Planeta Freud

100. Un recuerdo infantil de Goethe en «Poesía y verdad» -1917

Posted on: agosto 24, 2009

«FreudCuando intentamos recordar lo que en nuestra primera infancia nos sucedió nos exponemos muchas veces a confundir lo que otras personas nos han dicho con lo que debemos realmente a nuestra experiencia y a nuestras observaciones personales.»

Goethe hace esta consideración en una de las primeras páginas de su biografía, cuya redacción comenzó a los sesenta años.

A la frase copiada preceden tan sólo algunas noticias sobre su nacimiento, acaecido «el 28 de agosto de 1749, a mediodía, en el momento mismo en que el reloj daba las doce».

La constelación de los astros le era favorable y fue quizá la causa de su conservación, pues vino al mundo «como muerto», y sólo con gran trabajo se consiguió que viera la luz.

A estas observaciones sigue una breve descripción de la casa y de la habitación en que los niños -su hermana y él- gustaban más de estar. Pero luego sólo relata Goethe, realmente, un único suceso que puede ser situado en su «primera infancia» (¿antes de los cuatro años?), del cual parece haber conservado un recuerdo personal.

He aquí un relato del mismo:

«También los niños hacían conocimiento con los vecinos mediante estas galerías, y los tres hermanos Ochsenstein, hijos del difunto alcalde, que vivían enfrente, me tomaron mucho cariño y se ocupaban de mí y me embromaban de diversos modos.

Mis padres contaban toda clase de travesuras mías, que aquellos señores, por lo demás gente retraída y seria, me habían excitado a cometer.

Contaré tan sólo una de ellas. Había habido mercado de cacharros, y no sólo se había provisto la cocina de estos utensilios para algún tiempo, sino que nos habían comprado a los niños, como juguetes, otros cacharros semejantes en miniatura.

Una hermosa tarde en que la casa estaba silenciosa y tranquila jugaba yo en la galería con mis platos y mis pucheros, y no sabiendo ya qué hacer con ellos, tiré uno a la calle, divirtiéndome mucho verlo estrellarse ruidosamente contra el suelo.

Los Ochsenstein, que observaron lo mucho que aquello me regocijaba hasta el punto de hacerme palmotear alegremente, me gritaron: ‘¡Más!’ Sin vacilar tiré en el acto un puchero, y como no dejaron de gritar: ‘¡Más!’, todos los platitos, las cazuelitas y los pucheritos fueron a estrellarse contra el suelo.

Mis vecinos continuaron testimoniándome su aprobación, y yo me sentía extremadamente gozoso de procurarles aquel placer.

Pero mi provisión se agotó, y ellos siguieron gritando: ‘¡Más!’ Entonces corrí a la cocina y traje unos platos de loza, que ofrecieron, al romperse, un espectáculo más divertido aún; de este modo, yendo y viniendo, traje los platos, uno tras otro, según podía alcanzarlos sucesivamente del bazar, y como aquellos señores no se daban nunca por satisfechos, precipité en igual ruina toda la vajilla que pude ir cogiendo. Por fin llegó alguien, pero demasiado tarde para detener y prohibirme aquel juego.

El mal estaba hecho, y a costa de tantos cacharros rotos se tuvo, por lo menos, una historia divertida, que fue, sobre todo para los maliciosos instigadores, y hasta el fin de su vida, un gozoso recuerdo.»

Pasajes como éste podían leerse en los tiempos preanalíticos sin sentirse uno impulsado a reflexionar sobre ellos.

Pero luego ha despertado la conciencia analítica, y nos hemos formado sobre los recuerdos procedentes de la primera infancia determinadas opiniones, a las que gustamos de atribuir una validez general. No es indiferente ni insignificante qué detalle de la vida infantil se haya sustraído al olvido general de la infancia.

Mas bien hemos de sospechar que lo que se ha conservado en la memoria es también lo más importante de aquel estadio de la vida, bien porque ya en su tiempo entrañara tal importancia, bien porque la haya adquirido después, bajo la influencia de sucesos posteriores.

