arrastro abatido por no haber comprendido nada del sueño, de la fantasía, del estado de ánimo cotidiano; esos otros días en los cuales un rayo de luz viene a aclarar de pronto toda la concatenación y permite comprender lo precedente como un mero preparativo de lo actual.

En cuanto a la determinación, comienzo a percibir grandes motivaciones generales enmarcantes (así quisiera llamarlas) y otras motivaciones menores de relleno que varían de acuerdo con las vivencias individuales.

Al mismo tiempo se resuelven algunas dudas, aunque todavía no todas, sobre la concepción de la neurosis. Cierta idea sobre la resistencia me ha permitido encarrilar de nuevo todos mis casos, que parecían metidos en un atolladero, con el resultado de que vuelven a marchar satisfactoriamente.

La resistencia, que en última instancia es lo que se opone a la labor terapéutica, no es otra cosa sino el carácter que otrora tuvo el niño, su carácter degenerativo, que ha llegado -o habría llegado- a desarrollarse en virtud de aquellas experiencias que se encuentran conscientemente en los denominados casos degenerativos; en nuestros pacientes, empero, dicho carácter degenerativo ha sido soterrado por el desarrollo de la represión.

En el curso de mi labor vuelvo a desenterrarlo contra toda su resistencia, y un paciente que era antes noble y educado, se vuelve malvado, mentiroso y empecinado, se muestra como un simulador, hasta que yo se lo declaro así, y con ello le permito superar ese carácter degenerativo. De tal modo, la resistencia se me ha convertido en algo objetivamente tangible y sólo quisiera haber captado ya la cosa correspondiente que se oculta tras el concepto de la represión.

Este carácter infantil se desarrolla en el período del «anhelo» una vez que el niño ha quedado sustraído a las vivencias sexuales.

El anhelo es el principal rasgo caracterizados de la histeria, tal como la anestesia actual es su síntoma principal, aunque sólo aparezca facultativamente. Durante el mismo período del anhelo se crean las fantasías y se practica (¿invariablemente?.) la masturbación, que luego cede a la represión.

Si no desaparece, tampoco puede producirse la histeria, pues la descarga de la excitación sexual anula en su mayor parte toda posibilidad de histeria. Ha llegado a ser evidente para mí que múltiples movimientos obsesivos representan sustitutos de los movimientos masturbatorios abandonados. Pero con esto basta por hoy: los detalles irán otra vez, después que yo haya recibido de ti buenas y nuevas noticias…

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73. 31-10-1897

… Los negocios andan tan mal por aquí que, según creo, nos esperan tiempos muy difíciles, como, por otra parte, ya corren desde hace mucho en otros sectores. Como dispongo de tiempo libre en demasía, decidí tratar dos casos gratuitamente, que, agregados a mi propia persona, representan tres análisis no remunerativos.

Mi propio análisis sigue siendo el principal objeto de mi interés. Todo está todavía muy confuso, incluso la índole misma de los problemas; pero al mismo tiempo tengo la reconfortante sensación de que no tendría más que echar la mano a mi despensa para sacar oportunamente cuanto necesite.

Lo más desagradable son los propios estados de ánimo que a menudo velan totalmente la realidad. Tampoco la excitación sexual le sirve ya de nada a una persona como yo. Con todo sigo lleno de entusiasmo, aunque por el momento los resultados brillan por su ausencia. ¿Crees que las palabras pronunciadas por los niños al dormir forman parte de sus sueños?

De ser así, puedo presentarte el último de los sueños desiderativos: Annerl [Anita], de un año y medio, pasó un día de ayuno en Aussee por haber vomitado a la mañana, lo que atribuimos a un empacho con frutillas. Por la noche recita en sueños todo un menú: «¡Fesas, fambuesas, paqueques, mudín!»

Quizá ya te lo haya contado antes. Bajo la influencia del análisis, mis molestias cardíacas han sido reemplazadas últimamente por trastornos gastrointestinales. Discúlpame la charla desordenada de hoy que sólo está destinada a mantener la continuidad de nuestra correspondencia.

