Planeta Freud

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En la pizarra, está escrito:

«HOMO HOMINI LUPUS» Plauto – 254/184 aC

I. Kant decía que el sujeto sufre de 3 apetitos lamentables:
Ehrsucht: Sed de honores
Herschucht: Dominación
Habsucht: Bienes.

A. Rimbau: «Yo es (un) otro»
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CHARLA:
«(A)matar: amar y matar. Dos crímenes opuestos. Una aproximación freudolacaniana.»

En el marco del Congreso de Patologías Border-Line y Delitos Complejos… Los in-diagnosticables: Semiologías Psiquiátricas en debate: DSM-IV y Semiología Francesa.

En: Instituto Criminología y Psicología Forense de Uruguay.
Montevideo, Uruguay. 10-MAYO-2013.
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El crimen del psicoanálisis, que tiene un autor que se llama Jacques Lacan, es este:  (/A). Lacan mató al Otro. Lo castró. Crimen viene del latín (hay una raíz indoeuropea) y quiere decir “separar”. El análisis tiene que ver también con esto.

(…)

Matar, amar y asesinar son hechos culturales, netamente humanos. No existe en el mundo de la naturaleza… y hablar de “mundo de la naturaleza” es ya un abuso del lenguaje: no hay ninguna realidad pre-discursiva. (Lacan, Seminario XX: “Los hombres, las mujeres y los niños no son más que significantes.”)

(…)

El primer problema es que el sujeto es deseado; que el deseo nos toma, que nosotros no tenemos un deseo, sino que el deseo nos tiene. Y aquí nos separamos del conductivismo, porque esto es lo insconciente.

(…)

Para Lacan el “A” simboliza el lenguaje, no es estrictamente un sujeto; y castrar el lenguaje quiere decir que para entrar a la cultura es necesario que el lenguaje esté agujerado.

El lenguaje se agujerea y automáticamente se agujerea el Sujeto. Es decir que ya queda una hianca que permitirá que el deseo se instale. Es decir, nosotros no hablamos, no cagamos, no hacemos pis, no cojemos, no hacemos absolutamente nada “por naturaleza”. El autismo comprueba que el Sujeto no habla por necesidad: hablamos porque hay un goce en el hablaje.

(…)

A partir del Significante, que agujerea el “cacho de carne”, se produce la entrada del goce en el organismo y acá entramos en problemas… Y este verbo que acá escribo, AMAR, va a solucionar este problema: pero AMAR es una solución pero también es un problema. (Lacan, Seminario VI, 3-6-59: “No hay otro malestar en la cultura que el malestar del deseo.”)

(…)

Primero es necesario que el lenguaje se agujeree y que algo penetre. Y aunque ustedes no lo crean, la que penetra acá es la mujer. Y esto que penetra es el FALO. Y los estudiantes de psicología mínimamente tienen que conocer que el FALO es el deseo de la madre. ¿Y esto qué quiere decir?

¿Qué quiso decir Freud –porque esto está en 1905- con esto? Quiso decir que la madre no quiere un hijo. La madre quiere un FALO. Es más, porque el psicoanálisis es muy antipático, lo quiere para el padre. Ni siquiera para el marido.

Es decir que la madre, por definición, es un sujeto fálico; MADRE-FÁLICA no es una mala palabra; es una necesidad para que se produzca la ecuación simbólica sino ninguna mujer puede desear un hijo. Y esto se produce a partir de una cuestión incorporada en el Deseo-de-la-Madre que es el Nombre-del-Padre.

Esta operación de atravesamiento fálico, que Lacan la bautiza sin previo aviso en el Seminario 4, como “la entrada del Espíritu Santo”, comporta dos operaciones: Behajung y Ausstossung: la incorporación del falo y la expulsión del objeto. Es decir que cuando se produce el maridaje (…) hay una pérdida que Lacan bautiza como objeto-pequeño-a.

(…)

Esto que se perdió es lo que se busca: lo suplementario, no lo que nos complementa. (…) Y acá estamos en problemas… Nos peleamos siempre con el vecino de al lado, a lo sumo el de arriba, pero nunca el que está más allá, los odios y los amores van juntos… por eso las guerras en general se dan entre países limítrofes. (…)

Lo que está en el eje de todo es nuestro narcisismo cotidiano…

Dice Lacan en el Seminario XI: “Si hay un terreno en el discurso en que el engaño tiene probabilidades de triunfo, su terreno es el amor.”

Por definición, para el psicoanálisis, el acto es fallido: Lacan decía que el acto más logrado es el fallido. El amor es también un engaño (…) y el problema es que el neurótico  (“His majesty the baby”-como decía Freud) busca re-integrar esto que perdió: busca re-integrar su producto. Porque este objeto-a es mitad del Sujeto y mitad del Otro: y este es el problema.

(…)

La Ley, cultural obviamente, rige la Castración del Goce (Incestuoso). Para que el Sujeto transite del goce al deseo tiene que atarse a la Ley. La Ley es la nominación del NO. Por eso O. Masotta decía que la prohibición del Incesto más que una regla de prohibición es una regla del Don.

(…)

El amor es un acto fallido, es un crimen fallido; y el homicidio es un crimen logrado. Sólo que un homicidio no es más que un suicidio proyectado: y esta es la tesis de Lacan.

Por eso escribí la cita de Rimbau: “Yo es otro”. Lacan comienza su tesis con una cita de la Ética de Spinoza: “Una afección cualquiera de cada individuo difiere de la afección de otro, tanto como la esencia de uno difiere de la esencia de otro.” 

¿Por qué Lacan empezará su tesis con esta frase Spizoniana? Porque esto es lo que nos diferencia a los psicoanalistas del discurso médico: la singularidad. ¿Qué va a decir Lacan?

Va a decir que la Psicosis no es un déficit: yo no puedo comparar a un psicótico desde mi lugar de neurótico: ser psicótico no es ni mejor ni peor que ser neurótico. Y hay que diferenciar psicosis de locura. La locura es un adjetivo, un acto que denota insensatez y que Lacan va a tomar de Hegel y denota delirio de infatuación.

Para Lacan la única enfermedad –si es que la enfermedad existe- es el delirio de infatuación; ¿qué quiere decir esto? Que la única enfermedad que tenemos los Sujetos se llama YO.

Y esto es lo que toca un analista en el análisis. Y ustedes ya estarán pensando: “Ah, ¿entonces se mata por narcisismo?”- Exactamente: igual por lo cual se ama: se ama por narcisismo y se mata por narcisismo.

(…)

La psicosis es pura lógica. La psicosis es trans-fenoménica, la locura es fenoménica (…) La locura se ve, la psicosis se escucha. Es más: la psicosis se escucha aún sin desencadenar…

En general la psicosis que nos llega al consultorio es una pre-psicosis, no es la psicosis desencadenada. Locuras hay muchas: enamorarse es una locura. Lavarse 35 veces las manos o poner 7 despertadores –como los casos que analizó Freud- es una locura…

(…)
.
Vayamos al caso Aimeé: ¿qué descubre Lacan? Que la naturaleza de la cura demostrará la naturaleza de la enfermedad; es decir: que ser castigada produce la curación… Cuando el sujeto no se ata a la Ley, la Ley lo ata. (…)

¡Y qué más dice Lacan acá? Dice que la producción del delirio es directamente proporcional a la producción artística. Esto quiere decir que nuestro síntoma, el síntoma del neurótico, es poético, no es psiquiátrico. Nosotros no escuchamos el mismo síntoma que escucha el psiquiatra.