De todos modos, el alto valor de tales recuerdos infantiles sólo en muy raros casos resultaba evidente. Por lo general, parecían indiferentes o incluso insignificantes, y en un principio se hacía incomprensible que precisamente ellos hubieran conseguido desafiar la acción de la amnesia.

Al mismo sujeto que los había conservado como patrimonio mnémico, a través de largos años, le era tan imposible valorarles acertadamente como al extraño a quien se los contaba.

Para reconocer su importancia fue precisa una cierta labor de interpretación que demostró cómo su contenido debía ser sustituido por otro o descubrió su relación con otros sucesos, innegablemente importantes, en lugar de los cuales habían emergido en calidad de recuerdos encubridores.

En toda elaboración psicoanalítica de una biografía se consigue aclarar de este modo la significación de los primeros recuerdos infantiles.

E incluso resulta, por lo regular, que precisamente aquel recuerdo que el analizado sitúa en primer término, el que primero relata, demuestra luego ser el más importante, aquel que encierra en sí la llave de los compartimientos secretos de su vida anímica. Pero en el caso del pequeño suceso infantil relatado en Poesía y verdad nuestras esperanzas hallan escaso apoyo.

Los medios y los caminos que en el análisis de nuestros pacientes nos conducen a la interpretación nos son, en este otro, inaccesibles, y el suceso en sí no parece ser susceptible de una relación evidenciable con impresiones importantes de una época ulterior.

Una travesura, con daño del menaje casero, realizada bajo la influencia de otros, no es, desde luego, una viñeta adecuada a todo lo que Goethe puede relatarnos de su vida, tan rica en acontecimientos. No parece posible negar a este recuerdo infantil la mayor inocencia y la más absoluta falta de relación con sucesos posteriores y sería acaso aventurado extender a él las tesis psicoanalíticas.

Habíamos, pues, desviado nuestro pensamiento de este pequeño problema cuando el azar trajo a nosotros un paciente en el que un recuerdo infantil análogo mostraba transparentes relaciones. Tratábase de un hombre de veintisiete años, muy culto y muy inteligente, cuyo presente estaba acaparado por un conflicto con su madre, el cual extendía su acción a casi todos los intereses de la vida, y bajo cuyos efectos había sufrido gravemente el desarrollo de su capacidad de amor y de conducirse independientemente.

Este conflicto alcanzaba regresivamente hasta su infancia; puede decirse que hasta sus cuatro años.

El sujeto había sido un niño muy débil, enfermizo siempre, y, sin embargo, sus recuerdos habían transfigurado aquella mala época en un paraíso, pues durante ella había poseído el cariño ilimitado e incompartido de su madre.

No había cumplido aún los cuatro años cuando le nació un hermano, que aún vive. por reacción a este suceso perturbador se transformó en un niño obstinado e indómito, que provocaba constantemente la severidad de la madre. Y luego entonces no volvió ya al buen camino.

Cuando acudió a mi consulta -impulsado principalmente por el hecho de que su madre, exageradamente religiosa, abominaba del psicoanálisis-, los celos que su hermano hubo de inspirarle y que le habían llevado hasta atentar contra él cuando todavía era un niño de pecho estaban ha largo tiempo olvidados.

Ahora le trataba con grandes consideraciones; pero ciertos extraños actos casuales con los que había causado graves daños a animales que le eran queridos, tales como su perro de caza o pájaros a los que cuidaba con esmero, debían interpretarse como ecos de aquellos impulsos hostiles contra su hermano.

Este paciente nos relató que en la época misma de su atentado contra el niño que despertaba sus odios había arrojado por la ventana de una casa de campo todas las piezas de vasija que había hallado a su alcance. Tratábase, pues, de una escena idéntica a la que Goethe narra en Poesía y verdad. Haremos constar que nuestro paciente no era de nacionalidad alemana ni había leído la biografía de Goethe.

Esta comunicación señalaba la posibilidad de interpretar el recuerdo infantil de Goethe en el sentido que la historia de mi paciente imponía. Pero ¿se daban acaso en la infancia del poeta las condiciones necesarias para una tal interpretación?