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74. Viena, 05-11-1897

En realidad nada tengo que decirte hoy; pero te escribo en uno de esos momentos en que tanto se necesita el coloquio y el aliento de un amigo…

Es interesante que la literatura de hoy se dedique tan asiduamente a la psicología del niño.

Acabo de recibir otro libro de esta especie, de James Mark Baldwin.

Así, uno sigue siendo siempre un hijo de su época, hasta con lo que se consideraba como más propio y exclusivo. A propósito, me da horror pensar en toda la psicología que en el curso de los años próximos tendré que ir a sacar de los libros. Por el momento no puedo leer ni pensar: la observación me absorbe por completo.

Mi autoanálisis se encuentra detenido una vez más, o, mejor dicho, se arrastra lentamente, sin que yo atine a comprender nada de lo que pasa.

En los demás análisis sigue ayudándome a progresar mi última idea sobre la resistencia. No hace mucho tuve ocasión de remozar una vieja ocurrencia, ya publicada alguna vez, acerca de la elección de neurosis: me refiero a que la histeria está vinculada con pasividad sexual, y la neurosis obsesiva, con actividad sexual. Todo lo demás marcha lenta, muy lentamente. Como no puedo hacer otra cosa sino analizar y como no estoy plenamente ocupado, me aburro por las noches.

A mis clases concurren once alumnos, que se están ahí sentados, esgrimiendo papel y lápiz, y maldita la cosa que llegan a aprender conmigo.

Yo juego ante ellos al investigador científico especializado en neuropatología, y comento a Beard; pero no pongo el menor interés en el asunto. Nada me has escrito acerca de mi interpretación del Edipo rey y de Hamlet. Como no se lo he contado a nadie más, porque me imagino fácilmente la hostil recepción que tendrá ese asunto, quisiera oír algún breve comentario tuyo al respecto.

El año pasado has rechazado con excelentes razones una buena parte de mis ideas. No hace mucho, mi amigo Emmanuel Löwy, profesor de Arqueología en Roma, me procuró una interesantísima velada.

Es un hombre excelente dotado de un cerebro tan minucioso como honesto, que me visita todos los años y suele entonces mantenerme despierto hasta las tres de la mañana. Pasa sus vacaciones de otoño aquí, en Viena, donde vive su familia. De su querida Roma me cuenta…

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75. Viena, 14-11-1897

«Erase, pues, el 12 de noviembre de 1897; el sol se encontraba justamente en el cuadrante oriental, con Mercurio y Venus en conjunción… » ¡No! ¡Los anuncios de nacimientos ya no comienzan de esta manera! Fue el 12 de noviembre, un día dominado por una hemicránea izquierda, un día en el que Martín sentóse a cierta hora de la tarde para componer un nuevo poema, un día en cuya noche Oli perdió su segundo diente, fue ese día cuando, después de los horribles dolores de parto que me atormentaron durante las últimas semanas, pude dar a luz un nuevo trozo de mi conocimiento.

No del todo nuevo, para decir la verdad, pues ya se había asomado algunas veces y vuelto a retirarse; pero esta vez se quedó para ver la luz del día. Lo curioso es que suelo tener una premonición de acontecimientos como éste algún tiempo antes de que sobrevengan.

Así recuerdo haberte escrito cierta vez, durante el verano, que no tardaría en descubrir las fuentes de la represión sexual normal (moral, pudor, etc.), y luego pasó largo tiempo sin que las descubriera.

Antes de las vacaciones te mencioné que mi paciente más importante era yo mismo, y apenas volví de mi viaje comenzó de pronto mi autoanálisis, del que por aquella fecha no había ni rastro. Hace pocas semanas expresé el deseo de poder penetrar la represión para inquirir lo esencial que tras ella se oculta, y he aquí que ahora me encuentro escribiéndote al respecto.

A menudo he sospechado que algo orgánico interviene en la represión, y en alguna oportunidad ya pude comentarte que se trataba del abandono de antiguas zonas sexuales, agregando que había tenido la satisfacción de hallarme con la misma idea en Moll.