(…)

No existe la ferocidad ni la violencia en el reino animal, esos son significantes-humanos. (…) Ningún animal mata por violencia o por ferocidad; esto que le enseñamos a los nenes: “el león es malo y el pajarito es bueno”-eso es un fantasma nuestro. Los animales no son ni buenos ni malos.

El animal mata por instinto. Es más, si me pongo muy lacaniano podría decir que el animal no (sabe que) mata. Matar, dice Lacan, como la palabra “muerte” existe en el Sujeto porque la podemos decir: de hecho el animal no “sabe” que se va a morir. Y este es el único saber humano. (…)

El síntoma es una manera elegante –neurótica- de tapar la muerte, de tapar la castración. Y no hay que tener ningún miedo de poner esta fórmula: Castración = Muerte. Esta es la única muerte que el Sujeto conoce. (…) Y toda muerte es del narcisismo.

(…)

Ferocidad, violencia, crimen, asesinato, homicidio: todos significantes humanos. (…) Digo que el crimen, como el amor, no tiene nada que ver con los genes. Ustedes saben que se descubren genes para todos…

Y esto es una cuestión política-ideológica; porque no es casualidad que en los países que se investigan estas cuestiones decir que hay un gen del criminal de raza negra, al racismo, hay un solo paso. Estas son cosas propias del ser humano.

¿Y qué es lo más propio del ser humano aparte del narcisismo? La pulsión, que no se puede traducir como instinto.

Por eso Lacan decía en su conferencia de mayo de 1950: “Pero esa misma crueldad implica la humanidad. A un semejante apunta, aunque sea en un ser de otra especie. Ninguna experiencia como la del análisis ha sondeado en la vivencia esta equivalencia de que nos advierte el patético llamamiento del Amor: a ti mismo golpeas.

Y la helada deducción del Espíritu: en la lucha a muerte por puro prestigio se hace el hombre reconocer por el hombre.

Si en otro sentido se designa por instintos a conductas atávicas cuya violencia hubo de hacer necesaria la ley de la selva primitiva y si las que algún doblamiento fisiopatológico liberaría, a la manera de los impulsos mórbidos, del nivel inferior en que parecen contenidas, bien podemos preguntarnos por qué, desde que el hombre es hombre, no se revelan también impulsos de excavar, de plantar, de cocinar y hasta de enterrar a los muertos.” 

Ahora que leo “enterrar a los muertos” recordé que O. Masotta decía que en toda tumba hay un espejo escondido… Espejo es sinónimo de semejante. El ser humano empieza la cultura cuando empieza a enterrar a sus semejantes… Fíjense que todo tiene que ver con no-aceptación de que vamos a morir…
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Y por si todavía no se entendió, ¿por qué amar es un crimen? Porque para amar –y esto en la primera etapa de enamoramiento el Sujeto no lo percibe porque está alienado- para amar es necesario matar.

Es necesario castrar-me: matar mi narcisismo. Porque sino no puedo amar-al-otro; me sigo amando a mi mismo: como Narciso y su Mito que sigue mirando al espejo (al lago); y ¿cuál es su tragedia?

Porque así como hay una tragedia en Edipo –aparte del Drama- hay una tragedia en Narciso: la tragedia es que no puede tomar agua –es decir: acceder a su deseo-, porque si toma agua se difumina su imagen.

Entonces es una tragedia estar cristalizado en su propia imagen, es una tragedia para el Sujeto no poder amarse más que así mismo, no poder amar… Entonces, claro que son dos crímenes opuestos…

¿Y por qué me voy a castrar? La castración, lo digo como Lacan lo dice en el Seminario III, es simplemente -en dos palabras-: perder para ganar.

Marcelo Augusto Pérez

“(A)matar: amar y matar. Dos crímenes opuestos.

Una aproximación freudolacaniana.” -Fragmento-
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EN: Congreso de Patologías Border-Line y Delitos Complejos…

Los in-diagnosticables: Semiologías Psiquiátricas en debate: DSM-IV y Semiología Francesa.

En: Instituto de Criminología y Psicología Forense de Uruguay.

Montevideo / 10-5-2013

Jacques Lacan
Las grabaciones encontradas de Jacques Lacan

22–09–2013 / El 26 de febrero de 1977, el psicoanalista francés Jacques Lacan pronunció en Bruselas, Bélgica, estas Consideraciones sobre la histeria que establecidas por su albacea, Jacques-Alain Miller, acaban de ser publicadas en el sitio de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL), sita en Medellín, Colombia, sobre una versión anterior, de 1981, que apareció en el número 90 de la revista Quarto.


 
Así dice:
 
“¿Qué fue de las histéricas de antaño, de aquellas maravillosas mujeres, las Anna O, las Emmy von N?
 
No sólo jugaron un cierto papel sino un papel social. Fueron ellas quienes permitieron el nacimiento del psicoanálisis cuando Freud se dispuso a escucharlas. Al escucharlas, Freud inauguró una modalidad completamente nueva de la relación humana.
 
“¿Qué sustituye actualmente a los síntomas histéricos de otro tiempo? ¿No se ha desplazado la histeria en el campo social? ¿No la habrá reemplazado la chifladura psicoanalítica?
 
“Nos parece cierto ahora que a Freud le afectaba lo que le contaban las histéricas. El inconsciente se origina en el hecho de que la histérica no sabe lo que dice cuando, de hecho, algo dice con las palabras que le faltan. El inconsciente es un sedimento de lenguaje.
 
En el extremo opuesto de nuestra práctica está lo real. Se trata de una idea límite, la idea de lo que no tiene sentido. En nuestra práctica operamos con el sentido, es decir con la interpretación. En tanto objeto de la ciencia -y no del conocimiento que es más que criticable-, lo real es ese punto de fuga.  Lo real es el objeto de la ciencia.
 
Considerada desde ese punto de fuga al menos, nuestra práctica es una estafa: embaucar, asombrar a la gente, deslumbrarla con palabras. Esas palabras son un camelo, lo que habitualmente llamamos un camelo. Es lo que (James) Joyce designaba con esas palabras más o menos infladas de donde nos viene todo el mal.
 
Lo que digo aquí está en el centro del problema de lo que aportamos al tejido social. Es por lo que sugerí que había algo que estaba sustituyendo a esa sopladura que es el síntoma histérico.
 
Un síntoma histérico es algo muy curioso. Se soluciona a partir del momento en que la persona, que verdaderamente no sabe lo que dice, comienza a balbucear.
 
“¿Y el histérico macho? Ni uno se encuentra que no sea una hembra.
 
Freud convirtió a ese inconsciente, del que no comprendía estrictamente nada, en representaciones inconscientes. ¿Qué podrían ser las representaciones inconscientes? En su  Unbewusste Vorstellungen hay una contradicción en los términos. Intenté explicarlo, promoverlo, para instituirlo en el plano de lo simbólico. Lo simbólico consiste en palabras, nada que ver con  representaciones. Y en última instancia sí, se puede concebir que las palabras sean inconscientes. No son más que palabras lo que se cuenta, y a montones. En conjunto, hablan sin saber absolutamente nada de lo que dicen. Por lo que el inconsciente no tiene cuerpo más que de palabras.
 
