Planeta Freud

156. Una experiencia religiosa – 1927 [1928]

Posted on: septiembre 1, 2009

FreudEn el otoño de 1927 un periodista germanoamericano, G. S. Viereck, al que hubiera recibido con mucho gusto si alguna vez se le hubiera ocurrido venir a verme, publicó una entrevista conmigo en la que se hablaba de mi falta de creencias religiosas y de mi indiferencia ante la posibilidad de una vida de ultratumba.

Esta supuesta entrevista fue muy leída y me procuró, entre otras, la siguiente carta de un médico americano:

«…Lo que más me ha impresionado ha sido su respuesta a la pregunta de si creía en una subsistencia de la personalidad después de la muerte. Según el informador, había contestado usted secamente: «Eso me tiene sin cuidado.»

«Le escribo hoy para comunicarle un suceso vivido por mí el año mismo en que terminaba mis estudios universitarios. Una tarde que me encontraba en el quirófano entraron el cadáver de una anciana y lo colocaron sobre una de las mesas de disección. Hondamente impresionado por la expresión de serena dulzura de aquel rostro muerto, pensé en el acto: No; no hay Dios; si hubiera un Dios, no habría permitido que una mujer tan bondadosamente amable viniera a la sala de disección.

«Al regresar luego a casa abrigaba la firme decisión de no volver a entrar en una iglesia. Las doctrinas del cristianismo me habían inspirado ya antes graves dudas. «Pero cuando me hallaba reflexionando sobre todo esto, surgió en mi alma una voz que me aconsejó meditar mi resolución.

Mi razón respondió a esta voz: Si alguna vez adquiero la certeza de que los dogmas cristianos son verdaderos y de que la Biblia es la palabra de Dios, los aceptaré sumisamente.

«En los días siguientes, Dios hizo sentir claramente a mi alma que la Biblia es la palabra de Dios, que todo lo que se nos enseña sobre Jesucristo es verdad y que Jesús es nuestra única esperanza. Desde entonces, Dios se me ha revelado con otros muchos signos inequívocos.

«Como ‘hermano médico’ (brother physician) le ruego que medite sobre cuestión tan esencial, y le aseguro que si lo hace sinceramente, Dios revelará a su alma la verdad, como a mí y a otras muchas personas…»

A esta carta contesté cortésmente que le felicitaba de que una tal experiencia le hubiese permitido conservar su fe. Dios no había hecho tanto por mí. No me había hecho oír jamás una tal voz, y sino se daba ya mucha prisa -teniendo en cuenta mi avanzada edad -, no sería culpa mía si continuaba siendo hasta el fin lo que ahora era: an infidel jew.

El amable colega americano aseguraba en su carta que el judaísmo no constituía un obstáculo para llegar a la verdadera fe, y aducía para demostrarlo diversos ejemplos. Por último, me comunicaba que se rezaba por mí, implorando a Dios que me otorgase la fe verdadera.

Tales plegarias no han surtido hasta ahora el menor efecto. Pero la experiencia religiosa de mi amable corresponsal me ha hecho pensar, pareciéndome interesante intentar su explicación por motivos afectivos, ya que, además de su singularidad, presenta fundamentos lógicos harto débiles.

Dios permite cosas más fuertes que la de que una mujer de rostro simpático acabe en una sala de disección. Tales cosas han sucedido siempre y sucedían todos los días en la época en que el médico americano terminaba sus estudios. Por otro lado, su carrera hace suponer que no podía ignorar éstas y otras miserias.

Y entonces, por qué su rebelión contra Dios hubo de estar precisamente al experimentar aquella impresión ante el cadáver de la anciana? La explicación es harto fácil para toda persona acostumbrada a considerar analíticamente los sucesos interiores y los actos de los hombres; tan fácil, que se mezcló espontáneamente en mi memoria con el hecho mismo al que se refería.

Al citar en una discusión la carta del piadoso colega expuse que, según escribía en ella, el rostro de la anciana le había recordado el de su propia madre.

En realidad, la carta no contenía nada semejante, y yo mismo me di en seguida cuenta de ello; pero precisamente este error de memoria constituye la explicación que se nos impone al leer las palabras con las que el sujeto describe a la anciana (sweetfaced dear old woman).

El efecto despertado por el recuerdo de la madre es el responsable de la debilidad de juicio demostrada en aquella ocasión por el médico. Dejándonos llevar por el vicio psicoanalítico de aducir como material probatorio cosas que desde el punto de vista general parecen verdaderas nimiedades, susceptibles de otra distinta explicación menos profunda, nos fijaremos también en las palabras «hermano médico» empleadas a mi intención de la carta.

Podemos, pues, representarnos el proceso en la siguiente forma: La visión del cuerpo desnudo (o que ha de ser desnudado) de una mujer que le recuerda a su madre, despierta en el joven la nostalgia de la madre, procedente del complejo de Edipo y completada en el acto por la rebelión contra el padre.

La imagen del padre y la de Dios no se hallan aún muy separadas en él, y el deseo de la muerte del padre puede hacerse consciente como duda de la existencia de Dios y quererse legitimar ante la razón como indignación por el mal trato infligido al objeto materno.

El niño considera típicamente el comercio sexual entre el padre y la madre como una violencia ejercida sobre la madre. La nueva tendencia, desplazada al terreno religioso, no es más que una repetición de la situación del complejo de Edipo y sigue en consecuencia, al poco tiempo, igual destino, sucumbiendo a una poderosa corriente contraria.

Durante el conflicto no es mantenido el nivel del desplazamiento, no se aduce argumento alguno para la justificación de la idea de Dios ni se dice tampoco con qué signos inequívocos hubo de demostrar Dios su existencia al sujeto, desvaneciendo sus dudas.

El conflicto parece haberse desarrollado en la forma de una psicosis alucinatoria: voces internas que se hacen perceptibles para desaconsejar la rebelión contra Dios.

El combate interior tiene de nuevo en el terreno religioso su desenlace, predeterminado por el destino del complejo de Edipo: una completa sumisión a la voluntad de Dios-padre.

El joven se ha hecho creyente y acepta todo lo que desde niño se le ha enseñado acerca de Dios y de Jesucristo. Ha vivido una experiencia religiosa y se ha convertido.

Todo esto es tan sencillo y transparente que no podemos rechazar la interrogación de si la comprensión de este caso nos habrá descubierto algo sobre la psicología de la conversión religiosa. Remitiremos al lector a una excelente obra de Sante de Sanctis (La conversión religiosa, Bologna, 1924) en la que se utilizan todos los descubrimientos del psicoanálisis.

Su lectura confirma la sospecha de que no todos los casos de conversión religiosa se muestran tan transparentes como el que antecede, pero también que nuestro caso no contradice en ningún punto las opiniones que la investigación moderna ha formado sobre esta cuestión. Lo que distingue a nuestra observación es su enlace con una ocasión especial que hace brotar una vez más la incredulidad antes de quedar definitivamente dominada para el individuo.

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