Entre nosotros sea dicho que no estoy dispuesto a conceder a nadie la prioridad de esta idea; en mi caso tal presunción se vinculó al cambio de función de las sensaciones olfatorias: la adopción de la locomoción erecta, la nariz que se aleja del suelo y, con ello, una serie de sensaciones ligadas al suelo que otrora fueron interesantes se tornan repugnantes: todo esto por un proceso que hasta ahora ignoro. («Lleva la nariz muy alta» = «Se considera a sí mismo como particularmente noble».)

Ahora bien: las zonas que en el hombre maduro y normal cesan de producir excitaciones sexuales deben de ser la anal y la bucofaríngea.

Esto ha de comprenderse en dos sentidos: primero, que su contemplación y su imaginación ya no ejercen efecto excitante, y segundo, que las sensaciones internas de ellas emanadas ya no contribuyen en absoluto a la libido, como lo hacen las sensaciones de los órganos sexuales propiamente dichos.

En los animales aquellas zonas sexuales conservan su poder en ambos sentidos, cuando ello ocurre en el hombre, nos encontramos con la perversión.

Cabe admitir que la excitación sexual no está todavía tan localizada en la infancia como en épocas posteriores, de modo que en ella también las zonas que habrán de ser abandonadas -y posiblemente la superficie entera del cuerpo- estimulan en cierta medida la producción de algo que puede considerarse análogo a la ulterior excitación sexual.

La extinción de estas zonas sexuales iniciales tendría su contrapartida en la atrofia de ciertos órganos internos en el curso del desarrollo.

Ahora bien: el desprendimiento de excitación sexual -tú ya sabes que me refiero a una especie de secreción que percibimos correctamente como el estado interno de la libido- no sólo se produce:

  1. por estimulación periférica de los órganos sexuales, y
  2. por excitaciones internas emanadas de dichos órganos, sino también:
  3. a partir de representaciones, o sea, de rastros mnemónicos, es decir, por conducto de la acción diferida.

(Tú ya conoces de antes estos pensamientos míos.) [Véase, por ejemplo, el PROYECTO.]

Si se ha irritado los órganos genitales del niño, años después se producirá en ellos, por la acción diferida del recuerdo de esa irritación, una descarga sexual mucho más poderosa que la primitiva, porque en el ínterin se acrecentaron el aparato determinante y la magnitud de la secreción.

Así, también en condiciones normales existe una acción diferida no neurótica, de la cual surge la compulsión. (Aparte de esto, nuestros demás recuerdos sólo actúan en virtud de que ya actuaron una vez en calidad de vivencias.)

Tal acción diferida, empero opera también en relación con los recuerdos de las excitaciones vinculadas a las zonas sexuales abandonadas; pero su consecuencia no es un desprendimiento de libido, sino de displacer, o sea, de una sensación interna análoga a la repugnancia sentida en relación con el objeto.

Para decirlo crudamente: el recuerdo tiene el mismo hedor a actualidad que el propio objeto actual, y así como apartamos, repugnados, nuestros órganos de los sentidos (cabeza y nariz), así también el preconsciente y nuestro sentido consciente se apartan del recuerdo. He aquí la represión.

Mas ¿cuál es el resultado de la represión normal? Algo que libremente puede llevar a la angustia, pero que en «ligadura» psíquica produce el rechazo, es decir, la base afectiva de una multitud de procesos intelectuales del desarrollo, como la moral, el pudor y otros semejantes.

Todo esto surge, pues, a costa de la sexualidad extinguida (virtual). De ello se desprende cómo el niño es revestido con piedad, pudor, etc., por los sucesivos brotes evolutivos, y cómo la falta de tal extinción de las zonas sexuales puede llevar a la moral insanity, concebida como inhibición del desarrollo.

Estos brotes evolutivos han de tener distinta disposición cronológica en el sexo masculino y en el femenino. (La repugnancia aparece en la niña antes que en el varón.) Mas la distinción fundamental entre ambos sexos se establece hacia la época de la pubertad, cuando la niña es dominada por una aversión sexual no neurótica, y el varón, por la libido.

En efecto hacia esa época se extingue en la mujer -parcial o totalmente- otra zona sexual que persiste en el hombre: me refiero a la zona genital masculina, a la región del clítoris, en la que también la sensibilidad sexual de la niña parece concentrarse durante la infancia.