Me incomoda atribuirme un papel en esta ocasión pero, me atrevo decirlo, fui piedra de escándalo en el campo de Freud. No estoy tan orgulloso. Incluso diré más, no estoy orgulloso de haber sido aspirado por una práctica que he continuado como he podido y que, después de todo, nada asegura que la sostenga hasta reventar. Pero está claro que soy el único en haber dado su peso a eso hacia lo que Freud se vio aspirado por la noción de inconsciente.
 
Todo esto trae algunas consecuencias consigo. Que el psicoanálisis no sea una ciencia, cae por su propio peso. Incluso es exactamente lo contrario. Cae por su propio peso si pensamos que una ciencia sólo se desarrolla con pequeños artilugios que son artilugios reales, y que además es preciso saber construirlos. Por eso, sin duda, hay todo un lado artístico en la ciencia. Es fruto de la industria humana: es preciso saber-hacer-con. Pero ese saber-hacer-con desemboca en el plano del camelo.
 
“Un camelo es a lo que normalmente llamamos lo bello
 
Se dice: ¡qué bella demostración!
 
Elucubro una geometría, a la que llamo de sacos y cuerdas, geometría de la trama, que nada tiene que ver con la geometría griega, hecha de abstracciones. Lo que intento articular es una geometría que resista.
 
Podría estar al alcance de lo que llamaría todas las mujeres si las mujeres no se caracterizaran precisamente por no ser todas. Por eso, aún teniendo el material, los hilos, las mujeres no lograron hacer esa geometría a la que me aferro.
 
Quizás la ciencia tomara otro cariz si hiciéramos con ella una trama, o sea algo que se resolviera con hilos. En fin, no sabemos si nada de esto tendrá la menor fecundidad.
 
Aun siendo cierto que a una demostración se la puede calificar de bella, los cables se nos cruzan totalmente cuando no se trata de una demostración, sino de algo muy, muy paradójico y a lo que intento llamar como puedo, una mostraciónEs curioso percatarse de que, en ese entrecruzamiento de hilos, hay algo que se impone como real, como otro nudo de real.
 
Hice la experiencia. No se pueden imaginar hasta qué punto me preocupan esas historias de lo que en un tiempo llamé redondeles de cuerda. No es cualquier cosa llamarlos así. Esas historias de redondeles de cuerda me preocupan mucho cuando me quedo solo. Les ruego que hagan la prueba, verán que es irrepresentable, enseguida se nos cruzan los cables.  El nudo borromeo todavía llegamos a representarlo, pero hace falta ejercitarse. Negro sobre blanco, también se pueden dar de él representaciones planas con las que no nos orientamos. No se le reconoce. Éste de aquí es un nudo borromeo porque, si se rompe una de las cuerdas, las otras dos quedan libres.
 
No es azaroso que llegara a atragantarme con esas representaciones de nudos. Me preocupan verdaderamente. Conducido, dirigido como por una rampa, continué con esa práctica, con ese bla-bla-bla que es el psicoanálisis, y de todas maneras es sorprendente que todo eso me haya conducido hasta aquí, porque en Freud no hay rastro del nudo borromeo. Sin embargo, considero que fueron precisamente las histéricas quienes me guiaronYo no me atenía menos a la histérica, a lo que continuamos teniendo al alcance de la mano como histérica.
 
Me molesta emplear la primera persona (je), porque decir el yo (moi), confundir la conciencia con el yo (moi), no es serio. Sin embargo, es fácil deslizarse del uno al otro. Es sorprendente pensar que también empleamos la palabra carácter a tontas y a locas. ¿Qué es un carácter e incluso un análisis del carácter, como se expresa (Wilhelm) Reich?  Es extraño, no obstante, que nos deslicemos con tanta facilidad.
 
Lo que nos interesa son los síntomas y saber cómo, con el bla-bla-bla, llegamos a disolverloscon nuestro propio bla-bla-bla, es decir con el uso de ciertas palabrasLo que sorprende en los Studien uber Hysterie es que Freud llega casi, incluso del todo, a vomitar que todo ello se resuelve con palabras, que con las propias palabras de la paciente, se evapora el afecto.
 
La cuestión es saber si el afecto se ventila, o no, con palabras. Algo sopla en esas palabras que vuelve inofensivo el afecto, es decir que no engendra síntoma. El afecto ya no engendra síntoma una vez que la histérica ha empezado a contar aquello con lo que se asustaba.
 
Decir que se asustaba tiene todo su peso. Si es preciso un término reflexivo para decirlo es porque se da miedo a sí misma. Ahí estamos en el circuito de lo que es deliberado, de lo que es consciente.
 
¿En qué consiste enseñar?
 
Se trata de provocar en los otros el saber-hacer-con, es decir saber desenvolverse en este mundo, que en absoluto es el mundo de las representaciones sino el mundo de la estafa.
 
Lacan es freudiano, pero Freud no es lacaniano
 
Es completamente verdad. Freud no tuvo ni la menor idea de lo que Lacan se encontró farfullando en torno a algo de lo que alguna idea tenemos y que es lo real. Puedo hablar de mí en tercera persona. La idea de la representación inconsciente es una idea totalmente vacía. Freud daba palos de ciego en relación con el inconsciente. Ante todo, se trata de una abstracción. La idea de representación sólo puede sugerirse sustrayéndole a lo real todo su peso concreto. La idea de la representación inconsciente es una locura. Pero es así como lo aborda Freud. Hay huellas hasta muy tarde en sus escritos.
 
Propongo que se le dé otro cuerpo al inconsciente porque es pensable que se piense en las cosas sin pesarlas, basta para eso con las palabras. Las palabras dan cuerpo. Lo que en absoluto quiere decir que se comprenda nada en ellas. El inconsciente consiste en eso: en que nos guían palabras de las que no comprendemos nada.
 
“Tenemos la muestra cuando la gente habla a tontas y a locas. Está bastante claro que a las palabras no se les da el peso de su sentido. Hay todo un mundo entre el uso de los significantes y el peso de la significación, la forma en que opera un significante. De eso se trata en nuestra práctica: de abordar cómo operan las palabras.
 
Lo esencial de lo que dijo Freud es que, en una especie que tiene palabras a su disposición, existe la mayor relación entre el uso de las palabras y la sexualidad que reina en esa especie. La sexualidad está enteramente capturada en esas palabras. Ése es el paso esencial que dio Freud. Es mucho más importante que saber lo que quiere o no quiere decir el inconsciente. Freud puso el acento en ese hecho.
 
Todo esto es la histeria misma. No es un mal uso el de utilizar la histeria en un sentido metafísico. La metafísica es la histeria.
 
Estafa y proton pseudos
 
Estafaproton pseudos son lo mismo. Freud dice lo mismo que lo que yo llamo con un nombre francés. Tampoco podía decir que educaba a unos cuantos estafadores. Desde el punto de vista ético, nuestra profesión es insostenible. Por eso es por lo que me enferma -porque tengo un superyó, como todo el mundo.
 
No sabemos cómo gozan los otros animales, pero sabemos que, para nosotros, el goce es la castración. Todo el mundo lo sabe porque es completamente evidente. Tras lo que imprudentemente llamamos el acto sexual, como si hubiera un acto, ya no nos volvemos a empalmar. Utilicé la palabra castración, la castración, como si fuera unívoca, pero incontestablemente hay varios tipos de castración. Todas las castraciones no son automorfas.
 