Desde luego, Goethe hace responsables de su travesura infantil a los señores de Ochsenstein. Pero su mismo relato indica que tales señores no hicieron más que animarle a continuar su manejo.

La iniciación del mismo fue espontánea, y la motivación que alega -«y no sabiendo ya qué hacer con ellos» (con los cacharros de juguete)- puede considerarse como una confesión de que en la época en que redactaba sus Memorias no le era conocido motivo alguno eficiente de aquel acto.

Sabido es que Juan Wolfgang Goethe y su hermana Cornelia fueron los únicos supervivientes de toda una serie de hermanos.

El doctor Hans Sachs ha tenido la amabilidad de procurarme los datos relativos a estos hermanos de Goethe, muertos en edad temprana.

Hermanos de Goethe:

a) Hermann Jakob, bautizado el lunes 27 de noviembre de 1752; alcanzó una edad de seis años y seis semanas, y fue enterrado el 18 de enero de 1759.

b) Catharina Elisabeth, bautizada el lunes 9 de septiembre de 1754; enterrada el jueves 22 de diciembre de 1755 (un año y cuatro meses).

c) Johanna María, bautizada el martes 29 de enero de 1757, y enterrada el 1 de agosto de 1759 (dos años y cuatro meses). (Esta es la niña cuya belleza y agrado ensalza Goethe en sus Memorias.)

d) Georg Adolph, bautizado el domingo 15 de junio de 1760; enterrado el miércoles 18 de febrero de 1761 (ocho meses).

La hermana inmediatamente menor de Goethe, Cornelia Friederica Christiana, había nacido el día 7 de diciembre de 1750, cuando Goethe tenía tan sólo quince meses. Tan pequeña diferencia de edad la excluye como objeto posible de celos.

Sabido es que los niños, cuando en ellos despiertan ya las pasiones, no desarrollan nunca reacciones intensas contra los hermanos que ya encuentran a su lado, sino que orientan su hostilidad contra los que luego nacen.

Además la escena cuya interpretación nos ocupa es incompatible con la tierna edad de Goethe al tiempo del nacimiento de Cornelia o poco después. Cuando nació su primer hermano, Hermann Jakob, Goethe tenía tres años y tres meses.

Aproximadamente dos años después, cuando tenía ya unos cinco años, nació su segunda hermana. Ambas edades pueden ser tenidas en cuenta para datar la escena de los cacharros; quizá merezca la primera la preferencia, y también armonizaría mejor con el caso de mi paciente, que al nacer su hermano tenía unos tres años y nueve meses.

El hermano Hermann Jakob, hacia el cual queda orientada así nuestra tentativa de interpretación, no fue, además, en la nursery de los Goethe un huésped tan pasajero como los hermanos ulteriores. Y es de extrañar que su ilustre hermano no tenga para él en su biografía ni una sola palabra de recuerdo. Pasó a los seis años, y cuando murió, Goethe tenía ya cerca de diez.

El doctor Ed. Hitschmann, que ha tenido la bondad de poner a mi disposición sus notas sobre la materia, opina lo siguiente: También el pequeño Goethe vio sin gran pena la muerte de un hermano suyo. Por lo menos, su madre, según nos transmite Bettina Brentano, contaba lo que sigue:

«Pareció extraño que a la muerte de su hermanito menor, Hermann Jakob, que era su compañero de juegos, no derramara ni una lágrima; más bien parecía molesto por las lamentaciones de sus padres y de sus hermanos, y cuando se le preguntó si es que no había querido a su hermano, corrió a su cuarto, sacó de debajo de la cama multitud de papeles en los que tenía escritos deberes escolares y pequeñas cuentas y dijo que había hecho todo aquello para enseñar a su hermano.»

Así, pues, al hermano mayor le había gustado jugar a ser el padre del menor y mostrarle su superioridad.

Podríamos, pues, formarnos la opinión de que el hecho de arrojar los cacharros por la ventana es un acto simbólico o, mejor dicho, mágico, mediante el cual el niño (Goethe, así como mi paciente) manifiesta vigorosamente su deseo de suprimir al intruso perturbador.