De ahí la avalancha de pudor que domina a la mujer hacia esa época, hasta que se anima, espontánea o reflejamente, la nueva zona vaginal. De ahí también quizá la anestesia de la mujer, el papel que desempeña la masturbación en los niños predispuestos a la histeria y el cese de la misma si de ella surge, en efecto, una histeria.

Pasemos ahora a las neurosis. Las vivencias infantiles que afectan únicamente lo genital nunca producen neurosis en el hombre (ni en la mujer masculina), sino sólo masturbación compulsiva y libido. Pero como las vivencias infantiles afectan asimismo, por regla general, las otras dos zonas sexuales, también el hombre queda librado a la posibilidad de que la libido, despertada por acción diferida, lleve a la represión y a la neurosis.

En la medida en que el recuerdo concierna a una vivencia relacionada con los genitales, producirá posteriormente, por acción diferida, libido; pero en la medida en que se refiera al ano, a la boca, etc., producirá repugnancia interna, con el resultado final de que cierta magnitud de la libido ya no podrá irrumpir a la acción o a la traducción en términos psíquicos, como normalmente lo haría, sino que se verá obligada a irrumpir en dirección regresiva, como ocurre en el sueño.

Lo que sucede es que libido y repugnancia están asociativamente unidas; a la primera se debe que el recuerdo no conduzca siempre a un displacer generalizado, etc., sino que también pueda ser psíquicamente aplicado; en virtud de la segunda, esta aplicación no produce más que síntomas, en vez de llevar a representaciones intencionales.

No debería ser difícil captar la faz psicológica de todo esto; su factor orgánico decisivo radica en decidir si el abandono de las zonas sexuales se produce de acuerdo con el tipo evolutivo masculino, de acuerdo con el femenino, o si no se produce de ningún modo.

La elección de neurosis -la decisión de si aparecerá una histeria, una neurosis obsesiva o una paranoia- probablemente dependa de la naturaleza (es decir, de la determinación cronológica) del brote evolutivo que haya facilitado la represión, o sea, que haya transformado una fuente de placer interno en una fuente de repugnancia interna.

He aquí hasta dónde he llegado… con todas las incertidumbres implícitas. He decidido, pues, considerar en adelante como factores separados lo que causa la libido y lo que causa la angustia. También he abandonado la idea de considerar la libido como factor masculino, y la represión, como factor femenino. No cabe duda de que se trata, por lo menos, de decisiones importantes.

Lo que aún queda por aclarar reside esencialmente en la índole de la modificación en virtud de la cual la sensación interna de anhelo o necesidad se convertirá en la sensación de repugnancia. No es necesario que te señale especialmente otros puntos dudosos.

El valor principal de mi síntesis consiste en que conecta el proceso neurótico con el normal. Por consiguiente, la angustia neurasténica común clama ahora realmente por una inmediata explicación.

Mi autoanálisis sigue interrumpido; pero ahora advierto por qué.

Sólo puedo analizarme a mí mismo mediante las nociones adquiridas objetivamente (como si fuese un extraño); el autoanálisis es, en realidad, imposible, pues de lo contrario no existiría la enfermedad. Como tropiezo todavía con enigmas en mis pacientes, ello también debe retardar por fuerza mi autoanálisis.

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76. 18-11-1897

… Esta mañana tuve la agradable sensación de haber captado algo importante; pero no sé bien de qué puede tratarse. Tenía alguna relación con la idea de que habría que comenzar el análisis de toda histeria con la revelación de los motivos actualmente operantes para aceptar la enfermedad, motivos de los cuales ya conozco algunos. (La enfermedad sólo se establece una vez que la libido aberrante ha entrado en combinación con tales motivos, o sea, una vez que ha encontrado, en cierta manera, una aplicación actual.)

Pero no puede tratarse solamente de eso.

Te comunico todo el incidente, porque mis sensaciones de esta especie suelen revelarse como justificadas al cabo de cierto tiempo y porque hoy he tenido un día periódico ligeramente afectado (tengo la cabeza cansada y dicté una clase particularmente mala).

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77. Viena, 03-12-1897

… Diciembre 5. Un día crítico me impidió continuar.