Contrariamente a lo que pudiera creersemorphé, forma–, el automorfismo no es en absoluto una cuestión de forma, como hice notar en mi cháchara seminarista. Forma y estructura no son lo mismo. He intentado dar representaciones sensibles de esto. No se trata de representaciones, sino de mostraciones. Cuando se le da la vuelta a un toro, se obtiene algo completamente diferente desde el punto de vista de la forma. Hay que diferenciar entre forma y estructura.
 
La estafa: ¿con la forma, o con la estructura?
 
Sólo persigo la noción de estructura con la esperanza de escapar de la estafa. Con la esperanza de alcanzar lo real, sigo la pista de esa noción de estructura que, no obstante, tiene un cuerpo de lo más evidente en matemáticas. En psicología, la estructura se pone del lado de la Gestalt. Pero si decimos que hay un inconsciente, la psicología es una futilidad.
 
Tenemos el modelo de la Gestalt, que es con toda evidencia el de la burbuja. Ahora bien, lo propio de la burbuja es estallar. Como es que cada cual hemos sido paridos como una burbuja, no podemos sospechar que haya algo distinto a la burbuja.
 
Se trata de saber si Freud es un acontecimiento histórico, o no lo es. Y Freud no es un acontecimiento histórico. Creo que falló el golpe, al igual que yo. Dentro de muy poco tiempo, el psicoanálisis importará a pocos. Sólo una cosa se ha demostrado: que está claro que el hombre pasa el tiempo soñando, que nunca se despierta. Nosotros lo sabemos, nosotros los psicoanalistas, viendo lo que los pacientes nos proporcionan y somos, en este caso, tan pacientes como ellos: no nos proporcionan más que sueños.
 
La dificultad de hablar de lo real
 
Es muy cierto que no es fácil hablar de lo real. Por ahí ha empezado mi discurso. Es una noción muy común y que implica la evacuación completa del sentido y por lo tanto la nuestra, en tanto interpretante.
 
Las castraciones
 
La castración no es única. El uso del artículo definido no es bueno, o hay que utilizarlo en plural. Siempre hay castraciones. Para que se pudiera aplicar el artículo definido, haría falta que se tratara de una función autoestructurada y no automorfa, quiero decir que tuviera la misma estructura. No queriendo decir auto otra cosa que estructurado por sí, parido de la misma manera, anudado del mismo modo -en topología hay ejemplos a montones.
 
El uso de el, la, los, las es siempre sospechoso porque hay cosas que tienen una estructura diferente por completo y que no se puede designar con el artículo definido, porque no hemos visto cómo se ha parido.
 
Por esa razón elucubré la noción de objeto a. El objeto no es automorfo. El sujeto no se deja penetrar siempre por el mismo objeto, de vez en cuando le pasa que se equivoca. Eso es lo que quiere decir la noción de objeto a: quiere decir que nos equivocamos de objeto a. Nos equivocamos siempre a nuestra costa. ¿De qué serviría equivocarse si no fuera un fastidio? Es por lo que se construyó la noción de falo. El falo no quiere decir más que esto, un objeto privilegiado con el que no nos equivocamos.
 
Sólo se puede decir la castración cuando hay identidad de estructura, y sin embargo hay cuarenta estructuras diferentes, no automorfas. ¿Es a eso a lo que se llama goce del Otro, a un encuentro de identidad de estructura? Lo que quiero decir es que el goce del Otro no existe, porque no se le puede designar con el. El goce del Otro es diverso, no es automorfo.
 
¿Por qué los nudos?
 
“Los nudos me sirven como lo más cercano que he encontrado a la categoría de estructura. Me tomé alguna molestia para llegar a cribar lo que podría ser una aproximación a lo real.
 
La anatomía, en el animal o la planta -es la misma historia- son puntos triples, cosas que se dividen. La “y”, que es una ípsilon, sirvió desde siempre para soportar formas, es decir algo que tiene sentido. Hay algo de lo que partimos y que se divide. El bien a la derecha, el mal a la izquierda.
 
“¿Qué había antes de la distinción bien/mal, antes de la división entre lo verdadero y la estafa? Antes de que Hércules vacilara en el cruce de caminos entre el bien y el mal, ya había algo. Ya seguía un camino. ¿Qué es lo que ocurre si cambiamos de sentido, si orientamos la cosa de diferente manera? Tendremos, a partir del bien, la bifurcación entre el mal y lo neutro.
 
“¿Y en qué consiste la neutralidad del analista sino precisamente en esa subversión del sentido? Es decir en esa especie de aspiración, no hacia lo real sino por lo real.
 
¿La psicosis escapa a la estafa?
 
La psicosis es perjudicial para el psicótico porque, en fin, no es lo que de más normal pueda desearse. Y sin embargo, se conocen los esfuerzos de los psicoanalistas por parecérseles. Freud ya hablaba de paranoia lograda.
 
More geometrico
 
A causa de la forma, el individuo se presenta como fue parido, como un cuerpo. Un cuerpo se reproduce a través de una forma. El cuerpo hablante no puede llegar a reproducirse sino a través del error, es decir gracias a un malentendido de su goce.
 
La estructura
 
Cuando se sigue la estructura, nos persuadimos del efecto de lenguaje. El afecto está hecho con el efecto de la estructura, con lo que se dice en alguna parte.
 
El amor
 
Lo que nos revela nuestra práctica es que el saber, el saber inconsciente, tiene relación con el amor”.

por Claudine Foos

* Conferencia pronunciada el espacio de Conferencias Introductorias al Psicoanálisis del NUCEP – Madrid el 10-10-2011.

Tatuaje20–11–2012 / En su seminario sobre Las formaciones del inconsciente, J. Lacan aborda el concepto de marca como un signo. La circuncisión aparece así como signo de lo que sostiene esa relación castradora que podemos ejemplificar con las encarnaciones religiosas. Es una particular forma de marca, de tatuaje.

J. Lacan en La agresividad en psicoanálisis vuelve sobre esta cuestión.

En relación a la imago del cuerpo fragmentado, dice:

«Hay una relación específica del hombre con su propio cuerpo que se manifiesta igualmente en la generalidad de una serie de prácticas sociales– desde los ritos del tatuaje, de la incisión, de la circuncisión, en las sociedades primitivas, hasta en lo que podría llamarse lo arbitrario de la moda, en cuanto que desmiente en las sociedades avanzadas ese respeto de las formas naturales del cuerpo humano cuya idea es tardía en la cultura«.

Esta cita viene a recordarnos que el ser humano siempre ha recurrido al artificio para hacerse con su cuerpo, para portarlo por el mundo. Y allí podemos ubicar también la tendencia moderna a los tatuajes y los piercing.

TATUAJE Y DIFERENCIACIÓN

El tatuaje desde su marca propone una mirada distinta, busca configurar una nueva identidad, construye un personaje, por ejemplo «el hombre del tatuaje«, «el guerrero» o «la extraña«, es decir, que promueve un nuevo nombre, una marca que vela la primera identidad del sujeto o que la completa de manera imaginaria.

Y en ese punto, funciona como si arrancara su poder al imaginario ojo omnividente. Podríamos decir que se produce un cambio: del cuerpo social marcado, al cuerpo individual tatuado.

Una producción de otro cuerpo simbólico o imaginario, adoptando una apariencia: se vela la nada que se es como sujeto inmerso en un cuerpo, con un signo escrito en él.