No tenemos por qué negar el placer del infantil sujeto ante la estrepitosa rotura de los cacharros; cuando un acto es ya de por sí placentero, el sujeto se siente impulsado a repetirlo al servicio de otras intenciones.

Pero no creemos que fuera el placer producido por el ruidoso estropicio el que pudiera asegurar a tales travesuras infantiles un lugar duradero en la memoria del adulto. La motivación de un tal acto es más complicada.

El niño que rompe unos cacharros sabe muy bien que hace algo malo, por lo cual le regañarán los mayores, y si este conocimiento no basta para retenerle, es que aspira a satisfacer un resentimiento contra sus padres; quiere mostrarse malo. Para satisfacer el placer de romper sería suficiente que el niño arrojara al suelo los objetos frágiles.

El hecho de precipitarlos fuera de casa, por la ventana, no tendría entonces explicación. Pero tal «fuera de casa» parece constituir parte importantísima del acto mágico y provenir del sentido oculto del mismo.

El nuevo niño ha de ser arrojado fuera de casa y, a ser posible, por la ventana, que es por donde ha venido. Todo el acto sería entonces equivalente a aquella reacción verbal de un niño al serle comunicado que la cigüeña le había traído un hermanito:

«Pues que se lo vuelva a llevar.»

Sin embargo, no se nos oculta cuán aventurado es -aparte ya de todas las inseguridades internas- fundar la interpretación de un acto infantil en una única analogía. Por esta razón hemos retenido durante muchos años. sin publicarla, esta interpretación de la pequeña escena de Poesía y verdad.

Pero un buen día acudió a mi consulta un paciente, que inició su análisis con las siguientes frases:

«Soy el mayor de ocho o nueve hermanos. Uno de mis primeros recuerdos es el de una noche en que mi padre, sentado en su cama, me contó, sonriendo, que me habían traído un hermanito.

Yo tenía por entonces tres años y nueve meses: tan grande es la diferencia de edad que me separa de mi hermano inmediatamente menor. Luego sé que poco tiempo después (¿o quizá fuera un año antes?) arrojé una vez a la calle, por la ventana, diversos objetos, cepillos (¿o fue sólo un cepillo?), botas y otras cosas. Tengo todavía un recuerdo más temprano.

Cuando tenía dos años pernocté con mis padres en un hotel de Linz, en el curso de un viaje a Salzkammergut. Pasé la noche tan inquieto y grité tanto, que mi padre tuvo que pegarme.»

Esta declaración desvaneció todas mis dudas. Cuando el sujeto analizado comunica dos cosas en sucesión inmediata, como en un solo aliento, esta proximidad puede interpretarse como una conexión.

Fue, pues, como si el paciente hubiera dicho:

«Porque supe que me habían traído un hermanito arrojé poco tiempo después, a la calle, tales y cuales objetos.»

El hecho de arrojar los cepillos, las botas, etc., se da como reacción al nacimiento del hermano. No es tampoco adversa la circunstancia de que, en este caso, los objetos arrojados no fueran cacharros, sino otros distintos, probablemente los que el niño encontró más a mano.

El hecho de «echar fuera» (por la ventana a la calle) demuestra así ser lo esencial del acto, y el placer de romper y la clase de los objetos en los que «la ejecución se lleva a cabo» aparecen como elementos inconstantes y secundarios.

Naturalmente, la interpretación de la proximidad como conexión se extiende también al tercer recuerdo infantil de nuestro paciente, el cual recuerdo, no obstante ser el más temprano, aparece evocado en el último lugar. Comprenderemos que el niño de dos años se mostró tan inquieto porque no podía sufrir que su padre y su madre estuvieran acostados en la misma cama.

En el curso de un viaje no había, quizá, medio hábil de evitar que el niño fuera testigo de tal comunidad. De los sentimientos que en aquella ocasión nacieron en el pequeño celoso le quedó cierta irritación contra la mujer, irritación que tuvo por consecuencia una duradera perturbación de su evolución erótica.