En honor de la visita de tu mujer se me ocurrieron algunas explicaciones cuya transmisión a ti pensaba encomendarle. Pero probablemente no se trataba de un día favorable pues lo que en mi euforia se me había ocurrido volvió a retirarse, dejó de gustarme y aguarda ahora su resurrección.

De tanto en tanto me zumban ideas por la cabeza que prometen explicarlo todo, que parecen conectar lo normal con lo patológico, el problema sexual con el psicológico; pero de pronto desaparecen y yo no me esfuerzo lo más mínimo por retenerlas, porque sé muy bien que su aparición en la consciencia, tanto como su desaparición, no son los índices reales del destino que han de tener.

En días tan callados, empero, como el de ayer y el de hoy, también en mí hay un gran silencio, una terrible soledad. Con nadie puedo hablar de ello, ni puedo forzarme deliberadamente a trabajar, como otros son capaces de hacerlo. Debo aguardar a que las cosas se agiten en mí y a que yo llegue a experimentarlas.

Así, a menudo me paso soñando días enteros. Todo esto no es sino una introducción al tema de nuestro encuentro: en Breslau, como Ida lo ha propuesto, siempre que las combinaciones de trenes te convengan. Ya sabrás que lo ocurrido en Praga demostró que yo tenía razón.

Cuando la vez pasada decidimos encontrarnos allí, los sueños desempeñaron un gran papel en la elección. Tú no querías ir a Praga, y seguramente recordarás por qué; al mismo tiempo, yo soñé que estaba en Roma, que paseaba por sus calles y me admiraba del gran número de nombres alemanes que ostentaban las calles y los comercios.

Al despertarme comprendí inmediatamente que la Roma de mi sueño era en realidad Praga, donde todos sabemos que la titulación de calles con nombres alemanes es una demanda popular.

Así, pues, mi sueño daba por cumplido el deseo de encontrarme contigo en Roma, más bien que en Praga. Por otra parte, mi añoranza de Roma es profundamente neurótica: está ligada a mi admiración de escolar por el héroe semita Aníbal, y, en efecto, tampoco yo llegué este año a Roma desde el lago Trasimeno, como no llegó él.

Desde que me dedico a estudiar el inconsciente me he convertido en una persona muy interesante para mí. Lástima que uno siempre se calle la boca acerca de lo más íntimo que en uno hay. Aun lo mejor que logres saber, a los chiquillos no se lo puedes contar.

Breslau

desempeña un importante papel en mis recuerdos de infancia. A los 3 años pasé en tren por la estación de esa ciudad cuando nos trasladamos de Freiberg a Leipzig, y recuerdo que las llamas de la iluminación de gas, que yo veía por vez primera, me evocaron las almas ardiendo en el infierno.

Creo intuir el contexto; también mi superado miedo de viajar tiene que ver con ello. Hoy no sirvo para nada… Te envío mis más afectuosos saludos y te ruego que me hagas llegar pronto… una respuesta razonable…

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78. Viena, 12-12-1897

… ¿Puedes imaginarte qué son los «mitos endopsíquicos»? Pues el último engendro de mi gestación mental. La difusa percepción interna del propio aparato psíquico estimula ilusiones del pensamiento que, naturalmente, son proyectadas hacia afuera y -lo que es característico- al futuro y a un más allá.

La inmortalidad, la expiación, todo el más allá, son otras tantas representaciones de nuestra interioridad psíquica… psicomitología. Permíteme que te recomiende un libro de Kleinpaul: Los vivos y los muertos.

¿Puedo pedirte que me traigas a Breslau todos los ejemplos de sueños que te envié con mis cartas, en la medida en que se encuentren en hojas sueltas?

El martes pasado pronuncié una conferencia sobre los sueños en mi sociedad judía (auditorio profano) y hallé una entusiasta recepción.

El martes próximo he de continuar.

Los Maestros Cantores me procuró, no hace mucho, un extraordinario placer… La Morgentraumdeutweise me conmovió profundamente… Como en ninguna otra ópera vemos aquí, puestas en música, ideas verdaderas a través de las tonalidades afectivas que acompañan a su reflexión.