El tatuaje es entonces, en una de sus vertientes, un intento de diferenciación por la vía del signo, la marca. Su incidencia, esta especie de «contagio» en la época, se puede explicar justamente por lo que la caracteriza: la indiferenciación, el «para todos«, o el «todos lo mismo«.

En nuestra sociedad actual, su proliferación en determinados grupos sociales suscita una serie de efectos e interrogantes: ¿por qué razón esa joven tan bella lleva el hombro y parte de su brazo tatuado?

Y ese muchacho, al que no podemos dejar de mirar en el metro, no dejó casi trozo de sus pantorrillas, incluso manos, sin nombres y signos. ¿Qué sucede, qué nos quieren dar a ver de esta manera?

Podemos deducir que para algunos sujetos adolescentes, tatuarse hará de ese cuerpo desconocido que reciben, una piel ilustrada como la de su prójimo. Así, el tatuaje sería una marca de lo imposible de significar. Lo que no se pudo inscribir en lo simbólico; lo que no se puede. Lo que el tatuaje escribe en el cuerpo.

EL TATUAJE COMO SIGNO *

Poner en palabras, lo que no se puede elaborar desde el discurso, se pone en el cuerpo.

Los tatuajes son fundamentalmente marcas simbólicas; pero marcas que no se hacen sobre una hoja en blanco sino sobre un cuerpo afectado previamente por la erogeneidad.

Y es justamente eso lo que le da a cada uno más allá de su diseño, un carácter de excepción, porque los tatuajes se inscriben en un cuerpo que tendrá sus grabados, su historia, que también será única. Lacan dijo «el animal no tiene cuerpo», el animal es un organismo.

¿Qué es lo que nos permite decir «yo tengo un cuerpo»?, pues no decimos «yo soy un cuerpo».

¿Qué nos hace tomar nuestro cuerpo como un atributo en lugar de tomarlo como nuestro «ser» mismo?

Hay una disyunción irreductible entre el sujeto de la palabra y el cuerpo. El hecho de que como sujetos podemos prescindir de él, que como sujetos del significante estamos separados del cuerpo. Porque el sujeto es alguien del cual se habla antes de que pueda incluso hablar, el sujeto está efectivamente en la palabra antes de nacer, como así también su nombre perdura luego de la muerte.

TATUAJE Y GOCE

El tatuaje, en tanto implica al cuerpo y la piel, comporta un goce. Goce que traspasa la frontera de lo subjetivo y por esta vía se da a ver desde la puesta en escena particular de la inscripción en el cuerpo. Sin olvidar que esta cultura del tatuarse es indisoluble del dolor.

El último libro publicado de Junichiro Tanizaki, autor japonés muy conocido por su obra El elogio de la sombra, cuyo título es justamente Tatuaje, es muy ilustrativo de esto último. Es un relato muy breve, bellamente ilustrado, hecho desde la mirada del tatuador.

En él, el goce en juego respecto del infligir dolor está presente sin rodeos.

«En el fondo de su corazón – nos dice en referencia al personaje central, famoso y solicitado tatuadorocultaba un inconfesable placer y un secreto deseo. Cuando introducía las agujas en la piel hinchada y enrojecida por la sangre, la mayoría de los hombres gemían de dolor, y cuanto más gritaban, más profundo e inexplicable era el extraño deleite de Seikichi«.

Lo interesante es que este goce cede frente al amor: en efecto, cuando encuentra a la mujer a la que buscaba afanosamente, por la belleza que entrevió en sus pies -«unos pies descalzos y exquisitamente blancos, que, para su mirada eran auténticas joyas carnales«- Seikechi pasa toda la noche tatuándola, pero esta vez, recurre al cloroformo:

«Ya no le resultaba fácil introducir una gota más de colorante, cada vez que pinchaba con la aguja la suave piel de la muchacha, no podía evitar un profundo suspiro, porque sentía ese pinchazo en su propio corazón«.

LO QUE SE DA A VER EN EL TATUAJE

Cuanto más tatuado está el cuerpo, más puede inferir la mirada del otro el componente del dolor. El tatuaje hoy en día no se instrumenta la mayoría de las veces como un elemento de belleza, es casi imposible mirar un cuerpo tatuado y remitirse a ella.

Más bien, lo que se da a ver, es algo del orden de lo extraño que afecta, que promueve el impacto, la interrogación o la repulsa.

En los nombres propios tatuados, pareciera jugarse un componente del amor entendiendo éste como marca en el tiempo, imperecedera («marco mi cuerpo con tu nombre, lo incorporo así a la duración de mi vida, lo hago parte de mi cuerpo«).

Sucede otro tanto con los duelos en un intento de retener en el cuerpo, como marca, algo de aquél que desapareciótu nombre vivo mientras mi cuerpo lo esté, tu nombre hecho carne en mi cuerpo, parte mía viviente«).

Podemos pensar el tatuaje, en este contexto, como la huella de una ausencia. La huella del objeto que se fue. Esa marca en la piel pretende dar a ver el signo de ese objeto, siendo así también signo de esa ausencia.

En ocasiones el empuje parece irrefrenable así, hay sujetos que van tatuándose cada vez un trozo más de piel. Hay cuerpos literalmente «recortados» por el tatuaje, donde la piel sin ese signo, queda reducida al exponente mínimo de aquello que existía antes de que el sujeto decidiera comenzar.

Es un uso de los cuerpos, la piel, como verdaderos lienzos, biografías vivas y puntuales a cielo abierto, imanes para la mirada como un reclamo más del imaginario colectivo.

TATUAJE COMO INSCRIPCIÓN DE LA PERTENENCIA

El tatuaje es un trazo donde un sujeto cuenta como «un Uno», es la marca del instante petrificado de habérselo hecho. Uno en tanto referido al trazo de lo idéntico que representa lo no idéntico, ya que en la repetición de una marca cada una difiere de la otra.

Que el sujeto de la prehistoria por ejemplo, haga su marca, una muesca en la caverna cuando ha matado un animal, le permitirá no confundirse cuando haya matado más. No tendrá que acordarse cuál es cuál. Los contará a partir de ese «rasgo unario». El modelo de esto es la marca del ganado en tanto inscribe la pertenencia.

Las marcas sobre el cuerpo inscriben así una doble connotación: por una parte la pertenencia a un conjunto y por la otra una cualidad erótica.

J. Lacan dice en relación al tatuaje, que lo identifica a uno y que, al menos en ciertas sociedades, lo convierte en objeto erótico. Sería necesario reflexionar efectivamente sobre el hecho de inscribir una huella sobre el cuerpo para transformarlo en un objeto erótico, y sobre la cuestión de las cicatrices y su distribución entre los sexos.

EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Podemos pensar también el tatuaje como esa incisión en el cuerpo que permite «esconderse» de ese mundo del espectáculo, y a la vez participar del mismo en tanto «omnivoyeur», como Lacan lo designa.

En el Seminario 11 sostiene:

«El mundo es omnivoyeur, pero no es exhibicionistano provoca nuestra mirada-. Cuando empieza a provocarla, entonces empieza también la sensación de extrañeza«.

Pero el mundo hoy, no sólo es omnivoyeur sino también exhibicionista.

La sensación de extrañeza a la que se refiere Lacan está presente de manera clara en relación a este tema.