Cuando después de estas dos experiencias expresé a otros analíticos mi esperanza de que los acontecimientos de este orden no fueran nada raros en la vida infantil, la doctora Hug-Hellmuth puso a mi disposición dos observaciones más, que reproduzco seguidamente:

I. Poco antes de los tres años y medio, el pequeño Erich adquirió «súbitamente» la costumbre de tirar por la ventana todo lo que le agradaba. Pero lo hacía también con objetos que no tenía inmediatamente a mano ni debían importarle lo más mínimo.

Precisamente el día del cumpleaños de su padre -cuando el pequeño tenía tres años y cuatro meses y medio- tiró a la calle, por una ventana de la vivienda, situada en el tercer piso, un pesado rodillo de madera que cogió en la cocina y se llevó a su cuarto.

Días después siguieron igual camino la mano del mortero y un par de pesadas botas de campo de su padre, que tuvo que sacar de un cajón. Por entonces, la madre, que se hallaba en el séptimo o el octavo mes de embarazo, tuvo un aborto, después del cual el niño pareció «cambiado, mostrándose de nuevo bueno y cariñoso».

En el quinto o el sexto mes había dicho repetidamente a su madre: «Mamá, me voy a subir en tu barriga», o «Mamá, te voy a hundir la barriga». Y poco antes del aborto, en octubre:

«Si tengo que tener un hermanito, que sea por lo menos después del Niño Jesús.»

II. Una joven casada, de diecinueve años, relata espontáneamente como su más temprano recuerdo infantil el siguiente:

«Me veo sentada debajo de la mesa del comedor. Encima de la mesa está mi tazón de café -veo aún claramente los dibujos de porcelana-, el cual me disponía yo a arrojar por la ventana en el momento en que mi abuela entró en la habitación. Aquella mañana no se había ocupado nadie de mí, y en la superficie de mi café con leche se había formado una capa de nata, cosa que me daba, y me da aún, mucho asco. Aquel mismo día nació mi hermano, dos años y medio menor que yo. Por eso nadie me hacía caso. Me han contado que aquel día estuve insoportable; en el almuerzo tiré de la mesa el vaso favorito de mi padre; luego ensucié repetidamente mis vestidos, y desde por la mañana hasta por la noche hice gala de un malísimo humor. También una muñeca que tenía fue objeto de mis iras, quedando destrozada.»

Estos dos casos no precisan apenas de comentario alguno. Confirman, sin mayor esfuerzo analítico, que la irritación del niño ante la aparición, esperada o acaecida, de un competidor se manifiesta en el acto de arrojar objetos por la ventana, así como en otros actos de «maldad» o de manía destructora.

En la primera observación, los «objetos pesados» simbolizan probablemente a la madre misma, contra la cual se dirige la cólera del niño, en tanto llega el nuevo hermanito.

El niño de tres años y medio se da cuenta del embarazo de la madre y no duda de que hospeda en el seno al hermanito. Recordemos el caso de Juanito y su miedo especial a los vehículos pesadamente cargados.

En la segunda observación es singular la temprana edad de la niña: dos años y medio.

Si ahora retornamos al recuerdo infantil de Goethe y situamos en el lugar correspondiente de Poesía y verdad aquello que hemos creído adivinar por medio de la observación de otros sujetos infantiles, obtendremos una interpretación irreprochable que de otro modo no habríamos descubierto.

Hela aquí:

«He sido un hombre de suerte; el Destino me conservó la vida, aunque vine al mundo como muerto. En cambio, suprimió a mis hermanos para que no tuviera yo que compartir con ellos el cariño de mi madre.»

Y luego continúa el proceso mental pasando al recuerdo de otra persona muerta en aquella temprana época: la abuela, que vivía como un espíritu silencioso y benigno en otra habitación de la casa.

Ahora bien: ya hemos dicho en otro lugar que cuando alguien ha sido el favorito indiscutible de su madre, conserva a través de toda la vida aquella seguridad conquistadora, aquella confianza en el éxito que muchas veces basta eliminar para lograrlo. Y así, Goethe hubiera podido encabezar su biografía con una observación como ésta:

«Toda mi fuerza tiene su raíz en mi relación con mi madre.»

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