Mis mejores deseos para ti hasta nuestro encuentro en Breslau

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79. Viena, 22-12-1897

He recuperado mi buen humor y estoy de lo más impaciente por encontrarme contigo en Breslau; es decir, por verte y por oír todas esas maravillosas novedades que habrás de contarme sobre la vida y sobre su dependencia del cosmos.

Siempre tuve curiosidad por todo eso; pero a nadie encontré hasta ahora que supiese darme respuesta. Si existen ahora dos personas, una de las cuales puede decir qué es la vida y la otra (casi) puede decir qué es el alma, nada más justo que se encuentren y se hablen con la mayor frecuencia.

Me apresuro a descargarme ahora de unas cuantas novedades para no tener tanto que contar y para poder escucharte tanto más tranquilamente.

Se me ha ocurrido que la masturbación es el primero y único de los grandes hábitos, la «protomanía», y que todas las demás adiciones, como la del alcohol, la morfina, el tabaco, etc., solo aparecen en la vida como sustitutos y reemplazantes de aquélla. La importancia que esta adición tiene en la histeria es realmente prodigiosa, y quizá radique aquí -en parte o totalmente- mi magno obstáculo, aún desconocido.

Al decir esto surge naturalmente la duda de si tal adición es curable o si el análisis y la terapia deben detenerse aquí, conformándose con convertir la histeria en una neurastenia.

Confírmase cada vez más que el punto a través del cual irrumpe lo reprimido en la neurosis obsesiva es la representación verbal y no el concepto que de ella depende. (Más precisamente es el recuerdo verbal.) De ahí que las ideas obsesivas tiendan a unir las cosas más dispares en una palabra plurívoca.

Tales palabras ambiguas sirven a la tendencia irruptora, igual que dos moscas que se dejasen matar de un golpe, como lo demuestra, por ejemplo, el siguiente caso.

Una muchacha que está a punto de concluir el curso de costura al cual asiste es aquejada por la siguiente obsesión:

«¡No; todavía no puedes irte; todavía no has terminado; tienes que hacer [machen] todavía más, tienes aún mucho que aprender!»

Tras todo esto aparece el recuerdo de escenas infantiles en las que se ve sentada sobre la bacinilla, queriendo levantarse, pero hallándose sujeta a la misma compulsión:

«¡No puedes levantarte todavía; todavía no has terminado; tienes que hacer un poco más!»

La palabra hacer permite identificar la situación actual con la infantil.

Así, las obsesiones se revisten a menudo de una notable vaguedad verbal, con el fin de permitir aplicaciones múltiples como la que acabo de describir.

Si se las examina más detenidamente (conscientemente), el acento queda desplazado a lo accesorio: «Tienes aún mucho que aprender.» Lo que está destinado a convertirse más tarde en la idea obsesiva fijada se origina por tal interpretación equivocada de la consciencia.

Pero no todo es arbitrario en este ejemplo. La propia palabra «hacer» [machen] ha sufrido una transformación similar en su acepción. Una vieja fantasía mía, que me permito recomendar a tu sagacidad lingüística, se refiere a la derivación que nuestros verbos han tenido de tales términos originalmente copro-eróticos. Difícilmente podría enumerarte todas las cosas que se me resuelven en… mierda (¡Midas redivivo!).

Esto concuerda plenamente con mi concepción del hedor interno. Primero, el dinero mismo hiede. Creo que el enlace se establece en este caso a través de la palabra «sucio», usada por «avaro».

Así, también todo lo relativo al nacer, los abortos, la menstruación, se vincula con el excusado a través de la palabra Abort (abortus).

Todo esto parece un disparate; pero es completamente análogo al proceso por el cual las palabras adquieren un sentido traslaticio en cuanto aparecen nuevos conceptos que requieren definición… ¿Has visto alguna vez un diario extranjero que haya pasado la censura rusa en la frontera?

Palabras, cláusulas y párrafos enteros están tachados de negro, al punto que lo que resta es incomprensible. Tal censura rusa ocurre también en las psicosis, dándonos los delirios, carentes en apariencia de todo sentido…

Como convinimos, saldré el sábado en el tren de las ocho.


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