En efecto, en esta época donde los velos han caído, un hombro, un pecho, un pene ya no son más que fragmentos de la anatomía, «La desnudez es percibida no como pureza sino como «falta», es decir «puesta al desnudo«. A partir de ahí el atributo de la belleza no es la desnudez, sino, al contrario, el vínculo entre el objeto y su envoltura».

Como intuyó W. Benjamin, «bello es ese objeto al que le es esencial el velo«, en palabras de Agamben.

TATUAJE COMO MANCHA

El tatuaje viene al lugar de la envoltura, ¿por qué no entenderla como una mancha que descubre ese hombro en otra vertiente? pues ésta atrae la mirada sobre un recorte del cuerpo.

Mancha en tanto marca particular de cada sujeto para nombrar la falta. Pensemos por ejemplo en el lunar: nuestras abuelas sabían bien de su valor erótico, su valor de imán de la mirada, y lo consideraban una marca de belleza, muchas, hasta se los pintaban.

En una vuelta inesperada Lacan invierte el sentido común, para decir que es el lunar el que nos mira y porque mira atrae tan paradójicamente. Como el blanco del ojo de un ciego, un tanto inquietante. Esta es también la función del tatuaje.

LOS PIERCING: OTRA MANERA DE AGUJEREAR EL CUERPO

Los piercing no se diferencian del tatuaje más que en el hecho de que en la incisión, en ese agujerear la piel, se coloca un objeto en lugar de la tinta.

Los lugares del cuerpo elegidos para ello muestran sin ambages su relación con la sexualidad, con el carácter específico del objeto insertado allí como incitador de la mirada.

No sólo son los labios, cejas o la lengua, también puede haber piercings en los labios mayores de la vulva, los pezones, el prepucio, y hasta en el clítoris.

El componente del dolor, de la sorpresa a la hora del encuentro sexual, parece indicar la tendencia a un goce en el dolor, una condición que el sujeto moderno muestra a su partenaire en el silencio de su cuerpo marcado.

El piercing evoca algo del fetichismo, como el tatuaje, ambos falicizan el cuerpo, es decir, lo tornan deseable.

En el piercing hay algo bastante diferente a lo que las tribus primitivas, e incluso contemporáneas de algunas zonas del Amazonas, nos relatan en los estudios y documentales al uso.

Aquí no hay iniciación. Tampoco parece haber nada del orden del talismán o condición de virilidad o belleza.

No se trata de una marca de pertenencia a una etnia. Aunque los sujetos con piercing responden más al «ellos y su propio cuerpo«, el fenómeno podría tener algo en común con el concepto de «tribu«, en tanto «tribus urbanas«, no necesariamente formando grupo sino desde un concepto de «estar a la moda«.

EL TATUAJE EN LA HISTORIA

Tatuar el cuerpo es una costumbre que se remonta a la antigüedad. Se han encontrado incluso momias con esta característica. En algunas culturas -la oriental, por ejemplo- estaba relacionado con el realce de la belleza, como la pintura, o el maquillaje.

Respecto de esto último, es una constante para las mujeres, quienes siempre se han maquillado. Pero, hay que hacer la salvedad de que si bien el efecto de la mascarada va en el sentido de velar y al unísono realzar o marcar, ésta práctica es evanescente, es una marca que se borra, como la henna, o los lunares en la frente de las hinduistas.

En occidente, en otras épocas, los tatuajes estaban restringidos a un sector social determinado, y sólo se tatuaban los hombres. Así, los obreros, los marineros y algunos oficios en particular, lucían, junto a una musculatura prominente, el tatuaje como una especie de «marca o signo» de la virilidad.

Hoy en día, esta cultura del tatuaje se ha ido extendiendo, y hay en ella algo de la moda, pero desde la vertiente de escandalizar al otro, o suscitar su mirada no por la atracción de lo bello, sino de lo extraño y hasta en la provocación de cierto rechazo.

Es algo similar a lo que aconteció con los románticos en Francia, que adoptaron una indumentaria que implicaba diferenciarse de los burgueses, su desprecio sin más.

De ahí la expresión «épater le bourgeois«, que aparece en Francia a mediados del siglo XIX dentro de la atmósfera romántica, y que sirve de lema a una de las actitudes más características del arte moderno: el desprecio hacia la clase social que, en torno a 1830, comenzó a imponer su predominio.

El tatuaje contemporáneo y su estética, tienen relación con un fenómeno que lo antecede y donde la cultura oriental ocupa un espacio importante.

En efecto, el Manga, la historieta y los personajes japoneses con esas características tuvieron todo su peso, aunque hoy en día han decaído.

Fue ésta una moda extendida sobre todo del lado femenino: jóvenes aniñadas, con faldas muy cortas y aspecto de muñecas, acentuado por el maquillaje y el pelo con coletas y lazos. Infinidad de dibujos reproducen hoy en día en los tatuajes, letras chinas o ideogramas japoneses.

Lo oriental, Japón en particular, funciona como esa otra cultura, extraña a occidente y por ello atractiva en todas sus vertientes desconocidas.

Es «lo diferente«, otro código, otra concepción de la belleza, otra filosofía de vida, otra religión, etc.

Pensemos el auge que tiene desde hace unos años Officer spanking man under letter D, Libary of Congress a esta parte la comida japonesa, cierta estética de lo «Zen», el budismo, en fin, múltiples cuestiones que hacen a esa cultura.

TATUAJE Y CONTEMPORANEIDAD

Entonces, ¿el tatuaje responde a una moda? De hecho, desde esta lectura, así lo parece. La paradoja es que si algo caracteriza a esta última, es el cambio, la rotación o la invención de nuevos modelos. En este sentido, el tatuaje es inamovible, permanente. Luego, desde allí podemos inferir que el tatuarse estaría del lado de instaurar algo inalterable o estable en un mundo de cambios continuos.

Es este un tiempo donde se intenta reducir al sujeto a las lecturas homogeneizantes de las evaluaciones, las TCC, los cálculos sin diagnosis de escucha, unido a una concepción de la mercancía y los objetos como panacea. Por otro lado, la ciencia, se ha convertido en «la nueva religión» de la época (G. Pommier).

Y en este declive, los ideales ceden el paso a una concepción del mundo y de la vida donde el sujeto es empujado a imprimirle sentido por la vía de los objetos, el consumo.

Éste, desde la publicidad y su mensaje, se «vende» como la vía regia para alcanzar esa felicidad que parece estar a mano de cualquiera que acceda a tal vehículo o determinado modelo de móvil.

Y así, sucesivamente. Es un modelo siniestro donde el sujeto, como tal no cuenta, más que en su faceta de consumidor en potencia. Esta realidad, instaura una cadena donde el tatuarse, transforma al sujeto en un artículo más que, literalmente, pone su piel y su cuerpo en circulación.

En efecto, el mundo contemporáneo se caracteriza por mutar continuamente, y genera de esta manera nuevas situaciones en el ámbito familiar, en los vínculos, nuevos modelos y también nuevas profesiones.

Así, el tatuaje ha dado lugar a los tatuadores, y a toda una industria que gira alrededor de ese nuevo oficio (hay tatuadores que son considerados artistas y que viajan por el mundo solicitados por doquier).

Sucede algo similar con los piercings, que no sólo implica a quien los aplica sino también a los que pasaron a fabricar y vender todo tipo de artilugios de diferentes materiales, algunos muy valiosos, para esta nueva «industria».

Dicho esto, se ve como ese signo que constituiría una marca única y distintiva pasa a ser la marca de un artículo más de consumo.

EL TRAZO Y LA LETRA

Ahora bien, en el tatuaje hay algo del orden del trazo y la letra, es muy interesante pensarlo también en esa dirección ya que para el psicoanálisis esto tiene todo su lugar.

Lacan, en los últimos años de su vida, estaba muy interesado en el tema de la caligrafía oriental y su relación con el texto, concretamente, la poesía.

Ésta atraviesa toda la obra lacaniana, pero en la época a la cual me refiero, Lacan fue más allá y desde su incansable movimiento no dejó de lado tampoco el Tao, ni las cuestiones que en la filosofía oriental pudieran apasionarlo.

Para los chinos y también los japoneses, la caligrafía no es independiente del texto. Si un texto es bello, debe estar bellamente escrito, de lo contrario, pierde su valor. El trazo, es del orden de lo pictórico, es un hecho estético tributario de ese campo que pone en juego la letra, ya que allí se apoya la creación.

En la escritura japonesa la caligrafía produce una fusión entre la música de las palabras y el goce del lenguaje. La calidad del calígrafo se mide en el trazo. Recordé así una película relacionada con el tema que nos ocupa.

En el film el acento está puesto en la letra, la caligrafía y el goce del pincel en la piel, se puede apreciar el lugar de litoral de la letra en tanto contorno que se pierde, se desdibuja y al unísono, delimita. Litoral como borde, límite de la imagen.

Pues no es por el sentido de la imagen que la escritura toma su fuerza sino por la pura imagen en su despliegue y en su quebradura.

Cuando la protagonista, con el cuerpo bellamente escrito, deja que el agua arrastre la tinta mientras la cámara muestra la disolución de la letra escurriéndose por el sumidero, parece deslizarse algo alrededor de la letra como desecho: de «letter» a «litter«, de letra a desecho.

La película – The Pillow Book – inspirada en el libro que lleva ese título, fue escrito por una mujer al final del primer milenio de nuestra era, Sei Shônagon, que sirvió en la corte como ayudante de la Emperatriz.

El título del libro y la película hacen referencia a esa especie de caja que usan los japoneses como almohada. Allí dentro se guardaban los secretos y los diarios íntimos.

Este libro, es uno de ellos. La película gira alrededor de la vida amorosa de una mujer marcada desde niña -no ya por el tatuaje- sino por la escritura.

Su padre, calígrafo, le escribía en la cara y parte de la espalda algunas frases que repetía en voz alta, cada cumpleaños. Esa niña, al hacerse mujer, buscará incansablemente un hombre que le escriba el cuerpo.

Al encontrarlo, es ella misma quien pasa a escribir en el cuerpo del otro. El goce y lo efímero se muestran en la película desde la belleza y el enigma que comporta.

La condición de goce que el padre imprime con su acto, unido a la lectura del libro de Shônagon que su madre le lee cada noche – «cuando tengas 28 años este libro tendrá ya mil» dirá la misma – inclinan a la niña a un inseparable duelo entre su deseo de ser escrita y el de escribir en el cuerpo del otro. Y todo ello, literalmente.

La película abre una puerta diferente mostrando -desde la mirada del director del film- lo que el tatuaje fue en otra cultura donde la belleza del trazo era equiparable al erotismo y el texto era indisoluble de la forma como tal.

En efecto, la carne tal como se muestra en el tatuaje contemporáneo, no deja lugar a la metáfora, es marca que da a veral tiempo que envuelveel cuerpo en su vertiente más Real.

LA AUTORA
Claudine Foos. A.P. Psicoanalista en Madrid. Miembro de la ELP y la AMP.

Tags: Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Literatura, Cultura, Filosofía, Psicología, Salud Mental, Sexualidad

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Muladar(Vía Psicocorreo*)
A diferencia de lo que ocurre en todos los niveles del reino animal
-la cosa comienza en el elefante y el hipopótamo y termina en la medusa-, el hombre se caracteriza en la naturaleza por el extraordinario embarazo que le produce – ¿cómo llamarlo – Dios mío  – de la manera más simple? – la evacuación de la mierda.

El hombre es el único animal al que esto le plantea un problema, pero que resulta prodigioso. Ustedes no se dan cuenta porque tienen aparatitos que la evacuan. No imaginan adónde va a continuación.

A través de cañerías, todo se junta en sitios enormes que ni sospechan, donde se acumula, y después hay fábricas que la recogen, la transforman y hacen con ella todo tipo de cosas que vuelven a la circulación por medio de la industria humana, que es una industria muy cerrada.

Resulta sorprendente que no haya , hasta donde yo sé, cursos de economía política que le dediquen al tema una o dos lecciones. Sin duda se trata de un fenómeno de represión que, como todos los fenómenos de represión, se liga a las necesidades de las buenas costumbres. Sólo que no se entiende bien cuáles.

Hay un hombre sagaz al que conocí hace mucho tiempo, y lamento no haberlo visto más, es bastante famoso, se llama Aldous Huxley.

Era un hombre encantador, de buena familia, y que no era completamente idiota, nada incluso. No sé si vive aún. Consigan de él – si no recuerdo mal en francés lo publicó Stock – Adonis y el alfabeto. Este titulo no anuncia evidentemente el capítulo que contiene sobre el tema que acabo de mencionar, el gran muladar.

Siempre resulta chocante hablar del tema, cuando siempre formó parte de lo que se llama la civilización. Una gran civilización es en un primer lugar una civilización que tiene un muladar. Mientras no se parta de cosas de este tipo, no se dirá nada serio.

JACQUES LACAN
Mi enseñanza, su naturaleza y sus fines.
Burdeos; Facultad de Medicina de Estrasburgo, 1967.-

Fuente: *Psicocorreo / http://psicocorreo.blogspot.com/

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Según J. Lacan, objeto causa del deseo. El objeto a (pequeño a) no es un objeto del mundo. No representable como tal, no puede ser identificado sino bajo la forma de «esquirlas» [«éclats»: esquirlas, fragmentos brillantes, brillos) parciales del cuerpo, reducibles a cuatro: el objeto de la succión (seno), el objeto de la excreción (heces), la voz y la mirada.

Constitución del objeto a.

Este objeto se crea en ese espacio, ese margen que la demanda (es decir, el lenguaje) abre más allá de la necesidad que la motiva: ningún alimento puede «satisfacer» la demanda del seno, por ejemplo.

Este se hace más precioso para el sujeto que la satisfacción misma de su necesidad (mientras esta no se vea realmente amenazada) pues es la condición absoluta de su existencia en tanto sujeto descante. Parte desprendida de la imagen del cuerpo, su función es soportar la «falta en ser» que define al sujeto del deseo.

Esta falta sustituye como causa inconciente del deseo a otra falta: la de una causa para la castración. La castración, es decir, la simbolización de la ausencia de pene de la madre como falta, no tiene causa, a no ser mítica.

Depende de una estructura puramente lógica: es una presentación bajo una forma imaginaria de la falta en el Otro (lugar de los significantes) de un significante que responda por el valor de este Otro, de este «tesoro de los significantes», o sea, que garantice su verdad.

Incidencias del objeto a.

El objeto a responde así en este lugar de la verdad para el sujeto en todos los momentos de su existencia.

En el nacimiento, en tanto el niño se presenta como el resto de una cópula, maravilla alumbrada «inter faeces et urinas». Antes de todo deseo, como el objeto precursor alrededor del cual la pulsión hace retorno y se satisface sin alcanzarlo.

En la constitución del fantasma, acto de nacimiento verdadero del sujeto del deseo, como el objeto cedido como precio de la existencia (ligado a partir de allí al sujeto por un lazo de reciprocidad total aunque disimétrico [notado por el losange]).

En la experiencia amorosa, como esa falta maravillosa que el objeto amado reviste o esconde.

En el acto sexual, como el objeto que remedia la irreductible alteridad del Otro y sustituye, en tanto participante del goce, la imposibilidad de hacer uno con el cuerpo del Otro.

En el afecto (duelo, vergüenza, angustia, etc,), que es la prueba de su develamiento o solamente la amenaza de este develamiento, el objeto a, finalmente, responde según el lugar y el modo de su presencia: en el duelo, en tanto perdemos a aquel para quien éramos ese objeto; en la vergüenza, en tanto soportarnos su presentificación ante la mirada del otro; en la angustia, en tanto ella es la percepción del deseo inconciente; en el pasaje al acto suicida, en fin, donde sale del marco de la escena del fantasma forzando los límites de la «elasticidad» de su lazo con el sujeto.

El objeto a en la enseñanza de Lacan.

Un breve recorrido de la elaboración que hace Lacan sobre el objeto a puede ser útil para mostrar su necesidad, la imposibilidad de su captación y la modificación constante de su escritura.

Al principio de su enseñanza, Lacan designa con la letra a al objeto del yo [moi], el «pequeño otro».

Se trata entonces de distinguir entre la dimensión imaginaria de la alienación por la cual el yo se constituye sobre su propia imagen, prototipo del objeto, y la dimensión simbólica donde el sujeto hablante está en la dependencia del «gran Otro», lugar de los significantes.

En el seminario La ética del psicoanálisis (1960), Lacan retorna de Freud, esencialmente del Proyecto de psicología (1895) y de La negación (1925), el término alemán das Ding.

«Das Ding» es la cosa, más allá de todos sus atributos. Es el Otro primordial (la madre) como eso real extraño en el corazón del mundo de las representaciones del sujeto, por lo tanto a la vez interior y exterior.

Real también por inaccesible, «perdido» a causa simplemente del acceso al lenguaje.

El descubrimiento y la teorización por D. W. Winnicott del objeto transicional (ese objeto que puede ser cualquiera: un pañuelo, un pedazo de lana, etc., hacia el cual el niño manifiesta un apego incondicional) fueron saludados por Lacan, más allá del interés clínico de este verdadero emblema del objeto a, porque el autor reconoció allí la estructura paradójica del espacio que este objeto crea, ese «campo de la ilusión» ni interior ni exterior al sujeto.

El objeto a no es por lo tanto la cosa. Viene en su lugar y toma de ella a veces una parte de horror.

A ejemplo de la placenta, es algo común tanto al sujeto como al Otro, que vale para ambos como «semblante» en un linaje (metonimia) cuyo punto de perspectiva es el falo (lo que Freud había revelado en las equivalencias «en las producciones del inconciente entre los conceptos de excrementos -dinero, regalo-, hijo y pene»).

Se convierte así en el objeto fálico dentro del fantasma que hace habitable lo real.

En el seminario VI, El deseo y su interpretación, Lacan introduce al objeto a definido como objeto del deseo.

En Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconciente freudiano (setiembre de 1960) se precisará su carácter de incompatibilidad con la representación. De hecho, «el objeto del deseo en el sentido corriente es o un fantasma, que es en realidad el sostén del deseo, o un señuelo».

Así, muy rápidamente, el objeto a se llamará «objeto causa del deseo». Como causa del deseo, es causa de la división del sujeto tal como aparece en la escritura del fantasma ($ <> a) «en exclusión interna de su objeto».

Los seminarios La identificación (1961-62) y La angustia (1962-63) están dedicados, por una parte, a la presentación topológica de este objeto a por el recurso a ciertos tipos de superficies aptas para soportar sus características-, por otra parte, al estudio clínico de su función en el afecto así como de su lugar según las diversas estructuras: enmascarado en el fantasma del neurótico, objetivamente presente en la realidad de la escena perversa, reificado alucinatoriamente en la psicosis.

En los seminarios de 1966-67 (La lógica del fantasma) y de 1967-68 (El acto psicoanalítico), Lacan retoma la dialéctica de la alienación. (Véase sujeto.)

Distingue allí dos modos de la falta bajo los cuales se anuncia el sujeto del inconciente: o yo no pienso, o yo no soy.

El objeto a presentifica la falta en ser del sujeto por oposición a -?, escritura del inconciente como pensamientos carentes de sujeto (manquant de sujet, resuena con falta del sujeto] (el sinsentido de lo sexual), retornando estas dos letras a y -? la disparidad en la teoría freudiana entre el ello (aspecto pulsional) de la segunda tópica y el inconciente (aspecto ideativo) de la primera.

En el Seminario XVII, 1969-70, «El revés del psicoanálisis», el objeto a deviene, bajo el nombre «plus-de-gozar» [marcando un punto de límite (en este caso de renuncia al goce), pero también de franqueo del límite, como suele hacer Lacan en otros Sintagmas similares], por analogía con la función de la plusvalía en Karl Marx, uno de los cuatro términos con los que Lacan formaliza los 4 discursos que estructuran los diferentes modos del lazo social entre los hombres. (Véase discurso.)

Por último, en el seminario Real, simbólico, imaginario o R.S.I. (1974), el objeto a, presentado hasta entonces como el efecto de un corte, aparece de una manera totalmente renovada.

Es el punto de encaje por el cual los tres registros de la subjetividad: real, simbólico e imaginario, realmente independientes el uno del otro, revelan sin embargo poder «sostenerse juntos» en la presentación del nudo borromeo.

Se trata siempre de una escritura. El objeto a es la letra en tanto se distingue del significante. Mientras que el significante está en lo simbólico, la letra en tanto letra (y no imagen o soporte de una combinatoria) está en lo real.

Por eso permite la represión. Corresponde al «representante de la representación» de la pulsión en Freud [Vorstellungsrepräsentanz].

Proveniente de lo simbólico «caído» en lo real  por efecto de la articulación significante, produce el franqueamiento del significado.

El V romano, la hora quinta, que marca la escena primaria en el análisis del Hombre de los Lobos, da una ilustración de su función de vía de retorno de lo reprimido.

El objeto a es entonces el objeto del psicoanálisis, y los psicoanalistas tienen en parte a su cargo el tratamiento de la letra.

La ciencia, que sólo opera por medio de una formalización escrita, ha remontado vuelo desde que ha tomado el partido de no querer saber nada del objeto a, de la verdad como causa (en la ciencia la subjetividad está reducida al error).

Pero la verdad hace su retorno en lo real con la profusión de objetos cuya fabricación permite (sin haberlo querido), que son otros tantos travestimientos positivizados del objeto a, con la conmoción ética que suscita su utilización.

El psicoanálisis, por racional que sea, no es la ciencia del objeto a.

Sostiene que no hay esperanza de suturar la falla en el saber, la del objeto a en tanto condición absoluta del sujeto, y que, por consiguiente, «de nuestra posición de sujeto somos todos responsables» (Lacan, «La ciencia y la verdad», 1964-65, en Escritos, 1966).


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